Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2006.
Resumen
- 01/11/2006 03:05 - TANGOS, TIGRES Y SELVAS
- 03/11/2006 00:41 - LA IMBECILIDAD SATISFECHA
- 04/11/2006 11:39 - NO ME TOQUEN LOS PALOS
- 05/11/2006 17:38 - ARTE Y ARTESANÍA
- 06/11/2006 23:38 - ¡PAGUE UNA VAGINA Y LLÉVESE DOS!
- 07/11/2006 16:03 - ESTOS YANQUIS...
- 09/11/2006 16:18 - ME TIENEN HASTA LA GOYA
- 10/11/2006 21:28 - NOSTALGIA DE MAR
- 13/11/2006 01:15 - UNA ROAD MOVIE FAMILIAR
- 14/11/2006 00:46 - MESTIZAJE
- 17/11/2006 00:35 - SIN NOSTALGIAS
- 21/11/2006 18:33 - QUERIDO VIRUS
- 23/11/2006 11:57 - QUÉ MAMONES, DON FERNANDO
- 24/11/2006 21:01 - COSAS DEL TALENTO
- 26/11/2006 20:07 - LA REALIDAD Y EL DESEO
- 29/11/2006 19:51 - NO HAY ABUELOS EN LA ESCALERA
TANGOS, TIGRES Y SELVAS

Veo (re-veo) El último tango en París. Mientras la veo, pienso dos cosas. a) ¿Cómo es posible que con unos pocos fragmentos leídos por encima de Marx y de Freud un grupito de cineastas secuestrase intelectualmente a toda una generación? y b), mucho más importante: ¿se sentía amenazado el ombligo de Maria Schneider por el avance imparable de su Amazonia púbica? Qué bajos más tupidos, vive Dios. Para los que hemos crecido bajo el halo de Corporación Dermoestética, la pelambrera venusiana de Schneider (20 añitos, frente a los casi 50 de Brando) es de lo más escandalosa. La secuencia de la mantequilla es repostería para niños al lado de esa pesadilla de rasuradores.
Hipnotizado por tales visiones, me ha entrado curiosidad por saber qué fue de esta buena mujer, y resulta que no ha sido muy afortunada. En 1977 iba a trabajar en Ese oscuro objeto de deseo, de Buñuel, pero el de Calanda la despidió a los pocos días de empezar el rodaje y la sustituyó por Ángela Molina. Dudo que un aragonés recio reblase ante el pubis de la Schneider. En peores bosques habría lidiado don Luis, así que las razones del despido serían otras. Con Bertolucci tampoco le fueron bien las cosas. Le ha llamado "gangster" y "enemigo", y la chica debe de tenerle una inquina considerable. Así, despedida por unos y ninguneada por otros, se le fue pasando el arroz en producciones de tercera. Menos mal que la tele acudió en su rescate. En ella, y en el cine italiano, ha encontrado el medio para ganarse las lentejas todos estos años. Pero para la historia ha quedado como la chica a la que Marlon Brando embadurnó el culo de mantequilla. Una mantequilla barata, por cierto. No se ve la marca, pero se aprecia que no es Président, la más cremosa.
Entre sus apariciones televisivas se cuentan algunos episodios de Navarro (pronúnciese "navagó"), una serie que causaba furor en la Francia de los años 80 y 90 y que tiene el honor de ser la única producción europea de género policial que compitió sin rubor con sus primas yanquis. Creo que se sigue emitiendo. El comisario Navagó -cínico, agabardinado cual gamba, inteligente, moderadamente violento- es Roger Hanin, una institución audiovisual en Francia. De joven formó parte del plantel de muchas producciones de la Nouvelle Vague, incluyendo Al final de la escapada, y eso da caché. Pero luego, quizá por razones distintas a las de Maria Schneider, se desvió a producciones menores, también llamadas en la Europa de la época "coproducciones". De entre todas, destaca su interpretación de El Tigre (o Le Tigre), personaje protagonista de dos pelis de Claude Chabrol: El Tigre ama la carne fresca y El Tigre se perfuma con dinamita (sí, sí, como lo leen; eran tiempos más desinhibidos para los tituladores de películas). En las dos, El Tigre, ese agente secreto y especial, desbarata sin miramientos las perversas pretensiones de unos malos muy malotes. Como Navagó, Hanin bajó el pistón y cambió la geopolítica por el lumpen parisino. Todos lo agradecimos.
Y así, sin sentido ni teleología alguna, queridos amigos, hemos divagado desde las profundidades sofocantes del coño de Maria Schneider hasta el comisario Navagó, pasando por Buñuel y dejando caer algo de materialismo dialéctico y psicoanálisis. ¿Verdad que se pasa bien el rato sin hablar de nada en particular? Tened cuidado, pues El Tigre vigila escondido en el frondoso pubis de alguna actriz frustrada.
Foto: ¿hace falta decirlo? El último tango en París, furros.
LA IMBECILIDAD SATISFECHA

A David Trueba le ha tocado el turno en Carta blanca, el programa de La Dos que invita cada semana a un "bufandista" para que haga un poco lo que le venga en gana, con elegancia y tronío, a ser posible. Como David Trueba de televisión sabe un rato (que para eso firmó uno de los mayores monumentos catódicos patrios, de nombre El peor programa de la semana, con un impagable Wyoming dando el rostro), decide llevarse a Forges para tener una colegueo-entrevista. Forges es como una buena tortilla de patatas: siempre queda bien y sólo disgusta a los melindrosos y a los cursis. De entre la gran cantidad de frases que don Antonio Fraguas se ha llevado ensayadas de casa -pero ha dejado caer como si se le acabaran de ocurrir- me quedo con esta: "Hay gente a la que no deberían permitirle reír si no aprende antes a reírse de las tonterías que dice". Como si me precipitara hacia una muerte rápida, en ese momento han pasado ante mis ojos 648.303 ejemplos de personas que trato, conozco o padezco y que deberían aplicarse ese cuento.
No, no voy a hacer el chiste fácil. Os juro que no había pensado en Acebes ni en Ansar. Ni siquiera en Montilla (qué mal fario me da este charnego con pinta de ser el chivato de la clase, por cierto). No, pensaba más bien en esos predicadores de barra de bar, en esos tiranos domiciliarios, en esos racistas de baratillo con los que nos cruzamos cada día. Son nuestros vecinos, nuestros cuñados, nuestros jefes... ¡hasta nuestros padres, si me apuráis! Cuánta gente pequeñita y mezquina hay suelta, ¿verdad? En cuanto se levanta el sol con un mínimo de alegría, ellos brotan como setas buscando amargarnos la existencia. Cuánto malapata y cuánto ignorante.
"Ay, hija mía, cada día soporto menos la ignorancia", oí decir con voz de hartazgo infinito a la madre -profesora universitaria y escritora frustrada, para más señas- de una vieja amiga. Hay días que la entiendo. La ignorancia, cuando aparece en su forma satisfecha, que es la más común, primero irrita, y después, fatiga. Cansa mucho. Hoy -sí, precisamente hoy- estoy muy fatigado. Me gustaría que los culpables de mi fatiga se dieran por aludidos, pero los ignorantes sólo se sienten aludidos cuando no se les alude. Si no fuera así, ¿qué clase de ignorantes serían?
Los ignorantes son como los zombies: van a por tí y parecen fáciles de vencer, pero cuando les tumbas con un par de sopapos dialécticos, se vuelven a levantar, y se dirigen hacia tí como si no recordaran las dos leches argumentales que se acaban de tragar. Les vuelves a tumbar y ellos vuelven a por tí. Hasta que desistes y dejas que te coman el cerebro por puro abatimiento. Ganan por puntos. Dicho con el sabio vulgo: se acaba el camino y sigue el tonto. Cuando te cruzas con uno de ellos, lo mejor que puedes hacer es esquivarlo o sufrirlo en silencio como una hemorroides.
Yo considero el humor como la prueba irrefutable de que hay vida inteligente en un cuerpo humano. Es más necesario el humor que el oxígeno. Y aunque la tele nos quiera hacer creer que en la atmósfera sobra, lo cierto es que es un bien escaso. Muy escaso. Y no deberíamos permitir que cuatro bocazas malapatas se lo apropiasen. Así que deberían aprender de Forges o dejarnos en paz y no sofronizarnos ni en casa ni en el curro ni en el bar. Que bastante tenemos con lo que tenemos como para aguantar encima runrunes de imbéciles satisfechos.
Por cierto, para mí, el icono, faro, luz y guía de esos imbéciles satisfechos es Luis Aragonés. Tiene la arrogancia y la mala educación de los más nobles necios que han pisado este mundo. Me resulta muy desagradable su presencia. Me fatiga. Él y todos los que son como él.
Ya está, ya me he quedado a gusto. ¿Podemos hablar ahora de otras cosas? Gracias por leer.
NO ME TOQUEN LOS PALOS

Rodríguez Ibarra quiere recurrir dos aspectos del estatuto de autonomía andaluz, los que se refieren a la atribución exclusiva de competencias sobre el agua del Guadalquivir y sobre el flamenco. Ah, eso sí que no, por ahí sí que no pasamos, dice Ibarra como última faena antes de abandonar el ruedo. No al imperialismo andaluz, Extremadura también es el sur, etc. Lo del flamenco le escama especialmente al presidente extremeño, pues su comunidad también tiene una rica tradición musical en ese folclore. "¿Y si nosotros queremos organizar un congreso sobre flamenco, van a mandar a la Guardia Civil para impedirlo?", clama Ibarra.
Aunque estos rollos autonómicos me la suelen traer bastante al fresco, esta vez, estoy con Ibarra. Lo estoy desde este verano, cuando estuvimos en Cáceres, esa joya desconocida con más cigüeñas que humanos por habitantes. Cuando la noche da un poco de tregua a la canícula, las calles morunas de la ciudadela se iluminan a medias, y en cada esquina se puede ver un pequeño concierto de flamenco. No lo puedo evitar: la combinación de cantaor y tocaor, sin más añadidos, consigue emocionarme hasta extremos vergonzantes. Allí vi que Cáceres es una ciudad con tradición flamenca, con gente muy entendida en la materia que disfrutaba de lo lindo con esas íntimas fiestas nocturnas. Entiendo que no quieran que unos funcionarios sevillanos les digan qué palos hay que promover y tal o cual. Hay una norma no escrita en el flamenco que establece que los tocaores salen de Granada y los cantaores, de Cádiz. A Morente, al ser de Granada, ciudad de tocaores, le ha costado mucho ganarse el respeto de un mundillo dominado por cantaores de Cádiz. Imagínate que Andalucía eleva esta tradición a norma: a los cacereños se les acabaría el chollo y las numerosas escuelas de flamenco que hay en Extremadura tendrían que echar el cierre.
En lo tocante a cultura, las competencias y disposiciones adicionales me suelen escamar mucho. Sobre todo cuando tratan de definir realidades complejísimas y casi inaprehensibles. Toda definición es una reducción, un empobrecimiento que fulmina el matiz y acaba matando los sabores originales (ay, cuánto daño ha hecho la marca Alvalle al gazpacho, haciendo que sólo una de las miles de recetas que existen se imponga a las demás). Por eso, la labor de la administración debería ser la de proteger y atesorar sin andarse mucho por las ramas con taxonomías ni exclusiones.
En Aragón, y en el periódico donde echo las tardes, mi querido Mariano García, que se sienta espalda contra espalda mía en la redacción -lo que me permite contagiarme de parte de sus locuras musicales, que son muchas y variadas- está empezando una loable campaña en favor de la jota, para su modernización y "represtigización". En una columna publicada esta semana nos abronca un poco, aunque sea de buen rollo, por no hacer el debido caso a la máxima manifestación folclórica aragonesa. Dice que la despreciamos por asociarla al franquismo y a cierto baturrismo rancio que nos resulta insoportable a los aragoneses de hoy, incluidos todos los artistas, escritores, intelectuales y bufandistas varios. Nada más lejos, dice Mariano, que esa simplificación. ¿Qué culpa tendrá la jota de lo que el franquismo haya hecho o dejado de hacer con ella? Eso es confundir el rábano con las hojas, la jota es patrimonio de los aragoneses sin distinción, una expresión de cultura popular, etc. Y sí, es cierto, no le quito razón alguna y firmaré todos los manifiestos que redacte Mariano por que el Gobierno de Aragón cree un archivo fonográfico y lo que haga falta. Pero en una cosa se equivoca, al menos en mi caso: algunos no ignoramos la jota porque nos recuerde rancios fastos nacionalsindicalistas ni porque la Virgen del Pilar no quiera ser francesa. A algunos, aunque esté mal decirlo, simplemente, no nos gusta. Nos sofroniza per se. Y mira que mi abuelo, aragonés transterrado desde joven a Madrid, pero añorante siempre de su Zaragoza natal, tenía una buena colección de discos y gustaba de escucharla, pero ni por esas me ha entrado a mí el gusanillo. Y sospecho que a buena parte de la gente de mi edad le sucede lo mismo: nuestro desinterés es apolítico y puramente generacional.
Pero tengo los oídos abiertos, y estoy dispuesto a dejar que me descubran esa simpar expresión popular. Como me dijo hace poco el propio Mariano cuando le mostré mi escasa fascinación por la jota: "Joder, Del Molino, que no todo va a ser Lobo Antunes, hay que ver otras cosas también". Pues no sé si podré, pero haré un poder.
ARTE Y ARTESANÍA

Un día, las lentillas me estallarán en los ojos, porque veo cosas que me obligan a frotármelos tan fuerte, que se me harán añicos. Flipo con el morro que gastan algunos. Comienza el programa de televisión de Sergi Arola en Canal Cocina. El tío se planta más chulo que un ocho frente a la cámara y dice con media sonrisita: "La gente cree que los cocineros que nos dedicamos a la cocina creativa no sabemos hacer ni un caldo. Pues no es verdad". Y acto seguido, se pone a pelar verduras para demostrar cuán equivocado está el vulgo que atasca sus arterias en tascas inmundas. Trata a las verduras tan mal, las destroza con tan poca finura y compone un consomé tan poco apetecible (¡con salsa concentrada de carne en vez de carne de verdad!) que me dan ganas de apagar la tele. Pero sigo, porque mi masoquismo no conoce límites. Y lo que veo es a un cocinero bastante torpe, al que le cuesta pelar y picar cebollas, que no parece distinguir unos cuchillos de otros... Llego a la conclusión de que, a Arola, hace muchos años que las tareas "menores" de la cocina se las hace un pinche andrógino y anónimo, que puede que ni siquiera esté dado de alta en la Seguridad Social. Es alucinante: pretende demostrar que domina las técnicas pese a ser "creativo", pero sólo logra quedar en evidencia, dando la razón a sus críticos. Y de postre, se fuma un puro para celebrar su genialidad.
No me cabe duda de que tras la máscara de la vanguardia se esconde mucho incompetente, y que eso pasa en muchas disciplinas, pero alucino con que dejen al descubierto su fraude. Sin embargo, todo estudiante de arte sabe que Picasso se dejó los ojos y las manos aprendiendo las técnicas "tradicionales" de su oficio para poder transgredirlas después. Sería escandaloso que un escritor neovanguardista fuera incapaz de contar una historia con cierto orden, respetando canónicamente el plantemiento-nudo-desenlace, pero ya me espero cualquier cosa. ¿Sabrá Frank Gehry distinguir un muro maestro de un tabique? ¿Podrá Luis Antonio de Villena componer unos sonetillos a la manera antigua? ¿Julio Medem es capaz de encuadrar y montar los planos que componen una secuencia sencillita? Después de ver lo visto, uno duda ya de todo.
En fin, yo mismo he recibido originales de individuos que se creen sublimes estetas del verbo y he perdido tardes enteras sanando sus maltratadas sintaxis y refrescando las más elementales normas de puntuación. Al fin y al cabo, ¿para qué quieren conocer la gramática, si ya tienen pinches, como mi propia personita, que les salvan los muebles? Yo sólo conozco el terreno literario-periodístico, pero si el panorama es extrapolable al resto de las artes, me pensaré muy mucho entrar en celebrados edificios vanguardistas, no vaya a ser que su autor haya olvidado las reglas de la resistencia de los materiales y todo su genio se me venga encima. Javier Marías, cuya efigie no figurará precisamente junto a la de Nebrija, se hacía eco hace poco de las quejas de sus amigos correctores y traductores editoriales, que reciben unos textos que dan asco. Si a ellos se deben los escasos errores que encuentro en los libros que leo, chapeau, y les transmito mi solidaridad más profunda, pues la de corrector es una de las tareas más ingratas del mundo impreso, pero una de las más necesarias. Hay veces en que me cojo tal cabreo ante algunos monumentos literarios depositados en la bandeja de entrada de mi correo, que archivo el original con ánimo de venganza. Como alguna vez tenga un problema con este tipo, se lo voy a restregar por su satisfecha jeta de cemento, pienso. Menos mal que siempre olvido dónde archivo los papelotes.
El desprecio por la técnica, por el amor callado al oficio, y por el ciudado y el mimo es marca de fábrica del siglo XX. En parte, es una reacción natural que responde a una sana actitud punk, pero ha sido legitimada por una industria que lo quiere todo y lo quiere ya, lo que termina siendo un fermento propicio para el fraude y los aprovechados. Sólo espero seguir teniendo la suficiente intuición para descubrir entre líneas lo que merece la pena de lo que no es más que puro humo. Lo tengo jodido, ¿verdad? Para empezar, Sergi Arola se puede ir olvidando de mí en cualquiera de sus miles de restaurantes. Al menos, hasta que aprenda a hacer un caldo. He dicho.
¡PAGUE UNA VAGINA Y LLÉVESE DOS!

Revisando periódicos de hace 30 años para asuntos que no vienen a cuento, me encuentro esta joya en la página dos del Heraldo de Aragón del domingo 1 de mayo de 1977. Copio y pego el texto que acompaña las fotos:
DOS ALUMBRAMIENTOS EN POCO MÁS DE UN MES
FUENTE ÁLAMO (Murcia,). — Doña Antonia María Legaz, que dio a luz a una niña el pasado día dos, y espera otro alumbramiento para principios del presente mes. Como ya se ha informado, se trata de un caso extraordinario, pues la citada señora tiene un aparato genital duplicado, con dos matrices y dos vaginas. En la foto, arriba, la recién nacida, en una incubadora. Abajo, doña Antonia María, con otro de sus dos hijos anteriores.
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¿No será una estrategia murciana para colonizar el mundo, haciendo que sus mujeres paran de dos en dos? ¿Tiene algo que ver la endogamia secular de Fuente Álamo (famoso por sus qué me sé yo, probablemente adosados y de uno dos y tres dormitorios)? ¿En qué depravadas orgías participaba esta mujer bivaginal? ¿Tenía su marido análoga anomalía? ¿Cuál de las dos vaginas era la preferida del viril esposo? Son preguntas para Íker Jiménez. Para mí, lo extraordinario del caso es que el redactor de la noticia no parecía impresionado por el bivaginismo, y se limita a dejarlo caer al final, sin mencionarlo en el titular ni nada. Desde luego, estaban más curados de espanto que nosotros.
Rebusco y rebusco y sólo soy capaz de encontrar un antecedente: en Amanece, que no es poco, la mujer del médico da a luz mellizos a los cinco minutos del coito, y lo atribuye al descomunal placer sentido. ¡Cosas veredes!
ESTOS YANQUIS...

El próximo día 17 se estrena en España Borat, un falso documental que da una vuelta de tuerca al estilo Michael Moore. Según leo en El País, su autor, Sacha Baron Cohen, se hace pasar por Borat, un periodista kazajo ignorante, machista, racista, lerdo y entusiasta de George W. Bush que recorre Estados Unidos de punta a punta con el "encargo" de dar a conocer en su país las maravillas de la civilización norteamericana. En el viaje, pone en evidencia cuán cenutrios son los yanquis de una costa a la otra. Borat enseña un país de paletos que creen que en Europa oriental viven en la Edad Media, llenos de prejuicios racistas, con pueblos donde los cow boys confiesan que quemarían a los homosexuales, etcétera, etcétera, etcétera. Hasta aquí, bien. Todo retrato paródico de una realidad mostrenca que, encima, se haga con sentido del humor, lo disfruto. Probablemente, gozaré y me indignaré por igual cuando vea la peli, pero, al igual que me sucede con Michael Moore, la demagogia europeizante me provocará cierta repulsión.
Producciones como esta sirven en Europa para que nos acomodemos en nuestra superioridad moral e intelectual. Pobres yanquis, pensamos, menos mal que vivimos en una tranquila, progresista y tolerante ciudad europea, menos mal que no somos unos imperialistas repugnantes como ellos. ¿No lo somos? Muy al contrario: producciones como la de Borat confirman una capacidad de autocrítica y autoparodia que apenas percibo en el viejo continente. Si no se producen películas como esta en Francia, en Alemania o en la misma España no es porque no exista una realidad tan mostrenca o más, sino porque una industria hipersubvencionada rara vez se atreve a morder la mano de la sociedad y el Estado que la alimenta.
Estoy convencido de que un Borat recorriendo España de Barcelona a Huelva podría ser tan terrorífico como el estadounidense. ¿Saldría el gracioso reportero ileso de unas cuantas bromas sobre moritos en una plaza de El Ejido? ¿Qué pasaría si entrara con ganas de guasa españolista en una herriko taberna? ¿Y si pidiera a los parroquianos de un bar de Quintanilla de Onésimo su opinión sobre la homosexualidad? ¿Y si visitara la fiesta de Manganeses de la Polvorosa en la que se arroja una cabra desde un campanario? ¿Sería capaz alguien de pasearse con el pelo largo y una camiseta del Che Guevara un 20 de noviembre por la Plaza de Oriente de Madrid?
¿Cómo? ¿Que me voy a los extremos? No, estoy cogiendo el equivalente hispano de los rodeos y de los poblachos de mala muerte llenos de cow boys homófobos y Homer Simpsons republicanos. Pero la cosa no sería distinta en Francia, donde un partido racista que deja pequeña cualquier exageración pueblerina estuvo a punto de llegar a la presidencia de la República no hace nada y cuyo porcentaje de votos jamás baja del 10 por ciento. Venga, acérquese y pregunte al encargado de cualquier tasca marsellesa en qué pino prefiere colgar a los argelinos. Cuando terminen de empaparse de la grandeur que impera en la campiña gala, hagan un viaje por la pintoresca Italia, y después prueben a recopilar los chistes denigrantes que en Alemania occidental circulan sobre los muertos de hambre de Alemania oriental. Y, si no quedan satisfechos, paséense por las calles de Viena acompañados por alguien de piel morena y pelo rizado (la chilaba es opcional) y pidan mesa en un restaurante fino, verán qué risa.
En fin, que el documental podría hacerse en cualquier país de Occidente con parecidos resultados. Lo que me jode de la demagogia instaurada por Moore es que se cultiva a mayor gloria de una Europa tan palurda o más que los Estados Unidos, pero que se cree, mirándose su minúsculo ombligo, depositaria de todo el saber y el cosmopolitismo del universo. La diferencia entre ellos y nosotros no radica en nuestros distintos niveles de estulticia, ignorancia y oscurantismo, sino en que ellos tienen un grupo de gente que sabe trascender el reconfortante y calentito nacionalismo, mientras que los de aquí se aferran a la hogareña subvención, ya sea autonómica, estatal o europea.
ME TIENEN HASTA LA GOYA

Hora y media en una incómoda silla de plástico he esperado esta mañana en mi consultorio para ser atendido por mi señora médico. Total, tan sólo para que me aprobara una cita con un especialista, que seguramente me darán para dentro de seis o doce meses y tal y cual. Por eso, hoy me siento con derecho a ser un poco demagogo. Heraldo publica hoy que la DGA ha comprado un Goya por 12 millonazos de euros. El día anterior, los médicos denunciaban que faltan más de cien plazas en Aragón para dar un servicio digno, dato corroborado por la saturación de mi centro de salud, y mañana, viernes, muchos facultativos se pondrán en huelga para reclamar diez minutos de atención a cada paciente. En fin, ya sé que es mezclar churras con merinas, pero hoy me siento mestizo: ¿no estarían mejor aprovechados esos 12 millonazos en ampliar plantillas y horarios de los sufridos centros de salud aragoneses? O incluso para contratar a más especialistas y que mi cita no se retrase seis meses que pueden agravar mi mal. ¿Un trozo de tela pintada importa más que el bienestar de los aragoneses? ¿Con qué cara nos dirá el vicepresidente aragonés Biel que no hay recursos para atender las demandas sanitarias?
Recomiendo vivamente la película El tren, de John Frankenheimer -ya reseñada en anteriores jaranas de este garito-, donde este dilema lleno de sutilezas se plantea con elegancia estremecedora. ¿Debe sacrificar una familia la alimentación de sus hijos para tener un Goya en el salón, por ejemplo? En fin, ahí lo dejo caer, aun a riesgo de ser calificado de culturicida, palurdo e insensible.
Al margen de esto, esta mañana, en la sala de espera, me ha dado tiempo de leer la prensa, anuncios clasificados incluidos, de terminarme un librito de un poeta polaco que llevaba a medias y de observar con detenimiento a la fauna circundante. Algunas escenas propias de un documental de National Geographic o de un salón de plenos de Marbella o Telde:
-La depredadora que engatusa con piel de cordero, gritando indignada por la tardanza, mostrando su más plena solidaridad con la aterida manada, para colarse después por una rendija y saltarse cuatro turnos en la cola mientras los cervatillos miramos la puerta estupefactos.
-El elefante marino entrado en años y en kilos, con acento del sur raro en estas frías tierras septentrionales, que se pavonea de un lado a otro, buscando enemistarse con otros machos para llamar la atención de una hembra reumática que responde al nombre de señá Benina y que exhibe la más cruel de las indiferencias ante las evoluciones del macho.
-El patito feo o hijo desgraciado que acompaña a su madre en ese difícil trance buscando así ganarse un amor mil veces negado, pero que sólo consigue ser arrojado desdeñosamente a un rincón con la frase: "Tu hermana sí que es maja y lista, no como tú".
-Por último, he constatado una plaga mucho más dañina y peligrosa que la del mejillón cebra: las de las señoras-reloj. Habitan las salas de espera de todo tipo de consultorios y se caracterizan por gritar cada minuto: "Hay que ver, qué horas, y yo llevo aquí desde las nueve". Al cabo de un rato, descubres que la señora tenía cita para las diez y media. ¿Por qué, entonces, llevaba allí desde las nueve? Elemental, querido idiota: para cumplir su objetivo biológico, que no es otro que el de joder la marrana a todo ser vivo que se cruce en su camino.
Y así hemos pasado la mañana, oiga.
NOSTALGIA DE MAR
En un capítulo de Los Simpsons aparece un flash back en el que Homer está viendo las pruebas de natación de las olimpiadas de Los Ángeles 84, en las que un locutor dice: "Y mientras las, ejem, 'mujeres' de Alemania Oriental se preparan...". Por supuesto, las americanas ganan de calle, mientras el resto de competidoras chapotea ridículamente tratando de no ahogarse. El locutor sigue: "Conviene aclarar que muchas de estas nadadoras proceden de países donde no hay piscinas".
Me he acordado de este chiste simpsonero cuando he leído en El Mundo que Austria anuncia la disolución de su Marina de Guerra. Es una decisión lógica si se tiene en cuenta que el país no tiene salida al mar desde 1918. Les ha costado 88 años dar el paso y asumir su realidad de secano. Es entrañable y turbio al tiempo. Como esos reyes y aristócratas derrocados por justicieras repúblicas que, pese a vivir con estrecheces en exilios decadentes, no renuncian -es más, lo exigen- al trato de majestad o alteza. Es cierto que la Marina de Guerra austriaca funcionaba por el proceloso Danubio (al que Julio Verne dedicó una de sus aventureras novelas, una de las favoritas de mi infancia, que me hacía imaginarme el Danubio como un Amazonas gélido con las orillas llenas de hierros oxidados en lugar de vegetación), y era un resabio de la Guerra Fría. Pero eso no le quita encanto a la noticia.
La temible Marina de Guerra de Austria se componía de dos lanchas patrulleras fluviales y 50 soldados. Vamos, que hay puestos de socorro de la Cruz Roja mejor dotados. Su fin significa que los austríacos han perdido definitivamente la inocencia. Son realistas, saben que no van a conseguir el mar y deben dejar de soñar con él.
Aragón, por ejemplo, todavía no ha alcanzado esas cotas de realismo. El viejo reino perdió su anhelo de tener mar en el siglo XIII, cuando Jaime I creó el Reino de Valencia, conquistado por aragoneses que querían anexionarlo a su territorio. Han pasado casi setecientos años desde entonces y Aragón todavía sufre una incurable e infantil nostalgia marinera, absolutamente injustificable, pero encantadora. Lo confirmé hace poco, cuando en Heraldo Domingo coordinamos una serie de reportajes sobre navegación fluvial en la Comunidad. ¿Cómo se explica, si no, que el embalse de Caspe reciba el nombre de Mar de Aragón? ¿Cómo se explican si no esas ganas por crear playas y taludes en el Ebro? Hasta el poeta Javier Delgado tituló su más conocido poemario Zaragoza marina. No, Aragón no se sacude esa nostalgia. A Aragón le gustaría tener todavía cuarteles de almogávares y un Museo Naval en el paseo de la Independencia. Los aragoneses, a diferencia de los austriacos, no habrían renunciado tan fácilmente a su Marina de Guerra. Pero ya se sabe que los del sur somos más pasionales y los del norte tiran más a lo útil.
UNA ROAD MOVIE FAMILIAR

No sé dónde he leído recientemente -quizá en el dorso de una caja de cereales o en el Calendario Zaragozano- que la originalidad del narrador no consiste en contar lo que nunca se ha contado, sino en contar lo que se ha contado un millón de veces, pero haciendo que parezca que se cuenta por primera vez. Si esto es cierto, y no soy yo quien para dudar de las frases con vocación de proverbio, Pequeña Miss Sunshine es un pequeño rayo de originalidad en el mundo plúmbeo, vacuo y pagado de sí mismo que nos desayunamos cada mañana.
Los directores de Pequeña Miss Sunshine han rodado una road movie como si nadie hubiera rodado una antes. Se burlan del cinéfilo acostumbrado a sacar referencias, antecedentes y guiños y logran centrarle en las vidas de sus seis protagonistas minimizando (dios, cómo odio ese palabro) los recursos retóricos al máximo. Una sobriedad y contención meritorias y sorprendentes, viniendo de dos directores (Johnatan Dayton y Valerie Faris, casados y residentes en algún lugar de EE UU) que se han forjado en el mundo del videoclip y de la publicidad. Llámenme prejuicioso, pero con ese currículum, uno iba predispuesto a ser mareado y vapuleado con luces estroboscópicas y samplers de Jamiroquai. Y, oh, sorpresa: me he encontrado con una linda y atípica road movie con tono de comedia y final feliz.
En las road movies, el personaje huye o va al encuentro de algo sumamente trascendente. Aquí se trata de llegar a tiempo a un concurso de belleza infantil (no, no temáis, podéis seguir leyendo, que no pienso destriparla). En las road movies, los personajes son outsiders o tienden a salirse del marco social, abocados por una situación límite o por un conflicto que les supera. Aquí es la vida misma la que resulta inasumible para una familia de clase media que no ha cometido crimen alguno ni oculta ningún horrible secreto sentimental. En las road movies, el paisaje de la cuneta tiende a parasitar la acción. Aquí, sólo la decora. En las road movies, el viaje es iniciático y revelador, trasunto del viaje interior, que es el que verdaderamente importa. Bueno, aquí sí que se parece a las road movies convencionales.
Id a ver Pequeña Miss Sunshine. Podría decir muchas cosas de ella, pero la más importante es que, con toda seguridad, os va a provocar algo. Algo agridulce. Algo bueno. Es de lo mejorcito que he visto en los últimos años.
MESTIZAJE

Lo siento, no puedo aguantarme más. ¿Pero qué le ha hecho la música a Emilio Aragón? Hay tipos que no conocen la vergüenza. Bach to Cuba es el título del disco con el que Milikito le da un aire afrocaribeño al insigne barroco. Ojalá que lluevan claves bien templados en el campo. Y se fuma un puro (habano, supongo). El Aragón ya se ha convertido en el más aventajado discípulo de Luis Cobos.
¿Es que todo lo tiene que tocar este hombre? Deberían atarle las manos a la espalda y decirle que hay cosas con las que no se puede jugar. Niño malo. Bach, no, Milikito, eso es para mayores. Tú puedes jugar con tus teleseries, que las tienes abandonadillas. ¿Ya no te ajuntas con tus amiguitos de Médico de familia? ¿No te apetece hacer un pequeño papel en Los Serrano? ¿El primo músico de Antonio Resines, quizá? ¿Dirigir una cadena no es suficiente emoción para tí? ¿Qué te hemos hecho, por dios?
Bach to Cuba. Qué tío. Qué visionario, qué maestro del mestizaje. Hasta el título denota una originalidad y una inquietud fuera de toda medida, inalcancable para el común de los mortales, que apenas podemos seguir su estela en el horizonte.
Lo de este hombre es un no parar. ¿Qué será lo siguiente? Le propongo algunos estimulantes proyectos, para que no se agoste su descomunal talento:
El lago de los chismes
Beethoven ya no vive solo
Conductor DeBUSsy autocar (clásicos para excursiones escolares)
Falla in Valencia
Mahlerficio
Qué güenas que están las Mozarts del pueblo (de verbena con Amadeus)
Mirada Stravinsky
Strauss quietus (música contra la hiperactividad)
Ya salió el Liszto (clásicos para estimular a niños superdotados)
SIN NOSTALGIAS

Hoy he hecho dos cosas que hacía tiempo que no hacía: me he comprado El Jueves y he estado en Madrid. Lo malo es que he ido por motivos de trabajo, pero he encontrado un hueco para comer y tomar una cervecita con una queridísima, flamante y maravillosa amiga a la que tenía un pelín abandonada. Así que ha sido un día revival.
Llevaba tanto tiempo sin leer El Jueves que me he quedado muy sorprendido al ver que La Parejita (genial cómic de Manel Fontdevila) ha tenido un hijo, de nombre Óscar. Hay que ver: cuando los seguía regularmente, ni siquiera tenían afianzado su compromiso, y ahora están criando a un hijo y todo. Me he sentido fatal por haberme perdido el embarazo y el alumbramiento. Les debo algún regalo por el chaval. También Tato (genial cómic de Monteys, inseparable amigo creativo de Fontdevila) se ha echado novia y ya no lleva el lema "con moto y sin contrato" que acompañaba su cabecera tiempo atrás. Los personajes de cómic sientan la cabeza. En el caso de Tato me da un poco de pena, porque tener una pareja le distancia de su padre espiritual, que es el Tato de Chicha, Tato y Clodoveo, de profesión, sin empleo, que Ibáñez dibujó para el semanario Guay!, mito de mi infancia, cuya colección casi entera debe estar en algún lugar del trastero de mi madre. Al menos, he podido comprobar que uno de los viejos personajes no ha cambiado nada: Baldomero, madurito, feo y sin dinero. Sigue cuarentón, sigue viviendo con sus padres, sigue sin encontrar novia y ningún editor le publica su fantástica novela.
En Madrid llovía, y Madrid se pone insoportable cuando llueve. Después del chaparrón, la ciudad parece calmarse y da gusto pasear por ella, pero mientras cae agua, Madrid es odioso. Quizá por eso, esta vez, no he sentido la insufrible sensación que me domina el esófago siempre que voy. La última vez fue este verano, y necesito un par de paseos para sacudírmela del cuerpo. Según me han dicho, se llama "nostalgia" o "morriña", pero yo no entiendo de tecnicismos. Lo único que sé es que había llegado a hacerse tan previsible que se iba anunciando a la altura de Guadalajara. Pero esta vez, quizá porque iba con prisas o más concentrado en el curro, no he sentido nada. Ni flus ni flas. Como cuando te cruzas con un viejo amor que te dejó al borde del suicidio y que ahora sólo alcanza a despertar una educada indiferencia.
Me preocupa no sentir. Yo reivindico la nostalgia y los dioses del lar. Quiero que los lugares que han significado algo en mis avatares me devuelvan el eco de mi presencia pasada en forma de nostalgia. No quiero pasear indiferente por las calles. No quiero que el paisaje se convierta en decorado. Pero parece que llevo camino de perder mi capacidad nostálgica. Quiero pensar que la he trasvasado a las personas, porque el reencuentro con mi amiga sí que me ha emocionado (joder, no soy de piedra). Quizá me he vuelto humanista. Quizá me importan una mierda los sitios y ya, por fin, sólo me preocupan las personas que los habitan.
Pues que no dejen de habitarlos, porque si lo hacen, perderán todo su sentido para mí.
QUERIDO VIRUS
Qué jodida es la fiebre. A veces, se parece a la resaca, pero la mayor parte de las veces no se parece en nada. Un maldito virus, cuyo nombre no recuerdo, me la ha disparado y me ha dejado noqueado. Sólo ahora, a base de dopping intenso, parece que remonto mínimamente el vuelo y soy capaz de dejar el sofá unos minutos para escribir unas líneas insustanciales y febriles. Para mi desgracia, en la tele sólo echan series de médicos y hospitales, y en mi escritorio tengo las Reflexiones sobre la violencia, de Sorel, una lectura poco recomendable para mi estado. Bueno, en realidad, cualquier lectura es poco recomendable para mi estado. Me bailan las letras y me asomo por ellas al delirio. Incapaz hasta hoy de abrir el ordenador, puedo proclamar a viva voz que estoy hecho una braga. Pero una braga sucia.
La médico que ha venido a visitarme esta mañana, una señora latinoamericana de acento ilocalizable a la que le han asignado el marrón de las visitas domiciliarias, era alucinante. Me ha recomendado unas técnicas que, por supuesto, no he seguido, como tomar una ducha de agua fría. Luego, tras decirme que tengo la garganta hecha un asco, me conmina a beber dos litros de suero en dos horas. Han pasado unas siete y todavía no he acabado con el primero, y poniéndole mucha voluntad. Vamos a ver, señora mía: si tengo la garganta hecha un cisco, ¿cómo pretende que trasiegue esa bestialidad? Si no mejoro, no pienso hacerme responsable. Para terminar, me invita a dilapidar lejía por mi wc, puesto que mi virus, de nombre poco mnemotécnico, es altamente contagioso. A buenas horas. Puedo haber infestado (¿infestado o infectado? El otro día tuvimos un debate en la redacción sobre este dilema, pero no recuerdo las conclusiones) a Zaragoza entera ya.
Así que eso. No quería contar nada. Tomad este post como un artículo de prueba. Para ver si no he olvidado la gramática y sigo siendo capaz de hilvanar frases con cierto sentido. Pero me voy ya al sofá, que el esfuerzo me está dejando baldado. Qué pena doy, de verdad.
QUÉ MAMONES, DON FERNANDO

Hoy, sin la fiebre de días pasados -y también con un par de kilos menos por el ayuno-, creo reconocer la naturaleza de mi virus: era el espíritu del difunto Fernando Lázaro Carreter, que me poseyó en forma de organismo biológico maligno para que yo, en mis delirios febriles, ejerciera de médium y prosiguiera su inacabado Dardo en la palabra. Como en circunstancias sanas suelo meterme bastante con las neologizaciones por decreto y con otras panhispanadas de la RAE, sólo puedo atribuir mi súbito interés por el uso y disfrute académico de la lengua a un virus, a un espíritu o a una lesión cerebral.
Dos cosas me han sacado de quicio esta semana cuya única actividad ha consistido en ver la tele -y en otras cosas de mal gusto propias de un enfermo que no voy a relatar, claro está-, y las apunto aquí a mayor honra de esos filólogos con telarañas que denuncian a la prensa con sus dedos artríticos.
Informativo de Cuatro de uno de estos días. Empiezan con Deportes, haya pasado lo que haya pasado en el resto del mundo, pero bueno, it's their choice. No me interesa, pero no alcanzo el mando, así que les doy una oportunidad, y veo cómo Manu Carreño, que parece hacer oposiciones para yerno perfecto de España, y Manolo Lama, a quien no le saco parecidos, se enzarzan en una charla "informal", supongo que sucintamente apuntada en el guión. Lo de la imporvisación está bien cuando quienes improvisan son Orson Welles o Woody Allen, pero Carreño y Lama, al no tener papelito que leer, rebajan su charla a un nivel tabernario que llega a dar miedo. Enseguida empiezan a oírse expresiones como "joder" o "fíjense en este tío". Pero lo que más hirió mis oídos de señorita de internado británico fue cuando comentaban unas imágenes de la NBA y Carreño exclamó, ante una brillante jugada: "¡Qué mamones!". Creo que me subió la fiebre unas décimas. Me quedó claro que ambos se habían ganado sus bien retribuidos contratos por su simpar despliegue expresivo, lleno de matices que alcanzan a describir las más recónditas sutilezas del mundo del deporte, desvelando su inaprehensible hálito.
Pues no, señores. "¡Qué mamones!" no es una frase para un informativo, troncos. No es que yo sea especialmente conservador ni nada de eso, pero creo que el registro tabernario está bien en la taberna con los amigotes. Lo que un espectador espera de un periodista es una capacidad descriptiva y analítica algo más refinada que la de mi primo Josete. Porque si no es así, supriman los comentarios y dejen que cada cual pongamos los "joder" y los "coño" a las espectaculares imágenes que nos pasan por los morros. De acuerdo que los protocolos lingüísticos de los medios audiovisuales han sido siempre muy rígidos y solían sonar falsos e impostados, llegando al ridículo de obligar a los no-castellanos a "castellanizar" su acento. Pero ni tanto ni tan calvo. Una cosa es que ya no se vaya con frac y otra muy distinta es que se paseen en gayumbos y rascándose los huevos en público. El coloquialismo no tiene por qué ser empobrecedor ni soez, pero sí lo es cuando el redactor sólo domina ese registro y se le escapan los niveles cultos. Pero vamos, qué sabré yo de tan elevados asuntos decididos por ejecutivos con masters del universo por la univeridad de Illinois del Centro, aunque probablemente no hayan redactado una noticia en su vida.
El otro asunto que le preocupa al espíritu virulento de don Fernando Lázaro Carreter es la plaga del "y es que". No sé si os habéis fijado, pero domina prensa, radio y televisión. En los textos que yo edito, salvo si son colaboraciones literarias de autor (donde, de momento, no aparecen, pero no descarto su contagio), suelo podarlo, pero como editar todo lo que se publica en España me dejaría agotado, el "y es que" sigue publicándose una media de novecientos millones de veces al día. Yo lo escucho a todas horas, y me irrita mogollón. Es una moda contagiosa que afecta a quienes carecen de imaginación -que, en términos literarios, actúa como los anticuerpos en la medicina: quien no la tiene, se infecta de la basurilla que circula por ahí-. Suele aparecer en frases tan absurdas como: "Los niños comieron filetes. Y es que, a estos niños, les gusta mucho la carne". O "El grupo parlamentario X presentó una moción de censura. Y es que, el partido X llevaba tiempo queriendo derribar al actual gobierno". Es decir: se usa como expresión de transición, pero no "transiciona" a nada. No es una conjunción, no significa nada, no aporta nada. Ni confirma, ni matiza, ni contradice. Es basurilla del discurso, una basurilla que le debe sonar elegante a quien la escribe, pero sólo remacha obviedades: si los niños comen filetes, es obvio que les gusta la carne; si el grupo presenta una moción de censura, es obvio que quiere derribar ese gobierno. Es una forma de repertir una idea dos veces sin que lo parezca y rellenar un poco más de espacio inútil. Luego se quejarán de que no tienen sitio para contar historias, y cuando lo tienen, lo llenan de aire. Odio el "y es que". Es una plaga que se me ha metido en el tuétano.
En fin, yo sólo espero que mi médico me firme el papelito para volver mañana al curro y poner en práctica estas sesudas reflexiones provocadas por la fiebre. Aunque, si lee esto, igual me da una semana más de baja. Para que me calme.
COSAS DEL TALENTO

Me llama un amigo para comunicarme que le acaban de dar un importante premio en Madrid. Como todavía no hay notificación oficial, me pide que no lo divulgue (en cuanto la haya, lo gritaré bien fuerte, claro), pero el alegrón que me ha dado no me lo quita nadie, en unos días que, en lo personal, han sido prolijos en pésimas noticias. Así que el reconocimiento a mi amigo, que todavía no se lo cree, es doblemente celebrado.
Para él han sido muchos años de discreto trabajo, de madrugadas disciplinadas que nunca se veían recompensadas. Sólo tres o cuatro buenos pares de ojos le han seguido con cariño a las duras y a las maduras, desde el comienzo, y se han acordado de él cuando ha querido tirar la toalla, reclamando su consejo y reconociendo lo mucho que le deben. Ha visto desfilar delante de él a una caterva interminable de mediocres, paniaguados, pelotas, analfabetos funcionales, equilibristas de la subvención y corruptos satisfechos. Y él, en lugar de amargarse, ha seguido trabajando, acumulando un acervo autodidacta impresionante, dominando su parcela y sorteando los mil baches cotidianos que la vida te planta cada día. En los últimos tiempos, en que por unas circunstancias en las que yo tuve algo que ver ha adquirido algo de notoriedad e influencia, la caterva que antes pasó sobre él, ahora le palmea la espalda y le atrae a su redil. Y por las mismas razones por las que antes le ignoraban, claro. Pero mi amigo no entiende de rencores ni de vanidades. Tiene demasiado trabajo como para perderse en minucias y ni siquiera repara en ellas. Soy yo, más sensible al agravio -sobre todo si el agraviado es amigo; si se me agravia a mí, me la suele sudar bastante-, quien se lo afea.
Cuando me ha llamado, he pensado en la modestia y en la percepción que tenemos de nosotros mismos. No fue él quien se presentó al premio, lo hizo otro amigo, porque él estaba convencido de que no lo iba a ganar. Pero convencido de veras, no por modestia. Es absolutamente inconsciente de su propio talento, y cree que los demás lo exageramos. Pero no es así. Le falta "automarketing" o algo parecido. Le falta creerse que puede. Y pienso en la cantidad de gente silenciosa y callada que habrá por el mundo, como él. Gente que pasará inadvertida porque no tiene un amigo que envíe su original a ningún sitio. Gente, quizás, amargada, con verdadero sentimiento de agravio, encerrada en covachas urbanas, ensayando la tópica estampa del fracaso. Del looser, esa figura que fascina a los norteamericanos. Pues ya no es así para él. Y yo respiro satisfecho.
Precisamente ayer vi un trailer de un nuevo programa de TVE presentado por... la Terremoto de Alcorcón, un engendro que por lo visto hace mucha gracia, pero que a mí me parece el colmo de lo simple (no seré cool ni modelno, oigan). La Terremoto, el enésimo ejemplo de lo diametralmente opuesto a lo que mi amigo representa, viviendo a tutiplén por cuenta de los presupuestos generales del Estado. Despiden a 4.000 profesionales (por mucho que la mayoría estuvieran en sus mesas tocándose a dos manos sus dilatados genitales) y, acto seguido, contratan a la Terremoto. ¡Eso es gestión y lo demás, tonterías! ¿Para qué salir a buscar talentos como mi amigo? ¿Para qué esforzarse, si la Terremoto gusta a grandes, pequeños y medianos? Pues nada, que la Terremoto disfrute con salud las peinetas que le va a costear el sufrido contribuyente.
En fin, para qué seguir haciendo demagogia barata, si yo estaba contento con la noticia y sólo quería compartir mi alegría. Me cuesta mucho morderme la lengua y no dar su nombre y el título de su fantástica obra premiada (que no es exactamente literaria; al menos, no estrictamente), pero la voy a mantener mordida.
foto: sí, es ella. Y sus fans son miles y miles. Cuando a este país le da por algo, mira que es pesaíto.
LA REALIDAD Y EL DESEO

Mañana nos vamos de viaje (sí, estoy de vacaciones, ¿qué pasa?), un viaje que ha pasado por muchos avatares desde que empezamos a pensarlo, hace ya unos meses. Digamos que era un proyecto de gran ingeniería y se ha quedado en un pequeño artilugio. Las circunstancias incontrolables, que pesan un montón. En realidad, ya habíamos planeado irnos a Marruecos y Mauritania hace un año, pero asuntos imprevistos nos obligaron a obviar por el momento destinos donde resulta fácil contraer infecciones. Primero, miramos San Francisco y alrededores, pero pronto cambiamos a La Habana. Quiero verla antes de que muera Fidel y abran un Starbucks en el Malecón. En esas estábamos cuando unos amigos nos propusieron poner nuestros ojos en Viena y Praga, en plan road movie centroeuropea invernal. Seducidos nos hallábamos, pero no nos resignábamos a dejar de mirar a las Américas, así que otra idea se impuso: de Miami a Nueva Orleans en coche, por todo el Caribe estadounidense. El horizonte parecía despejado y, sinceramente, yo ya me veía paseando por Bourbon Street, pero una serie de catastróficas desdichas nos obligaron a paralizar cualquier tipo de preparativo. Llegamos a suspenderlo todo, no íbamos a movernos de Zaragoza. Finalmente, París se alzó en el horizonte como un destino apetecible para pasar una semana agradable. Y estuvo muy presente hasta ayer mismo, en que quedó abortado. Tímidamente asomó un escarceo en coche por Burdeos, La Rochelle y alrededores, pero la opción finalmente elegida no tiene nada que ver: nos vamos a Asturias, queridos. Lo hemos decidido hace unas horas, carretera y manta. Y sidra, mucha sidra. A base de fabes voy a recuperar los kilos que he perdido con mi reciente enfermedad.
Repasando todo esto, he podido medir el abismo que separa la realidad del deseo. Uno planifica y planifica, y no le sirve de nada. Mi experiencia con la novela que estoy terminando estos días (y a la que pondré punto final antes de fin de año, si no pillo otro virus) es similar: cualquier parecido con lo que me propuse y el resultado que ya tengo al alcance de los dedos es pura coincidencia. El que en mi plan inicial era un personaje secundario ha acabado siendo protagonista; varios personajes han desaparecido y otros se han fundido en uno solo. Las terceras personas se han convertido en primeras, y las primeras, en terceras. Al final, ha habido mucho menos sexo del previsto (como en la vida real), y he tenido que sacar del armario las tijeras grandes de podar para que la maleza narrativa no se me apoderase. Vamos, que no tiene nada que ver el libro que finiquito con el que empecé. Pero nada.
Yo llevo bien eso de adaptarme a las circunstancias, pero sé que a muchos les frustra. El director Michael Haneke (Caché, La pianista...), por ejemplo, tiene muy claros los guiones que quiere escribir y las películas que quiere rodar. Cambia lo imprescindible y exige a todo su equipo que se doblegue a sus ideas. Los actores con más ego, como Juliette Binoche, le reprochan ese exceso de control, puesto que asfixia su interpretación, no dejándoles espacio para construir su personaje según ellos lo entienden. Para Haneke, eso son contratiempos que le alejan del resultado magistral que persigue desde que comienza a escribir el guión. No se adapta, no deja que las cosas fluyan. Es un moderno Miguel Ángel, que tira a la basura la pieza de mármol en cuanto encuentra en ella una impureza.
Son actitudes paralizantes. Si somos incapaces de vivir con nuestras frustraciones, nunca haremos nada, o siempre viviremos malhumorados. Yo podría haber tirado a la basura mi novela (y he estado a punto de hacerlo muchas veces) cuando empecé a percibir que mi escritura se alejaba peligrosamente del proyecto que tenía en la cabeza, pero decidí seguir por ese camino, explorar, ver qué pasaba con los personajes, que parecían tener sus propias necesidades e impulsos, ajenos a los míos. Y no me arrepiento. Creo que hay que adaptarse al camino en cualquier faceta de la vida. Pero adaptarse, no someterse, que es muy distinto.
Tengo un amigo que era como Haneke. Desarrollaba esquemas detallados, planificaba cada escena, medía cada diálogo (de lo que escribía, no de los de su vida). En su día a día, eso se traducía en un orden espartano y en un gusto por el método y la autodisciplina que nunca he compartido. Pero la vida fue enseñándole a ser más flexible. Una serie de circunstancias le obligaron a improvisar respuestas que no estaban en ningún libro ni en ningún esquema, y aprendió el goce de la espontaneidad. Hoy es mucho más agradable, hoy se ríe más, hoy es más divertido emborracharse con él, y lo que escribe brilla con mucha más fuerza.
Hay que sobreponerse a la frustración y gozar. Carpe diem, ¿no? Me voy a aplicar mis consejos. Estos días, el blog no se actualizará mucho. Todo dependerá de lo desarrolladas que estén las redes wifi en el Principado y de las ganas que me queden de escribir después de las fabes con almejas y de las botellas de sidra. En todo caso, seguiremos en contacto. ¡Salud!
Foto: Michael Haneke.
NO HAY ABUELOS EN LA ESCALERA

Nunca había reparado en ello, pero desde que lo leí, no puedo dejar de fijarme. Lo veo en los bares, en la calle, en los restaurantes, en los pueblos de pescadores y en el hall de los hoteles. En Asturias no hay viejos. La canción del Abuelo de Víctor Manuel es un camelo. En Asturias hay ancianas, viudas en su mayor parte, pero no ancianos. Al parecer, la revolución y la guerra de los años 30 se llevaron por delante a casi toda una generación de mozos. Los que quedaron, se fueron a hacer las Américas, y sólo unos pocos volvieron, construyéndose casas de indianos. El resto, no tuvo más remedio que ser picador, allá en la mina, y arrancando negro carbón, pues eso, que la silicosis, el cáncer y otras guarradas se los llevaron por delante antes de que llegaran a la categoría de ancianos. Por eso, en Asturias sólo hay abuelas, pero apenas quedan dos o tres abuelos. Habrá que esperar diez o veinte años para que la presencia de la tercera edad se deje notar en esta tierra verde de montes y negra de minerales.
Yo, que soy un hombre del sur (de la cordillera Cantábrica) -polvo, sol, fatiga y hambre-, no dejo de sorprenderme ante el paisaje astur, con esas montañas que caen a un mar furioso, frontera cruel que parece ensanchar falsamente los horizontes. Oigo quejas. La reconversión minera e industrial ha vuelto a achatar los horizontes y escucho que la única forma de que te concedan una subvención en el principado es montar una casa rural. La administración sólo apuesta por el turismo (sostenible) como repuesto de la mina y los altos hornos, pero hay quien piensa que hay otros caminos. ¿Los hay?
En Oviedo, levítica y monumental, reconcentrada en sus tópicos clarinescos, estas cosas suenan a chino. Oviedo es otra cosa. Oviedo es la civilización vetusta en el fondo del valle, superviviente a la barbarie de las montañas, con sus trasgos y sus cuélebres.
Una maravilla, esto de Asturias. Una pena haber tardado tanto en descubrirlo, enamorado como estaba ya de sus fabes y de su sidra (que no aprendo a escanciar de ninguna manera, debo de estar fisiológicamente incapacitado para ello). Hoy he pasado del prerrománico grácil y pétreo a la tranquilidad de Cudillero, pueblo de pescadores que trepa por un risco alto que se derrumba sobre el oceáno. Para terminar, he conocido el paisaje industrial de Avilés, a medio gas, a medio reconvertir, pero todavía intimidatorio, como una secuencia de Mad Max. Cuánto contraste, josmíos.
Foto: en honor a Pato y su Xixón, ahí va esta foto de tres alegres señoras gijonesas alimentadas con mantecosas fabes a las que no les da miedo enfrentarse al mar (en marea alta) en pleno mes de diciembre en la playa de su ciudad. Puedo asegurar que la rasca que hacía en ese sitio era para pensárselo dos veces antes de descalzarse. Olé por las señoras.

