UNA CHICA DESNUDA EN EL SOHO

Harto de tu vida. Hecho mierda. Aburrido. Una chica encantadora se te ha cruzado en el café y te ha dejado su número de teléfono. En casa, decides hacer una estupidez: la llamas. Vive al sur de Manhattan, en el Soho, y es bastante tarde. No importa. Tus últimos 20 dólares se van volando por la ventanilla de un taxi que no vas a poder pagar, los cajeros automáticos no se han inventado todavía y estás en una desangelada y oscura calle del Soho. Linda Fiorentino en sujetador te lanza las llaves del loft desde la ventana. Buen comienzo. Linda moldea una estatua con papel y yeso, y la chica con la que has quedado espera sonriente al final del pasillo. Tomáis café en una de esas cafeterías americanas que no cierran en toda la noche. Es rara. Está un poco loca y dice muchas idioteces, incluido que está casada. Pero te gusta. Esa noche, te encanta. Aunque hay algo oscuro, algo en su cuerpo. Imposible, es hermosa. ¿Quemaduras? "Algunas mujeres tienen el cuerpo lleno de cicatrices. Horribles cicatrices", ha advertido la escultora Linda antes de quedarse dormida sobre tí. La paranoia aparece. No quieres ver las quemaduras. Una marca extraña asoma en su muslo cuando te besa y se le sube la falda. Deseas huir y huyes. Pero vuelves por extraños avatares que no vienen al caso. Y ella está muerta. Se ha suicidado porque tú las has tratado como a una furcia para deshacerte de ella. Está en su cama, como dormida. Nunca ha estado más hermosa. Está desnuda y sólo una finísima sábana cubre su cuerpo. Venga, atrévete a mirar. Total, está muerta. Descubre la sábana, no seas cobarde. Dios, qué piel. Qué belleza. Qué buenísima está (digo, estaba). La marca no era más que un tatuaje. Qué imbécil eres, chaval.
Supongo que habréis reconocido parte del argumento de Jo, qué noche (1985), del maestro Scorsese. El pardillo es Griffin Dunne en el que probablemente es el mejor papel de su vida, y la loca, rubia y triste chica es Rosanna Arquette, que aunque se ganó muchos corazones en Pulp Fiction, para mí siempre será la Marcy de Jo, qué noche (macarra y ochentosa traducción libre del título original, After Hours, que a mí me encanta, pese a que reconozco lo cacofónica que puede llegar a ser).
La Rosanna Arquette de Jo, qué noche es otro de mis mitos eróticos. Es sencillamente maravillosa la secuencia en la que él se da cuenta de que está muerta y decide descorrer el velo de la sábana. Sublime, de lo mejor que ha rodado Scorsese (y mira que ha rodado secuencias inolvidables). En esos segundos se entremezclan un profundo erotismo, cierta ternura, un terror horripilante y una comicidad de carcajada sonora. Todo junto y a la vez, dejando al espectador desconcertado, sin saber cuál de todas esas emociones debe dominarle, sin saber si reir o llorar. Eso es cine, señores, y lo demás son tonterías.
Soy necrófilo, qué se le va a hacer. Vivo enamorado de Marcy. De esa Marcy plácidamente muerta tras ponerse hasta arriba de pastillas. Es un bellísimo cadáver, una hermosura fugaz que, al menos en la ficción, se va a pudrir en pocas horas. Pero en ese instante, es una belleza casi platónica. Qué bien está Rosanna Arquette en Jo, qué noche. Qué morbazo tiene esa peli. Me gusta tanto, que creo que si alguna vez mi pareja me manda a paseo no será por ninguno de mis innumerables e insoportables defectos, sino por lo pesado que soy poniendo en el DVD Jo, qué noche una y otra vez. Hay obsesiones terribles, ¿verdad?
Foto: Rosanna Arquette, plácidamente muerta, en Jo, qué noche.
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