Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2007.
Resumen
- 03/04/2007 00:34 - PGEOCUPACIÓN
- 04/04/2007 12:26 - ACLAGACIÓN
- 05/04/2007 20:52 - ORDEN EN LA SALA
- 06/04/2007 00:49 - FÍSICA, FANTASMAGORÍAS Y AEROSTATOS
- 08/04/2007 20:30 - TOULOUSE-ZARAGOZA
- 10/04/2007 02:09 - MORRIÑA DE GABARDINA
- 13/04/2007 00:55 - TODO ES VERDAD, TODO ES MENTIRA
- 14/04/2007 23:52 - DEADWOOD
- 15/04/2007 20:21 - DEBERES DE LITERATURA
- 17/04/2007 01:43 - GOYA ERA UNA MUJER
- 19/04/2007 02:26 - EL GRAN VARGAS LLOSA
- 22/04/2007 13:38 - TODO UN CRACK
- 23/04/2007 03:14 - ENTREVISTA A ISAAC ROSA
- 23/04/2007 18:09 - IMAGINA ARAGÓN
- 24/04/2007 01:03 - DEAR DIARY
- 25/04/2007 02:23 - IDIOTA, IDIOTA, IDIOTA
- 26/04/2007 12:25 - HASTA LOS BLOGS ME TIENEN
- 27/04/2007 13:30 - HISTORIA-FICCIÓN
- 30/04/2007 20:50 - GERONA PRIMAVERAL
PGEOCUPACIÓN

A estas alturas, todo el mundo andará enterado de que han utilizado un fragmento del preámbulo de las Instrucciones para dar cuerda a un reloj leído por el propio Julio Cortázar en un anuncio del nuevo Seat León. Bien, nada que objetar. Aunque muchos fanes han escrito cartas a los medios ofendidísimas al grito de ¡sacrilegio!, entiendo que sacralizar a Cortázar equivale a no entender nada del sentido lúdico de su estética. Claro que no deja de ser cierto que habría sido altamente improbable que el argentino hubiera consentido en vida algo así. ¿Cómo se hubiera vendido el camarada Julio a la bicha capitalista de esa forma tan infame?
No me preocupa lo más mínimo. Es más, agradezco escuchar en la tele, de improviso y sin venir a cuento, las inconfundibles egues afrancesadas (de puro frenillo) del maestro. ¿He escrito "inconfundibles"? Eso creía yo, porque resulta que no lo son en absoluto. El otro día, una amiga me dijo: "Hostia, ¿has visto el anuncio del pavo ese que habla tan raro pronunciando así las erres?". "Sí, es Cortázar...", le dije casi en un susurro. "¡No jodas! ¿Ése es Cortázar? Pues cené la otra noche con Fulano, Zutano, Mengano y otros 10 más y ninguno lo sabía. Todos nos reíamos de lo raro que hablaba. Fue la coña de la noche".
En fin, no se vayan ustedes a creer que Fulano, Zutano, Mengano y otros diez más son cavernícolas, fracasados escolares o lobotomizados recientes. Estamos hablando (incluida mi amiga) de universitarios brillantes, viajados por Europa y América, angloparlantes y, algunos, seudoapoltronados en puestos de responsabilidad. Alguno ha hecho sus pinitos artísticos, y otros se han labrado ya lo que puede llamarse una carrera en el mundo de las artes. Todos se ganan la vida con holgura en un trabajo de fuerte carga intelectual, y ni uno solo de ellos, ni uno solo, identificó a Cortázar en la voz del anuncio. Entenderán ahora el por qué de mi "pgeocupación". Que no estamos hablando del penúltimo premio Nobel recién salido de Barbados ni de un elitista autor danés, sino de uno de los tipos más leídos, debatidos e influyentes del siglo XX en el mundo castellanoparlante. Y ese tipo tenía un rasgo que lo definía y le daba carácter, hasta el punto de ocupar capítulos enteros de algunas de sus biografías: su voz. Con ella leyó y grabó en discos casi toda su obra. Es fácil de escuchar, es accesible, no es un descubrimiento de minorías. No digo que sea una obligación de todos, pero, estadísticamente, yo creía que era muy improbable que en un grupo de quince universitarios de letras, ambiciosos y bien situados, ninguno saltara aclarando a los demás de quién es esa voz y qué cuento lee.
Supongo que si el autor del anuncio no especificó que la voz era la de Cortázar fue porque pensó que no hacía falta. Que la entonación y las egues del "gueloj con su coguea" se bastaban solas. ¿Debo entender que Fulano, Zutano, Mengano y otros diez más no se han cruzado en toda su vida con Julio Cortázar? Porque están todos muy creciditos ya. Si es así (que espero que no), que Alá nos coja confesados, porque no quiero pensar qué otras lecturas faltan en sus estantes y en sus cocos.
Por cierto, podéis ver el anuncio pinchando aquí.
Y los que queráis escuchar un fragmento de la histórica entrevista que se le hizo en TVE en 1977, pinchad aquí.
ACLAGACIÓN
Tengo una segunda pgeocupación, y es que se entienda bien la pgeocupación expuesta en el anterior post. A tenor de algunos comentarios de Cide y de Maga, creo que me expresé con la claridad de un disléxico borracho, dado que me atribuyen una intención que no tuve en ningún momento. No creo en cánones ni me considero un examinador que juzga la cultura ajena en función de sus criterios y baremos personales. Soy el primero en reírme de esas compilaciones del tipo Cien libros que no puede dejar de leer antes de morirse. Por tanto, que alguien reconozca o deje de reconocer a Cortázar o a Santa Teresa de Jesús en pleno éxtasis hormonal en un anuncio no me indica ni me deja de indicar nada sobre esa persona. Ni la consideraré menos merecedora de mi estima o mi respeto. Lo que dije, y sólo quería decir -y por lo visto, no supe decir-, es algo muy distinto: que me alucina que en un número considerable de individuos que presumen (justificadamente) de bagaje cultural, no haya uno solo capaz de identificar esa referencia. ¡Es que es estadísticamente más fácil que me toquen dos bingos seguidos a que ocurra eso! A las pruebas me remito: entre los comentaristas de este blog, hay unos cuantos que pillaron el asunto, lo que entra dentro de la normalidad, de lo esperable.
Perdonad que incida de forma tan cansina en esto, pero no me gustaría que nadie piense que voy poniendo marcas a la gente en función de lo que leen o dejan de leer.
ORDEN EN LA SALA

Ordenar discos y libros da siempre mucha pereza. Las nuevas compras, los regalos, el cargamento de novedades editoriales que periódicamente me pasa Antón Castro para reseñar en el Artes y Letras o porque cree que me pueden ser útiles, los caprichos... Ser ordenado no es un atributo que me adorne, y los libros y los discos se van amontonando en casa y en la redacción, formando pilas que se suman a otras: la pila de lecturas pendientes, la pila de libros que me sirven para el artículo que estoy escribiendo sobre qué me sé yo, la pila del no me caben en la mesa y los dejo en el suelo... Así, la casa se va llenando de montones de libros y de discos (esto, cada vez menos: el iPod es el culpable) en los que me manejo con soltura, pues el hacedor del desorden siempre se mueve bien en su caos. Pero todo tiene un límite, y en mi caso el límite suele venir cuando no encuentro el libro o el disco que me he empeñado en encontrar. Entonces, me arremango y me pongo a ordenar. Eso sucede una vez al año como mucho, y en 2007 ha sucedido hoy, Jueves Santo para los católicos; merecido día de laico asueto para mí.
He atacado a los discos (los CD, que los vinilos tienen su caja aparte) y, mientras me llenaba las manos de polvo, he redescubierto el placer friki de husmear y reencontrarme con mi discoteca. Lado malo: también he descubierto que ya no me quedan estantes. Me iría corriendo a comprar otro mueble para esos CD huérfanos que me miran con pena desde la mesa, pero ya he dicho que es Jueves Santo y esta ciudad está paralizada.
Sin sucumbir a una nostalgia estúpida, compruebo que los CD (que ordeno alfabéticamente por el nombre del intérprete) cuentan mi vida, pero la cuentan siguiendo un relato que sólo yo puedo entender. Una biblioteca o una discoteca dicen mucho de una persona, pero no cuentan su vida a los extraños: sólo ella tiene las claves para descodificar esa sucesión de títulos y traducirla a emociones, recuerdos, personas, aromas, ciudades, amores... La memoria se activa casi proustianamente, en torrente.
Hay dicografías completas de grupos que no escucho desde hace diez años. Hay catas punk, hay obsesiones californianas y obsesiones londinenses. Hay infumables obras maestras del experimentalismo que soy incapaz de oír, pero que me tragué con deleite de aprendiz. Hay discos que simplemente no sé cómo han llegado hasta mí, y otros que recuerdo demasiado bien, como ése que me regaló una novia que estaba a punto de dejar de serlo cuando me hizo el regalo, que le valió una angustiosa prórroga (no sé decir que no a los regalos). Hay discos que me prestaron y que nunca devolví, y discos fantasma que presté a alguien que nunca me los devolvió. Hay discos de los que directamente me avergüenzo, y que escucho siempre a solas, como si fuera un vicio inconfesable. Hay discos a los que pondría un altar y que regalaría a todo el mundo para que todo el mundo fuera tan feliz como lo soy yo al escucharlos. Hay algún disco firmado, con dedicatoria insustancial y apresurada. Hay discos rotos. Hay discos que hablan de amigos que se perdieron sin dejar estela, pero que parecen conservar su huella digital impresa en la carátula. Hay discos que hablan de chicas con las que nunca me acosté y de chicas con las que me acosté demasiadas veces. Hay discos que ponen banda sonora a una mudanza, a un adiós, a una metedura de pata dolorosa, a un verano con la ventanilla bajada y la cara reseca por el aire lleno de sal marina, a un invierno solitario en una ciudad fea con un trabajo que no gusta y a una noche inolvidable que apenas recuerdo y en la que me imagino que sonaron canciones que nunca sonaron. Y, sobre todo, en un lugar especial, hay discos que me descubrieron los amigos. Fernando Trueba dijo una vez que un amigo es alguien que te descubre una canción, un libro, una ciudad, y te las regala. Esos amigos se quedan siempre, por más años o kilómetros que haya de por medio: mientras se comparta una canción, un libro o una ciudad, el nexo no se rompe. La palanca que pone en marcha la complicidad sigue activa.
Los discos me recuerdan que he sido muchas personas distintas, y que quizá ahora soy la suma de todas. O la negación de todas. No podría deshacerme de ellos. El iPod es estupendo. El ordenador, también. Pero cuando buceo en los archivos de mp3 no siento nada. No hay carátulas arrugadas ni cajas que han servido de posavasos durante una borrachera épica o una Nochevieja tórrida. No hay sentimentalismos anteriores a la era digital. Sólo hay música. Y no está mal: los fetichistas coleccionistas como yo somos aborrecibles. Viles materialistas que reducen la vida a objetos y no disfrutan de la espiritualidad del bit.
En fin, voy a empezar a desordenar los CD, para poder ordenarlos otra vez el año que viene y disfrutar de otro día como el de hoy. Ahora, me voy a hacer la maleta, que mañana toca viaje. Es decir, mañana toca el futuro, que ya está bien de pasados.
Foto: Una de las rarezas más estrambóticas, misteriosas y horteras que he descubierto hoy. ¿Qué crisis maníaco-depresiva estaba atravesando yo cuando me dio por comprar este CD de Badana, unos heavies de Alicante? Quiero pensar que me lo regalaron cuando hacía radio, pero no recuerdo haber entrevistado ni tenido tratos con este grupo. Dios, qué fea es la portada. Y las canciones, no quiero ni comprobarlas.
FÍSICA, FANTASMAGORÍAS Y AEROSTATOS

En mi todavía reciente último viaje a París me llamó la atención esta tumba del cementerio Père Lachaise, que enumera las tres actividades en las que destacó el finado: "Física, Fantasmagorías y Aerostatos". Me encantó, me hice fan de Etienne-Gaspard Robertson de inmediato, pero le había olvidado hasta hoy, cuando me he puesto a repasar las mil fotos que tiré en París.
He hecho una cata en Google y me he enterado de que el tal Etienne-Gaspard fue un belga que medró en la corte sin rey del París revolucionario, a la sombra de Robespierre y Danton. Debía de ser algo así como un Da Vinci de saldo, un embaucador muy listo con ciertos conocimientos científicos que usaba para montar estrafalarios espectáculos, aunque, oficialmente, él era dibujante y pintor. Utilizaba una cámara oscura de su invención con la que invocaba a los fantasmas, pero eran efectos visuales y sonoros muy logrados. Tanto, que se estudian como precursores del cine. Quizá se inspiraron en él para el Mago de Oz.
Se hizo muy famoso y todavía se le estudia con pasión en algunas universidades. Seis años antes de morir, en 1831, escribió unas memorias de sugerente título: Mémoires récréatifs, scientifiques et anecdotiques d'un physicien-aéronaute (Memorias recreativas, científicas y anecdóticas de un físico-aeronauta. Parece el testamento del profesor Franz de Copenhague). Murió el mismo año que Mariano José de Larra, por cierto. Se reeditaron en 2000, pero todavía no he encontrado un solo ejemplar a la venta. Mañana, si el tiempo no lo impide, estaré en Francia, donde creo que no es festivo, y quizá me sepan dar razón de él en alguna librería de Pau o de Toulouse. En cualquier caso, se admiten pistas, blogueros bibliófilos. Cuando consiga y lea el libro, lo incorporaremos a la galería freak de este tugurio.
TOULOUSE-ZARAGOZA

Acabo de volver de Toulouse, la hermana francesa de Zaragoza. A veces, las sinergias asustan:
- Toulouse tiene 700.000 habitantes, y Zaragoza, 650.000.
- Toulouse es la cuarta ciudad francesa, y Zaragoza es la quinta española.
- Toulouse es la referencia de los Pirineos centrales franceses, y Zaragoza, la de los españoles.
- Toulouse tiene el Garona, y Zaragoza, el Ebro.
- Toulouse tiene el Canal du Midi, y Zaragoza, el Imperial de Aragón. Dos de los canales artificiales más antiguos de Europa.
- Toulouse fue capital de varios reinos medievales, aunque todos cristianos. Zaragoza fue capital de varios reinos medievales, musulmanes y cristianos.
- Toulouse tiene un azud en el Garona. Zaragoza pronto tendrá su azud en el Ebro.
- Toulouse tiene un festival de cine español llamado Cinespaña. Zaragoza tiene el mismo festival, pero llamado Cinefrancia.
Si me pongo a pensar, seguro que saco algún paralelismo más, pero ahora me vienen a la cabeza las diferencias. Las sangrantes diferencias.
- Toulouse es la capital mundial de la aeronáutica: es la sede de Airbus y uno de los centros de la Agencia Espacial Europea, por lo que está llena de cerebritos científicos y su universidad es la segunda más importante de Francia y una de las más destacadas de Europa en el ámbito tecnológico. Zaragoza es la capital mundial de... de... de... ¿la logística? Por cierto, ¿alguien sabe qué es la logística? La comunidad universitaria de Zaragoza, aunque es potente, no puede compararse ni de lejos a la de Toulouse.
- Toulouse no fue bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial. Por eso, los edificios de ladrillo rojo (marca de la ciudad, que le da un tono diferente al resto de las homogéneas ciudades francesas) se mantienen en el plano del centro, lleno de callejas retorcidas, rotas de cuando en cuando por un bulevar haussmaniano y rectilíneo. Zaragoza tampoco sufrió bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial (alguno que otro durante la Civil, claro), pero a veces da la impresión de que fue arrasada hasta los cimientos y reconstruida por un mercenario futurista sin escrúpulos (a lo mejor fueron eso los Sitios que en 2008 cumplirán doscientos años). La armonía no es un rasgo que define la ciudad.
- Toulouse tiene 13 museos de primer orden, entre ellos un destacado centro de arte contemporáneo y una de las mejores galerías fotográficas de Europa. Zaragoza tiene siete museos y cuatro salas de exposiciones, pero ninguno de ellos es referente internacional en su campo.
- Toulouse tiene 27 teatros, auditorios y salas de conciertos, sin contar los bares y los cafés que programan espectáculos más pequeños, que dan cobertura a una bulliciosa programación cultural: después de París, es la segunda ciudad francesa más inquieta y de donde más grupos musicales y tendencias surgen, por encima de Lyon y Marsella. Zaragoza tiene seis salas dignas, sin contar el Pabellón Príncipe Felipe, y la ebullición que se respira no puede compararse ni de lejos con Madrid o Barcelona, pese a los Violadores del Verso y a los imitadores de Héroes del Silencio.
- Toulouse tiene una calle, la Rue des Lois, llena de librerías pequeñas, grandes y medianas. Por el resto de la ciudad también se pueden ver decenas de pequeños locales rebosantes de libros. En Zaragoza, de un tiempo a esta parte, ha desaparecido un buen montón de librerías tradicionales (lo contaba Mariano García en un reportaje reciente en Heraldo), y sólo los muy osados Portadores de Sueños se han atrevido a refrenar esta nefasta tendencia.
He aquí todo un ejercicio de demagogia preelectoral que espero que no moleste a ningún triunfalista zaragozano, pero pienso que cuando los términos comparativos se reducen al PIB y a las grandes cifras demográficas, nos perdemos el fondo, que viene a ser lo interesante, aquello con lo que bregamos en el día a día. Vamos, que Toulouse y Zaragoza pueden ser hermanas que viven separadas por una cordillera, aunque han recibido una educación parecida y, durante siglos, han vivido historias similares. Pero, por desgracia, a Zaragoza le ha tocado ser la hermana fea que se queda en la barra mientras la otra liga con apuestos europeos.
Foto: el azud del Garona en Toulouse visto desde el Puente de los Catalanes.
MORRIÑA DE GABARDINA

¿Qué pasó con los detectives? ¿Adónde se fueron? ¿Qué empleado de Ikea desmontó sus cochambrosos despachos? ¿Qué jefe de recursos humanos despidió a sus solteras y sagaces secretarias? ¿Qué inspector de sanidad cerró el tugurio que les servía café negro a las cuatro de la madrugada? ¿Qué estilista quemó sus gabardinas astradas? ¿Qué ONG denunció sus malos modos y su nihilismo? ¿Dónde se metieron? ¿Por qué nos los han cambiado por eficientes funcionarios policiales, científicos, madrugadores e impolutos?
Leo en cómic las andanzas de Néstor Burma, el Marlowe francés, y me ha entrado morriña de su tópico. Veo a los polis (polis, esto es, gente de dentro del sistema, no en el turbio margen, como los detectives) de las series de ahora y no aguantan la comparación. Intelectuales, histéricos, obsesionados con la dieta, neuróticos, eficientes, pulcros, eruditos... Sin mugre, sin desencantos por un mundo que la guerra mandó a la mierda, sin fantasmas en el armario, sin facturas pendientes de pagar, sin amigos muertos en la cuneta, sin chica que se invente una coartada por ellos a cambio de un guiño de ojo.
Yo me quedo con Burma, el personaje de Léo Malet adaptado por Jacques Tardi para el tebeo e interpretado por Guy Marchand en la tele (en una serie que creo que nunca se ha emitido por estos lares). En España se han traducido tres de las cinco novelas que Tardi adaptó de Malet. En total, Malet escribió 30 novelas con Nestor Burma como prota, y la primera fue esta, 120, rue de la Gare, publicada en 1943, cuando los aliados aún no habían desembarcado en Normandía. Concebida como una copia del personaje de Raymond Chandler, muy pronto tomó rasgos propios. Burma habla francés, y no sólo me refiero al idioma: Burma fue derrotado y hecho prisionero por los nazis al comienzo de la guerra, sobrevivió en la Francia de Pétain y vio crecer un nuevo país liberado en torno a él, que presumía de haber derrotado al nazismo, guardando de mala gana el secreto que todos sabían: que esa gloriosa Francia no había hecho nada para vencer a la bestia. Era una Francia que se dormía sobre unos laureles que no merecía.
Es el pecado original de un país que luego ha tenido que cargar con otros de aspecto argelino. Es el pecado original que asoma en el personaje de Burma, genialmente dibujado por Tardi, que se esforzó mucho en que sus rasgos no se parecieran a los de Bogart. Pero más atractivo incluso que Burma es el escenario por el que se mueve. Cada novela de Malet se desarrolla en un barrio distinto de París, y Tardi se documenta hasta la obsesión para reproducir verazmente el aspecto que tenía tal esquina o tal tienda en el mes y el año que marca la acción (años 40, 50 y 60). Y lo hace con cuidado, sin dejar nunca que un exceso de detallismo barra la historia o sus protagonistas. Si repasas cada viñeta, encuentras marcas de licores, formas de vasos, manteles, ropas, vidrieras y moquetas dibujadas con precisión arqueológica, pero hay que fijarse en ellas para percibir su presencia, porque su maestría consiste en construir con ello una atmósfera que envuelve sin ahogar.
Hay mucho de recreación del tópico en la lectura de Tardi, que siempre tiene que decir algo suyo cuando dibuja historias ajenas. Hay mucho cine y mucha novelita devorada. No podría haberlo hecho de otra forma: hoy sólo podemos mirar a los tipos como Burma como los tópicos que son. Nadie cuerdo querría imitarles, nadie les convertiría en patrón de nada. Sólo son papel, tinta y humo. Y está bien que así sea. Está bien que salgan del terreno del arquetipo social y pasen al del folclore, pero, ¿de verdad era necesario sustituirlos por esos aburridos funcionarios policiales que siguen dietas ricas en fibra? ¿No podemos disfrutar de ellos un poco más?
En fin, ya que la tele y el cine me los niegan, seguiré con la literatura y el cómic, de donde todavía no les han echado del todo.
TODO ES VERDAD, TODO ES MENTIRA

Dice mi cuñado que su vecina le contó que Menganito había visto cómo una señora relataba con gran gestualidad la guisa con la que Alejandro Sanz entró en Urgencias con una botella en el culo (uy, ¿he escrito yo eso? Qué soez me pongo, redios). ¿Quién no habla de oídas en este país nuestro? ¿Quién no cree a pies juntillas que en esa curva se aparece una chica en camisón que hace auto-stop y anuncia con acento del Bierzo que se mató en tal punto kilométrico porque las imprudencias se pagan? Puede que sea verdad, puede que no. Lo que no podemos es comprobarlo.
Es un problema con el que todos mis colegas -y yo mismo cuando me da por trabajar- nos tropezamos a diario. Llegas a un pueblo, te encuentras con un señor, le enchufas la grabadora y él empieza a largar: "Pues mire usted, resulta de que tal y cual". Y tú, más tarde, escribes: "Fulanito de Mengánez declaró: 'Resulta de que tal y cual'". ¿Pero y si Fulanito te ha metido una bola y no ha visto ni ha oído lo que dice que ha visto y ha oído? Para eso está nuestra máquina de la verdad, dirán en Telecinco. Pero es un chisme muy aparatoso y no me gusta llevármelo de reportajes, así que tengo que limitarme a exprimir, recoger y contrastar. Un rollo.
No siempre se puede contrastar. No siempre se puede volver al punto de origen. La mayoría de las veces te tienes que fiar de lo que te cuentan unos y otros y procurar que las versiones no se contradigan. Algunos filósofos pegigueros incluso saltarán con que no podemos hacer nada para alcanzar la verdad, que no es más que una patraña subjetiva. ¿Qué pasa entonces? Pues que no hay más remedio que coger las cosas o dejarlas. Eso es lo que le pasa al inclasificable libro El maestro Juan Martínez que estaba allí, de Manuel Chaves Nogales, periodista sevillano de los años 30.
Publicado en 1934, cuenta el presunto relato que el bailaor flamenco Juan Martínez hizo al periodista sevillano de cómo vivió la Revolución Rusa, que le sorprendió en Moscú, Petrogrado y Kiev, y de cómo sobrevivió a los terrores rojo y blanco con varios ardides. Aunque está redactado en primera persona, se nota la mano de Chaves. No es una transcripción de un discurso. Hay demasiado estilo. Demasiada literatura. Lo que te indica que estás leyendo una reelaboración muy reelaborada, medida y corregida, que marca mucha distancia con el relato oral original. Otro problema es que Juan Martínez cuenta tres años largos e intensos de su vida (1916-1919) casi 20 años después de haberlos vivido, y lo hace sin ahorrarse un detalle: ni número de cigarrillos fumados en una noche ni nombres ni calles ni fechas. Demasiada exactitud para un período que debió suceder como un torbellino ante sus ojos y en el que probablemente estaba demasiado preocupado por sobrevivir como para fijarse en minucias no comestibles. ¿No será esto una novela en lugar de un reportaje? ¿De nuevo el trampantojo narrativo? ¿De nuevo Cide Hamete contando El Quijote?
Y, sin embargo, se mueve. Sin embargo, los datos son ciertos en su mayor parte, como ha comprobado la investigación histórica posterior. Claro que eran datos a los que podía haber tenido acceso el propio Manuel Chaves para novelar sobre ellos, aunque resulta muy difícil que así sea: estamos hablando de 1934, con las purgas de Stalin ya en marcha y una Europa que calentaba motores de guerra. La información que llegaba de la URSS era nula al margen de la propaganda. Incluso, aunque hubiese sabido ruso y hubiera tenido ocasión de viajar allí, le habría costado algo más que sudor obtener esos datos. ¿Simple memoria de elefante del bailaor?
Sea como fuere, El maestro Juan Martínez que estaba allí, rescatado por Libros del Asteroide, es un documento muy interesante para los aficionados a la historia del siglo XX y para los lectores de literatura, pues es también un libro de aventuras contado por un pícaro, un outsider que intenta salvar los muebles sin llevarse a nadie por delante. ¿Qué coño hacía un bailaor español en la Rusia de los soviets?
DEADWOOD

Seth Bullock, canadiense, irascible y abstemio, ha llegado a Deadwood, y a Al Swearengen no le gusta. "This is not good for my business", murmura con ese maldito acento inglés que tanto odian los irlandeses que frecuentan su saloon. La llegada de Bullock al pueblo no es buena para su negocio, pero sí lo es para los adictos a las buenas series. He tardado demasiado en descubrir Deadwood, pero ya estoy metido hasta el cuello en su barro, su mugre y sus partidas de póquer. Esta tarde he sucumbido y me he llevado la primera temporada a casa, que disfruto a oscuras, a falta de whisky, con unas botellitas de cerveza Kwak (¡se ha levantado la veda etílica!).
Esta serie de HBO creada por David Milch (que se fogueó como guionista en Canción triste de Hill Street, serie que no me explico que todavía no esté en DVD) se basa en una historia real: la construcción del pueblo de Deadwood en 1876 en territorio indio, y de cómo acabó formando parte de Dakota del Sur. Empezó siendo un lugar sin ley, al margen de los Estados Unidos, ya que se situaba fuera de los límites del tratado que el general Custer había firmado con los indios. Durante unos años, Deadwood no tuvo alcalde, ni sheriff, ni juez. Lo único que tenía era la promesa de conseguir mucho oro en su río y la garantía de ser un refugio para los fugitivos. Éste es el escenario histórico sobre el que David Milch construye su ficción, con personajes igualmente históricos como protagonistas.
Más allá de lo que se dio en llamar western crepuscular, Deadwood es lo que necesitábamos los amantes de la frontera y de la mugre. Qué grande que a alguien se le haya ocurrido volver su vista al western, pero no al de John Ford. Deadwood es Peckinpah desnudado de épica y de romanticismos. Es Peckinpah sin lealtades. Un Peckinpah adaptado a la sensibilidad del siglo XXI. Por eso aparece tan potente y seductor.
Qué gusto da que alguien vuelva su mirada hacia la frontera, hacia esa frontera que pone todo al límite, que subyuga y condiciona cada detalle de la existencia de los personajes. Qué gusto da que alguien hurgue en la historia y encuentre el nombre de Seth Bullock, un buscavidas canadiense que curiosamente se cuenta entre los fundadores del parque de Yellowstone y que, en 1876, se convirtió en el primer sheriff de Deadwood. Al igual que Paul Newman en El juez de la horca, él tendrá que aplicar la ley "al Oeste del río Pecos".
En fin, ya tengo una nueva serie de la que soy fan. La caja tonta sigue asombrando.
DEBERES DE LITERATURA

Por sugerencia de su mayor y mejor aprovechado discípulo en España, he descubierto a Georges Perec, cuyos libros he leído en estos dos últimos meses. En especial éste, Je me souviens (Me acuerdo).
Perec (1936-1982) se adscribe generalmente al nouveau roman, aunque esta etiqueta -como todas las etiquetas- no dice nada ni de él ni de su obra. La corriente llamada literatura potencial sí que se ajusta más a lo que él pretendía, si es que sus pretensiones se pueden sistematizar. La literatura potencial, como su nombre indica, no ofrece textos narrativamente cerrados y completos, sino en potencia: esboza unas guías y boceta unos cuantos pilares para que sea el lector el que complete el asunto. Como un juego, como un pasatiempo, los lectores van incorporándose ellos mismos al discurso hasta llegar a una especie de comunión laica con la humanidad, con esa sensación de que lo que separa a unas personas de otras no es más que un puñado de detalles fugaces y estúpidos.
Je me souviens es un ejercicio literario demoledor por su simplicidad, aunque es un plagio admitido del libro I remember, del pintor estadounidense Joe Brainard. La obra la componen 480 frases que empiezan con "Je me souviens..." que evocan un recuerdo personal de Perec comprendido entre los años 1946 y 1961. Ninguna frase tiene más de diez líneas y ningún recuerdo se justifica ni se aclara su significado. Algunos ejemplos (traducidos torpemente por mí):
"Me acuerdo de que, a mediados de los cincuenta, lo chic consistió, durante algún tiempo, en llevar, en vez de corbatas, lazos de una finura a veces extrema".
"Me acuerdo de que Citroën utilizó la Torre Eiffel para una gigantesca publicidad luminosa".
"Me acuerdo de la ambición de tener un día las 57 variaciones Heinz".
"Me acuerdo de que uno de los tres cerditos se llamana Naf-Naf, pero, ¿y los otros?".
"Me acuerdo de que Los Noctámbulos y El barrio latino, en la calle Champoillon, eran dos teatros".
El efecto del conjunto es brutal, epifánico. Para mí, es como una veta de la que se pueden sacar toneladas de oro literario si se tira de ella. De hecho, un ejercicio que voy a practicar a partir de ahora es hacer mis propios "je me souviens" y guardarlos como una reserva en época de sequía, como germen de futuras historias o detonador explosivo de las que estoy escribiendo. Empezaré ahora mismo, y os invito a hacer lo propio. Recordad las normas: una sola frase, un solo recuerdo por frase y no hay que explicarlo ni adornarlo:
Me acuerdo de que el Lagarto Juancho corría sin mover las manos.
Me acuerdo de las porras de Atilano, que eran más pequeñas que las de otros bares.
Me acuerdo de que Brian May tiene el pelo rizado.
Me acuerdo de los helados Camy.
Me acuerdo de Tete Cohete y de Chicha, Tato y Clodoveo, de profesión sin empleo y de La familia Trapisonda, una gente que es la monda, aunque este último no es de Ibáñez.
Me acuerdo de que en casa se compraba Diario 16.
Me acuerdo de que no entendía las letras de Radio Futura, y de que sigo sin entenderlas.
Me acuerdo de que las fallas se queman con una traca.
Me acuerdo de que en catalán-valenciano, buzón se dice "bústia", y guisantes, "pessols", aunque todo el mundo diga "busó" y "guisants", y es de mal tono corregirles.
Me acuerdo de que el prota de Al final de la escalera era compositor.
Me acuerdo de que me corregían cuando preguntaba si alguna vez iríamos a Europa, porque ya estábamos en Europa, pero yo no me lo creía.
Me acuerdo de que Miguel Ríos nació en Granada.
Me acuerdo de que, a veces, me bajaba en el metro de Sol, me compraba un gofre con chocolate y, hasta que no me lo terminaba, no cogía otro metro.
Me acuerdo de que me preocupaba engordar.
Me acuerdo de un bar punki que se llamaba Juanita Banana, por delante de cuya puerta a los niños nos daba miedo pasar y donde se escuchaba a un grupo llamado La Polla Records.
Me acuerdo de que Michi Panero solía sentarse a beber cerveza en una terraza de la plaza de Santa Ana.
Me acuerdo de El jovencito Frankenstein.
Me acuerdo de que las camas de El Escorial son muy pequeñas.
And so on...
GOYA ERA UNA MUJER

Exceso de trabajo. Con él, los camioneros se estrellan. Pero los juntaletras, a lo sumo, estropeamos una reputación o provocamos unas risas con nuestros disparates gramaticales.
Dado que todo el mundo sabe que no es necesario decir "Regina Martyrum" al completo cuando se habla de Goya, sino que basta con decir la Regina de Goya, hoy, en medio de mi diarrea mental, me ha dado por titular "Imagina que Francisco de Goya te enseña la Regina". Ay, sólo de imaginarme al pobre Paco con las piernas abiertas descubriendo su verdadero sexo... He tenido que añadir Martyrum, por si a alguien se le ocurría pedirle que le enseñara también las pinturas negras de los calzoncillos. Ahí queda. Una más en mi ya larga colección de burradas escritas pero nunca publicadas.
Ese titular tan extraño, que no da ninguna noticia, es uno de los que saldrá en un suplemento especial el próximo 23 de abril. Los que me leáis desde Aragón y hojeéis Heraldo, habréis comprobado que llevamos un par de días anunciando en las páginas de Galería unos enigmáticos reportajes para el 23 de abril, San Jorge, Día de Aragón. Ése es el motivo de mis desvelos de las últimas semanas. Si el suplemento no acaba antes conmigo, acabaré con él muy pronto, y espero que os guste. Se titula Imagina Aragón, y está quedando muy majo. Si durante esta semana este blog no se actualiza a diario, esas páginas son las culpables. Si encontráis en ellas algún titular tan jocoso como el de Goya enseñando la Regina, hacédmelo saber o enviadselo a El Jueves. En ese caso, adjudtadles mi currículum, por si el gazapo me cuesta el puesto, que nunca se sabe.
EL GRAN VARGAS LLOSA

Habré visto a Mario Vargas Llosa cuatro o cinco veces, pero nunca me he atrevido a acercarme a decirle nada. Todas las veces han sido en el mismo sitio: una cafetería que hay junto al Círculo de Bellas Artes de Madrid. Alto, de pie y gesticulando acalorado junto a la barra, sin perder la sonrisa. Sé que es fácil encontrártelo cuando está en Madrid, que frecuenta muchos lugares del centro y siempre en hora punta, y eso ha terminado por convencerme de que este hombre padece un vitalismo furibundo que va a acabar con todos. Podría vivir encastillado en un chalet rodeado por sus cuadros y sus lameculos privados, pero le gusta la calle, el paseo, la caña en el bar. No sabe vivir sin sentir la ciudad.
Qué tipo. Aunque me molesta bastante su discurso político (no por derechoso, sino por simplón y por seguir la estela de individuos tan poco solventes como Carlos Rangel), literariamente no tiene rival. No queda más remedio que postrarse ante el Vargas Llosa escritor y el Vargas Llosa lector. Como autor, se atreve con todo, no se acomoda, fuerza sus límites, arriesga como si fuera un recién llegado y no tuviera una reputación que mantener. Como lector, lo devora todo, está al quite de lo último y anda siempre con el cedazo buscando las pepitas de la sorpresa. Es el literato completo. Es un tipo que respira literatura y que la entiende como una forma de vivir, no de morir encerrado entre volúmenes polvorientos. Se palpa, se respira en cada línea, desde La ciudad y los perros hasta Travesuras de una niña mala. Pocos autores me han hecho gozar tanto: recuerdo la primera vez que leí Los cachorros con la misma emoción íntima con la que he vivido mis mejores noches.
Pensé en el vitalismo arrollador del peruano cuando me enteré de que aceptó prologar la nueva edición de Cien años de soledad, pese a que ni olvida ni perdona a Gabo. Antes, prologó los cuentos de Cortázar en Alfaguara, y después, se prologó a sí mismo en la edición de sus Obras completas en Galaxia Gutenberg. Y en cada prólogo afina el tiro sin remilgos eruditos, como el lector de trinchera que es. Estés o no de acuerdo con sus juicios, es admirable cómo su mirada busca esa zona de sombra en la que el autor y su obra se confunden y se ensucian el uno de la otra (o la otra del uno).
No le darán el Nobel porque dárselo ahora sería reconocer que deberían habérselo dado antes, pero creo que es el escritor del "boom" que más lo merece. Os transcribo un párrafo del prólogo al primer volumen de sus Obras completas, cuya lectura funciona como una nana estas últimas noches en las que llego reventado a casa. Dice Vargas Llosa refiriéndose al virus formalista que infectó casi toda la literatura occidental en los años 60, y que él manifestó con La casa verde:
"Entre las muchas tentaciones que debe enfrentar un escritor acaso la de la 'forma' sea la más corruptora y, también, la más difícil de resisitr. Porque ella halaga el instinto más potente en quien dedica su vida a inventar historias: el amor por las palabras, ese medio que es también fin, placer en sí mismo, para quien escribe, alguien que, poco a poco, a medida que se hunde en el lenguaje y se deja llevar por esa sustancia sutil y sensual con la que entabla una relación entrañable y gozosa, erótica y mística, empieza inevitablemente a sentir esa ambición -esa utiopía- (...). A veces, algunos grandes creadores que sucumbieron a esta tentación de escribir un 'libro sobre nada', que fuera sólo estilo, forma pura, han producido obras maestras casi ilegibles, en las que, en efecto, la materia verbal ha sido artísticamente depurada hasta el extremo de que las palabras existen en ellos para no decir nada fuera de ellas, sólo para exhibirse a sí mismas en su originalidad (...). Hasta ahora, en su milenaria tradición, el lenguaje no ha sido todavía un personaje interesante, ni el orden narrativo un protagonista cuyas andanzas emocionen al lector".
Podrá decirse que es muy fácil decirlo y que la teoría literaria nos la sabemos todos, pero no habla un teórico, sino un escritor de pico y pala, un currante de las letras que ha sufrido mil insolaciones verbales. Qué grande es Mario.
TODO UN CRACK

Al gran periodista deportivo Javi Hernández le han hecho un reportaje en Canal Plus (que me envió por correo electrónico y que os insto a ver pinchando aquí ). Entiendo que quienes no le conozcan le admiren como un ejemplo superlativo de superación y esfuerzo. Quizá algunos no se crean que una persona con sus limitaciones pueda llegar tan alto, pero los que hemos tenido el privilegio de trabajar a su lado en una redacción, de charlar horas y horas con él y de disfrutar de su enorme sentido del humor, de su brillante desparpajo y de su buen rollo en cualquier bar a las tantas de la madrugada, nos pasa absolutamente desapercibido si tiene o no brazos. Ésas son las cosas que admiramos de Javi, y eso que se dedica a una parcela periodística que me resulta ajena. Pero no me resultan ajenas sus palabras ni sus textos monumentales. Es un puto crack, un jugón de los grandes. ¡Un abrazo, maestro Hernández!
La foto la tomo prestada del blog de Mario Ornat , que también ha hecho su merecido y sobrio homenaje al gran Hernán.
ENTREVISTA A ISAAC ROSA

El sevillano Isaac Rosa estuvo el otro día en Zaragoza presentando en la Fnac su última novela, ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil! Le presentó Javier Rodrigo, nuestro Javivi (glups, he desvelado su identidad supersecreta) y yo aproveché que el Pisuerga pasaba por aquí para conocerle y hacerle una entrevista para el periódico donde echo las tardes. Hela aquí. Aclararé que el tratamiento de usted es preceptivo en las entrevistas del periódico, pero yo tiendo al tuteo, para qué nos vamos a engañar.
Su último libro es una reedición de su primera novela, pero le ha añadido los comentarios de un supuesto lector que critica y desmonta cada capítulo. ¿Dónde termina el juego y dónde empieza la fustigación masoquista?
Cuando me propongo hacer una propuesta de lectura crítica de mi primer libro, llega un momento en el que quiero que esa actitud se lleve al máximo, hasta el punto de que se puede cuestionar la propia propuesta de lectura e interpretarla como una broma. Se trata de que ese lector impertinente que aparece ahí termine no siendo necesario, porque el lector real ya ha asumido esa mirada, ya no es un ingenuo y desconfía del autor.
"¡Otra maldita novela sobre la Guerra Civil!". ¿Es un grito de piedad, de basta ya?
Es un título que puede generar confusión, y hay quien puede interpretarlo como una llamada a no escribir más sobre la Guerra Civil. Al contrario. Quien lea el libro descubrirá que es precisamente una llamada a seguir escribiendo, pero a hacerlo con otros tratamientos. A escribir en serio, a atreverse a revisar el pasado con todas las consecuencias.
¿Cuáles son esas consecuencias?
Pues aprovechar las capacidades que tiene la literatura para indagar en el pasado desentrañando aquello que nos dice más del presente. No aporta nada que hoy se publiquen novelas que repiten temática y formalmente lo que ya habían hecho autores de hace 30 o 40 años.
Vamos, que considera ese tipo de literatura algo reiterativo.
Sí, son libros que acaban resultando previsibles, y que ignoran todo lo que han investigado los historiadores y todo lo que han avanzado las técnicas narrativas. Si con todo eso, no somos capaces de hacer otro tipo de literatura sobre la Guerra Civil... Hay que mirar al pasado, pero para hablar del presente. Estas novelas se pasean por la guerra como quien visita un parque temático, y lo que a mí me interesa como escritor es buscar claves para entender el presente.
O sea, que busca que la literatura propicie un debate social.
En España se ha producido un cambio con respecto a la forma de mirar la guerra, el franquismo y la Transición, pero la literatura no ha cambiado. Los narradores vamos con retraso y no hemos sabido estar a la altura de las circunstancias.
¿Cree que los autores españoles tienen una mirada excesivamente complaciente sobre su obra?
Sí, aunque no sigo todo lo que se publica. Pero estoy al día de las novedades, y muchas veces, la lectura es decepcionante, porque te das cuenta de que la mayoría de los autores no son muy exigentes consigo mismos. Hay escritores que se acomodan en una fórmula o en un género y no salen de ahí. Lo que he hecho en esta novela, lo habría realizado con mayor provecho con obras de otros autores donde creo que son más evidentes los defectos que señalo, pero, claro, no les habría sentado muy bien, así que he destripado mi propio texto.
¿Y cómo cree que se tomarán esta propuesta sus colegas escritores?
Pues como ya me ocurrió con "El vano ayer", veo que nadie se da por aludido. Incluso autores que deberían sentirse señalados, me felicitan diciéndome que ya está bien de novelas de la Guerra Civil, cuando son ellos los que escriben esas malditas novelas.
El año 2006 fue el Año de la Memoria y se vivió un auténtico "boom" editorial e institucional sobre la Guerra Civil. A toro pasado, ¿se ha sacado algo en claro?
Yo creo que todo fue un intento de institucionalizar (y, por tanto, de controlar y limitar) un movimiento social que reclama otra mirada sobre el pasado. Había un intento de liquidación: hablamos de la guerra durante un año y después, ya no más, porque le hemos dedicado doce meses al tema. Sin embargo, yo creo que ese movimiento ha sobrevivido y se siguen publicando, investigando, escribiendo novelas, promoviendo debates...
¿Seguirá indagando en el pasado reciente en sus próximos proyectos literarios?
No, no, para mí esto es un tema cerrado, y ahora me interesan otros temas más actuales. No creo que vuelva a escribir sobre la guerra ni tengo más malditas novelas de juventud para recuperar.IMAGINA ARAGÓN

El parto ha sido doloroso, pero al fin ha salido la criatura. El suplemento de 40 paginitas para el Día de Aragón ya está en la calle. En él se cuentan 18 historias de aragoneses fuera de serie a los que hemos mareado y hemos puesto en situaciones curiosas. En fin, sólo quería suspirar de alivio porque la criatura ya está en la calle.
DEAR DIARY

Los blogs cumplen diez años, y yo he encontrado este poema de Leonard Cohen que parece celebrar el origen privado y testimonial de este divertimento que nos tiene a todos tan entretenidos. Además, enlaza con lo que hablábamos hace poco de Georges Perec y la universalización de la experiencia personal. De como una persona puede ser (y de hecho, somos) todas las personas a la vez. Se titula Dear Diary:
You are greater than the Bible
And the Conference of the Birds
And the Upanishads
All put together.
You are more severe
Than the Scriptures
And Hammurabi's Code
More dangerous Luther's paper
Nailed to the Cathedral door.
You are sweeter
Than the Song of Songs
Mightier by far
Than the Epic of Gilgamesh
And braver
Than the Sagas of Iceland.
I bow my head in gratitude
To the ones who give their lives
To keep the secret
The daily secret
Under lock and key.
Dear Diary
I mean not disrespect
But you are more sublime
Than any Sacred Text.
Sometimes just a list
Of my events
Is holier than the Bill of Rights
And more intense.
IDIOTA, IDIOTA, IDIOTA

Llego a casa inusualmente pronto. Enchufo una radio que no escucho nunca a esas horas mientras me preparo una cena que no estoy acostumbrado a tomar tan temprano. Estoy fuera de mi rutina, por lo que cualquier cosa que aparezca en ese momento ha de ser por fuerza disonante, ruidosa, incómoda. Un locutor muy serio de un programa que dice llamarse Hora 25 de los Negocios parece imitar el tono de un Carrusel deportivo cualquiera. Altisonante, admonitorio, fulminante. ¿Se trata de Pepe Domingo Castaño convertido en predicador presbiteriano? No, es un serio periodista económico (tengo un amigo que tenía vocación de periodista económico, hasta el punto de que se hizo periodista económico sin que llegáramos nunca a entender su depravación. Él, por lo visto, es feliz, y le importa un detritus lo que pensemos de su vocación realizada. Hay gente pa tó).
Serio periodista económico. Sé que parece redundante, pero también sé de periodistas económicos que no son serios. No es el caso. Éste es serio y está cabreado. ¿Con quién? Al principio creo que con la Bolsa, pero no, porque dice que la Bolsa tiene sus reglas y su lógica, así que no podemos culparla de ser una Bolsa y actuar como tal. ¿Acaso es el mar dueño de sus mareas? ¿Acaso el sol decide cuándo alumbra y cuándo no? Sigo escuchando, suponiendo que está enfadado con las inmobiliarias que han pinchado su burbuja, pero tampoco, porque al fin y al cabo las inmobiliarias hacían su trabajo, que era vender pisos y tal. Entonces, digo yo que estará enfadado con los promotores. Pues no señor. Y con el ministerio del ramo tampoco. Al final, tras escucharle distraidamente mientras exprimo unas limas y añado mostaza a una vinagreta, llego a la conclusión de que el serio periodista económico está enfadado con nosotros, seres bípedos y racionales. Al fin y al cabo, nosotros somos los que compramos y vendemos pisos, ¿no? Nosotros somos los que transigimos con el chanchulleo. Nosotros somos los responsables. ¿Qué nos creíamos, que nos íbamos a ir de rositas? ¿Creíamos que todo el monte era orégano? Pues toma caída bursátil que te casco.
Está muy exaltado, y nos advierte: "Y a ver dónde va a acabar todo esto. No hagan caso al Gobierno que dice que esto se pasa. Esto va a ser gordo, prepárense". Para entonces, algo inquieto, ya he mezclado bien mi vinagreta. Me cercioro de que no le han salido burbujas inmobiliarias, apago la radio y me voy con mi sentimiento de culpa a ver la tele, a ver si allí están enfadados con otros. En Fox está Hugh Laurie (el doctor House) siendo entrevistado en el programa Inside the Actors Studio, desde un plató en el ídem. Entre bocado y bocado, le oigo decir: "Todos los grupos tienen su dinámica y sus roles repartidos. Si miras a tu alrededor y no eres capaz de identificar al idiota del grupo, es que el idiota eres tú". Me pongo a repasar mentalmente a mis amigos más queridos: no son perfectos y hay días en que mataría a más de uno y a más de dos. No pasa día sin que dé la razón a uno u a otro por evitarme una discusión, y los gustos que no coinciden con los míos me parecen horrorosos y hasta vomitivos de cuando en cuando. Pero no aplicaría el calificativo de idiota a ninguno de ellos. Es más, las cosas en las que chocamos me parecen entrañables la mayor parte de las veces: son sus sellos de identidad, son parte de su gracia y el origen de la mayoría de nuestras bromas privadas. Luego, si ellos no son idiotas... ¡ay, Dios mío! ¡El idiota soy yo! Con lo contento que había salido hoy del curro...
Joder, qué tunda de flagelos. No llevo ni media hora en casa y ya me han hecho sentir como un ambicioso mediocre responsable del desplome bursátil y un idiota. Y yo que creía que la autoestima sólo se dañaba en el ámbito laboral. Desde luego, la próxima vez que salga pronto de trabajar iré derechito al bar, donde nadie me dice cosas feas.
HASTA LOS BLOGS ME TIENEN
HISTORIA-FICCIÓN

Hay a quien le gusta jugar al ajedrez o a inventar palíndromos y quien tiene otras perversiones más pedantes incluso. A mí me gusta jugar a la historia-ficción con un par de amigos a los que veo cada vez menos (malditas maternidades y trabajos de jornadas imposibles). Tiene que ser cuando quedamos solos, para que no se ría nadie de nosotros, y entonces, con unas cuantas cervezas en el cuerpo, nos dedicamos a imaginar historias paralelas. La típica: ¿cómo sería el mundo si la República hubiera ganado la guerra civil o si los nazis hubieran vencido en 1945? Ésas son las fáciles, porque lo bonito del juego es hilar más fino, buscar un hecho más puntual (un atentado político, una dimisión, un discurso de un agitador callejero, un divorcio monárquico o que Marx hubiera decidido dejar de fumar con parches de nicotina y su irritación personal influyera en sus ideas) y borrarlo de la historia para comprobar cómo se desmoronan todas las consecuencias posteriores y se abren mil caminos posibles. ¿Qué hubiera pasado si en lugar de casarme con el mastuerzo de mi marido me hubiera fugado en moto con el canalla alemán que me robó el corazón en una playa de Torremolinos? Mi vida hubiera sido muy distinta. De eso va el juego.
Todo juego tiene sus normas, y éste implica la aceptación de la historia como un discurso lineal formado por causas y consecuencias, por una sucesión de hechos que se explican por hechos anteriores. Vamos, la idea más pedestre que puede manejarse historiográficamente, ¿no? Si quitas el atentado del príncipe de Sarajevo, no hay Primera Guerra Mundial, y si Calvo Sotelo sólo hubiera salido a dar un paseo tranquilo sin disparos la noche del 12 de julio de 1936 no tendríamos levantamiento del 18 de julio. A lo mejor lo hubiéramos tenido el 24, claro, pero un simple cambio de fechas trastoca toda la historia, de la misma forma que el hecho de que te atrevieras o no a dar aquel beso en aquel bar aquella madrugada decide en cierta forma tu vida posterior en un sentido u otro.
Creo que lo bonito de este pasatiempo es que te enseña que la historia concebida como una sucesión de causas-consecuencias es una engañifa y cómo esa concepción es una ordenación artificial de unos acontecimientos en los que domina el caos y el azar. Y, en última instancia, te enseña hasta qué punto el discurso histórico es una ordenación ideológica para justificar cosas del presente. Los hechos son los que son, pero podemos cocinarlos para que nos den la razón o se la quiten al contrario. Éste es el continuum que nos enseñan en la escuela y que nos hace sentirnos partícipes de la misma civilización que la de los antiguos griegos, pero no tanto -o, incluso, opuestos- de la de Al Andalus, por ejemplo, pese a que ésta nos es mucho más cercana en el tiempo y en el espacio. Este juego te enseña una de las máximas de los electroduendes de La bola de cristal: te desenseña a desaprender cómo se deshacen las cosas.
Viene todo esto a cuento porque Arturo Pérez Reverte (sí, él) publica este domingo que viene un artículo en defensa de la peli 300, dado que muchos han censurado la crueldad y salvajismo de los vencedores y deploran su exaltación. Reverte sale al paso diciendo que si esos 300 espartanos no hubieran vencido, la civilización griega habría sido engullida por los persas y que, por tanto, no habría habido ni Imperio romano, ni Renacimiento, ni Revolución francesa, ni laicismo, ni democracia. Éso es hacer historia ficción a lo grande, sin complejos, poniendo las causas de la democracia actual en la batalla de las Termópilas en lugar de en la de las Ardenas. Se parece un poco a esa teoría tan cara a Iñárritu que dice que el aleteo de una mariposa en Tokio puede provocar un terremoto en California.
A eso me refiero cuando digo que la construcción causa-consecuencia sirve para justificar casi cualquier cosa, convirtiendo en sagradas cosas que son fortuitas. ¿No tendríamos democracia si los persas hubieran ganado? ¿Danton y Robespierre nunca habrían existido? ¿Es que no hay muchos caminos para llegar a un mismo sitio? Es peligroso sacralizar las cosas, y especialmente a los antepasados, pues podemos caer en el error de pensar que vivimos en el mejor de los mundos posibles y que toda la historia anterior sólo ha sucedido para justificar nuestra presencia y nuestros actos. Es bonito y tentador poner toda nuestra vida en manos de unos desesperados en los campos griegos, en el fuerte de El Álamo, en los campos de Gettisburg o un meandro del Ebro en 1938, pero la vida y la historia son más complicadas que todo eso.
La historia como causa-consecuencia genera banderas, héroes y monumentos. Llamadme lo que queráis, pero una de las cosas que más me gustan de este extraño país que habito es que, debido a su peculiar historia, sus calles no están llenas de banderitas nacionales. Y no me parece del todo mal que amplios sectores sociales se sientan violentados cuando se hace una exhibición patriótica. El banderón de la plaza de Colón en Madrid es algo común en cualquier país. Cualquier villorrio francés tiene banderas tricolores hasta en la sopa; Lisboa está llenita de balcones con el trapo rojo y verde; Marruecos, para qué hablar; Italia, ídem. En México hay un banderón como el de la plaza de Colón en cada zócalo, Buenos Aires está tapizada de banderas nacionales y todavía recuerdo lo extraño que me sentía en Nueva York al montarme en unos vagones de metro pintados con las barras y estrellas. Lo que en España nos parece chocante, excesivo y molesto, en el extranjero es lo habitual, y yo celebro la anomalía española. Celebro que este país no tenga claro a qué ídolos debe honrar ni qué mitos debe tragarse. Y ojalá no hubiera ninguno más allá de la voluntad de convivencia.
PS: Acabo de recordar, a este respecto, lo que me ha contado esta semana un minero prejubilado de las cuencas mineras aragonesas. Ha sido uno de los que ha trabajado en el Museo Minero de Andorra (Teruel) y han reconstruido una vieja mina. Dentro de unas semanas la inauguran, y han descubierto que el castillete del pozo estaba coronado por un mástil. ¿Por qué no colocamos ahí una bandera, ya que vamos a reinaugurar la mina, en cierta forma?, pensaron. Muy bien, pero, ¿qué bandera se pone? En cualquier otro país estaría claro: la nacional, sin duda. Pero aquí se han puesto a discutir para no herir ninguna sensibilidad en Andorra: la aragonesa, la española, la municipal, la de la comarca... En estas, a mi minero se le ha ocurrido una idea genial: inventarse una bandera minera. Y ahí está, cosiendo una con un dibujo de un casco y un pico sobre fondo negro, rollo pirata. A muchos les parecerá estúpido e incluso les molestará que la bandera española no pueda ondear con normalidad sin que se arme la marimorena, pero yo creo que deberíamos sacar provecho de nuestra rareza. Como este minero, que, sin pretenderlo, ha encarado y resuelto con valentía y originalidad un espinoso asunto histórico y social.
GERONA PRIMAVERAL

Huyendo del agua, amanecimos en Gerona. Homenajeamos a Josep Pla en su segundo pueblo -después de Palafrugell y antes de Barcelona- con unos cuantos vinos ampurdaneses y un trote inmisericorde por las cuestas y esquinas de su infancia. Me gusta el silencio de su judería, que se llama Call; me gusta ser arrullado por la cadencia provinciana de sus terrazas, y me desasosiegan sus casas asomadas sobre el río, que marcha moroso y lleno de mugre.
Es imposible eludir el puntillismo paisajístico de Pla, su mirada de burgués ingenuo y huraño al mismo tiempo. Pero también vienen a la cabeza los tres tochos de José María Gironella sobre la República, la guerra y la posguerra, con el señor Matías pescando desde la ventana de su salón. Al pasar por la Universidad, que está incrustada en la roca de la ciudad, también nos acordamos de Javier Cercas y sus soldados de Salamina.
Gerona trae aromas afrancesados. Tiene en el aire el deje marchito de los burgos que han llegado a estar podridos, asfixiados por faldones de mesa camilla y mantillas de beatonas en misa de cinco, pero que han sabido dejar atrás lo rancio de sus siglos y se han lanzado a beber la modernidad. Gerona es un sitio agradable, donde parece que nunca pasa nada. Y, de hecho, es probable que nunca pase nada, que su periódico se llene con no-noticias, con retazos costumbristas que arropan la cartelera y las farmacias de guardia.
En Gerona, desconectados de todo y de todos -incluido este garito internetero, que ha cerrado por puente-, la realidad nos ha devuelto a nuestro mundo. Y precisamente elmundo.es titula: Nueva infanta en zarzuela. Y yo pienso en qué vino podría maridar con una infanta en zarzuela, un plato que no me resulta muy apetitoso a priori. Qué empacho borbónico, por dios. Me voy a tomar un poco de bicarbonato republicano, a ver si se me pasa la indigestión.

