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Resumen

FRANZ DE COPENHAGUE ESCANCIA SIDRA

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Primero fue la rueda; después, la locomotora a vapor; más tarde, la bombilla eléctrica, y algo después, el Canal Disney, que neutraliza a los sobrinos y demás ralea. He aquí los inventos que han cambiado nuestras vidas. Nada nuevo había pasado hasta que un discípulo asturiano del profesor Franz de Copenhague concibió el... ¡escanciador automático de culetes! Lo he probado, damas y caballeros, y sigo sin creerlo.

Sucedió en una calleja del centro de Oviedo donde los lugareños se dedican con fruición al arte de pimplar y manducar. De repente, pasamos frente a una sidrería que se asemejaba a unos recreativos de nuestra infancia. Quizá podamos jugar a Super Mario Bros, pensamos, y allí que nos dirigimos. Pero no. Se trataba de una sidrería "self service". El bar tenía varios armatostes en torno a los que se congregaba la muchachada. ¿Y cómo funciona esto, amable mesonero?, inquirimos al pecoso operario que parecía estar al mando: "Una tarjeta de dos euros, seis culines", nos responde. Había que poner el vaso en el soporte adecuado y pasar la tarjeta por la máquina. Entonces, la pantalla te indicaba tu saldo de culetes y la sidra caía "escanciada" desde una tubería situada en el techo directamente al vaso. Oh, gran invento que dejará en el paro a todos los mineros que quisieron reconvertirse en camareros escanciadores. A nosotros nos dejó un tanto perjudicados y con nuestro saldo de culetes en números rojos.

En fin, ya de regreso al gélido valle del Ebro, oculto de la vista de los aviones de la OTAN por la pertinaz niebla que nos mantiene alejados del continente, debo dar rápidamente varias notas que la distancia, la pereza y la (falta de) tecnología apropiada me han impedido hacer estos días:

  • No voy a incidir más en mi viaje norteño. Sólo decir que creo haber engordado (física y espiritualmente) y que el personal de allá anda muy mosqueado con el asunto especulativo urbanístico y ha descubierto el "hórreo-denuncia": cubren todo el hórreo con pancartas contra el mangoneo de sus munícipes, haciendo burla, mofa, befa y escarnio de ellos, en plan dazibao. Que alguien en el Pirineo secunde la iniciativa hórreo-protestil, por favor.
  • Noticia: Los Giraos, estos desequilibrados que cada vez tienen más poder, han presentado una nueva web, con muchos vídeos y muchas luces y muchos colores. Los nostálgicos y teléfilos tienen un hueco en ella, pues bucean en YouTube y rescatan maravillas del pleistoceno catódico.
  • ¿Qué es el Polonio 210? ¿Por qué no puedo subir al avión mi agua mineral Font Vella sin gas y unos tíos sí pueden pasearse por medio mundo con una maletita con Polonio 210? ¿Por qué no construimos unos cuántos hórreos-denuncia en los aeropuertos?
  • ¿Por qué Sanidad persigue a las XXL de Burger King mientras los restauradores que he visitado esta semana me han cebado impunemente con montañas de fabada que no se saltaban ni con pértiga? ¿Por qué no podremos comer lo que nos dé la gana, digo yo?
  • En fin, y una nota polémica. Unos artículos más abajo, Sivrada (que creo que es la primera vez que comenta algo en este blog, al menos con ese nombre) me reprocha -amablemente, eso sí- ser un resentido y un insultador, a propósito del artículo donde hablo del premio que le han concedido a mi amigo. Como me imagino que Sivrada no será el único que piense eso de un servidor, os remito a su comentario y a mis respuestas, por si a alguien le apetece reflexionar sobre las finísimas líneas que separan el resentimiento, el insulto, el descreimiento, el cinismo, la guasa ibérica o el candor, por mencionar algunas actitudes que pueden ir juntas a veces (o no). Pinchando aquí os vais al enlace del comentario.
03/12/2006 18:38 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 4 comentarios.

CONVERSACIONES SORIANAS

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Me dan envidia los fotógrafos. Envidio su capacidad para recoger el instante, el gesto, el ángulo preciso. No me gusta -en general- la fotografía "artística", esos montajes de bodegón posmodernos y evocadores que se empeñan en parecerse a la pintura. Prefiero la fuerza del reportaje, la fiereza del momento, la perseverancia de la mirada. He hecho algún pinito ridículo y estúpido, tengo un buen montón de libros de teoría y técnica fotográficas y Michel -confiando quizá demasiado en mi talento- me regaló hace años una vieja reflex con cuatro objetivos que hoy acumulan polvo junto al trípode y el resto de accesorios. Soy demasiado torpe. Veo la escena, veo la foto que me gustaría, y entonces la busco, pero el resultado siempre es pobre, plano, anodino, estúpido y frustrante. Por eso envidio que ellos sí sean capaces de jugar con esas luces, esos tonos y esas masas. Me maravillo viendo trabajar a los fotógrafos que me acompañan en los reportajes, y he tenido la suerte de trabajar con profesionales y profesionalas de una gran sensibilidad. Como no tengo paciencia, me he dado por perdido y he decidido ser sólo espectador de su arte y de su trabajo. Compro y compraré libros de fotografía, seguiré aprendiendo, pero he decidido no mancillar un oficio que tanto admiro con mis torpes incursiones. Me limitaré a juntar letras, único campo en el que todavía no he dado muestras de grave incompetencia.

Hoy he pasado el día con uno de esos fotógrafos. Alfonso Reyes, inteligente cincovillés de carcajada poderosa, conversación inagotable e incurable argentinofilia (que compartimos, claro está). Hemos recorrido parte de la provincia de Soria, hemos comido cochinillo, hemos pasado frío, hemos escuchado tangos en el coche y hemos hablado del arte, de lo divino y de lo humano, sobre el horizonte plano que enamoró a Machado. Alfonso persigue en sus trabajos el gesto y el momento significativo, así como la belleza de la imperfección y, como Frank Zappa -y como yo mismo-, sólo concibe dos tipos de arte: el que le gusta y el que no. Odia las consagraciones por decreto. Una manifestación artística te llega o no te llega. Te emociona, te asquea, te provoca carcajadas, te remueve o te deja frío. Y si te deja frío, tanto da que el ministerio de Cultura de turno lo haya avalado con su correspondiente subvención. No hay nada que hacer. "Una vez -comenta Alfonso-, unas fotógrafas artísticas estaban intentando convencerme de la superioridad creativa de su obra sobre mi trabajo, y yo les pregunté: 'Si fotografío el estucado de la pared, ¿hago arte?', y me respondieron: 'Por supuesto'. '¿Y el que ha hecho el estucado, no es un artista? ¿No ha hecho una escultura?'. 'No, no es lo mismo'. 'Entonces, ¿quién pone el límite?'". El dilema de siempre: ¿quién vigila a los vigilantes?

Conclusión: no se hace arte voluntariamente. Es una pretensión vana. Uno tiene una serie de cosas que decir y una forma determinada de decirlas, en la que emplea diferentes lenguajes, herramientas y técnicas. Y dice lo que tiene que decir. O lo intenta, al menos. En ese proceso, el experimentalismo y la vanguardia deben ser herramientas que faciliten la expresión, pero no el fin mismo de la expresión.

Satisfechos de haber llegado a un acuerdo (que pocas veces alcanzan las personas), hemos bordeado el Moncayo, sepultado bajo su gorro de nubes, y hemos enfilado, muertos de cansancio, hacia Zaragoza. Ha sido un buen día. Seguro que a Alfonso le han salido unas fotos estupendas. A ver qué maña me doy yo con los textos.

05/12/2006 20:18 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Arte Hay 4 comentarios.

ALLONS, ENFANTS DE LA PATRIE

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Agárrense a los machos: Jacques Chirac quiere contagiar al mundo de los valores de Francia. Uno creía que esas cosas, los valores, eran propios de las personas, pero ahora parece que los países también gastan de ellos, y quizá degluten o desintegran a los ciudadanos que, instalados sobre su suelo, no los comparten, de la misma forma que nuestro cuerpo expulsa a los virus. ¿Será esa la explicación a las misteriosas abducciones, a la chica de la curva y al Triángulo de las Bermudas (¿qué pasa, que los continentes sí pueden tener valores, pero los mares no? Qué sucia discriminación)? Es un nuevo reto para tí, Iker.

¿Y cómo se propone Monsieur Chirac empezar su magna tarea de evangelización? ¿Va a colgar sus tesis de la puerta de Notre Dame? ¿Va a recorrer las aldeas y villorrios descalzo y predicando la buena nueva a los aldeanos? ¿Va a contratar a Mel Gibson para que dirija un film didáctico al respecto? No, señoras y señores, va a montar una tele que empezará a emitir mañana bajo el nombre de France 24. En resumen, se trata de una CNN en francés que, en palabras de le président, quiere "llevar a todas partes los valores de Francia y su visión del mundo". Ah, que los países también tienen visión del mundo. Acabáramos. Me siento muy pequeñito al lado de ese conjunto de accidentes geográficos acotados arbitrariamente por una frontera que, de siglo en siglo, baila más que Georgie Damn con un chute de anfetaminas.

Hasta ahora, el mundo francófono tenía TV5, un proyecto de varios países liderados por Francia que pretendía llevar el francés a los francófonos alejados de su tierra y servir de difusor en el resto del mundo de la cultura y de la lengua que comparten naciones como Suiza, Canadá, Argelia, Senegal o Bélgica. Pero difundir el cine, la literatura y el arte de esos países, así como dar a conocer lo que se cuece en ellos con buenos informativos y reportajes no tiene nada que ver con "llevar a todas partes los valores". TV5 no evangeliza, sino que ayuda a gente como yo a desengrasar su francés de vez en cuando gracias a sus pelis subtituladas. No quiero ser malpensado, pero me da a mí que Monsieur Chirac confunde los valores de todos los franceses (no de Francia, en abstracto) con los suyos propios y los de los dirigentes de su partido. Claro, que decir que te vas a gastar una millonada padre del erario público en propaganda en lugar de invertir en pavimentar las aceras de los guetos argelinos de las afueras de París no queda muy bien en período preelectoral.

Pero ahora la francofonía está de capa caída. Le Monde publicó hace poco una serie de reportajes donde se alertaba del retroceso de su otrora poderosa lengua en favor del español y (¡oh, horror!) del alemán. Perdemos fuelle, amigos, venía a decir Le Monde: el mundo ya ni siquiera nos acepta como los mejores cocineros y los muy lerdos se han liado a cultivar vides, como si pudieran competir con nuestros Borgoñas. Antes -prosigue la argumentación nacionalista dolida-, cuando les llamábamos paletos, se ofendían. Ahora, pasan. No les importa que les miremos por encima del hombro. Sí, señores, el mundo se ha convertido en un lugar hostil para los francófonos, y tienen derecho a defenderse.

Pues nada, a exportar valores franceses. Pero, ¿cuáles? Tenemos muchos para elegir: los canallas de Georges Brassens, los maoístas de Jean Paul Sartre, los submarinos de Jacques Cousteau, los nazis de Jean Marie Le Pen, los cristianos del obispo Sur Le Pont D'Avignon, los bon vivants de los bodegueros de la Dordoña, los cabreados y sofronizantes de José Bové, los sindicalistas ferroviarios de mi abuelo adoptivo Louis, los feministas de Segolène, los zafios de Louis de Funes, los antidepilatorios de las mujeres de mediana edad que toman el sol en La Rochelle de 12 a 2 y los extremadamente intransigentes de los puristas productores de Armagnac. Entre muchos otros, claro. ¿Tendrán cabida todos estos valores en France 24?

Yo, si puedo elegir, prefiero que en el paquete del cable me pongan TeleSur, la de Chávez, donde por lo menos emiten Aló, presidente. Estoy acumulando puntos bolivarianos para ver si en el concurso La Ruleta Bolivariana me toca un palacete expropiado a algún antiguo directivo de Petróleos de Venezuela. En Isla Margarita me iría bien, pero no le hago ascos a cualquier otra playa tropical. Soy modesto, señor Chávez. Por cierto, en las locales de Madrid, por lo visto, se ve TeleSur. Me siento discriminado: a mí por el cable sólo me llega Cubavisión, y es un tostonazo.

06/12/2006 13:51 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 4 comentarios.

DESPELLEJE CATÓDICO

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Ya funciona en España lo que en otros países, como Francia y Alemania, funciona desde hace años: un sistema televisivo a dos niveles. Están las grandes cadenas, las mastodónticas generalistas obsesionadas por el share y dispuestas a vender a su abuela por un punto más de cuota de pantalla, y luego están las cadenas más indies, que renuncian de antemano a entrar en ese juego asesino en el que saben que no tienen nada que hacer y buscan otro público, allanando el camino para poder hacer cosas que en las otras teles no se pueden plantear. Es lo que en el Hollywood clásico se llamaban las majors y las minors. Las majors (Metro, Warner, etc.) tenían a las grandes estrellas en nómina, producían sin mirar las facturas del presupuesto y aspiraban a dominar el mercado. Las minors (United Artists, sobre todo), sin renunciar a competir en ese mercado, lo hacían a otro nivel, y mimaban más a los directores, que podían explayarse contando historias más limitadas en presupuesto pero con unos contenidos que iban (o pretendían ir) un paso creativo por delante de las superproducciones. Pues eso es lo que se está produciendo en España desde la irrupción de Cuatro y de La Sexta (nuestras minors) que, junto a YouTube y lo que algunos teóricos llaman la "proliferación de pantallas", está cambiando la televisión tal y como la entendíamos.

Ni Cuatro ni La Sexta son semilleros de experimentación, claro, pero tampoco son paquidermos movidos por la inercia del share. Se sitúan en un término medio que quizá les acabe condenando a una mediocridad inmerecida. A mí me da la impresión de que no terminan de encontrar su hueco entre Gran Hermano y La Noche Temática, que es donde quieren estar. Pero, mientras se acomodan, ofrecen algunas cosillas interesantes. Cuatro empezó apostando por el reportaje de calidad, tal y como había hecho Canal Plus, pero ha ido limando de su parrilla algunos buenos programas y se ha quedado fundamentalmente con Callejeros. La Sexta, menos periodística y más volcada en el entretenimiento a la manera de Globomedia, apuesta por formatos que ya han funcionado en otros momentos, especialmente en Telecinco, y que a mí me aburren un poco bastante. Tanto monólogo y tanto chiste sobre Bush cargan de puro vistos, y si vuelvo a ver a Urdaci evolucionando sobre un escenario me pegaré un tiro.

En estos tanteos van surgiendo algunos destellos, pero todavía no he visto la flor que crece en el estiercol que con tanto ahínco reivindicaba el movimiento punk (si el mundo es un cubo de basura, seamos las flores del vertedero, y esas cosas). El intemedio, de Wyoming, tuvo un arranque prometedor, pero se ha quedado en un producto correctito. Quizá si su emisión fuera semanal, ganaría algo de solidez, pero el día a día desgasta mucho. Los guionistas también tienen resaca, días malos, discusiones con la pareja y visitas de la suegra, y todo eso es más difícil de disimular en un programa diario que en uno semanal. Hasta Shakespeare, que era un currante de la escritura (así dejó los tochos que dejó) tiene frases y escenas que los críticos han llamado "monday morning words", palabras de lunes por la mañana, en las que se nota que el maestro tenía sueño, resaca o malas pulgas, y que cubría el expediente de cualquier manera.

Pero hay un programa que sí me hace gracia y que procuro seguir, pese a que Mapi, comentadora de este blog, odie a su presentadora: Sé lo que hicistéis la última semana, en La Sexta. La prueba del algodón de su brillantez consiste en que logra enganchar a un triste como yo, que jamás hojea una revista del corazón, que nunca ha visto Salsa Rosa y que no sabría distinguir por la calle a las hijas o hijos de la duquesa de Alba, cuyos nombres desconozco. Es un programa de parodia del corazoneo en el que no necesitas estar al día de nada ni saber nada de esos personajillos, porque lo que de verdad importa es la dinámica del espacio y los números que monta la presentadora, Patricia Conde, con sus colaboradores. Tampoco es nada del otro jueves, pero tiene momentos de verdadera carcajada, especialmente cuando aparece Ángel Martín, un tipo con una vis cómica de futbolín de caerse de espaldas. Hasta Miki Nadal, que nunca me ha hecho gracia con su baturrismo, está bien en este programa. Sólo le falla la última colaboradora, Pilar Rubio, que ya salía en Six Pack y cuyo única función en el programa es pasear su cuerpazo serrano por la calle para calentar al personal. A nadie le amarga un dulce, y no seré yo quien diga que la chica no está de muérdeme y quítamelo todo, pero no encaja, y rebaja mucho el nivel del resto del programa.

Todo lo anterior me lleva a reflexionar: si el único programa nuevo español que de verdad me dice algo es uno de despelleje, parodia y comentario de lo que sale en la tele (en realidad, el espacio en cuestión no es más que un zapping teatralizado), ¿será que la televisión española está incapacitada para la creación de contenidos originales? ¿Será verdad que este país es sólo un gran patio de vecinas y que lo único que se nos da bien es reírnos de los del cuarto izquierda? En fin, si es así, habrá que seguir explotando ese talento nacional.

07/12/2006 11:30 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 11 comentarios.

LA MODA DEL SINSOMBRERISMO

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Hace un tiempo, dejándome los ojos en el microfilm de Heraldo, encontré un reportaje maravilloso titulado más o menos así (cito de memoria): "La manía del sinsombrerismo amenaza con destruir toda una industria española". Era octubre de 1934, y mientras los mineros y los soldados andaban a bombazo limpio en Asturias y en el resto del país estaba liada la marimorena, el genial redactor de Heraldo decidió hablar de cosas más interesantes. Como la mayoría del maravilloso periodismo español de los años 30 (qué bien escribían los jodíos), el reportaje está redactado en primera persona y en tono de soflama editorializante. Indignado, el reportero recorre varias sombrererías de Zaragoza, donde sus dueños se quejan amargamente de lo poco que venden desde que se ha difundido la manía de no llevar sombrero. Entre tienda y tienda, el periodista enumeraba la cantidad de señoritas de buena familia con las que se cruzaba y que llevaban el pelo al descubierto. Por no hablar de los jovenzuelos, claro.

La pieza me pareció genial y la archivé en el cajón donde guardo los recortes surrealistas por si en el futuro podía ser aprovechable. Casi me había olvidado del asunto hasta que esta semana, leyendo La guerra incivil de Forges, me encuentro con una viñeta en la que se reseña una conferencia de Federico García Sanchís pronunciada el mismo año 1934 y titulada "La moda del sinsombrerismo". Según Forges (y no es una broma, está en la parte seria y documentada de la viñeta), el tal García Sanchís dijo que 30.000 familias españolas (ni más ni menos) estaban abocadas a la miseria si los jóvenes seguían empeñándose en militar en el sinsombrerismo. Si así fuera, la reconversión de la industria del sombrero habría sido más traumática que la de los astilleros y la minería juntas, pero dejémoslo en que García Sanchís exageró un pelín.

Pero lo importante no son las cifras. Dos referencias independientes sobre el sinsombrerismo de 1934 indican que aquello era algo más que el capricho de un redactor ocioso que no sabía cómo llenar sus cuartillas del día. El sinsombrerismo era un tema candente de debate en la sociedad española de ese año. Visto lo visto, me ha picado la curiosidad, y aprovechando las posibilidades interneteras, me he dado un garbeo por la red para ver qué encontraba sobre el particular, y he aquí el resultado de mis magras pesquisas. Efectivamente, el asunto es más gordo y tiene más trasfondo de lo que aparentaba a simple vista.

Hay varias teorías sobre el sinsombrerismo. Una dice que el asunto surgió en la Residencia de Estudiantes de los años 20 y que fue una trastada de tres amigos residentes: las pintoras Maruja Mallo y Margarita Manso, y el poeta Federico García Lorca. Los tres decidieron empezar a salir a pasear por el Prado y los sitios "bien" de Madrid con la cabeza descubierta, con el evidente propósito de provocar y dar que hablar. La juventud bohemia de la capital no tardó en imitarles y, poco a poco, el ejemplo fue cundiendo. La norma social dictaba que caballeros y damas debían ir cubiertos en la vía pública, y que los caballeros debían descubrirse en el interior de los edificios, no así las señoras. Ir sin sombrero por la calle significaba ser moderno y del siglo XX, y era además un acto de rebeldía contra los carcas, que se mostraban asaz irritados ante actitudes tan miserables.

Hay otra teoría más interesante (y quizá más plausible) que dice que el asunto tiene que ver con el sufragismo y el comienzo del feminismo, y que fueron algunas mujeres intelectuales, como la socialista Margarita Nelken, quienes empezaron la moda, como un claro gesto de desafío político. Las mujeres que rehusaban cubrirse estaban lanzando así un contundente pero sutil mensaje de valentía y coraje.

Esta teoría viene avalada por una entrada de la Enciclopedia de Educación y Mundología, escrita por Antonio de Armenteras en 1959 (libreros de viejo, estoy dispuesto a entregarles a uno o dos familiares míos a cambio de un ejemplar: si hay algún librero de viejo en la sala, que se ponga en contacto conmigo. Es urgente y pago al contado), en la que lamenta que la moda del sinsombrerismo surgida en los años 20 haya tenido tanto éxito y ya sea raro ver a una señora por la calle tocada con un lindo sombrero. Según Antonio de Armenteras (citado de cuarta mano, claro está, no tengo el libro), el cine y los espectáculos de masas, donde no se podía llevar sombrero porque impedía la visión, influyeron también en que la prenda cayera en desuso.

Y esto son pesquisas de andar por casa, cuatro datos sueltos. En cuanto tenga un poco más de tiempo seguro que encuentro algo de más enjundia. ¿A que mola?

PINOCHO AL MAPOCHO

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Ése ha sido el grito de muchos chilenos durante muchos años. Al final, no ha acabado en el Mapocho (el río que pasa por Santiago de Chile), sino en una cama de hospital y con funeral con honores. Aunque no me suele gustar casi nunca, en esta ocasión coincido con Arcadi Espada, que ha destacado el hecho de que con Pinochet no ha habido contemplaciones. Siempre hay una tendencia a contemporizar con los dictadores y la barbarie, y explicarlas en función de las circunstancias históricas, la situación económica, la idiosincrasia religiosa o el copón bendito. Pero con Pinochet, no. Pinochet es un mal en estado puro, sin eximentes. Y, la verdad, por extensión, calidad y cantidad de sus tiranías, ha habido y hay tiranos que dejan al chileno a la altura de un teletubbie. Franco, sin ir más lejos, que mató más y mejor y atemorizó con mucha más amplitud, eficacia y variedad de registros durante mucho más tiempo y con muchos más apoyos internacionales. Sin embargo, en el imaginario, nuestro Franco parece un abuelo adorable inaugurapantanos que no resiste la comparación con el horror puro que representa Pinochet.

Creo que todo esto se debe a cómo se escenificó el golpe de Pinochet, enfrentado a un Salvador Allende que, tras el fracaso de la Primavera de Praga, pretendía implantar un socialismo pacífico, sin revoluciones, con la sola fuerza de las urnas. Un romántico, entrañable y simpático intelectual asesinado por un general despiadado que llegó a la jefatura del Ejército nombrado por el propio Allende. Los ingredientes de la tragedia están ahí de forma tan insultante que ningún guionista de culebrón se atrevería a ser tan burdo: la traición, la muerte de un sueño generacional, la crueldad despiadada. A partir del bombardeo de La Moneda, Pinochet se convirtió por derecho dramático en el supervillano de la segunda mitad del siglo XX (para alivio de otros supervillanos más sutiles, que vieron una ocasión de seguir perpetrando sus fechorías sin que el mundo se fijara en ellos).

Hoy, El País titulaba que Pinochet ha muerto sin responder ante la justicia. Tiene guasa titular eso en un país donde los genocidas se blindaron con unas leyes de punto final nunca cuestionadas seriamente por nadie. Tiene guasa pretender dar lecciones de democracia y justicia.

En cualquier caso, R.I.P. Para todos.

11/12/2006 23:51 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Noticias Hay 11 comentarios.

ECOS DE PUERTO URRACO

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Creo que fue la última y más brutal expresión de esa España negra que ya sólo asoma cuando un individuo con aliento de cazalla arroja por el balcón a su aterrorizada esclava. Fue la última tragedia capaz de recorrernos el espinazo al recordarnos que el país en el que vivíamos no era el de la estatua del Jardín Botánico de Radio Futura, ni el de la distendida tele de Pilar Miró con los veinte kilos de teta de Sabrina alegrando la Nochevieja, ni el de los alegres pícaros sabinianos de Bajarse al moro o de La corte del faraón. No. Fuera de la ciudad, fuera de los neones y del asfalto que tan cruelmente se pintaba en versos facilones, los ecos de Las Hurdes, tierra sin pan palpitaban frescos y amenazantes. De repente, un nombre, Puerto Urraco, sacó por unos días a España de su idilio europeo. De repente, Los Santos Inocentes, Las ratas, La familia de Pascual Duarte. De repente, Goya. De repente, siglos de hambre y Torquemadas.

Hoy ha muerto uno de los hermanos Izquierdo. Ha muerto en la cárcel, claro, y a mí me ha venido a la memoria la imagen de esas dos hermanas enlutadas hablando con fingida angustia en el compartimento de un tren. Hasta la RENFE pareció retroceder décadas. España, obsesionada por la carrera al galope que le llevaba al mágico 1992, con la Expo y las olimpiadas milagrosas, que ratificarían para siempre el europeísmo hispano, se hundió en la más negras pesadillas de Buñuel.

Hoy ha muerto uno de los hermanos Izquierdo, y yo he vuelto a recordar ese crimen, el de Puerto Urraco, sin creérmelo todavía. Sigo sin creérmelo. Aquello sólo pudo deberse a la imaginación de un guionista emborrachado de Delibes. ¿Dónde estaba Paco Rabal con su milana bonita? ¿Dónde estaba el señorito Juan Diego? ¿Acaso contrataron a actores de segunda para interpretar el drama? No, es que no eran actores. Es que aquello ocurrió de verdad. Nueve muertos a escopetazo limpio una tarde extremeña de agosto de 1990. La paranoia, el encierro, el atraso. Ni el más sórdido drama sureño de endogamia y deformidades puede igualarlo. Es tan incomprensible, que todos los intentos por llevarlo al terreno narrativo han sido un fracaso bien sonado.

Hoy ha muerto uno de los hermanos Izquierdo, y yo no me quito de la cabeza a esas dos hermanas brujas, malvadas, ignorantes y beatas manipulando con salmodias atávicas las mentes cerriles y zopencas de sus hermanos. Hasta que lograron su propósito y, llenos de odio, salieron a exterminar el pueblo entero, que tomaba la fresca con cerezas y vino.

Hoy ha muerto uno de los hermanos Izquierdo. El domingo murió Pinochet. Quiero creer que los jirones de un mundo invivible se están yendo por el sumidero sin que nadie lo lamente. Pero no tengo la voluntad necesaria para ejercitar el optimismo.

14/12/2006 01:46 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 3 comentarios.

TOP 10

Como no tenía nada mejor que hacer esta noche y el próximo martes este blog cumplirá un añito de vida, he aprovechado tan magno aniversario para observar cuáles han sido los artículos más comentados de estos doce meses. Eso no quiere decir que hayan sido los más leídos ni los que más hayan gustado, sino, simplemente, los que más pulsión literaria han despertado en vosotros, para bien o para mal. A día de hoy (porque la clasificación puede estar cambiando en este preciso momento, que la gente no tiene horarios para comentar), la cosa está como sigue más abajo. Como es lógico, los más viejos lideran la clasificación, porque cuanto más tiempo lleva algo colgado en internet, más posibilidades hay de que alguien pase y deje un grafiti en él. Me da la impresión de que estos artículos son "long sellers". He querido hacer la lista inversa, como la desgranan los locutores de radio. En este top-10 salen bastantes más de 10 porque muchos están empatados en número de comentarios y comparten puesto en el ranking. Dudo que esta lista sirva de algo, pero me he pasado un rato entretenido haciéndola. Ahí va:

15/12/2006 01:14 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Hay 14 comentarios.

PALABRAS INAPROPIADAS

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Por fin le he sacado partido a mis lecturas pornográficas y libertinas. Por fin le he encontrado una utilidad práctica a Filosofía en el tocador y a Las 120 jornadas de Sodoma (las del marqués, no las de Pasolini, por favor): esta semana he ganado una ronda de un bingo clandestino y desquiciado que montaron unos individuos que se quedarán en iniciales.

La cosa fue así: M. tenía un libro de pornopoesía un tanto desfasadilla, y el juego consistía en que C., U. y servidor debían decir tres palabras cernícalas, que quedaban anotadas como los números en un cartón de bingo. Entonces, H. decía una cifra al azar, y M. abría el poemario por esa página. En pie y con ademán declamatorio, leía el poema correspondiente. La gracia consistía en averiguar qué palabras de las anotadas aparecerían en el texto "aleatorio". Un punto por palabra acertada, y yo gané una ronda.

¿Cuál fue el secreto de mi éxito?, os preguntaréis, pobres mortales. Pues aparte de no escuchar a Mago de Oz, escoger tres palabras sencillas, directas y exclusivamente anatómicas. Al lío, sin preludios ni retrancas metafóricas. En esa ronda, mis rivales habían optado por vocablos más "poéticos", como "venus" y cosas así, y por eso no acertaron. Había que decir polla, coño, semen, follar, y nada de "montes de tus pechos" ni "cálido refugio de pasión" ni "manantial que en ti se hunde y rebosa". Porque la literatura erótica no se anda por las ramas. Si no llamara a las cosas por su nombre, no sería pornografía.

Total, que los libritos rosas de La sonrisa vertical enseñan algo más que posturas. La próxima vez, jugaremos apostando.

Una persona normal se hubiera reído, habría festajado su victoria con dos ridículos saltitos y hubiera seguidos a sus cosas, pero servidor tiene la manía de relacionarlo todo, y esta tarde, leyendo a Jorge Volpi, me ha venido a la cabeza el pornobingo del otro día, y gracias a ese flash he descubierto lo que no me gusta del escritor mexicano. Hasta entonces, le leía con agrado. Puede decirse que casi le devoraba, la verdad. El ingenuo aire totalizador de sus novelas me conmueve y me excita a partes iguales, pero había algo en su prosa, un nosequé que me sacaba de la historia y que me incomodaba. Me revolvía en el sillón y buscaba otra postura, pero nada, la incomodidad no desaparecía. Hasta que el pornobingo me dio la clave: es el léxico, estúpido. No aguanto el léxico arcaizante de Volpi. No concuerda ni con el ritmo, ni con la historia ni con los personajes. Hace que tenga un soniquete falso, retórico, añejo. Y, en especial, no soporto los verbos que utiliza: me carga que emplee tornar por volveracaecer por suceder. Son como pequeños tropiezos en el camino, como baches deliberados que no deberían estar ahí y que estropean una prosa que busca el impacto reporteril, que va a la caza de la acción y elude la estampa. Es como si el poeta porno del bingo utilizara esas expresiones ñoñas y seudoeróticas para decir sin decir. Produce el mismo efecto.

Dicho lo cual, y antes de que los fans de Volpi empiecen a decirme: "ey, sucio pendejo, qué tienes tú que desir de tan magno narrador. Métete en tus verbos, pendejudo", diré que me gusta, como ya dejé constancia en una reseña del Artes y Letras. Pero precisamente por eso me saben peor esos dislates estilísticos. Qué sé yo, que me estaré volviendo quisquilloso, o algo.

Foto: Jorge Volpi.

16/12/2006 00:54 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 8 comentarios.

¿ADIÓS, PERIODISMO, ADIÓS?

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¿Es hora de reciclarse? ¿Traerá el nuevo año el tan cacareado fin del periodismo? ¿Será hora de hacer las maletas y largarse a otro lugar? La revista Time así parece creerlo, ya que nos ha escogido a nosotros (no a los periodistas, sino al público internetero) como personas del año. Puede parecer una chorrada, pero es más significativo de lo que aparenta a primera vista.

Desde la Edad de Bronce, año arriba, año abajo, la revista Time viene nombrando por estas fechas al personaje del año, es decir, a la persona que, según el criterio de la redacción, más ha destacado o influido o conmovido o qué sé yo a lo largo del año que se acaba. Es un rito inocente, una tradición sin mayores consecuencias y una forma de mantener expectante al público, pero también es un rito que cumple con una de las hasta ahora funciones del periodismo: marcar tendencias. ¿En qué basaba hasta ahora su prestigio un medio? En decidir, con sus afirmaciones o con sus silencios, de qué debía hablar la gente (hay una teoría sociológico-comunicativa al respecto llamada "agenda-setting" que yo nunca me he tragado, pero explica esto). Cada medio orienta a sus lectores afines. O, al menos, eso pretendía. Les decía qué políticos eran más guapos y honrados, qué cantantes debían escuchar, a qué deportistas debían jalear, qué películas debían ver, qué escritores debían leer y qué conclusiones debían sacar de determinados acontecimientos. Los lectores no buscaban tan sólo información, sino claves. Si pagaban para leer un medio era para que los periodistas le hicieran el trabajo sucio, cribasen la basurilla que no interesa conocer y les ofrecieran una actualidad limpia de polvo y paja: lo que usted tiene aquí, junto al croissant y el café con leche, es lo que necesita saber para desenvolverse con soltura en el mundo; el resto, caballero, no cuenta, porque si contara, saldría en estas páginas. Era una relación basada en la confianza mutua, en un pacto implícito en el que el lector no iba a ser engañado por intereses ajenos a "lo periodístico". Por eso, uno de los negocios más lucrativos de los últimos 50 años ha sido la industria de las relaciones públicas, encargada de "colocar" personas e instituciones en los medios engatusando de mil formas a los periodistas. Y por eso se ha puesto a prueba la integridad de muchos y la mayoría de los periódicos ha tenido que imponer límites a los regalos que llegan a la redacción (en Le Monde hay que rechazar o justificar ante la dirección cualquier regalo de valor superior a 30 euros, por ejemplo). Hace poco salió el dato de que en España ya hay más periodistas trabajando en gabinetes de comunicación que en redacciones de medios. Mi bandeja de correo del Heraldo da fe de ello: nos avasallan con miles de comunicados, convocatorias e invitaciones diarias. Se hace casi imposible discernir lo interesante de lo vacuo entre tanta oferta interesada.

De ahí la importancia simbólica del rito anual de Time, que se encargaba de recordar quién marca las tendencias y quién las sigue. Hasta este año, porque con esa portada ha abdicado de su función y ha reconocido implícitamente su derrota. Con internet, la gente no quiere seguir tendencias, quiere crearlas. Todos a la vez, en griterío constante. Y los medios han abierto sus páginas para que los lectores cuenten sus cosas, no sólo para que opinen sobre lo que el periódico quiere que opinen, como se hace con las cartas al director. Lo hemos visto hace poco en España con la reforma del viejo Tentaciones. De repente, a nadie le interesa recibir, todos quieren emitir, y el periodismo tradicional no sabe muy bien cómo reaccionar ante esa avalancha de blogs, YouTubes y cacharros varios que les pasan por encima. Sociólogos, pasantes de abogado y profesionales de la repostería soriana se han apresurado a proclamar con entusiasmo que estamos ante una nueva revolución democrática. Yo, que bastante tengo con sobrevivir en el día a día y mis vuelos son más bajos, no lo tengo nada claro. No sé si esto nos lleva a un mundo mejor o peor, sólo sé que el viejo periodismo agacha la cabeza y se prepara para hacer mutis. Los viejos maestros que nos han enseñado la profesión se retirarán y nos dejarán helados de frío, incapaces de prepararnos para lo que se avecina. Pero también creo que se están retirando sin presentar batalla porque una resignación de siglos les ha dejado sin fuerzas. Creo que se está despidiendo antes de tiempo, la verdad. Las trompetas de Jericó todavía no han empezado a soplar con fuerza, pero el periodismo ya se ha rendido y ha tirado los muros. Demasiado pronto.

17/12/2006 17:52 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad Hay 8 comentarios.

EL LAZARILLO REDIMIDO

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Dije hace poco que todavía no me había enganchado del todo a Me llamo Earl, pero a estas alturas, esa afirmación es falsa. Ya soy un fiel servidor del karma. Qué gran serie: breve, directa, cachonda. Creo que desde la maravillosa Malcolm (¿qué fue de ella, por cierto?), no me había reído tanto con una serie con actores.

Para quien todavía no conozca las peripecias de Earl Hickey, resumo brevemente. Earl (un Jason Lee en estado de gracia, que diría un crítico vago) es un ladronzuelo de poca monta, un Lazarillo de Kansas, carterista, timador y muerto de hambre. Hasta que un día roba un boleto de lotería que resulta premiado, pero al celebrarlo, una anciana le atropella y pierde el boleto. En el hospital, ve un programa donde hablan del karma: si haces cosas buenas, el karma te recompensa con cosas buenas; si haces cosas malas, sólo recibes cosas malas. Ahí, el infeliz ve la luz. Su vida es un asco porque sólo hace cosas malas, así que toca redimirse para que el karma le devuelva cosas buenas. En cuanto toma esa decisión, recupera el boleto premiado perdido, lo que viene a confirmarle que ha tomado la decisión correcta. A tal fin, elabora una lista con todas las malas acciones que ha hecho en su vida y se propone hacer algo bueno para cada persona a la que ha puteado. En el interín, su macarra y malvada mujer se divorcia de él y le dice que sus hijos son en realidad hijos de su colega, el Hombre Cangrejo, pero eso supone un alivio para Earl. Otra prueba de que el karma está de su parte y le ha librado de esos pequeños demonios. Así que se va con su hermano a un motel, donde concocen a Catalina, que trabaja de limpiadora. Entre los tres, se proponen tachar todas las líneas de la lista de Earl. Cada capítulo (20 minutos) es una mala acción redimida. Todas absurdas y desternillantes, claro está.

Jason Lee no sólo es el prota, sino uno de los tres productores de la serie, por lo que buena parte de su diseño es culpa suya, y se nota que pone en práctica lo aprendido con Kevin Smith (Lee debutó en el cine con Mallrats), pero también veo muchos ecos de los hermanos Coen (el ambiente sureño-californiano, los escenarios marginales, el tema del pícaro-paleto, los primeros planos que acentúan lo caricaturesco, el histrionismo de la interpretación, el ritmo acelerado de comedia vodevilesca y la propia fotografía, algo empastada y con los colores cálidos acentuados en beneficio de la caricatura). Pero otro de los barandas y promotores de Me llamo Earl es Bobby Bowman, que aprendió todo lo que sabe de televisión trabajado de guionista en Padre de Familia, por lo que también hay trazas del humor desfasado y cínico de los personajes de Seth MacFarlane. En general, las personas que han puesto en marcha la serie son muy jóvenes, con más ilusión que currículum, y proceden del cine y de la tele "indies". Es curioso que la todopoderosa NBC (la cadena de Nueva York especializada en sit-coms, hogar de Friends y de Seinfeld, entre otras) se haya decidido a dar la alternativa a profesionales sin consagrar, que todavía no tienen un armario atiborrado de Emys. Imagino que el padrinazgo de Jason Lee, un tipo popular y con una innegable vis cómica, contribuyó a convencer a los capitostes de la tele para que apoyasen el proyecto. Y les ha salido bien: llevan dos temporadas y la serie arrasa en Estados Unidos. No sé cómo le irá en España, porque, últimamente, las series que triunfan allá no terminan de encontrar un hueco en los gustos del blasillo hispano medio.

El espectador también agradece que Me llamo Earl se escape del clásico esquema de la sit-com tradicionales, con esos cutres salones de tres paredes más farsos que la farsa monea, que diría una que yo me sé, y risas en estudio. Rompiendo las convenciones televisivas yankis, utiliza recursos de serie dramática -rodaje en exteriores y en formato cinematográfico- para desarrollar una comedia (inciso: ¿os habéis fijado que los escenógrafos de las sit-com todavía no han logrado resolver el grave dilema teatral de sentar a cuatro personajes en torno a una mesa sin que ninguno de ellos dé la espalda al público y que, al mismo tiempo, no parezca que fuerzan las posturas? Pues Me llamo Earl lo soluciona rápidamente: eliminando al público, que sólo sirve para estorbar). Es más, yo anticiparía que las sit-com de ese estilo tienen los días contados, y gracias a jóvenes audaces como los productores de Me llamo Earl, que se resisten a desvirtuar su producto con insoportables risas y forzadas puestas en escena teatrales. Son jóvenes como nosotros, que han crecido viendo la tele y la valoran demasiado como para hacer de ella un remedo del teatro revistero y vodevilesco.

Así que lo dicho: espero que a vosotros os enganche también el karma y os pongáis manos a la obra con esa lista de las malas acciones.

18/12/2006 11:57 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 13 comentarios.

EL PAPÁ DE PENÉLOPE

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Ha muerto el papá de Penélope. No de la Penélope que aspira a un Oscar. Tampoco de la de Ulises, que nos pilla muy lejos. Ha muerto el papá de mi Penélope, de la grandísima Penélope Glamour, que competía con el malvado Pierre Nodoyuna en Los autos locos y que luego tuvo su propia serie, Los peligros de Penélope Glamour. Ha muerto Joseph Barbera, pareja de hecho de William Hanna, fallecido en 2001. Barbera tenía 95 años y llevaba mucho tiempo jubilado, pero muchos de nosotros le debemos casi media infancia.

Desde finales de los años 50, Hanna y Barbera crearon un estilo propio de hacer dibujos animados. Con ellos, el cartoon alcanzó su máxima expresión y sólo fueron superados por la factoría Warner, que tenía mejores dibujantes y guionistas más cínicos y propensos al bourbon. Fueron stajanovistas de la animación, con una producción abrumadora en títulos, todos con el sello de sus trazos y el inconfundible cuello blanco de los personajes, marca de fábrica. Pero, además, fueron un útero fecundo sin el que sería imposible entender productos como Los Simpsons: ¿qué sería de Homer sin su antecedente directo, Pedro Picapiedra, a quien se rinde homenaje en varios capítulos de la serie de Springfield?

Las tramas de Hanna-Barbera no eran tan sofisticadas como las de la Warner. Eran historias sencillas, con personajes pícaros cuyas peripecias pretendían arrancarnos una sonrisa -más que una carcajada- a la hora de la merienda. Su primer gran éxito fue El show de Huckelberry Hound, estrenado en 1957, pero la revolución Hanna-Barbera llegó tres años después, con Los Picapiedra, que marcaron las dos décadas catódicas siguientes e iniciaron un género de parodia familiar animada que ha seguido cultivándose, de forma cada vez más ácida y desmadrada, hasta Padre de familia.

El éxito de ¡yabadabadú! permitió el despegue de la compañía y la eclosión de los títulos que nos han alegrado tantas tardes lluviosas y tantas mañanas de domingo: El oso Yogui, Maguila Gorila, El lagarto Juancho (estos dos, de mis favoritos, porque eran mucho más listos y malintencionados que el oso de Yellowstone, y menos marisabidillos que El pájaro loco), Los autos locos (con mi amada Penélope Glamour y el entrañable profesor Locovitz, trasunto del profesor Franz de Copenhague), Tom y Jerry, La hormiga atómica, Superratón (no olviden supervitaminarse y mineralizarse), y, mucho más tarde, Los Pitufos y Los Snorkles. Scooby Doo, uno de sus éxitos más sonados, del que todavía se producen capítulos, nunca me emocionó. No le encontré la gracia a ese perro afónico, pero la mayoría de las creaciones paridas por estos dos señores han supuesto horas de felicidad para ese niño que debo llevar escondido todavía en algún rincón de mi intestino.

En los años 90, la pérfida Warner (por cuyos dibujos, ya lo he dicho, sentía mucha más debilidad) compró Hanna-Barbera y le cambió el nombre. Ahora se llama Cartoon Networks, y bajo esa nueva denominación fue la responsable de producir, entre otras cosas, Johnny Bravo, de Seth MacFarlane (creador de Padre de Familia, qué pesao soy con la seriecita, ¿verdad?). En algún rincón de la Warner custodian los fondos de Hanna Barbara, ahora en DVD y en el e-mule, pero también en las parrillas de cualquier televisión del mundo, que siguen programándolos. Por cierto, el episodio del nacimiento de Pebbles en Los Picapiedra fue, durante unos cuantos años, el programa más visto de la tele americana. Ríete tú de la boda de Médico de familia o de la última masturbación de Gran Hermano.

Espero que Mr. Joseph descanse en paz y que haya tenido una muerte dulce, por todo lo que nos ha hecho disfrutar. Lástima que no exista el Nobel de dibujos animados.

19/12/2006 02:23 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 8 comentarios.

¡RONDABANDARRA EXISTE!

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No fue en la tercera fase, sino en un bar debidamente resguardado del cierzo, con unas buenas pintas cerveciles y cuerda conversadora para rato. Al fin, Rondabandarra y servidor han tenido un encuentro, el primero de muchos, y tan feliz circunstancia sirve para festejar el añito de vida de este blog, que ha marchado paralelo al rondabandárrico.

Tenía muchas ganas de conocer a la persona que se escondía tras esa caricatura de Alberto Calvo, y casi me siento poderoso al conocer su secreto, pero no voy a desvelarlo. Dejemos que Rondabandarra siga siendo Rondabandarra, con sus jotas de picadillo, sus certeros comentarios sobre su última lectura (sí puedo decir que es un tremebundo lector), la guasa que despilfarra hablando de esa peculiar fauna nocturna y charradora de la que vive rodeado y su somardismo militante, como no podía ser de otra forma tratándose de un aragonés vocacional.

Qué curiosos son estos encuentros. Yo no soy nada amigo de acudir a "bloguellones" o "quedadas" cibernéticas. Soy demasiado tímido y creo que para emborracharse ya están los amigos. Las relaciones del blog forman parte del blog. Pero lo de Rondabandarra era distinto. Muy distinto. El colegueo y el buen rollo que nos hemos traido este año en ambas páginas bien merecía unas cervezas y una comprobación de que el ingenio de las jotas de picadillo era genuinamente suyo, y que no tenía un negro a sueldo. Doy fe de que, al natural, Rondabandarra es incluso mejor, que ya es decir. Tanto, que me hizo un regalo que me va a ser imposible corresponder: un ejemplar de la Enciclopedia de Educación y Mundología de 1959 que cité en el artículo del sinsombrerismo. Lo mío fue un sinpalabrismo cuando me vi con el libro en mis manos. Le sacaré partido, lo prometo, y vosotros lo leeréis (espero).

Aquí os pego lo que Rondabandarra, en un infame ejercicio de exageración, ha escrito sobre este encuentro en su blog:

"Tampoco es que ande yo todo el día saltando de blog en blog, pero si hay uno que no me pierdo a diario es el del periodista y ya puedo decir amigo Sergio del Molino. Su lucidez en el análisis del día a día, sus gotitas de erudición aunque él modestamente se resista a reconocerlo, su mucho sentido del humor y su todavía más retranca hacen que me desayune a diario desde hace casi un año con su “apología de la intrascendencia”. (A veces hasta habla en serio). Tantos meses dejándonos comentarios, tirándonos puyas y debiéndonos libros el uno al otro, requerían que chateáramos de una vez pero de verdad, o sea, con chatos de vino. En nuestro caso fueron pintas de cerveza que ayer nos acompañaron las dos horas largas en las que por fin nos vimos las caras y pudimos hablar sobre lo mismo que lo hacemos en los blogs pero con la inmediatez de la mesa del bar y el calor humano. Fueron las cuatro primeras pintas de muchas otras que espero que vengan porque nos dejamos muchas cosas de las que hablar (yo hablo mucho, pero él no se queda corto).
Precisamente en el día que su blog cumple un añito, va este saludo muy cordial y sincero para él y la ferviente recomendación de que lo visitéis siempre que podáis. Merece muchísimo la pena. ¡Felicidades, Sergio!"

A veces me preguntan que por qué escribo en el blog, y la verdad es que no encuentro una respuesta. Bueno, en realidad, improviso algo sobre la marcha para cumplir las expectativas del preguntón, pero no me suelo creer lo que digo. No sé por qué me he metido en este embolado, aunque tengo claro que me lo paso muy bien. No sé si eso cuenta como razón, pero si la consecuencia es ganar un amigo, las razones sobran. ¡Salud!

DÉJENNOS ZAMPAR (Y BEBER) EN PAZ

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No es que el que suscribe (me encanta ese carpetovetonismo) sea Antonio Escohotado, que yo no promuevo nada ni invito a nadie a que se compre un balcón con vistas a ningún precipicio, pero sí defiendo dos derechos básicos que no se incluyeron en la Declaración Universal y que tal vez deberían estar en ella. Me refiero al derecho al hedonismo y al derecho a utilizar los propios orificios corporales como buenamente se quiera, tanto para introducir como para expeler cosas. Eso incluye poder meterse en la boca -y masticar, tragar y, si se deja, digerir- lo que a cada cual se le antoje, sin ser importunado ni acosado por nadie ni por nada. Mi ideal de Estado es el de una aséptica y técnica entidad de gestión ajena a ideales, teocracias laicas o religiosas y fulanos con vocación redentora. Por tanto, en esa utopía mía donde los moralistas y los predicadores no mangonearían al ciudadano, el ministerio de sanidad (estoy harto de escribirlo siempre con mayúsculas, releñe), en lo que a materia alimentaria se refiere, se preocuparía única y exclusivamente de controlar a los productores para que no nos dieran gato por liebre y para que "barato" no fuera sinónimo de "tóxico". El resto, allá cada cual con sus Megabestiacefaloburgers XXL. Como si nos desayunamos un barreño de migas con longaniza cada mañana. Señora ministra, hasta el más lerdo de los lerdos sabe que se va derechito al infarto de miocardio comiendo eso, pero somos mayores de edad, y eso no sólo sirve para votarla a usted, sino para que, una vez en el cargo, no nos sofronice. De hecho, si aplaudo la Ley Antitabaco no es porque persiga a los fumadores, sino porque protege (o pretende proteger a medias) a los no fumadores. Fume usted lo que le plazca, amigo mío, pero lejos de mi sistema respiratorio. Déjeme al menos un margen de libertad para elegir de qué quiero morirme.

Pero como mis humildísimas utopías parecen irrealizables, la terca realidad se empeña en ponerme delante a mil modernos moralistas. Ahora, la ministra SuperSalgado quiere meterle mano al vino, después de darle caña a las multinacionales de la hamburguesa y a qué me sé yo. Con las bodegas ha topado. Menuda la que se puede liar en este país de nuevos ricos donde los enólogos de salón crecen más que las setas en el otoño soriano. Por si no lo sabíamos, Sor Salgado nos advierte de que el vino tiene alcohol, y el alcohol es fuente de hepatitis, problemas cardiorrespiratorios y visiones marianas, entre otras muchas cosas. Se olvida de una: es fuente de placer, pero a los ministros no les suele preocupar mucho el placer. Pues bien, como pérfida bebida alcohólica, debe ser proscrita y sofronizada a base de impuestos que actúen a modo de penitencia. Alguien en su gabinete le ha debido decir: "Serénese, doña Elena, que los bodegueros tienen muy mala follá", pero la vocación predicadora le puede. Pues sí, el vino tiene alcohol, hay que joderse. Pero usted preocúpese de que los productores lo pongan en la etiqueta y déjenos emborracharnos en paz, por dios. Ah, y gestione una mejor atención primaria, para que mi excelente médica de cabecera detecte mi hepatitis/cirrosis a tiempo, por favor. Esa sí que es su responsabilidad, y no la de marcarme las horas de desayuno ni el número de horalizas que debo licuar de 5 a 6 para supervitaminarme y mineralizarme.

Me incomoda mucho el afán predicador de los gobiernos. ¿Habrá alguna vez alguno que se dedique a gestionar en vez de hacer campañas? Ya sabemos que contratar una campaña es mucho más fácil que gestionar de forma eficiente un sistema sanitario o educativo, pero creo que (al menos, yo) no les votamos para escuchar sermones. Bueno, yo ni eso, porque no sé si votaré algo en las próximas elecciones. O quizá sí, aunque sólo sea por no escuchar el repelente "si no votas, no te podrás quejar" (como si la abstención me anulara el habla). ¿Por qué no viviremos y dejaremos vivir?

Rondabandarra se zampó una XXL a raíz de la campaña antihamburgueseril (y lo contó en su blog) y constató que aquello no era para tanto. Vamos, que se quedó un poco con hambre. Pues yo, cada vez que veo un anuncio del gobierno que dice "no te drogues" o "no bebas", me entran unas ganas de esnifar una raya de aquí a La Coruña o de meterme Jack Daniell's en vena que no os quiero ni contar.

Por cierto, dentro de poco me tocará hacerme análisis clínicos. Seguro que el colesterol me sale por las nubes.

MUNDO CARPETOVETÓNICO (1)

Nueva serie del blog: Mundo carpetovetónico, que no sé qué continuidad tendrá ni si gozará de seguimiento. A lo mejor es una serie de un solo capítulo, pero tiene papeletas para engordar, dado el buen fajo de periódicos antiguos que tengo sobre mi mesa para documentar esos reportajes de belle époque que nunca saldrán y esos libros que se quedarán a medio hacer. Para todos los que se quejan de que si los jóvenes son esto o los jóvenes son aquello y apenas les llega el coco para asimilar la más elemental gramática, aquí va esta joya, perteneciente al Heraldo de Aragón del 17 de septiembre de 1935, titulada "La Universidad considera necesario abordar tajantemente los conatos de ordinariez en el ambiente universitario":

"La Universidad nos remite la siguiente nota: 'Viene observando el rectorado, de algún tiempo a esta parte, como entre la masa escolar comienza a olvidarse ese mínimum de buenas maneras que hasta ahora representaba un límite de convivencia entre personas de educación corriente. Hasta no hace mucho, la Universidad merecía de los estudiantes un respeto y una consideración tal que producía asombro el ver algún caso de desaliño en las formas de actuar y en los modos de vestir. Ahora, en que la excepción comienza a crecer, es necesario abordar tajantemente los conatos de ordinariez que nos producen preocupación y sonrojo, procurando entonar y dignificar el comportamiento de todos en el ambiente universitario. Y comenzando por el aspecto más externo del problema, se advierte por el presente a los escolares que no les será permitida la entrada en los edificios universitarios si no vienen vestidos con el mínimo de decencia y dignidad con que toda persona culta, por modesta que sea, debe presentarse en nuestro ambiente. El rectorado espera una estrecha colaboración de todos en este orden de mejoras y principalmente de los escolares, que en su inmensa mayoría son modelo de discreción y correcta crianza.'

(Esta era la nota oficial. Ahora viene el comentario editorial del periódico)

Registramos el interés que merece la nota precedente. No es una cuestión nimia lo que en ella se aborda, siquiera se contraiga la admonición del rectorado a llamar la atención de los escolares sobre aquellos extremos que atañen a la dignidad de su presencia en los centros docentes. Las lamentables costumbres que se observan en ciertas minorías de nuestras juventudes habían llegado incluso a los sectores universitarios, en los que se iba a perder poco a poco el tono y severa dignidad del ambiente. El rectorado, bien percatado de que en el fondo esto es un problema de cultura, sale al paso de esos modos de zafiedad, que en escala reducida por fortuna, se adueñaban incluso de las juventudes escolares, que son las indicadas para representar precisamente lo contrario. Aquí sí que es de citar el ejemplo del extranjero. Los universitarios, reclutados en gran número de las clases modestas, y compartiendo muchos de ellos sus afanes académicos con oficios manuales en los que buscan la ayuda para soportar los largos estudios, acuden a las aulas presentados con la pulcra corrección que es permitida a toda persona. La nota es, pues, oportunísima, y la campaña educativa que se anuncia como propósito debe llevarse con todo celo, tendiendo a un afinamiento de las prácticas sociales -urbanidad- venidas tan a menos...".

Como para hablarles a estos de piercings y botellones. Anda, anda.

PS: En esa misma página (portada de periódico, ni más ni menos) aparece una foto de "la encantadora señorita Encarnita Ramón", proclamada Miss Ejea 1935, lo que me recuerda la canción de Javier Krahe: "Cogieron a la Jacinta, / la moza de mejor pinta, / y en la misma plazoleta / la pusieron en porretas / y la echaron al pilón / sin mayor vacilación. / Luego fue una comitiva / a Villatripas de Arriba, / a decirles que bajaran, / miraran y compararan. / Comparando las dos Venus, / ¿cuál es más y cuál es menus? / Excepto algún poetastro. / que alabó a la de alabastro, / y el pelma de Don Simón, / que de un vuelo fue al pilón, / se oyó gritar a compás: / la Jacinta mucho más, / la Jacinta mucho más. / Y con grandiosa vehemencia, / añadió la concurrencia: / (sobre todo, los varones), / que en lo tocante a erecciones, / la Jacinta en el pilón, / matarilerilerón."

MEDIA LUNA

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Sinceramente creo que algunos de los más sublimes logros de la humanidad se han manifestado en las cosas de comer y de beber. Por eso, en los viajes, procuro comer y beber lo que se come y bebe en el lugar donde me encuentro, aunque me tenga que rascar un poco más el bolsillo y tenga que perder un poco más de tiempo buscando los sitios adecuados. También creo que, pese a que ya no es lo que era y pese a que su aire ostentoso y excesivamente graso le ha hecho perder muchos puntos, la gastronomía francesa debería ser declarada patrimonio de la humanidad, al mismo nivel que el mudéjar o las Pirámides. Y, de entre toda su variedad, hay un producto que roza la perfección platónica: el croissant.

De lo maravilloso que es dice mucho el hecho de que los españoles, siempre predispuestos contra el gabacho -aunque con una extraña y sutil relación de amor-odio que todavía está por estudiar- no hayan traducido el nombre y lo llamen así: croissant. Si los quisquillosos hispanos respetamos el nombre en francés, incluso con una pronunciación que imita tímidamente a la gala, por algo será. En casi ningún país de habla hispana sucede algo parecido. Los argentinos los llaman medias lunas, y las preparan excelentes a la hora del desayuno, por cierto. En Buenos Aires siempre nos preguntaban si los queríamos "de grasa" o "de manteca". Yo me los pedía de manteca, y al rato, de almuerzo, me tomaba una empanada de carne salteña (dios, cómo engordé de placer). Recuerdo que eran pequeños, con los cuernos afilados, muy distintos a los de aquí, mucho más etéreos.

No sé quién tenía la teoría de que los croissants españoles mejoran con la proximidad a la frontera francesa. Ese personaje, que vivía en Madrid, tenía amigos en Barcelona y, de vez en cuando, quedaban madrileños y catalanes en Zaragoza un fin de semana, porque les quedaba a mitad de camino. Pues bien: él constataba que los de Madrid decían que los croissants de Zaragoza eran infinitamente mejores que los de Madrid, mientras que los de Barcelona aseguraban que eran puro mazacote. Eso venía a confirmar su teoría. Por tanto, para este hombre, los peores croissants de España los sirven en La Línea de la Concepción, y los mejores, en algún pueblecito del Pirineo. Puede que no le falte razón.

Lo que está fuera de toda duda es que no hay color entre los croissants de un lado y otro de la frontera. No sé qué don poseen, pero, en materia croissantera, la más mohosa boulangerie del más triste y deprimente pueblo francés le da sopas con hondas a la más exigente creación del más elitista obrador de estos lares. Nada iguala esa textura que parece de algodón de azúcar y, sin embargo, está dorada por fuera. Nada iguala esa delicadeza, ese aroma a mantequilla, ese bocado que se funde en la boca. ¡Es que me siento ereccionar con los croissants de boulangerie, apilados junto a las baguettes!

Antes, cuando ir a Francia significaba ir a ver a la familia, comprábamos baguettes y, si había suerte y llevaba algún franco de sobra, caía un croissant. Ahora, que vamos de hotel, pagamos con euros y pasamos de la familia, ya no compro baguettes, pero sigo recorriendo boulangeries. Única y exclusivamente para zampar esas delicias. Dénme una servilleta, un croissant horneado pocas horas atrás y una calle con contraventanas de cualquier ciudad francesa de provincias y me harán feliz. Con tan poquita cosa me conformo, fíjense. Como le dijo Hank Scorpio a Homer Simpson: "No hay nada que hacer, la felicidad se compone de las pequeñas cosas". Des petites choses, en este caso.

También recuerdo que A., vieja compañera de penas y alegrías, decía que los croissants son en verdad crustáceos reencaranados en bollos, y que hay que comerlos como si fuesen nécoras o langostas: por eso ella siempre me robaba los cuernos-patas de los míos. Y le sabían más ricos cuanto peor cara ponía yo ante su latrocinio.

¿Y por qué me da por pensar ahora en los croissants? Quizá porque se acercan las navidades (que no voy a reivindicar: lo siento, pero me ponen de los nervios, soy así de triste) y recuerdo las que pasé en Angers, en una casa sepultada bajo la nieve y llena de franceses que intentaban chapurrear español, y de españoles que intentaban chapurrear francés, todos borrachos con el vino de la cave del abuelo Louis. No sé, igual es que me pongo ñoño a veces.

I'LL BE THERE FOR YOU

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¿Qué puede hacerse un sábado antes de Nochebuena, aparte de pasar la tarde acumulando bolsas y deslomándote acarreando paquetitos con perritos piloto para el nene y para la nena? Pues ir al cine. Un clásico, vaya. Otros años, dedico ese día a trabajar, pero esta vez (vaya por dios: el trabajo a veces es un buen refugio contra otras responsabilidades que eludimos) me tocaba librar. Así, tras la obligatoria visita a San Corte Inglés y después de ponerle unos vendajes y hacerle unos mimos a la tarjeta de crédito, que no entiende la razón de tanto meneo en tanta caja registradora, nos fuimos al cine. Sin exigencias, que es Navidad. Con tal de no ver algo así como Pinkie and Winkie meets Santa Claus o Rudolph, el reno aficionado a los clubs de carretera y al bourbon de garrafón, nos conformábamos. Por eso acabamos viendo Scoop, la de Woody Allen con la imponente Scarlett (de la que hablaré otro día).

La peli, floja, flojísima. Claro que Allen, a estas alturas, puede hacer lo que le salga de las canas, pero... Es una farsa con un guión muy poco trabajado, que pretende no sé si homenajear a las comedias de enredo americanas que, a su vez, están emparentadas con los sainetes y los vodeviles que alegraban las frías noches de nuestros abuelos. Si buscaba eso, no lo logra. Scarlett no tiene vis cómica para este tipo de obras, y Woody apenas se reserva un par de chistes sobre judíos para sus frases. No sé si me sonreí un par de veces en toda la película, pero la tónica general fue de aburrimiento. Por eso, me dediqué a observar al público que llenaba la sala (ajá, así que es aquí donde os escondéis de vuestras familias, pensé). Creo que ya he escrito en otra ocasión que lo que menos soporto de Woody Allen es la gente a la que le gusta Woody Allen, lo que puede equivaler a una declaración de misantropía muy poco navideña, lo sé. Pero es que alucino con la predisposición del público, que se comporta como un perro de Pavlov. Primera secuencia, primera frase: risotada general. ¿Por qué? Porque es de una peli de Woody Allen, ergo gracioso, ergo me río. ¿Tiene gracia? Qué más da, es de Woody Allen, hemos venido por la marca, no por el contenido. Y así, toda la película: no importaba lo insípido o malo del chiste en cuestión, mis compañeros de butaca se desternillaban.

Este curioso fenómeno social, unido al aburrimiento, me llevó a pensar en las series de televisión que tienen risas. Y pensé en las que tienen risas de verdad, no enlatadas, como Friends, que se grababa con público en directo. Y entonces recordé que Enrique me había pedido en un comentario que diera mi opinión sobre esa serie en cuestión algún día en el que no supiera de qué escribir. Y creo que hoy es ese día. Por hablar de otra cosa que no lleve turrones y esas cosas.

Me incorporé a la serie tarde, muy tarde. Pasé de ella las cinco o seis primeras temporadas. No me atraía lo más mínimo la vida de esos individuos. Me la traía al fresco, y me la hubiera seguido trayendo al fresco de no ser por la insistencia de varios amigos a los que considero inteligentes, cultos y sensibles. Gente con criterio cuya opinión siempre valoro mucho. Me dije: algo tiene que tener la serie si estas personas a las que quiero y admiro me la venden con tanta pasión. Y, poco a poco, tuve que reconocer a regañadientes que me había equivocado al juzgar Friends. De hecho, acabé patéticamente enganchado a ella y recuerdo haber sentido auténtica pena cuando se emitió el último capítulo y la casa se quedó vacía. Tengo en casa todas las temporadas en DVD (ocupan un estante entero, junto a Los Simpsons y Cheers) y, de vez en cuando, nos tragamos algunos capítulos en versión original, porque descubrimos que el doblaje ha hecho papilla parte de la ironía de la serie.

¿Por qué me gusta Friends? A ver, intentaré improvisar algo, porque siempre es más fácil argumentar por qué no te gusta una cosa que lo contrario. Las afinidades proceden del estómago y de las vísceras y son más difíciles de diseccionar. En primer lugar, me gusta porque me parece graciosa, sin darle más vueltas, pero, si voy un paso más allá, me gusta porque ennoblece el desprestigiado humorismo blanco, es decir, un humor sin sesgo político o ideológico, que no persigue justificar ningún discurso previo y que tiene una acusada tendencia universalista. Es decir, que podamos reírnos todos independientemente de nuestra condición social, país, sexo, trabajo o raza de animal de compañía. Por supuesto, no hay altruísmo detrás de esa voluntad, tan sólo una natural expansión de mercados de consumo: si limas los argumentos de localismos, jergas, acentos y referencias políticas y geográficas, obtendrás un producto exportable para todas las televisiones del mundo. Ni más ni menos. It's business, my friend. Pero hacer eso bien es muy complicado, porque el resultado más probable es el de una serie plana, y ejemplos hay miles. Pero plano no es lo mismo que blanco: el humor, para serlo, debe tener aristas. Lo plano no hace gracia ni emociona ni nada. Ni contenta ni disgusta, sólo deja indiferente.

El mérito de Friends fue que consiguió esa universalidad sin perder intensidad en la acidez de su humor. Sus guionistas (y sus actores, que entendieron muy bien qué tipo de interpretación se requería de ellos) supieron incluir en cada episodio un sinfin de registros: desde el zafio chiste camionero hasta la más elevada humorada de universitarios de Harvard. Todo el mundo tenía su ración adecuada a sus necesidades. Tomaron como base el cine de comedia de los años 60 de Rock Hudson y Doris Day, le limpiaron la caspa y el tufo reaccionario de guerra fría y le añadieron unas cuantas dosis de mala leche. Luego, eligieron unos personajes que estuvieran entre los 25 y los 30, en una edad difusa, donde todavía no se han (no hemos, pues estoy en esa horquilla) asumido muchas de las servidumbres de la edad adulta pero se ha perdido la mayoría de las adolescentadas. Por tanto, hay una buena porción de público que puede identificarse con ellos: los jóvenes y adolescentes se ven reflejados en algunos aspectos, y los más adultos, en otros. Ahí está el núcleo de la serie. Sólo les faltaba darle un aire teatral y ubicarlo en un espacio reconocible: Nueva York, tierra soñada por mí. Era muy difícil que el asunto fracasara, aunque bien podrían haberse estrellado con todo el equipo.

Total, que a mí me hace mucha gracia y creo que Friends ha sido la última gran manifestación mundial de humor blanco, un humor que en España cultiva gente como Gomaespuma, por ejemplo, con Cándida como última expresión cinematográfica.

PS: Scarlett Johanson no tiene vis cómica, pero Jenifer Aniston (en la foto, la Rachel de Friends, aunque en un principio, los productores la contrataron para el papel de Mónica) tiene tanta, que se ha encasillado. Le acaban de rechazar un papel en la serie 24 porque ha perdido crédito como actriz dramática. Y eso que era la intérprete más preparada del reparto de Friends, la única que procedía de los exigentes circuitos de teatro alternativo del off Broadway. Qué malo es encasillarse, maños.

24/12/2006 13:55 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 8 comentarios.

EL ARTE DE AMAR

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Hoy he estado releyendo por encima el clásico de Erich Fromm El arte de amar, cuyo título siempre me ha sonado al Ars solfandi, el método con el que aprendí solfeo y que estaba escrito por don Hilarión Eslava, que tiene una calle en el barrio de Argüelles de Madrid donde curiosamente vivió muchos años Benito Pérez Galdós. También tengo un amigo que se apellida Eslava y que puede ser un descendiente lejano e indirecto de don Hilarión, que no es el de La verbena de la paloma, aunque dedicó su vida a la música y fue contemporáneo de la zarzuela. Y así, podríamos seguir conectando cosas hasta componer el absurdo del mundo: sólo viviendo absurdamente se podrá deshacer algún día este absurdo infinito, que decía Cortázar (seguidor impenitente de la Revolución cubana, incluso cuando esta devoró a todos sus hijos, y quizá lo seguiría siendo todavía hoy, cuando Castro, que presume del mejor sistema sanitario de América Latina, manda traer a su corte a un cirujano de la pérfida madre patria, un absurdo de los gordos).

El caso es que como estas fechas son de amor y apuñalamientos de familiares en segundo grado de cosanguineidad en los postres de las cenas pantagruélicas, me ha dado por hojear un poquito al psicoanalista americano, y he vuelto a constatar el poco caso que se le ha hecho, por más que el hombre escribiera facilito y vendiera muchos libros. Su idea del amor como arte y no como azar sigue siendo hoy un bello vacío teórico sin apenas ejemplos prácticos. Dice Fromm que el amor no es un frenesí incontrolable, que no es una fuerza de la naturaleza que nos hace enfermar y enloquecer, sino un sentimiento que aparece en las personas como un signo de madurez y que debe ser trabajado. Nos preocupa ser amados, cuando lo que debería preocuparnos de verdad es saber amar bien. Y eso, como todo, se aprende, aunque no haya escuelas. Y, como todo arte, requiere conocimiento, talento y esfuerzo. De la misma forma que se educa el gusto o la sensibilidad, se educa también la capacidad de amar, y hay buenos, mediocres y malos amantes, pero sólo los primeros atisban los rayos de la felicidad.

Esta idea está conectada con la de la educación sentimental. Aprendemos a sentir, aprendemos a controlar esos instintos, los refinamos, los pulimos con experiencias y descubrimos sus mil aristas. Y quien no cultiva sus sentimientos, se embrutece emocionalmente, como se embrutece el que no lee y nunca ejercita su capacidad pensante. El amor y los sentimientos son como instrumentos musicales: necesitan ser tocados para no perder la afinación y no echarse a perder.

Y pensar que creemos saber lo que es el amor, cuando hay tanta gente que sólo conoce de él lo que dicen las canciones de la radio, pero se niega a experimentarlo... Y pensar que hay tante gente recostada en el tópico, mecida por la inercia y empachada con estas fiestas donde todos dicen quererse tanto...

Qué sombrío me ponen las navidades, ¿verdad?

Foto: una de las obras más famosas de Man Ray, El violín de Ingrés. Es un homenaje al cuadro El baño turco, de Ingrés, donde aparece una mujer de espaldas en una postura muy parecida, con una silueta que recuerda a un violín. La modelo, musa de Man Ray y de los borrachos ególatras del París de la bohemia, es Kiki de Montparnasse, una mujer que les fascinaba. No sé si estaban enamorados de ella, pero la adoraban. ¿Era eso amor?

LAS NOTICIAS DEL ATRIL

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Ha nacido un nuevo paradigma, señoras y señores. Hasta ahora, lo normal era que uno se labrase una carrerita como periodista y aprovechara esa plataforma para dar el paso a las letras con mayúsculas, las literarias, de tapa dura, premios Planeta y mogollón de canapés. Ejemplos catódicos hay miles: Ángeles Caso, Fernando G. Delgado, Arturo Pérez Reverte... En la prensa escrita, la nómina es mucho mayor, pero menos resultona. Hasta hoy, ese era el camino normal, pero, a partir de ahora, se va a poner de moda hacer lo contrario: uno empieza como escritor, publica veinte o treinta libros, es leído y homenajeado y, cuando parece que se va a jubilar en una playa gaditana con su biblioteca de primeras ediciones y una esposa cuarenta años más joven, empieza una carrera periodística. Esta estela la inaugura Fernando Sánchez Dragó, que va a presentar el informativo de noche en Telemadrid, sustituyendo al extrañamente caído en desgracia Germán Yanque. Vaya nuevo becario que se ha agenciado la redacción de Telemadrid. Y digo becario, porque alguien que empieza con algo que no ha hecho en su vida, tendrá que dejarse enseñar por los veteranos, ¿no?

Algunos de mis compis andan bastante rebotados con la noticia: "Es un nuevo varapalo a la profesión y a la dignidad del periodismo", dicen. Y sí, tienen razón, pero es que llevamos ya tantos varapalos en el lomo que ni se notan. El periodismo ha dejado de ser una profesión instrumental y alimenticia para los aspirantes a escritor, pero si la copan los escritores consagrados, ¿dónde se foguearán los aprendices de novelista? ¿En los talleres por correspondencia? Al menos, algo bueno van a sacar en claro en Telemadrid: se van a ahorrar la nómina del que pasa el auto-cue, porque Sánchez Dragó usará atril para leer los titulares.

Creo que este es el primer mojón de una tendencia que nos mandará a todos (a los que vivimos de esto, vaya) a hacer calceta a nuestras casas. Propongo otros nombres para otros informativos en el resto de cadenas, todos con experiencia mediática probada. Juanjo Millás para TVE, que bien se lo ha ganado con su desenfrenada doración de píldora al Gobierno; Javier Rioyo, en el informativo de las mañanas, para que llegue de empalmada con el último gin-tonic a medio beber y nos dé una achispada visión de la actualidad; Umbral, desnudo, en Antena 3; Elvira Lindo para TV3 y en castellano (subtitulada en catalán), y Juan Manuel de Prada, en Telecinco, que para eso es de Vocento. A Delibes le mandaría de corresponsal al Líbano, con alguno de sus galgos, y Caballero Bonald, a cubrir la actualidad más fashion de Nueva York. A García Montero le montaría un plató en la Alhambra y Ana María Matute sería la chica del tiempo, moviéndose con garbo frente a los mapas virtuales.

¿Que exagero? Al tiempo.

27/12/2006 22:36 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad Hay 21 comentarios.

LADIES AND GENTLEMEN, MR. BRAD PITT!

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Cuando ayer me senté en el cine a ver Babel, una radio iraquí ya había anunciado que a Sadam le quedaban pocas horas para ser colgado del cuello, pero nada se sabía de esas toneladas de hormigón que se iban a caer sobre un par de ecuatorianos acurrucados en un coche (si es que eso es lo que ha pasado en Barajas, que todavía no está confirmado). En una sala de cine el mundo siempre parece ajeno, pero el estado mental que me había provocado saber que alguien -me importa una mierda cómo se llame o lo que haya hecho- podría estar siendo ahorcado mientras yo zampaba palomitas, me predispuso de otra forma hacia la peli de Iñárritu-Arriaga. Los cuentos que contiene se convirtieron en... ¿reveladores? ¿Se dice así cuando algo te hace cosquillas en el cogote y te provoca un escalofrío?

No quería ver Babel en el cine, porque en la ciudad donde vivo, como en tantas otras, no hay una maldita sala que proyecte cine en versión original, y me daba pampurrias pensar en el doblaje de una peli donde los personajes hablan árabe, japonés, español e inglés. Debería estar penado con cárcel destrozar con el doblaje el trabajo de los actores y privar a los espectadores del 50 por ciento de su interpretación, compuesta por su entonación, sus inflexiones y su capacidad para expresar emociones y estados de ánimo del personaje con la voz. Pienso que el doblaje es un acto tan aberrante como pintarle un bigote a la Gioconda, y no me puedo aguantar la risa siempre que oigo aquello de "los dobladores españoles, dentro de lo malo, son muy buenos". El que pinta el bigote a la Gioconda también puede ser un hábil dibujante, pero no deja de ser un criminal por ello.

Soy especialmente radical y picajoso con este tema cuando la peli me gusta y cuando aprecio que el director se ha esforzado especialmente en cuidar los aspectos orales de su obra. Pero si la carne es débil, el celuloide todavía lo es más, y no iba a poder soportar a mis amigos dándome la brasa y contándome lo maravillosa que era sin haberla visto yo. Y no me arrepiento de haber ido. He de decir que, con doblaje y todo, Babel es inmensa, algo que no puede sorprender a quienes hayan visto Amores perros y 21 gramos (y yo lo he hecho con reiteración casi obsesiva, y volveré a verlas de nuevo). Creo, sin embargo, que esta última es la menos cruda de las tres, quizá porque uno de sus temas es ese galimatías que a muchos nos amarga la vida: las relaciones -o las no relaciones- entre padres e hijos. Mi admirado Arriaga ha echado un pelín el freno a su emotividad desbocada.

No voy a disertar más sobre la apocalíptica, totalizadora y, sin embargo, humanista visión del mundo de Arriaga-Iñárritu, porque soy muy pesado con mis filias y mis fobias, pero sí que tengo que unirme al carro de todos los que han puesto por las nubes la interpretación de Brad Pitt (incluso doblada, en serio). Yo ya estaba convencido desde hacía mucho tiempo de que detrás de ese guaperas cabecita de limón había un actor como la copa de un pino al que su propio físico no le dejaba despuntar. Pitt es uno de los grandes, y creo que todavía no ha dado lo mejor que tiene dentro. Espero que le ofrezcan papeles donde pueda envejecer como el titán que es. Antes de ver Babel leí en algún sitio que lo mejor de esta peli era la secuencia en la que Pitt habla por teléfono. Obviamente, me pasé toda la cinta esperando la maldita escena, y cuando llegó, se me encogió el alma. Este hombre pide el Oscar a gritos.

No debería decir esto, porque son rumores vagos que circulan de cuarta mano y está feo que alguien que se dedica al periodismo difunda chismes, pero ahí va esto: se cuenta que esta es la última peli que Arriaga e Iñárritu van a hacer juntos y que, al parecer, han partido peras. Algo huele a podrido en su bella amistad. O no, a lo mejor son chismorreos de envidiosos y maledicentes que no tienen base alguna, pero yo es lo que he leído por ahí a gente sin escrúpulos que no quiero citar.

Vaya fin de año más intenso.

30/12/2006 22:56 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 8 comentarios.