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¿LA ENFERMERA PRICE?

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Antonio, un amable lector (amable lector, amable oyente... Cómo me gustan esas expresiones que me hacen sentir como una Elena Francis cualquiera), me manda por mail esta foto con el asunto "¿Jenny Agutter?". Se refiere a la señora de la izquierda junto a la ventanilla. Bien pudiera ser, la verdad. Y si no lo es, nos lo imaginamos. Es el metro de Londres, y la foto la ha tomado un amigo de Antonio. La otra, por cierto, es la típica amiga inglesa hortera que toda mujer británica tiene que llevar al lado por decreto.

Jenny inauguró la galería de erotismo olvidado y segundón de este blog, y ocupa en ella un puesto de honor por varios eromomentazos de la peli Un hombre lobo americano en Londres, del maestro John Landis.

-He tenido cuatro amantes en mi vida, tres de ellos en una sola noche -dice en la peli. Tímida, bajando la mirada. Y todos nos derretimos, todos querríamos ser el quinto y deshacer esa cama fría setentera de apartamento cutre londinense.

Ahora tendrá unos 55 años y sigue currando en la BBC. Sin proyección internacional, se ha convertido en una más de las muchas damas del elenco de la BBC. Carne para matrimonios sedentarios de Cardiff que se aburren los domingos en el sofá después de comer. Pero fue grande. Fue la enfermera Price de Un hombre lobo americano en Londres. Fue una de las chicas de La fuga de Logan. Ahí es nada.

02/11/2008 13:18 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

LÁGRIMAS DE CINEASTA

Me dijo hace unos días un amigo: "Me estoy dando cuenta de que, en general, los bufones no le caen bien a la gente normal o que pretende ir de seria. Les repatean los higadillos, no los soportan, les tienen una aversión terrible". Por bufones mi amigo se refería a todos aquellos que con su oficio y talento se dedican a divertir y emocionar a la gente, ya sea sobre un escenario o desde una pantalla. La gente de la farándula, vaya. Y es verdad: los señores con corbata les tienen paquete. Siempre ha sido así. O bien temen que sus hijos se conviertan en unos de ellos o les envidian amargamente porque ellos llevan la vida que quieren y no tienen que pasarse el día encorbatados y estrechando manos de gentuza a la que desprecian. En el fondo, son resabios medievales. No hemos abandonado del todo el feudalismo: es el mismo odio que los cortesanos profesaban a los bufones del rey. Y entonces como ahora, sólo le ríen las gracias al bufón si el rey ríe primero.

En España, que para algunas cosas sigue siendo un país raro, el desprecio hacia el artisteo está más arraigado. De ahí que algunos se sientan despreciados sin razón (veáse Javier Bardem). Sólo Jiménez Losantos lo dice abiertamente, pero sobrevuela la idea de que quienes se dedican a esas cosas, y más si lo hacen con una vocación un poco atrevida o vanguardista, son unos vagos, unos jetas y unos parásitos que viven de la gente honrada y trabajadora. En el resto de Europa sólo los cabestros redomados piensan así, pero en España, a poco que escarbes en una conversación, afloran los viejos prejuicios. En eso nos parecemos mucho más a los Estados Unidos profundos: es la misma ignorancia satisfecha, expresada con idéntica brutalidad.

Por eso -y por otras complejas y menos nobles razones-, la farándula española vive a la defensiva, y en parte de ella se ha enquistado una altivez y un permanente sentimiento de agravio que hace que incluso quienes somos adictos a su arte, quienes les seguimos y les disfrutamos, nos distanciemos de sus aires de divos mal follados. Hace falta mucho ingenio y mucho talento para que un divo resulte atractivo, y el ingenio y el talento son bienes muy escasos.

Si unimos este talante secular a una situación de crisis en las que, especialmente las gentes de la música y del cine, están viendo peligrar sus ingresos y su forma de vida, el cóctel puede propiciar un desquiciamiento mental que les lleve a romper cualquier barrera de sentido común. La carta que se publica hoy en El País (para leer, pinchar aquí) es un síntoma de que, definitivamente, los cineastas han terminado de enloquecer y ya no soportan más este mundo en el que viven. Podrían aprovechar ese pathos subido y canalizarlo artísticamente, encerrarse en su Quinta del Sordo particular y ponerse a trabajar como Stajanovs puestos de anfetas. Seguro que salía algo interesante de ahí. Pero en lugar de eso, se han juntado (en comisión, comité o alguna gaita de esas sindicales a las que son tan aficionados los creadores presuntamente individualistas) y han mandado una carta para echarle la bronca a un periódico y a un crítico porque no se sienten apoyados. Lloran y patalean a la vista de todos, como niños malcriados porque no les han hecho el caso debido durante el Festival de Venecia, y sueltan hipérboles como esta, sólo achacables al delirium tremens:

Pero hay más: ya puesto, el cronista [Carlos Boyero] advierte a los distribuidores españoles del mal que les acecha si se deciden a importar esta clase de películas, conminando a los exhibidores a no programarlas. Grave actitud, que se parece mucho a una censura previa, y que, de prosperar, privaría a los espectadores de ver y juzgar por sí mismos. Se trata de un asunto mayor, de estricta política cinematográfica, ante el cual lo esencial no es tanto el punto de vista del redactor como el del medio al cual representa. (Las negritas son mías, fruto de mi asombro).

¿Censura previa? ¿Asunto mayor? Les resumo muy brevemente qué pasa aquí. Carlos Boyero es un crítico curtido, curado de espanto y que cobra un pastón. Posee una prosa corrosiva, que ha convertido ya casi en cliché, pues dejó de cultivarla hace mucho, pero que sigue resultando efectiva y atractiva para quienes le seguimos. Es un tipo que, en sus largos años de profesión, ha demostrado tener muy buen ojo para el cine, un criterio afinado y una enorme gracia y honestidad a la hora de expresar sus impresiones. Eso le ha convertido en uno de los críticos más seguidos en un país que no sigue a ningún crítico. Las cosas como son: Boyero tiene fans, y yo a ratos soy uno de ellos. Cuando tiene la tarde inspirada, un artículo de Boyero es una lección de periodismo de primera.

Pues bien, a este crítico con fans nunca le han convencido los alardes de la postmodernidad. Es una de sus características, todo el mundo sabe de qué pie cojea y nunca lo ha ocultado. Odia los "ejercicios de estilo" y los "aires de melón". Él defiende un cine de chicha, que te deje lleno, que te golpee en la cara, que te emocione. Está en su derecho, y a quien no le guste, que no lea. Hay otros críticos que sí siguen la corriente de la postmodernidad, sólo faltaría que todos tuvieran que ir de la mano por la senda constitucional.

Lógicamente, todos los cineastas que se encuadran en esos ámbitos tienen muchas posibilidades de que sus películas sean trituradas por la termomix de Boyero, y esta vez se han cansado. A los señoritos no les gusta el crítico ni el lenguaje arrabalero que emplea, y han ido a chivarse al director del periódico, como una mafia organizada. Exigen que el periódico tome partido abiertamente en esa guerra y que decida si está con "el cine de autor" o contra él. Es un ultimátum en toda regla.

No digo yo que no estaría mal que ese periódico (cualquier periódico) tuviera un elenco de tres o cuatro críticos afinados en sensibilidades distintas y que le aportaran al lector todas las caras posibles del prisma. Enriquecería al periódico y al lector, sin duda. Pero lo que resulta de una soberbia mafiosil insoportable es el tonillo que acusa de "censura previa" al crítico, como si fuera un oficial de la Falange.

Entiendo que a quien ha invertido tanto tiempo y esfuerzo en crear una obra personal, fruto de sus entretelas más ardientes, le reviente el hígado ver cómo un crítico la despacha con dos golpecitos leves de ingenio escritos en una habitación de hotel. Y le reventará mucho más encontrarse al día siguiente a ese crítico acodado en la barra del bar del festival de turno pimplándose un lingotazo de whisky que ha pagado con el dinero ganado destrozando su peli. Pero es el juego, amigo: cuando uno somete su obra al público, y encima lo hace por cauces tan institucionales como los de un festival, se supone que está aceptando las reglas del juego, y esas reglas dicen que el crítico está ahí para decir lo que le salga de sus santísimas pelotas. Con fundamento o sin él, puede decir lo que quiera de una obra que el artista ha decidido comunicar al mundo. Si no quiere que se la critiquen, que la guarde en un cajón y se la enseñe a sus amigos.

Por suerte, Boyero, a fuerza de estilo y trabajo, tiene una firma y una reputación que le garantizan una independencia a prueba de bombas. Nadie, salvo el alcohol que se ingiere en los festivales, condiciona su discurso. Por eso tiene seguidores, porque saben que no escribe al dictado de nadie, porque nunca hay temblor ni condescendencia en sus textos.

Además, seamos seríos, señores Marías, Guerín, Erice y compañía: ¿de verdad creen ustedes que sus pelis se comen los mocos porque Boyero las despacha con un par de palabrotas? ¿Cree que las palabras de Boyero pueden inhibir a un solo espectador? Le atribuyen un poder que no tiene. Claro que es más fácil echar la culpa de los fracasos al bocazas criticón o al ignorante vulgo que le sigue aborregado. Además, que yo sepa, Boyero es la única voz disonante en un corifeo de alabanzas hacia la obra de todos los firmantes de esa carta. Cada nueva película suya recibe un tratamiento exquisito por parte de la crítica, y sólo Boyero y algún que otro loco más se atreve a disentir. Vamos, que esto se parece más a un linchamiento de cien cineastas a un crítico desarmado y envejecido. ¿Quién agrede a quién?

13/09/2008 13:51 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 5 comentarios.

MI MESA COJEA

Ando liadete estos días, pero para que no digáis que tengo abandonado el blog, voy a hacer una cosa que hacen mucho los blogueros: cortar y pegar cosas que leen por ahí. No asustarsen, que no me he vuelto todavía tan vago y soy demasiado narcisista como para dejar que otros acaparen la gloria de mi blog, pero es que llevo unos días leyendo la bitácora de Mi mesa cojea, que escribe un guionista de El hormiguero, y algunas cosas me parecen más que brillantes, sublimes. Quería compartirlo con vosotros. Este post se titula Argumento para la película española total:

Un hombre se despierta en mitad de Madrid. La ciudad está desierta. Él quiere saber lo que está pasando, alucina, está turbadísimo. Pone cara de “estoy turbadísimo”. Primer plano, que se entienda que está turbado.

Entonces se despierta. Todo ha sido un sueño. Se toca las tetas para comprobar que sigue siendo el mismo travesti yonki de Barranquillas de toda la vida. Tiene una vecina vieja muy dicharachera que dice cosas graciosas en tres secuencias repartidas por toda la película.

La travesti queda con sus amigas putas en paro (una de ellas argentina), que hablan como si hubiesen escrito una tesis sobre Schopenhauer cada una. Para que el diálogo no parezca demasiado irreal, de vez en cuando alguna dirá “cómeme el coño” y todas se reirán. El camarero es muy majo (¿Javier Cámara?).

La travesti se reúne luego con su abuelo. Entra flashback (o viaje en el tiempo, por definir). Contamos una anécdota ambientada en 1937 (posible cameo de Santiago Segura) que muestra la locura fraticida con un punto de amarga comicidad (o cómica amargura, por definir).

Al concluir el flashback/viaje en el tiempo, la travesti confiesa a su abuelo que a veces siente como si cayera en un túnel y, ¡flop!, saliera en mitad del cuento. El abuelo le dice que no le diga más, que eso es porque se llama Pepa, que es un nombre capicúa y los nombres capicúas son lo mejor y lo peor al mismo tiempo. La travesti le dice que Pepa no es capicúa y que además ella se llama Cristina (aunque en su DNI todavía pone Alberto). El abuelo, desconcertado en exceso, grita desconcertadamente que está atrapado en una pesadilla surreal, y exige a voz en grito que alguien le diga la verdad.

A negro. Sobre negro, la voz de cualquier mujer del mundo menos Najwa Nimri susurra: “Graminauer”.

El abuelo se despierta. Todo ha sido un sueño. Vuelve a estar en su casa, que es 10 veces más grande de lo que debería ser para alguien de su clase social para que quepan los focos y eso.

El abuelo se asoma por la ventana y ve, en el piso de enfrente, un desnudo completamente gratuito. Pubis sin depilar, negro como el alma humana (relación hipertextual con la anécdota de la guerra civil). Al bajar la vista a la calle, el abuelo presencia un atentado de ETA (un pistolero dispara en la nuca de un policía). Mientras el etarra huye por la calle, de pronto, cae postrado de rodillas. Vemos el arrepentimiento en su mirada. Se ha redimido.

Pero el abuelo, al comprender la terrible negrura que habita en el corazón de las personas (inserto fulminante del pubis negro), convoca a la prensa para hacer público su deseo de una muerte digna, pero la prensa no va porque está cubriendo una manifestación contra la guerra y contra el terrorismo y a favor del 0´7 y el ecologismo.

En este momento el espectador se percata de que la puta travesti era Javier Bardem, solo que estaba tan bien caracterizado que ni se le reconocía (¿soy yo o huele a Goya por aquí?).

El abuelo abandona la idea de la eutanasia y comprende que la vida es luminosa, colorista, maravillosa (para agilizar el final de la película nos ahorraremos la evolución del personaje).

Acabamos con planos de la ciudad urbana, con sus semáforos, sus inmigrantes y sus cosas, y una voz en off esperanzada que concluye diciendo: “La vida es una mierda, pero al menos hay fútbol” sobre música de Alberto Iglesias. Funde a negro y títulos de créditos.

Nota: eliminar las referencias a España de cara a un posible remake americano

14/05/2008 02:16 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

MÁS FARSO QUE LA FARSA MONEA

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Llamadme inculto, necio y truhán, pero hasta la pasada madrugada no había visto esa maravilla titulada Fraude (F for Fake) que Orson Welles hizo en 1975, cuando disfrutaba de su plácido y obeso ocaso. La echaron en Aragón Televisión, una cadena que suelo pasar de largo en los zappings porque siempre hay tíos engominaos hablando de la nieve del Pirineo, del dance de Mallén, de comunicaciones transpirenaicas o de plataformas logísticas (sí, acuchilladme por decir esto, pero sé que en el fondo pensáis lo mismo). Sé que no es cierto del todo, sufridos compañeros del ente aragonés, pero por unas cosas o por otras, nunca me interesa lo que emiten a las horas a las que yo veo la tele (que reconozco que suelen ser horas raras). Así que, anoche, aburridos después de volver de una cena, íbamos a pasar de largo, pero las barbas de Orson nos retuvieron. Estaba empezando Fraude, la peli de la que tanto había oído hablar y que nunca se me había ocurrido descargar de la mula. Por supuesto -pensé- a una hora imposible para la gente que tiene horarios racionales. Para variar.

Como tirón de orejas hay que decir que, por norma general, doblar la voz de Orson Welles debería ser un crimen equiparable al de pintar un graffiti en la Gioconda. En esta peli el gran Orson recita a Kipling, y a nosotros sólo nos llega su imitador-doblador declamando ridículamente una mala traducción. O sea, que mear en la pila de agua bendita de una iglesia es un sacrilegio, pero esto no. ¿En qué mundo vivimos? El culpable de ese doblaje debería ser maniatado y arrojado en el desierto monegrino con las tripas abiertas para que picoteen los buitres en él. Pero no me voy a poner quisquilloso, así que sólo diré: si emiten la peli a las tres de la mañana, estoy convencido de que a los tres o cuatro noctámbulos fans que estábamos en ese momento viendo la tele no nos hubiera importado nada verla en versión original. Hagan la prueba, de verdad.

Lo que importa: Fraude. Qué grande fue Orson Welles. Creo que la industria farmacéutica debería abandonar todas sus investigaciones sobre enfermedades como la malaria, el cáncer o el sida para centrarse en una píldora que diera inmortalidad a gente como Welles. La humanidad no puede permitirse su muerte, especialmente cuando demuestran que su vejez no es un chocheo inaudible, sino un esplendor deslumbrante. Welles, a los 60 años, estaba hecho un chaval. Murió con 70, y seguía hecho un chaval. Un chaval travieso, pícaro e hiperactivo.

Fraude es una maravilla inclasificable. A primera vista, es un documental sobre el más grande falsificador de la historia del arte, Elmyr de Hory, retirado en la isla de Ibiza y riéndose, con una copa de coñac en la mano, de todos los expertos en arte del mundo. ¿Cuántos Modigliani de Elmyr de Hory han sido autentificados como verdaderos Modigliani? ¿Y cuantos Monet? "Si los abogados nos dejaran -dice un soberbio y barbudo Welles vestido con capa y sombrero negro-, podríamos hablarles de un famoso museo europeo que tiene un montón de Elmyrs creyendo que son Modigliani".

Con un montaje trepidante y desquiciado, casi en torbellino, Welles nos promete decirnos la verdad durante una hora. Pero el documental dura hora y media. Así que todo acaba convirtiéndose en un sofisticado juego sobre la verdad y el engaño, y sobre cómo los engaños devienen verdades, y sobre la impostura y la propia voz auténtica que emerge entre la impostura. Hasta el propio Welles se pone a prueba y recuerda su etapa de "falsificador", cuando falsificó una invasión alienígena en La guerra de los mundos o cuando fingió ser actor con 18 años para ganar un dinero en Dublín y acabó convirtiéndose en verdadero actor (¿o ha estado fingiendo toda su vida?). "A partir de ahí -dice Welles-, he ido cuesta abajo: ésa fue mi cumbre". Se refiere a su etapa de vagabundo en Dublín, claro.

Todo esto, por supuesto, escenificado en el decadente decorado de Ibiza y de París. Entre marisco, vino de Burdeos, calles encaladas y coñac en copa de balón. Una orgía para celebrar la verdadera (¿o falsa?) decadencia de la civilización europea, escenificada en la incapacidad del arte (cumbre de la civilización) para reconocer el verdadero arte. Un verso de Kipling resuena durante toda la peli: "Es hermoso, pero, ¿es arte?". 

Yo también me presenté un buen día en un periódico y me puse a escribir. Desde entonces, todos me toman por periodista, y alguno hasta se atreve a llamarme escritorzuelo. Pero es probable que sólo esté fingiendo y que mis reportajes y columnas sean tan falsos como las falsificaciones de Elmyr. Puede que este blog sea una falsificación también. Puede que no exista Sergio del Molino. 

Seguiremos indagando. 

11/04/2008 13:42 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 4 comentarios.

CHARLTON HESTON

Otro que se va. Creo que ya no quedan grandes por irse.

Aquí va un pequeño homenaje de cuando fue rescatado como personaje de El informal:

 



También he escrito algo más serio sobre su paso por Aragón en 1989. Lo puedes leer hoy lunes en Heraldo o directamente pinchando aquí .
07/04/2008 00:17 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 8 comentarios.

PETER LORRE, POR LOTTE JACOBI

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En el Museo Picasso de Málaga hay ahora una estupenda exposición de fotografía de la primera mitad del siglo XX. Recorriéndola este fin de semana me he llevado la agradable sorpresa de tropezar con este retrato del actor alemán Peter Lorre hecho por su compatriota (y también colega de exilios) Lotte Jacobi. Es un retrato fantástico en el que le ha pillado un punto cortazariano en el gesto. No se parece en nada a las poses de estudio ni a las muecas a las que nos tiene acostumbrados a los fans.

No sé si he hablado aquí alguna vez de mi pasión peterlorriana. Si es así, siento repetirme como el ajo.

Peter Lorre es el gran secundario de los años dorados de Hollywood. En Alemania se hizo famoso por interpretar a M, el vampiro de Dusseldorf , bajo las órdenes de Fritz Lang , en 1930. Su foto promocional en el cartel de la película fue utilizada luego por Goebbles en una campaña de propaganda antisemita: el rostro de los judíos era el rostro de ese depravado asesino. Pero el pobre Lorre fue un pedazo de pan que tuvo que salir de najas de su país (bueno, de su país a medias, porque nació húngaro) y aprender inglés a contrarreloj para seguir ejerciendo su profesión en el extranjero, aunque nunca llegó a quitarse del todo su acento centroeuropeo, y eso le valió conseguir muchos papeles de depravados ambiguos y grimosos.

Alfred Hitchcock se enamoró de él cuando le fichó como prota en la primera versión de El hombre que sabía demasiado y se lo quiso llevar a hacer las Américas, pero Lorre prefirió quedarse en Inglaterra, donde protagonizó una serie de pelis hoy inencontrables donde interpretaba a Mister Moto, un detective japonés que se hizo muy popular. Al otro lado del charco desembarcó en 1940 con un contrato de la Warner. Por entonces, las majors tenían una plantilla fija de actores que cubría las necesidades de todas las películas. Ahí no había castings. Después de las estrellas, venía el pelotón que aguantaba el reparto entero, y Lorre se integró en el escuadrón de élite de la Warner. Por eso su nombre aparece, junto al de Sydney Greenstreet, Ward Bond o Gladys George, en un montón de producciones de los años 40 que llevan el sello de esa major.

Su Joel Cairo de El halcón maltés le hizo muy popular en Estados Unidos. Es una de las grandes interpretaciones de su carrera, la que nos enamoró a todos. Esa tarjeta perfumada con gardenias, la forma de empuñar el bastón y esa línea de réplica a Humphrey Bogart en este diálogo:

-Entonces, usted quiere que recupere el halcón utilizando medios legales, si es posible.
-Si es posible. Pero, en cualquier caso, con discreción.

En Casablanca fue Ugarte, el rufián que consigue robar los salvoconductos y mata a los correos alemanes, y en Arsénico por compasión bordó su mejor papel de comedia al encarnar al doctor Herman Einstein. Hampones, pervertidos, ambiguos y perfumados, sus personajes siempre fumaban al fondo del local y guardaban un as en la manga. No te podías fiar de ellos, pero tampoco convenía ignorarles, porque tenían algo que podía salvarte el pellejo. Nos enamoró con esas creaciones tan perversas y grimosas, y dio al cine grandísimos momentos.

Por eso le queremos, aunque este sea el Peter Lorre más accesible. Hay otro más cínico, más mordaz y más divertido que se deja ver sólo a los que nos hemos atrevido a repasar parte de las más de 100 producciones en las que trabajó (incluyendo su única incursión como director, Der Verlorene , de 1951) y a indagar en su oscura y contradictoria biografía.

Pero de eso hablaré otro día. Hoy sólo quería colgar esta maravillosa foto y proclamar al mundo mi peterlorrismo.

03/03/2008 02:12 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

DOS PELIS VIEJAS NUEVAS

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Domingo improductivo. Deberíamos haber salido a ver las pelis que están en cartel y que apetece disfrutar. Especialmente, el barbero cantante de Tim Burton (ese director que es una de las mejores cosas que le han pasado al cine en los últimos 20 años, pese a que su filmografía tiene alguna que otra memez) y No Country For Old Men (lo siento, me niego a citar la horrenda y seudoliteral traducción castellana). En lugar de eso, hemos visto dos títulos viejos que se nos pasaron en su día: Las mujeres de verdad tienen curvas y El mismo amor, la misma lluvia. Sí, comedia-drama o drama-comedia, con final feliz y debidamente edulcoradas para no incomodar la conciencia del espectador suburbano. ¿Qué queréis? Es domingo y hace día de resaca.

Pues eso, que no serán maravillas posmodernas ni aguijones que apuntan a las regiones oscuras del ser humano, pero como tampoco lo pretenden, y están hechas con oficio y gracia, se dejan ver a gusto.

Creo que Las mujeres de verdad tienen curvas me hubiera gustado menos antes de conocer la ciudad de Los Ángeles. Ahora veo en ella las calles que pateé, reconozco la estética que toda ciudad con carácter tiene -el modelo y los colores de los autobuses, las tiendas latinas del downtown, los tonos difusos y a la vez diáfanos de ese sol, el ladrillo de los bloques de edificios...-, y eso te pega a la pantalla. Pero la narración tiene suficiente fuerza para enganchar por sí sola. Es una historia de latinos en Los Ángeles, que cuenta el conflicto generacional entre los inmigrantes que han echado raíces al norte de la frontera y sus hijos, que ya sólo utilizan el castellano para hablar con sus abuelos.

La peripecia es muy simple: Ana es una alumna brillante que puede conseguir una beca para la Universidad de Columbia, pero su madre no quiere que vaya. No concibe que su hija le abandone: ha trabajado toda su vida cosiendo y ahora le toca a su hija ocupar su sitio en el taller. La tensión entre ambas vertebra todo el relato y permite que se desarrolle una historia iniciática. Ana descubre el mundo, el de su familia y el suyo propio, donde México se diluye poco a poco. La integración, las contradicciones, el conflicto entre el tradicionalismo materno y el desenfado filial, el choque cultural... Son elementos que dan mucho juego para contar una buena historia, y esta lo es, pero da la sensación de que todavía falta mucho camino por recorrer antes de que el cine americano haga la gran película sobre la comunidad latina. Todavía está por venir el Coppola o el Spike Lee latino. Iñárritu tiene boletos para convertirse en él. Habrá que verlo. En cualquier caso, Las mujeres de verdad tienen curvas es una peli muy bien contada, dirigida con una sensibilidad muy delicada que nunca resbala hacia lo cursi, e interpretada por unas actrices fantásticas, pero no alcanza la intensidad de sus equivalente británicos, Mi hermosa lavandería y El buda de los suburbios (si no las habéis visto, no sé qué hacéis perdiendo el tiempo leyendo este blog: tirad de e-mule ya). Esos sí que son dos poemas que trascienden la anécdota y dan ese paso que Las mujeres de verdad tienen curvas no se atreve a dar, quizá por imperativos de happy end. Una lástima, se queda a las puertas. Eso sí, muy bien elegida la banda sonora: Aterciopelados, Lila Downs, Julieta Venegas...

El mismo amor, la misma lluvia fue la tarjeta de presentación del argentino Juan José Campanella, que ahora se gana la vida como director de series en Hollywood. Una peli hecha para mayor gloria de Ricardo Darín, el niño bonito de la Argentina. Es un relato ambicioso, que pretende abarcar 20 años de historia a través de un personaje. Un prometedor periodista y escritor que no logra publicar va pasando de la época de los sueños y proyectos a la de las duras realidades, y de las duras realidades al conocimiento de la propia cobardía, y de la propia cobardía, al cinismo, y del cinismo, a la degradación moral progresiva, y se la degradación moral progresiva, al abismo y, quizás, a la muerte. Interesante. La divina comedia, los héroes clásicos han ido a pasearse por el callejón del Gato, sálvame Latino, y todas esas cosas que tan bien funcionan en la literatura y que tanto nos horrorizan porque nos reflejan. A priori, la cosa marcha: hay traiciones, silencios, mezquindades, soledades y lamentos que no se lamentan, y Darín cumple sobradamente endureciendo su cara conforme avanza la historia. Hasta que pincha.

Primero pincha poquito: es una picadura de mosquito, algo molesto: una chica que aparece y desaparece como el Guadiana, el típico amor tormentoso. Bien, adivinas por dónde van los tiros: hay que meterle algo de romanticismo, es un cabrón pero se hace querer, ella es ingenua, bla, bla, bla. Basurilla romanticona, que ni alimenta ni empacha. Pero la chica aparece con una insistencia machacona, hasta que la peli pincha por completo, estrepitosamente. Sí, lo habéis adivinado: justo cuando el personaje toca fondo y se refocila en las miasmas de la abyección más mezquina, aparece la de siempre y le redime con una caídita de ojos. El otro pone cara de cordero degollado, cae la lluvia sobre Buenos Aires (¿cómo no redimirse y volverse a enamorar cuando te estás morreando en medio de un chaparrón bonaerense?) y el personaje recupera su dignidad. Y catapún: happy end.

Pues no, eso es un engaño, joder. Deja al fracasado con sus miserias, no le salves. Esas artimañas sólo le han salido bien a un director en la historia del cine, y aunque Campanella se esfuerza mucho en imitarle, es evidente que le faltan su hondura y su talento: Billy Wilder. El mismo amor, la misma lluvia copia la estructura de las comedias de Wilder: un personaje desencantado se va hundiendo poco a poco hasta que un gesto, una mirada o un mcguffin le despiertan de la inercia. Entonces, en dos planos, el personaje crece, remonta todos los círculos del infierno de Dante y aparece irradiando dignidad en la pantalla. Pero no suele obtener recompensa: al contrario, su valentía le sale cara, y a veces la paga con la vida, como en Sunset Boulevard. El ejemplo más socorrido es el de El apartamento: justo cuando el personaje de Jack Lemmon ha renunciado a todo y no le queda ya nada más que vender, Fred MacMurray le pide la llave del apartamento para llevar a Shirley MacLaine. Lemmon ni siquiera duda: su cara transmite una determinación suicida, y le entrega una llave. "Se ha equivocado -le dice MacMurray-, me ha dado la llave del lavabo de ejecutivos". La llave que simbolizaba su ascenso, el plato de lentejas por el que había vendido su dignidad. Devolviéndosela -sin estridencias, sin tirarla al suelo, sin un subrayado musical-, Jack Lemmon se limpia de porquería y resurge como héroe. Es la victoria de los hombres que, como decía Claudio Rodríguez, siempre están en derrota, pero nunca en doma.

Pero ese truco de magia cinematográfica sólo te sale bien si te llamas Billy Wilder. No conviene hacerlo en casa, porque te puedes quemar. Y Campanella se quema, destrozando una peli que a veces atiza donde duele, pero que al final acaba errando el tiro.

Foto: America Ferrara, prota de Las mujeres de verdad tienen curvas y, actualmente, Ugly Betty, la versión yanqui de Betty la fea.

18/02/2008 00:22 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 3 comentarios.

LOS CRÍMENES DE AMARCORD

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Iba contento y feliz al preestreno de Los crímenes de Oxford. Aunque 800 balas no me tocó ninguna fibra y Crimen Ferpecto me dejó un sabor de comedieta televisiva española insulsa tirando a rancia, ninguna de sus cagadas ni de sus múltiples y orondas imperfecciones me han hecho olvidar que ese peazo de animal llamado Álex de la Iglesia dirigió Acción mutante, El día de la bestia y Mirindas asesinas. La tríada de una generación, la mía. Así que un respeto. Es el tío que ha dado sentido generacional al anuncio de Schweppes de la Gran Vía de Madrid, el que nos enseñó a ser satánicos y de Carabanchel, el que devolvió a la vida las mirindas. Un puto genio. Perdita Durango y su empeño por hacerse el Tarantino no se lo tengo en cuenta, y La comunidad me pareció simplemente la gloriosa consagración de un contador de historias que es ya perro viejo y conoce todos los trucos. Lo que los pedantes llaman un ejercicio de estilo.

Digo todo esto para que luego nadie me acuse de tener inquina a Álex de la Iglesia. Yo adoro a ese gordo barbudo. Entiendo su mundo, comprendo las historias que me quiere contar y creo que ha moldeado la sensibilidad de parte de una generación española en la que me incluyo por fuerza. No sé si es la X. Creo que sí, que yo soy de la generación X: burra, inmadura, analfabeta y fundadora del botellón cuando todavía no se llamaba botellón. Historias del Kronen es una pajilla pretenciosa al lado de El día de la bestia.

Por eso estoy tan cabreado con lo que acabo de ver, porque no me puedo creer que Álex de la Iglesia haya dado por buena una peli que no merece el calificativo ni de mediocre. Sí, técnicamente es impecable, desprende aroma victoriano del güeno. Y John Hurt está en su línea, o sea, magistral aunque se pase de rosca. Elijah Wood sigue siendo Frodo Bolsón, pero está correcto. Lo mejor de todo: los pechos bamboleantes de Leonor Watling en cinemascope. Qué tetas tan enormes y tan bien puestas. El pobre Frodo se ahoga en ellas.

No he leído la novela en la que se basa la peli, así que no puedo juzgar si las inconsistencias se deben al novelista, al director-guionista o a los dos, pero empecemos por una cosa básica que un erudito de los géneros como Álex de la Iglesia conoce a la perfección, pero que misteriosamente ha decidido pasarse por el forro escrotal: en los relatos detectivescos, el narrador no puede hurtar información al lector. Éste tiene que tener en su mano las piezas para resolver el crimen en igualdad de condiciones que los detectives. Si el narrador se saca un as de la manga en el último momento hace trampa. Y Álex de la Iglesia hace varias trampas.

El relato es muy de best-seller. Traduzco: previsible y plano. Como planos son los personajes. Casi puedes adivinar su siguiente línea de diálogo. Es una pésima historia policíaca con un falso tono de profundidad filosófica cogida por los pelos de algún manual de bachillerato.

Esto que acabo de decir parece demoledor, pero podría pasar tan sólo como una pequeña pega si el relato tuviera un ritmo y un tono adecuados, con tiempo para un desarrollo lógico y verosímil. Pero no es así. Todo está contado deprisa y corriendo, como si le faltara rollo de película y no pudiera perder minutos en tonterías. De repente, hay dos que se enamoran, pero no hemos visto el enamoramiento. Nos lo tenemos que creer porque el director nos dice que están enamorados. Pos bueno. También hay un profesor genio que pasa de humillar a un chaval a admirarle profundamente. Sin que medie gran cosa de por medio. Es así y punto.

Hay un loco resentido con cara de loco resentido, una bruja amargada con cara de bruja amargada y una buena chica interesante con las tetas muy grandes con cara de buena chica interesante con las tetas muy grandes. No son personajes: son actores con careta que hacen lo que pueden frente a la cámara. Son caricaturas andantes. No, ojalá fueran caricaturas, pues tendrían profundidad. Son como estampitas. Tanta obviedad estomaga.

Menos mal que cuando empiezas a sentir que tu inteligencia ha sido gravemente insultada, va Leonor Watling y se desata el sostén, devolviendo a todos los espectadores a su fase lactante. La escena recuerda a Amarcord, porque Leonor parece la madre de Elijah Wood, que se ahoga entre esas dos mamas. Leonor es una Mrs. Robinson latina, pero Frodo no da la talla. A ella sólo le falta gritar, como en la peli de Fellini: "¡He dicho que chupes, no que soples!".

He divagado imaginando que era Elijah Wood y pensando en los buenos ratos que pasaría entre esas tetas que no caben en una mano humana, y así se me ha hecho más soportable todo.

Qué pena. ¿Se le habrá acabado la savia a Álex de la Iglesia? ¿Tan pronto?

18/01/2008 01:40 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 10 comentarios.

ESCARBAR EN LAS MIASMAS (2)

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Los juicios de Nurenberg tiene el valor añadido de haber sido dirigida y escrita por dos curritos de Hollywood sin ínfulas intelectualoides: el realizador Stanley Kramer y el guionista Abbey Mann (creador del detective Kojak y sus chupachups). Su reparto también está formado por actores y actrices que entendían que su trabajo era cuestión de músculo y callo más que de genialidad e inspiración divina. Sólo así, desde una perspectiva desintelectualizada que sólo buscaba hacer justicia casi documental a los procesos contra los nazis de 1946, pudieron alejarse de las visiones à la mode y dar con un tono vibrante y significativo.

El juez que interpreta Spencer Tracy tiene hondura y autenticidad, pero su misión es dar pie para mostrar los silencios de Burt Lancaster (actor que, en el brillante atardecer de su carrera, pareció especializarse en estos personajes difíciles, antihéroes que plantean dilemas irresolubles). Lancaster interpreta al magistrado Janning, un jurista eminentísimo, padre de la Constitución de la República de Weimar y sabio citado y venerado en las facultades de Derecho de todo el mundo. Sin embargo, en 1935, se plegó al régimen, bordó la esvástica en su toga y se prestó a ser un agente activo de la solución final. El personaje de Spencer Tracy es un admirador de la obra de Janning y no entiende cómo un sabio como él ha podido participar tan directamente en la ignominia nazi. Burt Lancaster sostiene a su personaje con dignidad, no le deja caer. Le presta su cabeza de patricio y calla durante toda la película. Sólo al final pronuncia un alegato que no voy a destripar, pero que tiene mucho que ver con la asunción de culpa que Günter Grass reclamaba. 

La peli es de 1961, y vista hoy, quizá parezca un poco ingenua. A ratos, al menos. Pero tiene un mérito que no le puede quitar nadie: abrió una espita en Hollywood. No en una sala de arte y ensayo de París a la una de la madrugada frente a cuatro discípulos de Sartre. Lo planteó para el gran público, para las millones de familias de clase media saturadas de propaganda y de caricaturas de nazis tan oligofrénicos y gritones como torpes y dispuestos a caer en las trampas que les tienden los sagaces resistentes franceses. 

Ese espíritu pionero -avalado por el enorme Burt Lancaster- facilitó que la "industria cultural" se aviniese a financiar relatos más complejos. Por supuesto que la caricatura y la simplificación lacrimógena a lo El gran dictador han seguido produciéndose hasta hoy (ahí está el infame Roberto Benigni, por ejemplo), pero también ha habido hueco para la exploración de los recovecos más oscuros o para enunciar al menos lo que es evidente: que el horror no crece lejos ni en los demás, sino en el barrio, en tu vecino, en tu propia cobardía y en tu pequeñez.

Mucho más recientes son las otras dos pelis, aunque hablen del pasado. Y es normal: el sentimiento tiene que macerar. 

De Caché hice una pequeña reseña cuando se estrenó en el cine. Como diría mi amigo J., odio citarme a mí mismo, pero, como dije entonces: "En Caché, además, aparece un tema nuevo en Haneke: la memoria. O, mejor: la desmemoria de nuestras sociedades satisfechas de si mismas y del ejército de ignorados que se quema en su propio infierno mientras en una casa del 14e arrondissement de París se descorcha una botella de Borgoña y se brinda por la última y deliciosa ocurrencia del inesperado invitado a cenar. Pero Haneke no nos sermonea: le basta con paralizarnos de horror". 

De la que no había comentado nada hasta ahora es de La vida de los otros. Me golpeó en la cara con fuerza. Más que provocarme un escalofrío, me noqueó. Aquí el enfoque es diferente. Aquí hay una chispa de genuina fraternidad que es pisoteada sin miramientos. Es la historia de un héroe, o de un antihéroe redimido. Y hay una trama casi de género, con un macguffin muy claro y unas pequeñas tramas paralelas absolutamente reconocibles y justificables según los códigos fílmicos clásicos. El resultado, sin embargo, es el mismo que en las otras pelis: rehumaniza el horror. Ni las dictaduras ni la violencia son categorías abstractas. Nos hemos empeñado en deshumanizarlas cuando en realidad tratan de cosas muy cotidianas. Están en nosotros. Son nuestra obra y nuestra cárcel al mismo tiempo. 

En La vida de los otros hay esperanza. Una esperanza gris, miserable y rabiosa, pero esperanza al fin y al cabo. Sin embargo, lo que a mí me interesa no es la redención del malo, sino cómo esa redención no significa nada en términos sociales. Es un acto íntimo, y la recompensa que obtiene es íntima también. 

Lo que echo de menos -y a lo mejor lo desconozco y vosotros me lo descubrís- es el equivalente español de todo esto. Isaac Rosa se asomó un poco a estos abismos con El vano ayer , pero no me viene a las mientes otro ejemplo remotamente parecido. Bueno, miento, quizás el ensayo que Ignacio Martínez de Pisón escribió sobre la muerte de José Robles, Enterrar a los muertos. Pero si lo de Isaac Rosa es, más que una novela, una declaración de intenciones y una invitación a caminar por esos barrios, lo de Martínez de Pisón es demasiado parcial y reporteril como para bajar ni siquiera unos escalones hacia esos vericuetos.

En España, lo que son hagiografías sentimentaloides como La lengua de las mariposas me salen un montón, pero planteamientos honestos sobre el pasado, ni uno. Y han pasado ya unos cuantos años. Personalmente, me aburro de los manoseados tópicos de Hemingway. Estoy harto de héroes y de villanos. Me gustaría ver personas, para variar, como las que retrataba Orwell en Homenaje a Cataluña, que sigue siendo uno de los mejores libros que se han escrito nunca sobre el "laberinto español".

PD: Si tengo ánimos, quizá cuelgue algún día un cuento mío que habla un poco a mi manera y muy por encima de estas cosas. En unas versiones se titula La traición y en otras, Cicatriz. No prometo nada, que quizá es un poco largo para el blog.

28/12/2007 01:07 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 2 comentarios.

FERNANDO FERNÁN-GÓMEZ

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Estaba intentando decir algo interesante sobre Fernando Fernán-Gómez, ahora que ha muerto, pero hay tanta gente que ha dicho ya tantas cosas que no sé qué puedo aportar, la verdad. Creo que la frase que mejor le define no se escribió pensando en él ni para que la dijera él. La escribió un argentino, Adolfo Aristarain, y la puso en boca del histrión Eusebio Poncela en Martín (Hache): "No es un genio, sino un buen artesano. Y no lo digo como desdoro: son muy pocos los que han llegado hasta allí, son muy pocos los que respetan el oficio que han escogido". Y lo respetó como actor, pero, sobre todo, como director.

Los datos apabullan: como actor trabajó en 212 pelis y dirigió 30, 29 de las cuales también las escribió. Fue un stajanovista con la maldición de todos los hijos de Stajanov: lo bueno y lo malo se mezclan y se ensucian. Su carrera es, más que irregular, de altibajos sísmicos, con bodrios infectos alternados con sublimes apariciones. Eso, como actor. Como director mantuvo un tono más constante y, aunque no firmó ninguna obra maestra, demostró oficio y cierta maestría en algunos momentos. Yo me quedo con Mi hija Hildegart y El extraño viaje. Como actor, me voy a sus últimos años y me quedo con una secuencia de la extrañamente hermosa (y por momentos muy sobrada de pirotecnia) La ciudad sin límites: cuando le sacan del hospital y va en el coche mirando alucinado su querido París a través de la ventanilla. Todos los actoruchos de este país deberían ver ese plano en bucle para bajarse el pavo y comprobar cuánto les queda por aprender de los mayores. En el terreno cómico, nunca olvidaré que el turrón, por encima de todo -y, sobre todo, en la empresa Plachadell y Calabuch de Moros y cristianos- tiene que llevar almendra, ¡al-men-dra!

De su faceta teatral, con Las bicicletas son para el verano, no sé qué pensar, pero tiene el mimo artesano de sus pelis, y eso ya la hace digna de respeto.

No fue un genio, pero tampoco un mediocre. Hay muchas gradaciones de gris entre esas dos puntas, y colocarse en cualquiera de ellas supone pertenecer a ese 1 por ciento de la humanidad situado por encima de las miserias de lo vulgar. Lo que me parece triste es que, con la de cosas que se pueden decir de alguien tan importante para la cultura española del siglo XX, para muchas abuelas se haya quedado como aquel galán (?) de Balarrasa, y para muchos jóvenes sólo será el autor de "¡A la mierda!". Ahí está La silla de Fernando, de David Trueba y Luis Alegre, testamento oportunísimo. El tiempo hará una criba (una gran y demoledora criba) en su filmografía, y entonces veremos de verdad qué queda (qué nos queda) de Fernando Fernán-Gómez.

22/11/2007 00:56 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 6 comentarios.

CINE ABSTRACTO

La broma-comentario de Einstein de la entrada anterior me ha recordado uno de los golpes más brillantes que le recuerdo a una persona muy querida. Los dos estábamos perdidos en una facultad absurda, sin entender un pijo de lo que nos estaba pasando. Nos habíamos matriculado en Periodismo y ahí no había periodistas ni periodismo por ningún lado. Teníamos una asignatura titulada "Teoría de la imagen", y la impartía un señor muy pedante discípulo de Roland Barthes o asín. Sus clases consistían en: a) expresar su frustación por impartir lecciones a plumillas aspirantes a redactores del Marca y no a doctorandos en filosofía, como mandaban los cánones, y b) la humillación constante de los seres intelectual y humanamente inferiores que tenía que soportar como alumnos. 

En una de estas, al gachó le dio por hablar del cine abstracto, y pidió a la concurrencia: "A ver, ¿alguien de vosotros podría ponerme un ejemplo de cine abstracto?".

Y mi amigo (conocido en este blog como Ex Compañero) levantó la mano y soltó:

-Sí, yo sé uno: El conde Mor.

Al pedante barthesco se le notó un rictus de disgusto, pero no se despeinó ante las carcajadas vengativas. 

El otro día vi un trozo de esa peaso película llena de fistros y me acordé de él.

09/11/2007 02:49 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 2 comentarios.

Y AHORA, ANTONIONI

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Se ve que en las residencias de las viejas glorias del cine, alguien se ha olvidado de regular los termostatos, y uno tras otro, sus delicados y arrugados cuerpos van sucumbiendo a la canícula. Ayer se supo que le ha tocado a Antonioni, un día después de que se despidiera Bergman.

Aunque de innegable y poderosísima influencia para todos aquellos cineastas que han hecho de la exploración de lo cotidiano su obsesión visual y temática (pienso, por ejemplo, en el sosiego y la templanza de Fernando León de Aranoa), el cine de Antonioni ha envejecido mucho peor que su autor, que ha llegado a acariciar el siglo de vida. Sus pelis fallecieron hace mucho más tiempo y, salvo algunas secuencias, no se han contagiado de la pátina que convierte una obra en clásica. En un sentido muy distinto al de Bergman, Antonioni se ha quedado en una vuelta del camino de un mundo estético que nada nos dice hoy. A su amiguísimo Visconti le ocurre algo parecido. Sin embargo, ambos tienen dos momentos gloriosos que les salvarán para la posteridad y que -creo- seguirán emocionando en el siglo XXXXI, si existe la humanidad para entonces. En el caso de Antonioni, esa Jeanne Moreau aleteando por La noche. En el caso de Visconti, esas dos cumbres de Burt Lancaster: aquella en la que le dice al emisario del nuevo gobierno "Io sonno il Gattopardo", y aquella otra en la que se mira al espejo al final del tedioso baile del palacio. Por lo demás, su esteticismo y sus obsesiones formalistas son una barrera muy alta para nuestras enanas percepciones. El espectador de ahora necesita una pértiga enorme para saltarlas y, generalmente, lo que encuentra al otro lado -inhibiciones católicas, hedonismos incomprensibles para quien no haya vivido en una cueva o en una celda de clausura, ranciedades anteriores a la popularización del preservativo- revela que el salto no ha merecido la pena.

De Antonioni me queda la difícil relación que mantuvo con Julio Cortázar. Una de sus pelis más vistas y alabadas, Blow up, es una adaptación del cuento Las babas del diablo, de mi querido argentino. A Cortázar le pareció que Antonioni había defecado sobre su texto, lo había prendido fuego y lo había pisoteado después. Esto se debe a que Blow up, más que una adaptación, es una obra diferente inspirada -casi se pude decir "vagamente inspirada"- en Las babas del diablo, un texto, por lo demás, prácticamente imposible de traducir a lenguaje cinematográfico, pues es casi pura tura. El cuento, estructurado como un juego de espejos, narra un episodio turbador y violento capturado por un fotógrafo aficionado al final de la isla de San Luis en París, con Notre Dame al fondo. La intriga y el misterio vienen dados porque no se sabe quién es el narrador, y si el narrador está muerto o vivo. Sin embargo, Antonioni se llevó la acción a Londres, y desmadró las sutilezas de la intriga en una apoteosis erótica al estilo de la época.

La peli, vista hoy, resulta soporífera, pero tiene el aliciente de que en ella aparecen retratados -en carne mortal- los protas de la movida londinense posterior al Summer of Love, esos rockeros de la psicodelia y del rock progresivo. En una escena aparece un jovencísimo Jimmy Page tocando con The Yardbirds, la formación precursora de Led Zeppelin. Pero, salvo por ese valor testimonial, Blow up resulta, como digo, un tostón, incluso para un aficionado al rock de la época como servidor.

Así que, lo dicho: Antonioni acaba de dejar el mundo ahora, pero sus pelis lo abandonaron hace más de 20 años, como un mal desodorante. Descansen en paz ambos maestros, y esperemos que se detenga aquí la ola de fallecimientos.

PS: Para que nadie me haga puntualizaciones. He dicho que los planteamientos de Antonioni resultarán incomprensibles para quien no haya vivido en una cueva o en una celda de clausura, pero me he olvidado de reseñar un colectivo al que a lo mejor le iría bien tragarse un ciclo del italiano. Me refiero a los pobladores de esas aldeas vasco-navarras que rellenan una ruptura en el contínuo espacio-tiempo donde no tuvo lugar la revolución industrial, y la sexual se redujo a la implantación -en euskera- del método Ogino. Sí, hombre, esos pintorescos rincones de la geografía peninsular donde creen que Epilady era la mala de Los tres mosqueteros y los fabricantes de refajos encuentran todavía un nicho de mercado. La retrospectiva de Antonioni debería celebrarse allí. Al fin y al cabo, son nuestros sicilianos.

Un abrazo a mis grandes amigos navarros.

01/08/2007 09:49 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

VELATORIO DE CINECLÚ

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Ha muerto Ingmar Bergman a los 89 añazos. Murió ayer, pero decidí esperar hasta hoy para colgar algunas palabras, a ver si me inspiraba un poco y podía decir alguna frase más o menos afortunada sobre él y su cine. Pero nada: se muere Bergman y yo me levanto de la cama con aire superficial y ganas de que me cuenten chistes de Chiquito de la Calzada. No sintonizo con el espíritu.

Quizá no logro convocar a las musas de los panegíricos porque las pelis de Bergman han pasado por mi retina sin dejar poso. Aunque para la mayoría de los aspectos de mi vida soy un desastre, como espectador de cine soy muy disciplinado, y cuando llegó el momento de conocer a Bergman, me tragué una tras otra sus pelis y me esforcé por sentir lo que sus reseñistas y gurús habían escrito que había que sentir. Pero nada. Yo, que en mi fascinación peliculera era y soy capaz de deglutir sin rechistar el pastiche más muermazo del más prestigioso cine asiático, no he podido con Bergman. No digo que me aburriera ni que me resultara incomprensible. Soy capaz de reconocer la altura y la sutileza de Fresas salvajes o de Fanny y Alexander (me cuesta más en el caso de El séptimo sello o Un verano con Mónica, qué le vamos a hacer), pero las cosas que me cuenta me resbalan ampliamente, dicho esto sin ánimo de ofender a los difuntos y a su legión de admiradores. He pasado años preocupado por mi falta de sensibilidad, y estuve por hacérmelo mirar, pero hoy estoy convencido de que no es culpa mía, sino de mi generación. El cine de Bergman es generacional. Pertenece a la quinta de mis padres tanto como los paquetes de Celtas, Lina Morgan o el Super 8. Mi indiferencia hacia Bergman es consecuente con mi tiempo y mis circunstancias. Por eso, estoy absolutamente incapacitado para hablar de él, ya sea bien o mal. He crecido en casas con microondas, qué se le va a hacer. Mi época es más de Bibí Andersen que de Bibi Andersson.

Así que os remito a dos textos sensacionales sobre Bergman que he tenido la suerte de leer hoy. El primero, el atrevido post de Borja Hermoso en su blog de El Mundo (ver también la necrológica que firma Luis Urbez en la edición impresa y que no encuentro en internet: no seais vagos y peseteros y bajad al quiosco). El segundo, la apasionada y profunda reflexión de Antonio Muñoz Molina en El País, escrita con los pies en la tierra (o en el parqué bien limado de su despacho) y el alma en un cineclub de los 70. Con estas dos recomendaciones, este blog amigo del cine cumple su deuda con el maestro sueco sin tener que jugar al ajedrez con un tío feo disfrazado de monje.

31/07/2007 10:13 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 1 comentario.

PENITENCIA DE FAN

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Vaya matraca de marketing. Creía que era cosa de los U Ese A, donde la publi de la película estaba hasta en la sopa, pero al aterrizar en Madrid descubrimos que el asunto no se quedaba manco en las Españas. Cuando a uno le bombardean tan salvajemente, dan ganas de quedarse en casa. Resabios de niño caprichoso que tiene uno: basta que los paneles publicitarios te intenten convencer de algo para que tú desees que se lo metan por el orto. Pero, en este caso, son muchos años de dedicación placentera. Mi hermano y yo ya no sabemos conversar en serio y dialogamos parafraseando diálogos de la serie (verás tú qué risa cuando nos toque discutir un testamento o algo serio de verdad: ¿sabrán los albaceas quién es Krusty el Payaso?). Y, aunque últimamente le vamos añadiendo perlas de sabiduría de Padre de familia, la matriz simpsoniana sigue siendo muy potente. Así que tocaba sacar del armario el friki que uno conserva en naftalina y cumplir con las obligaciones del fan. Como el jet lag me ha cogido esta vez con ganas, no pude ir al estreno -me pasé el día calculando la hora en el Meridiano de Greenwich-, pero no he dejado pasar una semana. No podía esperar a que me la contaran.

No sé si he hablado alguna vez de mi relación con la familia amarilla de Springfield, pero resumiré muy brevemente: las tres primeras temporadas me parecen un pestiño insoportable. Los guiones son lentos; la sátira, infantil, y las alusiones, obvias. Pero, a partir de la cuarta temporada, el centro de gravedad pasa de Bart a Homer, al mismo tiempo que el universo de secundarios de Springfield abandona la planitud del fondo del decorado y se convierten en personajes complejos. Los guiones ganan muchísimo en fluidez y ritmo y el estilo de la serie se desprende de la obsesión "políticamente incorrecta" que tanto la refrenaba, para centrarse en generar una maraña de referencias televisivas y cinematográficas que un profesor pedante podría definir como "deconstrucción del discurso audiovisual". Los guionistas se cargan todas las convenciones de los géneros y sólo entonces -cuando dejan de editorializar y se dedican a narrar- consiguen crear una vibrante parodia de nuestro mundo, con el despreciable Homer en el eje central. Así fue como James L. Brooks, Sam Simon y Matt Groening cambiaron para siempre la forma de hacer y mirar televisión. Marcaron un antes y un después: reventaron la sit-com desde dentro, al exprimirla hasta sus últimas consecuencias.

Sin embargo, hacia la novena temporada, se empieza a notar el declive de la serie. A esas alturas, Los Simpson están agotados y Matt Groening ya está lanzando Futurama. Entonces, Homer deja de ser un inconsciente enajenado para convertirse en un clown sin gracia, y todo el edificio de la serie se desmorona. El talento y la energía se conservan en Futurama, pero parecen abanadonar Springfield. Aunque, dado que la inercia de las grandes audiencias se mantiene, nadie mata a la gallina de los huevos de oro, que sobrevive a base de cameos de famosos, cada vez más complacientes y menos ácidos. Los Simpson dejaron de interesarme entonces, y sólo conservo las temporadas de la "edad de oro", antes de que Homer se "clownizara".

Por eso, tenía muchas reservas con esta peli, porque me esperaba encontrar a ese Homer insoportable que se clava martillos en el ojo y desarrolla un humor blanco del tipo de El profesor chiflado, sin alcanzar nunca la sublime expresión de Laurel y Hardy o de Harold Lloyd. Además, para mí, la voz de Homer -y la del señor Burns- es la de Carlos Revilla. Su sustituto no aporta ni la mitad de lo que él aportaba al Homer en español. Nunca me acostumbraré a la nueva voz. Una prueba de que, en contra de lo que los gurús de la nueva empresa nos quieren vender, sí que hay individuos y talentos insustituibles que el taylorismo de la industria cultural no puede obviar. La frase de los empresarios: "Si chasqueo los dedos, aparecerá un camión de tipos dispuestos a hacer tu trabajo tan bien como tú" es falsa al aplicarala a algunos profesionales escogidos. Si ellos fallan, el producto puede irse a la mierda sin más.

Pues con todas esas reservas, me tomaba la peli como una penitencia, un precio que debía pagar a cambio de tantos buenos ratos. Y no me arrepiento. Hay mil guiños para los seguidores fieles, esos premios que no pueden faltar, y que se presentan en forma de ingeniosas y atinadas referencias a capítulos y escenas memorables. Son fugaces, pero continuos, distribuidos en cascada: la señora de los gatos, el capítulo en el que Bart quiere saltar en monopatín por el cañón, el Mozo Mantecoso... Homer recupera en parte el espíritu de las temporadas gloriosas, aunque sigue cargando mucho con su torpeza a lo Steve Urkel, y Bart contiene las hipérboles sin gracia con las que acompañaba a la caída de su padre y vuelve a ser un pequeño diablillo verosímil, audaz y veloz. Es un buen capítulo de Los Simpson en versión extendida, con los insertos y cameos exigibles en el guión de cualquier capítulo. Podría haber sido más, pero me parece bien que se hayan impuesto límites: un exceso de ambición habría generado un pastiche imposible de masticar. 

Echo de menos una mayor presencia de Springfield y el desarrollo de alguna trama paralela, pues la acción se centra en exclusiva en la peripecia de la familia. Moe, el Jefe Biggum, el señor Burns o Apu aparecen de refilón, cuentan un chiste y hacen mutis. ¿Por qué no se involucran más? Una lástima. En fin, en cualquier caso, han hecho una peli digna, de la que un simpsonmaníaco no puede abjurar en exceso. A lo mejor, lo que sucede es que llega demasiado tarde para algunos de nosotros. Nos ha cogido desilusionados y habituados a un frenesí narrativo -el de Futurama o el de Padre de Familia- que ha desarrollado y superado con creces a sus maestros de Springfield. Una pena: Los Simpson parecen un viejo profesor desconcertado ante la brillantez de sus alumnos y que hace tiempo que no tiene nada que enseñarles. Pero siempre nos quedará el DVD.

30/07/2007 11:23 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 5 comentarios.

ENTRE COPAZOS

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Cuando la vi en su estreno no me emocionó mucho, pero en esta noche de cierre patronal de cines (¿a que no hay güevos para cerrar un sábado?) he recuperado Entre copas en DVD y he sacado dos conclusiones:

a) Me equivoqué al situarla geográficamente. Creía que la acción transcurría en Napa Valley, por donde Falcon Crest, y resulta que retrata el valle de Santa Inez y los alrededores de San Luis Obispo, al norte de Los Ángeles. Esto no le importa a nadie, claro, pero a mí me viene de perlas ubicar correctamente esos paisajes para incluirlos en mi ruta.

b) Fui injusto al valorarla, y estoy convencido de que fue por el horrísono doblaje -que empeora por momentos en este país-, que se alzó como un muro entre los personajes y yo. 

Pero nunca es tarde, y tampoco es que hayan pasado 20 años desde su estreno. Entre copas es una película pequeña que habla de muchas cosas. Constreñida temporalmente a una semana y con un protagonista en fase de crisálida, a punto de desarrollar sus alitas de mariposa (una situación de partida no por recurrente menos eficaz), quizá el único reproche que le puedo hacer es que subraya demasiado algunas cuestiones obvias. Sabemos que el prota está desesperado y perdido, en lo que los americanos llaman "the middle-age crisis". No hace falta ponerle exclamaciones a su actuación.

Pero lo que verdaderamente me gusta de Entre copas es su ropaje, lo accesorio. Me gusta que sea una peli sobre vinos, y que el vino termine siendo un personaje y no un decorado. Me gustan las pelis que hablan de conocimientos y mundos cerrados y complejos y que lo hacen con naturalidad, sin afán didáctico, como si fuera el líquido amniótico en el que nadan los personajes. Por Entre copas desfilan botellas y catas como por Alta fidelidad desfilan discos y canciones, para deleite de los frikis que sepan valorar los guiños eruditos y las referencias aviesas, pero sin molestar a los legos. Me gustan los homenajes a esas aficiones que dejan de serlo y se convierten en amarres a la vida, en la única puerta de entrada a la vida que mucha gente es capaz de encontrar. El amor hacia ciertas creaciones humanas puede salvarnos del desastre muchas veces.

Ah, y no me duele en prendas decirlo: me gusta Paul Giamatti, un intérprete segundón que ha prestado fugazmente su jeta a mil producciones y que parece que ha encontrado en Entre copas su alternativa como gran figura.

Pues eso, necesitaba decir que me he quitado un prejuicio de encima.

19/06/2007 02:10 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 5 comentarios.

MEDIOCRE O POCO INTERESANTE

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Aunque dignos profesores de barba blanca intentaron convencerme muchas veces de lo contrario, lo cierto es que las encuestas suelen acaban diciendo lo que le interesa al preguntador y no al preguntado. Cuando no es así, se limitan a constatar las verdades que cualquiera que no viva en una burbuja de cristal puede cotejar a diario. Dicho lo cual, ¿a alguien le sorprende que el último trabajito de Sigma Dos diga que la mayoría de los españoles considera que el cine español es mediocre o poco interesante? ¿Y si en otra encuesta resultara que la mayoría de los españoles cree que el sol sale por el este?

Lo mejor del caso es que no me imagino a las mentes pensantes de las grandes productoras (grandes en subvenciones, que no en público, visto lo visto) llevándose las manos a la cabeza y preguntándose qué han hecho mal. No, estarán demasiado ocupadas asistiendo a una ceremonia de premios en Alpedrete, en uno de esos saraos en los que el gremio se besa y se despelleja al tiempo, festejando su maravillosa genialidad y mirando de soslayo al populacho que no aprecia sus modos y formas, que dejan a David Lynch a la altura de un participante de Vídeos de Primera. "No te preocupes, Manolo: a los genios no se les entiende en su tiempo".

¿Por qué habrá dicho el vulgo falaz tales desfachateces? No sólo no van a ver MIS películas, sino que se atreven a decirme que me las puedo introducir por el orto. Bueno, quizá no tanto, pero muchos de estos ganapanes osan decir que las subvenciones que me dan estarían mejor empleadas en crear más plazas de guardería en el barrio o en renovar los ejemplares de la biblioteca, que no hay dios que los lea de tan sobados que están.

Ciertamente, no sé cómo en un país donde conviven Cesc Gay y Fernando Esteso -cada uno regurgitando en registros diferentes, pero regurgitando al fin y al cabo-, alguien pueda calificar de mediocre el cine en su conjunto. No calará el mensaje, pero si yo fuera productor, director, actor o camello/peluquero de grandes estrellas nacionales, sacaría estas enseñanzas:

1) Que puedo contar las historias que quiera como me dé la gana, pero que, por más que mi mamá, los críticos adormilados en la butaca y mi profesor de Edición Digital en la academia CCC digan que soy un genio con muchas cosas geniales, siempre correré el riesgo de que el público, que va a lo suyo, opine otra cosa y pase de mi genio.

2) Que puedo contar las historias que quiera como me dé la gana, pero que el Estado (esto es, todos los currantes que apuramos el momento de entregar la declaración de la renta) no está obligado a financiármelas, y mucho menos a promocionármelas y a llevarlas de paseo. Desarrollar una industria que canalice realmente la creatividad y el talento que -sin duda- existe en el mundo audiovisual requiere tiempo y empresarios que asuman riesgos. Mientras tanto, sólo aflorará un Amenábar cada lustro, y por pura chiripa, que destacarán como meteoritos y dejando tiñosos de envidia a la gran masa de mediocres, pero habrá 100.000 Amenábares que tendrán que hacer oposiciones a notaría, porque no hay una industria que se aproveche de su valía, y las subvenciones no llegan para todos.

3) Que puedo contar las historias que quiera como me dé la gana, pero que recurrir al mismo argumento seudocómico de enredo facilón con los mismos actores -que, pese a salir en todas las películas y series del país, siguen sin saber vocalizar- puede fatigar a los espectadores, a quienes, por otra parte, no les gusta ser tratados como imbéciles.

4) Que puedo contar las historias que quiera como me dé la gana, pero no puedo llamar lerdos a los espectadores que prefieren ver la última de Clint Eastwood y excusarme diciendo que el presupuesto de Eastwood es 100 veces el de mi peli.

5) Que puedo contar las historias que quiera como me dé la gana, y que incluso puedo convencer a cualquier productor y a tres bancos suizos para que me firmen un cheque en blanco, pero siempre he de tener presente que hay una cosa que, si careces de ella, no la puedes comprar, ni siquiera con una subvención autonómica: el talento.

Y una última reflexión. Francia protege, subsidia y acuna a sus agricultores y ganaderos, y se asegura de que trabajen a gusto y sin incordios arancelarios (de ahí la fruta que tiran de los camiones de cuando en cuando). A los franceses, eso les cuesta una pasta gansa, pero a cambio comen excelentes camemberts, sanguinos Borgoñas y otras miles de perfumadas delicias que salen de la verde tierra francesa. El Estado español se gasta -y cada vez se gastará más- mucha pasta en proteger, subsidiar y acunar a la gente del cine, y se asegura de que trabajen a gusto, sin incordios de Hollywood. A los españoles, eso nos cuesta un riñón, pero a cambio disfrutamos de El otro lado de la cama, El penalti más largo del mundo o la última masturbación montañesa de Cesc Gay. Y digo yo: ¿no preferiríais una buena rebanada de pan con roquefort, en vez de tanto cognazo patrio? Sólo es perdono que escojáis el cine español antes que el queso francés si estáis a régimen o perdisteis las papilas gustativas en un pavoroso incendio.

¿He sido duro? Lo siento, es que mi dieta no es rica en fibra, y de alguna forma tenía que liberarme.

13/06/2007 01:13 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 8 comentarios.

LA RETAGUARDIA DE LA VANGUARDIA

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Gran hallazgo el de Oti Rodríguez Marchante en la "tercera" del ABC (inciso: qué tiempos estos que vivimos, en los que ya no te dice nada eso de la "tercera del ABC". Creo que pertenezco a la última generación de periodistas que ha sido educada en el temor de Dios y en el temor a la "tercera del ABC", el último carpetovetonismo patrio. Se imaginaba uno que quien escribía en semejante podio lo hacía en cuartillas, vestido con frac y con un cóctel de Chicote y una foto de Celia Gámez sobre el escritorio). Bueno, pues Rodríguez Marchante, uno de los tipos que más sabe de cine en este país, hablaba del triunfo de Scorsese en los Oscar y de esa cosa tan subjetiva llamada reconocimiento, que no suele prodigarse al gusto de nadie. Para gustos, los colores, viene a decir Rodríguez Marchante, pero si se debate tanto sobre la validez o la invalidez de Scorsese y de otros gigantes como Eastwood es porque son creadores que pertenecen a "la retaguardia de la vanguardia". Un gran hallazgo conceptual que puede explicar muchas cosas.

Qué bonito es ser la retaguardia de la vanguardia. Ése es el puesto de los grandes generales, de los estrategas que planifican la batalla escuchando de lejos las explosiones y mirando la trinchera con prismáticos. Estar en la retaguardia de la vanguardia significa que tu presencia causa admiración e irritación al tiempo. Significa que tu obra ya tiene discípulos, pero todavía está a medio hacer, y los discípulos quisieran ir más allá, pero no pueden porque el maestro sigue pergeñando cosas y ellos no pueden quitar los ojos de las novedades.

Me gusta ver a estos hombres canosos, curtidos en mil refriegas, que no se resignan, que siguen ahí, contando historias sin atisbar el final ni la plenitud de su trabajo. Que siguen equivocándose, que siguen tropezándose con torpeza de principiante y se meten en berenjenales homéricos donde pueden perder un prestigio de décadas. Hace tiempo que dejaron de tener que demostrar nada, pero ellos siguen erre que erre, probándose a sí mismos, retorciendo y forzando sus estilos y sus mundos. ¿Quién ha obligado a Clint Eastwood a embarcarse en esos dos peliculones titánicos? ¿Por qué Scorsese anda siempre detrás de una nueva vuelta de tuerca a sus bajos fondos, a la traición de los solitarios? Ni el ego ni el dinero ni la fama explican que vuelvan a la carga una y otra vez en lugar de quedarse en casa a cuidar de los nietos. Están intoxicados por el veneno de los verdaderos creadores.

Un amigo lamentaba siempre que, a diferencia de los compositores de música culta, los de la música popular, salvo casos muy muy muy raros, se agotan enseguida. Ningún grupo aguanta fresco más de diez años. O mueres joven, o te conviertes en tu propia caricatura. Agotarse y no saber que te has agotado es un drama espantoso. A nadie le gusta ser una Norma Desmond cualquiera paseando por los pasillos polvorientos de una mansión donde una vez bailó Rodolfo Valentino. Sin embargo, quienes no se agotan y siguen ahí, molestan a los que vienen por detrás, que perciben el desparrame creativo de los mayores como un lastre que va a retrasar su florecimiento. O a marchitarlo. A nadie le gusta que el abuelo siga ligando y vuelva a casa a las tantas, ¿no? Si los abuelos deben contar batallitas junto al fuego y dejarse de vivir el día a día, los maestros deben enseñar lo que saben en amenas conferencias y dejar de seguir asumiendo retos. A todos nos chirrían los ancianos que viven en presente y no en pretérito, pero yo los prefiero a los que manifiestan su senilidad volviendo a la guardería y haciendo pedorretas en el cine.

La retaguardia de la vanguardia. Gran hallazgo, sí señor.

28/02/2007 00:03 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 5 comentarios.

PARIS, JE T'AIME / I LOVE YOU, PARIS

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Será que quedan menos de dos semanas para que callejee embobado por el Marais y arrastre mis pies por el Museé d'Orsai en una inminente y ansiada escapada a París, pero hoy he visto Paris, je t'aime y me he reconciliado con el mundo. 20 pequeños cuentos dirigidos por otros tantos directores y con unos actores impresionantes. Es un regalito para cinéfilos y pariséfilos. 20 historias de amor y desamor. 20 historias ambientadas cada una en un barrio distinto. Ya digo que lo mismo estoy sugestionado porque dentro de unos días estaré aterrizando en el aeropuerto Charles de Gaulle y todo lo que huele a París me toca la fibra. Será que el espíritu de Cortázar vuelve a poseerme después de haberme abandonado como un mal desodorante. Será lo que sea, pero la peli me ha molado un huevo.

Como en todas las obras colectivas, lo que menos importa es que el conjunto sea homogéneo. En esos 20 cuentos los hay sublimes, brillantes, buenos, correctillos, flojos, malos, muy malos, pésimos y aborrecibles. Todas las escalas del gusto y de la sensibilidad cinematográficas están representadas en Paris, je t'aime, donde cada director ha querido dejar bien marcada su huella, para que los espectadores reconozcamos en cada pieza esa maravilla inaprensible llamada estilo, que es algo así como el sabor del cocido de tu madre o la caída de ojos de esa chica que se te mete en el tuétano.

Menudo reparto, por cierto: Natalie Portman, Nick Nolte, Steve Buscemi, Juliette Binoche, Willem Dafoe, Elijah Wood, Leonor Watling... Un buen porrón de caras amadas en apariciones fugaces, como si fueran encuentros de una noche que se desvanecen sin dejar siquiera un aroma. De las 20 historias, hay tres o cuatro horribles, pero mencionaré las que más cerca se han quedado del espíritu cortazariano que entra por la Galerie Vivienne y sale por el pasaje Güemes de la calle Florida de Buenos Aires.

Muy divertido el segmento que dirigen los hermanos Coen con Steve Buscemi en la estación de metro de Tuileries. Decadentemente teatral el diálogo entre Gena Rowlands y Ben Gazarra dirigido por Gérard Depardieu. Vinzenzo Natali narra sin palabras un bello cuento de vampiros gótico-poético, muy Poe, con Elijah Wood de prota. Wes Craven e Isabel Coixet están muy flojos en sus dos turnos, y hay dos directores, Christopher Doyle y Sylvain Chormet, que directamente merecerían ser abofeteados por hacernos perder el tiempo con sus moderneces pretenciosas de anuncio de colonia, pero hay dos historias sencillitas, pequeñitas y poderosísimas, que me han tocado la fibra. Una es la realizada por Walter Salles (Diarios de motocicleta) e interpretada por una sublime y dulce colombiana llamada Catalina Sandino (la admirada prota de María llena eres de gracia). La otra historia la firma Alexander Payne y la protagoniza Margo Martindale, que hace de una turista yanqui despistada en París que experimenta una epifanía y no sabe cómo describir su sentimiento. Sólo por esos dos trocitos, ya merece la pena ir a ver Paris, je t'aime, pero de verdad que hay muchas otras razones. Es un regalito maravilloso que quizá sólo peca de ofrecer una visión excesivamente estadounidense de París, redundando en los tópicos fácilmente asimilables por una audiencia cursi de centro comercial. Quizá por eso le iría mejor el título I love you, Paris. Pero es un pecadillo menor.

PS: He dicho que Paris, je t'aime me ha reconciliado con el mundo, y eso que he vivido un episodio en la sala que bien podría haber alimentado mi misantropía. Las primeras historias avanzaban y dos matrimonios de septuagenarios sentados detrás de nosotros no paraban de hablar en voz alta, como si estuviesen en un bar. Les he chistado varias veces sin éxito, y en una de estas, una de las señoras se ha indignado y ha exclamado: "A ver si no vamos a poder ni hablar". Me ha descolocado por completo y he estado a punto de decirle que a mí, si me chistan en el cine, me muero de la vergüenza y me callo, pero no me pongo gallito encima. Quizá hubiera añadido que, ya que yo cotizo y ellos no, y por tanto estoy pagando mi entrada y la suya, podían callarse en nombre de la Seguridad Social, pero no dije nada de eso, claro. Yo creía que ya se había zanjado el asunto, pero los niños de 70 años que tenía detrás no estaban dispuestos a que yo quedara por encima, así que me han llamado cabezón y me han empezado a hacer pedorretas. He flipado tanto que no sabía si reírme, liarme a guantazos con ellos o hacer campaña pro eutanasia para la tercera edad. Bueno, pues Paris, je t'aime es tan buena, que ni ese pequeño incidente me ha amargado la noche ni me ha quitado la sonrisa que llevo puesta mientras escribo esto. Pero hay que ver cómo está el mundo geriátrico, chavales. Intratables, oigan, intratables. Les sueltas una semana con el Imserso en Benidorm y se te suben a la chepa.

Foto: Natalie Portman. Próximamente, engrosará la galería de mitos eróticos del blog.

26/02/2007 00:11 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 7 comentarios.

EL LABERINTO

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No había visto hasta anoche El laberinto del fauno (plas, plas, me abofeteo a mí mismo), pero tras haberlo hecho, me reafirmo en mi deseo de que se lleve todos los premios que le dé la gana y reparta sopas con honda a Volver. No por nada, sino por la infame matraca que nos están dando con ese señor manchego perdonavidas y su actriz fetiche (que no recuerdo que me haya emocionado ni transmitido nada en ninguna de sus interpretaciones, dicho sea de paso).

El laberinto del fauno es una película imperfecta, con muchos agujeros, pero que tiene el mérito (enorme) de haber sido realizada sin complejos. No hay en ella reflexión política, histórica ni social. No hay personajes profundos y redondos. Hay indios y vaqueros. Hay tiranos y heroínas. Y hay una niña que se inventa un mundo fantástico, aunque yo hubiera preferido que Guillermo del Toro se hubiera ahorrado aclararme ese punto y me hubiera dejado con una agradable (y esperanzadora) sensación de ambigüedad, con la puerta abierta a la existencia real del mundo del fauno, pero bueno.

Me gusta su aire goyesco, con unas formas que bien podrían haber estado inspiradas en las pinturas negras. Me gusta que la historia transcurra en un pueblo de Aragón y que se haya tenido cuidado en reflejar el dialecto local. Me gusta la fotografía y sus colores apastelados. Me gusta la niña, Ivana Baquero, y Ariadna Gil, y Maribel Verdú, que está sorprendentemente bien para un papel que parecía no irle en absoluto. Me gusta la historia, bien equilibrada entre sus partes real y fantástica, y comedida y poco ambiciosa en su recorrido, sin salirse de los márgenes del cuento (es más difícil contenerse que desbordarse). No me gusta, sin embargo, Sergi López, actor que no soporto y que goza de un prestigio que no me explico, pues caricaturiza a sus personajes o, directamente, no los interpreta. Es más plano que una tabla de planchar, pero en fin, qué se le va a hacer. Tampoco me gusta -y esto ya es manía personal- que Federico Luppi, para una sola frase que tiene en toda la película, sea incapaz de pronunciarla sin acento argentino, cuando todos los demás intérpretes se han esforzado por adaptar su habla a las exigencias del guión. Pero bueno, qué se le va a hacer. Al parecer, el emperador de las profundidades nació en la Boca y su dios es el Pelusa. ¿No se habrá metido la niña en el corralito, en lugar de en el laberinto del fauno?

Pues eso, que espero que este hermoso, inocente y cándido cuento (que no renuncia a un atributo fundamental de los relatos de hadas: la crueldad) le dé un repaso a Almodóvar en ese peculiar Madrid-Barça que van a disputar en los Oscar. Y, si empatan, yo propongo que diriman el resultado en un combate de sumo panza contra panza. Del Toro, con máscara de luchador mexicano, y Almodóvar, con un cántaro de Versace sobre su cabeza.

19/02/2007 12:11 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 5 comentarios.

MÁS EXTRAÑO QUE LA FICCIÓN

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Madrid, domingo por la tarde. No hay mejor sitio donde meterse que uno de esos cines en versión original que tanto echo de menos en Zaragoza. En los Golem, antiguos Alphaville -donde he gastado muchas de las horas que se suponía que debía haber pasado en un aula-, ponen Más extraño que la ficción. Entramos con cierta displicencia dictada por varias razones: a) El prota es Will Ferrell, insoportable histrión surgido de la factoría televisiva neoyorquina de Saturday Night Live. b) El título anuncia metadiscursos resobados y pretenciosos con resonancias unamunianas y nivolescas. c) El guionista, nuevo en el puesto, ha sido alabado por el papanatismo gafapástico y bufandista. d) ¿He dicho ya que el prota es Will Ferrell?

A su favor tenía otras cosas: a) Emma Thompson y Dustin Hoffman. b) Su director, Marc Foster, ha firmado Monster's Ball y Descubriendo Nunca Jamás. c) Las alternativas, en esa hora sesteante y atontada, eran la María Antonieta de Coppola Jr. y una iraní tópica y simplona que seguro que se va a llevar todos los premios europeos que le dé la gana. Así que nos arriesgamos, con ciertos prejuicios, pero con algunos motivos de esperanza.

Menos mal que nuestros prejuicios demostraron ser sólo eso, prejuicios, porque la peli está muy, pero que muy bien. Las pretensiones semiotizantes y metadiscursivas quedan elegantemente diluidas en una sucesión de gags muy buenos, narrados con un ritmo impecable que provoca alguna que otra carcajada. El asunto es tan simple como esto: Harold Crick es un inspector de Hacienda que no sabe que su aburrida y rutinaria vida va a dar un giro inesperado que le conducirá, probablemente, a la muerte. Nosotros sí lo sabemos porque lo narra Kay Eiffel, una desquiciada novelista británica con bloqueo creativo que está escribiendo un libro que tiene como protagonista a Harold Crick, que ella cree que es una invención suya, aunque resulta que es real. A partir de ahí, la madeja se lía provocando una serie de enredos muy divertidos en los que intenta poner orden el personaje de Dustin Hoffman, un profesor de teoría de la literatura que trata de averiguar en qué tipo de obra (tragedia, drama, comedia...) está metido Crick para descubrir cómo sacarle del entuerto.

En mi modestísima opinión, éste es el tipo de peli que podrían haber hecho los nouvellistas vagueros y los neovanguardistas de esa Edad Media llamada años 60-70 si su dotación genética hubiera incorporado unos pocos gramos de sentido del humor. Más extraño que la ficción cuenta una historia cómica y tierna, que se desborda un poquito por el lado cursi, pero no por el intelectual, con golpes muy buenos y un sentido del ritmo extraordinario. Las reflexiones sobre el Autor, el Narrador, el Lector y los Significantes-Significados quedan para los semiólogos. Los demás, gozamos con una buena historia muy bien contada. No será la película del año, pero es una muy buena pieza. Chapeau.

Ah, ¿he dicho que Will Ferrell está contenido y correcto en su papel, sin hacer el payaso? No sé cómo se le habrá quedado la próstata después de aguantarse durante todo el rodaje.

Foto: Will Ferrell.

07/02/2007 00:45 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 12 comentarios.

MENA SUVARI, LA BESTIA RUBIA

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Iba a escribir sobre la nueva serie de la emigración española a Latinoamérica que va a estrenar TVE, pero estoy un poco harto de penalidades y de nostalgias y he preferido dejarlo para otra ocasión. En lugar de eso, voy a incorporar un nuevo nombre a la galería erótico-fílmica del blog, que la tengo un poco abandonada. Retomo este mitómano hábito con una chica de mi misma edad -aunque le den papeles de adolescente y de aniñada-. Con ustedes, Mena Suvari.

Mena Suvari. Con ese nombre, ese cuerpo y esa cara tenía ya casi todo el camino recorrido hacia el estrellato. Pero resulta que la jodía, además, sabe interpretar. Sin técnicas, sin trucos de ilusionista del Actors Studio o de decadentes veladas en el off-off Broadway. Mena es una bestia, un talento nato que a duras penas se deja pulir.

Empezó su carrera con mal pie, y parecía que iba a ser una más de la nómina de chicas tontas wasp de high school. Darse a conocer con American Pie dice muy poco de un actor -o dice demasiado, aunque nada bueno-, pero, por suerte, hay directores que saben ver más allá y encuentran el destello del oro donde parece que sólo hay estiercol. Sam Mendes la fichó para American Beauty, donde se convirtió en la desesperada tentación de Kevin Spacey. Y, con muy poco esfuerzo, muchos entendimos la babeante fascinación de Spacey, gracias a la actuación de esa bestia rubia.

Me encantan esos actores que transpiran talento, absolutamente desintelectualizados, naturales, despiadados, que trazan una seducción sin técnicas, totalmente salvaje. Así es Mena Suvari, que conoce su cuerpo y su cara y sabe sacar la sonrisa oportuna, el entrecerrado de ojos apropiado y la caricia que el otro personaje necesita en ese momento y con esa cadencia. Acabo de ver los capítulos de A dos metros bajo tierra en los que interpreta a una lesbiana que confunde a Claire y acaba escaldada (y, para resarcirse, canta una canción que dice algo así: "Tuve una novia que quiso ser lesbiana, pero, al meternos en la cama, mi coño le dio asco"). De verdad, no sé qué tiene esta Suvari, aparte de un apellido y una cabellera bálticas y una sonrisa endiabladamente sugerente.

Su mejor papel sigue siendo, sin duda, American Beauty (cuyo guión lo firma, nunca está de más recordarlo, el certero, cínico y contradictoriamente tierno Allan Ball, creador de A dos metros...), y creo que, en cierta forma, es una película que la ha etiquetado y que no tardará mucho en devenir un lastre. Será una lástima, porque de verdad creo que Suvari comparte con Marylin algo más que el color del pelo, y deberían permitir que ese algo misterioso que tienen en común salga a la luz. Personalmente -y me da igual que me llamen exagerado- la veo como una Marylin con la actitud frescachona de una Sofia Loren.

Una última curiosidad. Según cuentan, Mena Suvari creció en una casa victoriana de Rhode Island, y ella está convencida de que está encantada. Nunca se ha cortado en decir que, de niña, vio apariciones y sufrió fenómenos extraños en esa mansión, y sus padres no lo han negado. Quizá algo fantasmal se le metió en el cuerpo y le dio el talento que ahora disfrutamos.

03/02/2007 01:58 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 10 comentarios.

SUTILEZAS

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No he visto todavía María Antonieta, pero he dedicado el fin de semana a la familia Coppola y a mi querido amigo S., que se recupera en el hospital de una reciente operación que me ha obligado a vencer mi aversión a los hospitales para pasar con él un par de tardes. Me siento culpable por hacerle reír, ya que le tiraban los puntos cada vez que le venía una carcajada, pero creo que no le ha sentado mal. De lo que más nos hemos reído (bueno, nos reíamos los demás, él sólo hacía muecas y se llevaba la mano a la herida) ha sido del descubrimiento que ha hecho en uno de sus paseos por el pasillo. Cuenta S. que uno de los armaritos que usan las enfermeras para almacenar cosas estaba abierto, y dentro había un montón de cajas rotuladas con letras grandes: "SUDARIOS". "Joder, podían disimular un poco y llamarlos 'sabanitas especiales' o algo", se ha quejado. Le he dicho que vigile si falta alguna sabanita especial durante el día. Así, si nota un sabor extraño en la carne que le sirvan de cena, ya sabrá a que se debe.

Fuera del hospital, he reflexionado un poco sobre lo implícito y lo explícito, comparando la anécdota de los sudarios con El Padrino II, que nos hemos chupado en alegre panzada de inactividad findesemanera. La mafia es el eufemismo a la enésima potencia. La enfermera que rotuló esas cajas, en cambio, es prosaica y no entiende de segundas intenciones. Los personajes de Mario Puzo sólo hablan de muerte y destrucción en términos crudos cuando están fuera de sí o la situación es desesperada. Si no, se dan un beso que lo dice todo o se lanzan una mirada mucho más despiadada que cualquier vocablo. Un Corleone jamás escribiría "sudarios" en una caja.

Siguiendo con la panzada fílmica, nos hemos tragado Las vírgenes suicidas, con la insinuante Kristen Dunst, y me reafirmo en mi idea: Sofia Coppola es una niña pija con preocupaciones de niña pija, es verdad, pero sabe acercarse tan bien a la anécdota y observa de una forma tan humana y fascinada, que te convence. Por oposición a daddy, hasta María Antonieta, Sofia había huido de los grandes relatos con personajes corales y tramas de enredadera. Escribe historias sobre sí misma, sobre su condición de niña pija, y por eso lo hace tan bien. Pese a que habla de mundos y seres ajenos a mí, puede activar en mi desabrido corazón el mecanismo de la empatía. A mí, al menos, me gusta, pero ahora estoy en horas bajas, muy sensible por varias razones, y es fácil convencerme. A ver si sigue enganchándome cuando me sienta cínico y duro. A ver qué tal se da María Antonieta.

Para concluir, y con riesgo de que me llaméis plasta insufrible, reproduzco un genial diálogo de Padre de familia. Las frases de Peter van en negrita:

-Ahora que estamos a punto de morir, he de confesaros algo que no le había dicho a nadie: no me gustó El Padrino.
-¿Quéeeeeeeeee?
-Que no me gustó El Padrino. Hala, ya está, ya lo he dicho.
-¿Cómo no puede gustarte? ¡Es la obra perfecta!
-Para empezar, es larguísima, dura como seis horas o así.
-¿Cómo puedes decir eso? ¡Tiene un reparto espléndido! Robert Duvall, Rober DeNiro, Al Pacino...
-Sí, sí, unos actores excelentes, pero no lo soporto. Y esa escena de los sillones... ¿En qué idioma se supone que hablan?
-¡Es italiano!
-Es una escena cumbre, Peter, y hablan un idioma de sutilezas, algo incomprensible para tí.
-Me gusta Esta casa es una ruina. Ésa es mi respuesta a tu afirmación.

15/01/2007 02:37 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

LADIES AND GENTLEMEN, MR. BRAD PITT!

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Cuando ayer me senté en el cine a ver Babel, una radio iraquí ya había anunciado que a Sadam le quedaban pocas horas para ser colgado del cuello, pero nada se sabía de esas toneladas de hormigón que se iban a caer sobre un par de ecuatorianos acurrucados en un coche (si es que eso es lo que ha pasado en Barajas, que todavía no está confirmado). En una sala de cine el mundo siempre parece ajeno, pero el estado mental que me había provocado saber que alguien -me importa una mierda cómo se llame o lo que haya hecho- podría estar siendo ahorcado mientras yo zampaba palomitas, me predispuso de otra forma hacia la peli de Iñárritu-Arriaga. Los cuentos que contiene se convirtieron en... ¿reveladores? ¿Se dice así cuando algo te hace cosquillas en el cogote y te provoca un escalofrío?

No quería ver Babel en el cine, porque en la ciudad donde vivo, como en tantas otras, no hay una maldita sala que proyecte cine en versión original, y me daba pampurrias pensar en el doblaje de una peli donde los personajes hablan árabe, japonés, español e inglés. Debería estar penado con cárcel destrozar con el doblaje el trabajo de los actores y privar a los espectadores del 50 por ciento de su interpretación, compuesta por su entonación, sus inflexiones y su capacidad para expresar emociones y estados de ánimo del personaje con la voz. Pienso que el doblaje es un acto tan aberrante como pintarle un bigote a la Gioconda, y no me puedo aguantar la risa siempre que oigo aquello de "los dobladores españoles, dentro de lo malo, son muy buenos". El que pinta el bigote a la Gioconda también puede ser un hábil dibujante, pero no deja de ser un criminal por ello.

Soy especialmente radical y picajoso con este tema cuando la peli me gusta y cuando aprecio que el director se ha esforzado especialmente en cuidar los aspectos orales de su obra. Pero si la carne es débil, el celuloide todavía lo es más, y no iba a poder soportar a mis amigos dándome la brasa y contándome lo maravillosa que era sin haberla visto yo. Y no me arrepiento de haber ido. He de decir que, con doblaje y todo, Babel es inmensa, algo que no puede sorprender a quienes hayan visto Amores perros y 21 gramos (y yo lo he hecho con reiteración casi obsesiva, y volveré a verlas de nuevo). Creo, sin embargo, que esta última es la menos cruda de las tres, quizá porque uno de sus temas es ese galimatías que a muchos nos amarga la vida: las relaciones -o las no relaciones- entre padres e hijos. Mi admirado Arriaga ha echado un pelín el freno a su emotividad desbocada.

No voy a disertar más sobre la apocalíptica, totalizadora y, sin embargo, humanista visión del mundo de Arriaga-Iñárritu, porque soy muy pesado con mis filias y mis fobias, pero sí que tengo que unirme al carro de todos los que han puesto por las nubes la interpretación de Brad Pitt (incluso doblada, en serio). Yo ya estaba convencido desde hacía mucho tiempo de que detrás de ese guaperas cabecita de limón había un actor como la copa de un pino al que su propio físico no le dejaba despuntar. Pitt es uno de los grandes, y creo que todavía no ha dado lo mejor que tiene dentro. Espero que le ofrezcan papeles donde pueda envejecer como el titán que es. Antes de ver Babel leí en algún sitio que lo mejor de esta peli era la secuencia en la que Pitt habla por teléfono. Obviamente, me pasé toda la cinta esperando la maldita escena, y cuando llegó, se me encogió el alma. Este hombre pide el Oscar a gritos.

No debería decir esto, porque son rumores vagos que circulan de cuarta mano y está feo que alguien que se dedica al periodismo difunda chismes, pero ahí va esto: se cuenta que esta es la última peli que Arriaga e Iñárritu van a hacer juntos y que, al parecer, han partido peras. Algo huele a podrido en su bella amistad. O no, a lo mejor son chismorreos de envidiosos y maledicentes que no tienen base alguna, pero yo es lo que he leído por ahí a gente sin escrúpulos que no quiero citar.

Vaya fin de año más intenso.

30/12/2006 22:56 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 8 comentarios.

UNA ROAD MOVIE FAMILIAR

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No sé dónde he leído recientemente -quizá en el dorso de una caja de cereales o en el Calendario Zaragozano- que la originalidad del narrador no consiste en contar lo que nunca se ha contado, sino en contar lo que se ha contado un millón de veces, pero haciendo que parezca que se cuenta por primera vez. Si esto es cierto, y no soy yo quien para dudar de las frases con vocación de proverbio, Pequeña Miss Sunshine es un pequeño rayo de originalidad en el mundo plúmbeo, vacuo y pagado de sí mismo que nos desayunamos cada mañana.

Los directores de Pequeña Miss Sunshine han rodado una road movie como si nadie hubiera rodado una antes. Se burlan del cinéfilo acostumbrado a sacar referencias, antecedentes y guiños y logran centrarle en las vidas de sus seis protagonistas minimizando (dios, cómo odio ese palabro) los recursos retóricos al máximo. Una sobriedad y contención meritorias y sorprendentes, viniendo de dos directores (Johnatan Dayton y Valerie Faris, casados y residentes en algún lugar de EE UU) que se han forjado en el mundo del videoclip y de la publicidad. Llámenme prejuicioso, pero con ese currículum, uno iba predispuesto a ser mareado y vapuleado con luces estroboscópicas y samplers de Jamiroquai. Y, oh, sorpresa: me he encontrado con una linda y atípica road movie con tono de comedia y final feliz.

En las road movies, el personaje huye o va al encuentro de algo sumamente trascendente. Aquí se trata de llegar a tiempo a un concurso de belleza infantil (no, no temáis, podéis seguir leyendo, que no pienso destriparla). En las road movies, los personajes son outsiders o tienden a salirse del marco social, abocados por una situación límite o por un conflicto que les supera. Aquí es la vida misma la que resulta inasumible para una familia de clase media que no ha cometido crimen alguno ni oculta ningún horrible secreto sentimental. En las road movies, el paisaje de la cuneta tiende a parasitar la acción. Aquí, sólo la decora. En las road movies, el viaje es iniciático y revelador, trasunto del viaje interior, que es el que verdaderamente importa. Bueno, aquí sí que se parece a las road movies convencionales.

Id a ver Pequeña Miss Sunshine. Podría decir muchas cosas de ella, pero la más importante es que, con toda seguridad, os va a provocar algo. Algo agridulce. Algo bueno. Es de lo mejorcito que he visto en los últimos años.

13/11/2006 01:15 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 3 comentarios.

ESTOS YANQUIS...

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El próximo día 17 se estrena en España Borat, un falso documental que da una vuelta de tuerca al estilo Michael Moore. Según leo en El País, su autor, Sacha Baron Cohen, se hace pasar por Borat, un periodista kazajo ignorante, machista, racista, lerdo y entusiasta de George W. Bush que recorre Estados Unidos de punta a punta con el "encargo" de dar a conocer en su país las maravillas de la civilización norteamericana. En el viaje, pone en evidencia cuán cenutrios son los yanquis de una costa a la otra. Borat enseña un país de paletos que creen que en Europa oriental viven en la Edad Media, llenos de prejuicios racistas, con pueblos donde los cow boys confiesan que quemarían a los homosexuales, etcétera, etcétera, etcétera. Hasta aquí, bien. Todo retrato paródico de una realidad mostrenca que, encima, se haga con sentido del humor, lo disfruto. Probablemente, gozaré y me indignaré por igual cuando vea la peli, pero, al igual que me sucede con Michael Moore, la demagogia europeizante me provocará cierta repulsión.

Producciones como esta sirven en Europa para que nos acomodemos en nuestra superioridad moral e intelectual. Pobres yanquis, pensamos, menos mal que vivimos en una tranquila, progresista y tolerante ciudad europea, menos mal que no somos unos imperialistas repugnantes como ellos. ¿No lo somos? Muy al contrario: producciones como la de Borat confirman una capacidad de autocrítica y autoparodia que apenas percibo en el viejo continente. Si no se producen películas como esta en Francia, en Alemania o en la misma España no es porque no exista una realidad tan mostrenca o más, sino porque una industria hipersubvencionada rara vez se atreve a morder la mano de la sociedad y el Estado que la alimenta.

Estoy convencido de que un Borat recorriendo España de Barcelona a Huelva podría ser tan terrorífico como el estadounidense. ¿Saldría el gracioso reportero ileso de unas cuantas bromas sobre moritos en una plaza de El Ejido? ¿Qué pasaría si entrara con ganas de guasa españolista en una herriko taberna? ¿Y si pidiera a los parroquianos de un bar de Quintanilla de Onésimo su opinión sobre la homosexualidad? ¿Y si visitara la fiesta de Manganeses de la Polvorosa en la que se arroja una cabra desde un campanario? ¿Sería capaz alguien de pasearse con el pelo largo y una camiseta del Che Guevara un 20 de noviembre por la Plaza de Oriente de Madrid?

¿Cómo? ¿Que me voy a los extremos? No, estoy cogiendo el equivalente hispano de los rodeos y de los poblachos de mala muerte llenos de cow boys homófobos y Homer Simpsons republicanos. Pero la cosa no sería distinta en Francia, donde un partido racista que deja pequeña cualquier exageración pueblerina estuvo a punto de llegar a la presidencia de la República no hace nada y cuyo porcentaje de votos jamás baja del 10 por ciento. Venga, acérquese y pregunte al encargado de cualquier tasca marsellesa en qué pino prefiere colgar a los argelinos. Cuando terminen de empaparse de la grandeur que impera en la campiña gala, hagan un viaje por la pinto