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Resumen

ENVIDIA COCHINA

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Vuelve la gente de vacaciones y, a pesar de la crisis, te cuentan sus viajes. Te cuentan emocionados qué han hecho, qué han comido, qué han bebido, qué han escuchado. Y me gusta escuchar sus relatos. También te enseñan sus fotos, y eso me gusta menos. O tratan de enseñártelas mientras tu cerebro produce a toda velocidad frases de excusa para librarte del marrón. Lo siento, amigo, o te llamas Henri Cartier-Bresson o tus fotos no me interesan. Ya tengo unas que hice yo, tan malas y desenfocadas como las tuyas. Cuélgalas en un blog, que ahí las puede ver quien quiera y el resto del mundo podemos ignorarlas tan ricamente. Es lo bueno de los blogs, que quien quiere enseñar, enseña, y quien quiere ver, ve, pero nadie se siente obligado a nada.

Álvaro Ortiz, el gran comiquero que ilustra mis dominicales Cosas de Blogueros en Heraldo, ha estado en Nueva York este verano. Qué envidia, qué ganas de volver. Otras dos amigas también han estado por allí hace poco y me han puesto los dientes largos. No sé qué tiene Estados Unidos que me atrae tanto (de hecho, la idea original que teníamos para este verano era recorrer la costa este desde Washington hasta Quebec, para complementar el viaje por la costa oeste que hicimos el año pasado, pero al final nos fuimos a Alemania). En lugar de hacer fotos, Álvaro ha hecho dibujos en su libreta. Se sentaba en un café o en un banco y dibujaba lo que veía. El resultado son unos apuntes del natural maravillosos, y ha colgado unos pocos en su blog, que podéis ver pinchando aquí. El que reproduzco arriba es una calle de Brooklyn vista desde la ventana de un restaurante indio.

Ay, Nueva York, qué gran sitio. Imagino que un hispano que visitara Roma en los tiempos del imperio sentiría algo parecido a lo que sentimos nosotros -súbditos de las provincias europeas del Imperio- al patear Nueva York: el deslumbramiento y el mareo del paleto al recorrer la capital del mundo. Recuerdo que cuando estuvimos en Nueva York hacía frío, había restos de nieve en las aceras y placas de hielo en Central Park. Yo llevaba mi vieja chupa de cuero y siempre caminaba con un enorme vaso de café de los que beben los americanos. Más que para bebérmelo, lo llevaba para tener las manos calientes. Visitamos muchos sitios, pero mis recuerdos más vivos son los del callejeo. Lo mejor que se puede hacer en una ciudad es pasear, pasear y pasear.

Me acuerdo de lo emocionado que estaba cuando llegamos. Pasamos de los autobuses y de los transportes turísticos -los odio con todo mi ser- y cogimos el metro desde el aeropuerto JFK, que está lejísimos. La estación de metro era descubierta y, entre la bruma del jet lag, mientras esperábamos el tren, me recreé viendo las casitas prefabricadas de ese tranquilo barrio cercano a Queens. Creo que lo primero que vi de Nueva York fueron los neones de una pequeña pizzería que estaba al lado del metro. Suena extraño, pero me sentí reconfortado al ver esos neones, como si hubiera llegado a un hogar perdido. Todo en Nueva York es familiar, todo está visto, leído y escuchado. Es imposible no sentirse parte de esa ciudad.

Qué envidia me dan los que vuelven de Nueva York. Es de las pocas ciudades a las que volvería una y otra vez. Otra de ellas es Buenos Aires, claro, pero no hay muchas más. Ciudades que me enamoran y que me fascinan hay un montón (soy sensiblón y fácilmente emocionable: basta un pasaje de un libro o un beso en una película lluviosa para que un lugar me conquiste), pero las ciudades a las que me escaparía siempre que tuviera ocasión son muy pocas. En otros tiempos habría dicho que son ciudades en las que quiero vivir. Ahora ya no estoy tan seguro, porque creo que son muy escasos los afortunados que pueden escoger el sitio donde viven. La vida nos coloca en un lugar y el tiempo y los amores lo convierten en nuestra casa. Uno elige muy poquitas cosas en la vida. A lo sumo, aceptamos o rechazamos lo que se nos cruza en el camino, y nos esforzamos por adaptarnos a ello.

Pero a Nueva York me escaparía siempre. Sin motivo ninguno. Cogería un avión mañana mismo sólo para comerme un bocata de pastrami en un deli italiano a las dos de la madrugada. O para sentarme en Washington Square y ver pasar la gente. O para cruzar andando el puente de Brooklyn y entrar en un café que hay al otro lado y cuyo nombre no recuerdo, pero que era sobrio, de buena madera barnizada y lleno de frases de orgullo patriótico de Brooklyn y desprecio a Manhattan. Porque los tipos de Brooklyn hablan con cerrado acento de Brooklyn y no son neoyorquinos: "I’m not a new yorker, I’m from Brooklyn!", gritarán. Un new yorker es un tipo estirado que escucha jazz y va a galerías de arte. Uno de Brooklyn es un tipo bronco, con camisa remangada y que bebe cerveza Bud.

Muchos americanos se refieren a Nueva York simplemente como "the City". Y así es. Es la ciudad. Es nuestra ciudad, pues como provincianos europeos del gran imperio global, también nos sentimos como en casa en la capital de nuestro mundo. A todos nos corresponde un pedacito de Nueva York.

03/09/2008 13:58 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 5 comentarios.

Y SE ME ECHARON ENCIMA

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Hemos estado unos días en la playa, poniendo nuestras cabezas en modo off y arrugando nuestras pieles bajo el agua de una pequeña cala cercana a Denia. Pero como yo no sé desconectar mi cabeza (y me vendría muy bien aprender a hacerlo), eché en la maleta una lectura muy poco playera: Historia de un alemán, de Sebastian Haffner. Allí, en Denia, donde el alemán es la lengua más hablada, entre canosos jubilados de Hamburgo, he devorado las páginas de un libro fascinante que, partiendo de la introspección de la experiencia vivida, vislumbra conclusiones muy parecidas a las que manejó la grandísima Hanna Arendt en su vibrante ensayo periodístico-filosófico Eichmann en Jerusalén. Así que, al final, sólo he estado desconectado del blog y de internet, porque al coco le he metido una tralla reflexiva de primer nivel. ¿Me dejais que la comparta con vosotros? Si no escribo un poco de todo esto, reviento.

Sebastian Haffner fue un periodista de Berlín que se exilió en Inglaterra en 1938 y puso su pluma al servicio de la propaganda aliada. Cualquier cosa valía para extirpar el cáncer nazi. En 1940, con la guerra ya empezada, publicó en Londres con seudónimo un libro que levantó ampollas: Alemania: Jeckyll y Hyde. Se trataba de una especie de manual dirigido a los directores de periódicos, a los ministros y a todo aquel que tuviera capacidad de mando y decisión, para que orientaran correcta y eficazmente la propaganda antinazi en Alemania. En un lenguaje directo, Haffner explicaba cómo debían dirigirse los aliados a la población alemana para que ésta se pusiera irremediablemente en contra de Hitler. Para ello, hizo un perfil de sus conciudadanos y trató de entender las causas y las razones que habían llevado a Alemania a adentrarse en los horrores del nazismo.

El libro es interesante y, leído hoy, Haffner aparece como un observador agudo y perspicaz, adelantando muchas de las cuestiones que la historiografía demostraría con posterioridad. Un mérito grandioso, habida cuenta de que no tenía perspectiva histórica ni personal, pues hasta 1938 él mismo había sufrido en sus carnes las consecuencias del horror. Sin embargo, Alemania: Jeckyll y Hyde no era el único libro que Haffner llevaba en su maleta de exiliado. En ella había un manuscrito anterior, titulado Historia de un alemán, que estuvo circulando por varios editores ingleses, pero ninguno quiso publicarlo. El manuscrito fue encontrado entre sus papeles personales tras su muerte, en 1999, y se publicó póstumamente.

No es extraño que Historia de un alemán no encontrara editor en 1939. Es un libro mucho más hondo, personal, introspectivo y honesto que Alemania: Jeckyll y Hyde. Los editores que buscaban carnaza para un público ultrapolitizado no querían relatos personales: la vivencia individual no contaba nada cuando las grandes fuerzas de la humanidad se batían el cobre en el campo de batalla. Historia de un alemán es demasiado sutil, demasiado desesperanzado, demasiado literario y demasiado agónico. Los lectores de entonces buscaban héroes antifascistas, no tipos que confesaban, como confesaba Haffner en el prólogo: "Con este libro sólo pretendo contar una historia, no predicar ninguna moral". Una actitud así sólo podía cosechar desprecio, el mismo desprecio que sufrió George Orwell con su también personalísimo Homenaje a Cataluña.

Somos nosotros, lectores del siglo XXI curados del espanto dogmático, los que redescubrimos a gente como Orwell y como Haffner. Nosotros sabemos valorar lo que sus coetáneos no quisieron oír. Nosotros, descreídos y solitarios, sabemos que la verdadera universalidad sólo puede estar en el individuo, y que la única épica posible es la de un tipo capaz de mirarse a sí mismo sin engañarse y que trata de ubicarse entre los demás.

Me he sentido identificado con algunos rasgos de Haffner: la forma en que surgió su vocación por juntar letras se parece bastante a cómo surgió en mí, y cuando explica su incapacidad para identificarse con ningún grupo, sus esfuerzos nulos por acomodarse a alguna opinión coherente y su creciente asombro ante las reacciones de los humanos, no puedo dejar de ver mi incapacidad, mis esfuerzos nulos y mi creciente asombro. Empatía entre humanos de distintas generaciones enfrentados a distintos problemas. Al menos, en apariencia.

Haffner, un joven berlinés sin gota de sangre judía e hijo de un funcionario de rango medio-alto de la administración prusiana de Justicia, era un tipo que tenía el futuro de cara en 1933. Era ario, culto y relativamente acomodado. Con haberse avenido a ponerse una esvástica en la solapa, saludar brazo en alto cuando se lo requirieran y abstenerse de opinar de política en público, las cosas le habrían ido bastante bien bajo el régimen nazi. Pero no pudo con ello. La repugnancia que sintió hacia su país y hacia sus compatriotas ganaron a cualquier instinto de supervivencia, y decidió que prefería ver una Alemania destruída y devastada que paralizada y machacada por ese ejército de chacales. Como él mismo confiesa, la primera oposición a Hitler era estética: un alemán culto no podía ver con buenos ojos cómo ascendían unas jaurías borrachas y violentas. Dice en un momento del libro:

Hay pocas cosas más extrañas que la tranquilidad indiferente y engreída con la que nosotros, yo y mis semejantes, contemplamos el inicio de la revolución nazi en Alemania como si estuviéramos en el palco de un teatro, viendo un proceso cuyo objetivo, al fin y al cabo, era exactamente borrarnos de la faz de la tierra.

Hay mucha autoflagelación en Historia de un alemán, pero es un lamento muy diferente al que plantea Gunter Grass y que él mismo puso torpemente en entredicho con su tardía confesión. Mientras que Grass -y toda la intelligenstia a él adherida- sermonean a los alemanes diciéndoles: "Somos culpables, debemos purgar el mal que le hemos hecho al mundo", Haffner dice: "Somos culpables de habernos cruzado de brazos. Somos culpables de no haber alzado la voz cuando pudimos hacerlo. Somos culpables de haberles dejado el terreno libre y de contemplar silenciosos el desfile de las jaurías". Es un matiz importante, y lo expresa en primera persona, sin tapujos:

Bien es verdad que aquel marzo de 1933 [cuando Hitler fue proclamado canciller] yo enfurecí y vociferé. También es cierto que asusté a mi familia con ideas descabelladas, tales como abandonar la función pública, emigrar o convertirme al judaísmo en señal de protesta. No obstante, todo se limitó siempre a una modesta declaración de intenciones. Mi padre, partiendo de las ricas experiencias acumuladas entre 1870 y 1933, las cuales por supuesto no cubrían los nuevos acontecimientos, relativizaba la situación, la desdramatizaba y trataba de ironizar ligeramente sobre mi apasionamiento. Yo se lo permitía. Al fin y al cabo, estaba acostumbrado a su autoridad y aún no me sentía bastante seguro de mí mismo (...). Tal vez no estuviese viendo las cosas del modo correcto, ¿verdad? Tal vez lo que había que hacer realmente era aguantar y dejar pasar la tormenta (...). Así, inseguro, a la espera, cumpliendo con la rutina diaria, tragándome la ira y el horror o dándoles rienda suelta en forma de arrebatos muy extraños y estériles en la mesa del comedor familiar, viviendo desconectado como tantos otros millones de alemanes, dejé que los acontecimientos se me vinieran encima.

Y se me echaron encima.

Hanna Arendt, analizando la figura de Adolf Eichmann, secuestrado por el Mossad y juzgado en 1961 en Jerusalén como responsable de la "solución final", llega a la conclusión de que el nazismo, y cualquier otra forma de totalitarismo, encuentra su terreno más fértil en sociedades altamente tecnificadas donde la eficiencia del trabajo está por encima de su objetivo y su finalidad. La "obediencia debida" acalla cualquier conciencia: en una sociedad totalitaria nadie es responsable de nada. Los criminales no son criminales, sino funcionarios eficientes que cumplen órdenes, profesionales que ejecutan con eficacia el cometido que se les ha asignado. Ése es el primer requisito para el triunfo del totalitarismo.

Partiendo de su experiencia personal, Haffner atisba una conclusión parecida a la de Arendt. Nadie alzó la voz, nadie se inturpuso en el camino victorioso de Hitler, y Alemania entera aceptó sin inmutarse una monstruosidad tras otra porque nadie sintió ningún imperativo moral. Tenían la empatía anestesiada por la eficacia y el trabajo. El espíritu práctico y productivo facilitó el camino a las bestias.

Y ahí es dónde yo me planteo el dilema: ¿cuál es el remedio? Porque una sociedad cohesionada en una ideología y en unos valores comunes tampoco parece deseable. Volveríamos a una sociedad asfixiante, donde las mayorías impondrían tajantemente una forma de vida a todos, donde no habría espacio para la pluralidad de formas de pensar, de sentir y de vivir, donde quienes no pasaran por el aro estarían condenados a un silencio negro y profundo. No a la muerte ni a la cárcel, claro, pero sí a una reclusión agónica, a un disimulo insoportable. Para caber todos sin estorbarnos necesitamos despojarnos de creencias comunes y aceptar al otro sin miedos ni peros ni ansias proselitistas. Sin embargo, esta sociedad necesariamente individualista conduce precisamente a ese estado de cosas que facilita el crecimiento del nazismo. Ante un Hitler crecido, esa sociedad abierta y cosmopolita carece de defensas, como se vio en Alemania. Nos tocaría contemplar de nuevo el desfile nazi desde la ventana, en silencio, asintiendo con nuestra callada. ¿Dónde está el equilibrio? ¿Lleva nuestra libertad el germen de su propia destrucción?

En fin, qué cosas me da por pensar en la playa, ¿no? Serán los atardeceres marinos, que me ponen tontaco.

07/09/2008 20:25 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 2 comentarios.

LA HE LIAO PARDA

Un bombazo de YouTube. Este vídeo, colgado desde varias fuentes, lo ha visto más de medio millón de personas y ya se han hecho varios montajes con ella. Esta chica es una heroína de internet. Vamos, que la ha liado parda.

 

09/09/2008 22:37 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 2 comentarios.

PARA TI, QUE ERES JOVEN

Literariamente, 1984 de Orwell es mucho mejor que Un mundo feliz, de Huxley. Tiene más intención, más mala uva alegórica, más ingenio y más hurgamiento en la llaga con las uñas sucias. Normal: el libro de Orwell está escrito desde la decepción, el dolor y la desilusión más negras, mientras que Huxley hace una divagación de club de caballeros a la hora del té, sin implicarse del todo en lo que escribe. Orwell emociona y conmociona y Huxley resulta curiosón. Sin embargo, como profeta, Huxley le da mil vueltas al pobretón de Orwell, que no dio pie con bolo. Lógico: los buenos profetas, desde Mahoma hasta aquí, escriben que dan asco (y eso tampoco se puede decir de Huxley, seamos medio justos, pero su prosa es más antigua y oxidada que la de muchos de sus contemporáneos, ha envejecido peor). Acertarán en sus predicciones, pero las expresan con la elegancia de un paquidermo.

Total, que Huxley acertó al ver lo que se nos venía encima: la fuente de la eterna juventud. En una sociedad -la europea- formada básicamente por viejos, todos quieren ser jóvenes. No es ya que alguien de 70 años "se sienta" joven, que tiene todo el derecho del mundo a sentirse como le dé la gana, sino que no tolera que se refieran a él en términos de "persona mayor" o "anciano". Nosotros, en los periódicos, hemos desterrado el término "anciano" de las crónicas. Los "so called" ancianos se agarraban unos mosqueos de aúpa, y no saben lo duro que es descolgar el teléfono en la redacción cuando todavía no te has bebido el café y ser abroncado por un joven anciano.

Por contra, estamos obligados a escribir "un joven de 39 años". Porque ese joven de 39 años tampoco acepta otro apelativo. Las listas de jóvenes promesas artísticas de cualquier ámbito están llenas de cuarentones que llevan veinte años instaladas en ellas. Cuando uno pilla la etiqueta de "artista joven" no la suelta hasta que cumple los 60, y los que vienen detrás tienen que poner cara todavía más juvenil para ser admitidos en el club. Aunque, cuidado, que no se despisten, porque la barrera de los 30 es todavía muy poderosa. Lo cuenta una escritora mallorquina, Llucia Ramis, en una novelita titulada Coses que et passen a Barcelona quan tens 30 anys: es una edad imposible, porque estás en el grupo juvenil, pero a la vez te perciben como un viejo. Ya nadie te ríe las gracias, la condescendencia se agota de repente, se espera algo de tí (que ya deberías haber hecho) y a la vez esperan encontrarse con un joven "dinámico" y despreocupado. A los 30 ya no se es un JASP de esos que triunfaban hace unos años, pero hay que vivir como si todavía lo fueras (pero dejando claro que no lo eres, no sé si me explico).

"El problema, amigo Sergio -me dijo Julio Espinosa un día entre cañas- es que vivimos en una sociedad que no está dispuesta a dejarnos ser adultos". Y es cierto.

En general, las sociedades están ahí para no dejarte ser lo que quieres ser, si es que quieres ser algo. Las sociedades, como tribus tecnologizadas, están para asignar roles y para vigilar que esos roles se cumplen, por el bien de la tribu. La consigna de esta tribu es ser joven, pero solo serlo en unos cuantos aspectos, en los que interesan para crear un jolgorio festivo atontecedor y falso. El "espíritu juvenil" que venden los refrescos es el acomodaticio, nihilista y hedonista. Que está bien, nadie me gana a mí a hedonista, pero se obvian algunos caracteres que tradicionalmente se han ligado a la juventud: el idealismo ardoroso, las ganas de echarse al monte o de embarcarse en un mercante rumbo a Singapur, la despreocupación por el mañana... Frente a eso, nihilismo de sofá, ansias de pillar una hipoteca y angustias por no amarrar un contrato fijo. Desde luego, no es la juventud aventurera de Julio Verne ni de Mark Twain. Parece una juventud algo viejuna y cansada.

Es la enorme contradicción que llevo años observando: por un lado, nadie quiere que le quiten la etiqueta de "joven", y está dispuesto a cualquier cosa para mantenerla, pero, al mismo tiempo, nada desea más que una estabilidad y un sosiego propios de la senectud. Quieren ser jóvenes para cantar a voz en grito a las cuatro de la mañana, pero con el resguardo de una hipoteca y un contrato fijo. Eso ya ni siquiera es juventud aburguesada, es juventud viejuna, inconcebible, un galimatías.

A mí me gusta salir todas las noches, me gusta emborracharme, me pirran los chistes de pedos, gasto bromas de octavo de EGB, veo dibujos animados y soy incapaz de hacer proyectos de futuro que vayan más allá de la semana que viene (aunque creo que eso lo estoy cambiando un poco). Y espero seguir haciéndolo muchos años. Pero, aunque yo me comporte así en mi día a día, no quiero que eso defina mi relación con la sociedad y con el Estado. Frente a ellos, quiero ser tratado como lo que soy: un adulto. No quiero condescendencias ni paternalismos. Soy una persona adulta, y como tal quiero ser tratado por mi banco, por la empresa que me da trabajo, por la comunidad de vecinos y por el ayuntamiento. No se dirijan a mí rapeando, por dios, que queda muy ridículo.

Recomendación final para este mundo juvenil en el que vivimos: la tira Para tí, que eres joven, de Manel Fontdevila y Monteys, cada semana en El Jueves. Un monumento generacional que acabará siendo universal. Al tiempo.

LÁGRIMAS DE CINEASTA

Me dijo hace unos días un amigo: "Me estoy dando cuenta de que, en general, los bufones no le caen bien a la gente normal o que pretende ir de seria. Les repatean los higadillos, no los soportan, les tienen una aversión terrible". Por bufones mi amigo se refería a todos aquellos que con su oficio y talento se dedican a divertir y emocionar a la gente, ya sea sobre un escenario o desde una pantalla. La gente de la farándula, vaya. Y es verdad: los señores con corbata les tienen paquete. Siempre ha sido así. O bien temen que sus hijos se conviertan en unos de ellos o les envidian amargamente porque ellos llevan la vida que quieren y no tienen que pasarse el día encorbatados y estrechando manos de gentuza a la que desprecian. En el fondo, son resabios medievales. No hemos abandonado del todo el feudalismo: es el mismo odio que los cortesanos profesaban a los bufones del rey. Y entonces como ahora, sólo le ríen las gracias al bufón si el rey ríe primero.

En España, que para algunas cosas sigue siendo un país raro, el desprecio hacia el artisteo está más arraigado. De ahí que algunos se sientan despreciados sin razón (veáse Javier Bardem). Sólo Jiménez Losantos lo dice abiertamente, pero sobrevuela la idea de que quienes se dedican a esas cosas, y más si lo hacen con una vocación un poco atrevida o vanguardista, son unos vagos, unos jetas y unos parásitos que viven de la gente honrada y trabajadora. En el resto de Europa sólo los cabestros redomados piensan así, pero en España, a poco que escarbes en una conversación, afloran los viejos prejuicios. En eso nos parecemos mucho más a los Estados Unidos profundos: es la misma ignorancia satisfecha, expresada con idéntica brutalidad.

Por eso -y por otras complejas y menos nobles razones-, la farándula española vive a la defensiva, y en parte de ella se ha enquistado una altivez y un permanente sentimiento de agravio que hace que incluso quienes somos adictos a su arte, quienes les seguimos y les disfrutamos, nos distanciemos de sus aires de divos mal follados. Hace falta mucho ingenio y mucho talento para que un divo resulte atractivo, y el ingenio y el talento son bienes muy escasos.

Si unimos este talante secular a una situación de crisis en las que, especialmente las gentes de la música y del cine, están viendo peligrar sus ingresos y su forma de vida, el cóctel puede propiciar un desquiciamiento mental que les lleve a romper cualquier barrera de sentido común. La carta que se publica hoy en El País (para leer, pinchar aquí) es un síntoma de que, definitivamente, los cineastas han terminado de enloquecer y ya no soportan más este mundo en el que viven. Podrían aprovechar ese pathos subido y canalizarlo artísticamente, encerrarse en su Quinta del Sordo particular y ponerse a trabajar como Stajanovs puestos de anfetas. Seguro que salía algo interesante de ahí. Pero en lugar de eso, se han juntado (en comisión, comité o alguna gaita de esas sindicales a las que son tan aficionados los creadores presuntamente individualistas) y han mandado una carta para echarle la bronca a un periódico y a un crítico porque no se sienten apoyados. Lloran y patalean a la vista de todos, como niños malcriados porque no les han hecho el caso debido durante el Festival de Venecia, y sueltan hipérboles como esta, sólo achacables al delirium tremens:

Pero hay más: ya puesto, el cronista [Carlos Boyero] advierte a los distribuidores españoles del mal que les acecha si se deciden a importar esta clase de películas, conminando a los exhibidores a no programarlas. Grave actitud, que se parece mucho a una censura previa, y que, de prosperar, privaría a los espectadores de ver y juzgar por sí mismos. Se trata de un asunto mayor, de estricta política cinematográfica, ante el cual lo esencial no es tanto el punto de vista del redactor como el del medio al cual representa. (Las negritas son mías, fruto de mi asombro).

¿Censura previa? ¿Asunto mayor? Les resumo muy brevemente qué pasa aquí. Carlos Boyero es un crítico curtido, curado de espanto y que cobra un pastón. Posee una prosa corrosiva, que ha convertido ya casi en cliché, pues dejó de cultivarla hace mucho, pero que sigue resultando efectiva y atractiva para quienes le seguimos. Es un tipo que, en sus largos años de profesión, ha demostrado tener muy buen ojo para el cine, un criterio afinado y una enorme gracia y honestidad a la hora de expresar sus impresiones. Eso le ha convertido en uno de los críticos más seguidos en un país que no sigue a ningún crítico. Las cosas como son: Boyero tiene fans, y yo a ratos soy uno de ellos. Cuando tiene la tarde inspirada, un artículo de Boyero es una lección de periodismo de primera.

Pues bien, a este crítico con fans nunca le han convencido los alardes de la postmodernidad. Es una de sus características, todo el mundo sabe de qué pie cojea y nunca lo ha ocultado. Odia los "ejercicios de estilo" y los "aires de melón". Él defiende un cine de chicha, que te deje lleno, que te golpee en la cara, que te emocione. Está en su derecho, y a quien no le guste, que no lea. Hay otros críticos que sí siguen la corriente de la postmodernidad, sólo faltaría que todos tuvieran que ir de la mano por la senda constitucional.

Lógicamente, todos los cineastas que se encuadran en esos ámbitos tienen muchas posibilidades de que sus películas sean trituradas por la termomix de Boyero, y esta vez se han cansado. A los señoritos no les gusta el crítico ni el lenguaje arrabalero que emplea, y han ido a chivarse al director del periódico, como una mafia organizada. Exigen que el periódico tome partido abiertamente en esa guerra y que decida si está con "el cine de autor" o contra él. Es un ultimátum en toda regla.

No digo yo que no estaría mal que ese periódico (cualquier periódico) tuviera un elenco de tres o cuatro críticos afinados en sensibilidades distintas y que le aportaran al lector todas las caras posibles del prisma. Enriquecería al periódico y al lector, sin duda. Pero lo que resulta de una soberbia mafiosil insoportable es el tonillo que acusa de "censura previa" al crítico, como si fuera un oficial de la Falange.

Entiendo que a quien ha invertido tanto tiempo y esfuerzo en crear una obra personal, fruto de sus entretelas más ardientes, le reviente el hígado ver cómo un crítico la despacha con dos golpecitos leves de ingenio escritos en una habitación de hotel. Y le reventará mucho más encontrarse al día siguiente a ese crítico acodado en la barra del bar del festival de turno pimplándose un lingotazo de whisky que ha pagado con el dinero ganado destrozando su peli. Pero es el juego, amigo: cuando uno somete su obra al público, y encima lo hace por cauces tan institucionales como los de un festival, se supone que está aceptando las reglas del juego, y esas reglas dicen que el crítico está ahí para decir lo que le salga de sus santísimas pelotas. Con fundamento o sin él, puede decir lo que quiera de una obra que el artista ha decidido comunicar al mundo. Si no quiere que se la critiquen, que la guarde en un cajón y se la enseñe a sus amigos.

Por suerte, Boyero, a fuerza de estilo y trabajo, tiene una firma y una reputación que le garantizan una independencia a prueba de bombas. Nadie, salvo el alcohol que se ingiere en los festivales, condiciona su discurso. Por eso tiene seguidores, porque saben que no escribe al dictado de nadie, porque nunca hay temblor ni condescendencia en sus textos.

Además, seamos seríos, señores Marías, Guerín, Erice y compañía: ¿de verdad creen ustedes que sus pelis se comen los mocos porque Boyero las despacha con un par de palabrotas? ¿Cree que las palabras de Boyero pueden inhibir a un solo espectador? Le atribuyen un poder que no tiene. Claro que es más fácil echar la culpa de los fracasos al bocazas criticón o al ignorante vulgo que le sigue aborregado. Además, que yo sepa, Boyero es la única voz disonante en un corifeo de alabanzas hacia la obra de todos los firmantes de esa carta. Cada nueva película suya recibe un tratamiento exquisito por parte de la crítica, y sólo Boyero y algún que otro loco más se atreve a disentir. Vamos, que esto se parece más a un linchamiento de cien cineastas a un crítico desarmado y envejecido. ¿Quién agrede a quién?

13/09/2008 13:51 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 5 comentarios.

ADIÓS A LA EXPO

Se acabó la Expo, snif.

Todo lo que he escrito en heraldo.es en el blog temporal Ancas de Ranillas, lo podéis leer aquí. Treinta y pico artículos. Se pueden seguir leyendo y comentando. Salud.

16/09/2008 00:41 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

MEDIDAS CONTRA LA CRISIS

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Los brokers de Wall Street no podían más, pero acataban la consigna. "Come on, boys, hay que aguantar hasta que se acabe la Expo. Hacedlo por vuestras madres, que os parieron en la base de Zaragoza. Hacedlo por el U.S. Army. Se lo debemos, dejemos que tengan la Expo en paz, retened esa crisis, que no estalle todavía".

Los obedientes brokers se ajustaron las corbatas, se apretaron el chaleco corporativo y aguantaron el tipo en el parqué, pero nada más terminar la Expo de Zaragoza, la presa se desbordó.

-¡Están cayendo los bancos, señor, es terrible, es otro 29!

-Tranquilo chico, ya no importa. Has salvado la Expo. Ahora podemos respirar hasta que nos toque salvar las navidades.

Ya está, se acabó la fiesta. Ahora sí que estamos preparados para la crisis. Que nos azote, que no le tenemos miedo. Por suerte, el Gobierno ya ha tomado las primeras medidas, que se resumen en este decálogo:

1. Instalar grandes colchonetas inflables rodeando las sedes de bancos y grandes empresas. Con suerte, los ejecutivos más mullidos y talentosos salvarán la vida cuando su entidad se vaya a la ruina y ellos decidan tirarse por la ventana. Con los que sobrevivan, se refundará el capitalismo con sus mismas fallas y catastrofismos.

2. Junto a las colchonetas se habilitará un servicio neumático subterráneo de recogida de cadáveres. Mediante un sistema de tubos, los ejecutivos suicidas serán enviados a una planta de reciclaje donde se aprovechará todo el paño de sus trajes y los restos de colonia cara que quedasen sobre su piel. Una máquina especial aspirará los restos de cocaína que hayan podido quedar en sus fosas nasales. Esta será revendida y con sus ingresos se financiarán vacaciones de bajo coste del Imserso para que los abuelos no molesten con sus monsergas catastrofistas mientras los líderes reflexionan y buscan soluciones.

3. Para ahorrar combustible y evitar el alza de los precios del petróleo, todos los semáforos quedarán indefinidamente en posición roja. Ningún vehículo podrá moverse, y los automovilistas retenidos en ellos tampoco podrán consumir ni comer, incentivándose así la capacidad de ahorro de las rentas medias.

4. Como apoyo a las políticas de conciliación familiar y laboral, se abole temporalmente la prohibición de trabajar a los menores de 16 años.

5. Un comité de juristas estudia la vigencia de los decretos de 1492 y de 1611 (expulsión de los judíos y de los moriscos de los territorios de la corona española). Si se demuestra que nunca han sido derogados, todos los inmigrantes con o sin trabajo serían embarcados en tres carabelas y enviados rumbo al sur aprovechando que la corriente del golfo es propicia, tal y como parecen estar deseando varios ministros. Una vez en las Indias, pueden sobrevivir intercambiando abalorios y espejitos por el oro que tienen los nativos.

6. Los niños menores de 16 años ocuparán los empleos que dejan vacantes las personas referidas al punto 5. Eso sí, como becarios sin sueldo.

7. Los desempleados serán reubicados en pueblos de Teruel, Soria y Zamora. Ocuparán los empleos con más demanda: tonto del pueblo, integrante de minoría étnica, arrojado en el pilón por turba etílica y decorador del local de la peña para las fiestas.

8. En solidaridad con la situación del país, Barcelona dejará de entronizar el diseño y declarará de buen tono volver a comer tortilla de patata sin deconstruir y pepitos de ternera con pan de verdad. La opinión de Ferran Adrià no será tenida en consideración.

9. Por idénticos motivos de solidaridad con el mal momento que atraviesa la economía, los actores porno cejarán en sus erecciones y mostrarán unos penes flácidos y alicaídos, como corresponde a una situación de crisis.

10. Si ninguna de las anteriores medidas resulta, el gobierno de la nación se reserva el derecho de alentar a la ciudadanía a formar turbas callejeras y reinventar la sociedad al estilo Mad Max mientras los miembros del gabinete desaparecen sin dar explicaciones. Se destinarán fondos reservados para una eventual estampida gubernamental. Gallardón y Paco el Pocero dirigirán el nuevo país desde un rascacielos de la nueva Castellana. Al menos, hasta que Madrid sea sede olímpica y el Circo del Sol pueda volver a hacerse cargo de España.

EROTISMO NO OLVIDADO, PERO SEGUNDÓN: TINA FEY

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No es despampanante, no llama la atención, no es un bellezón de quitar el hipo, pero a mí me gusta. Será porque la veo a las tantas de la mañana, mientras me bebo un copazo, a esa hora en la que las mujeres se vuelven más guapas, pero Tina Fey me parece una delicia.

¿Que quién es Tina Fey? En España, objeto de deseo de frikis desustanciados como yo. En Estados Unidos, producto de masas. Yo la he descubierto en la divertidísima y maltratada serie 30 Rock (que en España se llama Rockefeller Plaza, ignoro los motivos), una sitcom ambientada en la NBC que trata de los entresijos de esa gran cadena de televisión estadounidense. La verdad es que me había pasado desapercibida hasta ahora (la serie), pero he empezado a verla y me parece desternillante y descacharrante. Condensa lo mejor de la comedia americana de hoy.

En ella, Tina Fey es Liz Lemon, la segunda al mando del programa de Tracy Jordan. Formalmente, trabaja bajo las órdenes de un Alec Baldwin en estado de gracia, pero en realidad es el sostén emocional, profesional y vital del enclenque y misérrimo personaje de Baldwin. Un disparate, porque la propia Lemon es una desquiciada incapaz de tenerse en pie por sí misma. Un desastre con patas que no sabe manejar un solo aspecto de su vida. Y ahí está su encanto, ahí es donde la actriz Tina Fey desarrolla toda su vis cómica construyendo una falsa diva que no sabe ni hacerse un huevo frito pero que tiene bajo su mando todo un imperio televisivo. Hay algo en ella de la Rachel de Friends y un poco de la Blossom de Blossom (ya sé que esto último suena pervertido y pederasta). En definitiva, el personaje de Liz es el de una payasa consumada, con mil posibilidades para dar pie a todo tipo de chistes y gags.

Tina Fey no es especialmente guapa ni jamás ganaría un concurso de belleza. Probablemente, tampoco destacaría mucho en un bar un viernes por la noche, pero en 30 Rock exuda un magnetismo brutal. Con otras palabras: no necesita hacerse la interesante para dar a entender que es muy interesante. Es una tipa con la que te irías de copas hasta el amanecer, con la que harías mil y una travesuras por la ciudad, pero que nunca te plantearías llevarte a la cama. Sin embargo, sin darte cuenta, lo más probable es que acabaras metido en su cama si ella se lo propusiera. Con un simple chasqueo de dedos.

Igual soy yo. A lo mejor me estoy haciendo viejo y me he convertido en uno de esos tíos que piensan que el sentido del humor y la inteligencia pueden hacer sexy a una mujer. ¿Te imaginas qué depravación? Toda una vida currándome una exquisita superficialidad, toda una vida intentando valorar a las mujeres por sus tetas y a mis años me salgo con estas sutilezas. Sería desastroso, un signo de decadencia imparable.

Tina Fey es graciosa profesional. Se ha curtido en la exigente escuela de Saturday Night Live, la cantera de la comedia televisiva en Estados Unidos. Curiosamente, un programa de la NBC, el canal en cuyas bambalinas se ambienta 30 Rock, por lo que es posible que muchas de las situaciones retratadas en la serie tengan una base real. O, al menos, haya bastantes guiños y zarpazos a personas de carne y hueso. Ella misma escribe muchos de los guiones y produce la serie además de coprotagonizarla, así que no me extrañaría un pelo que las tramas estén llenas de pequeñas venganzas. Sea como fuere, Tina Fey demuestra que es mucho más que una cómica de monólogos al hacer 30 Rock. Tina Fey, y perdónenme la hipérbole, es una artistaza.

Y si no lo es, me da igual. A mí me gusta, aunque no se parezca en nada al resto de actrices que han aparecido en la galería de erotismo olvidado y segundón de este blog.

Por cierto, si quieres conocer los retratos de la galería de erotismo olvidado y segundón de este vuestro blog, pinchad en estos links:

Erotismo olvidado y segundón 1: Jenny Agutter

Erotismo olvidado y segundón 2: Rossana Arquette

Erotismo olvidado y segundón 3: Alida Valli

Erotismo olvidado y segundón 4: Shirley MacLaine

Erotismo no olvidado y segundón 5: Mena Suvari

Erotismo no olvidado y segundón 6: Tania Raymonde

Erotistmo olvidado y segundón 7: Janine Turner

PS: se admiten sugerencias para engrosar la galería.

17/09/2008 02:38 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 6 comentarios.

METÁFORAS CONTRA LA CRISIS

En La Ventana, un programón que todavía no ha encontrado un rival a su altura en la radio española (exceptuando al desaparecido Juan Antonio Cebrián), rompieron el otro día esa inercia mediática que consiste en resobar el cliché hasta dejarlo sin resto alguno de sustancia y abrieron el programa con un tema que pondría los pelos de punta a cualquier ejecutivo obsesionado por el share y las audiencias: el valor de las metáforas. Si señores, uno de los programas más populares de España, con millones de oyentes, dedicó mucho más de media hora a debatir sobre las metáforas, y lo hizo con la presencia de un poeta, reclamado como experto en el tema. Fue muy divertido e iluminador. Para que luego digan que los medios sólo generan simpleza.

Fue toda una clase de literatura. Probablemente mejor que muchas clases de literatura. La excusa se la dio la crisis económica. El día anterior habían entrevistado a varios banqueros, analistas y expertos varios para que explicaran a los oyentes la verdadera magnitud del movidón de Wall Street, y se dieron cuenta de que todos y cada uno de esos expertos recurrieron a las metáforas para hacerse entender. Metáforas en ocasiones bastante logradas, y en ocasiones bastante manidas y superficiales, pero que aclararon muchos arcanos que nos resultan incomprensibles a la masa analfabeta.

Así, en La Ventana descubrieron una verdad que la mayoría de los periodistas ignora y que muchos escritores parecen empeñados en ignorar: que la metáfora sirve para decir más. No es un recurso estético ni embellecedor. No es un adorno para que un texto quede "bonito": la metáfora es una puerta abierta al conocimiento más profundo, una herramienta poderosísima para iluminar zonas oscuras. ¿Veis como recurro a metáforas para explicar lo que es una metáfora?

Ernesto Sábato, que no es precisamente un escritor fácil ni diáfano, defendía que la literatura, y muy en especial la novela, encuentra su razón de ser por su capacidad de penetración. Allí donde se detiene la filosofía, dice Sábato, allí donde el lenguaje explícito y descriptivo se tropieza con el muro de lo incomprensible, la literatura llega sin problemas. Los filósofos se encuentran con un callejón cerrado cuando quieren definir qué es el amor, pero un poeta hábil no tiene muchas dificultades para hacernos entender (no ya sentir, ni imaginar, ni suponer: entender, con todo lo que implica el entendimiento) el amor.

Los científicos y los que tratan con materias que el resto de los humanos no comprendemos recurren siempre a las metáforas para explicarnos cualquier cosa, desde la teoría de la relatividad hasta el funcionamiento del sistema financiero (que es una gran metáfora en sí mismo). Cualquiera de nosotros recurre a metáforas e imágenes plásticas cuando quiere explicar sus sentimientos a otra persona. O un mecanismo: los mecánicos hablan de un motor como si fuera un corazón, y los médicos hablan del corazón como si fuera un motor. Cualquier niño sabe que la metáfora es la forma más profunda y sencilla de expresar algo complejo.

Sin embargo, en los medios de comunicación, la metáfora pierde constantemente su sentido. Las buenas metáforas son frágiles y delicadas, y puestas en malas lenguas se ahogan. Cuando una metáfora funciona, corre de periodista en periodista, salta de una columna a otra, se contagia entre bocas e inunda todas las crónicas. Llega un punto en el que ya nadie usa la fórmula explícita, y entonces la metáfora deja de serlo y se convierte en uno de los detritus más repugnantes del lenguaje: el cliché, el lugar común. Entonces, la metáfora pasa de decirlo todo a no decir nada, a ser un aditamento molesto del discurso, una distracción, una banalidad insoportable. Entre todos los periodistas presurosos y sin ganas de pensar, violan a la metáfora por turnos hasta que, hastiados, la arrojan en un rincón de la celda hecha un amasijo de sangre. A veces, los periodistas actuamos con el lenguaje como torturadores hábiles entrenados en las mazmorras del Tercer Reich.

No solo nosotros. Hace poco empecé a leer un libro de un novel que había ganado un premio literario que tiene cierto prestigio (y que, iluso de mí, creí que me daba garantías) y me puse malo. De verdad, me cabreé un montón: me acordé de la madre de cada uno de los miembros del jurado de tan renombrado premio. ¡Qué basura tan increíblemente basta! Era un lugar común detrás de otro. El libro iba tan cargado de clichés que sonaba como una carretilla de chatarra: ni un levísimo destello de ingenio, nada de verdad, ni una gota de esfuerzo mental por contar la historia con un poco de gracia. Lo dejé a la mitad, incapaz de perder más tiempo.

Muchos escritores parecen empeñados también en sodomizar a las metáforas y en construir presuntas novelas a base de clichés. No digo yo que construir con basura no tenga cierto encanto. Incluso hay una corriente escultórica y de collages que solo utiliza materiales de desecho recogidos en vertederos, pero está claro que en la literatura el reciclaje de palabras resobadas no funciona. Muchos personajes que se dicen escritores son incapaces de valorar la metáfora, y mucho menos de usarla con cierta elegancia. ¿Por qué les pasará eso a estos presuntos periodistas y escritores?, me pregunto. Y me respondo: porque realmente no tienen nada que decir, y por eso no dicen nada, solo llenan papelotes. Si sintieran de verdad la necesidad de comunicar algo no les quedaría más remedio que adiestrarse en el buen uso de metáforas, imágenes y símbolos. Pero, ¿para qué van a hacer tamaño esfuerzo si la literatura y el periodismo se la sudan?

¿Qué queréis, que diga nombres? ¿Queréis que señale con el dedo? Pues no lo haré. Al menos, no hoy. Pasaos otro día por el blog y a lo mejor os facilito una lista de culpables, pero seguro que vosotros, sagaces y exigentísimos lectores, tenéis ya la vuestra en la cabeza.

18/09/2008 12:31 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

EL LIBERALISMO Y EL LIBERALISMAJE

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Laissez faire!, que gritaban los primeros liberales. Dejen hacer al mercado, que se autorregule. Reduzcan el Estado a un ejército y unos cuantos policías para cuando las cosas se pongan feas y dejen que los empresarios, esos superhombres, se las apañen solos. Que la sana competencia rija la sociedad, que cada uno se pondrá en su sitio.

Eso predican los llamados neocon, que tienen nombre de malo de cómic, y eso han hecho hasta ahora, restregando sus nalgas sobre la cara del cadáver de Keynes, ese protocomunista.

Oiga, es que a lo mejor el Estado debería organizar un sistema sanitario decente y tal, les pedían los cizañeros de las turbas.

¡No! Eso es intervencionismo. Contrate un seguro privado y estimule la economía, gañán, les respondían. ¿Qué quiere, que se lo pague todo papá Estado?

Oiga, es que a lo mejor habría que organizar un sistema de becas para que todos los ciudadanos pudieran acceder por igual a la educación superior y la única criba la establezcan los méritos y la inteligencia de cada uno y tal, les pedían los cizañeros de las turbas.

¡No! Eso es intervencionismo. Si usted es listo, no se preocupe, que algún emprendedor con altas miras le tutelará si le cae en gracia. Trabaje, ahorre o pida uno de esos créditos bancarios para estudiantes, gañán. ¿Qué quiere, que se lo pague todo papá Estado?

Oiga, es que a lo mejor habría que montar un sistema de pensiones que no obligue a los ancianos a escarbar en la basura y tal, les pedían, insistentes, los cizañeros de las turbas.

¡No! Eso es intervencionismo, ¿cómo les vamos a hacer eso a los bancos, cómo les vamos a quitar clientes? ¡Que hubieran contratado un plan de pensiones, gañanes! ¿Qué quieren, que se lo pague todo papá Estado?

La cosa nos había quedado clara. Rockefeller es nuestro dios y Chrysler su profeta. Hágase a usted mismo, no medigue al Estado, viva su libertad a gusto y deje de molestar. Si no puede pagarlo, pida un crédito. OK, fale, comprendido, ya nos buscamos la vida por ahí, les dijimos, vencidos y desarmados.

Pero el otro día sonó el timbre de los neocons. Ya iban a echarles a los perros, temerosos de que los cizañeros de las turbas volvieran con otra de sus monsergas comunistas, pero al otro lado de la mirilla había un grupo de colegas: los hermanos Lehman y cuatro o cinco amiguetes más. Llevaban una botellita de vino como regalo.

-Hombre, cuánto bueno, pasad, pasad, sentaos a gusto, que estáis en vuestra casa. ¿Un habanito?
-¿De los que están prohibidos por el bloqueo a los comunistas? No, gracias, me acaban de traer una remesa. Intercambiemos cigarros.
-Faltaría más. Y bien, queridos amigos, ¿qué os trae por aquí?
-El crack de Wall Street y tal, que nos ha pillao a contrapié.
-Sí, algo he oído. ¿Y qué podemos hacer por vosotros?
-Pues oiga, es que a lo mejor habría que organizar una intervención estatal para salvar nuestras empresas de la ruin ruina y tal. Ya sé que eso es intervencionismo y como liberales estamos radicalmente en contra de que papá Estado pague nada, pero...
-Ps, no digas más. Eso está hecho. Entre amigos, sobran las excusas. Luego me dices cuantos milloncejos necesitas y te hago una transferencia desde la Reserva Federal. Hala, vamos a echar un cinquillo.
-¡O un mus!
-¡Venga ese mus!

No se les puede culpar. Por los colegas, lo que sea. Si el respetado ingeniero hecho a sí mismo que presume a todas horas de haberlo conseguido todo con su esfuerzo y no tolera que le endosen "recomendados" en su equipo se apresura a enchufar a su vástago cuando le llega la edad de trabajar, aunque sea un inútil que no se sabe atar los zapatos, ¿por qué los liberales no van a usar el Estado que controlan y desprecian a la vez para echarle una manita a sus colegas? Entre la gente que se quiere, hay que dejar la ideología a un lado, ¿verdad?

A mí me ha emocionado ver a Bush salvando a sus amigos en peligro. Claro que para tener callados a los cizañeros de la turba ha tenido que decir que interviene en la economía para evitarnos la ruina a todos. Está bien, George, nos lo creeremos (guiño, sonrisa y codazo cómplice), pero tú y yo sabemos que esto no tiene que ver con la política: tío, eres un sentimental y lo has hecho por amistad. Qué grande: antes que presidente y antes que liberal o neoliberal, eres amigo de tus amigos. Chapeau. El día que la amistad y el amor se antepongan al fin a las convicciones, a la profesionalidad y a las ingratas leyes, alcanzaremos la soñada Arcadia de los osos amorosos postliberales. Pero de osos amorosos guays, de los que viven en las nubes y hablan ñoño, no de esos osos que huelen mal, se refrotan por los árboles y llenan el bosque de zurullos de treinta kilos. Esos, como no tienen amigos, que hagan cola en la seguridad social, a ver si encuentran una raspa de salmón o algo que les tenga entretenidos y sin protestar.

21/09/2008 23:52 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad No hay comentarios. Comentar.

MALAS INFLUENCIAS

No debería hacerlo, pero como Almodóvar se ha pasado todo el rodaje de su nueva peli dando el tostón con un blog donde iba contando todo minuto a minuto y mandando a sus huestes de sirvientes mensajeros a las teles y a los periódicos para suplicar y exigir que se hable de él, he pensado: para ego, el mío. ¿Para qué quieres un blog si no puedes dar el coñazo con las cosas que tienes a medio hacer?

 

Así que allá voy, queridos: habemus libro. Con mi nombre en la portada, mi foto en la solapa y mi porcentaje de ventas en mi cuenta corriente. En realidad, es mucho más que posible que tengamos libros, en plural, pero hasta la fecha sólo tengo permiso para hablar de uno de ellos. El otro, al tiempo.

 

Mi editor me ha autorizado a contarlo, así que yo voy, y lo casco: en abril de 2009 aparecerá en las mejores librerías (y en las peores también) Malas influencias, una colección de relatos cortos y no tan cortos que probablemente presentaremos con mucha elegancia –y algo de etílismo- en Madrid cuando la primavera despunte y el trinar de los pájaros nos acompañe.

 

Sí, todavía queda un montón, pero ya sabéis que el mundo editorial funciona con sus propios ritmos, y hay mucho trabajo invisible desde que el autor deja de darle a la tecla hasta que el producto se coloca en los estantes de las librerías. Ahora mismo estoy dando la última pulida al manuscrito (qué bonito llamar manuscrito a un documento de Word encerrado en un pen-drive): retoco por aquí, cambio adjetivos por allá, me cargo frases cacofónicas por acullá y, sobre todo, elijo el orden definitivo de los relatos, cuestión importantísima que me trae de cráneo y me hace dudar cuarenta y ocho veces al día, con una cadencia de una vez cada media hora.

 

Quedan pocos días de aliño final, lo que tarde mi sufrida parternaire en corregir las mil erratas que hay y en decirme con las peores y más insultantes palabras que sepa todo lo que le parece espantoso y digno de suprimir en los cuentos. Dentro de muy poquito entregaré la que, con gran dolor de corazón, consideraré mi versión definitiva, y entonces arrancará el complejísimo mecanismo libresco, que por suerte funcionará a mis espaldas. Empezarán los diseños, las elecciones de portada, los ajustes de maqueta y la lectura agresiva y puntillosa de la correctora de estilo de la editorial, a cuyas sabias admoniciones me someteré con gusto.

 

Y cuando todo ese trabajo de meses concluya, corregiré con miedo la versión final, lo que antes se llamaban las galeradas, y dejaré que pase lo inevitable: que se imprima y ya no pueda hacer más correcciones ni retoques. Qué momento tan espantoso.

 

Porque yo nunca doy un texto por bueno. Ni en el periódico ni en el blog ni en los mails que mando ni en la lista de la compra. Siempre hay un adjetivo que chirría, una subordinada morosa con la que se te enredan los pies, una sílaba que hace ripios. No soporto que los textos escapen a mi control, que vuelen solos sin que yo pueda darles otro repaso. Si un libro es realmente como un hijo, yo soy el padre ultraprotector que no sabe cuándo debe dejarle vivir su vida.

 

Pero eso son cosas que a los lectores no les importan. Son angustias estúpidas de autor imberbe (mi barba es postiza) que no afectan para nada al público. Si os las cuento es porque sois unos cotillas y sé que además me vais a guardar el secreto. Próximamente os diré qué editorial ha cometido el acto suicida de publicar mis ficciones (a propuesta suya y no mía, lo que es doblemente suicida), y cuando se concreten fechas y lugares seréis convocados a las oportunas presentaciones con o sin canapiés. Comida no sé si habrá; alcohol ya anticipo que sí, que obligaré a incluirlo en una cláusula del contrato.

 

Malas influencias es un poco de todo sobre mí. Son textos que abarcan más de ocho años de mi vida. En sus páginas hay personas que hace tiempo que se convirtieron en fantasmas para mí. Ellos y ellas se reconocerán cuando lo lean, si es que llegan a leerlo algún día. Lo que no reconocerán serán los escenarios y los ambientes en los que se mueven sus almas sin cuerpo. Ellos son mis malas influencias, trocitos del pasado que he ido reinventando y destrozando a base de ficciones y fábulas. He cogido partes de mi vida y las he amasado, deformado, quemado, troceado, pisoteado y barnizado hasta que han quedado convertidas en cuentos. Pero ha sido un proceso indoloro, porque cuando hice todas esas cosas con ellas ya eran padrastros, tiras de piel muerta, pellejos.

 

Al armar este libro a petición de mi editor me he dado cuenta de que soy incapaz de fabular sobre mi yo actual. Sólo uno de los relatos está ambientado en Zaragoza, y es una Zaragoza onírica, brumosa, nocturna y vista a través de un ventanuco. Zaragoza empieza a aparecer firme, tersa, definida y literariamente “customizada” en mis textos más recientes, los que escribo hoy y verán la luz dentro de unos años. Me ha costado mucho literaturizar el paisaje urbano de esta ciudad porque necesito que las formas y las figuras humanas maceren en mi interior antes de hacer literatura de ellas. Por eso en Malas influencias hay mucho Madrid. Algunos de los relatos fueron pensados y balbuceados por primera vez en las calles de esa ciudad, aunque han crecido y han tomado su forma definitiva en las de esta.

 

Lo mismo me pasa con las personas: necesito que los afectos se enfríen para meterlos en la ficción con honestidad.

 

De todo eso me he dado cuenta al armar Malas influencias. Es decir, que he aprendido mucho más de mí mismo releyendo y corrigiendo que escribiendo. Y eso es porque escribimos –o escribo, igual sólo me pasa a mí- a ciegas. Cuando doy forma a una historia (de ficción, esto no tiene nada que ver con mi trabajo periodístico) no sé realmente lo que quiero decir ni adónde quiero ir a parar. Sigo un impulso y le doy forma. Escribo para aclarar mis ideas confusas y me meto por caminos que no controlo. Sólo mucho después, cuando el artefacto narrativo está limpio y aparentemente terminado, soy capaz de ver a qué respondía ese impulso y qué parte de mí pretendía sacar de la bruma. No lo sabía hasta ahora, lo acabo de descubrir.

 

Qué curioso, ¿no?

 

Una cosa más: es posible que uno de los relatos de Malas influencias tenga una versión teatral a no mucho tardar. No escrita por mí, claro, sino por alguien que entiende de escenarios, actores y acotaciones. Me haría mucha ilusión verlo representado en un teatro algún día.

 

En fin, ya me he quedado a gusto, ya me siento como Almodóvar: os he soltado un rollo sobre algo de lo que no podéis opinar porque falta todavía mucho para que lo tengáis en vuestras manos y podáis decir que es una mierda, un insulto a la inteligencia y un panfleto de un periodistucho que va de escritorzuelo. Pero si los grandes creadores dan la brasa mientras cocinan sus obras (son como Arguiñano: van explicando lo que hacen mientras lo hacen, pero Arguiñano da más que ellos, porque por el mismo precio cuenta chistes verdes y canta boleros), yo, que ya tengo panza y corpachón de divo, no voy a ser menos.

 

Bueno, ya hemos hablado bastante de mí. Ahora contadme algo de vosotros.

24/09/2008 20:43 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 15 comentarios.

GALERÍA DE EROTISMO OLVIDADO Y SEGUNDÓN: MOLLY PARKER

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Este cuadro de la galería erótica va de interiores. De enclaustramientos, más bien. De lo más hondo de las más profunda y recóndita intimidad. Va de Alma Garrett y de la actriz que la hizo posible: Molly Parker, una delicadísima canadiense nacida en la adusta y fría Columbia Británica en 1972.

 

Dicen que ahora triunfa como una de las protas de Swingtown, la serie sobre intercambios de pareja ambientada en los setenta, pero yo no la he visto todavía. Sólo he disfrutado de unas cuantas fotos promocionales en las que Molly aparece sonriente, pizpireta, grácil y casi inocente. Nada que ver con la atormentada, turbia y negrísima Alma Garrett de Deadwood, que me enamoró sin remedio.

 

Tras una aparición fugaz en A dos metros bajo tierra, donde interpretó a la rabino Ari, una serena y sexy religiosa judía en cuyo cuerpo (prescindiendo de su prescindible aunque morbosa sabiduría talmúdica) Nate quiso frenar su caída a los nueve círculos del infierno, Molly Parker se dio a conocer realmente con su personaje de Alma Garrett en la también serie de culto Deadwood. Qué regalazo le hicieron los directores de ese western postmoderno dándole uno de los papeles más intensos, complejos y contenidos de toda la producción. Era un regalo envenenado, claro, porque si Molly no hubiera estado a la altura, el ridículo consiguiente habría aniquilado su carrera. Pero esta chica canadiense demostró que está hecha de la pasta de las grandes, que pertenece a esa selectísima casta de actrices capaces de acariciar el tuétano del espectador con un solo gesto.

 

Alma Garrett es un personaje que se revela poco a poco, conforme avanza la serie. Empieza siendo una sombra, una anécdota en el relato, una figura de adorno, y acaba ocupando la escena entera. Alma llega a Deadwood, un pueblo sin ley fuera del territorio de Estados Unidos en 1876, un lodazal de putas, matones, liendres y buscadores de oro más allá de la nada, acompañando a su marido, el señor Garrett. Recién casados, jóvenes y adinerados, llegan desde Nueva York siguiendo la llamada del oro y de la aventura del salvaje Oeste. En realidad, es un empeño de su marido, pues ella, rica heredera del Este, no quiere invertir su fortuna en ese lugar perdido. Así que Alma pasa los días encerrada en la habitación del hotel mientras su marido “hace negocios” en el saloon.

 

Como no podía ser de otra forma, el pimpollo Garrett enseguida cae víctima de un timo, y por gilipollas y por urbanita remilgado y marisabidillo, acaba desnucado en el fondo de un barranco. Alma se queda viuda y atrapada en el lugar menos indicado para una señorita bien de Nueva York. Los bandidos que mandan en Deadwood lo saben, y se agazapan para caer sobre ella y su dinero.

 

Y entonces es cuando Molly Parker saca pecho (no sólo metafóricamente) y convierte a la frágil y apocada Alma Garrett en un objeto de deseo irresistible. ¿Cómo decirlo sutilmente? Utilizaré un eufemismo: Alma Garrett me pone verraquísimo, bruto, encendido, enhiesto. Quién fuera sheriff, pienso todo el rato, para dejar tirados en el suelo de su alcoba los calzones marianos.

 

Alma se encomienda a la protección de Seth Bullock, primer sheriff de ese pueblo sin ley, y jugando con sutileza sus cartas no sólo sobrevive en ese culo del mundo, sino que acaba erigiéndose como un pequeño pero firme contrapoder a la tiranía mafiosa de Al Swearengen, un malo shakespeariano (de turbio origen inglés, obviamente) gloriosamente interpretado por Ian McShane.

 

Pero su proyección pública y sus maquinaciones no nos interesan. Eso no la hace deseable. Donde Alma nos pone cachondos de verdad es en la soledad de su habitación del hotel, que se va blindando como una fortaleza acolchada y perfumada. De perfumes artificiales propios de una dama de la buena sociedad, pero también de perfumes naturales emanados de su cuerpo, por su sudor, su angustia, su ropa sin cambiar y sus colocones de opiáceos. Porque Alma es una adicta a los sagrados elixires de los bohemios del XIX.

 

En el éxtasis de la adicción, Alma se retuerce amodorrada en la cama. Con muy parcos y medidos gestos, con unas leves torsiones de tronco y brazos, Molly Parker templa nuestros puntos erógenos. Arquea el lomo, entrecierra los ojos, echa la cabeza hacia atrás. Nos pone brutísimos. Y sus “monos” son sólo para mayores de 18 años: cuando intenta dejar las drogas pasa semanas enteras desquiciada, rota de abstinencia en la cama, empapada de un sudor helado.

 

Pero también me gusta sobria. Me gusta su seriedad, su luto fingido, su gesto altivo, las miradas con las que marca distancias de clase con sus lacayos, su porte victoriano y perverso, la fusta imaginaria con la que atiza a todos los que se acercan demasiado.

 

Basculando siempre entre lo sórdido y los sublime, entre la pornografía más zafia y el refinamiento más casto, Molly Parker construye un personaje dual, contradictorio y profundísimo, a ratos ramera desbocada con furor uterino, a ratos dama asexuada; a ratos frágil y amable, necesitada de protección, y a ratos cruel e implacable como una bruja, pero siempre dejando claro que la cara que vemos no es nunca la verdadera.

 

El western no ha dejado muchos personajes femeninos memorables, la verdad. El arquetipo se ha cebado con ellos, y hubo que esperar a los años 60 y 70 para que la galería plana y previsible de putas chispeantes, madamas sabias y damas narigudas diera paso a personajes de verdad, sutiles y humanos. Creo que Alma Garrett está claramente emparentada con la ensimismada y cabizbaja Claudia Cardinale de Hasta que llegó su hora, el testamento artístico indiscutible de mi amado-odiado tocayo Sergio Leone. Ambas van creciendo en la trama de la misma forma y aparentan una pasividad falsa que acaba moldeando su entorno.

 

No son mujeres fatales, son mujeres que retuercen y dan la vuelta a la fatalidad, leonas que no se dejan amedrentar en la selva. Heroínas de interiores y silencios.

La galería completa del erotismo olvidado (o no) y segundón:

Erotismo olvidado y segundón 1: Jenny Agutter

Erotismo olvidado y segundón 2: Rossana Arquette

Erotismo olvidado y segundón 3: Alida Valli

Erotismo olvidado y segundón 4: Shirley MacLaine

Erotismo no olvidado y segundón 5: Mena Suvari

Erotismo no olvidado y segundón 6: Tania Raymonde

Erotismo olvidado y segundón 7: Janine Turner

Erotismo no olvidado y segundón 8: Tina Fey

26/09/2008 21:13 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 2 comentarios.

CUANDO FALLA LA VOLUNTAD

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Veo amodorrado Pekín Express, el nuevo reality de Cuatro en el que diez parejas viajan de San Petersburgo a Pekín con un presupuesto de un euro al día. Comparto plenamente la opinión de Enric González, que dice que no tiene ningún mérito viajar con un equipo de televisión en la chepa, porque todo el mundo te va a echar un cable a cambio de un minuto de gloria catódica, aunque sea en España. En ese sentido, el programa es un fraude completo. Deberían ir ellos solos con una mini cámara digital, a ver si los nietos de los cosacos eran tan amables y dispuestos. Por otro lado, los realities me aburren un montón. No tengo prejuicios intelectualoides contra ellos, no os equivoquéis, que también me aburren mucho los debates sobre la telebasura. Simplemente, me parece un tostón tragarme las andanzas de unos tipos más simples que un repollo. Sólo soy cotilla con la gente interesante que hace y dice cosas divertidas.

Pero con Pekín Express no me pasa. De acuerdo, es un reality y debería aburrirme, y además es una estafa manifiesta, pero todo eso deja de tener importancia si lo ves como un programa de viajes un tanto peculiar. Y a mí siempre me gusta ver paisajes lejanos y perdidos.

Claro que, por muy bien hecho que esté el programa y por muy entretenido que sea ver a morlacos rusos emborrachando a unos macarras de Chamberí con vodka a las siete de la mañana, el asunto no resiste la comparación con la literatura de viajes de verdad. Qué mala suerte tienen los de Pekín Express, porque, en contra de lo que ellos piensan, recorren una ruta trillada por grandísimos viajeros. Paul Theroux, sin ir más lejos. Y claro, cuando comparas el viaje de Pekín Express con el de un titán como Theroux, la cosa da vergüenza ajena.

En el gallo de hierro es un monumento de la literatura de viajes. El año es 1986, y el trayecto, Londres-China. Viajó en tren desde Inglaterra hasta Pekín y, una vez en Pekín, estuvo viajando por casi toda China en ferrocarril durante meses. El resultado es un libro vivaz, lleno de observaciones puntillosas, de datos, de anécdotas y de personajes maravillosos. Está escrito con la contención verbal propia de Theroux, que se mantiene siempre atado a los hechos, a la acción que transcurre en tierra, sin puntos muertos ni digresiones ni prejuicios ni lugares comunes sobre los tipismos exóticos que un occidental espera encontrarse en un viaje así.

Hay dos aforismos muy certeros en el libro, que valen por diez tesis doctorales de filólogos sobre la literatura de viajes. Uno es:

La literatura de viajes es una autobiografía en tono menor.

El otro es:

Todo libro de viajes revela más sobre el viajero que sobre el país recorrido.

Hay varios momentos dulces y minúsculos en los que esta segunda verdad se descubre en En el gallo de hierro, pero a mí me gusta especialmente este, casi al final, cuando viaja en un tren que le va a dejar en las puertas del Tíbet, en una región deshabitada, espantosa y desértica a la que ni los chinos quieren ir:

Yo me alegraba de estar aquí, en medio de semejante desierto. Permanecí dentro de la seguridad del tren y contemplé la tierra desolada con creciente entusiasmo. En el desierto de Lop Nor de Xinjiang, en Hamí y en Turfán dicen: ’Marco Polo pasó por aquí’ o ’Por aquí discurría la Ruta de la Seda’. Pero en Qinghai no se podía reivindicar nada de nada. Por aquí nunca pasó nadie. Nadie lo atravesaba. Y era siempre así: igual de vacío.

Ahí tenemos a una persona desnuda, a un escritor que en un párrafo descubre sus fantasías, sus fobias y su visión del mundo. Y lo hace sin necesidad de trepar por enredaderas barrocas, sin molestar al fantasma de Góngora ni marearnos con neologismos oscuros. Llámenlo simpleza si quieren. Yo lo llamo lucidez y sublime capacidad expresiva. Mientras que muchos, antes de llegar a las vísceras, destrozamos piel, músculos y hueso en una carnicería estilística que la mayoría de las veces no merece la pena para las conclusiones que ofrece, otros, como Theroux, llegan al fondo con una simple y finísima aguja hipodérmica. Y la verdad es que no hace falta más.

Estoy por enviarle un mail a Paul Theroux y decirle que se haga un viaje por Teruel, que todavía está a tiempo de sentir algo parecido a lo que siente en las puertas del Tíbet en ciertos lugares de Aragón. Aunque no por mucho tiempo.

¿Qué dice Pekín Express de la gente que lo protagoniza? Creo que muy poquito. Dice lo mismo que cualquier reality: que son personas exhibicionistas, que les gusta llorar delante de una cámara y que disfrutan con la marrullería y el mosqueo sistemático. También descubre unos léxicos dolorosamente limitados y una capacidad expresiva más cercana a la de las amebas que a la humana. Nada que no se descubriera en un Gran Hermano. El viaje, en lugar de ayudar a expandirlos, les contrae, les estereotipiza. Bueno, no es el viaje en sí, sino la cámara, claro.

Una lástima. Paul Theroux viaja por esa ruta y no sólo nos abre las puertas a una humanidad extraña que resulta ser muy parecida a la nuestra, con los mismos miedos y deseos, sino que abre las puertas de sí mismo, permite que hurguemos en su interior y descubramos en él cosas de nosotros mismos. Tanto el viaje como la narración en primera persona son puntos de partida de una exploración más intensa. Me diréis que a un programa de televisión no se le puede pedir semejante profundidad. ¿Por qué no? Si veinte tíos en medio de la estepa rusa no son capaces de enseñarme nada sobre la condición humana (pero sí mucho de la condición de las cucarachas, o de las ratas), alguien está haciendo algo mal, alguien no está siendo sincero.

Aun así, merece la pena ver los paisajes y los pueblos destartalados. Por eso me da lástima, porque me parece que se han quedado a medias de haber hecho un programa interesante de verdad. Y esta vez no les han fallado los medios y creo que el talento tampoco, porque técnica y conceptualmente está muy logrado, se nota que hay gente mañosa detrás del invento. Les ha fallado algo mucho más grave: la voluntad.

28/09/2008 23:44 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

TOREROS MUERTOS

En la facultad de periodismo te dicen que la crónica taurina es un ejemplo de belleza estilística sin igual, un género del que debemos aprender todos los plumillas. Más tarde te encuentras a gente a la que no les gustan los toros, pero que lee las crónicas de la fiesta nacional por aquello del bello verbo, porque se extasía con esos fugaces destellos de prosa donde el castellano refulge con la pasión de los siglos.

Yo debo de ser un zote, un ser intelectualmente inane, un corazón de esparto. Y por obligación laboral he leído muchas crónicas taurinas, y no sólo las he leído, sino que las he corregido, apañado y titulado. Pero cuando leo algo parecido a esto (es una parodia mía, no responde a una crónica real), me entra un no sé qué en el cuerpo:

Se rebencó la trastámara. Amaneció en cuartos, se frunció a los medios y una soberbia pañolada tiñó de añil las ñoñas trancas del burlete. El cabestro rubricionose, mas el diestro no acertó con el estoque, y unos sisantros desmañados, entre verónicas y marsupinos, acabaron por malograr una faena que se presumía arrentronilada. Palmas y ovación. Unas orejas inmerecidas para una tarde en la que faltó retruque y se echó en falta la esbajancia.

Pues eso, que será cosa mía, falta de sensibilidad literaria o algo, pero es que no sé de qué coño están hablando.

Al margen de eso, hoy me han mandado la convocatoria para la tradicional manifestación antitaurina de las Fiestas del Pilar. Este año viene en vídeo, que es más molón. Aquí os lo dejo.