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Resumen

LA GENERACIÓN DEL 22

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Por petición popular, cuelgo este reportaje publicado este viernes en el suplemento MVT de Heraldo. Gracias a todos los letraheridos amantes del vino con gaseosa, a los que espero seguir encontrándome con asiduidad en los peores tugurios de esta inmortal ciudad. La foto es de Juan Carlos Arcos.

Bueno, ¿estás preparado para escuchar con atención los intríngulis de la obra de cada uno de estos poetas?". Vaya pregunta. Casi me atraganto con la cerveza del aperitivo: ¿escuchar disertaciones de tipos empeñados en hablar de su libro? Pero si yo solo venía a una cena, caballeros. Creo que me confunden con un intelectual o algo así. Pobres.

Cuando me encargaron hacer un reportaje sobre un grupo de jóvenes poetas zaragozanos que se reúne el día 22 de cada mes para celebrar su genio en una fastuosa cena me arrepentí de no haber hecho como mi hermano: estudiar Ingeniería y forjarme un porvenir con apartamento en Marina d'Or. Pero ya es tarde para huir. Como si me hubieran atizado con un tomo de la Espasa, empiezo a delirar con imágenes de insufribles tertulias, los dos gordos tochos de la "Novela de un literato", de Rafael Cansinos Asens, y el retrato del grupo del Café del Pombo de Ramón Gómez de la Serna. Egos chocando entre sí como elefantes marinos en celo y personajes que declaman en endecasílabos con voz aflautada. ¡Con los letraheridos hemos topado!

Qué equivocado estaba. Antes de que viniera el camarero a tomar nota ya había quedado claro que estos poetas se han dejado la espiritualidad en los versos, y que a la cena acuden más bien carnales y risueños. Más que espirituales, espirituosos, a cuenta del vino barato que circula por la mesa.

La cita es en la Fonda La Peña, en el viejo Tubo zaragozano, un lugar que hay que conocer para creer que existe de verdad: una pensión a la vieja usanza, con su salón-comedor y sus huéspedes en pantuflas. En la tele, a todo volumen, la sintonía de "Cuéntame". ¿Glamour, 'charme', 'enchant'? No, señores, nada de eso: de primero, sopa de pescado, sopa de cocido y ensalada ilustrada, a elegir; de segundo, merluza o tortilla de jamón; de tercero (sí, de tercero, han leído bien), jamón, solomillo o magret de pato. En los vasos, vino con gaseosa, y en las cestas, pan en abundancia. El café y las copas, en otro sitio, que no hay que molestar a los huéspedes, aunque esa noche han hecho una excepción: nadie sabe cómo, Sergio Algora ha conseguido que el inflexible mesonero le sirva una buena taza de café cortada con un chorrito de JB. Quizá las estrofas bizarras y obscenas que ha entonado toda la cena han influido algo.

La cuenta: menos de diez euros por cabeza. Lo mejor del caso es que este rincón de la Zaragoza de otros tiempos aparece recomendado en la guía de España que edita Lonely Planet para el mercado anglosajón.

Los jóvenes poetas disfrutan como chavales con lo antiliterario del ambiente. En esta sesión, celebran el segundo aniversario de las cenas que les han unido espontáneamente como grupo poético, pese a las diferencias de estilo, ideológicas y de sensibilidad que hay entre ellos. Dos años de la fundación del "grupo del 22".

¿Cómo empezó todo? ¿Como la Generación del 27, que se reunió para homenajear a Góngora? ¿Como los surrealistas, que se juntaban para hacer manifiestos como quien hace calceta? Pues nada de eso: ni pasiones políticas ni reivindicaciones estéticas. El origen de este grupo poético antigeneracional está en el vino. Año 2005: "Estábamos participando en una cata de vino en Bodegas Almau y se nos hizo la hora de cenar -explica Miguel Ángel Ortiz, ideólogo en la sombra de la "Generación del 22"-. Alguien conocía este lugar y yo pregunté: '¿Qué día es hoy?'. Era 22, y propuse que a partir de entonces, todos los que estábamos ahí nos reuniésemos a cenar los 22 de cada mes en la Fonda La Peña". Hasta hoy.

Sin maestros

El día anterior a la última cena, Ángel Gracia dio una conferencia sobre poesía posmoderna aragonesa donde glosó la obra de todos ellos. La conclusión: que son una generación sin maestros, sin referentes, casi sin ideales y, por supuesto, sin objetivos. Cada uno es de su padre y de su madre, no buscan redimirse ni redimirnos y escriben poesía porque les gusta y porque les divierte. ¡Venga ese brindis! "Más allá de la literatura, lo que nos une es una sincera amistad", se encarga de recalcar Gracia, segando el paso al que quiera meter cizaña.

En noviembre, el 22 cayó en jueves, y eso está bien, porque cuando cae en fin de semana todo parece más vulgar: "Salir los sábados es de horteras", sentencia, burlón, Octavio Gómez Milián, que se ha sentado frente a Sergio Algora y mantiene con él una disparatada conversación sin sentido ninguno. Al menos, sin sentido para los que no vivimos metidos en una brecha del contínuo espacio-tiempo.

La lista de asistentes es ésta: Jesús Jiménez Domínguez, Miguel Serrano, el cubano Dolan Mor, Nacho Tajahuerce y los ya mencionados Octavio Gómez Milián, Miguel Ángel Ortiz, Ángel Gracia y Sergio Algora. Faltan Brenda Ascoz y Vicente Rubio (que está haciendo el doctorado en Nueva York). Las chicas son las consortes y presuntas musas: Leticia, Ingrid, Mary y Amanlis.

La casualidad y el buen humor han institucionalizado la cita en la Fonda La Peña. Quién sabe si es el germen de un movimiento poético que saldrá en los libros de texto de Bachillerato en el futuro, como salen ahora las fotos de la Generación del 27. De momento, se tendrán que conformar con este reportaje y con un cuento escrito por Miguel Serrano y publicado en la revista literaria "Quimera": se titula "Burned Children of Oregon", y allí aparecen con sus nombres. ¿Para la posteridad?

LOS OCHO POETAS DE LA FOTO:

DOLAN MOR:
Dolan Mor es el pseudónimo tras el que se oculta un poeta exiliado cubano que ha elegido Aragón como segunda patria. En 2006 ganó el premio de poesía de la Delegación del Gobierno con "Nabokov's Butterflies". Otros libros suyos son "Las historias de Jonathan Cover", "Seda para tu cuello" y "El plagio de Bosternag".

NACHO TAJAHUERCE:
El más joven del grupo. Colabora, entre otros, con Nacho Escuín en Eclipsados, una editorial zaragozana 'indie' de poesía, donde apareció el que hasta el momento es su único poemario (aunque ha aparecido en alguna antología, como la prestigiosa de "Noreste"): "Deshielo", de 2006.

OCTAVIO GÓMEZ MILIÁN:
A caballo entre las letras y la música, Octavio Gómez Milián es conocido en el mundillo zaragozano por ser el autor del fanzine "Confesiones de Margot", pero también ha escrito el poemario "Por qué no nos hicimos todo el daño de una sola vez" (2005) y participa en varios proyectos con músicos locales.

JESÚS JIMÉNEZ:
"Diario de la anemia. Fermentaciones" fue su celebrado debut en Olifante. Jesús Jiménez también ha hecho incursiones en el mundo del relato y es el último ganador del prestigioso premio Hermanos Argensola con "Fundido en negro", recientemente publicado por DVD Ediciones.

ÁNGEL GRACIA:
Sus primeras letras aparecieron publicadas en 1993 en "Cinco jovencísimos poetas aragoneses". Desde entonces han ido sucediéndose "Estigma", "Escultura de la nieve", "Valhondo" (uno de sus libros de poemas más celebrados) y "Libro de los ibones". Como prosista, ha escrito una novela corta, "Pastoral".

MIGUEL ÁNGEL ORTIZ:
Forma parte del grupo Ecrevisse y ha tocado muchos palos artísticos: además de la poesía ("Cuaderno azul de la distancia", "Donde comienza el desorden" y "Cuaderno de la sal en la mirada") ha escrito teatro ("Nosferatu"), guiones de cómic y, como remate, es artista plástico. Un todoterreno.

MIGUEL SERRANO:
Como prosista, ha ganado la última edición del premio de Literatura Joven que convoca anualmente el Gobierno de Aragón. Como poeta, su trabajo más sonado (nunca mejor dicho) es "La sección rítmica", que se compone de una serie de poemas-retrato de grandes músicos de jazz.

SERGIO ALGORA:
Casi no necesita presentación, porque el tiempo le va arropando con la quizá no muy grata etiqueta de "personaje de culto". Asaltó la escena 'indie' española con El Niño Gusano y ahora sigue con La Costa Brava mientras ahonda en sus versos (tiene cinco poemarios) y prueba suerte con el relato ("A los hombres de buena voluntad").

01/12/2007 22:30 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 11 comentarios.

VIAJE AL FIN DEL MUNDO

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Cuando le comenté a un amigo, gran conocedor de la literatura de viajes, que estaba enganchado a En la Patagonia, de Bruce Chatwin, me respondió que no está mal, pero que donde esté Paul Theroux... Hay gente difícil de impresionar, o quizá es que yo me emociono con cualquier cosa, pero he disfrutado muchísimo leyendo este viaje austral realizado en 1976.

Chatwin era un elitista inglés (con todo lo que eso conlleva: cínico, maniqueo y a veces un pelín racista, pero también culto y sobradamente erudito) que tenía 36 años cuando hizo su incursión patagónica. Murió de sida en 1989. En sus 49 años de vida recorrió medio mundo y dejó media docena de buenos relatos viajeros.

Mr. Chatwin decidió recorrer el Cono Sur en un momento muy complicado de su historia, con Pinochet imponiendo su terror en Chile y con Isabelita Perón a punto de ser sustituida por los milicos. Un patio muy revuelto, pero sólo al final del libro se deja ver que algo muy siniestro esturbia el aire de las estancias ganaderas. Apenas unos flashes iluminan la anormalidad de instante.

En la Patagonia es el viaje de un niño que creció con Kipling, Poe y Verne, un niño alucinado que espera entremecerse ante el faro del fin del mundo y que quiere seguir la pista de los fascinantes personajes que han dado forma al lejano sur. Parte de Buenos Aires en autobús, cruza Río Negro, dejando atrás la Pampa, y se interna en el territorio del Chubut. Allí rastrea la primera historia: la del reino de Araucania y Patagonia. A mediados del siglo XIX, un francés llamado Orélie-Antoine de Tounens (masón, para más señas) quiso crear un reino entre los patagones, a la vera de los Andes. Fue una mascarada llena de disparates que acabó con el pobre monarca encadenado y repatriado en un buque mercante. Sus descendientes todavía mantenían, bien entrado el siglo XX, la corte en el exilio del Royame du Araucaine et Patagonie. Por supuesto, en París. "¿Ha leído El hombre que pudo reinar, de Kipling?", pregunta Chatwin al heredero del destronado reino.

En la provincia de Santa Cruz (de donde vienen los Kirchner), Patagonia profunda, siguió los pasos de Butch Cassidy y los restos del Wild Buch o Grupo salvaje. Sí, sí, el mismo que llevó al cine Sam Peckinpah. Mi querido Peckinpah fabula con un fin heroico de los forajidos en el norte de México, ayudando a las fuerzas de Pancho Villa, pero lo cierto es que los supervivientes cruzaron toda América Latina en 1902 o 1903 y se instalaron en la provincia argentina de Santa Cruz, que consideraban tan libre e indómita como el Far West de 1870. En la Patagonia pasaron unos años plácidos, hasta que se les acabó el dinero y recurrieron a lo que mejor sabían hacer: atracar bancos. Tras unos cuantos golpes en la zona, la policía empezó a acosarles, las batidas les asfixiaron y enfilaron rumbo al norte. Fueron dando palos a lo largo de toda Argentina, hasta que cruzaron la frontera con Bolivia y, según parece, encontraron la muerte en un tiroteo muy parecido al que narra Peckinpah en la peli. O no. Otros dicen que pasaron a Perú y que incluso alguno volvió a alcanzar Estados Unidos, donde tuvo una vejez agradable bajo una identidad falsa. Leyenda, leyenda, leyenda. ¿Por qué nos gustarán tanto los bandidos?

En Comodoro Rivadavia, el principal enclave portuario de la región, rastreó los ecos de la Patagonia Rebelde, un movimiento insurreccional anarquista de los años 20 liderado por un inmigrante gallego que conmocionó a todo el país. Sobre este episodio hay una novela muy lograda de David Viñas titulada Los dueños de la tierra y publicada en España por la editorial aragonesa Prames. Por cierto, que uno de los personajes de esa novela es un inmigrante aragonés que ejerce de tal.

En Tierra de Fuego buscó a los familiares del indio que inspiró a Charles Darwin la teoría de la evolución y, ya en Chile, en Punta Arenas, se tropezó con una sociedad de terratenientes que rezaban cada tarde por Pinochet y daban gracias al cielo por que les hubiera librado de las hordas marxistas. Da escalofríos leer cómo una adorable anciana escocesa justifica y defiende el golpe militar mientras riega los rosales de la puerta de su coqueto hogar.

De norte a sur, una buena introducción para quien quiera sumergirse en los encantos de una tierra que ha inflamado las esperanzas y las imaginaciones de las mejores cabezas de varios siglos. La tierra del fin del mundo.

03/12/2007 01:36 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

FUTURAMA

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Cuanto más la veo, más me gusta. Futurama es lo mejorcito de Matt Groening, su obra más perfecta. Quizá por eso no tuvo la audiencia esperada y la suspendieron. Ahora sale en DVD, por aclamación popular, una nueva temporada. Directamente en DVD, sin pasar antes por televisión. Pues cojonudo: si prefieren los diarios de Patricia, que les den diarios de Patricia y que nos dejen nuestras series limpitas, en caja molona y sin anuncios.

"¿Qué fiesta es esta? Casi no veo alcohol y sólo hay una furcia". Grande, Bender, el robot doblador. Y grandísimas también las tonterías como esta:

Leela: No podremos repartir toda esta mercancía en tan poco tiempo.

Fry: Es cierto. La tiramos y decimos que la hemos repartido.

Bender: Bah, demasiado trabajo: mejor la quemamos y decimos que la hemos tirado.

Me gusta todo, pero en especial lo bien que sabe hurgar en todos los tópicos de la cultura popular del siglo XX y estrujarlos sin piedad, pero con los debidos amor y respeto.

¡Larga vida a Planet Express!

Foto: "¡Acabemos esto de una vez y vayamos a buscar unas robopilinguis!".

03/12/2007 22:58 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 5 comentarios.

NO TE MASIFIQUES

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Creo que era en el primer Celtiberia Show donde Carandell contaba esta anécdota:

Movida universitaria en el Madrid del tardofranquismo. Los grises se lían a hostia limpia por las calles y un chaval se refugia en una cafetería. Cuando está pidiendo un café en la barra, entra un policía de los que han estado repartiendo estopa. El morlaco le reconoce como integrante de la manifestación, se acerca a él con la porra en la mano y le espeta: "¡Dispérsese, joven!". El relato se acaba ahí, sin aclarar si el chico se arrancó los brazos, la cabeza y las piernas y las fue diseminando por el local para acatar la orden.

Me he acordado de la anécdota al encontrarme con un anuncio de una agencia de viajes en la nueva revista de Lonely Planet en español (que, por cierto, está muy bien, le da mil vueltas a todas las revistas viajeras españolas, aunque ese nivel era fácilmente superable a poco que los articulistas dominaran los indómitos misterios de la gramática). Los de esta agencia son alternativos, chupisuperguays y están especializados en el Sáhara, así que han escogido como lema: "No te masifiques". Me he mirado mi alegre panza de Buda (que, a diferencia de la luna, no está por la labor de entrar en fase menguante) y me he dicho: "No te masifiques, sé macrobiótico, como estos señores alternativos". Supongo que en la puerta de la agencia habrá un letrero bien grande que diga: "Gordos no".

Pues yo, damas y caballeros, me voy a masificar doce horitas en un avión y me marcho unos días al Cono Sur, a mi Buenos Aires querido. El siguiente post, Wifi mediante, lo escribiré en manga corta desde el verano austral. Nos vemos.

06/12/2007 02:45 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 3 comentarios.

UNA CUADRA SON 129 METROS

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Todo el mundo sabe que los latinoamericanos miden las distancias en cuadras. En Argentina no hay otra forma de entenderse. ¿Cómo que algo está “a 20 minutos”? ¿A 20 minutos de quién?, nos dicen. O de qué. Porque no es lo mismo por la mañana que por la tarde, un domingo que un día de laburo, con la novia o con los amigos. Las medidas de tiempo aquí no sirven porque son absolutamente subjetivas y dependen de lo iniciado que el individuo esté en el argentinísimo arte de la demora. Un mismo recorrido puede hacerse en 20 minutos o en dos horas en función de alguna de las siguientes variables bonaerenses:

-Que aparezca un conocido en el camino al que haya que dar una buena porción de plática y, si la dicha y el día son buenos, un café y unas empanadas en un local próximo.

-Que se cruce al paso una de las miles de millones de heladerías que hay en la ciudad, y urja regalarse un cucurucho de dulce de leche y, si el camarero o camarera son simpáticos, darles su parte de conversación.

-Que se contemple un socavón en la acera, un acto incívico en un conductor o un cartel con un precio abusivo y haya que comentar con el compatriota de al lado que este país es una mierda y que con gobiernos como este no saldrá nunca del marasmo y del caos. Ocasionalmente, el comentario puede provocar un motín de piqueteros espontáneo, por lo que el recorrido puede sufrir un desvío por la Casa Rosada.

Así que es mejor calcular las distancias en cuadras, porque eso es exacto, fiable y objetivo. Una cuadra de Buenos Aires mide exactamente 129 metros, según decreto colonial español, y el plano de toda la ciudad es una cuadrícula (también según decreto colonial español).

Es una constante tranquilizadora en un país que vive de susto en susto, pendiente de la siguiente crisis. Para los argentinos, está bien tener alguna certidumbre, y hasta hoy tienen al menos dos: que Gardel canta cada día mejor y que una cuadra de Buenos Aires mide 129 metros de lado.

La medida la respetan hasta los edificios más fabulosos y fantásticos de la ciudad, como el de la foto, que he tomado esta mañana. Probablemente, el más borgiano de la ciudad de Borges. Se llama Palacio Barolo , está en la Avenida de Mayo (también llamada Pequeña España, donde los bares y restaurantes se llaman Moncloa, Cibeles o Plaza de España y sirven fabada asturiana y calamares a la romana). Lo levantó en 1923 el arquitecto italiano Mario Palanti por encargo del magnate (también italiano) Luigi Barolo, que estaba muy preocupado por los vientos de guerra que soplaban en la vieja Europa. Barolo pensó que era necesario salvar los restos de Dante de la barbarie bélica y ponerlos a salvo en Argentina. Este edificio se construyó para servir de digno mausoleo al genio.

Por supuesto, el cuerpo de Dante nunca salió de Rávena, pero el fantástico Palacio Barolo, hoy un complejo de oficinas, se construyó para orgullo de los porteños. Está estructurado según los niveles de la “Divina Comedia”. En la planta baja, que es el infierno, están las oficinas del servicio secreto argentino. Tiene 22 pisos (número de estrofas de muchos cantos de la obra) y mide exactamente 100 metros (como 100 son los cantos de la Comedia de Dante). En cada piso hay 22 u 11 oficinas, aludiendo también a las estrofas de los cantos. En el lugar más alto, donde está Dios, una cúpula digna de Gaudí con un faro en la cúspide. La leyenda dice que todos los meses de junio, la cúpula se alinea perfectamente con la Cruz del Sur. Parece un edificio hecho para un cuento de Borges, ¿no?

¿Qué más puedo decir? ¿Que vuelvo a disfrutar como el niño que espero no haber dejado de ser? ¿Que no me duelen nada las doce horas de avión? ¿Que pasear por Buenos Aires es una de las cosas que más me gustan en esta vida? Pues sí, no hemos hecho nada del otro jueves todavía, ni siquiera hemos pisado mis rincones favoritos, pero me siento bien. Esta ciudad me sienta bien, y me sienta mejor ahora que la recordamos y no necesitamos andar con el plano desplegado. Qué gusto da hacer itinerarios de memoria. Bajar por Avenida de Mayo, beber un chopp (tercio de cerveza) en el Tortoni, dar una vuelta al monumento de Plaza de Mayo en recuerdo de las madres y las abuelas y entrar un instante en la catedral a rendir los obligados honores a la tumba del general San Martín, héroe de la Independencia de Argentina y libertador de Bolivia, Chile y Perú.

También da gusto, cuando el hambre aprieta, volver al Cuartito, uno de los templos porteños de la pizza, que aquí es una religión tan intocable como Maradona, Gardel y la albiceleste. Dadme una buena botella de Quilmes y seré completamente feliz.

Ya iré contando más cosas, que ahora esperan nuestros amigos con ganas de charla y de comer algo. Porque aquí siempre se tiene ganas de hacer esas dos cosas.

Ah, se me olvidaba: 34 grados ahora mismo en Buenos Aires. En los escaparates, Papá Noel. No pegan.

ESCASEZ DE MONEDAS

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No hay cambio en Buenos Aires, nadie sabe dónde están las monedas. Un incordio. Parece que los argentinos, hábiles nadadores de las aguas filosóficas, se ahogan en las miserias de la vida cotidiana. Lo que más jode en este país son las cosas de a pie de calle, las que casi no reciben atención.

El drama es éste: como escasean las monedas, y el billete más pequeño es de dos pesos, nadie da cambio ni se aceptan pagos en billetes grandes. Es raro que un taxista acepte más de 20 pesos, y olvídate de intentar pagar con en un bar con 50 o 100. Para colmo, el colectivo (autobús), solo acepta monedas. A nuestro amigo Javi le están haciendo polvo. Ir a la universidad es un suplicio: “Intentas comprar en un kiosco una botella de agua para cambiar tus 20 pesos para tomar el colectivo, y no te aceptan el billete. Compras más cosas para que te devuelvan billetes más pequeños y recorres otros dos o tres kioscos más comprando chicles, alfajores, qué sé yo. Al final, tenés que tomar un taxi que huele a mierda y gastarte 30 pesos comprando chicles”.

Leyenda urbana: hay mafias organizadas que acumulan monedas y las revenden a un precio superior. Puede que sea una leyenda, pero parece plausible en un país donde la picaresca asoma por todos los adoquines y hay señores por las esquinas que se anuncian a sí mismos como “oficinas de cambio” y buscan endosarte unos billetes falsos a cambio de tus dólares o de tus euros. Esta mañana, en San Telmo (donde se celebra un mercado de antigüedades dominical equiparable al Rastro de Madrid), un puestecito anunciaba el siguiente cartel: “Orange juice: 5 pesos. Jugo de naranja: 4 pesos”. Con dos cojones.

Éstas son las cosas que sacan de quicio a muchos argentinos, como nuestros amigos, que las viven con resignación. Y hay tantas… Vamos a un concierto de música clásica al aire libre, junto al Monumento a los Españoles. Cada año, la orquesta sinfónica nacional ofrece un espectáculo gratuito que congrega a miles de porteños. Los medios de comunicación se vuelcan, fuegos artificiales, silencio respetuoso hacia los intérpretes (salvo dos o tres bocazas de rigor, que son severamente acallados). Impensable en España que un acto de “alta cultura”, por más que el repertorio sea deliberadamente popular, sea el acontecimiento del día en la metrópolis. La cosa está bien, a los porteños les gusta exhibir su vena melómana: “El año pasado vino el Ballet Nacional Español y la platea costaba 250 pesos. ¡Qué vergüenza! Aquí la música es accesible, hay mucha afición, los espectáculos son baratos y accesibles, no elitistas”, dice Mecha. Olé por la cultura musical media argentina, pero incluso aquí asoma el lado picaresco-mafiosil: unos “gorrillas” controlan las zonas de aparcamiento cercanas al evento. La diferencia es que estos gorrillas no son como los españoles, no se conforman con la calderilla y piden tarifas de entre 20 y 40 pesos (entre 5 y 10 euros) por “guardar” el coche.

Más cosas que sacan de quicio y que calientan la conversación: la nueva presidenta, Cristina-Evita, que toma posesión mañana y cuyo desfile por el centro de la ciudad no nos queremos perder. Que una esposa “herede” la presidencia resulta vergonzoso para muchos, casi tanto como ese peronismo naif populachero y desganado que va a aclamar la “coronación”. Hoy La Nación desvela con todo detalle las exigencias protocolarias de Cristina. La más destacada, que ha elegido una banda presidencial de terciopelo con un bordado de 1.800 puntadas de oro. La cosa, como espectáculo, promete, ya contaremos. “Sergio, hay mucha literatura antiperonista que tenés que leer”, me insta Mecha, y también me invita a ir a Necochea, su pueblo pampero, para que su madre me cuente -con lujo narrativo del preciosismo argentino- cómo era la vida cotidiana bajo el rodete de Evita. En otro viaje será. Lo de los libros, que me den títulos, que tengo una maleta por llenar.

Por suerte, la conversación no se agota en la complejísima política argentina. Bajo la cálida noche del barrio de Palermo, con las terrazas llenas hasta los topes, charlamos y charlamos hasta que los párpados dicen basta. Cuidándonos de los pícaros, nos vamos a dormir.

PS: mensaje privado para Eduardo Montes-Bradley, por si acaso lo lees: te he llamado a los teléfonos que me diste, pero no logro dar contigo. Lo seguiré intentando, a ver si nos vemos antes de que vuelva a España, nos hacemos una foto y la puedo colgar aquí.

Foto: el que me acompaña en esta terraza de Palermo es Javier Roberti, sabio, brillante, idealista que afirma haber dejado de ser idealista, psicólogo en ciernes y mente preclara. Un crack. A mí parece que me ha dado un ataque de apoplejía y me he quedado más tonto de lo que soy, pero es la consecuencia de forzar el torso para salir en el objetivo. Además, pongo mi típica cara de foto, entre complacida y atontada. No se me puede sacar de casa.

LA NUEVA EVITA

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¿Por dónde empezar? No sé si vengo de presenciar un momento histórico, el nacimiento de una segunda Evita, la gran esperanza de los nuevos descamisados o de una pantomima pequeño-burguesa sin importancia. De verdad que no lo sé, pero me alegro de haber estado hoy en Buenos Aires y de haber vivido una experiencia imposible de presenciar en Europa.

Para los despistados: Cristina Fernández de Kirchner tomaba posesión de la presidencia argentina hoy. Importancia: es la primera mujer democráticamente elegida. en este país. Morbo: es la esposa del anterior presidente, que ha renunciado a presentarse a la reelección. Hay un tufillo desagradable en la maniobra. Nota a tener en cuenta: los Kirchner son peronistas, lo cual tampoco es una etiqueta muy definitoria de nada, pero hay que considerarla en lo que vale.

A todo esto, hay que añadir que los argentinos viven la política con intensidad violenta. A nadie en el país le ha dejado indiferente la ceremonia. Los discursos se han emitido íntegros y han sido seguidos masivamente por radio y por televisión, con agrado o con asco. El soporte popular de Cristina, que es mucho, ha tomado el centro de Buenos Aires, con algunos incidentes que hemos sufrido marginalmente en Plaza de Mayo.

La cosa iba así: Cristina es investida por el Congreso y recibe la banda y el bastón de mando presidenciales de manos del anterior presidente, su señor marido. Un taxista peronista bromeaba mientras escuchaba el discurso por la radio y nos llevaba por la avenida 9 de Julio: "¿Se darán un piquito o un abrazo?". Después, salen del Congreso y recorren en un desfile la Avenida de Mayo hasta la Plaza de Mayo, donde está la Casa Rosada. Allí había montada una gran fiesta peronista. Miles y miles de descamisados (pobres de solemnidad, doy fe) llegados en autobuses desde casi todos los rincones del país llenaban la plaza. Nos costó mucho abrirnos paso entre las banderas y el gentío que se apelotonaba en el escenario, pero al final conseguimos un buen sitio (algo peligroso también: un conato de avalancha y la bronca entre facciones peronistas han estado a punto de acabar muy mal y ahora podría estar escribiendo esto desde el hospital. Era un poco bruto el asunto, y la presencia de los antidisturbios con las tanquetas de agua no tranquilizaba nada).

El fantasma de Evita contaminaba toda la plaza. Las pancartas la invocaban, y algunas invocaban también a su marido el general. Retratos y siluetas sobre banderas blancas y azules. La propia Cristina ha terminado su discurso de investidura invocando también emocionada a "Eva" y ligándola con la lucha de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, que estaban en la cámara. Los mensajes contra la impunidad de los represores de la dictadura, la promesa de que se les seguirá persiguiendo y buscando a los desaparecidos, los más emotivos para todos, los más esperados.

Actuaron algunos grupos en un festival algo caótico que celebraba la toma de posesión, con la aparición estelar de Gustavo Santaolalla. Pero a quien esperaba todo el mundo era a Mercedes Sosa, la gran Negra, la más querida payadora, que se tiene en pie a duras penas pero que conserva su chorro de voz. Se sentó al micro y entonó el "Sólo le pido a Dios". Dos estrofas nada más, porque a la tercera entró, muy efectista, la gran Cristina-Evita de la mano de su marido Néstor. Los aplausos y los gritos del público acallaron a la Negra Sosa. Impecablemente vestida, con un traje diseñado para la ocasión y cuya confección era casi un secreto de Estado. Una refinada y elegante señora frente a los desarrapados que hace más de medio siglo aclamaban a Evita desde ese mismo sitio. ¿La historia avanza en bucles? No lo sé, pero sí que es cierto que por más que los que nos ganamos la vida poniendo por escrito las cosas que pasan nos esforzamos por encontrar la perspectiva original y novedosa, la realidad aparece mostrenca, con unas referencias sobadas y facilonas.

La sensación es algo noqueante. Agotadora, excitante. Siempre emociona ver a un pueblo en la calle. Hay que tener un corazón de cartón para quedarse indiferente. La lengua amenaza con desatarse por llanuras épicas, pero hay que tirar fuerte de las riendas para refrenar la cabalgada. Sobre todo yo, que soy más de interiores íntimos.

Me siento afortunado por haber visto esto, sea lo que sea.

Foto: era prácticamente imposible capturar a Cristina en el escenario, pero esta imagen, con las banderas en primer término, me ha parecido de las màs logradas que he hecho.

11/12/2007 02:01 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Buenos Aires 07 No hay comentarios. Comentar.

ENCUENTROS EN EL FIN DEL MUNDO

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Como parte de su absurdo e interminable itinerario, el avión hace escala en Usuahia, la ciudad del fin del mundo, en Tierra de Fuego. Es literalmente así: la población más austral del planeta, en el estrecho de Magallanes. Más al sur, sólo queda la Antártida, y precisamente en su puerto se arman las flotas de expediciones científicas que van al continente helado. Esperamos distraidos, hasta que Cris me dice: "Mira, ese chico se parece a Luis. Y esa chica a Helga... ¡Anda, si son Luis y Helga!". 

¿Qué posibilidades hay de encontrarse con alguien en la última ciudad del planeta, en lo que literalmente es el último confín? ¿Y de que esos "alguien" sean dos compañeros de trabajo (bueno, ella, ex compañera, aunque sigue colaborando con nosotros en el suplemento) en viaje de novios por Argentina? El mundo no es un pañuelo, sino la esquina llena de mocos de un pañuelo. Y nosotros somos los mocos, claro, tropezándonos constantemente entre nosotros. Sé que la imagen es muy burda, pero estoy recién levantado después de que volviéramos a Buenos Aires de madrugada, y arrastro todavía el atontamiento del avión.

Vamos a El Calafate, un enclave en medio de la nada patagónica, muy cerquita de la frontera con Chile y de Punta Arenas, a la entrada del Parque Nacional de los Glaciares, que es nuestro objetivo. En El Calafate no hay mucho que hacer ni que ver. Es un montón de hoteles y restaurantes crecidos a la sombra de la fama del Perito Moreno, la inenarrable masa de hielo de 60 metros de alto y varios kilómetros de largo.

Por supuesto, matamos el tiempo en El Calafate descubriendo las absurdeces del lugar, y acabamos cenando los cuatro en un restaurante (fetén, por cierto) que se vanagloriaba en la carta de haber sido elegido por el rey de España para probar el world famous cordero patagónico. Cenamos junto a unos hambrientos montañeros vascos dispuestos a saquear las existencias del local.

Contaría más cosas, pero ahora no tengo tiempo de más. Sólo quería dejar el testimonio fotográfico de este encuentro en el fin del mundo.

GLACIARES Y LIBRERÍAS

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El Calafate ya ha entrado en mi lista de los sitios más extraños en los que he estado en mi vida. Una única calle principal en un páramo moteado de arbustos y azotado (no es una imagen: es literal) por un viento más furioso que el cierzo. El resto, pistas de grava, con pedruscos grandes como puños que destrozan los amortiguadores de un parque automovilístico muy castigado ya de por sí. Un buen montón de hoteles dispersos por el llano, a orillas del lago Argentino, y unos cuantos restaurantes estupendísimos que reciben los suministros de Chile y de Río Gallegos, la población más cercana, a más de 300 kilómetros hacia el Atlántico.

De El Calafate parten las excursiones para el Perito Moreno y los glaciares, y en sus calles se juntan montañeros curtidos sin dedo meñique y turistas desocupados y perezosos como nosotros, que no pretendemos remontar ningún río andino ni salvar cordillera alguna, sino comprobar si lo que nos han contado y hemos leído sobre la abrumadora belleza del glaciar Perito Moreno es cierto. En la calle principal, unas cuantas librerías especializadas en la Patagonia. Fantásticos libros de viajes en los que Chatwin reina casi por derecho propio, a la par que el Perito Moreno que descubrió y dio nombre al glaciar a finales del siglo XIX y que trazó los límites de la frontera con Chile.

Nos sale un dío horroroso. Llueve, el viento apenas deja abrir los ojos y el cuerpo, recién habituado al calor de Buenos Aires, se entumece y congela. A muchos les molesta, pero a nosotros nos parece un panorama maravilloso para disfrutar del glaciar, que efectivamente es tan impresionante como esperábamos. Incluso teniéndolo delante, es imposible concebir tal cantidad de hielo. No lo asumes. Esa pared de hielo azul y blanco, que cruje y se derrumba cada pocos minutos. La naturaleza es bestia a veces. Ahí está, un resto de otros tiempos, un fósil geológico de la última glaciación que sigue "vivo". Los hay más grandes en esta parte sur de la Patagonia, pero el Perito Moreno es especial porque se muestra esplendoroso al espectador: parece que quiere ser contemplado, con su frontal bien hermoso asomando a una península e internándose en ella. Pero también lo es porque, según nos explican, su comportamiento escapa a toda lógica ciéntifica: crece en lugar de retroceder, como la mayoría de los glaciares, y rompe cuando le da la gana, desafiando todas las previsiones de los geólogos.

Ya estamos en Buenos Aires, lejos de una Patagonia metida de lleno en una carrera turística que puede no ganar, ya que le siguen faltando infraestructuras básicas, como buenos aeropuertos y autovías fiables. En la provincia de Santa Cruz han cambiado a las ovejas por otros rebaños, los de turistas, pero está todavía por ver si los miles de apasionados voyeurs que nos acercamos al glaciar somos parte de una moda pasajera -que se romperá cuando el peso vuelva a cotizarse fuerte y la economía argentina repunte- o de verdad hay una posibilidad viable -sin los salvajismos cometidos en España- de que el turismo se afiance como esperanza para una de las regiones más pobres del país. Yo, a pesar de El Calafate, a pesar de los aviones con overbooking y a pesar de los hoteles de superlujo como el que nos reservó Fernanda, la agente de viajes que sudó tinta para organizarnos la escapada desde Buenos Aires, tengo mis dudas. En Argentina todo es muy frágil, y una de las constantes de su historia son los proyectos y las esperanzas quebradas: el equilibrio es tan sutil, que cualquier bandada de viento lo manda todo al cuerno, como se vio en el corralito de 2001 y el llamado "corralón" posterior. De ahí la perenne nostalgia por lo que nunca fue pero pudo haber sido.

Eso se aprecia mejor en Buenos Aires, que Borges definía como "capital de un imperio que nunca existió". De ahí proviene la arrogancia que les hace odiosos a los ojos de muchos latinoamericanos. De ahí proviene todo lo bueno y todo lo malo de la sociedad y la cultura argentinas.

Paseamos por la avenida Corrientes, atontados por el sol y el tráfico, y en cada esquina hay una constatación de ese tópico. En Corrientes, además de un verso de un tango ("Corrientes, 348, segundo piso ascensor") hay fundamentalmente dos cosas: teatros y librerías. También hay trileros, casas destruidas, carteristas, oficinas con moqueta desteñida y restaurantes españoles, pero los teatros y las librerías ganan a todos. Las librerías de Corrientes son las más famosas de la ciudad, las más queridas, especialmente las de viejo: sucios almacenes desordenados en los que puede aparecer cualquier joya por unos pocos pesos. Pero todas, las de novedades -suelos de parqué, anaqueles pulcros, jóvenes dependientes atentos, cafetería para hojear a gusto- y las de lance comparten una característica: el ensayo domina sobre la ficción. Las secciones de historia, política, filosofía y sociología están mucho más visibles y nutridas que las de novela, que algunos locales marginan al fondo.

Normal: la literatura argentina tiene un bien merecido caché, pero a los porteños les pierde el ensayo. Leen muchísimos textos de reflexión política e histórica, especialmente si tratan sobre su país. Perón a favor y Perón a la contra, pero siempre a vueltas con Perón. La influencia de los montoneros, la compleja y larga sombra de Evita. La problemática herencia española, la de la colonia y la de los emigrantes. Las razones de la crisis del corralito. El indigenismo. Esos son los libros que se destacan en las librerías de Corrientes, esos son los que husmean lectores desvaídos y solitarios incluso de noche, pues en Corrientes todo cierra tarde, muy tarde. O no cierra nunca. Las obsesiones bonaerenses son como los tangos: se repiten con variantes año tras año, día tras día.

PÉREZ-REVERTE DESCUBRE EL HEAVY METAL

De vuelta en el lado de acá, con el coxis todavía dolorido por el maltrato al viajero gentileza de Iberia (más de 12 horas de retraso a la salida de Buenos Aires: casi lloro de la emoción cuando embarcamos), intento acostumbrarme al frío y preparo mi mente para los días familiares que vienen. Puesta al día y reincorporación a la rutina. Repaso papeles de estos días pasados, buscando inspiración en la actualidad desactualizada para llenar los próximos suplementos, y me doy de bruces con el artículo del XL Semanal que Pérez-Reverte usa como escupidera.

Un par de páginas antes, en la sección de cartas de esa misma revista, una profesora de literatura escribe una encendida y furoruterina proclama a favor del papá de Alatriste. Dice que le lee los artículos a sus alumnos y que éstos se sorprenden al escuchar semejante lenguaje en su boca, tan cuidada y casta de su natural. Sí que debe de resultar curioso escuchar a una comedida y apocada maestra declamar emocionada frases como "este puto país de maricones" y otros estilizados hallazgos perezrevertianos. De verdad: ¿la Ley Orgánica de Educación no prevé que puedan retirar de la docencia a quienes torturan a sus alumnos de esa forma?

El caso es que nuestro caballero español ha descubierto el heavy metal, y como cree que sus prejuicios de camionero putero son compartidos por la hispanidad entera, nos hace partícipes de su hallazgo para que nosotros, oh, pobres y afeminados alfeñiques, podamos solazarnos también con su viril desparrame. Ojo a esta profunda reflexión trufada de sugerencias: "De toda la vida me cayeron mejor esos cenutrios largando escupitajos sobre todo cristo que los triunfitos relamidos, clónicos y saltarines, tan rubios, morenos, rizados y relucientes ellos, tan chochidesnatadas ellas, con sus megapijerías, sus exclusivas de tomate y papel cuché, y toda esa chorrez envasada en plástico y al vacío. Al menos, concluí siempre, los metaleros tienen rabia y tienen huevos, y aunque a veces tengan la pinza suelta y hecha un carajal, éste suele ser de cosas, ideas, fe o cólera que les dan la brasa y los remueven, y no de cuántas plazas será el garaje de la casa que comprarán en Miami cuando triunfen y puedan decir vacuas gilipolleces en la tele como Ricky, como Paulina, como Enrique". Sí, señor: dónde estén unas buenas hostias que se quiten los soufflés.

Es normal que a Pérez-Reverte le guste el heavy, pero no porque la expresión "cenutrios largando escupitajos sobre todo cristo" describa bastante bien su labor seudoperiodística semanal, sino porque los músicos metaleros y él se mueven en planos discursivos parecidos y utilizan las mismas estrategias. Sin generalizar, of course, que en todo hay excepciones. Lo sé bien, porque me he quedado afónico más de una vez berreando canciones de Obús con algún amigo a las cuatro de la mañana, para desgracia de los vecinos de las calles por las que zigzagueábamos.

Cosas en común entre la literatura (¿literatura?) de Pérez-Reverte y el heavy más heavy:

-Las dos intentan apabullar a su público con una falsa apariencia de complejidad llena de referencias cruzadas seudocultas que sólo están ahí para esconder una estructura ramplona, vacua y carente de imaginación. Vamos, como los rebozados de los bares de tapas y las pretenciosas salsas de los malos restaurantes, que están ahí para disimular la dudosa calidad y frescura de las viandas.

-Las dos se muestran aparentemente agresivas y transgresoras, cuando en realidad remiten a estereotipos muy manidos para el consumo rápido y la fácil asimilación de un público conservador y acomodaticio.

-Las dos se mueven en registros muy codificados e inamovibles, en fórmulas cerradas que no admiten grandes variaciones y son altamente previsibles y repetitivas. Es más: su público suele premiar la reiteración (que interpreta como fidelidad a un ideario o a unas raíces) y penaliza la innovación y la búsqueda creativas. Por eso, cuando un músico heavy se atreve a salirse de la vía y poner a prueba sus dotes compositivas y sus inquietudes musicales, inmediatamente es linchado por la muchachada, que le destierra y le acusa de traidor. Los lectores de Pérez-Reverte también esperan lo mismo de él. Si don Arturo les fuera con un libro parecido a los de Georges Perec -suponiendo que el señor de Alfaguara se lo pasase-, les saldría humo por las orejas y se sentirían burlados (o porculizados, por decirlo con palabras de nuestro académico de la lengua).

-Las dos exhiben un resentimiento patológico: sus autores tienden a sentirse incomprendidos, outsiders orgullosos de serlo, cuando en realidad son más convencionales y clásicos que un oficinista alopécico.

-Por último: los dos presumen de cojones y fiereza, y resulta que son más cursis que un repollo con lazo. Ellos interpretan esa cursílería como un hondo sentimiento propio de una sensibilidad creativa y creadora, pero los demás no acertamos a ver más que merengue pasteloso e indigesto.

Dicho todo lo cual, he de decir que todavía guardo con cariño mis discos de Iron Maiden y de Barón Rojo -y que me refocilo con ellos alguna tarde de domingo-, pero me deshice hace tiempo de los libracos de Pérez-Reverte. Frente a las campañas de promoción de la lectura del Gobierno soy de los que piensan que es más sano no leer nada que leer ciertas cosas. Pero allá cada cual.

Mi rollo es el rock.

18/12/2007 13:11 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 13 comentarios.

¿QUÉ HAS VENIDO A PEDIRME EN LA BODA DE MI HIJA?

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No se me dan bien los números, pero voy a echar unas cuentas atendiendo a lo que el Gobierno quiere aprobar por ley esta semana. Pongamos que escribo este texto en un ordenador que me acabo de comprar. Ya van 12 euros de canon. Como no me fío mucho de la informática, decido guardarlo en la memoria de mi MP3, que también funciona como dispositivo de almacenamiento de datos. Ahí van 3,15 euros. Como no me quedo contento, me lo copio también en mi PDA nueva, por lo que tendré que añadir otros 1,5 euros. Como soy muy maniático, lo guardaré también en el pen-drive que me va a traer Papá Noel para retocarlo en el ordenador del curro: súmale 0,30 euros. También quiero hacerle unas copias en CD a dos amigos que no tienen correo electrónico. A uno se lo grabo en un CD-R (0,22 euros) y a otro, que también quiere unos vídeos porno caseros que grabamos una noche loca, se lo meto en un DVD-RW (0,60 euros). La grabadora del ordenador es nueva, así que tengo que añadirle 3,40 euros más a todo esto. Para corregirlo a gusto, me imprimo una copia en papel con mi impresora chipiguay que me ha regalado un primo de Alcorcón. Como es láser multifunción, le sumo otros 10 euracos. Y, para terminar, y porque me da la gana, lo escaneo en mi escáner super molón último modelo (9 euros más).

De acuerdo que todas estas acciones son una chorrada y es muy raro que las haga con equipos recién comprados, pero qué cojones: es mi texto y tengo derecho a hacer lo que me da la gana con él, ¿no? No le tengo que rendir cuentas a nadie. Error: si sumamos todas las cantidades anteriores resulta que hacer esas acciones personales y privadas sobre un texto del que soy autor indiscutible me obliga a aportar a las cuentas de la Sociedad General de Autores y Editores la nada desdeñable suma de 38,67 euros. ¿Por qué? No tengo ni idea. Lo que sí que tengo claro es cómo se llaman las organizaciones que exigen un pago a cambio de amenazas y con la connivencia de los políticos. ¿Las palabras extorsión y mafia suenan muy fuertes a los oídos de estos refinados caballeros? ¿Quizá prefieren llamarlo "canon"? Ya conocen la omertá, amigos: la mafia no existe, sólo hay amigos que te brindan su amistad y protección a cambio de un dinerillo. O de un impuesto revolucionario.

Pero si esta comparación incomoda a vuesas creativas mercedes, aquí tengo otra. Hace unos meses me compré un juego de cuchillos profesional que sería la envidia de Jack el Destripador. En principio, lo quiero para cocinar, me los vendieron pensando en ese uso, pero, ¿y si yo me aprovecho de la ingenuidad del Estado y de los fabricantes de cuchillos para degollar, destripar y descuartizar con ellos a todos mis vecinos? La solución estaría clara: en previsión de que me cargue a alguien en lugar de cocinar, debería pasar dos o tres años en la cárcel antes de que me entregasen los cuchillos, por si las moscas. Es más: los compradores de un coche deberían pagar unas cuantas multas por adelantado, en previsión de las infracciones que pueden cometer con el vehículo, y los chavales que despiertan a la pubertad también deberían ingresar en la cárcel tras su primera erección, pues si pueden empalmarse, pueden violar a diestro y siniestro.

Seamos preventivos, sí señor. Pero con todo. El canon debe ser sólo un primer mojón en el camino hacia la prevención absoluta. ¡Viva la SGAE y su espíritu visionario! 

Por cierto, y para quien tenga dudas: los textos de este blog están protegidos por una licencia de copy-left de Coloriuris, versión española de las Creative Commons. Se pueden reproducir, citar y copiar sin permiso siempre que no haya lucro de por medio. Yo tampoco gano un duro haciendo el blog ni le cobro nada a nadie. Esto es un libre intercambio entre personas libres. Parece bonito, pero la SGAE se las apaña muy bien para sacar tajada: también de aquí recaudará un dinero que ni a tí ni a mí nos va a revertir nunca. ¿La razón? La ignoro, compañero. 

19/12/2007 01:39 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad Hay 2 comentarios.

LE MOT JUST

Hay épocas en las que no te sientas bien. No es que tú te sientas mal, es que no te sientes bien contigo, que es muy distinto. No te sientes bien con ese cuerpo, con esa cara o con esa voz. Yo no me siento bien con mis palabras y mis frases. Me llevo muy mal con mis textos: discuto con ellos, me enfado, los borro, los retuerzo, los destrozo. A veces (para mi desgracia, todas las semanas), no me queda más remedio que publicarlos, y entonces los veo sobre el papel de periódico, sin remedio, sin que mi boli corrector tenga ya ningún efecto sobre ellos, y me entran ganas de encerrarme en una cueva y no salir. De hecho, si no cambio de arriba abajo este blog es porque me lo he propuesto como ejercicio supuestamente sano: lo que se publica, se publica con todas las consecuencias, ya no hay vuelta atrás.

Dudo, dudo terriblemente. Hay épocas más alegres en las que todo fluye más fácil y, aparentemente, con la fisicidad adecuada. Pero en estos días gana la incomodidad. Es una sensación asquerosa: como si ninguna prenda te sentara bien, como si no encontraras jamás la postura buena en la cama.

En fin, uno se va volviendo más exigente y tiene el vicio de leer demasiada literatura buena. Estoy intoxicado de literatura, me tengo que rehabilitar. Cortázar tenía el cuajo de decir que los cuentos casi le salían solos en un proceso casi inconsciente. Está ahí, en sus entrevistas. Que si el cuento se redactaba por si mismo, que si él apenas intervenía, que se dejaba fluir tras el fogonazo inicial... Por los cojones, don Julio, por los cojones. Sus cuentos son mecanismos narrativos perfectos, que funcionan con precisión suiza. No hay nada casual, nada "inspirado", nada dejado al azar. Son el resultado de un trabajo obsesivo, de un perfeccionismo patológico que desconfiaba muchísimo de su talento natural. ¿Por qué si no era tan cuidadoso al publicar? ¿Por qué si no publicó con seudónimo sus primeras obras? ¿Y por qué, si no, no tuvo empacho en tirar a la papelera cientos y cientos de páginas que cualquier otro escritor menos escrupuloso hubiera publicado sin miramientos? Porque perseguía una perfección que no le venía de las musas, sino de años y años de trabajo puntilloso de relojero. Porque perseguía "le mot just" con más fiereza que nadie.

El reverso tenebroso de Cortázar es otro argentino, César Aira, que publica todo lo que escribe sin apenas corregir nada. De hecho, publica más libros de los que son capaces de leer sus lectores, en una estrategia pensada para apabullarles, ahogándoles en un torrente de escritura contínua muy parecido al que desatamos los blogueros, que no nos callamos nada.

Estoy intoxicado de libros y tengo que rehabilitarme. M. G. me vaticina un agostamiento estilístico (antes incluso de haber encontrado mi estilo, qué guay) provocado por la práctica indiscriminada y en sobredosis de un periodismo en el que a muchos nos resulta cada día más difícil creer (porque está dejando de ser una cuestión profesional para convertirse en cuestión de fe. Pura supervivencia). Me noto como hinchado, y no son los kilos que me sobran. Son los tópicos que no controlo, que se me escapan en los textos y que me duelen como latigazos. Son los adjetivos mal puestos, las frases demasiado largas, las reiteraciones que se escapan, los ripios, la literatura de relleno y retórica que me empacha como un bollo pretencioso. Y, sobre todo, el atasco intestinal que padezco al tener perfectamente clara en mi cabeza la historia que quiero contar y cómo llevo casi dos años dando vueltas sobre la forma definitiva sin encontrarla.

Me estoy desbrozando, intento ponerle remedio a la parálisis. He solicitado la ayuda del doctor Espinosa, esteta chileno dotado de la crueldad que solo tienen los verdaderos escritores y que a mí me hace falta. Necesito limpiarme, desbrozarme, saber qué coño quiero hacer con estas palabras que no puedo dejar de escribir. De momento, aquí está este blog, este cuaderno de notas en el que me peleo con mis pudores y en el que me desfogo y me río a gusto.

Habrá que esperar tiempos mejores.

22/12/2007 22:57 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 4 comentarios.

GRACIAS, SEÑORES DIPUTADOS

Lo más bajo. Los diputados arrojan un hueso a la SGAE y los a sí mismos llamados creadores mueven la cola como perros agradecidos. "Gana la cultura, ganamos todos", dice la paginita que se han pagado en los periódicos de hoy (tarifa de domingo, mucho más cara). Me alegra que con el dinero que les doy en concepto de extorsión se puedan financiar estos sentidos agradecimientos. Espero que no se corten y que les paguen también una cena a los diputados que apoyaron el canon "y la cultura".

Dos momentos estelares. Creo que fue Labordeta el que dijo que estaba indudablemente a favor del canon de la SGAE pero que "algo debemos de estar haciendo mal cuando hay tanta contestación a él". Claro que estáis haciendo algo mal: el atraco es un delito tipificado.

Otro. El superministro César Antonio Molina es entrevistado en la Ser, y el entrevistador no tiene ganas de meterle en ningún entuerto -líbrele la familia Polanco de ello-, pero como la cosa es tan absurda y desmadrada, incluso con preguntas mamporreras y autocomplacientes, el ministro acaba enredado en las malas hierbas de su propio jardín, sin poder escapar. "Señor ministro, ¿por qué defienden el canon?", enuncia el periodista dando un blanco y apropiado pie para que Molina nos convenza con su arrobo dialéctico. "Esto...", balbucea el ministro. "Bueno, he de decir que esta propuesta no era mía, sino que venía heredada de la ministra anterior..." Uy, uy, uy, qué mal, don César Antonio, qué mal está el asunto que hasta le da vergüenza defender lo indefendible.

Es normal: César Antonio Molina es un gestor brillante, un estajanovista con espíritu krausista. Probablemente no hayamos tenindo nunca un ministro de Cultura con unas ideas y un proyecto tan claros de lo que debe ser la política cultural de un Estado. Pienso que es un tipo honrado que realmente quiere meter mano al compadreo y cachondeo que imperan. Pero no es un político profesional. Donde Rubalcaba hubiera respondido sin pestañear y sin dudar en una sola coma, César Antonio se hace la picha un lío, dándonos la razón a los que abominamos del canon. Empieza a tratabillarse: "La propiedad intelectual es uno de los mayores logros de la legislación europea del siglo XX, que ha aportado indudables beneficios al panorama cultural de los países que la defienden, y los creadores que viven de su obra tienen derecho a percibir una remuneración por ella..."

Un buen entrevistador habría encontrado un filón para derribar y dejar K.O. a un entrevistado tan hecho trizas, pero qué quieren: si los artistas pagan más de 7.000 euros por página para dar las gracias a los políticos, no esperarán que un trabajador de la Ser muerda la teta que le da de comer. Es lógico.

Pues claro que quien crea algo tiene derecho a recibir una remuneración por ello, siempre que ese algo interese a alguien que esté dispuesto a pagarlo, claro. Entonces, que pongan precio y se arreglen. Lo que no termino de entender es por qué debo contribuir yo a la manutención de esta genta cada vez que, con el dinero que tanto esfuerzo me cuesta ganar, me compro un CD o un disco duro para mi ordenador. Que no me da la gana financiar a estos señores: que se junten con los obispos y encuentren entre ellos la fórmula de pagarse sus vicios, como hacemos los demás, por otro lado.

23/12/2007 13:48 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad Hay 4 comentarios.

UNA TRAGEDIA GRIEGA

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"Un muerto no pide demasiado, con dos metros de tierra se arregla lo más bien, unos rezos que vengan del corazón, no de los labios, flores vivas o cosas chiquitas, de la casa, que hayan absorbido mucho amor. Es tan poco lo que pide... Eso sí, si se lo niegan suele ser despiadado".

Quizá ya sabíamos que las relaciones entre los vivos y los muertos no son como las pintan los cuentos de fantasmas, pero sus consecuencias -el vacío, la desolación, el vértigo- suelen ser parecidas. La Ña Agripina -voz de la cita de arriba-, curandera de Malihuel, provincia de Santa Fe, Argentina, lo sabe muy bien. Sabe que el terror de las apariciones no viene de la culpa, que es algo muy cómodo que controlamos a placer. Viene de lo que se nos escapa, de lo que nunca llegamos a controlar: quizá de una madre desquiciada con un pañuelo en la cabeza que se pasea todas las mañanas bajo la ventana del despacho del asesino de su hijo.

Dictadura argentina, sí. Desaparecidos. Como podría decir nuestro Isaac Rosa, "otra maldita novela sobre los milicos". Pero no, porque Carlos Gamerro no ha escrito una novela de tesis, aunque en realidad quería hacerlo. Y precisamente por eso es una buena novela (buena, no deslumbrante, aunque a ratos acongoje y apriete los higadillos del lector con fiereza maestra), porque se ha resistido a la voluntad de su autor de escribir literatura memorialística o política. El secreto y las voces habla de desaparecidos, de hipocresías, de ciudadanos brechtianos que miran hacia otro lado, que justifican con medias palabras los horrores que dicen no ver, que carraspean y se cambian de acera. Efectivamente, es una narración sobre los crímenes de la dictadura militar, pero si se hubiera quedado en eso no interesaría más que como testimonio o como alegato político. No acongojaría ni apretaría los higadillos de nadie si el texto no hubiera volado por su cuenta, ajeno a los corsés que Gamerro le quería imponer, y convirtiéndose en una tragedia griega, y por griega digo universal.

La acción transcurre en un pueblo decadente de la pampa llamado Malihuel. El año, 1977. El desaparecido, Darío Ezcurra, un bon vivant deslenguado que se las da de periodista y ha tocado mucho los cojones al cacique local. Los culpables: todos los vecinos del pueblo, que contribuyen, cada uno a su manera, a que el crimen se consume. Todo eso se sabe ya al principio de la novela, y el narrador-protagonista, que no sabemos quién es, ha regresado 20 años después al lugar para escribir un libro o algo así (tampoco se dan pistas al respecto). Habla con todos los vecinos de Malihuel, y sus voces van dando forma a un relato sobrecogedor que apunta al corazón mismo de la mezquindad humana. Es un pueblo argentino, pero igualmente podría ser un pueblo vasco en los años 80, o un barrio de Belfast en los años 70, o el gueto de Varsovia, o -por supuesto- un pueblo mesetario español en 1936, o una villa francesa bajo ocupación nazi, o el pueblo en el que transcurre la acción de Los demonios, de Dostoievski. Añadid lo que queráis. Cambiarían los nombres, los acentos, el paisaje y los licores que se sirven en la taberna, pero la historia sería la misma. Porque El secreto y las voces no es una novela sobre la dictadura argentina, sino sobre nosotros, sobre nuestras palabras y nuestros silencios, sobre nuestro instinto de supervivencia y sobre lo barato que estamos dispuestos a poner en venta nuestra dignidad.

Es una novela imperfecta. Tarda en arrancar. Carlos Gamerro intenta domar el texto, llevar las voces de Malihuel hacia la justificación de su tesis: la de la recuperación de la memoria y la demanda de justicia frente a la impunidad. Pero llega un momento en que, vencido por el propio peso de la narración, se abandona -por suerte-, afloja las riendas y, hacia la parte central del libro, vemos asomar un horror tan crudo que quema los ojos. La acumulación de voces -y de puntos de vista sobre un mismo personaje y unos mismos hechos- da una perspectiva redonda, tridimensional, que escuece. De repente, cada frase se convierte en una nueva puñalada. Vemos cómo se destruye una vida y cómo una sociedad entera cae con ella sin posibilidad de levantarse nunca del fango, y agradecemos que Gamerro se abstenga de añadir ninguna apostilla suya. Los personajes del drama lo dicen mejor sin decir nada.

Hacia el final, por desgracia, Gamerro quiere reorientar un texto que se le ha ido de madre y trata de llevarlo a la tesis original, por lo que la conclusión suena forzada. Pero no importa, porque es prescindible. La presencia que adquiere el narrador -cuya identidad, para entonces, ya ha sido desvelada- en las últimas páginas no aporta nada a la historia, pero tampoco la estropea. Lo que había que decir ya se había dicho.

De Carlos Gamerro ya había medio reseñado aquí La aventura de los bustos de Eva , que creo que sigue siendo su única novela publicada en España. De este último viaje a Buenos Aires me he traido El secreto y las voces y otros tres títulos más que he rascado en las librerías. No se vende en España, pero seguro que a través de internet se encuentra con facilidad si estáis interesados. Creo que es uno de los autores argentinos más interesantes de la última hornada -mucho más que el reconocidísimo Rodrigo Fresán, por ejemplo; de Martin Kohan, ganador del último Herralde, todavía no he leído nada, así que no puedo comparar-, y lo más destacable de su estilo es su poderosa fuerza cinematográfica, ya que es guionista. El secreto y las voces, por ejemplo, da la impresión de estar pensado como la transcripción de un documental de testimonios, y si alguna vez se rodase, sería un excelente falso reportaje.

En fin, seguiremos informando, si la gripe que me ataca en estas entrañables fechas me deja ánimo para seguir con la lectura del maletón de libros que nos hemos traído del lado de allá.

27/12/2007 00:27 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 3 comentarios.

ESCARBAR EN LAS MIASMAS (1)

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Las comparaciones son odiosas, sobre todo para el que sale perdiendo en la comparación. Vamos, que está guay cuando nos comparan con George Clooney, pero maldito sea el que nos compare con Stalin o con el feo de El jovencito Frankenstein. Al margen de eso, comparar es un ejercicio muy sano y muy revelador. Si no comparáramos a nuestra pareja actual con las arpías de nuestras ex novias, ¿qué placer sacaríamos?

Leyendo el libro de Gamerro que comentaba en el anterior post (al que tengo que añadir que su prota, al parecer, es el mismo que el de la novela Las islas, del mismo autor, que a su vez comparte otro personaje importante con La aventura de los bustos de Eva. Vaya, que a Gamerro le gusta que sus criaturas pasen de unos libros a otros creando uno más grande), me han venido a las mientes cuatro pelis sobre la memoria, el pasado, la hipocresía y el horror consentido. Resumiendo: que hablan de la vergüenza individual y colectiva, de esa conciencia de la responsabilidad social que Günter Grass quiso inculcar a los alemanes. Esto es, que las culpas por los crímenes del nazismo no se agotan en las sentencias de Nurenberg, sino que involucran a toda una generación de un pueblo que, por acción u omisión, dejó que el más terrible de los horrores se hiciera realidad.

Aunque parezca lo contrario, esto es muy chungo de asumir. Por eso son tan pocos los autores que se atreven a escarbar en semejante lodazal. Lo mejor que te puede pasar es que las manos se te llenen de mierda y nunca se vaya el olor, y lo peor... Pues eso, imaginad. Un autor, por lo general, quiere agradar a su público, por lo que no se puede presentar señalándole con el dedo e invitándole, siquiera sutilmente, a que escarbe en el lado oscuro de su páncreas y compruebe si sus acciones y sus omisiones -más bien, lo segundo- han alimentado o alimentan al monstruo. Así que se toma el lado fácil.

¿Cuál es ese lado fácil? La hagiografía. Mártires prístinos con la melena al viento frente a malos malísimos que dominan una sociedad llena de miedo, pero con ánimo resistente que sólo espera la llamada del Elegido para tomar las calles. Pasó en España: de repente, todo el mundo era antifranquista. Todo el mundo había recibido un coscorrón de los grises y quien más, quien menos, aportó su granito de arena a la resistencia democrática. Por supuesto, el champán corrió en torrentes el 20 de noviembre de 1975, y las colas kilométricas frente al Palacio de Oriente no estaban formadas por adeptos: eran sólo curiosos que iban a comprobar que el tirano había muerto de verdad. En pocos años, gracias a unos escritores y guionistas bien educados, resultó que sólo había cuatro franquistas ridículos y con papada. Hasta los ministros que firmaban las sentencias de muerte se transformaron en presidentes autonómicos. ¿Franquista, yo? Quite, quite, yo hacía oposición desde dentro.

Ahondar en esas miasmas es ingrato y, a ojos de muchos, estéril, pero yo creo que nunca viene mal un lavado de conciencia. Si la literatura y el arte no están para eso, para explorar nuestra condición humana allí donde el lenguaje codificado por las convenciones no llega, entonces dejémoslos para figuritas decorativas y para divertimentos de salón.

La primera peli que me vino a las meninges fue La lengua de las mariposas, de José Luis Cuerda-Manuel Rivas. No sé cual de los dos es más responsable de ella, la verdad, así que los cito como si fueran uno. En principio, aborda el mismo tema que El secreto y las voces, pero se queda en las puertas. Esa imagen final del niño corriendo detrás del camión y tirándole piedras a su profesor, animado por su propia madre, es de un dramatismo muy logrado. La mirada de Fernán-Gómez es de Oscar, sin duda. Te atraviesa las carnes, te hace sentir todo el dolor de la derrota y toda la vergüenza de los supervivientes.

Sin embargo, una vez que te has secado las lágrimas, descubres con rubor que has caído en una trampa. En una trampa emocional muy facilona. El profesor que interpreta Fernando Fernán-Gómez no es un personaje, es un arquetipo. Es casi un santo (es un santo), y como tal debe sufrir el martirio para salvarnos a nosotros. Cuerda nos muestra el sacrificio del héroe para que nosotros podamos honrarle y rescatarle en el recuerdo y en la fe hacia los principios que defendió. Por eso no vale. No está hablando de la represión y de la hipocresía de un pueblo que jalea y consiente. Está dándonos esperanza, está contándonos lo que queremos oír, está modelando la versión oficial de la historia. No hay dilema moral posible ya que no se está ejecutando a un hombre, sino a una idea. Como todos los hagiógrafos, Cuerda y Rivas olvidan que hasta los autores de los Evangelios, con una mirada literaria muy profunda, se preocuparon de que Jesús de Nazareth tuviera un lado oscuro, dubitativo, llorón y lascivo. Se preocuparon de que fuera, ante todo, una persona -de ahí que funcione tan bien su figura como personaje literario y se le puedan hacer tantas lecturas diferentes-, algo que nunca han sido los santos de las Vidas de santos, que ni cagan ni follan. Y lo que es peor: nunca tienen ganas de cagar ni de follar.

Hay otras tres pelis que me interesan más porque no buscan la complacencia del espectador: Los juicios de Nurenberg, Caché y La vida de los otros, pero hablaré de ellas en el siguiente post, para no alargar más este, que ya os he torturado bastante.

27/12/2007 17:06 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

ESCARBAR EN LAS MIASMAS (2)

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Los juicios de Nurenberg tiene el valor añadido de haber sido dirigida y escrita por dos curritos de Hollywood sin ínfulas intelectualoides: el realizador Stanley Kramer y el guionista Abbey Mann (creador del detective Kojak y sus chupachups). Su reparto también está formado por actores y actrices que entendían que su trabajo era cuestión de músculo y callo más que de genialidad e inspiración divina. Sólo así, desde una perspectiva desintelectualizada que sólo buscaba hacer justicia casi documental a los procesos contra los nazis de 1946, pudieron alejarse de las visiones à la mode y dar con un tono vibrante y significativo.

El juez que interpreta Spencer Tracy tiene hondura y autenticidad, pero su misión es dar pie para mostrar los silencios de Burt Lancaster (actor que, en el brillante atardecer de su carrera, pareció especializarse en estos personajes difíciles, antihéroes que plantean dilemas irresolubles). Lancaster interpreta al magistrado Janning, un jurista eminentísimo, padre de la Constitución de la República de Weimar y sabio citado y venerado en las facultades de Derecho de todo el mundo. Sin embargo, en 1935, se plegó al régimen, bordó la esvástica en su toga y se prestó a ser un agente activo de la solución final. El personaje de Spencer Tracy es un admirador de la obra de Janning y no entiende cómo un sabio como él ha podido participar tan directamente en la ignominia nazi. Burt Lancaster sostiene a su personaje con dignidad, no le deja caer. Le presta su cabeza de patricio y calla durante toda la película. Sólo al final pronuncia un alegato que no voy a destripar, pero que tiene mucho que ver con la asunción de culpa que Günter Grass reclamaba. 

La peli es de 1961, y vista hoy, quizá parezca un poco ingenua. A ratos, al menos. Pero tiene un mérito que no le puede quitar nadie: abrió una espita en Hollywood. No en una sala de arte y ensayo de París a la una de la madrugada frente a cuatro discípulos de Sartre. Lo planteó para el gran público, para las millones de familias de clase media saturadas de propaganda y de caricaturas de nazis tan oligofrénicos y gritones como torpes y dispuestos a caer en las trampas que les tienden los sagaces resistentes franceses. 

Ese espíritu pionero -avalado por el enorme Burt Lancaster- facilitó que la "industria cultural" se aviniese a financiar relatos más complejos. Por supuesto que la caricatura y la simplificación lacrimógena a lo El gran dictador han seguido produciéndose hasta hoy (ahí está el infame Roberto Benigni, por ejemplo), pero también ha habido hueco para la exploración de los recovecos más oscuros o para enunciar al menos lo que es evidente: que el horror no crece lejos ni en los demás, sino en el barrio, en tu vecino, en tu propia cobardía y en tu pequeñez.

Mucho más recientes son las otras dos pelis, aunque hablen del pasado. Y es normal: el sentimiento tiene que macerar. 

De Caché hice una pequeña reseña cuando se estrenó en el cine. Como diría mi amigo J., odio citarme a mí mismo, pero, como dije entonces: "En Caché, además, aparece un tema nuevo en Haneke: la memoria. O, mejor: la desmemoria de nuestras sociedades satisfechas de si mismas y del ejército de ignorados que se quema en su propio infierno mientras en una casa del 14e arrondissement de París se descorcha una botella de Borgoña y se brinda por la última y deliciosa ocurrencia del inesperado invitado a cenar. Pero Haneke no nos sermonea: le basta con paralizarnos de horror". 

De la que no había comentado nada hasta ahora es de La vida de los otros. Me golpeó en la cara con fuerza. Más que provocarme un escalofrío, me noqueó. Aquí el enfoque es diferente. Aquí hay una chispa de genuina fraternidad que es pisoteada sin miramientos. Es la historia de un héroe, o de un antihéroe redimido. Y hay una trama casi de género, con un macguffin muy claro y unas pequeñas tramas paralelas absolutamente reconocibles y justificables según los códigos fílmicos clásicos. El resultado, sin embargo, es el mismo que en las otras pelis: rehumaniza el horror. Ni las dictaduras ni la violencia son categorías abstractas. Nos hemos empeñado en deshumanizarlas cuando en realidad tratan de cosas muy cotidianas. Están en nosotros. Son nuestra obra y nuestra cárcel al mismo tiempo. 

En La vida de los otros hay esperanza. Una esperanza gris, miserable y rabiosa, pero esperanza al fin y al cabo. Sin embargo, lo que a mí me interesa no es la redención del malo, sino cómo esa redención no significa nada en términos sociales. Es un acto íntimo, y la recompensa que obtiene es íntima también. 

Lo que echo de menos -y a lo mejor lo desconozco y vosotros me lo descubrís- es el equivalente español de todo esto. Isaac Rosa se asomó un poco a estos abismos con El vano ayer , pero no me viene a las mientes otro ejemplo remotamente parecido. Bueno, miento, quizás el ensayo que Ignacio Martínez de Pisón escribió sobre la muerte de José Robles, Enterrar a los muertos. Pero si lo de Isaac Rosa es, más que una novela, una declaración de intenciones y una invitación a caminar por esos barrios, lo de Martínez de Pisón es demasiado parcial y reporteril como para bajar ni siquiera unos escalones hacia esos vericuetos.

En España, lo que son hagiografías sentimentaloides como La lengua de las mariposas me salen un montón, pero planteamientos honestos sobre el pasado, ni uno. Y han pasado ya unos cuantos años. Personalmente, me aburro de los manoseados tópicos de Hemingway. Estoy harto de héroes y de villanos. Me gustaría ver personas, para variar, como las que retrataba Orwell en Homenaje a Cataluña, que sigue siendo uno de los mejores libros que se han escrito nunca sobre el "laberinto español".

PD: Si tengo ánimos, quizá cuelgue algún día un cuento mío que habla un poco a mi manera y muy por encima de estas cosas. En unas versiones se titula La traición y en otras, Cicatriz. No prometo nada, que quizá es un poco largo para el blog.

28/12/2007 01:07 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 2 comentarios.

EL CULO DE CAROLINA

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Tachán. Con ustedes... ¡EL ANO DE CAROLINA! La revista TV más, editada por Vocento y distribuida por ABC y casi todos los periódicos regionales de este país incluyendo el mío (unos tres millones de ejemplares, que viene a ser muchísimo papel y muchos ojos pendientes), nos enseña el ano de Carolina Cerezuela. Así, para acabar nuestro ano 2007. 

Sí, la rallita de la eñe está... tapada por el antetítulo. Así que guay: con letra bien gorda, he aquí uno de los anos más deseados de este país. Nunca leo esta revista, pero no me he podido resistir a esa promesa, porque morboso y obseso sexual soy un rato, así que he hojeado ávido todo el ejemplar, buscando la prometida hendidura con sus dos nalgas bien puestas a modo de columnas de Hércules. A doble página me lo esperaba, dado el triunfal anuncio de la portada. Una nalga en cada una, claro. Pero os voy a ahorrar la decepción: no busquéis, que sólo aparece retratada de frente y vestida. Yo voy a escribir a la redacción indignado. Que no prometan cosas que luego no van a ofrecer.

A PESAR DE LOS OBISPOS, FELIZ 2008

Un grupo de integristas teocráticos ha tomado el centro de la capital del país para movilizar a sus acólitos. Han esparcido sus esputos sobre todos nosotros -que, gracias a la persistencia mediática, nos han salpicado aunque estuviéramos tranquilos en nuestra casa- y han querido amargarnos la salida del año. 

Han dicho, según la prensa que leo con desgana mañanera: "Gays siempre hubo, qué le vamos a hacer. Que vivan juntos, pero nada de llamarlos familia". Y también, según escuché de refilón en el Telediario, algo así como que la educación "laicista" impone una ideología a los niños que les modela y les lava el cerebro. Me imagino que estarían hablando de los miles de colegios religiosos sostenidos con los impuestos de todos. Esos donde van niños de 13 años que provocan con sus contoneos a los sacerdotes (¿quién podría resistirse, eh, pater?), según el obispo de Tenerife.

Una institución subvencionada por el Estado en virtud de no sé muy bien qué. Una institución a la que se le financia todo un sistema educativo y que tiene un emporio de comunicación y que, a pesar de todo, dice estar perseguida por los que estamos tan tranquilos en nuestra casa, sin ir a misa y sin meternos con nadie. Viviendo nuestra vida, vaya. ¿Hasta cuándo vamos a aguantar los esputos de estos señores cada vez que tengan a bien echárnoslos en la cara? 

Pese a que en 2008 vayan a seguir dando la matraca, yo me lo voy a pasar bien. Y espero que todos os lo paséis mejor que este año que se va. Divertíos antes de que los obispos tomen al asalto el Congreso de los Diputados y nos manden a todos a campos de reeducación. ¿Reeducación, digo? No, qué va: la Iglesia ha sido más partidaria del exterminio directo a lo largo de su democrática historia. Mejor, que nos eliminen en nombre de dios, que yo no tengo ganas de currar como esclavo construyendo catedrales en Marte.

Feliz 2008, laicistas vendepatrias. 

31/12/2007 13:49 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad Hay 2 comentarios.