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Resumen

DE TURISMO POR ZARAGOZA

Cuando el ejército se ha retirado y ha dejado de ocupar el centro de la ciudad, hemos salido de nuestra madriguera para disfrutar del paisaje de después de la batalla. Teníamos que ir a recoger las acreditaciones de prensa para la Expo y, con la excusa, nos hemos dado un laaaaargo paseo de esos que nunca damos. El centro de acreditaciones de la Expo estaba a reventar de periodistas: el domingo abría exclusivamente para gestionar las acreditaciones de prensa, así que nos hemos encontrado unos cuantos conocidos haciendo cola, claro que seguramente nadie aparte de mí ha tenido que soportar la humillación de la que he sido víctima. ¡Me han hecho un lifting en la foto de mi acreditación! Alguien ha photoshopeado la imagen y la ha estirado. Estoy apepinado, como Blas. No sé cómo tomármelo, la verdad. Espero que para utilizar el pase no tenga que apepinarme la cabeza para que el de la puerta no diga que el de la foto no soy yo. Cris, en cambio, sale estupenda, con proporciones de terrícola.

Con los deberes burocráticos hechos y toda una tarde de domingo sin militares desfiladores por delante, decidimos hacer turismo en nuestra propia ciudad, así que echamos a andar por los alrededores de la Expo y cruzamos la nueva pasarela del Pincho, de Manterola, que es fantástica. Desde allí se ve un skyline maravilloso de la Expo, y hemos constatado con tristeza lo que ya sabíamos, que la joya arquitectónica de la nueva Zaragoza, el Pabellón Puente de Zaha Hadid, se pierde entre la maleza. No hay forma de obtener una perspectiva suya decente. O se lo comen los edificios de la Expo, o se lo traga el gigantesco Puente del Milenio, demasiado cercano. Una pena, porque me han explicado que, arquitectónicamente, aquello es la bomba.

Íbamos a ponernos a despotricar, a expulsar algo de bilis municipal, pero el día estaba demasiado dominguero para cabrearse y estábamos en medio de algo fantástico: las riberas del Ebro llenas de zaragozanos y de algún que otro guiri. Tras décadas y décadas de tratar al río como un estercolero, al fin ha vuelto a formar parte de la vida de la ciudad. Aquello parecía la pradera de San Isidro en un tapiz de Goya: miles de personas encantadas de poder pasear y de retozar en la hierba a la orilla de un río que ya no hiede, aunque baja chocolatoso. Nos acordamos de París, de Toulouse, de Burdeos, de todos esos sitios donde la gente se sienta junto al río y deja pasar las horas. Me conformaría con que la Expo dejara como legado un río integrado al fin en Zaragoza. Ojalá ir al Ebro se convierta pronto en una rutina para todos. Eso sí, se echan de menos algunas cosillas básicas. Con mucho esfuerzo, y tras olfatear como sabuesos, hemos dado con una terraza orillera donde reponer energías con unos enormes y helados zumos de cebada. Las riberas están estupendas, los parques son maravillosos y los paseos al borde del agua, de puta madre. Pero faltan abrevaderos. No sólo vamos a ir al río a solazarnos y a meditar: muchos meditamos mejor con una jarra de cerveza y una ración de calamares. Por favor, más chiringuitos, señores munícipes.

Zaragoza ha mutado de forma bestial. En muchos aspectos, no es ni sombra de lo que era hace cuatro años. Mi trabajo me obliga a patearme bastante la ciudad. Puedo decir que no hay barrio ni rincón que no conozca, y en todos he estado por mil motivos y excusas diferentes. Pero ni cuando la pateo trabajando -porque la percibo de forma utilitaria, hago la faena, me monto en el taxi y me largo- ni cuando la pateo por placer nocturno -porque ya nos la sabemos, caminamos sobre seguro por abrevaderos hogareños- soy del todo consciente de lo muchísimo que ha cambiado. En este paseo, que hemos decidido hacer con ojos y modales de turista, nos hemos dado cuenta al fin de todo lo que está pasando.

Y también de lo que queda por hacer. Cuando hemos vuelto al centro y nos hemos adentrado por el Casco Histórico hemos vuelto a caer en la cuenta de que ha quedado marginado del cambio. No del todo, pero prácticamente. Se ha perdido una oportunidad irrepetible de inyectarle vida al corazón palpitante de la ciudad. Muchos de los proyectos que rondan desde hace décadas se han quedado sin hacer o se han hecho a medias: ¿por qué no se ha aprovechado para montar un museo de arte contemporáneo digno de ese nombre en uno de esos maravillosos palacios renacentistas que se caen a trozos? ¿Qué pasa con San Pablo, ese Barrio Chino local que no termina de tirar para adelante? Está muy bien que los millonazos de la Expo se hayan invertido en crear la red de Cercanías (que hace mucha falta), en mejorar los colapsados accesos y las rondas de circunvalación y en equipar los barrios periféricos tradicionalmente más marginales y deteriorados, como Oliver o La Almozara. Pero, ¿tanto costaba pensar en la Zaragoza de todos, la que pisaban los romanos, la que la artillería francesa convirtió en escombros hace 200 años?

Belloch, tan fanfarrón como siempre, dice que tras la Expo, Zaragoza será la tercera ciudad de España. O no conoce nada su país o no sé cómo puede decir algo así sin descojonarse. Sí, arquitectónica y urbanísticamente, la ciudad tendrá unas cuantas cosas que enseñarle al mundo. Pero nada más. ¿Se ha dado Belloch una vuelta por Valencia? ¿Ha visto el Barrio del Carmen, lleno de vida a cualquier hora del día o de la noche? ¿Ha estado en Bilbao, más allá del Guggenheim? ¿Ha visto cómo se ha transformado el corredor industrial de la ría, cómo se ha reinventado tras la reconversión? ¿Conoce Sevilla, ha visitado alguna vez Córdoba? Incluso Málaga, que sigue teniendo unos problemas sociales gordísimos y más propios de Senegal que de la novena potencia económica mundial, ha dado un giro a su centro histórico, con una calle Larios viva y bien viva a todas horas. Lo de la Expo es espectacular, lo reconozco, pero seguimos siendo un páramo en muchos otros aspectos. Un páramo confortable y acogedor. Se vive muy bien aquí, pero se echan de menos la garra, el nervio y la ilusión que se respiran en otros sitios. Una actuación seria y creíble en el Casco quizás haría que las palabras de Belloch no sonaran a coña.

Pero qué sabré yo, que sólo soy un turista cansado de caminar.

02/06/2008 01:55 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad Hay 2 comentarios.

UN CHILENO VARADO EN LA CIUDAD

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No sé si he mencionado aquí alguna vez a Julio Espinosa, un poeta chileno que se ha hecho un hueco en esta dura Zaragoza en la que ha recalado por amor. Es un tipo sorprendente dentro del mundo literario, porque cuando hablas con él lo que más le interesa es la literatura, algo muy poco común entre los letraheridos. A Julio le interesan las palabras, el estilo, los significantes ligados a los significados y la capacidad de un texto para emocionar y provocar espasmos de rabia o de placer en el lector. Y eso es muy raro, porque cuando los escritores alternan suelen hablar de:

a) otros escritores a los que ponen a caldo.

b) los editores, en tono laudatorio o increpante, según el trato que hayan recibido por ellos.

c) de sí mismos, de su mismedad, de su grandísima mismedad y de su gloriosa y genial mismedad, que les lleva a descoyuntarse el cuello en un empeño por tener siempre en la punta de la lengua la frase más ingeniosa, la maldad más refinada o la broma más atrevida, todo sea por dejar claro quién merece todas las miradas.

d) de sus amigos, que tanto les quieren y tanto amor reciben, y tantas copas pagan.

e) si hay un periodista delante, de los medios que no aprecian y maltratan la literatura (es decir, que no aprecian y maltratan "su" literatura y la de sus amigos) y de los periodistas que sacan de contexto sus frases y hacen preguntas estúpidas en las entrevistas ("no lo digo por tí, querido", añadirán).

(Para ser justos, deberíamos anotar que esto es un cliché de trazo muy grueso y que gallos de corral hinchados de plumas los hay en todas partes y en todas las profesiones, pero ser justos es un rollo. Pongan ustedes nombres propios a las excepciones a estas normas que me acabo de inventar. A mí, sin pensarlo mucho, se me ocurren una docena).

De literatura, se habla poco. A alternar se va a hacer negocios, a engatusar a un editor, a colocar a un amigo en tal sitio, a asegurarse una buena crítica... Son agotadores, porque están trabajando constantemente, evaluando cada frase que se pronuncia, calculando los réditos que se le puede sacar a una conversación, viendo si pueden salir de la velada con un trabajito o con alguna promesa. Como todos los juegos de seducción, cansa mucho al seductor y al aspirante a seducido, por eso, para las personas que tendemos a la asociabilidad y no sabemos nadar en esas aguas, entablar amistad con gente como Julio es muy gratificante.

Julio tiene un alma despreocupada. No es, ni mucho menos, un bohemio, pero vive ajeno a las preocupaciones pequeño-burguesas que nos afligen a la mayoría. Desde que dejó un seguro, cómodo y bien pagado puesto como profesor de literatura en Chile, no persigue el oro y tiene un cierto aire de asceta. Sus ambiciones no son pecuniarias, sino exclusivamente literarias. Más que vivir "de" la literatura, aspira a vivir la literatura, aunque eso implique algunas renuncias. Quiere triunfar en las letras, pero eso no quiere decir que persiga un reconocimiento rápido ni escalar los puestos de ventas. Lo que quiere es más sutil, más complejo y más difícil de conseguir que una cuenta corriente holgada: quiere desarrollar su obra con libertad.

Por eso, en 2001, aterrizó en Madrid sin papeles, con todos sus ahorros, un libro de poemas publicado, una novela manuscrita sin publicar -que escribió con 22 años y nadie lo diría- y el propósito irrenunciable de hacerse escritor. Ahora vive de los aledaños de la literatura (fue lector en Tusquets y ahora dirige la delegación zaragozana de la Escuela de Escritores), pero antes publicó la novela, El día que fue ayer, que llegó a ser prefinalista del Herralde, y sacó unos cuantos poemarios. Hace poco estuvo en Chile y en Perú presentando la edición chilena del último de ellos, NN. Desde hace cosa de un año, el amor le ha dejado varado en esta ciudad pre Expo, y unos cuantos privilegiados hemos podido disfrutar de su conversación y de su sapiencia.

Hay tres cosas que me gustan de su poética y de su obra en sí: su pulcritud y precisión léxicas, su odio visceral por el lugar común y su empeño por ahondar en el significado profundo de las cosas, sin concesiones a la "literatura de señoras que toman té", como él dice. En muchos aspectos, es casi juanramoniano, pero a la que te descuidas aparece Bukowski.

La novela El día que fue ayer, publicada por una editorial chilena en 2006, tiene todas esas cosas. En ella lucha con los fantasmas de la memoria doliente de su país con una estructura casi coral, polifónica, sin derivaciones nostálgias, que va directa al corazón de la frustración y del dolor. El reverso tenebroso de Isabel Allende, una reflexión sobre la dictadura y la violencia sin el espectro de Víctor Jara.

Puede que Julio tenga poco que hacer. A un lado, tiene a Dan Brown y las novelas de templarios que dominan el panorama editorial, y en el lado "esteta" o cool, la "generación Nocilla", para cuyos miembros, las preocupaciones estéticas y éticas de Julio suenan a chino cantonés. Quizá es mejor así. Puede que siendo un outsider consiga hilvanar su obra sin prisas ni tejemanejes. Al fin y al cabo, Julio es de esos literatos que entienden que un escritor, básicamente, se dedica a escribir.

¿Que por qué este largo homenaje a Julio? Porque, aparte de todo lo que llevo dicho, que no es poco, es un tipo generoso, que me ha ayudado bastante y me ha dado algunas claves que, quizá, por mí mismo jamás hubiera encontrado. Hay que ser agradecido con quien te enseña caminos que no sabías que pudieras recorrer.

03/06/2008 00:55 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 3 comentarios.

LA POLLA RECORDS

La cadena Vips está de enhorabuena: sus estantes van a recibir en breve la última maravilla de Taschen: El gran libro de los penes. ¿O debería llamarse El libro de los grandes penes? Un libro que es la polla, para que me entiendan. Un muestrario de colosales falos, de Black and Deckers humanos, de Vlads los Empaladores, de troncas navideñas, de gente que se desmaya con cada erección porque su corazón no puede bombear tanta sangre hacia el mismo sitio, de desgraciados que jamás han podido ponerse unos vaqueros ajustados, de individuos con fobia al calzón. Pues eso, un álbum de Príapos en papel cuché y en formato grande, para que no se salgan de la página. Echadle un vistazo a las fotos pinchando aquí.

¿Qué, acomplejadillos? Pues si sois gente ordenada y madrugadora y nunca habéis sucumbido a los turbios placeres de la teletienda de las tres de la mañana, aquí os dejo el impagable anuncio de Jes Extender:

Y para que veais que hablar de vergas no es algo privativo de los esnobs de la editorial Taschen, ahí va un greatest hit que también es la polla:

JO, QUÉ NOCHE

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El viernes estaba de rodríguez, solo, reventado después de una semana demoledora en el trabajo y con ganas de disfrutar de mi mismedad. A eso de las once de la noche, salía del periódico y arrastraba los pies hacia el sofá, un copazo narcotizante y un DVD con alguna peli densa y violenta de las que sólo puedo ver yo solo. No me parecía mal plan, la verdad, pero entonces sonó el móvil. Descolgué:

-¿Te echas una birrilla, o qué?

Tachán. El punto de inflexión. Al decir que sí y dar media vuelta hacia el bar piensas: "Bien, una cervecita, desconecto un poco y me río con un par de tontadas antes de irme a cenar algo a casa". Los caminos del autoengaño son inescrutables. Es cierto: nada parece presagiar que allí se esté cociendo algo distinto a un par de cañas postlaborales. De hecho, no vas vestido para la ocasión y de tu hombro cuelga tu bolsa de trabajo llena de unos libros que esa misma tarde te han llegado desde Canadá y que habías pensado empezar a hojear después de la peli.

Y sin embargo...

3.30 de la mañana. Garito El Zorro, reputado y refinado antro del centro de Zaragoza que tiene algo de club clandestino y opiáceo. Sigo con la bolsa de trabajo al hombro llena de los libros que han llegado desde Canadá, aunque he estado a punto de olvidármela en otros dos tugurios. Llevo el cuello de la camisa subido y un botón desabrochado porque están pinchando música disco de los 70 y hay que ponerse a tono con el ambiente. Ejecuto unos movimientos espasmódicos y sísmicos que con mucho atrevimiento califico de pasos de baile y bebo a medias una cerveza con mi amiga A. (que también se mueve espasmódicamente a mi lado) porque ya no nos entra más bebercio en el cuerpo y tenemos que ir sorbo a sorbo. Muy cerca de nosotros, un tipo clavado al Loco de las Coles toca una pandereta, hay una boa de plumas que va pasando de cuello en cuello por todo el bar, una chica negra con un impresionante pelo a lo afro que baila poseída por el espíritu de María Caracoles y un señor bajito de unos 60 años, calvo, con bigote, gafas de sol y jersey a rayas que toca una trompeta al ritmo de la canción que suena. ¿Cómo he podido acabar así, cuando mi plan era apoltronarme con alguna vieja peli de John Carpenter? Todavía lo ignoro, pero en ese rato llegué a una serie de consensos con mi amiga A.:

1. El ambiente y la gente del bar El Zorro parecían sacados de una peli de David Lynch. Yo pensaba en el fantástico prostíbulo de Twin Peaks. A., en Mulholand Drive o asín.

2. El señor bajito de la trompeta se salía de los esquemas lynchianos y entraba en el universo de los hermanos Fesser (que también son muy lynchianos a su manera). Coincidimos en que se trataba de un músico de la Legión que se habían dejado olvidado en Zaragoza el día del desfile militar.

3. Las chicas negras no deberían alisarse el pelo nunca: el look micrófono mola un montón.

Por mi cuenta, saqué una única conclusión:

-No se me puede dejar solo. Soy demasiado voluble y no sé decir que no a la penúltima copa. Nunca llegaré a nada en esta vida.

Y me encogí de hombros.

Las noches más divertidas de mi vida siempre han empezado con un codazo, un guiño o un "venga, que te invito a una". Ninguna festividad programada, ninguno de esos días en los que hay que divertirse por cojones (Nocheviejas, bodas, bautizos, comuniones, cumpleaños, funerales de acreedores, aniversarios de boda o jubilaciones de jefes) merece pasar a mi historia sentimental de la juerga. Bueno, quizá hay un par de Nocheviejas que sí se merecen un puesto en esa lista, pero son raras. ¿Quién dijo el topicazo ese de que la vida es lo que pasa mientras planeas otras cosas? A veces olvido esa actitud. A veces me ato a lo previsible, como si viviera en una telecomedia española donde sabes exactamente lo que va a suceder en la secuencia siguiente.

Como Griffin Dunne en Jo, qué noche, todos necesitamos de cuando en cuando decir "qué cojones", coger un billete de 20 dólares y salir a tomar un café con una chica que vive en la otra punta de la ciudad y a la que apenas conocemos de nada. Luego, los 20 dólares pueden volar por la ventanilla del taxi y, sin dinero encima, podemos empezar a encadenar una serie de absurdos hasta el amanecer. Como a Griffin Dunne, al amanecer nos esperará de vuelta la vida, con sus cadenas y sus monótonos crujidos, pero siempre nos quedará la duda o la ilusión de que la verdadera vida estaba en el paréntesis, allí donde un señor bajito con gafas de sol toca una trompeta. De hecho, quizá el paréntesis sea el día y sus horarios.

Foto: fue una noche muy tonta en Londres. Dijimos: "una pinta, y a dormir". Horas después estábamos haciendo experimentos fotográficos con la sobreexposición a las luces de neón. Hay muchas fotos vergonzosas, pero esta quedó sugerente. Yo le tengo cariño.

DIME QUÉ PREGUNTAS Y TE DIRÉ QUIÉN ERES

¿Qué tienen en común un dirigente de la izquierda abertzale, un obispo y un pedante rancio? Que los tres aplican a sus interlocutores la máxima de "dime qué preguntas y te diré quién eres". Por eso todos se reservan el derecho de no aceptar preguntas o de responder con un regueldo a quien consideran que lo merece.

Desde que empecé en esta sufrida profesión que ejerzo tuve clara otra máxima que leí en un libro de uno de esos reporteros senior británicos de senectud tan pulcra: es preferible parecer imbécil y preguntar en exceso que callarse por miedo a la impresión del entrevistado. Es cierto que el arte de la entrevista tiene algo de juego de seducción o de partida de ajedrez, especialmente cuando el entrevistador busca entrar en un recoveco que el entrevistado no quiere poner al descubierto, pero a muchos periodistas les puede el ego y buscan la admiración del entrevistado. Disertan antes de preguntar, se pavonean, intentan demostrarle al músico, al político, al economista o al escritor que ellos saben tanto de música, de política, de economía o de literatura como ellos. Quieren dejarle claro al personaje que está ante un igual, que no son unos mandaos ni unos amanuenses. Puede estar bien asomar la patita, lanzar un par de estocadas para que el entrevistado no nos infravalore y se enquiste en los aterradores monosílabos, pero si el periodista se pasa de listo estropeará la entrevista. El ego es muy peligroso.

De hecho, os confesaré una cosa: hacerse pasar por lerdo da buenos resultados. El entrevistado se relaja, baja la guardia y suelta la lengua, porque piensa que eres inofensivo. Es una de las estrategias más recurrentes en Brenda, la subjefa de la policía de Los Ángeles experta en interrogatorios en la serie The Closer. Yo la empleo a veces con huesos desconfiados y duros de roer: les confirmo sus prejuicios de que los periodistas somos débiles mentales, así su imagen del mundo no se cortocircuita y me acaban contando lo que me interesa. Es una técnica infalible con la gente que tiene un ego hipertrofiado. Con otros, hay que buscar otros resortes de conversación.

¿A qué viene esta perorata de trucos de oficio? A un artículo que acabo de leer de la escritora catalana Imma Monsó en La Vanguardia (no lo encuentro en la edición digital, así que no lo puedo linkar). Se titula Monosílabos, y es una muestra de egomanía pedante formulada con una prosa ladrillesca enemiga del ritmo, la soltura y la armonía.

Cuenta Monsó, con trabajosa dificultad sintáctica, que estaba presentando un libro de su amiga Mercè Ibarz. Era un ensayo sobre Mercè Rodoreda, y las preguntas del turno de ídem se interesaban por las sutilezas estilísticas de la venerada autora barcelonesa, ya fenecida. Copio el párrafo que se me ha atragantado:

Las preguntas eran del tenor que un acto elegante como éste propicia, a saber: "¿Podríamos hablar de las dificultades de la construcción del yo literario de Rodoreda en el exilio?", en fin, preguntas sutiles, que apelaban a la razón y al intelecto, hasta que de pronto una señora que quizá había venido a sentarse porque le dolían los pies, pidió la palabra y preguntó: "¿Tuvo hijos?". Se hizo un silencio glacial. Acto seguido, Mercè Ibarz, autora del libro, respondió: "Sí". (...) En ese momento admiré su heroico laconismo: hay que tener muchas narices para mantener el "sí" mientras alguien del público te mira con ojos implorantes para que le cuentes detalles que tú conoces.

Es cierto, qué admirable laconismo. Podría haberlo rematado pegándole una patada en el estómago a la interrogadora impertinente. O quizá con un regio lapo lanzado a su rostro desde la tribuna. Sí, la mala educación y la soberbia resultan admirables.

Me dan ganas de haber estado en el acto para haber hecho frente común con la señora. Me habría levantado y habría preguntado: "¿Y la tal Rodoreda, follaba mucho allá en Francia? ¿Le gustaba hacerlo en la cama o al aire libre, en plan exhibicionista? ¿A sus hijos les daba mantequilla o margarina? En cualquier caso, ¿utilizaba la mantequilla o la margarina como lubricante en sus relaciones sexuales, o todavía no se había estrenado El último tango en París por aquel entonces? ¿Usaba bragas de encaje o las compraba tres por una en el Carrefour?". En fin, todo lo que siempre quise saber de Mercè Rodoreda y nunca me había atrevido a preguntar.

Por dios, brillantes-exponentes-de-la-literatura-catalana-actual, que la señora sólo preguntó si tuvo hijos. ¿Esas dos palabras bastan para deducir que la interrogadora es una maruja, una iletrada, una zampabollos que no sabe distinguir entre una obra de Brecht y un episodio de Matrimoniadas? Es más, si en un ensayo sobre la vida de Mercè Rodoreda, la autora obvia si tuvo o no hijos y su relación con ellos, apaga y vámonos. Porque Rodoreda, hasta donde yo sé y he leído (es cierto que sólo he leído Jardí vora el mar, y tampoco me emocionó en exceso), fue una escritora muy intimista, muy de hablar de sus cosas y de darle vueltas a lo que sucedía en su casa y en su mundo.

Pero, sobre todo, empatizo con la pobre señora a la que no sé si le dolían los pies (en cualquier caso, si a mí me doliesen los pies, antes me sentaría en un banco con mocos que tragarme ese peñazo de presentación de libro) porque a mí me pasó algo parecido hace dos o tres años. Tocaban Mötley Crüe en Zaragoza y la discográfica Universal me invitó a participar en un "meeting with the press" un par de horas antes del concierto, en el backstage. Yo era el único periodista de un diario generalista entre un selecto club de críticos musicales de revistas especializadas, y la verdad es que no sabía muy bien cómo le iba a sacar provecho a ese encuentro, porque la crónica tenía que ser para todos los públicos y con un toque simpático y colorido. El tono del "meeting" (una rueda de prensa corriente y moliente, vaya) era otro: a los asistentes les interesaban cosas muy concretas sobre la gira y sobre la situación del grupo que a mí, ni fu ni fa. De hecho, los frikis de las revistas -creo que ninguno era periodista, por cierto-, me miraban con desconfianza, como diciendo: "¿Qué pinta este tío aquí, si no lleva camisetas del grupo ni ha traído ningún disco para que le firmen un autógrafo?". Me devané mucho los sesos tratando de sacarle a Tommy Lee unas palabras que me sirvieran para la crónica del diario zaragozano para el que trabajo, y cuando me llegó el turno de preguntas, tiré por el camino de en medio y le pregunté en mi mejor inglés si habían podido ver algo de la ciudad o si sabían algo de ella. Con muy buen humor, Tommy Lee dijo que, "honestly", no tenían ni zorra idea de dónde estaban, más allá del nombre, y que no se había tomado la molestia de informarse, aunque una "ex girlfriend" (¿Pamela Anderson?), al ver el itinerario de la gira, le llamó la atención sobre Zaragoza, le dijo que conocía la ciudad y que se lo había pasado muy bien en ella, así que Tommy Lee intuía que aquel era un buen sitio. "En cualquier caso -añadió-, si hay putas y drogas, nos parecerá una ciudad estupenda". Le dije que podría tener ambas cosas en abundancia y me senté satisfecho. No era mucho, pero me había dado una frase para utilizar en el artículo.

Un mes después, en una de las revistas especializadas, leí una extensa crónica de aquel encuentro, y el tipo que la firmaba -en una prosa mucho peor que la de Imma Monsó- se permitía el lujo de reírse de mí y de tratarme de subnormal profundo por haberle hecho esa pregunta al gran Tommy Lee. Y lo decía un tipo que había aplaudido al grupo en la sala de prensa (¿dónde se ha visto una rueda de prensa donde los periodistas aplaudan? Joder, un poco de distancia profesional) y que se había hecho una foto de fan cogido del hombro de Tommy Lee. No, la mía no era una pregunta penetrante, ni sutil, ni tan siquiera simpática, pero era la única que me servía para mi trabajo. No pregunté por "las dificultades de la construcción del yo literario de Rodoreda en el exilio". Le pregunté si tenía hijos, y me quedé tan pancho. Supongo que la señora aquella también se quedó ancha y patilarga, y le importó un huevo la impresión que le ha causado a la estirada de Imma Monsó. Al menos, a mí no me respondieron con un monosílabo.

APOCALIPSIS CAMIONERO

¡Desabastecimiento!

Gente llenando los carros y los depósitos de gasolina. Más madera, es la guerra. ¡Todos a los refugios! ¡Abandonen a los ancianos en la cuneta, sólo son una carga! ¡Manden a sus hijos a buscar comida como si fueran hienas!

Joder, un día de huelga de camioneros y ya nos hemos vuelto locos. Si esto en Francia pasa cada mes, por dios. Quizá por eso los franceses, acostumbrados a los histerismos huelguísticos, le dieron pasta a Michael Haneke para que rodara Le temps du loup con Isabelle Hupert. Un drama apocalíptico de unos supervivientes a no se sabe muy bien qué hecatombe. No es la mejor peli de Haneke, pero se deja ver.

Nosotros hoy en el supermercado nos hemos limitado a comprar morrudeces para hacer una cena maja. En la nevera hay pocas subsistencias. No importa: como María Antonieta, si no hay pan, comeremos macarrons. De hecho, en Fantoba, la pastelería más maravillosa de Zaragoza, venden macarrons como si esto fuera Versalles (curioso e inútil dulce el macarron. Rococó puro)

En fin, yo creo que una huelga como esta se merece una canción como esta. Yo también quiero llevar el pecho tatuado, en camiseta y mascar tabaco.

 

10/06/2008 01:43 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad Hay 4 comentarios.

APOCALIPSIS CAMIONERO 2

Las muertes y los follones no hacen gracia, la verdad. Entiendo sus reivindicaciones, entiendo que paralicen el país. Entiendo menos el histerismo de la gente que llena los carros para un mes (¿en serio te vas a comer diez kilos de tomates antes de que se pudran? Suerte). Y mi comprensión se rompe completamente cuando muere alguien. ¿Tan furros son que se les va de las manos todo tan fácilmente?

En fin, quizá cuando leais esto la huelga esté ya desconvocada. Si no es así, os recomiendo que os entretengais con esta lista de canciones de camioneros que he encontrado en Blogcritics. Es una selección para tirar millas, pero echo de menos mi favorita, la más absurda: Space Trucking, de Deep Purple (algo así como "Conduciendo camiones por el espacio"). Si tenéis un amigo camionero, bajaos estos temazos de la mula y regaladles un CD chulo, que les alegrará estos días oscuros.

1. Six Days On The Road - Steve Earle
2. Lookin' At The World Through A Windshield - Son Volt
3. Truck Drivin' Man - Lynyrd Skynyrd
4. Highway Cafe - Tom Waits
5. Highway Junkie - Randy Travis
6. Bridge Washed Out - Larry Stephenson
7. Truckin' - Bread
8. 30,000 Pounds Of Bananas - Harry Chapin
9. Truck Drivin' Man (Give It All I Can) - Bottle Rockets
10. Tennessee Truck Driving - Ralph Stanley II
11. Will There Be Big Rigs In Heaven - Buck Owens & His Buckaroos
12. A Truckers Tribute To Red Sovine - Tom Lambert
13. Prisoner Of The Highway - Mark Wills
14. Roll Truck Roll - Terry Allen
15. East Bound And Down - (From "Smokey And The Bandit") - Jerry Reed
16. Keep On Truckin' - Eddie Kendricks
17. The Truck Song - Lyle Lovett
18. Drug Store Truck Drivin' Man - The Byrds
19. Girl On The Billboard - Wylie & The Wild West
20. Hey Truckers - Andre Williams
21. Big Wheels In The Moonlight - Dan Seals
22. How Far To Little Rock - The Stanley Brothers
23. Truckin - Grateful Dead
24. Truck Drivin' Man - J. Geils Band
25. I'm Truckin' - Spirit
26. Convoy - C.W. McCall
27. Roll On Eighteen Wheeler - Alabama
28. Roll On Big Mama - Moe Bandy/Joe Stampley
29. Ragged Old Truck - Johnny Paycheck
30. Eight More Miles To Louisville - Grandpa Jones
31. Truckstop Girl - Kelly Willis
32. Mama Was A Rock (Daddy Was A Rolling Stone) - Kay Adams/BR5-49
33. Truck Driver's Lament - Icicle Works
34. Truck Stop Girl - Little Feat
35. Big Ol' Truck - Toby Keith
36. Truck Drivin' Son of a Gun - Red Sovine

APOCALIPSIS CAMIONERO 3

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Una cosa buena de esta huelga es que me está permitiendo conocer más a fondo el carácter aragonés. En Mercadona no quedaba casi nada de nada y habían arrasado especialmente con la leche. "Sólo he podido traer unos pocos cartones de esta marca, la única que quedaba", dice Cris como si volviera del frente, solemne, lacónica, como diciendo: "He visto cosas terribles, tío, no me preguntes".

Primer punto del comentario: ni siquiera en caso de histeria colectiva los aragoneses son capaces de comprar productos catalanes etiquetados en catalán. La consigna es: "Antes hambriento que catalán". No sabía que la animadversión hacia los vecinos llegara a esos extremos. Lamento mucho ese cerrilismo anticuado y paleto, la verdad.

Segundo punto del comentario: el cartón en sí. Por fin una cooperativa que habla sin tapujos de la zoofilia ganadera. Ya se sabe, son muchas horas de compañía mutua y, maldita sea, se le acaba cogiendo cariño a esas bestiezuelas. ¿Por qué ordeñarlas sin más, como si fueran un ligue de tercera división cazado en un after hours a las ocho de la mañana, cuando se puede mantener una relación completamente satisfactoria con ellas? A mí no me molan esos ganaderos que van directamente a meter mano en la teta, sin una caricia por el lomo, unos besitos o un paseo cogidos por el brazo. Así, sí, despacito, con su ritmo, su crescendo erótico. No me convence el "t'estimo" ahí tan grande. Suena forzado. Nadie le dice a una chica que la quiere así de sopetón. A ver si va a ser un donjuán de pacotilla, de los que encandilan a las jovencitas y luego si te he visto no me acuerdo... Eso no estaría bien, señor profesional del sector agropecuario cooperativista catalófono: no solo ha de ser fiel a su lengua y a su tierra, sino también a su granja.

Después de ver esa foto de los prolegómenos me queda otra duda: ¿la leche procede de la vaca o del excitado ganadero?

ANCAS DE RANILLAS

Mi abuelo decía que los experimentos hay que hacerlos con gaseosa, pero en la vida real se hacen con cualquier cosa y sin pararse mucho a pensar, corrigiendo sobre la marcha. Hace como un mes o así, el periódico donde echo las tardes me pidió hacer un blog durante la Expo, y hoy lo estrenan. Se puede encontrar pinchando en Blog en el portal Expo de Heraldo o yendo directamente a este link. De momento, creo que anda en fase semiexperimental -como la propia Expo, para qué engañarnos-, y supongo que irá mutando cuando su discurso cobre forma propia. Lo he titulado Ancas de Ranillas (para los de fuera, Ranillas es el meandro donde se ubica la Expo) y se actualizará varias veces a la semana. Si no se agosta, que decía Garcinúñez en Amanece que no es poco.

13/06/2008 11:01 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

MINISTRADAS

Primera ministrada

Estaba cogiendo el sueño, con el Hablar por hablar muy bajito bajo la almohada, y empezó el boletín de noticias de las cuatro de la madrugada. Entre tinieblas, escuché a la ministra Aído decir "a los miembros y miembras...". Clinc. Di un respingo. Me desvelé. Afiné el oído esperando el comentario chusco del presentador, alguna bromilla sobre el desliz, pero el tío siguió el informativo como si tal cosa. A mí me costó un buen rato volver a coger el sueño, y cuando lo hice tuve pesadillas con transexuales preoperados que me enseñaban sus miembras.

Al día siguiente me entero de que la frase ha tenido su lógica repercusión. Brotan chascarrillos cual setas, los académicos, conjurados en aquelarre, se llevan las manos a la cabeza (lo hacen con dificultad debido a la artrosis propia de sus edades), y cada diario aprovecha para barrer para su casa. Hasta ahí, todo normal. Lo que me empieza a no parecer tan normal es que la ministra no da su brazo a torcer ni toma ninguna de las dos salidas posibles que tiene ante sí: esconder la cabeza cual avestruz hasta que otro vuelva a meter la pata, o pedir disculpas, reírse un poco de sí misma y pelillos a la mar.

Pues no, en lugar de decir que un lapsus lo tiene cualquiera, se ha metido en un jardín de estulticia muy bochornoso, elevando a categoría de neologismo lo que no es más que una ridícula cagada. Vamos, que quiere que aceptemos barco como animal de compañía porque para eso ella ha traído el Scatergories. Lo peor de todo es que no está sola en su empeño: una cohorte de mamporreros ha acudido a hacerle coro a sus delirios. Ya se sabe, en este país los cortesanos nunca le dirán al emperador que va desnudo. En fin, si ya el Ministerio de Igualdad sonaba a patochada pueril, la actitud de su titular parece confirmar los temores.

Segunda ministrada

Esta es más antigua, pero todavía colea con cartas al director en todos los periódicos, y todas en el mismo sentido. Mucha gente está cabreadísima con el hecho de que Carme Chacón sólo se haya cogido dos de los cuatro meses de baja por maternidad tras tener a su cachorro. Dicen que está dando muy mal ejemplo a las madres trabajadoras de este país, que dónde vamos a llegar y no sé qué más. En ese sentido he leído muchas opiniones, pero sólo he leído a una persona que piense lo mismo que yo: ¿por qué diantres tiene que cogerse un ministro una baja de nada?

Para empezar, me toca las narices la pedagogía gubernamental. Los ciudadanos queremos un gobierno, no unos profes ni mucho menos unos líderes que nos guíen hacia horizontes turbios. El gobierno propone leyes, administra, recauda impuestos y construye carreteras. Y punto, no tiene que pedagogizarnos: quienes votamos somos mayores de edad y la ley nos reconoce plena responsabilidad, así que no nos pongan pañales, que sabemos ir al baño. Por tanto, ¿por qué los actos individuales de sus miembros han de ser ejemplo y guía para nadie? Ejemplarizar no entra dentro de sus competencias. O no debería en una democracia digna de ese nombre.

Dicho esto, un ministro, un diputado o un senador no son trabajadores. No lo son. Perciben unos emolumentos por dedicarse plenamente a la res pública, pero esos emolumentos están concebidos en origen para garantizar su independencia, para que ningún grupo de interés les compre. Son herederos del famoso óbolo de la antigua Atenas. No son salarios propiamente dichos porque sus actividades no son laborales, y el hecho de que las consideremos como tales dice muy poco de una democracia. Son un grupo de ciudadanos que voluntariamente, sin que les azuce una necesidad pecuniaria, se dedican a algo tan ingrato como el bien común. Para que puedan llevar su tarea con dignidad, se les da toda clase de facilidades a cargo de los presupuestos generales del Estado, pero a cambio se les exige una dedicación plena. Absolutamente plena, valga la redundancia. Un ministro lo es todo el tiempo, incluso cuando llega a casa y se prepara un nescafé con picatostes. Incluso cuando está durmiendo a las cuatro de la mañana. Sin vacaciones ni días libres. Su jornada no empieza ni acaba, siempre está en marcha. En cualquier momento debe estar listo para atender sus responsabilidades con la res pública, porque no es un trabajador, es un cargo. Por tanto, no se le pueden aplicar los derechos que asisten a los que sí trabajamos para cobrar un sueldo y para desarrollar una actividad meramente profesional. Y eso implica, por supuesto, muchísimas renuncias, pero si no se está dispuesto a aceptarlas, que renuncien al cargo. En ese sentido, las ministras pueden tener los hijos que quieran, pero lo de cogerse una baja roza el insulto: que se le den toda clase de facilidades, que le monten una guardería de lujo en el despacho, que viaje con un séquito de cuidadoras, que los payasos de la tele entretengan al churumbel mientras ella está reunida, pero que no nos tome el pelo.

¿Qué será lo próximo? ¿Ministros afiliados a sindicatos? ¿Huelgas ministeriales? ¿Comités de empresa gubernamentales? Si a muchas madres trabajadoras les ha indignado que Chacón no se coja la baja entera, a algunos nos ha parecido un choteo para todos los trabajadores reales (con nómina y 30 días de vacaciones) de este país.

13/06/2008 13:17 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad Hay 1 comentario.

¿LEÍAN LOS ROMANOS A LOS BÁRBAROS?

A veces alucino de que haya gente que dedique ingentes recursos y capacidades a investigar lo obvio. Leo en El País que en Estados Unidos sólo el 3% de los libros que se venden son traducciones. Y se llevan las manos a la cabeza, y dicen que cómo es posible, con la rica literatura española que se están perdiendo, y el negoción que están perdiendo los autores españoles por no conseguir que les traduzcan, bla, bla, bla.

Dice Antonio Muñoz Molina, desde su puesto avanzado en New York City: "Estados Unidos ha preferido ser monolingüe y dejar que el mundo aprenda su lengua en vez de hacer el esfuerzo de traducir e impulsar el multilingüismo". Pues claro, elemental, querido Muñoz. Vamos a ver, si tú eres quien corta el bacalao, son los demás los que tienen que hacer el esfuerzo por hablar como tú, y no al revés. ¿Se imaginan al poeta Marcial instando a los romanos a aprender burgundio y celta para reconocer al fin el multilingüismo del imperio? Es más, ¿se imaginan a su vecino, al propio Muñoz Molina o a ustedes mismos aprendiendo rumano o árabe para estrechar relaciones con las realidades multilingüísticas del entorno? ¿Conocen ustedes o Muñoz Molina aunque sólo sea el nombre de los autores que marcan el canon en Marruecos o Rumanía? Yo no, desde luego. Y apuesto mi brazo a que ningún editor español se ha planteado traducirlos.

Maquíllenlo como quieran, hagan los estudios que sean menester, alíñenlo con toda la jerga erudita que les guste, pero la realidad es que, desde que el ser humano es sedentario (y puede que antes), son los criados los que aprenden a hablar la lengua de los amos. A la larga, los criados incluso llegan a perder su lengua y, en un par de generaciones (si no antes), hablan sólo la de sus amos. Dominio y supervivencia, es muy sencillo, no hace falta ser un doctorando en sociología para darse cuenta.

Así que, díganme, ¿para qué narices van a leer los americanos literatura de culturas bárbaras? ¿Leían los romanos y los europeos del primer medievo las sagas vikingas? Es más, ¿las consideraban siquiera literatura? Pues eso. Hay dos opciones: o romanizarse y olvidar tus raíces o resistir y seguir con tus cosas independientemente de lo que haga el Imperio. Y conste que hoy por hoy ambas me parecen igual de legítimas, pero lloriquear porque el amo no te hace caso es de lo más patético y lameculero que se puede hacer. Y que en un mismo periódico se lamente al mismo tiempo que los americanos no lean literatura extranjera y que los españoles no sepan hablar inglés es delirantemente esquizofrénico. ¿En qué quedamos? ¿Les invadimos o nos dejamos invadir? Las dos cosas no pueden ser.

EXPOCOSAS

Me he dado un garbeo agotador por la Expo y he dejado un post con un par de fotillos en el blog que estoy escribiendo para el portal de la Expo de Heraldo. Si te apetece, puedes leerlo pinchando aquí.

15/06/2008 02:02 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

VIVO EN LA EXPO

No paro, hijos míos. Me conozco la Expo mejor que mi casa. De hecho, desde la inauguración, creo que he pasado muchas más horas allí que en mi casa. Entre que tengo poco tiempo para escribir y que en la Expo no sé estar sin un Fluvivaso de cerveza en la mano, llego al hogar a eso de las tres de la mañana sin ganas ni fuerzas para actualizar el blog. Además, tengo que alimentar al otro, Ancas de Ranillas, que mal que bien, va saliendo adelante en la web de Heraldo. No me he mudado (ni a la Expo ni al otro blog), pero entended que hasta que me adapte a la nueva situación, este rinconcito va a estar un pelín descuidado. Igual de descuidada que tengo la casa. Es una tristeza, la verdad, porque Cris se ha largado unos días a un viaje de trabajo, me he quedado de rodríguez y no he tenido tiempo ni de enguarrar la casa como es debido: está todo impoluto porque no aparezco por allí. Ni un casco de cerveza tirado, ni una cazuela sin fregar... ¿No me compadecéis?

19/06/2008 13:05 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Hay 4 comentarios.

UN FOLIO EN BLANCO

Tarde de abuelos cebolleta. Han reabierto El Plata, un viejo cabaret mugriento y fascinante que cerró hace no sé cuanto. El local fantasma se había conservado intacto, y todos los años saltaban dos o tres alarmas de reapertura. Rumores que acababan en el periódico y que se desinflaban meses después. Pero esta vez ha sido de verdad. Se enteró mi amadísima (qué cursi este superlativo, ¿no? Pues lo voy a dejar) Ana Usieto, siguió la pista y destapó el pastel: el mismísimo Bigas Luna estaba detrás de todo, como director del espectáculo que se va a poder ver en el escenario.

Zaragoza y yo todavía no éramos pareja de hecho cuando El Plata era El Plata, y todo lo que sé del lugar me lo han contado mis amigos viejunos, que se corrieron sus buenas juergas allí, cuando las vedettes eran las pescaderas del Mercado Central. Ellos se enamoraron de su aire decadente, de su aroma desconchado, y lloraron su cierre como el fin de su particular belle époque. Hoy, en la redacción, estaba rodeado de antiguos parroquianos del viejo Plata, y todos se han desmelenado como grandísimos abuelos cebolleta. Ha sido divertido, aunque mucho más para ellos.

A su lado, me he sentido como un folio en blanco. He visto los Plata que me quedan por cerrar, los gigantes que veré caer y los mitos que oiré desplomarse (aunque en el desplome apenas hagan un leve ruido sordo, nada de estruendos), y he sentido los ojos palpitar con ansia. Qué arda Troya, y que me dejen ver cómo se quema.

MAMPORREROS DE MIEMBRAS

Según la RAE:

mamporrero. (De mamporro). m. Hombre que dirige el miembro del caballo en el acto de la generación.

Noble oficio que ha permitido que los sementales gocen con las yeguas más turgentes y regeneren las bellas razas de los purasangre. Los filólogos y los notarios me perdonarán que, en un sentido figurado que atenta a la pulcritud académica, aplique la denominación de este oficio a quienes, con imparable denuedo, dirigen la miembra de la ministra Aído hacia nuestros contritos y tensos esfínteres traseros. Son los cortesanos siempre atentos, que no dejan escapar una oportunidad para obtener la caricia del amo o para sacarle la cara cuando la pone en evidencia. El domingo lo ha hecho en El País, con paja mental freudiana de propina, Adolfo García Ortega. Allí se lee:

El problema de la palabra "miembra" es que se enfrenta directamente a "miembro"; lo refleja, lo varía, lo feminiza. Le quita su dominio, en todo caso, lo reta a que reparta papeles y derechos, lo destrona, lo divide, lo contemporaneiza (perdón por el verbo).

Y más abajo, continúa:

Ahora lo que le ha dado miedo a muchos varones es que al miembro, por fin, le ha salido una posible variante liberadora, la posibilidad de que la mujer también lo pueda ser sin tener que renunciar a su identidad de mujer, es decir, por fin puede ser miembra. Todo rechazo ante la palabra, si no es por razones más simbólicas o profundas, cuando no oscuras, no debería escandalizar a nadie, ni hacerle reír. Es sólo cosa de repetirla varias veces para darse cuenta de que no suena nada mal, incluso de que, una vez se acepte por la normativa de la RAE (que todo llegará), será vista como apropiada.

Eso sí que es penetración argumental y no la del mamporrero. Es cierto, lo confieso, me ha calado. A mí y a todos los falócratas que en España somos. El lapsus ha retumbado con estruendo en nuestros cuchitriles de macho. Su ruido liberador ha hecho añicos la botella de Anís del Mono, sus vientos de cambio han apagado nuestras fálicas farias y su arrolladora luminiscencia nos ha dejado boquiabiertos y nos ha hecho tragarnos el palillo que llevábamos prendido en la comisura del labio. ¡Vade retro, vagina! ¡Atrás, clítoris creciente! ¡No nos despojes de nuestra secular hombría, por dios, déjanos vivir y no nos castres, Bibiana!

¿Cómo no me había dado cuenta de que lo que me molestaba del asunto no era el empecinamiento y la impúdica demostración de caradura e ignorancia satisfecha de la ministra y sus cortesanos, sino cómo estaba atacando el núcleo fundamental de mi machismo, de las creencias falocráticas en las que he sido adoctrinado? Gracias, Adolfo García Ortega, por abrirme los ojos. Corro al baño a desmembrarme antes de ir al cine a ver Sexo en Nueva York. ¿Os apuntáis, chicas?

23/06/2008 01:34 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad Hay 3 comentarios.

DAYNA KURTZ EN LA EXPO

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Esta noche no estoy para nadie. Me cogeré una cervecita y me sentaré en un rinconcito para dejarme empapar por la voz profunda de Dayna Kurtz, que toca en el Balcón de las Músicas de la Expo a las 0.30. Ya escribí un artículo sobre ella en este blog que podéis releer pinchando aquí. También he escrito un breve anuncio en el portal Muévete en la Expo de Heraldo, que podéis leer pinchando aquí. En él podéis ver un vídeo donde toca con Enrique Bunbury durante una actuación en El Puerto de Santa María.

26/06/2008 12:33 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Música No hay comentarios. Comentar.

SORPRÉNDEME

Publicado originalmente en mi blog de Heraldo, Ancas de Ranillas.

Gordas y broncíneas, las esculturas de Manolo Valdés se han aposentado en Independencia, recordándonos a los exposaturados zaragozanos que el mundo no se acaba en Ranillas, que hay una ciudad que sigue viviendo y gozando y sudando en sus centenarias, recalentadas y prosaicas calles.

Dicen que somos animales de costumbres, casi tanto como los perros, y que tendemos a hacer los mismos trayectos con los mismos rituales cada día. Lo han comprobado hace poco con un experimento sociológico haciendo un seguimiento de teléfonos móviles. Hace un tiempo, la directora de una unidad de trastornos del sueño me ilustró en una entrevista sobre la importancia que tienen los pequeños ritos cotidianos para conciliar el sueño. Ritos de sueño los llaman, una expresión que a mí me suena a título de libro de poesía erótica.

Concedido: los humanos somos tipos rutinarios con tendencia al aburrimiento, de ahí el éxito de ciertas fórmulas televisivas. Pero también buscamos desesperadamente el asombro, nos gustan los regalos sorpresa, nos divorciamos de quien no es capaz de arrancarnos una exclamación de cuando en cuando, y nos enamoramos de los personajes "salvajes e impredecibles". "What are you gonna do now? Something wild and unpredictible?", le preguntaba ansiosa Miss O’Shaughnessy a Sam Spade-Bogart en El halcón maltés ("¿qué vas a hacer ahora? ¿Algo salvaje e impredecible?").

Sí, sorpréndeme, pero no tanto como para que me dé un patatús. Sorpréndeme lo justo para alegrarme el día, la mañana, el instante. Lo suficiente para animarme a seguir caminando con una sonrisa. Ése es el deseo que hay detrás de la propuesta "Arte en la calle" de La Caixa, con las orondas esculturas de Manolo Valdés en el centro de Zaragoza: dejar que la ciudad te alegre el día con algo inesperado que te haga ralentizar el paso y desviar la mirada de tus quehaceres.

En lugares excepcionales como la Expo uno espera ser sorprendido constantemente. Exige la sorpresa en sesión contínua, sin tregua. Ranillas ha de ser un sorpresódromo, y los visitantes pedimos a las meninges de sus responsables un esfuerzo mayúsculo para que no nos aburran.

Pero la Expo es un paréntesis abierto en la ciudad, y a la ciudad no le exigimos esa sorpresa. Es más, muchos le exigen justamente lo contrario: serenidad, seguridad, certidumbre, orden. La poesía chispeante, en Ranillas; la prosa notarial, en la ciudad.

Hoy, los zaragozanos han dejado colarse unos versillos en la dura prosa del día a día. Han rodeado las cabezas y las meninas de Valdés, las han tocado, han dejado que los niños corrieran alrededor de ellas y se han hecho fotos poniendo caras entre los agujeros del metal. ¿Por qué la ciudad no nos da más alegrías como esta de vez en cuando?

El festival En la Frontera, rescatado de los turbulentos años 80 en el primer mandato de Belloch y ajusticiado sin piedad por la actual Administración municipal, con los bolsillos más tiesos que la mojama después de la Expo, pretendía darle algo de alegría a Zaragoza periódicamente. Sí, muchos pasaban ante las performances y las intervenciones artísticas poniendo caras raras, sin saber qué diantres significaban, temiendo mostrar su perplejidad para no quedar como paletos insensibles, pero otros muchos simplemente se dejaban llevar, disfrutando de la sorpresa de encontrarse algo que, según nos han enseñado en la escuela y en las ordenanzas municipales, no debería estar ahí, en medio de la calle.

Las infraestructuras, las inversiones y la modernización del urbanismo de la ciudad están muy bien y son unos legados fantásticos que nos va a dejar la Expo. Pero, ¿alguien ha pensado que de Ranillas se podría rescatar también ese espíritu juguetón? ¿No deberíamos exigirle a la ciudad que nos sorprenda y nos alegre el día más a menudo?

MUCHO QUE APRENDER DE ZADIE

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Las madrugadas de esta semana, además de formar corrientes con las ventanas abiertas de la casa, he refrescado mi sesera con la adictiva lectura de Zadie Smith, autora a la que me resistía a hincar el diente. Por prejuicios estúpidos, la verdad: basta con que Babelia y Granta ensalcen a alguien para que a mí me mosquee y rehúya sus libros. Pero, gracias a la insistencia de Cris, declarada fan suya, me he metido al fin en su universo, a través de su segunda novela, Sobre la belleza, de 2005.

Mientras la leía, no se me iba de la cabeza un párrafo que le leí hace poco al gurú español de los críticos posmodernos, Vicente Luis Mora. En una conferencia que pronunció en Málaga y que tiene colgada en internet, dijo:

Es curioso que las mismas personas que reivindican tecnología punta para su coche, que exigen ciencia de primera y tecnología punta para el tratamiento contra el cáncer de su esposa, que buscan en la farmacia tecnología punta y medicamentos de última generación para sus males, se conformen luego culturalmente con producciones culturales anacrónicas, desfasadas, deslegitimando la vanguardia como concepto y las creaciones de tecnología literaria punta. Es contradictorio que personas que lleven un móvil tribanda en el bolsillo y se comunican por correo electrónico lean novelas con tecnología del siglo XIX, como si intentasen echar gasolina a un carro de heno.

Los vindicadores de la postmodernidad me recuerdan a veces a los futuristas de comienzos del siglo XX: flipados con la velocidad y con los coches de carreras. Está muy bien el símil de Vicente Luis Mora porque muchas veces parece que valoran las novelas como si fueran coches: solo las tienen en consideración si su tuneado sigue el canon de no seguir el canon: "Ey, tío, lee este libro, que está tuneao de puta madre, es un flipe". Para ellos, la innovación no es una herramienta de construcción literaria, sino un fin en sí mismo. No importa la obra en sí, sino la cantidad de rupturas de la narratividad "al uso" que incorpora. He aquí el absurdo: romper la norma es una norma obligada. En ese sentido, Zadie Smith ha de ser por fuerza una novelista despreciable a sus ojos.

También lo era un poco a los míos, he de reconocerlo. De los autores contemporáneos yo espero que me lo pongan un poco difícil, que no se les ocurra darme las cosas mascadas, que me enseñen nuevas perspectivas de las mismas historias. Porque asumo que la literatura como búsqueda de historias nuevas se agotó en Homero. Desde entonces, los escritores no han hecho más que buscar nuevas formas de contar las historias que ya narró aquel ciego. Formas que sean capaces de llegar al corazón de sus contemporáneos. Eso lo entendió perfectamente otro ciego, Jorge Luis Borges.

Sobre la belleza, en apariencia, no satisface esa necesidad. Se despliega como una novela con cierto aire victoriano. Huele a Brontë, a tradición clásica, a pulcritud de buena narradora empapada de literatura anglosajona. Como probablemente le echaría en cara Vicente Luis Mora, en Sobre la belleza hay correos electrónicos y teléfonos móviles, pero aparecen insertos en una tecnología literaria "obsoleta", que no se corresponde con la contemporaneidad de su argumento. Disociación de tema y forma. Quizá. Para ser postmoderna, Sobre la belleza tendría que haberse construido sobre textos de mails, mensajes sms y fragmentos de blog.

Pero cuando vas deslizándote suavemente por las páginas, los personajes y su mundo te van envolviendo muy sutilmente. Una extraña forma de empatía va creciendo en tí, hasta que te das cuenta de que Zadie te ha atrapado con sus artes de narradora. Entonces recuerdas por qué en el origen de los tiempos, los chamanes y los contadores de historias eran una misma persona: porque el contador de historias tiene un poder de encantamiento. La barrera brechtiana se rompe con facilidad, y en seguida te ves en medio de esa universidad petulante de Nueva Inglaterra, viviendo con esa cuadrilla de sentimentales hipócritas que ven cómo su vida, su cosmovisión, sus convicciones y lo que ellos creían saber sobre el mundo se va a la mierda sin remedio en una edad en la que ya no están para inventarse un lugar en el mundo nuevo.

Y entonces aparece la complejidad del artefacto narrativo, que hasta ese momento ha pasado desapercibida, porque es una maquinaria de relojería muy sutil que funciona entre tramoyas, lejos de la vista del lector. Es decir, que no es uno de estos libros con las tripas pornográficamente abiertas, que más que una lectura piden una disección. Zadie es pudorosa, y ha recubierto de buena literatura sus técnicas de ilusionista. Ahí aparecen, al menos, tres niveles de lectura, que hacen de Sobre la belleza un libro total, capaz de llegar al corazón de cualquier tipo de lector. Y, en ese sentido, recuerda un poco a una autora española que construye novelas parecidas: Almudena Grandes.

El primer nivel de lectura es el lineal, el que busca el lector que sólo quiere entretenerse con una buena historia. Las andanzas de los Belsey en un momento muy delicado de su vida, cuando una crisis matrimonial se junta con el descubrimiento iniciático de sus tres hijos, ya mayores y recién metidos en la universidad (salvo Levi). Las historia tiene suficiente fuerza por sí misma para acompañar al lector más distraído hasta el desenlace sin que este se descoyunte del esfuerzo.

Hay un nivel de lectura un poco más profundo y político-social, que habla de la contemporaneidad de la trama: Sobre la belleza es una novela sobre la parálisis de la intelectualidad estadounidense curtida y crecida en los valores contraculturales de los 60 y que se da cuenta de que los esquemas sobre los que ha cimentado su vida no sirven para enfrentarse al mundo post 11-S. No saben enfrentarse a la acometida de los neocon, no entienden el auge de los fundamentalismos religiosos y deciden recluirse en la cómoda e irreal universidad, donde las cosas todavía funcionan de acuerdo a su concepción del mundo. Sin embargo, el mundo real también se cuela en sus despachos y en sus aulas. Un mundo resquebrajado les exige una respuesta y ellos no saben ni qué cara han de poner ante los nuevos tiempos. Zadie Smith aborda esta cuestión mejor que muchos ensayistas. Otros temas aparentemente más explícitos, como el conflicto racial negros-blancos, la lucha de clases o el conflicto generacional, sólo aparecen bosquejados, sin alcanzar profundidad en la trama.

Por último, hay otra lectura todavía más profunda, de carácter estético-filosófico-literario. Como en una caja china, dentro del discurso de la novela hay otro discurso subterráneo, el que Howard, el protagonista, mantiene con sus teorías estéticas (de ahí el título). Es el núcleo duro de la novela, la concepción primigenia que permite desarrollarla. En Sobre la belleza se invita a una reflexión, inserta en la trama y habitual en los ensayos sobre arte contemporáneo, sobre la belleza. Sobre la subjetividad de la mirada y la capacidad de algunos de hacer objetiva esa subjetividad, sobre el desamarre del canon, sobre la verdadera ruptura de las convenciones, pero una ruptura íntima y nacida de las entrañas, despojada de esnobismo. La belleza como reconocimiento de uno mismo. Hay dos polvos memorablemente narrados en la novela, donde Zadie Smith pone a prueba sus excepcionales dotes técnicas como escritora. Los dos están narrados desde el punto de vista del hombre, lo que añade más mérito al oficio de Smith (creo que la mayoría de los polvos de la literatura universal no son más que fantasías sexuales de su autor: Smith se mete en la piel de un hombre desgraciado y construye algo significativo y valioso para comprender el libro, sin perder por ello la capacidad de poner cachondo al lector). Uno es con una joven negra veinteañera despampanante. El otro, con una negra muy gorda y menopáusica. ¿Cuál de los dos polvos es el que llena al hombre? ¿Cuál de los dos le acerca más a ese ideal platónico de belleza? Obviamente, el de la negra muy gorda y menopáusica. Hace falta tener una técnica muy depurada y un talento muy afilado para lograr ese efecto.

En fin, que Zadie Smith no es una ingeniera literaria, no construye artefactos de tecnología literaria punta, pero hace algo mucho más importante: es honesta, respeta a los personajes y respeta la inteligencia del lector, y sabe poner su talento y su pericia literaria al servicio de la obra, aunque eso implique un aparente "deslucimiento" formal. Hay mucho que aprender de Zadie.

29/06/2008 14:13 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 1 comentario.