Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2007.
Resumen
- 01/06/2007 16:39 - DESDE ARHUS
- 02/06/2007 13:59 - ESTOS ESPAÑOLES ESTÁN LOCOS
- 05/06/2007 00:39 - VIAJE CON NOSOTROS
- 06/06/2007 19:50 - EL PILAR DE DON ERNESTO
- 08/06/2007 01:05 - PATERAS DE POLVO
- 10/06/2007 13:08 - EL FIN DE LA FAMILIA
- 12/06/2007 00:42 - ¿REALMENTE CUESTA LO MISMO?
- 13/06/2007 01:13 - MEDIOCRE O POCO INTERESANTE
- 17/06/2007 19:41 - DINAMARCA, EL ESTADO ROCKERO
- 18/06/2007 00:47 - DE PROFUNDIS
- 19/06/2007 02:10 - ENTRE COPAZOS
- 19/06/2007 12:00 - ESE TORITO
- 22/06/2007 02:29 - UN MERCADO POR EXPLOTAR
- 23/06/2007 13:36 - APATRULLANDO EL CIELO
- 24/06/2007 18:38 - ECOLOGISMO PIONERO
- 25/06/2007 22:34 - UN ENCUENTRO CON JOSÉ RIBAS
- 28/06/2007 00:45 - COMER BIEN O COMER MAL
- 29/06/2007 13:28 - OSOS EN LA SEMANA DEL ORGULLO
DESDE ARHUS
Manana igual llevo el portatil al area wifi del festival y os mando un post, pero de momento escribo desde el hotel, que no me deja poner acentos ni enes, pero con el que si puedo teclear ø, å y æ. Bueno, pues que Dinamarca es extranamente soleada, la ciudad es muy bonita, el festival esta siendo muy agardable y marchoso y, para rematar la faena, me he hecho amiguete de un ingles que vive en China promoviendo conciertos. Es bueno tener un cicerone que hable chino si se piensa visitar China, no?. En fin, que es divertido esto. Otro rato lo pongo mas por extenso.
ESTOS ESPAÑOLES ESTÁN LOCOS
Hoy sí que ha amanecido un día nórdico: con bien de nubes y algo de fresco. Una invitación a dejar de pasear por las calles de Arhus y ver un buen montón de conciertos. Estoy en un festival, el Spot Festival, muy informal, recoleto y agradable. Arhus es una ciudad de unos 250.000 habitantes, la segunda población de este pequeño país, al norte de la península de Jutlandia. Calles peatonales, muchas bicicletas y casas de ladrillo rojo oscuro con tejados puntiagudos. El festival español más parecido a este sería el Azkena, en el sentido de que es un festival urbano, sin aglomeraciones en explanadas insalubres a las afueras de la ciudad. Muchos locales pequeños en lugar de uno grande, por respeto al público, dicen, que no se merece ser tratado como ganado. Bravo.
El Spot es tremendamente ecléctico y trata de dar cobertura a los nuevos talentos nórdicos y darles a conocer fuera de Escandinavia (de ahí que estemos acreditados, además de otro español, periodistas canadienses, norteamericanos, franceses, alemanes y británicos. Se trata de allanarles el terreno en su expansión internacional). Mucha variedad, mucha gente joven y mucho nivel. La verdad es que este país respira música. Parece mentira que Dinamarca, con sólo cinco millones de habitantes, sea tan dinámico musicalmente. De los doce conciertos que llevo vistos, a ninguno se le puede reprochar baja calidad. Podrá no convencerte su propuesta o pensar que les falta algo de madurez en la puesta en escena, pero aquí no hay incompetentes ni advenedizos: todos tienen una enorme cultura musical y actúan frente a un público exigente, al que resulta difícil arrancar un aplauso cálido. La verdad es que da mucha envidia.
Aunque ya escribiré por extenso un reportaje en Zona de Obras o en Heraldo -no lo voy a quemar ahora, lógicamente-, de lo que llevo visto me quedo con tres chicas locas que se hacen llamar Marybel Katastrophy. Ni siquiera tienen disco, porque su grupo surgió el año pasado de un concierto-broma que tuvo tanto éxito que se plantearon ponerse en serio con el proyecto. Son como una Björk optimista y pizpireta (sé que es difícil asimilar el símil, pero juro que no encuentro mejor forma de describirlas): una armazón vocal poderosa e impecable sostenida por cachivaches electrónicos y guitarras que le dan una contundencia que ya la quisieran para sí muchos grupos heavies.
Un apunte anecdótico: la gente de por aquí se empeña en que no parezco español. Ayer, ya un poco cabreado, les pregunté que qué significa "parecer español". "Do you mean that I don't look like a gipsy?", les solté a las claras, y no dudaron en responderme que sí, que dónde estaban mis castañuelas y mi camisa hortera. De ahí pasamos a una conversación sobre cómo ve el resto del mundo a los españoles, y resulta que, al menos por estos pagos nórdicos, no nos tienen mucha estima. "El único grupo español que ha tocado en el Spot, cuyo nombre no recuerdo, ha sido el único que ha llegado tarde a su propio concierto, que no ensayaba y que sonaba fatal", me dice Marti, mi anfitrión. Fallos imperdonables en el país de la profesionalidad impoluto. Mi amigo anglo-chino, que organiza actos en Pekín, corroboró esa impresión: "En un concierto cuya entrada cuesta 3 euros, pagan todos, menos el español, que siempre me grita indignado diciendo que él trabaja para un periódico español muy importante y que debería estar en la lista de invitados". Sólo pude responder: "Bueno...es que 3 euros, para los salarios de los periodistas españoles, es mucho dinero".
En fin, que a punto estuvo de salirme la vena patriótica y contar a mi amigo anglo-chino lo elegantes y cucos que resultan los ingleses cuando se emborrachan en la Costa del Sol, por ejemplo, por aquello de que en todas partes cuecen habas, pero me limité a encogerme de hombros y les invité a una cerveza, para dejar un poco menos maltrecho el honor de la patria. Que no digan que me tomé las cervezas de gorra, como todos los españoles.
VIAJE CON NOSOTROS

En una Europa adocenada y aséptica, todo parece seguir una rutina que hace realidad aquella máxima churchilliana que dice que la democracia significa que si llaman a tu puerta a las cinco de la mañana sólo puede ser el lechero, y no un policía o un militar dispuesto a meterte en un tren de ganado. Desde que apareció el tetra-brick, hasta esa emoción se nos ha negado. Por eso, para que no muramos de aburrimiento entre enfermedades coronarias y obesidad mórbida, los gobiernos decidieron que alguien debía proporcionarnos la adrenalina que la rutina parlamentaria nos niega. Y esa misión le fue encomendada a las compañías aéreas. Nosotros, pobres viajeros, creemos que todo se debe a una suma de incompetencia, impunidad gansteril y tomadura de pelo con recochineo y mofa. Pero no es así: tratan de meter algo de sana incertidumbre y desasosiego en nuestras aburridas vidas.
Sólo así puede explicarse que servidor acuda al aeropuerto de Copenhague con un billete para Madrid, facture la maleta con la esperanza de estar en casa a la hora de comer y contarle a su pareja las anecdotillas del viaje, y siete horas después aterrice en Málaga -donde, a pesar de que los tipos de las ventanillas hablan tu mismo idioma, te cuesta mucho más entenderte con ellos que con los vikingos que te hablan en inglés con acento del dios Thor-, al tiempo que su maleta acaba en Palma de Mallorca. Por supuesto, nadie te explica por qué te obligan a dar la Vuelta a España en avión si tenías un vuelo directo desde Copenhague, ni por qué tu pobre maleta se cuela en aviones extraños. Si te lo explicaran, la cosa perdería su gracia.
Uno siempre escucha historias terroríficas de aeropuertos y envidia las aventurillas que viven los afectados. Pues bien, no desesperéis: a las compañías aéreas, además de la vocación de servicio público adrenalítico, les anima un intenso espíritu igualitario. Si no habéis tenido nunca ningún problema grave en un aeropuerto, no os preocupéis, porque a poco que viajéis, acabaréis teniéndolo. Las aerolíneas ponen mucho celo en que cada ciudadano disfrute de una aventura aeroportuaria al menos una vez en su vida. ¿A que son geniales?
Yo había tenido algún sustito menor, pero siempre pensé que el gran susto me lo darían volviendo de Kuala Lumpur o de algún destino exótico muy lejano de casa. Nunca imaginé que un vuelo directo entre dos capitales europeas podría acabar en pesadilla. Por eso, por el buen hacer que han puesto, no me duele prenda de hacer publicidad de la encantadora compañía que tantas sensaciones agradables me ha proporcionado: Scandinavian Airlines. Lo digo por si vais a viajar con ella y tal. Que lo disfrutéis.
PS: otro día hablo de cosas interesantes de verdad. Hoy sigo cabreado con la industria aeronáutica de los co... ¿Lo veis? Hasta la capacidad de escribir tacos te quitan. ¿Por qué son tan sinvergüenzas?
EL PILAR DE DON ERNESTO

Como estoy algo vago, a la par que ocupado en esta insufrible recta final hacia las vacaciones, rescato este texto sobre Hemingway que publiqué el 15 de octubre en Heraldo, cuando se cumplían 50 años de su visita a Zaragoza. Forma parte de mi revisión de los grandes mitos de U Ese A.
¿No sabe usted que su tierra es absolutamente igual que la mía? Desde Calatayud a Zaragoza mi mujer y yo creíamos viajar de nuevo por el Estado de Wyoming. La misma tierra roja, las mismas erosiones, los mismos árboles frutales. No había visto nunca una cosa igual". Expansivo, cordial, como en casa. Así se sintió Ernest Hemingway (1899-1961) durante su visita a Zaragoza, de la que se cumplen ahora 50 años. Llegó a la capital aragonesa un 13 de octubre de 1956, en plenas fiestas del Pilar.
El Hemingway que estuvo en Aragón era algo más que una leyenda, pero una leyenda que rodaba ya cuesta abajo, pese al éxito de "El viejo y el mar" (1952), que vendió más de cinco millones de ejemplares en todo el mundo, y al todavía reciente premio Nobel, que recibió en 1954.
Laureado y millonario, era también, sin embargo, un hombre de 57 años que empezaba a comprobar con tristeza que su cuerpo no aguantaba los excesos de antaño -que, a su vez, le estaban pasando factura-. "El sol tropical y la guerra -escribió en HERALDO el cronista de la visita, José Luis Borau, que fue periodista antes de dedicarse al cine- han levantado ronchas rojas en su piel blanca, le han despellejado vivo". Las ronchas no se debían al sol, como creía el redactor, sino a la psoriasis que padecía, agudizada por el alcohol y sus altibajos emocionales, que pronto desembocarían en serias depresiones. Quizá nadie era capaz de intuirlo, pero el "don Ernesto" -así le conocían muchos españoles- de 1956 no era ni la sombra de su mito.
"Con la inspiración no se puede hacer pronósticos", respondió a Borau cuando éste le preguntó sobre los temas que trataría en sus próximas obras. Era una respuesta evasiva de un autor que ya no publicaría ningún libro más hasta su muerte y que empezaba a echar en falta esa inspiración que no admitía pronósticos. Si no quiso contarle a Borau los proyectos que se traía entre manos era porque no tenía ninguno, salvo un vago encargo de la revista "Life" para publicar una serie de crónicas taurinas como secuela de "Muerte en la tarde".
De hecho, el autor de "Por quién doblan las campanas" no visitó la capital aragonesa por placer turístico, sino por pasión taurina. En el cartel de la Feria del Pilar de aquel año estaba el diestro Antonio Ordóñez, de cuyo toreo Hemingway se declaraba enamorado. El estadounidense había viajado a España a finales de verano con el único objetivo de seguirlo de plaza en plaza, y desde el tendido de la de Zaragoza posó para Marín Chivite, quien le retrató sonriente y con los ojos entrecerrados. El otro testimonio gráfico de la visita, obra del mismo fotógrafo, se hizo en el bar del Gran Hotel, donde aparece rodeado por los jóvenes redactores de HERALDO José Pérez Gállego, José Luis Borau y el recientemente fallecido Joaquín Aranda.
Hemingway estaba en pleno proceso de "reconciliación" con España, país que siempre sintió como su segunda patria. Al acabar la Guerra Civil, dado su compromiso con el bando derrotado, pasó muchos años sin regresar, período que vivió como un exilio doloroso. En 1953 volvió a Madrid y a Pamplona, y el de 1956 era el tercer viaje que realizaba a tierras españolas desde el fin de la contienda, y la primera y única vez que estuvo en Zaragoza.
Y eso que el autor de "Fiesta" había dado variadas y significativas muestras de cariño hacia esta tierra, más allá del efecto hipnótico que ejerció sobre su mirada el paisaje de las vegas del Jalón y del Ebro. El yate que mandó hacer en 1934 y que hoy se conserva en Cuba fue bautizado como Pilar, el mismo nombre que hubiera dado a su hija si no hubiera tenido un varón. Pilar se llamaba también un recio personaje de "Por quién doblan las campanas", y no es, ni mucho menos, la única presencia aragonesa que habita sus páginas.
Su estancia duró cuatro días (del 13 al 16 de octubre) durante los cuales diseminó por la ciudad su castellano pausado, "con cierto acento cubano" y lleno de anécdotas guerreras y salvajes.
PATERAS DE POLVO

La editorial Libros del Asteroide sigue recuperando joyas de los anaqueles de viejo, lavándoles la cara y empaquetándolas para el lector del siglo XXI, y ahora le ha tocado el turno a John Steinbeck, lo que me viene de perlas para mi revisión de los mitos U Ese A.
Los vagabundos de la cosecha es una colección de reportajes que Steinbeck publicó en 1936 en The San Francisco News sobre los agricultores arruinados que llegaron desde Oklahoma y Arkansas para trabajar en las plantaciones de California. Estaban hambrientos y agotados. White Trash: basura blanca, como se les llama allí. Con esta experiencia y con los personajes que conoció durante su trabajo periodístico, Steinbeck construyó Las uvas de la ira, con la que ganó el Pulitzer en 1939 y la amistad de Henry Fonda un poco después, cuando interpretó a Tom Joad en la primera versión cinematográfica de John Ford.
Steinbeck es un tótem-paria de la cultura americana, como Hemingway y como Dos Passos. Su trabajo, primero como periodista y después como novelista, le valió una reputación de abanderado de esa izquierda ruda y animosa que tomó Washington en los 60 cantando versos de Joan Baez. Pero por poco tiempo: resultó que Steinbeck, el escritor que había hecho llorar a varias generaciones de estadounidenses con su relato sobre las penurias de los temporeros y de cómo el hombre es un lobo para el hombre, estaba de acuerdo con la guerra de Vietnam. Hasta sus hijos se avergonzaron de él, y pasó de tótem a paria en un plis plas.
Todos se olvidaron de su mirada de reportero y de la historia que les contó en Las uvas de la ira. Pero resulta que había otro individuo que también vio lo mismo que él, contó lo mismo que él, y que fue igual de ignorado que él en sus últimos años. La cuestión no era su postura ante la guerra, sino que pertenecían a una América distinta, tan "gone with the wind" como la de Scarlett O'Hara. Esa persona se llamaba Woody Guthrie y fue uno de esos campesinos que cruzaron el desierto hasta California para huir del hambre. Más tarde, cantautor de culto -con una pegatina en su guitarra que decía que era una máquina de matar fascistas- e inspiración reverencial de Bob Dylan, que le conoció en sus últimos estertores.
Los campesinos estaban arruinados porque una gran tormenta de polvo hizo inservible la tierra y tuvieron que emigrar. Algún periodista, al ver el polvo posándose sobre el gran valle central, tituló su crónica "Dust Bowl": "Cuenco de polvo". Y así fue como tituló Woody Guthrie el disco en el que contaba el drama de aquellas gentes.
El libro viene acompañado por las famosas fotos que Dorothea Lange hizo por encargo del Gobierno de U Ese A para documentar el éxodo. Sugiero compararlas con las que nos llegan todos los días de las pateras. Haciendo abstracción de dos o tres detalles sin importancia, como el mar o el color de la piel, parece que las fotos de Lange se hubieran hecho ayer mismo. ¿Es que siempre van a ser necesarios Steinbecks que cuenten estos éxodos?
EL FIN DE LA FAMILIA

Hasta The New York Times le dedica hoy un paginón. No es para menos: Los Soprano se acaba esta noche, después de seis temporadas (siete, en realidad, porque la última tiene dos partes, la primera de ellas a puntito de salir en DVD en España) y los fans de Tony contienen la respiración. HBO emite hoy domingo el último episodio, el número 86. Hoy es un día grande y triste para la tele.
Tres posibles finales rodados, de los que no se ha filtrado nada, salvo que uno de ellos -según el creador de la serie, David Chase- incluye la posibilidad de que Tony Soprano acabe traicionando a su familia y convirtiéndose en soplón del FBI. Infartante sería eso, después de tantos episodios en los que hemos visto cómo despachaba a quienes caían en la tentación de colaborar con los federales o, simplemente, se convertían en un estorbo para los propósitos de la familia. "Sólo pido que me matéis sin dolor", acertaban a suplicar algunos.
Yo sólo le pongo velas a una virgen en la que no creo para poder comprar pronto la sexta temporada y saciar mi sed de yonqui. Los Soprano han marcado un antes y un después en la historia de la tele, y esta vez no es un tópico, es real: han roto definitivamente los tabúes sobre lo implícito y lo explícito, han adaptado el cine más sublime a los registros televisivos y han demostrado que "la masa" no sólo consume alfalfa de Gran Hermano y Operación Triunfo "porque es lo que pide la audiencia". Cuando esa "masa" se enfrenta a una historia con mayúsculas, contada con un talento fílmico y narrativo indiscutibles y que coquetea con todos los puntos flacos de la sensibilidad social y moral del espectador, la respuesta nunca puede ser la indiferencia. Se van Los Soprano, pero dejan una tele nueva; una tele que está dejando en ridículo a su hermano mayor, el cine. Aunque bien es cierto que ha trazado un panorama a dos velocidades: ha creado una televisión "para elites" culturales cada vez más sofisticada, y otra televisión que se regodea en sus heces por contraste. Por lo menos, ahora se puede elegir: se acabó el igualitarismo catódico, ése que nos condenaba a dos únicas opciones, la de apagar o encender el aparato. Al menos, en Estados Unidos. Está por ver que en España eso vaya a suceder para los que no quieran o no puedan pagarse la tele por cable.
Por cierto, que la página de televisión de The New York Times está encuadrada dentro de la sección "Arts", junto a las críticas de teatro, de música y de las novedades literarias. Vamos, integrada en la sección de cultura y espectáculos como merece, y no en un rincón como si fuera una apestada. En España sigue considerándose un hueco de relleno que adorna las parrillas del final.
¿REALMENTE CUESTA LO MISMO?

A todos nos han dicho alguna vez eso de que cuesta lo mismo hacer las cosas bien que hacerlas mal. Es una de las chorradas más falsas que uno puede oír, y como todas las tonterías, persiste con ganas. Todo el que ha intentado hacer las cosas bien (cualquier cosa) se habrá dado cuenta de lo difícil que es. Me refiero a hacer las cosas bien de verdad, a sentir ganas de darse palmadas en la propia espalda y a no tener que ruborizarte por los elogios porque sabes que de verdad te los mereces. Eso es muy chungo, requiere mucho esfuerzo y rara vez es recompensado. Siempre aparecerá por ahí un chapuzas que se lleve la gloria mientras tú tratas de recomponer las pestañas que te has quemado en el curro.
Ejemplo de trabajo bien hecho:
Hoy he recibido (sospecho que mucho tiempo después de publicado) una copia de un reportaje firmado por Manon Moreau en Paris Match. Me lo manda desde París la propia autora con una cariñosa carta adjunta. Hace tiempo, cuando decidió viajar a España con la fotógrafa italiana Cristina Vatielli, Manon y yo entramos en contacto, intercambiamos impresiones y ella leyó algunos de los reportajes que he publicado sobre la recuperación de la memoria de la maldita guerra civil. Ella quería radiografiar ese movimiento de recuperación de la memoria del que tanto se oía hablar, y yo le eché una mano dándole alguna pista y poniéndola en contacto con algunas personas (entre ellas, nuestro Javivi, que las atendió en Madrid). Manon podría haber hecho un par de llamadas telefónicas desde París, haber trampeado cuatro datos tirando de Google y haberse fumado un puro, pero, en lugar de eso, recorrió media España y habló hasta con el Tato. El resultado: un magnífico reportaje que aporta muchos elementos de juicio al lector francés. Chapeau. Sin embargo, Manon y yo sabemos que podría haber engañado al director de Paris Match colando una bazofia fusilada de internet, y la mayoría de los lectores no hubieran apreciado la diferencia. En noviembre viaja a Chile y a Argentina para conocer las heridas sangrantes de las dictaduras del Cono Sur. Seguro que hace un trabajo maravilloso.
Ejemplo de trabajo mal hecho:
Un titular bien gordo en la página 76 de Deportes de El País del lunes 11 dice: "El abrazo de Guarrapinillos". Para quien no lo sepa, Garrapinillos (Ga-rra-pi-ni-llos) es el barrio de Zaragoza donde se encuentra el aeropuerto. Amén de lo humorística que resulta la errata (que no es tal, pues reincide en el texto un montón de veces), el redactor habla de la inexistente "comarca de Guarrapinillos". Bravo. A este colega deportivo le habría salvado un rápido vistazo a Google o preguntar en voz alta a los compañeros zaragozanos que tendría al lado. Pero, ¿qué más da?, pensaría. Pues no da igual, porque un fallo así pone en entredicho todo el reportaje. Si no sabe ni el nombre del sitio en el que se ubica su historia, ¿por qué vamos a creer que se ha enterado bien del resto de los detalles? Supongo que El País ya habrá recibido un buen montón de mails de aragoneses protestones, y que la fe de erratas es más que obligada. Esto me recuerda, por cierto, que durante el asunto de Fago escuchamos en TVE hablar de "Fargo" y algún reportero (supongo que gallego) rebautizó la recia villa de Ansó como "Anxo". Os aseguro una cosa: cuando me sueltan en terreno desconocido, lo primero que hago es agenciarme un mapita y aprenderme bien los nombres de los sitios. Por si los Guarrapinillos.
MEDIOCRE O POCO INTERESANTE

Aunque dignos profesores de barba blanca intentaron convencerme muchas veces de lo contrario, lo cierto es que las encuestas suelen acaban diciendo lo que le interesa al preguntador y no al preguntado. Cuando no es así, se limitan a constatar las verdades que cualquiera que no viva en una burbuja de cristal puede cotejar a diario. Dicho lo cual, ¿a alguien le sorprende que el último trabajito de Sigma Dos diga que la mayoría de los españoles considera que el cine español es mediocre o poco interesante? ¿Y si en otra encuesta resultara que la mayoría de los españoles cree que el sol sale por el este?
Lo mejor del caso es que no me imagino a las mentes pensantes de las grandes productoras (grandes en subvenciones, que no en público, visto lo visto) llevándose las manos a la cabeza y preguntándose qué han hecho mal. No, estarán demasiado ocupadas asistiendo a una ceremonia de premios en Alpedrete, en uno de esos saraos en los que el gremio se besa y se despelleja al tiempo, festejando su maravillosa genialidad y mirando de soslayo al populacho que no aprecia sus modos y formas, que dejan a David Lynch a la altura de un participante de Vídeos de Primera. "No te preocupes, Manolo: a los genios no se les entiende en su tiempo".
¿Por qué habrá dicho el vulgo falaz tales desfachateces? No sólo no van a ver MIS películas, sino que se atreven a decirme que me las puedo introducir por el orto. Bueno, quizá no tanto, pero muchos de estos ganapanes osan decir que las subvenciones que me dan estarían mejor empleadas en crear más plazas de guardería en el barrio o en renovar los ejemplares de la biblioteca, que no hay dios que los lea de tan sobados que están.
Ciertamente, no sé cómo en un país donde conviven Cesc Gay y Fernando Esteso -cada uno regurgitando en registros diferentes, pero regurgitando al fin y al cabo-, alguien pueda calificar de mediocre el cine en su conjunto. No calará el mensaje, pero si yo fuera productor, director, actor o camello/peluquero de grandes estrellas nacionales, sacaría estas enseñanzas:
1) Que puedo contar las historias que quiera como me dé la gana, pero que, por más que mi mamá, los críticos adormilados en la butaca y mi profesor de Edición Digital en la academia CCC digan que soy un genio con muchas cosas geniales, siempre correré el riesgo de que el público, que va a lo suyo, opine otra cosa y pase de mi genio.
2) Que puedo contar las historias que quiera como me dé la gana, pero que el Estado (esto es, todos los currantes que apuramos el momento de entregar la declaración de la renta) no está obligado a financiármelas, y mucho menos a promocionármelas y a llevarlas de paseo. Desarrollar una industria que canalice realmente la creatividad y el talento que -sin duda- existe en el mundo audiovisual requiere tiempo y empresarios que asuman riesgos. Mientras tanto, sólo aflorará un Amenábar cada lustro, y por pura chiripa, que destacarán como meteoritos y dejando tiñosos de envidia a la gran masa de mediocres, pero habrá 100.000 Amenábares que tendrán que hacer oposiciones a notaría, porque no hay una industria que se aproveche de su valía, y las subvenciones no llegan para todos.
3) Que puedo contar las historias que quiera como me dé la gana, pero que recurrir al mismo argumento seudocómico de enredo facilón con los mismos actores -que, pese a salir en todas las películas y series del país, siguen sin saber vocalizar- puede fatigar a los espectadores, a quienes, por otra parte, no les gusta ser tratados como imbéciles.
4) Que puedo contar las historias que quiera como me dé la gana, pero no puedo llamar lerdos a los espectadores que prefieren ver la última de Clint Eastwood y excusarme diciendo que el presupuesto de Eastwood es 100 veces el de mi peli.
5) Que puedo contar las historias que quiera como me dé la gana, y que incluso puedo convencer a cualquier productor y a tres bancos suizos para que me firmen un cheque en blanco, pero siempre he de tener presente que hay una cosa que, si careces de ella, no la puedes comprar, ni siquiera con una subvención autonómica: el talento.
Y una última reflexión. Francia protege, subsidia y acuna a sus agricultores y ganaderos, y se asegura de que trabajen a gusto y sin incordios arancelarios (de ahí la fruta que tiran de los camiones de cuando en cuando). A los franceses, eso les cuesta una pasta gansa, pero a cambio comen excelentes camemberts, sanguinos Borgoñas y otras miles de perfumadas delicias que salen de la verde tierra francesa. El Estado español se gasta -y cada vez se gastará más- mucha pasta en proteger, subsidiar y acunar a la gente del cine, y se asegura de que trabajen a gusto, sin incordios de Hollywood. A los españoles, eso nos cuesta un riñón, pero a cambio disfrutamos de El otro lado de la cama, El penalti más largo del mundo o la última masturbación montañesa de Cesc Gay. Y digo yo: ¿no preferiríais una buena rebanada de pan con roquefort, en vez de tanto cognazo patrio? Sólo es perdono que escojáis el cine español antes que el queso francés si estáis a régimen o perdisteis las papilas gustativas en un pavoroso incendio.
¿He sido duro? Lo siento, es que mi dieta no es rica en fibra, y de alguna forma tenía que liberarme.
DINAMARCA, EL ESTADO ROCKERO
Reportaje publicado hoy domingo 17 de julio en Heraldo. Esta versión es un pelín más extensa que la que aparece en el periódico. Réditos de mi reciente viaje a tierras norteñas.
“¿De verdad me está diciendo que el Gobierno español no tiene una agencia para apoyar y promocionar el rock nacional? ¿Cómo es posible, en un país tan grande? Si el Gobierno no se involucra con la cultura del rock, ¿cómo va a hacerlo la industria?”. Gunnard K. Madsen comete el error de creer que lo normal de su país también lo es en el resto de Europa. Con sus zapatillas deportivas, su informal camiseta negra y una cerveza en vaso de plástico que bebe entre carcajadas, Madsen parece cualquier cosa menos lo que es: el director general del Consejo Danés del Rock (ROSA, según sus siglas en danés), un organismo estatal autónomo que podría considerarse el equivalente a una Real Academia de la música rock.
Madsen se pasea orgulloso por la explanada donde se ha instalado el Spot Festival, organizado por ROSA en el centro de la recoleta ciudad de Aarhus (250.000 habitantes, la segunda de este pequeño país poblado por apenas cinco millones de personas). Tiene motivos para sentir orgullo: la cita, que el fin de semana del 2 de junio celebró su décimotercera edición, es el escaparate donde se exhibe lo más novedoso e interesante del rico y multiforme panorama musical danés. Y no sólo atrae la atención del público local, sino la de promotores, empresarios discográficos y periodistas musicales de media Europa. Pilotándolo todo se encuentra Gunnard K. Madsen, que levanta la cerveza y mueve enérgicamente la cabeza como un adolescente heavy en uno de los conciertos de “trash metal” programados, confundido entre el público.
Pero conviene no dejarse engañar. Puede que los directivos de ROSA, a diferencia de los de cualquier organismo europeo análogo, no lleven corbata ni sean aficionados a los discursos de atril ante ministros medio adormilados, pero su trabajo es serio, y los daneses les toman muy en serio también. Su misión: fomentar, preservar y dar a conocer en todo el mundo la música pop hecha en Dinamarca en cualquiera de sus estilos
“Las exportaciones de discos de grupos daneses han crecido por encima de un 20% en los últimos diez años –apunta Madsen-. Los artistas de Dinamarca se conocen, se escuchan y se valoran cada vez más en Reino Unido y en Estados Unidos, que son los dos mercados musicales más importantes del mundo, y hemos introducido a los grupos daneses en los circuitos escénicos de Europa y América”.
El pasado mes de febrero, la influyente revista londinense “New Musical Express” dedicó un amplio reportaje a glosar la altísima calidad de los músicos daneses, que achacaba en buena medida al apoyo que reciben por parte del Gobierno. Y, aunque las subvenciones a la producción discográfica, las becas para la formación de músicos y los beneficios fiscales para los promotores de conciertos son medidas importantes, las ambiciones danesas van mucho más allá.
“El dinero por sí solo no arregla nada –explica el veterano periodista musical, y actual gestor de ROSA, Henrik Friis-. Por eso, centramos nuestros esfuerzos en crear redes que ayuden a crecer a los músicos. Ejercemos de intermediarios entre los artistas, los promotores, las discográficas y la prensa. Los ‘cazatalentos’ saben que pueden dirigirse a nosotros para descubrir a una nueva banda, y los artistas trabajan por ser incluidos en nuestras bases de datos. El Spot Festival es un punto de encuentro para todo el negocio de la música, como un mercado”.
DE PROFUNDIS

Quería escribir sobre Curri Valenzuela y su último libro, 100 personajes que hunden España (sic, sic y mi veces sic), pero luego he pensado que he disfrutado de un domingo estupendo, pese a haber sido laborable para mí, y que no era cuestión de emponzoñarlo. Así que sólo entonaré un lamento por el analfabetismo funcional que persiste en amplios sectores de la profesión que profeso (valga la rebuznancia) y por lo bien pegados (y pagados) a sus poltronas que están ciertos personajes, que quizá deberían ir pensando en retirarse a una residencia donde les machaquen media docena de barbitúricos en la cena.
Luego me dio por escribir sobre el boicot que los Provida (¿tendrán algo que ver con Pronovias?) están instigando contra Amnistía Internacional por declararse a favor del aborto en los supuestos habituales de violación, posibilidad de graves daños en el feto o trastorno irreparable para la vida de la madre. Pero me ha venido una brisilla muy agradable por la ventana y Dayna Kurtz ha cantado en ese momento: "I don't know what you're going through, / what demons you need to set free. / I don't think you're right in the head, / but I think you're just right for me". Y cuando una dama tan recia como Kurtz te dice esas cosas tan majas, las mezquindades de los curitas suenan a marciano cantonés. Así que me limitaré a acordarme de subir mi cuota mensual cuando renueve mi afiliación a Amnistía y de encontrar un hueco para contar la cantidad de cosas chulas que hacen por la gente que las pasa putas a merced de los Tiranos Banderas que andan sueltos por ahí.
De la Liga de fútbol ni me había planteado escribir, pero me ha dado por acordarme de las madres de algunos que han pasado pitando a toda velocidad por mi ventana gritando no se qué historias del Real Madrid. Y he imaginado lo bien que estaríamos si los tres supuestos del aborto hubieran sido legales cuando ellos eran sólo unos embriones hooligans.
Como no se me ocurría nada molón sobre lo que escribir, he encendido la tele, y en Cinematk estaban dando una de mis favoritas: Perros de paja, probablemente una de las pelis más crudas de Dios Todopoderoso (conocido vulgarmente como Sam Peckinpah). Y he vuelto a sentir esa quemazón de empatía por el personaje de Dustin Hoffman, que ve cómo las miserias del mundo infectan su débil arcadia, que tanto le ha costado levantar, y que al final explota en una catarsis de violencia y furia.
¿Cuántos domingos más nos van a estropear estos bastardos con sus pequeñeces?
ENTRE COPAZOS

Cuando la vi en su estreno no me emocionó mucho, pero en esta noche de cierre patronal de cines (¿a que no hay güevos para cerrar un sábado?) he recuperado Entre copas en DVD y he sacado dos conclusiones:
a) Me equivoqué al situarla geográficamente. Creía que la acción transcurría en Napa Valley, por donde Falcon Crest, y resulta que retrata el valle de Santa Inez y los alrededores de San Luis Obispo, al norte de Los Ángeles. Esto no le importa a nadie, claro, pero a mí me viene de perlas ubicar correctamente esos paisajes para incluirlos en mi ruta.
b) Fui injusto al valorarla, y estoy convencido de que fue por el horrísono doblaje -que empeora por momentos en este país-, que se alzó como un muro entre los personajes y yo.
Pero nunca es tarde, y tampoco es que hayan pasado 20 años desde su estreno. Entre copas es una película pequeña que habla de muchas cosas. Constreñida temporalmente a una semana y con un protagonista en fase de crisálida, a punto de desarrollar sus alitas de mariposa (una situación de partida no por recurrente menos eficaz), quizá el único reproche que le puedo hacer es que subraya demasiado algunas cuestiones obvias. Sabemos que el prota está desesperado y perdido, en lo que los americanos llaman "the middle-age crisis". No hace falta ponerle exclamaciones a su actuación.
Pero lo que verdaderamente me gusta de Entre copas es su ropaje, lo accesorio. Me gusta que sea una peli sobre vinos, y que el vino termine siendo un personaje y no un decorado. Me gustan las pelis que hablan de conocimientos y mundos cerrados y complejos y que lo hacen con naturalidad, sin afán didáctico, como si fuera el líquido amniótico en el que nadan los personajes. Por Entre copas desfilan botellas y catas como por Alta fidelidad desfilan discos y canciones, para deleite de los frikis que sepan valorar los guiños eruditos y las referencias aviesas, pero sin molestar a los legos. Me gustan los homenajes a esas aficiones que dejan de serlo y se convierten en amarres a la vida, en la única puerta de entrada a la vida que mucha gente es capaz de encontrar. El amor hacia ciertas creaciones humanas puede salvarnos del desastre muchas veces.
Ah, y no me duele en prendas decirlo: me gusta Paul Giamatti, un intérprete segundón que ha prestado fugazmente su jeta a mil producciones y que parece que ha encontrado en Entre copas su alternativa como gran figura.
Pues eso, necesitaba decir que me he quitado un prejuicio de encima.
ESE TORITO

Según Telecinco, El Fary ha muerto. ¡Viva El Fary!
Los taxistas de toda españa desfilan lentos con crespones negros y suben las tarifas en su honor.
¿Qué vamos a hacer en este blog, donde se sintió como en su casa en sus agonizantes últimos meses? ¿Encontrará un resquicio en el más allá para subirse a un taxi celestial y escribir unas fantasmagóricas líneas en los comentarios?
¿Quién le va a poner letra ahora al himno español?
UN MERCADO POR EXPLOTAR

Si el low-cost le hace papilla, hágase pijo. Es una máxima que ni las discográficas, ni las productoras de cine, ni los periódicos -los tres, con los márgenes de beneficios especialmente amenazados por lo que se cuece en internet, aunque nadie lo diría viendo lo que recauda la SGAE- acaban de asumir. Salvo ejemplos aislados, claro. Desde el siglo XIX hasta ahora, eso que los pensadores de la Escuela de Francfort llamaron "industria cultural" se ha empeñado en vender barato para producir mucha cantidad y ganar muchos millones. De ahí los periódicos vendidos por debajo de su precio de coste (con un euro no llega ni para pagar el papel) y de ahí las radiofórmulas machaconas. Pero internet está obligando a redefinir un poco las cosas. Quizá, en determinados aspectos, sea hora de producir menos y de vender más caro, porque está visto que los productos de la vieja industria cultural ya se pueden conseguir gratis por internet. Si hay que pagar, habrá que ofrecer algo más, habrá que ser más pijo.
Hablando de música, creo que hay un mercado por explotar -en el que me incluyo- y que la vuelta del vinilo está intentando camelarse. Somos ese grupito al que el iPod ha sorprendido con una colección de discos ya asentada y vivida. Nos hemos adaptado al e-mule y al mp3 velozmente, y nos maravillamos, claro. Nunca antes habíamos disfrutado de tanta música con tanta calidad y por la jeta. Pero, querámoslo o no, pertenecemos a la cultura del disco. Descubrimos el rock colocando una aguja sobre vinilos heredados y enseñamos a nuestros padres a usar los primeros lectores de CD. Todavía nos gastábamos la paga en nuestras tiendas favoritas y fardábamos un montón si conseguíamos el álbum que todos los colegas querían -y que conseguían grabado (no copiado) en una cinta, claro-. Como muchos otros, yo también fui corriendo a Madrid Rock (dios, ¿cuántas tardes de sábado habré perdido en sus cajones?) cuando cobré mi primer sueldo, creyendo que podía llevarme la tienda entera. Ya fuera en vinilos o en CD, nos gustaban las portadas, descubrir las letras y husmear las fotos. Tocar la caja mientras escuchábamos las canciones, aprender a distinguir desde lejos los discos por el lomo... En fin, todos esos pequeños placeres del friki.
Somos una generación puente. No nos hemos educado como melómanos, sino como discómanos, y estamos dispuestos a seguir gastándonos los cuartos en esas joyas si nos ofrecen algo más de lo que da el mp3. No hace falta que lleguen a los niveles de barroquismo de la Velvet Underground (esa piel de plátano que se despegaba de la portada), de Led Zeppelin (esa fachada de Nueva York que puede tener las ventanas cerradas o abiertas, o ese enigmático cuadro sin título que sólo cobra significado cuando se despliega) o de Alice Cooper (en ese álbum que, al desplegarse, se convertía en un pequeño pupitre). No es necesario convertirlo en un circo, pero sí que deberían premiar nuestra reincidencia discográfica con textos, guiños y gracietas.
Las reediciones llevan haciéndolo hace tiempo, y cada día, mejor. Hoy, sin ir más lejos, me he agenciado el primer disco de Leonard Cohen, recién reeditado por su 40 aniversario, y he vuelto a sentir la antigua emoción del descubrimiento al abrir su libreto, con sus textos escritos para la ocasión, llenos de la intrahistoria de los versos, y con los mil guiños que contiene el diseño. Por supuesto que lo voy a volcar en el mp3 y que apenas escucharé el disco como tal, pero lo voy a guardar como merece, y de vez en cuando lo abriré y lo disfrutaré. Lo dicho: somos un mercado sin explotar. Deberían mimarnos, antes de que el CD desaparezca del todo.
APATRULLANDO EL CIELO

De nuevo, el Fary. Aquí os dejo la columna que publiqué el viernes en el suplemento MVT. Es la última columna Del revés de la temporada, porque el suplemento cierra por vacaciones.
Por la tonadillera lloró todo un país. Por el artista solo se han atrevido a llorar los frikis, siempre dispuestos a formar corrillo de plañideros. ¿No cantaba Miguel Bosé aquello de que los taxistas no lloran? A la tonadillera se la vio morir en directo, con las cámaras sitiando su casa. El artista se ha muerto de refilón y pillando con el paso cambiado a los buitres tomateros.
Me dan pena los maestros de la farándula que se van sin que ningún compositor con aires de grandeza les haya rescatado para la postmodernidad. Ellos, que tan bien abastecieron los expositores de las gasolineras, que tanta alegría dieron a los abonados al madrugón y al café con leche requemado. ¿No se merecía el Fary algo más digno que haber sido cantante oficial de la “Monster’s Parade” de Santiago Segura? ¿Es que ningún rockero perdido en los márgenes de la copla quería hacer un disco de duetos con él y dar una segunda vida a ese torito?
Si Bunbury se abrazó a Raphael, Charly García a Mercedes Sosa y Sabina a Chavela Vargas, ¿qué le costaba a Manu Chao –por decir algo- haberse llevado de gira al Fary? También me lo puedo imaginar compartiendo escenario con los hermanos Auserón, dándole un aire bluesero a ese desgarrador “te vas a casar con otro, con otro que no soy yo”.
Hay una línea delgada que separa lo kitsch de lo sublime, y ya sabemos quién dibuja los contornos de esa línea y quién decide qué cosas se quedan a uno y a otro lado. Todo es cuestión del oído con el que se escucha. Si algún coco privilegiado hubiera decidido que el Fary podía cruzar esa línea, no solo le hubiéramos visto renacer en un concierto exclusivo en el Liceo de Barcelona a 100 euros la entrada, sino que las necrológicas de esta semana no destacarían tanto su bonhomía y su contagioso vitalismo. Eso sería lo de menos. Se hablaría de su talla como letrista y como captador de esencias vibrantes de los arcanos populares. Sería como un puente entre el dolor de barrio y el dolor del artista maldito.
Pero nadie lo hizo. El Fary nació en los expositores de las gasolineras y allí parece que se va a quedar. Al menos, hasta que un crítico musical edite un recopilatorio de coplas del siglo XX con un libreto lleno de erudiciones.
ECOLOGISMO PIONERO

Qué curioso es esto de viajar. El bueno de Alexis de Tocqueville pasó nueve meses de su vida recorriendo Estados Unidos por encargo del Gobierno francés para redactar un informe sobre el sistema judicial y penitenciario de ese país, y por el mismo precio, fundó la sociología moderna y retrató con incisión a toda una nación y, de paso, a toda su época. Ya sabemos que de su experiencia americana salió La democracia en América -que todo el que ha pasado por la universidad y ha olisqueado el espinoso mundillo de las ciencias sociales ha leído o, al menos, le han contado de qué va- pero al lector español le estaba vedado un librito menor, aunque muy significativo, que en 2005 publicó Ediciones Barataria: Quince días en las soledades americanas.
Situémonos. Año 1831. No han pasado ni 60 años desde que las trece colonias se declarasen independientes y fundasen los Estados Unidos. Poco a poco, los jóvenes territorios avanzan en pos de su "destino manifiesto", aunque todavía no se han enzarzado con los mexicanos y los únicos indios que han tratado son los de la Confederación Iroquesa, cuyos últimos miembros agonizan entre basuras, ebrios por el aguardiente barato que les venden los blancos. En el sur de lo que todavía no es Estados Unidos, los criollos de Luisiana destrozan el bello francés de sus amos en ceremonias de vudú; las antiguas ciudades españolas de La Florida se hunden en el lodo de los pantanos, y, más allá, católicos y violentos mexicanos intentan que el desierto no se coma las remotas misiones de California y Arizona. En el resto, desde los Grandes Lagos hasta el Pacífico, bosques y bosques apenas habitados por indígenas, a la espera de que lleguen los pioneros europeos con sus arados y rifles.
Alexis de Tocqueville y Gustave de Beaumont, ilustradísimos jóvenes (tenían 26 años), desembarcaron en el Nuevo Mundo con una misión, pero había en ellos algo más fuerte que el sentido del deber: la curiosidad del viajero. Este libro es el mayor testimonio de esa pulsión ilustrada tan poco valorada por los que viven dominados por el sentido práctico de la vida. Gustave y Alexis se empeñan, contra todo consejo, en conocer la última frontera de la civilización europea, y emprenden un viaje a caballo desde Albany hasta Saginaw, el último asentamiento de los colonos, en los confines de lo que hoy es la frontera entre el estado de Michigan y Canadá. El límite de lo que entonces eran los Estados Unidos: un puñado de cabañas de madera en el confín de la nada, a muchas leguas de la ciudad más cercana, donde vivían unos cuantos pioneros ingleses y franceses llegados desde Canadá y enfrentados entre sí. Nadie entiende por qué dos cultos jóvenes franceses quieren ir hasta allá si no tienen intención de instalarse ni de hacer negocios. Nadie entiende por qué se esfuerzan tanto por el mero placer de conocer paisajes y gentes.
El libro cuenta ese viaje hacia la última frontera de Europa, hacia el lugar donde la naturaleza absolutamente salvaje chocaba con las ansias y miserias de la civilización europea, y contiene todo lo que a mi entender debería armar un buen reportaje viajero: un estilo sobrio, un narrador con capacidad y predisposición para el asombro y una potencia descriptiva subordinada al desarrollo narrativo. Hay mucho que aprender de los viajeros ilustrados.
Pero lo que más llama la atención para el lector moderno es la sensibilidad que demuestra Tocqueville para la destrucción de esos territorios vírgenes. Hoy podríamos hablar de ecologismo, pero sus contemporáneos lo achacarían más bien a la nostalgia propia de un conservador aristócrata que lamenta la desaparición del Antiguo Régimen. No es extraño encontrar presuntos ecologistas entre los reaccionarios. Al fin y al cabo, la diferencia léxica entre conservador y conservacionista es ficticia (sí, ya sé que un reaccionario no es lo mismo que un conservador y bla, bla, bla, pero no nos pongamos pejigueros). Pero como cada generación lee lo que quiere leer en los clásicos, digamos que sí, que Toqueville fue un precursor del ecologismo. Razones hay para creerlo. A mí me sobrecoge bastante este pasaje, cuando habla de los bosques que rodean Saginaw, y que ilustra el desconcierto de un hombre que no termina de asimilar el mundo en el que le ha tocado vivir:
"La idea del acabamiento de esta grandiosa y salvaje naturaleza se mezcla con las soberbias imágenes que produce la marcha triunfante de la civilización. Uno se siente orgulloso de ser hombre y al mismo tiempo siente una especie de amargo pesar por el poder que Dios nos ha concedido sobre la naturaleza. El alma se siente agitada por ideas y sentimientos antagónicos, pero todas las impresiones que recibe son intensas y dejan una profunda huella".
Pues eso, carnaza reflexiva en estos tiempos de cambio climático.
UN ENCUENTRO CON JOSÉ RIBAS

El miércoles estuvo por aquí José Ribas, el alma de la desaparecida Ajoblanco, una revista con la que algunos aprendimos unas cuantas cositas del oficio de juntaletras cuando todavía le dábamos al futbolín. Nos encontramos, nos conocimos en persona (por teléfono ya nos habíamos tratado un par de años atrás) y, fruto de esa charla, salió este artículo en el Heraldo del domingo. El libro, después de hojearlo para la entrevista, lo estoy devorando ahora, y ansío que lleguen las vacaciones para tumbarme una tarde entera en su compañía, porque es como una novela llena de chismes. Aquí os pego lo que los lectores del periódico donde echo las tardes ya pudieron leer el domingo.
Vestido de negro y casi con la misma delgadez de sus febriles 20 años, José Ribas (Pepe Ribas, sin exigir protocolos) se mueve y conversa con la parsimonia de quien tiene la conciencia tranquila y ya no espera nada. "La ocasión para provocar un cambio social se perdió en los 70. Entonces, era posible, se palpaba. Hoy ya solo nos queda esperar que venga el cambio climático". No hay tragedia en su tono de voz ni drama en su gesto. Es la simple convicción, personal e intransferible, de un agitador cultural que cumplirá 58 años en septiembre y que acaba de realizarse como lo que siempre quiso ser: un escritor. "Pero no un escritor literario, sino un escritor de la vida, lleno de experiencias", recalca.
Pepe Ribas (Barcelona, 1951) ha estado esta semana en Zaragoza para presentar "Los 70 a destajo. Ajoblanco y libertad" (RBA), una crónica de su vida y de la de su generación, la que puso en pie la revista "Ajoblanco", un referente de la "cultura libertaria" española que echó el cierre definitivo en 2000 y que viene a ser el equivalente ibérico de la contracultura hippie californiana de los años 60. Ribas estuvo al frente del proyecto desde sus comienzos, todavía bajo la dictadura franquista, y ahora cuenta cómo fueron esos años en los que todo estaba por hacer.
Por "Los 70 a destajo" desfilan las personas que hicieron posible "Ajoblanco", que en 1978 tiraba 130.000 ejemplares al mes y alcanzaba el millón de lectores, cifras imponentes para una publicación independiente -incluso para una comercial- en España. "No éramos una minoría gritona sobre una mayoría silenciosa, como se ha vendido después -relata-. La democracia no la trajeron los políticos. Ellos sí que eran una minoría. La democracia la trajimos nosotros, y por nosotros me refiero a la gente, que aprendió cómo quería vivir su libertad articulándose en movimientos sociales, en el ecologismo, el feminismo, el asociacionismo vecinal, los sindicatos obreros... Nosotros obligamos a la clase política a reaccionar y nosotros solos salimos del franquismo".
La gran olvidada
Para Ribas, la ciudadanía ha sido la gran olvidada en el relato de la Transición, muy presente en los medios de comunicación con motivo del trigésimo aniversario de las primeras elecciones democráticas del 15 de junio de 1977. "Yo empecé a escribir este libro hace siete años -se excusa-, cuando no podía imaginar que se iba a dar este 'boom".
"Los 70 a destajo" no son unas memorias personales ni una historia de "Ajoblanco" ni un repaso a la prehistoria de algunas biografías muy relevantes de la cultura española de finales del siglo XX, aunque es todas esas cosas a la vez. Tampoco es un ajuste de cuentas con una época o con algún viejo enemigo: "No podría serlo. Soy libertario y no puedo enjuiciar a las personas. Cada cual ha tenido su trayectoria, pero me ha sorprendido el alto porcentaje de gente de mi generación que ha conservado su coherecia estos 30 últimos años. Por supuesto, nadie se lo ha reconocido, pero ellos tampoco lo necesitan".
El libro empieza su relato en la Barcelona de 1972 y está escrito en primera persona con una estructura novelística, "como si fuera un relato de aventuras". Su autor lo concibe como "una provocación hecha con cariño y elegancia". Una provocación dirigida tanto a quienes vivieron esos años con Ribas como a los jóvenes que solo conocen la "historia oficial" de la Transición.
Una de los aspectos más abrumadores de la obra es su índice onomástico, que recoge más de mil nombres. "He reconstruido la historia de vida de centenares de protagonistas de la Transición". Por supuesto, están los que le acompañaron en las primeras andanzas de "Ajoblanco": Quim Monzó, Fernando Mir, Toni Puig, Juanjo Fernández o Luis Racionero. Por supuesto, también aparecen los amigos y colaboradores, como Alaska o Alberto García Alix. Pero, entre tanto apellido, de vez en cuando, aparece una nota discordante. Es el riesgo de buscar en el baúl de los recuerdos, que en él puede haber cualquier cosa.
Así, Karmele Marchante, la famosa tertuliana de los programas del corazón, también aparece en esta lista, en calidad de abanderada del feminismo radical y de periodista aguerrida y comprometida con la causa. "Yo creo que Karmele -explica Ribas-, que es una mujer muy inteligente, ante la imposibilidad de hacer un periodismo serio y libre, se ha inventado un personaje dadá. Ha hecho de sí misma una performance contínua. Es puro dadaísmo".
Lo que vuelve a confirmar el tópico de que 30 años no pasan en balde.
PS: Ahora que recuerdo: en Ajoblanco publicó sus primeros reportajes la fotógrafa -y compañera de andanzas de un servidor por andurriales poco recomendables- María Torres-Solanot, que el verano pasado recorrió parte de la India, y que ahora expone las fotos que tiró allí en una excelente muestra que podéis visitar estos días en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés del paseo de la Independencia de Zaragoza.
COMER BIEN O COMER MAL

Tocaba resultados de unos análisis médicos y digamos que no los he aprobado, aunque tampoco he sacado un suspenso irrecuperable. Vamos, que la ministra Salgado me pondría contra la pared, y no para practicar sexo precisamente.
-Normal, si es que comes fatal -me han reprochado cuando he salido de los protectores muros de la consulta del médico, que ha sido mucho más complaciente.
Pues no, no es un reproche adecuado. Podré comer mucho, incluso demasiado. Podré comer a deshoras, podré no tener tiempo para sosegar mis digestiones y podré ser poco aficionado a la fruta, pero no como fatal. Las cosas que me gustan procuro hacerlas bien, y yo como de puta madre, como comían los patricios romanos, y estoy pagando las consecuencias de mi afición. Pero he de decir que, siempre que puedo permitírmelo, por mi boquita sólo entran bocados excelsos, de primerísima calidad. Yo no hago un revuelto con unos champiñones cualesquiera: elijo bien las setas de temporada. No me zampo un plato de pasta a la buena de dios: procuro que esté recién cocida y al dente. Las legumbres (del Bierzo, por favor), las preparo con agua mineral, y las anchoas, si no llevan un sello de Santoña o de L'Escala, ni las huelo. La pimienta ha de estar molida al instante, y si al foie le ponemos unas escamas de sal maldon, mejor que mejor. De pescados congelados, ni hablemos, caballero. A mí que no me jodan: yo tengo alma de sibarita. Concedo que quizá cante mal, pero comer, como divinamente, tanto si cocino yo como si toca restaurante.
Se confunde comer bien con comer sano, y son dos cosas muy distintas. ¿Acaso olvidamos que la gota, producida por vicios pantagruélicos, es una enfermedad de reyes? ¿Algún rey ha comido mal, acaso? El emperador Carlos V, que se retiró a Yuste con su propio maestro cervecero traído desde Alemania, ¿comía mal? Ahora, que tendré que pasar una temporada comiendo sano, sí que comeré mal: insípido, poco abundante, con el repertorio de ingredientes y de recetas limitado... Mi cuerpo lo agradecerá, pero mi paladar y mi talante, no. ¿Cuántos placeres hay que no conduzcan a una muerte segura? Toda voluptuosidad acaba pagándose, como si la ciencia se empeñaran en dar la razón a los beatos, pero la vida sin hedonismo... En fin (suspiro).
Y precisamente hoy se ha dado a conocer la absurda candidatura de la dieta mediterránea como Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. El simple hecho de que hablen de "dieta" y no de "gastronomía" ya me escama un pelo, pero es que en la argumentación se llega a decir que esta dieta promueve una agricultura sostenible y respetuosa con el medio ambiente. No lo dirán por los invernaderos de Almería o los naranjos ultrafosfatados de Valencia. Pues nada, ánimo, pero que recuerden que tan mediterránea es la escalivada catalana como los callos con garbanzos y tocino, y no creo que los dietistas incluyan estos últimos en los regímenes de sus pacientes, aunque yo considero que ambos son deliciosos por igual.
Y no me vengan con que se puede comer de todo en su justa medida. Los placeres más placenteros acaban siendo veneno para nuestros cuerpos de occidentales decadentes. Porque de eso va la vaina: que estos problemas no los tenemos por comer mal, sino por comer mucho y bien. En Eritrea, desgraciadamente, los problemas de nutrición van por otros derroteros.
Foto: cartel de La grande bouffe, de Marco Ferreri, que cuenta los últimos días de unos amigos libertinos, hastiados de todo, que deciden "suicidarse" con una última e inabarcable comilona mortal.
OSOS EN LA SEMANA DEL ORGULLO
China regala dos osos panda a los reyes. Aunque dicen que irán al zoo de Madrid, todavía no se ha confirmado si:
a) se trata de una alusión velada a ciertas tendencias erótico-festivas en la semana del orgullo gay.
b) emborracharán a los osos con licor y se los pondrán a tiro al monarca en algún parque nacional del bello país asiático.
Juancarlistas del mundo, no me azoten democráticamente por mis insípidos comentarios.

