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Resumen

FIRST, WE TAKE MANHATTAN...

Siento haber descuidado mis ¿obligaciones? blogueras, pero entenderán ustedes que esto del turismo es un gran invento, aunque un invento agotador. Una semana de trote por ciudades desconocidas machaca más que el trabajo por cuenta ajena cuando el contador ajeno chasquea su látigo en tu espalda. Así que los párpados y los dedos no siempre responden cuando termina el día para postear debidamente, y cuando lo hacen, no siempre hay una red wifí a mano o un sitio medianamente tranquilo donde escribir. Pero mi desidia bloguera es básicamente vacacional: estoy en un plan de hacer las cosas cuando me venga en gana. Como dicen los Babasónicos, “todo lo que pueda arreglar hoy, lo dejaré para mañana”.

Desde la última vez que me asomé al blog, hemos abandonado Turingia, hemos pasado por Dresde, en la bella y gutural Sajonia, y hemos vuelto sobre nuestros pasos para asomarnos a Leipzig, la que llaman Ciudad de los Héroes. Ahora estamos en Berlín, destino final de nuestro viaje, donde pensamos pasar unos días entre despendolados y amodorrados, intentando sincronizar nuestros metrónomos internos con los de esta ciudad.

Dos notas brevísimamente breves de Dresde y de Leipzig.

Dresde, un punto decepcionante. Todas las guías y todas las referencias que teníamos de la ciudad la ponían tan bien, que nos ha sabido a poco. Ciertamente monumental, aunque sepas que es un monumentalismo de pega, reconstruido sobre las ruinas de 1945, pero algo sosa e inane. Me transmitió más vibraciones la parte nueva y comercial, con la extraña y desaforada Praguer Strasse, donde dormíamos en un viejo hotel de aire soviético remozado, que la ciudad antigua. Tendríamos el día tonto, qué sé yo.

Leipzig es otro cantar. No es bella, pero sí extrañamente hermosa. O extrañamente atractiva. Se presenta como un preámbulo de Berlín, y en sus calles, la modernidad se empieza a desparramar con mucho más desparpajo. Se siente y se vive moderno, que no quiere decir necesariamente a la moda. Y, a la vez, se respira la historia. En ningún otro sitio de la vieja Alemania Oriental hemos visto ese sentimiento tan potente hacia lo que significó la RDA.

Tienen un estupendo museo donde te cuentan la historia de la vieja Alemania comunista, desde 1945 hasta la reunificación, y la verdad es que es un museo muy divertido y, a ratos, emocionante (hay que pedir en la entrada un folleto con la traducción al inglés de las cartelas, porque en la exposición está todo exclusivamente en alemán, y los que sólo lo hablamos en la intimidad no nos enteramos de un pijo). En algunos tramos, el museo adquiere un tono de “Cuéntame como pasó” que sintoniza muy bien con la percepción pop que se tiene hoy de aquello: hay un apartamento típico de un alemán de la RDA, con sus muebles retro, y un montón de productos de consumo que los alemanes orientales apenas podían consumir. Incluso los cacharros de espionaje de la Stasi (la policía secreta política) parecen sacados de un episodio de Superagente 86 y dan más ternura que espanto. Luego, paseando por la ciudad, encontramos una tienda dedicada exclusivamente a vender productos de la vieja RDA, para coleccionistas y fetichistas de lo retro. En este país hay verdadera fiebre consumista por todo lo comunista, y en Berlín la cosa es mucho más exagerada.

¿Veis como estoy de vacaciones y no tengo ninguna disciplina ya? He dicho que haría dos notas brevísimamente breves de Dresde y Leipzig y os he soltado un rollamen infumable. Si todavía seguís leyendo, solamente voy a decir una cosa sobre Berlín, y esta vez cumpliré mi promesa.

Antes de irnos de viaje, los telediarios y algunos periódicos nos bombardearon con informes sin fundamento y reportajes sin documentar que afirmaban tajantemente que los españoles, este año, se quedan en casa por la crisis. ¿Deberíamos quedarnos en casa por la crisis?, le pregunté a Cris. A lo mejor a la crisis le molesta que nos vayamos por el mundo a derrochar euros en fruslerías, y cuando volvamos ya no nos dirige la palabra. O nos encontramos en el buzón una severa admonición del ministro Solbes por ser tan malos españoles en tiempos de crisis. Sopesamos la cuestión y decidimos boicotear las estadísticas, pero me da que no fuimos los únicos. ¿Que los españoles no han viajado este año? ¿Pues qué hacen todos en Berlín? Juro que la cosa es exagerada. Nunca en ningún viaje nos habíamos tropezado con tantísimo español. O Halcón Viajes ha fletado vuelos en masa a un céntimo el billete o no me lo explico. Abundan más que los alemanes, por todas partes ves a españoles de cualquier edad y condición con un plano desplegado buscando con el dedo el Museo de Pérgamo o el Checkpoint Charlie. Lo prometo, es algo escandaloso, los berlineses se deben de creer que les han invadido los hijos de los emigrantes de los 60, en una especie de cruel revancha.

La crisis se va a poner de una hostia cuando descubra que nadie le ha guardado la ausencia estas vacaciones…

Otro día hablo más y mejor de esta maravillosa ciudad.

01/08/2008 10:48 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

... THEN WE TAKE BERLIN

Franco y el franquismo odiaban Madrid. Después de 1939, los más duros del régimen plantearon al Caudillo que la capital de la Nueva España no podía estar en aquel nido pestilente de rojos. El Madrid liberal, republicano y socialista, el Madrid de la generación del 27 sólo merecía un escarmiento severo. Se plantearon reformas urbanísticas para acabar con ese Madrid anterior a 1939 que cambiaran de arriba abajo la fisonomía de la ciudad. Por suerte, Franco no tenía ni un clavel después de la guerra, y sus intervenciones en la ciudad fueron mucho más modestas de lo que los fascistas exaltados pretendían. El Arco de la Victoria que se puede ver en Moncloa es el resto más destacado de ese vano intento por destruir el viejo Madrid.

Si Franco consideró Madrid “territorio enemigo”, Hitler hizo lo propio con Berlín. Son curiosos los paralelismos. Hitler odiaba Berlín, que para él representaba la “Antialemania” (¿suena de algo?). Berlín era Babel. Una ciudad salvaje llena de comunistas, judíos y homosexuales, donde los cabarets marcaban el ritmo de la vida. Era la ciudad de Marlene Dietrich, de Bertolt Brecht, de Fritz Lang, de Von Stenberg. Eran las sugerentes notas de El ángel azul, los turbios movimientos de Makie Navaja y los cantos borrachos de Alexanderplatz. Nada que ver con la pura y digna Baviera, nada que ver con la idílica imagen de la sana y aria Alemania rural que el nazismo venía a glorificar. Por eso, Hitler también quiso destruir Berlín. Una exposición que se puede ver estos días en el Memorial del Holocausto enseña al detalle el megalómano proyecto del arquitecto Albert Speer para destruir la vieja, loca y bohemia Berlín y transformarla en Germania, la capital del III Reich.

A Hitler también le faltó parné para llevar a cabo su proyecto, pero lo que no llegó a hacer él lo hicieron los bombardeos aliados y la ocupación soviética. El viejo Berlín de las sombras expresionistas y el cabaret abierto hasta el amanecer se marchitó entre bloqueos, muros y guerras frías que en las calles de la ciudad se calentaban hasta casi arder. Desde 1933 hasta 1989 transcurrieron las décadas del horror en las que sólo unos cuantos punkies y okupas, y ya en los años 80, se preocupaban en el lado oeste de mantener vivo el espíritu libre de la ciudad (un espíritu tan libre que hasta su universidad se llama Universidad Libre de Berlín).

De 1933 a 1989 van muchos años. Suficientes para cercenar para siempre una civilización entera. Pero a Berlín no la han doblegado. Hoy, casi veinte años después de la caída del muro, Berlín aparece igual de salvaje y libre que en los años 20. Berlín es una gran fiesta, un jolgorio maravilloso e imparable que demuestra que el espíritu de las grandes ciudades con carácter puede sobrevivir a casi todo.
Mucho más moderna y vibrante que París y mucho menos pretenciosa que Londres, Berlín me está pareciendo la gran capital europea. El lugar donde se vive con más intensidad y más placer, donde las poses no son impuestas y donde realmente el disfrute ciudadano se antepone a cualquier otra consideración. Los berlineses las han pasado muy putas, tienen que bregar con un pasado reciente muy chungo que todavía aflora en muchas esquinas y lo único que quieren es vivir y dejar vivir.

No paramos. Estamos todo el día de acá para allá. Nuestro hotel ocupa un viejo edificio señorial del Berlín oriental abandonado por los comunistas y reconstruido ahora con un gusto maravilloso. El Berlín Este marca la pauta, ya que los bares, restaurantes, tiendas y galerías de arte más modernas se trasladaron en los 90 a este lado de la ciudad atraídos por los bajos precios de los alquileres. El viejo oeste ha perdido parte de su fuerza y de su encanto y se adormece aburguesado entre los aromas florales del Tiergarten. Berlín vibra y nosotros vibramos con ella. No sé cómo he tardado tanto tiempo en descubrir esta ciudad cabaretera y descontrolada, tan camaleónica y tan constante, tan calma y tan desquiciada, tan ácrata y tan ferozmente capitalista. El hoy del mundo se arremolina en sus calles mucho más que en cualquier otra ciudad europea y nosotros no nos habíamos enterado hasta hoy. Cuánto tiempo hemos perdido.

04/08/2008 00:44 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 3 comentarios.

SIN RESPONSABILIDAD

De vuelta y revuelta a este torrido país. Paseamos por Barcelona, nos metemos entre pecho y espalda un arroz a banda de los que no saben hacer en Alemania y nos quedamos tan panchos. Yo voy feliz: me he embutido en unas floridas bermudas sin bolsillos y ando por la calle indocumentado. No llevo cartera, ni llaves, ni monedacas. Todo lo que me reviste de dignidad ciudadana se lo he endosado al bolso de Cris. Le he dicho: "Hoy, tú eres yo. Toma mi DNI, mi Visa y mi disfraz de contribuyente honrado". Y yo me he puesto a caminar libre por la Rambla de Cataluña, entre tiendas pijas en las que no podía comprar nada. Administrativamente desnudo, económicamente insolvente, como un vagabundo de Brecht. Qué felicidad, qué descanso. Caminar sin nombre ni apellidos ni llaves de un domicilio fiscal al que volver de madrugada. Miro las vallas publicitarias y les hago burla con la lengua, porque esa publicidad no puede nada contra mí. Sin tarjetas de crédito y sin monedas para el autobús soy un peatón invisible para el mundo. No soy un consumidor, sólo puedo consumirme a mí mismo. Me calzo las bermudas y desaparezco, como el gourmet suizo ese que se largó de El Bulli sin soltar la panoja y todos creían que se había perdido. Qué gustazo.

Aprovecho mis nuevos superpoderes para despreocuparme de todas las pequeñas miserias que llenan nuestros días, incluso de vacaciones, y me quedo en Babia, que es el mejor sitio para quedarse. Y allí pienso en el amor, pero no en abstracto. Pienso en los grandes ligones que la literatura ha dado, en la envidia que dan esos cabrones de ficción que dejan nuestros esfuerzos seductores a la altura del betún. Pienso en Hans Castorp, el más increíble -y, por ello, más conmovedor- de los ligones que la historia de la literatura ha dado.

Hans Castorp, tímido, servicial, rígido, conservador y algo imbécil a ratos, se pasa unas 500 páginas de La montaña mágica (la mitad del libraco más o menos) mirando de lejos a la bella Madame Chauchat, una dama rusa casada con un hombre de apellido francés. Pasa capítulos y capítulos buscando desde lejos el contacto con sus exóticos ojos oblícuos y estremeciéndose con la sensualidad sobrenatural de sus brazos desnudos cuando ella se pone algún vestido veraniego. Filosofa sobre su piel, estudia anatomía para aprender ese cuerpo que ama en la distancia, se obsesiona, alcahuetea con una vieja institutriz que le pasa informes sobre la vida privada de Madame Chauchat: qué visitas recibe en la habitación, la extraña y laxa relación que le une a un marido lejano que habita en Daguestán, donde quiera que esté eso, los encuentros que mantiene con el doctor Behrens... Retorcido, enfermizamente enfermo, febril, va cosiendo maniáticamente la tela de araña de su obsesión, pero sin cruzar una sola palabra con ella.

Así lo mantiene Thomas Mann durante medio libro, con un genial sadismo de novelista, sometiendo a su personaje a un maltrato cruel e insoportable. Hasta que, con la misma brillantez (en Thomas Mann la palabra brillante se queda siempre corta), se produce el encuentro. La conversación se desata en francés, como corresponde a dos extranjeros cultos de la buena sociedad de la época, y Thomas Mann la escribe en ese idioma. Pero Madame Chauchat entiende el alemán, y varias veces pide a Hans Castorp que se exprese en su lengua natal, a lo que el joven Castorp se niega en redondo, y le dice:

-Moi, tu le remarques bien, je ne parle guère le français. Pourtant, avec toi je prefère cette langue à la mienne, car pour moi, parler français c’est parler en quelque maniere sans responsabilité, ou comme nous parlons en rêve. Tu comprends?

Es decir, traducido a mi torpe y sucio castellano:

-Yo, ya te has dado cuenta, no hablo a menudo el francés. Por tanto, contigo prefiero esta lengua a la mía, ya que, para mí, hablar francés es hablar, en cierta forma, sin responsabilidad, o como decimos, en sueños. ¿Comprendes?

Toma ya, Hans Castorp. ¿Cómo seguir con la lectura después de eso? ¿Cómo mantener el libro entre las manos después de ver que el personaje ha crecido tanto que se ha salido de las páginas y ha ocupado el edificio entero con su grandeza? Esto hay que leerlo al aire libre, para que la enormidad de la frase de Hans Castorp no nos aplaste y pueda volar libre y bien alta. Si cogiésemos a todos los compositores de la historia del pop, les metiéramos en una máquina para sacar la síntesis, la nata, lo mejor de cada uno de ellos, y utilizáramos ese extracto para componer la mejor canción de amor de la historia, el resultado sería un bodrio insulso y resabiado al lado de esa genialidad de Castorp. Y lo mismo pasaría si metiéramos en la máquina a todos los guionistas de la historia del cine, incluso a ese que escribió aquello de: "Si es diciembre del 41 en Casablanca, ¿qué hora es ahora en Nueva York?".

Aviso para futuros erasmus y para ligones de bellas guiris en el litoral ibérico: no intenten hacer este truco en casa, los resultados pueden ser desastrosos. A Hans Castorp le quedó sublime, pero en un chiringuito gaditano o en un bar de Bruselas a las dos de la mañana la frase puede sonar espantosa. Aprendices de ligones del mundo, inspírense en Hans Castorp, pero no le imiten. Hace falta mucho talento para que una imitación funcione.

Yo sigo caminando con mis bermudas, indocumentado, y me siento un poco como Hans Castorp cuando se dirige en francés a Madame Chauchat: sin responsabilidades, como en un sueño. Estoy tentado de utilizar mi nueva condición con ánimo seductor, y me vuelvo a mi Madame Chauchat particular, que sigue guardando en su bolso los atributos de la vida burguesa que he abandonado momentáneamente. Estoy a punto de lanzarme en picado con una maniobra que derrita el corazón de Madame Chauchat, pero entonces me doy cuenta de que llevo unas bermudas floreadas y una camiseta vieja. Nada de lo que salga de mi boca puede sonar creíble. Así que reculo a tiempo y hago alguna broma escatológica, mucho más apropiada para mi condición. Sin que me vea, suspiro y lamento mi facha de guiri despreocupado. Por la noche, me vestiré para matar (lo dice una canción de Thin Lizzy: "Friday night, dressed to kill"), pero entonces volveré a llevar mi DNI y las llaves de casa en el bolsillo, y no podré fingir que hablo sin preocupaciones, sin responsabilidad, sin nombre, sin profesión y sin número de identificación fiscal.

08/08/2008 14:34 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Intrascendencias No hay comentarios. Comentar.

EN TEMAS DE ZOOFILIA

Lo siento, tengo que compartir esta información con el mundo: según las estadísticas que me sirve Blogia, alguien ha entrado en este blog tras realizar las siguiente búsqueda en Google: "En temas de zoofilia es peligroso follar con perros bravos de raza". No sé qué me fascina más, que alguien busque técnicas para hincársela a su pitbull o que yo haya escrito algo que pueda serle de utilidad a un individuo así. A veces, me doy miedo.

09/08/2008 02:01 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

¿DÓNDE VAS, TUNANTE?

Nos vamos a la Expo, a ver a Björk y cía. Asín de modernos y tontunos somos. Pero una duda corroe nuestra alma vanguardista: ¿conocerá Björk este clásico del humor chanante que toda la muchachada asocia ya impepinablemente a la prota de Bailar en la oscuridad? Think about it.

 

10/08/2008 19:16 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Música Hay 1 comentario.

PINITOS CATÓDICOS

Mañana martes, a las 10 de la mañana, servidor se estrena como tertuliano barbado en el espacio informativo Amanece en la Expo, que dirige y presenta Pilar Estopiñá cada día desde Ranillas. Sólo para la gente de Zaragoza, pues es en la cadena ZTV. Espero decir pocas idioteces, que yo, como buen trasnochador, a esas horas todavía no me he bebido el café, y que me saquen el perfil bueno.

11/08/2008 12:55 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

EXPORTAR MIERDA

Horror, pavor, terror. Lean este repor veraniego de El País y échense a temblar. ¡Las series españolas se exportan al mundo! ¿Por qué? ¿No dejó claro Lenin que los trapos sucios se lavan en casa y sin miradas indiscretas? Un poco de centralismo democrático, por favor. O un poquito de pudor, si acaso. Como si no hubiera cosas buenas producidas en España para exportar, desde el jamón de Guijuelo hasta el gazpacho, que vuelve locos a los alemanes (demostración incuestionable de la superior inteligencia alemana). Que suframos nosotros a Willi Toledo, pase. Al fin y al cabo, es un monstruo crecido aquí y habrá que cargar con él. ¿Pero qué culpa tendrán los lituanos, que viven tan a gusto sin que Milikito y Globomedia vayan a joderles la siesta?

En La silla de Fernando, de David Trueba y Luis Alegre, Fernando Fernán-Gómez habla con lucidez y un desparpajo creo que nunca visto en él, sobre el cine español, y dice más o menos esto (cito de memoria): "A los españoles nos tiene que gustar mucho el cine. Pero muchísimo, porque mira que llevamos años y años empeñándonos en hacerlo y, hasta hoy, ni siquiera hemos logrado crear un estándar. No ya hacer cine bueno, que sería mucho pedir, si no ni tan siquiera un estándar, un canon al que agarrarse. Si insistimos tanto sin obtener resultados tiene que ser porque el cine nos gusta una barbaridad, porque si no, ya habríamos dejado de intentarlo". No puedo estar más de acuerdo. El cine español es para echarse a llorar, pero es ambrosía pura, perfección platónica y cumbre parnasiana al lado de la tele española. No es que las series españolas den vergüenza ajena, que la dan, es que despiertan instintos homicidas en un espectador medianamente sensible. Salvo escasísimas y, por ello, honrosísimas excepciones, van más allá del insulto al público: directamente, defecan en él. Argumentos mal copiados y mal plagiados de series americanas buenas que destrozan, guiones insulsos sin gracia ni pizca de chispa, actores inverosímiles que ni siquiera saben vocalizar y puestas en escena cutrelux con amueblado de Ikea y luces diáfanas que hacen daño a la vista. ¿Eso es exportable? Si hubiera algo de justicia en el mundo, eso ni siquiera llegaría a grabarse, al no alcanzar los mínimos de profesionalidad que se le deberían suponer a un producto audiovisual.

¿Que arrasan? ¿Que la gente las ve? ¿Que mil millones de moscas no pueden estar equivocadas? Pos bueno, pos fale, pos malegro. A lo mejor triunfan por falta de alternativas, por la tendencia enfermiza a la imitación, por la pereza y la desidia de quienes las hacen. La Sexta promociona sus series superpremiadas y alabadas por la crítica y por los poquitos y pertinaces espectadores que, pese a las dificultades, las seguimos, pero luego programa esas series de tanto "prestigio" a las dos de la madrugada. Eso se llama predicar con el ejemplo. Hay buena tele, y buena tele que funciona, que sabe llegar a la audiencia y que marca estándares de calidad progresivamente más elevados. No en este país, está claro, pero existe. Que la mierda española se extienda por el mundo no es una buena noticia para nadie, salvo para los cagones y para los fontaneros.

12/08/2008 02:00 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 1 comentario.

AMOR DE MADRE

En vacaciones leo la prensa al por menor. Es decir, paso de los titulares gordacos y husmeo en los huequecillos de relleno. Vamos, igual que hago en la vida misma. Hoy me he encontrado con esta minúscula carta al director en El País con un primer párrafo que no puedo resistirme a comentar:

Conversaba apasionadamente -discutía- con mi hijo de 30 años (filósofo, cantante, enamorado de los animales, contradictorio, vital) y, después de muchos recíprocos plantes amistosos, le espeté: "Pues yo creo que EL PAÍS es un milagro". Aunque jamás se da por vencido, la contundencia de este argumento lo silenció unos segundos.

Ay, el amor de madre, cuántas desgracias ha provocado su exceso de celo. Miren al Magistral de La Regenta, a Norman Bates, a Javier Bardem, al emperador Octavio, a Ramón García el de las campanadas de Nochevieja, qué sé yo. Esos senos que estrujan y oprimen más allá de la lactancia, ese darwinismo radical, esa forma de luchar a muerte por los huevos, aunque estos no sean más que cáscaras y los polluelos, unos pajarracos. Me encanta.

Me imagino al hijo de 30 años de esta carta yendo a una entrevista de trabajo para buscarse un curre este verano. Empieza hablando el de recursos humanos, hojeando el currículum:

-Bien, muy bien... Entonces, usted es...
-Uy, no sabría decirle. Soy más poliédrico que polifacético, pero así, a botepronto, diría que básicamente soy filósofo, cantante, enamorado de los animales, contradictorio y vital. Así me define mi madre.
-Ajá. ¿Vital es con uve o con be? Bueno, déjelo, pondré "de perfil entusiasta". Así que estudió filosofía.
-Algo así. En la universidad de la calle.
-Sí, me han hablado de ella. ¿Es del Opus, no? Salí una vez con una chica de esa universidad. Bueno, más que salir fue un acto de compraventa de... Ejem, dejémoslo. ¿Experiencia en el extranjero?
-Me hice un erasmus en Francia.
-Interesante. ¿Así que vous parlez français?
-Poj claro. Y también practiqué mucho el griego allí de erasmus. Ya le he dicho que soy contradictorio y vital.
-¿Y por qué quiere trabajar como paseador de perros en nuestra empresa?
-Porque soy un amante de los animales y creo que sirvo para el puesto.
-Pero usted no da el perfil clásico. En fin, nuestros aspirantes suelen tener 15 años y mucho acné.
-Ya, pero es que hace mucho calor en casa, y estar todo el día hablando de El País con mi madre me da un poco de pampurrias ya. Y como la orquesta donde cantaba ha decidido prescindir de mis servicios y se ha ido de fiestas de pueblos con una cantante buenorra que enseñaba cacha y hacía subir el caché, pues he decidido ganar algo de dinerillo hasta que empiecen los castings de Operación Triunfo a los que pienso presentarme. Ya le he dicho que una de mis facetas es ser cantante.
-¿Y con su edad no aspira a un empleo mejor remunerado? Porque si, como veo, vive con sus padres, deseará independizarse pronto.
-¿Independizarme? ¿Es que usted no lee los periódicos? ¿No sabe nada del mileurismo, de la burbuja inmobiliaria y de la crisis económica que nos estrangula a todos? No estoy yo para embolaos ahora, no me joda (note cómo domino el lenguaje de la calle, que aprendí en la universidad, creo que puedo utilizar este talento mío en el trabajo al que aspiro). Además, con mi madre estoy muy bien. Conversamos apasionadamente sobre el crucigrama de El País a diario. El problema es con mi padre, que no me entiende. Él no es un amante de los animales, como yo. Él sólo los ama si salen de un horno con salsa alioli. Bueno, entiéndame, yo también les profeso amor de esa forma, sobre todo cuando la que los mete en el horno es mi madre: ese cochifrito es un desayuno cojonudo cuando me levanto los domingos a las cuatro de la tarde, pero también me gustan los animales vivos. Y eso mi padre no lo entiende. Tenemos diferencias insalvables.
-Por eso decía que a lo mejor le viene a usted bien vivir su vida. Sinceramente, no creo que este trabajo sea para usted.
-No, quite, quite. Con mi padre discuto lo normal, pero ya le calla la boca mi madre. No se apure, que lo tengo controlado. Si me lo monto bien, con mis dotes de filósofo, cantante, enamorado de los animales, contradictorio y vital, aguanto diez o quince añitos sin despeinarme. Pero me vendrían muy bien las propinillas de pasear perros, que mi padre ha dicho que para porros ya no me da un euro más, y esta vez iba en serio.
-En fin, va en contra de la política de la empresa, pero yo no sé negarle nada a un filósofo, cantante, amante de los animales, contradictorio y vital. El puesto es suyo. Venga mañana equipado con unas bolsas para recoger caca. Tamaño industrial, que los San Bernardo dejan truños del tamaño de un niño de diez años.
-No le fallaré, caballero.

CUENTOS CERVECEROS

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Apenas hay referencias cerveceras literarias o cinematográficas. Hay toda una cultura de cócteles y una reata de personajes que beben una marca o un combinado concreto que señala su personalidad (el propio Pérez-Reverte subraya mucho, con obviedad machacona, que el prota de La carta esférica bebe ginebra azul, símbolo de su añoranza por la vida marina), pero apenas hay cerveza. Por eso, como cervezófilo que soy, me fijo mucho en los contadísimos lugares en los que aparece.

Siento mencionar de nuevo La montaña mágica, pero en la obra maestra de Thomas Mann hay dos claves cerveceras. El prota, Hans Castorp, acompaña todos los días su almuerzo, casi en ayunas, con un gran vaso de cerveza porter, que un médico le recetó como reconstituyente. Le da fortaleza, su sabor le atrapa y le hace sentir bien. En el sanatorio de Suiza no hay porter (que es una especialidad que sólo se produce en el Reino Unido y en algunos lugares de Alemania), pero le ofrecen igualmente un vaso de una cerveza oscura producida en el valle que se parece bastante. Al principio, le agrada, pero, poco a poco, los efectos beneficiosos van retirándose y, finalmente, acaba prescindiendo de su gran vaso de cerveza diario. Cuando se produce la renuncia, el personaje ha cambiado, se ha convertido en otra persona. Al mismo tiempo, un interno del sanatorio es un maestro cervecero alemán, un personaje secundario que Mann dibuja a trazos gruesos, pero que los personajes principales tratan con desprecio: se le achaca ignorancia, prepotencia y chauvinismo rural y paleto. La cerveza y su mundo están vinculados en Mann a la tierra, al cuerpo y a los placeres primarios, y no tienen cabida en los espíritus elevados o que ansían elevarse.

En Terciopelo azul, la peli de David Lynch, la cerveza es muy importante. El protagonista bueno, Jeffrey (cuyo actor será luego el agente Cooper de Twin Peaks, un personaje que puede considerarse esbozado en el Jeffrey de Terciopelo azul), bebe Heineken, y comparte su gusto por esa marca con la chica buena y rubia (hay otra que es mala y morena, como corresponde), Sandy. Heineken es una cerveza de importación, lo que en Estados Unidos indica ya de entrada un gusto algo esnob. Además, es una cerveza de sabor muy suave, con muy poco cuerpo y baja en contenido alcohólico, por lo que Lynch nos está diciendo que Jeffrey es un tipo algo afeminado y de poco fiar (es uno de los muchos puntos ambiguos de su personalidad). El padre de Sandy, que también es bueno, pero, como policía, es un macho íntegro y sin fisuras, bebe Budweiser, o Bud, como se le llama en Estados Unidos. La Bud es una cerveza nacional, una pilsner de origen checo adaptada al gusto proletario: fuerte, pero sin matices refinados, con más alcohol y un regusto más definido. Es una cerveza para tíos con los pantalones bien puestos, pero honrados: americanos patriotas sin doblez, con los que puedes contar en caso de apuro. Sin embargo, el malo maloso de la peli, Frank (interpretado por un Dennis Hopper pasado de rosca), bebe una cerveza de fantasía, de nombre inventado, pero que suena mucho más fuerte que la Bud. Una cerveza para tíos duros al margen de la ley, para inadaptados y para personajes tan borrosos y fantasiosos como la propia marca. Porque, como la cerveza de ficción que bebe, Frank es el personaje límite de Terciopelo azul, el que se acerca más a la irrealidad, el que se difumina en bordes oníricos.

Pero donde la mistificación de la cerveza alcanza su cumbre es en tres series de dibujos animados: Los Simpson, Padre de Familia y Futurama.

Todos sabemos que Homer Simpson bebe cerveza Duff, trasunto de la proletaria y real Bud. En Springfield no se bebe otra marca, pero fuera de Springfield, las cosas cambian. En un viaje que hace al sur de Estados Unidos, Homer descubre que allí beben otra marca y que consideran que la Duff es basura. El descubrimiento le contraría y le abre nuevos mundos, y acaba enamorándose de una cantante country a la que produce un disco. Salirse de su marca de cerveza conocida, de la seguridad del hogar, le trae a Homer disgustos. Hay muchos capítulos cerveceros en Los Simpson: cuando visitan la fábrica Duff, cuando se impone la ley seca y Homer se convierte en el Barón de la Birra... Thomas Mann aprobaría los guiones de Los Simpson donde la cerveza es símbolo de garrulismo y lerdez.

Padre de familia sigue la línea de Los Simpson (en esto y en todo), y se inventa también su propia marca de cerveza: Pawtacket Pat (el Pat es de Patriot). Como la Duff, también recuerda a la clásica Bud . "¡Bebamos hasta que no podamos sentir ni un sentimiento!", grita Peter, que bebe Pawtacket Pat como Homer bebe Duff, y lo hace en La Almeja Borracha, como Homer lo hace en Moe’s. De hecho, Peter acaba trabajando en la fábrica de cerveza, pero en la parte administrativa, porque como no puede controlar su problema con la bebida, le quitan de la planta de producción. El episodio cervecero por antonomasia es cuando visitan la vieja fábrica de Pawtacket Pat (antes de que Peter trabaje en ella): una parodia muy cabrona de Charlie y la fábrica de chocolate.

En ambas series, la cerveza es sinónimo de aborregamiento y borrachera contínua. En su cosmovisión, la cerveza es tan nociva como la tele o las armas de fuego y fomenta la garrulez y las posturas políticas conservadoras. Por eso hablo de mistificación de la cerveza, porque se le echan encima las culpas de algo que no es asunto suyo: la cerveza tiene una cultura tan rica como la del vino, y bastante más antigua. Que a los amantes de la cerveza se nos asimile a borregos destripaterrones es una lástima. Tan borrachuzos como nosotros son los amantes del vino (bebida a la que también me apunto) y nadie les señala con el dedo. No digo que seamos más dignos, pero me jode que haya borrachos de primera y de segunda clase, sólo porque la cerveza sea una bebida mucho más popular. ¡Hics!

Sin embargo, Futurama, que nació del mismo cerebro que Los Simpson, añade matices a este axioma.

Hay un capítulo genial de Futurama en el que Fry, Bender y Leela deciden fabricar cerveza casera. En Estados Unidos, en el Reino Unido y en Bélgica esto es un pasatiempo bastante extendido: se pueden comprar "kits cerveceros", con la levadura y la malta en dosis ya preparadas, y en una cocina normal cualquiera puede elaborar con ellos una pequeña cantidad de cerveza casera (25 o 50 litros como mucho), dándole un toque personal y experimentando con técnicas de maestro cervecero. En Futurama aprovechan esa popular afición para armar un capítulo muy divertido donde son muy fieles al proceso real de producción de cerveza. El robot Bender se ofrece como cuba de fermentación, y en su carcasa va madurando el producto hasta que está listo. La gracia consiste en que, como la cerveza fermenta con levadura, Bender dice: "¿Levadura? ¡Oh, voy a tener un ser vivo creciendo en mi interior!". Y a partir de ese momento, la elaboración de la cerveza se vive como un embarazo, durante el cual Bender engorda como si estuviera preñado de verdad. La extracción de la cerveza se narra como un parto.

En fin, seguro que hay muchos más ejemplos. Las pelis de irlandeses dan mucho juego: vean El hombre tranquilo, por ejemplo, y aprecien con qué mimo se tiran las pintas de cerveza stout en el pub. En literatura no se me ocurren muchas más referencias, la verdad, pero agradecería que compartiérais aquí las que vosotros conocéis.

14/08/2008 19:28 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 8 comentarios.

JODER CON LA CRISIS

La hecatombe, muchachos. Vayan agarrándose a los machos, cierren puertas y ventanas, desconfíen hasta del lechero. Como decía un amigo mío (en una broma que se repetía mil veces en todo encuentro social al que acudíamos): si alguien llama a tu puerta diciendo que quiere chuparte la polla, ¡no le abras! ¡Lo que realmente quiere es chuparte la polla! (ya ven en qué niveles se mueve nuestro humor).

Pues eso: si Solbes o el señor Euribor llaman a tu puerta diciendo que quieren chuparte la polla, ¡no les abras!

Que si la cosa está chunga, que si vamos pa el pozo, que si patatín, que si patatán. Los medios no hacemos más que inventarnos reportajes para avalar el pánico colectivo que tenemos que sentir. La crisis, la dichosa crisis, en boca de todos. Y yo me pregunto: ¿es para tanto la cosa? ¿De verdad la gente se ha quedado este año en su casa acoquinada y agarrada a los pocos ahorrillos que han rescatado de la voracidad hipotecaria?

Reportajes que han ido saliendo este verano:

  • El gremio de hosteleros se queja de lo mal que van las cosas. ¿Y cuándo ha salido el gremio de hosteleros bailando una sardana y pidiendo a la gente que no salga a cenar por ahí, que no dan abasto, que por este año ya han ganado suficiente dinero y que sus clientes deberían dedicarlo mejor a ayudar a los refugiados de Darfur? Cada vez que se pregunta al gremio de hosteleros, la respuesta es siempre plañidera. Normal. También he de decir que este sábado, 16 de agosto, cuando quise invitar a mi chica a un buen homenaje gastronómico con motivo de mi cumpleaños, por poco no encuentro sitio. Y no porque los restaurantes de alto postín estuvieran echando el cierre, sino porque no tenían mesas libres. Joder con la crisis.
  • Los españoles no viajan al extranjero. Serán los becarios de prácticas que se quedan haciendo los periódicos en verano, porque, que yo sepa, el que no corre, vuela. De mi entorno, quien más, quien menos, se ha pirado a más de 1.000 kilómetros de distancia. Algunos, a 12.000 incluso, y en todos los destinos, por exóticos, caros y disparatados que fueran, han encontrado a españoles mil, gastando a manos llenas ese dinero que al parecer no tienen.
  • La gente consume marcas blancas y prescinde de lujos al hacer la compra. Sí, claro, por eso el otro día en el supermercado de El Corte Inglés había hostias para pagar en caja. Y recuerdo a todo el mundo que los precios y los productos de ese supermercado no son precisamente los del Dia. 
  • Diez mil pequeños comercios han cerrado debido a la crisis. En fin, no sé, puede que sea cierto que diez mil comercios hayan cerrado, pero no sé si debido a la crisis o porque tocaba cerrar. Ahí faltan datos: ¿cuántos comercios han abierto sus puertas en ese mismo período? Si sólo damos el parte de defunciones y omitimos los nacimientos y los empadronamientos podemos dar la sensación de que nuestras ciudades se van a pique y que una epidemia de peste nos machaca.

A ver, que no dudo de los datos, que no dudo que el PIB se esté yendo al pedo, que el paro empiece a engordar y que la inflación nos toque los genitales en un tiempo, pero, hoy por hoy, y por mucho que en los medios de comunicación nos empeñemos, la crisis apenas se nota a pie de calle. La notarán en los dos extremos de la cuerda: el de los ricachos del ladrillazo y el de los inmigrantes (des)empleados en la construcción y en los eslabones más débiles del mércado esclavista laboral, pero dudo mucho que esté azotando ahora mismo de manera sensible y directa a las clases medias. No hay desempleo masivo ni inflación galopante, y si un señor tiene el mismo trabajo que el año pasado, con el mismo sueldo, vivirá igual de bien o de mal que vivía el año pasado, y viajará y cenará por ahí con la misma alegría que entonces, cuando España era Jauja. Vean la Expo sin ir más lejos: todo el mundo protesta por los precios abusivos de los restaurantes, pero no hay forma de encontrar mesa en ninguno, están a tope mañana, tarde y noche. No confundamos: que los bancos aprieten las tuercas con las hipotecas e impidan a los jóvenes comprar una vivienda no es sentir los efectos una crisis, de la misma forma que el reventón de una tubería en la calle no es un tsunami. Seamos serios.

Pero la crisis ha saltado en verano, y en este verano, salvo unos rusos pegando tiros en pueblos que nadie sitúa en un mapa, no hay noticias. Es el agosto más seco informativamente que he vivido en años. Y hay que llenar páginas y minutos de tele, hijos míos. Así que tiramos de la serpiente veraniega, que este año viene espesita y sin sustancia. A ver si se produce un asesinato gordo y truculento en algún pueblo de la España profunda y cambiamos de canción, que esta suena más mentirosa que un bolero.

MÁS ANCAS DE RANILLAS

He retomado el blog de Heraldo de Aragón sobre la Expo, Ancas de Ranillas. Hay nuevos posts que podéis leer pinchando aquí. También sigo yendo a las tertulias mañaneras de ZTV (qué madrugones, por dios). Hoy nos han hecho afotos. Cuando me las manden, las colgaré para que veais la cara tontuna que se le pone a uno en un plató de la tele.

20/08/2008 21:28 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

UN VICIO REPUGNANTE

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Tengo eso que antes se llamaba un vicio y que ahora se llama meapilísticamente adicción (es curioso que prefiera de lejos la sonoridad rezumante y sugestiva de "vicio" a la asepsia tecnócrata de "adicción", y sin embargo me parezca más molón ser un "adicto" que ser un "vicioso", que suena a cura encerrado con niños en la sacristía). Es un vicio vergonzoso, pero no tanto como para impedirme confesarlo. Un vicio aterrador que me lleva por la calle de la amargura y que sólo con mucha fuerza de voluntad y sudores fríos logro mantener bajo control. Lo confesaré, aunque sé que muchos me despreciarán tras conocerlo. Este mundo puede soportar al heroinómano, al farlopero, al trasegador de soles y sombras y al abonado a las salas de bingo, pero aborrece a quien se sumerge sin freno en la crapulencia calórica.

Me llamo Sergio y soy adicto a los gofres con chocolate. Sólo con chocolate. Nada de natas, nada de helados, nada de mermeladas ni de siropes. Gofre con chocolate. Y hoy he recaído.

¿Cómo no recaer? Yo vivía tranquilo en Zaragoza porque esta ciudad es una negada en el arte del gofrerismo. No había un solo antro donde darse a esos placeres clandestinos. Créanme, los he buscado, y todo lo que había conseguido eran mierdas de calidad insultante, bollos rancios que no merecían llevar el nombre de gofre embadurnados de vaya usted a saber qué oscuro mejunge con resabios de cacao. Muchos adictos a los gofres han muerto por la acción desaprensiva de esos camellos que venden masas recalentadas en el microondas o que vienen empaquetadas en bolsitas. Yo vivía alejado de mi vicio en una ciudad donde no encontraba "dealers" que me sirvieran mercancía pura y de calidad. Así, a la fuerza, me desintoxiqué. Pero he vuelto a las andadas, porque he descubierto que en los Haagen-Dazs hacen unos gofres sublimes, lo más parecido a la idea platónica de un gofre que un adicto se pueda encontrar.

Además, los Haagen-Dazs tienen la ventaja de que no son los chiringuitos esquineros, marginales y playeros en los que me había surtido toda mi vida. El Haagen-Dazs es como un fumadero de opio: pillas la mercancía y te recreas en ella, refocilándote en tu gorda crapulencia. El ambiente de café distendido y acogedor invita a deleitarse con cada bocado. Así lo hago: me como el gofre exquisitamente servido en un plato alargado y acompañado por cubiertos (¡cubiertos!, como si el gofre fuera comida de verdad y no droga). Te sientas, con suerte, en un sillón, sacas un libro y dejas pasar media hora o más, hasta que se te cura el mono y has consumido unos capítulos de alguna lectura intrascendente y divertida, que no te distraiga demasiado del sabor del gofre.

Hoy lo he hecho solo, como hay que vivir los vicios, sin testigos. No pensaba hacerlo, pero la ocasión la pintaron parda: paseaba por la ciudad solo, no tenía que ir a trabajar ni había quedado con nadie. La tarde se extendía ante mí, urgía hacer algo clandestino sin miradas de reproche. Así que entré en el Haagen-Dazs con los ojos inyectados en sangre, reclamando mi dosis ("No me traiga la carta, ya sé lo que quiero, y lo quiero ya", le solté al camarero-camello). Cuando había devorado la mitad de ese monumento al colesterol y al endurecimiento arterial, saqué de mi bolsa de la Fnac un libro al azar, cualquiera de los que acababa de comprar, y me puse a leer. Resultó ser Historias de Nueva York, de Enric González, y me quedé atrapado por la lectura un rato largo, gozando voluptuoso como un sultán que se acaba de cepillar a Sherezade y escucha recostado sus cuentos para amenizar el post-polvo.

La verdad es que con Haagen-Dazs he reinventado mi vicio y lo he dignificado bastante. Se puede decir que he pasado del polvo rápido y esquinero a la puta de lujo en hotel de cinco estrellas. El espíritu crápula es el mismo, pero el goce es más reposado. Antes, devoraba los gofres en la calle, tras intercambiar unas monedas ansiosas con un vendedor callejero y ocultándome de las miradas indiscretas. Me lo zampaba a grandes bocados, pringándome entero de chocolate, y cogiendo muchas servilletas del mostrador para limpiar a conciencia las huellas de mi indignidad.

Todo empezó de niño, no recuerdo a qué edad. Yo he sido un niño playero, crecido junto al Mediterráneo. Como Serrat, pero sin dar la paliza a nadie. Mis veranos infantiles consistían en tres meses y pico de playa ininterrumpida: panzadas de arena, trote entre malecones, caza de pechinas y de cangrejos, saturación de melanina y picaduras de medusa. Como buen pueblo turistero, en los años 80 ya tenía un montón de cosas para dar gusto a los extranjeros, y algún belga espabilado montó un local pequeñito en el paseo marítimo con un niño meando dibujado en el letrero. "Gofres Manneken Pis", ponía en letras azules.

Si sabía suplicarle con arte a mi madre o si había algún tío o abuelo cercano al que sablear con las técnicas mafiosas de la infancia, alguien abría un monedero y me daba la provisión necesaria para que, a la hora de merendar, me acercase al chiringuito. Allí iba, me encaramaba al mostrador y pedía un "gofre amb xocolata". Alguna subempleada con acné atendía mi solicitud, rellenaba la gofrera con la masa y, tras unos minutos de impaciente espera, me entregaba un bollo tostado, esponjoso, abrasador y embadurnado de un chocolate espeso y azucarado que salía de una olla enorme. Venía semienvuelto con un trozo de papel de estraza con el logotipo del niño meón y era imposible de comer sin acabar pringado de arriba abajo. Poco importaba: me metía en el mar al acabármelo, y listo.

Así fue como me hice yonqui. Los "Gofres Manneken Pis" ocupan un lugar de privilegio en mi memoria de adicto. Nada, ni siquiera Haagen-Dazs, podrá superarlos.

Años después, en Madrid, fue donde mi vicio estuvo cerca de llevarme a la perdición colesterolosa (¿qué clase de vicio sería aquel que no es capaz de llevarte a la perdición?). Hay templos del gofre muy recomendables en Madrid. Se puede disfrutar de esas bombas calóricas en varios sitios, pero en ninguno como en la estación de metro de Sol. En el vestíbulo central, un chiringuito minúsculo impregna todo el metro de olor a chocolate y a masa azucarada. En las líneas 3 y 1 (en la 2, no sé por qué, se nota menos), el olor se aprecia ya en los vagones. Un ciego puede saber que estamos llegando a Sol porque huele ese reclamo dulzón ya en el túnel. A mí me perdían. Mataría por un grasiento gofre de ese chiringuito. Lo digo en serio, no me pongáis a prueba.

El problema es el siguiente, como comprenderán todos los que han vivido o viven en Madrid: intenten hacer un itinerario razonable y cotidiano de metro, para ir a cualquier sito a los que va la gente (compras, bares, curro, casa...). Bien, ahora intenten trazar el mismo recorrido sin pasar por Sol. ¿A que es más difícil, largo y sinuoso? Hay que pasar por Sol, es un imán, no puedes huir. Hubo una época -luego me mudé y pude salvarme, no sólo porque dejé de pasar por Sol, sino porque dejé de usar el metro, todo un privilegio al alcance de muy pocos- en la que pasaba por Sol hasta cuatro veces al día. Antes de comer, antes de cenar, el estómago aullando... ¿Saben la cantidad de veces que me he bajado en Sol, aunque no tuviera que hacerlo, me he comprado un gofre, me lo he zampado con ansia de adicto y me he montado en el siguiente metro para proseguir el viaje? Era un vicio solitario, pero alguna vez me pilló algún conocido (normal: estaba exhibiéndome ante medio Madrid) y tuve que confesarlo.

En Zaragoza no tenía problemas. No gofres, no problem. Pero ahora ha venido Haagen-Dazs a recordarle a mi boca esa añeja y querida sensación. Cortar con el tenedor ese bollo recién hecho, encontrarlo esponjoso e hinchado por dentro (nada peor que un gofre mazacote), dejar que penetre el chocolate por los cuadrados y sentir el estallido crujiente de los bordes requemados... Dios, qué placer. No sé si sobreviviré a esto, amigos. No sé qué me saldrá en los próximos análisis médicos, pero Haagen-Dazs me ha arruinado la vida. A ver en qué queda todo esto.

BUENOS Y MALOS

Leo al sabio Paul Theroux en En el gallo de hierro:

A pesar de que es cierto que cuesta trabajo volver interesantes a los virtuosos, también es verdad que resulta muy fácil tornar memorables, y en ocasiones fascinantes, a los viciosos.

Gran verdad a la que se enfrenta cualquier narrador con ínfulas moralistas (o sin ellas). Los tíos que miran al cruzar, que no intentan acostarse con la novia de su amigo, que trabajan sin denuedo y sin rechistar y que nunca intentan colarse sin pagar en ningún sitio son unos pelmas. Los quieres de vecinos y de compañeros de curro, pero no los quieres en tus novelas, porque las vuelven pesadas y cenagosas. Probablemente, tampoco les quieras como amigos. Al menos, no como amigos de aventurillas (quizá sí como amigos a los que se les pide un préstamo), y decididamente pasas de ellos como amantes. Pueden tener un pase como maridos, pero no como amantes.

Los periodistas tampoco los quieren en sus crónicas. Si hay que escoger entre entrevistar a Jack el Destripador y a un Nobel de la Paz, la elección es obvia para cualquiera (y si no lo es para algún periodista, que abandone la profesión ya y que se dedique a escribir vidas de santos, nos hará un favor a todos). Por eso las víctimas encuentran tantos problemas para despertar una empatía sincera y sin dobleces, porque nosotros estamos decididamente de parte del malo. La víctima no deja de ser un elemento pasivo, alguien a quien compadecer, pero rara vez comprender.

Y eso que creo que Theroux no acierta del todo en su frase. Dice que resulta fácil "tornar memorables" y "fascinantes" a los viciosos, como si el narrador tuviera la clave, como si el asunto fuera una simple cuestión de técnica literaria. No. Si resultan más fáciles de construir y funcionan mejor como personajes es porque son mejores personajes, porque fascinan por sí solos.

Los novelistas del XIX, que estaban obsesionados por que la virtud triunfase sobre el vicio, lo sabían muy bien. Por eso sus personajes caían en el vicio, para mostrarnos el camino equivocado. Pero también para entretenernos. Porque no se pueden mantener mil páginas de La Regenta, de Fortunata y Jacinta o de El Rojo y el Negro sin que un cura le coma el tarro a una señorita de provincias para trajinársela en un descuido, sin que un señorón se pierda por los bajos fondos siguiendo el olor vaginal de una chica pobre o sin que un tiparraco consumido por su ambición arrase a su paso todo lo que encuentra. That’s enterteinment, guys. Ahora, en los tiempos posmodernos que tenemos, los novelistas se niegan a meterse en esas construcciones catedralicias, y los directores de cine parece que están olvidando cómo se hacen. El espíritu pervive en Los Soprano y en algunas otras series, pero el común de los mortales ha de conformarse con Ana Obregón y los Miami. La cosa ha perdido mucho fuste.

Pero más allá de esta obvia atracción por el lado oscuro, la frase de Theroux (o el lamento de Theroux: parece que le da pena no poder construir una épica de la gente corriente y esforzada) remite a una tradición sólida de relatos del hampa. Esa atracción por los outsiders, los marginales, los tipos que viven al límite en todas sus acepciones: al límite de la ley, de lo socialmente aceptable, de su propia vida... Desde Homero (los dioses griegos parecen macarruzos portuarios que anteponen sus deseos y su líbido a cualquier otra cosa que se les cruce por delante) hasta su última y grandiosa manifestación, el desbordante James Elroy (que ya declina como un sol cansado), pasando por el ciego Borges, maestro de maestros en el género -y sin pisar jamás un tugurio hampón-, a la humanidad le ha encantado verse reflejada en todos esos vagabundos arrabaleros. Normal. Son humanos en estado puro, en la forma más pura de humanidad que se puede destilar. Viven en una región que no necesita metáforas, donde las navajas son navajas, donde los celos son celos, donde la muerte es muerte. Al estar fuera de la sociedad que habitan los lectores, desvelan mejor sus resortes y su inmundicia. De ahí lo fértil de su poética, y de ahí que, cuando un creador la cultiva con honestidad y talento, sin miedo, muchos lectores prefieran cerrar el libro y dedicarse a otras cosas. Señor Theroux, los malos nos atraen a contraluz, pero si nos miran de frente, apretamos el culo y cambiamos de acera. Yo no podría tomarme una cerveza con Tony Soprano, me cagaría de miedo, por mucho que me fascine como personaje.

De ahí viene el concepto de "redención", importado de la moral cristiana e incrustado en los relatos populares. Por eso el chico de la moto muere y Peggy Sue se abraza al estudiante de Derecho que le comprará una bonita casa con jardín. Peggy Sue ha tenido su aventurilla, ha flirteado con el lado oscuro, y eso está bien, es entretenido. Folla un poco con desconocidos, pasa un fin de semana loco, pero acuérdate de que tienes que volver a casa. Cuando la cosa se pone peliaguda, Peggy Sue ha de redimirse, y debe encontrar un hombro amigo que acoja su redención. La poética hampona que no busca moralizar hurga en el individualismo, en el espíritu ácrata, en el rechazo a los valores impuestos, en la negación de la comunidad como ente. Por eso la detestaban por igual capitalistas y comunistas.

¿Quién no quiere ser un lobo solitario? Todos necesitamos nuestra dosis de perversión. En un capítulo de Doctor en Alaska, Holing, afectado por el deshielo, que vuelve a todos un poco locos, anda buscando camorra. Todos los años necesita pelearse con alguien, pero nadie acepta el reto, porque Holing es un morlaco que una vez mató a un oso. Holing es un tipo encantador y pacífico, que tras pasar media vida cazando juró no volver a matar a un ser vivo nunca más. Amigable, simpático, entrañable, es lo que se dice un buenazo de manual. Pero una vez al año, como él mismo confiesa, necesita golpear una boca que tenga dientes, hundir una costilla, sentir cómo se parte un hueso ajeno. Necesita provocar dolor en alguien, pelearse, reencontrarse con todo lo que reprime a diario.

A todos nos pasa lo mismo que a Holing, y por eso tenemos el cine y los libros y la música y los videojuegos, para vivir vicariamente todo aquello que la sociedad -ni nosotros mismos- no aceptaría. Los narradores pueden aprovechar esa vivencia vicaria para redimirnos, para calmarnos y devolvernos al redil satisfechos, o pueden intentar ir más allá y suscitar un cuestionamiento general de cómo y por qué vivimos como vivimos. Las diferencias entre ambos tipos de narraciones pueden ser sutiles, no siempre se aprecian a simple vista (en general, las cosas buenas y profundas tienen capas y lecturas dispares, nada se muestra evidente e inmutable). La experiencia vicaria puede ser un desahogo o una catarsis. En un desahogo, las cosas vuelven a la normalidad, tal y como estaban antes del subidón. En una catarsis, todo cambia, nada está en el sitio en el que lo dejamos antes de ella.

Como lectores, también podemos elegir entre el desahogo y la catarsis, y entre aburrirnos leyendo historias de monjitas virtuosas o divertirnos con crueldades sin cuento. Al menos, en teoría. Porque, a la hora de la verdad, tanto escritores como lectores, si son sinceros y tratan de esquivar cánones, habladurías y escuelas, se rigen por su propia fascinación, que es irracional y no deja elegir a nadie. Una fascinación que se escora casi siempre hacia el lado oscuro, como lamenta Paul Theroux. La elección real consiste en si queremos dejarla fluir y ver hacia dónde nos lleva, o si le cerramos la puerta y nos quedamos con la última serie de Emilio Aragón. A las monjas también les gustan los chicos malos, pero casi ninguna se descolgará de la ventana del convento a las tres de la madrugada para ir a follar con ellos. ¿Nos atreveremos nosotros a salir del convento, o nos contentaremos con imaginar que quizá, un día, saldremos de él? La peor de todas las opciones, sin duda, es darle a la manivela del cilicio hasta que cesa el deseo. Y eso lo hace mucha más gente de lo que pensamos. Mirad a vuestro alrededor, escrutad sus caras y tratad de adivinar qué reprimen y con cuánta rabia.

Ya sea con desahogos o con una catarsis que deje a todos fritos, déjense llevar de cuando en cuando, no hagan caso a su confesor ni a su maestra de mecanografía. Liberarán adrenalina, endorfinas y un montón de hormonas y neurotransmisores. Para su cerebro, será como unas vacaciones. Y después... Como decía el tango: ¿qué importa el después?

24/08/2008 03:17 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

RITOS Y MITOS

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Total, que a uno le vienen los furores de la pubertad y quiere ser escritor, o algo asín. Y empieza a darle vueltas a las palabras, le salen cosas cursis y pimpolludas, se inspira en las pecas de su compañera de pupitre e instigadora de erecciones, se enamora, o finge que se enamora, y va llenando folios de cosas que le salen de la cabeza. Somos primates, y por tanto, aprendemos por imitación: leemos algo que nos emociona y queremos hacerlo igual. Imitamos estilos, atmósferas, reinventamos personajes, llenamos papeleras de basura y más basura protoliteraria.

Sí, amigos, las cosas no salen como debieran. Tras intentar imitar muchas veces a ese escritor que les vuelve locos y comprobar que lo suyo es bazofia prensada que no se parece ni por el forro al modelo original, la mayoría lo deja. Para entonces ya están estudiando una carrera, sientan la cabeza y hablan con condescendencia de su vicio juvenil. Su poco talento literario lo vuelcan en escribir cartas al director a su periódico, y si alguna vez le publican una, dan por satisfecho su prurito de autor. Sólo una pequeñísima minoría persevera más allá de lo razonable, y es de esa pequeña minoría de donde salen los escritores. Son corredores de fondo que se adaptan mal a la sociedad del éxito rápido y ruidoso.

El grueso del pelotón de esos pelmas incansables que siguen aporreando teclados descubre que tal vez el fallo esté en que no viven como escritores de verdad. Quizá la cuestión no esté en el qué sino en el cómo. Y descubren que las memorias, las biografías, las entrevistas y las solapas dan mucha importancia a ese cómo. Te cuentan que Brecht trabajaba de pie, paseando por su despacho y corrigiendo y reescribiendo varias obras a la vez. Te cuentan que Saramago escribe en portugués en una planta de su casa mientras su mujer, en otra planta, traduce al castellano lo que escribió el día anterior. Te cuentan que a Cortázar le salían mejor los cuentos en los aeropuertos, mientras esperaba a embarcar, y que los garabateaba en papelotes que guardaba por los bolsillos y que alguien se los pasaba a limpio en casa. Te cuentan que Vargas Llosa escribe en bibliotecas señoriales de la vieja Europa, en horario de oficina. Te cuentan que Millás prefiere levantarse a las seis de la mañana y escribir en silencio hasta las once, cuando se baja a comprar el periódico y a zamparse un desayuno. Otros prefieren la noche y un lingotazo. Unos se rodean de diccionarios de sinónimos y otros alejan de sí cualquier libro que pueda contaminar su escritura. Los hay que se vuelven insoportables, que se bloquean a la mitad, que no se quitan el pijama y la bata en un mes, que apestan y provocan divorcios con estrépito. Hacen el pino, se compran una casa en la costa de Almería, viajan a París en busca de inspiración, sólo encuentran adjetivos los días de lluvia o dejan de follar para retener sus fuentes creativas por dentro.

Total, que el aprendiz de escritor se encuentra con un montón de modelos, pero la cosa está clara. Si uno quiere que le salga un Vargas Llosa, se va a la British Library; si quiere un Brecht, despeja la habitación de muebles, y si quiere ser Saramago, se busca una mujer comprensiva. La lógica es aplastante: si haces como ellos, por fuerza te tiene que salir lo mismo que a ellos. Es lógica de retrete: si comes yogures te saldrá fluido, rollo Paul Auster, y si comes arroz, te saldrá durillo, rollo Faulkner.

La mitomanía funciona así, amigos. Goethe tuvo un seguidor fanático que hasta se acostaba con las amantes que él iba dejando por el camino, a ver si así se le pegaba algo del genio (creo que sólo consiguió unas pocas ladillas). El caso es que los propios escritores le dan mucha importancia a esas cosillas: "Mi primera novela la escribí con una Underwood de los años treinta", confiesan con tono solemne. Y unos cuantos chavales corren al Rastro a buscar su Underwood.

Por supuesto, estas imitaciones no sólo no dan resultados, sino que suelen acabar con amistades y noviazgos. La gente sensata se aleja del plasta que se dejó un sueldo en una Underwood a la que le falta la letra a ("no importa, escribiré una novela sin una vocal, como Perec", dirán). Así que se quedan perdidos en las puertas del parnaso. Es esa fauna que merodea las presentaciones de libros, que coge los canapés con timidez y que vigila desde el fondo de la sala como el fantasma de la ópera.

Pero en esa minoría minoritaria hay un puñado de escritores honestos que, más que llevar una vida de escritor, lo que quieren es escribir. Y a ello se dedican, aunque nadie les haga caso, aunque todo lo que consigan sean unos libros que sólo editan editores aventureros y perversamente bibliófilos, que compran cuatro locos y que sólo reseñan publicaciones de segunda fila. Su única preocupación es su voz, cómo afinar su voz para que no se parezca al guirigay que la ensordece. Algunos, como Roberto Bolaño, se mantienen en la brecha hasta pasados los 40 tacos, y sólo entonces, cuando todo parecía perdido, se ven reconocidos. Algunos, como el propio Bolaño, mueren jóvenes y se convierten en mitos. Y entonces les salen imitadores por todas partes.

Quizá lo más doloroso y lo más recomendable sea asumir lo que dice Rafael Reig en Literatura para caníbales: la literatura no es más que un señor en pijama que escribe en una casa para que le lea otro señor en pijama en otra casa. Nada más, ni nada menos. Lo demás es coctelería y tramoya.

25/08/2008 13:45 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 4 comentarios.

QUÉ BIEN LO PASEMOS EN LA TELE

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Pues aquí estamos, tan ricamente. Yo soy el del gesto simiesco. Estoy en la tertulia matinal de ZTV en directo desde la Expo, al lado de Pilar Estopiñá (pedazo de profesional y mejor persona cuya única falla en su impoluta carrera es solicitar mi colaboración para su programa), con un cierzo que helaba las ideas. Por eso, en mis intervenciones, sólo soltaba gruñidos protolingüísticos y se me quedaba esa cara. Ni sé la de tonterías que digo por la tele, pero ya he ido unas cuantas veces y me lo he pasado requetebién, a pesar del madrugón. Nunca pensé que esto de parlotear en un plató sería tan entretenido. A ver si después de tanto jurar y perjurar que yo no haría nunca tele, descubro que me va la marcha catódica. Con lo que me ha costado adaptarme a la prensa escrita, como para aprender otras historias ahora, con lo corto de entendederas que soy yo.

26/08/2008 22:31 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión No hay comentarios. Comentar.

DOCTOR EN ALASKA HOY

Ni Hablar por hablar logra dormirme ya. Las nanas de la inmundicia, que las llamo yo, no sirven de nada en estas noches pegajosas. Reveo Doctor en Alaska. Sí, soy recurrente, pero me gusta comprobar que los mitos siguen en su sitio. Creo que puede funcionar como una nana, pero, obviamente, no. No me duermo. Pienso. Y pienso en lo que significó para mí esa serie, que echaban también a las tantas por la 2, cuando yo no era todavía yo, cuando yo era un proyecto de mí mismo, cuando el personaje más afín a mí era el atontado, asocial, huérfano y cinéfilo Ed, y recuerdo lo mucho que disfrutaba con esa gente de Cicely, Alaska.

Me gustaría revivir aquella sensación primigenia y comprobar si de verdad era tan intensa como la recuerdo. Seguro que no, seguro que le he dado un barniz embellecedor y la cosa no era para tanto, pero hoy recuerdo aquellas madrugadas como algo revelador.

La serie ha envejecido mal en muchos sentidos, pero se mantiene igual de brillante en otros. Ha perdido capacidad de seducción, no creo que acabe convertida en clásico, porque se le ve demasiado la coetaneidad. Le asoma su tiempo -esa época de nadie a finales de los 80 y principios de los 90, cuando la caída del muro y el estallido de Nirvana- como un sarampión, y no siempre de forma tierna: la ropa, los peinados y muchos comentarios caducaron hace mucho, huelen a moho. El planteamiento argumental y escénico, que en su día renovó el lenguaje de las series, llevándolas al terreno del cine con mayúsculas, está hoy muy superado. Ese realismo mágico trasladado al Ártico, ese retorcimiento de los esquemas narrativos audiovisuales al uso, ha sido perfeccionado por realizadores y guionistas mucho más ágiles. Lo mismo sucede con su hiperintelectualismo y su ruptura de las fronteras entre lo onírico y lo real, que han sido mucho mejor tratadas en series como A dos metros bajo tierra.

Es el precio que pagan los pioneros, los que desbrozan el camino al resto, que los que vienen detrás suelen aprender rápido sus trucos y los acaban haciendo mejor que ellos.

Pero todo esto, que un espectador de hoy puede apreciar sin problemas, no molesta para el disfrute (en segundas nupcias) de la serie, siempre que se tenga cierto umbral de tolerancia. El contenido y el desarrollo de las tramas, la chispa -y el vértigo- de los diálogos y la soberbia interpretación de los actores tapan cualquier falla. Cicely sigue enamorando, sigue siendo un sitio al que apetece ir. Al que a mí me apetece ir. Probablemente, a mucha gente le parezca un asco pedante. Y están en su derecho, pero también ellos serían aceptados en Cicely, Alaska.

Torrente Ballester, que es un escritor despreciable en muchos libros y en muchos sentidos, dijo en su Don Juan una gran verdad: que nosotros no elegimos la música que nos educa sentimentalmente. Ojalá pudiéramos. Pero aprendemos a amar con un bolero cursi, y por muchos años que pasen y por mucho que se nos curta la corteza cerebral, seguimos soltando lagrimitas cuando suena por la radio. A mí me pasa algo parecido con Doctor en Alaska: me asomé a la vida con sus personajes, y no puedo evitar quererles con locura. Un susurro de Maggie me haría abandonar mi patria y hogar; me perforaría el apéndice si así pudiese tener una charla sobre Nueva York con Joel en su consulta; le regalaría mi colección de vinilos a Chris si se comprometiera a pincharlos en Chris por la mañana; cazaría un venado sólo para que Maurice lo cocinara en su cocina de gourmet; empeñaría tres sueldos en patatas fritas y cervezas del bar de Holling; pasaría una semana sin dormir viendo pelis de Bergman con Ed, y me haría dependiente de ultramarinos sólo para charlar por las tardes de filosofía con Ruth-Anne.

Asín soy, qué le voy a hacer yo.

28/08/2008 01:30 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 4 comentarios.

UN CICELY REAL (O CASI)

Recordando Doctor en Alaska, me he acordado de mi búsqueda de un Cicely hispano. Hace un par de años, quise contar cómo se vivía en un pueblo recuperado del Pirineo. Tras la novela de Julio Llamazares, La lluvia amarilla, se hablaba mucho de la despoblación y de los cientos de pueblos fantasma que hay en el Pirineo aragonés (inciso: a la vuelta de un viaje reportajeril por el Sobrarbe profundo, le enseñé a mi compañero José Luis Solanilla unas fotos que habíamos tomado en unos pueblos abandonados en las cercanías de La Fueva. Las miró con mucho interés, y en una de ellas descubrió las ruinas de la casa que había pertenecido a sus ancestros. Fue bastante emotivo). Así que contacté con la asociación Artiborain, que había llevado a cabo varias repoblaciones de villas abandonadas en la zona del Serrablo. Hablé por teléfono con un tal Ulises, que al parecer estaba al cargo del pueblo de Artosilla, abandonado en los años 50 y recuperado por un grupo de neorrurales zaragozanos en los años 80. Acordé subir con un fotógrafo a hacerles un reportaje pensando que iba a ser una tarea fácil y agradecida, un Cicely en tono aragonés poblado por personas entusiastas de la montaña.

Nada más lejos. A los pocos minutos de charlar con aquella gente me di cuenta de que había algo muy oscuro. Un par de vecinos me llamaron para hablar conmigo en privado, a escondidas del resto de los habitantes de Artosilla, y me contaron historias muy escabrosas que no podía publicar sin contrastar, y el contraste era imposible. Alguna gente era hermética, recelaba mucho, no hablaba, y los que hablaban se desdecían rápidamente. Hubo quien me telefoneó al periódico días después para suplicarme que borrara su testimonio y no sacara ninguna foto suya. En general, sin embargo, procuraron darme una buena impresión y quisieron proyectar la imagen de un pueblo armónico. Yo me marché de Artosilla con mal sabor de boca, pero no había podido rascar nada comprometedor (sí, en tiempos del Tomate es difícil tener escrúpulos, pero yo soy de la vieja escuela y no publico rumores ni sensaciones que no tengo confirmadas. Llamadme mojigato), así que me limité a dejar constancia de mis sospechas en el reportaje que aquí os reproduzco. Un par de semanas después de publicarlo, en el verano de 2006, ardió una de las viviendas de Artosilla. La Guardia Civil cree que el fuego fue intencionado y que respondía a las disputas que se vivían en el pueblo por los problemas que yo esbozaba en el reportaje. No sé cómo están las cosas hoy en el pueblo, pero después de ese viaje cambié muchas de mis ideas sobre el mundo rural y sobre la gente que ansía vivir en entornos aislados. Unos meses después se produjo el crimen de Fago y tuve que volver a enfrentarme a una comunidad minúscula, aislada y enrarecida que me cerraba las puertas en las narices. He conocido más, y cuanto más conozco esos entornos, más quiero a las grandes ciudades.

Este es el reportaje que publiqué en el verano de 2006 sobre Artosilla. Cuando lo escribí, todavía creía en la buena fe de los repobladores (y se nota). Hoy estoy curado de espanto.

Viajando a Artosilla desde Zaragoza, el enigma que se plantea el urbanita no es por qué este pueblo serrablés fue abandonado a finales de los años 60, sino por qué a alguien se le ocurrió repoblarlo en 1986, hace ahora 20 años. Se precisa de una decisión muy poderosa para instalarse en un lugar del Alto Gállego que fue borrado de los mapas y que ahora sólo figura en los más detallados y puestos al día.

Treinta kilómetros en dirección a Boltaña por la A-1604, tan estrecha que obliga al conductor a echarse a la cuneta cada vez que se cruza con un vehículo de buena envergadura, y casi cuatro kilómetros de pista forestal retorcida y curvilínea. Al final, cuando los síntomas del mareo asoman en la cara y los bajos del coche empiezan a resentirse, un pequeño conjunto de casas aparece tras una curva. Hay vida, la de 12 personas que pasan el año allí. El hallazgo es sorprendente, pero antes de que el viajero se sienta un conquistador amazónico ante una nueva tribu, uno de sus habitantes viene a bajarle los humos urbanitas: "Sí, está lejos, pero intenta venir en invierno, cuando la pista se hiela. Eso sí que es duro".

Quien así habla se llama -o se hace llamar- Ulises, y Artosilla es su Ítaca. No se sabe si tiene alguna Penélope hilando en un palacio, pero a juzgar por su felicidad y bonhomía, nada ni nadie parecen esperarle fuera de este rincón serrablés. Ulises, zaragozano de nacimiento, se instaló aquí hace cinco años, los mismos que lleva levantando los tres pisos de su vivienda, que antes sólo eran ruinas. "Respetamos los rasgos de la arquitectura de la comarca y cumplimos requisitos bioclimáticos", explica, con un ladrillo de termoarcilla en la mano.

Llegar a Artosilla es duro y difícil, y todos sus vecinos han caminado un largo camino vital hasta la definitiva toma de decisión. Rafael Rosales, por ejemplo -que se muestra reacio a dejarse fotografiar, pero habla gustoso de lo divino y de lo humano mientras fríe unos huevos de corral para dar de comer a los visitantes-, vio claro su futuro una noche, en Jaca: "La situación era complicada. Mi mujer y yo vivíamos en Jaca y atravesábamos un momento difícil. La televisión daba un reportaje sobre unas masías repobladas en Cataluña, y mi esposa me dijo firmemente: "Ése es nuestro futuro". Me pasé la noche en vela, pensando, y a las seis de la mañana ya estaba buscando por los pueblos de la zona".

Bolsos de Loewe

En las navidades de 1992, el matrimonio se instaló en Artosilla. El granadino Rafael, escultor, artista y artesano, dejaba atrás una vida en la que había saboreado las mieles del éxito. Fue diseñador de moda en Loewe, donde creó hace décadas un bolso tipo inglés con tres compartimentos. Suya es también la escultura que decora el centro de la plaza de España de Sabiñánigo, municipio al que pertenece Artosilla.

Ahora, con 59 años, trabaja con calma y cariño en la construcción de una escuela de oficios que traerá gente y dinero al pueblo. "Podría haber llevado una buena vida de traje y corbata en Barcelona, pero aquello no me llenaba", asegura en la cocina de su casa mientras ofrece una copita de orujo casero o un buen vaso de vino cosechero de la Rioja.

Bebida y comida no faltan, aunque haya que recorrer unos 35 kilómetros para traerlas de Sabiñánigo, como tampoco faltan televisión, teléfono e internet. Estos dos últimos servicios los disfrutan gracias a una conexión inalámbrica con una antena de Sabiñánigo.

Nada de eso existía cuando Jesús García Mainar llegó al pueblo en el mes de mayo de 1986, de la mano de la asociación Artiborain, que gestiona otros dos núcleos deshabitados en las cercanías, Ibort y Aineto, gracias a un convenio con el Gobierno de Aragón (propietario de los terrenos y de las edificaciones). Cuando Jesús y su mujer, Mamen -él, ceramista; ella, enfermera-, decidieron vivir en el lugar, hacía dos décadas que sus últimos habitantes habían cambiado Artosilla por Huesca o Zaragoza. Desde entonces, los únicos seres humanos que se habían aventurado por el paraje eran los miembros del Icona que, a finales de los 70, lo repoblaron forestalmente.

"La pista estaba en muy mal estado -recuerda Jesús-. Por supuesto, no teníamos agua, ni desagües, ni ningún tipo de infraestructura. De hecho, nos pasamos casi nueve años sin electricidad, alumbrándonos con velas y con pequeñas baterías. Las casas, eso sí, estaban aceptablemente bien, y pudimos reconstruir una de ellas con relativa facilidad".

Hoy, un sistema de placas solares terminado de instalar en 2001 proporciona electricidad suficiente a los 12 vecinos del lugar. "En verano, no hay problemas de suministro -explica Ulises-, pero cuando el invierno trae tres o cuatro días nublados, tenemos que hacer restricciones en el consumo". Por eso, y por otros motivos, empezó a plantearse la necesidad de llevar el tendido eléctrico convencional hasta el pueblo.

Problemas en el paraíso

El asunto destapó la caja de los truenos en la hasta entonces idílica Ítaca montañesa. Los vecinos que apoyaban el trazado del tendido se enfrentaron a quienes se oponían al proyecto. Los primeros argumentaban la necesidad de desarrollo del lugar. Los segundos, que ese pretendido "desarrollo" acabaría con el espíritu y los objetivos vitales que les habían llevado hasta allí. Como las decisiones de este tipo han de aprobarse por unanimidad en una asamblea -así se gobiernan en Artosilla, de acuerdo con los estatutos de Artiborain-, las placas solares son la única fuente de energía disponible.

Podría considerarse una disputa menor, pero el asunto del tendido eléctrico ha enrarecido la convivencia en el paraíso. "Claro que se puede discutir y pleitear, pero nadie se plantea irse a vivir a un sitio como este para discutir y pleitear como si estuviéramos en la ciudad", argumenta Chema Marco, un albañil zaragozano que ejerce de alcalde pedáneo de Artosilla (título casi honorífico en un lugar donde las decisiones se toman en asamblea). "Nos hemos traído las miserias de la ciudad -se lamenta Jesús-, pero confío en que el buen juicio reine y las cosas se calmen".

"En la ciudad, las disputas con los vecinos pueden soslayarse, pero aquí convivimos de una forma muy estrecha y especial. Cualquier problema nos perturba y nos afecta mucho más", comenta Rafael ante el asentimiento sonriente de Ulises.

Ser pocos y mal avenidos, además de un tópico muy recurrente, es un síntoma de lo difícil que es sacar adelante la resurrección de un pueblo. Muchos proyectos han fracasado en el Alto Aragón, y la perseverancia de Artosilla, pese a los problemas que van surgiendo, es un aliento para que no desfallezcan en otros sitios de la Comunidad o de España.

Pero estos argumentos no templan a Chema, que señala el cuaderno donde el periodista toma notas y afirma: "Puedes publicar que el alcalde pedáneo de Artosilla quiere irse del pueblo". En su discurso, acusa al Gobierno de Aragón de no asumir responsabilidades en la gestión de los pueblos, que Marco califica de "sectaria" y "caciquil", con "juicios populares" donde se selecciona a los aspirantes a vecinos y se rechaza a quien no obtiene el beneplácito de la comunidad.

Es cierto que vivir en Artosilla o en cualquiera de los tres pueblos gestionados por Artiborain sólo puede lograrse tras superar un proceso de selección, pero calificar dicho proceso de "juicio popular" les parece excesivo a los responsables de la asociación y del Gobierno autonómico, que se muestra satisfecho con la labor desarrollada en los tres núcleos en los últimos 20 años. "Antes de instalarte aquí -razona Ulises-, debes visitarnos a menudo, conocernos y pasar un tiempo para adaptarte a nosotros y a nuestra forma de vida. Esto, en verano, se ve muy bonito y muy fácil, pero el invierno es durísimo, y conviene estar preparado". En otras palabras, que los vecinos quieren asegurarse de que los aspirantes saben de verdad donde se meten.

Ecoaldeas

En cualquier caso, no parece que Artosilla, al contrario que Ibort o Aineto, pueda recibir gente nueva en el futuro, debido al peculiar sistema de propiedad y gestión diseñado al alimón con la DGA. En Artosilla no existe la propiedad privada, y los vecinos tienen derecho a vivir en el lugar siempre que reconstruyan las ruinas. No se permite la edificación de nueva planta, y ya no quedan ruinas sin recuperar. El pueblo no puede crecer, porque se trata de rehabilitarlo y de gestionarlo como una "ecoaldea", no de crear un pueblo convencional con parcelas y planes de urbanismo.

En ese sentido, Ulises tiene mil proyectos en mente -y en trance de desarrollo-. El más importante, la puesta en marcha de un "centro de formación en actividades sostenibles" a través de la asociación Selba (www.selba.org) que atraiga al núcleo a las personas interesadas en energías renovables, arquitectura bioclimática, artesanía o agricultura ecológica. "Quiero que el pueblo sea un referente en el mundo de las ecoaldeas", dice. ¿Acaso no lo es ya?

29/08/2008 02:50 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Intrascendencias No hay comentarios. Comentar.

PUTILLAS CON PANTALONES

Impagable carta al director publicada hoy en La Vanguardia:

La Vanguardia publicó el día 28 de agosto una foto tomada con un móvil de un cartel de un establecimiento H&M en el que se podía leer "Niñas de 9 a 14 años. Pantalón de putilla". Desde H&M queremos aclarar que se trataba de un error tipográfico, un error humano de uno de nuestros empleados en su trabajo diario, que cualquier persona puede cometer. En lugar de "putilla" debería haber puesto "puntilla". Queremos dejar constancia con esta carta del profundo malestar que la publicación en su diario y su página web de dicha imagen nos ha ocasionado. No porque pueda afectar a nuestra imagen de marca, sino porque la foto iba acompañada de unos comentarios totalmente desafortunados que asocian a niñas de 9 a 14 años con semejante calificativo peyorativo. H&M no comparte la decisión de publicar esta imagen. Asimismo, pedimos disculpas por cualquier daño moral que el comentado error tipográfico haya podido ocasionar a cualquier persona.

Ona Bascuñán. Dep. de comunicación H&M España y Portugal

Yo pensaba que el trabajo de jefa de prensa de una cadena como H&M sería un muermazo, y que la empresa compensaría el supino aburrimiento del cargo con un sueldazo de quitar el hipo. Pero ya veo que no, que tiene sus momentitos. Estoy por pasarme al mundo de las relaciones públicas, porque escribir cartas como esta me parece un reto literario y periodístico más estimulante que cualquier reportaje. Creo que si lo ensayo, me saldría de puta madre (perdón, quería decir de punta madre) el tono moralista y pacato.

Señora Bascuñán, no se aflija, por dios. El problema es de los padres, que las visten como puntillas. Además, o mucho me equivoco, o en este hermoso país, tierra de los Morancos, Torrente, los del Río, Jesús Gil, José Luis Moreno y José Bono, nadie va a sufrir un "daño moral" por un quítame de ahí esas putillas. Ya sabe lo que dice Torrente: "En cuanto las niñas echan la primera sangre...".

PADRES SIN VOCACIÓN

A mí me gustaría ser padre, pero ahorrándome los primeros 18 o 20 años de vida de mi hija (ha de ser mujer, a un hijo varón le tiraría por el retrete o le echaría a la calle para que se lo comieran los chacales. Y si no hay chacales, le echaría unos cuantos encima). Me ahorraría toda la parte rollo de la paternidad y me enfrentaría a una tipa que habría leído algo y habría visto un poco de mundo. Y tendría edad para beber. Por tanto, podríamos acodarnos en un bareto a hablar de nuestras cosas. Sería más entretenido que ir al parque, cambiar pañales y ayudarle con los deberes. Una vez, planteándole esto a una amiga que hoy ya solo es conocida (entre otras cosas, por respuestas tan estúpidas como esta), me soltó, indignada: "Si todo el mundo pensara como tú, la humanidad se extinguiría". Pues qué descanso para todos, ¿no? Pueden estar tranquilos: el cambio climático conseguirá lo que no lograremos individuos como yo.

Lo que no sabía yo era que compartía espíritu antipaternal con la aristocracia inglesa. Enric González, en su precioso y altamente recomendable Historias de Londres, reproduce una carta que Evelyn Waugh escribió a su esposa hablando de su hijo Auberon. Es maravillosa. Aquí la copio, y recuerden en todo momento que está hablando de su hijo, y no es ficción:

Querida Laura:

He llegado a la lamentable conclusión de que el chico Auberon no es todavía un compañero apropiado para mí.

Ayer fue un día de supremo sacrificio. Le traje desde Highgate, le subí a la cúpula de San Pablo, le regalé un paquete de sellos triangulares, le llevé a comer al Hyde Park Hotel, le subí a la azotea del hotel, le llevé a Harrods y le permití comprar vastas cantidades de juguetes (los cargué en tu cuenta), le llevé a tomar el té con Maimie, que le dio una libra y una caja de cerillas, y le llevé de regreso a Highgate en un estado (yo, no el niño) de completo agotamiento. Mi madre le preguntó: ¿Has tenido un buen día? Un poco aburrido, contestó. Así que esta es la última vez en bastantes años que me molesto por mis hijos. Puedes reprochárselo.

Pasé una velada muy divertida emborrachándome en la Cámara de los Comunes con Hollis y Fraser y la viuda Hartington (que está enamorada de mí, parece) y Driberg y Nigel Birch y Lord Morris y Anthony Head y mi primo comunista Claud Cockburn.

Ayer cené con Maimie. Vsevolode se pasó el rato yendo a la cama y volviendo.

Londres está más lleno y ruidoso que nunca.

Con todo mi amor, Evelyn.

¿No es genial? Me encanta la apostilla "puedes reprochárselo". Es sublime. Yo también me lo habría pasado muy bien coqueteando con la viuda Hartington, sea quien sea.

Aclaración para almas cándidas: me encantan los niños. Si tienes suficiente sentido del humor, puedes pasártelo mejor con ellos que con muchos adultos. Los niños no se divorcian ni se agobian por su jefe, así que sus conversaciones suelen ser mucho más interesantes y tienen más puntos en común conmigo. Son caprichosos, inconstantes y les gustan los dibujos animados. Ya son tres rasgos los que compartimos, más que con la mayoría de la gente de mi edad. Por supuesto que prefiero hablar de Pocoyó antes que tragarme los conflictos de pareja de un par de pelmas con karaoke en el salón. Pero estoy con Evelyn Waugh: donde esté una borrachera en la Cámara de los Comunes, que se quiten los hijos. Especialmente, los propios.