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VISTAS DE ZARAGOZA

Nos paseamos por la exposición Vistas de Zaragoza: pinturas de la modernidad (en el Centro de Historia). Interesante, pero bastante incompleta. Echo de menos más Gárate, más obras de finales del XIX y de la primera mitad del XX. Hay un excedente de cuadros actuales de interés más que dudoso, y la disposición es algo apelotonada, echo de menos una propuesta museográfica más ambiciosa. Pero si conoces la ciudad y te gusta, es una ocasión maravillosa para pensar sobre ella, para enfocar tu mirada a través de la de los artistas. Absténganse quienes no hayan pateado Zaragoza con fruición durante años.
Lo mejor, con diferencia -y perdónenme los demás-, los lienzos de Pepe Cerdá, que creo que se ha convertido en el pintor aragonés más sólido, coherente y ambicioso. Un artistazo que ofrece unas visiones de Zaragoza atrevidas y sin complejos. Me encanta un cuadro nocturno donde Zaragoza es una franja de luces amarillas en el horizonte. Cuántas veces, volviendo de Madrid o de cualquier sitio a las mil de la madrugada, tras pasar los cerros de La Muela, ha aparecido ante mí esa franja horizontal. Un brochazo iridiscente sobre la oscuridad inmensa del valle, como un ovni recién aterrizado. Esa horizontalidad luminosa tan potente es tan icónica y tan característica que no me explico cómo no ha inspirado a más artistas.
Me gusta mucho la parte de la exposición dedicada a los barrios y al cinturón industrial. Quizá para el turista sea el frontal del Ebro con la monstruosidad barroca del Pilar la estampa que resume la ciudad, pero creo que somos pocos los que nos identificamos con ella. Mi Zaragoza no es de iglesias ni de torres ni de puentes. Mi Zaragoza son edificios de sindicatos franquistas, arquitectura del desarrollismo y fábricas abandonadas donde juegan los chavales del barrio. Mi Zaragoza se parece más a Bilbao, con su herrumbre y su chatarra, que a una postal provinciana de cigüeñas y curas cruzando el Arco del Deán.
Es un gusto adquirido de una ciudad dura y esteparia. Sus habitantes -a la vista está, con los solares llenos de basura y los palacios en ruinas- han vivido de espaldas a su legado histórico de retablos y catedrales. La vida ha crecido en barrios industriales que conservan en su callejero la memoria de un pasado rural, con avenidas que siguen llamándose caminos, y serpentean entre edificios como antes lo hacían entre huertas. La vida ha crecido alrededor de la fábrica de cervezas de San José, en torno a la fundición Averly o la Tudor en La Almozara y Delicias, en torno a las azucareras y harineras en el Rabal, o alrededor del matadero de Las Fuentes. Edificios oscuros, de estética monstruosa emparentada directamente con la estética estalinista (este verano, viajando por lo que fue la RDA, vimos lo parecidos que son los barrios comunistas a Zaragoza), han marcado el paisaje en el que han arraigado los zaragozanos de hoy.
Ahora son herrumbe. Sólo unas pocas fábricas persisten en el casco urbano. El cinturón industrial se ha desplazado y ha dejado unos barrios que han ido reinventándose. Hay algunos artistas que son capaces de ver la fuerza que tiene ese paisaje urbano decadente y gris. Podría ser el primer paso para reivindicarlo y hacerlo nuestro, para adaptarlo a la vida que queremos vivir, de la misma forma que los artistas neoyorquinos ocuparon Tribeca y el Soho o de la misma forma que los jóvenes berlineses ocupan y transforman en arte y cultura los monstruosos bloques y barrios de Berlín Oriental.
¿Seremos capaces? Creo que talento e imaginación hay de sobra en esta ciudad. Quizá falten las ganas.
Foto: no la vi en la exposición, pero esta Vista de Zaragoza de Gárate, pintada en 1908, es muy famosa.
CARLES FONTSERÈ

Me desayuno hoy con la noticia del fallecimiento de Carles Fontserè, muerto a los 90 años en un hospital de Gerona. Fontserè fue uno de los grandes cartelistas republicanos de la Guerra Civil. Exiliado en París, México y Nueva York, escribió unas voluminosas memorias en catalán y en castellano y dejó numerosos textos hablando de la profesión de cartelista en los años 30. Su tesón y esfuerzo promovieron las primeras exposiciones de cartelismo de la guerra de 1936 en los años 70, y ayudó a los estudiosos a clasificar y sistematizar el material. Era de la creencia, hoy generalizada, de que el cartelismo de los primeros meses de la guerra fue mucho más fresco que el posterior, y que la crisis del Gobierno de Negrín hizo más asfixiante el cerco censor sobre los artistas. Por eso, los carteles fueron siendo más planos y menos impactantes conforme avanzaba el conflicto.
Fontserè dibujó sobre todo para la CNT y para el POUM, por eso, su trabajo se resintió mucho tras los sucesos de mayo de 1937, pero nunca dejó de manifestar su admiración por la obra de los cartelistas del PCE y de la UGT. Carles era uno de los dibujantes republicanos más jóvenes, pues acababa de cumplir 20 años cuando empezó la guerra. Sin embargo, compensó su falta de experiencia con audacia, tirándose a la piscina de cabeza y explorando una expresividad cruda que todavía hoy conmueve. Para mí, los carteles que firmó son de los mejores, aunque me gustan más los de Josep Renau, artista gráfico de formación más clásica y buen conocedor de las vanguardias, o del valenciano Manuel Monleón, que parecía sufrir un tremendo horror vacui que le llevaba a llenar de colores calientes toda la superficie del cartel.
Fontserè hizo tambien cómics en la posguerra, nunca dejó de dibujar y colaboró en el cine con Dalí y con Cantinflas. Fue un currante incansable que combinó el esfuerzo del aprendizaje con un talento bruto fenomenal. Quizá habría sido mucho más que un cartelista si el exilio no se hubiera cruzado en su vida. Pero, ya se sabe, c'est la vie. Con él desaparece el último miembro de una generación de cartelistas geniales.
CONVERSACIONES SORIANAS

Me dan envidia los fotógrafos. Envidio su capacidad para recoger el instante, el gesto, el ángulo preciso. No me gusta -en general- la fotografía "artística", esos montajes de bodegón posmodernos y evocadores que se empeñan en parecerse a la pintura. Prefiero la fuerza del reportaje, la fiereza del momento, la perseverancia de la mirada. He hecho algún pinito ridículo y estúpido, tengo un buen montón de libros de teoría y técnica fotográficas y Michel -confiando quizá demasiado en mi talento- me regaló hace años una vieja reflex con cuatro objetivos que hoy acumulan polvo junto al trípode y el resto de accesorios. Soy demasiado torpe. Veo la escena, veo la foto que me gustaría, y entonces la busco, pero el resultado siempre es pobre, plano, anodino, estúpido y frustrante. Por eso envidio que ellos sí sean capaces de jugar con esas luces, esos tonos y esas masas. Me maravillo viendo trabajar a los fotógrafos que me acompañan en los reportajes, y he tenido la suerte de trabajar con profesionales y profesionalas de una gran sensibilidad. Como no tengo paciencia, me he dado por perdido y he decidido ser sólo espectador de su arte y de su trabajo. Compro y compraré libros de fotografía, seguiré aprendiendo, pero he decidido no mancillar un oficio que tanto admiro con mis torpes incursiones. Me limitaré a juntar letras, único campo en el que todavía no he dado muestras de grave incompetencia.
Hoy he pasado el día con uno de esos fotógrafos. Alfonso Reyes, inteligente cincovillés de carcajada poderosa, conversación inagotable e incurable argentinofilia (que compartimos, claro está). Hemos recorrido parte de la provincia de Soria, hemos comido cochinillo, hemos pasado frío, hemos escuchado tangos en el coche y hemos hablado del arte, de lo divino y de lo humano, sobre el horizonte plano que enamoró a Machado. Alfonso persigue en sus trabajos el gesto y el momento significativo, así como la belleza de la imperfección y, como Frank Zappa -y como yo mismo-, sólo concibe dos tipos de arte: el que le gusta y el que no. Odia las consagraciones por decreto. Una manifestación artística te llega o no te llega. Te emociona, te asquea, te provoca carcajadas, te remueve o te deja frío. Y si te deja frío, tanto da que el ministerio de Cultura de turno lo haya avalado con su correspondiente subvención. No hay nada que hacer. "Una vez -comenta Alfonso-, unas fotógrafas artísticas estaban intentando convencerme de la superioridad creativa de su obra sobre mi trabajo, y yo les pregunté: 'Si fotografío el estucado de la pared, ¿hago arte?', y me respondieron: 'Por supuesto'. '¿Y el que ha hecho el estucado, no es un artista? ¿No ha hecho una escultura?'. 'No, no es lo mismo'. 'Entonces, ¿quién pone el límite?'". El dilema de siempre: ¿quién vigila a los vigilantes?
Conclusión: no se hace arte voluntariamente. Es una pretensión vana. Uno tiene una serie de cosas que decir y una forma determinada de decirlas, en la que emplea diferentes lenguajes, herramientas y técnicas. Y dice lo que tiene que decir. O lo intenta, al menos. En ese proceso, el experimentalismo y la vanguardia deben ser herramientas que faciliten la expresión, pero no el fin mismo de la expresión.
Satisfechos de haber llegado a un acuerdo (que pocas veces alcanzan las personas), hemos bordeado el Moncayo, sepultado bajo su gorro de nubes, y hemos enfilado, muertos de cansancio, hacia Zaragoza. Ha sido un buen día. Seguro que a Alfonso le han salido unas fotos estupendas. A ver qué maña me doy yo con los textos.
ME TIENEN HASTA LA GOYA

Hora y media en una incómoda silla de plástico he esperado esta mañana en mi consultorio para ser atendido por mi señora médico. Total, tan sólo para que me aprobara una cita con un especialista, que seguramente me darán para dentro de seis o doce meses y tal y cual. Por eso, hoy me siento con derecho a ser un poco demagogo. Heraldo publica hoy que la DGA ha comprado un Goya por 12 millonazos de euros. El día anterior, los médicos denunciaban que faltan más de cien plazas en Aragón para dar un servicio digno, dato corroborado por la saturación de mi centro de salud, y mañana, viernes, muchos facultativos se pondrán en huelga para reclamar diez minutos de atención a cada paciente. En fin, ya sé que es mezclar churras con merinas, pero hoy me siento mestizo: ¿no estarían mejor aprovechados esos 12 millonazos en ampliar plantillas y horarios de los sufridos centros de salud aragoneses? O incluso para contratar a más especialistas y que mi cita no se retrase seis meses que pueden agravar mi mal. ¿Un trozo de tela pintada importa más que el bienestar de los aragoneses? ¿Con qué cara nos dirá el vicepresidente aragonés Biel que no hay recursos para atender las demandas sanitarias?
Recomiendo vivamente la película El tren, de John Frankenheimer -ya reseñada en anteriores jaranas de este garito-, donde este dilema lleno de sutilezas se plantea con elegancia estremecedora. ¿Debe sacrificar una familia la alimentación de sus hijos para tener un Goya en el salón, por ejemplo? En fin, ahí lo dejo caer, aun a riesgo de ser calificado de culturicida, palurdo e insensible.
Al margen de esto, esta mañana, en la sala de espera, me ha dado tiempo de leer la prensa, anuncios clasificados incluidos, de terminarme un librito de un poeta polaco que llevaba a medias y de observar con detenimiento a la fauna circundante. Algunas escenas propias de un documental de National Geographic o de un salón de plenos de Marbella o Telde:
-La depredadora que engatusa con piel de cordero, gritando indignada por la tardanza, mostrando su más plena solidaridad con la aterida manada, para colarse después por una rendija y saltarse cuatro turnos en la cola mientras los cervatillos miramos la puerta estupefactos.
-El elefante marino entrado en años y en kilos, con acento del sur raro en estas frías tierras septentrionales, que se pavonea de un lado a otro, buscando enemistarse con otros machos para llamar la atención de una hembra reumática que responde al nombre de señá Benina y que exhibe la más cruel de las indiferencias ante las evoluciones del macho.
-El patito feo o hijo desgraciado que acompaña a su madre en ese difícil trance buscando así ganarse un amor mil veces negado, pero que sólo consigue ser arrojado desdeñosamente a un rincón con la frase: "Tu hermana sí que es maja y lista, no como tú".
-Por último, he constatado una plaga mucho más dañina y peligrosa que la del mejillón cebra: las de las señoras-reloj. Habitan las salas de espera de todo tipo de consultorios y se caracterizan por gritar cada minuto: "Hay que ver, qué horas, y yo llevo aquí desde las nueve". Al cabo de un rato, descubres que la señora tenía cita para las diez y media. ¿Por qué, entonces, llevaba allí desde las nueve? Elemental, querido idiota: para cumplir su objetivo biológico, que no es otro que el de joder la marrana a todo ser vivo que se cruce en su camino.
Y así hemos pasado la mañana, oiga.
ARTE Y ARTESANÍA

Un día, las lentillas me estallarán en los ojos, porque veo cosas que me obligan a frotármelos tan fuerte, que se me harán añicos. Flipo con el morro que gastan algunos. Comienza el programa de televisión de Sergi Arola en Canal Cocina. El tío se planta más chulo que un ocho frente a la cámara y dice con media sonrisita: "La gente cree que los cocineros que nos dedicamos a la cocina creativa no sabemos hacer ni un caldo. Pues no es verdad". Y acto seguido, se pone a pelar verduras para demostrar cuán equivocado está el vulgo que atasca sus arterias en tascas inmundas. Trata a las verduras tan mal, las destroza con tan poca finura y compone un consomé tan poco apetecible (¡con salsa concentrada de carne en vez de carne de verdad!) que me dan ganas de apagar la tele. Pero sigo, porque mi masoquismo no conoce límites. Y lo que veo es a un cocinero bastante torpe, al que le cuesta pelar y picar cebollas, que no parece distinguir unos cuchillos de otros... Llego a la conclusión de que, a Arola, hace muchos años que las tareas "menores" de la cocina se las hace un pinche andrógino y anónimo, que puede que ni siquiera esté dado de alta en la Seguridad Social. Es alucinante: pretende demostrar que domina las técnicas pese a ser "creativo", pero sólo logra quedar en evidencia, dando la razón a sus críticos. Y de postre, se fuma un puro para celebrar su genialidad.
No me cabe duda de que tras la máscara de la vanguardia se esconde mucho incompetente, y que eso pasa en muchas disciplinas, pero alucino con que dejen al descubierto su fraude. Sin embargo, todo estudiante de arte sabe que Picasso se dejó los ojos y las manos aprendiendo las técnicas "tradicionales" de su oficio para poder transgredirlas después. Sería escandaloso que un escritor neovanguardista fuera incapaz de contar una historia con cierto orden, respetando canónicamente el plantemiento-nudo-desenlace, pero ya me espero cualquier cosa. ¿Sabrá Frank Gehry distinguir un muro maestro de un tabique? ¿Podrá Luis Antonio de Villena componer unos sonetillos a la manera antigua? ¿Julio Medem es capaz de encuadrar y montar los planos que componen una secuencia sencillita? Después de ver lo visto, uno duda ya de todo.
En fin, yo mismo he recibido originales de individuos que se creen sublimes estetas del verbo y he perdido tardes enteras sanando sus maltratadas sintaxis y refrescando las más elementales normas de puntuación. Al fin y al cabo, ¿para qué quieren conocer la gramática, si ya tienen pinches, como mi propia personita, que les salvan los muebles? Yo sólo conozco el terreno literario-periodístico, pero si el panorama es extrapolable al resto de las artes, me pensaré muy mucho entrar en celebrados edificios vanguardistas, no vaya a ser que su autor haya olvidado las reglas de la resistencia de los materiales y todo su genio se me venga encima. Javier Marías, cuya efigie no figurará precisamente junto a la de Nebrija, se hacía eco hace poco de las quejas de sus amigos correctores y traductores editoriales, que reciben unos textos que dan asco. Si a ellos se deben los escasos errores que encuentro en los libros que leo, chapeau, y les transmito mi solidaridad más profunda, pues la de corrector es una de las tareas más ingratas del mundo impreso, pero una de las más necesarias. Hay veces en que me cojo tal cabreo ante algunos monumentos literarios depositados en la bandeja de entrada de mi correo, que archivo el original con ánimo de venganza. Como alguna vez tenga un problema con este tipo, se lo voy a restregar por su satisfecha jeta de cemento, pienso. Menos mal que siempre olvido dónde archivo los papelotes.
El desprecio por la técnica, por el amor callado al oficio, y por el ciudado y el mimo es marca de fábrica del siglo XX. En parte, es una reacción natural que responde a una sana actitud punk, pero ha sido legitimada por una industria que lo quiere todo y lo quiere ya, lo que termina siendo un fermento propicio para el fraude y los aprovechados. Sólo espero seguir teniendo la suficiente intuición para descubrir entre líneas lo que merece la pena de lo que no es más que puro humo. Lo tengo jodido, ¿verdad? Para empezar, Sergi Arola se puede ir olvidando de mí en cualquiera de sus miles de restaurantes. Al menos, hasta que aprenda a hacer un caldo. He dicho.
INCOHERENCIAS SUBVENCIONADAS

Hay algo que no termino de entender en la carta abierta de María Giménez a la ministra de Cultura. Por un lado, dice que la "limosna" de 30.000 euros que ha recibido del Estado es tan pacata que le va a obligar a cerrar su compañía de ballet clásico. Por otro lado, define su empresa como "una realidad que llena teatros y recibe calurosas críticas y felicitaciones". Me lo expliquen: puedo entender la necesidad de una magna subvención si -como les sucede a tantos y tantos grupos musicales, teatrales y de danza de este país- su público se reduce a sus papás, sus primos hermanos y la taquillera que se lima las uñas mientras bosteza. Pero, si, según propia confesión, Giménez "llena teatros", ¿para qué diantres quiere una subvención? ¿Es que el público no paga la entrada? A lo mejor, lo que necesita son guardias jurados que obliguen a los espectadores a pasar por taquilla antes del espectáculo. Hay mucho colón suelto y mucho periodista con acreditación que se apunta a un bombardeo.
En fin, pero en asuntos culturales hay que andarse con ojo, porque sucede algo parecido a lo de los israelíes con el antisemitismo: en cuanto alzas una palabra en contra del clientelismo y de la simonía dominantes, se te echan encima, tachándote de cerdo analfabeto que quiere que la cultura se pudra. No, señores, no quiero eso, ni mucho menos. Ni siquiera deseo la desaparición del ballet de María Giménez, aunque yo no vaya a verlo. Lo único que pido -como contribuyente- es un poquito de coherencia. Acusar al ministerio de "boicot" por no conceder la subvención solicitada me parece, por lo menos, excesivo y un punto paranoide -amén de insultante para todos aquellos que ni siquiera huelen el dinero público-. Pero qué sé yo. Aquí debajo tenéis la carta completa que ha enviado a la prensa la bailarina, para que juzguéis vosotros mismos. Mientras la leeis, voy a redactar una indignada misiva a Carmen Calvo para decirle que su subvención por el blog no me da ni para pipas. De hecho, no me da ni para un vaso de agua, y yo me desgasto mucho los dedos tecleando. A ver si me financian un dedal o algo, que para labor cultural, la mía y la de mis colegas. Ah, y si María Giménez no quiere los 30.000 euros porque le saben a poco, que me los dé a mí, que con esa pasta le pongo yo unos remates dorados a esta página, contrato a un negro que me escriba y me financio un crucero para recabar anécdotas que den contenidos nuevos al blog. Fíjese usted por cuántos conceptos puede darme subvenciones: creación de puestos de trabajo, embellecimiento de internet y difusión de los placeres del mundo entre el vulgo hispano. Traiga para acá esos eurazos, que yo pondré el arte, señora ministra.
Yo, como directora del Ballet Clásico ARTE 369, me siento en la obligación y con el derecho de comunicar públicamente a los medios, que, tras el boicot que el Ministerio de Cultura continúa ejerciéndome, el Ballet Clásico -única compañía de este género en España- tendrá que desaparecer.
La Sra. Carmen Calvo ha otorgado al Ballet ARTE 369 una subvención con la misma cuantía -o más bien limosna- que el año pasado, es decir 30.000 euros, cantidad que se gasta en 6 meses tan sólo pagando la Seguridad Social de su compañía.
La Sra. Calvo se debe sentir con el derecho de privar al gran público español de una parte del ARTE, así como no valorar, ni apoyar la iniciativa única en España de alguien que ha hipotecado todos sus bienes y ha entregado con gran generosidad toda su dedicación y experiencia para crear, de la nada y sin ayuda, lo que en un principio fue un proyecto y hoy una realidad que llena teatros y recibe calurosas críticas y felicitaciones.
Los intereses que mueven a este Ministerio no son sólo para despreciar sino para destruir lo que con tanto esfuerzo y sacrificio he logrado crear con mi equipo; y eso es algo que, aunque oculto, sigue siendo una aberración hacia la Cultura.
He enviado telegramas a la Presidencia del Gobierno y a la ministra de Cultura suplicándoles una ayuda o, al menos, una entrevista. Al parecer el Arte no les interesa, o, al menos, el Ballet Clásico. La Sra. Calvo está demasiado ocupada como para entrevistarse o enviar una carta a la persona que ha conseguido crear y demostrar lo que su Ministerio considera un costoso imposible sin interés para nadie.
Foto: María Giménez
DE TAPAS

Pese a que algunos preferían cenar sentados, con sus posaderas relajadas, finalmente, los que abogábamos por la opción del tapeo nos impusimos a costa de humillar cruelmente al otro bando. Y es que hacía tiempo que no cenábamos de tapas por Zaragoza, y de unos años a esta parte, la zona de la calle Estébanes, con sus retorcidas callejas amenazadas por piquetas y andamios municipales, ha recuperado mucho saborcillo, mucha vida, y da mucho gusto ver cómo una zona de la ciudad se despereza, acostumbrados como estamos a verlas languidecer.
En torno a la veterana y casta Bodegas Dalmau, con su mostrador de madera y su olor a vino derramado, han ido abriendo en estos dos últimos años un razonable número de garitos taperiles donde tomar una caña o un vino de pie. Cada uno con su tapa especial: berenjenas con miel, anchoa con pepinillo, calamares, las ballenitas de la Ballena Colorá... Imaginación, buen rollo y modernidad. Dicen que Zaragoza es una ciudad gastronómicamente muy inquieta -pese a que no tenga restaurantes con estrellas Michelín-, y ya nos habíamos acostumbrado a cenar raciones de calidad y originales en un montón de locales, regados con afrutados tintos de Somontano o de Borja. Con platos aragoneses, reinventando las migas y el jamón. El otro día, Arzak elogió a esos jóvenes cocineros zaragozanos que están escarbando en las raíces de su tierra para sentar las bases de sus creaciones. Y eso está bien, pero, ¿qué pasa con la tapa? La tapa de toda la vida, la que se toma de pie, con palillo, entre amigos, haciendo la ronda de un sitio a otro.
Se hacían concursos, se había sofisticado mucho la cosa, pero yo echaba de menos algo como lo que está pasando en la calle Estébanes, donde se produce ese encuentro festivo y coleguil. Cada fin de semana, las viejas calles medievales, hechas una mierda hasta hace poco, se llenan de vida. Anoche, además, se inauguró una instalación en un solar cuyo muro ha sido derribado dentro del ciclo Los vacíos cotidianos, del festival En la frontera, que por tercer año consecutivo llena las calles de la ciudad de arte. La responsable del asunto, la italiana residente en Zaragoza Patricia dei Monti, saludaba a diestro y siniestro y estaba encantada del éxito de su idea, la de recuperar los miles de solares baldíos que hay en el Casco Histórico.
Pese a la incomprensible indignación de unos pocos (que miran con suficiencia las "intervenciones", dan codazos a su acompañante y sueltan una serranil carcajada mientras escupen: "¡No me jodas que esto es arte, Eustaquio! ¿Pues qué será lo que echo yo por el culo por las mañanas? Jajajajaja"), se entiendan o no los tinglados de En la frontera, es indiscutible que alegran el paseo, que dan nuevas perspectivas sobre la ciudad y que invitan a imaginar nuevas formas de vivirla. ¿Qué tiene eso de malo? A mí me encanta encontrar una sorpresa en calles que me sé de memoria. Y si me puedo tomar unas tapas mientras tanto, pues mejor que mejor.
Porque la tapa es una cultura que hay que entender y saber practicar, y no todas las ciudades saben. Cuando viví en Castellón, que tiene una infame zona que ellos llaman de "tapeo" y donde sólo hay cerdadas grasientas e incomibles, un amigo dijo una noche: "A los de Castellón les pasa con las tapas lo mismo que a los japoneses con el flamenco: que les vuelve locos, pero no lo entienden". En Zaragoza, por suerte, se entiende de tapas. Y la cosa va a más.
EL GABINETE SECRETO (2)

Puede que me equivoque, porque cito de memoria, y después de un día de trotar por varios pueblos de Aragón no me apetece buscar la cita exacta -tarea pendiente para otro día-, pero creo que Francisco Umbral habla de su pene en algún momento de Mortal y rosa (¿Y cuándo no habla de su pene?, se preguntarán los maliciosos, a lo que me veré obligado a responder que algunas veces también habla de su pelo, de su pluma, de su pecho y de otras muchas cosas que empiezan por "p" y que sólo tienen en común pertenecer a su nunca bien ponderado ego. Mis perdones a los umbralianos). El caso es que -creo, estoy casi seguro- Umbral dice en algún momento que las artes plásticas sólo se han atrevido a representar penes flácidos e inofensivos. El pene erecto es demasiado agresivo, demasiado dominante, demasiado distorsionante para cuadrar en una representación erótica. El pene erecto se asimila -siempre según esta torticera evocación umbraliana- más con un arma que con el placer, es decir, más con Thanatos que con Eros.
Pues bien, resulta que en cuanto se sale de los castos Museos Vaticanos, donde los penes fueron debidamente cincelados o cubiertos con hojas de parra de yeso, las erecciones abundan por doquier, y el Gabinete Secreto de Nápoles está lleno de figurillas, estatuas y relieves con penes gloriosamente henchidos e hinchados. Como muestra, las tres patas que sostienen este brasero que calentaba las ya de por sí calientes noches del lupanar de Pompeya. Su adscripción a Eros y no a Thanatos (aunque bien se puede morir de placer) está fuera de toda duda, pese a Umbral, que espero que no se asuste cual colegiala impúber ante estos inofensivos objetos viciosos.
Continuará...
EL GABINETE SECRETO (1)

Si pudiera encontrar el cuerpo originario al que pertenece mi desgastada y escurridiza alma, me gustaría que ese armazón de sangre, músculos y huesos fuera la de un noble del Setecientos. El éter, esos 21 gramos de gas que dicen que pesa el alma, se escaparía por la tráquea abierta un segundo después de que la hoja de la guillotina separase la cabeza del cuerpo. Desde ese momento, mi espíritu sobrevolaría multitudes de descamisados que celebraban cómo mi sangre se escurría por los adoquines de París, y pasaría sonriente sobre revoluciones de barricadas, industriales pragmáticos, poetas victorianos acuchillados por el opio, jovencitas descocadas que ven su fox-trot interrumpido por las orugas de los tanques alemanes que cruzan las Árdenas, nazis que se revientan la cabeza en su última primavera berlinesa y, finalmente, jóvenes melenudos que descubren el LSD. Satisfecho tras contemplar la historia de Europa, el espíritu del viejo y libertino noble quizá eligió uno de los bebés que nacieron en Madrid a finales de los 70. Quizá me eligió a mí como soporte de su fantasmagórica presencia. Si existie eso de la reencarnación, yo elijo ser un cínico y cruel marqués que ama por igual sus hectáreas de viñedos y sus escondidas estancias del más sucio placer.
Sólo así habría podido tratar a Emma Hart-Hamilton, más conocida como Lady Hamilton, la picante y desinhibida alegría de todas las fiestas de la corte del rey de Nápoles, que no pestañeaba un segundo cuando cualquier pintor le pedía posar desnuda como una antigua diosa para él. Mientras Europa temblaba bajo las botas de Napoleón, el desproporcionado y borbónico palacio real napolitano disfrutaba de las elegantes y eruditas ocurrencias de la esposa del embajador inglés (Alexander Korda llevó su romance con el almirante Nelson al cine en 1941, en una pastelosa producción con Lawrence Olivier como el bravo militar y Vivien Leigh como Lady Hamilton. Desde entonces, ningún director ha vuelto a acercarse al mito, y el cine se merece que alguien cuente esta historia bien contada, sin cursilerías ni melodramas).
Lady Hamilton, de baja cuna, había medrado en la liberal y desquiciada Inglaterra de la época, capaz de dar hijos como Shelley y Lord Byron. Había conquistado muchos corazones, pero sólo uno la llevó al altar: el prestigioso físico y matemático dublinés William Hamilton, nombrado embajador del rey de Inglaterra en Nápoles. Con él se marchó a la entonces bulliciosa y cosmopolita capital del sur de Italia, antigua joya de los desaprensivos reyes aragoneses y erial tributario de los decadentes borbones que caían guillotinados en Francia entonces. Uno de esos borbones, el futuro Carlos III de España, ilustrado, inteligente y amante de paseos y paisajes, había mandado descubrir, al otro lado del Vesubio, las ruinas de la fantástica Pompeya. Cuando Lady Hamilton llegó a Nápoles, los sucesores del buen Carlos seguían la tarea iniciada, y llenaban las habitaciones de un palacio con los objetos maravillosos que se extraían por quintales de las ruinas. Ese palacio es hoy el Museo Arqueológico Nacional de Italia, y su visita bien merece un viaje por sí sola.
William Hamilton coleccionaba arte, y las ruinas de Pompeya y Herculano eran una mina. Bastaba agacharse y recoger lo que la vista ofrecía. En Nápoles logró reunir una gran colección de piezas romanas, y guardaba con especial cariño un grupo destinado al disfrute de sus más allegados. Príapos con descomunales penes, consoladores de mil formas, medallas con grabados sodomitas, ánforas decoradas con escenas de penetraciones, brutales sátiros forzando a ninfas... Una delicia erótica muy conocida entre los círculos nobles, desaprobada con exagerado escándalo por la Iglesia y discretamente ignorada por el rey, que no aprobaba las paganas diversiones de sus cortesanos, pero tampoco las censuraba.
Hamilton no era el primero que reunía piezas parecidas. La Iglesia sabía de su existencia desde el siglo XVI, y debido a ellas muchos pensaban que Pompeya sucumbió bajo la lava por un castigo divino, ya que era una ciudad tan depravada como Sodoma y Gomorra. En el XVI, el erudito francés Louis Chaduc tenía una colección de 180 piezas donde se representaban "todas las extravagancias amorosas de la Antigüedad griega y romana". El interés de los renacentistas por los romanos y sus costumbres eróticas llevó a Giulio Mancini, a instancias del papa Pío V, a establecer en 1619 unas normas de exposición de las obras antiguas con desnudos y escenas obscenas: no debían situarse en jardines ni en lugares visibles. El padre de familia debía habilitar una estancia privada para ellas y dejar entrar sólo a gente apropiada, y siempre bajo su tutela.
Ni una sola de estas normas se seguía en el palacio de los Hamilton, donde cualquier visitante podía disfrutar, guiado por la sagaz y divertida mujer de la casa, de todo tipo de objetos eróticos. Ella misma estaba fascinada por las piezas, que le descubrieron una Roma sensual, hedonista, mundana, placentera y deliciosamente adicta al sexo. Mientras el Marqués de Sade escribía en Francia Justine, Lady Hamilton se convirtió en una de las primeras mujeres europeas que descubrió el gusto por el erotismo. Fue una gran pionera, una maestra de sutiles perversiones. Todos los aficionados a esa parcela del arte donde el sexo es un fin y no un medio le debemos estar agradecidos. Quizá fue su sensibilidad femenina o su azarosa vida o su inteligencia refinada, pero gentes como ella han hecho pervivir la mejor colección erótica del Occidente, que se guarda en Nápoles. Alexander Pope, por ejemplo, dijo que aquello no eran más que "dioses sucios", y Stendhal apuntó indignado en su cuaderno, tras visitar Pompeya y ver la inscripción que indicaba dónde estaba el lupanar: "¿Qué pensaría una mujer honesta que habitara en Pompeya y que se viera obligada a leer todos los días esta inscripción al pasar por esta calle?". Lady Hamilton, por fortuna, tenía otra mirada mucho menos cerril.
Hoy, estos objetos forman parte del Gabinete Secreto del Museo Arqueológico Nacional de Italia, antes llamado "gabinete de los objetos obscenos". He estado en varios museos eróticos y ninguno es comparable ni por asomo con las salas del Gabinete Secreto. Una maravilla. La historia de cómo han llegado estas obras hasta nosotros, pese al ansia destructora de curas, reyes y moralistas, es casi tan fascinante como la colección misma. Colgaré en el blog algunos objetos, como este estupendo relieve del lupanar de Pompeya, mientras os la cuento.
Continuará...

