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Resumen

JORNADA DE PUERTAS ABIERTAS

Nuestra vida tiene puertas giratorias en varios sitios. La gente entra por una de ellas y sale por la otra. Unos lo hacen fugazmente, sin que te dé tiempo a retener su cara. Los hay que no se quedan mucho rato, pero el rato es tan intenso que dejan un recuerdo imborrable en la habitación. Toda tu vida podrás evocar su rostro, sus manos, su olor, la forma en que te miraron, pero nunca volverás a ver ese rostro, esas manos, ese olor, y nunca nadie más te mirará como te miraron ellos. Otros se apalancan ahí para siempre, dividiéndose en dos grupos: los que siempre están pero nunca terminas de saber muy bien qué hacen ahí ni quiénes son (esos compañeros de trabajo con los que no acabas de intimar, un primo del pueblo, tu peluquero gay...) y los que con su presencia ininterrumpida hacen feliz y vivible tu vida, aunque con un cambio de viraje sutil también pueden convertirla en un puto infierno (tu pareja, esos amigos con los que sales todas las noches y con los que tienes un initmísimo nivel de intimidad, compartiendo secretos y complicidades, tus padres...). Pero hay otro grupo de personas, que salen y entran por las puertas giratorias a capricho, aunque sabes que nunca se van realmente. Llegaron para quedarse, pero su culo inquieto o los azares del camino les impiden estar sentados y quietecitos como los del grupo anterior. Pueden pasar años sin volver a entrar en tu vida, pero no importa, porque realmente no se han ido de verdad: les has estado guardando el sitio, sabedor de que un día u otro acabarán ocupándolo. No permites que nadie se siente en su sillón, y cuando aparecen, aunque hayan pasado años, es como si les hubieras visto el día anterior. Se sientan en su sitio con la misma naturalidad y enseguida retoman la conversación donde quedó inconclusa, como si nada. Y tú, tan feliz. Ese grupo es muy pequeño, y hay intrusos que quieren infiltrarse en él, gente que aparece un buen día después de diez años y se sienta sin educación en un sillón que cree reservado para él. Sólo con verlos sentarse te das cuenta de que no hay nada que retomar, que ese tío es un extraño, un fantasma que habla sin ningún derecho en nombre de tu pasado.

Hace poco, uno de esos sillones que tenía reservados ha sido ocupado de nuevo por su propietario legítimo. Creo que lo ha encontrado cómodo, con las mismas hendiduras que dejó al marcharse. Hemos empezado a hablar y hemos redescubierto esas pequeñas cosas que conforman de verdad una amistad, ese sentido del humor afinado en la misma clave, esa rapidez de aguilucho para ver las intenciones del otro, esas zonas de sombra compartidas que pocos más pueden pisar. Es curioso: hay gente a la que no le puedes aplicar nunca el prefijo ex-, porque nunca han salido de verdad de tu vida, sólo han ido a por tabaco o a por más cerveza.

Así, mientras la vida se te llena de ex novias, apenas acumulas ningún ex amigo. Creo que eso sucede porque el amor es básicamente un proyecto en común, y cuando el interés por construir el proyecto decae, no queda apenas nada que una a esas dos personas, más allá de tres o cuatro sentimientos frustrantes. La amistad, en cambio, es sólo un estado de ánimo, un territorio compartido que no se construye y que no quiere ir a ningún sitio, que estaba ahí: los amigos se limitan a descubrirlo, sin erigir castillos encima de él. Cuando un amigo ha alcanzado tus zonas de sombra y ha conocido tu núcleo fuerte, ese amigo te va a reconocer siempre, por muchas capas que te pongas encima, por muchas vueltas que tu vida haya dado. Él será capaz de mirar por encima de la mierda que la vida va depositando encima de nosotros. Ésa es la complicidad que ves en sus ojos: sabes que él no está viendo al periodista, ni al bloguero, ni al lector de Cortázar, ni al frustrado novelista, ni al tío de la barba: él solo ve a Sergio, esa parte esencial que permanece tras las capas. Como yo le veo a él por encima de las cubiertas de mugre que se han ido acumulando.

Es un sentido anglosajón de la amistad, como de club de caballeros británico. No importan los años que Sir Aldrin haya pasado contrayendo enfermedades venéreas en islas de la Micronesia o poniéndose hasta las trancas de opio en un arrabal de Shanghai, porque cuando vuelva a Londres, encontrará su sillón del Reform Club libre, con su vaso de ginebra Bombay al lado, y a las siete de la tarde podrá comentar el editorial del Times con Sir Eliot, como si el Times fuera el del día siguiente a su partida, y no el de cuatro años después. La amistad es una de las formas en las que se nos presenta ese concepto tan difícil de aprehender llamado "hogar".

He sido críptico, antiliterario. Debería contar esto sin abstracciones ni metáforas: con nombres, calles, ciudades, bares, marcas de licores, diálogos y acciones ejecutadas de madrugada. Algún día lo haré, pero hay cosas que no deben salir todavía de la zona de sombra compartida.

MANIFIESTO POR LAS PAPAS BRAVAS

Dado que ahora vuelve a estar de moda sacar manifiestos (una cosa tan vintage, tan de tomar café en Zurich en 1916), yo también saco el mío, para no ser menos. Pueden adherirse en los comentarios.

"Desde hace algunos años hay crecientes razones para preocuparse en nuestro país por la situación gastronómica de las papas bravas, la única ración común al gusto de todos los españoles. Desde luego, no se trata de una desazón meramente cultural -nuestras papas gozan de una pujanza envidiable y creciente en el mundo entero, sólo superada por las gambas orly y las croquetas caseras- sino de una inquietud estrictamente hostelera: se refiere a su papel como principal tapa democrática de este país, así como los derechos gustativos y electivos de quienes la tienen como tapa de cabecera o la eligen con todo derecho como vehículo preferente de matahambre, acompañacañas y socialización de vermú

Por consiguiente, los abajo firmantes solicitamos del Parlamento español una normativa de rango adecuado para fijar inequívocamente los siguientes puntos:

1) Las papas bravas son comunes y oficiales a todo el territorio nacional, siendo la única tapa cuya degustación puede serle supuesta a cualquier efecto a todos los ciudadanos españoles.
2) Los ciudadanos que lo deseen tienen derecho a ser alimentados con papas bravas, sea cual sea su dieta de origen. Los platos regionales deben figurar en los menús de las tascas en sus respectivas comunidades autónomas en diversos grados de oferta, pero nunca como plato del día en exclusiva. En cualquier caso, siempre debe quedar garantizado a todos los parroquianos la degustación de la tapa común.
3) En las autonomías "bitapas", donde las bravas compiten en igualdad con una especialidad regional muy asentada, cualquier parroquiano español tiene derecho a que le sirvan papas bravas o la especialidad regional por igual. Lo cual implicará que en las tascas públicas habrá siempre personal capacitado para preparar ambos platos. En las no públicas, el servicio a la clientela será discrecional.
5) Los representantes políticos degustarán habitualmente en sus saraos institucionales de ámbito nacional las papas bravas, lo mismo en España que en el extranjero, salvo en determinadas ocasiones. En los parlamentos de doble especialidad en tapas y raciones podrán emplear, indistintamente, cualquiera de las dos tapas oficiales".

Espero que con este manifiesto logremos subvertir la seria amenaza que pesa sobre esa tapa que nos une a todos los españoles (por recoger en su presentación los colores de la enseña patria), y acabemos con la pésima hegemonía de los calçots, la txaka y el lacón con grelos. Que ya está bien, hombre, que ya está bien.

Y cuando ganemos esta batalla, lucharemos por los calamares en su tinta, por los callos con garbanzos y por la tortilla de patatas con cebolla. Nadie nos va a parar.

DAR EJEMPLO

Chascarrillo que circula por ahí y que me han recordado hace poco unos amigos.

Ante unas elecciones, tiene usted estos tres candidatos:

Del candidato A se sabe que padece una grave enfermedad y miente en público sobre su recuperación, ha engañado a su entregada esposa dos veces con dos tórridas amantes, fuma constantemente y aparece en público bebiendo martinis.

Del candidato B sabemos que nunca se despierta antes de las 11 de la mañana, que le han despedido de varios sitios por conflictivo, que le gusta trasnochar y pasa las tardes y las noches bebiendo whisky. Es más, le ha puesto su nombre a un dry martini que le gusta servir en encuentros internacionales. El cóctel tiene las proporciones alteradas: siete partes de ginebra por una de vermouth, para alegría de las transaminasas. Ah, también le ha dado al opio de joven, y no le hace ascos de mayor.

El candidato C es famoso por la vehemencia con la que defiende sus principios y por cómo los aplica sin fisuras incluso en la vida privada. Es austero, madruga mucho, no se le ve nunca en ninguna jarana ni en ningún entretenimiento frívolo, se dedica intensamente a la causa de su partido, ha escrito un apasionado libro donde expone con claridad sus ideas y valora la lealtad y la amistad. Además, es vegetariano y no prueba una gota de alcohol.

¿Por cuál votaríais? ¿Por el C? Enhorabuena, habéis elegido a Adolf Hitler. El A es Franklin D. Roosevelt y el B, Winston Churchill (un tipo que pasó los últimos años de su vida en una borrachera contínua. Hígado de hierro, le llamaban).

Es uno de tantos jueguecillos que circulan por ahí y que pretenden advertir sobre la impostura de la propaganda electoral. Me ha venido a la cabeza al pensar en la "pedagogía" que este gobierno nuestro quiere establecer en todo momento. Aunque no me preocupa tanto esa vocación educativa como la impresión de que muchos ciudadanos le exigen que la desarrolle. Esos ciudadanos que no quieren gobernantes, sino papás o profes que "den ejemplo".

¿Ejemplo de qué? ¿Desde cuando los ministros son un modelo a imitar? ¿Desde cuándo los adolescentes tienen pósters de Solbes en su cuarto? ¿Cuándo dejaron los niños de querer ser bomberos o astronautas y dijeron que querían ser ministros de Igualdad? Me revienta que me traten como a un menor de edad, pero me revienta mucho más que haya conciudadanos míos que anhelen ser tratados como adolescentes, que quieran que les digan a qué hora se tienen que ir a la cama, cuántas piezas de fruta han de comer al día y los kilómetros que han de caminar por la tarde para llegar como robles a la jubilación. Por dios, que son mayorcitos, no se dejen avasallar así.

Yo, desde luego, cada vez que el Gobierno me dice que lea libros o que no me drogue me dan ganas de vender toda mi biblioteca y fundirme la pasta en farlopa. Además, si el tráfico de drogas y conducir borracho son delitos, persígalos, detenga a gente, sancione, llene las cárceles, pero no sermonee, por dios.

De seguir así, acabaremos eligiendo un modelo intachable de conducta. Otro Adolf Hitler. Y a mí, las personas sin aristas y sin debilidades no me parecen admirables, me dan repelús.

LA CLASE MEDIA

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A Karl Marx le daba asquito. La asimilaba a los campesinos y le negaba carácter de clase (sin conciencia, no hay condición). Burgueses venidos a menos o proletarios enriquecidos, resumía lo peor de ambas clases sociales: el servilismo del desheredado y la ambición depredadora del capitalista. Desde sus cálculos estratégicos, suponía un escollo para la revolución: no se unirían a ella porque no se les podía aplicar la primera parte de la sentencia que cierra el Manifiesto comunista: "Los proletarios no tienen nada que perder salvo sus cadenas; tienen, en cambio, un mundo que ganar". Sí, con la revolución podían tener un mundo que ganar, pero, a diferencia de los proletarios, sí tenían algo que perder más allá de sus cadenas. Poca cosa: un pisito a medio pagar, un coche monovolumen y quince días en la playa en agosto. Fruslerías, migajas que el gran capital les había arrojado para mantenerles quietos en sus casas y no secundar a los sans-culottes. Es más, unas fruslerías lo bastante jugosas incluso para disparar sobre los sans-culottes que las amenazan.

Marx puso el dedo en la llaga y, desde entonces hasta hoy, ningún revolucionario o aspirante a ha sentido más que el obligado desprecio por la clase media: aburrida, conformista, temerosa, desquiciada, aterrada por la perspectiva de que un revés en Wall Street la hunda en el fango. Ya ha sucedido. Ya han visto muchas veces que cuando una economía se va a la mierda, los pobres pasan a ser menesterosos, y ellos pasan a ser pobres. Hay todo un imaginario que les presenta como alfeñiques, arrugados ante los jefes, dispuestos a cualquier bajeza para mantener su precario estatus y con una obsesión por tener hijos ingenieros, médicos, abogados, que se aseguren una posición sin turbulencias. Son los padres de Mafalda, a los que Mafalda desprecia. Ansían el ideal de democracia soporífera que les vendió Churchill: no quieren más aventuras que las de Estudio Estadio los domingos.

Con este imaginario y su obligada némesis (el punk, los obsesionados por arriesgar, romper y liquidar, los hijos garbanzos negros que al final vuelven al redil) se puede historiar el mundo occidental desde la Revolución Francesa hasta 1989. Doscientos años limpios con un imaginario prístino, unas fuerzas sociales identificadas, unos objetivos vitales claros. Luego vinieron los años del fin de las ideologías, donde todos pertenecíamos a esa aborrecida clase media. Triunfante al fin, sin complejos, sin tener que pedir perdón al proletario por no tener callos en las manos. El tema se desplazó a un segundo plano en los grandes discursos literarios. Se esfumó un tiempo. Los narradores se preocuparon por otras cosas, venían nuevos retos que afrontar. ¿A quién coño le interesaba escarbar en un imaginario resobado, lleno de lugares comunes, agotado por el certero pero inane vómito punk?

Pero el eco de 1989 se ha apagado. El triunfalismo neoliberal, la prepotencia europeísta y la chulería de los nuevos economistas se han ido acallando, y de su silencio resurgen el desdén y la desazón. El mundo occidental vuelve a sentir el cosquilleo de la psicosis y, como siempre ha hecho, corre asustado en busca de relatos que le reconforten. O que le aclaren, porque escribir y crear es una forma de buscar esa claridad.

Vuelve la clase media, señoras y señores. Lleva unos años con nosotros, y la última novela de Belén Gopegui es un ejemplo de ello. En El padre de Blancanieves Gopegui retoma algunos tópicos novelescos sobre el tema y los actualiza. Vuelve a Goethe, vuelve a ese Fausto que escribe en medio de la noche, justo antes de que aparezca Mefistófeles: "En el principio, era la acción". Consciente o inconscientemente, Gopegui hurga en ese tópico literario en una novela muy irregular que habla de las habitaciones de la clase media, de la incapacidad de cambiar no ya el mundo, sino la propia vida, de la culpa y el autoengaño.

Lo hace con una estructura coral, con muy poquita acción y mucha charla entre bastidores, con personajes un poco arquetípicos, algo rígidos, que van enfocando distintas aristas del poliedro. El poliedro es la clase media y sus mezquindades, sus miedos, sus culpas.

El problema de El padre de Blancanieves es que es una novela que funciona mejor como ensayo. Ni siquiera es una novela de tesis (algo insoportable para un lector del siglo XXI, al menos, para un lector inteligente con un pelín de bagaje a cuestas). Gopegui no ha sabido o no ha querido construir una narración literaria que funcione como tal: no hay voces reales, suenan impostadas, porque lo que realmente quiere hacer Gopegui es una aproximación cuasiteórica. Quiere una "teoría de la clase media" o un "informe de la clase media", por utilizar su terminología, pero no quiere hacer una novela de la clase media. Una lástima, porque si se hubiera decidido por tirarse a la piscina y construir una verdadera novela, habría ahondado mucho más. Ya decía Sábato que la novela alcanza a decir todo aquello que los tratados filosóficos no pueden aprehender. Las buenas novelas llegan más allá de donde los filósofos se encogen de hombros y se dan media vuelta.

Ojo, pero conviene no despachar alegremente El padre de Blancanieves, porque si como novela no funciona, leída como ensayo novelado llega a ser estimulante y revelador en ocasiones. Pero como ficción literaria hace aguas. Todo es cuestión de acercarse al texto con el talante adecuado.

Como narrador actual de la clase media me interesa mucho más un desasosegante individuo que este fin de semana ha estrenado (o reestrenado) peli: Michael Haneke. A Haneke le ocurre lo contrario que a Gopegui: que cuando se pone reflexivo y "ensayístico", aparece plúmbeo, coñazo y previsible  (ejemplo: El tiempo del lobo, desde mi punto de vista, un tropezón en su carrera que solventó en su siguiente y magistral peli: Caché), pero cuando se dedica a contar historias sin dar explicaciones ni ponerse a meditar, te atiza una descarga en la médula espinal.

Ahora estrena la versión americana de su mejor peli, Funny Games. No es una versión, es una copia plano por plano de la peli que rodó en Austria en 1997, pero para el público americano, con actores americanos que hablan en inglés. No la he visto, pero la crítica dice que no hay diferencia alguna, que es un calco perfecto.

Funny Games es la película más salvaje, inquietante e incomprensible de la filmografía de Haneke. Por encima de Code Inconu y de sus producciones austríacas anteriores. Sin ser explícitamente muy violenta, es probablemente una de las películas más violentas y desagradables que se puede encontrar un espectador. A alguien especialmente sensible, le puede helar la sangre esa orgía de sadismo de dos horas de duración.

No destriparé nada del argumento, no preocuparsen.

Lo que plantea Haneke en buena parte de su filmografía es: ¿qué pasaría si los miedos -a veces patéticos, paranoicos- de la frágil y desquiciada clase media se hicieran realidad? ¿Qué pasaría si, tal y como ocurre en sus peores pesadillas, suena el timbre y, al abrir la puerta, el horror puro entra en casa? ¿Cómo reaccionaría esa clase media que aparenta tenerlo todo controlado ante la irrupción material de sus propios temores?

Haneke fuerza el sadismo, se lanza en picado, sin concesiones. Nos planta la pesadilla en la cara sin edulcorar, sin esbozar una causa, sin camuflar la gratuidad del horror. Es más, en Funny Games se burla de quienes piden a gritos una explicación, de quienes le preguntan al torturador por qué le tortura.

Pienso que Haneke es austríaco, y pienso en su afinidad con otra escritora austríaca, de quien ha adaptado una novela, Elfriede Jelinek. Jelinek es una mujer con serios transtornos mentales que vive recluída en su casa y que ni siquiera acudió a recoger el premio Nobel. Y si pienso en Austria, pienso en Natascha Kampusch y en el monstruo de Amstetten. Y, por supuesto, pienso en una sociedad (de clase media) desquiciada, recocida en sus miserias suburbanas, atravesada por sus propias pesadillas.

La clase media ha vuelto como objeto y tema narrativo. Y no sólo en estos niveles: hasta en la tele, de donde nunca se ha marchado, la clase media es objeto de revisiones. Desde Allan Ball y American Beauty, la cultura popular americana anda rondando algunas inquietantes certezas sobre las urbanizaciones y la quietud de los chalets. Ahí está Mujeres desesperadas y A dos metros bajo tierra. Más actuales, Weeds o incluso Dexter, aunque ésta no se centre en el núcleo familiar como problema.

Vamos, que el tema preocupa. Y eso es porque la crisis se huele desde hace años.

05/07/2008 20:01 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

¿MIEDO AL SEXO?

Lo pensaba mientras leía la última de Belén Gopegui, pero no es algo privativo de esta escritora, ni muchísimo menos. ¿Qué coño les pasa a algunos narradores con el sexo? ¿Por qué no saben integrarlo en sus textos con naturalidad? ¿No habíamos quedado en que ya no teníamos remilgos, en que los novelistas podían (debían) dejar su pudor a un lado y escribir follar, polla, teta, mamada, corrida y todo el léxico necesario? ¿Por qué les resulta tan difícil todavía hoy a algunos escritores narrar con corrección (no ya brillantez) una escena erótica? ¿Somos Julio Espinosa y yo los únicos que pensamos que la literatura es algo carnal, y que si hay sexo en las páginas, el escritor tiene que esforzarse por ponerte cachondo?

En las últimas semanas he leído tres enfoques muy distintos en dos escritoras y un escritor. Una, Zadie Smith, se muestra natural, vivaracha y genuina. Lo he contado más abajo. Tiene dos polvos magistrales en Sobre la belleza, perfectamente insertos en la acción, que la hacen avanzar y ayudan a comprender mejor a los personajes. Están narrados sin elipsis ni acelerones, pero tampoco con el detallismo aburrido del porno. Tienen su justo tiempo, y en el léxico no hay eufemismos: los coños no son oquedades, y las pollas no son enhiestas virilidades. Otro inglés, Nick Hornby, en Alta fidelidad, directamente pasa del sexo. Justo cuando va a empezar el mambo, se aprovecha del subterfugio del narrador en primera persona para achacar el pudor a su personaje y, como en las pelis ñoñas de los años 40, pasa del primer beso apasionado al desayuno de la mañana siguiente, raccord mediante. Recurso elegante, pero muy visto.

Pero el que más me ha llamado la atención es el de Belén Gopegui, porque ejemplifica un vicio muy extendido incluso en autores supuestamente liberados sexualmente. El lector va paseando por las páginas de El padre de Blancanieves. Podrá gustar más o menos, pero reconoces un estilo, una intención, un ritmo. Vas reconociendo sus rasgos, te acostumbras a caminar por el libro con la cadencia que le impone su autora, hasta que a dos personajes les toca meterse en la cama. Entonces, todo empieza a chirriar, todos los rasgos y el ritmo narrativo que ya creías reconocer echan el freno y, en lugar de la voz de Gopegui, asoma Corín Tellado, como si el censor la hubiera pegado allí. Emplea frases como "me sentaré despacio sobre su excitación". La página se llena de incomprensibles eufemismos repipis, cacofónicos: "Apenas el cuerpo ajeno excitando la excitación que ya sentían", "la volvía loca de placer con su boca"... El verbo se oxida, se siente incómodo, se retuerce y saca al lector del libro. ¿Por qué pueden narrar un viaje en autobús y no saben narrar un polvo? Si en el viaje en autobús, el autobús se llamaba autobús, y no "metálico cajón de deseos deslizándose por una cinta de promesas", ¿por qué los personajes no follan igual que viajan en autobús?

No me voy a poner freudiano. No creo que esto implique necesariamente que los autores que sufren este mal tengan una relación problemática con el sexo. No tiene nada que ver. Creo que la cosa está más relacionada con una falta de educación lectora, con la mala asimilación de una tradición y con pereza a la hora de enfrentarse a retos técnicos complejos. Porque un lector medio se encuentra a lo largo de su vida lectora con muchos viajes en tren, muchos paisajes campestres, muchas mañanas de domingo, muchas noches de jarana y muchas conversaciones en patios sombreados. Tiene un amplio surtido de referencias técnicas literarias para atacar en un texto esas situaciones. Pero, ¿cuántos polvos buenos se encuentra? Buenos de verdad, de los que te acaloran. Para aprender a narrar una escena de sexo, como para cualquier otra situación, los escritores recurren a la tradición, para seguirla o para romperla. Hay que aprender sus técnicas narrativas para saber cómo llegar al lector. Y los buenos polvos de la literatura no están en Galdós, ni en Dostoievski, ni en Tolstoi, ni en El Quijote. Los buenos polvos, los que pueden enseñar algo de técnica a un escritor, hay que buscarlos en el Marqués de Sade y en esa tradición erótica que siempre se ha considerado menor y que, por regla general, no se enseña en las universidades ni está al alcance de los adolescentes en las bibliotecas de sus papás. Vamos, que hay que currárselo, salir de las avenidas y callejear por sitios que no aparecen en las guías turísticas.

La tradición latina, por ser católica e inquisitorial y vivir más obsesionada con lo prohibido, es mejor que la anglosajona para iniciarse en esto. Ya en el siglo XIV circulaba en Castilla El libro del buen joder, y desde entonces se ha generado una rica y prácticamente desconocida tradición erótica que culmina en el siglo XX con la colección La sonrisa vertical, que al fin da carta de naturalidad (que no de naturaleza) al género. Ahí es donde tiene que picotear el escritor que quiera hacer creíbles sus escenas de sexo, para que fluyan con naturalidad dentro de la acción y no parezcan pegotes incómodos y sin sentido. Pero el primer paso, y esto vale para cualquier aspecto literario, es perderle el miedo a las palabras. No hay nada peor que encontrarse una "vagina" donde el cuerpo pide un "coño", o un "pene" donde lo que apetece agarrar es una "polla", por no hablar de lo mucho que corta el rollo tropezar con un "seno", por muy "turgente" que sea, en lugar de una "teta" como dios manda o el bajonazo que le sacude a uno cuando "alcanza el orgasmo" en lugar de correrse.

Hágannos un favor y guarden los orgasmos y las vaginas para los folletos de orientación sexual y para las charlas de instituto. En literatura, las metáforas y los sinónimos sólo sirven si son más expresivos, coherentes o eficaces que la palabra a la que sustituyen. Usar la metáfora como eufemismo es, como mínimo, una muestra de impericia y un fraude, porque la metáfora está para mostrar y penetrar más. Para decir más, para revelar lo que el lenguaje al uso no consigue mostrar, no para ahorrarle incomodidades al escritor.

06/07/2008 14:17 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 3 comentarios.

ME ABSTRAIGO

No es que me quede embobado mirando el estucado de la pared, es que me convierto por momentos en un ser inmaterial. Lo prueba mi discurso, que cada vez es más inconcreto. Google ya no me entiende: los anuncios de esta página, que se crean en función del contenido (si hablo de aspiradoras, genera anuncios de aspiradoras), ya no remiten a nada de los textos, porque no los entiende. Hace un rato, los anuncios Google remitían a "Sergio", "Molino" y "Blog literatura". No encuentra más asideros en los artículos. No soy rentable, ni siquiera Google sabe qué hacer conmigo.

Snif.

06/07/2008 21:00 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

HA MUERTO SERGIO ALGORA

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Coincidí muy poquitas veces con mi tocayo, aunque me alterné un tiempo con él en las columnas "Del revés" del suplemento Muévete. La última vez que lo vi, compartimos mantel (de papel) en la Fonda La Peña, cuando los poetas del 22 me invitaron a una de sus jolgoriosas cenas y les hice un reportaje que gustó mucho y pulula por Internet. Le conocí lo justo para saber lo que sabía todo el mundo: que sufría gravemente del corazón, de lo que, al parecer, ha muerto. No estoy capacitado, por tanto, para escribir nada en condiciones. Eso se lo dejo a quienes compartían las noches con él en el Bacharach, en La Casa Magnética y antes, cuando todavía existía, en La Caja de los Hilos. Sólo quiero decir que la noticia me ha noqueado y que lo lamento mucho por todos sus amigos y admiradores, que sé que son muchos.

La noticia de su muerte, aquí.

En mi blog de Heraldo de Aragón he publicado un articulillo comentando un par de cosas sobre Algora. Puedes leerlo pinchando aquí.

09/07/2008 13:20 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Música Hay 1 comentario.

VACACIONES

Este año no he podido restregarle mi felicidad a los compañeros. No he hecho ningún bailecito idiota, ni les he improvisado unos ripios de felicidad. No les he sofronizado con una cuenta atrás. Nada. No he hecho ninguna de las cosas que hacemos los que nos vamos de vacaciones. No he metido el dedo en ningún ojo ni en ninguna llaga. Simplemente, me he ido.

Este año he llegado muerto a las vacas que hoy empiezo, arrastrándome cual polilla torpe sin alas por el suelo. Estas últimas semanas han sido matadoras en el curro. Lo habréis notado porque apenas he podido escribir nada en este blog. Además de las mil gaitas que tenía en el periódico, me urgía terminar un texto para un museo que se instalará en Vera de Moncayo y un par de cosillas que tenía pendientes. Así que al librito que a estas alturas del año pensaba que estaría ya concluido todavía le quedan un par de últimos e imponentes empujones. A la vuelta le daré la puntilla. O las puntillas, y os contaré de qué va la gaita. Por cierto, que cabe una remota posibilidad de que cuando vuelva en agosto me convierta en esporádico tertuliano audiovisual. Ya os contaré, pero sería ya la rematadera: que me pagasen por parlotear delante de una cámara.

Ahora ha llegado el momento de aparcar las penas, de vaguear, de darse al goce. Y, sobre todo, de hacer lo que más nos gusta: viajar.

Mañana martes empezamos una ruta europea que me apetece un montón, porque tiene ribetes decimonónicos. Es un viaje que hemos planificado en ratos muertos y que creo que ha quedado muy bien. En Barcelona nos montaremos en un tren que nos dejará en Ginebra, y desde allí iremos subiendo en varios días, pasando por Lausanne, Montreaux, Berna e Interlaken, hasta Zúrich. Todo este trayecto pienso hacerlo con los poemas de Shelley en una mano y con el Frankenstein de su mujer en la otra. En Zúrich cogeremos uno de esos eficaces trenes alemanes y nos plantaremos en Múnich, desde donde iremos subiendo en varias etapas hasta Berlín. Tenemos previsto hacer parada y fonda en Nuremberg, Weimar, Dresde y Leipzig. A Berlín le dedicaremos sus buenos ocho días, para empaparnos a gusto de aquello.

Lo de ir a Ginebra en uno de esos trenes semilujosos es un capricho que me rondaba hace tiempo. Una de las cosas que quería hacer antes de morir era tomarme un whisky a las dos de la madrugada en un vagón semivacío mientras afuera centellean las luces de las estaciones y de los pueblos dormidos de la Francia meridional. Sí, lo sé, demasiado cine y demasiada Patricia Highsmith. Qué le voy a hacer, todos tenemos nuestros vicios, ¿no? Y un vicio ha de ser frívolo o no ser.

Iré posteando a lo largo de la ruta, intentando componer una crónica viajera entretenida. Sobre todo, entretenida para mí, que soy el que la escribe. Lo haré si el wifi y la cerveza alemana lo permiten.

Salud, compañeros.

Ah, por cierto, se me olvidaba. Los tres fotógrafos del Colectivo Anguila, con Pedro Hernandez como cabeza visible y barbada al frente, inauguran una pequeña exposición mañana por la tarde en Bodegas Almau, en el Tubo de Zaragoza. Si os gusta la música, pasaos a verla, pues ya sabéis que los Anguila sólo hacen fotos de rockeros rocosos dentro y fuera del escenario. Son los Anos Leibowitz de la estepa aragonesa. Sí, habéis leído bien: Anos. Es que son unos fistros diodenales.

CIUDAD DE REFUGIO

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Lo siento, no me termino de creer que esto no sea Francia. Estamos en Ginebra, donde la gente habla francés, come croissants y crepes y ve la tele francesa. Serán protestantes. Les molará Calvino, cuya silla está arrumbada en un rincón de la catedral, pero salvo por la cuestión religiosa, esto es un cachito de Francia fuera de Francia. Como si Ginebra fuera un hijo renegado, que pasa de la tricolor y de los valores republicanos de austeridad que le ha inculcado su mamá patria.

Sí, uno se siente como en Francia, aunque de vez en cuando algún tópico suizo manche la estampa afrancesada. Y no me refiero ni a las navajas multiusos ni a las fondues. Ni siquiera a los relojes. Hablo de la enorme cantidad de bancos privados que hay por metro cuadrado y del lujo desnudo (si es que me permiten este oxímoron) que lo invade todo. Rolls Royces con matrícula árabe, Ferraris, BMW a cascoporro… Y pijos y pijas en cantidades industriales. Pijos repijos, nada de medias tintas: traje a medida, anillacos de a millón, repeinamiento hortera y carcajada de suficiencia. Así no extraña que los precios sean inaccesibles (es una de las diez ciudades más caras del mundo), que los curritos vivan en la vecina Francia porque no pueden pagar un pisito en la ciudad y que nosotros nos resignemos a zamparnos un bocata (tampoco muy barato) en la orilla del lago (la mar de bien, por otro lado).

Y, sin embargo, Ginebra tiene iniciativas populares casi dignas de una república socialista. En los Baños del Paquis te puedes bañar en unas piscinas naturales del lago y solazarte en el haman por dos francos suizos (un euro y medio, más o menos). En invierno, en ese mismo sitio hay una sauna a precios igualmente populares. Es un exitazo, claro. Hoy, por desgracia, nos ha salido nublado y hemos dejado el bañador en la maleta. Una lástima.

Llegamos a Suiza reventados después de unas diez horas de viaje en tren (cuatro o cinco de las cuales las pasé durmiendo). Por supuesto, cumplí mi sueño: poco antes de cruzar la frontera de Portbou, fuimos al vagón restaurante, casi vacío, y pedimos una cena de señores con un tinto de Rioja perfecto. Para los postres, estábamos en Perpiñán. Fue una de las mejores cenas de mi vida: solo eché de menos que hubiera un asesinato entre el primer y el segundo plato, o que al lado se sentara un viejo barón prusiano al que se le cayera el monóculo en la sopa. Porque el ambiente era así, moderno y decadente al tiempo. Un capricho de niño pequeño, un antojo que no se le consentiría ni a una embarazada. Cómo lo disfruté. Es lo más cerca del siglo XIX que he estado nunca.

Como dice la foto que he puesto, Ginebra, como toda Suiza, presume de ser una ciudad de refugio para los perseguidos. Y es cierto, aquí no hacen discriminaciones: lo mismo acogen al traficante de armas número uno de Uzbekistán que a un pobre paria. Pero lo que me llama la atención de este relieve es que el adonis que está reclinado en disposición preamatoria es clavadito a Lenin. Antes de quedarse en silla de ruedas, claro, cuando todavía hacía gimnasia allá en Siberia. ¿Qué nos quieren decir?

En fin, de Lenin me ocuparé dentro de unos días, cuando lleguemos a Zúrich, la ciudad donde pasó la Primera Guerra Mundial y donde diseñó la Revolución Bolchevique. De momento, me solazaré en el lago Léman y su glorioso Jet d’Eau.

17/07/2008 16:22 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

ARTE BRUTO

Un poco cansados de tanto multiculturalismo de postín, volvimos a nuestra realidad en la orilla del Ródano, donde descubrimos un chiringuito hippy que vendía buena cerveza y zumos naturales. Allí, tirada en la hierba, la chobenalla ginebrina se relajaba sin protocolos y sin ver pasar Rolls Royces. Algún porrillo discreto y un ambiente de acampada al caer la tarde daban unos ribetes de fraternidad a la estampa. Parecía que nos habíamos transportado a Amsterdam, pero las bravas y alpinas aguas del Ródano son mucho mejor paisaje que los cenagosos canales holandeses.

Sin que aquellos hippies los sospecharan, nos fuimos a alquilar un coche, y nos dieron un cochazo por el mismo precio (no sé por qué nunca nos dan el coche que pedimos y siempre acabamos con uno mejor por el mismo precio). La verdad es que el mostrenco Toyota intimidaba un poco por la bucólica carretera del Lago Leman, pero tampoco desentonaba mucho con el resto del parque automovilístico.

Fuimos a Lausanne, y pasamos de las vistas sobre el lago, pasamos de sus calles empedradas y en cuesta y pasamos de su encantador e impoluto centro histórico. Al menos, al principio. Porque lo primero que hicimos fue aparcar frente al edificio de la Colección de Arte Bruto, la única razón por la que yo quería pasar por Lausanne.

En 1971, Jean Dubuffet donó a la ciudad de Lausanne una estremecedora y no del todo comprendida colección de arte que llevaba reuniendo desde 1945. Lo llamó “art brut”. Bruto, primario, sin pulir, surgido de las mismísimas entrañas de la mente y hecho por las más irreflexivas de las manos. Durante años, Dubuffet recorrió sanatorios mentales, psiquiátricos y centros de reinserción, y compró un montón de obras de arte hechas por aquellos a quienes la sociedad llama locos, dementes, desquiciados, lunáticos. Son las manifestaciones de mentes desatadas, preocupadas solo de sí mismas, ajenas a doctrinas o condicionantes sociales.

Dabuffet buscaba arte. Arte de verdad, no experimentos sociológicos. Desde Van Gogh, la relación entre arte y locura ha motivado miles de estudios, y la consolidación de las neurociencias ha dado mucha luz a conceptos tan difusos como los de “creatividad” o “inspiración”. Sí, hay ciertos estados alterados de la mente que predisponen a la creación. La locura puede generar artistas, y el arte -lo saben bien los psiquiatras gracias al esfuerzo de gente como Dubuffet- puede ser una forma de mantener la locura a raya. Muchos de los artistas de la colección de arte bruto pintaban o esculpían porque dar forma a ciertas obsesiones les calmaba, les daba perspectiva, les ofrecía un lugar en el mundo.

En fin, no me voy a extender mucho sobre el tema. Solo quería dejar claro que es una de las cosas que me fascinan, que cursé en su día un par de asignaturas de Filosofía que trataban el tema, que ahondé en estudios clásicos, como la Historia de la locura, de Foucault, y que desde entonces he procurado estar un poco al tanto de la bibliografía que se va generando, aunque de forma autodidacta y pachanguera. Como en muchas otras cosas, mi interés no pasa del nivel de diletante.

Por eso quería ver una colección mitificada en estos estudios sobre arte y locura. O sobre arte y trastornos mentales, que sería más apropiado. Y no me ha defraudado. La visita a la Colección de Arte Bruto sobrecoge hasta al corazón más pétreo.

Las piezas más antiguas, correspondientes a artistas que crearon su obra en sórdidos asilos y manicomios de finales del XIX y principios del XX, es más tétrica. Se aprecia en ella la angustia del paria, del rechazado por la sociedad. Hay mucho espiritista, mucho poseído, mucho visionario y muchas caras espectrales con angustia y lágrimas. En los más recientes -ahora se puede ver una muestra de artistas japoneses-, se nota un cambio de actitud. Se nota la mano de artistas que no están marginados en una celda y cuya labor es potenciada y alabada por unos terapeutas bien preparados que quieren que se cultive para la mejora de su enfermedad. Hay un talante muy distinto. La angustia y la opresión oscuras dejan paso a unas composiciones más libres, mucho más dadaístas. Antiguos y actuales coinciden, eso sí, en una acusada tendencia al horror vacui, a llenarlo todo, a no dejar ni un resquicio sin pintar.

El arte bruto, sin duda, es arte. Verlo con ojos compasivos es un error: no son pasatiempos de unos pobres desquiciados, sino la expresión genuina y compleja de unos artistas que no pueden expresarse de otra forma. Sus composiciones, sus texturas, sus colores, sus materiales responden a una necesidad y acaban desarrollando una técnica. Muchos son autodidactas, solo algunos han recibido formación artística más o menos compleja, pero todos acaban encontrando su vehículo y su medio de expresión. Y, como cualquier otro artista, transmiten sensaciones. Golpean al espectador, pueden llegar a dejarle K.O. con revelaciones inquietantes. La visita marea porque no da tregua: estos artistas no entienden de remansos. Lo tienen que soltar todo.

Así que, noqueados, salimos al extrañamente duro sol suizo, y proseguimos nuestro viaje de vuelta a la frivolidad. Llegamos a Montreux, donde los excesos del pijerio nos arrancaron alguna sonrisa, y paramos en Friburgo, la ciudad que marca la divisoria de aguas entre francoparlantes y germanohablantes. Así nos adentramos en otra Suiza, mucho más austera. Ahora estamos en Berna, la falsa capital de este falso país. Podría contar algunas cosas de la ciudad, pero creo que por hoy ya he escrito bastante. Volveré a conectarme en Zúrich, aunque creo que no será desde el Café Voltaire.

19/07/2008 19:16 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

ECOS DEL BIG BANG

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Como norma general, huimos como de la peste de todas las tascas españolas que por el extranjero abundan. Nos paramos en la puerta, olisqueamos el interior y nos reímos de la jeta que gastan los que venden a millón un par de lonchas de jamón rancio. Anoche, sin embargo, paseando por Zúrich, nos tropezamos con la Bodega Española, en el cogollo del casco histórico. "Fundada en 1874", decía la vidriera. Más antigua que el Café Gijón. Más antigua que casi todos los cafés y bares antiguos de España. Es una tasca con solera, con bancos y mesas de madera ya sin barniz y machacadas por décadas de frote de balleta. Una tasca con solera y recio sabor ibérico en Suiza merecía sentarse a tomar un vino. Zúrich tiene una muy numerosa colonia española, formada básicamente por aquellos emigrantes de los 60. Iba a decir "muy numerosa e influyente colonia española", pero aquí los no suizos no tienen capacidad alguna de influencia, pues están marginados completamente de la res pública, aunque lleven aquí toda su vida. Acceder a la nacionalidad suiza (y, por tanto, a la intensa participación política que desarrollan los paisanos de por aquí) es prácticamente imposible.

Muchos españoles en Zúrich, tanto residentes como de turisteo, y muchos entraban en la Bodega Española, donde el camarero gallego les saludaba en español. Nosotros, que nunca entramos en esos sitios, que nos callamos cuando nos tropezamos con un grupo de españoles para no dar pie a patrioteras e insustanciales conversaciones, hemos tenido ganas de pedir otro par de vinos y entonar un pasodoble. En fin, puede que el Rioja cosechero caiga más hondo en Zúrich que en España, y uno empieza a notar sus efectos embriagadores mucho antes de lo habitual.

Al margen de lo hispano, Zúrich es de lo mejorcito de Suiza. Al menos, de lo mejorcito que hemos visto de Suiza. Sin el lujo rancio y pretencioso de la sobrevalorada Ginebra y sin el tedioso ritmo provinciano de Berna, Zúrich es el verdadero corazón palpitante del país. De hecho, a diferencia de lo que ocurre en el resto de Suiza, aquí hay un montón de señales y carteles trilingües (en alemán, francés e italiano, tres de los cuatro idiomas oficiales del país), lo que, a mi modo de ver, indica una voluntad, quizá soterrada, de ser la casa común de todos los suizos. Es decir, de ser su verdadera capital.

Con poco más de 300.000 habitantes, Zúrich es menos que media Zaragoza, y sin embargo, está a eones luz de nuestra pobre Zaragoza. No solo por la panoja que manejan aquí, con su bolsa, sus megabancos y sus reductos de latrocinio internacional, sino por el aire de metrópoli que se respira. Formalmente, Zúrich no es una gran ciudad, pero tiene alma, espíritu y maneras de gran ciudad. Muy por encima de Ginebra.

Un simple y distraido paseo ya te advierte de que estás pisando una urbe compacta, con una larga historia asumida e integrada, perfectamente estructurada y sin apenas lagunas ni bolsas indefinidas. Urbanísticamente, es impecable, con el lago y el río marcando la pauta y el ritmo. Vital y culturalmente, es vibrante, plural, inquieta. Se respiran aires de Amsterdam, de Londres, incluso de París.

¿Cómo no iba a ser así? Graham Greene dijo en El tercer hombre que los italianos, en dos siglos de guerras, sangre y destrucción, habían sido capaces de crear el Renacimiento y la cultura moderna. Mientras tanto, los suizos, tras quinientos años de paz, abundancia y prosperidad solo habían dado a la humanidad el reloj de cuco. Una frase muy citada y de un ingenio muy cosmopolita y muy de Greene, pero, como casi todas las frases ingeniosas, falsa y demagoga. En Zúrich, la ciudad de los banqueros y de los relojeros timoratos, nació la modernidad en 1916. En el Cabaret Voltaire y en el Café Odeon (ambos en activo y con buena salud) se juntaron las astracanadas de Tristan Tzara, las conspiraciones de Lenin y Trotsky y las melopeas (de alcohol y de letras) de James Joyce, que escribió su Ulises por aquel entonces en esta ciudad. En las cuatro calles desde las que escribo estas líneas, la cultura occidental se puso patas arriba. De las cenizas de la guerra europea nació un siglo XX extraño e iconoclasta, y el Big Bang de eso que llamamos cultura moderna tuvo lugar aquí, en el sitio donde ahora estoy sentado mientras veo caer la tarde.

Al igual que los astrónomos creen que debe haber restos del Big Bang en el sitio donde se produjo, en Zúrich quedan rescoldos de aquella gigantesca explosión. La ciudad vibrante y sonriente de hoy le debe mucho a esos años del dadá. Ahora, las calles por las que Tristan Tzara hacía cabriolas con sus amigos (cruzándose, quizá, con un pequeño Julio Cortázar de dos años que había recalado aquí con su familia para huir de la guerra) son un barrio de Chueca en miniatura. Las callejas medievales están llenas de garitos de ambiente muy integrados en la movida de la ciudad. Es decir, que la presencia reivindicativa gay no es hegemónica, aunque marque el ritmo y el tono del barrio. Tiendas, peluquerías, librerías y, sobre todo, muchos bares y cafés hacen de este rincón del centro de Zúrich una zona más que agradable.

Dan ganas de quedarse aquí una temporada, sentado en una terraza, viendo pasar la vida y los fantasmas del dadá.

21/07/2008 18:51 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

MUÑECAS RUSAS

En los viajes duermo como un lirón, pero nunca sueño. En este, en cambio, empiezo a inquietarme. Voy a contaros dos sueños que se me han quedado grabados vívidamente, al detalle. Los puedo rememorar imagen por imagen, y eso también es muy raro en mí. Empezaré por el que tuve hace dos noches.

Yo trabajo en un hospital. De enfermero. Visto mono sanitario verde y me muevo por lo que parece una sala de espera de urgencias, muy de noche. Las puertas correderas se abren y aparece una antigua novieta con la que pasé unos meses extraños y apasionados, pero a la que hace años ya que no veo. Antes de que pueda preguntarle qué hace ahí, noto que viene con un bulto enrollado en una manta. Parece un bebé. Aquí el sueño empieza a adquirir un tono de culebrón baratillo.

-Es tu hijo, estoy casi segura. Vengo a que te hagas la prueba de paternidad -me dice.

Incluso en el sueño, yo sé que, a no ser que el embarazo de esta mujer haya durado el doble que el de una elefanta, es absolutamente imposible que ese bebé sea nada mío, pero lo asumo como posibilidad. Oníricamente, no lo descarto, y accedo a hacerme la prueba. ¿Qué mejor sitio que un hospital, donde al parecer trabajo?

La chica le da el bebé a la jefa de enfermeras, que resulta ser mi amiga M. (que no es enfermera, pero que, ahora que lo pienso, le pega ser jefa de enfermeras en turno de noche en algún hospital grande). Mi amiga M. mira al bebé, me mira a mí y dice:
-No es por nada, pero este niño es clavadito a ti.

Y me lo enseña.

El niño resulta ser una masa sanguinolenta monstruosa, muy parecido a un alien de color carne. Doy un paso atrás, asustado, pero no le quito la razón a M. ¿Quién sabe cómo me ven los demás? Que le hagan la prueba de paternidad y acabemos con esto.

Se llevan al niño, mi ex novieta se queda sentada, esperando, y yo le digo que no se preocupe, que aunque yo no sea el padre, le ayudaré con ese niño-cosa, que no la voy a dejar tirada.

Y me alejo por el pasillo, angustiado, pensando que me he metido en un lío muy gordo y buscando una fórmula para contárselo a mi chica. “Me va a matar”, pienso.

Me despierto con una incómoda sensación de pesadez, y arrastro el recuerdo del sueño todo el día. Pero la cosa no acaba ahí, porque anoche soñé otro sueño igual de vívido e intenso que este. Fue así.

Estoy de jarana por Zaragoza con mi chica y mis amigos. A eso de la una de la madrugada, todos se marchan a su casa, pero yo quiero seguir la juerga, así que decido irme a Madrid a continuar. A la una y media estoy ya en Madrid (los AVE oníricos funcionan que da gusto) y me cuelo en un extraño bar que es mezcla demuchos antros queridos que he frecuentado en el pasado en todos los lugares donde he vivido y de alguno sacado de alguna película (adivino destellos de Jo, qué noche, la peli noctámbula por excelencia).

El bar está vacío. El camarero holgazanea en la barra y sólo hay una clienta: mi amiga G., a la que he ido a buscar y que se alegra de verme llegar de sopetón. Empezamos a hablar, pido una cerveza grande y charlamos sobre su embarazo. Porque G., en el sueño, está embarazada. Y también es famosa. Bastante famosa, pero no sé por qué.

-¿Ya habéis atado la exclusiva del nacimiento?- le pregunto.
-No, pero he contratado a Fulanito (dice un nombre que no me suena y que no recuerdo) para que se ocupe de todo lo de la prensa.
Esta noticia me molesta, pero trato de disimularlo. Le digo sonriendo y en tono de broma:
-Joder, ¿a Fulanito? Si me lo hubieras ofrecido a mí me habría planteado dejar el Heraldo.
-Ay, Sergio, no insistas.

No insisto.

G. está incómoda por los derroteros de la conversación, así que paga al camarero y me lleva a caminar por la Gran Vía. Caminamos un rato por una Gran Vía oscura y neblinosa, que no se parece en nada a la Gran Vía de verdad, y volvemos a meternos en el mismo bar. Esta vez, yo me pido una taza enorme de chocolate caliente y me la bebo de trago.

G. se tumba en unos sillones y me invita a tumbarme con ella. Quiere dormir.

-Ven, tócame la tripa. Está dando patadas -me dice.
Le toco la tripa, que no es muy prominente, pero no noto nada.

Y ahora es cuando viene lo escalofriante. Estamos en silencio, en la penumbra del bar, y entonces le digo a G.:
-¿Sabes? Es curioso lo de los embarazos. Precisamente ayer mismo soñé que… -y le cuento punto por punto el primer sueño, tal y como lo he contado arriba. Relato un sueño dentro de un sueño.

Y me despierto con una angustia y un desconcierto notables. Nunca me había pasado nada parecido.

No sé darle una explicación, y temo que esto se convierta en un bucle de sueños noche tras noche. Sólo he encontrado una conexión, y la he llamado la “hipótesis de las muñecas rusas”. Una mujer embarazada es como una muñeca rusa: tiene otro ser dentro, y estos sueños tienen estructura de muñeca rusa, son sueños dentro de sueños. Así que la clave ha de estar en los embarazos que hay en ambos. El símbolo que hay que descifrar es el de la mujer embarazada. Y no, no lo estoy. Me he comprado un Predictor, he meado en el palito y no estoy embarazado, así que hay que buscar por otro sitio. Que yo sepa, ninguna mujer de mi entorno más íntimo está embarazada tampoco, por lo que la cosa ha de ser por fuerza simbólica. Los sueños no hablan de embarazos, sino de algo que se esconde, de algo que está dentro de otra cosa y que hay que sacar.

Si el señor Roberti, nuestro psicoanalista argentino de cabecera, está leyendo esto, por favor, que arroje algo de luz lacaniana sobre el enigma. A los demás, os propongo como pasatiempo que elaboréis algunas teorías sobre estos sueños. Cuanto más absurdas y delirantes sean, mejor, más nos divertiremos.
Mientras esto se dilucida, disfrutaré paseando por el centro de Múnich y llenándome la panza con las maravillosas cervezas que hacen aquí.

22/07/2008 19:16 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

TÓPICOS VIVIDOS

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Si alguien se pregunta qué coño hacemos en Múnich, en esta foto hallará sobrada respuesta. Bueno, diré mejor qué coño hacíamos en Múnich, porque ahora acabamos de llegar a Nuremberg. Sí, la de los juicios de Spencer “Pelazo” Tracy y la de los desfiles nazis y la de las Leyes de Nuremberg de 1935, esas que desposeyeron de la nacionalidad alemana a los judíos y dieron el pistoletazo de salida a la solución final. ¿Quién diría hoy, ante la soleada y risueña alameda frente a la que escribo esto, que tantos y tan decisivos horrores arrancaron aquí?

Pero la foto de este post me la hizo Cris en Múnich. Y aunque se ve que me lo estoy pasando bien (si observáis atentamente se puede ver cómo mi hígado se acurruca asustado mientras las transaminasas afilan sus cuchillos en la espuma de la jarra de cerveza), el lugar en el que bebemos tan alegremente es también un escenario del terror. Es la cervecería Hofbrauhaus, la más grande de toda Baviera, todo un símbolo nacional, icono oktoberfestiano y nido de turistas-abejorros como nosotros, que nos retratamos sin pudor pimplando los jarrotes de a litro. Sin embargo, la Hofbrauhaus también es famosa por ser el lugar donde se fundó el Partido Nacionalsocialista de Alemania, con Adolf Hitler presidiendo el cotarro.

Allí bebimos, pero cenamos en una cervecería menos turistera, la Augustiner, que está muy cerca y la frecuenta público local, lo que siempre da confianza. Sobredosis de salchichas con chucrut y largo paseo para bajar la ingesta de sólidos y de líquidos.

En Múnich hay mucho turista yanqui. A los yanquis les encanta Múnich, es una ciudad de parada cuasi obligada para ellos en sus viajes por Europa, especialmente si van hacia el Este. Y es normal, porque en Múnich se pueden tropezar con todos los tópicos que el yanqui medio tiene sobre Europa, y hay un determinado tipo de viajero que encuentra un gran placer en ver confirmada la imagen previa que se ha hecho de su destino.

Generalmente, la industria turística se esfuerza mucho por no decepcionarles, ya que han pagado por ver tópicos, y si tienen que reconstruir en cartón-piedra un tablao flamenco en Santiago de Compostela o un asesinato victoriano en el hoy pakistaní East End de Londres, lo montan y listo. Sin embargo, en Múnich no tienen que esforzarse, porque la ciudad presume de tópicos bávaros y no es nada difícil tropezarse con un señor con sombrerito, tirantes, pantalón corto y medias reglamentarias. No son actores, no son como esos falsos Bravehearts que reparten folletos de justas medievales en el centro de Edimburgo: ellos son la esencia de lo bávaro, la gente que mantiene viva la secular herencia de esta plácida región regada por el Danubio.

Múnich es católica y tradicional. Las iglesias están llenas y las cervecerías, también, y a sus habitantes les hace enormemente felices que un conciudadano suyo sea ahora Papa. Desde 1945, aquí no hay más partido que la CSU, los conservadores democristianos (antes de 1945, Baviera fue la reserva espiritual del nazismo y el primer land que gobernó Hitler antes de 1933), y la placidez de la vida cotidiana se parece a la de un glotón y pacato burgo de provincias. Pero, al mismo tiempo, Múnich es una gran ciudad europea y moderna, con una elevada población inmigrante (turca y árabe, fundamentalmente) y con una avanzada legislación social y medioambiental. A simple vista, sin ahondar en las complejas tensiones sociales que seguro que existen, la capital de Baviera parece haber integrado sus dos caras en una sola estampa homogénea. Es conservadora, pero va en bici a los conciertos de rock, y es católica, pero se pone hasta las trancas de comida turca en la pequeña kasba que hay detrás de la Hauptbahnhof (la estación central de trenes).

Ésa es la impresión que nos ha dado Múnich desde que bajamos del tren que nos traía de Zúrich. Un tren multinacional, con amabilísimos revisores políglotas, que lo mismo te ayudaban en alemán que en francés que en inglés. Un tren que cruzó plácidamente la llanura del norte de Suiza, pasando por Winterthur, y entró en Alemania por el lago Constanza, regalándonos por la ventanilla un paisaje verdísimo de bosques y ríos que, no sé por qué, me hicieron pensar en el Werther de Goethe. Y es rara en mí tanta obviedad cursi, porque la verdad es que los secarrales de la Mancha no me evocan El Quijote.

Pensaré más en Goethe, porque vamos subiendo hacia su casa en un coche de alquiler, pero hoy pienso más en Sebald. Ahora estamos en la bella Nuremberg, reconstruida tras los bombardeos aliados del final de la Segunda Guerra Mundial, y a mí se me cruza constantemente la voz de Marlene Dietrich explicándole a un sonriente Spencer Tracy que ni todos los alemanes son nazis ni todos los alemanes beben cerveza. Para confirmar sus asertos, de fondo, un camarero hace borbotear un riesling del Rhin en la copa de Spencer, quien duda entre beberlo o dejarlo sobre la mesa, pues sabe que si lo bebe no podrá dejar de dar la razón a la encantadora Marlene. Un momento delicado para el juez de Los juicios de Nuremberg.

En cuanto a mis sueños, parece que el bucle se ha detenido, pero sigue sin explicación alguna. Y no seais tan listillos en vuestras teorías jiñosas, que yo soy como José Coronado, como un reloj. Háganme el favor, que parecen ustedes párvulos con el tema de la caca.

24/07/2008 17:13 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 2 comentarios.

UN WOODSTOCK NAZI

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Nos plantamos de buena mañana en la Hauptbahnhof de Núremberg. Voy sin desayunar -Cris no, que ha desayunado a conciencia en el hotel mientras yo apuraba el sueño-, así que me pido un café para llevar que me sabe a ceniza machacada y caldosa, y con él en la mano nos subimos al tranvía 9. Lentamente, el tranvía nos lleva hacia el sur de Núremberg, por arrabales cada vez más anodinos, hacia ese espacio donde las ciudades se van descomponiendo en bloques de ladrillo, señoras con carrito de la compra e hipermercados con parking al sol. Al final del recorrido, todo se vuelve verde. Hemos llegado a un parque boscoso, muy centroeuropeo, donde los largos y centenarios árboles crecen rodeados por setas enormes. Es el final de línea. A un lado, el extraño edificio sin forma clara en el que vamos a meternos: el Doku Zentrum, el museo donde se explica qué significa ese paraje.

El Doku Zentrum ocupa una parte del inacabado Palacio de Congresos del Partido Nacionalsocialista de Alemania. En sus laberínticas y semirruinosas entrañas, la ciudad de Núremberg ha construido un interesantísimo espacio donde te cuentan qué significó el nazismo para la ciudad y qué significó la ciudad para el nazismo. A través de fotos, películas de época, algún que otro documento y las voces de los testimonios, nos hacemos una escalofriante idea de cómo se vivía en el corazón emocional del nazismo.

Mucho antes de alcanzar el poder, en 1927, Adolf Hitler ya había elegido Núremberg como la ciudad-escenario perfecta para dar visibilidad a su movimiento. Ese año, el Partido Nazi escogió a la bella capital de la vieja Franconia como su sede para congresos, desfiles y mítines de masas. Durante la Edad Media, Núremberg fue una de las ciudades donde más veces se asentó la corte del Sacro Imperio Romano Carolingio y donde solían celebrarse las famosas dietas entre príncipes y reyes -de hecho, el tesoro imperial se guardaba aquí-, y al elegirla como enclave fundamental de las celebraciones nazis, Hitler quería que su movimiento se identificase con el glorioso legado medieval germánico.

Franco quiso hacer algo parecido con Toledo, ciudad que, hasta que se estableció la capital de Castilla en Madrid, ejerció un papel muy parecido al de Núremberg en tiempos de Carlos V. Pero a Franco no le llegaba el parné -lo estaba gastando en el Valle de los Caídos- ni tenía la imaginación delirante de Hitler, así que se limitó a reconstruir el Alcázar. Por supuesto, tampoco contaba a su lado con nadie ni remotamente parecido a Albert Speer. Quizá todo eso salvó a Toledo de la infamia que hoy pesa sobre Núremberg.

Después de llegar al poder en 1933, Hitler ordenó a Speer diseñar un enorme complejo al sur de Núremberg, a la vista de las torres del viejo castillo. Allí, varias veces al año, las masas nacionalsocialistas debían reunirse para desfilar y aclamar a su Führer, y la escenografía tenía que estar a la altura de las circunstancias.

El programa arquitectónico, tal y como lo explican en el Doku Zentrum, incluía una pista de desfiles de dos kilómetros de largo, un estadio con capacidad para 400.000 personas, una explanada para demostraciones militares y de las organizaciones nazis y un palacio de congresos en forma de teatro romano con capacidad para 50.000 asistentes. Todo colosalmente desproporcionado. El estadio solo se empezó a excavar, el palacio de congresos se quedó a la mitad y sólo la explanada con el graderío inspirado en el Altar de Pérgamo pudo verse terminada antes de 1939.

Hoy, en la pista de desfiles, los aeromodelistas vuelan sus maquetas de aviones mientras alrededor la gente toma el sol o pasea en bici. La gigantesca pista, que más parece de aterrizaje de supernaves espaciales que otra cosa, es un inofensivo y largo erial de baldosones blancos y negros.

Lo que más impresiona son los restos de la tribuna desde la que Hitler veía desfilar a “sus chicos” (en la foto de arriba). Todos hemos visto esos desfiles en documentales de época. Todos hemos sentido cómo se nos erizaba la piel ante la parafernalia del terror desplegada en toda su fanática agresividad, con un marcial Führer asintiendo satisfecho ante la demostración de su poderío.

Aunque ya no se muestra como en esas películas, aunque no hay banderas ni símbolos nazis y aunque han desaparecido casi todos los elementos arquitectónicos que acogotaban al espectador, como las enormes columnas, que fueron demolidas en 1967 para evitar su desplome, a mí me parecía escuchar el ruido de los miles de tacones marciales que pasaban saludando brazo en alto a Hitler. Aunque es un lugar que la ciudad todavía utiliza (mañana mismo hay prevista una concentración de moteros de toda Europa), da la sensación de que la gente de Núremberg no siente especial apego por él. A la entrada del graderío, un cartel te previene del peligro de ruina y te advierte de que si entras, es por tu cuenta y riesgo. Las viejas estructuras nazis parecen sumidas en un moroso abandono y, pese a que otro cartel prohíbe expresamente hacer skate en las gradas, dos chavalines hacían cabriolas con sus monopatines justo detrás del balcón donde Hitler saludaba a las masas nazis.

El 22 de abril de 1945, los estadounidenses volaron la gigantesca águila de piedra con esvástica que presidía las gradas. Dejaron las gradas, nadie sabe muy bien si por alguna voluntad didáctica o por pura desidia, pero lo cierto es que la ciudad ha seguido dándoles uso hasta hoy, aunque con el abandono y la falta de restauración del conjunto, tanto el ayuntamiento como el Estado alemán parezcan querer invitar a la gente de Núremberg a no seguir frecuentando el viejo escenario del terror. La gente, sin embargo, es terca, y si hay carteles prohibiendo el skate es porque las viejas gradas nazis son la pista de skate más solicitada de la ciudad.

También se celebran carreras de coches: hay marcas de parrilla de salida en la pista que pisaban las huestes nazis. Pero lo que más éxito tienen son los conciertos-festivales de rock.

La verdad es que el espacio es perfecto para montar conciertos de masas. De hecho, cuando en el Doku Zentrum nos han contado cómo era la celebración de un congreso nazi o una reunión de las juventudes hitlerianas en Núremberg, nos ha recordado bastante a la organización de un macrofestival de rock de hoy. Había cervecerías de madera, vendedores ambulantes de salchichas y de pretzels, zona de acampada y espectáculos paralelos de todo tipo. Cientos de miles de nazis de toda Alemania se reunían varias veces al año en Núremberg en una fiesta muy parecida al festival de Benicásim.

En una vitrina del Doku Zentrum se conservan entradas para ver los desfiles, y programas de mano donde se explicaba cómo llegar desde la estación de tren hasta la explanada y cuáles eran los transportes especiales habilitados para los días de los festejos. Como en los festivales de hoy. Y, como en los festivales de hoy, los fans se apelotonaban en la puerta del hotel de la estrella esperando que ésta les saludase desde la ventana: así hacían los nazis en la puerta del hotel de Hitler, en la zona vieja de Núremberg.

Todo rito masivo acaba pareciéndose, da igual de lo que trate. Boris Vian decía que las masas nunca tienen la razón, y quizá la finalidad de la masa solo sea la de ser masa y, mientras pueda serlo, no importa mucho quién la aglutina, si Hitler, Stalin, los Rolling Stones o Chiquito de la Calzada.

Vaya, que puede que de Núremberg a Woodstock no haya tanta distancia.

Apunte absolutamente al margen.- Nos compramos unas salchichas nurenberger (pequeñitas y especiadas, muy apreciadas en toda Alemania) en un puesto callejero. Al oírnos hablar, el hombre nos pregunta si somos españoles. Le decimos que sí, y él nos cuenta que tiene una casa en Ibiza. Nos despedimos asombrados: ¿ha alcanzado Alemania el ideal socialista? Por fuerza ha de ser así. ¿Cómo, si no, un vendedor callejero de salchichas puede tener una casa en Ibiza? Hay que ver cómo las gastan en este país.

25/07/2008 17:09 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

WEIMAR

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Entramos en Turingia, y entramos en otra Alemania. La que fue la República Democrática Alemana, la que hace menos de 20 años era casi inaccesible al occidental medio. Antes de entrar, como despedida de Baviera, nos tragamos un concierto de órgano en la catedral de Bamberg. No soy melómano, pero me parece soberbio, con un repertorio moderno. Los conciertos de órgano en España suelen ser de piezas de Bach y clasiqueces varias. Aquí, un amable y sonriente organista checo ofreció incluso una pieza de un compositor vivo, que a ratos parecía oníricamente espacial, rollo Jean Michel Jarre. No es lo que esperaba oír en un recital de órgano, pero parece que no sólo quedamos encantados nosotros: el público, que llenaba la catedral, aplaudió a rabiar.

Entramos en Turingia y recalamos en Weimar. Vemos con sonrisa bobalicona los semáforos de la Alemania Oriental, convertidos en un icono pop en Berlín (ese señor con sombrero que corre encorvado). También vemos cabinas telefónicas amarillas propias de la RDA. Fósiles conservados con cariño de coleccionista retro. Inexplicables nostalgias. También vemos desfilar algunos de esos coches del bloque comunista, feos y tastarrosos, que hoy son buscadísimos por los más modernos del barrio.

Pero todas estas chorradas quedan eclipsadas por el gran drama de Weimar. Porque aquí, en esta pequeña ciudad del centro de Alemania, se escenificó con especial cinismo la tragedia nazi.

Weimar es la Meca de la cultura clásica alemana. En 1919, los próceres de la nación la eligieron para discutir y aprobar en ella la primera Constitución democrática de Alemania. Y la escogieron porque Weimar representa la Alemania de la filosofía y de la ciencia, tajantemente opuesta a los militarotes prusianos. Weimar es la razón hecha piedra. Weimar es la ciudad de Goethe y de Schiller, los dos genios del prerromanticismo alemán, especialmente el primero. Weimar es Goethe y Goethe es humanismo, sabiduría, sed incansable de conocimiento, filantropía y hedonismo amigable.

Por supuesto, fuimos corriendo a visitar la casa de Goethe, que fue un regalo que le hizo su mecenas, el duque Carlos Augusto. Los gestores de la casa-museo han tenido el buen gusto de no llenar las habitaciones con molestos cartelitos explicativos. Un folleto y un planito son suficientes para que recorras la casa a tu aire, que se conserva con buena parte del mobiliario original. Con pasos pequeños, porque la madera del suelo crujía una barbaridad, nos asomamos al dormitorio y vemos la cama donde murió el autor del Fausto. Ya sabéis que dicen que sus últimas palabras fueron: “Luz, más luz”. Si fuera verdad, sería muy bonito, pero yo soy de no creerme mucho estas frases de cine. Sé que la agonía no da para muchas genialidades, y generalmente morimos en silencio o emitiendo un barboteo.

No importa. La casa es fantástica. Ves el despacho y la biblioteca donde trabajaba Goethe, con sus volúmenes intactos y catalogados, y siempre da morbillo entrar en los santuarios de los genios. Salimos de allí sonrientes, colmados de mefistofeliana alegría, y recorremos una ciudad rebosante de cultura (hasta el empacho) que, en el fondo, sabemos turbia y pestilente.

Cuentan -aunque puede que también esto sea un bulo-, que a finales de los años 30, la gente bien de Alemania disfrutaba de la ópera y del teatro en Weimar en cálidas y entrañables veladas. Mientras, en el cielo, al norte de la estación de ferrocarril, se veía una gruesa columna de humo negro que todo el mundo ignoraba. Eran los crematorios de Buchenwald, el campo de concentración de las SS instalado diez kilómetros al norte de la ciudad.

Cuando finalizó la guerra, los vecinos de Weimar, incluida su administración municipal, dijeron que no sabían nada de las decenas de miles de personas que habían sido exterminadas en la puerta de sus casas. Dijeron que nunca vieron esa columna de humo, o que no la atribuyeron a nada en concreto, que creían que en Buchenwald sólo había un acuartelamiento de las SS, que nunca habían visto los trenes cargados de judíos pararse en la estación de Weimar antes de que el guardagujas cambiara para que pudieran dirigirse a Buchenwald.

Buchenwald. Como todos los campos de concentración nazis, su solo nombre ya impone solemnidad al discurso que lo menciona. Su sola mención trae sombras a las caras y hace bajar las miradas. Es la vergüenza colectiva que, como humanos, sentimos. Por muy hijos de puta que seamos. Por muy indiferentes que nos deje el dolor ajeno. Es leer o escuchar Buchenwald y sentir cómo se eriza el espinazo.
Hacia allí vamos, siguiendo las señales que marcan el camino en la carretera muy discretamente, con vergüenza. Weimar está rodeado de espesos bosques, los famosos bosques de Turingia, y nada más dejar la ciudad nos vemos envueltos en verdes sorprendentes para alguien acostumbrado al verano mediterráneo, y por fragancias montañosas y medicinales. Grandes robles y sauces en suaves colinas de cuento. Las colinas donde Goethe coqueteaba y follaba con sus amantes.

Tras un cortísimo paseo en coche, llegamos a Buchenwald. El corazón ya está encogido porque una señal tres kilómetros más atrás indica que ese camino se conoce como Sendero de Sangre. Una parte de él está adoquinado: es una parte del camino original que se ha conservado. Son los adoquines que pusieron los presos del campo de concentración de Buchenwald.

No hacen falta escenografías ni puestas en escena. Vamos predispuestos a soportar una propaganda plañidera y afectada, pero el lugar no la necesita. Sólo con pisarlo sientes cómo el se te encoge la boca del estómago. Todo tu interior se contrae en una mueca fisiológica de miedo, asco, vergüenza y angustia. Y todavía no has visto nada.

La calle que conduce a la entrada del campo se llama “Camino del Carajo”. Allí están las perreras y la comandancia de las SS. Un poco más allá, la única entrada a Buchenwald. Sobre ella, un reloj que marcaba el ritmo de los trabajos forzados y que está parado a las 15.15. Es la hora en la que los 21.000 prisioneros que quedaban dentro fueron liberados por las tropas estadounidenses, en abril de 1945.

No me quiero extender con Buchenwald porque no pararía. Por muchos libros que haya leído y por muchos documentales sobre campos de concentración y exterminio que haya visto, nada me había preparado para lo que hay ahí dentro. Había leído que en los hornos crematorios de los campos todavía olía a cenizas. No me lo creía. Pensaba que era una exageración, una sugestión excesiva del visitante compungido, pero es verdad. Los hornos crematorios de Buchenwald huelen a quemado todavía. Es impresionante e indescriptible, como un olor fantasmagórico. Provoca náuseas.

Ninguna lectura ni enseñanza te preparan para eso. Nada te prepara para ver la sala donde se ejecutaba hasta 400 personas por día con un tiro en la nuca. Nada te prepara para ver los instrumentos de tortura. Nada te prepara para ver las celdas de castigo. Nada te prepara para ver la jeringuilla con la que se aplicaba la inyección letal. Nada te prepara para ver los zapatos de niño pequeño recuperados entre las pilas de cadáveres sin quemar que los norteamericanos se encontraron. No escribiré más de Buchenwald. Todo sería tópico y miserable.

Volvemos a Weimar, donde la vida sigue. Lo agradecemos. Agradecemos reencontrarnos con la frivolidad y la cerveza. Eso siempre se agradece. Pero también miramos a los más viejos que pasean por la calle, sonrientes, del brazo de sus nietos o de sus perros (aquí todos tienen perro), con el júblio del jubilado. Y nos preguntamos si ellos también disfrutaron de la ópera y de la cena aquellos días, si leyeron extasiados a Goethe y a Schiller y si cerraron las ventanas para no ver la columna de humo que subía al norte de la ciudad, ni los gritos y lamentos de los trenes cerrados que paraban en la estación antes de acabar su recorrido en Buchenwald.

28/07/2008 01:06 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 1 comentario.