Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2008.

Resumen

PROHIBIDO FIJAR CARTELES

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Uno de mis vicios inconfesados hasta hoy es que cuando voy de viaje fotografío compulsivamente un sinfin de detalles estúpidos, irrisorios e irrelevantes. Disparo hasta saturar la tarjeta de la cámara, y tengo fijación con las pintadas, los carteles y los luminosos de los comercios que me llaman la atención. Poco a poco, he ido reuniendo una colección maja de absurdeces de muy variado pelaje recogidas por el mundo. No es tan completa como la colección de vello púbico del marqués de Leguineche en La escopeta nacional (grande, Rafael Azcona, snif), pero se le acerca en perversión e inutilidad. Por cierto, que quien me enseñó a mirar las ciudades (y el mundo) poniendo el acento en estas cosas se llamaba Luis Carandell, quien era también adicto a esta cultura de la anécdota, que él elevó a monumento en su Celtiberia Show.

Para dar salida a una pequeña parte de este catálogo de absurdos urbanos, he abierto un blog donde iré colgando por tandas algunas selecciones de esta colección que amenaza con saturar el disco duro del ordenador. Pinchad aquí para ver las primeras 17 imágenes, captadas en esquinas de París, Oviedo, Londres, Nápoles, Roma, Canarias y México. En sucesivas actualizaciones, que anunciaré en este blog nodrizo, iré incluyendo otros países y otras ciudades. De momento, esta es la primera muestra. Espero que no disguste en exceso.

Ah, el nuevo blog se titula

PROHIBIDO FIJAR CARTELES

y todos los links que pongáis en vuestras respectivas páginas serán oportunamente agradecidos.

FILOSOFÍA EN TELEMADRID

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Si eras de los que pensabas que Telemadrid no iba a poder sobreponerse a la marcha de Sánchez Dragó y de su gato, sal de tu error ya, oh, progre incrédulo. Ahora, Esperanza Aguirre apunta mucho más alto. Ya no se conforma con escritores con alma de show-man friki mamporrero. La gran Esperanza, despechada porque en su partido no le hacen caso, se ha calzado unas sandalias, se ha puesto una túnica y ha marchado a pie hasta el monte Olimpo para invocar al más grande de todos los sabios. Y el más grande le ha concedido su deseo. Hoy, El País publica este titular: Platón asume funciones directivas en Telemadrid. Por fin el filósofo podrá aplicar las ideas de La República al ámbito del management. 

Lo curioso es que tamaña noticia, la resurrección de un filósofo griego y su fichaje como directivo de una cadena autonómica, no haya tenido más resonancia en los medios. Será culpa de la LOGSE. Quizá los periodistas no sepan quién fue Platón (¿digo fue? Es, en presente, pues ahí le tenemos, cobrando dietas y pluses de los presupuestos de la Comunidad de Madrid).

No importa. Lo que de verdad urge saber es cuál será el equipo de trabajo del nuevo directivo. Yo en su lugar apostaría por dejar los programas de divulgación científica en manos de Pitágoras, y los late night, en las de Nietzsche, con superhombres bailando en bolas y el Risitas haciendo de Zaratustra. Los informativos, para Descartes, que es un tío pulcro que dirá las cosas claras, y las retransmisiones deportivas, para Karl Marx, que sabrá interpretar el sentido de la confrontación dialéctica entre los contrarios. A Aristóteles le nombraría director de proyectos en potencia, por aquello de que sabe muy bien la diferencia entre la potencia y el acto. Los espacios del corazón, para Sócrates, que siempre le gustaba andar cotilleando con sus alumnos y tenía la misma malicia y gustos eróticos que Jorque Javier Vázquez.

El mundo espera ansioso. ¿Podrán los filósofos muertos recuperar la televisión de sus miasmas? Es una dura prueba la que debe afrontar Platón, y su predecesor intelectual, Sánchez Dragó, ha dejado el listón muy alto. Démosle un margen de confianza a Platón. Hasta las próximas calendas, por ejemplo. O hasta que Pericles convoque de nuevo a los ciudadanos en el Ágora.

Así que, mientras los sabios restauran la dignidad catódica de Telemadrid, yo voy a apagar el móvil y a disfrutar en DVD de una maravilla maravillosa que ha salido hoy a la venta y que me acabo de comprar: El gran golpe de Bender, el primero de los cuatro largometrajes con los que Matt Groening y el matemático de Harvard David X. Cohen han devuelto a la vida uno de los mayores monumentos de la historia de la televisión: Futurama. Estoy nervioso como un niño con zapatos nuevos. Digo, como un niño con un DVD de Futurama nuevo.

02/04/2008 13:50 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 6 comentarios.

FUTURAMA MATH

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Sabía que Futurama era una serie extremadamente friki, pero hasta que no he visto los extras de El gran golpe de Bender no me he dado cuenta de lo fino que hila y de los mil recónditos guiños que hay para dar placer a los amantes de las matemáticas y de la física. De hecho, al menos tres guionistas de la serie son matemáticos. Futurama está plagadita de bromas que sólo pueden pillar los doctorandos en ciencias exactas. Y, de estos, sólo los que estén muy atentos. Afortunadamente para ellos, y para los legos-lerdos de letras que no nos enteramos de nada, una matemática estadounidense, Sarah J. Greenwald, ha estudiado todas estas referencias y las ha compilado en la web Futurama Math. De hecho, Greenwald utiliza capítulos de la serie en sus clases de la universidad. 

Os cuento uno de esos elaborados y enfermizos guiños. En un capítulo, Bender recibe una felicitación navideña de la máquina que le fabricó. En ella se refiere a Bender como su "hijo#1729". Pues bien, ese número no es casual, sino el protagonista de una anécdota de dos matemáticos de principios de siglo XX. El científico inglés G. H. Hardy le contó a su colega Ramanujan que se había montado en un taxi que llevaba el número 1729, y que no sabía por qué, el número le había llamado la atención, no se lo quitaba de la cabeza. Ramanujan le contestó, tras pensar un momento: "No me extraña que te llame la atención, porque es el número más pequeño capaz de ser expresado como dos sumas distintas de dos cubos". Efectivamente, lo es. En concreto, se puede obtener sumando 13 y 123 o 93 y 103. Desde entonces, a los números que resultan de sumar dos cubos se les llama "taxicab numbers".  En Futurama aparecen más veces, como en este diálogo, cuando Bender conoce a su doble malvado (según se mire), Flexo -que, por cierto, y esto es otro apunte friki, se distinguía de Bender por una pieza de metal a modo de perilla, como la perilla que llevaba el doble malo de Michael Knight en El coche fantástico-:

Profesor Farnsworth: Este es Flexo.
Hermes: ¡Benditas llamas de las Bahamas! Salvo por esa perilla, es igual que Bender.
Flexo: No te extrañe. Los dos somos unidades dobladoras.
Bender: Eh, brobot, ¿cuál es tu número de serie?
Flexo: 3370318.
Bender: ¡No fastidies! El mío es 2716057.
[Los dos ríen. Después ríe también Fry, pero para y parece no entender]
Fry: No lo cojo.
Bender: Los dos pueden ser expresados como la suma de dos cubos.
Flexo: Oooh!

(Esta vez no cito de memoria: he traducido el diálogo en inglés transcrito en la web de Futurama). 

También debe de haber un montón de citas ocultas a muchos científicos. Dice David X. Cohen, el cocreador de la serie, que el planteamiento de Futurama es que el 99% del público pueda reírse con los gags, pero que sólo un 1% los entienda realmente en toda su dimensión. Creo que lo han conseguido. Vaya frikazos de tomo y lomo. Les quiero. 

03/04/2008 00:24 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 12 comentarios.

CHARLTON HESTON

Otro que se va. Creo que ya no quedan grandes por irse.

Aquí va un pequeño homenaje de cuando fue rescatado como personaje de El informal:

 



También he escrito algo más serio sobre su paso por Aragón en 1989. Lo puedes leer hoy lunes en Heraldo o directamente pinchando aquí .
07/04/2008 00:17 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 8 comentarios.

MENUDO REPARTO

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Hacía tiempo que no seguía con tanto interés un culebrón político. Me siento como doña Adelaida, la señora que presentaba Cristal, el primer culebrón venezolano que triunfó en España. Cada mañana pido el preceptivo desayuno en el bar, extiendo el periódico sobre la mesa y, cual adicto, me dispongo a disfrutar de mi dosis diaria. ¿Qué habrá hecho Angela Chaning? ¿Podrá Lorenzo Lamas mantenerse incólume? ¿Matarán a disgustos al patriarca? ¿Qué maniobras planea el dueño de los viñedos? ¿Y su heredero? Hacía tiempo que la prensa no venía tan entretenida. Espero que el movidón del PP no decaiga y siga alimentando mi morbo. Al menos, de aquí a junio, tenemos garantizados unos cuantos giros en la trama, más de una traición y quién sabe si alguna muerte por envenenamiento. La decadencia es tan cruel y divertida...

Las crónicas de Carlos E. Cué en El País me divierten más que Dinastía y Falcon Crest juntos. Hoy han ido un paso más allá y han comparado a Esperanza Aguirre con Margaret Thatcher. Bueno, eso son palabras mayores. Yo creo que más que la Dama de Hierro, Aguirre sería la Dama de Amianto. Es dura, sí, pero todavía no les ha quitado el vaso de leche diario a los escolares, como hizo Margaret.

A mí todo esto me recuerda a una novela del inglés Jonathan Coe, What a carve up!, que se tradujo al castellano (está en Anagrama) como ¡Menudo reparto! Es el relato de una saga familiar de oligarcas ingleses, los Winshaw, desde la Segunda Guerra Mundial hasta los años 90. Son una panda de desquiciados, perversos y decadentes nobles que mangonean todo lo que pueden y más en la economía y la política británicas. Y, por supuesto, tienen mucho que ver con la resurrección ultra de los tories, y con el ascenso de Margaret Thatcher y su caída en el ostracismo. Los Winshaw se hacen entre sí todas las perrerías del mundo, incluido el asesinato, pero tienen el suficiente poso de inteligencia para no permitir que el intenso odio que se profesan unos a otros les haga perder su inmenso poder.

El PP ahora se parece a los Winshaw, pero está por ver que sepan reprimir sus instintos homicidas en favor de sus intereses comunes. Los clanes mafiosos saben hacerlo. A los partidos quizá les cueste más. Mientras tanto, yo me conformo con que me den mi dosis diaria de entretenimiento morboso. Mariano, si quedas a comer otra vez con Esperanza, haz que tus lacayos prueben la comida primero.

Ah, si esto sigue así, podremos montar porras y apuestas, a ver si nos sacamos unas perrillas a su costa, ¿no?

08/04/2008 13:56 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad Hay 1 comentario.

MÁS FARSO QUE LA FARSA MONEA

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Llamadme inculto, necio y truhán, pero hasta la pasada madrugada no había visto esa maravilla titulada Fraude (F for Fake) que Orson Welles hizo en 1975, cuando disfrutaba de su plácido y obeso ocaso. La echaron en Aragón Televisión, una cadena que suelo pasar de largo en los zappings porque siempre hay tíos engominaos hablando de la nieve del Pirineo, del dance de Mallén, de comunicaciones transpirenaicas o de plataformas logísticas (sí, acuchilladme por decir esto, pero sé que en el fondo pensáis lo mismo). Sé que no es cierto del todo, sufridos compañeros del ente aragonés, pero por unas cosas o por otras, nunca me interesa lo que emiten a las horas a las que yo veo la tele (que reconozco que suelen ser horas raras). Así que, anoche, aburridos después de volver de una cena, íbamos a pasar de largo, pero las barbas de Orson nos retuvieron. Estaba empezando Fraude, la peli de la que tanto había oído hablar y que nunca se me había ocurrido descargar de la mula. Por supuesto -pensé- a una hora imposible para la gente que tiene horarios racionales. Para variar.

Como tirón de orejas hay que decir que, por norma general, doblar la voz de Orson Welles debería ser un crimen equiparable al de pintar un graffiti en la Gioconda. En esta peli el gran Orson recita a Kipling, y a nosotros sólo nos llega su imitador-doblador declamando ridículamente una mala traducción. O sea, que mear en la pila de agua bendita de una iglesia es un sacrilegio, pero esto no. ¿En qué mundo vivimos? El culpable de ese doblaje debería ser maniatado y arrojado en el desierto monegrino con las tripas abiertas para que picoteen los buitres en él. Pero no me voy a poner quisquilloso, así que sólo diré: si emiten la peli a las tres de la mañana, estoy convencido de que a los tres o cuatro noctámbulos fans que estábamos en ese momento viendo la tele no nos hubiera importado nada verla en versión original. Hagan la prueba, de verdad.

Lo que importa: Fraude. Qué grande fue Orson Welles. Creo que la industria farmacéutica debería abandonar todas sus investigaciones sobre enfermedades como la malaria, el cáncer o el sida para centrarse en una píldora que diera inmortalidad a gente como Welles. La humanidad no puede permitirse su muerte, especialmente cuando demuestran que su vejez no es un chocheo inaudible, sino un esplendor deslumbrante. Welles, a los 60 años, estaba hecho un chaval. Murió con 70, y seguía hecho un chaval. Un chaval travieso, pícaro e hiperactivo.

Fraude es una maravilla inclasificable. A primera vista, es un documental sobre el más grande falsificador de la historia del arte, Elmyr de Hory, retirado en la isla de Ibiza y riéndose, con una copa de coñac en la mano, de todos los expertos en arte del mundo. ¿Cuántos Modigliani de Elmyr de Hory han sido autentificados como verdaderos Modigliani? ¿Y cuantos Monet? "Si los abogados nos dejaran -dice un soberbio y barbudo Welles vestido con capa y sombrero negro-, podríamos hablarles de un famoso museo europeo que tiene un montón de Elmyrs creyendo que son Modigliani".

Con un montaje trepidante y desquiciado, casi en torbellino, Welles nos promete decirnos la verdad durante una hora. Pero el documental dura hora y media. Así que todo acaba convirtiéndose en un sofisticado juego sobre la verdad y el engaño, y sobre cómo los engaños devienen verdades, y sobre la impostura y la propia voz auténtica que emerge entre la impostura. Hasta el propio Welles se pone a prueba y recuerda su etapa de "falsificador", cuando falsificó una invasión alienígena en La guerra de los mundos o cuando fingió ser actor con 18 años para ganar un dinero en Dublín y acabó convirtiéndose en verdadero actor (¿o ha estado fingiendo toda su vida?). "A partir de ahí -dice Welles-, he ido cuesta abajo: ésa fue mi cumbre". Se refiere a su etapa de vagabundo en Dublín, claro.

Todo esto, por supuesto, escenificado en el decadente decorado de Ibiza y de París. Entre marisco, vino de Burdeos, calles encaladas y coñac en copa de balón. Una orgía para celebrar la verdadera (¿o falsa?) decadencia de la civilización europea, escenificada en la incapacidad del arte (cumbre de la civilización) para reconocer el verdadero arte. Un verso de Kipling resuena durante toda la peli: "Es hermoso, pero, ¿es arte?". 

Yo también me presenté un buen día en un periódico y me puse a escribir. Desde entonces, todos me toman por periodista, y alguno hasta se atreve a llamarme escritorzuelo. Pero es probable que sólo esté fingiendo y que mis reportajes y columnas sean tan falsos como las falsificaciones de Elmyr. Puede que este blog sea una falsificación también. Puede que no exista Sergio del Molino. 

Seguiremos indagando. 

11/04/2008 13:42 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 4 comentarios.

MÁS FALSIFICACIONES

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Viene muy al pelo del post anterior y, de paso, me hago un poco de publicidad. En el número de abril de Historia de Iberia Vieja, la revista que desde hace unos meses dirige Bruno Cardeñosa y donde se ha incorporado buena parte del plantel de La rosa de los vientos, el programa del desaparecido Juan Antonio Cebrián, sale un artículo mío sobre La Mano Negra. Los historiadores todavía discuten sobre si esa supuesta organización secreta anarquista existió en Andalucía a finales del siglo XIX o fue un invento de fiscales y policías corruptos. El miedo, desde luego, fue real. Otro juego de espejos sobre verdades y falsificaciones.

Sabéis que un pudor sobrenatural me impide hacer estas "promociones" en el blog, y que no suelo anunciar los reportajes ni los artículos que publico por ahí (aunque de vez en cuando cuelgue algún trabajito de Heraldo), pero creo que este viene al pelo de lo que hablábamos a propósito de la verdad y el engaño. Pero no son deberes blogueros.

CÓMICS FUERA DEL ARMARIO

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¡Paren las máquinas! ¡Atención, atención! ¡La nueva revolución cultural está aquí! Desde este fin de semana, ya nada
será igual. Este sábado, anticipándose a las tendencias, yendo un paso por delante -qué digo un paso, ¡al menos dos, y de zancada!- el suplemento Babelia de El País nos dice que podemos salir del armario y respirar en paz. La sacrosanta autoridad cultural nos da el beneplácito y nos besa solemnemente en la frente para comunicarnos la buena nueva: desde ahora, leer cómics ya no será considerado una manifestación de debilidad mental. Y para que quede claro que los otrora pintores de monigotadas ya forman parte del selecto club de la alta cultura -para escándalo de los discípulos de Theodor Adorno-, le dedican la portada al simpar Moebius, invitado de honor en el próximo Salón del Cómic de Barcelona. El País nos dice: "Marchemos todos juntos, y yo el primero, por la senda viñetacional".

Tras un buen perfil entrevistado de Moebius, viene una guía para que los eruditos a la violeta se introduzcan sin miedo ni asco en el mundo del cómic. Y, de regalo, una más que discutible selección de ocho álbumes "que anunciaron la madurez gráfica". Para que el cambio de paradigma no le pille de sopetón y pueda citar con elegancia alguno de esos títulos en la tertulia literaria si a alguien le da por hablar de "novelas gráficas" y usted no ha tenido tiempo de indagar en tales miasmas modernillas. Todo un detalle.

Tan insigne ocasión merece ser celebrada con una sentencia comiquera de enjundia. "Pos bueno, pos fale, pos malegro".

Lo primero que he hecho es comprobar la fecha del periódico. Me debo de haber confundido y he cogido un periódico de hace 30 años. Pero no, pone 12 de abril de 2008. Y, sin embargo, sería más propio que pusiera 12 de abril de 1978, porque desde más o menos esa fecha, nadie que tenga un mínimo de inquietud, sensibilidad y criterio considera el cómic una manifestación cultural menor. Es cierto que en muchos planes de estudio de universidades (españolas, sobre todo) se le sigue ninguneando y tratando bajo el epígrafe de "subcultura". Y también es verdad que los señorones con hemorroides y levita se seguirán llevando las manos a la cabeza, pero seamos serios, por dios: da un poco de risa que quieran legitimar el cómic a estas alturas, cuando hasta el Estado ha creado ya un Premio Nacional. Es más, el propio diario El País lleva muchos años atendiendo y cubriendo muy bien la actualidad del comiqueo, claro que nunca lo había hecho en su suplemento cultural noble. ¿Así que es eso? ¿No lo están descubriendo, sino ennobleciendo? Cuánto honor.

Entiéndaseme: bravo por quien haya decidido meter por fin a los comiqueros en Babelia, pero podrían haberlo hecho con un poquito más de enjundia, no disculpándose todo el rato y diciendo cada tres líneas: "No se asuste, oh, lector egregio, que en las viñetas también hallará satisfacción a su sed de esteta". No era necesario ese latiguillo.

Yo me acabo de terminar este tebeo que me traje de Francia y que completa mi colección del detective Nestor Burma. Es la última entrega, editada en 2007 y todavía sin traducir al castellano (si es que se traduce, claro).

Creo que he hablado alguna vez de él. El gran Tardi (cuya influencia puramente estilística en el cómic europeo es equiparable a la de Moebius, aunque Moebius, además, tiene mucha influencia intelectual y de "conceto", no sé si me explico) empezó en 1982 a adaptar las novelitas policíacas de Léo Malet, que tratan de las aventuras del detective parisino Nestor Burma. La peculiaridad de la serie es que se estructura en mosaico: cada novelita es una tesela, y todas juntas forman la ciudad de París, ya que cada historia transcurre en un arrondissement distinto.

Tardi, que es un dibujante obsesivamente realista -con los objetos y los paisajes, más que con los personajes, que tienden más al trazo grueso-, vio que las novelas tenían una fuerza gráfica poderosísima y perfectamente adaptable a su forma de entender el tebeo. Documentándose exhaustivamente sobre cada barrio parisino -sin olvidar los coches, la moda y los peinados de cada año concreto, ya sean de los años 40, 50 o 60-, Tardi se propuso dar forma de viñetas a ese París de Malet, retratándolo con cariño y respetando a la vez el aire noir del mundo del detective, con su lenguaje hampón y minado de argot. A poco que conozcas París, reconoces rápidamente las esquinas, los cafés, las calles.

Sin embargo, no sé muy bien por qué -quizá algún erudito bloguero me lo pueda aclarar: será recompensado con un sonoro beso-, Tardi sólo hizo los cinco primeros álbumes (a una tinta, por cierto). En 2000 se interrumpió la serie, y se retomó hace poco con dos nuevas entregas (120, Rue de la Gare y este, El sol nace detrás del Louvre). Ambos vienen a color y están firmados por dibujantes menores que se han comprometido a respetar los trazos de estilo que Tardi había marcado para la serie. Técnicamente, son mejores estos dos últimos, pero les falta el alma preciosista de Tardi. A veces, lo que buscamos y queremos de un artista es su imperfección, ya sea deliberada o no.

Os cuento todo esto porque veo por Babelia que ya puedo hablar sin tapujos de esta filia mía. Ya no tengo que andar persiguiendo a chaperos en callejones ni casarme con una chica por el qué dirán. Por fin puedo vivir mi amor en sociedad y sin tapujos. Gracias, Babelia, por tu gran labor didáctica.

14/04/2008 02:06 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cómic Hay 5 comentarios.

UNA MOZA DE PROVECHO

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Columna publicada en el suplemento MVT de Heraldo el viernes pasado.

Debería hacer esta confesión con nombre falso y con un pasamontañas cubriéndome la cabeza, pero ya que la gente de La Costa Brava dice que adora a las pijas de su ciudad, y no han sido apedreados por su desfachatez, me siento libre para confesar mi enfermiza pasión por Paris Hilton.

No confundirse: no es una pasión esnob, frívola o seudoprovocativa. Lo que yo siento es simpatía de verdad, me cae muy bien, me hace gracia y creo que merecería salir de la crónica rosa para encumbrarse a icono pop postwarholiano del siglo XXI. Se lo está ganando a pulso.

Alguien ha escrito por ahí que su mayor mérito es ser la campeona mundial en el campo de montar números desquiciados y etílico-drogadictos. Y no es un mérito menor, porque hay mucha competencia en este terreno. Es más fácil ser el mejor matemático o el mejor músico que la mejor borracha. No voy a discutir esto, y felicito a la interfecta en lo que vale, pero a mí Paris me interesa como personaje de ficción, como protagonista de esa serie maravillosa llamada "The Simple Life", que no entiendo cómo no se emite en abierto y en ’prime time’.

Ya sabréis de qué va esta historia que ha arrasado en Estados Unidos: Paris y su amiga (o ex amiga, ya no me aclaro) Nicole se montan en un carricoche y se van a la América rural a hacerse unas mujeres de provecho. A ver cómo se las arreglan estas dos pijas en una rústica granja de cerdos. A ver cómo hacemos de estas inútiles muñequitas unas buenas mozas.

Se supone que deberíamos reirnos de sus remilgos de niñas bien, de sus mohines de asco y de su incapacidad para enfrentarse a los problemas triviales del día a día, pero no sé por qué extraña conjunción de astros, acaban cayendo muy bien. Paris demuestra ser una tipa con un gran sentido del humor, que se hace querer por la gente del campo -pese a los desastres que va produciendo a su paso- y que cautiva viciosamente al espectador. No por su discutible morbo erótico, sino por su desparpajo.

Es genial. Dudo mucho que alguna de las divas de otros tiempos hubiera superado una prueba parecida. Cuando el cambio climático nos arrase, solo sobrevivirán los insectos y Paris.

¡Olé sus Hilton!

Y OTRO FALSIFICADOR

Un nuevo falsificador para la galería: Thomas Kohnstamm, un redactor de Lonely Planet que ha reconocido que se inventó la guía de Colombia. Bueno, tampoco es tan grave: Gabriel García Márquez lleva 40 años inventándose guías más o menos literarias de Colombia y le han dado un premio Nobel.

Para mí y para todos los viajeros aficionados, esto es un drama. Porque yo siempre viajo con una guía de Lonely Planet en la maleta. Y, como siempre llevamos dos o tres guías más -Cris me llama "el obseso de las guías"-, he podido contrastar y doy fe de que son sustancialmente mejores que el resto. Es lo menos que se podía esperar de una empresa medio hippie, que nació de un viaje de unos amigos desde San Francisco a Melbourne pasando por una Asia casi ignota.

Kohnstamm denuncia precariedad laboral, dice que no pudo escribir la guía de Colombia porque no le dieron suficiente pasta para viajar al país y que pronto sacará un libro donde contará toda la verdad sobre el negro mundo del periodismo de viajes. En Lonely Planet, of course, lo niegan todo de cabo a rabo.

Yo, qué quieren que les diga, tiendo a desconfiar de los que amenazan con tirar de la manta y descubrir pasteles. Pienso, a priori, que sólo tratan de cubrir su culo y echar la mierda en otro patio. No dudo de que exista precariedad laboral. Me puedo creer incluso que le azotaran con látigo y le sodomizaran en la sede de Lonely Planet. Cosas peores hacen las empresas. Pero nada de eso justifica su jeta parda.

Todos los que trabajamos en sectores chungos que están en el punto de mira público sufrimos y sabemos de muchas miasmas (va por ti, Rondabandarra), pero pretender justificar nuestras propias chapuzas basándose en ello es pasarse de la raya. Independientemente de mi situación personal o laboral (que puede ser muy muy muy chunga, hasta extremos de inanición incluso), yo tengo claro que puedo responder de lo que firmo. Y me responsabilizo de sus errores, bajezas y mediocridades. Me puedo ver obligado a hacer muchas cosas que no casan con mi forma de ser, de pensar y de sentir, pero no llevarán mi firma. Yo no publico con mi nombre algo que no considero que sea digno de llevarlo, y perdonadme por hacer esa cosa tan odiosa de ejemplificar con la propia experiencia. Si Kohnstamm ha firmado la guía de Colombia es porque la reconoce como un trabajo suyo del que no cabe avergonzarse.

Cualquiera de mis compañeros de profesión, y yo el primero, podríamos contar historias que harían temblar el misterio y que darían para más de dos libros gordos. Y se venderían bien: el morbo siempre vende, y la deshonra de la virtud, mucho más. No puedo hablar por los demás, pero yo no aireo asuntos como esos, en primer lugar, por una cuestión de elegancia y caballerosidad, y en segundo lugar, porque no quiero escurrir el bulto: si hago algo mal, el responsable soy yo. No importan las condiciones de miseria intelectual, económica y moral en las que trabaje. Ni la falta de medios ni las presiones justifican un fraude ni un trabajo mediocre. Si un manco arruinado, vejado, violado, mal comido y enchironado pudo escribir El Quijote, qué no podrá hacer un subasalariado mileurista, que vive como un majarajá en comparación con Cervantes.

Daría para un debate más largo, pero hoy sólo diré que no me convencen los tipos que amenazan con tirar de la manta para salvar su culo. Eso lo sabemos hacer todos los que conocemos y sufrimos las miserias de la vida profesional. Podrán decir que nos silencian las posibles represalias que podríamos sufrir, y no es una consideración menor, pero por encima de eso están el pundonor y la elegancia. Además, estoy más que cansado de ver a paladines de la verdad contando miserias ajenas mientras omiten las propias, mucho más gordas y vergonzantes. ¿Cuántos de estos tiradores de mantas no buscan simplemente una venganza miserable contra sus presuntos enemigos?

A mí esto me ha dejado jodido, porque soy ateo y sólo tenía fe en dos cosas: en las crónicas de Rosa María Molló desde Nueva York (a tratar en un próximo post) y en las guías de Lonely Planet. ¿Cómo coño voy a viajar tranquilo ahora? Como resulte que Molló graba sus piezas desde Móstoles, ya no me quedarán motivos para vivir.

16/04/2008 02:17 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad Hay 10 comentarios.

ASÍ CELEBRO YO EL BICENTENARIO DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA

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Pues sí, chers amis. Donde esté un roquefort, que se quite el cabrales; donde esté un Burdeos, que se quite un Rioja, y donde esté una lánguida y escotada muñequita parisina con las axilas sin depilar, que se quiten las mozas morenas de Sorolla. Vive la France, cojones!

El otro día en La Sexta emitieron un reportaje de historia-ficción imaginando cómo viviríamos hoy si la República hubiera ganado la guerra. Yo voy más allá, y me pierdo en ensoñaciones donde las tropas de Napoleón pasan a cuchillo a las Cortes de Cádiz y prohiben, bajo pena de guillotina genital, el uso del idioma castellano (y del catalán, del euskera, del gallego, del aragonés y de la neolengua que hablan los de La Hora Chanante). Nos veo creciendo altivos y felices en una Seville sin Semana Santa, en una Pamplonne sin San Fermín y en una Saragosse con una Vierge du Pilar gabacha sin remedio. En este bicentenario de 1808 me declaro afrancesado por los cuatro costados.

Y aquí me podéis ver, bajo una gloriosa tricolor ondeando en el plomizo cielo galo, soñando en voz alta con una España verdaderamente francesa y jacobina.

Vive l’Espagne française!

¿Alguien se anima a celebrar los Sitios de Zaragoza conmigo de esta guisa?

ESCUELA DE CALOR

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En esta primavera tan rara, me he despertado pensando en el calor. Ahora que no lo siento, lo pienso. Será que me preparo para lo que se avecina.

Quienes me conocen saben que me llevo muy mal con el calor, que odio estar al sol, que no puedo disfrutar de la playa sin una sombrilla cerca, que respiro y sonrío cuando llega por fin el otoño con sus remolinos de aire y sus cielos nublados. Siempre he odiado el calor, ha sido una losa paralizante. Lo sufrí mucho y me resultó insoportable, hasta que lo sentí de verdad.

Fue en 2005, en las ruinas de Palenque, en el corazón de Chiapas. Jamás de los jamases había sentido ese calor. Eran las ocho de la mañana y ya era insoportable, con una humedad tropical que lo llenaba todo. Con mover un dedo, ya sudabas. Y daba lo mismo estar al sol o a la sombra. El día se me iba a hacer muy cuesta arriba y no iba a disfrutar de las ruinas mayas, pensaba con mucho fastidio. Hasta que algo hizo clic. ¿Revelación divina, misterio tántrico, pura locura? No lo sé, pero empecé a notar que disfrutaba de ese calor, que me hacía percibir mejor las piedras que sobresalían entre la espesura, que escuchaba con más claridad los sonidos de los insectos de la selva, que parecían sacados de una película de terror. Recorrí Palenque en un estado de alucinación, como si me hubiera tomado una droga buena, y lo gocé tan física y carnalmente que me asusté un poco.

Ahí cambió mi relación con el calor. Desde entonces, no lo sufro como antes, no me aplasta, no me impide ser yo. Y también he revisado mi relación anterior con el calor. Me vino a la cabeza una higuera enorme que había en la puerta de la casa que mi abuelo se compró en su pueblo natal cuando se jubiló. Estaba al otro lado de una tapia que había enfrente de la casa. La tapia era de adobe, muy vieja, y en sus desconchones había telas de araña que brillaban por la noche. La higuera era verano y el verano era calor. Un calor irrespirable de 40 grados. Tapaba toda la vista de la casa, por eso la familia celebró que el alcalde acabara con esos huertos y echara abajo tanto la tapia de adobe con sus telas de araña como la fenomenal y centenaria higuera que había detrás. Entonces, ante la puerta de la casa se descubrió la sutil y áspera belleza de la vega del Jalón, con su cielo bajo y su horizonte chato. Daba gusto (da gusto) sentarse en la puerta y mirarlo todo comiendo un buen tomate de agosto con sal, pero a mí me gustaba más la higuera. Y en la mirada de mi abuelo creía entender que a él tampoco le había hecho mucha gracia la tala. Hay cosas más importantes que las vistas. Cosas a las que uno se acostumbra, me imagino.

Hasta que no redescubrí el calor en Palenque, el recuerdo de la higuera estaba enterrado en algún sitio inaccesible. Mi nueva relación con el calor destapó esa y otras muchas cosas más. Ese mismo día, en Chiapas, recordé unas palabras de la Maga en Rayuela, que, desde la primera vez que las leí, me provocan una angustia difícil de verbalizar. La Maga cuenta un traumático episodio de su infancia en Montevideo. Dice así:

"Mi papá tomaba mate en la puerta. Hacía un calor que usted no puede entender. Todos ustedes son de países fríos. Es la humedad, sobre todo, cerca del río, parece que en Buenos Aires es peor. Esa noche yo sentía la ropa pegada, todos tomaban y tomaban mate, dos o tres veces salí y fui a beber de una canilla que había en el patio entre los malvones. Me parecía que el agua de esa canilla era más fresca. No había ni una estrella, los malvones olían áspero, son unas plantas groseras, hermosísimas, usted tendría que acariciar una hoja de malvón. Las otras piezas ya habían apagado la luz, papá se había ido al boliche del tuerto Ramos, yo entré el banquito, el mate y la pava vacía que él siempre dejaba en la puerta y que nos iban a robar los vagos del baldío de al lado. Me acuerdo que cuando crucé el patio salió un poco de luna y me paré a mirar, la luna siempre me daba como frío, puse la cara para que desde las estrellas pudieran verme, yo creía en esas cosas, tenía nada más que trece años. Después bebí otro poco de la canilla y me volví a mi pieza que estaba arriba, subiendo una escalera de fierro donde una vez me disloqué un tobillo. Cuando iba a encender la vela de la mesa de luz, una mano caliente me agarró por el hombro, sentí que cerraban la puerta, otra mano me tapó la boca, y empecé a oler a catinga, el negro me sobaba por todos lados y me decía cosas en la oreja, me babeaba la cara, me arrancaba la ropa y yo no podía hacer nada, ni gritar siquiera porque sabía que me iba a matar si gritaba y no quería que me mataran, cualquier cosa era mejor que eso, morir era la peor ofensa, la estupidez más completa. ¿Por qué me mirás con esa cara, Horacio? Le estoy contando cómo me violó el negro del conventillo".

El calor es una violación de un negro que huele a catinga. Quizá no sea muy políticamente correcto, pero sí angustioso.

También me acordé del verano en Madrid, de cómo nos metíamos debajo de los aspersores de detrás del Clínico y de cómo, cuando llegábamos a Moncloa diez minutos después, estábamos ya secos. De lo que no conseguí acordarme fue de la playa de cuando era niño.

En algunos ratos muertos del viaje por México, empecé a escribir una historia que no se ha publicado en ningún sitio, y que es ciertamente impublicable. Es una paja mental de uso estrictamente personal que no merece llamarse literatura, pero permitidme que rescate un pequeño pasaje que probablemente corresponda a una alucinación debida al calor. Sed buenos y perdonad todos sus increíbles defectos y su pésima adjetivación -que ya no se me ocurriría utilizar-, porque no está pensado para ser publicado. El escenario es la calurosísima y tórrida Mérida, capital del Yucatán y una de las ciudades más importantes (y lindas, que dirían ellos) de México:

"Calurosa, asfixiante Mérida. Fue muy cerca del zócalo, en una calle de nombre imposible de recordar (¿43, 67, 81?). Había un restaurante nuevo, limpio, cuidado con mimo europeo, que miraba desdeñoso a las mugrientas loncherías de moscas y platos de papel. Le recordó a París, a Madrid o a Barcelona. O a Amsterdam. ¿Qué más daba? Olía a Europa tropical. La noche del Yucatán daba un poco de tregua a la camiseta, que se había negado a absorber una gota más de sudor. La noche siempre da facilidades. Había pasado de día por la puerta del restaurante sin que le llamara la atención, pero bastó una luz resbalando sobre un nombre maya para seducirle. Dentro, un patio con velas en las mesas y un grupo de jóvenes compartiendo sus planes de trabajar pronto en el D.F. y abandonar de una vez el ponzoñoso clima yucateca. Would you like some beer, sir? No, no, no, no me hable en inglés, soy español. Y sí, una Montejo muy fría, por favor. Cómo no, señor. Aquí tiene la carta, por si gusta ordenar algún antojito. Gracias. A la tercera Montejo, se enamoró de la que parecía la novia de uno de los chicos de la mesa de enfrente. A la cuarta, una pizca de sentido común le impidió liarse a navajazos con el pánfilo pedantillo que la cogía de la mano. A la quinta, entró Ernest Hemingway con su mujer, y la mestiza perdió todo interés, como lo hubiera perdido al recibir los primeros rayos de sol a su lado en la cama. Eso que se ahorró. Las velas del patio apenas iluminaban nada y Ernest Hemingway llevaba unos cuantos lustros criando malvas, pero aquel presocrático de pantalón corto y camisa de jazzman resultaba fascinante sobre el claroscuro. Homérico. Si no era Hemingway, no le quedaba más remedio que serlo. Y si el mundo se rigiera por las fantasiosas leyes de la lógica, la aparición debiera haberse puesto a declamar ahí mismo, a predicar la necesidad de la violencia como profilaxis social o a recitar salmos. Pero, sorprendiendo a su único espectador, sólo sacó un cuaderno de dibujo y un lápiz, y se puso a hacer trazos mientras su mujer, asténica, rubia y pálida, bebía a sorbos una chelada.

¿Qué dibujaba aquel yanqui que hablaba en perfecto español a los camareros? ¿Otra Montejo? Sí, por favor, y tráigame también unas quesadillas. Sí señor. No parecía retratar nada del local. Apenas levantaba la vista del cuaderno y no le dirigía ni una palabra a su mujer. Si es que era su mujer. Pero esa barba sólo podía ser de escritor. De escritor atolondrado y pomposo. Quizá su afición era el dibujo. Bien sabía él la paz de espíritu que dan unos trazos desgarbados sobre un papel grueso, pero, ¿qué sosiego necesitaba un ser barbado y grande como aquel en medio del trópico? ¿Qué beneficios terapéuticos obtendría del dibujo ese gigante cuya tensión nunca se habría disparado por encima de la parsimonia? Lo sigue pensando ahora, mientras la carretera por la que sube parte en dos los miserables poblachos del norte de Chiapas y no hay nadie con un caballete recreando la selva en óleo. Porque la selva barroca sólo puede recrearse en óleo; la acuarela pierde su sentido cuando abandona las inofensivas colinas de Europa. Por no hablar del pusilánime carboncillo. Lo sigue pensando ahora, en mitad de la nada, entre ciudades separadas por cientos de kilómetros de sofoco verde, donde no hay cafés ni yanquis locos con mala conciencia de ser yanquis".

Foto: servidor, en las ruinas de Palenque, con una inteligente camiseta negra (no importa, había mucha sombra), a punto de enloquecer de calor.

19/04/2008 12:31 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Intrascendencias No hay comentarios. Comentar.

EL SIGLO XIX SE DESVELA

"Si alguien se quiere ir al partido liberal o al conservador, que se vaya". Mariano Rajoy, en unas declaraciones pronunciadas en 1888.

Lo llevaba sospechando desde hacía tiempo: los ordenadores, el AVE y el porno casero son sólo decorados virtuales hechos de ceros y unos. Vivimos en una engañifa postmoderna, pero si nos tomamos la pastillita de Matrix, podremos ver que realmente seguimos viviendo en el siglo XIX. Elija usted, caballerete: ¿liberal o conservador? ¿azucarillos o aguardiente? ¿cañas o barro? ¿Fortunata o Jacinta? ¿sables o pistolas?

Poco a poco, el decorado se va desmoronando y el siglo XIX asoma su patita. Por ejemplo, el otro día leí que las enfermedades venéreas están repuntando porque la gente está dejando de usar condones, ya que el miedo al sida ha bajado. ¿Qué mayor síntoma de decimononismo que el mal francés?

Es normal: en el XIX andaban obsesionados con el sexo. Y seguimos igual. Mirad cómo eran las mujeres de ese siglo y a ver si notáis diferencias:

Otro síntoma: Ruiz Zafón (no me digan que no tiene nombre del XIX) triunfa con tochos de 500 páginas escritos a la maniera decimonónica. De hecho, si no escribes como en el siglo XIX, difícilmente te comerás un rosco en el panorama editorial.

Más síntomas: el racismo ambiente con las milongas sobre la inmigración y el miedo al otro. Decimonónico total.

Últimamente he mirado mucha prensa aragonesa de finales del XIX y principios del XX. ¿Se pueden creer que buena parte de los debates que se tienen ahora ya se planteaban entonces? Y con la misma cansinez.

Los comentarios sobre la ministra de Defensa: decimonónicos con pedigrí.

¿No salió hace poco un científico teorizando sobre la inferioridad de la raza negra? Et voilà!

Echando un vistazo al mapa de España uno se da cuenta de que siguen existiendo Soria, la playa de la Concha, las facultades de la Universidad Pontificia de Salamanca, Santurce, Bilbao, Despeñaperros y Reus. Todos ellos son enclaves claramente decimonónicos que nos indican que aquel siglo persevera en nosotros.

La última vez que estuve en Madrid, hará un par de semanas, me descubrí caminando despistado del Portillo a la Arganzuela, y por la calle de Alcalá, con la falda almidoná, y los nardos apoyaos en la cadera, la florista iba y venía.

Por las carreteras de Navarra y de Euskadi vimos carlistas con la boina roja. No iban a caballo, sino en coche patrulla, pero estaba claro que andaban a la caza de alfonsinos.

El otro día Valle-Inclán escribió que el coronelito Hugo Chávez tocaba el guitarrón (Tirano Banderas ya es de comienzos del siglo XX, pero nos sirve como decimonónico).

El presidente del Gobierno es un señor de León y el líder de la oposición se declara "un señor de provincias". La política, dominada por dos señores de provincias. ¿Y quién entretiene mientras tanto a la pobre Regenta, tan sola en su lóbrega casa?

El señor más poderoso de España se llama Amancio Ortega. ¿Cabe nombre más del siglo aquel?

Vamos, que sí, que partido liberal y conservador. Está claro que seguimos viviendo en aquellos años. Gracias, don Mariano, por quitarnos la venda de los ojos.

Ahora, caballeros, si me disculpan, he de ir a la oficina postal para enviar una carta a la embajada de Prusia en Ceilán. A ver si puede salir en la diligencia de las siete.

AMOEBA

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Habla el sabio Diego A. Manrique en su columna de los lunes en El País de las tiendas de discos, y concretamente dice esto:

Para muchos, entre los que me cuento, hay pocos recintos más sagrados que los tres establecimientos de Amoeba en California, hangares donde caben todas las músicas: aparte del stock profundo, cumplen las reglas de los precios moderados y los empleados eruditos; ellos editan incluso un fanzine donde comparten sus hallazgos. Como debe de ser.

Sagrado, no sé, pero hermoso, sin duda. Casi una maleta de vinilos llené (y gastándome relativamente pocos dólares) en el Amoeba de San Francisco, que está junto al Golden Gate Park. Uno de los momentos más dulces del viaje a California que hicimos el verano pasado. Pasamos por las tres tiendas de Amoeba: la de San Francisco, la de Berkeley y la de Los Ángeles, que está en Sunset Boulevard. Tres monumentos a los aficionados al vinilo y al rock.

Son lo más parecido a la idea platónica de una tienda de discos. Todas las demás no son más que sombras de la caverna.

Alguna vez he hablado aquí de tiendas de discos, ese mundo en extinción. Lo que no sé si he confesado alguna vez es la punzadita de dolor que me aguijonea la cara interna del esternón cada vez que paso por la Gran Vía de Madrid y noto la ausencia de Madrid Rock (puede que casi la mitad de mi discoteca haya salido de esa tienda). Ahora hay un Bershka lleno de adolescentes. Ya no queda dignidad en la Gran Vía. Snif.

La foto que cuelgo es de Rasputín, la tienda de discos vecina (pared con pared) de Amoeba en Berkeley. De Amoeba no consigo localizar ninguna imagen entre las mil y pico que tengo del viaje. Como suele pasar con los sitios que te gustan y con las ex novias, nunca encuentras fotos suyas cuando las buscas.

En Zaragoza hay un bar que nos tira bastante (aunque cierra muy pronto) que ocupa el lugar de una histórica tienda de discos. En realidad, sólo ocupa la mitad del local original (la otra mitad sigue vendiendo discos, pero ahora es un Daily Price), pero conserva su nombre: Linacero. Con muy buen gusto y criterio, todo en el bar es un homenaje al vinilo y a la memoria de aquel establecimiento, que alimentó a varias generaciones de discómanos. Las mesas son discos y las paredes están cubiertas con carteles de conciertos que cuentan la historia musical de Zaragoza desde los años 80 hasta hoy. Y, por supuesto, no faltan los imprescindibles souvenirs, más o menos simpáticos o más o menos cutres. Los más destacados: una vieja guitarra de Labordeta y un traje de concierto de Bunbury (un habitual del antro, o al menos lo era). Pero nosotros vamos, para qué engañarnos, por el jamón y la torta del Casar que sirven para cenar y por las copas heladas gigantes de cerveza que ponen en verano.

El espíritu del vinilo sigue vivo.

22/04/2008 00:47 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Música Hay 3 comentarios.

DIRT

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La señorita (¿o debería decir señora Arquette?) Courteney Cox era una actriz segundona, más que secundaria. Uno de tantos moscones vampíricos esperando su momento en los títulos de crédito de las series y las pelis malas de Hollywood. Hasta que un buen día de 1994 se presentó a un casting de la NBC y la contrataron para el papel de Monica Geller en una nueva sitcom. En realidad -y ella no lo sabía- era el segundo plato, porque para ese papel ya habían contratado a otra chica desconocida del off Broadway llamada Jennifer Aniston, pero a los productores les gustó tanto que decidieron crearle otro papel a medida y buscar una sustituta para el personaje de Monica. La serie, todos lo sabéis, era Friends.

De aspirante sin suerte, a ídolo de masas. Friends se convirtió en un fenómeno generacional, universal y -sobre todo- multimillonario, y Courteney Cox se convirtió en una superestrella con 30 años. Cuando terminó la serie tenía 40 -muy mala edad para una actriz, y especialmente para una actriz de su caché-, mucho bagaje y muchas ganas de demostrar que su talento estaba muy por encima de los gags de una sitcom. En su fuero interno, todos los actores piensan que están destinados a grandes cumbres, pero son muy pocos los que lo demuestran.

Courteney fue viendo fracasar y enquistarse a todos sus compañeros de reparto en Friends: Matt LeBlanc (Joey), se dio un hostión de cuidado con su pésimo spin-off; David Schwimmer (Ross) se ha quedado entre bambalinas parodiándose a sí mismo; Mathew Perry (Chandler) repite su mismo personaje en comedias cutres, en un encasillamiento que ya suena a encasquillamiento, y Jennifer Aniston (Rachel) parece la novia abandonada (por Brad Pitt, todo hay que decirlo) que pena por los pasillos del castillo arrastrando la cola hecha jirones de su vestido de bodas. Sólo Lisa Kudrow (Phoebe, mi favorita) parecía haber escapado de la quema.

La presión y el miedo tenían que ser grandes por fuerza. Muchos la habían cagado y Friends es mucho Friends para quitárselo de encima. Quizá por eso Courteney ha tardado tres años en salir de su crisálida, pero se puede decir que ha salido convertida en una magnífica mariposa. Una cruel, despiadada y brillante mariposa.

Dirt es una buena serie. No diré genial, no echaré las campanas al vuelo. La tele americana nos ha malacostumbrado con productos sublimes y ahora los espectadores somos más exigentes. Quizá hace cinco años, Dirt hubiera resultado deslumbrante, pero tras Los Soprano y A dos metros bajo tierra, se queda solamente en un producto digno. De calidad, pero no prodigioso. Y esto no es una crítica, sólo la sitúo en el lugar que creo que le corresponde.

En Dirt, una serie hecha a la medida de las aspiraciones y del talento de Courteney Cox, la ex Friend es una agresiva directora de una revista del corazón de Los Ángeles. Una Cruella Deville sin dálmatas. Se ha preparado a conciencia y nada en su presencia ni en su interpretación recuerda a Monica Geller. Pero, sin embargo, sigue siendo Courteney Cox. Eso es talento. Eso es algo que está al alcance de muy pocos actores: mantener la propia y marcada personalidad sin dejar de lado al personaje. Que el personaje y la actriz hablen a la vez, en una compleja y sutil dialéctica. Eso es lo que se le pide a los grandes actores (y a los grandes escritores).

Por lo demás, Dirt -que están echando en Fox y espero que se vea pronto en abierto- es una serie entretenida, que fuerza los límites de la verosimilitud y que hace catas muy interesantes en el siempre fascinante mundo del morbo y de (va por ti, Rondabandarra) las miasmas. Se echa de menos un poco más de arrojo, pero dado que la propia Courteney Cox produce la serie, creo que no se le puede pedir mucho más: una superestrella no se pone a hacer arte y ensayo de la noche a la mañana.

Muy recomendable. Si no la habéis visto, tirad de la mula. Sospecho que se avecinan tiempos de crisis catódica, así que hay que acumular reservas para el largo ayuno. Y Dirt es nutritiva.

23/04/2008 02:15 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 2 comentarios.

RITOS PAGANOS

Columna publicada hoy en el suplemento MVT de Heraldo.

Tengo un amigo que no soporta los discos en directo, pero que se pasa la vida yendo a conciertos. Bien, a mí no me gusta comer naranjas y el zumo me lo bebo por litros. Aunque sospecho que lo de mi amigo responde a un proceso mental completamente opuesto al mío: yo suprimo sensaciones y me quedo con lo mínimo, y él hace lo contrario. No es solo que prefiera comer la naranja a beberse el zumo, es que le pierde tocarla, pelarla, llenarse las manos de su jugo, olerla y sentir la explosión de jugo y pulpa en su boca.

A mí me gustan los discos en directo, pero me gustan precisamente porque son muy falsos, porque están más retocados que Sara Montiel, porque tienen un simpático aroma de prostituta ajada y triste de burdel antiguo. Y me gustan también por su ingenuidad: pretender transmitir en una grabación la sutil, compleja y pagana experiencia de un concierto tiene algo de alquimista. O de feriante que vende filtros de amor.

La crisis discográfica nos está trayendo más conciertos. No como los de antes, ya apenas quedan supergrupos de estadio. El público tampoco ha crecido mucho, pero los espectáculos pequeños, más o menos íntimos, donde el sudor y el calor se concentran hasta casi asfixiar a todos, están en auge. Si los músicos quieren ganar dinero y no venden discos, no les queda más remedio que tocar. Y tocar mucho.

Un concierto es, por encima de todo, una celebración en la que se permite el desmadre. Un pequeño carnaval. Pero también es una ceremonia muy reglada con una liturgia que hay que respetar escrupulosamente. Para saltársela hay que tener mucho talento o mucho morro. O las dos cosas. El público no encaja bien que el oficiante se pase por el forro las partes y el tono del ritual pagano. A saber: un poco de retraso, un poco de tensión entre la cercanía y la distancia al público (los que pelotean demasiado a la concurrencia, cansan, y los que la ignoran, caen mal), algún discursito arengatorio bien medido, algo de participación ciudadana -¿palmas, coros, subidas al escenario? Las posibilidades son infinitas-, unos bises como dios manda y un "hasta siempre" para despedir. La música, en realidad, viene a ser lo de menos.

25/04/2008 18:47 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Música Hay 2 comentarios.

ROCK URBANO PARA RURALES

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Una vez, un entrevistador tan torpe como pagado de sí mismo quiso meter en un brete a Rodríguez Ibarra preguntándole qué le parecía que el referente cultural más conocido de la comunidad que por entonces presidía fueran unos rockeros piojosos y berreones de soez nomenclatura: Extremoduro. Rodríguez Ibarra sonrió, se recostó en la silla y dijo (cito de memoria): "Es fantástico que una comunidad tan rural y tan ligada a las tradiciones del campo tenga como embajadores unos exponentes de una cultura urbana tan juvenil. A mí me llena de orgullo que Roberto Iniesta (lo juro, se sabía el nombre del cantante de Extremoduro) haya sido capaz de influir en el rock español desde la apartada dehesa extremeña". Por supuesto, el adalid del guerrismo sólo estaba barriendo para casa con maestría de perro viejo y demagogo, pero quizá sin saberlo, estaba apuntando varias cosas muy interesantes.

En los 80, en España echó raíces un género local de nombre tautológico que no tiene igual en Europa (entre otras cosas, porque en el resto de Occidente el punk se vivió con intensidad y no hicieron falta sucedáneos): el "rock urbano". ¿Qué diablos es eso? ¿Puede el rock no ser urbano? ¿No es, de hecho, el folclore de las ciudades? Con esa lerda redundancia se agrupaba a los cultivadores de un estilo postpunk inventado en buena medida por Rosendo Mercado en Leño y caracterizado por su crudeza, su guitarreo desaliñado, su absoluta falta de academicismo o corrección y su marcado sesgo social (y, a veces, político) en las letras. Es decir: para oídos sensibles, basura sonora. Para los analfabetos funcionales como yo, una maravilla. Un disco de Barricada lo definía bien: Pasión por el ruido.

El desafortunado adjetivo "urbano" se refiere más bien a su carácter "de barrio" y obrero. Es música de futbolín, de jarra de cerveza y porro vespertino. Extremoduro -que vuelve ahora con un disco- se subió al carro en los 90 y, desde mi punto de vista, transformó completamente sus esquemas (insisto, los melómanos me van a tomar por un irritante loco inculto, pero les recomiendo que no sigan leyendo si no quieren hacer mala sangre con mis teorías peregrinas). Y lo hizo, efectivamente, desde la rural dehesa extremeña. Paradoja: rock urbano hecho por rurales.

Últimamente me he convencido de que el rock urbano es en realidad un rock genuinamente rural. De hecho, gusta mucho en los pueblos. ¿Y por qué? Porque es un rock compuesto (¿compuesto?) en las ciudades, sí, pero por hijos recientes del éxodo del campo. Es la banda sonora de una juventud que todavía tiene lazos muy fuertes con sus pueblos y que crece en unas casas donde el pasado campesino está mitificado porque es el único anclaje identitario y reconfortante posible en una ciudad hostil y bronca. El rock urbano es la música de los hijos de los primeros obreros, y su brutalidad y su espíritu primario remiten a la era. Mirad esta estrofa de Este Madrid, himno de Leño:

Lo que falta es un buen bidón
de aire puro y natural
y de cerveza,
de cocido y de salchichón.
Leña seca y carbón,
una menda y un colchón.

Es un grito inadaptado, antimovida madrileña, de chavales de barrio perdidos en la urbe que sólo abandonan su anonimato cuando vuelven al pueblo en verano. À la recherche du temps perdu, pero sin nostalgias.

Por eso, la sensibilidad hiperrural de Extremoduro tenía que encajar bien en esos esquemas, aunque su irrupción fuera muy tardía en el movimiento. De ahí viene (aunque no del todo) su capacidad para convertirse en la música de parte de una generación, la parte más antirretórica y la menos deslumbrada por los faroles minimalistas del pop.

Yo descubrí muy tarde a Roberto Iniesta y a Extremoduro, y no entiendo su alianza con unos tipos tan ramplones y anodinos como Platero y Tú. Como buen chaval de barrio izquierdoso (aunque sin un pasado rural), crecí entre los rugidos del Drogas y los ripios de Rosendo, pero el rollo de Extremoduro no me iba, no conectaba conmigo. Hasta que, algo más mayorcito, tropecé con Agila y con Deltoya y me dio un subidón. La energía desgarrada y brutísima de Roberto Iniesta, su talento cazurro, sin pulir, más salvaje que el más salvaje Camarón, me llegaron muy dentro. No me importa confesarlo. Entiendo perfectamente al protagonista de La flaqueza del bolchevique cuando hace que su rabia fluya a través de las canciones de Extremoduro en la radio del coche, y creo que Jesucristo García hace todavía más grande la película Barrio.

Tuvo momentos grandiosos el enorme Robe. Momentos llenos de semen, mechones enredados, jeringuillas tiradas en una baldosa, pelotillas de mierda de cabra y cerveza rancia formando charcos en el suelo. Si hay algún melómano o un tipo sensato que esté todavía leyendo a estas alturas del texto, que no se moleste en entender lo que intento decir. Esto es una cosa de tripas. De tripas retorcidas. De isleros, de shirleros y de ladrones. De gente que berrea estrofas como estas:

Afuera de mi casa tengo flores,
sembradas en el campo
como a ellas les gusta estar.
Enciendo muy temprano los motores,
me pongo muy contento
si la voy a visitar.

Lo dicho, rock urbano para rurales. O al revés.

26/04/2008 22:08 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Música Hay 13 comentarios.

OREGÓN TELEVISIÓN

Han tardado en encontrar su hueco, después de probar la fórmula del late night, pero al fin se les ve cómodos y en un programa que merece la pena. La gente de Lobomedia produce Oregón Televisión (que la autonómica redifunde de madrugada, por suerte para mí). Solo con este espacio ya considero bien invertido el dinero de todos que cuesta el ente utonómico.

Para los que no lo veais, y sobre todo para los que vivís fuera de esta extraña tierra, os cuento que Oregón Televisión es una parodia de los programas tipo España Directo. Los sketches son las conexiones de los reporteros, y cada uno de ellos dibuja una escena más o menos afortunada de la realidad aragonesa (u oregonesa, más bien). Tiene momentos tronchantes, especialmente para los que tenemos que lidiar día tras día con la pocas veces grata actualidad regional. Si alguien ha sabido captar el alma de lo oregonés y pasarlo por los espejos del callejón del Gato (o por los del laberinto de los espejos del parque de atracciones de Zaragoza, que sería más propio) han sido ellos. Chapeau.

Ahí van tres fogonazos en vídeo. La muerte y las madejas:

 

La publicidad de la Expo:

 

Y una de las entregas del temible Comando Almogavar:

30/04/2008 01:46 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 2 comentarios.