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Resumen

ARQUEOLOGÍA EN EL SUPERMERCADO

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Lo que me gusta de los arqueólogos es que son unos cotillas que se presentan bajo dignidades académicas. Escarban en basuras milenarias para saber qué comían y cómo follaban nuestros tatarabuelos. Como unas cotorras de escalera, se permiten dudar de las crónicas oficiales sobre las grandes gestas y olisquean y olisquean hasta descubrir los trapos sucios. ¿En qué se diferencian de la portera que susurra: "Sí, dice que le va muy bien después del divorcio, pero se ve que no llega a fin de mes, que sólo lleva latas de sardinas en la bolsa de la basura"? Me encantan los arqueólogos que se sientan en la sala de congresos y, sin descomponer su rostro, afirman: "Según nuestros últimos hallazgos, en el Antiguo Egipto, los escribas defecaban subiéndose las faldas de su túnica y sentándose en un cómodo sillón de madera, mientras que, según indican las hendiduras con formas de dedo gordo halladas en el sector III de las excavaciones, los esclavos defecaban de cuclillas tras unos matorrales llamados matorrum".

Soy fan de los arqueólogos, de verdad, por eso les tomo como excusa para justificar mi tendencia al espionaje cutre. Me digo: esto es arqueología en tiempo real, o antropología, si ustedes lo prefieren. Últimamente, me dedico a practicar mi afición arqueológica en la cola del supermercado, y trato de reconstruir la vida de los que tengo detrás y delante a partir de lo que llevan en los carros o en las cestas. Un paquete de pan de molde o una lata de espárragos pueden ser más reveladores que un tercer grado policial. Mi escáner funciona así: varón, raza blanca (desde Canción triste de Hill Street he visto muchas series de polis, así que imito sus descripciones), unos treinta y pico, abrigo largo, pelo corto, afeitado y gafas, bien peinado. Contenido de la cesta: una pizza de Casa Tarradellas, un paquete de chorizo de Pamplona Hacendado, una botella de dos litros de Coca-Cola, una barra de pan y un paquete de cuatro rollos de papel higiénico. Conclusión: soltero, no mal situado económicamente, pero tampoco para tirar cohetes. Vive solo y para poco en casa. No le gusta cocinar, lo que puede indicar una pereza supina o una torpeza sin límites. Tampoco cuida su dieta, lo que denota cierta desinhibición desprovista de hedonismo. Probablemente, un quiero y no puedo, un contenedor de pequeñas frustraciones con cada vez más abundantes canas que se resignan a que la vida es una pizza calentada en el microondas con un vaso de Coca-cola y cualquier programa de la tele que no sea del corazón. Aunque el toque del paquete de chorizo desconcierta un punto. El chorizo de Pamplona habla de la infancia, de bocatas en el parque, de búsqueda premeditada de sabores concretos. Hay una pequeña parte de él que se rebela contra el conformismo gris. Es esa misma parte de él que tuerce el gesto cuando echa en la urna la papeleta del PSOE o cuando le dice que sí a un jefe que le encarga una tarea ingrata. Esa parte que no le teme al colesterol. O quizá, sencillamente, es que necesita el chorizo para alegrar unos insípidos macarrones, en cuyo caso, estaríamos ante un looser prototípico y empeñado en representar su papel con tediosa exactitud.

Antes de que termine mi análisis, me toca el turno. Sólo llevo unos huevos y un paquete de sobrasada que he visto antes de llegar a los huevos. Esta vez sólo he cogido una cosa, porque soy el blanco perfecto de los estrategas de mercadotecnia: no puedo comprar sólo lo que he ido a comprar. Siempre abandono el super cargado de cosas que ni necesito ni debo comer ni se me había ocurrido comprar, pero que he ido cogiendo casi automáticamente. A veces, hasta me olvido de lo que realmente había ido a adquirir, y eso repercute en una pequeña carestía de huevos, aceite o detergente (y sobreabundancia de chocolatinas, yogures de sabores imposibles y anchoas del Cantábrico) que no se soluciona hasta el día siguiente. Soy un peligro financiero y nutricional. ¿Qué pensarán de mí los de la cola si miran lo que llevo en la cesta?, me pregunto. Probablemente, lo que pensaría cualquiera: menudo gilipollas y qué lento es pagando.

Ah, feliz 2007, que no lo había dicho todavía.

CARLES FONTSERÈ

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Me desayuno hoy con la noticia del fallecimiento de Carles Fontserè, muerto a los 90 años en un hospital de Gerona. Fontserè fue uno de los grandes cartelistas republicanos de la Guerra Civil. Exiliado en París, México y Nueva York, escribió unas voluminosas memorias en catalán y en castellano y dejó numerosos textos hablando de la profesión de cartelista en los años 30. Su tesón y esfuerzo promovieron las primeras exposiciones de cartelismo de la guerra de 1936 en los años 70, y ayudó a los estudiosos a clasificar y sistematizar el material. Era de la creencia, hoy generalizada, de que el cartelismo de los primeros meses de la guerra fue mucho más fresco que el posterior, y que la crisis del Gobierno de Negrín hizo más asfixiante el cerco censor sobre los artistas. Por eso, los carteles fueron siendo más planos y menos impactantes conforme avanzaba el conflicto.

Fontserè dibujó sobre todo para la CNT y para el POUM, por eso, su trabajo se resintió mucho tras los sucesos de mayo de 1937, pero nunca dejó de manifestar su admiración por la obra de los cartelistas del PCE y de la UGT. Carles era uno de los dibujantes republicanos más jóvenes, pues acababa de cumplir 20 años cuando empezó la guerra. Sin embargo, compensó su falta de experiencia con audacia, tirándose a la piscina de cabeza y explorando una expresividad cruda que todavía hoy conmueve. Para mí, los carteles que firmó son de los mejores, aunque me gustan más los de Josep Renau, artista gráfico de formación más clásica y buen conocedor de las vanguardias, o del valenciano Manuel Monleón, que parecía sufrir un tremendo horror vacui que le llevaba a llenar de colores calientes toda la superficie del cartel.

Fontserè hizo tambien cómics en la posguerra, nunca dejó de dibujar y colaboró en el cine con Dalí y con Cantinflas. Fue un currante incansable que combinó el esfuerzo del aprendizaje con un talento bruto fenomenal. Quizá habría sido mucho más que un cartelista si el exilio no se hubiera cruzado en su vida. Pero, ya se sabe, c'est la vie. Con él desaparece el último miembro de una generación de cartelistas geniales.

04/01/2007 13:55 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Arte Hay 5 comentarios.

UNOS SEGUNDOS DE PUBLICIDAD

No suelo anunciar los reportajes que publico, pues al ritmo que suelo llevar de uno o dos por semana, este blog se convertiría en un tedioso y prolongado anuncio de promoción, pero excepcionalmente diré que ya está a la venta el número de enero de la revista La magia de viajar por Aragón (largo título de una publicación hecha al alimón por Prames y Heraldo). Además de un reportaje de José Luis Corral y de artículos de muchas y muy interesantes personas listas, incluye un texto de un servidor en la sección "En la frontera", donde recomiendo una escapada por tierras sorianas con fotos de Alfonso Reyes. Sólo cuesta dos lauros y sólo se vende en los kioscos de esta tierra aragonesa. No hacen descuentos si dices que lo has leído en este blog, pero puedes intentarlo. Fin de la promoción.
05/01/2007 18:52 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Hay 4 comentarios.

EL MORBO DEL LECTOR

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Cuando alguien ha sido envenenado por el diablo de la lectura, puede llegar a pasar momentos duros, pagando cara su propia disciplina. La lectura es un vicio jodido. Se llevan mal los síndromes de abstinencia y se llevan mal los empachos. Sobre todo, los empachos no deseados. Me explico. Cualquier lector gustoso de serlo puede emprender con buena disposición y ánimo pizpiriteo un programa de tediosas lecturas "utilitarias" para estudiar algo o para documentarse sobre una materia. Asimismo, cualquier lector puede soportar un número considerable de lecturas fallidas, aburridas, vacuas, ramplonas o petulantes. Pero creo que difícilmente puede sobrevivir a una combinación de ambas situaciones, y yo acabo de salir de una. Sólo ahora, a las tres de la madrugada de este viernes en el que no he salido por ahí, me siento resarcido, y por eso dejo constancia de ello.

Llevaba unos cuantos meses embebido en una serie de lecturas instrumentales, útiles tanto para mis trabajos periodísticos como para los otros proyectos que tengo en marcha. Al principio, las coges con entusiasmo, pero cuando la bibliografía engorda y engorda y engorda, pues un libro lleva a un artículo, y un artículo lleva a otro libro, empiezas a sentir los efectos del empacho, y sabes que sólo te los quitarás de encima cuando veas el resultado concreto de lo que persigues (y muchas veces, no llegas a verlo nunca, claro). Por tanto, te refugias en las lecturas de recreo, donde -estás convencido- hallarás reposo y crapulencia. Acudes a ellas ansioso, como un pirata que irrumpe en la taberna del puerto y pide a gritos una botella de ron, dos fulanas y una ronda de cerveza para todos los rufianes del lugar. Pero, claro, para conseguir el efecto deseado, la lectura debe llenarte. El pirata no se sacia con agua del grifo ni con dos chicas recatadas y poco conversadoras. Y yo he sido ese pirata triste. En estos meses, mísero de mí, he ido cayendo en una lectura insulsa tras otra. No quiero culpar a los autores ni a las obras. Probablemente sea una cuestión de tiempo y de lugar (no sos vos, soy yo, que decía una peli argentina), pero la sensación es igual de jodida. Te sientes incómodo, te revuelves en la butaca. No encontrar la lectura adecuada se parece mucho a no encontrar la postura en la cama. Es una putada.

Pero contra eso están los clásicos. ¡Cómo no se me había ocurrido antes! Esta noche, con la casa en silencio, he cogido, como si de un libro sagrado y oculto se tratara, uno de mis regalos de estas navidades: la lujosísima edición del Drácula de Bram Stoker publicada por la maravillosa editorial Valdemar en 2005. Hacía bastantes años que no me reencontraba con ese vampiro de Valaquia que Stoker convirtió en transilvano por capricho. Desde las primeras líneas, me he dejado mecer por la fantástica traducción de Óscar Palmer, que ha renunciado a hacer pasar los centenares de dialectos y acentos ingleses de la novela original por un triste paletismo medio andaluz (recurso utilizado para traducir el intraducible slang o el acento de los negros del sur de los Estados Unidos y que a mí siempre me ha hecho daño en los ojos y en el oído).

Qué maravilla. De pronto, me he visto cercado por los lobos de la medianoche en esa calesa tirada por caballos negros que galopan en la oscuridad hacia un castillo ruinoso. Qué grande, Stoker, qué grande. Debo madrugar mañana y soy incapaz de cerrar el libro. Lo notaré durante el día, claro, pero que me quiten lo bailao. Mi reconciliación con el placer de leer es más importante que el sueño. La edición está muy bien anotada, con mesura y pertinencia, sin estorbar la lectura con erudiciones innecesarias, y gracias a esas notas me he dado cuenta de que la famosa frase del conde ("yo nunca bebo... vino") durante la primera cena del pobre Harker en el castillo no aparece en la novela. Fue una genial morcilla de Bella Lugosi en la película de 1931, y es tan buena, que todas las versiones cinematográficas posteriores la han incorporado, pero jamás salió de la pluma de Stoker.

Drácula suele compararse con el Frankenstein de Mary Shelley, pese a que la primera novela se escribió más de 70 años después de la segunda, pero el cine del siglo XX acabó haciéndolas pasar por contemporáneas. Es curioso. Sin embargo, se distancian por algo más que por la cronología. Mientras Frankenstein interesa al lector de hoy por las evidentísimas reflexiones filosóficas y sociales que contiene sobre la condición humana, Drácula sigue provocando escalofríos en el lector entusiasta. Es decir, que Frankenstein se lee como metáfora (política, científica, feminista...), pero Drácula se lee y se disfruta como Drácula. Porque nos va el morbo. Porque nos mola sentir el apretón de manos firme y gélido del Conde. Porque querríamos ofrecer nuestro cuello a sus siniestras vampiresas y nos gustaría sentirnos tan hechizados como la joven Mina ante la turbadora presencia del No Muerto.

Qué gusto da reencontrarte con tu yo lector.

06/01/2007 03:28 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 4 comentarios.

UNOS REYES ESPLÉNDIDOS

No sé cómo de bien me he portado este año, pero seguro que no me merezco ni la mitad de lo que me han dejado los Reyes Magos, que han venido especialmente cargados. Me faltará tiempo para disfrutar de todo. A saber: la mencionada edición de Drácula; el primer tomo de las Obras Completas de Cortázar preparadas por Saúl Yurkievich que está editando Galaxia Gutenberg; las tres partes de El Padrino en DVD; una batidora estilo años 50 a la que ya he bautizado como Peggy Sue; un pack de DVD de Seinfeld; un juego de seis cuchillos de cocina; una Play Station (a mi, que nunca he tenido consola y todavía me hago la picha un lío con los botones del mando, pero ya le voy cogiendo el truquillo)... Creo que no me olvido de nada. Lo que no sé es cómo han podido cargar los reyes con tanto trasto sin deslomarse. ¿Lo tendrán regulado en su convenio colectivo?

En fin, feliz domingo resacoso de Reyes. A partir de mañana, este paréntesis festivo termina y el año empieza de verdad, con toda su crueldad cotidiana, su café con leche en el bar y sus rutinas insoslayables. Lo viviremos con la vista puesta en el próximo paréntesis.

07/01/2007 17:05 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

LA TERCERA DE HOUSE

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9 de enero. Estreno doble de la tercera temporada de House. En Cuatro y en el canal de pago Fox simultáneamente -tres capítulos seguidos en este último-, y yo me perderé ambas por motivos laborales. ¿Cómo seguirán las andanzas del trasunto médico de Sherlock Holmes? He resistido la tentación de husmear en internet para saberlo, pero no he podido evitar pensar un par de cosillas sobre la serie.

Me sigue gustando y la sigo disfrutando, pero creo que la trama está más que agotada. A partir de más o menos la mitad de la segunda temporada, los guionistas empezaron a hacer malabares para mantener una tensión muerta. Después de casi liarle con Cameron y sacarle de la manga una ex mujer de lo más sosainas, necesitan un relevo erótico. En los capítulos que empiezan, si no aparece ningún perdido amor juvenil, pondrán el acento en la tensión sexual entre House y Cuddy, y lo harán de la forma más insulsa y ramplona posible. By the American way, of course, con cenitas horteras y ñoñeces de deshojadora de margaritas. ¿Y qué más da? Lo importante es que ese señor desagradable siga diciendo burradas y siga resolviendo crímenes con forma de enfermedad. Lo demás es sólo envoltorio, aunque entiendo que puede llegar a estorbar la inverosímil búsqueda del amor de ese gruñón Mr. Scrooge.

También entiendo que pueda fatigar la continua genialidad de House, siempre con la frase ágil y certera en la boca. Entiendo que canse y que contribuya a generar una incómoda aura de irrealidad en torno a él. Pero es que a mí me recuerda a gente real que siempre tiene esa frase cabrona e inteligente que a lo mejor a tí se te ha pasado por la cabeza, pero siempre te cuidas mucho de decir. El cinismo cuasipuro es así, y ese aspecto de la serie y del personaje me parece que está logrado.

Le sacaría muchos más peros (todos ellos argumentales, narrativos o dramáticos: me importa un comino si las enfermedades, los tratamientos y los protocolos médicos que enseñan son así o no; eso lo dejo para los simplones incapaces de disfrutar de nada), y se los seguiré sacando, sin duda, pero voy a continuar enganchado. Porque soy un adicto a estos telefolletines y porque disfruto con el sadismo vicario: me mola ver cómo maltrata a la gente mientras la cura, algo que me resultaría insoportable en la vida real. Pero, sobre todo, la veré y la gozaré pensando que probablemente sea la última o la penúltima temporada. El personaje ha demostrado que no da más de sí: si evoluciona, si revela más matices, se cargará la serie, y si no lo hace, la convertirá en un enorme topicazo. En cualquier caso, los guionistas saben que están en un punto muerto. Les queda poca mecha y tienen que aprovechar para lanzar los mejores cohetes en la traca final. Ya me contaréis cómo empieza el asunto, porque servidor estará currando a esas horas y no sé cómo grabar las cosas de la tele desde que nos pusieron el cable, así que tendré que esperar mejor ocasión.

08/01/2007 22:56 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 7 comentarios.

LA BRUJA JAPONESA

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"Yes, I'm a witch". Sí, soy una bruja, dice Yoko Ono en su nuevo disco. Una bruja o lo que en tiempos se llamaba una fresca. Vamos, una mujer desprejuiciada que se pasa por entre las piernas todo lo que resulta de su apetencia, pues el término "witch" también tiene esa connotación en inglés, y Yoko juega con esa ambigüedad, desafiante. ¿Qué diría Juanito Lennon si levantara la cabeza?

Y yo me pregunto: ¿por qué? ¿Tan malos hemos sido en nuestras vidas anteriores para tener que soportar una nueva incursión musical de la japonesa? En esta ocasión, gente a la que admiro, como Antony and the Johnsons, colabora con ella. No sé cómo lo hace para rodearse de artistas con el talento y la sensibilidad que a ella le faltan. Es un fenómeno prodigioso y de cariz parasitaria.

¿Qué sentido tiene hoy Yoko, el último estertor de lo más vacuo y relamido de la cultura del siglo pasado -un siglo, por otra parte, plagado de momentos vacuos y relamidos-? ¿Por qué los viejos fantasmas nos golpean una y otra vez en la línea de flotación, como un lastre del que nunca podremos librarnos del todo? A mi entender, hay dos tipos de legados: los que sirven de fermento para tu propia floración (como la biblioteca de tus padres o las historias que el abuelo contaba junto al fuego) y los que te lastran de por vida (como la calvicie congénita, los remordimientos y ciertos modismos hogareños, ni siquiera locales, que nadie entiende pero que no puedes evitar repetir una y otra vez). Yoko pertenece a esta segunda clase de legado, y de él ha surgido, entre otras cosas nefandas, la SGAE, Microsoft y la ñoñez bienpensante y generalizada.

Por suerte, también ha inspirado algunas cosas buenas. En concreto, tengo en mente ahora dos chistes, uno de Los Simpsons y otro de Padre de Familia. Ahí van:

En Los Simpsons: Homer ha montado un cuarteto vocal, los Solfamidas, que no controla su éxito y cuya cohesión se resquebraja. En estas, Barnie aparece con una japonesa asténica en el bar de Moe y dice: "Me siento estancado en el grupo. Quiero explorar cosas nuevas". ¿Qué va a ser?, pregunta Moe. Barnie pide una cerveza y la japonesa "una ciruela flotando en suave perfume oriental servida en un sombrero de caballero". ¿Era Valle-Inclán quien propugnaba que los personajes deben describirse a sí mismos mediante sus propias frases?

En Padre de Familia: Amenaza de Stewie a no recuerdo quién: "Cállate o te haré lo mismo que le hice a John Lennon". Flashback donde todos esperamos ver a Stewie descerrajando un tiro sobre el ex beatle, pero en lugar de eso, aparece una galería de arte de Manhattan y Stewie diciendo: "John, esta es Yoko; Yoko, este es John". Terrible instigación y germen de lo por venir.

Sí, es una bruja. Ya lo sabíamos, y espero que sus fans sean menos agresivos que los de Mago de Oz, que no me apetece que me vuelvan a llenar el blog de amenazas de muerte por hacer mofa de su ídola.

10/01/2007 13:06 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Música Hay 18 comentarios.

SUPERMAÑO EN 3D

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¡Tiembla, Walt Disney! Las nuevas tecnologías han entrado en el mundo de Alberto Calvo, el inigualable autor de Supermaño, tan simbiotizado con su personaje que hace tiempo que todo el mundo le conoce por su nombre. "Ha llamado Supermaño", "Supermaño ha dejado unos dibujos", "Por ahí va Supermaño"... Frases habituales en mi día a día. Y, sin embargo, siempre que las oigo me imagino a su personajillo correteando con su garrote por el centro de la ciudad, en lugar del Alberto Calvo de carne y hueso. Cuando, dentro de cien años, a los historiadores y literatos les dé por interesarse por la cultura de la Zaragoza extraña y enloquecida de hoy, acogedora y desquiciante al tiempo, no se podrá obviar a Calvo ni los bares que ha empapelado con sus obras (es un estajanovista del dibujo, la pintura y el cómic: compadezco al desgraciado que, llegado el caso, se dedique a recopilar sus creaciones).

Me dijo una vez que quería darle otro aire a Supermaño, o incluso cargárselo. Supermaño tiene más de 20 añitos, y el Aragón que lo inspiró es ya sólo un eco de alguna vieja jota que ya nadie canta. Hay ahora una Zaragoza urbana e inquieta, con un par de generaciones que desconocen los rigores de la era y de la casa de adobe y a los que los tópicos del botijo y de la faja resultan tan extraños como un expediente X. Ya no nos encontramos con "supermaños" por la calle, y hasta el propio nacionalismo aragonés se vuelve urbano y juvenil, renegando de jotas rancias. Vamos, que Supermaño ya no recoge el volkgeist de Aragón y Alberto lo mantiene por cariño y porque a muchos nos sigue haciendo mucha gracia. Pero había que modernizarlo, y aquí os ofrezco, en primicia mundial y con la debida autorización de su autor, el nuevo Supermaño del siglo XXI, en tres de. Una versión mejorada de esto aparecerá el domingo en Cualo!, la página de cómic con la que Alberto ennoblece el suplemento de Heraldo donde envejezco laboralmente.

Una amiga que entiende de estas cosas informáticas se ha quedado sorprendida de que Alberto haya aprendido a dibujar en 3D él solo y en tan poco tiempo, pero los autodidactas y los genios son así: cuando se ponen, se ponen. Alberto tiene experiencia en animación cinematográfica, y yo veo esto como el germen de un futuro videojuego de Supermaño. Lo voy dejando caer, por si cuela y se atreve a recoger el guante, porque a este moñaco sólo le falta hablar y liarse a garrotazos.

13/01/2007 11:09 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 2 comentarios.

SUTILEZAS

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No he visto todavía María Antonieta, pero he dedicado el fin de semana a la familia Coppola y a mi querido amigo S., que se recupera en el hospital de una reciente operación que me ha obligado a vencer mi aversión a los hospitales para pasar con él un par de tardes. Me siento culpable por hacerle reír, ya que le tiraban los puntos cada vez que le venía una carcajada, pero creo que no le ha sentado mal. De lo que más nos hemos reído (bueno, nos reíamos los demás, él sólo hacía muecas y se llevaba la mano a la herida) ha sido del descubrimiento que ha hecho en uno de sus paseos por el pasillo. Cuenta S. que uno de los armaritos que usan las enfermeras para almacenar cosas estaba abierto, y dentro había un montón de cajas rotuladas con letras grandes: "SUDARIOS". "Joder, podían disimular un poco y llamarlos 'sabanitas especiales' o algo", se ha quejado. Le he dicho que vigile si falta alguna sabanita especial durante el día. Así, si nota un sabor extraño en la carne que le sirvan de cena, ya sabrá a que se debe.

Fuera del hospital, he reflexionado un poco sobre lo implícito y lo explícito, comparando la anécdota de los sudarios con El Padrino II, que nos hemos chupado en alegre panzada de inactividad findesemanera. La mafia es el eufemismo a la enésima potencia. La enfermera que rotuló esas cajas, en cambio, es prosaica y no entiende de segundas intenciones. Los personajes de Mario Puzo sólo hablan de muerte y destrucción en términos crudos cuando están fuera de sí o la situación es desesperada. Si no, se dan un beso que lo dice todo o se lanzan una mirada mucho más despiadada que cualquier vocablo. Un Corleone jamás escribiría "sudarios" en una caja.

Siguiendo con la panzada fílmica, nos hemos tragado Las vírgenes suicidas, con la insinuante Kristen Dunst, y me reafirmo en mi idea: Sofia Coppola es una niña pija con preocupaciones de niña pija, es verdad, pero sabe acercarse tan bien a la anécdota y observa de una forma tan humana y fascinada, que te convence. Por oposición a daddy, hasta María Antonieta, Sofia había huido de los grandes relatos con personajes corales y tramas de enredadera. Escribe historias sobre sí misma, sobre su condición de niña pija, y por eso lo hace tan bien. Pese a que habla de mundos y seres ajenos a mí, puede activar en mi desabrido corazón el mecanismo de la empatía. A mí, al menos, me gusta, pero ahora estoy en horas bajas, muy sensible por varias razones, y es fácil convencerme. A ver si sigue enganchándome cuando me sienta cínico y duro. A ver qué tal se da María Antonieta.

Para concluir, y con riesgo de que me llaméis plasta insufrible, reproduzco un genial diálogo de Padre de familia. Las frases de Peter van en negrita:

-Ahora que estamos a punto de morir, he de confesaros algo que no le había dicho a nadie: no me gustó El Padrino.
-¿Quéeeeeeeeee?
-Que no me gustó El Padrino. Hala, ya está, ya lo he dicho.
-¿Cómo no puede gustarte? ¡Es la obra perfecta!
-Para empezar, es larguísima, dura como seis horas o así.
-¿Cómo puedes decir eso? ¡Tiene un reparto espléndido! Robert Duvall, Rober DeNiro, Al Pacino...
-Sí, sí, unos actores excelentes, pero no lo soporto. Y esa escena de los sillones... ¿En qué idioma se supone que hablan?
-¡Es italiano!
-Es una escena cumbre, Peter, y hablan un idioma de sutilezas, algo incomprensible para tí.
-Me gusta Esta casa es una ruina. Ésa es mi respuesta a tu afirmación.

15/01/2007 02:37 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

SUSTO O MUERTE

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Encuesta del CIS improvisada. ¿Qué interesa más a los blasillos hispanos? ¿La previsible y cansina bronca del Congreso de los Diputados que merecería la justa reacción ciudadana de un masivo voto en blanco en las próximas elecciones o el cochecito de Fernando Alonso? La única respuesta que mitigaría mis ganas de exiliarme sería "ninguna de las dos", pero, a juzgar por el circo mediático del que me hago en mínima parte responsable, no parece una contestación plausible. Para mí, sin embargo, supone elegir entre susto o muerte, como en el chiste.

Los diputados y diputadas del Congreso/Congresa demuestran cada día que la estulticia no es la ausencia de brillantez o inteligencia, como la oscuridad es la ausencia de luz, por lo que terminan de tirar por tierra los presupuestos que guiaron la Ilustración. Con la luz y la oscuridad pasa un fenómeno conocido: con la ausencia absoluta de la primera se alcanza el grado absoluto de la segunda. Sin embargo, los políticos patrios hace tiempo que se vieron abandonados completamente por la inteligencia (como un mal desodorante) y, sin embargo, su estulticia se hace cada día más densa e insultante. Bochornoso es poco para definir lo que pasará por la cabeza de millones de personas sensatas, por no hablar de los pobres ecuatorianos, que se les estará quedando la misma cara de lelo que tiene un espectador de pin-pon tras cinco horas de partido.

Pero la alternativa de la actualidad de hoy no era mucho más alentadora. En Telecinco, un señor valenciano ha confesado orgulloso que se había escaqueado del curro para ir a ver el cochecito de Fernando Alonso. "Y, por supuesto, el crío tampoco ha ido al cole", ha añadido el muy ufano. Tiene suerte de que la sociedad tenga ciertos escrúpulos morales totalmente injustificados, porque, en circunstancias normales, ese señor debería ser recluido en un campo de reeducación. A construir la autovía Mudéjar de Teruel le ponía yo, por inculcar a su hijo que el cochecito del fulano de McLaren es más importante que el cole.

Y digo yo: ¿qué aliciente tiene ver un coche de carreras con forma de coche de carreras? ¿Tanta hostia para qué? Pues sí, tiene cuatro ruedas y un montón de pegatinitas. Ah, y hace brum brum cuando arranca, y menudo reprís en las curvas. Oooooooooooooooooooooh, exclamará el populacho maravillado, mientras el malvado Gargamel aprovecha su distracción momentánea para robar a los aldeanos el queso y las más fermosas de sus doncellas.

Y mientras, ajenos y ajenas al nuevo cochecito-leré, en el Congreso/Congresa, prosigue la bronca:

-Pues para que te ajunte tienes que decir que eres idiota y darme los cromos que me faltan de Fernando Alonso.
-No, los cromos, no, que son garantía de la confianza de los ciudadanos.
-Pues entonces te tienes que sacar un moco y comértelo.
-Yo me como el moco si tu me dejas la Play Station el sábado.
-¿Para qué la quieres, para jugar con tus amiguitos los etarras?

And so on and on and on.

En serio, ¿este aburrimiento tontuno es patrimonio exclusivo hispano o en Bangladesh se habla de otras cosas? Porque estoy pensando en pedir el traslado.

16/01/2007 01:43 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad Hay 10 comentarios.

TAKE IT EASY

Lo sé, lo sé. Este garito no se actualiza con la regularidad All Bran de antaño, pero no es por pereza, sino por un exceso de trabajo que sólo una prejubilación o el INEM pueden hacer disminuir. Espero aclimatarme pronto a este frenesí y volver a encontrar fuerzas y tiempo para escribir un ratito cada día. Disculpas mil.
18/01/2007 11:35 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Hay 13 comentarios.

EL NEGRO YA NO PINTA

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Más bien sería "el negro ya no dibuja", pero este titular hubiera perdido parte de la gracia del que encabeza esto, si es que tiene alguna gracia. El Negro es, por supuesto, Roberto Fontanarrosa, que acaba de decir adiós a su faceta de hacedor de chistes dibujados porque la enfermedad neurológica que padece le ha alterado gravemente la capacidad psicomotriz. Podrá seguir dictando cuentos o tecleándolos con paciencia, pero se acabaron esos monigotes y esos trazos reconocibles de aquí a la luna.

Fontanarrosa es un tipo que cae bien, aunque no le conozcas personalmente y sólo sepas de él esa tibia e interesada imagen que transmite el marketing literario. Cae bien incluso a sus opuestos. O sobre todo a sus opuestos. Su compatriota Maitena, por ejemplo, que practica un humor (ponedle todas las comillas del mundo a eso de humor referido a Maitena) radicalmente enfrentado al suyo, se desvive en elogios y querencias por su obra y su persona. Tengo un librito de chistes de Fontanarrosa prologado por Maitena, y de ahí extraigo este párrafo: "El humor del Negro es rápido, inteligente, está lleno de ironía y de poético escepticismo, de delirio y de absurdo, de locura y de genialidad, todas virtudes que, como profesional del género, lo enaltecen". Y tanto. Si escribieran algo así sobre mi persona pensaría que quieren algo deshonesto a cambio, y yo pago las facturas con IVA, señorita.

El Negro ha cimentado su imagen de marca en una explotación despiadada de la modestia y de una mirada torva de vuelta de todo (probablemente heredada de algún antepasado del Mezzogiorno italiano que basaba su supervivencia en fingir indolencia, en hacer como que no veía los trapicheos de la Mafia y en estar atento a un probable y artero navajazo. Algo de eso debe pasar a los genes). Cuando Alfaguara editó sus cuentos necesariamente incompletos en España, comentó que no le gustaba el volumen porque había salido demasiado grueso y seguro que intimidaba al lector. "Che, ¿qué me quiere contar este pibe con tantas páginas?", dijo que dirían. Muy lógico, dado que uno de sus chistes presenta a un maestro o crítico diciéndole al pupilo o novel: "No vacilo en afirmar que el suyo será el libro de la década". "¿Le parece?", pregunta el ilusionado autor. "Tardé como diez años en leerlo", concluye el maestro sosteniendo un tocho más voluminoso incluso que el de los cuentos del Negro. Pero la verdad es que Fontanarrosa lo tiene muy difícil para intimidar y uno recorre las páginas casi sin enterarse, cagándose de la risa si es capaz de entrar en su mundo cínico y "masculino", como lo califica Maitena.

En fin, una puta enfermedad nos deja sin chistes ni monigotes nuevos. Una verdadera pérdida. Servidor, que en cuestiones cómicas es un pelín cafre y simplón, disfrutaba mucho de las desfasados chistes verdes de Fontanarrosa: "Dígame, doctor... Estas píldoras para aumentar la virilidad... ¿No tienen efectos secundarios?" "No, amigo Medina. Le sirven para el primer polvo. Al segundo no llega". Por razones obvias de desafinidad básica, no soy capaz de entrar en una faceta importantísima de Fontanarrosa, que debe venir de serie con el pasaporte argentino: el forofismo futbolero. Pero entiendo su gusto por la charla, su gruñona negativa a trasladarse a vivir a Buenos Aires y su voluntad de quedarse tranquilito con su gente de Rosario, así como su afición a pasar las horas en un café. En definitiva, su vitalismo desaliñado, huraño y peleón. Con eso me quedo, y espero que eso no se lo lleve la horrible enfermedad que todo lo emponzoña, que bastante daño ha hecho dejándonos sin dibujos. Que al menos no le toquen la charla del café ni el partido de los domingos. Que no le priven de ser feliz.

19/01/2007 00:45 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 14 comentarios.

MRS. ROBINSON EN EL CARIBE

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Llego cansado, no he quedado con nadie y no tengo ganas de hacer cena. Me atrae el torpe neón de la puerta y me siento como un Sam Spade cualquiera, desengañado y sucio. Alcanzo la barra con intención de pedir algo para subir a casa, pues sólo quiero descalzarme y sofronizarme en el sofá. Lo hago a menudo, aunque ciertos cargos de conciencia dietéticos han hecho que dilate cada vez más el tiempo entre visita y visita al lugar, que es el garito de los kebabs de debajo de casa. Al llegar, juego a imaginarme que estoy en una cafetería americana, que llevo una gabardina astrada y que la encantadora y dulce chica de Arkansas que hace de camarera -mientras espera la llamada de su agente para convertirse en la nueva Ava Gardner- me llama honey mientras llena mi taza de un café aguado y dulzón.

Pero no, no vengo de hacer ninguna heroicidad. Sólo soy un currito más, hastiado de otra larguísima jornada laboral, que espera su recompensa en forma de merecida cena. Estoy en una especie de duermevela. La chica que me atiende es latinoamericana, pero acusa ya ciertos dejes aragoneses que delatan una sólida integración -quizá excesiva, pues parece renunciar a la dulzura de su acento por la adusta y gritona habla local-. Hojeo una revista mientras espero la comida, pero he cometido el error de comprar la revista más moderna de los modernos, y no tengo humor para desestructurarme ni para valorar discursos narrativos no lineales.

Pido una caña mientras espero mi pedido a la chica latina, que me ha caído muy bien, y observo que está enseñando a un chaval nuevo. Es un yogurín imberbe, que no tendrá ni 18 años, frente a los 30 que tendrá ella. Le explica cómo debe cobrar, cómo debe anotar las comandas, dónde se guardan los refrescos y cómo se sirven, cómo se tiran las cañas de cerveza, cuándo debe recoger una mesa y cómo debe estar atento a los clientes. Demasiada información. El chico, inevitablemente, se aturulla, pero no quiere que se le note. Su cara de agobio recorre el local, enterneciendo al jefe, que desde la cocina le insta a que se tome un respiro. Pero la chica latina no le da tregua. Imparte órdenes con una dulzura infinita, pero no le deja en paz. Le gusta verlo en movimiento, casi se relame de gusto y, poco a poco -la tardanza en que me sirvieran me ayudó a percibir la evolución del asunto-, su dulzura se vuelve más y más lasciva. Me doy cuenta de que le devora con la mirada. No disimula su reclamo erótico y, si el local estuviera vacío, se abalanzaría sobre el chaval al estilo de El cartero siempre llama dos veces. El chico, por supuesto, está demasiado agobiado y concentrado en sus mil tareas como para enterarse. Si lo hiciera, huiría aterrado ante el deseo burlón y explícito de esta Mrs. Robinson caribeña. Les miro y me invade un horrible sentimiento de ternura. Estoy contemplando la felicidad en estado puro. La chica latina es feliz, inmensamente feliz por tener un juguetito imberbe que le pone terriblemente cachonda.

Sería el agotamiento, el hambre, los cabreos de las miserias cotidianas o las ganas que tenía de decir adiós al mundo por ese día, pero ahí estaba sucediendo una pequeña epifanía en forma de acoso juguetón. Aquella latina me hizo sentir emociones que sólo algunas películas han logrado, y ella nunca lo sabrá. En aquella noche gris y miserable, me recordó que la grandeza de la vida está ahí, sobre la rutina y los malos humos. Cuando por fin me trajo la comida estuve por despedirme con un beso y darle las gracias, pero me contuve y me fui con un sobrio "buenas noches". Siento envidia por ese chaval que, si las cosas siguen su camino, descubrirá el fascinante terror del sexo con una mujer tan vitalista. Como dice Andrés Montes, la vida puede ser maravillosa.

PS para los amigos de Argentina y para todos en general: iba a empezar a publicar este fin de semana en el blog las disparatadas aventuras bolivianas de un curioso personaje, pero estoy ordenando sus largas crónicas y, próximamente, las sacaré por entregas. Esta semana, en este blog, el folletín ilustrado ¿Qué hace un bonaerense con mal de altura en la corte de Evo Morales? Espero que resulte de su agrado.

Foto: God bless to you, Mrs. Robinson / Heaven holds the place for those who pray...

EL ÚLTIMO HOMBRE FURIOSO

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Hete aquí que se nos ha muerto Ryszard Kapuscinski a los 75 años sin que yo haya conseguido aprender a escribir su nombre. Siempre lo tengo que andar copiando letra por letra. Coloquialmente, siempre fue Capullinski, mucho más fácil de transcribir y de memorizar. Reconozco que mi torpeza disléxica no tiene perdón de Dios, pues hacía muchos años que el polaco ocupaba la posición de pope del periodismo mundial. Es casi un axioma: si te gusta un poco esta profesión de marras, es tu obligación rendirle culto. Por tanto, por mí que no quede: aquí lanzo a los vientos cibernéticos mi lamento y mi adiós.

Hará como cuatro años o así, Gervasio Sánchez lo invitó al curso de fotografía que imparte en Albarracín dentro de los ya clásicos encuentros literarios de la Fundación Santa María dirigidos por Antón Castro. Recibí una amable invitación para asistir y a punto estuve de pasar un día con Capullinski, pero algo se debió interponer entre él y yo (creo que una novieta que me traía por la calle de la amargura o algo con forma femenina que hacía las veces, qué sé yo). Las hormonas ganan a la vocación, soy así de primario. El caso es que me lo perdí, y ahora me da rabia, pues esta noche hubiera tenido unas cuantas anécdotas interesantes con las que llenar este post. Aunque, ahora que recuerdo, a lo mejor Capullinski tampoco asistió y Gervasio sólo manifestó su fracaso en las gestiones por llevarlo a Teruel. Parezco un abuelo cebolleta que ya no sabe si va o si viene, y la pereza me impide comprobar el dato en el archivo.

A cambio, os contaré un secreto parecido al que contó Peter Griffin cuando dijo que no le gustaba El Padrino: la obra de Kapuscinski nunca me ha emocionado. Sí, he leído sus reportajes; sí, me ha inspirado alguna que otra vez, y sí, su legado me provoca respeto. Pero del respeto a la admiración hay un trecho. Y de la admiración a la fascinación, otro trecho más. Por tanto, estoy a una buena caminata de sentir ese no sé qué que te generan en el estómago las cosas que se te meten por dentro de verdad.

Dicho todo esto, pienso que con Capullinski se muere definitivamente una forma de concebir y de practicar el periodismo. Es el último de los hombres furiosos (cuando los angry young men de verdad se han domesticado a fuerza de recibir premios Nobel), el último ingenuo, el último que de verdad pensaba que ser testigo y transformar tu testimonio en narración merece asumir casi cualquier riesgo. Porque sí, porque si no lo cuentas tú, otros lo contarán a su manera (interesada), porque no se puede ser portavoz más que de uno mismo. Los cínicos no sirven para este oficio fue el título del volumen en el que recogió sus impresiones parciales sobre la profesión a la que dedicó casi toda su vida. Un título significativo, pero que convendría matizar: los cínicos no sirven para este oficio, entendiendo por este oficio la particular visión -clásica, independiente, ingenua, objetivista- del periodismo que tenía Capullinski. Para todo lo demás, los cínicos sí que sirven. Los cínicos, de hecho, construyen este oficio, y la palanca que lo mueve desde sus inicios, pese a los miles de Capullinskis que han pasado por sus filas, ha sido siempre un cruel y despiadado cinismo.

Para los que venimos después, nos resulta muy difícil pensar como lo hacía él. Pero, ¿nos iría mejor -a nosotros y a los ciudadanos que nos sufren- si pudiéramos pensar de otra forma? Quién sabe. En cualquier caso, descanse en paz.

24/01/2007 01:19 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad Hay 4 comentarios.

EL FERVOR DE ZAGAJEWSKI

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En un breve paréntesis al frenesí cotidiano, me he encerrado en esta gélida tarde con mi último y deslumbrante descubrimiento (que le debo al buen F., que me leyó apasionado unas líneas que me hicieron casi correr a la librería). Se trata de un polaco, como Ryszard Kapuscinski, pero poco más comparte con el periodista, aparte de la nacionalidad. Se trata de Adam Zagajewski, poeta y ensayista cuyos libros ha traducido al español la editorial El Acantilado.

Empecé leyendo Dos ciudades, preciosa colección de ensayos con la identidad y la memoria como ejes temáticos, y con una fuerte carga sentimental como mar de fondo, y ahora sigo con En defensa del fervor, que reúne un puñado de reflexiones sobre la literatura actual y sobre su poética. Sus ideas, expresadas con una brillantez y una claridad valientes y firmes, deberían ser el punto de partida de un debate necesario para evitar la oxidación literaria e intelectual. Sus propuestas pueden y deben ser discutibles, pero nadie puede quedar indiferente ante su sabiduría carente de apriorismos, con una mirada limpia, desprejuiciada y atrevida, que camina siete leguas por delante de los acomplejados intelectualillos que siempre le están dando vueltas a sus mismos tópicos. Permitidme que rescate un par de párrafos que me he subrayado:

"Fuerte por sus lecturas, fuerte por sus pensamientos, fuerte por sus vivencias y débil por su condición, encarcelado en la actualidad como aquellas momias excavadas en las antiguas turberas que protagonizan los poemas de Seamus Heaney, y también débil -como todos los modernos- por culpa de su psique asediada por los teóricos, por ser un "hombre sin atributos", el escritor que busca un estilo más elevado no deja de ser Everyman. Débil como todos, a veces presa de la televisión descerebrada y del cine norteamericano, acostumbrado al aburrimiento de las autopistas y al tedio del veraneo multitudinario, fuerte tal vez sólo por su inagotable ambición de buscar algo superior, por su recuerdo de la sublimidad que nunca dará por perdida".

(...)

"La generación de los 'escritores violentos', que aborrecían el mundo indolente y horizontal de la democracia contemporánea y la sociedad actual gobernada no por los gestos de un soberano sino por los seísmos de la Bolsa y los comicios parlamentarios, proclamaba el culto a la proeza; eran guerreros, amantes de las corridas, soldados, hidalgos, seductores, revolucionarios, nacionalistas o comisarios bolcheviques. La proeza -revolucionaria o militar; erótica o aristocrática- era para ellos una metáfora del estilo elevado (...) cuyo objetivo último era el repudio del mundo moderno, su trasmutación en una amalgama más noble (...). A menudo me pregunto si el visible apaciguamiento de la actual generación de escritores, que ya no quieren ser ni caballeros, ni heroicos oficiales con los rostros cubiertos de cicatrices (...), ni revolucionarios sin miedo ni piedad (...), resulta de una elección fundada en razones, o bien es una simple reacción a la saciedad, al cansancio causado por una retórica demasiado ruidosa, al deseo de cambio."

No sé a vosotros, pero a mí me da qué pensar. Es un pequeño dilema sobre el que llevo un tiempo reflexionando y, qué queréis que os diga, ya que son contadas con los dedos de una mano las personas con las que puedo debatir estas cosas sin que me llamen tío peñazo o se líen a collejas conmigo, da mucho gusto leer a Zagajewski y comprobar que le preocupa tanto como a mí. ¿Habrá tenido en cuenta estas ideas Jorge Volpi al escribir El fin de la locura? Si no ha sido así, las sinergias son más fuertes de lo que aparentan. Por otro lado, y pensando en el recurrente "péndulo" de Eugeni d'Ors, también pienso que el antirretoricismo muestra ya algún síntoma de agotamiento, como consecuencia lógica de su posición de dominación todopoderosa. ¿Se avecina una avalancha de neorrománticos? Que Alá nos coja confesados si así es.

Foto: Adam Zagajewski.

25/01/2007 21:01 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 4 comentarios.

UN ARGENTINO CON MAL DE ALTURA

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Quería colgar por entregas la crónica de la aventura boliviana de nuestro querido amigo argentino J.R. -no confundir con el JR de Dallas-, pero he pensado que, pese a que es muy divertida para quienes le conocemos, puede ser demasiado larga e incomprensible para los profanos, así que he hecho una selección de dos momentos gloriosos que manifiestan dos cosas: a) Bolivia puede ser un lugar terrible; b) Bolivia siempre será un lugar salvaje y terrible a los ojos de un porteño descreído.

La noche que conocimos a J.R. en Buenos Aires, acababa de llegar de Montevideo de un viaje de trabajo y contaba con total naturalidad que, unas horas antes, había estado a punto de ser secuestrado por un taxista uruguayo. En los días siguientes, mientras nos cebaban con pizzas y empanadas y nos emborrachaban con cerveza Quilmes -helada, para sobrellevar el tórrido verano austral-, descubrimos a un tipo algo más que guasón, que nos bautizó a los españoles como los "hastalogos" (así nos despedíamos, según ellos, y siempre con gran profusión de tacos, como "hostia", "joder" y "puta", marca de fábrica de la Madre Patria) y que no perdía una sola oportunidad para lanzar pequeñas cuchilladas irónicas cargadas de inteligencia. Un tipo genial, vaya, que además de no soportar la condición humana (ajena), es un hipocondríaco de cuidado y siempre sufre un sinfin de catastróficas desdichas cuando sale de casa. Con esos antecedentes, no se le ocurrió otra cosa que ir a pasar el fin de año a La Paz, precisamente a casa de una aragonesa ex compi eventual del Heraldo que ahora trabaja en la delegación de la Agencia EFE en Bolivia. La vista de la foto es la que se ve desde su ventana. Por supuesto, el mal de altura le amargó la estancia y todo le pareció horroroso. De su larguísima crónica entresaco estas dos anécdotas. La primera es el relato de un viaje en autobús (colectivo) de Potosí a Cochabamba. Los acentos venían así de mal debido a los insondables misterios de las conexiones a internet bolivianas. Os ruego que no me obliguéis a corregirlos, que me quemaré las pestañas. Nótese su hipocondria aguda y su actitud de lord inglés:

En Potosí la gente me cayó mal y pensé en irme cuanto antes. No me interesaba hacer el tour de las minas en el cerro Rico porque debìa subir a casi 5000 metros para meterme en las cuevas y galerias donde los bolivianos seguìan trabajando como en la època medieval. Tampoco querìa ir al Salar de Uyuni que seguramente es bàrbaro pero implicaba ir en una camioneta por dos o tres dìas a un lugar desolado. Ya conozco otros salares y con tanta sal me podìa subir la presiòn. Entonces llamè a las aerolìneas para saber còmo podìa escapar de ahì lo antes posible y en aviòn. Los vuelos de o a Potosì ya no existen, los vuelos desde Sucre, la ciudad màs cercana, estaban llenos. La ùnica opciòn era irme en òmnibus hasta Cochabamba (viajando toda la noche) y desde ahì tomar otro colectivo o un aviòn a La PAz. Colectivos directos a La Paz estaban llenos tambièn.
 
Fui a la terminal que era un caos y parecìa un mercado y busquè la ventanilla que tuviera mejor aspecto. No habìa manera de saber cuàl era mejor. Deberìa haber hecho lo que hizo una neozelandesa, ir a ver los colectivos y pedir ESE. Saquè el pasaje màs caro que supuestamente era coche cama. Volvì a la ciudad a recorrer la nada porque todo los museos estaban cerrados. Dormì una siesta en el hotel por la que me cobraron media tarifa y a la noche fui a la terminal.
 
El "mercado" habìa empeorado y hasta habìa un montòn de mochileros argentinos. Yo no uso mochila y tenìa la valijita a ruedas. La ùnica en el mercado terminal. Me comprè una botella de agua enooorme para ir todo el viaje tomando. Confirmè que el colectivo tuviera baño. Pero ya debìa haber sabido muy bien que para los bolivianos sì o no o no sè es todo lo mismo. Subì y bajè 4 veces las escaleras de la terminal porque no estaba claro por donde despachar mi valijita. Despuès la bajaron con una soga (Què tercermundista!!!) desde las ventanillas de la empresa del primer piso hasta el òmnibus. Llegò el òmnibus, subì y comprobè que no era coche cama ni tenìa baño. Los asientos se reclinaban, eso sì, màs que los otros. Pero eso era todo. En mi asiento encontrè una botellita de Pepsi con pis. Ese era el baño. O sea yo tenìa mi propio baño, una botella de 2 litros de agua mineral que debìa vaciar. Casi me bajo para tomar un taxi hasta LA PAz a 500km. pero pensè que serìa màs inseguro que el colectivo. Mientras esperàbamos que suba màs y màs gente (con muchos bebès, eso es algo que sobra aquì, la mitad de las mujeres tiene un bebè colgando de la espalda) subiò un niño cantor al que casi le pago para que se callara la boca pero dijo que el que no contribuirìa no sè què le pasarìa con el baño (los bolivianos hablan en boliviano y no siempre se entiende lo que dicen) asì que pensando que me harìa encima por una maldiciòn inka, le di un peso. El òmnibus se llenò de gente y por ende de olor. Aclaro que no quiero discriminar pero los bolivianos o un gran porcentaje tienen un olor penetrante, mezcla de la comida fuerte que comen y del sudor. (Despuès de haber vivido en el Altiplano por siglos no se dan cuenta de que por màs que a la mañana haga frìo , al mediodìa el sol quema y que tendrìan que sacarse todos esos ponchos y aguayos y medias de lana de llama que usan). Con todas las fuerzas intentè abrir la ventanilla y como cediò me tranquilicè un poco. Me venìan oleadas de olor boliviano y yo me pegaba a la ventanilla para respirar.
 
Los bebès dejaron de joder y se durmieron. Yo no. Solamente de a ratos.  A las 2 de la mañana paramos en el medio de la nada. Literalmente. En un caserìo de mierda. Era el medio de Bolivia. Me bajè para buscar un baño. Una chica nos ofrecìa pasar al baño de un bar asqueroso como quien ofrece pasar a un espectàculo. Adelante adelante, pasen pasen, el baño es gratis, decìa. Tres chicas argentinas, los bolivianos y yo nos bajamos tipo zombi.  El baño  era un patio inmundo en el que los hombres meaban contra la pared y las mujeres en unas letrinas hechas de tablitas de madera, todos juntos. No me salìa ni un chorrito del asco. Antes de volver al colectivo algunos pasajeros  compraron comida frita para llevar en el viaje. A quièn se le ocurre comer eso a las 2 de la mañana y en un colectivo sellado!!!!!! A los bolivianos!  Alguien me habìa dicho, creo que fue Florencia, que si en un viaje en colectivo en Bolivia el colectivo paraba, que no me bajara porque no podrìa volver a subir. Sabias palabras. Cuando subì casi vomito. El olor boliviano era tan fuerte, que abrì por completo la ventanilla a pesar del frìo y saquè medio cuerpo. El resto del viaje lo pasè  con la ventanilla abierta y congelandome, no me importaba. Cuando lleguè a Cochabamba me tomè un taxi al aeropuerto, comprè un ticket a La paz y vine a matar el tiempo a Cochabamba. Què lindo el aeropuerto, todo limpio, hay bolivianos pero bueno... y no es que sea hijo de puta, pero son algo de no creer. Por ejemplo, voy a pagar el ticket con american y me dicen ayyy es que se terminaron los vouchers.... todo es asì. Siempre dicen NO, de vagos que son. Ayer estaba almorzando en un bar, entraron por lo menos tres personas y preguntaron si servìan almuerzo y el del bar les dijo que no. Se fueron . Una se sentò a comer una torta y descubriò que sì servìan comida! Cuando fui a tomarme la presiòn despuès de recorrer 10 farmacias, llego a un puesto de salud que debìa ser derribado con una bomba atòmica o de gamexane, que parecìa una villa miseria y la enfermera me dice, ayy no està el doctor. Tomèla usted! le contestè. Y ahì, cuando le das la soluciòn, como que reaccionan y hasta quizàs son simpàticos. Sè que es un comentario tìpico de gringo, pero es asì. Una gran diferencia cultural.

El siguiente y último extracto da cuenta del nivel de miseria del país del Altiplano. A mí me resulta tragicómico y me recuerda a uno de los relatos de Historias mínimas, una película que transcurre en la Patagonia argentina, que para el caso...

Me habìa olvidado de contarles sobre un programa muy còmico. Se trataba de un programa conducido por una chola a la que llamaban los televidentes para participar de un concurso con unos dados, un juego tipo La Generala, o no sè què. Lo còmico fue el premio que entregò la chola. Si me lo cuentan, no lo creerìa: el premio fue un chorizo!!! Sì, de carne de cerdo. Lo mostraron en primerìsimo plano y no era un chiste. como la cholita estaba tan contenta, dio un premio extra_: un paquete de harina. Esto dice bastante de Bolivia.

¿He dicho ya que no me importaría nada viajar a Bolivia este verano? Lo digo completamente en serio. Aunque, de momento, estoy haciendo campaña pro Venezuela, que me parece vergonzoso no haber pisado Caracas todavía teniendo tanta familia allí.

26/01/2007 02:34 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 8 comentarios.

HBO, PATA NEGRA

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Se cierra un círculo, el de A dos metros bajo tierra. Estoy viendo la recién comprada cuarta temporada en DVD, y la semana que viene saldrá al mercado la quinta y última, que no se ha emitido en televisión en España. Una excelente serie que ha sido impunemente maltratada por quienes dicen defender un modelo de televisión diferente, ese que proclama la segunda cadena de TVE.

Aunque, pensándolo bien, parece que las cadenas españolas le tienen especial inquina a las series de la factoría HBO, a la que pertenecen A dos metros..., Los Soprano, Roma, Sexo en Nueva York, el neowestern Deadwood, la policíaca The Wire y la que se anuncia como revelación de la temporada, Big Love, sobre una familia mormona de Utah. Repasando el trato que han recibido estas joyas en España, se hace uno una idea cabal de la inteligencia media de los programadores -o de la inteligencia media que le presuponen al público-. A dos metros..., en La 2, a trompicones, a deshoras, con los episodios desordenados y con interrupciones sin previo aviso; Los Soprano fue mimada para una selecta minoría en Canal Plus, pero La Sexta la somete a un maltrato inconcebible y no la promociona casi nada; Roma, emitida en Cuatro cuando el canal de Prisa estaba en pañales y no tenía audiencia, por lo que pasó desapercibida; Sexo en Nueva York tuvo su público en Canal Plus, pero al pasar a abierto, Antena 3 la utilizó como relleno cutre de las madrugadas; Deadwood y The Wire sólo se han pasado en canales de pago, y habrá que ver qué pasa con Big Love.

Es una pena que estemos condenados al DVD, al pirateo de internet o a apoquinar las facturas del cable para disfrutar medianamente a gusto de los productos de HBO. Porque lo que esta cadena (de pago) estadounidense lleva haciendo durante la última década es sublime, y ha logrado poner a la caja tonta por delante del cine en muchos sentidos. HBO (Home Box Office) nació en los años 70 como un pequeño canal de pago hecho por y para los teléfilos. y el lema que se repite en sus cuñas, "It's not TV, it's HBO", resume su realidad. Es cierto: HBO se ha empeñado en romper moldes, en dinamitar los inamovibles formatos televisivos, en destruir tabúes.

El canal empezó en Nueva York en los años 70 emitiendo películas y conciertos, y en los 80 empezaron a producir algunos telefilmes, pero no fue hasta mediados de los 90 cuando el baranda, Michael Fuchs, decidió apostar fuerte por contenidos atípicos y a contracorriente que incidieran sin tapujos y con audacia en asuntos que la televisión comercial aborda con mojigatería o doblez: el sexo, la violencia y los miedos de la sociedad occidental. Ahí explorarían. Ése sería el terreno por el que se adentrarían. Y les ha salido tan bien, que han cambiado la televisión americana y han arrastrado a las grandes majors comerciales, como la NBC o la Fox, que le han perdido el miedo a las tetas, a la sangre y a lo políticamente incorrecto.

El modelo de HBO es elitista, qué duda cabe. Sus ambiciosas series, rodadas como si fueran pelis de autor por gente que procede del mundo del cine, no buscan la universalidad, no buscan esa insipidez blanca que contenta a todo el mundo. Y, sin embargo, aunque muchos no entiendan sus series, y otros muchos, entendiéndolas, las tachen de pedantes o pretenciosas, HBO tiene unos 40 millones de familias abonadas en Estados Unidos. Para ser un canal de pago, eso supone un éxito arrollador. Pero, en España, no se enteran o no se quieren enterar.

En contra de lo que sucede en la televisión "normal", a los guionistas de HBO se les insta a olvidarse de formatos, horarios y pausas para la publicidad. La extensión y el ritmo de la serie se adaptarán a las necesidades de la historia que se quiera contar, y muy pocos writers saben trabajar bien con tan débiles pies forzados, acostumbrados como están a mil componendas esquemáticas. Ésta es una de las circunstancias que ha hecho que el sello de HBO sea para una serie tan fiable como el de la denominación de origen de Jabugo para un jamón. Puede no gustaros -como puede no gustaros el Jabugo, hay gente para todo y los paladares de esparto existen, vive dios-, pero si la serie que os disponéis a ver empieza con una careta de Home Box Office, dadle una oportunidad y prestad atención, porque estáis ante una serie pata negra.

27/01/2007 00:43 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 6 comentarios.

GÉLIDO VERMÚ Y JAVIER KRAHE

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No suelo salir de casa los domingos por la mañana. A lo sumo, lo hago a primera hora de la tarde si me toca ir a trabajar. Entonces, a las cuatro, Zaragoza es una ciudad fantasmal y deprimente. Parece que una catástrofe ha hecho huir a la mayoría de los habitantes y, los pocos que quedan, se mueven deprisa y con la cabeza gacha, como avergonzados por seguir vivos. Pero por la mañana -quiero decir, al mediodía-, las cosas son distintas. Todas las calles están llenas, pese al frío, y el aire está contaminado por cierta vitalidad ritual provinciana muy agradable, que te invita a unirte al jolgorio. Así pues, nos dispusimos a hacer eso que sólo hacemos cuando estamos en Madrid o en cualquier ciudad que no sea Zaragoza: tomar un vermú con amigos.

Demasiado moderno todo, pienso al llegar al punto de encuentro, las simpares Bodegas Almau, una de las tascas más antiguas de la ciudad. Desde la última edición del festival En la Frontera -maravilla oxigenante que recuperó el actual ayuntamiento socialista-aragonesista en esta legislatura que ahora termina, y que espero que prosiga en la siguiente, gane quien gane las elecciones de mayo-, algunos solares abandonados de la parte histórica antaño conocida como el Tubo fueron "intervenidos" (odio el palabro) por varios artistas de aquí, de allá y de más allá, en una experiencia que muchos juzgaron naif, pero que pretendía denunciar la dejadez y el abandono del peculiar casco histórico de Zaragoza y, a la vez, demostrar que los ciudadanos pueden inventar alternativas y "ocupar" y vivir espacios sin necesidad de automarginarte ni de redescubrir por enésima vez el resobado espíritu punk. Los solares se convirtieron en terrazas durante la primavera y el verano, y a muchos nos encantó el asunto, pero sólo una de ellas, la de enfrente de Bodegas Almau, ha sobrevivido al crudo invierno gracias a una programación regular de actuaciones de grupos de rock locales que le ha garantizado la afluencia de público.

Sé que al norte de los Pirineos las terrazas callejeras gustan más que un lápiz a un tonto. Recuerdo un gélido abril en Edimburgo, donde paseábamos abrigados hasta las orejas entre audaces ciudadanos entusiasmados por los tibios rayos de sol de una primavera pálida. Todos los pubs tenían su terracita, y todos se bebían sus cervezas en la calle como si estuvieran a 30 grados. En otros sitios, como en Francia, las terrazas van equipadas con estufitas. Está claro que los europeos son fans de las terrazas, así caigan chuzos de punta. Pero, lo que en habitantes de países donde anochece a las tres de la tarde es enternecedor, en España resulta algo patético y forzado, ya que tenemos una amplia horquilla, de mayo a octubre, para disfrutar de las terrazas. Pese a ello, Bodegas Almau insiste en su pretensión de tener terrazas todo el año, y ha instalado unas pequeñas estufitas que sólo calientan la mitad superior del cuerpo, dejando tiesos -y no de excitación, precisamente- los genitales y todo lo que queda por debajo de ellos. Así que sí, muy moderno y muy audaz, pero a mí no me vuelven a engañar para otro vermú al aire libre hasta que el calendario así lo indique. Será por bares con buenas tapas en Zaragoza... De eso, esta ciudad anda orgullosamente sobrada.

Por suerte, el mucho beber y el poco comer de estos vermús hacen que por fin, destilería mediante, entres en calor, pero para entonces ya sabes que puedes dar el domingo por perdido para cualquier cosa medianamente productiva. Así que, con la tontería, se hicieron las ocho de la tarde, hora de ir al concierto de Javier Krahe en el Teatro del Mercado. Último pase con graves problemas de sonido que podían haber hecho del recital un desastre si no fuera porque el hombre estuvo sembrado en su faceta de showman entre canción y canción -ni un clásico entre ellas, por cierto-. Se le notaba a gusto y relajado, menos hiératico que años atrás, cuando las cosas no le sonreían tanto, y pasamos un rato divertido ("no todo va a ser follar", como dice él en una canción). Algunas parrafadas del concierto fueron genuinamente improvisadas, pero otras pertenecen a su repertorio habitual e, incluso, están grabadas en el último de sus discos en directo. Me quedo con esta, que repito de memoria: "Quería hacer una canción protesta, porque el mundo está muy mal, y me dije, ¿de qué protesto? Porque sí, hay muchas guerras y calamidades, pero ninguna me pasa a mí, y hablar de ellas sería paternalista. Tengo que protestar de algo que me pase a mí. ¿Y qué me pasa a mí?, pensé. Bueno, me había salido un poco de eccema en el dedo, pero no iba a hacer una canción protesta sobre eso". Pues hay quien lo ha hecho, pensé, recordando la poética de Sylvia Plath, empeñada en agarrarse a lo más nimio de su existencia para no fenecer ante su caótica mente. Quizá Sylvia Plath, al componer poemas -en los últimos tiempos de su corta vida- sobre las mínimas obsesiones físicas de su propio cuerpo sólo estaba haciendo una canción protesta, protesta contra su propio caos mental y contra ese mundo que se le rompía sin que pudiera llegar a entenderlo pese a su férrea disciplina.

Entonces pensé que, efectivamente, me habían sobrado los dos últimos gin-tonics bebidos en casa de mi amiga pocas horas antes, y que debía relajarme y disfrutar del concierto sin más tonterías. Y así lo hice y así lo acabo de contar.

29/01/2007 13:16 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Música Hay 5 comentarios.

ESCÁNDALO

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Le di un par de golpes a la televisión y miré el calendario. Sí, no hay duda, estamos en 2007 y la tele se ve en color. Entonces, ¿por qué el gesto y el comentario del locutor me suenan a carcunda revenida? Él, que acaba de dar sin cantearse media docena de noticias sobre multimillonarios que persiguen balones en los estadios y se comportan como los niñatos consentidos, ignorantes y soberbios que son, resulta que ahora se escandaliza severamente ante un músico que ha roto un par de guitarras en un escenario. "Un espectáculo denigrante", comenta muy serio el predicador, el mismo que un minuto antes le reía las gracias al futbolista que ha apartado de un manotazo a un chavalín que le pedía un simple autógrafo.

El buen hombre puede entender a los deportistas, pero lo de ese "drogadizo" se le escapa. ¿Y quién puede escandalizarle tanto a estas alturas de la película, cuando ya todos estamos inmunizados de espanto? Pues Charly García, el gran tótem del rock argentino, una leyenda latina. Un tipo que, él solito, ha escrito un capítulo importantísimo de la cultura popular de habla hispana, algo que no puede poner en su currículum ninguno de los otros personajes que han aparecido en ese mismo informativo. Sin embargo, para el presentador en cuestión, sólo es un vándalo, un gamberro, un pintamonas.

A Charly le gusta dar la nota y seguir la máxima valleinclanesca: "Que hablen de uno, aunque sea bien". Las imágenes muestran un reciente concierto en Buenos Aires donde la emprende a golpes con todo lo que encuentra, pero a nadie le escandalizan ya sus excesos de "rock star" (el más sonado, cuando saltó de un quinto piso a la piscina de un hotel), que forman parte del folclore bonaerense.

Supongo que si Charly se ha enterado del sofoco que llevaba encima el severo locutor español -y es probable, pues no le faltan amigos en España para que se lo cuenten-, se habrá sonreído satisfecho.

A mí, que queréis que os diga, me causa ternura comprobar que, en la era descreída del marketing y de las tendencias encorsetadas y previsibles, una estrella del rock todavía pueda lograr que un señor con corbata se acabe llevando las manos a la cabeza.

*** Esta columna fue publicada el viernes en el suplemento MVT, de Heraldo. Desde ahora, un servidor se alternará con Pablo Ferrer -una semana cada uno- en la columna de opinión del suplemento de ocio.

30/01/2007 20:25 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Música Hay 4 comentarios.