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Resumen

EL VINO QUE TIENE ELIZABETH...

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Escucha lo último, querida: a los ingleses les ha dado por beber vino. Lo más cool que se puede hacer en Londres es sentarte en un restaurante más o menos asiático (con un gentilicio exótico, apátrida y neutro, de los que no salen en los periódicos, como persa, por ejemplo) y cambiar unas siete libras (casi diez eurazos) por 175 centilitros de un brebaje rojo y caliente que ha permanecido las últimas semanas junto al respiradero de una cámara frigorífica. Ellos lo llaman "wine" y lo beben a todas horas. Muchas británicas se muestran convencidas de que sostener con displicencia una copa de 175 centilitros de red wine basta para obviar siglos de chabacanería, atentados gastronómicos y falta de destreza en el uso de la ropa y el maquillaje.

La cultura del vino rompe una frontera más, quizá la más difícil, y trata de conquistar Britannia, pero le va a costar más que a Julio César. Parafraseando una comparación de un viejo compañero castellonense, a los ingleses les pasa con el vino lo que a los japoneses con el flamenco: que les vuelve locos, pero no lo entienden. Y la verdad, no lo necesitan. Su cultura cervecera –bebida cuyos secretos dominan y manejan como nadie- debería hacerles sentir orgullosos en lugar de devolverles la imagen de un país de hooligans con flatos.

No hay pub que se precie en Londres que no haya incorporado una modestita carta de vinos con Riojas, Chiantis y Borgoñas, y con algunos chilenos, sudafricanos y californianos de propina. Todos ellos excelentes vinos que sufren un maltrato injustificable: blancos a punto de entrar en ebullición que reclaman una cubitera, botellas de tinto abiertas que tienen toda la pinta de haberse picado, y rosados que suplican unas horitas de refrigeración. Pese a que el poeta Al Alvarez me aclaró en un ensayo sobre Sylvia Plath que la pulsión suicida británica es un camelo, y que allí se cortan las venas lo mismito que en el resto del mundo, no puedo dejar de preguntarme si el empeño en trasegar esos brebajes que un día fueron vino no responderá a un subyacente –pero intenso- deseo de quitarse la vida.

Lo pensaba mientras saboreaba una India Pale Ale –compleja y sutil, que recrea el sabor de las cervezas que bebían los colonos británicos en la India-, una rotunda y seca brown ale o una achocolatada stout. ¿Cómo, teniendo a mano estas maravillas que pueden competir sin rubor con cualquier vino decente, se lanzan a beber esos 175 centilitros de qué sé yo? Porque, encima –y esto es un síntoma claro de que la pasión vinícola está relacionada con el síndrome del nuevo rico-, lo venden por centilitros, como si fueran medicamentos, aunque lo trasiegan como si fuera agua. Si así les parece exquisito, el día que lo degusten en las condiciones apropiadas de temperatura y servicio… Pues a lo mejor entonces no les gusta.

Alguien dijo que “le chic, c’est freak”, y tenía mucha razón. A veces (¿sólo a veces?) las modas son monstruosas. Supongo que el hecho de que series como Friends o Sexo en Nueva York hayan colocado una copa de vino en las glamourosas manos de sus protagonistas ha influido en esta nueva pasión. ¿Cómo resistirse a ello, si es el colmo de la elegancia? En fin, adentrarse en mundos ignotos es siempre sufrido, y alguien debería orientar a estos pobres chicos que -¡horror!-, aprovechando el cambio climático, se están lanzando a plantar vides en el sur de su verde isla. ¡Líbrenos un boicot francés del vino inglés! ¿A qué espera José Bové para prender fuego a esos campos? Yo, como se aprecia en la foto, altero la máxima de “donde fueres haz lo que vieres” y toma la de “donde fueres haz lo que viste”, y me doy a las (excelentes) cervezas británicas. ¡Salud!

01/10/2006 19:33 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 2 comentarios.

LIBROS TELÉFILOS

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Uno de los agradables descubrimientos de esta escapada londinense ha sido la sección de libros sobre televisión de Waterstone’s (la cadena de librerías más importante del Reino Unido, muy parecida a La Casa del Libro). En la tienda de Picadilly, la sección Film & TV ocupa casi media planta, y una de sus paredes está dedicada exclusivamente a libros sobre tele, algo impensable en estos mediterráneos pagos.

Había de todo, claro está: desde un libro de preguntas de Friends para competir con tus amigos sobre quién sabe más sobre la serie hasta una tesis doctoral sobre las relaciones psicológicas que se plantean entre los personajes de Los Simpson. Con buen ojo comercial, lo mismo enganchan al fan que quiere completar el merchandising de la serie como al más exigente y erudito teléfilo, con ensayos y estudios que nada tienen que envidiarle a los que se publican sobre cine. El que reproduzco aquí, que fue uno de los que esquilmaron mi acomplejada tarjeta de crédito, se titula Reading Six Feet Under y es un estudio en profundidad sobre A dos metros bajo tierra. Es un trabajo colectivo editado por Kim Akass (profesora de Estudios Fílmicos en la Universidad Metropolitana de Londres) y Janet McCabe (investigadora asociada de Dramática Televisiva en la Universidad Metropolitana de Manchester). Todo un trabajo académico donde se desglosan las relaciones de la serie con el realismo mágico latinoamericano, la crítica al discurso pop y su incardinación en un paisaje de crisis cultural alentada por extravagancias new age. Sin olvidar la función de la música, la melancolía de la serie y el lema latino que la domina y la inspira: memento mori. Recuerda que vas a morir.

En España, este tipo de literatura está relegada al cuarto más oscuro del más oscuro depósito de la biblioteca universitaria más oscura. Las facultades de Ciencias de la Información producen alguna tesis que rara vez llega a publicarse y, cuando lo hacen, aparecen en alguna colección de título tan atractivo como "Papeles para reactivar cognoscitivamente un estatuto epistemológico universalmente aceptado para la nueva Teoría de la Comunicación Social sin regurgitaciones semiológicas y asimilados". A ver qué librero se atreve a poner eso en un estante. Ni el más empollón y asocial de los alumnos llegará jamás a echarle un ojo.

Cuando uno busca libros de televisión en España tiene que ir preparado para el insulto o para el tedio. Lo que el público corriente y moliente tiene al alcance de su mano son títulos que suelen incluir la palabra "telebasura", "caja tonta" y, dependiendo de lo althusseriano que sea el autor, "alienación", vocablos todos ellos que dicen mucho de la estima en que el autor se tiene a sí mismo, pero poco o nada del fenómeno del que se escribe. En el mejor de los casos, uno puede toparse con las memorias de un reportero, donde éste, además de contar su heroica aportación a la cobertura del 23-F, ajusta cuentas con sus viejos jefes y compañeros, situándose a sí mismo en el centro de un minúsculo oasis de moralidad e intrepidez cercado por un desierto de mangantes, tiranos y cretinos. Pero de literatura teléfila, nada de nada, oiga.

Entre los libros al alcance de todo el mundo en Waterstone's encontré un pequeño manual dirigido a los profes de filosofía para que empleen Los Simpson como apoyo de sus clases y como ilustración de algunas teorías y dilemas. Es cierto que también encontré mucha basurilla ilegible, pero el nivel era bastante bueno. Echo de menos ese género en las librerías de España, donde existen grandísimos teléfilos y seriéfilos que podrían hacer un trabajo brillante, pero creo que todavía queda un largo camino por recorrer.

02/10/2006 13:08 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 7 comentarios.

MEME

Antonio Pérez Morte me envía un cuestionario que hay que responder utilizando canciones de un grupo o autor. Él ha respondido con títulos de Luis Eduardo Aute, y servidor, que es más de futbolines, guitarreo y jarras de cerveza, ha escogido canciones de Leño y de Rosendo. En los comentarios podéis responder con las vuestras. La norma del juego es que todas las canciones pertenezcan al mismo grupo o autor. ¡Salud!

¿Eres un hombre o una mujer? Lo que acabas de elegir.

Descríbete: El oportunista.

¿Qué sienten las personas cerca de tí? No lo entiendo.

¿Cómo te sientes? Como el pico de un colchón.

¿Cómo describirías tu anterior relación sentimental? Qué desilusión.

Describe tu actual relación con tu novio/a o pretendiente: Sorprendente.

¿Dónde quisieras estar ahora? Este Madrid.

¿Cómo eres respecto al amor? Agradecido.

¿Cómo es tu vida? Puedo ser más eficaz.

¿Qué pedirías si tuvieras sólo un deseo? La noche de que te hablé.

LA TEORÍA DEL BOICOT

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Sólo en un diario británico pueden leerse cosas como la que paso a comentar. En cualquier otro país, o no superarían los filtros necesarios, o sus autores serían apedreados por hordas de enfurecidos lectores. Marcel Berlins, francés afincado en Reino Unido desde hace muchos años (y anglosajonizado, lo que resulta más increíble aún) escribía en The Guardian una columna sobre la teoría del boicot. ¿Adjetivos para definirla? Frívola, pedante, elitista, ególatra, insoportablemente alambicada... En una palabra: fantástica. Los (siempre frágiles) reparos que suelen esconder el ego del columnista aquí no existen. El texto es Marcel Berlins con todas sus humanas mezquindades y estupideces.

El asunto es como sigue. Berlins pasea por Primrose Hill, en Londres, y se da cuenta de que el restaurante Odette’s ha cerrado. Ufano, se cree en parte responsable del cese de negocio debido al boicot que le impuso quince años atrás, cuando fue a celebrar un cumpleaños con unos amigos y el camarero no se dignó a sentarles en la mesa que ellos querían. A partir de ahí, Marcel empieza a desarrollar su teoría del boicot.

Punto uno: el boicot se ejerce contra una institución, no contra quienes la dirigen o trabajan en ella. Quiere esto decir que, aunque Odette’s cambió de dueños poco después del "incidente", él no aflojó su determinación, pues iba contra el restaurante, no contra sus camareros o gerentes. Punto dos: el boicot puede justificarse por los sucesos más peregrinos. Así: "Dejé de leer cualquier cosa escrita por un famoso autor que ganó el premio Booker cuando, en nuestra librería local, se coló en una fila en la que yo estaba, utilizando su fama para ello". Punto tres: el boicot ha de ser público; todas tus amistades deben saber qué boicoteas (en el caso de Marcel la lista debe ser tan larga que habrá editado un folleto para repartir entre sus conocidos). Punto cuatro: no se rebla nunca, no importa lo tentador que sea volver a disfrutar de un restaurante o volver a leer a un buen novelista. Una vez que se toma la decisión, se acata para siempre.

La conclusión que el propio Marcel extrae es que el único perjudicado por sus boicots es él mismo. Los restaurantes siguen sirviendo cenas, los novelistas siguen publicando libros y los actores siguen rodando películas pese a sus campañas. Y como, generalmente, boicotea excelentes restaurantes, brillantes novelistas y sensacionales actores, se queda sin comer bien, sin leer buenos libros y sin disfrutar de buenas pelis. Por confundir la dignidad con la papanatería. Y bien merecido que se lo tiene: sus boicots pueden dejarle tirado en un desierto yermo e inculto. Él mismo lo dice: soy un imbécil. Y tanto.

Yo sólo he hecho un boicot parecido una vez en mi vida, pero fue por motivos de salud mental. Durante un tiempo, me dormía escuchando programas de radio de madrugada y me pasaba las mañanas de un  humor de perros. Todo me parecía mal, la gente a mi alrededor era fea y cualquier pequeña contrariedad me sacaba de mis casillas. Hasta que descubrí la causa: al dejarme la radio encendida, escuchaba inconscientemente las tertulias mañaneras. Mi mente se llenaba de "este país se va a pique", "este Gobierno es una vergüenza", "los jóvenes sólo saben hacer botellón y mear en mi portal", "contubernio judeo-masónico", "patriotismo constitucional", "Blair es un gilipollas", etc., etc. Tomé la determinación de apagar la radio cuando notaba que el sueño me vencía, y todo fue a mejor. Las camareras del bar donde desayunaba parecían más guapas y simpáticas, la gente se me antojaba más educada y agradable y mis compañeros ya no huían de mí. Desde entonces, decidí boicotear a los tertulianos para siempre, dados los efectos terapéuticos comprobados, y mi vida ha cambiado sustancialmente a mejor. A todos los que sufrís de mala hostia matutina, os recomiendo secundar mi boicot. Probadlo una semana, y si no notáis resultados, dejad también de leer periódicos (aunque esto último no os lo he dicho yo, que vivo de eso, y tal).

Foto: Marcel Berlins.

ADICCIONES

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Estoy siendo víctima de un chantaje mediático. La otra madrugada, mientras me iba quedando roque viendo la tele, la emisión se cortó y apareció un mensajito de mi operador de cable diciendo que no se sintonizaba ningún canal. Horrorizado, lo comprobé, desconecté y volví a conectar todos los cacharros, hice el pino, puse una vela a Santa Frígida y recé mil ochenta plegarias, pero al final, me tuve que ir a la cama sin saber si al día siguiente tendría que pelearme con el servicio de atención al cliente. Cuando me levanté, no sólo veía todos mis canales, sino un montón más que no tengo contratados. Como buen puercus hispanicus, me relamí: "Esto es que san equivocau, pero hasta que se den cuenta, a disfrutar".

Pero no, no se habían equivocado. Un vistazo a la revista me descubre una oferta: hasta final de año, me ponen gratis todos los canales (y son ciento y pico, una barbaridad), y luego, en enero, me dirán que si quiero seguir, tendré que apoquinar. Es un chantaje en toda regla, una táctica comercial ruin, propia de los camellos más abyectos, que te invitan a endrogarte hasta que te enganchan y, entonces, te empiezan a cobrar. Cerdos miserables, saben que tengo la voluntad y el bolsillo flojos.

De acuerdo que hay canales tan absurdos que no echaré de menos, como uno de vela, Al Jazira, todos los de información bursátil, Televidencia, uno de Discovery dedicado exclusivamente a enseñarte cómo se fabrican objetos cotidianos como retretes y almohadas y todos los de Disney (aunque, cuando nuestra sobrina crezca un poco más, habrá que retomarlos para utilizarlos como chantaje para que venga a casa de los tíos). Pero me va a resultar desgarrador plantearme vivir sin los nuevos canales de cine que me han añadido. Y ellos lo saben.

Son curiosas -y peligrosas- las adicciones. He leído hace poco en una novela que un personaje, al ser abandonado por su pareja, tuvo la percepción de dos certezas simultáneas: que no podría vivir sin su pareja y que podría vivir y olvidarla perfectamente, y no sabía cuál de las dos certezas era más dolorosa. Algo parecido pasa con las adicciones, por más que estos dilemas tengan que ver con procesos bioquímicos y alteraciones mentales.

No puedo y sí puedo vivir sin tí. Falta el verbo querer. Puedo hacer las dos cosas, pero no quiero hacer ninguna, sólo quiero seguir calentándome en el lar de la adicción, donde las decisiones y los dilemas se diluyen, donde las reglas del juego se comprenden y son fáciles de seguir. La adicción es como el lugar común, como el prejuicio y como la ignorancia: un sitio cómodo donde no hay que pensar y donde no se ponen a prueba nuestras certezas y nuestro mezquino sistema de valores. Es un lugar absoluto, donde lo relativo no tiene lugar. Es el santuario de los fanáticos y de los cobardes.

Porque fuera de los mundos cerrados y apolillados hace frío, sopla un viento horripilante y nada ni nadie es lo que dice ser, y puede que nunca lleguemos a averiguar qué son realmente. Ni nuestros amantes más desesperados ni nuestros amigos más íntimos. La intemperie es incómoda y las personas son extrañas, se resisten a encajar en un esquema. Y eso es precisamente lo que proporciona la adicción: un caparazón frente al caos, un nido donde no tener que sentirnos traicionados o amados u odiados. Una barrera contra el miedo.

Pero como la ciencia se ha empeñado en invadir terrenos que son propios de la literatura -de una literatura como la entendía Sábato, de una literatura como un cuchillo que abre transversalmente al prójimo-, los adictos ahora sólo son enfermos. Esto es, sujetos pasivos, víctimas puras. No niego que así sea, pero son mucho más que eso. O al menos lo fueron en el momento en el que decidieron cruzar el umbral y dar la espalda a un mundo que les exigía una respuesta. ¿Cómo se asimila esa dualidad? ¿Cómo se puede ser al tiempo víctima y verdugo de tu propia voluntad?

Comienza el curso y la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción presenta nueva campaña. En la presentación, la ministra de Sanidad dice que los jóvenes desconocen los efectos nocivos y las consecuencias de su adicción, y que por eso se enganchan. Según ella, si no fueran tan lerdos, no se drograrían. ¿De verdad se cree esas palabras, señora ministra? ¿De verdad cree que todo se reduce a un problema de lerdez, de retraso mental colectivo? No insulte nuestra inteligencia, por favor. Usted sabe tan bien como yo que el conocimiento de lo nefasto de una adicción no basta para mantenerla a raya. Porque hay consecuencias mucho más nefastas fuera de la adicción. Porque la salud y la dignidad son muy poquita cosa al lado del miedo a vivir fuera de una caja de zapatos. ¿Se han parado a pensar en que una campaña que trata de tonto a su público objetivo tiene pocas posibilidades de triunfar?

Ahora, yo, cuando siento frío de vivir, citando el magnífico título del libro del oscense Carlos Castán, me refugio en mis ciento y pico canales. Soy consciente de que son mi parapeto contra el mundo, pero es que mi sofá es muy cómodo.

GRANDES DILEMAS, GRANDES CULTURAS

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Ojito al dilema que se debate en la Feria de Francfort, sólo comparable a la confrontación filosófica entre fe y razón: ¿qué es la cultura catalana?, me preguntas mientras bla, bla, bla. Unos dicen que cultura catalana es la producida en Cataluña, independientemente del idioma en el que se regurgite, sea este catalán, castellano, polaco de Cracovia o portugués de las Azores parcialmente dialectalizado por una estancia no menor a diez años en un pintoresco villorrio del Alentejo. Otros, sin embargo, dicen que la cultura catalana es la cultura hecha en catalán. Y en estas pasan el rato, se gastan algunos milloncejos del contribuyente, se ponen a parir en ambos idiomas y se fuman un puro fabricado en Santo Domingo con capital de un potentado guineano descendiente de labradores gallegos (por lo que, en rigor, el puro no puede llamarse dominicano, pero tampoco gallego ni guineano).

Y digo yo: ¿tan aburrida es la cultura catalana que sólo puede albergar debates de este jaez? Y aún rizo más el rizo: en el caso de un escritor catalán residente en la isla de Saint Michel, territorio de soberanía francesa situado en Canadá, que escribe en francés y en inglés, pero cuya obra se traduce al castellano y al catalán... ¿Pertenece este señor a la cultura catalana, a la francesa, a la quebecouaise, a la canadiense o a la británica, por aquello de que la reina Isabel II es soberana de los pagos de alrededor? En rigor, sólo la traducción al catalán debería pertenecer a la cultura catalana. Para quienes defiendan esta tesis, sólo el traductor es un miembro del mundo cultural catalán. Pero, ¿y si el libro traducido ha sido impreso en Madrid? ¿No cambia eso un poco las tornas? Enviaré una protesta formal al Institut Raimon Llull.

No me extraña que Barcelona sea crisol de modernidad y faro del sur de Europa. Con debates de tanta altura, la cultura catalana brillará en Francfort y deslumbrará a los (posiblemente plurilingües) lectores germanos. Por cierto, algunas de las fantásticas aportaciones a este debate lamentan que la catalana es una cultura "sin normalizar". Quienes así hablan ansían normalizarse, no toleran vivir en el desorden. ¡Que alguien les guíe, por Dios! Para empezar a normalizarse, quizá podrían ir rellenando unos cuadernos Rubio: hasta que la letra no les salga perfecta, que no cejen en su empeño. Recuerda, ente cultural sin normalizar: la eme tiene tres montañitas y la ene sólo dos. Seguro que puedes seguir tú solito, aunque, si lo necesitas, te podemos asignar un consejero o una cátedra universitaria, que las paga el ciudadano de a pie, encantado con tu normalización.

DESVÉLESE, POR FAVOR

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Aunque es un debate que en España queda un poco lejano, sospecho que no tardará en plantearse, por eso está bien saber qué se dice por ahí fuera. Me refiero al velo de las mujeres musulmanas. Esta semana, Jack Straw, ex ministro de Exteriores británico y actual líder de la Cámara de los Comunes, ha publicado un artículo en un periódico local donde dice que la costumbre del velo en las mujeres musulmanas dificulta el entendimiento entre culturas, y hace un llamamiento a debatir la cuestión. En el escrito, confiesa que él pide por favor a las musulmanas que se quiten el velo cuando hablan con él, dado que le parece que en una conversación los gestos son tan importantes como las palabras, y que la mayoría de las mujeres acceden a su petición.

Se le han echado encima. Los líderes musulmanes dicen que es una nueva agresión al multiculturalismo y que hasta dónde vamos a llegar. Vamos, que se está liando gorda. Yo he leído el artículo y creo que no hay para tanto: es una opinión comedida y mesurada que sólo puede ser entendida como una invitación a debatir la cuestión, y yo creo que no hay nada que una sociedad democrática no pueda debatir. Él no plantea, como se hizo en las escuelas francesas, que se regule por ley, sino que se llegue a acuerdos entre personas civilizadas.

Sin entrar en la obvia consideración de que cada cual se viste como le sale de las narices, entiendo la postura de Straw, y alabo su osadía al querer iniciar un debate peliagudo y espinoso. La semana pasada, paseando por Whitechappel, que es todo un gueto pakistaní y tiene la sede del Centro Musulmán de Londres, vimos infinidad de mujeres totalmente cubiertas de negro, dejando la tela sólo dos orificios para los ojos, tal y como se ve en la foto. Llamadme lo que queráis, pero me angustiaba, me daba pavor cruzarme con esas mujeres. ¿Cómo no percibir el velo como una barrera, si es esa precisamente su función? ¿Cómo voy a pararme a hablar con ellas? En el caso de que, por la circunstancia que fuera, tuviera que charlar con ellas, por supuesto que estaría incómodo y distante, por más esfuerzos que hiciera en aparentar lo contrario. La comunicación se vuelve imposible.

Dicho esto, no tengo nada claro el asunto. Tan cierto es que la indumentaria de cada cual sólo incumbe al interesado como que este caso va mucho más allá de la moda y la libertad individual. Me gustaría tener una respuesta, pero, tras debatirlo mucho rato y acaloradamente con Cristina, no he llegado a ninguna conclusión. Ella plantea que deberían organizarse en una suerte de feminismo e integrarse en la sociedad en la que viven, mientras que yo pienso que los verbos "querer" y "poder" no pueden obviarse. ¿Realmente quieren descubrir su rostro? Y, en el caso de que quieran, ¿realmente pueden? Esto es, ¿qué es una cárcel de tela en comparación con el repudio, el aislamiento y la soledad? No se le puede pedir a nadie que sea una heroína. Por ejemplo, ¿cuántos amigos conocemos que se casan por presión paterna, para complacer los caprichos de sus progenitores y evitarse líos? Pues esto es lo mismo, pero a otro nivel: es mejor vivir sin discusiones.

Sólo se me ha ocurrido una cosa, que en realidad es muy sencilla, pero que en este mundo desangelado suena a utopía: que la sociedad, a través de la Administración, se articule para posibilitar que las mujeres que deciden desprenderse del velo y de otras ataduras no sufran el aislamiento y la vejación. En otras palabras, que el Estado garantice el ejercicio de su libertad, algo que entra dentro de sus funciones básicas. Lo contrario supone legitimar la coacción, aunque se le quiera llamar multiculturalismo. Esto implicaría tratarlas como ciudadanas y tener bien claro que la familia no importa nada a efectos del Estado, que sólo debe tratar con individuos. Que tomen nota los defensores de la familia como núcleo de la sociedad: no podemos dejar que ningún ciudadano sea rehén de su familia o de su comunidad. Todos deben tener bien claro que por encima de cualquier otra consideración está su libertad, para llevar velo o para quitárselo.

06/10/2006 13:23 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad Hay 7 comentarios.

EN EL LIMBO

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Hasta ahora, los cristianos de todo el mundo sometían -y siguen sometiendo- a sus recién nacidos infantes a una suerte de aburrida tortura con agua, velones, gente con sotana, salmodias y familiares lejanos vestidos con ropas que huelen a alcanfor. El propósito de tan macabro ritual es, entre otras cosas, evitar que el niño en cuestión acabe en el limbo tras una hipotética muerte. ¿Se imaginan cosa más horrorosa? Pues bien, en diciembre del año pasado se reunió una comisión de doctos y célibes sabios (todos ellos bautizados en tiempo y forma) y, tras casi un año de interesantísimas discusiones y ponencias, esta semana han anunciado que están en condiciones de redactar un borrador (¡un borrador, ni siquiera lo entregan pasado a limpio, con un año que han tenido de tiempo!) que asegura, más allá de las dudas que nos asedian, que el limbo no existe. Por tanto, aunque usted no esté bautizado, no tema, pues Dios sabrá qué hacer y le asignará un sitio.

Menos mal que la Iglesia católica recibe magros fondos del erario público. Como contribuyente, me hallo satisfecho de abonar las dietas y los cuadernos donde estos señores redactan tan interesantes borradores. Estamos sin duda ante el más importante hallazgo desde el átomo.

Yo, que tengo la espalda un tanto fastidiada, me declaro satisfecho con la noticia. En la próxima fiesta que se desmadre y la gente insista en que baile el limbo con la última de King África podré negarme, aduciendo su inexistencia. Así, mientras mis amigos se doblan en un contorsionismo pagano, yo me beberé un muy católico cubata en postura recostada, sin nadie que me inoportune, ya que quien lo hiciere bien podría ser calificado de hereje. Los que preferimos conversación y licores a bailar cual macaco -en otras palabras, los sosos del planeta- debemos estarle muy agradecidos a los teólogos.

¿Y qué será de todos esos niños sin bautizar que llevan siglos pasando por debajo de la vara del limbo? ¿Ahora me lo dicen?, soltará alguno, con natural indignación. Ay, qué teólogos estos... Porque, ahora, tal y como está el percal religioso, a ver quién es el guapo que les contradice y les convence de que el limbo sí existe, pero que es muy difícil verlo cuando se vive en él.

Por cierto, me dicen que en los resorts del Caribe y en los clubs de jubilados están desolados con la noticia.

AGUIRRE, LA CÓLERA DEL GORRO

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Juan Aguirre (Amaral) no se quita el gorro ni para dormir. Qué tío. Anoche, tres y pico de la madrugada. Bar: la Casa Magnética (hasta los topes y un poco más allá, pero el alcohol ingerido mitiga la incomodidad del arrinconamiento). Sudamos como pollos. Se abre la puerta (aire bienvenido) y entra nuestro famoso local sin su parternaire artística. Horas antes ha leído el pregón de las fiestas en el balcón del Ayuntamiento, ataviado con un recio gorro de lana, el mismo que luce entonces en el garito sin ventilación y apestado de esencia de "Eau de Fête". Echamos de vez en cuando vistazos para ver si el músico se quita el gorro, pero Aguirre aguanta el tipo. No está dispuesto a darnos el gusto. Hartos, apuramos nuestras copas y decidimos salir del bar, elucubrando hipótesis sobre si el gorro de Aguirre realmente forma parte de su cuerpo. Hay clínicas alemanas en Bolivia que hacen ese tipo de injertos por 3.000 dólares, aventura alguien. Es su punto débil, dice otro: una vez intentó tocar sin él y no sabía ni hacer una escala. En su gorro reside su talento: está hecho con vello púbico de Jimi Hendrix, Stevie Ray Vaughan y Paco de Lucía, y fue bendecido por Frank Sinatra Jr. durante una boda de la mafia neoyorkina. Y así, ad nauseam (matutinas de resaca pilarista, se entiende).

Pues nada, que ya hemos visto al primer famoso de estas fiestas que anoche empezaron. El DJ tuvo el buen gusto de no pinchar Amaral en su honor (algo siempre de temer) y nosotros nos fuimos contentos. Ya sabíamos la exclusiva de la vuelta de Héroes del Silencio que publica hoy Heraldo (Shhhh, bajad la voz, decía mi amiga E., no se vaya a enterar la competencia. Como para escuchar nada estaba la competencia a esas horas). Al parecer, Bunbury and relatives llevan desde comienzos de año ensayando su regreso en una nave de las afueras de Osera de Ebro. Ni los del pueblo sospechaban nada. Y, más allá de vagos rumores, tampoco el resto del mundo. Pero parece que sí, que se juntan por la Expo en una gira internacional que terminará en Zaragoza. Habrá que ver quién es más fuerte: si la capacidad jurídica de los contratos firmados o el carácter ciclotímico de Enrique (que, con las tensas y difíciles relaciones que ha mantenido con algunos de sus ex compis, puede presentar muchos altibajos). Es una buena noticia para la música y para Aragón, y sospecho que va a haber más que palabras para hacerse con una entrada. Hace ya 10 años que se separaron y tienen muchos fans jóvenes que no pudieron verles en directo por cuestiones puramente biológicas. No defraudarles es una responsabilidad muy grande, y este tipo de revivals son muy arriesgados, pues hay una finísima línea que separa la nostalgia honesta de la pantomima ridícula, y hay que ser un sobrio equilibrista para no caer del lado equivocado. Seguro que lo hacen estupendamente.

Parece que la Expo va elevando el listón de las expectativas. A ver qué es lo próximo. Yo propongo que Aguirre se quite el gorro y se tatúe un (¿o una?) Fluvi en la frente. Eso sí que sería promoción.

08/10/2006 17:04 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Música Hay 15 comentarios.

ELISEO PARRA

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Maravilloso concierto de Eliseo Parra en uno de mis rincones favoritos de Zaragoza, la plaza de San Felipe, iluminada por una luna llena campestre y risueña. Una juerga tranquilita que he disfrutado poco porque a mitad de concierto he tenido que retirarme a un callejón lleno de meados a dictar por el móvil los tres miserables párrafos de crónica, donde me ha sido imposible resumir el buen rollo que me transmite este músico.

Descubrí su folclore desinhibido hace años, y el año pasado (o el anterior, ya no recuerdo), tuve la ocasión de entrevistarle en un hotel de Zaragoza, y hasta me dejó un canto de trilla de Echo en la grabadora, cuya letra transcribí diligentemente. Cuando apagué el trasto, me confesó que de Castilla recogería y recuperaría el folclore que hiciera falta, pero que para vivir, nada como su Madrid de adopción, "donde no hay tanto facha", dijo bajando la voz. Qué tipo más majo (me consta que en Zaragoza le sobran los amigos, aunque de amigos uno nunca anda sobrado).

Eliseo es uno de los grandes del folk patrio. Se curtió en Barcelona, donde podría haberse convertido en un rockero, pero se quedó con el sonido de las cigüeñas y el tintineo de los almireces. Gracias a su nunca bien pagado esfuerzo -y al de otros muchos colegas suyos-, las canciones de los pueblos transmitidas de generación en generación no sólo esquivan su segura e inminente muerte, sino que disfrutan de una segunda vida.

Qué buen rollo, qué bonita forma de terminar un día agotador laboral y existencialmente. Creo que no la ha cantado esta noche (a lo mejor lo hizo mientras yo estaba en el callejón de los meados), pero ahí va esta estrofa de su segundo disco:

Viva quien canta y quien baila,
viva quien sabe querer.
Viva quien pasa en el mundo
penas por una mujer.

PS: Por cierto, Juan Aguirre también estaba entre el público, con un gorro distinto. ¿Me perseguirá para vengarse por mi comentario anterior?

10/10/2006 02:03 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Música Hay 5 comentarios.

QUE INVENTEN ELLOS (ONCE AGAIN)

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La revista Nature, tótem sagrado de la ciencia, se ha liado a repartir mamporros contra el Gobierno español. Por lo visto, se acaban las primeras becas Ramón y Cajal, pensadas como una herramienta para evitar la fuga de cerebros en el campo científico, y sus beneficiarios no tienen nada claro cómo van a seguir pagando la hipoteca. Algunos rechazaron suculentas plazas en el extranjero para currar en su país, y en unos meses se quedarán sin laboratorio, sin proyecto y sin perrito que les ladre. Vamos, que volvemos a la situación anterior a 2001. A Nature el asunto le parece un cachondeo, y se ha explayado a gusto. Que se entere todo el mundo de lo que pasa aquí: "La inversión científica que hace España es de las más bajas de Europa y sus institutos están asolados por la fuga de cerebros, el favoritismo y la falta de financiación". Y sigue diciendo que las raquíticas universidades patrias no investigan porque no tienen guita y que el Gobierno, cual Pilatos del montón, no quiere saber nada del asunto y echa la culpa a las comunidades autónomas (que, a su vez, culpan al gobierno). Entre culpa va y culpa viene, los más brillantes científicos españoles se van a la puta rúa (hasta que una universidad norteamericana les repesque, claro), y aquí nos quedamos nosotros hablando de Unamuno y del casticismo.

Creo que los legos en bioquímica podremos entender mejor los reproches de Nature si vemos la nueva serie de Telecinco: MIR, imaginativo título (sí señor, se lo han currado un montón) para la versión hispana (léase plagio vergonzoso y vergonzante) de la serie Anatomía de Grey. A lo mejor, hasta tiene éxito, pero ya saben todos que seis millones de moscas sí pueden estar equivocadas, y que la mierda, aunque guste, sigue siendo mierda. Concedo que de algunas mierdas, usadas como abono, salen bellas flores, pero esa es otra historia. En la tele patria dominan los mismos vicios que Nature achaca a la ciencia patria: pocas pelas y mal repartidas, pereza mental y ganas de tomarle el pelo al personal, premiando la mediocridad y castigando el talento. Lo único que diferencia la tele de la ciencia es que los buenos actores españoles no tienen la opción de ser fichados por el director de cásting de Anatomía de Grey, y se ven abocados a participar en el tinglado (y ser devorados por él) o a pasar más hambre que un "cajalito" dentro de unos meses. Vean MIR, y si cuando lleguen al primer intermedio no sienten ganas de apadrinar a un "cajalito" es que no tienen corazón.

Hablando de ciencia: ahora quieren rehabilitar la memoria del doctor Negrín, que presidió uno de los Gobiernos de la República durante la guerra. A él se debe la Ciudad Universitaria de Madrid, las tareas de lustrado del talento de Severo Ochoa y algunas otras cosillas más, como el empeño por que los investigadores españoles no tuvieran complejo de inferioridad y que las corrientes de pensamiento que refrescaban Europa no se estancasen en los Pirineos. Hoy han estado en Zaragoza los brigadistas internacionales y no he podido ir a verlos. Ni siquiera tengo fuerzas para dedicarles un post, pero, aprovechando que Negrín pasa por aquí, les dejo un recuerdo cariñoso. Ellos lucharon por una España que no quería que los "cajalitos" pasaran frío.

Foto: Amparo Larrañaga, prota de MIR.

11/10/2006 01:55 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 3 comentarios.

ADIÓS A GILLO PONTECORVO

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Mientras las fiestas del Pilar mantienen entretenida la ciudad que trato de habitar (sólo a ratos lo consigo; la mayoría de las veces me limito a estar en ella), el cineasta Gillo Pontecorvo se ha muerto de la única única cosa que no se cura: la edad. Pontecorvo, orillado desde hacía años, está considerado como uno de los directores italianos más importantes de la segunda mitad del siglo XX. En fin, en ese tramo temporal y en ese país, la competencia está durita, y esa afirmación mea un poco fuera de tiesto, pero eso no quiere decir que Pontecorvo no sea interesante. Lo fue por dos pelis: La batalla de Argel y Ogro. A esta última pertenece la imagen del coche volador de Carrero Blanco que las teles siempre enchufan cuando hablan del atentado que le costó la vida y que, según dicen, forzó a hacer la Transición de una determinada manera. Pero la peli que verdaderamente mola de Pontecorvo es La batalla de Argel, de 1966.

La cinta narra el asedio de la cashba de Argel por parte del Ejército francés y la lucha del Frente de Liberación Nacional en sus retorcidas calles en 1958. Lo hizo con un tono sobrio, cercano al documental, con actores amateurs y sin experiencia, aplicando el principio periodístico de John Reed que establece que para mostrar el horror no hacen falta adjetivos, que la barbarie se basta a sí misma para conmover a quien se atreve a mirarla. Sin embargo, lo natural es que lo horrible active mecanismos sentimentales que se desbordan descriptivamente por el lado barroco. Contener ese flujo y desbrozarlo hasta llegar a la esencia del relato es mucho más difícil y doloroso de lo que puede parecer.

La batalla de Argel no pudo verse en Francia hasta mucho después de su rodaje. Todavía hoy la herida de Argelia sangra demasiado y cualquier pequeña referencia despierta resquemores. Hace menos de un lustro, el general Paul Ausseresses publicó Services Specieaux, un testimonio -y justificación- de las torturas sistemáticas, negadas una y otra vez, que el Ejército francés aplicó en su colonia africana en 1957. Su aparición volvió a remover conciencias doloridas y dio otra vuelta de tuerca a la espiral de la culpa y del silencio. Precisamente ayer volví a ver Caché, donde el siempre turbador Haneke se enfrenta a esa ciénaga de remordimientos colectivos.

La batalla de Argel tiene el mérito -entre otros- de la oportunidad, de atreverse a hablar de las cosas en caliente, sin esperar a que se posen y se pudran. Pero tampoco pudo hacer nada para frenar ese poso y esa putrefacción. ¿Cómo se explica que una sociedad entera se echase encima la manta del chauvinismo para no ver? Ni siquiera el Partido Comunista, que por la más básica coherencia debió denunciar los abusos y echar una mano a sus correligionarios del FLN, se atrevió a salirse del guión patriótico. Eran ellos o nosotros. No podían tolerar más bombas en el barrio europeo de Argel, debían defender los valores de Occidente, la seguridad era irrenunciable etc., etc. ¿Les suena el asunto?

Se ha muerto Pontecorvo, y el síndrome de Argelia que él, en cierta forma, desencadenó con la peli, está lejos de curarse. Está hondamente incrustado en la republicana Francia y el verano pasado emergió en forma de coches quemados y guetos insufribles. ¿Hasta cuándo?

13/10/2006 19:34 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 2 comentarios.

EL MONO

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Mucha gente, entre ellos un servidor, se ha quedado fuera del blog durante este puente. No sé qué insondables misterios se han cernido sobre Blogia, pero acabo de recuperar este huequecito y respiro aliviado. Llegué a pensar que me había quedado sin juguete, o que tendría que mudarlo a otra dirección y empezar de cero. Qué pereza, no sé si lo hubiera hecho. Bueno, el caso es que ya estoy aquí otra vez y espero que para rato.

Qué puente del Pilar más triste. Qué mono más grande de blog he pasado. Creo que los episodios psicóticos registrados estos días se deben a que no he disfrutado de este ratito diario que uso como terapia. Así que, como el mogollón de las fiestas del Pilar me satisface unas horitas, pero enseguida me agobia y me aburre, he descubierto un maravilloso -y adictivo- canal de televisión: VH1 Classic.

VH1 es como "la dos" de la MTV, y se dirige a una audiencia más tranquilita y algo menos descerebrada. La versión Classic sólo emite vídeos musicales de los 60, 70 y 80, y hay un programa llamado The Rock Show que a mí me pone a cien. He desperdiciado horas enteras alelándome frente a bochornosas producciones audiovisuales de heavies pasados de rosca y setenteros horterísimos con la camisa desabrochada hasta el ombligo, muy machos ellos. Meat Loaf refrotándose con Cher en el vídeo de Dead ringer for love; Dio matando bichos feos con una espada de cartón en Holy Diver; un casi adolescente Stevie Wonder rodeado por las coristas más feas y menos erotizantes a este lado del Guadiana; Lenny, de Motorhead, asustando a la clase media británica de 1980 tocando The Ace of Spades en la BBC; Hendrix envuelto en su particular y seductora niebla púrpura... He disfrutado como un enano viendo los vídeos de las canciones con las que he crecido y que me han acompañado en mi perra vida. Para mal o para bien, son mi banda sonora, y no puedo quitar ojo de la tele cuando aparecen. Y sí, son horteras. Sí, los vídeos a veces son más vergonzosos que un anuncio de detergente. Sí, todo lo que queráis, pero a mí me mola. De hecho, lo que me mola es lo cutre, como a todo buen crápula. Los vídeos bien produciditos y con ciertas pretensiones fílmicas me hacen bostezar. Yo quiero ver lo chusco, el lado oculto de mis ídolos.

Pues así he pasado este fin de semana de fiestas, que la música militar nunca me pudo levantar. Prometo retomar mis deberes blogueros, con permiso de Blogia. Y gracias a los pacientes que os habéis encontrado el garito cerrado estos días.

Foto: Meat Loaf. 

16/10/2006 13:38 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 4 comentarios.

¡NI EN MADISON AVENUE, OIGA!

20061016223310-escanear.jpgReproduzco aquí un tiquet de una consumición que hicimos cinco amiguetes un día de estas fiestas del Pilar mientras hacíamos tiempo para ir a cenar. No diré el nombre del garito porque soy más elegante que ellos, pero ojo a los precios. Nos cobraron 21,90 eurazos por dos martinis (aunque ahí ponga "dry matini", eran a palo seco), dos cañas y un gin-tonic, que fue lo más barato. Uno de los mayores sablazos de mi vida en suelo patrio. Encima, mi caña estaba mal tirada y algo esbafada. ¿Esta gente ha oído hablar de algo llamado vergüenza? Conservé el tiquet con el único propósito de compartir mi ojiplatiquez con vosotros. Ya estamos acostumbrados a que suban los precios en el Pilar, pero hay gente que no conoce límites. Hasta para robar se necesita un poco de tacto, oigan.

COMO EN CASA, EN NINGÚN SITIO

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Antes de emprender su viaje, Phileas Fogg desayunó un pescado hervido con salsa Reading de primera calidad, un rojizo filete de roast beef con champiñones de guarnición, una tarta de ruibarbo y grosellas y un bocado de queso Chester, todo ello regado con varias tazas de excelente té, especialmente seleccionado para el Reform Club. Michael Palin, 115 años después, se fue sin desayunar. Eran otros tiempos.

En 1988, el ex Monthy Python hizo realidad el viaje de la novela de Julio Verne, pero en lugar de ir acompañado por Picaporte, eligió un equipo de rodaje completo de la BBC. El compromiso era no utilizar el avión para dar la vuelta al mundo. Y descubrió que es mucho más complicado de lo que parece. Viajar en barco, salvo si se trata de cruceros, está muy difícil. Unos amigos míos se recorrieron hace unos años parte de la costa de Chile en un mercante que vendía algunos pasajes y tenía un par de camarotes habilitados, pero es algo muy raro. 

La conclusión fundamental que extrajo Michael Palin es que moverse a tu aire por el mundo es mucho más complicado ahora que a finales del siglo XIX. Hablamos de europeos con posibles, claro. Por aquel entonces, un burgués londinense podía ir donde le placía sin rellenar apenas papel alguno. Hoy -y en 1988, con el telón de acero vigente, ni te cuento- son tantos los visados, los documentos y las vacunas que debes llevar que resulta tentador entrar en una agencia de viajes y dejar que ellos se encarguen de todo. A Palin le costó dios y ayuda cumplir el itinerario, y aunque le pareció bonito, fardó un montón, los documentales le quedaron muy chulos y su diario de viaje se convirtió en el libro que reproduzco, el cómico dijo que no le volvían a pillar en una de esas, que prefería una expedición a pie a Kantchatka antes que discutir con un solo aduanero más.

Releo a Michael Palin mientras la peluquera gallega de Cancún sale de ese calvario policial y mientras los maderos de estos lares alertan de que Barajas es un coladero de inmigrantes ilegales. Se quejan los sufridos agentes de la ley de que las preguntas que hacen a los latinoamericanos que entran como turistas (con todo el derecho del mundo, hay que decirlo) no bastan para detectar las intenciones del viajero de quedarse a trabajar. La locutora de TVE, que debe tener algún policía en la familia, se indigna casi más que los propios agentes y dice, para alertar a los asustados españoles: "Cualquier boliviano con un pasaporte, una reserva de hotel o dirección de un amigo que le aloje y un billete de vuelta puede entrar en España sin problemas". Guau, qué miedo, los bolivianos y sus chompas caminan entre nosotros y no podemos hacer nada. Armémonos y organicémonos contra estos intérpretes de El cóndor pasa (que seguro que contiene mensajes en clave para atraer más inmigrantes). ¿Y qué quieren, someterlos a un tercer grado? ¿Más humillaciones aeroportuarias? 

Viajar está difícil, amigos. Parece mentira, pero teniendo todo a favor para que la experiencia sea mucho más placentera que en el sucio y vaporoso siglo XIX, ciertas paranoias colectivas están haciendo que te apetezca quedarte en casa. Cuando no son los inmigrantes es el terrorismo. Venga ya, hombre. La verdad es que estábamos planeando un viaje a Estados Unidos próximamente, pero da tanta pereza la burocracia, y saber que al aterrizar puede haber un agente de la CIA esperándome porque alguien me ha incluido en la lista de terroristas -dada mi barba, no me extrañaría-, me está echando para atrás. 

Qué difícil resulta todo, hijos míos. ¡Y se quejaba Michael Palin hace 18 años, que no desayunó aquel día para poder enfrentarse ligero a la burocracia de los pasaportes!

17/10/2006 16:30 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 5 comentarios.

HE VENIDO A HABLAR DE MI QUESO

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Hay veces en que uno tiene ideas que parecen buenas, y se sube a la parra, pero cuando se ponen en práctica se comprueba que son desastrosas. Algo así le debió pasar al equipo de El intermedio, el programa del Gran Wyoming, cuando ayer entrevistaron al único español que ha ganado un premio IgNobel, que son algo así como los "antinobel". En otras palabras, una juerga que se corren una vez al año sabios de todo el mundo en Harvard para premiar los trabajos científicos más excéntricos o disparatados. La investigación española premiada consistía en un estudio de la velocidad supersónica en un trozo de queso cheddar. Genial, debieron decir los guionistas del programa: localicen al científico y que venga al estudio a ser entrevistado. No contaron con el factor "coñazo". Es decir, que el estudioso en cuestión resultó ser un señor gris, muy pagado de sí mismo, incapaz de seguirle el juego a Wyoming (cuyo ingenio sí que viaja a velocidad supersónica) y empeñado en demostrar el rigor y la seriedad -sobre todo, seriedad- de su trabajo. Sólo le faltó gritar: "Mire usted, que yo he venido aquí a hablar de mi queso". El equipo de la Sexta ha aprendido una valiosa lección. Bien: que Wyoming haga mofa, befa y escarnio de los premios IgNobel. Mal: traer al señor de los premios IgNobel a que nos abronque por no tomarle en serio.

Por cierto, la revista Muy interesante cumple 25 años, y es de agradecer que una publicación de divulgación científica haya aguantado un cuarto de siglo. El señor del queso cheddar habría hecho bien en imitar un poco las formas de la revista. No le hacen ningún favor a la ciencia esos señores serios que tratan a los espectadores y a los lectores como si fueran sus alumnos, riñéndoles por no ser aplicados. Por suerte, entre la maleza académica, de vez en cuando surge un Punset o una Muy interesante que nos reconcilian con las neurociencias y los quantos, que si no...

18/10/2006 14:04 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 7 comentarios.

FELISIDÁ, QUÉ BONITO NOMBRE TIENES

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He llegado a una conclusión inapelable: ser feliz no mola. ¿Eres feliz? Es una pregunta que me encanta soltar de cuando en cuando a bocajarro a algunos amigos especialmente brumosos y complejos. La última vez fue hace muy poquito, a las tantas de la mañana, a mi querida P., que vino de Madrid un fin de semana fugaz. Siempre se quedan un rato callados. Los más insolentes responden a la gallega, con otra pregunta como ¿qué es ser feliz, Sergio? Pero lo normal es que pongan esa cara que ponemos siempre en el supermercado ante las hortalizas: me llevaría cebollas, que están de oferta, pero es que las cebolletas tienen el tallo tan verde y fresco... No sé si os habéis fijado, pero la cara de indecisión nos hace una mueca de lo más desagradable. El caso es que todavía no he encontrado a nadie que me diga que sí, y creo que todos tendrían motivos sobrados para dar una respuesta afirmativa. De hecho, como amigo, debería sentirme insultado ante cualquier otra respuesta: vamos a ver, estás charlando con alguien a quien quieres y que te demuestra su amor, estás algo o bastante borracho y la música que suena en el garito no está nada mal. ¿Qué más necesitas? (las parejas embelesadas y ñoñas que se dicen "¿eres feliz, almendrita garrapiñada?" y se contestan "sólo cuando estoy contigo" no cuentan en esta encuesta, lo digo desde ya). 

¿Cómo me lo van a decir? Alguien feliz es, a los ojos del mundo, un meapilas o un hipócrita. Los felices no caen bien. Si la tasa de suicidios se dispara en primavera es porque a los amargados no les gusta ver a gente sonriente y floreada por la calle. Los inteligentes no son felices. Los inteligentes son complicados, y su complejidad les lleva a abismos donde arden homéricamente. Sólo el lerdo es feliz. Sólo los organismos unicelulares son felices, porque hasta mi perro tiene días de profunda depresión y languidez. 

Pues ya está bien, hombre. Felices del planeta, salid de vuestros escondites y proclamad al mundo vuestra felicidad. ¿Cómo? ¿Qué dicen? ¿Que es insultante que haya una sola persona feliz en un planeta lleno de miserias y cosas chungas? No, señora, lo insultante son las miserias y las cosas chungas. Como decía Haro-Tecglen cuando le acusaban de pesimista: "A mí no me miren, el pesimismo no está en mi columna, sino en la primera página del periódico". 

A los movimientos protestatarios les costó mucho llegar a combinar lo lúdico con las estrategias de lucha. No hay más que ver fotos de aquellas sufragistas, que parecían que iban de funeral, y compararlas con las de cualquier manifestación actual. El movimiento gay ha hecho mucho en ese sentido, pero antes ya lo hicieron los ecologistas y algunas de las llamadas nuevas izquierdas.

Pues yo me siento razonablemente feliz -aunque no siempre ha sido así, claro está- y creo ser algo menos simple que un protozoo. Hace tiempo que dejé las lecturas graduadas de El barco de vapor y hasta puedo enfrentarme a un texto de Walter Benjamin sin que mis neuronas se derritan por el esfuerzo. Y eso no me convierte en un tipo sombrío o en un alcohólico autodestructivo. Es más, puedo decir que ni siquiera me rondan tentaciones suicidas, y espero que eso no me quite puntos a la hora de publicar una novela o de presentarme como alguien creíble en el turbio y bufandista mundo cultureta. 

Y seguro que hay miles como yo. Personas a las que les gustaría anunciar que son felices o que están enamorados, pero cualquiera se atreve a decir nada con el Euribor por las nubes y Corea del Norte pegando zambombazos. La otra noche, en Hablar por hablar (sí, ya sé, me tengo que quitar de esa adicción, pero es que actúa como una nana), jóvenes y viejos se enzarzaron en un combate por ver qué generación era más desgraciada. Los jóvenes hablaban de hipotecas altas y sueldos bajos, y los viejos, de posguerras, de latas de sardinas con gusanos y de andaluces de Jaén, aceituneros altivos. Los jóvenes replicaban que ya, ya, pero que los tiempos habían cambiado y que qué culpa tenían ellos de vivir en paz y en democracia, y los viejos volvían al ataque diciendo que los jóvenes se quejan de que no podían comprarse un piso, pero luego bien que se gastan el jornal en vacaciones por ahí, y que yo a mis 132 años no he salido de mi comarca. Entonces, salía un joven diciendo que de viajar, nada, que a él sólo le llegaba para una pizza los sábados por la noche que no llovía. Así se pasaron la noche, compitiendo en ver quién era más miserable. Y se ofendían un montón cuando unos acusaban a los otros de vivir bien. Joder, pues mejor para vosotros.

Yo me quedo con La Cabra Mecánica y la poesía de Lichis, porque la felicidad es fugaz y voladiza, como los buenos licores, pero también entra fuerte y deja resaca:

"Felisidá, qué bonito nombre tienes. / Felisidá, ve a saber donde te metes. / Felisidá, cuando sales a bailar, / te tomas dos copas de más / y se te olvida que me quieres".

EL BOLIGATE DE ANSAR

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A estas alturas, ya lo sabe todo el mundo, pero por si acaso: Marta Nebot, currela catódica de Noche Hache, fue a la presentación de un libro que presentaba, valga la aznarancia, el excelentísimo ex presidente del Gobierno español, Don José María Aznar. Al terminar, como suele ser habitual desde que Caiga quien caiga lo puso de moda, la señorita Nebot se acercó a realizar el preceptivo tocamiento de narices con algún chascarrillo previamente acordado por el equipo de guionistas (con la fórmula: "tú vas allí y le dices..."). El señor Aznar debía estar de muy buen humor, pues firmó un autógrafo en el libro y, en lugar de responder a la señorita Nebot, introdujo el bolígrafo en su escote mientras sonreía picaruelo y satisfecho. Por supuesto, el grupo Prisa se ha puesto las botas y ha dado cancha al suceso con gran algarabía. La señorita Nebot, por su parte, ha procedido a colgar una foto del mencionado boli en eBay y espera que mucha gente puje por él. Después, ha escrito una columnita en El País donde lamenta que, tras doce años de sufrido curreleo en los medios (cuánta razón en lo de sufrido), ahora se vaya a hacer famosa por el "boligate". Al menos, Nebot saca algo bueno de todo esto: que tu empresa te defienda cuando sufres una vejación por parte de alguien de fuera. Y eso es muy poco habitual en el periodismo.

¿Por dónde empezar? Por el boli, por supuesto. Es un boli blanco, sin personalidad, de los que te dan en cualquier gestoría. Ni siquiera es un Bic cristal o un Staedler. Lo mínimo que hubiera esperado de un ex presidente es un Rotring de punta fina, que se deslizan mejor por los canalillos. Una pluma estilográfica ya no pido, porque está demasiado anticuado, incluso para él. ¿Y qué decir del gesto? Señor Aznar, en su admirado Estados Unidos, donde tanto se le quiere, no le consentirían que se pasara un pelo en ese sentido. Tenga cuidado con los escotes de las niñas WASP, que vienen con abogado de serie y acaba usted empeñando hasta sus camisas de marca para pagar la demanda. Por suerte, en esta España nuestra, sólo se reirán de usted unos días, porque somos así de cachondos y no nos tomamos nada a pecho, ni siquiera Marta Nebot.

Y como ciudadano de un país llamado España, ¿qué debo sentir por este señor tan pequeñito, tan ruin, tan vil y tan casposete? Lo peor y más zafio, lo que más me repugna del país en el que vivo -y en el que tanto disfruto, por otro lado- lo concentró Aznar en unos pocos segundos de tele. Olé. Santiago Segura necesitó unas dos horas para desarrollar su idea en Torrente. A usted le han bastado tres segundos. No creo que un país tenga lo que se merece, y el otro día me confirmó que los que vivimos en este rinconcito ibérico no hemos hecho nada tan malo como para merecerle a usted. De verdad que no.

Tendrá que currar mucho para limpiar la porquería de la que ha cubierto su imagen, y el grupo Prisa se lo va a poner difícil, porque sospecho que tendremos boligate hasta en la sopa en los múltiples y poderosos medios que gobierna. También sospecho que Aznar no va a mover un dedo, y que si no lo ha hecho hasta ahora, es ya muy mayor para empezar a pedir disculpas. Por suerte para usted, hay muchos medios y muchas voces, y nuestra atención es difusa. En una semana, nos bombardearán con otra historia, y en quince días nadie se acordará del boligate. Puede viajar tranquilo por Estados Unidos, el país de las oportunidades.

20/10/2006 17:24 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad Hay 6 comentarios.

AUSTER, LA INUTILIDAD Y EL TERROR

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Grandísimo Paul Auster en los Príncipe de Asturias. Tan grande, que allí ha ido, con su mujer y su hija, humilde, agradecido, nada que ver con ese vídeo que han mandado los Gates en el que parece que nos perdonan la vida a todos. No soporto a la gente que no va a recoger los premios que le otorgan: si no les dan importancia, que no los acepten, pero que no pongan excusas tontas. A Auster, tan grande como sus libros, se le ha visto pasear por Oviedo con sus habituales pachorrismo y bonhomía, transmitiendo ese buen rollo melancólico al que nos tiene acostumbrados. Qué buena planta tiene este hombre, he oído decir varias veces a mi lado. Y sí, señor. Hasta yo cedería a sus requiebros.

Me quedo con dos cosas de su discurso al recibir el Príncipe de Asturias. La primera, esa teoría de la inutilidad de la literatura. En un párrafo, Auster ha condensado con sencillez un debate de siglos que todavía se sigue discutiendo: "El arte es inútil, al menos, comparado con, digamos, el trabajo de un fontanero, un médico o un maquinista. Pero ¿qué tiene de malo la inutilidad? Yo sostengo que el valor del arte reside en su misma inutilidad". Yo aún iría más allá -y es algo que no me hubiera atrevido a pensar hace años-: el arte que busca alguna utilidad está muerto antes de nacer, o condenado al menos a la misma volatilidad que la hoja de periódico. Lo cual no es ni bueno ni malo. Pero la inutilidad debería ir por delante de corrientes, capillas y movimientos. Si algún día he de quedarme con una, me apunto desde ya al inutilismo.

La segunda idea deberían enmarcarla en su despacho algunos pedagogos adscritos al neomojigatismo: "Los cuentos de hadas suelen ser crueles y violentos, describen decapitaciones, canibalismo, transformaciones grotescas y encantamientos maléficos. Cualquiera pensaría que estos elementos llenarían de espanto a un crío; pero lo que el niño experimenta a través de esos cuentos es precisamente un encuentro fortuito con sus propios miedos y angustias, en un entorno en el que está perfectamente a salvo y protegido". Se podría decir mucho más sobre el valor del terror en la infancia y cómo contribuye a desarrollar nuestra personalidad, pero Auster acierta sin necesidad de irse por cerros de Úbeda pseudocientíficos.

Por último, Auster se muestra optimista con el futuro de la novela, aunque reconoce -como creo que ya hizo en el Hay Festival de Segovia- que ha perdido la hegemonía de las formas narrativas, desbordada por lo audiovisual. Sin embargo, la baza que juega la novela frente a otras formas es la intimidad que traza entre lector y autor. Hay una forma de leer ritual incardinada en nuestro ser: cuando leemos una novela buscamos algo más que una historia contada. Buscamos ese algo intangible, ese silencio, ese rato con nosotros mismos. Quién sabe. Yo también busco ese algo en una sala de cine, pero en fin, ese debate lo tengo mucho menos madurado. Hacer de pitoniso nunca se me ha dado bien. 

Enhorabuena, Paul Auster. Espero que este premio no signifique el fin de nada ni el reposo en ninguna bartola, sino un nuevo pellizco en el culo para que te sientes a escribir y sigas haciéndonos pasar ese rato con nosotros mismos buscando ese algo intangible y ese silencio. 

PS: escribir, eso era precisamente lo que iba a hacer hoy hasta eso de las seis de la tarde, en que nos iríamos a Huesca a disfrutar del festival Periferias, pero acaban de llamar unos amigos desde Jaca para conminarnos a que vayamos a comer a Huesca ya. Es la una de la tarde, tengo ojeras, un batín astrado y mucha desgana mañanera. Me han jodido el plan que me había hecho, pero a los amigos siempre hay que perdonarles que te desbaraten los planes, sobre todo si es para pasar un buen rato con ellos. Una vieja amiga decía que una buena conversación vale tanto como un buen libro, y tenía razón. En fin, me voy a duchar. Mañana os contaré qué tal esa cosa tan maja de conciertos y exposiciones que monta la gente de Huesca cada año y que esta vez está dedicada al tema de "La Fiesta".

21/10/2006 13:16 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 3 comentarios.

ANDREA Y LAS TETAS DE LA VIRGEN

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"Ustedes los españoles se cagan en todo: en Dios, en la hostia, en las tetas de la Virgen... Por favor, qué feo todo". Pequeña bronca de Andrea Echeverri, alma y cuerpo de Aterciopelados, a los que fuimos a verla anoche en directo en la sala Jai Alai de Huesca. Era un alegato por el buen rollo, por que no estemos siempre de mal humor y que nos llevemos todos un poquito mejor. Andrea lo tiene fácil. Sólo un amargado patológico podría enfadarse con ella. Al menos, con esa "ella" que vemos sobre el escenario, entregada y risueña. Pero al resto de mortales, que segregamos hormonas normales en lugar de sustancias psicotrópicas caribeñas, nos viene bien cagarnos de vez en cuando en algo. Aunque, a decir verdad, lo de las tetas de la Virgen no me lo sabía -y mira que mi repertorio hispano anticlerical, presente en mi malhablada familia desde el siglo XII o asín, es prolijo, pero yo utilizo el copón bendito, san cristo resucitado, san dios, la hostia consagrada y sin consagrar y, si me apuran, la sota de bastos y el rey de oros, pero nunca se me hubiera ocurrido hacerlo en unas tetas, quizá por lo incómodo de la postura-. Ya me han dado una nueva idea. Creo que estaré una temporada eligiendo sus celestiales senos para defecar mis frustraciones. 

No hará ni un año desde que vi a Aterciopelados en Zaragoza, pero el concierto de anoche en el festival Periferias me gustó más. Fue más "rocero", más intenso, más kármico, por utilizar una palabra que seguro que Andrea aceptaría. De telonero, actúo el músico local Pecker, de quien no puedo decir nada, porque durante su concierto nosotros luchábamos por que nos sirvieran una tortilla de patatas en una tasca cercana. En fin, Andrea y sus chicos colombianos estuvieron sublimes. Una joyita de espectáculo, buenos amigos, una ciudad en la que siempre me lo paso bien -normal, casi siempre voy allí de juerga...- y un festival que este año, según me dicen, flojea un poco con respecto a otras brillantes ediciones. Periferias es un festival temático que esta vez ha elegido "La fiesta" como pie forzado. Es un contenedor amplio, quizá demasiado amplio, donde cabe cualquier cosa, aunque creo que en las exposiciones no se ha explotado esa inconcreción. Las obras expuestas hacen referencia a un concepto bastante restringido de fiesta, que viene a resumirse en la fórmula "juventud + música + baile". Pese a ello, en la muestra Vive la Fiesta! Live the Fiesta! -en la Diputación Provincial- hay varios momentos memorables. Yo me quedo con la proyección Tecnocharro, de Kaoru Katayama, que muestra en un único plano-secuencia a un cuadro de baile de jota charra danzando sus pasos a ritmo de música electrónica pinchada por un DJ. 

Luis Lles, el responsable de todo este tinglado desde el ayuntamiento de Huesca, rondaba por los escenarios del festival contando lo satisfecho que estaba de la respuesta de la gente, que hace que, año tras año, esta cita, que empezó siendo underground, comience a situarse en la mainstream (aún le queda mucho para ello, de todas formas). 

Nada de esto preocupaba a E., nuestro colega colombiano. Para él, cada concierto de Aterciopelados es como volver a saborear la fruta tropical de su tierra. Es un reencuentro con parte de sí mismo, algo que los demás no podemos entender. Al final del espectáculo, pudo colarse en el camerino de Andrea y darle las gracias por formar parte de su imaginario. Hablando de las felicidades endógenas y exógenas del otro día, creo que E. pudo decir durante unas horas que era feliz. Aterciopelados contagió sus virus de buen rollo a todo el mundo. Todos fuimos felices durante un rato. Incluida la Virgen y sus tetas. Pero a ésta se le ha acabado ya la felicidad, porque sospecho que no soy el único que va a incorporarla a su repertorio de retrete. Ay, Andrea, qué flaco favor le has hecho a la "madresita".

Foto: la colombiana Andrea Echeverri. 

22/10/2006 18:59 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Música Hay 11 comentarios.

LA MAGDALENA TRANSGÉNICA

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Pensaba en E. y en las emociones que, como conté en el artículo anterior, desata en él la música de Aterciopelados, su particular magdalena de Proust. Papaya de Proust, en este caso. Pensaba en esos pequeños detonadores emocionales ante los que nada podemos hacer. Una canción, un verso, un cuadro, una escena de un programa de la tele o cosas mucho más sutiles, como el sabor de una magdalena, el aroma de un perfume o el tono gris de una mañana de noviembre. Cualquier pequeñez cotidiana puede activar poderosas nostalgias, paralizantes recuerdos, desbordantes amarguras o reconfortantes alegrías, que no todo van a ser penas. En un episodio de Los Soprano, Tony relata a su terapeuta, la doctora Melfi, cómo el sabor del fiambre de la carnicería Satriale’s le había removido sentimientos y sensaciones de su infancia que creía perdidos. "Es su magdalena de Proust", le dijo la psicóloga. "¿Y eso qué es, algo de maricones?", respondió el sutil mafioso. Los tipos duros entierran las nostalgias y miran al frente. El resto, nos encerramos en casa y esperamos a que se nos pase el ataque.

Lo que me resulta curioso del asunto es que es un mecanismo reflejo, imposible de contener. Una vez activado el detonador, quedamos a merced de lo que venga. "Si es diciembre del 41 en Casablanca, ¿qué hora es ahora en Nueva York? Deben dormir en Nueva York. Deben dormir en todas partes", se lamentaba un Bogart con la cabeza entre las manos después de que su magdalena apareciera en forma de mujer casada. Pero no hace falta tener tormentosas historias ni ser un cínico de vuelta de todo. Cualquiera está expuesto a su latigazo.

Hace poco, en el famoso documental sobre el embarazo realizado por National Geographic, oí hablar de un experimento reciente. Seleccionaron a un grupo de mujeres embarazadas de siete u ocho meses e hicieron que escucharan varias veces al día la misma canción. A los pocos meses, cuando los niños ya tenían cierta movilidad y capacidad de interacción, los juntaron con otros niños que no habían sido sometidos al experimento. En un momento dado, pusieron la canción, y los niños que la habían escuchado reaccionaron, mientras que los demás permanecieron indiferentes. Reaccionaban con placer, como si recordaran algo agradable. El experimento pretendía demostrar que la memoria empieza a funcionar en el vientre, y que el primer recuerdo que crea nuestro cerebro se produce antes del nacimiento. Pero, además, demuestra que la magdalena de Proust sólo es un acto reflejo, un mecanismo que está en nuestros genes. De ahí que no podamos ofrecer resistencia alguna a ese estallido de nostalgia. Inútil, pues, que le demos trascendencia filosófica o estética. Proust no era especial ni distinto por sentir lo que sentía. Sólo era humano.

Somos mucho más animales de lo que admitimos ser. Sólo a un animal de bellota se le ocurriría construir una novela de varios tomos partiendo de lo que no es más que un acto reflejo, de un residuo genético procedente de la época en que ese mecanismo era útil para nuestra supervivencia, para evitar que nos comieran (sí, sí, hubo un tiempo en que teníamos depredadores, ¿qué se creían?). Sólo a un maravilloso animal de bellota se le ocurriría escribir À la recherche du temps perdu.

Hay a quien le podrá parecer horrible este panorama. ¿Cómo es posible que nuestros sentimientos, nuestros maravillosos sentimientos, no sean más que residuos evolutivos? Desesperados, buscarán en alguna forma de espiritualismo la trascendencia que la razón les niega. Buscarán su yo, su ser diferenciado, su diminuto aleph cósmico que les haga únicos y que les explique la misión que han de cumplir en la vida. Pero, a otros, saber que no hay sentido alguno nos reconforta. Nos gusta saber que todo es una casualidad detrás de otra, que esas cosas incómodas, incontrolables y maravillosas llamadas sentimientos tuvieron una razón de ser, pero que, afortunadamente, ya la han perdido. Por eso, ahora, podemos disfrutarlos desprovistos de su fin. Como el sexo, que sólo ha merecido la pena ser vivido cuando se ha desligado de la reproducción. Ese difuso universalismo genético no me diluye, me afirma, y me permite gozar sin trampantojos religiosos, esotéricos o trascendentales. Soy yo, un primate, un homo sapiens, el resultado de millones de mutaciones genéticas, y no le debo nada a ningún ente.

Esta mañana he asistido al funeral del padre de una querida compañera, y el cura ha definido la ceremonia como una despedida digna a un ser querido. Nada más, sin entrar en más rollos. Efectivamente, como se dice varias veces en A dos metros bajo tierra, el funeral es para los vivos, para dar una oportunidad de despedirse simbólicamente y para asumir mejor el trance. Es una canalización muy racional (y, por ello, poco religiosa) de los sentimientos, para que no se desborden y nos destruyan. Es una forma de poner un dogal a nuestros genes, que aúllan desesperados. Hoy he comprendido que no hay trascendencia en esas ceremonias, sino una muy mundana necesidad de mantenerse con los pies en el suelo. El entierro es un mecanismo social para reprimir el instinto, para demostrarnos que hay resquicios de voluntad por encima de nuestra programación genética. Es decir, que seremos animales, pero hay veces en que podemos no serlo.

Foto: Marcel Proust.

VOLPI Y LA HISTORIA

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(Publicado en el suplemento Artes y Letras, de Heraldo de Aragón) 

Siete años después, Jorge Volpi ha puesto punto final a su trilogía. “No será la Tierra” (Alfaguara, 2006; 524 pp.) cierra un ciclo de tres novelas sobre el siglo XX que empezó con “En busca de Klingsor” (Premio Biblioteca Breve en 1999) y “El fin de la locura” (2004). Las tres constituyen una especie de “Episodios nacionales” galdosianos a escala mundial y, aunque se pueden leer por separado y sin orden, las tres suponen una vasta reflexión retroactiva sobre la condición humana en un siglo violento, trágico y vertiginoso.

Si “En busca de Klingsor” reflexionaba sobre las responsabilidades de la ciencia en la era atómica, y “El fin de la locura” repasaba la ascensión y caída de las utopías y los sueños revolucionarios de los años 60, “No será la Tierra” se centra en los últimos años del socialismo realmente existente y en la ascensión de un capitalismo salvaje y triunfante que cabalga a lomos de unos científicos amorales y dominados por la ambición.

A ratos se lee como una narración convencional con destellos intimistas, a ratos como un reportaje periodístico y a ratos como un ensayo histórico y científico. Para ello, Volpi cuida el punto de vista y pone la narración en la pluma de un periodista ruso que ha descubierto un gran escándalo financiero que liga las tres tramas que discurren paralelas a lo largo de la narración y que sólo confluyen trágicamente la noche del 30 de diciembre de 2000.

Cada línea está protagonizada por una mujer y sus circunstancias. Éva Halász, norteamericana de origen húngaro, genio de la informática y de los números y devoradora de hombres, incapaz de encontrar su sitio en el mundo fuera de los laboratorios. Irina Gránina, bióloga soviética casada con el también científico Arkadi Granin, recluido en el “gulag” y activista corrupto de los derechos humanos con Boris Yeltsin. Y Jennifer Moore, despiadada economista del Fondo Monetario Internacional y responsable de aplicar las “recetas” neoliberales que llevarán a la ruina y al pillaje a la nueva Rusia.

Son tres historias independientes, más que autónomas, tan sólo ligadas por una argucia narrativa que no las altera. Ninguna cobra un significado nuevo tras la revelación que las une. Sólo el azar, como sucede con los genes, amalgama mimbres tan distintos. A diferencia de las dos anteriores entregas de la trilogía, aquí no hay ningún misterio que resolver. El desenlace se conoce desde el principio, lo que permite a Volpi divagar sin prisa y recorrer con morosidad los vericuetos históricos de los últimos veinte años. Y lo hace a lo largo de más de 500 páginas desiguales en intensidad y en logro. Volpi utiliza técnicas de “best seller” y abruma en ocasiones con cifras, fechas, nombres y jergas técnicas. Hay un exceso de documentación que está a punto de ahogar la acción. Y lo haría si no fuera porque Volpi actúa como un experimentado cocinero literario y sabe compensar la saturación de sal con unas cucharadas de azúcar en forma de intimismo y pasión. El amor y los sentimientos, condicionados por los genes de unos personajes dominados por su destino -como en toda tragedia que se precie- se mezclan tormentosamente con el imparable y devastador avance de la historia. La paradoja: aunque los protagonistas -ejecutivos, científicos, grandes empresarios- aparecen como responsables de la debacle, en realidad son títeres de ella.

25/10/2006 00:13 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 8 comentarios.

LA CHACHA DEL MILLÓN DE PESETAS

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Mario Vargas Llosa dice que en Washington tiene una empleada de hogar guatemalteca que cobra 8.000 dólares al mes. Con ese sueldo, demuestra que América es la tierra de las oportunidades, la tierra soñada por mí. ¿O eso no era Granada? Bueno, qué más da. El asunto es que tú llegas a Washington, aguantas un poco el rollo al escritor de las sienes plateadas -que seguro que se empeña en contarte lo guapo que era Cortázar antes de hacerse rojo-, le dejas la moqueta de la biblioteca sin pelusa y te vuelves a tu casa con 8.000 dólares en el bolsillo. Creo que ni Vargas Llosa se levantará eso en derechos de autor al mes. 

No pondré en duda la afirmación del peruano, pero un pelín exagerada ya me parece, si me perdona. Dice que él -y otros como él, que la chica hace varias casas- paga gustoso, que lo deja todo como los chorros y que, cuando la empleada se va, monta un ágape en la taza del water para demostrar a los economistas neoliberales de la universidad de Washington lo limpio que está todo. "Es la productividad norteamericana", dirá mientras rebaña un poco de salsa un famoso aspirante a premio Nobel por su ensayo Saqueo y despiporre en tres actos sobre tres enanas naciones africanas. ¡Qué estúpidos estados del bienestar europeos, que no permiten medrar a las emprendedoras guatemaltecas! Ahora sé que en Estados Unidos los inmigrantes ganan una media de dos y tres millones de pesetas al mes. Y eso, para empezar a hablar, que cuando llegan los pluses y los trienios, aquello se pone por las nubes.

Pues nada, señores. ¿De qué se quejarán estos latinos, que no hacen más que manifestarse? ¿Cuánto cuesta una aspiradora buenorra? ¿100, 200 dólares? Una inversión ridícula comparada con los beneficios que obtendrá. Yo ni tengo que hacerla, que ya tengo una con ojos y boca pintados que me regaló Michel. Mi aspirador responde al nombre de Henri. Como si fuera un instrumento musical, llevaré a Henri como equipaje de mano y aterrizaré en Washington lo antes posible. Lógicamente, no espero ganar los 8.000 del ala así de repente. Me conformo con empezar cobrando unos 6.000, para dar la entrada de la mansión. Si es que, el que se queja, lo hace por vicio. ¿Qué hago yo perdiendo el tiempo con este blog? Ahora mismo me voy a la tierra de las oportunidades. Hasta más ver, asalariados medios-bajos. 

EL MUNDO ESTÁ LOCO, LOCO, LOCO

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Por razones que no vienen al caso, estoy leyendo estas últimas semanas muchos libros sobre la esquizofrenia, en especial, el manual del doctor Edwin Fuller, el mayor divulgador de la enfermedad, de sus causas (desconocidas) y de su tratamiento (en pañales). Tranquilos, no estoy intentando comprender las voces que escucho en mi cabeza ni nada de eso, y tampoco tengo a nadie cerca sufriendo esa pesadilla (toco madera). Me interesa por otros motivos.

(Paréntesis: resulta curioso el enorme estigma que está asociado a la esquizofrenia. Para cualquier otra enfermedad, incluida cualquier otra enfermedad mental, no me habría sentido obligado a aclarar que mi interés es diletante)

Si lo traigo aquí es porque, estudiando la esquizofrenia, he descubierto tres síntomas de imbecilidad humana que me gustaría compartir con vosotros:

1) Al parecer, la investigación sobre la esquizofrenia fue más certera en el siglo XIX (sin medios ni higiene ni nada de nada) que en el aséptico y esterilizado siglo XX. Mientras nuestros antepasados del XIX tenían bastante claro que la enfermedad tenía su origen en el cerebro y en una alteración o lesión que ellos no podían apreciar porque no disponían de las herramientas para verla, en el XX, y hasta bien entrados los años 60, se generalizó la idea de que la enfermedad respondía más bien a un complejo de Edipo irresuelto o alguna paja mental psicoanalítica por el estilo. Los locos no eran enfermos, sino víctimas de la sociedad. Según el doctor Fuller, esta concepción -a la que no fue ajena la costumbre folclórica de la URSS de llamar esquizofrénicos a los disidentes- ha restrasado décadas la investigación. De haber seguido pensando como en el siglo XIX, quizá a estas alturas los científicos ya tendrían clara la causa y podrían desarrollarse tratamientos adecuados para atacarla y prevenirla.

2) Si éramos pocos, vino la New Age. Las teorías de la autoayuda y el neoegocentrismo han influido mucho en muchos sistemas de salud, que en lugar de mejorar sus redes de asistencia y alentar a los investigadores científicos, han generalizado una idea horrorosa e injusta. Hasta no hace mucho, se le decía a los esquizofrénicos y a sus familiares que su curación dependía de su voluntad y de los esfuerzos que hicieran por normalizar su vida y reintegrarse en la sociedad. Por tanto, si no mejoraban (que no lo hacían, porque las lesiones cerebrales siguen ahí aunque las ignores), se les echaba la culpa por no esforzarse lo suficiente, creando en los enfermos y en sus familias una frustración insoportable. Afortunadamente, casi nadie defiende ya estos rollos procedentes de traducciones de baratillo del budismo y de otras religiones orientales, pero el daño ya está ahí. De hecho, las secciones de autoayuda siguen funcionando bien en las librerías, haciendo creer a muchos que pueden solucionar sus problemas siguiendo cuatro formulitas simplistas y sin acudir al psiquiatra.

3) Quizá los genios y los locos no tengan nada que ver. Quizá hemos escuchado a los locos de una forma errónea, prestando atención a lo que no querían decir e ignorando el suplicio que manifestaban. En fin, que estoy sacando la conclusión de que, tanto quienes les han glorificado como espíritus libres de las convenciones de los cuerdos como los que les temen y les recluyen lejos de su vista, han hecho mucho daño. El sentido común no ha predominado en el bando de los supuestamente cuerdos. Les hemos fallado una y otra vez, y como seres humanos que son, merecían mucho más por nuestra parte.

Lecturas literarias sobre la locura que se me ocurren a bote pronto: El pabellón número seis, de Chejov; El corazón delator, de Edgar Allan Poe; Jane Eyre, de Charlotte Brontë; Las olas, de Virginia Woolf... Casi todas, del siglo XIX. Pelis: Shine, Repulsión (de Roman Polansky), Pi y la más floja de todas, pese a la genial interpretación de Russel Crowe, Una mente maravillosa. Ninguna de las que he citado trata al loco como un héroe, sino que busca comprender narrativamente su mente enferma. El loco-héroe de Alguien voló sobre el nido del cuco puede hacernos sentir bien a los izquierdistas bienpensantes con su alegato sobre el abuso de la autoridad, pero no dice nada del infierno personal del loco-enfermo. Es una bonita metáfora, pero inútil para acercarse a la locura.

¿Me dejo algún libro importante? Ah, sí, El Quijote, pero es que me había propuesto no mentarlo en una década después del centenariazo. Rompo hoy mi promesa. 

DEMOLIENDO HOTELES

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Fantástico documental sobre Charly García producido por People and Arts el que acabo de ver. Me gusta Charly García porque con él siempre me quedan dudas. Es pura pose, un personaje desmadrado salido del prolífico y extrahormonado útero de los años 70, pero dice cosas inteligentes cuando abre la boca. Me quedo con esta: "Yo inventé el oficio de estrella de rock en la Argentina. Ahora hay superestrellas, pero apenas quedan estrellas". Charly García no se conformaba con ser músico, sino que hizo horas extras para convertirse en estrella. Era otra ocupación añadida a la de músico. "Podía haber sido sólo un músico, pero entonces no me habría divertido tanto, ni habría ganado tanto dinero ni habría podido resistir los ataques de la dictadura". En parte, su idea del estrellato era una autodefensa: los milicos no se atreverían a matar a una estrella. El bochorno internacional sería insoportable para ellos.

Me gusta también porque creo que siempre ha sabido estar en su sitio, debido a que ha interpretado a la perfección su papel de estrella y eso le ha librado de sus ridiculeces más profundas. Por ejemplo, a finales de los 90, ante un concierto de 250.000 personas en Buenos Aires, no se le ocurrió otra cosa que montar un espectáculo con helicópteros sobrevolando la bocana del puerto y arrojando muñecos humanos, recordando las "desapariciones" de la dictadura. Las Madres de la Plaza de Mayo pusieron el grito en el cielo. Charly pudo haberse amparado en su libertad artística, y no le habrían faltado apoyos, pero prefirió sentarse a hablar con las Madres y llegó a un acuerdo con ellas. No sólo dio marcha atrás en lo de los helicópteros, sino que sacó a las Madres en el escenario como gesto de reconciliación.

En fin, una actitud muy poco estrellada por parte de una estrella arrogante y egocéntrica, obsesionada por el hedonismo y el lujo. Charly ya es uno de los grandes de la música en español. En Argentina es un gigante ("Here, in Argentina, I am the boss", cuentan que le dijo una vez a Bruce Springsteen). Episodios como el de las Madres demuestran otro tipo de grandeza. Yo me quedo con sus canciones, como esta, titulada Demoliendo hoteles:

Yo que nací con Videla,
yo que nací sin poder,
yo que luché por la libertad
y nunca la pude tener.
Yo que crecí entre fascistas,
yo que morí en el altar,
yo que crecí con los que estaban bien,
pero a la noche estaba todo mal.

Hoy paso el tiempo
demoliendo hoteles.
Mientras los plomos
cruzan los cables,
matan rehenes.

Hoy paso el tiempo
demoliendo hoteles.
Mientras los chicos
allá en la esquina
pegan carteles.

Yo fui educado con odio
y odiaba a la humanidad.
Un día me fui con los hippies
y tuve un amor
y también tuve muchos más.

Hoy paso el tiempo
demoliendo hoteles (etc., etc.)

29/10/2006 02:48 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Música Hay 9 comentarios.

AQUÍ NO HAY QUIEN VIVA

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Tengo unos vecinos que, en primer lugar, espero que no estén leyendo esto. Menudo corte cuando me los encuentre en la escalera. Tengo unos vecinos con superpoderes, quizá otorgados por el acentuadísimo acento aragonés de su habla -nunca deja de sorprenderme que sea en Zaragoza donde el acento alcanza sus cotas más altas de cercanía con la parodia y el estereotipo; en los pueblos, no se nota tanto-. Compartimos patio de tender la ropa, pero ellos, a diferencia de nosotros, tienen siempre las ventanas abiertas. Consecuencia: todas sus discusiones, penas y alegrías inundan mi karma doméstico. Que si la niña llega tarde, que si la niña no estudia, que si la niña contesta mal a su padrastro, que si a la niña la ha dejado el novio número 48 que ha tenido este año... En fin, es como asistir a una sesión contínua de Supernanny, pero sin mediadora: la desesperada madre se bate en solitario con la desmadrada y salvaje adolescencia. Podría ser incluso épico, pero a mí me satura. Preferiría no enterarme de esas cosas, la verdad.

Pero donde de verdad manifiestan superpoderes es en el radar que han desarrollado para joderme mis días de estudio, meditación y trabajo (ora et labora, pero sin hábitos mugrientos ni pedofilia de cenobio). El despachito desde el que escribo esto da pared con pared con el cuarto de la superadolescente, y desde allí, ha desarrollado un radar que detecta cuándo necesito concentración para escribir o para mis múltiples y estúpidos proyectos. Tal día como hoy, en que no tengo que ir al periódico donde echo las tardes, ella se pone en guardia. Puedo haber planificado un sosegado día de estudio, meditación, lecturas pornográficas y continuación de la escritura de alguna mamarrachada pendiente. Tanto si me quedo solo en casa como si no, puedo haber bajado a por unas cervecitas para los ratos de asueto, me pongo ropa cómoda y enciendo un poco de incienso. Abro el ordenador y empiezo a teclear las primeras tentativas. Todo es paz, todo fluye, mi karma retoza de gusto. Y entonces, en ese preciso instante, mi vecina decide darle al play. Es toda una melómana, no se crean. Puede tener el día raeggeton, el día Bisbal, el día Ubago si ha discutido con el novio, el día Oreja de Van Gogh si recibe la visita de una amiguita... Vamos, que tiene calados mis gustos y se afana por agradarme el oído. Eso, cuando no apaga la música y ejecuta sus bellos ejercicios de canto. ¡Porque es jotera! La tía saca diafragma y me regala unas cuantas coplas a capella, a mayor gloria de Aragón. ¡Qué chorro de voz, oigan! Y así sigue un rato, hasta que yo desisto de todos mis proyectos y miro la cartelera para ver qué peli puedo ver, y busco alguna de Bergman u otro autor que explore mis tendencias suicidas. Bueno, pues entonces, y sólo entonces, la criaturita decide terminar la sesión por ese día. Su radar funciona mejor que el de muchos aviones. Intento volver a ponerme frente al ordenador, pero ya se me ha olvidado lo que pretendía hacer, así que me visto y quedo con alguien para echar una cerveza. La cerveza de la resignación.

Mientras camino por la calle, pienso si hacerse viejo no será eso. No hace tanto, era yo el que incordiaba a mis vecinos con fiestas y charlas multitudinarias con cerveza hasta el amanecer. Ahora soy yo el cascarrabias. Ese sutil cambio de roles es el síntoma más claro de que mi mundo empieza a estar más cerca de la madurez que de la adolescencia. Y también pienso que estoy cojonudamente, y que si la madurez es esto, bienvenida sea. Total, cuando me cargue a mi vecina, alegaré enajenación mental transitoria provocada por la racialidad de los versos joteros. Sólo un tío maduro puede tener esa premeditación para el crimen. Un adolescente mata a tontas y a locas. Yo, en cambio, ya lo tengo todo pensado. Por cierto, ahora que me acerco al punto final de este artículo, ha decidido quitar a Bisbal, que me ha acompañado durante buena parte de esta redacción. Qué finura de radar, oigan.

AIRES DE VINILO

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Hay películas que no me canso de ver, y la joyita que firmó Stephen Frears y llamó Alta fidelidad es una de ellas. Qué gran señor Mr. Frears. Todavía no he visto La reina, una peli cuyo tema me repele, pero, si la hace Frears, habrá que verla. Para los (pocos) afortunados que no hayan visto Alta fidelidad, la peli cuenta la historia de un pringado treintañero -que borda John Cusack- al que acaba de dejar su novia tras varios años de convivencia por la sencilla razón de que es un capullo inmaduro, egocéntrico y bastante friki. Es decir, alguien con quien puede sentir empatía el 90 por ciento de los pringados que estamos más o menos en su horquilla de edad. El capullo inmaduro tiene una tienda de vinilos de segunda mano donde trabajan dos megafrikis -bordado uno de ellos por Jack Black-. A lo largo de la peli, el capullo inmaduro trata de descubrir por qué le dejan todas las novias, así que localiza a las cinco cuyo abandono resultó más doloroso. Un psicoanálisis, pero con fantasmas de carne y hueso, no del inconsciente.

Es muy divertida, pero lo que de verdad me engancha de Alta fidelidad son sus ambientes. Ambientes de vinilo. La tienda de discos es como el paraíso. Está muy bien recreada, casi puedes oler el polvo y el cartón viejo y cuarteado. Me encantan las tiendas de discos de segunda mano, con su aire de desván, su aparente desorden, su desgana. Si me tocaran los euromillones, me montaría una tienda de vinilos sólo para pasar las tardes en ella escuchando los discos que nunca tengo tiempo de escuchar. Dejaría que la gente manoseara los cajones y mezclase los discos de Ian Gillan con los de Woody Guthrie, y los de Bob Dylan con los de Peter Frampton, algo que no consiento que se haga en mi casa. En fin, quizá la monte algún día, cuando se me termine de caer el pelo, y hasta los iPods sean una antigualla porque la gente llevará las canciones injertadas en un huesecillo del oído medio.

Allá donde voy, tengo que entrar en una tienda de vinilos. En Zaragoza sólo queda una, Discusatix, que abre los fines de semana que le apetece al dueño. En tiempos estaba cerca del cruce de Tenor Fleta con Camino de las Torres, en un local que ahora es un cibercafé. El local de allí era maravilloso, enorme, con la caja llena de pegatinas. No es que pudieras escuchar los discos antes de comprarlos, es que debías hacerlo, y para eso te ponían unos cascos y te dejaban un tocadiscos. Te miraban como a un bicho raro si no ejercías ese legítimo derecho de friki. Hace unos años, se trasladó al barrio de las Delicias y dejó de abrir todos los días. Una lástima. En Madrid, hay miles de tiendas de vinilo, y todavía aguantan, pese a que el propio Madrid Rock ha caído. Me acuerdo de Discos La Metralleta, donde podías encontrar a los cantantes melódicos más estrambóticos, y de todas las tienduchas que están por las callejas adyacentes. Son buenos sitios para perderse en una tarde ociosa, y he tenido tantas tardes ociosas... La lástima era que no tenía pelas para comprar lo que pasaba por mis manos. Había que conformarse con manosearlos y fantasear un rato. En Londres, en Camden Town, la cosa es estupenda. Hay una tiendecita en Iverness Street llamada Vinyl Addiction que vende unos singles de 45 rpm, de los pequeñitos, tan valiosos y raros, que están guardados en estuches con candado. Pero las que más me gustaron fueron las de Nueva York, las de los dos Villages (Grrenwich y Este). Recuerdo una en la que me volví loco y gasté más dólares de los razonables. Estaba muy cerquita del Blue Note y permanecía abierta pasada la una de la madrugada. Y llena de gente. Gente rara, por supuesto. Eruditos del glam, doctorados en psicodelia californiana de la primavera de 1968 y graduados en ediciones japonesas con la palabra "coño" censurada en la contraportada. Unos angelitos asociales, vaya. En Barcelona, en la calle Avinyò, hay un local minúsculo propiedad de un italiano loco que es experto en Dylan. Es difícil entrar allí y no salir con un vinilo del señor Bob bajo el brazo. También en Valencia, en el incombustible barrio del Carmen, encontré una tiendita encantadora por indicación del gran Manolo, compañero de desdic