Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2006.
Resumen
- 01/02/2006 13:25 - BARCELONA
- 02/02/2006 18:59 - ADÉU, LLUÍS, ADÉU
- 03/02/2006 17:18 - MISTER BEAN, MAHOMA Y EL HUMOR DANÉS
- 04/02/2006 15:31 - SOUTH PARK, EL REVERSO TENEBROSO DE MAFALDA
- 05/02/2006 14:32 - SOY UN PERRO DE PAULOV
- 06/02/2006 01:06 - LA TERRIBILITÁ DE CRASH
- 07/02/2006 12:44 - HOTELES
- 07/02/2006 21:59 - EL ORIGEN DEL MUNDO (2)
- 08/02/2006 21:09 - ¡DALE AIRE (QUIERO DECIR, CARICATURAS), MARIJUANA!
- 09/02/2006 00:57 - LOS CUENTOS DE CRISTINA GRANDE
- 10/02/2006 01:10 - LA VÍA VALENCIANA
- 10/02/2006 18:50 - FURIA ÍGNEA
- 11/02/2006 16:54 - EN EL CULO DEL MUNDO
- 12/02/2006 18:37 - EL TESTAMENTO DE JAMES COBURN
- 13/02/2006 01:40 - JOHN BANVILLE Y LA PANSPERMIA
- 14/02/2006 10:41 - EROTISMO OLVIDADO Y SEGUNDÓN
- 15/02/2006 10:54 - LA ÉTICA DEL ESFUERZO
- 16/02/2006 01:47 - FANTASMAS EN BLANCO Y NEGRO
- 17/02/2006 17:19 - SALIR, BEBER...
- 18/02/2006 17:16 - SEXO EN ZARAGOZA
- 19/02/2006 17:33 - Y SOPLÓ, SOPLÓ...
- 20/02/2006 10:58 - HACERSE LA PICHA UN LÍO
- 21/02/2006 02:24 - EL ARTE POR EL ARTE
- 22/02/2006 01:53 - LOS SECUNDARIOS DEL ROCK: TOMMY BOLIN
- 23/02/2006 00:34 - ESTOS BUFANDISTAS ESTÁN LOCOS
- 24/02/2006 14:04 - ¿DÓNDE IRÁN LOS LECTORES?
- 25/02/2006 13:48 - BORIS SOUVARINE
- 26/02/2006 18:08 - GRANDES ENIGMAS DE LA HUMANIDAD (1)
- 27/02/2006 13:12 - "MAQUIS" FALANGISTAS EN ZONA ROJA
- 28/02/2006 01:01 - CAFÉ NOSTALGIA
BARCELONA

Siempre he lamentado que la literatura en catalán sea tan desconocida fuera de su ámbito lingüístico, porque eso ha acabado generando en algunos sectores de la misma unas actitudes victimistas y cerradas dentro de sí que amenazan con dar un ambiente de alcoba enclaustrada y sin ventilar a sus creaciones. Creo que, afortunadamente, quienes desde fuera de Cataluña, Valencia y Baleares, nos interesamos y leemos libros en catalán (o traducidos al castellano, que también los hay) somos muchos más de los que piensan los nacionalistas aldeanos, que parecen satisfechos de que no les hagan caso. Pero, hecha esta salvedad, hay que reconocer que es una lástima que buena parte de España dé la espalda a su segunda mayor tradición literaria. En ese sentido, que el año pasado fuera Jesús Mocada quien recibiera el Premio de las Letras Aragonesas, ha marcado un hito poco valorado y que demuestra que no todo es mal rollo a un lado y a al otro del Segre.
Ayer, por motivos de trabajo, estuve en Barcelona. Pasé el día en el tranquilo barrio de Pedralbes, antes burgués, hoy universitario. Cuando terminé las entrevistas y las visitas, me quedaron un par de horas libres antes de coger el tren, y aproveché para hacer la catetada que me gusta hacer siempre que voy a la capital catalana: bajar la Rambla, que es como un canal de Amsterdam sin agua.
Hay muchos síntomas de cómo se ha ido europeizando España, y Barcelona siempre unos pasos por delante. Los economistas me hablarán de pibs y de bla-blas; los críticos literarios, de cómo los temas urbanos han acabado por barrer a las tramas rurales; los arquitectos, de lo singulares y bien puestas que lucen las ciudades; los sociólogos, qué sé yo, algo se inventarían... A mí todo eso me suena a retórica: el único síntoma real no ya de la europeización, sino de la globalización, es el olor del centro de algunas ciudades. Barcelona huele -y Madrid cada día más- a fast food. El índice de globalización (si es que existe algo así) es directamente proporcional al número de ciudadanos que pasea por el centro con un vaso de Starbucks, una pita de falafel o una porción de pizza. Londres, Nueva York, Amsterdam, París incluso, huelen a fast food mezclada con los olores propios de la ciudad, pero imponiéndose con fuerza a ellos. Zaragoza todavía no: y es raro, porque mi ciudad se caracteriza por adaptarse rápidamente a lo nuevo y olvidar lo viejo en el desván del abuelo sin derramar ni media lagrimita de nostalgia. Ya vendrá, por tanto.
Barcelona es la más global de nuestras ciudades. La que más huele a esa mezcla de horno industrial y recalentamiento de microondas. Y he de decir que, muy a mi pesar, pues en el fondo me precio de ser un sentimental teórico que añora tiempos que no vivió, me gusta ese ambiente. Me siento cómodo en la ciudad atomizada. Me siento a gusto allí donde, gracias a un individualismo atroz, nadie te molesta porque nadie se preocupa por tí. ¿Qué me pasa, doctor? ¿Por qué no preferiré las verbenas populares en vez de la indiferencia? Me lo haré mirar, desde luego.
Una vez hube trotado a gusto, pensando estas tonterías mientras caminaba de la plaza de Cataluña al puerto, me quedaba un poco de tiempo, si apuraba, para hacer otra de las cosas que hago cuando piso la ciudad: llevarme algunos libritos de literatura en catalán que me cuesta conseguir en Zaragoza, pese a que internet ha facilitado mucho las cosas. Y como tenía negros pensamientos sobre el presente y sobre el futuro, me agarré a los clásicos, pero del siglo XX, que no tengo cuerpo para literatura medieval ahora mismo. Compré libros de Mercè Rodoreda; El quadern gris, del maestro de bloggers Josep Pla, y algunas colecciones de cuentos de Jesús Moncada. Todo un retorno a la aldea que nunca tuve, me dije mientras pagaba.
En el tren me leí los cuentos de Calaveres atònites (hay traducción al castellano), del aragonés catalanoparlante ya fallecido Jesús Moncada, y su sentido del humor rural y delicado me alegró el viaje. Son unos cuantos relatos engarzados protagonizados por los habitantes de la vieja Mequinenza, la que se comió el pantano, en ese terreno árido y complejo que muchos llaman la Franja de Aragón, donde el catalán y el castellano se mezclan con arcaísmos que son perlas para filólogos, y que ha parido a muchos grandes personajes de esta tierra, como Sender, Maurín o el propio Moncada. No sé por qué, pero la Mequinenza perdida que Moncada imaginó -recreándola a su manera- en sus libros me recuerda un poco a Cicely (Doctor en Alaska). El secretario de juzgado pijo barcelonés que llega a Mequinenza en un camión de mineros, horrorizado ante los modales irreverentes de la gente de la zona, bien pudiera ser el neoyorquino Joel Fleishman, que contempla a sus convecinos de Alaska por encima del hombro, pero que poco a poco se va fundiendo con ellos. La Franja, olvidada y deseada, bien pudiera ser la Alaska aragonesa.
ADÉU, LLUÍS, ADÉU

Después del largo artículo sobre Barcelona y la literatura en catalán, me había propuesto espaciar los temas catalanes un tiempo, para que no se asocien mis filias personales con las varias monsergas politqueras que nos saturan a todos. Pero actualidad obliga, y he de volver a cruzar metafóricamente el Segre. Lluís Llach dice adiós. Hoy ha anunciado que se retira, que se jubila de la música. Que esta primavera es la última. Es una pena, porque Llach es como los buenos vinos: mejor cuanto más viejo. No me gusta saber que no va a haber nuevos discos de Llach, que no habrá más conciertos. Sé de un amigo, mucho más que un fan de Llach, que lo va a sentir infinitamente más que yo.
En abril de 2004 entrevisté a Lluís Llach en Valencia. Iba a dar un concierto en el campus de Tarongers de la Universidad, y yo le asalté después de la prueba de sonido, por la tarde, bajo un sol horroroso. En realidad tenía concertada la entrevista con su manager, pero este individuo debió "olvidarse" de comunicárselo a Llach y mi llegada se convirtió en un asalto a mano armada. Pero Lluís, en vez de mandarme a escaparrar, como sin duda hubieran hecho muchos otros "artistas", se lo tomó con humor, canceló lo que tenía previsto, y me invitó a que charláramos durante un par de horas. Parte de esa conversación salió publicada una semana después en forma de entrevista en el suplemento dominical de Heraldo de Castellón. La recupero ahora para el blog:
Lluís Llach: "Si me tengo que etiquetar, me defino como aprendiz"
Siempre ligado a la ‘nova cançó’, el poeta de Verges es capaz de mezclar en un mismo recinto a adolescentes “de tejanos y bambas”, como él dice, con respetables caballeros de dignas canas. Ha dejado atrás los tiempos de “L’estaca” -aunque sigue convencido de que “si estirem tots, ella caurà”- y, desde hace un tiempo, un gorro de lana le resta unos cuantos años en las fotos y en las portadas de sus discos. En las últimas cuatro décadas ha enamorado a auditorios de toda Europa y ha hecho que algunas de sus creaciones se conviertan en partes irrenunciables de la identidad catalana moderna. Sin embargo, cuando se deja caer sobre la silla del camerino y comienza a hablar, convierte su marcado catalán ampurdanés en un vehículo cálido y afable que oculta, durante el tiempo que dura la entrevista, al Llach del Olympia de París y al Llach portavoz de la Cataluña que se negaba a claudicar ante el franquismo, para transformarlo, simplemente, en Lluís, un agradable conversador que ha venido de Verges.
¿Podemos interpretar su nuevo disco, “Poetes”, como un homenaje a los poetas catalanes del siglo XX?
No, yo no soy quién para hacerle un homenaje a nadie. Yo sólo soy un letrista pasable. El recital y el disco que le acompaña responden a la necesidad de desahogarme por la desaparición de un amigo muy querido, Miquel Martí i Pol. No es un trabajo que tuviera previsto en absoluto. Sencillamente, quise recoger algunos textos de los poetas que Miquel y yo admirábamos y que saltaban constantemente en nuestras conversaciones. Algunos han sido amigos comunes, otros no, pero no es un homenaje a nadie, sino una forma de desquitarme del dolor que me produce su muerte.
A pesar de esa intención, el disco es muy didáctico e incluye algunas notas sobre cada uno de los autores, que son prácticamente desconocidos fuera de Cataluña. ¿Cree que trabajos como el suyo pueden ayudar a paliar ese desconocimiento?
No lo creo y, en cualquier caso, no es algo preocupante. El idioma supone una barrera que todos asumimos cuando decidimos usarlo como instrumento artístico. Está ahí y no sirve de nada lamentarse por una elección consciente de la que sabemos sus consecuencias. Tampoco conocemos a los poetas serbios, por ejemplo, y no pasa nada. Cuando escogí expresarme en catalán ya sabía que estaba limitando la difusión de mis creaciones a un ámbito mucho más restringido que si lo hiciera en castellano, pero para mí constituía una obligación entonces y ahora. No sirve de nada lamentarse. Lo que me queda de esta experiencia es el clima que se crea con la gente. Recuerdo la sensación de gratitud que me transmitió el público al final de cada concierto de la Apolo y la emoción con la que acogió el espectáculo.
Pero esa emoción, en Barcelona, donde Martí i Pol era un personaje tan querido, es fácil de conseguir. Me imagino que la receptividad del público fuera de Cataluña, donde esos poetas no son una referencia tan sentida, será distinta.
Pues podría serlo, pero anoche actué en Ondara (Alicante) y el clima de emoción y gratitud fue muy similar al de la Apolo. El espectáculo es lo suficientemente íntimo y cercano para emocionar a cualquier público, dentro y fuera de Cataluña.
Cambiemos de tema. Después de tantos años, le han incluido en el cartel de uno de los festivales más vanguardistas de España, el Primavera Sound, que se celebrará dentro de unas semanas en Barcelona. ¿No le resulta un poco raro meter su piano entre tanto joven alternativo?
¿Por qué? No le veo el más mínimo inconveniente.
Inconveniente, ninguno, pero reconozca que no ‘pega’ mucho...
Bueno, según se mire. Es un festival de música independiente, ¿no? Pues yo llevo toda mi vida haciendo música independiente. En ese sentido, encajo perfectamente. Soy un músico que sigue activo y no veo ninguna razón para rechazar ninguna oportunidad de actuar. Vivo en Cataluña y el Primavera Sound es una de las citas culturales más importantes de mi país. ¿Cómo iba a negarme?
Pues insisto en que su nombre choca en ese cartel...
Bueno, si la denominación de ‘música independiente’ responde a una verdadera independencia, no tiene que resultar nada extraño. Pero si quiere decir otra cosa, una etiqueta convencional, entonces sí que reconozco que puede sorprender.
Hablando de etiquetas: ¿se siente cómodo bajo el término ‘cantautor’ o está un poco harto de él?
No, incómodo no puedo estar, especialmente, porque me he pasado media vida reivindicando con mucha vehemencia ese término y su papel cultural. Pero si tuviera que escoger una palabra que me etiquetara, me defino como un aprendiz, ya que lo de cantautor era más una proclama, la defensa de una actitud, pero lo que de verdad es vocacional en mí es el aprendizaje.
¿De quién y de qué aprende Lluís Llach hoy?
De casi todo. Hay que mantener los sentidos muy abiertos. Si te refieres a la música, pues constantemente me encuentro con pianistas o saxofonistas que me descubren nuevos matices, nuevas tonalidades y nuevas posibilidades expresivas, e incluso, nuevas actitudes.
Pero después de más de treinta años en la brecha, con un nombre tan consolidado, tendrá usted más cosas que enseñar...
Bueno, los nombres en la música se hacen y se deshacen de la noche a la mañana. No hay que tomar en cuenta ciertas cosas a la hora de enfrentarse al día a día.
Cuando Zapatero dijo, recientemente, que iba a introducir la sonrisa en el Gobierno, me acordé de un disco suyo, “I amb el somriure, la revolta”. ¿Cree que el presidente del Gobierno se ha inspirado en usted?
No creo, porque yo dije: “Con la sonrisa, la revuelta”, no “con la sonrisa, el poder”. Son cosas muy distintas. De hecho, sería una perversión de lo que yo quise transmitir con aquella idea, con la que quería animar a trabajar para transformar las cosas, pero sin malos rollos y sin suspicacias.
¿Y, desde esos planteamientos, cómo valora los primeros pasos del nuevo gobierno?
Creo que hay un exceso de entusiasmo que puede ser peligroso. Debemos permanecer muy críticos y muy alerta frente a sus actuaciones. Hay muchos sectores de izquierdas que se han alegrado mucho por el cambio político, pero hay que mantener un escepticismo crítico. Han cumplido una promesa, ¡faltaba más! Eso es lo mínimo que hay que exigirles. Parece que Zapatero viene dispuesto a regenerar la mala imagen de los socialistas y que su propósito es firme, que lo va a hacer con hechos, pero yo, de momento, la única referencia que tengo de un Gobierno de izquierdas en España es la de Felipe González, y para mí fue nefasta en muchos aspectos. Es cierto que bajo sus gobiernos el Estado se modernizó y terminó de integrarse en Europa, pero hubo también desmanes muy graves. Muy graves. Y yo todavía no he escuchado una sola disculpa del PSOE por todo lo que hizo, así que creo que no se merecen la más mínima contemplación: son un Gobierno y, como tal, deben ser vigilados y criticados por los ciudadanos. No pueden esperar que les jaleemos.
¿Ni siquiera les va a conceder el beneficio de la duda?
En absoluto: tienen una responsabilidad y asumirla implica encontrarse con la ciudadanía crítica de frente, no apoyándoles.
Cataluña no anda menos revuelta que el resto de España. ¿También hay que mantener esa actitud con el tripartit?
Por supuesto. Yo he estado 23 años votando para que sucediera algo así en Cataluña. Tengo que reconocerlo: el actual Gobierno catalán es, desde mi punto de vista, lo mejor que le podía pasar a mi país, pero es cierto que han cometido una serie de errores y hay unas luchas internas que pueden acabar con ello. Cuando se organizó una campaña de acoso, secundada por CiU, yo salí públicamente a defender al tripartit y lo sigo apoyando, pero tampoco les puedo dejar mucho margen y, si no hacen pronto algo para enderezar la marcha, tendré que cambiar mi actitud.
¿No teme que esos apoyos públicos repercutan en una pérdida de credibilidad? ¿No teme que una formación política le adopte como símbolo, algo que hasta ahora no ha ocurrido?
No ha ocurrido porque, dada mi forma de ser, es difícil que suceda. La gente ya me conoce y, sencillamente, expreso lo que siento.
¿Y sigue sintiendo que “cal que neixin flors a cada instant”?
Ja, ja. Me río porque tengo un pequeño trauma con esa canción y he acabado cogiéndole manía. Así como otras composiciones mías, como “L’estaca”, se cantaban en fábricas o en manifestaciones, “Cal que neixin flors a cada instant”, no sé por qué, se cantaba en las iglesias. Y, claro, escuchar tu canción cantada por coros de monjas cada vez que pasas cerca de una parroquia, acaba creándote cierta psicosis...
Vamos, que ya no la siente como suya.
No, tanto como eso, no. Creo que el mensaje sigue siendo válido. Hace falta que la ilusión no se apague y que nos mantengamos siempre atentos a la belleza.
En cuanto a ilusiones, Barcelona anda ahora con el Fórum. ¿Le resulta interesante la aventura o le concede otra valoración?
En primer lugar, yo no participo en el Fórum por una cuestión de fechas y de plazos, pero me hubiera gustado mucho actuar en él. Dicho esto, siempre me sorprenderá que Barcelona tenga una imaginación tan desbordante como para inventarse algo como el Fórum. Todas las ciudades andan a la caza de exposiciones universales y de juegos olímpicos, pero Barcelona se ha inventado algo que nadie sabe muy bien qué es y que me parece estupendo como manera de transformar y renovar la ciudad, siempre desde una perspectiva cultural, no de especulación urbanística, claro.
Volviendo a su trabajo como músico. Al contrario que otros muchos artistas, usted no parece tener un proyecto global de su obra. Da la sensación de que ha hecho lo que le ha dado la gana.
Sí, básicamente eso es lo que he hecho, aunque en los años 60 me sentía obligado a expresar lo que expresaba. No he buscado una obra estructurada con coherencia porque creo que la verdadera coherencia está en hacer lo que sientes y te apetece. Y sigo así, sin tener proyectos a largo plazo. Este disco, sin ir más lejos, no podía haber entrado en ninguna planificación.
¿No tiene ningún proyecto?
Bueno, hay uno que me hace mucha ilusión: me han ofrecido componer la banda sonora de una película que se va a rodar sobre el último anarquista catalán ejecutado en el garrote vil por el franquismo, Salvador Puig Antich. Su muerte conmocionó a Cataluña y yo estuve muy involucrado en todos los sucesos, por lo que será muy emocionante para mí componer la música para el proyecto.
[La película empezará a rodarse en noviembre de 2004 bajo la dirección de Manuel Huerga, realizador de los Juegos Olímpicos, y reconstruirá el proceso y ejecución de Salvador Puig en Barcelona en los primeros meses de 1974].
Para terminar, volvamos al disco. ¿Qué echa más de menos de Miquel Martí i Pol?
Su conversación. Pasábamos horas y horas hablando, recordando poemas y dando vueltas en torno a la trascendencia de la vida... y de la muerte. Hablábamos mucho de la muerte. Siempre estaba presente en nuestras reflexiones.
¿Había pesimismo en el ambiente?
No, en absoluto. Esa pregunta indica hasta qué punto estamos condicionados por estereotipos culturales. ¿Por qué no podemos asumir la muerte como una parte más de nuestra existencia? Miquel tenía un gran sentido del humor y sabía bromear mucho sobre estos temas. Él tenía siempre un pie en el otro lado y hacía de la muerte un asunto muy recurrente [Martí i Pol padecía una esclerosis múltiple desde 1973, lo que condicionó buena parte de los últimos treinta años de su vida].
MISTER BEAN, MAHOMA Y EL HUMOR DANÉS

El asunto de las caricaturas de Mahoma, que se está desmadrando de una forma que me recuerda a los Versos satánicos del amigo Rushdie, da para más de una animada discusión. Menos mal que viene un relevo, porque una conversación más sobre la ley Antitabaco y me lío a fumar fumadores ofendidos y pesaos sin filtro ni nada. Pasemos, pues, a Mahoma, que siempre ha sido un tema más interesante.
El Gobierno español, muy paternalista él, declara que debe existir una conciliación entre el derecho a la libertad de expresión (artículo 20 de la Constitución española) y el respeto a las creencias religiosas (artículo 16 de ese mismo y famoso texto). Mal. Porque el artículo 16 garantiza el derecho de los ciudadanos a "la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y de las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público". A mi entender, lo que cualquier ciudadano diga o deje de decir, en los términos que buenamente le plazca emplear y con los medios que considere oportunos, sobre cualquier creencia religiosa no atenta contra esa libertad en absoluto. Resumiendo: tanto derecho tiene usted a profesar sus creencias como yo a criticarlas y satirizarlas. Con mis burlas, le puedo ofender, pero no impido que usted vaya a la mezquita, iglesia o sinagoga cuando le venga en gana, ni que se reúna con otros creyentes para realizar las actividades que ustedes crean convenientes, ni que profesen su fe en público o en privado. Sin embargo, usted sí que restringe mis derechos y libertades si me dice cómo y cuándo debo hablar de su religión. Me está, sencillamente, amordazando.
Mister Bean (el cómico inglés Rowan Atkinson) lo aclaró de forma sencilla y genial en una comparecencia en octubre pasado en la Cámara de los Lores a solicitud de la propia cámara, que debatía en esos momentos una proposición de ley para penalizar "la incitación al odio religioso". Preguntó Atkinson: "¿Qué tiene de malo sentir odio o antipatía por algo o alguien y expresarlo? ¿Qué tiene de malo sentir odio contra una religión o religiones?" La raza, la nacionalidad, la etnia, el idioma, el sexo o la orientación sexual -proseguía- son cosas con las que se nacen, que forman parte del núcleo irreductible de la personalidad del individuo, señas de identidad que no elegimos. Pero la religión no pertenece a ese núcleo irreductible: es un sistema de creencias que se acepta o no, y su aceptación -al menos si hacemos caso a la declaración de derechos humanos- es libre y voluntaria. Burlarse de ella, por tanto, no supone menospreciar ni dañar la dignidad del individuo que la profesa. No es equiparable, viene a decir, a ridiculizar a una persona por ser de una u otra raza, uno u otro sexo o una u otra orientación sexual. Lo único que pueden exigir los seguidores de una religión -concluyó Mr. Bean- es respeto para su propia libertad de expresión. Y eso, creo yo que no está amenazado.
Chapeau. Convenía recordar este genial alegato ahora que unos encendidos caballeros (que tienen todo el derecho del mundo a sentirse ofendidos y a expresar ese sentimiento de ofensa, claro está, siempre que esa expresión no incluya decapitaciones) quieren rebanar el cuello de los caricaturistas. Un chiste o un dibujo puede o no hacer gracia, puede ser tierno u ofensivo, puede o no herir sensibilidades, pero en ningún caso puede suponer una condena a muerte para su autor. Ni siquiera una condena al silencio. Gustará o no, pero para gustos están los colores. Por eso, la declaración del Gobierno español al respecto, falsamente conciliadora y paternalista, con un llamamiento implícito -pero no por ello menos alarmante- a la autocensura en materia religiosa, me parece un error de bulto. El Gobierno no debería haberse pronunciado sobre esta materia, que no le compete ni le incumbe, pero ya que ha decidido hacerlo, la única respuesta posible era lanzar un mensaje de firmeza y sin dobleces a favor de la libertad de expresión. Y no lo ha hecho. Es un pasito atrás, señores.
Dicho todo lo cual: he visto las caricaturas y no me gustan, no me hacen un pelo de gracia. Pero, de la misma forma que defiendo el derecho de los religiosos a profesar una fe que ni comparto ni entiendo y que llega a enervarme (y ofenderme también) en muchas ocasiones, también defiendo que los caricaturistas hagan en sus dibujos lo que se les antoje. Aquí cabemos todos o no cabe ni dios, nunca mejor dicho.
Podrán decirme que contemplo el problema desde una perspectiva occidental, que el asunto tiene muchos más bemoles y que es sólo la punta del iceberg de un embrollo histórico de consideraciones cósmicas. Y tendrán razón, pero soy europeo, y me niego a que analizar las cosas desde una perspectiva europea, laica, universalista y democrática sea un defecto.
SOUTH PARK, EL REVERSO TENEBROSO DE MAFALDA

El gamberrismo máximo, la adolescentada más desinhibida, la genialidad al servicio de lo aberrante. Me encanta. Llevo años siguiéndolos, y no pierden comba. Son frescos, brillantes, audaces, risibles y gruesos, sin resquicios para lo sutil. South Park, pese a que lo emiten de madrugada, maltratado, con los episodios desordenados y en varias cadenas a la vez, tiene una cohorte fiel de fanes, todos creciditos ya, pero con un niño gamberro y cabrón encerrado en algún resquicio entre el páncreas y el hígado. Ese niño cabrón se lo pasa en grande con South Park, y yo le dejo disfrutar. Por cierto, supongo que programarlo de madrugada será una medida para mantener a los menores alejados de estas orgías de sexo y violencia. Bien, probablemente Coto Matamoros y Gran Hermano son contenidos más edificantes para los churumbeles. Sigan así, sabios programadores. Lo están haciendo muy bien.
Como una bola de nieve, South Park empezó con una pequeña broma que fue creciendo hasta convertirse en un imperio de la animación estadounidense. No voy a repetir de nuevo que lo más chispeante, fresco, desgarbado y brillante del mundo audiovisual está en las series norteamericanas. Es obvio, y pasa también con las llamadas "de animación para adultos". En este caso, los padres de la criatura son dos treintañeros que se conocieron mientras estudiaban en la Universidad de Colorado: Trey Parker y Matt Stone (que en la serie se proyecta sobre el personaje de Kyle, como Quino se proyectaba sobre Felipe en Mafalda).
Los dos crecieron en pueblos de Colorado. Matt logró terminar sus estudios de música y de lengua y cultura japonesas (para flipar), pero Trey dejó las aulas para dedicarse al cine. En 1995 ya eran medio conocidos por hacer algunos cortos, y la cadena Fox -que, gracias al éxito de Los Simpsons estaba dando mucha cancha a la animación- les encargó hacer unas pequeñas tiras navideñas tituladas The Spirit of Christmas. Fue el origen de South Park. Desarrollando el universo que se había esbozado en esos cortos, nació la serie y las varias películas que se han hecho.
Con herramientas del más canónico costumbrismo, Parker y Stone se fijaron en la vida cotidiana de un pequeño pueblo de las montañas de Colorado: Fairplay. Le cambiaron el nombre por South Park y se liaron a pergeñar corrosivas tramas donde la ignorancia, la venalidad de los políticos, la hipocresía y las miserias de la sociedad se contemplan con los ojos de un grupo de niños, que son arte y parte del disparate colectivo. El gusto por el humor grueso y escatológico convierte a South Park en el reverso tenebroso de Mafalda.
Cartman viene a ser como Manolito; Kyle, el buen y hacendoso judío, Felipe; Stan podría ser Miguelito, y Kenny... ¡Dios mío, han matado a Kenny! ¡Hijos de puta!
Me encanta Cartman, uno de los personajes más despreciables que ha dado la televisión. A su lado, Homer Simpson es un prohombre. Cartman es egoísta, mentiroso, miserable, tramposo, ruin, capaz de vender a sus amigos por un trozo de pastel. No se corta un pelo. Anoche echaron uno de mis episodios favoritos, el de Paco el Flaco. Espoleados por una campaña de donación de alimentos para los niños etíopes en la que te regalan un reloj si haces un donativo, todos quieren tener el reloj. Pero la Cruz Roja se equivoca y les envía un niño etíope, que ellos adoptan con el nombre de Paco el Flaco. Cartman le hace la vida imposible al pobre Paco, hasta que los federales descubren el error y van en su busca para devolverlo a Etiopía. Entonces, Paco el Flaco se las arregla para que se lleven a Cartman en su lugar. Y allí va a acabar el gordo de Cartman: entre los etíopes sin nada que llevarse a su insaciable boca.
South Park, además de ser una gran sátira de nuestro tiempo, es un desintoxicador eficaz. Después de verlo, me voy a la cama sonriente y feliz con la mandíbula relajada gracias a unas buenas carcajadas. Lo recomiendo para los estados transitorios de tristeza y hastío del mundo.
SOY UN PERRO DE PAULOV

Todo empezó al regresar de uno de esos viajes agotadores (la próxima vez, a la playa, a descansar de verdad, nos solemos decir, pero al día siguiente ya estamos pensando en ciudades a más de 10.000 kilómetros). ¿Son las nueve de la mañana o de la noche? A mí el jet lag me produce un colocón muy desagradable. En circunstancias normales, soy bastante torpe de por sí, por lo que, atontado, mi coordinación psicomotriz viene a ser la de un fumador habitual de opio empachado de legumbres y ciego. Me levanté a beber agua y, cuando volví, tropecé con algo, hice tres o cuatro graciosas evoluciones pisando maletas abiertas, zapatillas y animales inexistentes, hasta que me di la mayor hostia de mi vida. Me estampé de cara contra el radiador. Caí a peso muerto desde mi 1,87 hasta la válvula del radiador, que se me quedó incrustada justo debajo del ojo. Me rompí la nariz y lo dejé todo perdido de sangre.
En urgencias descubrí que a las cuatro de la madrugada de un día laborable hay dos tipos de profesionales sanitarios: las enfermeras y médicos malhumorados que te miran como diciendo "Tú, sí, tú. Tu llegada hace que esta mierda de noche de guardia sea aún peor. Voy a preparar la anestesia" ¿Anestesia? Pero si yo sólo... Ante ellos, conviene agarrarse los órganos vitales, porque están tan cabreados que no les importaría incluirte en la lista de trasplantes sólo por hacer unas risas y satisfacer sus bajos instintos. Luego están las enfermeras y médicos inexplicablemente atentos y felices. La traumatóloga que me atendió, por ejemplo, era una chica joven y encantadora, de las que te gustaría encontrarte en un bar. Naturalmente, me acordé de sus antepasados cuando me introdujo no sé qué cosas por las fosas nasales, pero me acordé de buen rollo: no les deseé nada más allá de que vaguen en un tenebroso mundo de no-muertos por siempre jamás. Pero a ella estuve por decirle algo tópico: "Qué lástima que nos hayamos conocido en circunstancias tan desagradables". Afortunadamente, se me estaba pasando el colocón y no hice el imbécil. Además, los médicos atentos y felices a las cuatro de la madrugada aún son menos de fiar que sus colegas malhumorados. Porque sólo hay una explicación para estar sonriente y chisposo un día de trabajo a las cuatro de la mañana: drogas. O alcohol en cantidades. Un hospital es buen sitio para conseguir ambas cosas. Uf, menos mal que logré escapar de aquel turbio antro de mengelismo.
El caso es que aquella madrugada descubrí que soy un perro de Paulov. Vamos, que sólo aprendo a hostias. Desde aquella noche, el proceso de meterme en la cama ha dejado de ser una serie de actos mecánicos para convertirse en una secuencia de terror impredecible. Cuando entro en la habitación, ya noto la mirada del radiador. El muy cabrón se ríe por lo bajo. No satisfecho con la nariz, se quedó con las ganas de hacer papilla ese ojo. Por eso debo ser muy cauto y escapar a sus cantos tubulares de sirena. Mido todos mis pasos y movimientos, hasta rebasar unos cuantos kilómetros la línea de la paranoia. El otro día me quedé a la mitad de un paso, sin tener claro dónde situar el pie sin resbalar o tropezar. Así permanecí, con la pierna derecha levantada, en posición flamenco antes de aparearse. Cristina, mosqueada, me dijo: "¿Qué coño haces?" Shhhhh -respondí-, vas a despertar a la bestia calefactora. Muy juiciosa, Cristina pasó de mí y yo me quedé en postura flamenco hasta que, con las primeras luces del alba, noté que la sangre había dejado de circular por mis brazos y mi pierna levantada.
Y así, todas las noches. El hijoputa del radiador se carcajea. Mueve su válvula arriba y abajo, amenazante, chulo, como un personaje macarra de Scorsese. Cambia de pared para desconcertarme, se enciende a deshoras y produce sonidos guturales con sus tuberías. A mí los nervios se me van a llevar al otro barrio. Cualquier día de estos, me harto y me tiro de cabeza contra la válvula. Porque así no se puede vivir. Pobres perros de Paulov. Ahora les entiendo.
Foto: el simpático doctor Mengele, cuyo espíritu vive en algún pasillo de urgencias.
LA TERRIBILITÁ DE CRASH

A estas alturas, ¿puede extrañar que Paul Haggis, responsable de una genialidad como Crash, sea un tipo de la tele? Después de hacer Treinta y tantos, Family Law, La ley de Los Ángeles y (sí, amigos, es duro, pero Haggis no reniega de sus orígenes) ¡Texas Ranger!, este caballero ha demostrado que no sólo es un buen artesano, sino que tiene su propio universo y sabe darle forma de arte. Crash produce en el espectador lo que su título indica: un buen golpe en las costillas. Y en un mundo escéptico, cínico y sobrecargado de adrenalina audiovisual, conseguir impresionar a unos ciudadanos curados de espanto no es logro menor. Para que luego digan que la tele embrutece.
Pues sí, Haggis es un guionista-director curtido en el mundo de las series televisivas que dio el salto al cine con mayúsculas tras firmar el sensacional guión de Million dollar baby. Con 54 añitos, ya era hora de que nos regalara esa maravilla que llevaba tanto tiempo guardada. Porque lo que hay en Crash no nace de la noche a la mañana. Por cierto, no confundir esta peli con la otra Crash que hizo el bueno de Cronenberg hace ya diez años (hay que ver cómo pasa el tiempo).
"La gente en Los Ángeles no se toca. Siempre estamos separados de los demás por estas estructuras de cristal y de metal. Echamos de menos ese contacto. Por eso la gente choca, para poder tocarse". Con esta frase, dicha en el interior de un coche que acaba de colisionar, empieza Crash. Y servidor, que a veces pone sus prejuicios por delante, por si acaso, pensó: "Ya estamos, otro rollo de filosofía de libro de autoayuda a lo Ally McBeal con estética esquizofrénica de video clip de hip hop". Antes de cinco minutos me di cuenta de lo equivocado que estaba y lo alejada de cualquier etiqueta que se encuentra esta película.
Crash cuenta varias historias que se cruzan sin perder sus propias coherencias y su autonomía, convirtiendo a la ciudad de Los Ángeles en verdadera protagonista. Inevitable pensar en Vidas cruzadas, de Robert Allman, pero yo tengo mucho más nítida la estética del mexicano Alejandro González de Iñárritu en 21 gramos y, muy en especial, en Amores perros. Su forma de narrar, de acercarse a los personajes y de situarlos frente a la cámara recuerda mucho al gran Iñárritu. Pero lo que más tienen en común ambos directores es una cualidad de este tipo de cine que no había sido capaz de percibir hasta hoy y que me atrevería a llamar terribilitá. No sólo los personajes, sino la atmósfera de los escenarios y la propia música están imbuidas de ese no-sé-qué que se inventó Miguel Ángel. La sensación de que algo está a punto de estallar, en tensión, ferozmente reprimido y causando un sufrimiento que el espectador sólo está autorizado a imaginar. Una angustia latente que hace inexplicable que la vida siga.
¿Qué nos está pasando? Desde que la muerte del neorrealismo abolió las historias corales, nos solíamos conformar con un protagonista nítido, con o sin moraleja, que fuera malo o bueno y con el que pudiéramos identificarnos para bien o para mal. Ahora parece que hay un ansia de totalidad en algunos realizadores, una necesidad de explicar y explicarse a sí mismos un mundo demasiado vertiginoso, complejo y cruel. Para eso, atraviesan todos los estratos sociales, todas las razas, todos los barrios. En todas partes, la misma desolación, las mismas luces planas y frías, siempre encendidas, iluminando la misma limpieza desangelada, la nada. No hay buenos ni malos, sólo personas perdidas y silenciosas en un magma incontrolable en el que nuestras acciones apenas sirven para nada. No se trata de opresores y oprimidos, no hay mundos que ganar. Nos conformaríamos, quizá, con comprenderlos. Ni siquiera con eso: nos bastaría con poder decir un te quiero sincero y reconocer la mirada que se atreve a clavarse en nosotros, valiente y desnuda, desde el otro lado de la mesa del café. Dios, qué frío hace, ¿verdad?
HOTELES

Desangelados, fríos, viejos, de diseño, limpios, sucios, acogedores, sórdidos, históricos y anodinos. Los hoteles son mucho más que una parada para el viajero.
Dylan Thomas reventó de asco y alcohol en el Hotel Chelsea de Nueva York, y Robert Zimmerman se convirtió en Bob Dylan porque los aromas de esa decadencia llegaron unas cuantas calles más abajo, hasta el Village, donde él vivía. De refugio de escritores con ansias de malditismo se convirtió en centro de peregrinación rockera y contracultural. Jimi Hendrix dejó sin dormir a sus huéspedes muchas noches con sus orgías y sus improvisadas sesiones, y Leonard Cohen escribió: "Te recuerdo bien en el Hotel Chelsea. / Hablabas tan firme y tierno al tiempo, / arrojándome a la cama deshecha / mientras las limusinas esperaban en la calle". Nosotros no pasamos del vestíbulo. No teníamos dólares suficientes para pagar una noche de rock and roll y poesía de bourbon. Junto al hotel hay un restaurante llamado "El Quijote" y una tienda de guitarras donde un músico danés probaba pedales y el dueño, un tío corpulento de risa atronadora, se empeñaba en llevarnos a un concierto con cena en la calle 42, la que recorría desesperado Robert de Niro en su viejo taxi.
A mi amiga A. (que podría ser A. de Audrey) le encantan los desayunos de lujo; a S. le gustan los hoteles de la cadena AC porque tienen manzanas gratis para los clientes y está convencido de que como mejor se escribe es de noche en la cama después de un día de trabajo; lo primero que hace C. al llegar a una habitación es comprobar cuántos productos de baño tiene; Ch. recorrió por la cara unos cuantos hoteles escribiendo sobre ellos en una publicación de viajes, y yo todavía me relamo y me doy de cabezazos cuando recuerdo que me perdí el mejor desayuno de mi vida en un hotel de Sao Paulo cuyo bufet de delicias y frutas tropicales era kilométrico, pero que apenas probamos porque el avión se escapaba. No he probado mejores croissants que los que servía un hijo de exiliados republicanos españoles en un pequeño Logis de France en Carcasona. Siempre creí que el encanto de los bares de los hoteles era cosa de películas hasta que me emborraché en uno.
Bill Murray se enamoró de Scarlett en el bar de un hotel de cristal de Tokio en Lost in traslation. El grimoso Joel Cairo (Peter Lorre) se alojaba en el suntuoso Hotel Belvedere de San Francisco, donde Spade-Bogart se movía como un miembro más del personal en El halcón maltés. De San Francisco era también Hotel, una serie de los 80 protagonizada por Connie Selleca, que también salía en El gran héroe americano y de quien me pasé la infancia enamorado. No me perdí un capítulo de ninguna de las dos series. El escritor oscense Oscar Sipán tiene un repertorio de hoteles imaginarios y ha rebuscado en registros y libros de visita firmas y dedicatorias de personajes legendarios. Ian Gillan, el cantante de Deep Purple, deprimido a mediados de los 70 por las drogas, por abandonar el grupo y por no haber sido escogido para protagonizar Jesucristo Superstar, se compró un hotel entero para vivir en él y se arruinó. Entonces, escribió una canción para su amigo Ángel Manchenio, con quien había compartido una noche de borrachera en la azotea de un hotel de Beirut antes de la guerra. Charly García pasa el tiempo demoliendo hoteles y, de vez en cuando, se tira a la piscina de uno desde la ventana de su habitación. Jim Morrison construyó su propio hotel de vinilo y se instaló en él sin equipaje, dejando Love Street para siempre. Los amigos sabíamos que la noche de Malasaña había terminado cuando en el bar Hotel California sonaba la canción que nombraba al garito. Sabina relaciona el hotel, dulce hotel, con el amor fugaz y sin compromisos. Hemingway se separó de su amigo Dos Passos en el bombardeado Hotel Florida de Madrid, donde los corresponsales de guerra bebían hasta que dejaban de escuchar la artillería, y uno de los reportajes más disparatados que se le han hecho a Rosendo se publicó en el Tentaciones y consistía en una sesión fotográfica en el Ritz caracterizado como una rock star. Pero la cámara no la sostenía Annie Leibovitz.
Hoteles, qué lugares.
Foto: el Hotel Chelsea, en la calle 23 oeste de Manhattan.
EL ORIGEN DEL MUNDO (2)
Internet es maravilloso. Jessica Acuña, una periodista chilena que vive en Copiacó, en el mismísimo desierto de Atacama, ha pasado por este blog del otro lado del mundo. Jessica ha escrito un artículo sobre El origen del mundo, el cuadro de Courbet que generó una animada discusión hace cosa de un mes en esta bitácora. Para leerlo y daros un garbeo por su página, pinchad aquí. Tenéis un link en la sección enlaces. Saludos a Chile.¡DALE AIRE (QUIERO DECIR, CARICATURAS), MARIJUANA!

Tiene razón, y cuando tiene razón, se le da.
Como el asunto de las caricaturas parece no tener fin, quería retomarlo a propósito de las dos publicaciones francesas que han decidido recoger el órdago de la violenta ofensa islámica, Le Canard Enchainé y Henri Hebdo. Pero me he encontrado con un texto de Alejandro Gándara que comenta algunos de los diversos disparates contemporizadores, jardines retóricos y pasteles argumentales que se han podido leer en la prensa estos días. Como el señor Gándara me ha facilitado el trabajo, os remito a su lacónico texto pinchando aquí. Ante sus palabras, y sin ánimo de herir a practicantes, simpatizantes, creyentes, afiliados, contribuyentes o portavoces de profeta alguno, sólo me queda decir: Amén.
Y añado: si los seguidores del Profeta no quieren comer galletitas danesas ni utilizar sus cajas de latón para guardar costuras, como toda madre de bien ha hecho siempre, ellos se lo pierden. Yo me las comeré por ellos.
LOS CUENTOS DE CRISTINA GRANDE

Acelerado, con los dedos abrasados de sostener el café con leche en vaso de cartón que me compro siempre en la Plaza de Aragón y buscando en los bolsillos la maldita tarjeta nueva que nos han dado para acceder al periódico, me cruzo por la mañana con Félix Romeo y acabamos tomando un café en La Factoría, mientras dejo que se enfríe en mi mesa el maldito vaso de "Fresh and Ready" (¡y una mierda Fresh! El mismísimo infierno es eso).
"Te he traído un regalito", me dice, dándome Dirección noche, el segundo libro de relatos de Cristina Grande, su chica (¿será políticamente correcto llamarla así? Nunca sé cómo referirme a las parejas de la gente. Perdonadme). Lo edita preciosamente Xordica y ha salido a la venta esta semana. Como después de ese café con Félix me he bebido el de "Fresh and Ready", que de Fresh seguía sin tener nada pese al tiempo transcurrido, me he puesto como una moto. Antes de comer creo que han caído cinco cafelitos, uno de ellos, de la máquina del pasillo (¡maldita, apártate de mí!), y todos en grata compañía. Por la tarde he seguido el ritmo de ingenstión cafeínica sin decaer, por lo que he llegado a casa, pasadas las diez de la noche, perdida ya la cuenta y con unos ojos como platos. Así que no he necesitado mi meda hora de apoltronamiento habitual después de cenar. En su lugar, me he ventilado en menos de una hora el libro de Cristina. No, no me estoy tirando un farol, es que son menos de cien páginas.
Cristina Grande había publicado en 2002, y también en Xordica, La novia parapente, que Antón Castro dijo que le recordaba a "las abruptas pasiones de Bukowski". A mí, Dirección noche me parece un manotazo a la retórica y a la grandilocuencia. Puestos a hacer odiosísimas comparaciones, me recuerda un poco al espíritu de la película Flores rotas, a ese vicio de contar historias por el placer de narrar, y hacerlo como cuando charlas con un amigo. Es una frescura (y no la del café), o mejor, una desnudez literaria muy rara y muy costosa de escribir, pero que a Cristina parece brotarle sin esfuerzo: "Cuando dijo soy una buena persona supe de inmediato que me había confundido de hombre" o "Tengo treinta y ocho años. Quince arriba, quince abajo, mis dos amantes se llevan treinta". Dos grandes arranques a dos de los relatos del libro.
Si fuera un crítico sesudo diría -como le he leído a un verdadero crítico sesudo hace poco- que Cristina Grande cumple los requisitos exigibles al cuento contemporáneo: brevedad, contención expresiva y que lo implícito se abra a infinitas direcciones desde un plano explícito impresionista y aparentemente banal. Pero como yo no creo que haya ningún requisito exigible al cuento contemporáneo más allá de que esté bien escrito y no deje al lector impasible, diré que mi corazón late ahora a ritmo normal, y no al de la cafeína, porque los relatos de Cristina han calmado las pulsaciones para acompasarlas a su ritmo, al de su literatura. Me ha hecho sonreir y me ha metido en su mundo, y eso, en los tiempos que corren, es decir mucho. Enhorabuena, Cristina.
LA VÍA VALENCIANA

Noticia de este aburrido día putínico -entre Putin y las pobres putas de Barcelona-: PP y PSOE se ponen de acuerdo en algo y la Comunidad Valenciana ya tiene nuevo Estatuto. Alguno de estos culebrones tenía que terminar algún día. Pues nada, a disfrutarlo, y que les dure muchos años. Federico Trillo (sí, hombre, acuérdense, el ministro aquel tan cachondo que resulta que también es diputado por Alicante) ha elogiado la "vía valenciana" de hacer las cosas políticas estas. Alguien (no sé quien, no se me quedan los nombres de señores tan aburridos) ha dicho que este acuerdo refuerza la cohesión del Estado y no sé cuantas maravillas más sólo igualadas por la aspirina o algún otro invento similar. Si es que tenemos unos políticos que no nos merecemos...
Un apunte sobre la "vía valenciana". No es una, son varias: muchos carriles de la A-7, la N-340, la carretera más peligrosa de España para más señas, y un corredor ferroviario. Todo, paralelo a un litoral hasta no hace muchas décadas inverosímilmente virgen, pero que ya no lo reconoce ni la madre que lo parió. Todas estas vías sirven para comunicar la otra "vía valenciana", la buena, buena de valor: los apartamentos de uno, dos y tres dormitorios que, de Peñíscola a Orihuela, crean un eficaz muro que evita que la brisa del Mediterráneo entre en las molleras de la meseta, dotando de cohesión al conjunto del Estado. Y es que, con esa "vía valenciana" sí que nos ponemos de acuerdo, ¿verdad? Crispación no good for bussines, colega. Ahora que tienen nuevo Estatuto, apúrense: me parece que en la provincia de Castellón queda un kilómetro de costa todavía sin urbanizar y me pongo nervioso sólo de pensar que alguien está disfrutando de unas vistas al mar sin pagar la preceptiva hipoteca o el plan de multipropiedad pertinente. ¿A qué están esperando? ¿Qué pasa, que como Zaplana está en Madrid ya nadie les pone las pilas? Espabilen, hombre, no vayan a llegar unos jipis piojosos y monten un restaurante macrobiótico de esos en lugar de unas torres como dios manda.
FURIA ÍGNEA

Sé que un día me morderé la lengua y me envenenaré y el martillo de Thor (¿o era un yunque?) caerá sobre mí como el maledicente sinsustancia que soy, pero hemos recibido esta nota de prensa y yo me voy a limitar a difundirla para mayor gloria del jevi metal. Los comentarios, los ponéis vosotros, que a mí ya me han puesto a caldo por hacer mofa y befa de las "espadas, las tachuelas y los sustos", como decía Rosendo. El humor no es uno de los atributos de muchos de los supporters de esta historia. Se trata del lanzamiento de un nuevo disco de un grupo:
Nombre del grupo: Alabarda
Nombre del disco: Furia ígnea
Algunas canciones incluidas en él: Senda de fuego y Desde el suicidio
¡Qué miedo dan estos tíos!
Aviso: podría serlo, pero no es broma. Todo esto existe y lo podéis comprar en las tiendas de discos, si sois lo bastante duros para ello. Yo sólo soy una correa de transmisión, como con Mago de Oz. Son adultos y es su responsabilidad ir de lo que les dé la gana, como el tabaco y las drogas.
PD: Anuncio privado y personal para un amigo que vive ahora en Alicante y no sé si leerá esto: tío, resiste la tentación y no lo compres, no será bueno para tu salud.
EN EL CULO DEL MUNDO

Nunca he creído en aquello de "dime con quién andas y te diré quién eres", ni muchísimo menos en la variante "dime lo que lees y te diré quién eres". Ni siquiera "dime lo que escribes y te diré quién eres". Ojalá las personas fueran tan simples. Ojalá, aplicando esas premisas, pudiéramos desarrollar unos parámetros con un margen de error mínimo que nos permitiesen etiquetar a alguien con un golpe de vista. La intuición, la exploración de las contradicciones, en definitiva, el proceso de descubrir a una persona, quedaría reducido a una útil fórmula. Es lo que buscan los portales de internet de contactos y las agencias matrimoniales: afinidades electivas mediante combinaciones matemáticas. Ojalá fuera tan sencillo juzgar y conocer, pero, por fortuna, las personas siempre están listas para sorprendernos, siempre tienen una parte que ellas mismas desconocen, siempre tienen una nueva cara que mostrarnos. Por tanto, no me etiquetéis a la ligera cuando confiese mi falta: me gusta António Lobo Antunes.
Sí, es denso, arcaico en ocasiones, como un viejo y artrítico dios. Plúmbeo y metafísico como el que más y con una tendencia barroquizante que con frecuencia lastra el ritmo de la narración. Pero me gusta, lo disfruto, me estremece. Y eso no me clasifica en ningún casillero intelectual, porque también me gustan muchos autores que se sitúan en el extremo opuesto, el de la hiriente y cómica desnudez de estilo. Creo que, salvando las distancias, el buen lector es como un buen gourmet o un buen bebedor de cerveza (otro día hablaré de mi pasión cervecera): le gustan los extremos, probar nuevos territorios y elegir una lectura adecuada al momento y al estado de ánimo. Cualquier autor puede resultar sublime o un coñazo según la disposición que tenga el lector, como una estupenda cerveza ahumada noruega puede saber a agua de fregar si se bebe en pleno verano español. Cada libro tiene su lector y su momento. Estoy convencido de ello. Sólo los clásicos aguantan firmes las relecturas bajo condiciones distintas y distantes.
Decía que me gusta António Lobo Antunes, y no soy un alma en pena arrasada por la melancolía. Lobo Antunes es un descubrimiento tardío. No había leído nada suyo hasta hace un año, pero poco a poco, y gracias a las maravillosas ediciones de Siruela, me voy empapando cronológicamente de los libros del portugués, que me gustan mucho más que los artículos semanales que publica en la contraportada de Babelia. Empecé con En el culo del mundo, una novela que tiene tantos años como yo y que se publicó en un Portugal en plena resaca revolucionaria, desorientado y desarmado, empeñado en mirar hacia adelante y en quitarse como ropa apestada su pasado salazarista. Algo parecido ocurría al otro lado de la raya, pero creo que los portugueses supieron salir de sus tinieblas mejor que los españoles, con más dignidad y menos miedo a la bestia parda agazapada.
El trauma de Portugal se llama Angola. Es su Vietnam, como Marruecos lo fue para la España de los años 20. Angola es el culo del mundo. Y hay mucho de Joseph Conrad en esta aproximación a África. Es inevitable: para los occidentales, El corazón de las tinieblas es el filtro por el que miramos, consciente o inconscientemente, nuestra propia barbarie. En ese cuento narrado por un descreído aventurero a bordo de un barco amarrado en el Támesis, Conrad inauguró, sin proponérselo, la literatura de la culpabilidad en la que los europeos hemos ido dando forma a nuestra condición de colonizadores, conquistadores y depredadores, y nos hemos rodeado de nuestros propios fantasmas, mirándoles a los ojos sin saber muy bien qué hacer con ellos. Edward W. Said lo ha estudiado muy bien en Cultura e imperialismo. La novela de Lobo es una vuelta de tuerca más en esa relación con nuestra propia mala conciencia. Por cierto, Caché, la peli de Michael Haneke, también se mete por esos delicados parajes, acariciando la maldita relación entre Francia y Argelia.
Un veterano de la guerra de Angola, solo y derrotado, alter ego evidente del autor y abrasado por sus propios demonios. Ése es el eje de En el culo del mundo. Construida en tres planos temporales distintos, es una exploración audaz, inquietante e infinitamente triste sobre la soledad, la desmemoria, el olvido y las decisiones que el arrepentimiento no remedia. Un gran libro muy adecuado para nosotros, europeos que sentimos la llamada en la puerta de culturas que siempre hemos sometido sin preocuparnos nunca por comprender. Una obra sin moraleja, como la vida misma.
EL TESTAMENTO DE JAMES COBURN

Para quienes no nos gusta el fútbol y consideramos el domingo un maldito día de transición entre la resaca inactiva y la inminencia de una nueva semana, el DVD supone una grata salvación. Una buena peli alivia el hastío y te ayuda a ubicarte en este día tonto. Hoy, el aparatito de mis amores nos ha regalado Aflicción, el testamento de uno de mis mitos más queridos, el actor James Coburn.
Rodada en 1997 y dirigida por Paul Schrader (de dilatada filmografía ya, pero que por mi parte se ganó el cielo cuando firmó el guión de Taxi Driver y se lo sirvió en bandeja a Scorsese), Aflicción es una extraña e inquietante película que, pese a que pierde mucho fuelle en su segunda mitad, deja suficiente cancha para que James Coburn se bata en duelo interpretativo con Nick Nolte, que en esta ficción son padre e hijo. Coburn, que tenía entonces 69 años, ganó el Oscar al mejor actor secundario por este papel. A la vejez, viruelas, que suele decirse. El premio sirvió para que el bueno de James viviera dulcemente los cinco últimos años de su vida, mimado por una industria que le había dado la espalda hasta que Schrader rescató su rostro y su físico pasados de moda. Después de Aflicción, participó en 12 producciones, entre ellas, Monstruos, S. A., donde puso voz a Henry J. Waternoose III. Pero Aflicción fue su testamento como actor, un hermoso canto de cisne que sus admiradores tomamos como un regalo.
James Coburn nació en la América profunda, en las profundidades del estado de Nebraska el año anterior a la Gran Depresión. Su cara dura y su mirada penetrante, con esos desconcertantes ojos claros, hicieron de él un pionero, un inadaptado, un tío duro. Su forma de moverse, desconfiada, altanera y parca, y la media sonrisa cínica que le hizo famoso, cautivaron a una generación de cineastas que creció viendo los westerns de John Ford, pero que no soportaba que no hubiera polvo en sus películas, ni que se notase que las montañas del fondo estaban pintadas, ni que John Wayne luciera impoluto su pañuelo atado al cuello. Coburn, entre otros, dieron forma a esa maravilla que se ha llamado western crepuscular y que, en los años 70, generó uno de los mayores genios del arte de contar historias con imágenes: el salvaje y violento Sam Packinpah.
James Coburn es el rostro de Sam Peckinpah. Está en sus mejores películas, como su fetiche, como la pieza que hace que todo encaje y se forme en la garganta un nudo por aquel mundo de miserables hijos de puta que se viene abajo, que se derrumba a golpe de ferrocarril y de ganaderos ambiciosos. James Coburn fue el traidor Pat Garrett que acaba con su amigo Billy the Kid; fue el Samuel Spotts de Mayor Dundee; el melancólico sargento Steiner en La cruz de hierro; en La gran evasión fue Louis, y dejó su huella en otras producciones, como cuando se convirtió en el dinamitero loco de Agáchate, maldito. Su presencia siempre está ligada al sol, al polvo, a la intemperie y a los nómadas. Fue el eterno secundario, la columna hierática del fondo a quien los directores confiaban el sustento del edificio narrativo.
Su carrera, además de muy irregular y plagada de olvidables apariciones televisivas, impresiona por su extensión. Trabajó en casi 200 producciones desde 1957 hasta su muerte por un ataque al corazón en 2002. Todo un currante incansable que no paró quieto nunca, pero que encontraba tiempo para aprender artes marciales con Bruce Lee o jugar al póker hasta el amanecer cuando su canalla ludopatía le cosquilleaba el cogote. Son muchos los secundarios dorados, currantes a destajo, que han dejado marca en el cine. Mi otro gran secundario es Peter Lorre. Algún día, alguien tendría que escribir un libro sobre estos eternos segundones, actores de oficio, eficaces y camaleónicos.
En los últimos años de su vida, Coburn cambió su fibrosa delgadez por una discreta obesidad con algo de reumatismo, circunstancias que le ayudaron a dar forma al turbio personaje de Aflicción, un padre alcohólico anciano, maltratador de sus tres hijos y su mujer -que acaba de morir de frío porque no se ha molestado en arreglar la calefacción-, que vive aislado en una ruinosa granja de un poblacho del norte de New Hampshire donde sólo hay nieve y fracaso. Coburn firmó un agridulce, pero magistral, testamento fílmico. Qué grande fuiste, James.
JOHN BANVILLE Y LA PANSPERMIA

Mi descubrimiento literario particular de esta temporada (dios mío, ya hablo como un diseñador de moda o como un programador televisivo) es irlandés y se llama John Banville, premio Booker 2005. Acabo de leer ahora El libro de las pruebas, novela más ágil e inquietante que Imposturas, pero menos reveladora que esta última, que es más cerrada y menos explosiva. Por cierto, lo que son las cosas: uno de los mayores defensores de Banville en España es Enrique Vila-Matas, que tiene una obrita breve llamada Impostura (en singular) también en Anagrama, la editorial que traduce al irlandés. ¿Casualidades? Tengo el librito de Vila-Matas en mi lista de tareas pendientes.
Banville es genial. Puede decirse que tiene lo mejor de la literatura británica (¿se acepta irlandés como británico?) sin su gran defecto. Es decir, que tiene el humor, la ironía, el ritmo casi de frenesí y esa clase de incontrolable frivolidad que caracteriza a las mejores firmas del viejo Imperio, pero careciendo de su peculiaridad más odiosa: la molesta presencia del ego de los escritores, que en las islas brumosas se comportan como estrellas de cine. Cuando haya leído más de Banville, escribiré algo con más enjundia. De momento, me limito a recomendarlo a todo aquel que me quiera escuchar y reproduzco este párrafo de El libro de las pruebas donde se coquetea con una idea que algunos científicos y paracientíficos llaman "teoría de la panspermia". Viene a decir esta teoría que la vida en la Tierra es artificial y no surgió por la sopa primitiva famosa, sino que llegó adherida a algún cuerpo extraterrestre que fecundó, por así decir, el planeta. Con ustedes, John Banville:
"A veces pienso que nuestra presencia aquí responde a una pifia cósmica, que estábamos destinados a otro planeta, con otras disposiciones, otras leyes y otros cielos más torvos. Intento imaginar el sitio que nos corresponde, situado en un rincón remoto de la galaxia que gira y gira. Y los que estaban destinados a estar aquí, ¿se encuentran allá afuera, desconcertados y nostálgicos como nosotros? No, seguro que se han extinguido hace mucho tiempo. Es imposible que esos delicados terrícolas sobrevivieran en un mundo creado para albergarnos a nosotros".
EROTISMO OLVIDADO Y SEGUNDÓN

Cada cual tiene sus mitos, sus filias y sus fobias. Algunas, justificadas. La mayoría, originadas en un azar estúpido e incontrolable. Por eso, frente a los cánones o frente a los grandes mitos creados por el márketing erótico, cada uno tenemos un repertorio personal e intransferible que no tenemos por qué compartir necesariamente con nuestros semejantes. Aprovechando estos tiempos de desinhibición sexual y de comprensión para todas las criaturas de la creación, voy a sacar del armario algunos de mis mitos ocultos. No serán las más guapas ni las que más llaman la atención ni las que más obsesiones despiertan, pero a mí me gustan. Ya confesé hace poco que Connie Selleca ejercía una atracción poderosísima que, según he podido descubrir hablando con una amiga, se debía, a buen seguro, a la forma que llevaba recogido el pelo combinada con sus ojos verdes. Los detalles, a veces, importan mucho. Hoy voy a hablar de la actriz que iluminó mis más tiernas depravaciones: Jenny Agutter.
¿Y quién coño es Jenny Agutter, aparte de la de la foto?, os preguntaréis algunos. Pues una actriz muy famosa en la televisión británica, de escasa proyección fuera de ese medio y de ese país, pero que reunió sobrados méritos para entrar en el top-10 del erotismo cinematográfico por su interpretación de la enfermera Alex Price en Un hombre lobo americano en Londres.
Creo que, desde mi infancia, no han pasado seis meses sin que haya visto esa peli. En algunas épocas, puedo llegar a verla todas las semanas. Me la sé de memoria, claro está. Me anticipo a cada frase y me gusta disfrutarla solo, no tanto porque sea un rito siniestro y pervertido, sino porque nadie me soporta haciendo comentarios al lado si tiene que verla por primera vez. El DVD de esta peli no lo dejo. Os podéis llevar el resto de la colección, pero dejadme Un hombre lobo americano en Londres, por favor.
Aunque el loco John Landis la dirigió en 1981, tenía su guión escrito desde hacía años sin que ninguna productora se aviniese a soltar unos dólares para rodarlo. Cuando se lo rechazaban, según Landis, daban dos clases de argumentos: "Es demasiado divertida para ser una peli de miedo" o "da demasiado miedo para ser una peli de humor". Vamos, que no le vayas a un productor con ambigüedades ni sutilezas: las cosas claras, y el chocolate, espeso. Por tanto, Landis hizo otras películas, ahorró dinerito y lo invirtió en producir el guión que llevaba tanto tiempo dormido. Sólo puedo decir: gracias, John.
El asunto se resume así: dos amigos, estudiantes norteamericanos, están haciendo el típico viaje veraniego y mochilero por Europa. Un camión de ovejas les deja en mitad de los páramos de East Proctor, una ficticia localidad del norte de Inglaterra donde no hay más que lluvia y gente rara. Al anochecer, muertos de hambre, llegan a East Proctor y deciden tomar algo en el pub El Cordero Degollado, donde los aldeanos son muy siniestros y les echan con cajas destempladas y una críptica advertencia: "Beware the moon, guys". Tened cuidado con la luna, muchachos. Por supuesto, fuera, en los páramos, los alegres americanos son atacados por una bestia horrible que mata a Jack (Griffin Dune), aunque su amigo David (David Naughton) sobrevive y es trasladado a un hospital de Londres. ¿Y qué le pasa a quien sobrevive al ataque de un hombre lobo? Venga, esa la sabemos todos. Sólo falta ver cuándo se transforma y a quién mata.
Un hombre lobo... causó sensación por los efectos especiales y por crear una bestia licántropa que, de verdad, da mucho miedo. Sin ordenadores, el equipo de maquillaje se lo curró muchísimo para dar forma a ese bicho asesino, con la dificultad añadida de que John Landis quería que las transformaciones se hicieran con todas las luces encendidas, que no hubiera engañosos claroscuros, que se viera todo. La metamorfosis de David en casa de la enfermera Price es estremecedora.
Pero lo que de verdad me hace estremecer a mí es la enfermera Price, con quien David empieza una complicada y desesperada historia de amor. Alex Price es una chica que vive en el centro de Londres, un poco misteriosa y melancólica, que se encapricha de ese americano perdido y desorientado que asegura ser un hombre lobo y que recibe asquerosas visitas de su amigo muerto Jack. Cuando le dan el alta, le lleva a su apartamento y le dice: "He tenido cuatro amantes en mi vida, tres de ellos en una sola noche". La secuencia que sigue después debería figurar en lo mejorcito del erotismo no pornográfico. Jenny Agutter está espléndida. Si alguna vez me ataca un hombre lobo, que me atienda la enfermera Price, por favor.
Jenny Agutter, hoy, a sus 53 años, parece más una catedrática de historia que tuvo mucho morbo de joven, pero que lo ha perdido sin remedio. Como actriz, se ganó el respeto de la profesión cuando actuó en 1971 junto a Richard Harris en la adaptación televisiva de la novela de Paul Gillico La gansa blanca (The Snow Goose). El público la conoció en 1976 cuando fue Jessica en La fuga de Logan, el papel que más repercusión tuvo de toda su carrera. Pero, aparte de estas y otras populares interpretaciones, Agutter es fundamentalmente una actriz televisiva, muy habitual en las producciones de la BBC. Ha sido Desdémona en varios Otelo y se ha dejado caer por muchos otros clásicos. También se ha colado como estrella invitada en capítulos de series como Se ha escrito un crimen y La zona muerta, pero ninguna de sus apariciones destila el morbo de la enfermera Price moviéndose semidesnuda por su coqueto apartamento londinense. ¡Ay, Alex Price, quién fuera mordido por un licántropo!
LA ÉTICA DEL ESFUERZO

En un comentario de unos artículos más abajo, Gessus pide respeto para Alabarda y el heavy metal en general porque "puede que detrás de esas portadas haya mucho esfuerzo y dedicación". Me ha hecho pensar y me ha recordado viejas discusiones que he tenido con amigos sobre el esfuerzo y la pereza. Una obra de una expresión artística, cualquiera que esta sea, ¿debe ser valorada en función del esfuerzo y la dedicación que su autor o autores han puesto en ella? ¿Tiene más mérito un trabajo minucioso y detallista que otro deslavazado y simple? ¿Qué expresa más: un barco metido en una botella o unas pinceladas de Jackson Pollock trazadas en una noche de insomnio?
Creo que sobrevaloramos el esfuerzo, cuando no es determinante a la hora de decidir si una obra es buena o no, pero a la sociedad actual le gustan las cosas que se consiguen con sudor. Le gusta ver que la gente se lo curra, si no, no tendrían éxito Operación Triunfo ni ninguna de las series televisivas sobre esforzados profesionales, como Urgencias, C.S.I. o Anatomía de Grey. A mí, personalmente, me fatigan un poco, en el sentido literal: llegar de trabajar y encontrarme con gente que también trabaja mucho me deja exhausto. Será amoral, pero prefiero pasar el rato riéndole las gracias a un vago cachondo con una cerveza. Eso sí que es ocio para mí. Adonde quiero llegar con esto es que, hoy día, a la industria cultural le interesa vender que detrás de sus productos, más que genialidad, frescura, originalidad, distintos puntos de vista, experimentación o audacia, lo que hay es una gran currada: "Me he pasado toda la noche haciendo esto, así que no vayas ahora a decir que es una mierda". Cualquiera se atreve a decirlo. Dime las horas que has empleado y los másters que has hecho en Estados Unidos y te diré cuán bueno es tu trabajo.
Sin embargo, lo del esfuerzo, en el plano de la expresión, es algo muy relativo y secundario. A mí me interesa el resultado final, y puede que una cancioncilla popular de dos acordes me llegue más hondo que todo el dodecafonismo; o que un sólo poema de Alejandra Pizarnik me perturbe más que todas las novelas de Tolstoi, o que un cuadro de Pollock toque más fibras de mi sensibilidad que un mural realista y lleno de sugerentes símbolos. Sin embargo, me tropiezo cada dos por tres con novelistas empeñados en demostrarme lo mucho que se han documentado para escribir esa novela, cuando su sobrecarga de datos no me aporta nada y se me olvida tan pronto la leo.
¿Conocéis la polémica que se ha armado con el anuncio de un coche? El spot se basa en el cuento de la cigarra y de la hormiga, pero cambiando la moraleja, porque el auto en cuestión es tan asequible, que hasta el más gandul puede comprarlo sin tener grandes ingresos. Algunas asociaciones de padres han puesto el grito en el cielo porque el anuncio conculca el ideal del esfuerzo y del sacrificio que con tanto ahínco han transmitido a sus vástagos. Dejando de lado el hecho de que, por dios, sea sólo un anuncio, el asunto revela hasta qué punto valoramos el esfuerzo.
Pues yo digo, aun a riesgo de ser impopular, que el esfuerzo me importa más bien poco en el caso del arte, la cultura o como queráis llamarlo. Si una obra me llega, me gusta, me provoca algún tipo de sensación y es capaz de transmitirme algo, me da igual que el creador se haya deslomado o lo haya producido sin darse cuenta mientras viajaba en el metro. Es más, si lo ha producido sin darse cuenta mientras iba en el metro, tendrá más posibilidades de que me guste, porque tendrá más papeletas para ser algo espontáneo, fresco y verdadero. Pero lo que importa es el resultado, no cómo se ha llegado hasta él. El respeto va para la obra. Su autor me merece el mismo respeto que el resto de los humanos, pero no le admiro más por las horas que invierte. Mi amor y mi respeto no se ganan al peso.
FANTASMAS EN BLANCO Y NEGRO

He rescatado de la vieja casa del barrio de Embajadores de Madrid el archivo fotográfico de mi abuelo, José Molina, que murió hace nueve años. Bueno, en realidad, llamarlo "archivo" es demasiado pretencioso, pues no hay orden ni concierto en las miles de placas repartidas por álbumes y cajas. Quiero digitalizarlo, preservarlo de la vorágine de los años en unos cuantos cedés. Poco a poco, algunos fines de semana y en ratos sueltos, me enchufo un buen disco, abro una cerveza y voy escaneando las fotos de seis en seis. No tengo ninguna prisa, y me gusta repasar estas imágenes extrañas, llenas de caras desconocidas, de ropas antiquísimas, de fechas indeterminadas y de lugares que muchas veces sólo logro ubicar muy vagamente. Me siento como un arqueólogo sentimental e intento adivinar qué historias se esconden detrás de esas escenas.
Por ejemplo, esta que reproduzco es todo un misterio para mi. Está incluida en una serie hecha en Mallorca e Ibiza, correspondiente a un viaje realizado, según deduzco, a mediados o a finales de los años 50. El paisaje que se ve al fondo puede ser el norte montañoso de Mallorca. Pero, ¿quiénes son los del autobús? No reconozco ni a mi abuela ni a mi tío, y el que disparaba era con toda seguridad mi abuelo. ¿Era un viaje en grupo? Es más, nunca hubiera imaginado que mi abuelo, abnegado trabajador más pobre que una rata, podría irse de cachondeo a Baleares en plena década de los 50. Y, sin embargo, ya he descubierto más de unas vacaciones interesantes en el archivo. Lo que son las cosas, a ver si no iban a vivir con tantas estrecheces como me contaron...
Me intrigan estas fotos. Verlas es como escudriñar fantasmas, como atisbar los secretos que nunca me han contado. Mi abuelo, como muchas otras personas de la generación de la guerra, fue un hombre muy reservado, que en ocasiones podía resultar huraño, pero que en absoluto lo era, pero tenía un anticuado y férreo sentido del compromiso que anteponía con austeridad al cariño, que dosificaba en parcos pero significativos gestos. De la guerra, por ejemplo, apenas hablaba nunca. Yo pude arañarle algunas cosas, y descubrí con asombro que tenía unas dotes maravillosas de narrador oral, que sabía embelesar con el ritmo y la cadencia. Pudo haber sido un genial contador de historias, pero prefirió el silencio. Y su silencio hace estas fotos más atractivas, más mágicas.
José Molina era zaragozano, y vivió hasta la guerra en Zaragoza, en el Gancho. A comienzos de los 40, tras discutir con su padre por nunca hemos sabido qué asunto -sospecho que algo político-, cogió un hatillo y se marchó al ruinoso Madrid, donde entró a trabajar en una prometedora tienda de textiles que iba creciendo poco a poco, pero a la que nadie podía augurar un buen futuro en aquellos tiempos. La tienda se llamaba El Corte Inglés, y mi abuelo la vio convertirse en lo que ahora es, hasta que se jubiló en ella como encargado en la Puerta del Sol. Mientras, conoció a una jovencita madrileña, madre soltera y hermana de aviadores republicanos que iban huyendo de España como podían. Años después, se casó con ella y acabaron viviendo en la casa de Embajadores que el resto de la familia, exiliada en Venezuela, había dejado libre.
En esa casa, donde yo mismo viví un tiempo, instaló José Molina su modesto laboratorio fotográfico, que se montaba y desmontaba en el minúsculo cuarto de baño después de cubrir las rendijas de la ventana. En él reveló todas las fotos que ahora tengo en mi poder. Ninguna de ellas ganaría el World Press Photo, pero, más allá de su enorme valor testimonial y sentimental, he de decir que son más que dignas. Enamorado del monte y de las grandes caminatas, mi abuelo demuestra en esta colección tener una gran sensibilidad paisajística que no sé si alguien de fuera de la familia apreció alguna vez. Quizá con muchas de esas puestas de sol y esas sierras nevadas entreveradas de pinos dijo todo lo que su laconismo calló. Quizá encuentre algo más que polvo y cantos mordidos en estas cajas.
De momento, la foto del autobús me parece un genial retrato periodístico, un testimonio de época (¿empleados del Corte Inglés en un viaje obsequio de la empresa?). Curiosos y pintorescos fantasmas.
SALIR, BEBER...

Llevaba un tiempo sin sacar nada en el Muévete, con lo que me gusta a mí el suplemento que hace Ana Usieto. Esta columna de opinión ha salido publicada hoy en el suplemento Muévete de Heraldo de Aragón. La foto es de Rafa Gobantes y corresponde a los altercados de Huesca del fin de semana pasado:
"Salir, beber, el rollo de siempre”, cantaba Extremoduro en lo que casi fue un himno generacional para cierta juventud de pantalones a rayas, greñas, mirar entrecerrado y felicidad artificial. Era la generación de “Historias del Kronen”, la llamada X que vio morir a Kurt Cobain y a la que se le echaron los 30 encima antes de poder tener todos los discos de Pearl Jam en cedé. Es una generación desactivada, que paga hipotecas y se aleja de la noche al mismo ritmo que se le acumulan nóminas y plazos de coche. Una generación que no conoció horarios, que salía, bebía y se daba al rollo de siempre hasta el amanecer sin preocuparse por otra autoridad que no fuera la de sus propios padres. Hoy, esos inofensivos leones se han trasladado a restaurantes y a bares tranquilos donde saben agitar, no remover, los gin-tonic. Y miran con cierto estupor, sin reconocerse en ellos, a estos neopunks inconscientes que queman Huesca.
Salir, beber, el rollo de siempre, que siempre acaba siendo un rollo. Si existe eso que suena a oxímoron llamado “cultura juvenil”, salir, beber y el rollo de siempre son su núcleo indivisible. Las autoridades competentes pueden gastarse todos los euros que quieran en ocio alternativo; los más entusiastas abstemios pueden arengar todo lo que les plazca a las masas impúberes para que jueguen al baloncesto en vez de beber cubata de garrafón, y los padres pueden ponerse todo lo pesados que gusten censurando los hábitos nocturnos de sus criaturas: se va a seguir saliendo, bebiendo y con el rollo de siempre.
Salir, beber, el rollo de siempre. Ser joven y no ser un poco descerebrado es un fallo casi hasta biológico, parafra-
seando a Allende. Pero, al igual que este descerebramiento no puede justificar que el resto del mundo contemple de brazos cruzados cómo arden las calles de Huesca, el hecho de que algunos jóvenes se pasen de rosca bastante más que la media no puede ser una coartada para dar cerrojazo por decreto al núcleo indivisible de la cultura juvenil. El panorama no es sencillo y las soluciones se me escapan, pero algo habrá que hacer, porque una sociedad que decide echar un candado a su noche es una sociedad más triste, más inhumana, más invivible. ¿Dónde iremos sin la noche?
SEXO EN ZARAGOZA

Zaragoza no es Nueva York (está más limpia y el asfalto de las calles no está levantado), ni yo soy la protagonista de Sexo en Nueva York, Carrie Bradshaw (más quisiera ella tener un vello corporal tan brioso como el mío y una elegancia en el andar como la que yo gasto), pero como mi compañera de fatigas laborales, y con la que comparto más horas que con cualquier otra persona del mundo, es fan de la serie, me he intoxicado de ese universo de bolsos de Prada, zapatos Manolos y brokers apuestos que te invitan a un combinado en el local más fashion entre la Tercera y la Cuarta. Por eso, hoy me siento como la exitosa y adorable Bradshaw que, fatigada de andar bajo las estrellas sin encontrar un taxi libre en todo el Downtown (¿será posible?, ¿para eso bombardeamos Hiroshima?), se encierra en su apartamento, abre la ventana para que la cortina ondee al suave son de la brisa, se recuesta en camisón (de Gucci) sobre la cama, en postura anatómicamente imposible, pero altamente seductora, y escribe en su portátil las reflexiones que los últimos acontecimientos de su desenfrenada y loca vida le han suscitado. ¿Qué pasa, que no os lo creéis? ¿No puede una mujer como yo, joven, soltera, de elevados ingresos y mucho tiempo libre, sofisticada, heterosexual y altamente atractiva ser inteligente al mismo tiempo? Cuánto machismo, por dios. Me asquea esto: ahora mismo le enviaré un mail a mi amigo gay afroamericano descendiente de los Sioux para dejar constancia de mi indignado estupor. Suerte tendréis si no os monto un pleito, trogloditas insensibles. Pero, antes, dejaré plasmadas mis interesantes reflexiones, que el guionista de la serie las está esperando.
Estaría bien, ¿verdad? Desgraciadamente, no soy Carrie Bradshaw y mis reflexiones no son tan interesantes ni versan sobre las relaciones humanas. Sólo puedo aspirar a copiarle el estilo, no la esencia. Mis dos frustraciones en la vida son que soy un frívolo demasiado serio y un vago demasiado trabajador. Pero no descarto que un golpe de suerte (la Primitiva, el Euromillón) permita aflorar mi verdadera naturaleza. Carrie Bradshaw, a diferencia de lo que haría yo, empezaría sus textos con alguna de estas preguntas: "¿Es la soltería el nuevo dogma moral?" "¿Por qué las mujeres inmensamente atractivas nos fijamos en hombres sexualmente hiperactivos?" "¿Desarrollará la ciencia alguna vez mujeres con dos vaginas y, en el futuro, usaremos una u otra en función de nuestro estado de ánimo?" "¿Cuántos zapatos he de comprar para superar mi fracaso sentimental?" "Es más, ¿no seremos las solteras unas fracasadas sentimentales que revertimos el fracaso para convertirlo en éxito social?" "¿Si un hombre te propone acostarte con él en la décima cita antes de invitarte a un combinado, está insinuando que te prostituyes o es que tus pantys no combinan con tu rimmel?".
Mi mundo es menos rico, y hoy, de resaca laboral (¿existen las resacas laborales?) después de una semanita intensa, sólo soy capaz de preguntarme: ¿Seremos los españoles adictos a las efemérides? Hablo del 23-F, que es la que me acaba de tocar. Por cierto, aprovecho para hacer propaganda: mañana domingo, Heraldo saca un número especial de Heraldo Domingo que nos hemos currado Victoria Martínez y un servidor sobre los 25 años del 23-F. No es porque lo hayamos hecho nosotros, pero ha quedado muy chulo, de verdad. A lo que iba: ¿somos adictos a las efemérides? Cada vez más, los medios dedican más espacio a todo tipo de celebraciones. Javier Marías hablaba hace poco de esta fiebre de centenarios y aniversarios que nos satura a todos un poco. Y es verdad que no hay día que no se celebren los 324 años de la toma de Alpedrete por los almogáveres o hecho similar. Y yo, como Carrie Bradshaw, antes de volver a mi vulgar ser, me pregunto: ¿no se deberá todo esto a que nuestro tiempo, tan democrático, tan parco en emociones, tan prosaico, nos parece un plomazo y echamos de menos el hambre, el frío, las batallas y los miedos de nuestros mayores? Son extrañas nostalgias, la verdad, pero sintomáticas. No sé de qué, eso que lo averigüen los sabios, pero son sintomáticas de algo.
Ahora que recuerdo, la ex ministra del PP Ana Palacio sufrió un cáncer y escribió y habló largo y tendido de su lucha y superación de la enfermedad, y una de las cosas que dijo me estremeció. Era algo así como (cito de memoria): "En los tiempos actuales y en un país desarrollado, donde no hay persecución política, donde no te van a meter en un campo de concentración ni hay perspectivas de que, como sociedad, vayamos a vivir un trauma colectivo parecido al Holocausto, vivir una enfermedad que te mantenga al filo de la muerte es la única forma de experimentar al límite, de probar hasta dónde llega la resistencia humana, de tener una vivencia trascendental". Lo decía como algo positivo, como una oportunidad maravillosa que le había dado la divina providencia. ¿Quién puede ser tan masoca? Me pareció horrible, la verdad. No considero nada positivo el sufrimiento. Personalmente, no tengo nada por lo que redimirme. Guárdense los cilicios, por favor. La desesperación de Pavese la quiero sólo en los libros, no en mi vida. ¿Será algo parecido a lo que dijo Ana Palacio lo que nos insta a mirar al pasado con tanta insistencia? ¿La falta de sufrimiento nos hace aburridos?
Y SOPLÓ, SOPLÓ...

Cuando no sabemos de qué hablar, hablamos del tiempo. Y hay veces en las que el tiempo se convierte en el único tema de conversación, pero mientras los glaciares no se derritan del todo, podemos seguir rubricando como banales los comentarios sobre el clima. Aunque la cosa vaya por barrios. Mi madre, por ejemplo, sube el volumen cuando llega la información meteorológica y sigue con preocupación las borrascas que llegan del norte de Europa y dejan precipitaciones en forma de nieve por encima de los mil metros, y siempre se enfada cuando el locutor generaliza: "¿Cómo que tiempo soleado en toda España, con las nubes que hay aquí?" En ningún sitio se notan más los seculares desequilibrios territoriales de este país como en la información del tiempo. También tuve una compañera de piso medio bruja que estaba enamorada de Mario Picazo y que, por las noches, pergeñaba, con sus cartas de tarot y su gata Melania Luna -animal con quien yo mantenía una difícil relación de amor-odio-, extraños conjuros para atraer su atención.
Hoy voy a ser yo el que hable del clima, porque el dichoso temporal ha llegado a esta vieja ciudad romana (Un inciso: ahora, Zaragoza ya está hecha y no hay remedio, qué le vamos a hacer; pero, en su día, ¿qué se les perdió a aquellos romanos por estos lares? Vieron la estepa infinita y dijeron: "Aquí, donde no hay sombra para protegerse del fiero sol y el viento nos dejará el cutis como cuero curtido. Qué buen sitio para levantar nuestra ciudad". ¡Con la de costa que tenían para elegir! Lo de Toledo es otro misterio para mí. Muy listos no eran los visigodos, ¿verdad? Teniendo las playitas de Cádiz a mano, ¿quién les manda quedarse a sufrir en el páramo? Vale que eran aguerridos guerreros y todo eso, pero también descansarían de vez en cuando, ¿no? Perdón, ya termino el inciso). Con el temporal, lo que ha llegado es un cierzo furioso, huracanado, que te azota al doblar cada esquina, que te deja el periódico recién comprado hecho un amasijo ilegible y te revoluciona las neuronas hasta generar un bonito dolor de cabeza. ¿Tengo que aclarar que odio el viento?
No he escuchado la respuesta que Bob Dylan aseguraba que llevaba el viento. Tampoco he visto a la asombrada Dorothy con Toto en su regazo de camino al Reino de Oz. Los despojos de las casas de paja y de madera de los tres cerditos no me han golpeado en ninguna avenida. Ni siquiera he sido secuestrado por un grupo de gánsters en el decadente hotel de Lauren Bacall en Cayo Largo. El viento tampoco ha entrado en mi casa de Inisfree y no me ha dado la oportunidad de besar a la pelirroja Mary Kate mientras la puerta daba bandazos. Nada, ha sido todo un rollo dominical.
He recordado cuando, el verano pasado, en México, nos pasó por encima el huracán Emily. Llevábamos unos cuantos días incomunicados, sin saber nada de periódicos ni teles ni nada, hasta que llegamos a Tulum, donde empiezas a comprender qué significa el adjetivo "paradisíaco". Nuestra intención era alquilar unas cabañas en la playa y pasar unos días tranquilos, después de la paliza de recorrer Chiapas, pero, en el primer sitio de cabañas nos dijeron: "No rentamos nada porque viene el huracán". ¿El huracán? Fuimos a buscar algún periódico y vimos que las portadas de todos eran variantes de titulares como "Peligro", "Alerta máxima", "Se acerca". Pues sí, estábamos en la zona por donde iba a tocar tierra, y una cabañita en la playa no era el lugar más indicado para recibirlo. Pasamos esa noche allí y, a la mañana siguiente decidimos ir a Valladolid, unos 100 kilómetros tierra adentro en la trayectoria de Emily. Encontramos sitio de casualidad en un hotel con piscina. A los que vinieron después les alojaron en escuelas y en pabellones deportivos. Nosotros esperamos a Emily a remojo y con unas cervecitas, y aún pudimos hacer una excursión a un zenote subterráneo, que son maravillas geológicas propias de la península del Yucatán.
La noche que debía llegar el huracán, nos preocupaba el hecho de que la gente estaba muy relajada, mientras coches con aparatos de megafonía ordenaban a la población, en maya y en castellano, recogerse en sus casas con comida y bebida. Una unidad móvil de Televisa se instaló en el zócalo, frente a la iglesia colonial española, y un montón de curiosos locales hicieron coro al sufrido reportero, burlándose y boicoteándole el directo. Parecía una gran juerga colectiva, nadie se tomaba en serio la amenaza. Salvo nosotros, que estábamos un pelín inquietos.
El huracán vino de madrugada y sólo lo escuchamos desde la habitación. No dejó muertos, pero sí mucho destrozo que salimos a fotografiar. Luego, Katrina nos demostró que un huracán sí puede hacer mucho daño, pero, a nosotros, Emily nos respetó. El cierzo no es Emily, pero toca las narices.
PD: Lecturas dominicales: además de las páginas sobre el 25 aniversario del 23-F que hemos preparado con amor en Heraldo de Aragón, Ignacio Cembrero publica en El País un interesante reportaje sobre la huella española en Marruecos, 50 años después. Hay ecos de Sender y de Arturo Barea en el cierzo.
Foto: un árbol caído sobre la carretera del Yucatán por la que circulábamos, el día después del paso de Emily. La carretera estaba así de destrozada todo el trayecto, con las señales y el tendido eléctrico caídos también. Hice la foto desde el coche.
HACERSE LA PICHA UN LÍO

Expresivo como pocos, el dicho "hacerse la picha un lío" explica muy bien el inexplicable y confuso jardín en el que se ha metido buena parte de la izquierda española (de todos los ismos, desde los más templados hasta los más rojos) con el asunto de las caricaturas de Mahoma. Tres razones, a cual más alucinante, llevan a esta situación. La primera la sirve un multiculturalismo difuso que en España lo alienta especialmente Juan Goytisolo, y que, mezclando la mala conciencia colonialista europea con un relativismo cultural incuestionable, viene a exigir "responsabilidad" en el uso de la libertad de expresión. Lo ha expresado, con gran profusión de galimatías, Agustín García Calvo, por ejemplo. La segunda procede de un prejuicio arraigado que viene a decir que "cuando el pueblo se rebela, alguna justa razón tendrá". Las revueltas populares son, por tanto, incuestionables. La tercera de estas razones es que, como la derecha y los xenófobos han hecho bandera del asunto, defender la libertad de expresión equivale a hacer el juego a los reaccionarios. Con tantos ingredientes, una larga lista de intelectuales ha cocinado un caldo conceptual incomible cuya conclusión es, paradójicamente, que desde una perspectiva aparentemente progresista, se hace un llamamiento a la autocensura o, directamente, a la censura sin más. Cuando Francia se metió en el atolladero de Argelia en los años 50-60, buena parte de la intelectualidad comunista de nuestros vecinos también encontró mil argumentos para mirar hacia otro lado mientras los soldados franceses asediaban la Casba de Argel. Quiero decir que la retórica tiene mil recursos para que nos podamos creer nuestras cómodas mentiras.
Por fortuna, queda gente sensata en este mundo sin miedo a poner sus barbas a remojar, como Paolo Flores d’Arcais, que ayer publicó un artículo en El País en el que insistía en algunas obviedades que ya he expuesto aquí. A continuación, ofrezco una pequeña guía para gentes de izquierdas que deseen defender la libertad de expresión que tanto dolor le costó a nuestros abuelos sin necesidad de que, en las actuales circunstancias, sean confundidos con miembros del gallinero de Jiménez Losantos. Es bien fácil:
1. Se puede estar en desacuardo con el contenido y la intención de las caricaturas y, sin embargo, defender el derecho a publicarlas. Lo segundo no implica lo primero. Es más, lo segundo puede ir acompañado de una crítica a lo primero. En un país tan raro como Israel, donde hay un fuerte movimiento laico y progresista, quienes se oponen a las pretensiones teocráticas de muchos sectores del judaísmo, suelen organizar protestas consistentes, por ejemplo, en comer bocadillos de jamón delante de una sinagoga. Y nadie les detiene ni les pasa nada.
2. El miedo a ser confundido con demagogos reaccionarios puede disiparse de esta forma: en South Park se han hecho chanzas gruesas sobre la menstruación de la Virgen María que grupos de cristianos europeos piden que se censuren. Pregunten a estos Losantitos si defienden con tanto furor la libertad de expresión de la gente de South Park como la de los caricaturistas daneses.
3. La caricatura, la sátira, la burla, es gruesa y ofensiva por naturaleza. Para ello está concebida, y tenemos derecho a ofender susceptibilidades ajenas. Quien no comprenda algo tan simple, no sabe vivir en democracia. Pedirle a una manifestación burlesca o satírica que no sea ofensiva es como pedirle al caballo blanco de Santiago que sea negro.
Siento insistir, pero creo que el desmadre del asunto de las caricaturas puede traer consecuencias muy funestas para nuestras libertades. Y no porque una presunta "revuelta popular" queme unas cuantas embajadas, que es lo de menos, sino porque quienes con más fuerza deberían defender la libertad de expresión, se están arrugando como una pasa y abriendo la puerta a siniestros planteamientos. No quiero vivir en una sociedad tutelada por susceptibilidades ajenas. Hace tiempo que abolimos la Inquisición.
EL ARTE POR EL ARTE

La historia es de sobra conocida. Corría el verano de 1944 y la división Leclerc avanzaba pueblo a pueblo en dirección a París, haciendo recular a los nazis, que veían desmoronarse sus conquistas desde hacía un año, en un más que preocupante declive. En este ambiente de desbandada, el 2 de agosto, un grupo de soldados alemanes irrumpe en los dominios de Rose Valland, conservadora del museo del Jeu de Pomme. Iban a por los cuadros allí custodiados, a por los Picasso, los Van Gogh, los Matisse, a por lo mejor que el arte del siglo XX había generado en la ciudad de la luz. La orden era cargarlos en un tren y llevarlos a Berlín. Valland, poseída a partes iguales por un ferviente amor al arte y el tópico chauvinismo francés, decide recurrir a la Resistencia para evitar el indigno expolio. Años después, en 1961, escribió una novela titulada El frente del arte basándose en su experiencia, que Hollywood llevó al cine en 1964 bajo el título de El tren, con John Frankenheimer en la dirección y Burt Lancaster como estrella.
En El tren, una sensacional peli, el personaje de Burt Lancaster, ferroviario resistente, se niega en un principio a tomar parte en una misión tan arriesgada, en la que sus hombres pueden caer como ratas a manos de los nazis. "Todas las obras de arte del mundo no valen una sola vida humana", viene a decir. Pero al final tiene que ceder, vencido por la presión de sus compañeros de la Resistencia, que no han visto ni entienden ni les gustan esas obras, pero las consideran como parte sustancial de Francia, y la libertad de Francia es la causa de su lucha. Sobre ese dilema moral, Frankenheimer estructura toda la tensión dialéctica de la cinta, mostrándonos la infinidad de tonos grises que pueden darse entre el blanco y el negro, incluso en una guerra sin cuartel como aquella.
Pienso en El tren y, sin ánimo de saturar con el asunto de las caricaturas, saco la cuenta de que más de 30 personas han muerto estos últimos días por salir a expresar lo ofendidos que estaban por unos garabatos publicados en un periódico danés. Sería despreciable echar esos muertos sobre las espaldas de los dibujantes, no es esa mi intención, pero flipo mucho con el grado de demencia que estamos alcanzando. ¿Somos seres racionales? Goyo, el perro de mis padres