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EL EQUILIBRISTA

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Juan José Campanella tiene un grave defecto que a la vez es su gran virtud. Bueno, es un rasgo de estilo -un poderosísimo y definitorio rasgo de estilo- que puede leerse como defecto cuando fracasa y como virtud cuando triunfa. Y en El secreto de sus ojos, que acabo de ver, triunfa.

El defecto-virtud consiste en su vocación de equilibrista. Campanella construye sus pelis pisando la finísima raya que separa lo sublime del pastelón cursi. Es una raya por la que los genios saben transitar sin inmutarse, sin pararse siquiera a pensar que avanzan sobre ella. Campanella no es un genio, pero conoce a fondo su oficio, y la única posibilidad que tiene de llegar al otro lado de la pista sin estamparse contra el suelo es depurar su técnica y confiar en sus habilidades de artesano curtido. A veces, se estampa, como con Luna de Avellaneda o con la serie que hizo para Telecinco, Vientos de agua. Pero cuando acierta... Cuando sabe mantener el equilibrio con soltura, sin dudar ni dar pasos en falso... Ay, amigos, entonces nos regala cine del bueno. No del bueno, del mejor.

Ya desde el título de El secreto de sus ojos, Campanella nos deja claro que va a jugar con el pasteleo. Nos advierte de que va a volver a hacer funambulismo sobre un merengue ultraazucarado, y nos invita a ver si es capaz de no caerse sobre él y acabar de glucosa hasta los ojos. Si no se cae, la historia será redonda.

Tengo que madurarla, pero creo que El secreto de sus ojos es, si no produce algo mejor -y lo tiene jodido, se ha puesto el listón muy alto-, su obra maestra. Ha encontrado una historia con la que se siente a gusto y ha sabido contarla con unos actores -con un actor, un actorazo- que entienden perfectamente lo que quiere de ellos. Todo le ha encajado, todo ha cuajado, todo ha salido con su punto justo de azúcar. Con unos mimbres muy austeros -una trama noir policíaca de lo más clásica, una estructura de mise en abisme y una historia de amor à la ancienne- ha creado una peli fantástica, memorable.

Decía el Guardián de la Cripta que la forma más fácil de llegar al corazón de una mujer era a través de su caja torácica. Campanella ha encontrado un atajo sin cirujía. No necesita bisturí: le basta la cara de Ricardo Darín, a quien le regala una docena de frases sensacionales, que puestas en su boca tienen el sabor de las palabras dichas en el cine clásico, en ese cine de humo y gabardinas mojadas que tanto nos enseñó a vivir.

Darín juega en otra liga. No en la Champions, sino en la universal. En esta peli está a la altura de un De Niro o de un Pacino. Una mirada suya llena la pantalla y atraviesa los corazones de todos los que nos cruzamos con ella. Es brutal, irónico, seductor, perdido, desesperado... Es lo que quiere ser, y al final de esta película -no cuento nada, podéis seguir leyendo: sólo diré que es una secuencia que tiene mucha relación con lo que se hablaba aquí de Primo Levi el otro día- tiene un momento cumbre, gigantesco, titánico. No utiliza palabras, sólo su gesto, pero transmite más que mil tratados de filosofía. Qué tío.

En fin, sirvan estas pobres y parvularias líneas para manifestar mi admiración por esta delicada obra, cuya estética es tan bella como la historia que cuenta, con planos preciosísimos ejecutados con una maestría técnica digna de Billy Wilder. Tiene un hálito clásico, intemporal, profundamente humano, profundamente sincero.

01/10/2009 02:19 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 4 comentarios.

EPIFANÍA SUBTERRÁNEA

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Una de mis obsesiones más recurrentes es El tercer hombre. La habré visto no menos de cien veces a lo largo de mi vida (haría muescas en la pared contándolas, pero temo quedarme sin espacio). Por eso, su edición remasterizada en DVD ha sido uno de los regalos que he recibido. Parecerá tonto, pero hay cosas que yo no me bajo de la mula, que necesito palpar, tocar y ver en la estantería. Necesito saber que tienen presencia al margen de un archivo informático enumerado en un listado. Es un vicio analógico que seguramente resultará muy molesto a las generaciones venideras, como una nostalgia viejuna y desgreñada.

Por supuesto, la he vuelto a ver esta misma tarde. Me la sé prácticamente de memoria, y tengo clarísimo que cuando Holly Martins (el grandísimo Joseph Cotten, uno de esos actorazos nunca del todo bien ponderados) dice aquello de "Sólo soy un escritor de novelas que bebe demasiado y se enamora de chicas como usted", quien habla realmente es Graham Greene, que se hace un autorretrato en forma de brindis.

Fue un gusto descubrir que el escritor argentino Rodrigo Fresán también vive obsesionado por esta peli, ya que la ha convertido en uno de los leitmotivs más recurrentes de su obra, que va cargadita de leitmotivs. Es reconfortante saber que no se está solo, que hay otros drogadictos enganchados al mismo opio.

El tercer hombre surge de un encargo que le hacen a Graham Greene. Alexander Korda, en medio de alguna borrachera de dry martinis, le propuso escribir el guión de una peli ambientada en la destruida Viena de posguerra. El borracho novelista inglés aceptó el reto y se puso a currar en serio. Pero, según contó él mismo (así que créanse lo que quieran, porque los escritores mienten apenas hilvanan dos frases), se bloqueó. Cuando ya tenía bastante clara la trama y el perfil de los personajes principales, se quedó seco, no supo cómo encauzar y vertebrar toda la historia. No se le ocurría nada, y por más scotch que bebía, el nudo no se deshacía.

Después de dos semanas trasteando por Viena, se le acabó el plazo: tenía que largarse a escribir y empezar a enseñar la faena a sus jefes, pero el pobre Greene no tenía nada más que unos cuantos folios emborronados con cuatro o cinco ideas que le sonaban idiotas y miserables:

El penúltimo día [de su estancia en Viena] tuve la suerte de almorzar con un joven oficial del Servicio de Inteligencia Británico (...). Él me contó cómo cuando se hizo cargo de Viena exigió de las autoridades austriacas una lista de la policía vienesa. Una sección de la lista tenía la cabecera POLICÍA SUBTERRÁNEA.

"Desháganse de esta gente -ordenó-, las cosas han cambiado", pero un mes más tarde descubrió que la "policía subterránea" continuaba en la lista. Repitió irritado su orden y entonces le explicaron que la "policía subterránea" no era policía secreta, sino una policía que literalmente trabajaba bajo tierra, en el enorme sistema de alcantarillado.

Ahí se desatascó todo. De repente, la historia se compuso en su cabeza, perfectamente estructurada y resuelta, con su clímax, su tensión sexual, su todo. Luego tuvo que cambiar algunas cosas por exigencias de la productora: el prota se llamaba Rollo y era inglés, pero al fichar a Joseph Cotten para el papel, lo convirtió en americano y le bautizó como Holly Martins porque, por lo visto, Rollo significa maricón en el slang de algunas zonas de Estados Unidos. Tuvo que hacer otros cambios menores para ajustar al malvado Harry Lime a la presencia y la voz de Orson Welles, y podar alguna que otra rama más, pero lo esencial de la peli está en la novela corta que escribió como base para el guión y que se publicó años después con prólogo aclaratorio (donde cuenta todas estas batallitas).

Por supuesto, cuando El tercer hombre tomó forma definitiva en su cabeza con la epifanía reveladora de la policía de alcantarillas, ¿a que no sabéis qué hizo? Sí, señor, se fue a celebrarlo con unas copas en el Oriental, uno de los garitos nocturnos de Viena que quedaban en pie. Hay escritores que nacen con el hígado de titanio.

Foto: la persecución final por las alcantarillas de Viena, con la policía subterránea de perseguidora.

23/08/2009 20:41 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 2 comentarios.

ABUELITOS

Hace tiempo que Coppola chochea. Scorsese también chochea. Y Woody Allen. Y nos resentimos todos. Se resienten sus obras y, por tanto, se resienten sus espectadores.

Tetro tiene una pinta espantosa (me fío del ojo de Boyero, qué quieren que les diga). Y si echan un vistazo a lo último de Allen y Scorsese se asomarán al delirio babeante de dos tipos que han perdido el norte, abandonados para siempre por su genio, obstinados en exprimir una ubre seca. Que Scorsese se empeñe ahora en ofrecernos un compendio de grandes biografías de petardos insufribles (que si un millonario aviador, que si la flatulenta reina Victoria...) y que Allen ande perpetrando telefilmes romanticoides da pena. Que tres tíos que han hecho lo que han hecho -que no es que hayan sido grandes, sino titánicos-, se vean así, da que pensar.

¿Cuándo debería retirarse un genio para no hacer el ridículo? Billy Wilder dejó de dirigir en 1981 y disfrutó de una estupenda jubilación de 21 años. ¿No les apetece jubilarse a estos pobres abueletes? ¿No quieren sentarse en un porche y contar batallitas de sus años mozos? ¿Hasta cuándo van a torturar a su público? ¿Cuánto crédito les queda por gastar? En lo que a mí concierne, están a puntito de rebasar el límite: a Coppola todavía le queda un trecho, pero Scorsese está cerca de manchar gravemente su brillantísima carrera, y Woody Allen... Woody hace tiempo que mutó en caricatura.

Son pocos los creadores (qué ascazo de palabro, no me digáis que no) que saben aguantar el tipo. Toda carrera tiene un clímax, y en todas hay picos y valles, que los seguidores saben perdonar con generosidad, pero cuando se llega a cierta edad y se vive instalado en el valle, sin que los pulmones aguanten para una última escalada, hay que dejarlo. Si uno no es capaz de cerrar bien alto, dando lo mejor de uno mismo, lo más sensato es hacer mutis con discreción y dedicarse a recibir homenajes y a contratar a un negro que escriba unas memorias que ajusten las cuentas con todo el mundo.

Queridos Francis, Martin y Woody: piensen que hay todo un mundo más allá del cine. Que las cosas no son como antes, que ahora hay muchas cosas majas y baratas para los abuelos: viajes a Benidorm, torneos de petanca, cruceros para ligotear con viudas pródigas y bingueras, caravanas de alquiler para recorrer Castilla y León y, si el cuerpo les responde, bicicletas para hacer el último tramo del Camino de Santiago. Cualquier cosa, menos seguir trabajando.

Descansen ya, que se lo han ganado.

Y a lo mejor luego me desdigo, pero Tetro apesta. Y mucho. Por no hablar de que aquí es un juego: el Tetro, tú te agachas y yo te la metro (goldwyn mayer).

22/06/2009 23:28 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 6 comentarios.

PERROS CALLEJEROS

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(Antes que nada: sí, tengo esto manga por hombro, abandonadísimo. Hay hasta pelusas corriendo entre los posts. Me tendréis que disculpar. O disculpad al relojero que hizo los días solo de 24 horas. No doy más de sí, un poco de compasión. En cuanto pasen las ferias del libro volveré a mi ser natural, espero).

Tengo ganas de ver la exposición Quinquis de los 80, en el CCCB de Barna. Tiene buena pinta, y creo que frivolizará lo justito, porque el tema tiene hondura y garra para unas cuantas novelas que no se han escrito y que no creo que se escriban ya a estas alturas.

En mis comienzos plumífero-reporteriles, me obsesioné con entrevistar al Vaquilla. Había hecho algo. Le habían negado un tercer grado por reincidir de nuevo por millonésima vez y se pudría en la cárcel de Quatre Camins. Había vuelto a la actualidad por alguna razón, y yo quería aprovechar ese Pisuerga para publicar esa entrevista. Cursé mil solicitudes a Instituciones Penitenciarias de la Generalitat, casi me hice íntimo de su abogado y charlé a menudo con su novia (¿o era su esposa? Creo que estaban casados). Pero nada. Me lo denegaron. Lo intenté por varias vías, pero tenías que ser poco menos que íntimo del conseller de Interior para que te dejaran entrar en Quatre Camins con una grabadora. Y eso que él quería ser entrevistado.

Con los relatos de su pareja y de su abogado compuse un reportaje en el que volqué mi escasa pericia literaria, sin que se me fuera la mano con efusiones épicas y agitanadas. Localicé, con muchos sudores, al que era director de la cárcel de Teruel cuando él pasó por allí, y me contó muchas historias reveladoras de su personalidad. Y también leí Yo, el Vaquilla, la autobiografía redentora de un chaval que entró en la cárcel analfabeto y se hizo casi filósofo en ella. A través de la gente que le conocía, pude trazar un perfil despiojado de tópicos. Insuficiente, pero honesto. A ver si lo encuentro por el archivo y lo cuelgo por aquí. Tendré que revisarlo para ver si mereció de verdad la pena.

Tiempo después de aquel reportaje, el Vaquilla murió, pero yo pasé de unirme al chorreo hagiográfico. Respeté el dolor de su mujer y no la llamé para arrancarle cuatro frases, como sin duda hubiera hecho un periodista de raza, cosa que me precio de no ser. Entenderéis ahora que tenga ganas de ver la expo del CCCB, ¿no?

No dice nada bueno de los juntaletras de este país que no haya ni una novela -no ya buena, sino simplemente legible- sobre los manguis. Sí, está Últimas tardes con Teresa, a la que no osaré manchar con un solo pero (qué momento cumbre, qué escritorazo tan genial es Marsé cuando narra el amanecer en el chalet y cómo el Pijoaparte, que está en la cama abrazado a la niña rica que se ha follado, observa cómo la luz va dando forma a los bultos de la oscuridad, y de las sombras se va definiendo, clareándose, una cofia y un delantal puestos sobre la silla: qué batacazo se da el Pijoaparte cuando entiende que no se ha tirado a la niña rica, sino a la criada. Qué envidia da Marsé cuando hace esas cosas, qué cabrón), pero esa novela habla de otras cosas. Habla más bien de los protoquinquis, de los padres del Vaquilla.

En este caso, y sin que sirva de precedente, el cine español le ha ganado la partida a la literatura. Es muy raro, porque soy de los que piensan que en España hay muy buenos narradores pero unos pésimos cineastas, así que a los que inventan (¿inventamos?) ficciones se les tendría que caer la cara de vergüenza cada vez que un director les da un par de sopapos creativos.

Me refiero a José Antonio de la Loma y su trilogia Perros callejeros, Perros callejeros II y Los últimos golpes del Torete (y a su menos lograda secuela Perras callejeras y el documental Yo, el Vaquilla). El mejor cine de acción que se ha hecho nunca en España, a la altura de joyas como Asalto a la comisaría del distrito 13, de Carpenter, o The Warriors, de Walter Hill, rodadas por las mismas fechas al otro lado del charco (The Warriors merece un post aparte: es una adaptación de una novela de Sol Yurick que a su vez es una reescritura de la Anábasis, de Jenofonte, una tragedia griega clásica. En vez de dioses y héroes, en The Warriors hay pandilleros de Nueva York en los años 70. La peli termina con una apoteosis sangrienta en Central Park).

Por supuesto, la trilogía de De la Loma, aunque resultó muy taquillera y popular, fue debida y convenientemente despreciada por la crítica intelectualoide. Recibió esputos tanto marxistas como conservadores: hubo unanimidad en el denuesto. Es mi generación la que ha reivindicado la altura de estas obras, treinta años después. Quizá demasiado tarde, pues cuando De la Loma empezó a ver reconocido su trabajo en los medios intelectuales que antaño le escupían y empezó a gozar de los agasajos de jovenzanos cinéfilos, murió. El prestigio es una ramera que siempre llega tarde.

Quizá apreciamos el cine de quinquis porque ya no hay quinquis. Quizá necesitamos de cierta asepsia postmoderna para entender su tragedia. Sólo desde la limpieza más pulcra se puede gozar de la suciedad. O quizá es que ahora podemos ver esas pelis sin anteojeras y sin un murmullo populista de fondo, sin esos periodistas bienpensantes que denunciaban la inseguridad pública en titulares amarillos.

Por cierto, una nota localista: una parte de Perros callejeros II transcurre en Zaragoza, donde el Torete y su banda se refugian después de dar varios golpes en Barcelona y tener que salir de najas.

27/05/2009 19:00 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 3 comentarios.

TODO ES POCO PARA ELLOS

Columna Del revés, publicada hoy en el suplemento MVT de Heraldo.

Qué pesadez más pesada la promoción que le han dado a ‘El luchador’, que se estrena hoy. Qué de toneladas de miel se han dilapidado en las loas al trabajo de Mickey Rourke. Ya puede ser buena, ya, porque si es un poquito menos que excelsa no va a estar a la altura del bombo proclamado. Y eso que va de un tipo que hace ‘pressing catch’, esa cosa ridícula de los combates amañados donde dos horteras con sobredosis de clembuterol se dan cachetes coreográficos mientras los palurdos les jalean en las gradas. Yo ahí veo material para una comedia, no un drama. No termino de empatizar con esos personajes, pero habrá que echarle un ojo antes de juzgarlo.

Eso sí, operaciones de promoción al margen, entiendo perfectamente que se admire a los actores hasta el paroxismo. Hasta tirarse de los pelos y arrancarse los ojos con las uñas. Seré un frívolo indigno de pisar el mundo, pero pienso que un actor brillante merece una vida millonaria y los excesos y los caprichos de divo. Le disculpo cualquier defecto de carácter, le perdono hasta los crímenes que pueda cometer. Creo que un actor grande -pero grande de verdad- debe ser mimado más allá de toda mesura. Murámonos de hambre si es necesario; regalémosles nuestras casas si se les antojan.

¿Qué precio le pondríais a la sonrisa de Michael Caine al final de ‘El hombre que pudo reinar’? ¿Cuánto dinero vale el "si me necesitas, silba" de Lauren Bacall? ¿A cuántos euros se cotiza la frase: "Lo conseguí, ma, ¡la cima del mundo!", dicha por James Cagney antes de ser devorado por las llamas al final de ‘Al rojo vivo’? ¿Y la mirada rabiosa del propio Mickey Rourke en ‘La ley de la calle’?

Cuando un actor brilla, se mete en nuestra piel, atraviesa músculos, cartílagos y huesos para colarse en nuestra médula. Y una vez dentro, la cosquillea, la retuerce, la arrasa. Hace con ella lo que quiere. Y lo hace con su propio cuerpo, con sus gestos, con su mirada. Sin más artificio que su persona. Él mismo se convierte en obra de arte, desencadenando una magia antigua cuyos resortes solo ellos manejan. Nos encantan como a serpientes.

Seguro que Mickey Rourke está estupendo. Seguro que está a la altura de su leyenda (y de su promoción).

20/02/2009 20:20 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

¿LA ENFERMERA PRICE?

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Antonio, un amable lector (amable lector, amable oyente... Cómo me gustan esas expresiones que me hacen sentir como una Elena Francis cualquiera), me manda por mail esta foto con el asunto "¿Jenny Agutter?". Se refiere a la señora de la izquierda junto a la ventanilla. Bien pudiera ser, la verdad. Y si no lo es, nos lo imaginamos. Es el metro de Londres, y la foto la ha tomado un amigo de Antonio. La otra, por cierto, es la típica amiga inglesa hortera que toda mujer británica tiene que llevar al lado por decreto.

Jenny inauguró la galería de erotismo olvidado y segundón de este blog, y ocupa en ella un puesto de honor por varios eromomentazos de la peli Un hombre lobo americano en Londres, del maestro John Landis.

-He tenido cuatro amantes en mi vida, tres de ellos en una sola noche -dice en la peli. Tímida, bajando la mirada. Y todos nos derretimos, todos querríamos ser el quinto y deshacer esa cama fría setentera de apartamento cutre londinense.

Ahora tendrá unos 55 años y sigue currando en la BBC. Sin proyección internacional, se ha convertido en una más de las muchas damas del elenco de la BBC. Carne para matrimonios sedentarios de Cardiff que se aburren los domingos en el sofá después de comer. Pero fue grande. Fue la enfermera Price de Un hombre lobo americano en Londres. Fue una de las chicas de La fuga de Logan. Ahí es nada.

02/11/2008 13:18 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

LÁGRIMAS DE CINEASTA

Me dijo hace unos días un amigo: "Me estoy dando cuenta de que, en general, los bufones no le caen bien a la gente normal o que pretende ir de seria. Les repatean los higadillos, no los soportan, les tienen una aversión terrible". Por bufones mi amigo se refería a todos aquellos que con su oficio y talento se dedican a divertir y emocionar a la gente, ya sea sobre un escenario o desde una pantalla. La gente de la farándula, vaya. Y es verdad: los señores con corbata les tienen paquete. Siempre ha sido así. O bien temen que sus hijos se conviertan en unos de ellos o les envidian amargamente porque ellos llevan la vida que quieren y no tienen que pasarse el día encorbatados y estrechando manos de gentuza a la que desprecian. En el fondo, son resabios medievales. No hemos abandonado del todo el feudalismo: es el mismo odio que los cortesanos profesaban a los bufones del rey. Y entonces como ahora, sólo le ríen las gracias al bufón si el rey ríe primero.

En España, que para algunas cosas sigue siendo un país raro, el desprecio hacia el artisteo está más arraigado. De ahí que algunos se sientan despreciados sin razón (veáse Javier Bardem). Sólo Jiménez Losantos lo dice abiertamente, pero sobrevuela la idea de que quienes se dedican a esas cosas, y más si lo hacen con una vocación un poco atrevida o vanguardista, son unos vagos, unos jetas y unos parásitos que viven de la gente honrada y trabajadora. En el resto de Europa sólo los cabestros redomados piensan así, pero en España, a poco que escarbes en una conversación, afloran los viejos prejuicios. En eso nos parecemos mucho más a los Estados Unidos profundos: es la misma ignorancia satisfecha, expresada con idéntica brutalidad.

Por eso -y por otras complejas y menos nobles razones-, la farándula española vive a la defensiva, y en parte de ella se ha enquistado una altivez y un permanente sentimiento de agravio que hace que incluso quienes somos adictos a su arte, quienes les seguimos y les disfrutamos, nos distanciemos de sus aires de divos mal follados. Hace falta mucho ingenio y mucho talento para que un divo resulte atractivo, y el ingenio y el talento son bienes muy escasos.

Si unimos este talante secular a una situación de crisis en las que, especialmente las gentes de la música y del cine, están viendo peligrar sus ingresos y su forma de vida, el cóctel puede propiciar un desquiciamiento mental que les lleve a romper cualquier barrera de sentido común. La carta que se publica hoy en El País (para leer, pinchar aquí) es un síntoma de que, definitivamente, los cineastas han terminado de enloquecer y ya no soportan más este mundo en el que viven. Podrían aprovechar ese pathos subido y canalizarlo artísticamente, encerrarse en su Quinta del Sordo particular y ponerse a trabajar como Stajanovs puestos de anfetas. Seguro que salía algo interesante de ahí. Pero en lugar de eso, se han juntado (en comisión, comité o alguna gaita de esas sindicales a las que son tan aficionados los creadores presuntamente individualistas) y han mandado una carta para echarle la bronca a un periódico y a un crítico porque no se sienten apoyados. Lloran y patalean a la vista de todos, como niños malcriados porque no les han hecho el caso debido durante el Festival de Venecia, y sueltan hipérboles como esta, sólo achacables al delirium tremens:

Pero hay más: ya puesto, el cronista [Carlos Boyero] advierte a los distribuidores españoles del mal que les acecha si se deciden a importar esta clase de películas, conminando a los exhibidores a no programarlas. Grave actitud, que se parece mucho a una censura previa, y que, de prosperar, privaría a los espectadores de ver y juzgar por sí mismos. Se trata de un asunto mayor, de estricta política cinematográfica, ante el cual lo esencial no es tanto el punto de vista del redactor como el del medio al cual representa. (Las negritas son mías, fruto de mi asombro).

¿Censura previa? ¿Asunto mayor? Les resumo muy brevemente qué pasa aquí. Carlos Boyero es un crítico curtido, curado de espanto y que cobra un pastón. Posee una prosa corrosiva, que ha convertido ya casi en cliché, pues dejó de cultivarla hace mucho, pero que sigue resultando efectiva y atractiva para quienes le seguimos. Es un tipo que, en sus largos años de profesión, ha demostrado tener muy buen ojo para el cine, un criterio afinado y una enorme gracia y honestidad a la hora de expresar sus impresiones. Eso le ha convertido en uno de los críticos más seguidos en un país que no sigue a ningún crítico. Las cosas como son: Boyero tiene fans, y yo a ratos soy uno de ellos. Cuando tiene la tarde inspirada, un artículo de Boyero es una lección de periodismo de primera.

Pues bien, a este crítico con fans nunca le han convencido los alardes de la postmodernidad. Es una de sus características, todo el mundo sabe de qué pie cojea y nunca lo ha ocultado. Odia los "ejercicios de estilo" y los "aires de melón". Él defiende un cine de chicha, que te deje lleno, que te golpee en la cara, que te emocione. Está en su derecho, y a quien no le guste, que no lea. Hay otros críticos que sí siguen la corriente de la postmodernidad, sólo faltaría que todos tuvieran que ir de la mano por la senda constitucional.

Lógicamente, todos los cineastas que se encuadran en esos ámbitos tienen muchas posibilidades de que sus películas sean trituradas por la termomix de Boyero, y esta vez se han cansado. A los señoritos no les gusta el crítico ni el lenguaje arrabalero que emplea, y han ido a chivarse al director del periódico, como una mafia organizada. Exigen que el periódico tome partido abiertamente en esa guerra y que decida si está con "el cine de autor" o contra él. Es un ultimátum en toda regla.

No digo yo que no estaría mal que ese periódico (cualquier periódico) tuviera un elenco de tres o cuatro críticos afinados en sensibilidades distintas y que le aportaran al lector todas las caras posibles del prisma. Enriquecería al periódico y al lector, sin duda. Pero lo que resulta de una soberbia mafiosil insoportable es el tonillo que acusa de "censura previa" al crítico, como si fuera un oficial de la Falange.

Entiendo que a quien ha invertido tanto tiempo y esfuerzo en crear una obra personal, fruto de sus entretelas más ardientes, le reviente el hígado ver cómo un crítico la despacha con dos golpecitos leves de ingenio escritos en una habitación de hotel. Y le reventará mucho más encontrarse al día siguiente a ese crítico acodado en la barra del bar del festival de turno pimplándose un lingotazo de whisky que ha pagado con el dinero ganado destrozando su peli. Pero es el juego, amigo: cuando uno somete su obra al público, y encima lo hace por cauces tan institucionales como los de un festival, se supone que está aceptando las reglas del juego, y esas reglas dicen que el crítico está ahí para decir lo que le salga de sus santísimas pelotas. Con fundamento o sin él, puede decir lo que quiera de una obra que el artista ha decidido comunicar al mundo. Si no quiere que se la critiquen, que la guarde en un cajón y se la enseñe a sus amigos.

Por suerte, Boyero, a fuerza de estilo y trabajo, tiene una firma y una reputación que le garantizan una independencia a prueba de bombas. Nadie, salvo el alcohol que se ingiere en los festivales, condiciona su discurso. Por eso tiene seguidores, porque saben que no escribe al dictado de nadie, porque nunca hay temblor ni condescendencia en sus textos.

Además, seamos seríos, señores Marías, Guerín, Erice y compañía: ¿de verdad creen ustedes que sus pelis se comen los mocos porque Boyero las despacha con un par de palabrotas? ¿Cree que las palabras de Boyero pueden inhibir a un solo espectador? Le atribuyen un poder que no tiene. Claro que es más fácil echar la culpa de los fracasos al bocazas criticón o al ignorante vulgo que le sigue aborregado. Además, que yo sepa, Boyero es la única voz disonante en un corifeo de alabanzas hacia la obra de todos los firmantes de esa carta. Cada nueva película suya recibe un tratamiento exquisito por parte de la crítica, y sólo Boyero y algún que otro loco más se atreve a disentir. Vamos, que esto se parece más a un linchamiento de cien cineastas a un crítico desarmado y envejecido. ¿Quién agrede a quién?

13/09/2008 13:51 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 5 comentarios.

MI MESA COJEA

Ando liadete estos días, pero para que no digáis que tengo abandonado el blog, voy a hacer una cosa que hacen mucho los blogueros: cortar y pegar cosas que leen por ahí. No asustarsen, que no me he vuelto todavía tan vago y soy demasiado narcisista como para dejar que otros acaparen la gloria de mi blog, pero es que llevo unos días leyendo la bitácora de Mi mesa cojea, que escribe un guionista de El hormiguero, y algunas cosas me parecen más que brillantes, sublimes. Quería compartirlo con vosotros. Este post se titula Argumento para la película española total:

Un hombre se despierta en mitad de Madrid. La ciudad está desierta. Él quiere saber lo que está pasando, alucina, está turbadísimo. Pone cara de “estoy turbadísimo”. Primer plano, que se entienda que está turbado.

Entonces se despierta. Todo ha sido un sueño. Se toca las tetas para comprobar que sigue siendo el mismo travesti yonki de Barranquillas de toda la vida. Tiene una vecina vieja muy dicharachera que dice cosas graciosas en tres secuencias repartidas por toda la película.

La travesti queda con sus amigas putas en paro (una de ellas argentina), que hablan como si hubiesen escrito una tesis sobre Schopenhauer cada una. Para que el diálogo no parezca demasiado irreal, de vez en cuando alguna dirá “cómeme el coño” y todas se reirán. El camarero es muy majo (¿Javier Cámara?).

La travesti se reúne luego con su abuelo. Entra flashback (o viaje en el tiempo, por definir). Contamos una anécdota ambientada en 1937 (posible cameo de Santiago Segura) que muestra la locura fraticida con un punto de amarga comicidad (o cómica amargura, por definir).

Al concluir el flashback/viaje en el tiempo, la travesti confiesa a su abuelo que a veces siente como si cayera en un túnel y, ¡flop!, saliera en mitad del cuento. El abuelo le dice que no le diga más, que eso es porque se llama Pepa, que es un nombre capicúa y los nombres capicúas son lo mejor y lo peor al mismo tiempo. La travesti le dice que Pepa no es capicúa y que además ella se llama Cristina (aunque en su DNI todavía pone Alberto). El abuelo, desconcertado en exceso, grita desconcertadamente que está atrapado en una pesadilla surreal, y exige a voz en grito que alguien le diga la verdad.

A negro. Sobre negro, la voz de cualquier mujer del mundo menos Najwa Nimri susurra: “Graminauer”.

El abuelo se despierta. Todo ha sido un sueño. Vuelve a estar en su casa, que es 10 veces más grande de lo que debería ser para alguien de su clase social para que quepan los focos y eso.

El abuelo se asoma por la ventana y ve, en el piso de enfrente, un desnudo completamente gratuito. Pubis sin depilar, negro como el alma humana (relación hipertextual con la anécdota de la guerra civil). Al bajar la vista a la calle, el abuelo presencia un atentado de ETA (un pistolero dispara en la nuca de un policía). Mientras el etarra huye por la calle, de pronto, cae postrado de rodillas. Vemos el arrepentimiento en su mirada. Se ha redimido.

Pero el abuelo, al comprender la terrible negrura que habita en el corazón de las personas (inserto fulminante del pubis negro), convoca a la prensa para hacer público su deseo de una muerte digna, pero la prensa no va porque está cubriendo una manifestación contra la guerra y contra el terrorismo y a favor del 0´7 y el ecologismo.

En este momento el espectador se percata de que la puta travesti era Javier Bardem, solo que estaba tan bien caracterizado que ni se le reconocía (¿soy yo o huele a Goya por aquí?).

El abuelo abandona la idea de la eutanasia y comprende que la vida es luminosa, colorista, maravillosa (para agilizar el final de la película nos ahorraremos la evolución del personaje).

Acabamos con planos de la ciudad urbana, con sus semáforos, sus inmigrantes y sus cosas, y una voz en off esperanzada que concluye diciendo: “La vida es una mierda, pero al menos hay fútbol” sobre música de Alberto Iglesias. Funde a negro y títulos de créditos.

Nota: eliminar las referencias a España de cara a un posible remake americano

14/05/2008 02:16 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

MÁS FARSO QUE LA FARSA MONEA

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Llamadme inculto, necio y truhán, pero hasta la pasada madrugada no había visto esa maravilla titulada Fraude (F for Fake) que Orson Welles hizo en 1975, cuando disfrutaba de su plácido y obeso ocaso. La echaron en Aragón Televisión, una cadena que suelo pasar de largo en los zappings porque siempre hay tíos engominaos hablando de la nieve del Pirineo, del dance de Mallén, de comunicaciones transpirenaicas o de plataformas logísticas (sí, acuchilladme por decir esto, pero sé que en el fondo pensáis lo mismo). Sé que no es cierto del todo, sufridos compañeros del ente aragonés, pero por unas cosas o por otras, nunca me interesa lo que emiten a las horas a las que yo veo la tele (que reconozco que suelen ser horas raras). Así que, anoche, aburridos después de volver de una cena, íbamos a pasar de largo, pero las barbas de Orson nos retuvieron. Estaba empezando Fraude, la peli de la que tanto había oído hablar y que nunca se me había ocurrido descargar de la mula. Por supuesto -pensé- a una hora imposible para la gente que tiene horarios racionales. Para variar.

Como tirón de orejas hay que decir que, por norma general, doblar la voz de Orson Welles debería ser un crimen equiparable al de pintar un graffiti en la Gioconda. En esta peli el gran Orson recita a Kipling, y a nosotros sólo nos llega su imitador-doblador declamando ridículamente una mala traducción. O sea, que mear en la pila de agua bendita de una iglesia es un sacrilegio, pero esto no. ¿En qué mundo vivimos? El culpable de ese doblaje debería ser maniatado y arrojado en el desierto monegrino con las tripas abiertas para que picoteen los buitres en él. Pero no me voy a poner quisquilloso, así que sólo diré: si emiten la peli a las tres de la mañana, estoy convencido de que a los tres o cuatro noctámbulos fans que estábamos en ese momento viendo la tele no nos hubiera importado nada verla en versión original. Hagan la prueba, de verdad.

Lo que importa: Fraude. Qué grande fue Orson Welles. Creo que la industria farmacéutica debería abandonar todas sus investigaciones sobre enfermedades como la malaria, el cáncer o el sida para centrarse en una píldora que diera inmortalidad a gente como Welles. La humanidad no puede permitirse su muerte, especialmente cuando demuestran que su vejez no es un chocheo inaudible, sino un esplendor deslumbrante. Welles, a los 60 años, estaba hecho un chaval. Murió con 70, y seguía hecho un chaval. Un chaval travieso, pícaro e hiperactivo.

Fraude es una maravilla inclasificable. A primera vista, es un documental sobre el más grande falsificador de la historia del arte, Elmyr de Hory, retirado en la isla de Ibiza y riéndose, con una copa de coñac en la mano, de todos los expertos en arte del mundo. ¿Cuántos Modigliani de Elmyr de Hory han sido autentificados como verdaderos Modigliani? ¿Y cuantos Monet? "Si los abogados nos dejaran -dice un soberbio y barbudo Welles vestido con capa y sombrero negro-, podríamos hablarles de un famoso museo europeo que tiene un montón de Elmyrs creyendo que son Modigliani".

Con un montaje trepidante y desquiciado, casi en torbellino, Welles nos promete decirnos la verdad durante una hora. Pero el documental dura hora y media. Así que todo acaba convirtiéndose en un sofisticado juego sobre la verdad y el engaño, y sobre cómo los engaños devienen verdades, y sobre la impostura y la propia voz auténtica que emerge entre la impostura. Hasta el propio Welles se pone a prueba y recuerda su etapa de "falsificador", cuando falsificó una invasión alienígena en La guerra de los mundos o cuando fingió ser actor con 18 años para ganar un dinero en Dublín y acabó convirtiéndose en verdadero actor (¿o ha estado fingiendo toda su vida?). "A partir de ahí -dice Welles-, he ido cuesta abajo: ésa fue mi cumbre". Se refiere a su etapa de vagabundo en Dublín, claro.

Todo esto, por supuesto, escenificado en el decadente decorado de Ibiza y de París. Entre marisco, vino de Burdeos, calles encaladas y coñac en copa de balón. Una orgía para celebrar la verdadera (¿o falsa?) decadencia de la civilización europea, escenificada en la incapacidad del arte (cumbre de la civilización) para reconocer el verdadero arte. Un verso de Kipling resuena durante toda la peli: "Es hermoso, pero, ¿es arte?". 

Yo también me presenté un buen día en un periódico y me puse a escribir. Desde entonces, todos me toman por periodista, y alguno hasta se atreve a llamarme escritorzuelo. Pero es probable que sólo esté fingiendo y que mis reportajes y columnas sean tan falsos como las falsificaciones de Elmyr. Puede que este blog sea una falsificación también. Puede que no exista Sergio del Molino. 

Seguiremos indagando. 

11/04/2008 13:42 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 4 comentarios.

CHARLTON HESTON

Otro que se va. Creo que ya no quedan grandes por irse.

Aquí va un pequeño homenaje de cuando fue rescatado como personaje de El informal:

 



También he escrito algo más serio sobre su paso por Aragón en 1989. Lo puedes leer hoy lunes en Heraldo o directamente pinchando aquí .
07/04/2008 00:17 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 8 comentarios.

PETER LORRE, POR LOTTE JACOBI

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En el Museo Picasso de Málaga hay ahora una estupenda exposición de fotografía de la primera mitad del siglo XX. Recorriéndola este fin de semana me he llevado la agradable sorpresa de tropezar con este retrato del actor alemán Peter Lorre hecho por su compatriota (y también colega de exilios) Lotte Jacobi. Es un retrato fantástico en el que le ha pillado un punto cortazariano en el gesto. No se parece en nada a las poses de estudio ni a las muecas a las que nos tiene acostumbrados a los fans.

No sé si he hablado aquí alguna vez de mi pasión peterlorriana. Si es así, siento repetirme como el ajo.

Peter Lorre es el gran secundario de los años dorados de Hollywood. En Alemania se hizo famoso por interpretar a M, el vampiro de Dusseldorf , bajo las órdenes de Fritz Lang , en 1930. Su foto promocional en el cartel de la película fue utilizada luego por Goebbles en una campaña de propaganda antisemita: el rostro de los judíos era el rostro de ese depravado asesino. Pero el pobre Lorre fue un pedazo de pan que tuvo que salir de najas de su país (bueno, de su país a medias, porque nació húngaro) y aprender inglés a contrarreloj para seguir ejerciendo su profesión en el extranjero, aunque nunca llegó a quitarse del todo su acento centroeuropeo, y eso le valió conseguir muchos papeles de depravados ambiguos y grimosos.

Alfred Hitchcock se enamoró de él cuando le fichó como prota en la primera versión de El hombre que sabía demasiado y se lo quiso llevar a hacer las Américas, pero Lorre prefirió quedarse en Inglaterra, donde protagonizó una serie de pelis hoy inencontrables donde interpretaba a Mister Moto, un detective japonés que se hizo muy popular. Al otro lado del charco desembarcó en 1940 con un contrato de la Warner. Por entonces, las majors tenían una plantilla fija de actores que cubría las necesidades de todas las películas. Ahí no había castings. Después de las estrellas, venía el pelotón que aguantaba el reparto entero, y Lorre se integró en el escuadrón de élite de la Warner. Por eso su nombre aparece, junto al de Sydney Greenstreet, Ward Bond o Gladys George, en un montón de producciones de los años 40 que llevan el sello de esa major.

Su Joel Cairo de El halcón maltés le hizo muy popular en Estados Unidos. Es una de las grandes interpretaciones de su carrera, la que nos enamoró a todos. Esa tarjeta perfumada con gardenias, la forma de empuñar el bastón y esa línea de réplica a Humphrey Bogart en este diálogo:

-Entonces, usted quiere que recupere el halcón utilizando medios legales, si es posible.
-Si es posible. Pero, en cualquier caso, con discreción.

En Casablanca fue Ugarte, el rufián que consigue robar los salvoconductos y mata a los correos alemanes, y en Arsénico por compasión bordó su mejor papel de comedia al encarnar al doctor Herman Einstein. Hampones, pervertidos, ambiguos y perfumados, sus personajes siempre fumaban al fondo del local y guardaban un as en la manga. No te podías fiar de ellos, pero tampoco convenía ignorarles, porque tenían algo que podía salvarte el pellejo. Nos enamoró con esas creaciones tan perversas y grimosas, y dio al cine grandísimos momentos.

Por eso le queremos, aunque este sea el Peter Lorre más accesible. Hay otro más cínico, más mordaz y más divertido que se deja ver sólo a los que nos hemos atrevido a repasar parte de las más de 100 producciones en las que trabajó (incluyendo su única incursión como director, Der Verlorene , de 1951) y a indagar en su oscura y contradictoria biografía.

Pero de eso hablaré otro día. Hoy sólo quería colgar esta maravillosa foto y proclamar al mundo mi peterlorrismo.

03/03/2008 02:12 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

DOS PELIS VIEJAS NUEVAS

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Domingo improductivo. Deberíamos haber salido a ver las pelis que están en cartel y que apetece disfrutar. Especialmente, el barbero cantante de Tim Burton (ese director que es una de las mejores cosas que le han pasado al cine en los últimos 20 años, pese a que su filmografía tiene alguna que otra memez) y No Country For Old Men (lo siento, me niego a citar la horrenda y seudoliteral traducción castellana). En lugar de eso, hemos visto dos títulos viejos que se nos pasaron en su día: Las mujeres de verdad tienen curvas y El mismo amor, la misma lluvia. Sí, comedia-drama o drama-comedia, con final feliz y debidamente edulcoradas para no incomodar la conciencia del espectador suburbano. ¿Qué queréis? Es domingo y hace día de resaca.

Pues eso, que no serán maravillas posmodernas ni aguijones que apuntan a las regiones oscuras del ser humano, pero como tampoco lo pretenden, y están hechas con oficio y gracia, se dejan ver a gusto.

Creo que Las mujeres de verdad tienen curvas me hubiera gustado menos antes de conocer la ciudad de Los Ángeles. Ahora veo en ella las calles que pateé, reconozco la estética que toda ciudad con carácter tiene -el modelo y los colores de los autobuses, las tiendas latinas del downtown, los tonos difusos y a la vez diáfanos de ese sol, el ladrillo de los bloques de edificios...-, y eso te pega a la pantalla. Pero la narración tiene suficiente fuerza para enganchar por sí sola. Es una historia de latinos en Los Ángeles, que cuenta el conflicto generacional entre los inmigrantes que han echado raíces al norte de la frontera y sus hijos, que ya sólo utilizan el castellano para hablar con sus abuelos.

La peripecia es muy simple: Ana es una alumna brillante que puede conseguir una beca para la Universidad de Columbia, pero su madre no quiere que vaya. No concibe que su hija le abandone: ha trabajado toda su vida cosiendo y ahora le toca a su hija ocupar su sitio en el taller. La tensión entre ambas vertebra todo el relato y permite que se desarrolle una historia iniciática. Ana descubre el mundo, el de su familia y el suyo propio, donde México se diluye poco a poco. La integración, las contradicciones, el conflicto entre el tradicionalismo materno y el desenfado filial, el choque cultural... Son elementos que dan mucho juego para contar una buena historia, y esta lo es, pero da la sensación de que todavía falta mucho camino por recorrer antes de que el cine americano haga la gran película sobre la comunidad latina. Todavía está por venir el Coppola o el Spike Lee latino. Iñárritu tiene boletos para convertirse en él. Habrá que verlo. En cualquier caso, Las mujeres de verdad tienen curvas es una peli muy bien contada, dirigida con una sensibilidad muy delicada que nunca resbala hacia lo cursi, e interpretada por unas actrices fantásticas, pero no alcanza la intensidad de sus equivalente británicos, Mi hermosa lavandería y El buda de los suburbios (si no las habéis visto, no sé qué hacéis perdiendo el tiempo leyendo este blog: tirad de e-mule ya). Esos sí que son dos poemas que trascienden la anécdota y dan ese paso que Las mujeres de verdad tienen curvas no se atreve a dar, quizá por imperativos de happy end. Una lástima, se queda a las puertas. Eso sí, muy bien elegida la banda sonora: Aterciopelados, Lila Downs, Julieta Venegas...

El mismo amor, la misma lluvia fue la tarjeta de presentación del argentino Juan José Campanella, que ahora se gana la vida como director de series en Hollywood. Una peli hecha para mayor gloria de Ricardo Darín, el niño bonito de la Argentina. Es un relato ambicioso, que pretende abarcar 20 años de historia a través de un personaje. Un prometedor periodista y escritor que no logra publicar va pasando de la época de los sueños y proyectos a la de las duras realidades, y de las duras realidades al conocimiento de la propia cobardía, y de la propia cobardía, al cinismo, y del cinismo, a la degradación moral progresiva, y se la degradación moral progresiva, al abismo y, quizás, a la muerte. Interesante. La divina comedia, los héroes clásicos han ido a pasearse por el callejón del Gato, sálvame Latino, y todas esas cosas que tan bien funcionan en la literatura y que tanto nos horrorizan porque nos reflejan. A priori, la cosa marcha: hay traiciones, silencios, mezquindades, soledades y lamentos que no se lamentan, y Darín cumple sobradamente endureciendo su cara conforme avanza la historia. Hasta que pincha.

Primero pincha poquito: es una picadura de mosquito, algo molesto: una chica que aparece y desaparece como el Guadiana, el típico amor tormentoso. Bien, adivinas por dónde van los tiros: hay que meterle algo de romanticismo, es un cabrón pero se hace querer, ella es ingenua, bla, bla, bla. Basurilla romanticona, que ni alimenta ni empacha. Pero la chica aparece con una insistencia machacona, hasta que la peli pincha por completo, estrepitosamente. Sí, lo habéis adivinado: justo cuando el personaje toca fondo y se refocila en las miasmas de la abyección más mezquina, aparece la de siempre y le redime con una caídita de ojos. El otro pone cara de cordero degollado, cae la lluvia sobre Buenos Aires (¿cómo no redimirse y volverse a enamorar cuando te estás morreando en medio de un chaparrón bonaerense?) y el personaje recupera su dignidad. Y catapún: happy end.

Pues no, eso es un engaño, joder. Deja al fracasado con sus miserias, no le salves. Esas artimañas sólo le han salido bien a un director en la historia del cine, y aunque Campanella se esfuerza mucho en imitarle, es evidente que le faltan su hondura y su talento: Billy Wilder. El mismo amor, la misma lluvia copia la estructura de las comedias de Wilder: un personaje desencantado se va hundiendo poco a poco hasta que un gesto, una mirada o un mcguffin le despiertan de la inercia. Entonces, en dos planos, el personaje crece, remonta todos los círculos del infierno de Dante y aparece irradiando dignidad en la pantalla. Pero no suele obtener recompensa: al contrario, su valentía le sale cara, y a veces la paga con la vida, como en Sunset Boulevard. El ejemplo más socorrido es el de El apartamento: justo cuando el personaje de Jack Lemmon ha renunciado a todo y no le queda ya nada más que vender, Fred MacMurray le pide la llave del apartamento para llevar a Shirley MacLaine. Lemmon ni siquiera duda: su cara transmite una determinación suicida, y le entrega una llave. "Se ha equivocado -le dice MacMurray-, me ha dado la llave del lavabo de ejecutivos". La llave que simbolizaba su ascenso, el plato de lentejas por el que había vendido su dignidad. Devolviéndosela -sin estridencias, sin tirarla al suelo, sin un subrayado musical-, Jack Lemmon se limpia de porquería y resurge como héroe. Es la victoria de los hombres que, como decía Claudio Rodríguez, siempre están en derrota, pero nunca en doma.

Pero ese truco de magia cinematográfica sólo te sale bien si te llamas Billy Wilder. No conviene hacerlo en casa, porque te puedes quemar. Y Campanella se quema, destrozando una peli que a veces atiza donde duele, pero que al final acaba errando el tiro.

Foto: America Ferrara, prota de Las mujeres de verdad tienen curvas y, actualmente, Ugly Betty, la versión yanqui de Betty la fea.

18/02/2008 00:22 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 3 comentarios.

LOS CRÍMENES DE AMARCORD

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Iba contento y feliz al preestreno de Los crímenes de Oxford. Aunque 800 balas no me tocó ninguna fibra y Crimen Ferpecto me dejó un sabor de comedieta televisiva española insulsa tirando a rancia, ninguna de sus cagadas ni de sus múltiples y orondas imperfecciones me han hecho olvidar que ese peazo de animal llamado Álex de la Iglesia dirigió Acción mutante, El día de la bestia y Mirindas asesinas. La tríada de una generación, la mía. Así que un respeto. Es el tío que ha dado sentido generacional al anuncio de Schweppes de la Gran Vía de Madrid, el que nos enseñó a ser satánicos y de Carabanchel, el que devolvió a la vida las mirindas. Un puto genio. Perdita Durango y su empeño por hacerse el Tarantino no se lo tengo en cuenta, y La comunidad me pareció simplemente la gloriosa consagración de un contador de historias que es ya perro viejo y conoce todos los trucos. Lo que los pedantes llaman un ejercicio de estilo.

Digo todo esto para que luego nadie me acuse de tener inquina a Álex de la Iglesia. Yo adoro a ese gordo barbudo. Entiendo su mundo, comprendo las historias que me quiere contar y creo que ha moldeado la sensibilidad de parte de una generación española en la que me incluyo por fuerza. No sé si es la X. Creo que sí, que yo soy de la generación X: burra, inmadura, analfabeta y fundadora del botellón cuando todavía no se llamaba botellón. Historias del Kronen es una pajilla pretenciosa al lado de El día de la bestia.

Por eso estoy tan cabreado con lo que acabo de ver, porque no me puedo creer que Álex de la Iglesia haya dado por buena una peli que no merece el calificativo ni de mediocre. Sí, técnicamente es impecable, desprende aroma victoriano del güeno. Y John Hurt está en su línea, o sea, magistral aunque se pase de rosca. Elijah Wood sigue siendo Frodo Bolsón, pero está correcto. Lo mejor de todo: los pechos bamboleantes de Leonor Watling en cinemascope. Qué tetas tan enormes y tan bien puestas. El pobre Frodo se ahoga en ellas.

No he leído la novela en la que se basa la peli, así que no puedo juzgar si las inconsistencias se deben al novelista, al director-guionista o a los dos, pero empecemos por una cosa básica que un erudito de los géneros como Álex de la Iglesia conoce a la perfección, pero que misteriosamente ha decidido pasarse por el forro escrotal: en los relatos detectivescos, el narrador no puede hurtar información al lector. Éste tiene que tener en su mano las piezas para resolver el crimen en igualdad de condiciones que los detectives. Si el narrador se saca un as de la manga en el último momento hace trampa. Y Álex de la Iglesia hace varias trampas.

El relato es muy de best-seller. Traduzco: previsible y plano. Como planos son los personajes. Casi puedes adivinar su siguiente línea de diálogo. Es una pésima historia policíaca con un falso tono de profundidad filosófica cogida por los pelos de algún manual de bachillerato.

Esto que acabo de decir parece demoledor, pero podría pasar tan sólo como una pequeña pega si el relato tuviera un ritmo y un tono adecuados, con tiempo para un desarrollo lógico y verosímil. Pero no es así. Todo está contado deprisa y corriendo, como si le faltara rollo de película y no pudiera perder minutos en tonterías. De repente, hay dos que se enamoran, pero no hemos visto el enamoramiento. Nos lo tenemos que creer porque el director nos dice que están enamorados. Pos bueno. También hay un profesor genio que pasa de humillar a un chaval a admirarle profundamente. Sin que medie gran cosa de por medio. Es así y punto.

Hay un loco resentido con cara de loco resentido, una bruja amargada con cara de bruja amargada y una buena chica interesante con las tetas muy grandes con cara de buena chica interesante con las tetas muy grandes. No son personajes: son actores con careta que hacen lo que pueden frente a la cámara. Son caricaturas andantes. No, ojalá fueran caricaturas, pues tendrían profundidad. Son como estampitas. Tanta obviedad estomaga.

Menos mal que cuando empiezas a sentir que tu inteligencia ha sido gravemente insultada, va Leonor Watling y se desata el sostén, devolviendo a todos los espectadores a su fase lactante. La escena recuerda a Amarcord, porque Leonor parece la madre de Elijah Wood, que se ahoga entre esas dos mamas. Leonor es una Mrs. Robinson latina, pero Frodo no da la talla. A ella sólo le falta gritar, como en la peli de Fellini: "¡He dicho que chupes, no que soples!".

He divagado imaginando que era Elijah Wood y pensando en los buenos ratos que pasaría entre esas tetas que no caben en una mano humana, y así se me ha hecho más soportable todo.

Qué pena. ¿Se le habrá acabado la savia a Álex de la Iglesia? ¿Tan pronto?

18/01/2008 01:40 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 10 comentarios.

ESCARBAR EN LAS MIASMAS (2)

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Los juicios de Nurenberg tiene el valor añadido de haber sido dirigida y escrita por dos curritos de Hollywood sin ínfulas intelectualoides: el realizador Stanley Kramer y el guionista Abbey Mann (creador del detective Kojak y sus chupachups). Su reparto también está formado por actores y actrices que entendían que su trabajo era cuestión de músculo y callo más que de genialidad e inspiración divina. Sólo así, desde una perspectiva desintelectualizada que sólo buscaba hacer justicia casi documental a los procesos contra los nazis de 1946, pudieron alejarse de las visiones à la mode y dar con un tono vibrante y significativo.

El juez que interpreta Spencer Tracy tiene hondura y autenticidad, pero su misión es dar pie para mostrar los silencios de Burt Lancaster (actor que, en el brillante atardecer de su carrera, pareció especializarse en estos personajes difíciles, antihéroes que plantean dilemas irresolubles). Lancaster interpreta al magistrado Janning, un jurista eminentísimo, padre de la Constitución de la República de Weimar y sabio citado y venerado en las facultades de Derecho de todo el mundo. Sin embargo, en 1935, se plegó al régimen, bordó la esvástica en su toga y se prestó a ser un agente activo de la solución final. El personaje de Spencer Tracy es un admirador de la obra de Janning y no entiende cómo un sabio como él ha podido participar tan directamente en la ignominia nazi. Burt Lancaster sostiene a su personaje con dignidad, no le deja caer. Le presta su cabeza de patricio y calla durante toda la película. Sólo al final pronuncia un alegato que no voy a destripar, pero que tiene mucho que ver con la asunción de culpa que Günter Grass reclamaba. 

La peli es de 1961, y vista hoy, quizá parezca un poco ingenua. A ratos, al menos. Pero tiene un mérito que no le puede quitar nadie: abrió una espita en Hollywood. No en una sala de arte y ensayo de París a la una de la madrugada frente a cuatro discípulos de Sartre. Lo planteó para el gran público, para las millones de familias de clase media saturadas de propaganda y de caricaturas de nazis tan oligofrénicos y gritones como torpes y dispuestos a caer en las trampas que les tienden los sagaces resistentes franceses. 

Ese espíritu pionero -avalado por el enorme Burt Lancaster- facilitó que la "industria cultural" se aviniese a financiar relatos más complejos. Por supuesto que la caricatura y la simplificación lacrimógena a lo El gran dictador han seguido produciéndose hasta hoy (ahí está el infame Roberto Benigni, por ejemplo), pero también ha habido hueco para la exploración de los recovecos más oscuros o para enunciar al menos lo que es evidente: que el horror no crece lejos ni en los demás, sino en el barrio, en tu vecino, en tu propia cobardía y en tu pequeñez.

Mucho más recientes son las otras dos pelis, aunque hablen del pasado. Y es normal: el sentimiento tiene que macerar. 

De Caché hice una pequeña reseña cuando se estrenó en el cine. Como diría mi amigo J., odio citarme a mí mismo, pero, como dije entonces: "En Caché, además, aparece un tema nuevo en Haneke: la memoria. O, mejor: la desmemoria de nuestras sociedades satisfechas de si mismas y del ejército de ignorados que se quema en su propio infierno mientras en una casa del 14e arrondissement de París se descorcha una botella de Borgoña y se brinda por la última y deliciosa ocurrencia del inesperado invitado a cenar. Pero Haneke no nos sermonea: le basta con paralizarnos de horror". 

De la que no había comentado nada hasta ahora es de La vida de los otros. Me golpeó en la cara con fuerza. Más que provocarme un escalofrío, me noqueó. Aquí el enfoque es diferente. Aquí hay una chispa de genuina fraternidad que es pisoteada sin miramientos. Es la historia de un héroe, o de un antihéroe redimido. Y hay una trama casi de género, con un macguffin muy claro y unas pequeñas tramas paralelas absolutamente reconocibles y justificables según los códigos fílmicos clásicos. El resultado, sin embargo, es el mismo que en las otras pelis: rehumaniza el horror. Ni las dictaduras ni la violencia son categorías abstractas. Nos hemos empeñado en deshumanizarlas cuando en realidad tratan de cosas muy cotidianas. Están en nosotros. Son nuestra obra y nuestra cárcel al mismo tiempo. 

En La vida de los otros hay esperanza. Una esperanza gris, miserable y rabiosa, pero esperanza al fin y al cabo. Sin embargo, lo que a mí me interesa no es la redención del malo, sino cómo esa redención no significa nada en términos sociales. Es un acto íntimo, y la recompensa que obtiene es íntima también. 

Lo que echo de menos -y a lo mejor lo desconozco y vosotros me lo descubrís- es el equivalente español de todo esto. Isaac Rosa se asomó un poco a estos abismos con El vano ayer , pero no me viene a las mientes otro ejemplo remotamente parecido. Bueno, miento, quizás el ensayo que Ignacio Martínez de Pisón escribió sobre la muerte de José Robles, Enterrar a los muertos. Pero si lo de Isaac Rosa es, más que una novela, una declaración de intenciones y una invitación a caminar por esos barrios, lo de Martínez de Pisón es demasiado parcial y reporteril como para bajar ni siquiera unos escalones hacia esos vericuetos.

En España, lo que son hagiografías sentimentaloides como La lengua de las mariposas me salen un montón, pero planteamientos honestos sobre el pasado, ni uno. Y han pasado ya unos cuantos años. Personalmente, me aburro de los manoseados tópicos de Hemingway. Estoy harto de héroes y de villanos. Me gustaría ver personas, para variar, como las que retrataba Orwell en Homenaje a Cataluña, que sigue siendo uno de los mejores libros que se han escrito nunca sobre el "laberinto español".

PD: Si tengo ánimos, quizá cuelgue algún día un cuento mío que habla un poco a mi manera y muy por encima de estas cosas. En unas versiones se titula La traición y en otras, Cicatriz. No prometo nada, que quizá es un poco largo para el blog.

28/12/2007 01:07 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 2 comentarios.

FERNANDO FERNÁN-GÓMEZ

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Estaba intentando decir algo interesante sobre Fernando Fernán-Gómez, ahora que ha muerto, pero hay tanta gente que ha dicho ya tantas cosas que no sé qué puedo aportar, la verdad. Creo que la frase que mejor le define no se escribió pensando en él ni para que la dijera él. La escribió un argentino, Adolfo Aristarain, y la puso en boca del histrión Eusebio Poncela en Martín (Hache): "No es un genio, sino un buen artesano. Y no lo digo como desdoro: son muy pocos los que han llegado hasta allí, son muy pocos los que respetan el oficio que han escogido". Y lo respetó como actor, pero, sobre todo, como director.

Los datos apabullan: como actor trabajó en 212 pelis y dirigió 30, 29 de las cuales también las escribió. Fue un stajanovista con la maldición de todos los hijos de Stajanov: lo bueno y lo malo se mezclan y se ensucian. Su carrera es, más que irregular, de altibajos sísmicos, con bodrios infectos alternados con sublimes apariciones. Eso, como actor. Como director mantuvo un tono más constante y, aunque no firmó ninguna obra maestra, demostró oficio y cierta maestría en algunos momentos. Yo me quedo con Mi hija Hildegart y El extraño viaje. Como actor, me voy a sus últimos años y me quedo con una secuencia de la extrañamente hermosa (y por momentos muy sobrada de pirotecnia) La ciudad sin límites: cuando le sacan del hospital y va en el coche mirando alucinado su querido París a través de la ventanilla. Todos los actoruchos de este país deberían ver ese plano en bucle para bajarse el pavo y comprobar cuánto les queda por aprender de los mayores. En el terreno cómico, nunca olvidaré que el turrón, por encima de todo -y, sobre todo, en la empresa Plachadell y Calabuch de Moros y cristianos- tiene que llevar almendra, ¡al-men-dra!

De su faceta teatral, con Las bicicletas son para el verano, no sé qué pensar, pero tiene el mimo artesano de sus pelis, y eso ya la hace digna de respeto.

No fue un genio, pero tampoco un mediocre. Hay muchas gradaciones de gris entre esas dos puntas, y colocarse en cualquiera de ellas supone pertenecer a ese 1 por ciento de la humanidad situado por encima de las miserias de lo vulgar. Lo que me parece triste es que, con la de cosas que se pueden decir de alguien tan importante para la cultura española del siglo XX, para muchas abuelas se haya quedado como aquel galán (?) de Balarrasa, y para muchos jóvenes sólo será el autor de "¡A la mierda!". Ahí está La silla de Fernando, de David Trueba y Luis Alegre, testamento oportunísimo. El tiempo hará una criba (una gran y demoledora criba) en su filmografía, y entonces veremos de verdad qué queda (qué nos queda) de Fernando Fernán-Gómez.

22/11/2007 00:56 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 6 comentarios.

CINE ABSTRACTO

La broma-comentario de Einstein de la entrada anterior me ha recordado uno de los golpes más brillantes que le recuerdo a una persona muy querida. Los dos estábamos perdidos en una facultad absurda, sin entender un pijo de lo que nos estaba pasando. Nos habíamos matriculado en Periodismo y ahí no había periodistas ni periodismo por ningún lado. Teníamos una asignatura titulada "Teoría de la imagen", y la impartía un señor muy pedante discípulo de Roland Barthes o asín. Sus clases consistían en: a) expresar su frustación por impartir lecciones a plumillas aspirantes a redactores del Marca y no a doctorandos en filosofía, como mandaban los cánones, y b) la humillación constante de los seres intelectual y humanamente inferiores que tenía que soportar como alumnos. 

En una de estas, al gachó le dio por hablar del cine abstracto, y pidió a la concurrencia: "A ver, ¿alguien de vosotros podría ponerme un ejemplo de cine abstracto?".

Y mi amigo (conocido en este blog como Ex Compañero) levantó la mano y soltó:

-Sí, yo sé uno: El conde Mor.

Al pedante barthesco se le notó un rictus de disgusto, pero no se despeinó ante las carcajadas vengativas. 

El otro día vi un trozo de esa peaso película llena de fistros y me acordé de él.

09/11/2007 02:49 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 2 comentarios.

Y AHORA, ANTONIONI

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Se ve que en las residencias de las viejas glorias del cine, alguien se ha olvidado de regular los termostatos, y uno tras otro, sus delicados y arrugados cuerpos van sucumbiendo a la canícula. Ayer se supo que le ha tocado a Antonioni, un día después de que se despidiera Bergman.

Aunque de innegable y poderosísima influencia para todos aquellos cineastas que han hecho de la exploración de lo cotidiano su obsesión visual y temática (pienso, por ejemplo, en el sosiego y la templanza de Fernando León de Aranoa), el cine de Antonioni ha envejecido mucho peor que su autor, que ha llegado a acariciar el siglo de vida. Sus pelis fallecieron hace mucho más tiempo y, salvo algunas secuencias, no se han contagiado de la pátina que convierte una obra en clásica. En un sentido muy distinto al de Bergman, Antonioni se ha quedado en una vuelta del camino de un mundo estético que nada nos dice hoy. A su amiguísimo Visconti le ocurre algo parecido. Sin embargo, ambos tienen dos momentos gloriosos que les salvarán para la posteridad y que -creo- seguirán emocionando en el siglo XXXXI, si existe la humanidad para entonces. En el caso de Antonioni, esa Jeanne Moreau aleteando por La noche. En el caso de Visconti, esas dos cumbres de Burt Lancaster: aquella en la que le dice al emisario del nuevo gobierno "Io sonno il Gattopardo", y aquella otra en la que se mira al espejo al final del tedioso baile del palacio. Por lo demás, su esteticismo y sus obsesiones formalistas son una barrera muy alta para nuestras enanas percepciones. El espectador de ahora necesita una pértiga enorme para saltarlas y, generalmente, lo que encuentra al otro lado -inhibiciones católicas, hedonismos incomprensibles para quien no haya vivido en una cueva o en una celda de clausura, ranciedades anteriores a la popularización del preservativo- revela que el salto no ha merecido la pena.

De Antonioni me queda la difícil relación que mantuvo con Julio Cortázar. Una de sus pelis más vistas y alabadas, Blow up, es una adaptación del cuento Las babas del diablo, de mi querido argentino. A Cortázar le pareció que Antonioni había defecado sobre su texto, lo había prendido fuego y lo había pisoteado después. Esto se debe a que Blow up, más que una adaptación, es una obra diferente inspirada -casi se pude decir "vagamente inspirada"- en Las babas del diablo, un texto, por lo demás, prácticamente imposible de traducir a lenguaje cinematográfico, pues es casi pura tura. El cuento, estructurado como un juego de espejos, narra un episodio turbador y violento capturado por un fotógrafo aficionado al final de la isla de San Luis en París, con Notre Dame al fondo. La intriga y el misterio vienen dados porque no se sabe quién es el narrador, y si el narrador está muerto o vivo. Sin embargo, Antonioni se llevó la acción a Londres, y desmadró las sutilezas de la intriga en una apoteosis erótica al estilo de la época.

La peli, vista hoy, resulta soporífera, pero tiene el aliciente de que en ella aparecen retratados -en carne mortal- los protas de la movida londinense posterior al Summer of Love, esos rockeros de la psicodelia y del rock progresivo. En una escena aparece un jovencísimo Jimmy Page tocando con The Yardbirds, la formación precursora de Led Zeppelin. Pero, salvo por ese valor testimonial, Blow up resulta, como digo, un tostón, incluso para un aficionado al rock de la época como servidor.

Así que, lo dicho: Antonioni acaba de dejar el mundo ahora, pero sus pelis lo abandonaron hace más de 20 años, como un mal desodorante. Descansen en paz ambos maestros, y esperemos que se detenga aquí la ola de fallecimientos.

PS: Para que nadie me haga puntualizaciones. He dicho que los planteamientos de Antonioni resultarán incomprensibles para quien no haya vivido en una cueva o en una celda de clausura, pero me he olvidado de reseñar un colectivo al que a lo mejor le iría bien tragarse un ciclo del italiano. Me refiero a los pobladores de esas aldeas vasco-navarras que rellenan una ruptura en el contínuo espacio-tiempo donde no tuvo lugar la revolución industrial, y la sexual se redujo a la implantación -en euskera- del método Ogino. Sí, hombre, esos pintorescos rincones de la geografía peninsular donde creen que Epilady era la mala de Los tres mosqueteros y los fabricantes de refajos encuentran todavía un nicho de mercado. La retrospectiva de Antonioni debería celebrarse allí. Al fin y al cabo, son nuestros sicilianos.

Un abrazo a mis grandes amigos navarros.

01/08/2007 09:49 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

VELATORIO DE CINECLÚ

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Ha muerto Ingmar Bergman a los 89 añazos. Murió ayer, pero decidí esperar hasta hoy para colgar algunas palabras, a ver si me inspiraba un poco y podía decir alguna frase más o menos afortunada sobre él y su cine. Pero nada: se muere Bergman y yo me levanto de la cama con aire superficial y ganas de que me cuenten chistes de Chiquito de la Calzada. No sintonizo con el espíritu.

Quizá no logro convocar a las musas de los panegíricos porque las pelis de Bergman han pasado por mi retina sin dejar poso. Aunque para la mayoría de los aspectos de mi vida soy un desastre, como espectador de cine soy muy disciplinado, y cuando llegó el momento de conocer a Bergman, me tragué una tras otra sus pelis y me esforcé por sentir lo que sus reseñistas y gurús habían escrito que había que sentir. Pero nada. Yo, que en mi fascinación peliculera era y soy capaz de deglutir sin rechistar el pastiche más muermazo del más prestigioso cine asiático, no he podido con Bergman. No digo que me aburriera ni que me resultara incomprensible. Soy capaz de reconocer la altura y la sutileza de Fresas salvajes o de Fanny y Alexander (me cuesta más en el caso de El séptimo sello o Un verano con Mónica, qué le vamos a hacer), pero las cosas que me cuenta me resbalan ampliamente, dicho esto sin ánimo de ofender a los difuntos y a su legión de admiradores. He pasado años preocupado por mi falta de sensibilidad, y estuve por hacérmelo mirar, pero hoy estoy convencido de que no es culpa mía, sino de mi generación. El cine de Bergman es generacional. Pertenece a la quinta de mis padres tanto como los paquetes de Celtas, Lina Morgan o el Super 8. Mi indiferencia hacia Bergman es consecuente con mi tiempo y mis circunstancias. Por eso, estoy absolutamente incapacitado para hablar de él, ya sea bien o mal. He crecido en casas con microondas, qué se le va a hacer. Mi época es más de Bibí Andersen que de Bibi Andersson.

Así que os remito a dos textos sensacionales sobre Bergman que he tenido la suerte de leer hoy. El primero, el atrevido post de Borja Hermoso en su blog de El Mundo (ver también la necrológica que firma Luis Urbez en la edición impresa y que no encuentro en internet: no seais vagos y peseteros y bajad al quiosco). El segundo, la apasionada y profunda reflexión de Antonio Muñoz Molina en El País, escrita con los pies en la tierra (o en el parqué bien limado de su despacho) y el alma en un cineclub de los 70. Con estas dos recomendaciones, este blog amigo del cine cumple su deuda con el maestro sueco sin tener que jugar al ajedrez con un tío feo disfrazado de monje.

31/07/2007 10:13 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 1 comentario.

PENITENCIA DE FAN

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Vaya matraca de marketing. Creía que era cosa de los U Ese A, donde la publi de la película estaba hasta en la sopa, pero al aterrizar en Madrid descubrimos que el asunto no se quedaba manco en las Españas. Cuando a uno le bombardean tan salvajemente, dan ganas de quedarse en casa. Resabios de niño caprichoso que tiene uno: basta que los paneles publicitarios te intenten convencer de algo para que tú desees que se lo metan por el orto. Pero, en este caso, son muchos años de dedicación placentera. Mi hermano y yo ya no sabemos conversar en serio y dialogamos parafraseando diálogos de la serie (verás tú qué risa cuando nos toque discutir un testamento o algo serio de verdad: ¿sabrán los albaceas quién es Krusty el Payaso?). Y, aunque últimamente le vamos añadiendo perlas de sabiduría de Padre de familia, la matriz simpsoniana sigue siendo muy potente. Así que tocaba sacar del armario el friki que uno conserva en naftalina y cumplir con las obligaciones del fan. Como el jet lag me ha cogido esta vez con ganas, no pude ir al estreno -me pasé el día calculando la hora en el Meridiano de Greenwich-, pero no he dejado pasar una semana. No podía esperar a que me la contaran.

No sé si he hablado alguna vez de mi relación con la familia amarilla de Springfield, pero resumiré muy brevemente: las tres primeras temporadas me parecen un pestiño insoportable. Los guiones son lentos; la sátira, infantil, y las alusiones, obvias. Pero, a partir de la cuarta temporada, el centro de gravedad pasa de Bart a Homer, al mismo tiempo que el universo de secundarios de Springfield abandona la planitud del fondo del decorado y se convierten en personajes complejos. Los guiones ganan muchísimo en fluidez y ritmo y el estilo de la serie se desprende de la obsesión "políticamente incorrecta" que tanto la refrenaba, para centrarse en generar una maraña de referencias televisivas y cinematográficas que un profesor pedante podría definir como "deconstrucción del discurso audiovisual". Los guionistas se cargan todas las convenciones de los géneros y sólo entonces -cuando dejan de editorializar y se dedican a narrar- consiguen crear una vibrante parodia de nuestro mundo, con el despreciable Homer en el eje central. Así fue como James L. Brooks, Sam Simon y Matt Groening cambiaron para siempre la forma de hacer y mirar televisión. Marcaron un antes y un después: reventaron la sit-com desde dentro, al exprimirla hasta sus últimas consecuencias.

Sin embargo, hacia la novena temporada, se empieza a notar el declive de la serie. A esas alturas, Los Simpson están agotados y Matt Groening ya está lanzando Futurama. Entonces, Homer deja de ser un inconsciente enajenado para convertirse en un clown sin gracia, y todo el edificio de la serie se desmorona. El talento y la energía se conservan en Futurama, pero parecen abanadonar Springfield. Aunque, dado que la inercia de las grandes audiencias se mantiene, nadie mata a la gallina de los huevos de oro, que sobrevive a base de cameos de famosos, cada vez más complacientes y menos ácidos. Los Simpson dejaron de interesarme entonces, y sólo conservo las temporadas de la "edad de oro", antes de que Homer se "clownizara".

Por eso, tenía muchas reservas con esta peli, porque me esperaba encontrar a ese Homer insoportable que se clava martillos en el ojo y desarrolla un humor blanco del tipo de El profesor chiflado, sin alcanzar nunca la sublime expresión de Laurel y Hardy o de Harold Lloyd. Además, para mí, la voz de Homer -y la del señor Burns- es la de Carlos Revilla. Su sustituto no aporta ni la mitad de lo que él aportaba al Homer en español. Nunca me acostumbraré a la nueva voz. Una prueba de que, en contra de lo que los gurús de la nueva empresa nos quieren vender, sí que hay individuos y talentos insustituibles que el taylorismo de la industria cultural no puede obviar. La frase de los empresarios: "Si chasqueo los dedos, aparecerá un camión de tipos dispuestos a hacer tu trabajo tan bien como tú" es falsa al aplicarala a algunos profesionales escogidos. Si ellos fallan, el producto puede irse a la mierda sin más.

Pues con todas esas reservas, me tomaba la peli como una penitencia, un precio que debía pagar a cambio de tantos buenos ratos. Y no me arrepiento. Hay mil guiños para los seguidores fieles, esos premios que no pueden faltar, y que se presentan en forma de ingeniosas y atinadas referencias a capítulos y escenas memorables. Son fugaces, pero continuos, distribuidos en cascada: la señora de los gatos, el capítulo en el que Bart quiere saltar en monopatín por el cañón, el Mozo Mantecoso... Homer recupera en parte el espíritu de las temporadas gloriosas, aunque sigue cargando mucho con su torpeza a lo Steve Urkel, y Bart contiene las hipérboles sin gracia con las que acompañaba a la caída de su padre y vuelve a ser un pequeño diablillo verosímil, audaz y veloz. Es un buen capítulo de Los Simpson en versión extendida, con los insertos y cameos exigibles en el guión de cualquier capítulo. Podría haber sido más, pero me parece bien que se hayan impuesto límites: un exceso de ambición habría generado un pastiche imposible de masticar. 

Echo de menos una mayor presencia de Springfield y el desarrollo de alguna trama paralela, pues la acción se centra en exclusiva en la peripecia de la familia. Moe, el Jefe Biggum, el señor Burns o Apu aparecen de refilón, cuentan un chiste y hacen mutis. ¿Por qué no se involucran más? Una lástima. En fin, en cualquier caso, han hecho una peli digna, de la que un simpsonmaníaco no puede abjurar en exceso. A lo mejor, lo que sucede es que llega demasiado tarde para algunos de nosotros. Nos ha cogido desilusionados y habituados a un frenesí narrativo -el de Futurama o el de Padre de Familia- que ha desarrollado y superado con creces a sus maestros de Springfield. Una pena: Los Simpson parecen un viejo profesor desconcertado ante la brillantez de sus alumnos y que hace tiempo que no tiene nada que enseñarles. Pero siempre nos quedará el DVD.

30/07/2007 11:23 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 5 comentarios.

ENTRE COPAZOS

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Cuando la vi en su estreno no me emocionó mucho, pero en esta noche de cierre patronal de cines (¿a que no hay güevos para cerrar un sábado?) he recuperado Entre copas en DVD y he sacado dos conclusiones:

a) Me equivoqué al situarla geográficamente. Creía que la acción transcurría en Napa Valley, por donde Falcon Crest, y resulta que retrata el valle de Santa Inez y los alrededores de San Luis Obispo, al norte de Los Ángeles. Esto no le importa a nadie, claro, pero a mí me viene de perlas ubicar correctamente esos paisajes para incluirlos en mi ruta.

b) Fui injusto al valorarla, y estoy convencido de que fue por el horrísono doblaje -que empeora por momentos en este país-, que se alzó como un muro entre los personajes y yo. 

Pero nunca es tarde, y tampoco es que hayan pasado 20 años desde su estreno. Entre copas es una película pequeña que habla de muchas cosas. Constreñida temporalmente a una semana y con un protagonista en fase de crisálida, a punto de desarrollar sus alitas de mariposa (una situación de partida no por recurrente menos eficaz), quizá el único reproche que le puedo hacer es que subraya demasiado algunas cuestiones obvias. Sabemos que el prota está desesperado y perdido, en lo que los americanos llaman "the middle-age crisis". No hace falta ponerle exclamaciones a su actuación.

Pero lo que verdaderamente me gusta de Entre copas es su ropaje, lo accesorio. Me gusta que sea una peli sobre vinos, y que el vino termine siendo un personaje y no un decorado. Me gustan las pelis que hablan de conocimientos y mundos cerrados y complejos y que lo hacen con naturalidad, sin afán didáctico, como si fuera el líquido amniótico en el que nadan los personajes. Por Entre copas desfilan botellas y catas como por Alta fidelidad desfilan discos y canciones, para deleite de los frikis que sepan valorar los guiños eruditos y las referencias aviesas, pero sin molestar a los legos. Me gustan los homenajes a esas aficiones que dejan de serlo y se convierten en amarres a la vida, en la única puerta de entrada a la vida que mucha gente es capaz de encontrar. El amor hacia ciertas creaciones humanas puede salvarnos del desastre muchas veces.

Ah, y no me duele en prendas decirlo: me gusta Paul Giamatti, un intérprete segundón que ha prestado fugazmente su jeta a mil producciones y que parece que ha encontrado en Entre copas su alternativa como gran figura.

Pues eso, necesitaba decir que me he quitado un prejuicio de encima.

19/06/2007 02:10 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 5 comentarios.

MEDIOCRE O POCO INTERESANTE

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Aunque dignos profesores de barba blanca intentaron convencerme muchas veces de lo contrario, lo cierto es que las encuestas suelen acaban diciendo lo que le interesa al preguntador y no al preguntado. Cuando no es así, se limitan a constatar las verdades que cualquiera que no viva en una burbuja de cristal puede cotejar a diario. Dicho lo cual, ¿a alguien le sorprende que el último trabajito de Sigma Dos diga que la mayoría de los españoles considera que el cine español es mediocre o poco interesante? ¿Y si en otra encuesta resultara que la mayoría de los españoles cree que el sol sale por el este?

Lo mejor del caso es que no me imagino a las mentes pensantes de las grandes productoras (grandes en subvenciones, que no en público, visto lo visto) llevándose las manos a la cabeza y preguntándose qué han hecho mal. No, estarán demasiado ocupadas asistiendo a una ceremonia de premios en Alpedrete, en uno de esos saraos en los que el gremio se besa y se despelleja al tiempo, festejando su maravillosa genialidad y mirando de soslayo al populacho que no aprecia sus modos y formas, que dejan a David Lynch a la altura de un participante de Vídeos de Primera. "No te preocupes, Manolo: a los genios no se les entiende en su tiempo".

¿Por qué habrá dicho el vulgo falaz tales desfachateces? No sólo no van a ver MIS películas, sino que se atreven a decirme que me las puedo introducir por el orto. Bueno, quizá no tanto, pero muchos de estos ganapanes osan decir que las subvenciones que me dan estarían mejor empleadas en crear más plazas de guardería en el barrio o en renovar los ejemplares de la biblioteca, que no hay dios que los lea de tan sobados que están.

Ciertamente, no sé cómo en un país donde conviven Cesc Gay y Fernando Esteso -cada uno regurgitando en registros diferentes, pero regurgitando al fin y al cabo-, alguien pueda calificar de mediocre el cine en su conjunto. No calará el mensaje, pero si yo fuera productor, director, actor o camello/peluquero de grandes estrellas nacionales, sacaría estas enseñanzas:

1) Que puedo contar las historias que quiera como me dé la gana, pero que, por más que mi mamá, los críticos adormilados en la butaca y mi profesor de Edición Digital en la academia CCC digan que soy un genio con muchas cosas geniales, siempre correré el riesgo de que el público, que va a lo suyo, opine otra cosa y pase de mi genio.

2) Que puedo contar las historias que quiera como me dé la gana, pero que el Estado (esto es, todos los currantes que apuramos el momento de entregar la declaración de la renta) no está obligado a financiármelas, y mucho menos a promocionármelas y a llevarlas de paseo. Desarrollar una industria que canalice realmente la creatividad y el talento que -sin duda- existe en el mundo audiovisual requiere tiempo y empresarios que asuman riesgos. Mientras tanto, sólo aflorará un Amenábar cada lustro, y por pura chiripa, que destacarán como meteoritos y dejando tiñosos de envidia a la gran masa de mediocres, pero habrá 100.000 Amenábares que tendrán que hacer oposiciones a notaría, porque no hay una industria que se aproveche de su valía, y las subvenciones no llegan para todos.

3) Que puedo contar las historias que quiera como me dé la gana, pero que recurrir al mismo argumento seudocómico de enredo facilón con los mismos actores -que, pese a salir en todas las películas y series del país, siguen sin saber vocalizar- puede fatigar a los espectadores, a quienes, por otra parte, no les gusta ser tratados como imbéciles.

4) Que puedo contar las historias que quiera como me dé la gana, pero no puedo llamar lerdos a los espectadores que prefieren ver la última de Clint Eastwood y excusarme diciendo que el presupuesto de Eastwood es 100 veces el de mi peli.

5) Que puedo contar las historias que quiera como me dé la gana, y que incluso puedo convencer a cualquier productor y a tres bancos suizos para que me firmen un cheque en blanco, pero siempre he de tener presente que hay una cosa que, si careces de ella, no la puedes comprar, ni siquiera con una subvención autonómica: el talento.

Y una última reflexión. Francia protege, subsidia y acuna a sus agricultores y ganaderos, y se asegura de que trabajen a gusto y sin incordios arancelarios (de ahí la fruta que tiran de los camiones de cuando en cuando). A los franceses, eso les cuesta una pasta gansa, pero a cambio comen excelentes camemberts, sanguinos Borgoñas y otras miles de perfumadas delicias que salen de la verde tierra francesa. El Estado español se gasta -y cada vez se gastará más- mucha pasta en proteger, subsidiar y acunar a la gente del cine, y se asegura de que trabajen a gusto, sin incordios de Hollywood. A los españoles, eso nos cuesta un riñón, pero a cambio disfrutamos de El otro lado de la cama, El penalti más largo del mundo o la última masturbación montañesa de Cesc Gay. Y digo yo: ¿no preferiríais una buena rebanada de pan con roquefort, en vez de tanto cognazo patrio? Sólo es perdono que escojáis el cine español antes que el queso francés si estáis a régimen o perdisteis las papilas gustativas en un pavoroso incendio.

¿He sido duro? Lo siento, es que mi dieta no es rica en fibra, y de alguna forma tenía que liberarme.

13/06/2007 01:13 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 8 comentarios.

LA RETAGUARDIA DE LA VANGUARDIA

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Gran hallazgo el de Oti Rodríguez Marchante en la "tercera" del ABC (inciso: qué tiempos estos que vivimos, en los que ya no te dice nada eso de la "tercera del ABC". Creo que pertenezco a la última generación de periodistas que ha sido educada en el temor de Dios y en el temor a la "tercera del ABC", el último carpetovetonismo patrio. Se imaginaba uno que quien escribía en semejante podio lo hacía en cuartillas, vestido con frac y con un cóctel de Chicote y una foto de Celia Gámez sobre el escritorio). Bueno, pues Rodríguez Marchante, uno de los tipos que más sabe de cine en este país, hablaba del triunfo de Scorsese en los Oscar y de esa cosa tan subjetiva llamada reconocimiento, que no suele prodigarse al gusto de nadie. Para gustos, los colores, viene a decir Rodríguez Marchante, pero si se debate tanto sobre la validez o la invalidez de Scorsese y de otros gigantes como Eastwood es porque son creadores que pertenecen a "la retaguardia de la vanguardia". Un gran hallazgo conceptual que puede explicar muchas cosas.

Qué bonito es ser la retaguardia de la vanguardia. Ése es el puesto de los grandes generales, de los estrategas que planifican la batalla escuchando de lejos las explosiones y mirando la trinchera con prismáticos. Estar en la retaguardia de la vanguardia significa que tu presencia causa admiración e irritación al tiempo. Significa que tu obra ya tiene discípulos, pero todavía está a medio hacer, y los discípulos quisieran ir más allá, pero no pueden porque el maestro sigue pergeñando cosas y ellos no pueden quitar los ojos de las novedades.

Me gusta ver a estos hombres canosos, curtidos en mil refriegas, que no se resignan, que siguen ahí, contando historias sin atisbar el final ni la plenitud de su trabajo. Que siguen equivocándose, que siguen tropezándose con torpeza de principiante y se meten en berenjenales homéricos donde pueden perder un prestigio de décadas. Hace tiempo que dejaron de tener que demostrar nada, pero ellos siguen erre que erre, probándose a sí mismos, retorciendo y forzando sus estilos y sus mundos. ¿Quién ha obligado a Clint Eastwood a embarcarse en esos dos peliculones titánicos? ¿Por qué Scorsese anda siempre detrás de una nueva vuelta de tuerca a sus bajos fondos, a la traición de los solitarios? Ni el ego ni el dinero ni la fama explican que vuelvan a la carga una y otra vez en lugar de quedarse en casa a cuidar de los nietos. Están intoxicados por el veneno de los verdaderos creadores.

Un amigo lamentaba siempre que, a diferencia de los compositores de música culta, los de la música popular, salvo casos muy muy muy raros, se agotan enseguida. Ningún grupo aguanta fresco más de diez años. O mueres joven, o te conviertes en tu propia caricatura. Agotarse y no saber que te has agotado es un drama espantoso. A nadie le gusta ser una Norma Desmond cualquiera paseando por los pasillos polvorientos de una mansión donde una vez bailó Rodolfo Valentino. Sin embargo, quienes no se agotan y siguen ahí, molestan a los que vienen por detrás, que perciben el desparrame creativo de los mayores como un lastre que va a retrasar su florecimiento. O a marchitarlo. A nadie le gusta que el abuelo siga ligando y vuelva a casa a las tantas, ¿no? Si los abuelos deben contar batallitas junto al fuego y dejarse de vivir el día a día, los maestros deben enseñar lo que saben en amenas conferencias y dejar de seguir asumiendo retos. A todos nos chirrían los ancianos que viven en presente y no en pretérito, pero yo los prefiero a los que manifiestan su senilidad volviendo a la guardería y haciendo pedorretas en el cine.

La retaguardia de la vanguardia. Gran hallazgo, sí señor.

28/02/2007 00:03 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 5 comentarios.

PARIS, JE T'AIME / I LOVE YOU, PARIS

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Será que quedan menos de dos semanas para que callejee embobado por el Marais y arrastre mis pies por el Museé d'Orsai en una inminente y ansiada escapada a París, pero hoy he visto Paris, je t'aime y me he reconciliado con el mundo. 20 pequeños cuentos dirigidos por otros tantos directores y con unos actores impresionantes. Es un regalito para cinéfilos y pariséfilos. 20 historias de amor y desamor. 20 historias ambientadas cada una en un barrio distinto. Ya digo que lo mismo estoy sugestionado porque dentro de unos días estaré aterrizando en el aeropuerto Charles de Gaulle y todo lo que huele a París me toca la fibra. Será que el espíritu de Cortázar vuelve a poseerme después de haberme abandonado como un mal desodorante. Será lo que sea, pero la peli me ha molado un huevo.

Como en todas las obras colectivas, lo que menos importa es que el conjunto sea homogéneo. En esos 20 cuentos los hay sublimes, brillantes, buenos, correctillos, flojos, malos, muy malos, pésimos y aborrecibles. Todas las escalas del gusto y de la sensibilidad cinematográficas están representadas en Paris, je t'aime, donde cada director ha querido dejar bien marcada su huella, para que los espectadores reconozcamos en cada pieza esa maravilla inaprensible llamada estilo, que es algo así como el sabor del cocido de tu madre o la caída de ojos de esa chica que se te mete en el tuétano.

Menudo reparto, por cierto: Natalie Portman, Nick Nolte, Steve Buscemi, Juliette Binoche, Willem Dafoe, Elijah Wood, Leonor Watling... Un buen porrón de caras amadas en apariciones fugaces, como si fueran encuentros de una noche que se desvanecen sin dejar siquiera un aroma. De las 20 historias, hay tres o cuatro horribles, pero mencionaré las que más cerca se han quedado del espíritu cortazariano que entra por la Galerie Vivienne y sale por el pasaje Güemes de la calle Florida de Buenos Aires.

Muy divertido el segmento que dirigen los hermanos Coen con Steve Buscemi en la estación de metro de Tuileries. Decadentemente teatral el diálogo entre Gena Rowlands y Ben Gazarra dirigido por Gérard Depardieu. Vinzenzo Natali narra sin palabras un bello cuento de vampiros gótico-poético, muy Poe, con Elijah Wood de prota. Wes Craven e Isabel Coixet están muy flojos en sus dos turnos, y hay dos directores, Christopher Doyle y Sylvain Chormet, que directamente merecerían ser abofeteados por hacernos perder el tiempo con sus moderneces pretenciosas de anuncio de colonia, pero hay dos historias sencillitas, pequeñitas y poderosísimas, que me han tocado la fibra. Una es la realizada por Walter Salles (Diarios de motocicleta) e interpretada por una sublime y dulce colombiana llamada Catalina Sandino (la admirada prota de María llena eres de gracia). La otra historia la firma Alexander Payne y la protagoniza Margo Martindale, que hace de una turista yanqui despistada en París que experimenta una epifanía y no sabe cómo describir su sentimiento. Sólo por esos dos trocitos, ya merece la pena ir a ver Paris, je t'aime, pero de verdad que hay muchas otras razones. Es un regalito maravilloso que quizá sólo peca de ofrecer una visión excesivamente estadounidense de París, redundando en los tópicos fácilmente asimilables por una audiencia cursi de centro comercial. Quizá por eso le iría mejor el título I love you, Paris. Pero es un pecadillo menor.

PS: He dicho que Paris, je t'aime me ha reconciliado con el mundo, y eso que he vivido un episodio en la sala que bien podría haber alimentado mi misantropía. Las primeras historias avanzaban y dos matrimonios de septuagenarios sentados detrás de nosotros no paraban de hablar en voz alta, como si estuviesen en un bar. Les he chistado varias veces sin éxito, y en una de estas, una de las señoras se ha indignado y ha exclamado: "A ver si no vamos a poder ni hablar". Me ha descolocado por completo y he estado a punto de decirle que a mí, si me chistan en el cine, me muero de la vergüenza y me callo, pero no me pongo gallito encima. Quizá hubiera añadido que, ya que yo cotizo y ellos no, y por tanto estoy pagando mi entrada y la suya, podían callarse en nombre de la Seguridad Social, pero no dije nada de eso, claro. Yo creía que ya se había zanjado el asunto, pero los niños de 70 años que tenía detrás no estaban dispuestos a que yo quedara por encima, así que me han llamado cabezón y me han empezado a hacer pedorretas. He flipado tanto que no sabía si reírme, liarme a guantazos con ellos o hacer campaña pro eutanasia para la tercera edad. Bueno, pues Paris, je t'aime es tan buena, que ni ese pequeño incidente me ha amargado la noche ni me ha quitado la sonrisa que llevo puesta mientras escribo esto. Pero hay que ver cómo está el mundo geriátrico, chavales. Intratables, oigan, intratables. Les sueltas una semana con el Imserso en Benidorm y se te suben a la chepa.

Foto: Natalie Portman. Próximamente, engrosará la galería de mitos eróticos del blog.

26/02/2007 00:11 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 7 comentarios.

EL LABERINTO

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No había visto hasta anoche El laberinto del fauno (plas, plas, me abofeteo a mí mismo), pero tras haberlo hecho, me reafirmo en mi deseo de que se lleve todos los premios que le dé la gana y reparta sopas con honda a Volver. No por nada, sino por la infame matraca que nos están dando con ese señor manchego perdonavidas y su actriz fetiche (que no recuerdo que me haya emocionado ni transmitido nada en ninguna de sus interpretaciones, dicho sea de paso).

El laberinto del fauno es una película imperfecta, con muchos agujeros, pero que tiene el mérito (enorme) de haber sido realizada sin complejos. No hay en ella reflexión política, histórica ni social. No hay personajes profundos y redondos. Hay indios y vaqueros. Hay tiranos y heroínas. Y hay una niña que se inventa un mundo fantástico, aunque yo hubiera preferido que Guillermo del Toro se hubiera ahorrado aclararme ese punto y me hubiera dejado con una agradable (y esperanzadora) sensación de ambigüedad, con la puerta abierta a la existencia real del mundo del fauno, pero bueno.

Me gusta su aire goyesco, con unas formas que bien podrían haber estado inspiradas en las pinturas negras. Me gusta que la historia transcurra en un pueblo de Aragón y que se haya tenido cuidado en reflejar el dialecto local. Me gusta la fotografía y sus colores apastelados. Me gusta la niña, Ivana Baquero, y Ariadna Gil, y Maribel Verdú, que está sorprendentemente bien para un papel que parecía no irle en absoluto. Me gusta la historia, bien equilibrada entre sus partes real y fantástica, y comedida y poco ambiciosa en su recorrido, sin salirse de los márgenes del cuento (es más difícil contenerse que desbordarse). No me gusta, sin embargo, Sergi López, actor que no soporto y que goza de un prestigio que no me explico, pues caricaturiza a sus personajes o, directamente, no los interpreta. Es más plano que una tabla de planchar, pero en fin, qué se le va a hacer. Tampoco me gusta -y esto ya es manía personal- que Federico Luppi, para una sola frase que tiene en toda la película, sea incapaz de pronunciarla sin acento argentino, cuando todos los demás intérpretes se han esforzado por adaptar su habla a las exigencias del guión. Pero bueno, qué se le va a hacer. Al parecer, el emperador de las profundidades nació en la Boca y su dios es el Pelusa. ¿No se habrá metido la niña en el corralito, en lugar de en el laberinto del fauno?

Pues eso, que espero que este hermoso, inocente y cándido cuento (que no renuncia a un atributo fundamental de los relatos de hadas: la crueldad) le dé un repaso a Almodóvar en ese peculiar Madrid-Barça que van a disputar en los Oscar. Y, si empatan, yo propongo que diriman el resultado en un combate de sumo panza contra panza. Del Toro, con máscara de luchador mexicano, y Almodóvar, con un cántaro de Versace sobre su cabeza.

19/02/2007 12:11 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 5 comentarios.

MÁS EXTRAÑO QUE LA FICCIÓN

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Madrid, domingo por la tarde. No hay mejor sitio donde meterse que uno de esos cines en versión original que tanto echo de menos en Zaragoza. En los Golem, antiguos Alphaville -donde he gastado muchas de las horas que se suponía que debía haber pasado en un aula-, ponen Más extraño que la ficción. Entramos con cierta displicencia dictada por varias razones: a) El prota es Will Ferrell, insoportable histrión surgido de la factoría televisiva neoyorquina de Saturday Night Live. b) El título anuncia metadiscursos resobados y pretenciosos con resonancias unamunianas y nivolescas. c) El guionista, nuevo en el puesto, ha sido alabado por el papanatismo gafapástico y bufandista. d) ¿He dicho ya que el prota es Will Ferrell?

A su favor tenía otras cosas: a) Emma Thompson y Dustin Hoffman. b) Su director, Marc Foster, ha firmado Monster's Ball y Descubriendo Nunca Jamás. c) Las alternativas, en esa hora sesteante y atontada, eran la María Antonieta de Coppola Jr. y una iraní tópica y simplona que seguro que se va a llevar todos los premios europeos que le dé la gana. Así que nos arriesgamos, con ciertos prejuicios, pero con algunos motivos de esperanza.

Menos mal que nuestros prejuicios demostraron ser sólo eso, prejuicios, porque la peli está muy, pero que muy bien. Las pretensiones semiotizantes y metadiscursivas quedan elegantemente diluidas en una sucesión de gags muy buenos, narrados con un ritmo impecable que provoca alguna que otra carcajada. El asunto es tan simple como esto: Harold Crick es un inspector de Hacienda que no sabe que su aburrida y rutinaria vida va a dar un giro inesperado que le conducirá, probablemente, a la muerte. Nosotros sí lo sabemos porque lo narra Kay Eiffel, una desquiciada novelista británica con bloqueo creativo que está escribiendo un libro que tiene como protagonista a Harold Crick, que ella cree que es una invención suya, aunque resulta que es real. A partir de ahí, la madeja se lía provocando una serie de enredos muy divertidos en los que intenta poner orden el personaje de Dustin Hoffman, un profesor de teoría de la literatura que trata de averiguar en qué tipo de obra (tragedia, drama, comedia...) está metido Crick para descubrir cómo sacarle del entuerto.

En mi modestísima opinión, éste es el tipo de peli que podrían haber hecho los nouvellistas vagueros y los neovanguardistas de esa Edad Media llamada años 60-70 si su dotación genética hubiera incorporado unos pocos gramos de sentido del humor. Más extraño que la ficción cuenta una historia cómica y tierna, que se desborda un poquito por el lado cursi, pero no por el intelectual, con golpes muy buenos y un sentido del ritmo extraordinario. Las reflexiones sobre el Autor, el Narrador, el Lector y los Significantes-Significados quedan para los semiólogos. Los demás, gozamos con una buena historia muy bien contada. No será la película del año, pero es una muy buena pieza. Chapeau.

Ah, ¿he dicho que Will Ferrell está contenido y correcto en su papel, sin hacer el payaso? No sé cómo se le habrá quedado la próstata después de aguantarse durante todo el rodaje.

Foto: Will Ferrell.

07/02/2007 00:45 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 12 comentarios.

MENA SUVARI, LA BESTIA RUBIA

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Iba a escribir sobre la nueva serie de la emigración española a Latinoamérica que va a estrenar TVE, pero estoy un poco harto de penalidades y de nostalgias y he preferido dejarlo para otra ocasión. En lugar de eso, voy a incorporar un nuevo nombre a la galería erótico-fílmica del blog, que la tengo un poco abandonada. Retomo este mitómano hábito con una chica de mi misma edad -aunque le den papeles de adolescente y de aniñada-. Con ustedes, Mena Suvari.

Mena Suvari. Con ese nombre, ese cuerpo y esa cara tenía ya casi todo el camino recorrido hacia el estrellato. Pero resulta que la jodía, además, sabe interpretar. Sin técnicas, sin trucos de ilusionista del Actors Studio o de decadentes veladas en el off-off Broadway. Mena es una bestia, un talento nato que a duras penas se deja pulir.

Empezó su carrera con mal pie, y parecía que iba a ser una más de la nómina de chicas tontas wasp de high school. Darse a conocer con American Pie dice muy poco de un actor -o dice demasiado, aunque nada bueno-, pero, por suerte, hay directores que saben ver más allá y encuentran el destello del oro donde parece que sólo hay estiercol. Sam Mendes la fichó para American Beauty, donde se convirtió en la desesperada tentación de Kevin Spacey. Y, con muy poco esfuerzo, muchos entendimos la babeante fascinación de Spacey, gracias a la actuación de esa bestia rubia.

Me encantan esos actores que transpiran talento, absolutamente desintelectualizados, naturales, despiadados, que trazan una seducción sin técnicas, totalmente salvaje. Así es Mena Suvari, que conoce su cuerpo y su cara y sabe sacar la sonrisa oportuna, el entrecerrado de ojos apropiado y la caricia que el otro personaje necesita en ese momento y con esa cadencia. Acabo de ver los capítulos de A dos metros bajo tierra en los que interpreta a una lesbiana que confunde a Claire y acaba escaldada (y, para resarcirse, canta una canción que dice algo así: "Tuve una novia que quiso ser lesbiana, pero, al meternos en la cama, mi coño le dio asco"). De verdad, no sé qué tiene esta Suvari, aparte de un apellido y una cabellera bálticas y una sonrisa endiabladamente sugerente.

Su mejor papel sigue siendo, sin duda, American Beauty (cuyo guión lo firma, nunca está de más recordarlo, el certero, cínico y contradictoriamente tierno Allan Ball, creador de A dos metros...), y creo que, en cierta forma, es una película que la ha etiquetado y que no tardará mucho en devenir un lastre. Será una lástima, porque de verdad creo que Suvari comparte con Marylin algo más que el color del pelo, y deberían permitir que ese algo misterioso que tienen en común salga a la luz. Personalmente -y me da igual que me llamen exagerado- la veo como una Marylin con la actitud frescachona de una Sofia Loren.

Una última curiosidad. Según cuentan, Mena Suvari creció en una casa victoriana de Rhode Island, y ella está convencida de que está encantada. Nunca se ha cortado en decir que, de niña, vio apariciones y sufrió fenómenos extraños en esa mansión, y sus padres no lo han negado. Quizá algo fantasmal se le metió en el cuerpo y le dio el talento que ahora disfrutamos.

03/02/2007 01:58 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 10 comentarios.

SUTILEZAS

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No he visto todavía María Antonieta, pero he dedicado el fin de semana a la familia Coppola y a mi querido amigo S., que se recupera en el hospital de una reciente operación que me ha obligado a vencer mi aversión a los hospitales para pasar con él un par de tardes. Me siento culpable por hacerle reír, ya que le tiraban los puntos cada vez que le venía una carcajada, pero creo que no le ha sentado mal. De lo que más nos hemos reído (bueno, nos reíamos los demás, él sólo hacía muecas y se llevaba la mano a la herida) ha sido del descubrimiento que ha hecho en uno de sus paseos por el pasillo. Cuenta S. que uno de los armaritos que usan las enfermeras para almacenar cosas estaba abierto, y dentro había un montón de cajas rotuladas con letras grandes: "SUDARIOS". "Joder, podían disimular un poco y llamarlos 'sabanitas especiales' o algo", se ha quejado. Le he dicho que vigile si falta alguna sabanita especial durante el día. Así, si nota un sabor extraño en la carne que le sirvan de cena, ya sabrá a que se debe.

Fuera del hospital, he reflexionado un poco sobre lo implícito y lo explícito, comparando la anécdota de los sudarios con El Padrino II, que nos hemos chupado en alegre panzada de inactividad findesemanera. La mafia es el eufemismo a la enésima potencia. La enfermera que rotuló esas cajas, en cambio, es prosaica y no entiende de segundas intenciones. Los personajes de Mario Puzo sólo hablan de muerte y destrucción en términos crudos cuando están fuera de sí o la situación es desesperada. Si no, se dan un beso que lo dice todo o se lanzan una mirada mucho más despiadada que cualquier vocablo. Un Corleone jamás escribiría "sudarios" en una caja.

Siguiendo con la panzada fílmica, nos hemos tragado Las vírgenes suicidas, con la insinuante Kristen Dunst, y me reafirmo en mi idea: Sofia Coppola es una niña pija con preocupaciones de niña pija, es verdad, pero sabe acercarse tan bien a la anécdota y observa de una forma tan humana y fascinada, que te convence. Por oposición a daddy, hasta María Antonieta, Sofia había huido de los grandes relatos con personajes corales y tramas de enredadera. Escribe historias sobre sí misma, sobre su condición de niña pija, y por eso lo hace tan bien. Pese a que habla de mundos y seres ajenos a mí, puede activar en mi desabrido corazón el mecanismo de la empatía. A mí, al menos, me gusta, pero ahora estoy en horas bajas, muy sensible por varias razones, y es fácil convencerme. A ver si sigue enganchándome cuando me sienta cínico y duro. A ver qué tal se da María Antonieta.

Para concluir, y con riesgo de que me llaméis plasta insufrible, reproduzco un genial diálogo de Padre de familia. Las frases de Peter van en negrita:

-Ahora que estamos a punto de morir, he de confesaros algo que no le había dicho a nadie: no me gustó El Padrino.
-¿Quéeeeeeeeee?
-Que no me gustó El Padrino. Hala, ya está, ya lo he dicho.
-¿Cómo no puede gustarte? ¡Es la obra perfecta!
-Para empezar, es larguísima, dura como seis horas o así.
-¿Cómo puedes decir eso? ¡Tiene un reparto espléndido! Robert Duvall, Rober DeNiro, Al Pacino...
-Sí, sí, unos actores excelentes, pero no lo soporto. Y esa escena de los sillones... ¿En qué idioma se supone que hablan?
-¡Es italiano!
-Es una escena cumbre, Peter, y hablan un idioma de sutilezas, algo incomprensible para tí.
-Me gusta Esta casa es una ruina. Ésa es mi respuesta a tu afirmación.

15/01/2007 02:37 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

LADIES AND GENTLEMEN, MR. BRAD PITT!

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Cuando ayer me senté en el cine a ver Babel, una radio iraquí ya había anunciado que a Sadam le quedaban pocas horas para ser colgado del cuello, pero nada se sabía de esas toneladas de hormigón que se iban a caer sobre un par de ecuatorianos acurrucados en un coche (si es que eso es lo que ha pasado en Barajas, que todavía no está confirmado). En una sala de cine el mundo siempre parece ajeno, pero el estado mental que me había provocado saber que alguien -me importa una mierda cómo se llame o lo que haya hecho- podría estar siendo ahorcado mientras yo zampaba palomitas, me predispuso de otra forma hacia la peli de Iñárritu-Arriaga. Los cuentos que contiene se convirtieron en... ¿reveladores? ¿Se dice así cuando algo te hace cosquillas en el cogote y te provoca un escalofrío?

No quería ver Babel en el cine, porque en la ciudad donde vivo, como en tantas otras, no hay una maldita sala que proyecte cine en versión original, y me daba pampurrias pensar en el doblaje de una peli donde los personajes hablan árabe, japonés, español e inglés. Debería estar penado con cárcel destrozar con el doblaje el trabajo de los actores y privar a los espectadores del 50 por ciento de su interpretación, compuesta por su entonación, sus inflexiones y su capacidad para expresar emociones y estados de ánimo del personaje con la voz. Pienso que el doblaje es un acto tan aberrante como pintarle un bigote a la Gioconda, y no me puedo aguantar la risa siempre que oigo aquello de "los dobladores españoles, dentro de lo malo, son muy buenos". El que pinta el bigote a la Gioconda también puede ser un hábil dibujante, pero no deja de ser un criminal por ello.

Soy especialmente radical y picajoso con este tema cuando la peli me gusta y cuando aprecio que el director se ha esforzado especialmente en cuidar los aspectos orales de su obra. Pero si la carne es débil, el celuloide todavía lo es más, y no iba a poder soportar a mis amigos dándome la brasa y contándome lo maravillosa que era sin haberla visto yo. Y no me arrepiento de haber ido. He de decir que, con doblaje y todo, Babel es inmensa, algo que no puede sorprender a quienes hayan visto Amores perros y 21 gramos (y yo lo he hecho con reiteración casi obsesiva, y volveré a verlas de nuevo). Creo, sin embargo, que esta última es la menos cruda de las tres, quizá porque uno de sus temas es ese galimatías que a muchos nos amarga la vida: las relaciones -o las no relaciones- entre padres e hijos. Mi admirado Arriaga ha echado un pelín el freno a su emotividad desbocada.

No voy a disertar más sobre la apocalíptica, totalizadora y, sin embargo, humanista visión del mundo de Arriaga-Iñárritu, porque soy muy pesado con mis filias y mis fobias, pero sí que tengo que unirme al carro de todos los que han puesto por las nubes la interpretación de Brad Pitt (incluso doblada, en serio). Yo ya estaba convencido desde hacía mucho tiempo de que detrás de ese guaperas cabecita de limón había un actor como la copa de un pino al que su propio físico no le dejaba despuntar. Pitt es uno de los grandes, y creo que todavía no ha dado lo mejor que tiene dentro. Espero que le ofrezcan papeles donde pueda envejecer como el titán que es. Antes de ver Babel leí en algún sitio que lo mejor de esta peli era la secuencia en la que Pitt habla por teléfono. Obviamente, me pasé toda la cinta esperando la maldita escena, y cuando llegó, se me encogió el alma. Este hombre pide el Oscar a gritos.

No debería decir esto, porque son rumores vagos que circulan de cuarta mano y está feo que alguien que se dedica al periodismo difunda chismes, pero ahí va esto: se cuenta que esta es la última peli que Arriaga e Iñárritu van a hacer juntos y que, al parecer, han partido peras. Algo huele a podrido en su bella amistad. O no, a lo mejor son chismorreos de envidiosos y maledicentes que no tienen base alguna, pero yo es lo que he leído por ahí a gente sin escrúpulos que no quiero citar.

Vaya fin de año más intenso.

30/12/2006 22:56 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 8 comentarios.

UNA ROAD MOVIE FAMILIAR

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No sé dónde he leído recientemente -quizá en el dorso de una caja de cereales o en el Calendario Zaragozano- que la originalidad del narrador no consiste en contar lo que nunca se ha contado, sino en contar lo que se ha contado un millón de veces, pero haciendo que parezca que se cuenta por primera vez. Si esto es cierto, y no soy yo quien para dudar de las frases con vocación de proverbio, Pequeña Miss Sunshine es un pequeño rayo de originalidad en el mundo plúmbeo, vacuo y pagado de sí mismo que nos desayunamos cada mañana.

Los directores de Pequeña Miss Sunshine han rodado una road movie como si nadie hubiera rodado una antes. Se burlan del cinéfilo acostumbrado a sacar referencias, antecedentes y guiños y logran centrarle en las vidas de sus seis protagonistas minimizando (dios, cómo odio ese palabro) los recursos retóricos al máximo. Una sobriedad y contención meritorias y sorprendentes, viniendo de dos directores (Johnatan Dayton y Valerie Faris, casados y residentes en algún lugar de EE UU) que se han forjado en el mundo del videoclip y de la publicidad. Llámenme prejuicioso, pero con ese currículum, uno iba predispuesto a ser mareado y vapuleado con luces estroboscópicas y samplers de Jamiroquai. Y, oh, sorpresa: me he encontrado con una linda y atípica road movie con tono de comedia y final feliz.

En las road movies, el personaje huye o va al encuentro de algo sumamente trascendente. Aquí se trata de llegar a tiempo a un concurso de belleza infantil (no, no temáis, podéis seguir leyendo, que no pienso destriparla). En las road movies, los personajes son outsiders o tienden a salirse del marco social, abocados por una situación límite o por un conflicto que les supera. Aquí es la vida misma la que resulta inasumible para una familia de clase media que no ha cometido crimen alguno ni oculta ningún horrible secreto sentimental. En las road movies, el paisaje de la cuneta tiende a parasitar la acción. Aquí, sólo la decora. En las road movies, el viaje es iniciático y revelador, trasunto del viaje interior, que es el que verdaderamente importa. Bueno, aquí sí que se parece a las road movies convencionales.

Id a ver Pequeña Miss Sunshine. Podría decir muchas cosas de ella, pero la más importante es que, con toda seguridad, os va a provocar algo. Algo agridulce. Algo bueno. Es de lo mejorcito que he visto en los últimos años.

13/11/2006 01:15 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 3 comentarios.

ESTOS YANQUIS...

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El próximo día 17 se estrena en España Borat, un falso documental que da una vuelta de tuerca al estilo Michael Moore. Según leo en El País, su autor, Sacha Baron Cohen, se hace pasar por Borat, un periodista kazajo ignorante, machista, racista, lerdo y entusiasta de George W. Bush que recorre Estados Unidos de punta a punta con el "encargo" de dar a conocer en su país las maravillas de la civilización norteamericana. En el viaje, pone en evidencia cuán cenutrios son los yanquis de una costa a la otra. Borat enseña un país de paletos que creen que en Europa oriental viven en la Edad Media, llenos de prejuicios racistas, con pueblos donde los cow boys confiesan que quemarían a los homosexuales, etcétera, etcétera, etcétera. Hasta aquí, bien. Todo retrato paródico de una realidad mostrenca que, encima, se haga con sentido del humor, lo disfruto. Probablemente, gozaré y me indignaré por igual cuando vea la peli, pero, al igual que me sucede con Michael Moore, la demagogia europeizante me provocará cierta repulsión.

Producciones como esta sirven en Europa para que nos acomodemos en nuestra superioridad moral e intelectual. Pobres yanquis, pensamos, menos mal que vivimos en una tranquila, progresista y tolerante ciudad europea, menos mal que no somos unos imperialistas repugnantes como ellos. ¿No lo somos? Muy al contrario: producciones como la de Borat confirman una capacidad de autocrítica y autoparodia que apenas percibo en el viejo continente. Si no se producen películas como esta en Francia, en Alemania o en la misma España no es porque no exista una realidad tan mostrenca o más, sino porque una industria hipersubvencionada rara vez se atreve a morder la mano de la sociedad y el Estado que la alimenta.

Estoy convencido de que un Borat recorriendo España de Barcelona a Huelva podría ser tan terrorífico como el estadounidense. ¿Saldría el gracioso reportero ileso de unas cuantas bromas sobre moritos en una plaza de El Ejido? ¿Qué pasaría si entrara con ganas de guasa españolista en una herriko taberna? ¿Y si pidiera a los parroquianos de un bar de Quintanilla de Onésimo su opinión sobre la homosexualidad? ¿Y si visitara la fiesta de Manganeses de la Polvorosa en la que se arroja una cabra desde un campanario? ¿Sería capaz alguien de pasearse con el pelo largo y una camiseta del Che Guevara un 20 de noviembre por la Plaza de Oriente de Madrid?

¿Cómo? ¿Que me voy a los extremos? No, estoy cogiendo el equivalente hispano de los rodeos y de los poblachos de mala muerte llenos de cow boys homófobos y Homer Simpsons republicanos. Pero la cosa no sería distinta en Francia, donde un partido racista que deja pequeña cualquier exageración pueblerina estuvo a punto de llegar a la presidencia de la República no hace nada y cuyo porcentaje de votos jamás baja del 10 por ciento. Venga, acérquese y pregunte al encargado de cualquier tasca marsellesa en qué pino prefiere colgar a los argelinos. Cuando terminen de empaparse de la grandeur que impera en la campiña gala, hagan un viaje por la pintoresca Italia, y después prueben a recopilar los chistes denigrantes que en Alemania occidental circulan sobre los muertos de hambre de Alemania oriental. Y, si no quedan satisfechos, paséense por las calles de Viena acompañados por alguien de piel morena y pelo rizado (la chilaba es opcional) y pidan mesa en un restaurante fino, verán qué risa.

En fin, que el documental podría hacerse en cualquier país de Occidente con parecidos resultados. Lo que me jode de la demagogia instaurada por Moore es que se cultiva a mayor gloria de una Europa tan palurda o más que los Estados Unidos, pero que se cree, mirándose su minúsculo ombligo, depositaria de todo el saber y el cosmopolitismo del universo. La diferencia entre ellos y nosotros no radica en nuestros distintos niveles de estulticia, ignorancia y oscurantismo, sino en que ellos tienen un grupo de gente que sabe trascender el reconfortante y calentito nacionalismo, mientras que los de aquí se aferran a la hogareña subvención, ya sea autonómica, estatal o europea.

07/11/2006 16:03 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 18 comentarios.

TANGOS, TIGRES Y SELVAS

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Veo (re-veo) El último tango en París. Mientras la veo, pienso dos cosas. a) ¿Cómo es posible que con unos pocos fragmentos leídos por encima de Marx y de Freud un grupito de cineastas secuestrase intelectualmente a toda una generación? y b), mucho más importante: ¿se sentía amenazado el ombligo de Maria Schneider por el avance imparable de su Amazonia púbica? Qué bajos más tupidos, vive Dios. Para los que hemos crecido bajo el halo de Corporación Dermoestética, la pelambrera venusiana de Schneider (20 añitos, frente a los casi 50 de Brando) es de lo más escandalosa. La secuencia de la mantequilla es repostería para niños al lado de esa pesadilla de rasuradores.

Hipnotizado por tales visiones, me ha entrado curiosidad por saber qué fue de esta buena mujer, y resulta que no ha sido muy afortunada. En 1977 iba a trabajar en Ese oscuro objeto de deseo, de Buñuel, pero el de Calanda la despidió a los pocos días de empezar el rodaje y la sustituyó por Ángela Molina. Dudo que un aragonés recio reblase ante el pubis de la Schneider. En peores bosques habría lidiado don Luis, así que las razones del despido serían otras. Con Bertolucci tampoco le fueron bien las cosas. Le ha llamado "gangster" y "enemigo", y la chica debe de tenerle una inquina considerable. Así, despedida por unos y ninguneada por otros, se le fue pasando el arroz en producciones de tercera. Menos mal que la tele acudió en su rescate. En ella, y en el cine italiano, ha encontrado el medio para ganarse las lentejas todos estos años. Pero para la historia ha quedado como la chica a la que Marlon Brando embadurnó el culo de mantequilla. Una mantequilla barata, por cierto. No se ve la marca, pero se aprecia que no es Président, la más cremosa.

Entre sus apariciones televisivas se cuentan algunos episodios de Navarro (pronúnciese "navagó"), una serie que causaba furor en la Francia de los años 80 y 90 y que tiene el honor de ser la única producción europea de género policial que compitió sin rubor con sus primas yanquis. Creo que se sigue emitiendo. El comisario Navagó -cínico, agabardinado cual gamba, inteligente, moderadamente violento- es Roger Hanin, una institución audiovisual en Francia. De joven formó parte del plantel de muchas producciones de la Nouvelle Vague, incluyendo Al final de la escapada, y eso da caché. Pero luego, quizá por razones distintas a las de Maria Schneider, se desvió a producciones menores, también llamadas en la Europa de la época "coproducciones". De entre todas, destaca su interpretación de El Tigre (o Le Tigre), personaje protagonista de dos pelis de Claude Chabrol: El Tigre ama la carne fresca y El Tigre se perfuma con dinamita (sí, sí, como lo leen; eran tiempos más desinhibidos para los tituladores de películas). En las dos, El Tigre, ese agente secreto y especial, desbarata sin miramientos las perversas pretensiones de unos malos muy malotes. Como Navagó, Hanin bajó el pistón y cambió la geopolítica por el lumpen parisino. Todos lo agradecimos.

Y así, sin sentido ni teleología alguna, queridos amigos, hemos divagado desde las profundidades sofocantes del coño de Maria Schneider hasta el comisario Navagó, pasando por Buñuel y dejando caer algo de materialismo dialéctico y psicoanálisis. ¿Verdad que se pasa bien el rato sin hablar de nada en particular? Tened cuidado, pues El Tigre vigila escondido en el frondoso pubis de alguna actriz frustrada.

Foto: ¿hace falta decirlo? El último tango en París, furros.

01/11/2006 03:05 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 6 comentarios.

ADIÓS A GILLO PONTECORVO

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Mientras las fiestas del Pilar mantienen entretenida la ciudad que trato de habitar (sólo a ratos lo consigo; la mayoría de las veces me limito a estar en ella), el cineasta Gillo Pontecorvo se ha muerto de la única única cosa que no se cura: la edad. Pontecorvo, orillado desde hacía años, está considerado como uno de los directores italianos más importantes de la segunda mitad del siglo XX. En fin, en ese tramo temporal y en ese país, la competencia está durita, y esa afirmación mea un poco fuera de tiesto, pero eso no quiere decir que Pontecorvo no sea interesante. Lo fue por dos pelis: La batalla de Argel y Ogro. A esta última pertenece la imagen del coche volador de Carrero Blanco que las teles siempre enchufan cuando hablan del atentado que le costó la vida y que, según dicen, forzó a hacer la Transición de una determinada manera. Pero la peli que verdaderamente mola de Pontecorvo es La batalla de Argel, de 1966.

La cinta narra el asedio de la cashba de Argel por parte del Ejército francés y la lucha del Frente de Liberación Nacional en sus retorcidas calles en 1958. Lo hizo con un tono sobrio, cercano al documental, con actores amateurs y sin experiencia, aplicando el principio periodístico de John Reed que establece que para mostrar el horror no hacen falta adjetivos, que la barbarie se basta a sí misma para conmover a quien se atreve a mirarla. Sin embargo, lo natural es que lo horrible active mecanismos sentimentales que se desbordan descriptivamente por el lado barroco. Contener ese flujo y desbrozarlo hasta llegar a la esencia del relato es mucho más difícil y doloroso de lo que puede parecer.

La batalla de Argel no pudo verse en Francia hasta mucho después de su rodaje. Todavía hoy la herida de Argelia sangra demasiado y cualquier pequeña referencia despierta resquemores. Hace menos de un lustro, el general Paul Ausseresses publicó Services Specieaux, un testimonio -y justificación- de las torturas sistemáticas, negadas una y otra vez, que el Ejército francés aplicó en su colonia africana en 1957. Su aparición volvió a remover conciencias doloridas y dio otra vuelta de tuerca a la espiral de la culpa y del silencio. Precisamente ayer volví a ver Caché, donde el siempre turbador Haneke se enfrenta a esa ciénaga de remordimientos colectivos.

La batalla de Argel tiene el mérito -entre otros- de la oportunidad, de atreverse a hablar de las cosas en caliente, sin esperar a que se posen y se pudran. Pero tampoco pudo hacer nada para frenar ese poso y esa putrefacción. ¿Cómo se explica que una sociedad entera se echase encima la manta del chauvinismo para no ver? Ni siquiera el Partido Comunista, que por la más básica coherencia debió denunciar los abusos y echar una mano a sus correligionarios del FLN, se atrevió a salirse del guión patriótico. Eran ellos o nosotros. No podían tolerar más bombas en el barrio europeo de Argel, debían defender los valores de Occidente, la seguridad era irrenunciable etc., etc. ¿Les suena el asunto?

Se ha muerto Pontecorvo, y el síndrome de Argelia que él, en cierta forma, desencadenó con la peli, está lejos de curarse. Está hondamente incrustado en la republicana Francia y el verano pasado emergió en forma de coches quemados y guetos insufribles. ¿Hasta cuándo?

13/10/2006 19:34 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 2 comentarios.

SALVADOR PUIG ANTICH

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He cometido el error de esperar un tiempo (una fucking semana) para ver Salvador Puig Antich y he tenido que hacer un gran esfuerzo para limpiarme de prejuicios previos y ver la peli sin intoxicarme por las mil quinientas críticas y reseñas leídas, por las ochocientas entrevistas al director escuchadas y por los cinco millones de opiniones de gente que pasaba por ahí y exponía lo que le había gustado y lo que no de la cinta, de la época, de los grises y del torniquete del garrote vil. Ha sido duro, porque tenía muchas ganas de verla y quería presentarme ante ella lo más virginal posible. Manías de uno, que le gusta enfrentarse a algunas obras como una novicia recién escapada del convento que descubre el placer de revolcarse desnuda por la hierba con un vigoroso mancebo. Esta vez, sin embargo, mi novicia interior estaba saturada de pornografía, y eso condiciona mucho tu juicio.

Mis titánicos esfuerzos por soslayar lo insoslayable tuvieron dos dificultades añadidas con forma de señoras de unos 60 años, barrocas de laca y joyas, que no pararon de rajar durante la proyección y que respondieron a mis llamadas de atención con un “Lo que hay que aguantar, que un niñato nos mande callar”. En uno de los mini-clímax del filme, cuando estaba a punto de simular que se me había metido algo en el ojo, con Daniel Brühl aguantando un largo y oscarizable primer plano sostenido por el leve contrapunto musical de Lluís Llach de fondo, mis cotorras vecinas exclamaron alto y claro, mientras desenvolvían su décimo cuarto caramelo (los sutiles acordes de Llach recularon asustados ante el constante cras-cras del celofán): “Hay que ver qué guapo es este chico, ¿verdad?”. Si mi maldita madre no me hubiera enseñado modales, me habría levantado, habría zarandeado a cada urraca con una mano y les habría gritado: “¡Por gentuza como ustedes pasaban estas cosas! ¡Ustedes son esa España miserable y asfixiante!”. Pero me limité a gruñir para mis adentros y rabiar contra los pusilánimes prejuicios democráticos que impiden internar a señoras así en campos de reeducación.

 

Pese a tenerlo todo en contra, disfruté mucho la película de Manuel Huerga. Podrá gustar más o menos, podrá conmover más o menos, pero no estoy en absoluto de acuerdo con algunas de las críticas vertidas contra ella, que hablan de maniqueísmo y de excesiva planitud en la construcción de los personajes. Huerga ha dirigido una sólida película, con gran respeto por el oficio pero sin renunciar a las licencias de estilo. No diré que es una obra maestra, pero sí que es una gran obra, muy honesta, a la que quizá le sobre el parlamento en off final y algunas “contextualizaciones” de época prescindibles (menos Kissinger y Pinochet, por favor) y le falta un mayor ahondamiento en la intimidad y en los vericuetos familiares de Salvador.

 

No me molesta el funcionario de prisiones interpretado por Leonardo Sbaraglia, aunque su desaparición no dejaría coja la película, y creo que los polis de la Político-Social, concebidos como un personaje colectivo, funcionan muy bien. ¿Es maniqueo presentar a los miembros de un cuerpo sanguinario, torturador y prepotente como personajes sanguinarios, torturadores y prepotentes? “Los malos son demasiado malos”, he leído en algún sitio. Por favor, que eran unos matones peligrosos que nada tenían que ver con las caricaturas policiales que nos han legado interpretaciones como las de Agustín González. ¿Se hubiera sostenido durante cuarenta años un régimen de terror si los encargados de sostenerlo hubiesen sido cándidos blasillos animados? No, eran unos cabrones eficaces. Muy eficaces, y así aparecen en la película.

 

Tampoco Salvador se presenta como un héroe sin mácula, sino como lo que fue –y ahí está lo terrorífico del asunto-, un chaval abocado por las peculiares circunstancias de su país y de su tiempo a una forma de lucha poco eficaz, pero muy estimulante en una sociedad ayuna de adrenalina y de esperanzas. Le tocó pagar los platos rotos, pero no tenía madera de héroe, un rasgo que se deja ver en la peli, pero que quizá no se subraya lo suficiente.

 

Nuestra higiene mental como sociedad demanda obras como esta. Conocer puede ser escalofriante, pero la ignorancia nunca ha sido una buena compañera en la convivencia. Y a mí me causa horror saber que quienes firmaron el “enterado” de la condena a muerte de Salvador Puig Antich aquel marzo de 1974 siguen ocupando cargos públicos, cobrando jugosas pensiones y durmiendo muy ricamente por las noches.

 

Me da pavor pensar que puedo tener por vecino a un torturador convertido en pensionista del Ministerio del Interior que lee todos los días el Marca sin un asomo de culpa en sus ojos. No pediría una revisión jurídica de todo esto. Lo pasado, pasado está, pero nadie puede exigirnos olvidar lo que pasó aquí hace cuatro días mal contados. Nadie puede exigirnos que no recordemos a los muchos Salvadores que ha habido. Nadie puede exigirnos no sentir vergüenza al saber que parte del dinero que el Estado nos descuenta cada mes del sueldo sirve para que verdugos y sicarios paguen la luz, el alquiler y la calefacción que les proporcionan una vida con la dignidad que ellos negaron a tanta gente. Podrán pedirnos generosidad, pero no que seamos gilipollas.

Foto: el verdadero Salvador Puig Antich.

23/09/2006 19:23 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 12 comentarios.

PODER ASESINO

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Al terminar el trabajo, conversación hasta tarde con mi amiga U. Damos un repaso a toda la cartelera de series de televisión. Las diseccionamos y, de ahí, pasamos al cine. Caemos en la cuenta de que, desde Marlon Brando, ningún grande de la pantalla la ha diñado. Será porque ya no pasan por San Sebastián, que era la ciudad maldita para todos los astros octogenarios y reumáticos. Con visión práctica periodística, pensamos que estaría bien que uno de ellos se muriera de madrugada, para que las crónicas estuvieran listas al mediodía siguiente y solucionaran un par de dignas y emotivas páginas de periódico, con columna necrológica adjunta, que siempre queda bien. Pensamos en Charlton Heston, pero concluimos que mala hierba nunca muere. Seguimos por Kiriki Douglas, pero nos cae bien y no nos gusta la idea de que desaparezca. Mientras, me descubre la página web "Dead or Alive", donde te indican si alguna celebridad sigue viva o muerta. Gran hallazgo.

Esta mañana, en la ducha. Suena el móvil. Es mi amiga U.

-Tío, se ha muerto Glenn Ford. ¡Tenemos poderes!
-No jodas. ¿De madrugada?
-De madrugada ha sido. Somos los embrujados. No sé, voy a pedirme una bicicleta o que me toque la lotería.
-De eso nada. ¿No conoces el código de los superhéroes? Debemos emplear nuestro don para hacer el bien.
-Bueno, pero eso es hacer el bien conmigo.
-No sé si va a colar...

Pues nada, que me voy a ejercitar mi recién descubierto poder asesino. Lo voy a proyectar ahora contra algún Nobel de Física o algún célebre compositor dodecafónico. Concéntrate, poder asesino, concéntrate.

Dicho todo esto, qué pena lo del pobre Ford, que tuvo que cargar con el peso de ser el primer maltratador mediático.

31/08/2006 13:07 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 8 comentarios.

PERROS DE PAJA

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Vive la picaresque! Pilluelos, holgazanes, bon vivants, gigolós sin gomina, ediles marbellíes, falsos tullidos que reclaman pensiones, traficantes de visados en la salida 4-A del aeropuerto de Casablanca. Todos vosotros estáis de enhorabuena, porque hoy se ha demostrado, una vez más, que la posmodernidad, la cultura, el cosmopolitismo y los fondos de la Unión Europea no pueden con vuestra cultura picaresquil.

Lugar: el Madrid de Gallardonius I. Escenario: posmodernas instalaciones aclamadas por su arquitectura exterior e interior. Sujetos: los más brillantes matemáticos del mundo, eminencias, cerebros del nivel de Newton y Einstein. En la prensa, genios inigualables. En el argot de los pillos y de los truhanes, simples pichones.

Pues bien, resulta que en este Madrid, que sigue siendo una mierda, como decía la canción, a unos espabilados se les ha ocurrido la genial idea de hacerse pasar por policías a la entrada del congreso matemático. Con la excusa de comprobar la documentación de los doctores de Harvard y de Oxford, les cacheaban y les birlaban la cartera. Lo han denunciado varios matemáticos, supongo que ofendidos y avergonzados por igual. Total: un episodio del Lazarillo en el posmoderno Madrid del siglo XXI. Fantástico.

Deberían andarse con ojito estos cachondos carteristas, pues Sam Peckinpah ya nos enseñó que un matemático enfadado puede ser temible. En Perros de paja (basada en una novela de Gordon Williams), Dustin Hoffman es un matemático estadounidense recién casado con una joven y apetecible inglesa (Susan George). Para concentrarse en su trabajo, la pareja compra una casa en las afueras del pueblo natal de ella, al norte de Inglaterra. Allí, Hoffman se convierte de inmediato en el objeto de las burlas de los pueblerinos: por partida triple, por ser americano, por dedicarse a una incomprensible actividad intelectual y por tener una mujer atractiva y más desinhibida de lo que el puritanismo ambiente está dispuesto a tolerar. La tensión va subiendo y el apocado Hoffman soporta haciendo pucheros las constantes humillaciones de los "town boys". Su mujer le considera un pelele, le exige que plante cara. Peckinpah maneja la angustia psicológica con pericia de cirujano, hasta que se produce el estallido final, en el que el apacible matemático saca la bestia violenta que lleva dentro. Y no cuento más, que seguro que hay quien todavía no la ha visto.

Si han visto Perros de paja, los carteristas estarán poniéndose a salvo de la furia de Pitágoras. Chavales, esto no es el patio del colegio: ya no puedes darle collejas al empollón y pavonearte de ello en los futbolines. Ahora son los empollones los que tienen la sartén por el mango. Y su venganza puede ser terrible. Avisados quedáis.

Foto: fotograma de Perros de paja.

26/08/2006 17:15 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 1 comentario.

PARADOJAS ERÓTICAS

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El cine erótico ha fracasado. No como Eros, pero sí como cine. Lo pensé el otro día, cuando TCM programó en sesión doble dos joyitas del primer Verhoeven (director de Instinto Básico), Delicias turcas y El cuarto hombre. La segunda la vi de niño, supongo que recién estrenada, y me causó un fuerte impacto. Maldigo retrospectivamente la manía de mi madre de no hacer caso a los rombos de la tele y dejar que el niño viera lo que le diera la gana. Un poco de moralidad à la ancienne me habría ahorrado algún que otro disgusto infantil. ¡Maldito progresismo sexual hogareño! Mi madre no utilizaba lo de la semillita ni lo de las florecitas: a las explicaciones de mi madre había que ponerle siete rombos por lo menos. Mamá, por favor, no hace falta que seas tan gráfica, ya lo hemos captado, le decíamos mi hermano y yo.

Voviendo al cine. Lo que me dio mal rollo de El cuarto hombre no fue su erotismo, sino la asesina malota que se cargaba a sus amantes. Utilizar el sexo como una mantis religiosa me parecía terrorífico, mucho más terrorífico que Poltergeist, Al final de la escalera y La profecía juntas. Qué ruin era que mientras estuvieras disfrutando, tan a gusto, tu amante te asesinara. No, hombre, no, eso está muy feo, pensé. Luego he aprendido que Eros y Tanathos están mucho más cerca de lo que parece. Freud y el Marqués de Sade sabían un montón del tema, como pude descubrir años después. Por eso, he llegado a la conclusión de que el sexo, lejos de un impulso primario, es un pacto muy civilizado y cortés, y hay que dar las gracias al amante porque reprima sus instintos asesinos. Cada nuevo encuentro, hay que pensar: "Otro polvo del que salgo ileso. La civilización funciona. Al menos, aquí, en esta cama, el cosmos converge correctamente, aunque fuera el caos lo gobierne todo".

Total, que estoy muy disperso hoy y no sé de qué hablo. Viendo el otro día Delicias turcas (me negué a atormentarme con El cuarto hombre) pensé que el cine erótico ha fracasado. Salvo casos muy puntuales y puramente casuales, no ha logrado transgredir sus propios corsés para fabricar un repertorio estilístico y crear eso que llamamos género. No hay un pie forzado erótico: la etiqueta no se corresponde con un género real, como el negro, el western o la comedia costumbrista. El solo empeño de crear tal género es estúpido, pues el erotismo es consustancial a la vida, y es de la vida de lo que habla el cine. Por tanto, en todo cine va incluido Eros. Querer aislarlo es jugar a ser alquimista.

Existe el cine porno, pero para existir ha tenido que renunciar a ser cine. No podía ser de otra forma. El porno alcanza su majestuosidad cuando decide ser porno y no finge ser cine. Entonces es cuando vuela libre y da lo que tiene que dar. Pero el cine erótico como una versión digerible y mass media del cine porno es un concepto absurdo que ha tenido su culminación en insultos a la inteligencia del calibre de Lucía y el sexo y Nine songs. Hablando en plata: o se folla o se hacen versos, pero las dos cosas a la vez, no.

De la misma forma, sólo cuando el cine se ha desprendido de la obsesión erótica ha sido capaz de crear monumentos eróticos. He hablado en este blog de la secuencia de Jo, qué noche en la que Rossana Arquette aparece desnuda y muerta-dormida. Hay miles más, pero ese erotismo se ha logrado cuando el director en cuestión se ha preocupado por los personajes y por la historia que contaba y no por cómo fingir una penetración. Cuando eso sucede, cuando se da esa "imitación a la vida" en la que el creador (dios, qué palabro más cristianófilo, pero me da pereza borrarlo) se ha sumergido, surge el chispazo de Eros, de forma casi inevitable. Ese desnudo lo requiere el guión, pero antes del guión lo requiere la vida. Y si la actriz que se tiene que desnudar se llama Scarlett Johanson, por ejemplo, el subidón está garantizado.

"Hay que follarse a las mentes", decía un sobreactuadísimo Eusebio Poncela en la siempre recomendable Martín (Hache). Unas secuencias después, el mismo histrión aparecía desnudo junto a una yonqui de bajón a la que "puedes echarle un polvo, total, no se va a enterar". Dejando aparte incoherencias narrativas más o menos buscadas, yo diría que más que follarse a las mentes, en cuestión de cine y erotismo, es la mente la que debe follar -y, si puede, correrse en el clímax de la peli-. Y sólo los grandes narradores saben llevarnos a la piltra sin necesidad de cultivar el inexistente género erótico.

Foto: cartel de una proto-Lorena Bobbitt en El cuarto hombre.

12/08/2006 19:34 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

ESPAÑA NO SE ROMPE

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Es mi deber tranquilizar a los patriotas catastrofistas. Vuelvan a guardar la pistola y la camisa azul del abuelo en el baúl, que todavía no les va a hacer falta. España no se rompe, y le auguro muchos años de casposa existencia. Unas cuantas pruebas así lo ponen de manifiesto, y todas proceden del campo cinematográfico.

Después de décadas de injerencias extranjerizantes y de ínfulas intelectuales alejadas de la alegre y despreocupada naturaleza ibérica, el cine patrio vuelve a los rieles que nunca debió abandonar. Miren, si no, Los Managers, simpar producción donde se reúnen los más sanos tópicos de la picaresca y el enredo hispanos. Siguiéndole la pista está El Código Aparinci, que reúne de nuevo a esos gigantes del celuloide llamados Andrés Pajares y Fernando Esteso. Se rueda en Valencia, una región con políticos hechos a imagen y semejanza de quienes devolvieron la grandeza a este reino cristiano en la gloriosa cruzada. Valencia, centinela de occidente que vigila en garitas de uno, dos y tres dormitorios en primera línea de playa.

El asunto no se limita a estas dos producciones. El año pasado pudimos gozar con la picantona historia de Desde que amanece, apetece, con ese galán-que-está-hecho-un-trúhan llamado Arturo Fernández. Hay más títulos actuales, pero también hay que hacer caso al pasado, que tantas cosas nos enseña. Gracias a las nuevas tecnologías, podemos disfrutar de los "directors cuts" en DVD de esas joyas que Esteso, Pajares y Ozores llevaron a término hace 30 años: Los bingueros, Onofre el amargao, El erótico enmascarado, El soplagaitas, Caray con el divorcio, Virilidad a la española, Pepito Piscinas o Agítese antes de usarla. ¿Y qué decir de otros artistas como Alfredo landa y José Luis López Vázquez, que, pese a pervertirse después en inventos progres e intelectualillos, supieron mantener el listón bien alto con Cateto a babor o El profesor Eróticus?

Señores, el legado de estos grandes patriotas lo recogen ahora las nuevas generaciones, dando sobradas pruebas de españolismo. Con gente así, ningún rompepatrias de tres al cuarto desmontará esta nación.

¡Viva España y vivan las suecas!

12/07/2006 01:25 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 6 comentarios.

CINE Y COSAS NECESARIAS

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Hablando de centenarios, ayer preguntaba Manuel Rivas por Mozart (250 añitos) en su columna de El País. Es verdad, no se le oye en ningún sitio. Una ausencia que no lamento: después del "quijotazo" del año pasado, no tengo cuerpo para amadeusadas. Que le adoren en Salzburgo y en Viena y que los Alpes y los Pirineos se mantengan altos y enhiestos para alejar sus fastos de tufo rancio y ministerial. Para compensar, Billy Wilder está sonando en su centenario y sus pelis se han programado en algunas cadenas. Y es que, para genios admirables, el chistoso señor de las gafas de pasta gana por goleada en afecto al repipi niño prodigio palaciego. Que te zurzan, Mozart.

Como se recuerdan cosas de Wilder, también se rememoran sus fracasos taquilleros, que fueron casi tantos como sus bombazos. Encuadrado en el clasicismo, llegó un momento en el que su cadencia y sus buenas maneras cómicas dejaron de interesar al público, pese a que sus producciones eran igual de brillantes. Y él lo asumió con mucha dignidad. Dijo algo así como: "Yo trabajo para tener éxito, pero si la gente no quiere ir a ver mis películas, no puedo hacer nada". Un director español -o uno europeo abonado al plañidero chollo de la "excepción cultural"- jamás enunciaría una frase parecida. En la pacata y mafioseta España, el ingrato público es el culpable. Es ignorante y no sabe apreciar lo bueno. Los directores y los actores se esfuerzan por ofrecerle lo mejor, pero ellos se empeñan en ver a Jean Claude Van Damme. Maldita, deseada y desagradecida zorra: ahí te pudras. Ése viene a ser el tono que productores, actores, directores y críticos apuntados al carro desgranan en entrevistas y reportajes. Y el Ministerio de Cultura ( y los editorialistas) les ríe las gracias y les enjuga las lágrimas de cocodrilo.

Borja Hermoso, en el blog de cine de El Mundo plantea con acierto una pregunta: En asuntos de cine, ¿de quién se preocupa el Ministerio de Cultura: del público o de la industria? Cabe suponer que, como administrador de los intereses de los ciudadanos, apoye medidas encaminadas a que el público se forme, se informe y disfrute mejor del cine como una de las más importantes manifestaciones culturales de la actualidad. Sin embargo, ha anunciado crear una Agencia de Cine Español (o con un nombre parecido) que va a promover la exportación de pelis patrias por estos mundos de dios. Alégrome, y que les vaya muy bien en su misión evangelizadora, pero, ¿qué hay de lo mío? Quiero decir: ¿qué hay de ayudas a los exhibidores que se arriesgan a proyectar las pelis como Billy Wilder (es decir, Dios) manda y no las doblan sino que las subtitulan? ¿Qué hay de los millones de españoles que viven fuera de Madrid y Barcelona y no llegan ni a oler los aclamados estrenos festivaleros de los que tanto hablan los críticos de la prensa? ¿Qué hay de esas filmotecas de horarios imposibles y dotaciones presupuestarias cómicas? ¿Qué hay de la mutilación y el maltrato que practican impunemente las televisiones con las películas que emiten? ¿Qué nos importará a nosotros que un señor de Estocolmo vea o no la última de Amenábar? En fin, que los amantes del cine nos tenemos que tragar el desprecio de directores mediocres que nos insultan por no pasar por taquilla para ver sus pajuelas estilísticas, con la ministra asintiendo de fondo y amenazando con darnos en el culito. Para colmo, hemos de consentir con una sonrisa que se mantenga con nuestros impuestos una industria hipersubvencionada.

Y yo me pregunto: ¿es obligatorio hacer cine? Si el público no ve sus pelis, asúmanlo como hizo Wilder (aunque carezcan de su elegancia y, sin duda, de su talento) o dedíquense a otra cosa, pero no aspiren a un funcionariado encubierto. Si lo hacen, al menos digan abiertamente que sólo quieren chupar del bote y no nos cuenten milongas.

Foto: Billy Wilder.

25/06/2006 20:05 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 7 comentarios.

QUERIDO PROFESOR

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Hace unos cuantos domingos viví una extraña sesión doble de cine. La siesta se la dediqué a "revisitar" (le cojo el gusto al palabro, no te creas) Escrito en el viento, de Douglas Sirk. Decadencia, clasicismo, Lauren Bacall, un mundo que se va a la mierda... Ahí estaba Rock Hudson, en la cima de su poderío, reinando sobre los mequetrefes años 50 (la peli es de 1956) con su cara de chico bueno de high school.

Eso fue por la tarde. La madrugada, que siempre ofrece cosas mucho más interesantes, me regaló una producción posterior de Rock Hudson, realizada en 1971 y titulada Pretty Maids All in a Row. El título en español, bastante más acertado, es Querido profesor. En esta extraña peli es Hudson, y no la trama, el decadente. Desmejorado, fondón y con un bigotito setentero muy repugnante, el otrora apuesto Rock interpreta a Michael "Tigger", un profesor-entrenador de una high school de un pueblo playero en la que una alumna ha aparecido muerta y desnuda. En fin, nada peculiar: la típica producción de asesinatos con sus pizquillas de sexo y mal construida tensión. "Tigger" es un enrollado y progre pedagogo muy querido por sus alumnas, a las que se cepilla en el aula a plena luz del día y, por supuesto, asesina cual mantis tras el mortal coito. Pero nadie sospecha de él y el propio detective que investiga los crímenes reclama su colaboración. La estética hippie de la cinta y la banda sonora ya eran reclamo suficiente, pero yo no podía quitarle ojo al pobre Rock, con un pie en el foso, incapaz de disimular su cuesta abajo personal y profesional.

La trama de "terror adolescente" es sólo una excusa para desarrollar unas ambiciones muy elevadas y muy propias de los 70. Querido profesor pretende ser un drama psicológico sobre la percepción mojigata e hipócrita que la sociedad norteamericana tiene del sexo. Está basada en una novela de un desconocido escritor llamado Francis Pollini, y la realiza un director (francés, para más señas) llamado Roger Vadim, que por entonces estaba casado con Jane Fonda. Vista hoy, resulta delirantemente ingenua, de un erotismo desmayado y asténico que ya no se lleva, pero que resulta muy agradable.

La peli tiene más curiosidades: el policía que investiga los crímenes es Telly Savalas, que poco después de Querido profesor se haría famoso al encarnar al detective Kojak. Otra profesora del instituto que también se dedica a iniciar a sus imberbes alumnos en el intercambio de fluidos es la actriz Angie Dickinson, que protagonizaría Dressed to kill (que también va de crímenes, pero está mucho mejor hecha) junto a Michael Caine. En fin, que es uno de esos títulos donde las anécdotas son más interesantes que la historia que se cuenta.

Todo esto viene a cuento porque Querido profesor me ha reafirmado en varias cosas: que me encantan los subproductos de los 70 y su estética y que hay que huir como la peste de quien quiera contar una historia para "motivar un debate", porque insulta la inteligencia del espectador o del lector. Dudo que los yankis reflexionaran sobre su visión del sexo a propósito de las barrabasadas de Rock Hudson. Si quieres debatir, llama a María Teresa Campos. Si quieres contar una historia, cuéntala, y déjate de gaitas.

Ah, y ver a Rock Hudson me ha llevado a reflexionar sobre mi dieta y la vida sana, porque el antes y el después de este hombre es espeluznante. Y eso que creo que todavía no estaba enfermo del Sida que le mató años después. Me voy a preparar una ensaladita y a hacer unas flexiones...

18/06/2006 13:50 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

INTERIORES DE IRMA

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Billy Wilder (más conocido por algunos como Dios, y pronunciado "bilder", en honor a su Austria natal) hubiera cumplido 100 años el próximo 22 de junio. Muchos pensábamos que iba a llegar al siglo sin mayores esfuerzos. Le creíamos inmortal, y todavía pensamos que la noticia de su deceso, el 27 de marzo de 2002, es sólo una broma para sacudirse de encima a tanto admirador plasta. Por tanto, Mr. Wilder cumplirá cien años dentro de diez días.

Lo bueno que tienen los aniversarios de los autores es que te dan la oportunidad de "revisitar" su obra. Bueno si te gusta. Lo malo es que puedes acabar hasta los güevos-mucho-frescos-y-mucho-güenos de ellos. Por suerte, es muy difícil que la reiteración machaque a Wilder. El apartamento, Con faldas y a lo loco, Uno, dos tres, Sunset Boulevard... Y las crepusculares La vida privada de Sherlock Holmes y Primera plana. ¿Qué se puede decir? La sola enumeración de los títulos justifica el hecho de que algunos le consideren un dios todopoderoso. Siendo un maestro de la comedia, supo ponernos mil nudos en la garganta al mostrar, en un hábil movimiento, el envés de la moneda. Tenía el humor descreído de quienes entienden el sentido trágico de la vida.

Empiezan los ciclos del aniversario, lo que me ha permitido volver a ver, en el duermevela de la siesta, Irma la dulce. No es de sus títulos grandes, pero está impregnada de su grandeza: las medias verdes de Irma tendidas en su minúsculo apartamento convierten a la sobrevaloradísima Amélie en un basto y balbuceante ejercicio de aficionado.

Irma la dulce tiene algo en común con Casablanca, con Gilda, con Uno, dos, tres y con Vacaciones en Roma: el hecho de que recrean ciudades falsas, arquetípicas, increíbles, de cartón piedra. No son ni pretenden ser retratos de París, Casablanca, Buenos Aires, Berlín o Roma. Y precisamente en su incapacidad (premeditada o involuntaria) de hacer presente la ciudad en la historia radica su encanto. Porque al París de Irma la dulce se le ven las tramoyas, pero lo que Wilder retrata no es una calle prostibularia de la capital francesa, sino un territorio emocional y universal.

Le contó Hitchcock a Truffaut (en El cine según Hitchcock) que cuando estrenó La ventana indiscreta, un crítico neoyorquino le reprochó no haber sabido retratar el ambiente del Greenwich Village, a lo que el orondo inglés respondió: "Pero es que la película no trata del Greenwich Village. Usted no ha entendido nada".

Ya casi no se ruedan pelis en decorados que recreen ciudades, y es una lástima, porque tienen un encanto especial. El París de Irma la dulce está en un estudio de Hollywood, como lo estaba el Nueva York de Bailando bajo la lluvia y de La ventana indiscreta. Gracias a este "teatro extendido", todo adquiere un tono de farsa donde las emociones juegan a su antojo.

Ha sido agradable, en este día de sol despiadado y calor sahariano, encontrar cobijo por unas horas en la frescura del plató donde Wilder dirigió a una Shirley MacLaine en ropa interior (verde, por supuesto).

Otro día, por unirme a los fastos centenariales, volveré a escribir de Mr. Wilder.

Foto: Shirley MacLaine (Irma), en un momento de la peli.

12/06/2006 01:41 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 2 comentarios.

HUMOR INTELIGENTE

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¿Casualidad o premeditación? Nunca se sabe con quienes manejan los hilos de las televisiones, pero en la semana que se celebra el 150 aniversario del nacimiento de Sigmund Freud, varios canales del cable se han liado a emitir a Woody Allen. Si es casualidad, pensaré que, después de todo, hay un fatum que ordena el caos catódico. Si es algo premeditado, tacharé de obvios y facilones a los programadores, que podrían haber estrujado un poco más sus ya secas meninges.

Pero como a caballo regalado no hay que mirarle los dientes, ayer reposé mi cansancio laboral viendo a cachos y por enésima vez Misterioso asesinato en Manhattan, y extraigo la misma conclusión de siempre, que comparto con un amigo: no sé si odio o amo a Woody Allen.

A diferencia de muchos de quienes me rodean, nunca he sido un entusiasta del neoyorquino, pero siempre he visto sus pelis muy a gusto. Podría vivir sin él, pero a nadie le amarga un dulce. Por un lado, me fatiga que, salvo en estos años de senectud, haga siempre la misma película. Uno acaba hasta arriba de apartamentos neoyorquinos, parejas que se aburren mutuamente y sofisticadas conversaciones en el hall de una galería de arte. Por otro lado, sin embargo, maneja la parodia como nadie. Si sus pelis sólo fueran diálogos brillantes, habría sido barrido por la panda de listillos de Harvard que dominan el arte de la réplica y sus más sofisticadas técnicas, pero hay algo más. Hay cine.

Así que, ante Woody Allen, emito siempre una frase en dos tonos. Puedo decir: "Otra de Woody Allen" con aire de fastidio, o "Otra de Woody Allen" con aire de entusiasmo. Y no sé cual de los dos registros es el dominante, pero siempre consigue reternerme en el sillón.

Creo que lo que no me gusta de Woody Allen son los fans de Woody Allen. Todos esos entusiastas preparados para reir a mandíbula batiente la más insulsa de sus gracias, esos que para hacerse los interesantes en una reunión nocturna empiezan a interpretar algún diálogo o a citarle. "Como dijo Woody Allen...". Dios, qué plastas, cambiad vuestro repertorio de referencias, que a Woody nos lo sabemos ya todos. Con Woody ya no se liga. El mundo se ha vuelto muy competitivo y tienes que ser más selectivo en tus citas. Recurriendo a Allen sólo impresionarás a un pazguato igual de soso que tú.

Pero la verdad es esta: ¿quién no ha intentado romper el hielo alguna vez acudiendo a alguna gracieta alleniana? Venga, que tire la primera piedra el o la valiente que nunca se ha tirado el moco con Annie Hall. Os confesaré algo: yo también utilizo a Allen, pero como a mí lo que más gracia me hace es el chiste que no encierra ninguna enseñanza ni ninguna profunda verdad moral, sino que sólo pretende ser gracioso, yo tiro de una de mis pelis favoritas del judío: La última noche de Boris Grushenko, que es una comedia absurda sin relación con las calles de Manhattan. Por eso me hace gracia, porque no tiene lectura dramática ni te invita a pensar... si no quieres pensar. En cuestiones de humor, a veces lo más inteligente es no pretender ser inteligente, porque del refinamiento a la pedantería hay una fina línea que sólo los maestros saben pisar sin rebasarla. Y de maestros, lo que se dice maestros, siempre hemos ido escasos. Woody Allen es uno de ellos.

11/05/2006 11:59 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 11 comentarios.

LOS SITIOS DE ZARAGOZA

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Lo cuenta Mariano García en el Heraldo de hoy, en una de esas exclusivas que surgen de una indiscreción interesada en algún café y que Mariano sabe currarse tan bien. Planeta puede financiar una superproducción sobre los Sitios de Zaragoza adaptando cinematográficamente el best seller de José Luis Corral sobre el tema, Independencia. Por supuesto, aquí ni lo confirma ni lo desmiente nadie. Hay 30 millones de eurazos en juego -por lo menos- y nadie pía para no espantar a la gallina de los huevos de oro. Pero el río suena porque algo de agua llevará. Yo me fío de lo que diga el maestro Mariano y sus gargantas profundas particulares. Sería la producción más costosa rodada nunca en España. 

No he leído la novela en cuestión, así que me ahorro opinar sobre sus posibilidades fílmicas, su factura estética y otras chorradas por el estilo. Porque de lo que se habla aquí no es de amor, sino de sexo. Es decir, de pasta gansa, de imagen, de industria, de alfombras rojas y vestidos de Channel escotados. Eso, si no se agosta y el director acaba siendo Vicente Aranda, y el prota, el primo tonto de Fernando Esteso con unas suecas fetén del brazo, que todo pudiera ser. Pero si todo sale bien, Zaragoza puede tener su Señor de los Anillos particular. Y en estos tiempos, con la Expo en ciernes, sería la mejor forma de centrar la atención del mundo en Aragón. Al menos, el tiempo que dure la promoción de la peli. Maños, qué orgullo. Esto es como Bienvenido, Mr. Marshall, pero con interné.

Además, es una oportunidad de sacar lustre a nuestra propia historia. Utilizada durante mucho tiempo por el nacional-catolicismo y lo más rancio del país, es hora ya de que nos dejemos de chorradas y veamos los Sitios como lo que deben ser: un episodio histórico singular, épico, lleno de anécdotas asombrosas y personajes carismáticos, y no como el suceso que reafirma unas esencias patrias que nadie se traga. O al menos, que una mayoría de ciudadanos corrientes no nos tragamos. Los Sitios, como historia, lo tiene todo: pasión, absurdo, sangre, lágrimas, miseria. A su lado, la batalla de El Álamo es una refriega de colegiales, y mirad el rédito que le han sacado los yanquis al maldito asunto. Los Sitios se merecen una peli de palomitas y merchandising, con gorras, camisetas y videojuegos matafranceses. A ver si así, por la vía del consumismo, terminamos de sacudirnos los fantasmas de la historia, ya que la vía del estudio y el debate público parece no ser lo nuestro. No se nos da bien el diálogo: probemos con el márketing.

Y lo dice alguien al que le aburre leer best-sellers (si esta confesión no me arroja a las catacumbas, diré que me aburre soberanamente la novela histórica. Glups) y que deja pasar las superproducciones taquilleras hasta que un amigo de fiar se las recomienda.

PD: Pecaría de injusto si el texto se quedara donde se ha quedado. Ya hubo un genio del show bussiness que explotó el lado épico del asunto. Se llamaba Benito Galdós y lo hizo en sus Episodios Nacionales (de haber vivido hoy, Galdós hubiera sido un genial creador de series televisivas. De los mejores). Su ejemplo habría cundido si la historia de España en el siglo XX hubiera sido otra y los Juan de Orduña de turno hubiesen hecho cine y no propaganda al servicio de una idea tendenciosa y totalitaria de España. Como en muchas otras cosas, este país lleva retraso.

27/04/2006 12:35 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 8 comentarios.

DE TAL PALO, TAL ASTILLA

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Veo un maravilloso documental incluido en el pack de cuatro pelis de Sam Peckinpah que acaban de sacar. Se titula Sam Peckinpah: legado de un renegado de Hollywood, y en él se repasa la vida y obra del objeto de mis amores cinematográficos mediante una narración leída por la voz de Kris Kristofferson y acompañada por multitud de testimonios de amigos, familiares e ilustres admiradores. Gracias a este documento he podido poner cara a Lupita Peckinpah Palacios, la última hija del genio. Nada dice la película sobre ella, salvo su fugaz intervención en un inglés hablado con fuerte acento español, pero me permito el lujo de recuperarla para el blog.

En 1965, Sam Peckinpah, henchido de orgullo tras el éxito de Duelo en la alta sierra, rueda en México una superproducción con Charlton Heston como prota. Es Mayor Dundee, el primer fracaso importante de su carrera. Descontrolado, desbordado por la magnitud de un trabajo que le venía grande, Peckinpah conoció a una joven actriz que empezaba a despuntar en el raquítico star system mexicano: Begoña Palacios. 24 añitos. Alegre, inteligente, tumultuosa. La compañía ideal para las farras de aquel cuarentón excéntrico que había mandado a tomar viento a su primera mujer. Se casaron, y de aquel matrimonio (dicen que lleno de amor por ambas partes) nació años después, en Ciudad de México, María Guadalupe Peckinpah Palacios. Lupita Peckinpah.

Lupita sólo atisbó a ver la etapa crepuscular de su padre, pero vivió con una viuda fiel a su recuerdo, que sobrevivió 16 años a su marido y que al morir en 2000, sin haber cumplido los 60, pidió que sus cenizas fueran esparcidas en la playa de Malibú, donde 16 años atrás se había hecho lo mismo con las de su añorado Samuel. Lupita ha vivido con el peso de un apellido enorme, y lo único que recuerda son los desvaríos de un drogadicto y un alcohólico empeñado en autodestruirse. Sin embargo, en cierta forma, ejerce de guardiana de su legado y participa en todos los proyectos que se hacen sobre su padre, respondiendo gustosa a todas las preguntas que se le ponen delante.

¿Y a qué creéis que se dedica Lupita? ¿Ranchera, novelista amargada, escultora en el SoHo, profesora de cine en la Universidad de Columbia, corista de Chavela Vargas? Sería lógico cualquiera de estos destinos. Digna heredera de su padre habría sido entonces. Pero no, ni por asomo. Aunque se dedica al cine, como papá y mamá, sólo que ella confecciona vestuarios. Es diseñadora. De hecho, tiene su propia marca de moda: Lupita Peckinpah-Vena2, y trabaja codo a codo con su pareja, el artista visual mexicano Luis Díaz Gordoa. Hay que joderse. Si alguna vez hubo alguien ajeno a modas, tendencias y artificios superficiales, ése fue Peckinpah. En casa del herrero, once again, cuchillo de palo. A no ser que Lupita diseñe sillas de montar y botas con espuelas, claro.

Ahora que me digan que los descendientes de Cioran (¿los tuvo?) son tertulianos en Salsa Rosa y me lo creeré (aunque Lupita parece una mujer inteligente. En eso habrá salido a papá (¿o a mamá?)).

Foto: Cartel de Fiebre de juventud, una de las pelis protagonizadas por Begoña Palacios, esposa de Peckinpah.

26/04/2006 21:03 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

ABRIL ES EL MES MÁS VIOLENTO

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Emoción grande. Enorme. Majestuosa. No sentía nada igual desde que Mari Puri accedió a intercambiar sus babas conmigo en sexto de EGB. ¡Sam Peckinpah está al fin en DVD! Le ha costado varias docenas de huevos a las malditas distribuidoras decidirse a sacarlo en España, pero este mes de abril lo han hecho y ya podemos comprar (servidor va a ir a la FNAC corriendo con la tarjeta de crédito en los dientes) los mejores títulos del maestro. Abril ya no es un mes cruel: ahora es un mes violento. ¡Peckinpahquianamente violento!

Las tenía bajadas del e-mule (pecador, pecador), pero no es lo mismo, porque no las encontraba subtituladas y la calidad dejaba bastante que desear. Así que me las agencio en DVD y punto. Aunque teniendo en cuenta que hasta ahora sólo las había visto por televisión o en vídeo, no puedo decir que haya disfrutado nunca de su cine en unas condiciones aceptables.

Hasta no hace mucho, la única peli de Sam Peckinpah que se podía comprar en España era Perros de paja. Después llegó La cruz de hierro (en la foto) y, ahora, al fin y de golpe, La huída, Duelo en la alta sierra, Grupo salvaje, Pat Garrett y Billy The Kid y La balada de Cable Hogue. Qué madrugadas de cine me voy a pegar, amigos. La de tiempo que llevaba esperando este momento. No están todas, pero sí las más importantes. Falta Quiero la cabeza de Alfredo García, Mayor Dundee, Junior Bonner y las menores y tardías, como Clave Omega, pero el grueso del pelotón ya está aquí. El resto, confío en que vaya llegando.

Peckinpah es un director de transición, un outsider obligado: demasiado joven para incluirse en la nómina del cine clásico y demasiado viejo para incorporarse a la nueva hornada de Scorseses y Coppolas. Renovador y testaferro al tiempo del western y último representante de una saga de bribones pendencieros, borrachos y sentimentales que hicieron de la cultura americana algo grande. Es el último de los Walsh y de los Huston. Un artista que no sabía que lo era. Un sublime creador que siempre se consideró un film maker, un hacedor de películas (como Hitchcock, como Ford). Un artesano curtido y un zorro viejo.

Terriblemente sentimental, al final de sus días tuvo un gesto entre heroico y bufonesco: para protestar por la actitud de gendarme farruco de su país en el mundo, se nacionalizó mexicano. México fue su segunda patria, y disfrutó retratando en sus pelis el violento norte, las arrugas de los ancianos y los pechos desnudos de las jóvenes. También en eso, Peckinpah fue un director de frontera.

Cascarrabias, bebedor, mujeriego y eterno cantor de la amistad. De la amistad viril, de miradas profundas, silencios y carcajadas. El único sostén de un mundo violento y despiadado que enguye horizontes y hombres libres con impunidad. Qué grande fue Peckinpah. Espero que el DVD no le haya maltratado.

25/04/2006 01:21 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 2 comentarios.

ALIDA VALLI

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Se ha muerto Alida Valli a los 86 años. Una vida larga y espero que feliz.

Me enamoré de ella en el entreacto de una comedieta picante que alegraba las oscuras noches de la Viena bombardeada y hambrienta de 1946. Ella era una de las actrices. Una chica triste enamorada de un sinvergüenza muerto, pero acaba robando el corazón de un desgraciado escritor de novelitas del Oeste. También fue la regia e imperturbable señora Paradine, acusada de asesinato y con un pie en el patíbulo que no mueve un dedo por ayudar a su desesperado y brillante abogado, que no halla la forma de evitar que su mordisqueable cuello acabe desgarrado por la soga de la horca.

De rostro difícil, de rasgos ambiguos, ni duros ni suaves, Valli seducía por su misterio, por todo lo que era capaz de no decir. Qué morbo destilaba la italiana. Podría seguir mucho rato hablando de ella, pero el bueno de Antón Castro se me ha adelantado y ha colgado en su blog un precioso perfil de nuestro común objeto de deseo cinéfilo que os invito a leer pinchando aquí.

23/04/2006 16:28 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

UNA CHICA DESNUDA EN EL SOHO

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Harto de tu vida. Hecho mierda. Aburrido. Una chica encantadora se te ha cruzado en el café y te ha dejado su número de teléfono. En casa, decides hacer una estupidez: la llamas. Vive al sur de Manhattan, en el Soho, y es bastante tarde. No importa. Tus últimos 20 dólares se van volando por la ventanilla de un taxi que no vas a poder pagar, los cajeros automáticos no se han inventado todavía y estás en una desangelada y oscura calle del Soho. Linda Fiorentino en sujetador te lanza las llaves del loft desde la ventana. Buen comienzo. Linda moldea una estatua con papel y yeso, y la chica con la que has quedado espera sonriente al final del pasillo. Tomáis café en una de esas cafeterías americanas que no cierran en toda la noche. Es rara. Está un poco loca y dice muchas idioteces, incluido que está casada. Pero te gusta. Esa noche, te encanta. Aunque hay algo oscuro, algo en su cuerpo. Imposible, es hermosa. ¿Quemaduras? "Algunas mujeres tienen el cuerpo lleno de cicatrices. Horribles cicatrices", ha advertido la escultora Linda antes de quedarse dormida sobre tí. La paranoia aparece. No quieres ver las quemaduras. Una marca extraña asoma en su muslo cuando te besa y se le sube la falda. Deseas huir y huyes. Pero vuelves por extraños avatares que no vienen al caso. Y ella está muerta. Se ha suicidado porque tú las has tratado como a una furcia para deshacerte de ella. Está en su cama, como dormida. Nunca ha estado más hermosa. Está desnuda y sólo una finísima sábana cubre su cuerpo. Venga, atrévete a mirar. Total, está muerta. Descubre la sábana, no seas cobarde. Dios, qué piel. Qué belleza. Qué buenísima está (digo, estaba). La marca no era más que un tatuaje. Qué imbécil eres, chaval.

Supongo que habréis reconocido parte del argumento de Jo, qué noche (1985), del maestro Scorsese. El pardillo es Griffin Dunne en el que probablemente es el mejor papel de su vida, y la loca, rubia y triste chica es Rosanna Arquette, que aunque se ganó muchos corazones en Pulp Fiction, para mí siempre será la Marcy de Jo, qué noche (macarra y ochentosa traducción libre del título original, After Hours, que a mí me encanta, pese a que reconozco lo cacofónica que puede llegar a ser).

La Rosanna Arquette de Jo, qué noche es otro de mis mitos eróticos. Es sencillamente maravillosa la secuencia en la que él se da cuenta de que está muerta y decide descorrer el velo de la sábana. Sublime, de lo mejor que ha rodado Scorsese (y mira que ha rodado secuencias inolvidables). En esos segundos se entremezclan un profundo erotismo, cierta ternura, un terror horripilante y una comicidad de carcajada sonora. Todo junto y a la vez, dejando al espectador desconcertado, sin saber cuál de todas esas emociones debe dominarle, sin saber si reir o llorar. Eso es cine, señores, y lo demás son tonterías.

Soy necrófilo, qué se le va a hacer. Vivo enamorado de Marcy. De esa Marcy plácidamente muerta tras ponerse hasta arriba de pastillas. Es un bellísimo cadáver, una hermosura fugaz que, al menos en la ficción, se va a pudrir en pocas horas. Pero en ese instante, es una belleza casi platónica. Qué bien está Rosanna Arquette en Jo, qué noche. Qué morbazo tiene esa peli. Me gusta tanto, que creo que si alguna vez mi pareja me manda a paseo no será por ninguno de mis innumerables e insoportables defectos, sino por lo pesado que soy poniendo en el DVD Jo, qué noche una y otra vez. Hay obsesiones terribles, ¿verdad?

Foto: Rosanna Arquette, plácidamente muerta, en Jo, qué noche.

30/03/2006 21:34 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 9 comentarios.

CONTRA EL FUNESTO VICIO DE PENSAR (4)

La Delegación del Gobierno en Aragón y Multicaja han convocado un interesante certamen de guiones de cortometrajes. El nombre, desafortunado, señores convocantes, muy desafortunado. Juzguen ustedes:

Primer Concurso de Guiones Para Cortos de la Delegación del Gobierno.

Preguntas que a todos nos asaltan en esta funesta hora:

  1. ¿Se trata de guiones "para cortos", es decir, cuyos destinatarios son personas de pocas luces, escasa cultura y lentitud de reflejos?
  2. ¿Se trata de un "concurso para cortos", es decir, que los autores, y no necesariamente los destinatarios, deben acreditar escasas o nulas aptitudes intelectuales?
  3. En cualquiera de los dos casos anteriores: ¿son sólo "cortos" de la Delegación del Gobierno, es decir, funcionarios adscritos a tal organismo, o pueden optar al premio todos los zopencos del país sin discriminación alguna? ¿Los cargos públicos electos de la Delegación pueden presentarse al mismo o, en su defecto, disfrutar de los guiones como "cortos" debidamente acreditados, o es un privilegio de los funcionarios de oposicíón?
  4. ¿Quién dictamina qué aspirante es realmente un "corto"? ¿Por debajo de 30 en coeficiente intelectual? ¿Tiene que tener un título de gestor cultural o una cátedra en Márketing en una universidad privada, quizás? Esperaré a que se aprueben las bases, pero los convocantes deben aclarar muy bien estos parámetros, para evitar posteriores disgustos. Porque hay muchos y variados "cortos" por el mundo.
  5. Por último, ¿los guiones deben ser un esquema para que esos "cortos" sepan desenvolverse en la vida sin tropezar por sus esquinas ni ser atropellados en los pasos de peatones? ¿Para qué necesita un "corto" un guión? Con un orinal y los partidos de la Champions debería valerle, ¿no? 

Ruego encarecidamente a la Delegación del Gobierno que resuelva estas dudas, que podría haberse ahorrado con un sutil cambio preposicional que evitara la coña, poniendo "de" -menos correcto- en lugar de "para". El único "corto" ha sido el lumbrera que ha aprobado el título del concurso. Por lo demás, venga, ánimo, a escribir esos geniales guiones y a ganarse unas perricas, que al ganador le producen su obra en 16 milímetros. Y, a lo mejor, quién sabe, se la proyectan en algún cine y todo (si no, que la pongan en internet para que podamos bajárnosla de gratis). Suerte, genios del verbo y de la cámara. 

13/03/2006 22:15 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 5 comentarios.

AND THE OSCAR GOES TO...

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Crash ha ganado a Brokeback Mountain.

Generalmente, los Oscar me dan bastante igual, pero como por una vez, y sin que sirva de precedente, la peli que ha ganado es la que más me gustaba de esta añada, me congratulo y me regocijo en mi clarividencia, ignorada hasta hoy. Pinchad aquí para leer o releer lo que se publicó en este vuestro blog sobre Crash.

06/03/2006 18:24 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 2 comentarios.

ARRIAGA: INQUIETANTE, SUTIL, SALVAJE

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Pese a que los dobladores se han esforzado mucho en el empeño, no han logrado su objetivo de joderle al espectador Los tres entierros de Melquíades Estrada. Tendré que esperar al DVD para apreciar las sutilezas de ese inglés texano que se mezcla con el español de México y los cambios de un idioma a otro en ese territorio tan alegórico como real que es la frontera. Porque, de momento, en Zaragoza, todo son facilidades si lo que quieres es ir de putas por el centro de la ciudad o hacer el mono en denigrantes espectáculos en el estadio de La Romareda dignos del Afganistán de los talibanes. Pero si tu intención es ver una peli subtitulada en un cine, olvídate. Eso es para los esnobs de Madrid y Barcelona. Y si me permitís, me adelanto a las objeciones: sí, estoy siendo demagógico. Es algo que me encanta, lo hago con mucha frecuencia.

Pero será mejor dejar estas diatribas para otra ocasión y hablar de Los tres entierros de Melquíades Estrada, una preciosa historia que recomiendo a todo el mundo, pese a que hay que tener un poco de paciencia con el dire, Tommy Lee Jones, que es primerizo y flojea bastante con la cámara en la primera mitad de la cinta. Para compensar, la segunda roza la perfección y, si te toca alguna fibra, como me ha tocado a mí, puede hacer que salgas de la sala desubicado y, ¿por qué no?, muy emocionado. Pero esas reacciones químicas no las produce Tommy Lee Jones, sino el gran artista que sostiene y da vida a la historia: el mexicano Guillermo Arriaga (Amores perros y 21 gramos). Un titán.

Sin destripar nada de la película, resumo someramente. Melquíades Estrada es un espalda mojada que trabaja en un rancho de Texas y es amigo del buenazo del capataz (Tommy Lee Jones), un tipo austero, de lealtades antiguas, casi un outsider en un mundo dominado por los patrulleros de la Migra y las mafias locales. Uno de estos patrulleros, un imberbe rubio, mata por accidente de un disparo a Melquíades, pero no dice nada (primer entierro) y, como el muerto es un mexicano, nadie investiga el crimen y le entierran (segundo entierro) bajo una cruz donde escriben con rotulador: "Melquiades Mexico". Pete, el capataz, está destrozado por la muerte de su amigo, y decide averiguar quién ha sido el asesino. Cuando lo descubre, le secuestra, le obliga a desenterrar a Melquíades y, juntos, se llevan el cuerpo en descomposición al sur de la frontera, donde Pete quiere que el patrullero entierre a su amigo en el rancho de su familia (tercer entierro). No he destripado nada fundamental, porque lo que importa son las relaciones que se establecen entre los personajes y los retratos que Arriaga hace de cada uno de ellos, que nos asoman a aterradores abismos de la condición humana. Porque de eso trata el universo de Arriaga, de la condición humana. Es decir, nada que no esté en las historias de Homero. Nada ha cambiado desde entonces. Tan sólo la mirada. Y la de Arriaga es penetrante, cruel y salvaje.

Hay en esta historia aromas de Peckinpah, y Peckinpah es uno de mis grandes, quizá el más grande en mi universo cinéfilo. El propio título recuerda algunos del californiano, como Quiero la cabeza de Alfredo García o La balada de Cable Hoghe. Mientras veía Los tres entierros... han pasado por mi retina los momentos en los que Peckinpah me ha puesto los pelos de punta en sus pelis. He recordado cuando Pike le dice a Dutch "¿Vamos?", y éste responde, "¿Por qué no?", al final de Grupo salvaje; me ha hecho revivir el escalofrío que sentí cuando uno de la banda le pregunta a Billy "¿Por qué no le disparas?", y él contesta, encogiéndose de hombros, "¿Por qué iba a dispararle? Es mi amigo", en Pat Garrett y Billy the Kid, ¿y qué decir de ese final de La Cruz de Hierro en el que el sargento Steiner y el cínico teniente Stranski se miran fijamente y éste le dice a áquel?:"Le voy a enseñar cómo lucha un oficial prusiano", y Steiner remata: "Y yo le enseñaré dónde crecen las Cruces de Hierro". 

Los tres entierros de Melquíades Estrada tienen ecos de esas secuencias gloriosas, porque Arriaga comparte con Peckinpah un punto de vista desgarrado, austero y masculino sobre la vida. Sí, he dicho masculino, en el sentido en el que ellos entienden la masculinidad, no lo confundamos con un machismo rancio ni nada parecido. Son tipos a los que les gusta el campo, pero no por el lado bucólico, sino por su lado salvaje y agreste. Son gigantes de andares desacompasados y manos grandes sin apenas tacto. Son tipos que ven la belleza en un trozo de carne asada o en unas botas de montar llenas de lodo. Unos tíos como dios manda. Peckinpah murió hace tiempo ya, pero Arriaga viene a tomarle el relevo con sus aires montunos y sus desconcertantes ojos claros, que nadie podría imaginar que penetrasen tan hondo. Son hombres que poco tienen que ver conmigo, urbanita pasteurizado, pero sus creaciones me llegan muy adentro. Ésa es la verdadera empatía.

Por cierto, hay un buen montón de pelis buenas en cartel (ninguna española en mi opinión, todas americanas) y casi todas tienen en común una mirada despiadada, desnuda y poco complaciente sobre el mundo desorbitado que habitamos. Miradas duras, sin concesión a la fantasía ni a la frivolidad, y con un trasfondo de belleza: Crash, Los tres entierros..., Brokeback Mountain, Buenas noches y buena suerte... ¡Qué buen cine está haciendo Estados Unidos! Creo que no se veía una eclosión igual desde los tiempos de Taxi driver y El padrino. Y parecía que Hollywood estaba muriéndose. Si es así, se muere con las botas puestas.

04/03/2006 02:15 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 11 comentarios.

GRANDES ENIGMAS DE LA HUMANIDAD (1)

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¿Por qué Dorothy vuelve a Kansas?

-¿Qué puedo hacer por tí, mi niña? -preguntó [la bruja Glinda].
Dorothy contó a la Bruja toda su historia: cómo el ciclón la había llevado a la Tierra de Oz, cómo había encontrado a sus compañeros, y las maravillosas aventuras que habían tenido.
-Ahora mi mayor deseo es regresar a Kansas -dijo-, pues tía Em pensará que algo espantoso me ha sucedido, y eso la hará vestirse de luto, y a menos que las cosechas estén mejores este año de lo que estuvieron el año pasado, tío Henry no puede permitirse ese lujo.
Glinda se inclinó y besó la dulce carita que la cariñosa niña levantaba hacia ella.
-Bendita seas -dijo-. Creo poder decirte la manera de regresar a Kansas. -Luego agregó-: Pero, si lo hago, deberás darme el Gorro de Oro.

L. Frank Baum, El mago de Oz (traducción al castellano de Gerardo Espinosa).

Empezamos fuerte con la serie sobre los grandes enigmas de la humanidad, con una pregunta que muchos nos hemos hecho sin encontrar respuesta. Vamos a ver, Dorothy de mi vida y de mi corazón: si estás en la Tierra de Oz, con amigos (¡amigos que te quieren, fíjate bien, que de eso no hay en los páramos de Kansas! Es más, amigos tan geniales como esos creo que, fuera de Oz, sólo puedes hacerlos durante una noche de juerga en Chueca), tienes el Gorro de Oro y eres la reina del mambo de un mundo de ilusión y de colores, ¿qué se te ha perdido a tí en la granja de mierda de tus tíos de Kansas, en la que sólo cultivan polvo gris y mala uva y donde no hay un miserable entretenimiento que no consista en rezar y en comer paja? ¡Dorothy, eres tonta!

Argumento número uno: el descrito en la cita, donde Dorothy justifica sus deseos de volver porque sus tíos estarán preocupados. Dorothy, bonita, es duro lo que te voy a decir, pero a tus tíos se los ha llevado el tornado, por buenos cristianos y respetar la cuaresma. Merecido se lo tenían. Y, en el caso de que no hayan muerto, están demasiado ocupados recolocando los tablones podridos de su granja de mierda como para que vayas tú a contarles tus alucinaciones debidas a la ingesta de fluidos estomacales de alguno de los anfibios que viven cerca de la granja. Allí, sólo estorbas.

Argumento número dos, mucho más alucinante que el primero: si tía Em piensa que te ha pasado algo horrible, eso "le hará vestirse de luto", y tío Henry no puede permitirse ese dispendio. ¿Y a tí que más te da? Pues que no se vista de luto o que tiña de negro la ropa que ya tiene y, así, el rácano de su marido no tendrá que hacer un viaje de 500 kilómetros hasta el pueblo más cercano para comprarle bragas de encaje oscuras y seductoras fajas negras.

No soy el primero que se ha planteado que Dorothy acusa cierto retraso mental al decantarse por Kansas en vez de quedarse en Oz. El genial Matt Groening hizo en Futurama una parodia de El mago de Oz en la que Lilla es Dorothy y el profesor, el farsante mago. El deseo de Dorothy en esta versión es mucho más lógico: "Quiero quedarme y ser la nueva Bruja Malvada del Este", a lo que el profesor le responde: "No, volverás a Kansas a llevar una vida de abnegación cristiana con tus tíos". Es un castigo en toda regla.

John Waters, el director de Pink Flamingos, alardea de que una de sus posesiones más preciadas es una foto autografiada de Margaret Hamilton, donde la diva firmó como "the Wicked Witch of the East" (su papel en la peli). El cineasta es, por tanto, uno de los mayores fans del mundo de la versión cinematográfica de 1939, y su opinión es más que autorizada. Pues bien, Mr. Waters no sólo no entiende la decisión de Dorothy, sino que le indigna profundamente. Y yo estoy con él.

Conclusión: la idiotez de Dorothy sigue siendo hoy un enigma. ¿O vosotros también hubiérais vuelto a Kansas?

26/02/2006 18:08 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 5 comentarios.

EROTISMO OLVIDADO Y SEGUNDÓN

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Cada cual tiene sus mitos, sus filias y sus fobias. Algunas, justificadas. La mayoría, originadas en un azar estúpido e incontrolable. Por eso, frente a los cánones o frente a los grandes mitos creados por el márketing erótico, cada uno tenemos un repertorio personal e intransferible que no tenemos por qué compartir necesariamente con nuestros semejantes. Aprovechando estos tiempos de desinhibición sexual y de comprensión para todas las criaturas de la creación, voy a sacar del armario algunos de mis mitos ocultos. No serán las más guapas ni las que más llaman la atención ni las que más obsesiones despiertan, pero a mí me gustan. Ya confesé hace poco que Connie Selleca ejercía una atracción poderosísima que, según he podido descubrir hablando con una amiga, se debía, a buen seguro, a la forma que llevaba recogido el pelo combinada con sus ojos verdes. Los detalles, a veces, importan mucho. Hoy voy a hablar de la actriz que iluminó mis más tiernas depravaciones: Jenny Agutter.

¿Y quién coño es Jenny Agutter, aparte de la de la foto?, os preguntaréis algunos. Pues una actriz muy famosa en la televisión británica, de escasa proyección fuera de ese medio y de ese país, pero que reunió sobrados méritos para entrar en el top-10 del erotismo cinematográfico por su interpretación de la enfermera Alex Price en Un hombre lobo americano en Londres.

Creo que, desde mi infancia, no han pasado seis meses sin que haya visto esa peli. En algunas épocas, puedo llegar a verla todas las semanas. Me la sé de memoria, claro está. Me anticipo a cada frase y me gusta disfrutarla solo, no tanto porque sea un rito siniestro y pervertido, sino porque nadie me soporta haciendo comentarios al lado si tiene que verla por primera vez. El DVD de esta peli no lo dejo. Os podéis llevar el resto de la colección, pero dejadme Un hombre lobo americano en Londres, por favor.

Aunque el loco John Landis la dirigió en 1981, tenía su guión escrito desde hacía años sin que ninguna productora se aviniese a soltar unos dólares para rodarlo. Cuando se lo rechazaban, según Landis, daban dos clases de argumentos: "Es demasiado divertida para ser una peli de miedo" o "da demasiado miedo para ser una peli de humor". Vamos, que no le vayas a un productor con ambigüedades ni sutilezas: las cosas claras, y el chocolate, espeso. Por tanto, Landis hizo otras películas, ahorró dinerito y lo invirtió en producir el guión que llevaba tanto tiempo dormido. Sólo puedo decir: gracias, John.

El asunto se resume así: dos amigos, estudiantes norteamericanos, están haciendo el típico viaje veraniego y mochilero por Europa. Un camión de ovejas les deja en mitad de los páramos de East Proctor, una ficticia localidad del norte de Inglaterra donde no hay más que lluvia y gente rara. Al anochecer, muertos de hambre, llegan a East Proctor y deciden tomar algo en el pub El Cordero Degollado, donde los aldeanos son muy siniestros y les echan con cajas destempladas y una críptica advertencia: "Beware the moon, guys". Tened cuidado con la luna, muchachos. Por supuesto, fuera, en los páramos, los alegres americanos son atacados por una bestia horrible que mata a Jack (Griffin Dune), aunque su amigo David (David Naughton) sobrevive y es trasladado a un hospital de Londres. ¿Y qué le pasa a quien sobrevive al ataque de un hombre lobo? Venga, esa la sabemos todos. Sólo falta ver cuándo se transforma y a quién mata.

Un hombre lobo... causó sensación por los efectos especiales y por crear una bestia licántropa que, de verdad, da mucho miedo. Sin ordenadores, el equipo de maquillaje se lo curró muchísimo para dar forma a ese bicho asesino, con la dificultad añadida de que John Landis quería que las transformaciones se hicieran con todas las luces encendidas, que no hubiera engañosos claroscuros, que se viera todo. La metamorfosis de David en casa de la enfermera Price es estremecedora.

Pero lo que de verdad me hace estremecer a mí es la enfermera Price, con quien David empieza una complicada y desesperada historia de amor. Alex Price es una chica que vive en el centro de Londres, un poco misteriosa y melancólica, que se encapricha de ese americano perdido y desorientado que asegura ser un hombre lobo y que recibe asquerosas visitas de su amigo muerto Jack. Cuando le dan el alta, le lleva a su apartamento y le dice: "He tenido cuatro amantes en mi vida, tres de ellos en una sola noche". La secuencia que sigue después debería figurar en lo mejorcito del erotismo no pornográfico. Jenny Agutter está espléndida. Si alguna vez me ataca un hombre lobo, que me atienda la enfermera Price, por favor.

Jenny Agutter, hoy, a sus 53 años, parece más una catedrática de historia que tuvo mucho morbo de joven, pero que lo ha perdido sin remedio. Como actriz, se ganó el respeto de la profesión cuando actuó en 1971 junto a Richard Harris en la adaptación televisiva de la novela de Paul Gillico La gansa blanca (The Snow Goose). El público la conoció en 1976 cuando fue Jessica en La fuga de Logan, el papel que más repercusión tuvo de toda su carrera. Pero, aparte de estas y otras populares interpretaciones, Agutter es fundamentalmente una actriz televisiva, muy habitual en las producciones de la BBC. Ha sido Desdémona en varios Otelo y se ha dejado caer por muchos otros clásicos. También se ha colado como estrella invitada en capítulos de series como Se ha escrito un crimen y La zona muerta, pero ninguna de sus apariciones destila el morbo de la enfermera Price moviéndose semidesnuda por su coqueto apartamento londinense. ¡Ay, Alex Price, quién fuera mordido por un licántropo!

14/02/2006 10:41 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 19 comentarios.

EL TESTAMENTO DE JAMES COBURN

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Para quienes no nos gusta el fútbol y consideramos el domingo un maldito día de transición entre la resaca inactiva y la inminencia de una nueva semana, el DVD supone una grata salvación. Una buena peli alivia el hastío y te ayuda a ubicarte en este día tonto. Hoy, el aparatito de mis amores nos ha regalado Aflicción, el testamento de uno de mis mitos más queridos, el actor James Coburn.

Rodada en 1997 y dirigida por Paul Schrader (de dilatada filmografía ya, pero que por mi parte se ganó el cielo cuando firmó el guión de Taxi Driver y se lo sirvió en bandeja a Scorsese), Aflicción es una extraña e inquietante película que, pese a que pierde mucho fuelle en su segunda mitad, deja suficiente cancha para que James Coburn se bata en duelo interpretativo con Nick Nolte, que en esta ficción son padre e hijo. Coburn, que tenía entonces 69 años, ganó el Oscar al mejor actor secundario por este papel. A la vejez, viruelas, que suele decirse. El premio sirvió para que el bueno de James viviera dulcemente los cinco últimos años de su vida, mimado por una industria que le había dado la espalda hasta que Schrader rescató su rostro y su físico pasados de moda. Después de Aflicción, participó en 12 producciones, entre ellas, Monstruos, S. A., donde puso voz a Henry J. Waternoose III. Pero Aflicción fue su testamento como actor, un hermoso canto de cisne que sus admiradores tomamos como un regalo.

James Coburn nació en la América profunda, en las profundidades del estado de Nebraska el año anterior a la Gran Depresión. Su cara dura y su mirada penetrante, con esos desconcertantes ojos claros, hicieron de él un pionero, un inadaptado, un tío duro. Su forma de moverse, desconfiada, altanera y parca, y la media sonrisa cínica que le hizo famoso, cautivaron a una generación de cineastas que creció viendo los westerns de John Ford, pero que no soportaba que no hubiera polvo en sus películas, ni que se notase que las montañas del fondo estaban pintadas, ni que John Wayne luciera impoluto su pañuelo atado al cuello. Coburn, entre otros, dieron forma a esa maravilla que se ha llamado western crepuscular y que, en los años 70, generó uno de los mayores genios del arte de contar historias con imágenes: el salvaje y violento Sam Packinpah.

James Coburn es el rostro de Sam Peckinpah. Está en sus mejores películas, como su fetiche, como la pieza que hace que todo encaje y se forme en la garganta un nudo por aquel mundo de miserables hijos de puta que se viene abajo, que se derrumba a golpe de ferrocarril y de ganaderos ambiciosos. James Coburn fue el traidor Pat Garrett que acaba con su amigo Billy the Kid; fue el Samuel Spotts de Mayor Dundee; el melancólico sargento Steiner en La cruz de hierro; en La gran evasión fue Louis, y dejó su huella en otras producciones, como cuando se convirtió en el dinamitero loco de Agáchate, maldito. Su presencia siempre está ligada al sol, al polvo, a la intemperie y a los nómadas. Fue el eterno secundario, la columna hierática del fondo a quien los directores confiaban el sustento del edificio narrativo.

Su carrera, además de muy irregular y plagada de olvidables apariciones televisivas, impresiona por su extensión. Trabajó en casi 200 producciones desde 1957 hasta su muerte por un ataque al corazón en 2002. Todo un currante incansable que no paró quieto nunca, pero que encontraba tiempo para aprender artes marciales con Bruce Lee o jugar al póker hasta el amanecer cuando su canalla ludopatía le cosquilleaba el cogote. Son muchos los secundarios dorados, currantes a destajo, que han dejado marca en el cine. Mi otro gran secundario es Peter Lorre. Algún día, alguien tendría que escribir un libro sobre estos eternos segundones, actores de oficio, eficaces y camaleónicos.

En los últimos años de su vida, Coburn cambió su fibrosa delgadez por una discreta obesidad con algo de reumatismo, circunstancias que le ayudaron a dar forma al turbio personaje de Aflicción, un padre alcohólico anciano, maltratador de sus tres hijos y su mujer -que acaba de morir de frío porque no se ha molestado en arreglar la calefacción-, que vive aislado en una ruinosa granja de un poblacho del norte de New Hampshire donde sólo hay nieve y fracaso. Coburn firmó un agridulce, pero magistral, testamento fílmico. Qué grande fuiste, James.

12/02/2006 18:37 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 4 comentarios.

LA TERRIBILITÁ DE CRASH

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A estas alturas, ¿puede extrañar que Paul Haggis, responsable de una genialidad como Crash, sea un tipo de la tele? Después de hacer Treinta y tantos, Family Law, La ley de Los Ángeles y (sí, amigos, es duro, pero Haggis no reniega de sus orígenes) ¡Texas Ranger!, este caballero ha demostrado que no sólo es un buen artesano, sino que tiene su propio universo y sabe darle forma de arte. Crash produce en el espectador lo que su título indica: un buen golpe en las costillas. Y en un mundo escéptico, cínico y sobrecargado de adrenalina audiovisual, conseguir impresionar a unos ciudadanos curados de espanto no es logro menor. Para que luego digan que la tele embrutece.

Pues sí, Haggis es un guionista-director curtido en el mundo de las series televisivas que dio el salto al cine con mayúsculas tras firmar el sensacional guión de Million dollar baby. Con 54 añitos, ya era hora de que nos regalara esa maravilla que llevaba tanto tiempo guardada. Porque lo que hay en Crash no nace de la noche a la mañana. Por cierto, no confundir esta peli con la otra Crash que hizo el bueno de Cronenberg hace ya diez años (hay que ver cómo pasa el tiempo).

"La gente en Los Ángeles no se toca. Siempre estamos separados de los demás por estas estructuras de cristal y de metal. Echamos de menos ese contacto. Por eso la gente choca, para poder tocarse". Con esta frase, dicha en el interior de un coche que acaba de colisionar, empieza Crash. Y servidor, que a veces pone sus prejuicios por delante, por si acaso, pensó: "Ya estamos, otro rollo de filosofía de libro de autoayuda a lo Ally McBeal con estética esquizofrénica de video clip de hip hop". Antes de cinco minutos me di cuenta de lo equivocado que estaba y lo alejada de cualquier etiqueta que se encuentra esta película.

Crash cuenta varias historias que se cruzan sin perder sus propias coherencias y su autonomía, convirtiendo a la ciudad de Los Ángeles en verdadera protagonista. Inevitable pensar en Vidas cruzadas, de Robert Allman, pero yo tengo mucho más nítida la estética del mexicano Alejandro González de Iñárritu en 21 gramos y, muy en especial, en Amores perros. Su forma de narrar, de acercarse a los personajes y de situarlos frente a la cámara recuerda mucho al gran Iñárritu. Pero lo que más tienen en común ambos directores es una cualidad de este tipo de cine que no había sido capaz de percibir hasta hoy y que me atrevería a llamar terribilitá. No sólo los personajes, sino la atmósfera de los escenarios y la propia música están imbuidas de ese no-sé-qué que se inventó Miguel Ángel. La sensación de que algo está a punto de estallar, en tensión, ferozmente reprimido y causando un sufrimiento que el espectador sólo está autorizado a imaginar. Una angustia latente que hace inexplicable que la vida siga.

¿Qué nos está pasando? Desde que la muerte del neorrealismo abolió las historias corales, nos solíamos conformar con un protagonista nítido, con o sin moraleja, que fuera malo o bueno y con el que pudiéramos identificarnos para bien o para mal. Ahora parece que hay un ansia de totalidad en algunos realizadores, una necesidad de explicar y explicarse a sí mismos un mundo demasiado vertiginoso, complejo y cruel. Para eso, atraviesan todos los estratos sociales, todas las razas, todos los barrios. En todas partes, la misma desolación, las mismas luces planas y frías, siempre encendidas, iluminando la misma limpieza desangelada, la nada. No hay buenos ni malos, sólo personas perdidas y silenciosas en un magma incontrolable en el que nuestras acciones apenas sirven para nada. No se trata de opresores y oprimidos, no hay mundos que ganar. Nos conformaríamos, quizá, con comprenderlos. Ni siquiera con eso: nos bastaría con poder decir un te quiero sincero y reconocer la mirada que se atreve a clavarse en nosotros, valiente y desnuda, desde el otro lado de la mesa del café. Dios, qué frío hace, ¿verdad?

06/02/2006 01:06 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 4 comentarios.

CACHÉ, OTRO VISTAZO AL ABISMO DE HANEKE

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Lo ha vuelto a hacer. Michael Haneke lo ha vuelto a conseguir, me ha vuelto a poner el vértigo en la boca del estómago y me ha llevado de paseo por el lado oscuro, que no tiene que ver con las simplezas de Darth Vader ni las ilusiones canallas de Lou Reed. El cine de Haneke, al que considero uno de los más turbadores, brillantes y afilados contadores de historias de Europa, produce una sensación parecida a asomarse a un precipicio: te atrae y te aterra al tiempo, tocando partes de ti mismo que nunca antes has explorado. Premiado en Cannes y en Valladolid, harto de oír elogios de todos los críticos que habían tenido la suerte de verla, por fin, anoche, pude hacer una visita a su oscuro mundo en una sala de cine. Ayer vi Caché.

Una pequeña calle del 14e arrondissement de París, muy cerca de la Place d’Italie. Una casa resguardada por una cancela, metida en si misma. En su interior, entre toneladas de libros, un flamante y sofisticado presentador de un programa de televisión sobre literatura (Daniel Auteuil); su mujer, una dinámica agente editorial (Juliette Binoche, que nunca jamás podrá sacudirse el aura azul que le prestó Kieslowski en la primera parte de su trilogía), y su único hijo de 12 años. Buen vino, ensaladas nutritivas, sosiego, conversaciones inteligentes y un futuro optimista. Hasta que llega el terror. El terror absurdo, el cotidiano, el que nace en nuestras propias miserias, inseguridades y remordimientos. El que procede de nuestra propia mala conciencia. La familia empieza a recibir anónimas cintas de video en las que aparece la puerta de su casa grabada desde un mismo punto durante horas. A partir de ahí, y sin apenas recursos barrocos, con la misma simplicidad que el loco que acosa a la familia, Haneke nos obliga a mirar en las regiones del remordimiento y de la fragilidad, con una desnudez lúcida que no busca refutación ni complacencia en el espectador. Haneke sólo mira y nos hace mirar la sociedad en la que vivimos, nosotros, pobres hijos de puta.

Caché es mucho más Haneke que la sobrevalorada (aunque me encanta también) La Pianista, rodada a mayor gloria interpretativa de Isabelle Huppert. No tengo nada en contra de esta desasosegante película, pero creo que su factura le debe mucho más al turbio universo de Elfriede Jalinek que al de Haneke. Son universos -por los dos libros que he leído de Jalinek- que tienen muchas áreas comunes, pero es mayor el terreno que les separa. Caché vuelve al espíritu de Funny Games, la que para mí sigue siendo su obra maestra, donde vuelca toda su fuerza sin complacencias ni mensajes cifrados. Aquellos dos asesinos adolescentes maltratando sin razón a la familia austriaca en su propia casa dan algo más que miedo. Hay algo jodidamente inquietante y oscuro en el mundo de Haneke, y no creo que su persona sea una buena compañía como amigo.

En Caché, además, aparece un tema nuevo en Haneke: la memoria. O, mejor: la desmemoria de nuestras sociedades satisfechas de si mismas y del ejército de ignorados que se quema en su propio infierno mientras en una casa del 14e arrondissement de París se descorcha una botella de Borgoña y se brinda por la última y deliciosa ocurrencia del inesperado invitado a cenar. Pero Haneke no nos sermonea: le basta con paralizarnos de horror. Bravo, Haneke: no estaremos del todo muertos mientras gente como tú siga azotándonos las neuronas.

Foto: Daniel Auteuil y Juliette Binoche, en un momento de Caché.

24/01/2006 15:29 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 20 comentarios.

KEVIN SMITH Y EL CÓMIC

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En los últimos días, el director, productor y actor Kevin Smith se ha cruzado un par de veces por mi vida. Y eso es reseñable, porque se trata de un personaje casi "de culto" difícil de ver por los medios españoles. Hoy he vuelto a ver algunos trocitos de Mallrats (1995), su segundo largo de ficción, después de Clerks (1994), que me gusta mucho más. El otro día, leyendo las reediciones del cómic Predicador, de Garth Ennis, me encontré con su firma al pie del prólogo de una de las compilaciones. Ante ambas coincidencias, me he preguntado, ¿en qué andará metido? Pues atención, para que luego digáis que aquí no se entera uno de ninguna noticia: Kevin Smith está en postproducción de la segunda parte de Clerks, que se estrenará a lo largo de este año, lo que me hace debatirme entre el miedo y la ilusión.

Smith es un cómico excesivo e irregular, hijo del grunge, como lo es en parte Garth Ennis, y es, además, un erudito del cómic. Por eso no es extraño que rinda homenaje a Predicador. Pero, como narrador, no le llega a su admirado Garth Ennis a la suela del zapato. Mientras que Ennis se maneja con destreza de novelista por callejones de novela negra, submundos de violencia desparramada y alegorías turbias y sutiles, Smith es, más bien, un cómico ingenioso que quizá funcionaría muy bien en una serie de televisión (de hecho, tiene una, pero no la he visto), pero que se pierde en el formato largo porque no sabe dar el salto de la colección de gags a la concreción narrativa. Sus películas son un chiste prolongado, a veces innecesariamente. De todas formas, para quienes gustan de ese humor ácido y escatológico norteamericano tan propio de los últimos diez años y cultivado por gente tan dispar como Matt Groening y los hermanos Cohen (sí, El Gran Lebowsky, por ejemplo), Kevin Smith es una referencia. Aunque se vino bastante abajo cuando quiso lanzar a primer plano a sus dos geniales secundarios, Jay y Bob el Silencioso.

Ejemplo de guiño freak a los comiqueros, extraído de un diálogo de Mallrats (cito de memoria):

-Cómo me gustaría ser Supermán y tirarme a Lois sin problemas.
-¿Qué dices? Supermán no puede follarse a una humana: su superesperma le destrozaría la vagina. Su eyaculación le saldría como ácido disparado por la espalda. Por no hablar de tener hijos. Ningún útero podría soportar al feto engendrado por Supermán, se lo reventaría a la primera patadita y la madre explotaría.
-Qué drama.
-Sí, la única solución que podría encontrar Supermán para follar sería ponerse un condón de criptonita, el único material que contendría su esperma. Pero eso le mataría.
-Claro, tienes razón.

16/01/2006 02:25 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 12 comentarios.

ADIÓS, SHELLEY WINTERS

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El periódico, que nunca es pródigo en buenas noticias, trae este domingo de resaca la necrológica de Shelley Winters, que para mí siempre será la frágil Willa Harper, la viuda sureña cruelmente seducida por el predicador al que Robert Mitchum prestaba su cuerpo en La noche del cazador. También fue, en eso que llaman la "vida real", la esposa de Vittorio Gassman, y quizá la última de esa raza de actores del studio system, no del star system, que llevaban su oficio con la actitud de un abnegado artesano, dejando más de 100 películas. Quizá por eso vivió apartada del relumbrón, aunque consiguió dos merecidos óscars.

Shelley Winters. Tenía nombre de rubia tontita compañera de gánster. Iba a cumplir 86 años. Hasta siempre, Shelley Winters. Hasta siempre, Willa Harper.

15/01/2006 14:23 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

NO DIRECTION HOME

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Como tenía la sospecha de que los Reyes me la iban a traer, he aguantado todo este tiempo comiéndome las uñas hasta dejar sólo los muñones sin comprar ni piratear ni ver No direction home, el documental de Martin Scorsese sobre Bob Dylan. Mis sospechas eran ciertas (¡gracias, Reyes!) y hoy me he aislado del mundo y me he empapado de mitomanía. Porque para mí, juntar a Dylan con Scorsese en una misma obra es como si me invitaran a un ménage à trois con Scarlett Johanson y Claudia Cardinalle a sus 20 años. Por eso, ahora tengo un poco de modorra postcoital que sólo puedo sacudirme con The times they are a-changin’ a buen volumen mientras escribo esto. Es mi pitillo de después.

En un montaje de cuatro horas largas, Scorsese narra la infancia de Robert Zimmerman en Minesota; la transformación, ya en Nueva York, en Bob Dylan, y su elevación a icono del siglo XX hasta su primer colapso en 1966, donde se interrumpe el relato. Y se acerca al personaje como siempre ha hecho Scorsese, con la curiosidad del niño de barrio acostumbrado a observar sin hacer preguntas. Mientras, pasan por ahí mil y una voces, y cada una cuenta un Dylan distinto. Como eje que vertebra todo, el último concierto antes de su retirada de ocho años, en Londres, en 1966, donde, entre los abucheos de un público que sólo quiere ver al Dylan folk e íntimo, el ya rockero insta a su banda: "Play it loud!" Dadles caña. ¿Qué músico actual se atrevería a provocar así a sus fieles?

Un envejecido, deslavazado y asténico Allen Ginsberg, que es una de esas muchas voces, cita a Buda (¿a quién si no?): "Si el discípulo no es capaz de superar al maestro, es que el maestro lo ha hecho mal". Si eso es verdad, que no creo, Dylan lo ha hecho horrorosamente mal, porque, 40 años después, nadie le ha barrido como creador. No voy a entrar en el debate sobre si el rock o la música popular está estancada y sólo sabe mirar al pasado. Yo sólo quiero decir algo mucho más simple: Dylan vivió sus primeros años neoyorquinos obsesionado por Woody Guthrie, pero llegó un momento en el que logró ir más allá que su idolatrado maestro. Hoy hay muchos músicos tan obsesionados por Dylan como Dylan lo estuvo por Guthrie, pero no han podido, no han querido o no han sabido cruzar la línea, romper y salir. Pienso en Ryan Adams y en toda la gente de la Americana y el neo-folk. Ellos hacen revival más o menos disimulado, pero Dylan sigue emocionando e inspirando hoy como en 1963.

Y me da igual su megalomanía. Me importa un comino si fue o no un oportunista capaz de venderse al mejor postor. Me la traen al fresco sus dilemas religiosos. Paso de sus antojos de diva. Nada de eso me enturbia su música. Nada que pueda decir o hacer va a evitar que se me ponga la carne de gallina cada vez que escuche que la respuesta, amigo mío, va con el viento, ni que el tuétano se me cale con Hard rain, ni que me suba algo por el pecho cuando entona aquello de: "Oh, sister, I am not a brother to you" (ups, perdón, esa canción es de 1976, de un Dylan posterior al que cuenta el documental, aunque, ¿qué importa?)

Dijeron en Newport que Dylan era la voz de su generación. Entonces, ¿por qué los jóvenes seguimos emocionándonos con él? Quizá porque un clásico es eso: algo que trasciende edades y modas y entra como una aguja en esa parte de nosotros a la que sólo podemos acceder con una canción, con una frase de una película, con un poema. A veces, quizá, con un beso.

06/01/2006 21:51 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 3 comentarios.

EL VENENO DE LOS PANERO

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En este día de resaca, empacho y sofá, el canal TCM nos ha regalado una pequeña joyita que llevaba mucho tiempo sin revisar: El desencanto (1975), un reportaje en blanco y negro de Jaime Chávarri, que es un director irregular en la ficción, pero insuperable en el documental.

Tenía El desencanto enredado en una madeja. La vi hace años, en la Filmoteca de Madrid, en una época en que me pasaba todo el tiempo que debía estar en clase metido en las salas del viejo cine Doré. En un par de años me empapé de casi todo lo que programaba la Filmoteca, sin discriminación alguna. Entre esa marabunta, El desencanto permanecía enquistada en algún lugar de mi memoria. Ha sido maravilloso rescatarla.

Chávarri coloca delante de la cámara a los hermanos Panero, Leopoldo María, Juan Luis y Michi. Sitúa a un lado a la madre y les hace hablar, hablar y hablar. El resultado es un retrato amargo y desasosegante de una familia venenosa, como acertadamente la ha llamado Cristina.

Son un final de raza que, como la mala hierba, se agarra a las grietas y perdura año tras año. Son parte de una literatura que quisiera ver perdida, pero que hoy es más poderosa que nunca. Son rescoldos de una bohemia cínica y parasitaria muy pagada de sus miasmas y celebrada por los nuevos peterpanes de mi edad, que aspiran a sostener el timón de la falsa vanguardia cultural.

Una vez conocí a una peterpana. Quizá la única peterpana inteligente y auténtica que me he cruzado. Nos quisimos mucho, pero el veneno procedente de la bolsa de los Panero se solidificó y creó una barrera entre nosotros. Ella rescató a Michi de su gangrena un instante antes de que se la tragara también a ella.

La estúpida enfermedad ególatra de los Panero está instalada en mi generación, pero los portadores son bobos destalentados mimados por un mercado receptivo. Ahí está Leopoldo María, celebrado en todos los foros por entusiastas críticos. Y ahí estaba Michi, objeto ahora de un disco de Nacho Vegas. Creo que la cultura española no se librará en mucho tiempo de la losa de los Panero.

Como una nueva Jaime Chávarri, la peterpana de la que hablo quiso ser la cronista de Michi. En algún lugar hay una novela inédita sobre él. Se llama, si no le ha cambiado el título, Los cuartos vacíos. Su autora vivía en una casa al este de Madrid, triste y llena de luz, con una madre que me recordaba horriblemente a la viuda de Leopoldo Panero, y un padre cuya ausencia bien pudiera ser la de un cadáver. 

Bonita forma de empezar el año, ¿no? No os apuréis: hace tiempo que me vacuné contra el veneno de los Panero.

Foto: Michi Panero.

01/01/2006 19:52 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 1 comentario.