Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2006.
Resumen
- 01/05/2006 12:26 - FELIZ DÍA DEL TRABAJO, PRINGADOS
- 02/05/2006 00:19 - EL REY TRIGUEROS
- 02/05/2006 12:41 - EL REY TRIGUEROS (2)
- 03/05/2006 00:37 - CONTRADICCIONES
- 04/05/2006 20:50 - GOOGLE, HASTA LOS TOPES
- 05/05/2006 21:18 - CANGREJOS
- 06/05/2006 16:56 - LAS LISTAS MÁS TONTAS
- 07/05/2006 21:12 - ALEJANDRO JODOROWSKY
- 08/05/2006 12:12 - EL ALCALDE ARAGONÉS QUE FUE VÍCTIMA DE LOS NAZIS
- 09/05/2006 13:22 - EL COITO ETERNAMENTE FRUSTRADO
- 10/05/2006 17:36 - ESCÉPTICOS
- 11/05/2006 11:59 - HUMOR INTELIGENTE
- 12/05/2006 19:20 - GEOGRAFÍA
- 13/05/2006 21:50 - QUEDAR COMO UN TONTO
- 14/05/2006 20:20 - SOLILOQUIOS
- 15/05/2006 00:32 - CIVILIZACIÓN
- 15/05/2006 21:18 - TRES CALLES DE MADRID
- 16/05/2006 01:57 - ESCENARIOS
- 17/05/2006 01:55 - LA ZONA OSCURA
- 18/05/2006 14:15 - UNA PREGUNTA CAPCIOSA
- 19/05/2006 00:52 - YO, NOELIA DE MINGO
- 19/05/2006 19:55 - CANÍBALES LITERARIOS
- 20/05/2006 01:52 - INSIDE THE RAINBOW, RAINBOW!
- 21/05/2006 16:58 - FILLOY, EL JUEZ GAUCHO
- 22/05/2006 16:17 - ME PIERDO CON PERDIDOS
- 23/05/2006 00:39 - FORGES Y LA HISTORIA
- 24/05/2006 00:37 - DEPORTES DE RIESGO
- 25/05/2006 00:19 - ¡LO ENCONTRÉ!
- 26/05/2006 01:50 - BUENA GENTE
- 27/05/2006 16:57 - DE TAPAS
- 28/05/2006 17:23 - COMERSE AL PRÓJIMO
- 29/05/2006 01:39 - COSAS DE OSOS
- 30/05/2006 00:11 - A POR ELLOS, QUE SON POCOS Y COBARDES
- 30/05/2006 18:08 - UN TIPO ENVIDIABLE
FELIZ DÍA DEL TRABAJO, PRINGADOS

Mi infierno de cada año: la declaración de la renta. Ya se ha abierto el plazo, me dicen desde el banco, como amenazándome. Hasta en el banco saben que no soy bueno con los plazos ni con los papeles ni con los dineros. Saben que se me pasa todo, que descontrolo un montón y que no leo el 90 por ciento del correo que me mandan. Bastante me cuesta saber en qué día vivo. Aunque este año me lo han recordado los de Amnistía Internacional con una cartita en la que me conminan agresivamente a que desgrave mis aportaciones mensuales a su causa. Joder, señores de Amnistía, gracias por el recordatorio, pero yo pago para que saquen a gente de la cárcel, toquen las narices a los gobiernos y esas cosas, no para que se gasten mi modesta contribución en trípticos explicativos (en papel mejorado y diseño minimalista) para que me salga positiva la declaración, que de eso ya se ocupa el frío y despiadado banco. En fin, cada año -y no creo que esta vez sea distinto- es un pequeño desastre que suele terminar una calurosa mañana de junio con una calculadora en la mesa de la cocina y mil preguntas existenciales: ¿qué deduzco yo de todo esto?
Pero este año me va a doler un poco más el proceso, porque sé que mientras yo, al igual que unos cuantos millones de curritos más de este país, pierdo mi tiempo rellenando incomprensibles casillas y comprobando cómo he contribuido a que los jugadores de petanca del parque puedan ir al consultorio médico cuando les plazca, una parte considerable de autónomos y empresarios se fuman un habano en su chalet de 300 metros cuadrados mientras declaran unos ingresos inferiores a los míos. Salió la noticia hace días: uno de cada cuatro billetes de 500 euros en circulación está en España. Por tanto, creo que salimos a dos billetazos por barba, y no sé quién demonios tiene los dos que me corresponden a mí, porque yo no he llegado ni a oler uno.
Sospecho que mis dos billetazos estaban en Marbella, o en algún lugar antes paradisíaco de la costa levantina. O en la consulta de un dentista. Como mi maltrecha salud me obliga a visitar a algunos especialistas privados con cierta frecuencia -y servidor no tiene seguro-, uno, ingenuamente, saca la tarjeta de crédito para abonar la consulta. Hago ese inútil gesto en una recepción muy bien decorada, con una musiquita suave, un suelo de parquet impoluto y un cuadro abstracto que imita a Klein, cuando no es Klein directamente. "Lo siento, sólo en efectivo", me dice la enfermera. Vamos, hombre, ¿me van a decir que no les llega para instalar una terminal bancaria? Así que me toca bajar al cajero (que nunca está cerca cuando lo necesitas, es una ley física), pero yo le pago con billetes pequeños: de mí no van a sacar esos 500 euros. Ah, y de factura, ni hablamos, ¿verdad?
Mientras, el grueso de ciudadanos no podríamos defraudar a Hacienda ni aunque quisiéramos, pero una masa de bien pagados profesionales se mueve por el mundo con la impunidad y desfachatez de un gánster. ¿Hacienda somos todos? Y una mierda. Mafiosos como los de Marbella hay pocos, pero pequeños traficantes de dinero en negro, los hay en cada esquina.
Y recuerdo todo esto precisamente hoy, antaño Día de los Trabajadores (hoy, puente fetén). Esforzado titular de una nómina: ¿no te jode ni siquiera un poquito el agravio comparativo?
EL REY TRIGUEROS

Sé que en ocasiones cuesta creerme y que tengo una exagerada tendencia a la hipérbole, pero con objeto de demostrar que es la realidad la que exagera y no yo, os doy a conocer, sin ánimo de que os alistéis, la Organización Internacional Nuevo Orden Mundial. Agarraos a los machos.
Hace tiempo llegó al periódico un panfleto, pésimamente redactado y con la maravillosa portada que véis aquí reproducida, que parecía la propaganda de un nuevo partido de extrema derecha. Pero no, la cosa era mucho peor. O mejor, según se mire.
En este opúsculo, el presidente-fundador Francisco Javier López Trigueros (de Trigueros del Valle, Valladolid) propugna el desarrollo de "una política global mundial tras la formación de la comunidad mundial, después de la tercera guerra mundial". Ahí es nada. Tras explicar los problemas que aquejan al mundo, el señor Trigueros propone una solución: la organización Nuevo Orden Mundial se instituye en Estado mundial, y se acabó la historia.
Pero no pensemos que el señor Trigueros es un ingenuo. En una audaz combinación de idealismo y realpolitik, contempla la posibilidad de que a los gobiernos del planeta no les apetezca plegarse a sus deseos. En ese caso (remoto, de cualquier modo)... "Si nuestra propuesta no tiene éxito nuestra organización internacional y estado (tendríamos un territorio en el espacio), teniendo presente el derecho de toda comunidad estatal a declarar la guerra, iniciaremos la imposición del sistema enfrentándonos en forma total al socialismo". Hala, os vais a enterar.
Consecuentemente, Trigueros nos cuenta cómo se va a desarrollar esa opción militar contra el "socialismo". El asalto se haría desde ese "territorio en el espacio". Sigo leyendo: "Tendríamos aeropuertos, plantas energéticas, zonas para oficinas, residenciales, zonas de comercio, zonas deportivas, estadio olímpico y zonas reservadas a las Fuerzas Armadas". Pues a como está el metro cuadrado en la estratosfera, le va a salir por un pico. Pero prosigamos, que ahora viene lo bueno:
"Yo, Francisco Javier López Trigueros, soy el rey de toda la población de "Nuevo Orden Mundial", soy el titular del poder soberano y personifico todos los poderes. Ajusto mi conducta a formas legales. Para el mejor cumplimiento de mis funciones voy a estar debidamente asesorado por un grupo de economistas, abogados, ingenieros y profesionales de todas las ramas de las ciencias".
Podríamos pensar que se atribuye el rol de rey por chulería y capricho, pero estaríamos siendo injustos. Francisco Javier López Trigueros tiene indiscutibles razones para asumir tal responsabilidad. Resumiendo mucho su denso pensamiento político: España, sin lugar a dudas, es la luz que guía el mundo, porque está en el centro de todo. Por tanto, la III Guerra Mundial debe empezar con un segundo Alzamiento Nacional en España que depondría la actual monarquía y le nombraría a él rey de España. El siguiente paso, muy natural, sería el de ser rey del mundo. ¿Y cómo llega al trono de España? He aquí el razonamiento textual:
"La verdadera clase de España y del Mundo es la familia de apellido Trigueros, de Trigueros del Valle (Valladolid), al ser destacado tal apellido en el mejor producto, correspondía a la familia Trigueros las aportaciones de tierras, ganados y bosques y privilegios en la mar, para la obtención del privilegio de la compra del producto que constituía y sigue constituyendo en familias de niveles medios y bajos, por su bajo precio, la base insustituible del alimento. Las invasiones mozárabes y posterior recuperación por parte de Isabel la Católica de aquellas tierras para España, que a ella no la pertenecían, de estirpe y nacida pobre, separarón (sic) a la familia "Trigueros", primero de la corona de España y luego de la mundial, al haber sido elegida por Dios España, por características y situación geográfica, para la labor del mejoramiento de América y del mundo. Por el altísimo capital registrado de trabajos realizados en todo el mundo y por el propio desarrollo de la Tercera Guerra Mundial, de entre los apellidados "Trigueros" corresponde a Francisco Javier López Trigueros esa Corona de España y luego mundial. Para el establecimiento y desarrollo del nuevo Estado y la imposición de un Nuevo Orden Mundial en el desarrollo de la Tercera Guerra Mundial, con la asistencia fervorosa de la Nación y seguros de interpretar el verdadero sentir nacional, será nombrado el Excelentísimo Señor Don Francisco Javier López Trigueros Rey de España".
Pero no temáis, que esta guerra será justa. El futuro rey garantiza una y otra vez en el texto lo siguiente: "Los detenidos y fusilados serán extranjeros de países pobres, sin alimento ni vivienda, a los que España no puede atender, la mayoría serán de raza blanca. Se respetará a los marroquís, considerándoles como europeos".
¿Qué puedo añadir? Sólo debo prometer o jurar o lo que sea que esto es cierto, textual. El panfleto existe: no soy capaz de inventarme esto. Cuando empiece la Tercera Guerra Mundial, no digáis que no estáis avisados.
EL REY TRIGUEROS (2)

Más sobre el futuro Rey del Mundo. Visitad su página web (facilitada amablemente por Severiano Delgado), en la que encontraréis, entre otras lindezas, esta foto que hará las delicias de los aragoneses visitantes de este blog.
¡Dios, este hombre es una mina!
CONTRADICCIONES

Me gustan las contradicciones porque hacen del mundo un lugar digno de ser vivido. Me gustan en las personas. Dan que hablar. Conceden sosiego: ¿un adolescente podría soportar la bronca de su padre por no fumar si no le viera a él fumando? ¿Quién tiene la entereza de llegar a casa borracho y soportar la reprimenda de un abstemio? Soportamos las humillaciones cotidianas porque sabemos que no van en serio, que cada palo aguanta su vela. Sus contradicciones. Los seres sin contradicciones, cuando son personajes de novela, se llaman planos (a poco redondo que concibas uno, empiezan a surgir los desmentidos y las zonas oscuras como el moho en un queso). En la vida, pueden ser simples seres grises perdidos en la multitud o, en el peor de los casos, peligrosos fanáticos. Ser contradictorio implica estar vivo, implica mojarse, implica elegir, implica no dejar indiferente a quienes te rodean, implica ser odiado y amado. Implica ser humano.
Las sociedades también son contradictorias. Deben serlo si son mínimamente plurales y tienen algo de energía en sus calles. Las sociedades monolíticas sólo pueden ser las totalitarias. Hay que huir de las purezas. Ya deberíamos estar escarmentados en ese sentido. Y quien no lo esté, que se dé un garbeo clarificador por Mauthausen. Por eso me gusta Argentina y América en general: porque el continente entero es una gran broma mestiza fruto de inmigraciones multicolor.
En el caso de los argentinos, una de sus contradicciones más flagrantes procede quizá de su herencia italiana: como colectivo, los argentinos son muy patrioteros y andan siempre con la bandera arriba y abajo y con sus mitos intocables. Pero, al mismo tiempo, son capaces de escupir sobre esos mitos y esas banderas un instante después de alabarlas. Lo mismo erigen una estatua al gaucho, columna vertebral de la Pampa y del país, como se burlan de su primitivismo y su rusticidad. Igualmente, lo mismo discuten de la agonía del pensamiento filosófico que se rompen la cabeza a mazazos en la cancha del Boca durante un partido. Eso no lo han heredado de los gallegos, mucho más serios y serenos. Eso viene de Calabria, de Nápoles, de la perra madre Italia.
Precisamente eso es lo que hace mi admirado Fontanarrosa en el libro cuya portada reproduzco. Coge el Martín Fierro de José Hernández (uy, perdón, que hablamos de Argentina: quería decir "toma el Martín Fierro"), el tótem sagrado de la literatura patria, el Quijote argentino (o, mejor, el Cid argentino) y lo ilustra a su manera: desgarbado, burlón, comiquero, infantil. Es una edición preciosa, con el pulso bien tomado a las estrofas, como no podía ser menos viniendo de un cuentista-dibujante de la talla de Fontanarrosa. La publica Ediciones de la Flor, que no por casualidad es la editora de Mafalda en Argentina. Lo compré en Buenos Aires y lo hojeo con frecuencia, releyendo pasajes al azar.
Así es como debe tratarse a los mitos. Sin miedo, sin reverencias, sin servilismos. De tú a tú. Como a un viejo amigo al que nunca trataríamos de usted, pero que respetamos más que cualquier anciana eminencia. En eso consiste el respeto. En eso consiste mantener la cultura viva. Fontanarrosa, pintarrajeando sobre los venerados versos, les ha quitado polvo. Les ha aplicado una crema antiarrugas. Y eso debería valer para cualquier clásico: las reverencias y las pátinas no sientan bien a nadie. Es contradictorio, sí. Por eso es higiénico.
GOOGLE, HASTA LOS TOPES

¡Quieto todo el mundo! No traigan más datos, que no sabemos dónde meterlos. ¡Google peta, señores! Los ordenadores del dios todopoderoso de internet están hasta arriba y los cibernautas lo empezamos a notar.
Ya sabíamos que esa tontería de que el saber no ocupa lugar no se la creía nadie. "Que no ocupa lugar, que no ocupa lugar... Póngase usted a ordenar todos estos libracos, tío listo, y verá los metros cúbicos que ocupa el saber", dicen que respondió el bibliotecario de Alejandría al insensato que profirió el tópico por vez primera. Sé de gente que se ha mudado de casa porque los libros le echaban de ella. Yo todavía no he llegado a ese extremo, pero Cristina -el otro día unos amigos me dijeron que la cito mucho en el blog; pues ahí va una más- ya hace cuentas para que el próximo piso tenga una habitación más, mientras yo tiranizo a Michel diseñando y ensamblando estanterías en paredes inverosímiles. Claro que ocupa lugar. El saber ocupa un huevo.
Sin embargo, muchos ilusos pensábamos que la informática nos iba a librar de las servidumbres de las tres dimensiones. En internet cabe todo, el infinito es posible, abajo los límites. Pues de eso nada. Hace unos meses, muchos webmasters empezaron a protestar porque Google fallaba en las búsquedas. Lleva un tiempo siendo menos eficaz de que costumbre, no encuentra páginas de reciente creación y remite a otras que ya no existen. ¿Qué está pasando aquí?, preguntaron poniéndose chulos (ya sabéis cómo son los webmasters, altivos e impertinentes... salvo los de Blogia, que son lo más majo del mundo y me alojan el blog que da gloria). Porque, claro, nosotros buscamos en Google y no notamos diferencias, pero un buen webmaster es como un avezado melómano capaz de percibir un mínimo destiempo en el cuarto violín.
Los de Google, como buenos reyes del mambo, les mandaron a hacer cibergárgaras al principio, pero ante su insistencia, al final tuvieron que admitir que su motor ya no es lo que era, que tienen el logaritmo un pelín oxidado y que, además, sufren problemas de hardware: tienen sus superordenadores hasta arriba de páginas web y todo el portal se resiente.
Hace poco tuve la oportunidad de visitar en Barcelona el Mare Nostrum, el superordenador más potente de Europa, y los saberes que contiene también ocupan un huevo. Y hacen mucho ruido. Y requieren muchos cuidados. Una lata, hijos.
Total, que el mundo es un lugar pequeño para toda la basurilla de conocimientos que segregamos. Ya no sólo producimos más libros de los que podemos leer ni más datos de los que podemos asimilar, sino que producimos más saberes de los que podemos almacenar. La verdad es que es dramático, especialmente cuando uno se cruza todos los días con tantos cerebros vírgenes, con toda su capacidad craneal intacta, sólo emborronada levemente por algunos programas de televisión y algún que otro partido de fútbol. ¿No podrían los de Google usarlos como recipientes? Todos saldríamos ganando: a ellos les introducen unos cuantos tratados de termodinámica, que nunca vienen mal, y el resto nos ahorramos espacio para colocar unos geranios que alegren un poco este paisaje trenzado de cables. ¿Hay voluntarios?
CANGREJOS

Publicado hoy en el suplemento Muévete de Heraldo de Aragón.
No es bueno mojar en exceso la magdalena, aunque Proust no engordara. Tal vez no importe llamar de tarde en tarde a la angosta puerta de Peter Pan, pero no recomiendo quedarse a vivir”. La frase es de Abraham García, un orondo y afamado cocinero metido a escritor, que lo mismo saltea unas nécoras que flambea el sentido de la vida en dos patadas refraneras y sanchopancistas. Con esta cita, advierte de los peligros de la nostalgia, la enfermedad del eterno mirar atrás.
Quedarse a vivir tras la angosta puerta de Peter Pan. Yo tampoco lo recomiendo, pero no por los peligros que acechan al equilibrio mental -que siempre camina por una cuerda flojísima-, sino porque hay tanta gente tras esa angosta puerta que ya no quedará apenas sitio. Millones de nostálgicos ‘peterpanes’ se asfixian en un aire viciado de suspiros y de ojalás. Aquello será como el metro en hora punta. Puede que incluso haya “empujadores”, como en el suburbano de Tokio, que estrujen a los aspirantes al peterpanismo para que quepan todos.
No creo que haya habido una época más nostálgica que la que nos ha tocado vivir. Nunca ha sido tan difícil imaginar el futuro. Incluso en la era nuclear, con la espada de Damocles de la bomba H sobre la cabeza, los novelistas escribían utopías futuristas, los guionistas de cine se inventaban la ciencia-ficción y los rockeros se vestían con estrafalarias ropas que vaticinaban un futuro de náilon y velocidad.
Hoy nos dedicamos a mirar atrás, como se aprecia en la cultura popular -especialmente en la música-, empeñada en resucitar clichés de modernidad. Hoy nos vestimos de los 80; mañana, de los 60, y pasado, de fox-trot. Revival, revival, revival. La cultura ministerial se nutre de efemérides y centenarios, y los intelectuales discuten a dentelladas con los políticos sobre la recuperación de la memoria. Todos hacia atrás, como cangrejos.
Yo mismo soy uno de esos cangrejos. Yo mismo rebusco en baúles de recuerdos que no me pertenecen, pero de todo se puede uno empachar, y cuando todo el mundo se empeña en entonar una letanía nostálgica, en no asumir el presente y en echarse encima litros y litros de tinte capilar para parecer un eterno adolescente ye-yé, me saturo. Me bloqueo y me tengo que reiniciar, como Olé Olé, que se han reiniciado con Vicky Larraz. Como en Elm Street, el pasado vuelve en forma de pesadilla.
LAS LISTAS MÁS TONTAS

Nunca he entendido esa pasión periodística por ordenar las cosas en listas. Los 40 principales, los 100 libros imprescindibles de la literatura, las 10 mejores películas del año, las 50 mejores tartas de chocolate, los 10 mejores vinos tintos de la provincia argentina de Entre Ríos, los 80 peinados más atrevidos... Cada dos por tres, se anuncia que la revista Fucking Life ha elegido a Perico el de los Palotes como el alto ejecutivo que mejor sabe ponerse los calcetines. Otro día, el magazine Rockeros acabados elige al guitarrista suplente de Mojinos Escozíos como artista revelación del barrio de Chamberí. ¡Qué pesaus! Les profeso una animadversión bárbara que sólo cesará el día que la revista Sexual Blogging me elija el bloguero más molón y de pelo más sedoso de este Sistema Solar.
Casi todas las etiquetas de la música popular del siglo XX se las han inventado redactores de magazines entre fiesta y fiesta. El rythm and blues fue concebido para segregar a los negros en las emisoras musicales y que sus canciones no se mezclaran con las de los sanos chicos WASP que sólo hacían inofensivo rock and roll. Pero yo, desde pequeñito, sigo la consigna de desenseñar a desaprender cómo se deshacen las cosas. Por tanto, me desquician las etiquetas y las subetiquetas y las definiciones. Odio entrar en una tienda de discos y que todo esté clasificado por estilos. Me gustaba Madrid Rock porque el único orden que respetaban era el alfabético, sin apenas divisiones estilísticas.
Forbes -la revista que leen los que quieren ser millonarios y no se atreven a ir al programa de Carlos Sobera-, rizando el rizo de las listas de los 100 tipos más gandules del universo, ha sacado ahora una clasificación de dictadores, tiranos y déspotas ordenados según el patrimonio que poseen. Como si eso les hiciese todavía más malvados. No está mal, si tenemos en cuenta que Pinochet las está pasando canutas por haber metido la mano en los fondos públicos y no por cargarse indiscriminadamente a sus opositores. Está peor visto ser corrupto que asesino. Si eres un James Mason a escala industrial pero vives como un asceta, tu barbarie puede ser tolerada, e incluso perdonada con un pelillos a la mar y conduzca con cuidado. Recuérdese que el PP se despidió diciendo: "sí, sí, está lo del Prestige, lo de Irak y todo eso, pero recuerden que nosotros no metimos mano a la caja". Hombre, siendo así, vayan tranquilos, caballeros. Mientras las cuentas estén claras, lo demás no importa.
Yo todavía espero listas más interesantes. Por ejemplo: los 100 pechos sin operar más turgentes de mujeres de mediana edad, los 50 tertulianos más gritones ordenados por decibelios emitidos, los 90 taxistas más faltones e impertinentes con sus clientes, los 20 camareros más maleducados, las 120 cicatrices más impactantes de intervenciones quirúrgicas con negligencia médica, los 30 funcionarios del registro civil que mejores chistes cuentan sobre certificados de defunción, las 40 papadas de obispo más lustrosas y los 80 quioscos de Fuenlabrada mejor surtidos de pornografía infantil. Ánimo, señores de los magacines, que tienen muchas listas que hacer. Yo, mientras, me voy a hacer la de la compra, que se me ha acabado el lavavajillas.
ALEJANDRO JODOROWSKY

Será un farsante y un plasta. Yo lo veo como una expresión posmoderna de aquellos teósofos parisinos de principios del siglo XX, lo cual no le libra de ser un farsante y un plasta, pero sí le hace más entrañable. Alejandro Jodorowsky, famoso por sus estrambóticas apariciones televisivas, hace muchos años que es algo más que un referente del mundo del cómic. Sus guiones han sido dibujados por grandes ilustradores y sus series arrasan en toda Europa. Es un artista de culto, como suele decirse.
Chileno, pero residente en París desde hace muchos años, ha desarrollado toda su obra en Francia. Ha tenido incursiones en el cine y en la literatura, pero más vale que nos olvidemos de ellas. Quizá él quería ser escritor o director de pelis, pero el único campo en el que ha demostrado tener cosas que decir ha sido el del cómic. Y no es esto un desdoro, precisamente. ¡Mi brazo derecho daría yo por escribir los guiones que él escribe!
Dice la leyenda que Luis Buñuel estaba tranquilo en su casa de París una maravillosa tarde de mil novecientos sesenta y pico, cuando sonó el teléfono. "Allo?", dijo el de Calanda. "Saludos, maestro. Soy Alejandro Jodorowsky, desde Chile, y le telefoneo para anunciarle que en breve me desplazaré a París para resucitar el surrealismo". Supongo que don Luis colgó el auricular con cajas destempladas, pero ya es más difícil imaginar la cara que puso el cineasta cuando, meses después, el tal Jodorowsky se plantó en su puerta, dispuesto a cumplir su amenaza.
Verdad o mentira -poco importa-, así empezaron las andanzas de Jodorowsky, que mareó mucho la perdiz en todo tipo de ambientes parisinos hasta que, en los años 80, publicó El Incal, con dibujo del genial Moebius. Le guste o no, Jodorowsky selló desde entonces su nombre en la historia del cómic. Todos los tarots y pajas "new age" que va vendiendo por ahí no valen nada al lado de una sola viñeta de ese monumento gráfico.
Cuenta El Incal la tragicómica historia de John Difool, un fracasado detective de clase R de un planeta del futuro que vive con un pájaro de hormigón. Sin comerlo ni beberlo, Difool se ve inmerso en un meollo de dimensiones cósmicas en el que los sistemas planetarios luchan por hacerse con un cristalito (Hitchcock llamaba "macguffin" a este tipo de objetos que sirven para articular las tramas pero cuya definición importa poco en términos dramáticos) llamado Incal. Las aventuras de Difool, llenas de fantasía y de alegorías políticas (los planetas troglosocialik, que rinden culto a un paleo-Marx, están enfrentados con los aristos y sus aliados de la secta pantecno) han sido la matriz de casi toda la creación posterior de Jodorowsky. Los mundos y los personajes esbozados allí han sido desarrollados en unas cuantas sagas comiqueras que, a razón de un volumen por año, nos mantienen en tensión folletinesca.
Todo empezó con La casta de los metabarones, que le costó diez años terminar y narraba la historia de los antepasados del Metabarón, uno de los protas de El Incal, que es, a su vez, un final de raza, un renegado. Tras desarrollar otras series ajenas al meollo original y contar la historia de los Borgia con dibujo del italiano Nilo Manara, Jodorowsky atacó de nuevo el universo Incal y está inmerso ahora en la serie de Los tecnopadres, cuyo quinto volumen (La secta de los tecno-obispos) ha llegado hace pocos meses a las librerías españolas.
Las sagas de Jodorowsky son siempre retrospectivas y están narradas por un personaje que ha decidido enfrentarse a su destino, decisión que suele implicar el fin de una forma de vida, de unas tradiciones o de un status quo incuestionables hasta el momento. Con ese pie forzado, desglosa ese mundo que se rompe hasta hacerlo comprensible, hasta que el lector llega a la empatía y entiende el tormento que atenaza al protagonista. Este núcleo lo arropa con fantasía, con continuas referencias jocosas al mundo real, con mucho sentido del humor y unas pinceladas de erotismo salpicadas de una pizca de violencia. La fórmula es simple, pero le funciona porque tiene talento para armar tramas sólidas. Sin embargo, para mi gusto, ninguna saga alcanza la genialidad de El Incal, y ello se debe a que los dibujantes que han acompañado a Jodorowsky en sus últimas aventuras son excesivamente académicos y muy fríos. Moebius tiene un trazado algo goyesco, descuidado y nervioso, que le va muy bien a los personajes jodorowskyanos, pero las últimas sagas acusan cierto hieratismo y una solemnidad que no acompaña al cachondeo y a la agilidad del guión.
Lo dicho, que podrá ser un farsante y un megalómano insufrible, pero mientras siga haciendo buenos cómics, por mí, como si quiere fundar una secta teosófica o refundar el sintoísmo.
EL ALCALDE ARAGONÉS QUE FUE VÍCTIMA DE LOS NAZIS

Reportaje publicado ayer en Heraldo Domingo
Fernando Sancho, primer edil de Almonacid de la Cuba durante la República, falleció en el campo de exterminio de Gusen en 1941
Un frío formulario en alemán, sellado por un funcionario austriaco en el municipio de Bad Arolsen el 30 de mayo de 1997, certifica el fallecimiento, casi 56 años antes -el 2 de noviembre de 1941-, de Fernando Sancho Gracia, nacido en Cucalón (Teruel) y con último domicilio conocido en Almonacid de la Cuba (Zaragoza). Nada especifica el documento sobre la causa de la muerte, pero el lugar del óbito es más que significativo: Gusen, una minúscula aldea austriaca situada a diez kilómetros escasos de Mauthausen.
¿Fue Fernando Sancho ejecutado en el campo de exterminio nazi, como todo parece indicar, o simplemente sucumbió al terror y al hambre? ¿Acaso importa?: “Para mí, está claro que murió asesinado, como todos los que acabaron allí”, sentencia su nieta, Teresa Grasa Sancho.
Como sucede con la mayoría de los casi 500 aragoneses que perdieron la vida en Mauthausen y Gusen, la historia de Fernando Sancho ha quedado ahogada por el peso de décadas de silencio. Silencio en su pueblo, donde muchos testimonios recuerdan al que fuera alcalde durante la República, aunque hasta la fecha no ha aparecido un documento que lo confirme (probablemente se encontrará en una caja del Archivo de Salamanca, junto al resto de la documentación de la localidad de aquella época). Silencio en su familia, donde su ausencia era un tabú doloroso. Silencio, finalmente, en los libros de historia y en los recuerdos de los supervivientes del horror nazi. Su historia, hasta ahora, ha pasado totalmente desapercibida.
Ha sido el tesón de su nieta Teresa, que apenas sabía nada de su abuelo, el que ha recuperado el trágico periplo de uno de los últimos alcaldes republicanos de Aragón, reuniendo los poquísimos documentos que lo corroboran.
El 5 de mayo de 1945 -el viernes se cumplieron 61 años-, las tropas aliadas entraron en los campos de Mauthausen y Gusen, liberando a los supervivientes. Fernando Sancho no estaba entre ellos. Había muerto más de tres años antes, casi a la vez que otros dos convecinos de Almonacid de la Cuba que probablemente le acompañaron en el exilio: Tomás Mínguez Soriano y Antonio Teresa Martínez.
El molinero republicano
Fernando Sancho era un hombre de 33 años cuando se proclamó la Segunda República en 1931, y tenía 38 cuando estalló la guerra. Por su edad, no entró en combate y nunca perdió su condición de civil. Según los testimonios que ha recogido la familia, era un hombre pacífico, de hondas convicciones republicanas, que desde los años 20 participó febrilmente en la implantación del republicanismo en Almonacid. Por eso se afilió al Partido Radical Socialista (de ideario ecléctico, situado en un centro político que basculaba entre la derecha y la izquierda) y participó en el Casino Republicano de la localidad, una institución político-social muy común en el Aragón de entonces. Era molinero, como su padre, y disfrutaba de una situación económica desahogada que le permitía dedicarse también a sus otras dos pasiones: la caza y los caballos, pues tenía fama de ser un excelente jinete.
Como era una persona respetada y querida, fue elegido alcalde durante el período republicano. Al igual que les pasó a casi todos los primeros ediles aragoneses de aquellos años, su principal cometido fue repartir las tierras comunales entre los campesinos más pobres, tal y como exigía la Ley para la Reforma Agraria aprobada por las Cortes. No queda rastro de ese reparto, pero no cabe duda de que la aplicación de esa polémica norma (tachada de revolucionaria por las derechas y de tibia por las izquierdas) fue el origen de las más graves tensiones políticas en Almonacid.
Tras el estallido de la guerra, Aragón quedó partido en dos zonas, y la línea de separación pasaba muy cerca de Almonacid de la Cuba, que acabó en el lado republicano, controlado por las milicias anarquistas y adscrito al llamado Consejo de Aragón. El Ayuntamiento se transformó en Consejo Municipal, y Fernando Sancho continuó trabajando en él.
Así siguieron las cosas, más o menos estables, hasta el 11 de marzo de 1938, cuando las tropas regulares marroquíes entraron en Almonacid de la Cuba, conquistándolo para el bando franquista. Unos días antes, Fernando Sancho y su familia huyeron, pero su mujer y sus hijos decidieron volver tras avanzar unos pocos kilómetros, por miedo a perder las tierras y la casa si las abandonaban. Sancho siguió camino a Barcelona, junto a un grupo de republicanos del pueblo. Su familia quedó en el otro lado del frente.
En enero de 1939, poco antes de que el Ejército franquista entrara en la capital catalana, el depuesto alcalde de Almonacid de la Cuba cruzó la frontera con Francia, junto a otro medio millón de refugiados que huían de la represión. Atendido por unas autoridades francesas desbordadas, fue internado en el campo de refugiados de Saint Cyprien, junto con otros 80.000 compatriotas. Fue allí, en unas condiciones míseras, donde retomó el contacto con su esposa a través de unos familiares de Zaragoza que se ofrecieron a hacer de intermediarios para burlar, en la medida de lo posible, la censura postal.
Aparentemente, Sancho estaba a salvo y bien acompañado, como dice en algunas misivas para tranquilizar a su familia. Le arropaban al menos tres vecinos de Almonacid. Uno de ellos, Francisco Mínguez, que no fue deportado a Mauthausen y murió en Toulouse en 1998, fue clave para desenmarañar la oscura historia posterior.
Sancho envió media docena de postales entre abril de 1939 y mayo de 1940 que permiten seguir su itinerario hasta su internamiento en Mauthausen. Desde la última postal, su esposa y sus tres hijos no supieron nada más de él hasta los años 50. Ni siquiera sabían si estaba vivo o muerto, y no fue hasta 1959 -21 años después de despedirse de él en las afueras de Almonacid- cuando su mujer recibió la confirmación oficial de que el prisionero 10.617 de Gusen, fallecido el 2 de noviembre de 1941, era Fernando Sancho. El certificado de defunción se selló en 1997. ¿Cómo era posible, se preguntaba su familia, si él no había combatido y jamás había empuñado un arma contra una persona? Su único crimen: haber sido un alcalde elegido democráticamente.
Aunque los escasos párrafos de las postales son parcos en detalles, contrastados con los datos históricos, bastan para reconstruir el periplo.
Refugiados con condiciones
En abril de 1939, el Gobierno de París decretó que todos los extranjeros de entre 20 y 48 años que gozaban de asilo político en suelo francés debían alistarse a la Legión Extranjera del Ejército o, si querían seguir siendo civiles, integrarse en una de las Compañías de Trabajadores Extranjeros (CTE) creadas en los mismos campos del sur del país. Desobedecer el decreto implicaba perder la condición de refugiado.
Al parecer, Fernando Sancho se integró en la CTE número 4, que fue destinada después del verano a la pequeña localidad alpina de Touët-sur-Var. Su misión: construir defensas en el área fronteriza para repeler un posible ataque de la Italia de Benito Mussolini. Las CTE estaban mal dotadas y las condiciones de trabajo eran muy duras. La paga, escasa, y la comida, mala. Sin embargo, Fernando dice, en una carta fechada el 29 de diciembre de 1939, que el trabajo (sin especificar en qué consistía) no era duro y que en Navidad cenaron bien y comieron turrón. Probablemente, mentiras piadosas para no preocupar a su familia.
Durante algún permiso, Fernando visitó en compañía de sus convecinos almonacidenses la cercana ciudad de Niza, que debió gustarle mucho. En ella se hizo con un paquete de postales, de donde se nutrió para comunicarse con su familia, pues ya no aparecen estampas de ningún otro lugar en el resto de sus misivas.
En febrero de 1940, la CTE de Fernado Sancho fue llamada a reforzar el flanco más amenazado: la línea Maginot, que pretendía frenar a los nazis por el norte. Se embarcó en un tren que, tras 44 horas de tortuoso viaje, le dejó en Nancy, una ciudad que le resultó deprimente y gris.
Desde allí envió sus últimos testimonios, pocos días antes de que Hitler lanzara la gran ofensiva de mayo de 1940 sobre los Países Bajos, Bélgica y el norte de Francia. Cuando los nazis rebasaron las líneas francesas, unos 42.000 civiles españoles encuadrados en las CTE -entre ellos, Fernando Sancho y sus amigos aragoneses- quedaron atrapados en territorio ocupado por los alemanes, que no supieron al principio qué hacer con ellos.
El 25 de mayo, con los alemanes marchando triunfantes y sin resistencia sobre París, Sancho envió la última postal para felicitar el cumpleaños de su esposa. “Me considero tan solitario como el que está sentado en el banco de este hermoso paseo”, dice, en referencia a la ilustración de la tarjeta. Poco después, el alcalde republicano de Almonacid cayó en manos del Ejército alemán.
Enemigos políticos
Los españoles de las CTE eran civiles. Por tanto, Hitler no les concedió el estatus de prisioneros de guerra. Tratados como enemigos políticos, la mayoría de los españoles fueron deportados en trenes a los campos de exterminio. En septiembre de 1940, empezaron a llegar los primeros convoyes de republicanos asustados, ignorantes de su suerte.
Fernando Sancho pasó por varias dependencias hasta que el 27 de enero de 1941 le tatuaron el número 6.538. Fue en Mauthausen, un minúsculo pueblo a orillas del Danubio, en Austria, que no sospechaba que iba a convertirse en sinónimo del horror. Un mes después, fue trasladado a Gusen, un campo auxiliar a unos 10 kilómetros de Mauthausen donde murieron cientos de aragoneses. Sólo resistió ocho meses. Su historia ha aguantado 65 años de olvido.
EL COITO ETERNAMENTE FRUSTRADO

Ay, Maggie, Maggie. Maggie O'Connell. Ese sí que es un mito erótico. Salía con vaqueros y camisa a cuadros, holgada, bien tapada con recios abrigos. Con una llave inglesa, a los mandos de su avioneta-taxi, en situaciones poco o nada sensuales. Rara vez enseñó algo más que un hombro (¡pero qué hombro!), nunca la vimos con una transparencia y, en vez de quitarse un guante sensualmente como la Hayworth, arrojaba sobre el suelo sus mugrientas manoplas de electricista. ¿Y qué? A mí aún me daban más ganas de que me maltratase, y seguro que no he sido el único. Yo hubiera estudiado Medicina y hubiera solicitado una mal pagada plaza en Cicely sólo para tomarme una cerveza cada noche con ella en el bar del pueblo.
Janine Turner fue Maggie en Doctor en Alaska, donde, durante cuatro temporadas (la última se rodó sin el doctor Fleischman, que ahora, más gordo y más feo, anda haciendo de poli duro en otra serie que no me interesa un carajo), jugó con el actor Rob Morrow a ponerse cachondos mutuamente y a frustrar el coito en el momento de mayor tensión sexual. Divertido, sutil, maravilloso, pero insufrible en la vida real. Yo hubiera acabado loco. No quiero una Maggie real que desquicie mis días, pero desde que terminó Doctor en Alaska y su rastro se perdió entre el magma catódico, siento que a mi vida le falta algo.
Por eso he querido averiguar quién es en verdad Janine Turner, y esto es lo que he encontrado. El 6 de diciembre cumplirá, a juzgar por las últimas fotos, 44 maravillosos años, y lo celebrará en su casa, un rancho de Dallas, donde vive con su hija de 9 años y un montón de animales a los que profesa un amor desmedido. Muchas de esas mascotas aparecen en su única incursión en la dirección cinematográfica, un corto titulado Trip in a Summer Dress (Escapada con un traje de verano) que escribió, rodó y protagonizó en 2004. Al parecer, una joyita fílmica donde Janine demuestra que detrás de su deseable cara hay un cerebro complicado e inquieto.
Salvo Doctor en Alaska, Janine no ha tenido mucha suerte en el mundo de la interpretación. Empezó a los 15 años trabajando como modelo y, antes de cumplir los 20 ya era una secundaria habitual en series como Dallas, Hospital General o El Equipo A. Hacía trabajitos en series y en pelis de serie B sin tomarse el asunto muy en serio. Picoteando, saliendo con Alec Baldwin (con quien llegó a estar prometida) y pasándoselo bien. De hecho, donde realmente estaba centrada era en sus estudios universitarios, que compaginaba holgadamente con sus pinitos interpretativos. Pero todo cambió cuando los excéntricos creadores de una excéntrica serie la eligieron en un cásting para ser Maggie O'Connell en Doctor en Alaska. Entonces, se acabó la universidad y se acabó la vida fácil. El éxito le obligó a centrarse en su trabajo en la serie, donde demostró ser una gran actriz que sabía fundirse con el paisaje de Alaska y crear muy buena química con Rob Morrow.
Pero el futuro prometedor que se le presentaba a mediados de los 90 no se ha materializado. Algún papelito secundario de relumbrón, como en la peli El señor T y las mujeres, con Richard Gere, y poco más. Acaba de rodar un interesante proyecto independiente que está a puntito de estrenarse -aunque dudo que llegue a España- y se pasó en el festival neoyorquino de Tribeca causando muy buena impresión: The Night of the White Pants (La noche de los pantalones blancos), una comedia disparatada que, según dicen, recuerda a Jo, qué noche de Scorsese. La dirige Amy Talkington, veterana pero desconocida cineasta indie del Bajo Manhattan.
Espero que le vaya bien. Mientras tanto, yo abriré una buena cervecita, bajaré las luces del salón y veré por enésima vez ese capítulo en el que se recrea el Cicely de los años 20 y Janine Turner luce un modelito escotado de época que realza ese morboso lunar suyo. No me molestéis mientras tanto.
ESCÉPTICOS

No me gusta recurrir a la Academia de la Lengua, porque es muy Real y yo, además de republicano, tiendo a cosas más fantásticas que reales. Pero abrir el diccionario una vez al año no hace daño, o eso quiero creer, y resulta que los muy ilustres académicos definen "escéptico", en segunda acepción, así: "Que no cree o afecta no creer". Conciso, casi críptico. A la esencia, como un verso del último Juan Ramón. Me interesa ese "afecta no creer", que es donde los señores y señoras de la RAE se acercan a una verdad poética que rara vez alcanza el diccionario. La misma RAE define "afectar", en segunda acepción, como "fingir", luego, para los académicos, un escéptico puede ser un farsante. Es una cuestión de actitud ante los demás, no de convicciones íntimas, como casi todo en esta vida.
Escépticos se hacen llamar los científicos que han declarado la guerra a los amantes de lo paranormal (entre los que, por puro morbo y diversión, me incluyo). Tienen hasta páginas web y publican revistas y libros. Son cerebritos que dedican buena parte de sus esfuerzos a dejarnos a todos bien clarinete que los OVNIS son fenómenos meteorológicos, que los ruidos de las casas encantadas los produce el viento al chocar en las contraventanas y que los fantasmas son alucinaciones producto del delirium tremens. Tanto empeño ponen en refutar cada pequeña chorradita que uno llega a pensar: ¿formarán parte de la conspiración de silencio? ¿Serán ellos los sicarios intelectuales de los hombres de negro? Porque, vamos a ver, ¿quién se pasa diez años haciendo un doctorado con el profesor Chirriflautez -halitósico y maniático donde los haya- para luego derrochar su talento en un duelo con Jiménez del Oso? Venga, hombre, que hay muchas enfermedades sin vacuna y Microsoft busca genios para sus nuevos productos. Dejen de leer revistas de parapsicología y pónganse a trabajar, demonios.
De verdad que me cargan un poco estos aguafiestas. Uno está tan a gusto disfrutando de una terrible historia de espiritismo, con sus presencias malvadas, sus ruidos, sus rayos, truenos y relámpagos, sus voces y su adolescente en ropa interior asustada (lo de la adolescente es una licencia mía, es que ha llegado la primavera y las flores están...), llega un tipo de la universidad de Iowa con una sonrisa de suficiencia y una vocecita de pito insoportables, y te jode el aura diciéndote qué sé yo. Pero vamos a ver, ¿le cuento yo el final de las pelis cuando va al cine? ¿Por qué demonios no me deja disfrutar en paz, para un vicio que tiene uno? Son los típicos arrogantes que van a ver a Tamariz a un espectáculo y, a la salida, se acercan a preguntarle cómo lo ha hecho. Es magia, chaval, magia, que no se te puede llevar a ningún sitio. ¿Pero es que nunca habéis sido niños? Seguro que después de leer El Cuervo de Poe, lo único que tienen que decir es: "El protagonista cree que el cuervo dice nevermore, pero en realidad es una ilusión óptica por la que parece encontrar sentido en el graznido". Mira, con esa actitud no vas a encontrar novia nunca.
Y sí, admito que os pueda doler el tinglado comercial que hay montado en torno a estos temas, pero de verdad que yo no me siento engañado, sólo quiero pasar un rato divertido con mis extraterrestres y mis sucesos inexplicables que no quiero que me expliquen. Y si me engañan, pues mi problema es. Mayores barbaridades se escuchan en las iglesias cada domingo y a nadie le parece mal. Fantasear, que yo sepa, no hace daño a nadie. Puede que incluso sea sano, aunque haya mucho loco en este mundo paranormal. Pero la inmensa mayoría de quienes nos interesamos por él sólo buscamos un poco de diversión. I know it's only rock and roll, but I like it. Y si alguien decide tomárselo en serio, pues que con su pan se lo coma: no hace falta estar encima de él para abrir sus ojos a la ciencia. Que somos todos mayorcitos y nuestros papás ya nos dijeron todo lo que nos tenían que decir.
HUMOR INTELIGENTE

¿Casualidad o premeditación? Nunca se sabe con quienes manejan los hilos de las televisiones, pero en la semana que se celebra el 150 aniversario del nacimiento de Sigmund Freud, varios canales del cable se han liado a emitir a Woody Allen. Si es casualidad, pensaré que, después de todo, hay un fatum que ordena el caos catódico. Si es algo premeditado, tacharé de obvios y facilones a los programadores, que podrían haber estrujado un poco más sus ya secas meninges.
Pero como a caballo regalado no hay que mirarle los dientes, ayer reposé mi cansancio laboral viendo a cachos y por enésima vez Misterioso asesinato en Manhattan, y extraigo la misma conclusión de siempre, que comparto con un amigo: no sé si odio o amo a Woody Allen.
A diferencia de muchos de quienes me rodean, nunca he sido un entusiasta del neoyorquino, pero siempre he visto sus pelis muy a gusto. Podría vivir sin él, pero a nadie le amarga un dulce. Por un lado, me fatiga que, salvo en estos años de senectud, haga siempre la misma película. Uno acaba hasta arriba de apartamentos neoyorquinos, parejas que se aburren mutuamente y sofisticadas conversaciones en el hall de una galería de arte. Por otro lado, sin embargo, maneja la parodia como nadie. Si sus pelis sólo fueran diálogos brillantes, habría sido barrido por la panda de listillos de Harvard que dominan el arte de la réplica y sus más sofisticadas técnicas, pero hay algo más. Hay cine.
Así que, ante Woody Allen, emito siempre una frase en dos tonos. Puedo decir: "Otra de Woody Allen" con aire de fastidio, o "Otra de Woody Allen" con aire de entusiasmo. Y no sé cual de los dos registros es el dominante, pero siempre consigue reternerme en el sillón.
Creo que lo que no me gusta de Woody Allen son los fans de Woody Allen. Todos esos entusiastas preparados para reir a mandíbula batiente la más insulsa de sus gracias, esos que para hacerse los interesantes en una reunión nocturna empiezan a interpretar algún diálogo o a citarle. "Como dijo Woody Allen...". Dios, qué plastas, cambiad vuestro repertorio de referencias, que a Woody nos lo sabemos ya todos. Con Woody ya no se liga. El mundo se ha vuelto muy competitivo y tienes que ser más selectivo en tus citas. Recurriendo a Allen sólo impresionarás a un pazguato igual de soso que tú.
Pero la verdad es esta: ¿quién no ha intentado romper el hielo alguna vez acudiendo a alguna gracieta alleniana? Venga, que tire la primera piedra el o la valiente que nunca se ha tirado el moco con Annie Hall. Os confesaré algo: yo también utilizo a Allen, pero como a mí lo que más gracia me hace es el chiste que no encierra ninguna enseñanza ni ninguna profunda verdad moral, sino que sólo pretende ser gracioso, yo tiro de una de mis pelis favoritas del judío: La última noche de Boris Grushenko, que es una comedia absurda sin relación con las calles de Manhattan. Por eso me hace gracia, porque no tiene lectura dramática ni te invita a pensar... si no quieres pensar. En cuestiones de humor, a veces lo más inteligente es no pretender ser inteligente, porque del refinamiento a la pedantería hay una fina línea que sólo los maestros saben pisar sin rebasarla. Y de maestros, lo que se dice maestros, siempre hemos ido escasos. Woody Allen es uno de ellos.
GEOGRAFÍA

El 63 por ciento de los jóvenes estadounidenses no saben situar Irak en un mapa. Al leerlo, el antiamericanismo más burdo y satisfecho asoma en las sonrisas de muchos. "Qué no pasará con estos yankis, con su ombligocentrismo". Menos mal que ayer, en el programa del Wyoming en La Sexta, se preguntaron algo lógico: Y los españoles, ¿saben dónde está Irak? Una reportera, en un ejercicio de demagogia periodística de nulo valor científico, salió a esa avenida Complutense que yo he pateado hasta desgastar cien suelas, y pidió a los Einsteins que por ahí pasaban que señalaran Irak en un mapa mudo. Creo que ni uno atinó. Los más, señalaban vagamente una zona entre Israel y Afganistán. "Más o menos por ahí andará, ¿no?". Bien, es bueno que el contribuyente sepa que los impuestos que aporta para financiar esa universidad no sólo sirven para pagar a guardaespaldas de diputados corruptos, sino que revierten en una sólida formación.
La cosa podía haberse quedado ahí, pero a la reportera le dio por pedir que señalaran Huelva en un mapa mudo de la Península, y la pobre ciudad andaluza acabó encaramada en la árida meseta. Tampoco Teruel tuvo mejor suerte en esta rifa, aunque terminó situada en parajes de clima más benigno.
Antes de extraer conclusiones estúpidas de esta encuesta sin método ni criterio, debo decir que el error de base es hacerla en Madrid. Probablemente el madrileño medio sea el más lerdo geógrafo de todos los españoles. Para situarse en el mundo, le basta el plano del metro del dorso del abono de transportes. Todo lo que hay fuera de él es un magma desconocido llamado "provincias". Exagero una vez más, pero, ¿a qué tengo algo de razón? He vivido entre ellos. Mi DNI dice que yo mismo soy uno de ellos, y sé que muchos madrileños no distinguen Zaragoza de Zamora. A lo más que llegan es a diferenciar Benidorm de Gandía, que es donde tienen el apartamento de la playa. A mí no me la dan con queso (uy, qué antimadrileño estoy hoy. Eso no es normal en mí. Me habrá venido la regla). Pero eso sí, todos se permiten el lujo de reírse de los americanos que no saben dónde está Irak.
Yo, que amo especialmente las carreteras secundarias y me pasaría la vida viajando si pudiese, alucino con el desconocimiento geográfico, que implica un desinterés y un desapego por tu propio mundo que no alcanzo a comprender. No soy aragonés, y he descubierto Aragón a algunos que sí lo son, pero que creían que más allá del barrio del Actur sólo quedaban los Pirineos. Me encantan los mapas, los antiguos, y si tuviese dinero me compraría un montón de papelotes que dijeran que no hay mundo más allá de las Azores o que África es un gran agujero negro. Disfruto yendo de copiloto y pensando, con el mapa abierto en mil sitios, de qué forma podríamos pasar por ese pueblo en el que venden unos pimientos para morirse sin que la conductora me eche la bronca por meter el coche en una estrecha y serpenteante comarcal. En los viajes intercontinentales, no le quito ojo a la pantalla donde se señala el avance del avión sobre la inmensidad del océano. Sobre el Mediterráneo, jugamos a adivinar islas (¿esa será Córcega o Cerdeña?). Son un montón de placeres estúpidos que te pierdes si no sabes que Huelva, maldito zopenco ignorante, está en el suroeste de España y de Andalucía.
QUEDAR COMO UN TONTO

Mucho peor que ser estafado es ser tomado por tonto. Respeto piden las víctimas del timo de la estampita sideral, cuando creo que nadie les ha faltado al ídem, salvo los grandísimos cabrones que les han robado (y que, inexplicablemente, no han sido descuartizados por una turba iracunda). Y no sólo ellas. Columnistas defensores del bien común, que en este país abundan casi tanto como las raciones de chopitos con padrón, también se han plantado con los brazos en jarras, amenazando con emprenderla a sopapos con el primer gracioso que se le ocurra hacer un chiste con el asunto. Vamos, hombre, un poco de sensibilidad.
Y el caso es que yo, en los medios, he visto todo lo contrario: cierre de filas sin fisuras en torno a los estafados. Quizá hay algo de paranoia entre los afectados, que se sienten desnudos, ridículos y observados por una masa hostil, cuando lo que esta masa quiere es echarles una manta encima e invitarles a una taza de caldo para que se les pase el sofoco.
Recientemente, en un encuentro digital, alguien preguntaba por qué hay tanta gente insegura con su físico y tan poca que lo esté con su inteligencia. Una gorda puede salir en la tele con un top ajustado, rebosante de michelines y gritando: "¡Miradme, soy más gorda que la más gorda de las vacas marinas, pero no me importa, porque me acepto a mi misma y cada noche practico el sexo con el espejo de mi dormitorio por lo mucho que me gusto!". Y todos aplauden su valentía y su aplomo. Sin embargo, todavía no hemos visto a nadie presumiendo de no haber leído un libro en su vida o de necesitar prolijas explicaciones para entender un chiste sencillo. Seremos lo que sea, pero nunca tontos. No hay mayor ridículo que el de quedar como un lerdo. Por eso hay tanta superpoblación de pedantes altaneros, de sabiondos de rellano de escalera y de déspotas domiciliarios ilustrados satisfechos. ¿Quién se atrevería a reconocer que es algo corto de luces? ¿Qué exaltado parroquiano estaría dispuesto a reconocer que sus conocimientos no le alcanzan para solucionar el mundo con las fórmulas que surgen briosas de su boca entre caña y caña? Vamos, hombre, si yo llevara las riendas de este país, otro gallo cantaría. Mucho mejor que el subnormal del presidente lo iba a hacer yo. ¿Os suenan estas sentencias?
Por eso los estafados se adelantan a posibles burlas y gritan que no tienen un pelo de tontos, pese a que se lo han tomado enterito y ahora se paseen calvos y desorientados y... -¿por qué no?- con cara de gilipollas, que es la cara que se nos quedaría a todos si nos pasase algo parecido.
Porque nadie, absolutamente nadie, es tonto. La culpa siempre es de los demás. Ellos son el infierno. Si es que quien no se consuela...
SOLILOQUIOS

Hace un tiempo, una realizadora que estaba trabajando en Barcelona en un bonito proyecto sobre la locura de un escritor me contó una de esas cosas absurdas con las que nos tropezamos cada día en nuestro mundo: la Televisió de Catalunya y la Generalitat fomentan y financian la producción de documentales para, supuestamente, emitirlos en uno de sus canales. Sin embargo, son tantos los proyectos que aprueban que la programación de la televisión autonómica no puede absorberlos. Por tanto, cientos de interesantes productos audiovisuales se quedan en un limbo de despachos del que probablemente nunca salgan. ¿Por qué promueven su producción, si saben que no pueden emitirlos? Cuestión de votos y programas políticos, claro. Un periodista andaluz afincado en Madrid y especializado en reportajes de viajes para radio y televisión me dijo hace poco que, pese a que Cuatro y La Sexta han revolucionado el mercado laboral catódico, centenares de proyectos para documentales siguen sin realizarse o sin emitirse por pura saturación. Hay pilas de brillantes películas en TVE que nunca serán pasadas. El aragonés Miguel Lobera me contaba la otra noche que está a punto de terminar su documental sobre la sublevación de Jaca. ¿Y qué vas a hacer con él?, le pregunté, pensando en esos limbos. No sé, ya veré. Esa parte es agotadora, me responde, y prefirió seguir hablando de cómo va a enfocar el montaje y de la chicha del asunto.
Miguel dirige cortos. Cada año, cientos de cortometrajes como los suyos -muchos de ellos premiados- se quedan varados en algún titular de prensa sin que el público llegue a olerlos. No quiero ni imaginarme lo que puede estar acumulándose en la trastienda de la recién estrenada Aragón TV. Horas y horas de esfuerzos, ilusiones, ideas brillantes y noches en vela arañadas a los amigos y a la pareja que terminan acumulando polvo en un estante. Como residuos de un cementerio nuclear.
También a las editoriales les salen los manuscritos por las orejas y otros orificios corporales. ¿Cuántas discográficas habrá hartas de recibir maquetas en mp3 que ni siquiera pueden escuchar? A mí mismo me toca a veces la ingrata tarea de rechazar un reportaje que un compañero periodista remite al suplemento. O no nos cabe o no nos encaja o qué sé yo. El hecho es que estamos saturados. Vamos saturando espacios, colapsando cauces. No hay sitio para todo.
Y, sin embargo, hay sitio en esos cauces para detritus televisivos como TNT, Mira quien baila o el insufrible Alfonso Arús. Hay sitio para algunas cosas, claro está, no voy a descubrir ahora el Mediterráneo y la ilógica lógica de quienes manejan el cotarro. Pero ni siquiera eliminando esos detritus, según me cuentan, podría darse una salida digna a tanta superproducción.
Esta mañana, mi admirada Àngels Barceló (¿Qué pasa? Uno admira a quién le da la gana) entrevistaba en la Ser a mi también admirado José Sanchís Sinisterra, y yo escuchaba a ratos desde mi limbo pegajoso de sunday morning. Decía Sanchís que el 70 por ciento de los montajes que se han hecho de sus obras no responden a lecturas profundas del director, sino a ejercicios de egolatría y al deseo de ese director de dejar su impronta en el montaje, aun a costa de cargarse el texto. Mi amigo Joaquín Melguizo, crítico teatral que ha dirigido muchas obras antes de sentarse en la butaca a juzgar trabajos ajenos, siempre ha lamentado el exceso de protagonismo de los directores, que no sólo abusan del texto en vez de interpretarlo, sino que condicionan y ahogan a los actores, invadiendo su parcela.
Todo esto me lleva a pensar que quizá estemos quedándonos sordos por un sinfín de soliloquios. Ya no sabemos conversar y nos conformamos con dar discursos, aunque nadie los escuche. Está bien que todo el mundo tenga algo que decir, pero no sé si es absurdo hacerlo cuando nadie te va a oír o cuando eso que tú crees expresión de tu personalidad es en realidad una meada fuera de tiesto que acaba destrozando la expresión de los demás. ¿No seremos todos un poco como esos directores teatrales tan ocupados en expresarse que no tienen tiempo de leer con calma la obra que dirigen?
Lo decía Leño en una canción: "¡Frena, velocidá, que no lo entiendo!".
CIVILIZACIÓN

La historia la escriben los vencedores. Qué tópico más falso. La historia también la pueden escribir los fracasados, los resentidos, los ignorantes, los directores generales de las administraciones, los mafiosos, los presidentes del Atlético de Madrid y los padres divorciados. Menos los historiadores, todo el mundo puede dar su visión de la historia, no necesariamente los vencedores de nada. Las cosas son más complejas. Así, en España, según la comunidad autónoma en la que esté el colegio de turno, la unidad de España puede haberse fraguado en el siglo XV o en el XVIII. Incluso puede que no llegara a fraguarse nunca. La Corona de Aragón puede ser Corona catalano-aragonesa o catalano-balear-aragonesa. O confederación de reinos en función de qué consejería dicte los planes de estudio. La entelequia de España puede ser un simple estado-nación o un estado de naciones sin estado. Son cuestiones que podrían ser discutidas por los historiadores en sus congresos y movidas, y nos las podrían resumir en cómodas notas de prensa una vez llegaran a acuerdos en vez de tener a los políticos dando voces de un lado para otro. Pero en el asunto de la historia siempre tiene que meterse el presente.
Historiadores de Alemania y Francia (eso sí, al mando de un francés, no la vayamos a liar) han hecho algo inaudito: han redactado un manual de bachillerato de la historia contemporánea de ambos países posterior a 1945. Y lo han hecho sin pegarse, porque tenían ganas de ponerse de acuerdo y dejarse de tonterías. Por dejar en buen lugar el rigor histórico y evitar que en el futuro vengan cizañeros de uno y otro lado del Rhin, que bastante han pasado ya.
Quizá la iniciativa llegue 80 o 90 años tarde. Quizá me aventuro en mi análisis, pero no veo próxima una guerra entre ambos países. Ni siquiera tensiones en la frontera. Creo no equivocarme si digo que un francés puede pasearse por Berlín tan ricamente y lo mismo puede hacer un alemán por París. Incluso tengo entendido que ambos países forman parte de una estructura supranacional y que cualquier ciudadano de los dos Estados puede romperse una pierna en el país vecino, porque le harán radiografías y le escayolarán por la filosa en cualquier hospital público gracias a no sé qué tarjeta sanitaria europea. Vamos, que el gesto del manual de historia es bonito y simbólico, pero esas heridas ya no supuran. Incluso la arrogante Francia puede reconocer el derecho de Alemania a existir.
Alemania y Francia colaboran mucho en el terreno cultural. El canal de televisión Arte -de cuyas producciones se nutre La Noche Temática de TVE-, que emite unas 12 horas diarias películas y documentales bilingües en ambos países, es el mayor ejemplo de ello. Los contenidos en alemán se subtitulan en francés y viceversa. Están empeñados en dejar claro lo mucho que se aman, como un matrimonio que quiere guardar las apariencias y exagera empalagosamente su cariño delante de sus amigos. La iniciativa del manual quiere evitar que un posible ascenso de la extrema derecha tergiverse un periodo tan importante en la historia de ambos países. Es el primer paso hacia una enseñanza de la historia contemporánea europea más o menos consensuada, pero de momento es algo simbólico que en Francia ni siquiera obliga a los profesores de bachillerato, capacitados por la ley para escoger la bibliografía que consideren más apropiada. En Alemania, las competencias en educación son de los estados federados, que pueden mandar a tomar viento el manual si así les place y recomendar Mein Kumpf en su lugar. Lo dicho: un gesto bonito.
Sería hermoso que los políticos no tuvieran nada que decir en la enseñanza de la historia, como no lo tienen en la de las matemáticas o en la de la química, ¿verdad? Sería bonito que de vez en cuando mantuvieran sus enormes bocazas cerradas y dejaran que los historiadores nos dijeran que las discrepancias historiográficas y las diferencias de enfoque no son cuestión de vida o muerte y que pueden debatirse sin que los países se resquebrajen ni los cimientos del mundo se hundan. Es más, que ellos las debaten mientras los demás nos escupimos en la cara, y suelen llegar a consensos razonables en forma de estudios que nadie lee porque ningún tertuliano los recomienda.
Porque lo del manual franco-alemán será un gesto bonito y poco práctico, pero es civilizado. Y Europa presume de su civilización. ¿Qué mayor muestra de ser civilizado que el hecho de que los hijos de aquellos que estuvieron a punto de aniquilarse ahora se pongan a escribir juntos un libro? ¡Un libro! Eso sí que es civilización.
Foto: soldados alemanes en París, en julio de 1940.
TRES CALLES DE MADRID
El diario El Mundo ha hecho una encuesta en su cuadernillo de Madrid, hoy, día de San Isidro, preguntando a un montón de fulanos y fulanas cuáles son sus tres calles favoritas de Madrid. Ha salido ganadora la Gran Vía. A mí no me han invitado, pero ya me monto yo mi chiringuto aquí y pongo mis tres calles madrileñas (de hoy, porque pueden variar en función de mi estado de ánimo):
1. Embajadores, por motivos de infancia, que es la única patria, y otros sentimentalismos que no vienen al caso.
2. Fuencarral, por apelotonar sin orden en sus pocos metros lo mejor y lo peor de Madrid. Su vanguardia y sus viejas cotorras, pared con pared. Sus ansias de cambio y su chocolate con churros. La gran contradicción que es Madrid está en esa calle.
3. La Gran Vía de madrugada: por sus chinos vendiendo arroz, sus trasnochadores que no encuentran taxi, sus pandilleros turbios, sus carteristas y, sobre todo, porque fue en una de sus esquinas donde descubrí por primera vez lo que significaba ser feliz. Pero ese es un motivo demasiado mío.
Así quedo reconciliado con Madrid en el blog, después del cabreo de un par de artículos más abajo.
ESCENARIOS

Dicen que el asesino siempre vuelve al lugar del crimen. El escenario del crimen, como lo llaman quienes calcan la expresió de la inglesa "crime scene". A los puristas amargados de la lengua les parecerá un anglicismo aborrecible, pero ese calco es perfecto: escenario por lugar. Vivimos en escenarios, lugares que sólo tienen el sentido que les dan nuestros actos. Lugares donde representamos diferentes tramos de nuestra vida y que se cargan con los iones de nuestras emociones. Hay lugares sagrados donde se representan escenas sagradas. Hay lugares secretos donde se representaron ritos sólo para iniciados. Son escenarios.
El escenario del crimen, del beso, del adiós, del te quiero, de la risa. Escenarios donde hicimos interpretaciones brillantes y donde hicimos el ridículo. Donde nos aplaudieron y donde nos abuchearon. Aquel bar donde descubrimos que esos ojos nos estaban pidiendo algo, aquella esquina donde pronunciamos esas palabras duras que nunca creímos capaces de decir, aquel portal en el que nos acobardamos y dejamos tiritando a quien nos pedía un abrazo. Son escenarios que pusieron a prueba nuestra habilidad como actores y en los que queda parte de nuestra gloria o de nuestro oprobio. Es una energía que queda latente y que nos atiza en forma de descarga cuando pasamos junto a ellos. No hay lugares inocentes.
Hay lugares sagrados. Y pienso que son sagrados porque así lo cree mucha gente, que deposita su energía en ellos y los carga con una fuerza terrible. Algo sobrecogedor queda en sus piedras. Pero a mí me interesan los dioses pequeños del lar, las miserias íntimas que quedan escondidas entre dos ladrillos. Me gusta soñar que cada esquina esconde un aeropuerto de Casablanca donde un Bogart cotidiano dice lo que debe decir a una inconsolable Bergman.
Pienso en eso después de escribir lo de mis tres calles favoritas de Madrid. Pienso en eso después de repasar todos los rincones por los que no me atrevo a pasar por si la descarga me arroja al suelo. En lo deprisa que quedan atrás, en lo fácil que es olvidarlos, en lo frágil que es nuestra memoria. La mía, al menos, lo es.
La vida nos trata como actores de reparto, pero en esos escenarios podemos ser protagonistas. Todos tenemos un minuto de gloria, y no es fácil aprovecharlo.
LA ZONA OSCURA

"Así es como Jannie descubrió que la mejor forma de llegar al corazón de un hombre es a través de su caja torácica".
Qué grande. Lo dijo el Guardián de la Cripta como conclusión a una historia de vampiros. Las Historias de la Cripta eran geniales cortos de terror, con aquel bichillo verde soltando maliciosas moralejas como esta al final de cada capítulo. Era una serie muy cercana al espíritu guasón de Vincent Price, y que homenajeaba brillantemente a la serie B de los años 50. Me gustaban mucho los Tales from the Crypt, pero la reina de todas las series de terror ha sido es y será The Twilight Zone (la zona crepuscular o la zona oscura), que en España se llamó En los límites de la realidad. Hablo de las reediciones de 1983 y 1985, porque la serie original de empezó a emitirse en 1959 y se componía de breves y escalofriantes relatos televisivos dirigidos y narrados por Rod Serling, uno de los intelectuales encuadrados en el movimiento de los "angry young men" (al que pertenece el Nobel del año pasado, Harold Pinter). The Twilight Zone fue la gran creación de Serling, considerado uno de los grandes renovadores del lenguaje televisivo. Ningún vil ejecutivo ha osado quitar su nombre de detrás del "created by" de los créditos de las sucesivas reediciones de la serie. Queda algo de dignidad en la hedionda tele.
En 1983, cuatro jóvenes entusiastas que crecieron viendo la serie de Serling y acababan de irrumpir en el género de terror poniéndolo patas arriba con un puñadete de obras maestras decidieron que ya era hora de proclamar al viento su admiración por el viejo radical "angry young man". Eran Joe Dante (que preparaba su genial Gremlins), John Landis (que acababa de aterrorizar y divertir al mundo con Un hombre lobo americano en Londres), George Miller (que había firmado las dos primeras entregas de Mad Max) y Steven Spielberg (que ya había hecho Tiburón y E.T.). ¡Vaya "dream team" de talentosos discípulos! Se pusieron manos a la obra y el resultado fue The Twilight Zone: the movie, una peli de cuatro mediometrajes a cual más aterrador. Una obra genial, una de las joyitas más preciosas del género.
El primero, dirigido por Landis, trata de un racista satisfecho que acaba probando amargamente la medicina de sus propios prejuicios en un absurdo lleno de justicia poética. El segundo, de Spielberg, presenta a una chica capaz de otorgar deseos a los abandonados ancianos de una residencia. Un cuento tierno y con un punto cursi. El tercero, de Dante, es mi favorito -y creo que el más aterrador y angustioso-: una chica que recala en una casa donde un niño todopoderoso que lee la mente controla a su familia con sus caprichos. El cuarto, de Miller, habla de un apacible viaje en avión que se ve alterado cuando uno de los pasajeros ve a una extraña criatura -que nadie más ve- corriendo sobre un ala, soltando tornillos del fuselaje y arrancando cables.
Maravillosa serie de terror que ahora es imitada por una llamada Más allá del límite, que Cuatro está emitiendo. Bazofia audiovisual que empieza con las mismas palabras que encabezaban la mítica serie original: "No le ocurre nada a sus televisores, no intenten ajustar la imagen. A partir de ahora, nosotros controlamos la emisión". Últimamente me enfado por pocas cosas, pero esto me cabrea un montón, fíjate tú. Me da rabia que cualquiera se atribuya una herencia tan brillante para hacer subproductos que no le alcanzan ni la suela del zapato a los inquietantes guiones de Serling.
Las Historias de la Cripta y En los límites de la realidad son dos grandes monumentos televisivos que todavía no han sido desbancados. Son malos tiempos para el género de terror, que lleva mucho tiempo sin dar ningún título recordable. Será porque estamos ya curados de espanto.
Por cierto, si no habéis visto En los límites de la realidad, me dais mucha envidia, porque yo nunca volveré a sentir el mismo escalofrío infantil que sentí la primera vez que intenté dejar la mente en blanco para que el malvado niño no pudiera leerla.
Foto: escalofriante secuencia de The Twilight Zone de 1959.
UNA PREGUNTA CAPCIOSA
¿Por qué nadie se indigna cuando el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, que asiste a la final de la Copa de Europa de fútbol en calidad de representante del Ejecutivo, vocifera y gesticula públicamente en el palco cual hincha desaforado cuando el Barça marca el segundo gol y, sin embargo, se armó un pollo enorme cuando la vicepresidenta de ese mismo Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, bailó en un acto público en África al que asistía en calidad de representante de ese mismo Ejecutivo? ¿Cuál es el rasero de medir? ¿El sexo de cada uno de los funcionarios o es que el fúmbol es asín?YO, NOELIA DE MINGO

Me he vuelto oficialmente loco. El otro día corría detrás de mis afilados colmillos en busca de la tercera temporada de Los Soprano y descubrí horrorizado que no estaba en las expositores. A ver, tienen la primera, la quinta, la cuarta... ¡pero dónde demonios está la tercera temporada, malditos y explotadores grandes almacenes! Todo esto lo dije en mi fuero interno, pero mi desesperado manoseo de los "packs" de DVD me hizo parecer una Noelia de Mingo cinéfila. Estaba llamando mucho la atención, lo sabía, pero es que me sentía estafado, se me había puesto cara de cliente de Afinsa. Mi vida había perdido su sentido y la dependienta me miraba de reojo con cara de preocupación, haciéndole gestitos al armario ropero de seguridad, que estaba ligando con otra dependienta de otro departamento y le respondía con otro gesto que venía a decir "¡Ahí te pudras, fea!". El mundo de la seguridad privada es así de chungo, amigos.
El caso es que, pese a que el 4 x 4 no suponía ninguna amenaza para mis bien trabajados músculos, decidí que había que poner fin a ese sinsentido, pero salir con las manos vacías de aquel sitio se me antojaba el mayor fracaso de mi vida. Fue entonces cuando la voz de Frasier empezó a retumbar en mi cabeza, y mi mano se dirigió sola, como si participara en una ouija consumista, al estante donde estaba el pack de su serie. ¡No, quieto, la tienes muy vista, es dinero tirado!, grité ante la atónita dependienta, que gritaba a su jefe que en el convenio no venía que tuviera que poner buena cara a gentuza como yo, que le pagaran un plus si querían eso. Pero la mano no obedeció, e instantes después me plantaba ante la caja, con la dependienta presa de un ataque de nervios, con un temblor en las manos que le impedía pasar el pack por el lector de códigos de barras. Para entonces, yo ya estaba tranquilo y tenía una mosqueante sonrisa. No te preocupes, que me he dejado el cuchillo en casa, dije para distendir el ambiente.
Antes de irme, se me ocurrió preguntar cuándo tendrían la tercera temporada de Los Soprano, y la chica se encogió de hombros, como si el tema no fuera con ella. Como si verdaderamente le importara un pito el asunto. Y aquello me desquició de nuevo. ¡Usted no sabe quién soy yo!, empecé a gritar. Pero sí que lo sabía, porque acababa de pasarme la Visa y tenía mi DNI en sus manos. Mierda, había cometido un error. Claro, no había visto suficientes capítulos de Los Soprano y no había interiorizado bien el modus operandi de la mafia.
Huí del lugar con la primera temporada de Frasier bajo el abrigo, pero como hacía 35 grados, me lo tuve que quitar y mi plan de ocultamiento se fue al garete. Corrí cual gato herido evitando las avenidas, dando esquinazo a mis enemigos, hasta que llegué a casa y enchufé el primer DVD de Frasier. Bueno, menos da una piedra, me dije. El psiquiatra Frasier Krane empezó a hablar y, mira tú por donde, contemplar a un ser que es todavía más patético que uno mismo consuela una barbaridad. Al menos, me reí, porque uno de mis defectos es que me gusta Frasier, pero volveré a por la tercera temporada de Los Soprano. Y, por su propio bien, espero que la dependienta pueda servírmela esta vez...
CANÍBALES LITERARIOS

"Aunque me agite siempre habrá algún eminente
que a mi manera de pensar
hace el apaño porque tiene suficientes
dotes de popularidad"
Rosendo, Listos para la reconversión
Pues sí, el vate rockero de Carabanchel tiene la clave: por más que la poesía sea un arma cargada de futuro, los de siempre se las arreglan para empuñarla y encañonarla hacia el que menos culpa tiene. Con la otra mano sostienen el mango de la sartén con la que nos sofríen a base de telebasurilla. Es lo que viene a decir Rafael Reig en Manual de literatura para caníbales (Debate), una divertidísima parodia de la historia de la literatura española y latinoamericana de los últimos dos siglos.
Sostiene Reig (que es profesor de literatura, y ojalá sus clases sean tan divertidas como su libro), por ejemplo, que los versos que Zorrilla leyó en el entierro de Larra son la primera gran operación de marketing de la literatura española. Dice también que los movimientos literarios, que se inician con el Romanticismo, son fruto de calculadas estrategias de equipo para conquistar el poder cultural. Él los compara con equipos ciclistas. Esos movimientos, en apariencia transgresores y hasta revolucionarios, son utilizados a su antojo por quienes cortan el bacalao. ¿Qué narices es eso del compromiso, del malditismo y de epopeyas en vinagre? Esto es business, amigos, y sólo quien así lo entienda conquistará el Parnaso.
Porque vamos a ver -dice Reig-, la literatura, básicamente, consiste en un tipo en pijama dándole a la tecla en su casa durante unas cuantas horas para que otro tío, quizá también en pijama, lea a gusto repantingado en el sofá de su casa. Pero eso no vende. Los románticos se dieron cuenta de que hacía falta crear una "vida literaria" y de que escribir y leer eran incluso accesorios. Lo fundamental eran la trifulca, el relumbrón, la tertulia, los periódicos, la fama. Que hablen de uno, aunque sea bien. Y, al fin y al cabo, hay que estar a buenas con el poder, aunque de cara al pueblo se pase por un enfant terrible que hace temblar las instituciones. Tras escribir unos libritos, hay que trabajar un poco los pasillos para conseguir un escañito, una dirección general, un sillón de la Academia que garantice una vejez sosegada...
La visión de Reig, un punto cínica, es hija de estos tiempos en los que ya no nos tragamos nada y no buscamos apóstoles con verdades retóricas enrolladas bajo el brazo. Reducir la historia de la literatura a una reyerta de ególatras pedantes es, efectivamente, reduccionista, pero no deja de tener algo de verdad. Al menos, es un punto de vista divertido. Entre otras cosas, presenta a Ortega y Gasset como el instrumento de un consejo secreto que gobierna España en la sombra y provoca guerras civiles y sostiene dictaduras o democracias según le convenga. Azorín es un ripioso resentido; Carlos Fuentes, un oportunista que hace un refrito con Faulkner y lo vende como la gran explosión latinoamericana; Juan Valera, un cínico hedonista que disfruta de mujeres "coñianchas"; Ortega, un dandy que sólo quiere que se la chupen porque considera que follar es propio de albañiles; Galdós, un hábil manipulador que sabe moverse discretamente en las bambalinas del poder. En fin, cada página, una deliciosa barbaridad. Desde la escuela nos enseñan a tomarnos con recia solemnidad unamuniana a los grandes próceres de la literatura. Está bien que Reig los parodie y, deformándolos à la Valle-Inclán, nos devuelva su verdadera dimensión humana. Porque pasarse el día venerando monumentos es un tostón: el cuerpo también pide vino y música de vez en cuando.
Como buen "manual" de literatura, Reig propone ejercicios al final de cada "tema". He aquí uno de ellos: "Tómese un texto al azar de Azorín. Subráyense todas las palabras desconocidas. Averígüese su significado y, a continuación, sustitúyanse por sinónimos ordinarios. Con lápiz de otro color, elimínense todas las repeticiones. ¿Qué le queda a usted? Ahora resuma esas tres frases en una sola idea y expóngala en el bar como si fuera suya. Si le toman por idiota, el ejercicio ha sido realizado con éxito. En caso de que alguien encuentre interesante lo que usted dice, vuelva a casa y repita de nuevo el proceso".
Lo dicho, un libro divertido, no apto para divorciados recientes y cornudos ni académicos de la lengua de más de diez años de antigüedad.
PD: Ah, se me olvidaba, el libro termina en 2012, con una guerra civil entre faulknerianos y republicanos, las dos escuelas literarias que llevan mareando la perdiz doscientos años. Es que si no os fastidio el final, no me quedo a gusto, oye.
INSIDE THE RAINBOW, RAINBOW!

Estaba revisando en el ordenador las fotos de los últimos viajes y me he tropezado con esta que, inexplicablemente, tenía casi olvidada. Es la isla de La Palma, la más occidental de las islas Canarias, y donde increíblemente también han llegado cayucos en las últimas oleadas. La desesperación llega muy lejos. La foto está tomada desde el Mirador del Time, en la costa de sotavento (al oeste, pa entendernos). La isla de La Palma es altísima, de formación volcánica, como todo el archipiélago, y tiene unas vistas alucinantes en todos sus rincones. Acababa de llover -cosa muy frecuente en aquel pedrusco atlántico-, estábamos tomando una cerveza en el mirador (de marca Dorada, por supuesto, que yo soy muy localista en el tema cervecil) y, de repente, apareció el arco iris tal que así. ¿A que parece la portada de un disco heavy o una revelación mística, que para el caso vienen a ser lo mismo? Las casas que se ven abajo pertenecen a Los Llanos de Aridane, precioso nombre para un pueblo que no lo es tanto. En fin, para que veais que con una cámara también se puede ser cursi.
Por supuesto, me acordé del Mago de Oz, de la película, no de los tipos esos que parecen drag queens rockeras.
FILLOY, EL JUEZ GAUCHO

Descubrí a Filloy cuando Siruela editó su novela Caterva, hace un par de años. Acudí a él por Cortázar, que lo consideraba el mejor escritor en lengua española. La editorial vendía a Filloy como el germen de Rayuela. Mentira de marketing, por supuesto, pero piqué, y no me arrepiento. Utilizaban para ello una cita de la primera parte de Rayuela, un diálogo entre la Maga y Oliveira:
-La cloche, le clochard, la clocharde, clocharder. Pero si hasta han presentado una tesis en la Sorbona sobre la psicología de los clochards.
-Puede ser -dijo Oliveira-. Pero no tienen ningún Juan Filloy que les escriba Caterva. ¿Qué será de Filloy, che?
Naturalmente, la Maga no podía saberlo, empezando porque ignoraba su existencia. Hubo que explicarle por qué Filloy, por qué Caterva.
Era la primera vez que se editaba una obra de Juan Filloy en España, y unas poquísimas más circulaban y circulan por Argentina gracias al empeño de Mempo Giardinelli, que ha decidido ser algo así como su albacea literario. Devoré Caterva, y Antón Castro me publicó una amplia reseña en el suplemento Artes y Letras. Poco después, viajé a Buenos Aires y me traje cuatro libros más, los únicos editados hasta el momento de su copiosa producción. Empecé a leerlos en el avión de regreso y creo que prácticamente dediqué mi tiempo libre de los siguientes meses a aprender cosas sobre este tipo raro y a enviar mails a editoriales argentinas para que me enviaran otro librito suyo que acababan de editar. Lo del comercio electrónico no está muy desarrollado en aquellas latitudes, así que me costó un huevo.
Me fascina este tipo prostibulario, huraño y ajeno a los movimientos literarios de los que escribía el otro día. Él, en sí mismo, era un movimiento. Era juez en Río Cuarto, recóndito lugar de la Pampa, muy lejos de Buenos Aires, de sus cafés y de todo lo que pueda oler a "vida literaria". Argentino de asado y mate, le gustaba dar largos paseos por el campo, el humor cruel de los gauchos y el aroma canalla de los burdeles salvajes perdidos en mitad de la nada. Escribía una columna en La Nación, pero procuraba que nunca fuera de política y que siempre se le deslizase alguna pulla hacia sus odiados compatriotas porteños. Era un tipo difícil, admirado por los mejores escritores argentinos, que le visitaban en el recóndito Río Cuarto y bebían y hablaban de libros y de palabras, que él trataba como a ejemplares de especies botánicas, como demuestra su "colección" de palíndromos, el más extenso repertorio del castellano. Viajó muy poco, trabajó menos, y no se preocupó por editar ni dar discursos ni dejarse hacer entrevistas. Pasó su larguísima vida (105 años) desapercibido para el público, y sus obras -salvo alguna excepción- sólo circularon en limitadísimas ediciones de 40 o 50 ejemplares que él mismo publicaba con mimo y enviaba por correo a sus amigos. ¿Cuánto pagará un librero de viejo por uno de esos ejemplares?
Ahora, Mempo Giardinelli y otros intelectuales argentinos se han empeñado en publicar sus libros, y los demás lo agradecemos. Es algo así como el Pessoa argentino. Un tipo inédito, porque esas pocas decenas de libros en circulación siguen siendo manuscritos, y como todos los inéditos, con una obra libre, despreocupada de opiniones ajenas, sin relación con modas, sin servidumbres mercantiles ni ataduras a un canon. Las únicas normas que sigue son las que él mismo se impuso, casi todas absurdas, como el hecho de que los títulos de las novelas tuvieran que tener siempre siete letras.
Filloy es un tipo difícil de leer. Amante de la digresión, con una cultura más que enciclopédica que muchas veces se dispersa y se desparrama por varios capítulos diluyendo la acción, y un conocimiento léxico de libro Guinness que hace que no esté de más tener un diccionario cerca. Pero si se está dispuesto a penetrar en esos cortinones selváticos, la recompensa merece la pena. Se descubre entonces a un escritor sensible, a un observador puntilloso y apasionado, a un gourmet del paisaje dotado con una ironía maliciosa y cínica. Asombra cómo alguien que vivía tan alejado del mundo pudiera comprenderlo tan bien y sacarle tantos matices.
Además de Caterva, recomiendo La potra, más salvaje y violento que Anthony Burgess, La purga, donde se ofrecen múltiples y despiadas respuestas a la pregunta "¿Para qué coño sirve el arte?", y Los Ochoa, una serie de cuentos sobre una saga de pioneros vascos en la Pampa argentina. Si lográis pasar del primer capítulo de cualquiera de estos libros, ya no podréis sacudiros el embrujo Filloy. Al resto, os parecerá un coñazo inaguantable, y ni siquiera Filloy se molestaría en intentar convenceros de lo contrario. No seré yo más filloysta que Filloy.
ME PIERDO CON PERDIDOS

Domingo de resaca, y no de Eurovisión precisamente. Anuncian cuatro capítulos cuatro de Perdidos. Preparo una tortilla de patatas, acabo con las provisiones cerveciles en un vano intento por matar la resaca con más alcohol y realizamos ese acto misántropo y de odio supremo a la humanidad que consiste en despatarrarse en el sofá y engullir capítulos de la segunda temporada de Perdidos.
Conforme la tortilla iba menguando, crecían mis instintos asesinos. ¿Quién es el retorcido cabrón que diseña las tramas de la maldita serie de Robinsones? ¡Dios, qué dolor de cabeza! Ahora resulta que hay otro grupo de supervivientes del avión en la otra punta de la isla, que debe ser tan grande como Australia, porque tardan como siete semanas en atravesarla. Total, que en cuanto se encuentran con los protas habituales, se lían a guantazos con ellos y les secuestran en un zulo. Vamos, lo normal en una isla desierta: apenas tienes para comer, pero dedicas tu tiempo libre a construir celdas para encerrar a quien te encuentres. La seguridad, lo primero.
¿Y cuántos pasadizos tiene esa isla? Aquello tiene más hormigón que la costa valenciana. Yo sí que estoy perdido: todo el mundo, salvo el calvo al que llaman Locke, está de muy mala leche en esa isla; tienen más stress acumulado que en el departamento de sodomiting de Microsoft, y siempre están discutiendo y con unos dilemas morales que ni San Agustín. Tíos, relajaos un poco, que sois un pelín pesaos. Y, para colmo, al contrario de lo que ocurre en todas las pelis sobre islas desiertas que he visto, todavía no han montado ni una orgía. Espera... creo que tengo que ver alguna peli de islas desiertas que no sea porno.
No sé de qué va la serie, pero afortunados los que la palmaron en el accidente, porque no tienen que soportar la tortura de estar rodeados de tías y tíos buenísimos que no desmejoran con las calamidades, pero que no parecen estar muy por la labor de desfogar sus instintos primarios. Son los náufragos más metafísicos que he visto nunca. La filosofía es para gente con sofá y calefacción: vosotros dedicaos a sobrevivir y a intercambiar fluidos. Pero nada, pasan los episodios, y no pasa nada. Musiquitas como de mucha tensión, fotografía cuidadísima para presentar la selva con verdes densos y amenazantes, actores sobreactuados con caretos muy dramáticos y actrices sudorosas que transpiran ese erotismo blanco hollywoodiense tan frustrante. Pero no pasa nada. Es todo humo, como uno de esos pastelitos de hidrógeno líquido que no alimentan nada. Es exasperante. Si quisiera historias larguísimas en las que no hay acción leería a Javier Marías, pero a mí con las series me pasa lo mismo que a Fernando Fernán Gómez con el turrón en Moros y cristianos: "¡Qué marketing ni que ocho cuartos! Lo que tiene que tener el turrón es almendra, ¡al-men-dra!". Pues eso, guionistas de Perdidos, menos misticismos y más almendra.
FORGES Y LA HISTORIA

Vuelve la Historia de aquí. Por fin, tras muchas y cansinas peticiones -mira que somos pesaus los fans-, Forges se ha decidido a sacar La guerra incivil, un apéndice de la Historia de aquí que publicó en los años 80 con la que, viñeta a viñeta, fue contando la desquiciada historia de un país desquiciado que empezaba a ver lucecitas tras décadas de tinieblas.
Me encanta Forges. No soy nada original, porque, salvo a los amargados patológicos, a los terroristas de ultraderecha y a los notarios de León, a todo el mundo le gusta. En ese sentido, es como el Woody Allen o el Machado del humor gráfico. Es que es imposible no reirte ante sus blasillos, probablemente la creación comiquera española más popular. He conocido a gente que guardaba carpetas con miles de chistes suyos, que anualmente se recogen en los maravillosos Forgecedarios.
Ahora, Forges cumple una vieja promesa (iba a escribir "salda una vieja deuda", pero quienes estamos endeudados con él somos sus seguidores, pues nos ha dado muchos ratos de felicidad a cambio de nada) y cuenta, con sus palabras, la guerra incivil. Por falta de tiempo no he comprado todavía el nuevo tomo, pero he recordado los viejos, que contaban la historia de España desde la prehistoria hasta los albores del siglo XX. En esos tomos aclaraba enigmas que a todos nos han rondado: si el cardenal Cisneros tenía o no unas piernas estupendas o cómo las fenomenales partidas presupuestarias de cinco duretes impedían saber más sobre la misteriosa civilización de Tartessos.
De sus miles de chistes, me quedo con los de tema empresarial, como este de aquí, o ese otro en el que aparece un albañil en un andamio y un jerifalte asomado a la ventana le dice: "Vamos, no sea usted marxista, regáleme el bocadillo...". Sin olvidar aquel en el que un marciano trompetero habla con signos matemáticos a un señor con bigote que le responde muy serio: "No, perdone, porque ustedes los marxistas...". Y paro ya, que empiezo a recordar y no acabo en toda la noche. En cuanto tenga un rato, me compraré La guerra incivil y volveré a dar la brasa en el blog con mi forgesmanía.
(El ínclito Pablo Ferrer, siniestro íncubo que puede asaltarte cualquiera de estas noches en un bar de Zaragoza y seducirte a base de metafísica caribeño-rockera, escribió hace poco en el Muévete, en esa columna que a veces usurpo con alevosía, un sentido homenaje forgiano. Buscad el texto, porque yo no lo podría hacer mejor. El suplemento Muévete, de Heraldo, lo coordina Ana Usieto, que el otro día me dijo que quería ser citada en el blog, que se echaba en falta, que sin ella quedaba todo un poco soso. Pues nada, ahí estás, Usieto, por partida doble. Esto es como un programa de peticiones del oyente.)