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Resumen

ELEMENTOS PARA UN GUIÓN DE AZCONA

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Paso junto a un colegio mayor femenino del Opus y me encuentro tirados en su santificada puerta un montón de flyers del New Crazy Horse, uno de los más reputados lupanares de la Inmortal Ciudad de Zaragoza, conocido por todo quisqui porque está en una concurrida y céntrica esquina. ¿Alguien quiere decirle algo a alguien? ¿Buscan abrirse a nuevos mercados? He estado por recogerlos y entrar con ellos en la conserjería diciendo "creo que se les ha caído esto", pero llevaba prisa. Me he quedado sin resolver el enigma.

Más cosas del mundo insólito. A estas horas, muchos de vosotros lo habréis leído en el periódico donde echo las tardes: se acaba de presentar una Biblia traducida al aragonés (flipo de que no se hubiera editado hace treinta años. Creo que entonces sí que hubiera tenido un peso y un valor simbólico que hoy ya no tienen estas cosas). Isto ye fenomenal. ¿Para cuando Das Kapital? Es más, ¿cuándo estarán traducidos los discursos de don Manuel Pizarro? Hay mucho trabajo por hacer.

Y ahora, una denuncia. Vivimos en una calle pequeñita y poco transitada. Un escondrijo perfecto. Por eso, a la hora del café, se llena de motos de la policía local. Hoy he contado ocho. ¡Ocho! Aparcan y se juntan en el bar, que viene a ser su Cheers. Lo que sospecho es que eligen ese bar y esa calle porque pueden aparcar las motos con la seguridad de que ningún mandamás va a verlas ahí paradas. Porque el bar también tiene entrada por la avenida, pero ellos aparcan en la callecita umbría, romanticones que son. Y se pasan más de una horita en el bar, que los días que salgo más tarde siguen ahí. Hay veces en que me entran unas ganas de hacer una foto con el móvil y enviarla... O colgarla en el blog. Pero luego me ablando: ¿quién puede ser tan cruel como para joder a un funcionario en el ibérico arte del escaqueo? Pero me da no sé qué verles derrochar el dinero de mis impuestos en cortados con sacarina.

Ahora mezclo colegios mayores, puticlubs, biblias en aragonés, discursos de Manuel Pizarro y polis escaqueándose del curro, y me sale un guión de Rafael Azcona. Pero para eso tendría que tener el talento de Azcona y menos sueño y cansancio de los que sufro a estas horas de la madrugada.

SI LO HUBIÉRAMOS SABIDO

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A mí me resulta muy difícil reseñar el libro de un autor al que conozco personalmente. Por eso, cuando Antón Castro me ofreció escribir sobre lo último de Félix Romeo, pensé en negarme. Pero no lo hice, y no me arrepiento. Mientras leía Amarillo, que Félix me regaló con una preciosa dedicatoria, veía muchas cosas que sé de él, y otras que creo adivinar. Cosas que deja a la vista en su persona pero no caben en sus libros. Por supuesto, escuchaba su voz narrándome el texto y creía entender algunos silencios y algunos quiebros. Tenía la lectura contaminada por la presencia física de Félix, que no me dejaba ver bien al Félix literario que está en el libro. Por eso he tenido que hacer un gran esfuerzo para escribir esta reseña, olvidando lo que sé de él y fingiendo no conocerlo. Espero haber sido lo suficientemente honesto.

Esta crítica apareció este jueves en el suplemento Artes y Letras de Heraldo.

Siete años después de "Discotheque", Félix Romeo (Zaragoza, 1968) ha vuelto a las librerías con una obra de críptico y sugerente título, estampado en la cubierta sobre un minimalista paisaje urbano de Pepe Cerdá. Una tapa dura que encierra unas 150 cuartillas breves y afiladas, absolutamente inclasificables. "Amarillo" no es una novela. No es ni siquiera una ficción, aunque el texto tenga algo de fábula y el Chusé Izuel y el Félix Romeo que aparecen en él tengan algo de personajes construidos y trabajados en el taller del escritor. Tampoco es un ensayo, ni mucho menos una biografía, y su carga lírica no basta para leerlo como poesía.

"Amarillo" (Plot. Madrid, 2007. 140 páginas) es un proyecto que rondaba a Félix desde hacía años y que ya había anunciado en alguna ocasión: escribir un libro sobre el suicidio de su amigo de infancia, el escritor zaragozano Chusé Izuel, que se tiró desde el balcón de su casa en Barcelona el 27 de febrero de 1992, cuando tenía 24 años. Bien, pero, ¿qué libro? ¿Un homenaje, una biografía, una reflexión sobre su amistad, una novela?

Félix ha guardado todos estos años un montón de recuerdos de su amigo fallecido: todas las cartas que le escribió, sus cuentos, sus novelas inacabadas, las reseñas y artículos que publicaba en la prensa... Textos, muchos textos. Romeo bucea en ellos, aunque se los sabe de memoria, en busca de las pistas que le hagan comprender lo incomprensible y que, en cierta forma, le liberen de la culpa que siente por no haber sido capaz de prever ese desenlace.

Visto así, la estructura del relato podría ser detectivesca, pero el dolor no consiente a Romeo el lujo de mostrarse aséptico, ni siquiera tanto tiempo después. Por eso el texto adopta una forma fragmentaria, descoyuntada, creando poco a poco una argamasa que va trasladando al lector la angustia íntima que está instalada dentro del autor. Conforme avanza la lectura, el misterio que rodea al personaje de Chusé Izuel va pasando a un segundo plano, mientras el estupor vacío del personaje de Félix Romeo lo va ocupando todo.

A través de los textos y de los fragmentos transcritos con todos sus errores e incongruencias, aparece el Chusé Izuel que se iba a suicidar, pero lo hace a través de los ojos de Félix Romeo, y es su mirada la que prevalece y da sentido (o un no-sentido) al libro. Eso es "Amarillo": un hombre que mira sin comprender.

En los párrafos asoman todos los recursos de la literatura posmoderna que Romeo ha ido incorporando a su estilo desde su ópera prima, "Dibujos animados" -especialmente, de la literatura que viene de Francia y tiene a Georges Perec y a los autores de Oulipo como norte y punto de partida al mismo tiempo-, con un énfasis muy insistente en la reiteración deliberada, el arma que mejor maneja y que le sirve para insinuar y apuntalar esas zonas de sombra en la conciencia que va rodeando mientras escribe.

Pero ni su carácter incompleto ni su estructura resquebrajada e informal libran a "Amarillo" de caer en la trampa que pretendía soslayar a toda costa: la de la nostalgia. No es una nostalgia ñoña y sentimentaloide, claro, pero de cada pequeño detalle se desprende un lamento callado que, si su autor se atreviera a formularlo, lo haría en forma condicional. Algo así como: "Si lo hubiéramos sabido...".

02/02/2008 01:28 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 4 comentarios.

CREENCIAS POPULARES

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Las estadísticas chorronas son maravillosas. Según una encuesta de una tele británica, el 23 % de los ingleses cree que Churchill es un personaje de ficción, y el 59 % piensa que Sherlock Holmes, en cambio, sí que existió de verdad. También son muchos los que piensan que Cleopatra, Ricardo Corazón de León y Charles Dickens son de mentira.

No sé qué motivos puede haber para el escándalo. Una gran parte de la humanidad basa su existencia en cosas como que un señor palestino caminó sobre las aguas y resucitó muertos. Y ambos hechos son estupideces si se tiene en cuenta que el susodicho señor palestino nació de una mujer Virgen, con su himen bien rígido, y fue concebido por el mismísimo Dios, que, para rematar la faena, es uno y trino, como un transformer. Otros muchos millones de personas mueren felices porque saben que se van a pasar la eternidad entregados al fornicio con bellas y dispuestas vírgenes, y otros van mirando los ojos de la gente en busca de la reencarnación de un sacerdote.

La parte de la humanidad que no basa su existencia en estas cosas, lo hace en la lotería, la Liga de Fútbol Profesional o anhelando en solitario a una estrella del porno.

Y a los que vivimos sin estas cosas nos llaman descreídos. Nos miran como si no tuviésemos alma.

Entonces, ¿qué tiene de extraño que Winston Churchill sea un personaje de ficción? Al menos, Sherlock Holmes arrestó a Jack el Destripador (si es que Jack el Destripador no es un personaje de la tele), pero, ¿qué coño ha hecho ese tal Churchill por nosotros? Además, Sherlock Holmes tiene su casa-museo en Londres, y Churchill, sólo una estatua. ¿Hacen falta más pruebas?

SOPOR

Sopor, mucho sopor. No por mí, que estoy con mil historias y la mar de feliz, sino por la actualidad. Qué aburrimiento, hijos míos. Ayer dediqué el día a encerrarme en un archivo histórico a rastrear pistas cual perro -creo que en marzo o abril ya podré contar alguna novedad firme sobre esta investigación-. Madrugué después de trasnochar, así que me fui a desayunar fuerte para espabilarme un poco. Iba con buen ánimo, de verdad, pero el cabrón del camarero racaneó el pincho de tortilla. Se ve que ha subido el precio de los huevos y las patatas, porque he notado cómo los pinchos de ese bar han ido menguando. Antes, el tío cortaba la porción alegremente con el cuchillo, y ahora apura el corte al milímetro.

Así que me senté con mi ridículo pinchito, mi café y el periódico. Fui pasando las hojas con desgana, sin que ningún titular me llamara lo más mínimo la atención. Pasé del rollo al coñazo, y del coñazo al sopor. ¿Será culpa mía? Pues no, me respondí tras liquidar el rácano-pincho. La culpa de todo la tiene Yoko Ono y el espíritu de Lennon que le sale por los poros.

Afinando más, los culpables son los políticos. Es que les veo, les leo o les oigo y arrecian mis inclinaciones suicidas. Qué pavisosos, qué julais, qué troncos. Y qué demagogos, y qué teatrillos tan cutres se montan. Qué pesadez, qué empacho. Y, sin embargo, cómo calan sus palabras en personas a las que se les presume inteligencia.

Un gay que conozco -fíjate qué moderno soy- me expresó el otro día sus temores: si gana el PP, ¿abolirán el matrimonio entre personas del mismo sexo? No sé quién me contó que en 1977 tenía unos vecinos que iban a comprarse una lavadora, pero que lo reconsideraron. El marido le dijo a la esposa: "La compramos después de las elecciones, que mira que si ganan los comunistas y nos la expropian, con lo que nos ha costado ahorrar". Sí, ya era una cosa ridícula y risible entonces, pero en 1977 se podían disculpar esas ingenuidades. A estas alturas de la película, yo pensaba que todos teníamos el culo pelao y sabíamos de qué iba el percal.

Pero no es así. La crispación ha calado y hay gente convencida de que, si gana el PP estas elecciones, los obispos se limpiarán el orificio anal con su certificado de matrimonio. No, por dios, que una cosa es la pantomima que los partidos escenifican con su crispación y sus milongas, y otra cosa es la realidad del país. Aquí no hay derechas ni izquierdas: sólo hay dos grupos de poder cuyas diferencias son simplemente de matiz. Sus rifirrafes son de mentirijilla: en lo esencial, están de acuerdo, comen en los mismos restaurantes y gobiernan de forma muy parecida. Sus ladridos son sólo estrategias para arrebatarle el poder al otro. Lo triste es que los ciudadanos entren al trapo de un teatrillo de guiñoles tan burdo.

Por ejemplo: ¿alguien puede decirme cuáles son las diferencias entre la política económica de Solbes y la de Rato? Las habrá, claro, pero serán detallitos de estilo. Ningún gobierno ha desmontado lo hecho por el anterior, aunque cuando están en la oposición parece que se van a comer al otro.

¿Que el PSOE sacó las tropas de Irak? Cierto, pero ese mismo partido participó en la primera guerra del Golfo y está por ver qué hubiera hecho en 2003 de haber estado en el gobierno: ¿se habrían opuesto a Bush? ¿Que el PSOE derogó el trasvase del Ebro? Sí, un trasvase impulsado por su propia política hidráulica, que el PP sólo había desarrollado.

Un ejemplo "tranquilizador" para los homosexuales que estén planificando exiliarse a Holanda: aunque ahora, en la oposición, el PP sufre de españolismo subido y jalea contra las políticas lingüísticas de País Vasco y Cataluña, desarrollan políticas lingüísticas similares en Valencia, Baleares y Galicia (cuando gobernaban), no se les ha pasado por la cabeza "recastellanizar" esas comunidades. 

Hay poco que inventar. En un estado de derecho con tantas instituciones consolidadas e inserto además en la Unión Europea, los partidos, en realidad, tienen poquito que hacer y que decir. Algo de maquillaje, un poquito de sombra de ojos por aquí y un colorete por allá. Pero lo fundamental no lo cuestiona nadie. 

En fin, que yo no temo al lobo feroz. Pase lo que pase tras el 9 de marzo, creo que mi vida va a cambiar bastante poco.

06/02/2008 14:17 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad Hay 15 comentarios.

NO PERDER LA COMPOSTURA

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Hace ya algún tiempo, en una bar, me presentaron a un escritor que no me desagrada. "Sergio es periodista, seguramente le habrás leído", dijo quien nos presentaba. El escritor en cuestión frunció el ceño, ubicó mi nombre entre las firmas del periódico y asintió para después preguntar, ansioso: "Hoy sale una reseña de mi libro en Le Monde. ¿Has leído Le Monde hoy?". Joder, qué mal estamos, pensé: con esos modales seguro que esta noche no ligas. Y yo que creía que los yonquis habían desaparecido con el Muro de Berlín... Ahí estaba el pobre novelista, temblando cual pajarillo, reclamando su dosis de vanidad parisina y asaltando a los viandantes para obtenerla.

Qué cosa más mala es no saber relacionarse. Me dio yuyu. Me lo imaginaba la noche anterior acurrucado, mirando el reloj y pensando: "Ahora mismo, mi reseña está estampándose en noble papel de periódico en un polígono industrial de las afueras de París". Sentí su deleite de yonqui, las ganas que tenía de tocar el ejemplar de periódico, de pasar y repasar sus hojas y, sobre todo, las ganas que tenía de recortar el cuadrito de la crítica y hacérselo tragar al joven aprendiz de pintor que ayer mismo juraba que mis cuadros eran su catecismo.

Hay que controlarse un poco en público. Hacerse el duro, fingir que la fama te fastidia, que es un precio que tienes que pagar, bla, bla, bla. Luego, en privado, te masturbas a gusto, pero en las reuniones sociales, compostura, por favor.

Porque me da la impresión de que las formas se están perdiendo. Los ególatras cada vez tienen menos miedo a mostrarse ególatras. Ni la modestia ni la aceptación de tus limitaciones están de moda. Cuando alguien alaba tu trabajo, no tienes que responder con un educado "gracias", sino con un "ya sé que soy bueno, gusano".

Pues yo reivindico la modestia como una virtud socializante. Si aquel escritor no me hubiera cogido de las solapas preguntándome si había leído Le Monde, quizá habría dado pie a una conversación de gente civilizada y yo no habría inventado una excusa para salir corriendo de aquel cónclave de pedorros. Y quizá hoy escribiría un post citándole con nombre y apellidos y diciendo lo majo e interesante que es. Saber tratar a la gente tiene un sinfin de ventajas publicitarias, no me lo negaréis. Así, lo único que consiguió es que se me quitaran las ganas de leer Le Monde y también, por supuesto, el libro reseñado.

Porque el savoir faire de la conversación funciona siempre entre personas educadas, y resiste cualquier prueba. Por ejemplo, hace años, un amigo y yo fuimos invitados a una comida algo formalilla, donde no había ni un resquicio posible para las salidas de tono. Por divertirme, y porque circulaban ciertas historias de otro de los invitados, hice creer a mi amigo -con la complicidad de otra amiga- que ese invitado era coprófago y que su mote era Coprolín. Se lo tragó, lo juro (la mentira, no el objeto de amor de los coprófagos). Para colmo, el chaval era vegetariano y le habían preparado un menú sin carne. Mi amigo pensaba: "Ya, ya, albóndigas no comes, pero las mierdas te las tragas de dos en dos". Y yo me partía la caja torácica por dentro viendo lo incómodo que se sentía. Pero mi amigo se comportó como un caballero y nada estropeó la comida. Nadie sospechó de la aversión que le producía todo eso. Ahora pienso que si mi amigo hubiera sido como aquel escritor, no habría podido reprimirse y, a mitad del segundo plato, se habría levantado gritando: "¡Dios, si te lees ahora mismo la reseña en Le Monde cagaré para tí todo lo que quieras!".

Lo dicho: hay que saber estar en los sitios.

Foto: el señor Mojón, un personaje de South Park.

TRENES FANTASMA

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Cada día estoy más convencido de que, pese a sus bravuconadas, malos modos y arranques fascistoides, los principales rescoldos del franquismo que siguen abrasando este país no están en el PP, sino en El Corte Inglés y en Renfe. Especialmente, Renfe.

Lo de esta redundante Red Nacional de Ferrocarriles Españoles (patriótica por partida doble, en nacional y en español) siempre ha sido tremendo. No contentos con haberse cargado sin necesidad la red convencional y haberse convertido en un servicio pijo de alta velocidad (¿por qué no podían convivir los dos modelos ferroviarios, como lo hacen en Francia, por ejemplo?), siempre andan buscando una nueva forma de joder al cliente, tratándole de gilipollas con la impunidad de quien se sabe todopoderoso e intocable.

Queremos ir a Málaga dentro de unas semanas a ver a unos amigos. En internet, Renfe tiene una oferta del 60 por ciento de descuento si compras los billetes a través de la web con una antelación mínima de 15 días. Así que vamos a ello, pero nada funciona allí. Nosotros, que compramos casi todos los billetes de nuestros viajes por el mundo a través de internet (hasta he llegado a adquirir billetes de tren en una web escrita en danés, y a pesar de que no entendía ni papa, era más sencillo), somos incapaces de desentrañar los misterios del servicio de venta de Renfe. El cabrón nos dice que no hay trenes. Ni uno. Ni siquiera nos dice que van todos llenos. Simplemente, que no hay.

Cabreados, llamamos al teléfono que viene en la página, y se escenifica este absurdo diálogo de besugos:

-Buenas. Mire, que estamos intentando comprar billetes Zaragoza-Málaga para dentro de tres semanas y nos dice el sistema que no hay trenes. Nos parece muy raro.

-Ya, claro, es que no están puestos todavía los trenes para algunos trayectos.

-Ah, pero es que quiero hacer uso de la oferta de la tarifa web que anuncian y, para eso, tendría que poder comprarlos 15 días antes del viaje.

-Pues no sé. Vaya mirando todos los días a ver si uno de estos aparecen ya los trenes.

-Entonces, ¿me garantiza que van a estar antes de esos 15 días?

-No lo puedo garantizar nada.

-Pero es absurdo: ¿por qué tienen una oferta que no pueden ofrecer?

-No le puedo garantizar nada.

Siguiendo el ejemplo de Renfe, voy a poner un anuncio diciendo que ofrezco paseos en calesa de caballos por Zaragoza. Cuando alguien venga a contratar mis servicios les diré que lo siento, que no tengo calesa ni caballos, pero que vuelvan otro día para ver si, por casualidad, ya tengo la calesa y los caballos. ¿Qué empresa seria anuncia servicios que no puede dar? Que no puede, o que no le da la gana. Eso en mi pueblo tiene un nombre: estafa.

ESTOY COMO UNA CABRA

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Aunque me divierte mucho todo lo sobrenatural, soy morboso hasta el páncreas, crecí con Poe y Lovecraft y podría disertar un buen rato sobre las sutiles diferencias que hay entre un poltergeist y una casa encantada, me tomo todo bastante a cachondeo. Soy materialista sin esperanzas, sólo creo en nuestro ser como carne andante movida por impulsos nerviosos y conexiones neuronales y no concibo otro destino tras la muerte que la putrefacción lenta y pestilente.

Y, sin embargo...

Sin embargo, viví con una bruja. Una bruja que tenía una pobre gata llamada Melania Luna y a la que una vez nos encontramos meditando casi a oscuras sentada en medio de un triángulo de sal en el suelo. Una bruja que tenía varios tarots, incluido uno muy gracioso diseñado por un ruso blanco en el que la carta del diablo era Stalin. Una bruja que, cuando no hacía ni una semana que compartíamos piso y no sabía casi nada de mí salvo mi nombre, me echó las cartas y casi me dejó en el sitio. Ni mi mejor amigo podría calarme tan bien y decirme cosas que sólo yo sabía. Todavía me dan escalofríos cuando lo recuerdo.

Aun así, me río de los tarots y de todas estas mandangas.

Y, sin embargo...

Sin embargo, mi madre tiene por vecina a otra bruja vocacional. Una mujer que tampoco me conoce casi nada, pero que tiene cierta fijación conmigo. Me dice que puedo caminar tranquilo por la vida, porque tengo un espíritu guía tremendamente poderoso. Dice que es un antepasado mío que cuida de todos mis pasos, que siempre está conmigo y que tiene mucha influencia para cambiar el rumbo de las cosas. Cuando lo describe, ese espíritu guía se parece terriblemente a mi abuelo, con quien es cierto que me unía algo muy especial y cuya colección de miles de fotografías guardo en la misma habitación desde la que escribo esto. Y no sé muy bien por qué me he empeñado en ser el guardián de ese legado. Pero esa bruja no sabe nada de mi abuelo ni de la relación que pudiera haber tenido con él. ¿Por qué sabe esos detalles que no sabe nadie? 

Aun así, me río de los espíritus guía y de mi abuelo también (él era muy de reírse de las cosas, y hay quien dice que he heredado su negro sentido del humor, así que no le importaría).

Para mí estas cosas son sólo divertimentos. Ni el suceso más espeluznante me asusta, sólo me divierte, despierta mi morbo. Pero empiezo a creer que hay una conspiración urdida para introducirme en el misticismo new-age. Ahora, Cris ha buscado mi horóscopo chino y, según ella, respondo perfectamente al perfil. Vamos, que mi horóscopo chino me hace un retrato psicológico completo. En el calendario chino, soy Cabra, y esto es lo que dicen de la Cabra:

"Es honrada y sincera, de modales retraídos e incluso tímida. Sus tendencias artísticas, su elegancia y capacidad creativa son los aspectos más positivos. Ser pesimista y el no poder manejar sus emociones, es su parte más negativa. Otro de sus defectos es que siempre se le va la mano en los gastos; es posible que un nativo extremo de este signo dilapide el dinero como si no fuera propio.

La Cabra puede ser comprensiva con los demás, no soporta la disciplina ni las criticas. Es de estados de ánimo cambiantes y para nada objetiva. Su aspecto exterior es tranquilo pero interiormente es muy firme y decidida. Entregada a una discusión seguramente nadie sabrá que le molesta pero sí habrá que soportarle su mala cara, que en la mayoría de los casos le da más resultado que cualquier improperio. El nativo de este signo es generoso, tanto con su tiempo como con su dinero.

Tiene una suerte fantástica, es frecuente que la gente le deje dinero en su testamento y hasta el más pobre de estos nativos podrá heredar algo de valor de sus padres o familiares. La Cabra en realidad, nunca se desprende del cordón umbilical. Jamás se olvida de los cumpleaños ni de ninguna otra ocasión especial. Pobre de quien se olvide de su cumpleaños, será culpable de todas sus desdichas y posiblemente por el resto de su vida. Este nativo es básicamente pesimista y orienta su futuro siempre enfocado hacia lo peor. Claro que él se asegurará de tener cerca a alguien que le levante el ánimo. Los contratiempos le desequilibran de tal manera que es incapaz de superar las adversidades.

A una mujer Cabra le preocupa en exceso su higiene personal, aunque paradójicamente pueda tener la casa hecha un desastre y es frecuente que no sepa ni donde están las cosas. La Cabra es de un gusto impecable en la elección de su ropa y le gustan los accesorios elegantes. Entre los nueve y los noventa años, todas las Cabras son absolutamente románticas y como no les gusta desagradar a los que aman es posible que la Cabra de vueltas tontamente, sin hacer nada, para evitar conflictos y que al final se la critique por no haber tomado una posición definitiva. El trato con ella es muy difícil porque su hipersensibilidad y su tendencia a una excesiva autocompasión, incluso tiene tendencia llorona.

Si siente que sus capacidades son apreciadas, la Cabra se sentirá maravillosamente bien. Siempre está ávida de amor, atención y aprobación... en ese orden. Debería poder ingresar en cualquier área creativa en la que se destacara y contar con la libertad de hacer lo que más le guste. Cuando se trata de estética, no te inquietes, que la Cabra no te defraudará porque tiene un gusto muy selecto y preferencias refinadas. Pero no estará de más volver a advertirte que también tiende a gastar muchísimo y que seguramente no será muy practica. A menos que haya nacido a una hora regida por un signo fuerte tal como el Dragón, la Serpiente o el Tigre, no debe emprender trabajos que exijan demasiada responsabilidad o toma de decisiones.

En general, se puede decir que una Cabra no tendrá que trabajar demasiado para ganarse la vida. Las cosas buenas le llegan naturalmente y eso está bien porque a ella le gustan la comodidad y el lujo. Cualquier cosa fea o inferior le deprime. Es tan sensible a la armonía y a la belleza que sus estados de animo dependen en gran medida de su ambiente. La Cabra funciona mejor en habitaciones luminosas, ventiladas y decoradas con gusto".

Aun así, me río yo del horóscopo chino.

Y, sin embargo...

FUNCIONARIOS COMO LOS DE ANTES

El otro día, cuando contaba mis cuitas con Renfe, me acordé de otro episodio de prepotencia burocrática que he tenido la desgracia de presenciar hace poco.

Fui a Correos a recoger unos libros que había comprado por internet, y por delante de mí en la cola había una chica sudamericana muy angustiada. Por lo visto, le tenía que haber llegado por la mañana un paquete Postal Express desde Madrid (de los que Correos se compromete a entregar en menos de 24 horas en cualquier punto de la península) y no había recibido nada. El contenido del paquete era muy importante y había ido a buscar información, a ver si estaba en la oficina. Le dio al empleado los datos del remite y los del destinatario, así como la hora y fecha de envío. El empleado, con cara de zurullo, la miró con fastidio, casi con asco, y le espetó:

-¿Y qué quiere que yo le haga? Y yo qué sé dónde está el paquete. No le puedo decir nada.

Joder, señor Zurullo, pensé: si tiene usted ahí un ordenador conectado a las bases de datos. Digo yo que tecleando los datos que le indica la chica seguro que podrá hacer algo. Suponiendo que sepa utilizar el aparato para algo más que para descargarse powerpoints porno. Ella insistió:

-Puedo llamar ahora a quien me lo envía para que me dicte el número del resguardo que le hicieron, si eso sirve de algo.

-Llame, llame, pero en fin, no le voy a poder decir nada. Seguro que se lo están repartiendo ahora en su casa.

-Es que son unos documentos muy importantes que me han enviado desde Perú vía Madrid y los necesito urgentemente.

Entonces, el Zurullo exhibió toda su despampanante agilidad mental:

-¿De Perú? Pero vamos a ver: si los enviaron ayer desde Perú, ¿cómo van a estar hoy aquí? -apostilló acentuando su cara de asco. Sólo le faltó añadir "sudaca de mierda". No hizo falta, la verdad. El gesto ya lo indicaba. La chica, aun así, mostró una paciencia y una educación sobrenaturales, y volvió a explicarle que el paquete había salido desde Madrid, aunque venía originalmente de Perú. Pero, claro, esto es una información incomprensible para un funcionario de Correos. ¿Qué sabrá él de envíos, rutas, paquetes y franqueos?

Me dejó muy mal cuerpo aquel ser mezquino, ese Torrente de cloaca. Como decía un profesor que tuve, "esos maquiavélicos de bolsillo, esos tiranos domiciliarios". Estuve por decirle a la chica que a mí Correos me perdió una vez un Postal Express, que a veces esta gente pierde cosas y no sabe asumir su error o su incompetencia. Que no se cortara en montar el pollo, que estaba en su derecho, que esos envíos van asegurados y que tienen que indemnizarla si no cumplen con el contrato. Pero me callé. Ella ya sabía todo eso. Simplemente, estaba siendo educada pese a la angustia que, evidentemente, le dominaba. Y me jodió aún más tener la certeza de que, si yo estuviera en el lugar de la chica, el señor Zurullo no me habría tratado con ese desprecio miserable.

Luego saldrá el mamut de Arias Cañete diciendo que ya no hay camareros como los de antes. Por suerte. Yo estoy deseando que tampoco haya funcionarios de Correos como los de antes ni ministros Arias Cañete como los de antes, ni españoles como los de antes.

Espero que la chica recibiera sus documentos.

DOS PELIS VIEJAS NUEVAS

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Domingo improductivo. Deberíamos haber salido a ver las pelis que están en cartel y que apetece disfrutar. Especialmente, el barbero cantante de Tim Burton (ese director que es una de las mejores cosas que le han pasado al cine en los últimos 20 años, pese a que su filmografía tiene alguna que otra memez) y No Country For Old Men (lo siento, me niego a citar la horrenda y seudoliteral traducción castellana). En lugar de eso, hemos visto dos títulos viejos que se nos pasaron en su día: Las mujeres de verdad tienen curvas y El mismo amor, la misma lluvia. Sí, comedia-drama o drama-comedia, con final feliz y debidamente edulcoradas para no incomodar la conciencia del espectador suburbano. ¿Qué queréis? Es domingo y hace día de resaca.

Pues eso, que no serán maravillas posmodernas ni aguijones que apuntan a las regiones oscuras del ser humano, pero como tampoco lo pretenden, y están hechas con oficio y gracia, se dejan ver a gusto.

Creo que Las mujeres de verdad tienen curvas me hubiera gustado menos antes de conocer la ciudad de Los Ángeles. Ahora veo en ella las calles que pateé, reconozco la estética que toda ciudad con carácter tiene -el modelo y los colores de los autobuses, las tiendas latinas del downtown, los tonos difusos y a la vez diáfanos de ese sol, el ladrillo de los bloques de edificios...-, y eso te pega a la pantalla. Pero la narración tiene suficiente fuerza para enganchar por sí sola. Es una historia de latinos en Los Ángeles, que cuenta el conflicto generacional entre los inmigrantes que han echado raíces al norte de la frontera y sus hijos, que ya sólo utilizan el castellano para hablar con sus abuelos.

La peripecia es muy simple: Ana es una alumna brillante que puede conseguir una beca para la Universidad de Columbia, pero su madre no quiere que vaya. No concibe que su hija le abandone: ha trabajado toda su vida cosiendo y ahora le toca a su hija ocupar su sitio en el taller. La tensión entre ambas vertebra todo el relato y permite que se desarrolle una historia iniciática. Ana descubre el mundo, el de su familia y el suyo propio, donde México se diluye poco a poco. La integración, las contradicciones, el conflicto entre el tradicionalismo materno y el desenfado filial, el choque cultural... Son elementos que dan mucho juego para contar una buena historia, y esta lo es, pero da la sensación de que todavía falta mucho camino por recorrer antes de que el cine americano haga la gran película sobre la comunidad latina. Todavía está por venir el Coppola o el Spike Lee latino. Iñárritu tiene boletos para convertirse en él. Habrá que verlo. En cualquier caso, Las mujeres de verdad tienen curvas es una peli muy bien contada, dirigida con una sensibilidad muy delicada que nunca resbala hacia lo cursi, e interpretada por unas actrices fantásticas, pero no alcanza la intensidad de sus equivalente británicos, Mi hermosa lavandería y El buda de los suburbios (si no las habéis visto, no sé qué hacéis perdiendo el tiempo leyendo este blog: tirad de e-mule ya). Esos sí que son dos poemas que trascienden la anécdota y dan ese paso que Las mujeres de verdad tienen curvas no se atreve a dar, quizá por imperativos de happy end. Una lástima, se queda a las puertas. Eso sí, muy bien elegida la banda sonora: Aterciopelados, Lila Downs, Julieta Venegas...

El mismo amor, la misma lluvia fue la tarjeta de presentación del argentino Juan José Campanella, que ahora se gana la vida como director de series en Hollywood. Una peli hecha para mayor gloria de Ricardo Darín, el niño bonito de la Argentina. Es un relato ambicioso, que pretende abarcar 20 años de historia a través de un personaje. Un prometedor periodista y escritor que no logra publicar va pasando de la época de los sueños y proyectos a la de las duras realidades, y de las duras realidades al conocimiento de la propia cobardía, y de la propia cobardía, al cinismo, y del cinismo, a la degradación moral progresiva, y se la degradación moral progresiva, al abismo y, quizás, a la muerte. Interesante. La divina comedia, los héroes clásicos han ido a pasearse por el callejón del Gato, sálvame Latino, y todas esas cosas que tan bien funcionan en la literatura y que tanto nos horrorizan porque nos reflejan. A priori, la cosa marcha: hay traiciones, silencios, mezquindades, soledades y lamentos que no se lamentan, y Darín cumple sobradamente endureciendo su cara conforme avanza la historia. Hasta que pincha.

Primero pincha poquito: es una picadura de mosquito, algo molesto: una chica que aparece y desaparece como el Guadiana, el típico amor tormentoso. Bien, adivinas por dónde van los tiros: hay que meterle algo de romanticismo, es un cabrón pero se hace querer, ella es ingenua, bla, bla, bla. Basurilla romanticona, que ni alimenta ni empacha. Pero la chica aparece con una insistencia machacona, hasta que la peli pincha por completo, estrepitosamente. Sí, lo habéis adivinado: justo cuando el personaje toca fondo y se refocila en las miasmas de la abyección más mezquina, aparece la de siempre y le redime con una caídita de ojos. El otro pone cara de cordero degollado, cae la lluvia sobre Buenos Aires (¿cómo no redimirse y volverse a enamorar cuando te estás morreando en medio de un chaparrón bonaerense?) y el personaje recupera su dignidad. Y catapún: happy end.

Pues no, eso es un engaño, joder. Deja al fracasado con sus miserias, no le salves. Esas artimañas sólo le han salido bien a un director en la historia del cine, y aunque Campanella se esfuerza mucho en imitarle, es evidente que le faltan su hondura y su talento: Billy Wilder. El mismo amor, la misma lluvia copia la estructura de las comedias de Wilder: un personaje desencantado se va hundiendo poco a poco hasta que un gesto, una mirada o un mcguffin le despiertan de la inercia. Entonces, en dos planos, el personaje crece, remonta todos los círculos del infierno de Dante y aparece irradiando dignidad en la pantalla. Pero no suele obtener recompensa: al contrario, su valentía le sale cara, y a veces la paga con la vida, como en Sunset Boulevard. El ejemplo más socorrido es el de El apartamento: justo cuando el personaje de Jack Lemmon ha renunciado a todo y no le queda ya nada más que vender, Fred MacMurray le pide la llave del apartamento para llevar a Shirley MacLaine. Lemmon ni siquiera duda: su cara transmite una determinación suicida, y le entrega una llave. "Se ha equivocado -le dice MacMurray-, me ha dado la llave del lavabo de ejecutivos". La llave que simbolizaba su ascenso, el plato de lentejas por el que había vendido su dignidad. Devolviéndosela -sin estridencias, sin tirarla al suelo, sin un subrayado musical-, Jack Lemmon se limpia de porquería y resurge como héroe. Es la victoria de los hombres que, como decía Claudio Rodríguez, siempre están en derrota, pero nunca en doma.

Pero ese truco de magia cinematográfica sólo te sale bien si te llamas Billy Wilder. No conviene hacerlo en casa, porque te puedes quemar. Y Campanella se quema, destrozando una peli que a veces atiza donde duele, pero que al final acaba errando el tiro.

Foto: America Ferrara, prota de Las mujeres de verdad tienen curvas y, actualmente, Ugly Betty, la versión yanqui de Betty la fea.

18/02/2008 00:22 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 3 comentarios.

BASURILLA

Tenemos estropeado el ordenador de mesa. Lleva como una semana ingresado en la UVI de la tienda y no sabemos si saldrá de esta, así que estoy instalando todos los periféricos en el portátil. Me falta el escáner-impresora, y para ello necesito el CD de instalación. Dios, a saber dónde se meten esas cosas después de instalarlas. Tenía la esperanza de que estuviera en una carpeta donde solemos guardar los cedeses de todos los cachivaches que compramos. Y a fe que la carpeta estaba a rebosar de discos. Estaban todos toditos: el iPod, la cámara de afotos, no sé cuantos programas que nunca he usado, dos ratones, el ADSL, un videojuego de romanos, otro de carreras y dos discos más que no he sabido a qué correspondían. Estaba todo, menos el del escáner-impresora. Así que he organizado una batida por las estanterías del despachito y me he ido encontrando estas cosas:

-Dos gafas de sol.
-Un paquete de diez sobres calidad extra sin abrir.
-Un abanico.
-Tres botones.
-Un velón con la imagen de la Virgen de Guadalupe y la leyenda "Reina de México y Emperatriz de América" que compramos en el Yucatán la víspera de un huracán, por si no volvía la luz en el hotel.
-Una linterna comprada en el mismo sitio y por las mismas razones.
-Una acreditación de prensa de las fiestas del Pilar de 1999.
-Otra acreditación de prensa de las fiestas del Pilar de 2001.
-Otra acreditación de prensa de las fiestas del Pilar de 2004 (¿y las de los otros años? ¿Las cambiamos por un bocadillo de calamares a las cinco de la mañana?).
-Una agenda de 1996 sin estrenar.
-Una foto en la que salgo con mi amiga Chela e Il Cacciatore, que ahora recuerdo que nos hizo Isabel (hola, Isabel) una noche de jarana en el Bonanza cuando Chela se vino a pasar unos días a Zaragoza. También me he acordado de que entonces yo vivía en la Magdalena. Isabel ahora vive en Estados Unidos: me he acordado de que hay que organizar un viaje para conocer Mineápolis un año de estos.
-Sobres, papel de estraza y cinta aislante de cuando descubrí e-Bay y me dio por vender los vinilos más horribles de mi colección. Un japonés me compró un birrioso álbum de Obús (que era una recopilación, ni siquiera era original) por 45 euracos. Se lo mandé por correo a Japón y no paró de mandarme mails hasta que lo recibió.
-Tests de autoescuela de cuando me dio por sacarme el carnet de conducir. Sólo están hechos la mitad: ahí está la marca de cuando tiré la toalla y decidí seguir siendo un simple peatón.
-Revistas de Popular Rock de hace cinco años.
-Un CD con Las Hurdes, tierra sin pan, de Buñuel.
-Un billete de lotería de Navidad de 2003. Sin premiar, claro.
-Un folleto de una exposición retrospectiva de Dino Valls en el Palacio de Sástago en 2001.
-Un póster de El tercer hombre que tenía colgado en mi piso de Madrid y que no sé si he colgado alguna vez en Zaragoza. Si lo cuelgo ahora será para chinchar a Cris, que no le gusta colgar cuadros ni fotos en las paredes.
-Un carrete de Fijifilm de 32 fotografías sin gastar.

No he encontrado el CD y sigo sin poder instalar el escáner-impresora, pero me ha dado por preguntarme si somos algo más que generadores de detritus. Quizá hablar de legado suene más fino, pero me da la impresión de que el único rastro de nuestro paso por la vida es la basurilla que vamos arrumbando.

OUTSIDERS

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La Sexta ha emitido un Robin Hood de la BBC que, por lo visto, causa furor en el Reino Unido, pero que aquí ha pasado sin pena ni gloria. Lo han visto cuatro gatos mal contados. Como era de esperar, ya han salido los paladines de turno lamentando simultáneamente todas estas cosas contradictorias:

a) Que en España seamos tan catetos al no apreciar tan sublime producto de la BBC.
b) Que, por otro lado, el sublime producto de la BBC -una reinvención del mito de Robin Hood- era demasiado localista, imposible de cuajar en una sensibilidad no inglesa (vaya por dios, qué pena que nuestras toscas pieles endurecidas por el ibérico sol no nos permitan disfrutar de las deliciosas ironías de una civilización que aprecia el té).
c) Que -y aquí la cosa se pone patriótica subida-, qué cojones, que no necesitamos Robin Hoods de pacotilla. Como si la historia y el leyendario español no estuvieran saturados ya de bandidos, guerrilleros, espadachines y caudillos. Lo que pasa -y aquí seguro que Pérez Reverte daría un puñetazo en la mesa y haría tintinear sus espuelas- es que somos unos acomplejados, unas nenazas hipotensas indignas de recibir la viril inyección de gallardía ibérica que el cuerpo nos pide. ¿Para cuándo una serie sobre el Cid? ¿Para cuándo un Curro Jiménez revisited? ¡Que chispeen los facones en la serranía de Ronda! ¿Qué pasa con nuestros héroes, por qué no los sacamos del armario?

¿Cómo pueden hacerse esas preguntas sin ruborizarse? En fin, si no son capaces de responder a algo tan sencillo lo haré yo: en España nadie airea al Cid, a Curro Jiménez y a Agustina de Aragón (mezclando verdad y ficción a lo loco) como los ingleses airean a su legendario Robin Hood, básicamente, porque en Inglaterra nadie ha forzado a beber a un torturado aceite de ricino en nombre de Robin Hood.

No me hagan mucho caso, pero igual tiene algo que ver: no estamos hablando de mitología inocente, sino de un imaginario emponzoñado por un fascismo sanguinario. No hay detergente capaz de limpiar las manchas de sangre que lleva y presentarlo inmaculado de la noche a la mañana. Escuchen Adivina, adivinanza, del decadente Sabina, y aspiren los aromas que desprenden la fermentación de esos tópicos.

Y sí, los bandidos del siglo XIX, convenientemente idealizados por los románticos europeos, podrían cubrir ese hueco del leyendario popular. Y, de hecho, en buena medida, lo cubren, aunque su historia no se haya fijado en una literatura ni en un cine verdaderamente populares. Aquí, cuando un autor quiere sacar de paseo los tópicos del imaginario patrio tira por el lado de Don Juan, de la Celestina, de los Quijotes y Sanchos y de los perros del hortelano. Lo demás, mejor no meneallo.

En los años 80 hubo cierta fascinación por los hampones, por los Perros callejeros : Makinavaja , el Chino de Barcelona, Bajarse al moro , Macarra de ceñido pantalón... Eran los nuevos outsiders, esas figuras marginales que fascinan por su libertad. Eran la reinvención de los outsiders del western, que nunca han muerto del todo y que, según creo que escribió Borges, conforman la mitología del siglo XX. Pero los destellos de libertad de esos personajes funcionan siempre que no se les saque de su marginalidad: cuando un régimen totalitario los hace suyos y se los obliga a tragar a los escolares no como representación del triunfo del individuo frente a la norma establecida, sino como encarnación de valores mostrencos, pierden toda su validez. Por eso el Dioni, con su furgón y sus chatis de Ipanema, va a ganar siempre a cualquier bandido matafranceses.

24/02/2008 13:37 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 4 comentarios.

VIVO EN OTRO PAÍS

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Tengo muy claro aquello de Aristarain de que la patria son los amigos, pero en los últimos tiempos me había hecho la ilusión de que el país discutido y discutible que se escupen a la cara tirios y troyanos existía de verdad y que yo vivía en él. Que podía reconocerme en sus perfiles y medianías. Que viajaba por el mundo y reconocía una parte de mí en las huellas que ese país dejó esparcidas en la barbarie de otros siglos. Pero resulta que no. Puede que exista ese país, pero yo, decididamente, no vivo en él. Mi patria vuelven a ser mis amigos.

Lo comprobé el lunes. Día de debate. Un grupo de amigos, transgrediendo cualquier imperativo patriótico y de pundonor profesional (todos decimos ser periodistas y parece que ejercemos como tales lo que nos dejan ejercer), le dimos bola al trascendental duelo y nos metimos en un retaurante italiano a ponernos hasta las cejas de vino rosado para celebrar esta primavera anticipada. En la calle, un desierto. Es lunes, pensamos, la gente responsable madruga y no se va a emborrachar por ahí. Pero el restaurante estaba también extrañamente vacío, incluso cerró antes de lo normal. En el bar donde echamos la copa de rigor, cuatro gatos y un camarero que nos apremió un poco. ¿Dónde está la gente en esta gran ciudad europea que se las da de cosmopolita con la Expo que se le viene encima? Pues dónde va a ser, viendo el debate.

Juro que no daba ni un euro tirolés por el éxito de audiencia de ese engendro televisivo y político, pero míralo, 13 millones de españoles no pueden estar equivocados. Los raros y anormales somos nosotros, que decidimos que celebrar nuestra irreductible amistad era más importante que ese gallinero de politicastros. A la gente le interesa el asunto. Le interesa mucho. Luego yo, por fuerza, he de vivir en un país distinto. El equivocado, sin duda, soy yo.

Pero, aun así, y con ánimo de perseverar en mi error, aquí van dos apuntes, uno político y otro periodístico (y viceversa):

El político:
¿No echa un tufillo profundamente oligárquico este montaje televisivo? Si nos atenemos a lo establecido en la Constitución del Estado español con la que a Rajoy y a Zapatero se les llena tanto la boca, este debate no tiene sentido. O lo tendría solo para los electores de Madrid. Porque los debates cara a cara se pensaron para democracias presidencialistas o para sistemas de elección mayoritaria (es decir, en los que hay unos contendientes peleando por un escaño y el que saca el 50% más uno de los votos se lo lleva, y el otro se va a la calle), y la democracia española es parlamentaria y de elección proporcional (es decir, que el que obtiene el 50% más uno de los votos accede a una representación proporcional, pero no elimina al contrincante, que obtiene su cuota de representación, aunque los desequilibrios demográficos hacen que este principio se pervierta en buena parte del territorio y se condene a las cloacas a formaciones como Izquierda Unida, que está muy subrepresentada en relación al número de votos que obtiene). El debate del lunes no era un debate entre dos candidatos a la presidencia del Gobierno, porque la figura del candidato a la presidencia del Gobierno sólo existe una vez constituidas las Cortes Generales, y son estas las que eligen al presidente. Mariano Rajoy y Rodríguez Zapatero son candidatos a diputados al Congreso por la circunscripción electoral de Madrid, que es una de las 52 circuscripciones en las que se dividen las candidaturas. Yo, como censado en Zaragoza, no puedo votar a ninguno de los dos. ¿Qué pretenden con estos debates? Quizá hacernos creer que nuestro sistema es como el francés o el estadounidense, donde los que salen a debatir sí que son susceptibles de ser elegidos directamente para el cargo que está en juego. ¿Qué burra nos quieren vender: una república presidencialista con rey?

El periodístico:
Este debate, aunque esté sometido a la vigilancia de la Junta Electoral Central, no es un requisito institucional ni democrático, sino un contenido mediático. Y como todos los contenidos mediáticos, son responsabilidad del medio que decide elaborarlos o difundirlos. ¿Por qué entonces se diseña un producto audiovisualmente infumable con requisitos absurdos y 50 condiciones pactadas entre los dos partidos? ¿Por qué los medios entran al trapo? Es más, ¿por qué las imágenes que sirven las teles de los mítines están servidas por los propios partidos y no dejan que las graben las cadenas? ¿Cómo se consiente esto? ¿Qué periodismo es este? Es más: ¿qué tiene que ver esto con el periodismo? Nota: Nick Davies, periodista de The Guardian, habla de estas cosas en un libro que está levantando ampollas en el Reino Unido: Flat Earth News. ¿Alguna pluma española será capaz de escribir algo parecido en estos pagos?

Lo dicho, vivo en otro país, en otro régimen de Gobierno y en otro periodismo.

27/02/2008 00:17 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad Hay 12 comentarios.