Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2006.
Resumen
- 01/03/2006 01:11 - HIPOCONDRIAS DE MESA CAMILLA
- 02/03/2006 00:52 - UN DÍA CURIOSO
- 03/03/2006 01:11 - ENTONCES, EEEHH, ¿QUIERES DECIR QUE...?
- 04/03/2006 02:15 - ARRIAGA: INQUIETANTE, SUTIL, SALVAJE
- 05/03/2006 01:03 - LAS BATALLITAS DEL ABUELO (2)
- 06/03/2006 01:30 - POESÍA, GULAGS Y BRILLANTEZ
- 06/03/2006 18:24 - AND THE OSCAR GOES TO...
- 07/03/2006 01:06 - SANTAOLALLA, EL PHIL SPECTOR DEL SUR
- 08/03/2006 01:19 - ... AND THE CREEDENCE TAPES!
- 09/03/2006 02:15 - DATE POR MUERTO
- 10/03/2006 00:46 - LA PARADA DE LOS MONSTRUOS
- 11/03/2006 17:19 - RAYAS Y RAYAS
- 12/03/2006 17:37 - QUIERO SER UN SOPRANO
- 13/03/2006 22:15 - CONTRA EL FUNESTO VICIO DE PENSAR (4)
- 14/03/2006 02:26 - PROFESOR NANI
- 16/03/2006 03:06 - BUENAS NOCHES
- 16/03/2006 21:09 - DESPRESURIZACIÓN CON LEONARD
- 17/03/2006 17:21 - LUGAR LLAMADO BROOKLYN
- 17/03/2006 18:53 - CHICAS DURAS
- 17/03/2006 19:23 - LAS BATALLITAS DEL ABUELO (3)
- 26/03/2006 17:45 - JUAN LENNUM
- 26/03/2006 20:15 - EL GABINETE SECRETO (1)
- 28/03/2006 13:16 - EL HUMOR Y LA VIOLENCIA
- 29/03/2006 21:38 - EL GABINETE SECRETO (2)
- 29/03/2006 22:07 - MILIKITO YA TIENE TELE
- 30/03/2006 21:34 - UNA CHICA DESNUDA EN EL SOHO
- 30/03/2006 23:58 - MEA CULPA
- 31/03/2006 23:08 - CÓMIC Y POLÍTICA
HIPOCONDRIAS DE MESA CAMILLA

Un gatito ha muerto por gripe aviar en la isla de Rügen. Lean, lean, mañana sale en todos los periódicos, bien grande. No se molesten en correr a la farmacia, porque los retrovirales los almacena el Gobierno por si las moscas. Asústense. Pásmense. Un gatito ha muerto en la isla de Rügen y todos le lloramos consternados. Descansa en paz, Garfield ario. Por cierto, me olvidaba: en Irak la han diñado 60 personas, ninguna tan adorable como el gatito alemán. Ya saben, son iraquíes de esos que mueren a puñados todos los días. ¿A quién le importa? Lo que debe preocuparnos a nosotros es el gatito. Pobre, mañana recogeré a todos los congéneres suyos que encuentre por la calle.
Mi abuela era adicta a un programa de Telemadrid que no sé si siguen echando: Sucedió en Madrid. Gracias a sus crónicas sobre colombianos indocumentados que aparecían con un tiro en la frente en parques del oeste de la ciudad o de raterillos cuyas piernas seccionaba el metro mientras huían tras robar un par de discos en la Fnac, la pobre mujer creía vivir en una jungla indómita de la que se protegía tras una puerta blindada y muchos cerrojos. Ella, que había pasado una guerra y había escondido a hermanos en su casa perseguidos por su republicanismo, vivía sin vivir en sí por cuatro mediocres y fantasiosas crónicas de sucesos. Pues algo parecido nos está pasando como sociedad: nos estamos abuelizando. Pienso en Europa y en la cobertura de la gripe aviar y me imagino a trescientos millones de ancianas asustadas agarradas a las faldas de su mesa camilla, con el botiquín a mano y atiborrado de por-si-acasos caducados.
Yo, que soy más chulo que un ocho, lejos de preocuparme por el persistente catarro que me acompaña desde hace varios meses, y que bien pudiera interrumpir este blog bruscamente un día de estos (los virus son así de caprichosos, ya se sabe), he viajado al siglo XIV, donde me han dicho que hay unas danzas de la muerte y unas epidemias de lo más molonas. A ver si aprendo algo. Con la excusa de un inminente viaje a Italia (dios, no veo la hora de montar en el avión), estoy releyendo un clásico, que siempre le sienta bien a la mente mareada de fugaces novedades editoriales. Picoteando, sin desmayarme en el intento, revisito estos días (qué verbo más feo) al señor Bocaccio y su Decamerón. Y, para que atisbeis algo de los horrores gripales venideros, he aquí una reconfortante evocación de la peste que diezmó Europa a mediados del siglo XIV. Para que lloréis por algo, como decía mi madre cuando me daba un merecido pero antipedagógico cachete. El fragmento pertenece a la primera de las diez famosas jornadas de aquel maratón de cuentos, y la traducción al castellano es de María Hernández Esteban. Los médicos amantes de la literatura, que algunos ha habido en estos últimos siglos, avalan el portentoso rigor anatómico de la descripción. Si es que Don Giovanni era un crack:
"En su comienzo, a los varones e igualmente a las hembras les nacían en la ingle o bajo las axilas unos bultos, algunos de los cuales crecían como una manzana mediana, otras como un huevo, unos más y otros menos, que las gentes llamaban bubas. Y desde las dos partes del cuerpo indicadas, en poco tiempo, las ya dichas mortíferas bubas comenzaron a nacer y a crecer indistintamente en cualquier parte del cuerpo; y tras esto los síntomas de dicha enfermedad comenzaron a convertirse en manchas negras o lívidas que a muchos les salían en los brazos y por los muslos (...). El espectáculo de la gente baja y quizá en gran parte de la clase media era mucho más miserable, porque éstos, retenidos en sus casas durante el día o por la esperanza o por la pobreza, al permanecer en sus barrios, enfermaban a millares por día, y como no se les cuidaba ni ayudaba en nada, casi sin remisión alguna todos morían".
Dedicado a todos los hipocondríacos. Ah, recuerden: 60 muertos en Irak equivalen más o menos, en peso informativo, a un gatito de la isla de Rügen, Alemania. Quizá algo menos, que la cotización de los primeros va a la baja.
UN DÍA CURIOSO

Parecía un día normal. Un pelín aburrido, incluso. Por la mañana se me pegaron un poco las sábanas. Cosa normal, porque raro es el día que no oigo dar las cuatro de la madrugada. Fui a currar: cafelitos, charletas, gestiones, entrevistas... Lo normal. Lo raro empezó después de comer.
Hace un año, aproveché una efeméride (dios, ya estamos otra vez con aniversarios) para sacar a fondo en el suplemento una historia que siempre me ha encantado: la del Duende de Zaragoza. Cual rata de hemeroteca, recuperé todo el episodio de la intrahistoria (o de la historia a secas) de la ciudad, ocurrido en 1934. La verdad es que quedó un reportaje del que me siento orgulloso, las cosas como son, y fue portada del suplemento en su día. Lo traeré al blog más adelante. El caso es que ese trabajo me ha otorgado el sambenito de ser uno de los "expertos" en la Casa del Duende en Aragón, y resulta que el Duende es un tema que los chicos del programa Cuarto Milenio, de Cuatro, querían recuperar. Así que un equipo de dicho canal ha venido desde Madrid este mediodía, se ha plantado en mi humilde morada, ha puesto manga por hombro el salón para crear un ambiente "tenebroso" y me ha grabado una entrevista en la que he ido largando todo lo que sé sobre el tema. Creo que el reportaje se emitirá en un par de semanas.
Que el salón de tu casa se convierta por un rato en un plató de televisión, con sus equipos de iluminación, sus monitores y su mandanga, haciéndome cambiar de vestuario incluso, porque yo iba con un jersey a rayas que al realizador no le molaba nada, hace que tu día ya no sea tan normal como se había planteado en un principio. Para colmo, Ángel Briongos, nuestro colaborador experto en temas de misterio en el suplemento Heraldo Domingo y culpable del asunto, me ha hecho un par de placas para inmortalizar el momento que creo que me han provocado un desprendimiento de retina.
Casi he recuperado mi normalidad diaria en la redacción, cuando, a última hora, José Luis Solanilla, el gourmet, autor de la mejor página de gastronomía que se publica en la prensa aragonesa y cuyas sabrosas recetas, consejos y recomendaciones me están poniendo el colesterol por las nubes, me pregunta: "¿Estás muy liado?". "No", respondo. "Es que tengo una invitación para dos personas para una cata de jamón de jabugo en el Gran Hotel". Me ha faltado tiempo para apagar el ordenador y trotar cual cabritillo en pos del gorrino manjar.
Lástima que la cita no fuera tan pastoril como la última frase que he escrito. La cata llevaba desde las 12 del mediodía y nosotros hemos llegado casi a las 10 de la noche. Ahí no quedaba ni el hueso del jamón y todos estaban más cocidos que unas merluzas. De jabugo, por supuesto, nada de nada, pero nos pusimos tibios de un jamoncito ibérico que no estaba nada mal. Los promotores de la "cata", unos empresarios de Huelva con rólex de oro y demasiado palique, no han parado hasta que hemos probado todos los vinos que estaban promocionando. Yo no entiendo casi nada de vinos, pero me limitaba a imitar a Solanilla, cuyo criterio sigo ciegamente. Cogía la copa como él, metía las narices en ella como él, arrojaba el vino sobrante como él y emitía mi opinión sobre el vino un segundo después que él, para decir lo mismo con otras palabras. Por cierto, creo que también he acabado un poco ciego, como él.
Hemos salido de la "cata" partiéndonos de risa, sin entender nada del esperpéntico acto al que acabábamos de asistir. "Este -decía el empresario de Huelva señalando a un bodeguero de Calatayud-, este, que se ha dedicado al negocio del bacalao, está forrao, pero forrao, forrao. Y, sin embargo, si te lo cruzas por la calle te dan ganas de darle sinco duros". Dios, lo que hay que aguantar por un plato de jamón. Por momentos, Solanilla y yo nos hemos creído Pajares y Esteso en Los bingueros. Sólo hubiera faltado que nos hubieran llevado a conocer a "unas señoritas estupendas, de muy buen ver". José Luis, no vuelvo a una cata-trampa de esas en mucho tiempo. La próxima vez, invítame a un restaurante bueno y déjate de promociones de productos regionales.
Foto: Iker Jiménez, presentador de Cuarto Milenio.
ENTONCES, EEEHH, ¿QUIERES DECIR QUE...?

Punset, Eduard Punset. Garfunkel, para los amigos. Hoy ha paseado su estropajosa y portentosa cabeza por las calles de Huesca para recoger, de manos de Marcelino Iglesias, el Premio de Periodismo Digital. ¿Por qué digital? A mí no me pregunten, que yo no reparto premios. Pero, que yo sepa, Punset hace un programa en la tele, no crea páginas web. En fin, es algo que me da esperanzas. Aún puedo optar a un premio de periodismo radiofónico sin hacer radio, o a un premio de periodismo audiovisual sin hacer... Espera un momento, que me dicen que el premio se debe a su labor en la difusión del conocimiento científico y técnico. ¡Acabáramos! Pues yo sigo sin entenderlo. Será que, como habla de cosas de cables y su programa se llama Redes, todo viene a ser lo mismo, todo está conectado y esas cosas. Además, el hombre cae bien y luce mucho más que si se lo hubiéramos damos a un oscuro y anodino diseñador de periódicos digitales, ¿no? Pues no se hable más.
No seré yo quien recurra el inapelable fallo del jurado. Es más, me alegro, porque me da la oportunidad, aprovechando que el Pisuerga pasa por Huesca (¿qué no?, esperen un par de trasvases y verán), de hablar de Redes, esa maravilla televisiva que convierte en basura espacial el resto de programas de divulgación científica que se han hecho antes y ahora en este maltratado país nuestro.
Es increíble, amen de tópico, pero no por ello menos cierto: con Redes aprendo y me divierto. Aprendo de verdad, yo, que soy como un besugo que desecha al instante toda la información que no le interesa. Y me divierto. Mucho, la verdad, aunque esté mal decirlo, pero es así. Punset me parece de los mejores showmen que ha habido en la caja tonta. Con él como personaje me bastaría, pero es que además me asombran los temas que trata, me seduce cómo los trata y me parece genial la gente que entrevista.
Para empezar, le aplaudo esa forma tan poco sana de sentarse que tiene. Recostado, con los músculos relajados, como si se hubiera fumado media docena de porros (quizá se los ha fumado, eso explicaría muchas cosas). Luego, ese colegueo que se trae con los premios nobel que entrevista. Sin protocolo, de tú a tú, directo, sin miedo a meter baza ni a interrumpir sus peroratas. Sin pelotear, pero tampoco siendo arisco. Desgranando como desgrana los temas, traduciendo para nosotros enrevesados razonamientos bioquímicos que, en su boca, parecen adivinanzas infantiles. Llamadme raro, llamad al psiquiatra de guardia si queréis, pero si llego a casa con unas copas de más y no hay perspectivas sexuales a la vista, tirarme en el sofá con unas sobras de la nevera a ver Redes me parece un colofón fantástico para una noche. Con la lucidez del beodo, Punset adquiere una dimensión totémica. Si esto fuera Estados Unidos, Eduard habría creado ya una religión con sus seguidores, y yo renegaría de mi ateísmo por él.
¿Y sus doblajes? Es la persona que peor se dobla a sí misma. Bueno, en realidad no es un doblaje, sino una traducción simultánea, pero su estilo, penoso como técnica, roza lo sublime si lo valoramos como arte escénica. Copia las pausas que hace en inglés, las mismas interjecciones, el mismo ritmo, las mismas coletillas. "Esto que cuentas es muy interesante", y mi favorita, que en inglés es algo así como: "Well, eeeeehh, so, what exactly do you wanna...?", que él mismo se traduce: "Entonces, eeeeh, ¿quieres decir que...?" Es el enunciado que precede al clímax de la entrevista. El orgasmo múltiple, el momento en el que da con la piedra filosofal: es el instante en el que traduce en dos oraciones sencillas construidas mediante sujeto, verbo y predicado, el complejo galimatías que la eminencia de Yale llevaba quince minutos desarrollando. Entonces, ves la luz. Los astros confluyen, el aleph se muestra aterrador ante tus ojos. "¡Claro!", piensas entonces, preñado por su infusión de saber, "¿cómo no lo he visto antes? En Andrómeda está la clave". También piensas: "Si no fuera tan vago, me hubiera gustado estudiar lo que estos señores, pero yo es que soy de letras".
En fin, que quizá no ha hecho muchas páginas web, pero el Garfunkel de la ciencia se merece todos los premios que le den. Por cierto, recuerdo que un amigo quiso hacerle un regalo muy especial a una chica con la que salía, y no se le ocurrió otra cosa que aprovechar un viaje a Barcelona para pedirle un autógrafo dedicado a Punset. Por supuesto, se lo dio con mucho gusto. Enhorabuena, Eduard.
ARRIAGA: INQUIETANTE, SUTIL, SALVAJE

Pese a que los dobladores se han esforzado mucho en el empeño, no han logrado su objetivo de joderle al espectador Los tres entierros de Melquíades Estrada. Tendré que esperar al DVD para apreciar las sutilezas de ese inglés texano que se mezcla con el español de México y los cambios de un idioma a otro en ese territorio tan alegórico como real que es la frontera. Porque, de momento, en Zaragoza, todo son facilidades si lo que quieres es ir de putas por el centro de la ciudad o hacer el mono en denigrantes espectáculos en el estadio de La Romareda dignos del Afganistán de los talibanes. Pero si tu intención es ver una peli subtitulada en un cine, olvídate. Eso es para los esnobs de Madrid y Barcelona. Y si me permitís, me adelanto a las objeciones: sí, estoy siendo demagógico. Es algo que me encanta, lo hago con mucha frecuencia.
Pero será mejor dejar estas diatribas para otra ocasión y hablar de Los tres entierros de Melquíades Estrada, una preciosa historia que recomiendo a todo el mundo, pese a que hay que tener un poco de paciencia con el dire, Tommy Lee Jones, que es primerizo y flojea bastante con la cámara en la primera mitad de la cinta. Para compensar, la segunda roza la perfección y, si te toca alguna fibra, como me ha tocado a mí, puede hacer que salgas de la sala desubicado y, ¿por qué no?, muy emocionado. Pero esas reacciones químicas no las produce Tommy Lee Jones, sino el gran artista que sostiene y da vida a la historia: el mexicano Guillermo Arriaga (Amores perros y 21 gramos). Un titán.
Sin destripar nada de la película, resumo someramente. Melquíades Estrada es un espalda mojada que trabaja en un rancho de Texas y es amigo del buenazo del capataz (Tommy Lee Jones), un tipo austero, de lealtades antiguas, casi un outsider en un mundo dominado por los patrulleros de la Migra y las mafias locales. Uno de estos patrulleros, un imberbe rubio, mata por accidente de un disparo a Melquíades, pero no dice nada (primer entierro) y, como el muerto es un mexicano, nadie investiga el crimen y le entierran (segundo entierro) bajo una cruz donde escriben con rotulador: "Melquiades Mexico". Pete, el capataz, está destrozado por la muerte de su amigo, y decide averiguar quién ha sido el asesino. Cuando lo descubre, le secuestra, le obliga a desenterrar a Melquíades y, juntos, se llevan el cuerpo en descomposición al sur de la frontera, donde Pete quiere que el patrullero entierre a su amigo en el rancho de su familia (tercer entierro). No he destripado nada fundamental, porque lo que importa son las relaciones que se establecen entre los personajes y los retratos que Arriaga hace de cada uno de ellos, que nos asoman a aterradores abismos de la condición humana. Porque de eso trata el universo de Arriaga, de la condición humana. Es decir, nada que no esté en las historias de Homero. Nada ha cambiado desde entonces. Tan sólo la mirada. Y la de Arriaga es penetrante, cruel y salvaje.
Hay en esta historia aromas de Peckinpah, y Peckinpah es uno de mis grandes, quizá el más grande en mi universo cinéfilo. El propio título recuerda algunos del californiano, como Quiero la cabeza de Alfredo García o La balada de Cable Hoghe. Mientras veía Los tres entierros... han pasado por mi retina los momentos en los que Peckinpah me ha puesto los pelos de punta en sus pelis. He recordado cuando Pike le dice a Dutch "¿Vamos?", y éste responde, "¿Por qué no?", al final de Grupo salvaje; me ha hecho revivir el escalofrío que sentí cuando uno de la banda le pregunta a Billy "¿Por qué no le disparas?", y él contesta, encogiéndose de hombros, "¿Por qué iba a dispararle? Es mi amigo", en Pat Garrett y Billy the Kid, ¿y qué decir de ese final de La Cruz de Hierro en el que el sargento Steiner y el cínico teniente Stranski se miran fijamente y éste le dice a áquel?:"Le voy a enseñar cómo lucha un oficial prusiano", y Steiner remata: "Y yo le enseñaré dónde crecen las Cruces de Hierro".
Los tres entierros de Melquíades Estrada tienen ecos de esas secuencias gloriosas, porque Arriaga comparte con Peckinpah un punto de vista desgarrado, austero y masculino sobre la vida. Sí, he dicho masculino, en el sentido en el que ellos entienden la masculinidad, no lo confundamos con un machismo rancio ni nada parecido. Son tipos a los que les gusta el campo, pero no por el lado bucólico, sino por su lado salvaje y agreste. Son gigantes de andares desacompasados y manos grandes sin apenas tacto. Son tipos que ven la belleza en un trozo de carne asada o en unas botas de montar llenas de lodo. Unos tíos como dios manda. Peckinpah murió hace tiempo ya, pero Arriaga viene a tomarle el relevo con sus aires montunos y sus desconcertantes ojos claros, que nadie podría imaginar que penetrasen tan hondo. Son hombres que poco tienen que ver conmigo, urbanita pasteurizado, pero sus creaciones me llegan muy adentro. Ésa es la verdadera empatía.
Por cierto, hay un buen montón de pelis buenas en cartel (ninguna española en mi opinión, todas americanas) y casi todas tienen en común una mirada despiadada, desnuda y poco complaciente sobre el mundo desorbitado que habitamos. Miradas duras, sin concesión a la fantasía ni a la frivolidad, y con un trasfondo de belleza: Crash, Los tres entierros..., Brokeback Mountain, Buenas noches y buena suerte... ¡Qué buen cine está haciendo Estados Unidos! Creo que no se veía una eclosión igual desde los tiempos de Taxi driver y El padrino. Y parecía que Hollywood estaba muriéndose. Si es así, se muere con las botas puestas.
LAS BATALLITAS DEL ABUELO (2)

Lo prometido es deuda, pequeñas criaturillas. He aquí el reportaje publicado en Heraldo de Aragón a finales de 2004 sobre la Casa del Duende de la calle Gascón de Gotor de Zaragoza. Para todos aquellos que no conozcan la historia. Espero que lo disfrutéis.
El expediente X zaragozano
Cuando el año 1934 enfilaba su último tramo, los españoles tenían sobrados temas de conversación y de preocupación. El Ejército acababa de sofocar una revolución en Asturias y Cataluña; las huelgas continuas convertían, casi todos los días, muchas calles en campos de tiro donde obreros y fuerzas del orden practicaban su pericia, y, finalmente, las izquierdas y las derechas afilaban sus respectivos cuchillos, preparándose para la guerra que se avecinaba. Sin embargo, en un pequeño rincón a orillas del Ebro, todos estos líos se olvidaron durante unas cuantas semanas, porque un suceso mucho más fascinante acaparó la atención de todos: en un piso de la calle Gascón de Gotor, en Zaragoza, se escuchaba una misteriosa voz.
Hoy, siete décadas después de aquel revuelo, el duende pervive en la memoria popular zaragozana gracias al nombre que recibió el edificio que hoy ocupa el número 2 de la calle Gascón de Gotor, escenario de los hechos: “Edificio Duende”.
Los fenómenos extraños comenzaron a finales de septiembre de 1934 y se prolongaron hasta enero de 1935, aunque no fueron conocidos por los zaragozanos hasta el mes de noviembre, que es cuando la Policía inició la investigación; una investigación que se zanjó sin explicar satisfactoriamente el misterio.
El 27 de septiembre de 1934, los vecinos del número 2 de Gascón de Gotor se echaron a la calle aterrorizados por unas sonoras carcajadas que retumbaron en toda la escalera. Eran unas risas siniestras que duraron unos cuantos minutos y se fueron apagando poco a poco sin que se pudiera averiguar su origen. Había terminado la paz para los habitantes del inmueble. Desde aquel día, casi todas las noches escucharon extraños ruidos, aunque ninguno de la intensidad de la carcajada. Como sucedían de madrugada y fueron disminuyendo con el paso de las semanas, los vecinos optaron por ignorarlos.
“María, ven”
Pero no pudieron hacerlo por mucho tiempo. El 15 de noviembre, Pascuala Alcober, la joven criada de 16 años que servía en el segundo derecha, corrió espantada para contar a Isabel, la señora de la casa, que había oído lamentos de una voz masculina que parecía provenir del fondo del hornillo. En principio, Isabel no dio crédito al relato, pero al día siguiente fue ella la que escuchó cómo la voz del hornillo decía: “María, ven”.
El 23 de noviembre, el duende se adueñó del titular principal de la primera página de HERALDO: “En una casa de la calle de Gascón de Gotor se produce un hecho extraño, que determina una alarma explicable”. Y el subtítulo decía: “¿Es una broma de mal gusto o es un caso de ventriloquía en una mujer atacada de histerismo?-Unas manifestaciones del doctor Gimeno Riera”.
Ya era ‘vox populi’: espoleados por el interés de la prensa, centenares de zaragozanos empezaron a merodear por el edificio con la esperanza de escuchar la voz. El fenómeno llegó a generar serios problemas de orden público, por lo que la Guardia de Asalto acordonó día y noche los alrededores, dejando pasar sólo a los vecinos.
“No se habló de otra cosa”
Mientras tanto, la voz del duende seguía asomando por el hornillo, poniendo en evidencia a los investigadores, que prácticamente se habían instalado en la casa.
Es difícil imaginar el revuelo que se armó en la capital aragonesa. En las tertulias, chistes y chascarrillos convivían con relatos de terror más o menos fantasiosos. El 24 de noviembre, HERALDO aseguraba en su crónica: “En toda la ciudad -y en este caso no hay hipérbole- no se habló ayer de otra cosa. Era difícil hallar tres personas reunidas que no se refirieran a este asunto de la voz misteriosa y de las probables causas que originan el fenómeno”.
La voz fantasmal, que emitía frases y palabras sueltas, parecía dirigirse a los que estaban presentes en la cocina, llegando incluso a saludarles o a recriminarles cosas. En una ocasión, empezó su intervención matinal diciendo: “Ya estoy aquí”. Otro día, despidió a los policías que abandonaban la guardia con un educado “adiós, adiós”. El día 28, se mostró malhumorado y gritó: “¡Cobardes, cobardes!”. En una ocasión, el inspector al mando envió a la criada a la azotea a por leña, a lo que la voz le respondió: “¿Para qué la quieres, si hay gas?”. En general, parecía un duende bromista y juguetón.
Pascuala
Fontaneros, albañiles y electricistas revisaron todas las instalaciones y todos los resquicios del edificio sin éxito, por lo que las pesquisas se centraron en Pascuala, la criada que había oído la voz por primera vez. Forenses y psiquiatras analizaron a la joven, a quien presumían afectada de histerismo, sin hallar ninguna anomalía en ella ni la forma en la que podría ejecutar la ventriloquía.
El 27 de noviembre, HERALDO publicó una carta del prestigioso doctor Ricardo Royo Villanova en la que relataba que había recibido la visita del duende en su consulta y que le había asegurado “que el fin que se proponía con sus demostraciones de ventrilocucia (sic) era anunciar una de las casas de comercio más acreditadas de Zaragoza”. Ni qué decir tiene que nadie hizo el más mínimo caso al entonces presidente de la sección de Medicina de la Academia de Zaragoza. Por contra, los bromistas florecieron en una exuberante primavera de carcajadas.
Efectivamente, muchos comerciantes aprovecharon que el Pisuerga pasaba por Valladolid para incorporar el fenómeno a sus reclamos publicitarios, como puede verse en esta misma página en la reproducción de un anuncio de alumbrado Petromax que apareció en HERALDO. Asimismo, el duende empezó a recibir una nutrida y jocosa correspondencia, y hasta unos universitarios guasones fueron multados con 50 pesetas por subirse al tejado de la casa cubiertos con sábanas y asustar a los viandantes.
El domingo 25 de noviembre “The Times” publicó una sorprendente crónica cuya entradilla decía así: “Un irónico duende que habla por la campana de una chimenea tiene sobresaltados estos días a los habitantes de Zaragoza, los cuales se afanan en dar con la pista de la misteriosa voz”. El interés de “The Times” condicionó el interés de la Dirección General de Seguridad de Madrid, cuyos responsables telefonearon a los juzgados de Zaragoza pidiendo informes detallados sobre el caso. A esas alturas, la Policía intentaba encauzar un revuelo incómodo que no había sabido evitar.
Cortar el grifo
Como el asunto empezaba a salirse de madre y al gobernador civil le inquietaban las multitudes que colapsaban las calles próximas a Gascón de Gotor, el día 30, el juez cortó el grifo y ordenó a los investigadores que no facilitasen ni un solo dato más a la prensa. Así, el fenómeno desapareció de las páginas de HERALDO, pero no de las conversaciones de los aragoneses y españoles, porque, para entonces, el duende ya era un inquilino de todos los medios de comunicación del país.
A los pocos días, el juez declaró a los periodistas que el suceso obedecía a un extraño fenómeno psicológico: “Escuché la voz tantas veces como me lo propuse”, explicó después de pasar varios días en la vivienda, ya desalojada por sus atemorizados inquilinos, el matrimonio Palazón. “El misterioso suceso ha quedado totalmente explicado”, sentenció el magistrado, dando carpetazo al asunto. Muchos siguieron pensando que era la extraña ventriloquía de Pascuala la que provocaba la voz, pero, al parecer, la joven siguió sirviendo en el nuevo domicilio de los Palazón, sin que se registrara nada paranormal en él.
Los siguientes moradores del piso, la familia Grijalba, volvieron a solicitar los servicios de la Policía ya que, al parecer, su hijo Arturo, de tres años, mantenía conversaciones con el duende. Arturo Grijalba, ya de adulto, siempre ha defendido la veracidad de su ‘amistad’ con la voz.
Los aires prebélicos que se respiraban en España relegaron pronto la historia del duende al desván de la memoria, aunque nunca desapareció del todo de ella. El duende de Gascón de Gotor forma parte de la intrahistoria de Zaragoza, hasta tal punto, que los aficionados al mundo del misterio siguen, todavía hoy, dándole alguna que otra vuelta. Ángel Briongos, coordinador en Aragón de la Sociedad Española de Investigaciones Paranormales, que está preparando un libro sobre la historia, cree que el fenómeno “no fue una farsa; no se debió a la ventriloquía, porque la voz se manifestaba sin que Pascuala estuviera presente. Fue un hecho paranormal en toda regla”. ¿Haberlos, haylos?
Los otros fantasmas
Ningún otro suceso presuntamente paranormal ha despertado tanto interés en Aragón como el de la casa del duende, pero el boca a boca, con mayor o menor difusión, asegura que hay otros lugares ‘encantados’ en Zaragoza.
El más conocido, por ser el que cuenta con mayores testimonios que dicen haber presenciado los sucesos, es el de un establecimiento de la calle Alfonso, ya cerrado, de una conocida cadena de tiendas de moda. Un antiguo empleado de ese comercio, que prefiere preservar el anonimato, dice haber experimentado descensos bruscos de temperatura, haber visto ropa que se desordenaba sola e, incluso, la presencia de una extraña mujer que algunos empleados veían deambular mientras hacían caja, con la tienda ya cerrada. Son muchos los zaragozanos que han escuchado, de segunda, tercera o cuarta mano, alguna de estas historias. Al existir testimonios, como ha podido comprobar este periódico, no se trata de una leyenda urbana, pero constatar su veracidad es -hay que dejarlo claro- imposible.
Ángel Briongos refiere algún otro espacio que la imaginación popular ha tildado de embrujado o misterioso, pero todos entran ya en el saco de las leyendas urbanas, más o menos interesantes, entretenidas o aterradoras, pero a las que no se puede dar crédito alguno.
Así, se cuenta que un suicidio acaecido hace varias décadas en el ayuntamiento es el origen de misteriosos ruidos que asustan a los vigilantes nocturnos del consistorio. Otra leyenda asegura que, en una habitación de un prestigioso y conocido hotel de la capital aragonesa se dan fenómenos de ‘poltergeist’. El pueblo viejo de Belchite también recibe regulares visitas de cazadores de psicofonías, que llegan grabadora en mano para registrar lo que dicen que son gritos y ruidos de aviones y explosiones.
La imaginación corre tan rápido como las leyendas, pero no conviene hacer mucho caso a estos relatos. ¿O sí?
Foto: los policías posan junto al hornillo de donde salía la voz, en una imagen publicada en El Noticiero de Zaragoza.
POESÍA, GULAGS Y BRILLANTEZ

Tuve una vez un profesor -eminente semiólogo, amante de las boutades, con una frivolidad un tanto pasada de rosca y una fallida pretensión dandy- que, mientras se burlaba de nuestras mediocres capacidades intelectuales con chistes no siempre ingeniosos, decía: "Un mal entendido humanismo democrático permite que mucha gente diga impunemente que no le gusta la poesía, cuando, en circunstancias normales, deberían estar recluidas en campos de concentración". Hablando de campos de concentración, cuando mis amigos y yo imaginábamos una futura República Ibérica Socialista Soviética, no tardamos en percatarnos de que íbamos a necesitar un gulag. La duda era dónde instalarlo: Soria se nos antojaba un sitio ideal para nuestros campos de reeducación, aunque otros prefirieran el norte de Palencia. Teruel tenía el inconveniente de estar cerca del mar y posibilitar la huída, por eso lo desechamos.
Pero el asunto era la poesía y los campos de concentración. Puestos a decir sandeces de pretendida profundidad (los mejores filósofos y escritores las han regurgitado por miles), Theodor Adorno dejó aquella de "después de Auschwitz no se puede escribir poesía".
Yo creo que, a poco que se escuche, asoma en cualquier rincón una chispa, un brote de genialidad que bien pudiera tener el mismo origen que esa imagen que se forma en la mente del poeta un instante antes de convertirse en verso. Por la calle pueden escucharse verdaderos monumentos literarios, dislocaciones de la lógica y planteamientos asombrosos no por involuntarios y accidentales menos maravillosos. Mirad, si no, el absurdo diálogo que "capturé" el otro día:
-Entonces, ¿las dos francesas...?
-No, que no son dos. Es una, pero es igual de fea que la otra.
En una línea, ni se imagina el autor los derroteros fantásticos por los que se está adentrando. Cortázar habría escrito un cuento maravilloso con las dos francesas que son una pero igual a sí misma.
Lástima que la genialidad no esté tan bien repartida cuando se le pone un corsé de profesionalidad y se vende en forma de libros, películas u obras de teatro. Por ejemplo, en el caso del actor Santiago Meléndez, cuya obra, Lo mejor de cada casa, he ido a ver hoy. La interpretación, genial, como siempre: muy por encima de unos monólogos más que flojos en algunos casos, aceptables en unos pocos y francamente malos en el resto. Meléndez es una bestia escénica, pero ni su ímpetu logra levantar unos textos que creo que ha escrito él mismo. No se puede ser bueno en todo, Meléndez. La genialidad se reparte de manera desigual en los propios genios, y a veces, por más que vayas en su busca, se te escurre de entre los dedos. Sin embargo, hay gente, como el chaval de la frase de antes, que tiene en sus manos el germen de una buena idea y lo desecha como a esa pobre chica francesa, demasiado fea como para que su dualidad compense el esfuerzo de seducirla.
Foto: Santiago Meléndez, en la serie Motivos personales.
AND THE OSCAR GOES TO...

Crash ha ganado a Brokeback Mountain.
Generalmente, los Oscar me dan bastante igual, pero como por una vez, y sin que sirva de precedente, la peli que ha ganado es la que más me gustaba de esta añada, me congratulo y me regocijo en mi clarividencia, ignorada hasta hoy. Pinchad aquí para leer o releer lo que se publicó en este vuestro blog sobre Crash.
SANTAOLALLA, EL PHIL SPECTOR DEL SUR

El año pasado, Jorge Drexler, y este, Gustavo Santaolalla (Buenos Aires, 1952), Oscar a la mejor banda sonora por Brokeback Mountain. Algo le pasa a Hollywood con Latinoamérica. Parece que está de moda. Drexler me dio un poco igual, con la pantomima esa que se montó con Antonio Banderas y la ofensa y el "maltrato" que dijo sentir el uruguayo al no poder interpretar su canción en la ceremonia (ya quisieran muchos ser maltratados con un Oscar: mientras no te den con él en la base de la nuca...). Sin embargo, Santaolalla no sólo me cae muy bien -su holograma mediático, al menos, ya que en persona no tengo el gusto-, sino que me parece un músico como la copa de un pino y una de las mejores cosas que le han podido pasar a la cultura latinoamericana en los últimos años.
Le vi en Buenos Aires, en un pedazo de concierto en una sala del barrio de San Telmo. En su ciudad, rodeado de amigos, en su salsa, con su música y (creo) su proyecto más querido: Bajofondo Tangoclub. Tango electrónico, según la etiqueta. "Un paisaje sónico de la vida en un impredecible y simultáneo estado de peligro, tristeza, bronca y amor", según el porteño verbo de Enrique Lopetegui. Una música cojonuda, según mi limitada capacidad expresiva. Porque, para mí, como para Frank Zappa, sólo hay dos clases de música: la que me gusta y la que no. Y Santaolalla, cuando se pone a componer, me gusta.
Pero me gusta sólo cuando se pone a componer o a tocar con sus amigos, porque en su faceta de productor y promotor de bandas no siempre me ha tocado las fibras. Santaolalla está detrás del éxito, por ejemplo, de Juanes (que no me gusta, por si hay dudas), Café Tacuba (que sí me gustan) o Molotov (que pueden llegar a ser muy irritantes). Él es al ’boom’ musical latinoamericano lo que Carlos Barral fue para el ’boom’ literario de hace cuarenta años: el ángel bueno en la sombra, el sabio titiritero. El Phil Spector de América Latina.
Ahora vive en Estados Unidos, pero su corazón está en Buenos Aires. Pionero del rock argentino a finales de los 60, con grupos como Arco Iris, Santaolalla tiene alma de milonga y arrastra la sempiterna nostalgia del exiliado argentino. Por eso se puso detrás de Bajofondo Tangoclub, un proyecto nada comercial, la cara opuesta a Juanes o Molotov. Bajofondo es un grupo cambiante y ecléctico que busca, desde las formas musicales más modernas, aprehender el aroma del viejo tango de facón y gomina. Para los puristas del género son unos herejes, pero para los demás, su herejía es un valor añadido y la celebramos. Del útero polimorfo y abierto de Bajofondo ha salido, ni más ni menos que Cristóbal Repetto, que reinventa en CD el sonido de los viejos gramófonos y eriza el vello con sus viejos versos pasados por el tamiz canalla de su garganta.
Otras obras maravillosas del gran Santaolalla han sido las bandas sonoras de Amores perros y 21 gramos. Ninguna de las dos películas se entendería sin esos acordes mínimos, intensos y angustiosos que compuso para la sinfonía audiovisual de Iñárritu. Esos dos trabajos, y el de Brokeback Mountain, le están afianzando como compositor cinematográfico, siguiendo la estela de Henri Mancini y Ennio Morricone. El cine ha dado grandes músicos, pero hoy podemos decir que el cine está recibiendo a un grande que, como los buenos cocineros, sabe mejorar cualquier receta fílmica con sus secretos "sónicos": Gustavo Santaolalla.
... AND THE CREEDENCE TAPES!

-¿Tenía algún objeto de valor en el interior del vehículo?
-Bueno, tenía unas cintas de la Creedence...
-Bien, entonces sólo denuncia el robo del coche...
-...y de las cintas de la Creedence.
El diálogo (no literal) pertenece a El gran Lebowsky, de los hermanos Coen. En él, se ve que al Nota (Jeff Bridges) le importa un carajo el coche mugriento que le han robado, pero considera una pérdida irremplazable las cintas de la Creedence Clearwater Revival que tenía en él. Y yo le entiendo. La Creedence fue muy grande.
Viene esto hoy a cuento porque el que fuera cantante y columna vertebral de la banda americana, John Fogerty, ha hecho las paces con su vieja discográfica después de 30 años de pelea. Fruto de esa reconciliación ha salido un recopilatorio conjunto de las grandes canciones de la Creedence y de Fogerty en solitario.
Al parecer, el bueno de John no había visto hasta ahora ni un dólar de las ventas de los discos del grupo en todo el mundo. Ya están arreglados, pero lo cierto es que quedan poco más de diez años para que dejen de tener vigor los derechos sobre la propiedad intelectual de su obra, así que me huelo que vienen tiempos que Fogerty querrá exprimir al máximo con remasterizaciones y qué me sé yo cuántas cosas de las que se inventan los brujos del márketing. Parafraseando a la Sociedad de Autores, he aquí unas reflexiones al vuelo:
Es una injusticia que un artista no vea un duro de su obra... pero, bien mirado, con los beneficios de los discos de la Creedence se montó una potente productora cinematográfica que puso la pasta necesaria para que se rodaran joyas como Alguien voló sobre el nido del cuco.
Es una injusticia que un artista no vea un duro de su obra... pero, bien mirado, con los beneficios de los discos de la Creedence, el señor Zaendt contrató a un buen montón de buenos músicos que, de esa forma, pudieron dar a conocer al mundo sus trabajos.
Es una injusticia que un artista no vea un duro de su obra... pero, bien mirado, con los beneficios de los discos de la Creedence se han reeditado y mantenido en el mercado catálogos enteros de pequeñas discográficas americanas cuyas producciones serían hoy, de no haber mediado esta inversión, ilocalizables piezas de museo.
En fin, no seguiré, que esto parece una clase de microeconomía capitalista. John Fogerty ha aportado a mi vida toneladas de felicidad, así que si ahora quiere dilapidar su fortuna construyendo mansiones de oro, por mi parte, que vaya en paz. Poner en nuestras manos canciones como Fortunate Son, Who’ll Stop The Rain o Bad Moon Rising es una más que digna aportación a la humanidad. No nos habrá curado el cáncer ni habrá inventado una forma de acabar con la desnutrición, pero sus creaciones han puesto banda sonora a los buenos recuerdos de millones de personas y han salvado de la destrucción a millones de almas tristes. Jamás en mi vida lograré ganar dinero suficiente para pagarle a Fogerty el equivalente monetario a la felicidad que me ha dado. El precio de sus discos es ridículo en comparación con lo que me han aportado. Y no soy el único. Así que me siento ajeno a sus sórdidas disputas sobre derechos editoriales.
Sin embargo, no podemos ignorar del todo esas disputas, ya que ese rencor acumulado ha acabado beneficiando a sus seguidores. Por despecho, Fogerty sacó hace diez años un directo titulado Premonition, compuesto en su mayor parte por canciones de la Creedence. Su propósito era demostrar su dominio sobre sus propias composiciones y hacer ver que podía interpretarlas mejor que como lo hacían sus antiguos compañeros. Y lo consiguió, por suerte. Born on the Bayou, Suzie Q o Green River suenan ahí mucho más crudas, con aristas más pronunciadas y una suciedad rockera que en los viejos discos queda tamizada por la producción. Las mejora, sin duda. Y a mí me encanta.
Yo también me cabrearía mucho si me robaran mis cintas de la Creedence.
DATE POR MUERTO

Ha pasado en Zaragoza. Una residencia geriátrica comunica a la familia que el abuelo ha muerto. ¿Hace falta que vayamos a identificar al abuelo? No, para qué. Quédense tranquilos viendo el fútbol, que esas cosas son muy desagradables de ver. Ya nos ocupamos nosotros. Es ley de vida, no somos nadie, con la de cosas que había vivido el abuelo... La familia le entierra con los honores debidos. Al día siguiente, el hermano del finado se acerca a la residencia a recoger sus cosas y, ¡oh, sorpresa! El abuelo está desayunando. El que casi se muere de la impresión es el hermano.
El abuelo no había muerto. Anda, qué tontos, que resulta que nos equivocamos, que el fallecido era su compañero de habitación. Para morirse de risa, debió pensar la familia.
El Berlanga de antes hubiera hecho una de las suyas con esta historia. Ya me imagino a Luis Ciges desayunando en la residencia ("¿que dice usted que Franco ha muerto?" "No, Franco, no, señor Luis, el que ha muerto es usted". "Hay que joderse, lo que no inventarán para no pagar la pensión").
De humor negro está España llena. A mi abuelo le encantaba hacer chistes en los velatorios, pero a nadie se nos ocurrió ninguno en el suyo. Esta historia le habría hecho mucha gracia, seguro. Pese a que la familia no le verá la guasa por ninguna parte (ni la familia en sí ni la del verdadero cadáver, que lo hay, por cierto), da gusto comprobar que ni el Ave ni el euro ni la Play Station han logrado socavar ese reducto de opereta negruzca que tanta satisfacción reportaba décadas atrás a los yanquis ricos amantes de los pintoresquismos. De vez en cuando, todavía nos parecemos a aquel país.
(Y sí, podría haber pasado esta misma historia en Francia, pero convendrán ustedes conmigo en que no sería lo mismo: los franceses lo llevarían todo por el lado trágico y habría manifestaciones de indignación en las calles parisinas).
LA PARADA DE LOS MONSTRUOS

¿Quién puja por los cuadrúpedos? De momento, el tope está, al parecer, en el equivalente a mil euros en liras turcas. O en gallinas cluecas, no está muy claro este punto. Por si no se han enterado, Uner Tan -que no es, como su nombre sugiere, un superhéroe creado a partir de un quiste lumbar de Godzilla, sino todo un señor científico de Turquía- ha acusado a Nicholas Humphrey de pagar a una familia de cuadrúpedos kurdos para que no hablen con nadie más que con este último (al menos, hasta que haya corregido las pruebas del artículo de Science). Uner Tan se atribuye el descubrimiento y dice que el tal Humphrey, que es un ’hard face’ (un jeta, vaya) de la London School of Economics, ha llegado a la aldea y ha raptado a las sabinas deformes. No sé, señor científico turco, pero a lo mejor ellos han accedido sin mediar dinero alguno. Vamos a ver, si a ustedes les invita a tomar una copa Uner Tan, que seguro que gasta mostacho del doce y pachuli por litros, y acto seguido viene Nicholas Humphrey con una botella de chardonais del valle del Rhin y haciendo chispeantes comentarios en inglés de Oxford sobre el pintoresquismo aldeano de los kurdos, ¿con quién se va a cenar esa noche? Está claro, hombre. Lo plantearé de otra forma: "Hola, soy Humphrey (no Bogart, pero casi) y les voy a sacar por la BBC". "Hola, soy Uner Tan, y si no acceden a exhibirse en la programación local de Telekurdistán les rebanaré el pescuezo y expondré sus cabezas clavadas sobre estacas en una cuneta para escarnio de su pueblo". Humphrey no necesita darme mil euros para convencerme a mí, miserable cuadrúpedo.
El asunto es que en el Kurdistán turco han descubierto a unos pobres desgraciados que caminan a cuatro patas y no saben hacerlo de pie. Unos dicen que si es por una lesión cerebral y otros que se debe a una mutación genética, pero mientras se aclaran, la BBC ha plantado sus reales allá y ha puesto a la venta las entradas de esta nueva feria de los monstruos. Muy pronto, en sus pantallas.
Las fotografías que han pasado como avance hablan más de miseria y de humillación que de progreso científico y evocan los tiempos en los que se cultivaba una disciplina llamada frenología, que clasificaba a los individuos en función de su capacidad craneal y esas cosas. Como en la comunidad científica sobran presuntuosos e imbéciles pero no abundan los tontos, muchos colegas de Uner Tan y de Humphrey, sin hacer caso a su disputa sobre la posesión legítima de los cuadrúpedos, han lucido un sano escepticismo. ¿Y qué si andan a cuatro patas?, vienen a decir. Déjenles en paz, que bastante desgracia tienen: no van a aportar nada al conocimiento científico.
Al menos, aportarán tanto como los niños-lobo, las mujeres barbudas, los niños de dos cabezas y las sirenas-chimpancé de las ’freak parade’ del siglo XIX. Y lo aportarán de la misma manera, es decir, obligando a preguntarnos una vez más qué significa esa puta palabra tan manoseada y tan poco usada: dignidad.
Mientras tanto, ¡pasen y vean a los increíbles cuadrúpedos kurdos! No les echen de comer, por favor, que se vuelven agresivos.
Y ya está bien de comentar las noticias del día, que parezco un tertuliano plasta de esos. Mañana volveré a hablar de mis tonterías alejadas de la sórdida actualidad. Hasta entonces.
Foto: fotograma de La parada de los monstruos (1932), de Tod Browning, origen del actual y extendidísmo término ’freak’.
RAYAS Y RAYAS

Una raya es una raya. Puede ser imaginaria, puede responder al metafísico concepto de una sucesión de puntos sobre unas coordenadas. Entonces se llama línea. Puede ser un trazo en un cuadro, puede tener textura, color, sombra. Puede estar sobre un papel, en el suelo, en una pared, en una bandeja. Marcando lo tuyo y lo mío. Dónde estás tú y dónde estoy yo. Puede estar hecha de polvo blanco y desaparecer de un sorbido nasal. Puede unir dos ciudades y puede separarlas. Pero lo que nunca puede ser es absurda. Porque el absurdo implica acción, y la raya se limita a estar ahí, como una energía, como una fuerza estática, como un polo magnético. Pero no puede ser ni absurda ni racional. Carece de atributos. Sólo es. Sólo está.
Sin embargo, cuando la raya está en un mapa y marca una frontera, las avanzadillas del tópico corren a ponerle delante el adjetivo "absurda". Absurdo puede ser el hecho de haberla puesto ahí, pero la raya está por encima de esas consideraciones. Bastante tiene con ser raya.
Fronteras. Me fascinan las fronteras. De todos los inventos humanos pocos han causado tanto dolor, pocos resultan tan inexplicables y pocos son capaces de convertir en monstruos a personas corrientes. La raya de la frontera tiene una fuerza sobrenatural, porque sirve a un propósito sobrenatural: dejar fuera del cosmos a quienes están al otro lado. Los bárbaros. A partir de aquí, monstruos, decian las viejas cartas de navegación antes de que Colón decidiera llevar su curiosidad hasta los márgenes del mapa. Fuera, el horror. Dentro, nosotros. La frontera.
Hay muchas clases de frontera. Incluso de no-fronteras con rayas trazadas en no-lugares. Terminales de aeropuerto, limbos de maletas. Un avión te deposita en el centro de un país lejano. Sales del aparato, pero, pese a que estás pisando el país, no estás en él. Hay pasillos construidos por albañiles del país, luces instaladas por electricistas del país, anuncios de productos que se venden en el país. Pero todavía no estás en el país. Hasta que un policía no te sella el pasaporte, estás vagando por un limbo con música de ascensor.
Hay fronteras que un día fueron fuertes. Fronteras que durante siglos fueron eficaces muros de contención, poderosos disgregadores. Hoy, sin embargo, nadie las toma en serio, pero guardan la fuerza de los tiempos pasados y siguen impactando la retina del que las quiere mirar con otros ojos que los del automovilista distraido. Los Pirineos. Todavía hoy, cruzarlos en una u otra dirección puede ser una experiencia. Son altos, pero permeables. Una frontera viva, latiente, con habitantes que, de Portbou a Hondarribia, hablan más de media docena de lenguas, la mayoría casi perdidas. Viejos montañeses. Hoscos y antiguos contrabandistas. Hubo un tiempo no muy lejano en el que mil historias llenaban sus valles. La raya marcaba la diferencia entre la barbarie y la civilización; entre la miseria y la riqueza; entre la guerra y la paz. Entre el color y el blanco y negro. Entre camas con perfumados y anhelantes coños y sacristías de nauseabundo hedor a rancio y paño áspero. Todo eso ya pasó. No hace mucho, pero pasó. Queda hoy la fascinación de cruzar la raya y, con un simple paso, entrar en un mundo distinto, con otras palabras y otra historia en sus espaldas. Queda también un irredentismo nostálgico. Lugares del otro lado que pertenecen a este. Pienso en Coilluire y en la tumba de Machado, frente a la que he estado dos veces. Pienso en algunas calles de Toulouse y en todos los comunistas españoles. Pienso en Pau y en los aragoneses que siempre han animado sus calles.
Europa ha convertido en ñoños espacios de nostalgia sus viejas fronteras, pero quedan muchas otras rayas reales. Rayas que se abren sólo por un lado y permanecen selladas por el otro. Melilla. Ceuta. La frontera sur. Nuestras ciudades Juárez. La verja de Melilla, con su alambre de espino, tranquiliza a muchos habitantes de la ciudad, que con su tarjeta de empadronamiento pueden pasar a Marruecos siempre que quieran sin sellar su pasaporte. Pueden ir los domingos a la medina de Nador a comprar baratijas y a tomar té con pastelitos moros. Una excursión que para los negros que vienen de más al sur es cuestión de vida o muerte. Literalmente. Una verja uniderccional. Un muro de contención. Una vieja muralla medieval en el siglo XXI.
En el monte del Gurugú conocimos a Marc. Venía de Mali y ni siquiera sabía que estaba a un paso de las puertas de Melilla. Le escondimos de las patrullas militares marroquíes que pasaban por la carretera y le indicamos una forma de bajar hasta los campamentos de Médicos sin Fronteras sin pasar por los caminos donde cualquiera podía denunciarle. Le hicimos unas fotos, contamos su historia en el periódico y esperamos que los de Médicos sin Fronteras le encontraran antes que los marroquíes. O que la Guardia Civil. Por la tarde, volvimos a Melilla y nadie nos preguntó nada al cruzar la raya. Éramos blancos y hablábamos español, y esas circunstancias despejan muchos caminos en el mundo. No sabemos qué ha sido de Marc ni si tuvo ocasión de gastar los dirhams que le dimos con alguno de los comerciantes que venden comida clandestinamente a los subsaharianos. Quedó del otro lado, sin que pudiéramos hacer nada.
Hay rayas simbólicas y rayas que siguen marcando la frontera entre el dolor y el placer.
Foto: el segundo volumen de la trilogia sobre el Pirineo aragonés que edita la editorial de Jaca Pirineum, donde se rescatan las historias que sucedieron cuando las montañas eran una frontera real.
QUIERO SER UN SOPRANO

Soy el último de la fila, muy lejos de descubrir nada a nadie, pero encantado de haberlo descubierto. Los Soprano, ese monumento televisivo, por fin se incorpora al repertorio de mis querencias y ha entrado por la aurícula más grande de mi corazón. Mr. Toni Soprano y su familia me han conquistado. Ahora que la Sexta va a emitir la serie desde el principio, no me voy a sentir solo en mis afinidades. En España, Toni Soprano ha estado demasiado tiempo siendo disfrutado en exclusiva por los abonados a Canal Plus. Ya era hora de que se democratizase el asunto. Yo me he adelantado a la Sexta y, en una de esas compras compulsivas en las que las tarjetas se echan a temblar, me la he agenciado en DVD y nos estamos pegando unos maratones fenomenales de la familia Soprano en versión original. Aún es pronto, pero creo que ya forma parte de mi santísima trinidad televisiva: Doctor en Alaska, A dos metros bajo tierra y Los Soprano (¿Es casualidad que dos de las tres hayan sido creadas por la misma persona, el señor David Chase?) ¿Por qué demonios no he descubierto antes a la Mafia, si sabía que me iba a encantar y no hacían más que recomendármela? Qué sé yo. La pereza tiene tantos misterios... Pero ahora sólo deseo hacer méritos para que Toni me dé un puesto en la organización. Hago de todo: cobro comisiones de casinos, me deshago de testigos molestos, soborno a polis corruptos, rompo los pulgares de los camellos que te sisan... Lo que quieras, Toni. Soy tu hombre.
Desde el comienzo, desde los mismos créditos, el universo gansteril de David Chase te atrapa. La canción que sirve de sintonía (Woke Up This Morning, de los británicos Alabama 3) huele a humo de club, a verso de Leonard Cohen, a chica triste y despiadada, a alcohol y ropa tirada por el suelo del dormitorio. En fin, a todas esas cosas que han macerado en la cultura popular americana desde Scarface hasta El honor de los Prizzi y que ya forman parte de nuestro mundo casi tanto como la paella o las migas de pastor.
Todo el mundo lo sabe, aunque nadie lo dice en voz alta. Así es la Mafia, la implicitud como forma de vida. Toni Soprano (interpretado sublimemente por James Gandolfini, que ahora va a hacer de Ernest Hemingway en una peli) es el verdadero Capo de Nueva Jersey. El cargo, nominalmente, lo ocupa su tío Jun, pero quien tiene el respeto y la confianza de la organización es Toni. El personaje es un individuo complejo: cínico, eficaz, inteligente, despiadado, elegante a su manera, pero también sentimental, un padrazo amantísimo y un hijo traumatizado por una madre tiránica. Conclusión: necesita la ayuda psicológica de la doctora Melfi (Lorraine Bracco, curiosa e interesante actriz, ex modelo de Gautier que rechazó posar desnuda para Salvador Dalí, pese a la insistencia del catalán). En cada capítulo, el género negro-gansteril despliega todos sus tópicos al servicio de la inteligencia, el humor y una cierta mirada a la condición humana de la actualidad. Porque la Mafia de los Soprano ya no es lo que era. "Antes el juramento significaba algo, ahora todos confiesan tras seis meses en el trullo. Hoy día, nadie sabe afrontar una experiencia carcelaria", se queja amargamente Toni, que ve caer las viejas lealtades, los viejos modos, derribados por jóvenes impetuosos que parecen lumpenproletarios oportunistas más que disciplinados miembros de la Familia.
La Familia, con mayúscula, no confundir con la familia con minúscula. Es decir, la que convive con Toni Soprano: Carmela (Edie Falco), su italianísima esposa; Meadow (Jamie-Lynn DiScala), su locuaz, despampanante, inteligente y desinhibida hija, y Anthony Jr. (Robert Iler), su inadaptado y acomplejado hijo adolescente. Viven a caballo entre el viejo mundo de la organización y las exigencias de la sociedad moderna. Orgullosos a su modo de la herencia familiar, motor y lastre al tiempo de sus vidas. Todos se hacen querer. Yo quisiera pasar una noche conversando y bebiendo vino rosso con Carmela; me iría una semana entera de juerga con Meadow, y me encerraría una tarde a jugar a la Play Station con Anthony Jr. Ya lo hago, en cierto modo, cuando sigo la serie.
Unos guiones sublimes, unos diálogos brillantes, unos actores sensacionales, que no temen sobrepasarse un pelo cuando la acción exige explotar los lugares comunes de la Mafia italiana, y una realización impecable. Todo está nivelado en Los Soprano. Nivelado por arriba. Qué buenos son todos. Cómo nos hacen disfrutar. Es cine con mayúsculas, del bueno-bueno de verdad.
Y el mejor de todos está en la sombra, en un despacho de Nueva York: el gran David Chase. ¿Qué quién es David Chase? El mago que hizo posible en los 90 esa otra maravilla llamada Doctor en Alaska, el genio impregnado de perversa cinefilia que sabe transmitir a todos la inmensa pasión que siente por el séptimo arte con Los Soprano. El mismo humor, la misma mirada distante y tierna a la vez que vemos en Doctor en Alaska está detrás de Los Soprano. Se nota que ambas series han salido de la misma horma.
Pero Doctor en Alaska podemos dejarla para otro día, que tiene mucha tela que cortar, y he de dosificar mis obsesiones.
CONTRA EL FUNESTO VICIO DE PENSAR (4)
La Delegación del Gobierno en Aragón y Multicaja han convocado un interesante certamen de guiones de cortometrajes. El nombre, desafortunado, señores convocantes, muy desafortunado. Juzguen ustedes:
Primer Concurso de Guiones Para Cortos de la Delegación del Gobierno.
Preguntas que a todos nos asaltan en esta funesta hora:
- ¿Se trata de guiones "para cortos", es decir, cuyos destinatarios son personas de pocas luces, escasa cultura y lentitud de reflejos?
- ¿Se trata de un "concurso para cortos", es decir, que los autores, y no necesariamente los destinatarios, deben acreditar escasas o nulas aptitudes intelectuales?
- En cualquiera de los dos casos anteriores: ¿son sólo "cortos" de la Delegación del Gobierno, es decir, funcionarios adscritos a tal organismo, o pueden optar al premio todos los zopencos del país sin discriminación alguna? ¿Los cargos públicos electos de la Delegación pueden presentarse al mismo o, en su defecto, disfrutar de los guiones como "cortos" debidamente acreditados, o es un privilegio de los funcionarios de oposicíón?
- ¿Quién dictamina qué aspirante es realmente un "corto"? ¿Por debajo de 30 en coeficiente intelectual? ¿Tiene que tener un título de gestor cultural o una cátedra en Márketing en una universidad privada, quizás? Esperaré a que se aprueben las bases, pero los convocantes deben aclarar muy bien estos parámetros, para evitar posteriores disgustos. Porque hay muchos y variados "cortos" por el mundo.
- Por último, ¿los guiones deben ser un esquema para que esos "cortos" sepan desenvolverse en la vida sin tropezar por sus esquinas ni ser atropellados en los pasos de peatones? ¿Para qué necesita un "corto" un guión? Con un orinal y los partidos de la Champions debería valerle, ¿no?
Ruego encarecidamente a la Delegación del Gobierno que resuelva estas dudas, que podría haberse ahorrado con un sutil cambio preposicional que evitara la coña, poniendo "de" -menos correcto- en lugar de "para". El único "corto" ha sido el lumbrera que ha aprobado el título del concurso. Por lo demás, venga, ánimo, a escribir esos geniales guiones y a ganarse unas perricas, que al ganador le producen su obra en 16 milímetros. Y, a lo mejor, quién sabe, se la proyectan en algún cine y todo (si no, que la pongan en internet para que podamos bajárnosla de gratis). Suerte, genios del verbo y de la cámara.
PROFESOR NANI

Este papelito me lo dieron enfrente del edificio de Ibercaja. Como supongo que los profesores Nani no tiran fotocopias sin ton ni son, intuyo que el reparto a las puertas del centro financiero responde a un concienzudo estudio de mercado. Yo, como soy lerdo y prejuicioso, creo que la puerta de un supermercado Lidl o de un Spar Autodescuento sería más eficaz para anunciar estos servicios, pero de márketing no entiendo.
Así, deduzco que oficinistas y ejecutivos bancarios figurarán en la selecta cartera de clientes del profesor Nani. No me extraña, porque "tiene los espíritus más rápidos que existen". Es el Seur del más allá. Quizá los que reparten a la salida del Lidl son de espíritus más tardanos, de esos que no hacen deporte y están todo el día en el sofá viendo culebrones astrales. "Pueden solucionar cualquier dificultad amorosa de forma inmediata". "Aunque el problema de separación sea de hace 10 años, usted con su ayuda lo puede solucionar urgentemente". Joder con el profesor Nani. Garantiza resultados entre 3 y 7 días después de la consulta, ignoro si hábiles o naturales, y es importante el plazo en una garantía.
Pues nada, yo me lo guardo en mi colección celtibérico-showiana y lo comparto con todos los que no trabajen en Ibercaja ni pasen por ahí cerca.
BUENAS NOCHES

El mundo se divide en dos clases de personas: las que necesitan dormir sus ocho horas y las que no. Luego hay subdivisiones: las que se desvelan con facilidad al mínimo ruido y las que son capaces de darse la vuelta y seguir durmiendo después de que un obús se haya incrustado en la habitación de al lado. Combinando estas cuatro categorías por parejas, salen los cuatro tipos básicos de personas que pueblan el planeta. Ni horóscopos, ni cartas astrales, ni intuiciones. Lo primero que hay que saber para conocer a alguien es cómo duerme.
Una de las cosas malas que tiene hacer reportajes es que, de vez en cuando, te das cuenta de todo lo que no funciona en tu vida. La lista sería interminable. Acabaría antes enumerando lo que funciona, pero tampoco sabría por dónde empezar. A lo que iba, que me disperso (son las tres de la mañana y hace apenas una hora que he salido del curro. En el impasse me he bebido dos rones y un martini; creo que las lentillas se me han fosilizado y que me arrancaré la córnea cuando me las quite. Dadas las circunstancias, es lógico que me disperse, pero no disculpable). Con lo de los reportajes me refería a uno que hice sobre una afamada "unidad del sueño", que yo creía que iba a ser algo así como el "Dormilón" de Woody Allen, pero resultó ser como los camerinos de una peli de Mariano Ozores. Todo muy hispano, vaya, y nada sofisticado ni sutil. Haciendo aquello me di cuenta de que, con mis hábitos de sueño, y siempre que aquella señora tuviera razón -y era una doctora-, me estoy cavando una bonita tumba. A saber, duermo poco (a veces, muy poco) entre semana, pero compenso esa carencia levantándome a las dos de la tarde los días que puedo hacerlo. "¡Horror, horror!", me dijo aquella experta en trastornos del sueño, frotándose las manos para sus adentros, viéndome como candidato a paciente.
Y el caso es que me encanta dormir. Me gusta la cama. Disfruto mucho cuando los rayos del sol se filtran por las rendijas de la persiana y los primeros y tímidos ruidos de la mañana -esos camiones de reparto, esos barrenderos, ese incipiente tráfico que todavía no se atreve a rugir- me despiertan. Sonrío, me tapo hasta la cara y me recreo en mi crapulencia adormilada. ¡Qué placer!
Dime como duermes, y te díré quien eres. Tu personalidad desvelada tras las sábanas. Insomnes, marmotas, madrugadores, trasnochadores, sesteantes, domingueros. Todos tenéis un signo. El mío es irme a dormir ahora mismo. Porque desde hace un par de horas, oficialmente, estoy de vacaciones por unos días. Y nada me ha dado más tranquilidad de espíritu en estos últimos tiempos. Buenas noches, y no hagáis ruido, por favor.
DESPRESURIZACIÓN CON LEONARD

El descanso del guerrero. Los soldados españoles del Rif, cuando volvían de pasar una temporada en el blocao, celebraban haber sobrevivido a los francotiradores de Abd el Krim, que tiraban con muy mala uva, a las conservas frías llenas de hormigas, a la mierda acumulada, al sudor del miedo y al sol del Atlas. Lo celebraban corriendo como colegiales a cualquier burdel de Melilla, de Tetuán o de Xauen. Mientras el sol golpeaba los tejados y se escurría hasta caer rendido sobre el empedrado de las callejas, ellos celebraban la grandeza de seguir vivos follando como locos a cuantas complacientes bellezas moras pudieran pagar. El descanso del guerrero.
Yo no vengo de ninguna guerra, pero el primer día de vacaciones siento algo parecido a esa liberación del soldado de permiso que acaba de recibir una palmada del teniente en la espalda: Vaya, hombre. Vaya y diviértase. Sí, mi teniente imaginario. Lo que usted diga.
No me cuelo en ningún lupanar marroquí, pero el alivio que siento el primer día de vacaciones debe ser el mismo que sentían aquellos desgraciados al desplomarse sobre los cojines, atontados por el aroma del té y del hachís. Sólo ahora, cuando la noche cae, la sangre vuelve a fluir con normalidad por mis venas. Se acaba el paréntesis, el derrumbe, el desplome inevitable y delicioso. Como los buceadores de aguas profundas, necesito despresurizarme 24 horas antes de volver a la normalidad.
He vivido la tregua vespertina en buena compañía. Sean Connery y Michael Caine me han llevado más allá del Hindu Kush y, a la vuelta, le hemos contado nuestra aventura a un incrédulo y alucinado Rudyard Kipling, que tomaba notas para publicarlo todo en The Northern Star. Después, me he vuelto a hacer una pregunta recurrente: ¿Es El hombre que pudo reinar la mejor peli de John Huston? Si es así, entonces es la mejor peli de la historia, porque no ha habido nadie más grande en el cine que Mr. Huston. Pregúntenle a su hija Anjelica, a ver qué les dice. Soy un desmemoriado, pero siempre recuerdo que nació en 1951, porque vino al mundo mientras su padre rodaba La reina de África.
Mis segundos acompañantes en esta tarde de despresurización han sido las cavernas bronquiales de Leonard. Jodido canadiense, qué grande eres. Gracias al descubrimiento de Los Soprano, he "revisitado" (dios, qué fea palabra, de verdad, pero estoy muy perezoso para buscar otra) sus discos, y los altavoces siguen arrastrando sus versos mientras escribo esto. No sé qué tiene Leonard Cohen que me da cobijo, me alberga, me retiene junto a él. Bailando ese vals que compuso a medias con Federico García Lorca me he pasado las últimas horas.
Hace un tiempo escribí un oscuro relato que tenía como eje la canción Take this waltz (tiemblo cuando llego al verso que dice "there’s a shoulder where Death comes to cry"), pero es uno de esos cuentos impublicables, que sólo toca las fibras de quienes se sienten aludidos por él. Y es difícil entrar en el juego de alusiones si desconoces la historia que hay detrás. Bueno, lo único que quería decir es que Leonard forma parte de muchas partes de mí. Por eso soporto mal los homenajes que se le hacen. Enrique Morente canta una traducción de First we take Manhattan que no puedo escuchar. Si la original perteneciera a otro artista que no fuera Leonard Cohen, incluso me gustaría, pero siendo quien es, no puedo. Me cabreo y pienso en profanaciones y en los latigazos que merecería el profanador.
Ahora llega la hora de salir a la calle, cenar algo, ver un concierto y dar tiñosa envidia a los amigos que no tienen vacaciones. La fase de despresurización ha concluido. La poesía de Leonard Cohen puede callar durante unos días. Yo ya he salido de la torre de sonido. Everybody knows.
LUGAR LLAMADO BROOKLYN

"Una de las cosas que aprendí escribiendo la novela, y aprendí muchas, es lo difícil que resulta sortear la falsa impresión de verdad que transmite la página escrita".
No, no son declaraciones de un novísimo narrador barcelonés pronunciadas en Estravagario frente a la sonrisa encandilada de Javier Rioyo. La frase pertenece a Llámame Brooklyn, la novela que ha ganado el Nadal de este año, y su autor es una joven promesa de 52 añitos llamada Eduardo Lago. Podrá decirse lo que se quiera de los premios, pero el Nadal sigue siendo un buen termómetro, un sello de calidad todavía aceptable en medio de la vorágine editorial de imprescindibles y deslumbrantes que cambian cada temporada como cambian los escaparates de Zara.
Yo no sé nada de imprescindibles ni de valores eternos, pero conozco mis emociones bastante bien, las ejercito todos los días y no las tengo atrofiadas. Además, me fío de mi instinto lector y del criterio de las personas que respeto. Y todo esto junto me dice que Llámame Brooklyn es una buena novela.
Quizá incomode a quienes, como Francisco Umbral, lamentan la tendencia extranjerizante de muchos narradores. No parecen españoles, viene a decir Umbral, con la gracia rumbosa que le caracteriza como alegría de todas las fiestas. ¿Y qué? ¿Hay que profesar una fe patria? ¿Hay que escribir con el pasaporte abierto en la mesa? ¿Por qué no parecen españoles? ¿Porque en sus escritos no hay tontos sirvientes de latifundistas mesetarios, la gente no come churros con chocolate y el narrador no lamenta unamunianamente los atávicos e irresolubles males de la patria? ¿Porque sus obras no están ambientadas en sórdidas pensiones de la calle Atocha, quizás? ¿Qué es ser español? ¿Qué tontería es esta? Eduardo Lago vive en Nueva York y ha escrito una preciosa novela de emigrantes o de hijos de emigrantes en Nueva York. Ha pueso en negro sobre blanco su ciudad, su bar, sus paisajes, parte de su vida. Y con ello no ha dado respuesta a ninguna angustia casticista. Ni falta que hacía.
Hay varias historias en Llámame Brooklyn, y a ninguna de ellas me atrevería a llamarla trama. Son historias que se arrebujan con el fin de mostrar el proceso de creación de una novela. Metaliteratura pura y dura mostrada con una falsa desnudez estilística que la hace tan digerible como una ensalada de verduras variadas. Una reflexión sobre la escritura y el hecho de escribir, un ensayo camuflado sobre por qué demonios alguien pone todo su empeño en una tarea tan ardua, solitaria, absurda, agotadora y absorbente como la escritura.
Néstor, un periodista español que trabaja en el New York Post, asume el encargo de escribir la novela que tenía en mente su amigo Gal Ackerman, recién fallecido. Gal tiene centenares de cuadernos en los que ha ido anotando miles de historias a lo largo de treinta años. Néstor tiene que armar con ellos una novela titulada Brooklyn. Se lo debe. Es algo más que un homenaje o una deuda: es la petición de un amigo. En los papeles de Gal convergen varias biografías con el paisaje industrial de Brooklyn de fondo, y un refugio, que es como una playa donde las ballenas se quedan varadas: el bar Oackland, cuyo propietario es un viejo gallego, Frank Otero.
¿Cuántas veces echamos literatura a nuestros recuerdos? ¿Cuántas veces borramos lo doloroso y enaltecemos lo sublime? Quizá así no ocurrió, pero así debió de ser, pensamos. Y lo escribimos como no ocurrió. Lo saben bien los historiadores que basan sus trabajos en testimonios. Lo sabemos los periodistas que vivimos de contar lo que nos cuentan a nosotros. Los recuerdos encojen y se estiran caprichosamente, para adaptarse al hueco de amargura que deben tapar en el corazón de quien los cuenta. Contamos las cosas como nos da la gana. Al historiador y al periodista le interesa llegar a la verdad a través de esos recuerdos, aunque muy pocas veces dispone de las herramientas adecuadas para vislumbrarla. Al escritor le importa un bledo esa verdad. Lo que le preocupa es cómo lo cuenta, y por qué la persona da más importancia a una anécdota que a otra. ¿Qué revela, qué nos quiere decir de verdad esta evocación? Eso es lo que interesa.
Néstor acaba dándose cuenta, después de esforzarse mucho en descubrirla, de que la verdad no importa. Que lo único que debía valorar era el relato. Es la literatura, imbécil, debería haberlo dicho alguien. Por eso es una novela de escritor para escritores. Una reflexión casi profesional.
Hasta no hace mucho, los escritores actuaban como los cocineros de éxito. Una vez habían deslumbrado con su literatura (sus recetas o sus menús, vaya), accedían, como regalo para los adeptos, a poner por escrito una serie de reflexiones sobre qué significa para ellos escribir, como cuando un cocinero, magnánimo, accede a desvelar a un aprendiz el secreto de su salsa más aclamada. Surgen entonces libritos maravillosos, que son lucecitas en la niebla para quienes pretendemos descubrir dónde coño están las musas. Valle-Inclán y La lámpara maravillosa, Sábato y El escritor y sus fantasmas, Cortázar y Último round o La vuelta al día en ochenta mundos... Frecuente hasta hace poco, es una tradición literaria a punto de perderse, por la sencilla razón de que hoy los escritores reflexionan sobre la literatura en sus propias novelas. La cantidad de libros que hablan de escritores o de la literatura y su mundo y sus miserias es abrumadora. Algunos dicen que esta tendencia puede deberse a la crisis de la narrativa, a la enésima muerte de la novela, a cuya agonía asistimos, según los agoreros de la postmodernidad. Yo creo que, lejos de ser un síntoma de crisis literaria, es un síntoma de crisis global. En un mundo perdido, atomizado, solitario, descreído y cínico, no queda más remedio que preguntarnos qué diablos estamos haciendo. ¿Para qué escribir, si no hay mundos que cambiar? ¿Para qué escribir, si todo está ya dicho? ¿Para qué escribir, si...?
Pues de eso va, entre otras cosas que incluyen el amor, la amistad y la culpa, Llámame Brooklyn.
(Por cierto, la crítica se ha apresurado a comparar a Lago con el maravilloso Paul Auster. Yo no estoy de acuerdo. Creo que ronda mucho más un mexicano-chileno llamado Bolaño, y una sensibilidad decadente y marchita que procede de la música de los versos de Anna Ajmátova)
CHICAS DURAS

Publicado hoy en el suplemento Muévete de Heraldo de Aragón.
Hace treinta años hubieran sido simples grupies repartidas en desordenados camerinos. Pero los tiempos han cambiado y ya no se resignan a ser consortes de oficio de las bandas que admiran. Ahora quieren tocar como ellos, vestir como ellos y explotar los mismos tópicos que ellos. A los grandes grupos de rock les ha salido un ‘yang’ femenino que despega desde la escena underground y prepara el salto al terreno comercial. Son las “all-female tribute bands” (bandas de homenaje femeninas).
AC/DShe, Lez Zeppelin, Ramonas, Mistress of Reality o The Iron Maidens juegan con la estética y la música de los grupos a los que admiran, imitándolos en el escenario y utilizándolos como excusa para establecer ambiguos juegos y sutiles alusiones sobre su sexualidad. La más evidente está en Lez Zeppelin, ya que “lez”, en inglés, es el apócope de “lesbian” (lesbiana). Pero no van más allá de esas insinuaciones y se niegan a dar explicaciones sobre su orientación sexual. Quien quiera entender, que entienda, parecen decir. O no.
El fenómeno de las “all-female tribute bands” nació hace menos de un lustro en los clubes rockeros de Los Ángeles y, poco a poco, ha ido extendiéndose por el mundo anglosajón hasta llegar a Londres. Allí, en los garitos de Camden Town, nacieron las Ramonas, uno de los más peculiares ejemplos de esta tendencia. Su líder, Clare Ramona, había teloneado alguna vez a Marky Ramone con su grupo Antiproduct, y de esos encuentros surgió la idea de darle un toque femenino al repertorio de los Ramones.
Las Ramonas se componen de 16 rockeras profesionales, cada una de ellas con su banda. El grupo de homenaje es su “segunda vida”, su divertimento. Las 16 músicas se reparten en cuatro formaciones distintas. Uniformadas con las camisetas, los vaqueros, las chupas, las gafas de sol y las zapatillas de deporte, es difícil diferenciar a unas de otras.
Con una trayectoria más sólida y una formación más estable, las neoyorquinas Lez Zeppelin se aprovechan de la androginia estética que caracterizaba a la banda masculina original para desarrollar un mundo de ambigüedades y de pastiches seudotrascendentales de la “new age”. Cada una de sus componentes se hace llamar “reina” y, según las instrucciones que dan en su página web, cualquiera de ellas puede ser invocada si se quema una barrita de incienso en una noche estrellada y se recita un verso de una canción de Led Zeppelin. Cada “reina” tiene un verso propio que la invoca.
Más apegadas a la suciedad del rock están las también estadounidenses AC/DShe, cuyo éxito les va a llevar de gira esta primavera por algunas ciudades británicas, belgas y holandesas, lo que indica que las cosas les van muy bien a las admiradoras de los rockeros australianos. Nacidas en una selecta escuela secundaria para señoritas de San Francisco, las chicas malas de la clase no podían imaginar que su afición por tocar clásicos de AC/DC y vestirse como los australianos iba a convertirse en su medio de vida. Han logrado llamar la atención de los originales, que están encantados con sus imitadoras.
Aunque menos conocidas que las tres anteriores, Mistress of Reality explotan su lado más provocativo: amplios escotes, tacones altos, maquillaje y vestidos negros... Todo un look siniestro al servicio de sus ídolos: Black Sabbath. Las componentes de este cuarteto de Los Ángeles han adoptado como nombres artísticos los equivalentes de Black Sabbath. Así, la cantante es Izzy Osbourne.
También desde California, y conocidas en los mejores tugurios de Nevada, Utah y Texas, The Iron Maidens llegan a incluir una versión femenina de Eddie, la mascota del grupo heavy británico, que aparece en mitad de los conciertos, al igual que ocurre con la banda original.
Y la lista sigue aumentando. La marea femenina está subiendo.
LAS BATALLITAS DEL ABUELO (3)

Esta entrevista al poeta Luis García Montero fue publicada en enero de 2004 y responde a una larga conversación en el café de un hotel. En el horizonte, las elecciones del 14-M. Inmediatamente detrás, la guerra de Irak. Visto el protagonismo cultural que el abanderado de la poesía de la experiencia ha adquirido de un tiempo a esta parte, me ha parecido una buena ocasión para rescatar del olvido esta charla informal.
Luis García Montero: "Hay que hacer de la rebeldía un patrimonio de la gente normal"
No eleva la voz, pero sus palabras suenan claras al hilvanar un discurso sin medias tintas. Luis García Montero no pierde ni medio segundo en pensar unas respuestas que suenan extrañamente firmes en los labios de este poeta granadino, que no esconde su acento ni los restos de cierta timidez que la exposición mediática ha extinguido casi por completo. He aquí un brevísimo extracto de la conversación que mantuvo con DEDOMINGO.
Theodor Adorno escribió que después de Auschwitz ya no se podía volver a escribir poesía. Sin embargo, se ha escrito y mucha. ¿Qué lugar ocupa la poesía en estos tiempos bélicos?
Creo que tiene sentido y sería mal asunto que la mezquindad de los tiempos y el carácter bélico cortasen lo más profundo de la cultura y del ser humano que está representado, entre otras muchas cosas, por la poesía. Para mí, la poesía es una reivindicación de la conciencia individual. Escribir poesía no es unir palabras raras: la profundidad del género siempre ha sido una reflexión sobre lo que significa el individuo, la historia, la sociedad... y, sobre todo, una reivindicación de la conciencia individual. La poesía contemporánea, por una parte, se enfrenta a la homologación con las corrientes de opinión y a las modas para reivindicar la mirada del individuo sobre la sociedad y, por otro lado, reivindica la individualidad como diálogo, como vínculo o compromiso con la sociedad. Por eso creo que es muy necesaria la poesía en un tiempo mezquino como este.
En ese sentido, ¿usted cree que una palabra tan manida como ‘compromiso’ sigue teniendo vigencia en esta concepción individualista de la literatura?
Creo que tiene cabida. A mí siempre me gusta aclarar una cosa. Creo que la utilidad de la poesía empieza en el placer que nos da a los lectores de poesía. Yo me dedico a la poesía porque me emociona y porque parte de lo que he vivido y he aprendido lo he hecho con un libro de poemas en la mano. A partir de ahí, partiendo del placer que me da una buena poesía, como el placer que me da una buena novela o una buena copa de güisqui y una buena conversación con un amigo, sí me gusta buscarle un significado ideológico a la poesía. Por eso hablo de reivindicación de la conciencia individual, que me parece importantísima, porque estamos viviendo un momento de destrucción de los espacios públicos de diálogo entre la gente. El espacio público no sólo se destruye suprimiendo los lugares en los que se puede coincidir para hablar; también se suprime negando las conciencias individuales. El escritor debe reivindicar el pensamiento crítico como raíz última de la creación.
Hablando de pensamiento crítico, ¿qué le parece que algunos colegas suyos que han sido encuadrados en su misma escuela poética, como Luis Alberto de Cuenca o Jon Juaristi, hayan ocupado cargos públicos en las dos últimas legislaturas?
En primer lugar, sirve para recordar que el compromiso político no se da sólo en la izquierda, sino que también hay intelectuales comprometidos con la derecha. Hasta el punto de que creo que este Gobierno ha generado guardaespaldas mediáticos, más que periodistas o ensayistas, dispuestos a defender, en los medios que controlan, los intereses del Gobierno más allá de un análisis objetivo de su política. En el caso de Luis Alberto, no creo que haya tenido ninguna evolución política. Él siempre ha mantenido su pensamiento conservador y realmente su ámbito de actuación política se ha identificado desde siempre con lo que puede significar el PP. En el caso de Jon Juaristi creo que ha tenido un peso en su evolución el problema vasco. ETA y el terrorismo ha supuesto un impacto fuerte no sólo en la sociedad del País Vasco, sino en la forma de pensar de algunas de sus víctimas. Frente a la amenaza del terrorismo, Jon se ha ido sintiendo amparado por una postura como la del PP, que no es la mía, pero que yo procuro entender.
¿No cree que dentro de la poesía de la experiencia, con esa reivindicación del yo, puede existir una predisposición mayor que en otras propuestas a que surjan poetas de pensamiento más conservador?
Fíjese que considero muy peligroso identificar la reivindicación del yo con una determinada tendencia de pensamiento político. Creo que esa ha sido una de las trampas tradicionales de los análisis demasiado sociológicos de la izquierda. La individualidad es el lugar donde se plasma la historia. Yo concibo al individuo como un sujeto histórico. La manera que tenemos de concebir el amor, el erotismo o nuestra propia individualidad está marcada por la historia, porque nosotros no caemos de las nubes. Hay que tener cuidado muchas veces, porque la gente de izquierdas suele conceder al enemigo palabras que son decisivas para su propio proyecto, y una de esas palabras es la individualidad.
¿Puede entenderse el actual retroceso de la izquierda como un fracaso léxico?
Como un fracaso léxico, porque perder el lenguaje es perder el debate ideológico. La izquierda se ha avergonzado con mucha frecuencia de su propio pensamiento. Nosotros ahora hablamos de economía y parece que estamos ante una nueva religión que funciona con unas leyes, en este caso, científicas, e intentar darle una orientación social a la economía parece que es interrumpir, con buenas intenciones, ese engranaje científico de esa actividad.
Volvamos a la literatura. A muchos lectores les sonará a chino eso de la poesía de la experiencia...
Te confieso que a mí también me sonaba a chino. Es un término que no me merecía ninguna simpatía. Cuando empecé a escribir empleé el lema de “la otra sentimentalidad”, que es una frase de Antonio Machado, que veía la intimidad como una batalla ideológica. Pero me he acostumbrado a la poesía de la experiencia y he acabado cogiéndole cariño, porque se ha usado tantas veces como arma arrojadiza... Me confieso poeta de la experiencia de la misma forma que un alcohólico dice “yo soy alcohólico”. Algo debe tener ese término si ha creado tanta polémica. Por otra parte, creo que las discusiones poéticas están bien cuando por debajo hay un debate intelectual, estético. Y muchas veces, han tenido de todo, menos ese debate, convirtiéndose en guerras de vanidades. Y eso le hace mal favor a la poesía. Creo que en España se está escribiendo muy buena poesía, de muy buena calidad, y no se puede decir lo mismo de otros géneros...
¿Como la novela?
Pues mire, creo que la novela está muy por debajo de la poesía.
¿A pesar de Almudena Grandes?
Almudena Grandes me parece una excelente novelista, pero no son muy frecuentes los narradores que sean capaces de escribir bien y de crear un mundo narrativo.
Pero los poetas siguen firmando muy pocos autógrafos.
Es verdad, pero, además, tampoco hace falta que los firmen. Creo que la poesía no tiene un gran público: tiene lectores. Y las decisiones que tiene que tomar un poeta, tienen que ver con sus lectores. El peligro es que se crea que la calidad proviene de la soledad, la incomunicación, la falta de diálogo y los pocos lectores. Eso es mentira, porque, con esa concepción, la poesía acaba oliendo a cerrado. Poesías que han seguido el camino del ensimismamiento han acabado matando el género. En Francia y en Alemania, los poetas viven una situación penosa, sin ningún vínculo con los lectores. Y eso se debe a que triunfaron caminos de destrucción del lenguaje, de desconexión de la vida, de marginalidad, de desvinculación social...
Para zanjar la discusión de antes sobre el concepto de poesía de la experiencia: muchos críticos han negado el propio término, ya que toda poesía se construye a partir de experiencias.
Eso es como negar el concepto de Renacimiento porque todos los días renace el sol. Los términos adquieren consistencia cuando significan algo. Que toda poesía es experiencia es verdad, pero eso tiene muy poco que ver con la reflexión sobre poesía de la experiencia. El concepto me interesa porque alude a un debate ideológico que se produjo en España en los años 80. Tras un exceso de culturalismo absoluto, dominaba una determinada visión de la modernidad como fracaso: la modernidad había fracasado, el sujeto quedaba anclado a la Tierra y lo único que quedaba por hacer era estirar un poco más la crisis romántica del siglo XIX. Toda la mentalidad de la vanguardia no es más que una radicalización de la crisis del Romanticismo, que habla de las contradicciones de la sociedad, que renuncia a las grandes banderas y a las grandes ilusiones de la modernidad, como por ejemplo, la libertad, la igualdad y la fraternidad. Pensaban que la sociedad era sólo egoísmo. En los 80 se abrió un debate en la posmodernidad progresista, que reivindicó las banderas que la propia modernidad había devorado. Era buscar una salida a los valores que habían fracasado en la crisis de la modernidad. Y en ese sentido, por ejemplo, hay una reflexión totalmente distinta sobre el lenguaje. Se reivindica el lenguaje como metáfora del contrato social. Otra de las grandes estupideces que ha cometido la izquierda ha sido la de creer que la rebeldía es propia de héroes. Si no hacemos de la rebeldía patrimonio de las personas normales, vamos fastidiados.
Pero quizá lo que falle sea la herramienta: es difícil comunicar a la gente estos presupuestos a través de algo tan inaccesible como la poesía.
Yo tengo claro que un minuto de un telediario tiene más repercusión que el mejor libro del mejor de los poetas. Por eso me parecen ridículos los que escriben poesía desde un púlpito, diciéndolo al lector lo que tiene que hacer. La poesía sólo es útil para los lectores de poesía. La aventura es ir ampliando el número de esos lectores y que su discurso llegue cada vez a más gente, pero no porque se rebaje, sino porque cada vez haya más gente preparada para leer poesía.
Hemos pasado por encima de debates y han quedado en el aire algunos asuntos que no han llegado a mencionarse explícitamente. No hemos hablado de los novísimos, el ‘lobby’ poético más poderoso de los años 70. ¿No hay nada aprovechable en ese legado, todavía vivo y activo?
Yo creo que la poesía española que se escribió en los 70 es bastante pobre. Los novísimos llegaron con petulancia, afirmando que la poesía estaba hundida y que no se había escrito nada bueno desde la Generación del 27 hasta que llegaron ellos. Creo que el proceso de enriquecimiento de la poesía española, más que en negar, se ha basado en recuperar todo lo que negaban los novísimos, que eran un último coletazo del franquismo. Las dictaduras entorpecen mucho la vida cultural de las sociedades y el franquismo provocó que, como no se podía hablar de política en los periódicos, se hablara de política en la poesía. Y hubo malísima poesía social, que generó una reacción que decía que todo el que hablara de la realidad, de Madrid o Valencia, en lugar de Versalles, estaba haciendo poesía de mala calidad.
JUAN LENNUM

Como aparece Juan Lennum, uno de los Beatilum -el grupo que causó sensación en todos los foros de los años 60 antes de Cristo-, en la inscripción de una de sus más afamadas tablillas, cruzo la Gran Vía de Pompeya para incorporarme a mis tareas habituales tras unas ¿merecidas? pero breves vacaciones(snif, snif). Lo único malo que tienen los viajes es que se acaban.
Bueno, también tienen otras cosas malas: la poca higiene de los trenes de Renfe, la impuntualidad de Trenitalia, los insípidos bollos de avión, las señoras ricas que gritan estrepitosamente alborozadas en la cola de facturación porque la bagatela que han comprado sólo les ha costado 30 euros... Pero son menudencias comparadas con lo que se disfruta paseando por ciudades no del todo desconocidas.
EL GABINETE SECRETO (1)

Si pudiera encontrar el cuerpo originario al que pertenece mi desgastada y escurridiza alma, me gustaría que ese armazón de sangre, músculos y huesos fuera la de un noble del Setecientos. El éter, esos 21 gramos de gas que dicen que pesa el alma, se escaparía por la tráquea abierta un segundo después de que la hoja de la guillotina separase la cabeza del cuerpo. Desde ese momento, mi espíritu sobrevolaría multitudes de descamisados que celebraban cómo mi sangre se escurría por los adoquines de París, y pasaría sonriente sobre revoluciones de barricadas, industriales pragmáticos, poetas victorianos acuchillados por el opio, jovencitas descocadas que ven su fox-trot interrumpido por las orugas de los tanques alemanes que cruzan las Árdenas, nazis que se revientan la cabeza en su última primavera berlinesa y, finalmente, jóvenes melenudos que descubren el LSD. Satisfecho tras contemplar la historia de Europa, el espíritu del viejo y libertino noble quizá eligió uno de los bebés que nacieron en Madrid a finales de los 70. Quizá me eligió a mí como soporte de su fantasmagórica presencia. Si existie eso de la reencarnación, yo elijo ser un cínico y cruel marqués que ama por igual sus hectáreas de viñedos y sus escondidas estancias del más sucio placer.
Sólo así habría podido tratar a Emma Hart-Hamilton, más conocida como Lady Hamilton, la picante y desinhibida alegría de todas las fiestas de la corte del rey de Nápoles, que no pestañeaba un segundo cuando cualquier pintor le pedía posar desnuda como una antigua diosa para él. Mientras Europa temblaba bajo las botas de Napoleón, el desproporcionado y borbónico palacio real napolitano disfrutaba de las elegantes y eruditas ocurrencias de la esposa del embajador inglés (Alexander Korda llevó su romance con el almirante Nelson al cine en 1941, en una pastelosa producción con Lawrence Olivier como el bravo militar y Vivien Leigh como Lady Hamilton. Desde entonces, ningún director ha vuelto a acercarse al mito, y el cine se merece que alguien cuente esta historia bien contada, sin cursilerías ni melodramas).
Lady Hamilton, de baja cuna, había medrado en la liberal y desquiciada Inglaterra de la época, capaz de dar hijos como Shelley y Lord Byron. Había conquistado muchos corazones, pero sólo uno la llevó al altar: el prestigioso físico y matemático dubliné