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SOIS UNOS CERDOS

Títulos de las diez entradas más vistas de la historia de este blog, que siguen acumulando visitas. A ver si encontráis un elemento común a todas ellas:

  1. Una chica desnuda en el Soho.
  2. Erotismo olvidado y segundón.
  3. Mitos de los 80.
  4. Sexo en Zaragoza.
  5. El coito eternamente frustrado.
  6. Juan Aguirre y las dos vaginas.
  7. Porno austríaco en acción.
  8. Tania Raymonde.
  9. Los peores anuncios de la tele.
  10. Tangos, tigres y selvas.

Y yo que pensaba que me queríais con el corazón limpio, que me amábais por mi interior y no sólo por mi cuerpo. Qué engañado estaba.

Tres breves observaciones:

  1. Quizá el cerdo obseso soy yo, vista la profusión de entradas con contenido sexual.
  2. Para conseguir muchas visitas, no hay nada como arrojar unos genitales aparentes pinchados en un anzuelo al proceloso mar de Google. Los peces pican a millares.
  3. De los diez títulos, el más sucio, el que más huele a sexualidad primaria, matutina y desesperada es, sin duda, Tangos, tigres y selvas. Supongo que estaréis de acuerdo.

LOS FAMAS

Murió Del revés, vivan Los famas.

Hasta la temporada pasada, firmé la columna Del revés en el suplemento de ocio y tendencias MVT, de Heraldo. Esa columna ha desaparecido en la nueva temporada y, tras una renovación del suplemento, he sido reubicado. Pero no ha sido una reubicación traumática, del estilo de los polacos que fueron trasladados a Prusia en 1945, sino molona.

Hoy se estrena Los famas, una sección quincenal que se alternará viernes sí y viernes no con Ojos de miope, que firmará Óscar Senar. Las semanas que no se publiquen Los famas, estaré en la página de al lado comentando un puñado de libricos en la sección El estante de arriba. Asimismo, cuando yo publique Los famas, Senar me cogerá el relevo en la página de al lado comentando un puñado de cómics en la sección El estante de abajo.

¿Lo has entendido? Yo todavía no lo tengo claro del todo, pero me voy haciendo a la idea.

En Los famas -cuya primera entrega se publica hoy, reitero, y no está online, así que te tendrás que rascar el bolsillo y pasar por un kiosco- saldrán también cronopios. Y piedritas de rayuelas. Y algún que otro axolotl. Vamos, que hablaré de cosas bizarras, pasadas y presentes -rara vez futuras-, en formato hiperbreve y sin gruñonerías. Empiezo, obligado por el calendario, hablando de Halloween, pero de un Halloween de jazz y dibujos en blanco y negro.

Por si te apetece echarle un vistazo.

PD: coincide un moderado pero constante, progresivo y notable aumento de visitas a este blog en los últimos dos meses con un descenso de comentarios bastante acusado. ¿Cuantos más somos, más callados estamos? Me intriga, la verdad.

VADE RETRO, PAGANO

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Menos mal que aún queda en este país gente con lo que hay que tener. Menos mal que Sigüenza, además de parador nacional, torreznos y diez grados bajo cero a mediodía en diciembre, tiene un obispo con todos sus atributos episcopales. Un obispo al que no le tiembla la voz al denunciar el paganismo que nos invade y nos subyuga. Con españolísimo y fiero ademán, monseñor José Sánchez (según puede leerse aquí) nos advierte de los peligros de Halloween, ese "rito importado" y pernicioso que se celebrará este finde. Dice su eminencia:

"Si todo quedara en un juego de niños, con sus regalos y travesuras... Pero también podemos correr el riesgo de que, a impulsos del comercio, del consumo y de la moda, costumbres como ésta, paganas, importadas, prevalezcan y hasta desplacen costumbres cristianas".

No se crean que monseñor habla de un riesgo hipotético. Las buenas manos que rigen la iglesia ya han visto con anterioridad cómo otras costumbres paganas, importadas, han prevalecido y hasta han desplazado costumbres cristianas:

La perniciosa y afrancesada moda de la democracia, por ejemplo, que desplazó la costumbre de los autos de fe, tan ibérica y tan del gusto del buen pueblo.

La extranjerizante moda de tratar con respeto a los niños, que desplazó la costumbre cristiana de abrirles la cabeza contra el pupitre y atizarles con la regla en los dedos. Por no hablar de esa otra moda pagana que dice que no se puede juguetear con los genitales de los monaguillos, arraigada costumbre del orbe cristiano (porque si un sacristán no puede tocarle el culo a un monaguillo, ¿para qué diantres quiere un monaguillo?).

La iglesia ha asistido con silencioso e imperturbable dolor a la imposición de tales costumbres paganas, que han convertido a los buenos y penitentes cristianos en cretinos afeminados y masones. Pero, si no escuchamos al obispo de Sigüenza y no hacemos algo por atajar pronto el problema, en muy pocos años veremos desaparecer de nuestras ciudades y pueblos costumbres españolísimas, que serán barridas por los vientos que se cuelan entre los picos de unos Pirineos que han demostrado no ser lo bastante altos, o a través de las redes infernales de internet.

Aparcar en doble fila, pagar en dinero B, irse de los bares sin pagar, reírse de la gente que lee libros, descargarse politonos de Camela, gruñir y gesticular como pitecos en celo cuando la selección gana un partido, recalificar terreno rústico en urbanizable, alancear y prender fuego a reses bravas, trucar los taxímetros, intoxicar con salmonela a los guiris o reutilizar el mismo mondadientes durante un mes entero. Todas estas costumbres, orgullo y emblema de lo hispánico, tienen los días contados si seguimos dejando que los universitarios prefieran irse de erasmus a ingresar en la tuna, si subvencionamos a los cines que proyectan en versión original subtitulada o hacemos carriles-bici para los perroflauta que no contribuyen a que la industria del automóvil salga del pozo.

Sí, señores, la batalla no se libra sólo por Halloween. Se libra por la hispanidad. ¿Acaso queremos ser como esos franceses que tanto hemos odiado? ¿Acaso somos suizos de mierda? ¿Acaso aspiramos a vivir como esos escandinavos de los cojones, que tienen el seso reblandecido de tanta sauna?

No, caballeros, no. Hay que tomar medidas pronto. Si esta noche de Halloween te viene un niño vestido de Drácula pidiéndote caramelos, dale dos buenas hostias, un rodillazo en los huevos y enciérralo en un cuarto oscuro un par de horitas con el obispo de Sigüenza. Si después de ese tratamiento de choque no sale cantando el Hala, Madrid y bebiendo un sol y sombra es que ese chaval no tiene remedio, bien porque es hijo de un belga o porque es maricón.

Que se entere de que es español, cojones, y que viva como tal.

Foto: buscando imágenes de calabazas de Halloween me ha salido esta bruja china, que es mucho más graciosa.

NOSTALGIAS Y DECEPCIONES

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Me llama Julio, viejo compañero de tumbos madrileños, para felicitarme por mi inminente paternidad. Le noto un poco flipado, incrédulo. No se termina de imaginarme cambiando pañales, pero se alegra un montón. A Julio le veo muy de cuando en cuando, soy un desastre absoluto, ya que mis visitas a Madrid suelen ser fugaces y semiclandestinas, y no me da tiempo de abrazar a todo el que quiero abrazar, por eso reduzco siempre mis escarceos. La última vez que nos vimos nos encontramos por casualidad en el Manuela. Abandonó a la gente con la que iba, se unió a nuestro grupo y creo que intentamos ponernos al día a grito pelado en varios bares llenos a reventar. Es un tío alegre, chisposo y disparatado. La compañía perfecta para una noche en Malasaña.

Julio tiene el gravísimo defecto, como yo, de ejercer el periodismo. Lleva tiempo haciéndolo en Europa Press, donde parece haber anidado al fin después de pasar por todos los rincones posibles de Telemadrid. Pero esa es su identidad de día. Su otra faceta fantomásica la acaba de desvelar en un blog (¿dónde si no?) que se titula Madrid no duerme. Allí descubre su Madrid nocturno y crapulento, ese que ha conocido a fuerza de noches y noches dejándose la salud por las esquinas. Recuerdo que Julio siempre descubría los garitos más inverosímiles en calles que ni sospechabas que existiesen, y ahora vuelca su sabiduría noctámbula en la red, para compartirla con los profanos que creen que la noche en Madrid se limita a caminar Gran Vía arriba y Gran Vía abajo.

Pero si lo comento aquí no es por hacer propaganda al amigo Julio -que también-, sino porque uno de los últimos artículos está dedicado al Clandestino. Y ahí me ha exprimido la glándula de la nostalgia.

El Clandestino es una covacha de la calle Barquillo, muy cerquita de lo que fue la Casa de Tócame Roque -una placa lo recuerda-. Es un sitio claustrofóbico, donde los tipos grandullones y torpes como yo nos vamos dando con los techos y las columnas. Tiene muy poca luz, ambiente catacumbario y, en tiempos, era de los últimos bares en cerrar que no te cobraban entrada, así que era muy recurrente.

En el Clandestino abandoné mi fe en el rock and roll. En el clandestino me hice nihilista y dejé de preocuparme por el futuro y por el pasado. Por los ladrillos de sus paredes se escurrieron para siempre algunos prejuicios y en su arcana penumbra me juré no abandonar nunca Madrid, que no me sacaran de esas calles si no era con espátula.

(Bueno, a lo mejor exagero un poco: hubo más bares, y no sé exactamente en cuál de ellos tomé la determinación).

Por supuesto, abandoné Madrid. Hace demasiado tiempo ya. Nunca hay que hacer juramentos sobre nada, porque es la forma más fácil de que suceda lo contrario a lo deseado.

Hay gente -creo que Julio es uno de ellos- convencida de que mi ausencia de Madrid es temporal. Ahora, mi inminente paternidad les hace sospechar que quizá no vuelva nunca.

Yo también lo empiezo a sospechar ahora (aunque nadie sabe nunca dónde estará mañana).

En realidad, lo sé desde hace tiempo, claro.

Me abofeteo y le doy tres vueltas al cilicio, pues no me permito nostalgias estúpidas. Dejo el blog de Julio y vuelvo a la lectura de este fin de semana. He cogido, casi por azar, El escritor y sus fantasmas, de Ernesto Sabato. Lo leí hace mucho -cuando aún iba al Clandestino- y recuerdo que me pareció revelador y sensato al mismo tiempo. Yo era un gañán que se creía letraherido y me tomé algunos pasajes como una especie de manual de escritura para mis balbuceantes creaciones.

Por supuesto, al leerlo este finde me he caído del guindo.

Hay pasajes de un simplismo atroz; planteamientos estéticos muy rudimentarios, y debates viejunos, anquilosados y superadísimos.

El libro es de los años 60, y en él, Sabato se mete mucho con la novela americana de la década anterior, muy influida por el conductismo. Frente a la introspección y al narrador omnisciente propios de la gran novela europea (especialmente, rusa y francesa), los autores americanos de la posguerra practicaban una técnica descriptiva basada sólo en la acción. Una técnica muy del gusto de la generación beat, claro. No había evocación de sentimientos, ni procesos mentales, ni interioridades. Los personajes salían de casa, cogían el coche, iban al trabajo, asesinaban a sus esposas y se bebían un whisky. Pero el narrador no nos contaba lo que le pasaba por la cabeza al cargarse a su cónyuge, ni si le carcomían los remordimientos o el dolor. Sólo le veíamos tomar un whisky.

Sabato, como un viejo cascarrabias, dice que eso es una barbaridad, que para eso ya está el cine, que la novela tiene que respetar al lector y ofrecerle una panorámica de la devastación interior del personaje. Y bla, bla, bla.

Ay, Sabato, pobre Sabato. Parece el vecino de arriba protestando contra los jóvenes de abajo que ponen la música muy alta.

El tiempo ha dado la razón a los americanos, claro. Esa técnica es muy efectiva para transmitir al lector la angustia de la nada, la angustia de los vecindarios de la clase media, el vacío inabarcable del poderoso hombre blanco, ahíto y decadente en sus automóviles brillantes y sus chalets con jardín.

Nuestro vacío, vaya.

Cheever lo entendió de puta madre. Pero a Sabato, Cheever le parece un mindundi, un joven melenudo que va por la calle con unas pintas que no son de recibo. En mis tiempos -dice Sabato-, se leía a Proust. Proust sí que era un caballero, un gentilhombre que te contaba con pelos y señales todo lo que le pasaba por la cabeza al personaje, y no estos guarros que no saben hacer un monólogo interior en condiciones.

Hay otras invectivas contra cierta literatura que él llama "lúdica" que me parecen también propias de un amargado que no sabe de dónde le viene el aire.

Qué desilusión.

Bueno, hay cosas del libro que están bien. Las reflexiones sobre Borges son muy certeras, y tiene aforismos brillantes, pero el resto suena acartonado y rancio. ¿Cómo pudo deslumbrarme así? Amigos: no releáis nunca, que se caen los mitos.

Me quedo con una cita de Caldwell incluida en el libro:

La profesión de escritor tiene un lado penoso, que consiste en que el trabajo lo obliga a uno a mezclarse con una serie de literatos. Para guardar las apariencias, una o dos veces por año, hay que concurrir a una reunión y pasar varias horas en compañía de críticos, autores radiales y gente que lee libros. Todos ellos hablan una jerga que sólo pueden entender los literatos. Únicamente después de proceder a una purificación de fondo puede uno recobrarse y caminar con la cabeza en alto, como un ser humano.

Sólo un apunte, Mr. Caldwell: ese lado penoso de la profesión de escritor es el único que le importa a muchos que se dicen escritores o aspirantes a. Para ellos, escribir no es un fin, sino un medio, una ceremonia iniciática para alcanzar el estatus de literato y poder pasar su vida de canapé en canapé. Por supuesto, nada tiene esto que ver con la literatura, que se construye en tardes lluviosas y solitarias con escritores y lectores que se encierran en pijama en sus casas.

EN EL BULLI, POR LA ARMADA

Ahora que ha pasado ese día de la hispanidad que a los hispanos nos pone los pelos como escarpias, se pueden comentar algunas cosillas sin miedo a ser encarcelado o apaleado por una turba de amas de casa losantianas. ¿Habéis visto la campaña del ejército, con famosetes diciendo lo mucho que molan los soldaditos?

Me ha intrigado especialmente la de Ferran Adrià, donde dice: "Yo estoy en el Bulli por la Armada".

 

 

Enigmática confesión. Sobre todo, porque no aclara más. ¿Cómo se llega de la Armada al Bulli?

En las biografías de todos los grandes hombres hay siempre una escena que puede considerarse "la llamada" o "la iluminación". Es ese momento en el que el prócer, todavía bisoño, aún enfangado en los bastos lodos de su aldea natal, tiene la certeza de que va a hacer algo grande en su vida, algo por lo que su nombre será recordado durante muchas generaciones.

Ese Abraham Lincoln aterido de frío en su cabaña de madera, pero reconfortado en la seguridad de que un día regirá los destinos de esa grande y joven nación y la salvará de su desmembramiento.

Ese Albert Einstein aburrido en la oficina de patentes de Berna, haciendo ecuaciones -porque no había sudokus- y empezando a sospechar que esas cuentas ociosas le están llevando a algo muy gordo, pero no tiene a nadie con quien compartirlo, salvo el bostezante bedel, al que le queda una semana para jubilarse.

Ese Francisco Franco que soporta, apretando los dientes, las burlas de los niños que se ríen de su aflautada voz, mientras él piensa: "Reíd, cabrones, reíd, que cuando la político-social vaya a visitaros no os hará tanta gracia".

Ese Nacho Vidal que, en pleno furor adolescente, admirando su fenomenal verga mientras se la sacude a dos manos, se propone follarse hasta los desagües de las jardineras, y hacerse rico y famoso con ello.

Ese Camilo José Cela que, cuando empieza a leer a los clásicos y a dejarse poseer por el suave embrujo de la letra impresa, se dice para sí: "Algún día aborberé un litro de agua por el culo, y me tiraré pedos en la Real Academia".

Son momentos clave en la biografía de todo prohombre. Por eso lamento la racanería de Adrià, que nos insinúa una epifanía que le condujo de forma certera e inexorable a su vocación, pero no nos aclara en qué consistió. Sólo nos dice que fue "en la Armada".

In the Navy, que dirían los Village People.

¿Cómo ocurrió? ¿Qué epifanías se pueden tener en la mili, especialmente si esa mili se desarrolla en un barco lleno de gañanes garrulísimos que sólo pueden ser domados a base de bromuro?

¿Fue mientras el joven soldado Adriá (en aquellos años, seguro que el acento se lo escribían del otro lado) fregaba las letrinas después de que el sargento le hubiera gritado una arenga estimulante del tipo: "¡Maldita sea, Ferrando, quiero ver esta letrina tan limpia que se me reflejen en ella los granos del culo para que puedas chupármelos!"? Puede que en la operación de limpieza aprendiese el arte de combinar colores y texturas gelatinosas.

Quizá descubrió unas cisternas de nitrógeno líquido junto a las cargas de profundidad del navío y decidió echárselo al rancho de la tropa "para hacer unas risas". Y ahí empezó su carrera.

Explíquenos, señor Adrià. El público quiere saber.

CORRIJO Y AMPLÍO

Dije ayer que lo más equiparable a Donald Trump en España sería el dijunto (sic tanguero: Gardel siempre se veía a sí mismo dijunto, nunca difunto) Jesús Gil. Me quedé muy corto. Para que un ente español se aproxime un tanto a Trump tendrían que batir en la misma coctelera a Jesús Gil, Bertín Osborne, Julio Iglesias, Andrés Montes y Ruiz Mateos.

LA RUTINA DE COSTUMBRE

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Redundante y vacía, la frase "la rutina de costumbre" me ha sonado siempre gansteril. En realidad es de piratas: la repetía el loro del capitán pirata cuyo barco siempre hundían Asterix y Obelix. Cuando divisaban un buque romano, el capitán -con parche en el ojo, claro-, gritaba: "Es una embarcación lenta y pesada, será un botín fácil. Vamos a abordarlo, chicos, ya sabéis, la rutina de costumbre". Y el loro repetía: "La rutina de costumbre".

En el francés original del cómic dice "comme d’habitude", que también es el título de una canción gabacha que Sinatra convirtió en su My Way, que en inglés habla de la afirmación individualista y quiere decir justamente lo contrario a "la rutina de costumbre". Ironías. 

La rutina de costumbre es un sintagma mostrenco, tópico e inane. Viene al pelo para describir el plomazo de la vuelta al curro, cuyo intenso dolor experimento ahora en mis fofas carnes.

Con aire cansino, abro el correo electrónico, contesto mails con semanas de retraso -y sarta de disculpas adjunta- y abro cartas que han cogido polvo en la mesa. Material caducado, indigesto. Entre los sobres por abrir aparece una invitación a mi nombre para una so called "Fiesta de la Unidad Alemana", celebrada el 1 de octubre en la Embajada de Alemania (cachis, si lo llego a saber, me calzo la americana de las bodas y me pongo hasta las trancas de canapés germanos y vino de Mosela).

También recibo una amable carta manuscrita (de puño y letra y con membrete, eso es más raro que toparse con un lince ibérico en El Corte Inglés) de una concejala -¿o ahora se llaman consejeras?- del Ayuntamiento de Zaragoza felicitándome por la publicación de Soldados en el jardín de la paz, cuya lectura asegura acometer con gusto. Dudo si debo responder a esta elogiosa atención con una nota análoga de mi puño y letra, porque casi se me ha olvidado escribir a boli y mi caligrafía puede percibirse como un insulto.

Es placentero encontrar esas cosas entre otras invitaciones, compromisos y marrones afortunadamente pasados de fecha, pero el roce de la cartulina oficial se sigue haciendo extraño a mis dedos. No entiendo -ni hago esfuerzos por entender- de protocolos y tengo las habilidades sociales de una ameba reumática. Sé que mis respuestas a ciertas atenciones nunca estarán a la altura de las formas que se gastan en los círculos oficiales, pero confio en que mi atolondramiento no se tome por grosería sino por la estulticia de un chaval que sigue pensando que la mejor forma de expresar afecto y corresponder a los afectos ajenos es un brindis con cerveza en la barra de un buen bar.

Por desgracia, ciertos protocolos forman parte de mi rutina de costumbre. Venceré la pereza y los atenderé, pero sólo porque el loro me los recuerda desde su atalaya hombruna con su soniquete: "Vamos, la rutina de costumbre".

03/10/2009 13:14 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Intrascendencias No hay comentarios. Comentar.

INFECCIÓN DE BILIS

No hay duda. Internet nos ha hecho más guapos, más listos y más molones. La vida es mucho mejor desde que tenemos ADSL y enumerar las ventajas sería inabarcable.

He aquí algunas:

  • Ahora tenemos una gran cantidad y variedad de pornografía a nuestra disposición (¿os acordáis de esos sórdidos cines X que sobreviven en algunas ciudades, donde nunca se vio entrar a ningún limpiador de tapicerías?).
  • Tenemos blogs geniales y divertidos donde se dan a conocer mil genios a los que los medios de comunicación tradicionales nunca hubieran hecho caso (luego están los blogs coñazos como este, todo tiene su reverso tenebroso).
  • Nuestro vocabulario se ha enriquecido muchísimo. Antes de internet, era difícil que se popularizasen términos como bukake, gang bang o fist fucking.
  • Antes hacía falta ser granjero o guarda forestal para ver la eyaculación de una mula o la deposición diarreica de un venado de Alaska con apoplejía, espectáculos hoy al alcance de todos en vídeos que, es cierto, no tienen la calidad de una peli de Spielberg, pero enseñan lo que hay que enseñar.
  • Los chavales de instituto han descubierto que pueden llegar a selectividad usando sólo tres teclas en dos combinaciones: "Control + C" y "Control + V". No pocos periodistas han descubierto también que pueden hacer toda su carrera profesional con esas dos combinaciones, ahorrándose un montón de esfuerzo y disgustos y dedicando más tiempo al bar y a los suyos, así que todos han salido ganando. Algún que otro doctorando sabe que puede acortar considerablemente el tiempo de redacción de su tesis usando ese método. Es lo que se llama la democratización del conocimiento. Antes se llamaba tenerla de cemento armado, pero todo cambia.
  • Con el correo electrónico hemos aprendido que se puede comprar Viagra a precios muy competitivos, que el PowerPoint es demasiado fácil de manejar y está en manos de demasiados cursis e idiotas y que hay una princesa en Namibia que acaba de heredar un fortunón de su padre y nos lo quiere ceder enterito, aunque añada, en un español macarrónico, que para hacer la donación necesita nuestro número de Visa, su PIN y la clave secreta de nuestra cuenta corriente. A veces, esa misma princesa pide ayuda para un niño de Bangladesh que nació sin brazos, piernas ni orejas y necesita 100.000 euros para que le impanten un rabo de vaca mecánico con el que sacudirse las moscas. Entreverados con esos mails aparecen algunos de trabajo en los que tu compañero te informa de que tu compañera Fulanita ha acudido a la oficina sin sujetador y te anima a que subas el aire acondicionado para ver qué pasa.
  • Finalmente, hemos descubierto -quizá con cierta desilusión- que nuestra pandilla de colegas no es la más graciosa del mundo, ya que en YouTube hay un montón de tipejos con la gracia más subida que Chiquito de la Calzada, cuyas ocurrencias hacen palidecer las noches más tronchantes de nuestro más tronchante amigote. Por ejemplo, ahora se ha puesto de moda en Estados Unidos hacer canciones en español. Esta es One Semester of Spanish Love Song. Es decir: La canción de amor del primer semestre de español, compuesta con las frases que aprende un estudiante de español en sus primeros pasitos de aprendizaje:

 

A mí me parece una humorada digna de Muchachada Nui, la verdad.

El colectivo de funcionarios de la administración pública ha sido, sin duda, el más beneficiado por las bondades de internet, pues antes sólo podía llenar sus largas jornadas a base de prensa deportiva y autodefinidos. Sus horizontes laborales se han expandido casi hasta el infinito.

Son sin duda grandes avances, que nos han hecho más felices y más gordos. Y más cachondos, ahítos de porno en baja resolución. Pero donde hay felicidad, hay un cabrón. Es una ley humana. En cuanto dos personas se ríen, aparece un tercero amargado dispuesto a joderles el día.

En internet se llaman trolls. Tienen otros nombres, pero no los controlo. Son los típicos perros del hortelano: el cuñado que te amarga la cena de Nochebuena todos los años y que sabes que alguna vez te clavará el cuchillo de trinchar en el bajo vientre, el vecino que llama a la policía en cuanto pones el disco de Los del Río un poco más alto de lo habitual, el compañero de curro que siempre se chiva de ti al jefe, el jefe que te grita y te humilla, la ex novia que te hace vudú en los testículos hipertrofiados de un muñeco que recuerda muy vagamente a ti cuando llevabas la ropa que te compraba ella, el taxista que te comenta, buscando complicidad, que habría que hundir las pateras a cañonazos, la tertulia de Pío Moa y el publicista que diseña las campañas de ING Direct.

Vamos, los hijos de puta de siempre.

Antes de internet podíamos zafarnos de ellos. Les veíamos venir y podíamos organizar una defensa eficaz antes de que sus esputos se emplastaran en nuestra cara. Pero la red les ha liberado, les ha sacado del ecosistema bilioso en el que vivían encenagados y les ha llevado a ámbitos virtuales en cuyos equivalentes del mundo real jamás se adentrarían.

Es una especie muy común y altamente infecciosa. Cualquiera que tenga un blog se ha encontrado alguna vez con ellos. Por aquí les habéis visto: llegan a tu casa, se cagan en el salón, eructan en tu cara, te dicen de todo, a ti y a tu santa madre, y cuando les dices que ya está bien, que se larguen por donde han venido, te llaman censor. Por supuesto, siempre desde el anonimato.

-Joder, tío, cómo te pones, ¿no? -dicen-. Si no aguantas una crítica... Podré comentar lo que me parezca, ¿no?, que para eso hay libertad de expresión.

Pues no, mira tú por donde. Claro que hay libertad de expresión, pero si vas a defecar sobre mi persona, lánzame los excrementos en la calle, no vengas a mi casa a cagarte en la alfombra. No sé si me explico: el blog y la web de cada cual sólo manifiesta la libertad de expresión de su autor o autores, no de los que pasaban por ahí.

Y eso que de vez en cuando hay alguno que tiene gracia, y no me opongo a los libelistas que libelan desde sus propias atalayas. Allá ellos con lo que dicen y a quién. Hay tribunales y leyes que resuelven esos asuntos, y la legislación española es bastante protectora del derecho al honor y a la propia imagen -y aunque a algunos medios les compensa pagar las multas que les imponen constantemente, no creo que a un particular le salga a cuenta-. Pero no entiendo a los que se pasean por todas las webs dejando cagarrutas en cada una de ellas. Es como si fueran puerta por puerta llamando gilipollas a la gente que está tan tranquila en sus casas. Y encima se ofenden cuando el aludido les da un portazo en la jeta.

No hay nada ni nadie que se libre de su hijaputez, todo les parece mal. Son racistas, filonazis y verbalmente muy agresivos. Contra todo y contra todos. Parece que no discriminan.

Yo, personalmente, estoy más que harto. En tiempos de bisoñez bloguera cometí el error de enzarzarme con alguno de ellos. Ya no lo hago más: les veto (sí, les censuro, sin paños calientes) y me quedo más ancho que largo. Si en la vida real no tolero que nadie me alce la voz, ¿por qué habría de consentirlo en internet?

¿Y por qué habrías de consentirlo tú? Tu web es tu casa. O tu bar. Y tiene también reservado el derecho de admisión si quieres. Si a un tío broncas y nazi le echarías de tu bar sin dudarlo, échalo de la web también. Es un consejo de la DGT.

UNA COLUMNA Y UN ANUNCIO

Robo -con permiso del autor- la columna que mi querido amigo Santiago Paniagua publica hoy en la contra de Heraldo. La suscribo punto por punto. Y seguro que muchos de vosotros, también.

La dignidad de Cohen

En el lodazal de los mentideros anónimos de Internet, este fin de semana se revolcaban con fruición unos cuantos proclamando su contento por que Leonard Cohen se hubiese desplomado en una de las escalas de su gira española, el viernes en Valencia. Tales sujetos se burlaban del cantautor por su supuesta condición de "progre", por "anciano" (sí que lo es, hoy cumple 75 años) y hasta por "artista" (indiscutiblemente), y varios, cómo no, recurrían en sus embestidas a ese 'hallazgo' de Jiménez Losantos que es el uso despectivo del término 'titiritero'.

La inquina hacia los 'entretenedores' (el canadiense proclamaba el martes, en su gigantesca actuación de Zaragoza, su orgullo por tal condición) es uno de los fenómenos del momento en España. Se ha querido en los últimos años lapidar toda disidencia política, especialmente, por la vía de la ridiculización de las preocupaciones colectivas, de todo aquello que no fuera medrar en solitario y sin escrúpulos. Y ahora se batalla por silenciar también cualquier discrepancia estética ante la grosera ramplonería que manda en Occidente. La víctima puede ser incluso un caballero como Cohen, que ha dado al mundo un cancionero en el que abunda la belleza como en pocos otros y en el que se sublima, como prácticamente en ninguno, la tristeza de existir. Con más dignidad sobre un escenario que la que pueda encontrarse en todos los despachos del planeta.

¿Se puede añadir más? Sí, pero serían addendas fruto de la rabia y, por tanto, contingentes y fútiles. Darle más volumen o más procacidad al discurso no le aporta más valor. Estos dos párrafos condensan lo que muchos llevamos mucho tiempo sintiendo ante el repugnante y creciente poder de los ignorantes satisfechos de serlo. Pocas cosas hay más hirientes y agresivas que la grosería y el desdén hacia lo que se percibe como diferente o precioso.

En fin, me callaré, que se me calienta el teclado.

El anuncio prometido en el título del post: me acaban de confirmar la fecha de presentación en Zaragoza de mi libro Soldados en el jardín de la paz. Será el jueves 22 de octubre en la librería Cálamo. Será un acto amigable y sencillo, con invitado sorpresa (que dejará de serlo cuando lo anuncie) y mucho buen rollo. Daré todos los detalles más adelante. Esta tarde voy a grabar una entrevista para la tele -ya diré cuándo se emite- y este domingo, si no se agosta, estaré en la Cadena Ser. Empieza el tostón promocional, amigos, y yo todavía no he pasado por la peluquería ni me he hecho la pedicura. Estas cosas siempre me pillan en pelotas.

DOS TONTADICAS

1. El otro día, en la Fnac de Lisboa, tropecé con una edición portuguesa muy chula de Un tranvía llamado deseo. En portugués es Um eléctrico chamado desejo. Me suena a porno del chusco. No dejo de imaginarme a Stanley como un electricista que va a arreglarle los plomos a Stella.

2. Me entero por Evelyn Waugh en su autobiografía parcial que había un club de estudiantes de Oxford en los años 20 que practicaba "la jornada al revés". Se levantaban por la mañana, se vestían de noche, fumaban unos puros, bebían whisky y jugaban a las cartas. Luego, cenaban al revés, empezando por los licores y terminando por la sopa, y así, hasta que acababan desayunando a medianoche. Doy gracias por no haberme enterado de esto hace diez años, cuando tenía amigos lo suficientemente locos y lo suficientemente ociosos como para seguirme en la idea del día al revés. Hoy estamos dispersos y desarmados, no creo que pudiéramos hacerlo.

ESTADOS MENTALES

Aún no me lo creo. Hace unas pocas horas que estoy de vacaciones. He abierto una Coronita (sin limón, degollaría a los camareros que me ponen la rodajita antes de que pueda decirles que no la quiero) y me he sentido extraño. Y ahora, ¿qué? El tiempo se expande ante mí como un agujero de gusano, sea lo que sea eso, y me siento desorientado y confuso. Plácidamente noqueado.

Esta última semana apenas he dormido. Creo que juntando lo que he dormido todas las noches de los siete días me sale el descanso de una noche y media normal. Con suerte. Estoy agotado y he abusado un poco del ibuprofeno, que es milagroso para las jaquecas pero que destroza el hígado con más eficacia que los señores Jack Daniels y Johnny Walker juntos y al galope. Normalmente, procuro moderar mi consumo, pero esta semana no podía, las jaquecas eran más fuertes que yo.

Por suerte, se acabó. Llega el relax. De vacaciones casi nunca me duele la cabeza. Siempre echo unos ibuprofenos en la maleta porsiaca, pero no me suelen hacer falta. Sé que a partir de mañana, cuando mi cerebro se reacomode a la nueva situación (quince meses después de mis últimas vacaciones) todo irá como una malva. Ahora me sentaré a leer Una educación incompleta, las memorias de Evelyn Waugh (en Libros del Asteroide, altamente recomendable). Cinismo british a lo bestia. Muy divertido, tremendamente cabrón. Debería maridar la lectura con una buena pinta de pale ale. O una red ale bien fuerte, pero a estas alturas del año prefiero una cerveza ligera mexicana, que contrasta bien con la prosa de Waugh, que también es ligera como el vuelo de un colibrí.

Dice Waugh cuando narra las vidas de sus ancestros -oportunistas, clérigos corruptos y oficiales británicos en la India- que los Waugh eran bastante altos hace siglos, pero que han ido menguando de estatura. La razón, según él, es que se han casado siempre con mujeres muy bajitas, ya que su soberbia y prepotencia no les permitía buscarse una esposa prominente que les hiciera sombra. Así que, al mezclar los genes, cada generación ha ido perdiendo unos centímetros.

This is England.

Mañana cogeremos los trastos y cambiaremos de paisaje. No pararemos hasta llegar a la estación de Santa Apolonia, en Lisboa, a los pies de la Alfama y junto al bello Tajo, que los portugueses, con mucho más acierto poético, llaman Tejo (pronúnciese algo así como Texo o Teyo). Hemos alquilado un apartamentito en Bairro Alto, y nuestra intención es dejar pasar los días entre afiladores de cuchillos en bicicleta, galeristas posmodernos, bellas mulatas de madre angoleña con pantaloncitos cortos, fadistas electrónicos y gitanos ociosos y esquineros. Pasear, hacer fotos con esa cámara maravillosa que tengo y a la que apenas doy uso, comer muchas sardinhas, algún pastais de Belem y beber vinho branco fresquito al anochecer. Este verano no cruzamos ningún océano: por lo visto, las compañías aéreas no dejan viajar a mujeres en avanzado estado de gestación. Y tampoco nos apetece que el chico se adelante y nazca en Samoa, la verdad. Si ha de nacer en el extranjero, que lo haga en Lisboa, que queda más cerca.

Bueno, vale, también me llevaré el portátil y le meteré caña a esa novela que acabo de empezar. Espero darle un buen empujón este mes, pero sin agobios. Apilaré un montón de páginas sin método ni disciplina. Escribiré con relax y placer, dejándome mecer por la cadencia de la historia que tengo en la cabeza (y en un esquemita muy complejo que empiezo a no entender ni yo). Ya ordenaré y puliré más adelante.

He localizado un pequeño restaurante en la misma calle donde vamos a quedarnos en Lisboa que tiene wifi. Lo lleva un español y dice que por las tardes ofrece café y tartas a quienes se quieran sentar un rato con el ordenador. Me bajaré con el portátil mientras Cris reposa su gestante barriga en las sobremesas y, si se tercia, mandaré algún que otro post viajero. Ya sabéis que vivo enamorado de Lisboa, así que tendré que dar la brasa un poco con esta ciudad.

Practicaré el escaso portugués que llevo aprendido, pero es difícil. Yo a esta gente no le pillo una palabra. A ver si nos entendemos en portuñol. Eso sí, por convicción y dignidad, he decidido que en este viaje no vamos a usar el inglés para nada. Dos habitantes de la Península Ibérica, aunque tengan lenguas maternas distintas, deberían poder entenderse sin usar una lingua franca, ¿no?

Lo dicho: que si me veis ausente de este blog durante unos días, buscadme en la Feira da Ladra o en alguna tasca cerca de la Praça de Camões.

Por cierto, a la vuelta de Lisboa empezaré con la promoción de Soldados en el jardín de la paz. Supongo que para entonces estará ya decidida la fecha de la presentación en Zaragoza.

Cuidaos mucho y haced todo lo que os pida el cuerpo. Besos húmedos y abrazos viriles para unas y para otros.

UN ROBADO

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Que me detengan si quieren, aquí les espero. Sé que violo las leyes de protección a la infancia y las del derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen, pero me da igual. He hecho un robado. He contratado a un paparazzi y le he encargado una fotografía furtiva. De hecho, el retratado está durmiendo, doble delito. No se ha enterado de que le estábamos viendo. Dormía sobre la placenta y se metía la mano en la boca, ignorante de que le estábamos espiando. Pobre iluso. Ahora tengo las imágenes en mi poder y las voy a hacer públicas, caiga quien caiga. Aquí las tenéis: desde las profundidades uterinas, mi chaval ha sido pillado in fraganti. Es la primera foto que tengo de él, y todavía no ha nacido.

LA CIUDAD PIXELADA: ¿LA ÚNICA RESPUESTA POSIBLE?

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Aquí te dejo mi último artículo dominical de HERALDO. Ya sé que no los suelo colgar (llevo unas 20 entregas de La ciudad pixelada y en el blog sólo habré puesto dos o tres), pero esta me interesa especialmente. A ver qué te parece a ti. La ilustración, como siempre, del gran Álvaro Ortiz -cuyo último cómic aún no he reseñado aquí, a ver si encuentro ocasión pronto, que a este paso va a publicar otro antes de que yo me decida a comentarlo-.

En la avenida de América de Zaragoza se mantiene, impertinente, la fachada de la cárcel de Torrero. Ahí siguen el portón y las torretas de vigilancia, pero no hay ningún carcelero en ellas. Aun así, me da la impresión de que la gente ralentiza el paso cuando se acerca a la fachada, manteniendo parte del temor antiguo que irradiaban aquellas piedras. Yo, que soy más aprensivo que los demás, incluso me cambio de acera. Aunque sé que detrás solo hay un solar con cascotes, esos ladrillos y ese portón me ponen mal cuerpo, no lo puedo controlar, y en mi delirio imagino que los demás sienten un resquemor parecido al que me hormiguea por dentro.

Me pasaba lo mismo de chaval, cuando visitábamos a la familia de Barcelona y mis paseos acababan, sin darme cuenta, frente al edificio de la cárcel Modelo, a pocas manzanas de donde vivían mis tíos. Que siga funcionando en el centro de la ciudad me sigue espantando hoy. Por esa incontrolable aprensión, años más tarde, en marzo de 1999, me negué a ir a un concierto que dio Rosendo en el patio de Carabanchel, en Madrid, poco después de que la cerraran, para celebrar precisamente su cierre. Aunque no fui, sé que le quedó un 'show' muy emotivo porque lo recogió en un disco y lo tituló 'Siempre hay una historia'. Fue el triunfo de la gente del barrio frente a los carceleros, el desquite por décadas de desprecio. Rosendo cedió los derechos de autor del disco a Basida, una oenegé que atiende a reclusos enfermos de sida.

Nadie quiere tener una cárcel en su barrio. A los que hemos crecido escuchando historias de macarras de ceñido pantalón y riéndonos con las hazañas de Maki Navaja, el trullo nos da mucho yuyu, aunque nunca jamás nos vayamos a ver en la tesitura de pisarlo, ni siquiera como visitantes. Y, sin embargo, me da la impresión de que todo el mundo quiere más cárceles. Eso sí, lejos de su vista.

De un tiempo a esta parte, percibo un clamor vengativo. Tres o cuatro sucesos muy mediáticos han avivado en amplios sectores de la sociedad la creencia de que la ley española es muy laxa y que los criminales campan a sus anchas. Los datos contradicen tajantemente esa percepción, que se repite como un mantra en los más variados foros, y que muchos políticos utilizan con ánimo populista en cuanto tienen ocasión.

Este mismo periódico publicaba la semana pasada que Aragón tiene una tasa de criminalidad del 37,3%, diez puntos más baja que la media española. Si se tiene en cuenta que España tiene una criminalidad veinte puntos más baja que la media de la UE, cualquiera puede deducir que Aragón es una de las regiones más tranquilas y seguras de todo el continente. Y, sin embargo, según otro estudio, la tasa de encarcelamiento española es la más alta de Europa. Tenemos unas cárceles saturadísimas y no paramos de construir 'macrocentros' como el de Zuera porque los viejos se quedan pequeños. El año pasado, el de la Expo, la población reclusa en la prisión zaragozana duplicó la capacidad para la que fue construida.

Vamos, que en España se aplica una mano mucho más dura que en Europa: se cometen pocos delitos, pero tenemos muchísimos presos. Quizá el problema no sea de defecto, sino de exceso. ¿No basta el esqueleto de Torrero para que nos planteemos que la respuesta de un Estado de Derecho tiene que ser más imaginativa e integradora? En 10.000 años, hemos pasado de inventar la rueda a fotografiar los confines del Sistema Solar, pero seguimos creyendo que la delincuencia solo se puede atajar con encierros. ¿No es triste?

24/08/2009 13:17 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Intrascendencias No hay comentarios. Comentar.

SLOW MOTION

Ando agotado. No solo por este calor que me emplasta contra el suelo y me obliga a recogerme a mí mismo con espátula, sino porque estoy adelantando artículos de La ciudad pixelada para publicar en septiembre. El 31 de agosto volaré cual colibrí puesto hasta arriba de anfetas, y no pisaré la santa redacción del periódico en un mes. Pero me he comprometido a no dejar vacante ese hueco dominical, así que ando masajeándome las neuronas para enlatar cinco artículos. Al mismo tiempo, tengo que escribir los que van saliendo estos domingos, y empiezo a no saber en qué fecha vivo. Ya he escrito cuatro de los cinco, y las fuerzas empiezan a fallarme, por eso tengo este blog manga por hombro. Con el calor -y el cansancio que arrastro de un año intenso en el que todavía no he tenido vacaciones-, mi cerebro funciona a un 15% de su capacidad, todo me cuesta y me pesa más. Mil perdones.

Anoche estuve con Severiano Delgado, gran amigo de este blog, que anda pasando unos días por Zaragoza y me ha llamado. Cerveceamos por el Tubo (y por un tubo) y se llevó firmados mis dos libricos. Me lo pasé estupendamente. A ver si cunde el ejemplo y otros comentaristas se animan a departir conmigo con vasos y barras de bar de por medio, que es la forma más civilizada y agradable de departir.

Mañana creo que viene un viejo amigo de Madrid al que he engañado diciéndole que en Zaragoza se está muy fresco. Si finalmente se anima a venir (nada es seguro en esta vida, y menos con él), le pasearé por las esquinas más tórridas de la ciudad, y si queda algo de él al final del día, cervecearemos con alegría.

Por cierto, Pedro Hernández, coautor de la foto que preside la barra derecha de este blog y de la de la solapa de Malas influencias, me mandó una felicitación cojonuda, de la mano de El Cumbias. Aquí la dejo, no doy más de mí. Otro rato, cuando refresque, os cuento algo mejor:

 

19/08/2009 17:02 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Intrascendencias No hay comentarios. Comentar.

MADUREZ

De pronto, he madurado.

Al despertar, noté una presión en la nuca. Me palpé y encontré una silla. Estaba incrustada entre los omóplatos, bien encajada.

-Vaya, parece que al fin has sentado la cabeza -me ha dicho Cris.

La silla es de estilo imperio. Una silla clasicota, nada de diseños modernos y fatuos. Una silla de verdad, para culos fondones y largas sentadas.

No es el único cambio que he notado.

De repente, he prestado atención a los anuncios de ING Direct, y no sólo no he sentido ganas de estrangular y descuartizar en pequeños trocitos a los actores que en ellos salen, como me suele suceder, sino que me he sorprendido diciendo: "Tengo que contratar un buen plan de pensiones".

Me han venido otros pensamientos a la cabeza. Por ejemplo:

-Hay que regular los flujos migratorios, esta política de puertas abiertas va a acabar con la civilización occidental tal y como la hemos conocido.

-Los jóvenes deberían conciliar su derecho a la diversión con el derecho al descanso de los vecinos.

-Una cosa es que haya libertad de expresión, y otra muy distinta que todo el mundo pueda decir lo que le dé la gana.

-La factura, sin IVA, por favor.

-El rey es el garante de la democracia en España.

-No, no me sirvas otra copa, que me voy a poner piripi.

-Qué barbaridad, esta juventud cada día escribe peor.

-Con sacarina, por favor.

-En mis tiempos sí que se hacía buena música, no la ruidera que escuchan ahora.

-Le echaré un ojo a las oposiciones, que de la literatura no se puede vivir y el periodismo da muy mala vida.

-Algún día aparecerán las armas de destrucción masiva de Sadam.

-Esa corbata de lunares le iría muy bien al tono de mi cutis.

-Estos de Intereconomía dicen verdades como puños, eso es lo que les jode a los sociatas.

-Hum, esos chalets pareados de tres dormitorios de la Urbanización Atomarporculo del Centro tienen muy buena pinta... ¿Puedo ver el piloto?

Eran pensamientos que nunca había tenido. No los controlaba, y su continua ebullición, unida a la presión que la silla de estilo imperio ejercía sobre mi nuca, me han provocado una jaqueca espantosa. No encontraba explicación, hasta que he escuchado:

-¡Felicidades!

¿Felicidades? Ah, así que era eso...

He cumplido 30 años, y la madurez se ha instalado en mí con todas sus consecuencias. Ya no soy aquel chaval que perdía el tiempo leyendo novelitas, emborrachándose en bares donde no limpiaban el polvo y viendo pelis de Zhang Yimou a las cuatro de la mañana. He madurado. Tendré que quemar mi colección de inapropiadas camisetas pretendidamente chistosas y aprender a peinarme con un peine de verdad. Y empezar a hablar en pasado. O en pretérito imperfecto, pues el presente de indicativo y el futuro me están vedados para siempre. Sólo puedo agarrarme a los verbos conjugados en condicional o en modo subjuntivo, pero eso sólo lo hacen los peterpanes, los quieroynopuedo y los silohubierasabido.

También se supone que debería recapitular y tener una pequeña (o enorme) crisis de identidad. Debería llenar muchos folios repasando frustraciones y lamentando errores. O aprender a montar en moto, comprarme una y recorrer la península de Anatolia viviendo una pasión turca en cada pueblo, hasta que se me pasara la quemazón y la mala hostia de la madurez sin asumir. Pero, ¿sabes una cosa? Me siento de puta madre, a pesar de la silla de estilo imperio que me machaca las cervicales.

No suelo celebrar los cumples, porque caen en agosto y la ciudad suele estar vacía -y soy un poco tacaño y así me ahorro las cañas a las que debería invitar a la gente-, pero creo que este año sí que voy a hacer algo. Hay motivos: en este 2009 he cambiado de década, he publicado mis dos primeros libros (así que la gente ya no sonríe con condescendencia cuando les cuento que me dedico a escribir) y pronto nacerá mi hijo. Un año más que redondo, sublime. Crisis a mí.

No voy a plantar ningún árbol, pero sí que pienso brindar con la gente a la que quiero.

Y contigo también. Chin, chin. À la notre, mon ami!

TENDRÁ CÁNCER

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Tenemos dos tradiciones viajeras espontáneas que descubrimos cuando llevábamos un tiempo practicándolas -y decidimos mantener con solemnidad-: una escapada a Francia en primavera y tres o cuatro días playeros valencianos en verano con desconexión absoluta y obligatoria.

Este año, la escapada francesa se frustró por imponderables varios, pero la incursión playera la hemos mantenido.

Y sí: un año más, me he quemado. Gravemente. Rojo cangrejil tirando a carmesí. No es agradable, pero supongo que en un par de días mutará en moreno.

O en cáncer.

Los de la Asociación Española Contra el Cáncer han lanzado una campaña muy cachonda este año. ¿Habéis visto el cartelito? La primera vez que me topé con él pensé: "Joder, y tú madre, ¿qué tal anda?". Qué ganas de amargarle a uno el disfrute, oiga. Yo también les deseo a ustedes un feliz veraneo, señores de la Asociación Española Contra el Cáncer.

Sobreponiéndome a tan fatal advertencia, cogí mi curso de portugués, me senté bajo la sombrilla y repetí, con un acento penoso: "Eu moro em Lisboa" y "A senhora mora no Porto?". Por la noche, en el hotel, me puse a ver un rato la tele portuguesa y no entendí una sola frase. Ni por equivocación. Es jodido este idioma, con lo fácil que parece, pero me ayudó a no pensar un rato en el cartelito. No había flechas gigantes en el cielo. Barrí la playa con la mirada buscando a alguien que me cayera especialmente mal y deseé que le tocara la flechita del cartel. Me quedé con un francés vigoréxico con modales de maltratador y bañador marcapaquete que le acababa de dar dos bofetones a su hijo. "Tendrá cáncer", pensé, y me recliné satisfecho.

Como ni con mis ejercicios de portugués para principiantes ni deseándole el mal a los franceses vigoréxicos se acallaba en mi cabeza la advertencia de la asociación, tuvimos que emborracharnos. Bueno, me emborraché yo, que las embarazadas, por lo visto, no pueden beber. Así que yo me obligo a beber por dos, para que Cris no pierda la costumbre. Me puse tibio de agua de Valencia en las terrazas de la plaza del Tossal, uno de mis rincones favoritos de Valencia, pero ni por esas. "Tendrá cáncer, tendrá cáncer, tendrá cáncer". La flecha seguía taladrándome las meninges.

Así que probé con el arroz. Nuestras escapadas valencianas suelen consistir, básicamente, en la ingesta desmesurada de arroz en varias especialidades, alternada con cerveza de chiringuito y agua de Valencia de vaya usted a saber dónde (conviene beber sin hacerse preguntas). Me tomé las paellas y los arroces a banda como las últimas comidas de un condenado a muerte: "Disfruta de esto, Sergio, que cuando te pongan la quimio no podrás comerlo". Y se me hizo un bolo que no pude tragar.

Un asco.

Un verdadero ascazo.

Me han amargado la escapada.

Menos mal que llamó Pili, que trabaja en la editorial Prames, aunque ya era amiguica nuestra antes de que empezara a trabajar allí. Yo estaba dando un paseo al sol, ganando puntos para el inevitable melanoma, y no oí el móvil, así que fue Cris la que cogió el teléfono y me dio la noticia:

El libro acaba de salir de la imprenta! Dice Pili que nos echamos una cerveza con ella esta noche y nos lleva un ejemplar.

Lo de la cerveza estaba difícil, pues nos separaban 400 kilómetros y la posibilidad cierta de un cáncer fulminante.

Así que todavía no he visto ni tocado el libro que hasta ayer mismo sólo era un archivo de Word en mi ordenador, pero si tú lo ves antes -cosa probable, porque esta gente, en cuanto se pone a distribuir, no hay quien les pare-, no me destripes el final.

A ver si me da tiempo a que me manden unos cuantos ejemplares a casa antes de que la enfermedad muestre sus síntomas. Mientras tanto, este brindis con agua de Valencia nada medicinal va por ti.

HACERSE VALER

Esperando a entrar en maquillaje el otro día en la tele. En la salita, coincido con otra gente que tiene que entrar en plató después que yo. Ellos son invitados, yo voy a hacer mi seccioncita de recomendaciones literarias (viernes, a partir de las 21.00, en ZTV, con Sonia Cameselle, en sustitución de mi admirada y querida Pilar Estopiñá, que anda ya de vacas; no sé qué dial de la TDT tiene el canal, la verdad).

Mis compañeros de cuartito son diseñadores gráficos, ilustradores. Como diría mi amigo Ivo, también ilustrador y diseñador gráfico, "tíos dididisaign". Han ganado algo, por eso les entrevistan. No se conocen, pero se gustan unos de otros, y una chica comenta sus trabajos con la boca chica: "Bueno, yo he hecho unos dibujicos...". Ipso facto, el que lleva la voz cantante, le recrimina su modestia: "No, mujer, así no te puedes vender. Lo que haces no son dibujicos, son obras sensacionales, si no valoras tu trabajo...".

Me dan ganas de terciar, pero la maquilladora ya me ha agarrado y me embadurna el careto con paletadas de ese potingue que te ponen siempre en la tele y cuyo olor tarda en irse un par de días.

Recuerdo que en la facultad, un profe nos dijo esto mismo, en un discursito a lo Fama: "Tenéis que haceros valer. Las críticas, de puertas para adentro. Quejaos aquí de la formación de mierda que habéis recibido y de la mediocridad ambiente de los medios de comunicación, pero proyectad una imagen de seguridad, convencedles de que sois los mejores".

Que nunca hay que mostrar las dudas y los titubeos, vaya, que hay que ir de frente y con paso firme aunque no sepamos hacia dónde queremos ir.

Pues no estoy de acuerdo.

Creo que esas actitudes sólo sirven para alimentar el corporativismo en el que fermenta y crece la mediocridad ambiente, pero no ayudan en nada al desarrollo, al aprendizaje y al crecimiento profesional de nadie. Si quieres destacar en un ámbito no puedes aplastar ese ámbito bajo tus botas soberbias. Tendrás que entrar en él con humildad y con los ojos bien abiertos, dispuesto a meter la pata y a persistir en el viejo e infalible método del ensayo y el error. De la otra forma, quizá logres epatar a algún jefecillo ignorantón y puede que deslumbres a tres o cuatro lerdos, pero te estarás engañando a ti mismo.

Es una buena estrategia si tu único objetivo es epatar a jefecillos ignorantones y deslumbrar a tres o cuatro lerdos, pero no creo que nadie con vocación y amor por su trabajo se contente con eso. Es una buena estrategia para colocarse cómodamente entre los chupatintas, para ser el monarca tuerto en el país de los cegarrutos, pero nada más. Si eso es todo lo que buscas, adelante.

La alternativa es chunga. Renunciar al automarketing y a dedicar más esfuerzo a la promoción de tu trabajo que al trabajo en sí mismo es ingrato. Es más gratificante diseñar un buen PowerPoint con muchos gráficos de colorines y despliegue de neologismos que pensar un proyecto de verdad. Mientras los vendedores de humo pasan por encima de ti y parecen destacar más, tú te quedas en un rinconcito trabajando en silencio, limando detalles, intentando que tu pieza sea lo menos imperfecta posible y lamentando cada uno de los miles de fallos que le encuentras y que, te juras y rejuras, no volverás a cometer la siguiente vez.

Mientras piensas que tirarías tu trabajo a la basura, porque estás convencido de que se puede y se debe hacer mucho mejor, verás a los demás irse de cañas a festejar el éxito de cualquier fantoche que se ha sabido vender bien. Esa es la clave en el capitalismo neoesclavista: venderse bien. La salud de quien no acata sin condiciones las normas de juego peligra seriamente. El resentimiento y la bilis crecen bien en ese ambiente, y mucha gente tira la toalla o se queda enquistada en un islote agrio, devorados por la amargura, sin nadie que les pase una mano por la espalda, porque se han convertido en seres abyectos, ruines y envidiosos.

Es poco agradecido, pero es la única forma honesta de hacer algo que merezca la pena a la larga. Y si uno sabe contener la bilis, si se tienen las tragaderas hondas y el sentido del humor siempre fresco y listo para salir al rescate con una buena ironía, creo que al final se puede llegar al sitio soñado.

Es el camino de los tontos, sin duda. De los tozudos y de los enamoriscados. El camino que ningún padre querría para su hijo (suponiendo que el padre quiera al hijo, que a veces no se da el caso). Pero yo estoy convencido de que las cosas que merecen la pena acaban encontrando unos ojos que las aprecien. Siempre. A veces, esos ojos llegan muy tarde. Pero siempre llegan. No hay joya que permanezca cien años enterrada sin que un buscador de joyas la encuentre. Y esa joya, en su día, puede que sólo fueran unos "dibujicos". En cambio, la genial obra conceptual de la que tanto se habló en su momento, y que tantos ayes y orgasmos inspiró ante la severidad gorda y patricia de su autor, probablemente duerma arrumbada en un desván, podrida y macerada en su propia pomposidad.

MÁS QUE UNA ERRATA, UNA PUTADA

Estoy leyendo Historia de Portugal, de David Birmingham (Akal, 2005. ISBN: 84-460-2282-6), que es una traducción del original inglés publicado por Cambridge University Press. A priori, una cosa prestigiosa y erudita sin mácula. Y en la página 16, cuando apenas he empezado a coger velocidad de lectura, me tropiezo con esto:

Entre los años 710 y 732 del calendario cristiano los ejércitos árabes y sus prostitutas bereberes procedentes del norte de África cruzaron la Península e invadieron Francia.

Coño, así que Don Rodrigo no fue vencido en la batalla del Guadalete, como nos enseñaron en el cole. Debió de ser en la orgía del Guadalete, después de que unas prostitutas bereberes le contagiaran la sífilis y le dejaran tirado en una jaima prostibularia. Cómo nos han falseado la historia. Aunque no me extraña, es mucho más digno que te liquiden unos fieros guerreros a que lo hagan unas chicas sin estudios, aunque dominen el francés.

Llámenme tiquismiquis, pero como esto introduce un cambio tan sustancial en la versión de la historia que yo conocía, decido comprobar si aquello era un hallazgo historiográfico de la Universidad de Cambridge -en el que incidían poco, a mi entender, dada su magnitud- o la fantasía beoda de un traductor. O la mala jugada de un corrector de Word. Así que me voy a Google Books, busco la versión original del texto, titulada, A Concise History Of Portugal. Second Edition, y busco el pasaje en inglés. Allí leo:

Between 710 and 732 of the Christian calendar Arab armies and their Berber camp-followers from North Africa crossed Iberia and invaded France.

Así que el traductor ha traducido "camp-followers" por "prostitutas". Según la Wikipedia (lo siento, no tengo a mano la Enciclopedia Británica), camp-followers "is a term used to identify civilians who follow in the wake of armies or service their needs while encamped, in order to sell goods or services that the military does not supply. These can include cooking, laundering, liquor, nursing, and sexual services"

Es decir, que es un término utilizado para identificar a los civiles que van a rebufo de los ejércitos o atienden sus necesidades mientras están acampados, para venderles mercancías o servicios que el ejército no atiende. Estos pueden incluir cocinar, lavar la ropa, licores, enfermería o servicios sexuales.

No voy a decir el nombre del traductor o traductora, que hasta los más brillantes genios pueden meter la pata y tener un mal día, y no seré yo quien, libre de pecado, tire la primera piedra y mancille su sin duda merecida reputación por un quítame esas zorras, pero sí que voy a mandar un mail a la editorial para que lo tengan en cuenta. ¿No les chocó al revisar el texto?

Y sí, respondiendo a vuestra pregunta no formulada: estoy enamorado de Portugal también, y espero volver a romperme el culo por las calles de Lisboa en unas pocas semanas.

FRASES QUE SE ESCUCHAN A DIARIO CUANDO ESPERAS UN HIJO

  • Aprovechad para dormir estos meses, que luego...
  • Aprovechad para viajar y para salir mucho por ahí, que luego...
  • Rezad por que os salga dormilón, si no...
  • ¡Mira que si sale negro!
  • Aprovecha para escribir ahora, que luego...
  • No os compréis el Funatronik carrito multiusos Megamax 5000, que es mucho mejor el Pistatrón 6000 HJI Grupo Cero ionizado, especialmente para los desplazamientos largos y cuando deje de mamar.
  • Ni se os ocurra comprar el Pistatrón 6000 HJI Grupo Cero ionizado, que mi cuñada lo tiene y no vale nada al lado del Funatronik carrito multiusos Megamax 5000, sobre todo, cuando echa los gases y baila rumba catalana.
  • ¿Le habéis apuntado ya a inglés para lactantes? Que saber idiomas es muy importante.
  • ¡Mira que si sale chino!
  • Aprovecha para ver películas porno ahora, que luego...
  • No os compréis el capazo precursor inflamable Radionix Bee, que con el reproductor miniaturizado que viene con el Pistatrón 6000 HJI Grupo Cero ionizado es suficiente. Además, lo usas tres días, que luego ya no cabe.
  • ¿Le habéis apuntado ya a ingeniería para lactantes? Porque no irá a seguir los pasos periodísticos de los muertos de hambre de sus padres, ¿no?
  • Aprovechad para meter barcos en botellas ahora, que luego...
  • ¡Mira que si sale ecuatoriano!
  • Aprovechad para navegar por los fiordos noruegos ahora, que luego...

Y la mejor, la que más atontado me ha dejado, ha sido esta:

  • Pero, ¿ha sido buscado o un accidente?

Iba a responderla, pero me taparon la boca a tiempo para evitar un muy desagradable incidente familiar.

A todo lo demás, asiento sonriente.

Pero ahora les diré lo que no me atrevo a responderles a la cara:

  • A los de "aprovechad para...": he dicho que voy a tener un hijo, no una enfermedad paralizante y terminal. Sé que "hijo" y "enfermedad paralizante y terminal" suenan casi igual y se confunden, pero son muy diferentes, de verdad.
  • A los de "¡Mira que si sale...!": abandonad el landismo y el pacomartinezsorianimo, superadlo. Vuestras familias y amigos lo agradecerán mucho. Lo notaréis en que vuelven a dirigiros la palabra.
  • A los del Megamax 5000: Lauren, yo sé que tú hablas, pero no te entiendo nada.

LA CIUDAD PIXELADA

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No suelo pegarlos aquí, sólo de cuando en cuando, pero aquí tenéis el artículo de La ciudad pixelada que salió publicado el domingo pasado. La ilustración, as usual, by Álvaro Ortiz.

También he retomado el blog De reojo en Heraldo.es con dos nuevas reseñas: una de Arturo Barea y otra de B. Traven.

Soldados en el jardín de la paz ya está liquidado. He recibido las pruebas definitivas y la semana que viene entra en máquinas. Estará en librerías en septiembre. La presentación, en octubre. Ya tengo presentador, por cierto. Un crack al que quiero y admiro, y es un honor que me haya dicho que sí.

La lucha de clases, a dos ruedas

Estas madrugadas de julio, mientras me concentro en convocar al espíritu del sueño, bajo el sofoco sin pixelar de la ciudad, escucho los mil sonidos que suben de la calle por la ventana abierta. Parece que Zaragoza tampoco puede dormir, y se retuerce, gime y se desespera, componiendo una sinfonía quejosa y rítmica. Entre semana es una cadencia agradable, con un toque narcótico, como de nana mecánica. Pero los fines de semana el barullo es de guerra.

Debajo de mi ventana hay una estación de Bizi con la que algunos de estos guerreros les gusta ensañarse. Oigo -y a veces, veo- cómo patean las bicis aparcadas. Con alegría rabiosa. Al principio, me planteo llamar a la Policía, pero desisto: para cuando marque el número, explique lo que pasa, decidan mandar una patrulla y ésta llegue al fin, los pateadores bicicleteros andarán ya por la otra punta de la ciudad.

Me fijo en que solo les da por las bicis. De acuerdo que el vandalismo findesemanero se ceba también con retrovisores de coches aparcados, farolas, cierres de comercios y cualquier objeto del mobiliario urbano, pero lo de esta estación de Bizi es distinto. Van a por ella. Dejan tranquilos los coches de al lado, no tocan los contenedores, no le dan al cierre del bar de abajo. Su objetivo es claro: no quieren destrozar en plan genérico, sino en plan concreto.

La Bizi de París se llama Vélib y es un servicio que funciona prácticamente igual que el de Zaragoza. A principios de junio, 'Le Monde' empezó a publicar algunos reportajes sobre la saña destructora que se cebaba contra las bicis de Vélib. Muchas estaciones amanecían apaleadas, con los vehículos inutilizados, y más de una acababa en el Sena, donde reaparecía varios kilómetros río abajo. La empresa aseguró que, en pocas semanas, unas 8.000 bicis habían sido robadas o destrozadas. La cosa se desmadró tanto que, el 13 de junio, el editorialista de 'Le Monde' Bertrand Le Gendre decidió tomar cartas en el asunto y publicó un artículo titulado 'Pourquoi les Vélib', fétiches des bobos, sont vandalisés' (Por qué las Vélib, fetiches de los molones/modernetes sufren el vandalismo).

El titular es bastante elocuente (bobo es una de las miles de las contracciones hirientes y geniales que tiene la rica lengua francesa, y se corresponde con la expresión 'bourgeois bohème', bohemio burgués) e indica por dónde van los tiros: el empobrecido parisino pobre, ahogado por la crisis, la emprende contra las Vélib porque son el emblema de todo lo que le ahoga. Dice Le Gendre, en tosca traducción mía: "Como todos los emblemas de la sociedad de consumo, las Vélib suscitan controversia. No se trata de un cuadro y dos ruedas robadas, sino de un icono urbano, un atributo del burgués bohemio, el 'bobo', figura objeto de burla, pero también envidiada".

En Zaragoza no las tiran al Ebro (que yo sepa. O, al menos, no las arrojan en masa), y no estoy seguro de que la inquina contra las bicis de alquiler encaje en esta bonita teoría revisitada de la lucha de clases. He superado el discurso punk y no creo que detrás de toda destrucción vandálica haya necesariamente una pulsión expresiva. Todavía nos consuela pensar que los actos de destrucción están guiados por premisas filosóficas, pero, detrás de una burrada, la mayoría de las veces solo hay un burro. De los que rebuznan y cocean, no de los que cuentan chistes, como el de 'Shrek'.

Les veo desde mi ventana y, créanme, no hay épica ni lírica en sus patadas. El medio no siempre es el mensaje.

LA MANTIS RELIGIOSA

Hoy ha sido un domingo raro. Cris no ha recibido el esperado sms. Al parecer, la mantis religiosa que le acechaba no ha capturado a ningún macho este sábado por la noche.

Hace tres domingos, Cris recibió en el móvil este mensajito:

Mi número, para lo que quieras, a la hora que quieras, donde quieras, como quieras... Que me quieras!!!... Salva.

Me toqué la frente, y al no hallar en ella indicios de cornamenta, me sentí aliviado. Además, la pobre barrigona embarazada no se había separado de mí (por no hablar de que una barriga prenatalicia es el mayor y más eficaz repelente de moscones conocido). Sólo una bilocación a lo Sor María de Ágreda explicaría la infidelidad.

Concluimos lo obvio: una tía se ha tirado al tal Salva, el tal Salva le ha pedido su teléfono y la chica le ha dado el primer número que se le ha venido a la cabeza para quitárselo de encima. Y ese número era el de Cris.

Caso cerrado.

Pero, hace dos domingos, más o menos a la misma hora, el móvil recibió otro mensajito:

Wenos días!! Soy Álex, el camarero de ayer!! Jaja... Qué tal acabaste? Madre mía que resaca tengo!! A ver si un día de estos te apetece ir a tomar un café o una copita, OK? Que me pareciste una tía genial!! Un besito enorme.

Vuelvo a palparme la testuz, pero encuentro lo de siempre: canas y principios de alopecia. Nada fuera de lo normal. Debe de ser la misma chica, que esta vez se lo ha hecho con el tal Álex en la barra del chiringuito (contra la carta de helados Camy, me imagino, o entre bolsas de calamares congelados) y cuando Álex le ha pedido el móvil para repetir la experiencia -quizá sobre la plancha apagada o agarrados al grifo de cerveza Cruzcampo-, le ha dado otro número falso, que vuelve a ser el de Cris.

¿Cómo puede dar siempre el mismo número falso? Lo normal sería que diese el primero que se le viniera a la cabeza. Abrimos el debate entre amigos y allegados:

-Eso es que su número es como el tuyo, pero variando una cifra.

Bravo, Poirot, es la hipótesis más plausible, asentimos todos mientras Miss Marple sirve el té.

Pasan siete días más, y el domingo pasado... Bip, bip:

Qué tal, surfera? Cómo has acabado el finde?

Bueno, ya está bien. ¿Surfera? ¡Encima, surfera! Con lo trolera que es esta tía seguro que ni surfea, ni va en bici, ni hace pilates, ni nada. A lo mejor no sabe ni nadar. A lo mejor, fíjate bien, ni siquiera es una tía y se llama Nicolás, es transportista internacional y les tiene a todos más engañados que para qué.

Me intriga.

Concluyo, además, que esos tíos se tienen muy merecido que les chuleen y les den gato por liebre. Qué plastas, qué empalagosos, qué cursis y qué poco duchos en las artes de la seducción. Por dios, tranquilizaos un poco, dad cuartelillo a la chica, que parece que queréis casaros con ella o hacerla la mujer más feliz del mundo o alguna patochada de esas.

Que es sólo un polvo, tíos. Parece mentira, qué deshonra, qué poca masculinidad.

¿Dónde quedó el prometer hasta meter y después de metido, nada de lo prometido? ¿Qué ha sido del macho ibérico, navajero y despreciativo, que abandona la alcoba apenas ha eyaculado para no volver jamás -y contarle a los amigotes que se acaba de follar a una tía buena-? Aprended de la chica, hombre.

Este domingo he esperado el mensaje. Tenía curiosidad por saber a quién se había tirado este sábado nuestra insaciable mantis religiosa. Quería conocer el nombre y el estilo ligón del pobre gualtrapa. Gozo imaginándolos penando toda la triste y calurosa tarde del domingo, esperando que ella llame, que les envíe un besito por sms o que aparezca por sorpresa por el chiringuito con un ramo de azaleas y petunias.

Pero no, la chica no ha mojado.

O ha pasado algo peor. Espero que no. Pero, ¿te imaginas que la chica ha dado su móvil de verdad? ¿Te imaginas que le ha molado el maromo más allá de la efusión hormonal y quiere montarse con él en un Citröen hasta el fin del mundo?

Sería terrible. No se lo deseo, la verdad. Prefiero que siga devorando machos y escupiendo sus huesos en la cuneta.

PREMIO A LA SUCCIÓN

Es un teletipo de Efe, así que cuidadín: puede que cualquier parecido entre los entrecomillados del texto y lo dicho por Luis Eduardo Aute sea pura coincidencia. Pero ahí está. Y, que yo sepa, no ha llegado desmentido.

El titular de Soitu es prácticamente el mismo que el del teletipo que me ha saltado a los ojos, como una garrapata, esta tarde en el periódico. Es fuerte, se lo advierto. Están a tiempo de dejar de leer, luego no me vengan con que les duelen las retinas:

Luis Eduardo Aute denuncia que los medios de comunicación le ningunean.

Ostras, Pedrín.

Ya la hemos liado.

Sé que tras la cláusula "Luis Eduardo Aute denuncia" uno espera ver un complemento directo, no una frase subordinada. Es decir, espera leer "Luis Eduardo Aute denuncia las matanzas de la dictadura pinochetista" o "Luis Eduardo Aute denuncia la política de Kissinger en América Latina". Una frase subordinada como "que los medios de comunicación le ningunean" rompe lo previsible. Es novedoso, fresco. No tiene la sonoridad de sus versos, pero en el empleo del verbo "ningunear" deja claro que él no es un protestón prosaico cualquiera. Donde otros hubieran dicho "no me hacen caso" o "me están dando por el culo", él pone "ningunear".

En otro entrecomillado, defiende que el periodismo es "una bella profesión" siempre que "se haga con honestidad y vocación". Quizá sólo sea la concatenación descontextualizada de los fragmentos, pero el texto deja muy claro que Aute identifica la "honestidad" y la "vocación" periodísticas con que le hagan caso y le saquen muchas veces en los papeles. Para que se entienda mejor el trascendental alcance de la visión que Aute tiene del periodismo, trasladaré este sofismo a una situación de la vida cotidiana:

"Esa tía está como un queso, parece simpatiquísima y suena inteligente, ingeniosa y divertida, pero como no quiere follar conmigo es una miserable. En su mano está ser una bella y maravillosa mujer, pero prefiere no hacerme caso, ergo es medio lela".

Si Aute quiere salir en los medios (más de lo que ya sale, quiero decir), nada más fácil. Que convoque un premio periodístico. I Premio Periodístico "Al Alba" al mejor reportaje o entrevista sobre la figura de Luis Eduardo Aute. 100.000 euros. Por ejemplo. Se valorará originalidad en la succión y la desinhibición en el empleo de aumentativos. Así, ganará más puntos quien defina a Aute como "celebérrimo" en vez de "célebre", y quien se refiera a él como "el genio multidisciplinar más grande de todos los tiempos" le sacará ventaja a quien sólo emplee la halagadora pero algo gastada fórmula de "hombre del Renacimiento".

Sí, vale, esto tiene sus riesgos. Ya sabemos que los finalistas del premio serían todos los años Juan Cruz y Javier Rioyo. Nadie podría superarlos en adjetivación lisonjera. Pero no se confíen, que en este país hay mucho profesional del panegírico en vida. El de mamporrero es un puesto codiciado en el periodismo cultural patrio.

Venga, Luis Eduardo, no te cortes. Casi todas las empresas y administraciones tienen premios para recompensar a las plumas más pelotas de sus respectivos sectores. Los fabricantes de aerogeneradores premian el mejor artículo sobre fabricantes de aerogeneradores. Los ciegos, el mejor artículo sobre ciegos. Los embuchadores de lomo, el mejor artículo sobre los beneficios sociales y las bondades del lomo embuchado.

En serio, buscad en Google: quien no tiene un premio de esos es porque no quiere. O porque aún le queda una chispita de pundonor profesional. Que también hay de esos. Pero se les ve poco por los saraos que usted frecuenta, Luis Eduardo, porque ellos están trabajando.

MERDELLONES

Los hosteleros piden decoro. Que la gente no vaya por ahí enseñando sus michelines, que se tape con una camiseta, que no vaya a tapear en bikini. Lo cuentan en un reportaje en El País. Que no quieren que la gente vaya por la ciudad como va por la playa.

Pos bueno, pos fale, pos malegro.

Lo que me ha llamado la atención del texto es esta frase, pronunciada por Rafael Prados, miembro de una asociación de hosteleros de Málaga: "Aquí los llamamos merdellones" (refiriéndose a esa gente que pasea en bañador por el centro de la ciudad).

Pues que me perdonen Rafael Prados, los hosteleros andaluces y la autora del reportaje, pero mi amiga Graciela, malagueña de pro -bueno, marbellí de pro en realidad, pero no lo cuentes por ahí, que luego todo el mundo va a pedirle que le cuele en las fiestas de Gunilla von Bismarck-, me contó otra etimología de la palabra merdellón. Vale que me la explicó bien entrada la noche en un garito de Málaga, pero ni siquiera con esos agravantes me atrevo a cuestionarla ni un poco.

Según se cuenta por aquellos lares, el origen de la expresión merdellón se remonta a los tiempos de la dominación bonapartista, cuando los franceses se encontraron de morros con lo más chungo de Málaga, que ya debía de ser muy chungo por aquel entonces. Los franceses, haciendo gala del igualitarismo revolucionario y de su empatía humanitaria, calificaron al superabundante lumpenproletariado malagueño como "merde de gent". Qué mierda de gente. Expresión que repetían con asiduidad. De ahí pasó al castellano como merdellón, forma despectiva que se usa allí para calificar a los protagonistas de los programas de Callejeros.

Así que merdellón no es un descamisado. Al menos, no necesariamente. Hay merdellones en invierno y en verano, con jersey y sin él.

Y puestos a quitar cosas de la vista, se me ocurren unas cuantas antes que los torsos desnudos, por muy michelíticos y peludos que sean, de unos señores y unas señoras que no hacen daño a nadie. ¿O sí?

VOY A PASÁRMELO BIEN

Planes, proyectos, plazos, fechas... Qué baja laboral más ajetreada estoy teniendo. Y calurosa.

¿No te lo había dicho? Tengo las pruebas de mi nuevo libro. La editorial me las ha mandado esta mañana. 256 páginas. No está mal. Gordito, pero sin intimidar. No me gustan esos tochos que apabullan, que parecen matones en los estantes de las librerías.

Este fin de semana le tengo que dar la segunda y definitva corrección. Es complicada, porque lleva ilustraciones que van acompañando a la historia, y el proceso de maquetación ha sido más engorroso de lo previsto. Están diseñando la portada. Supongo que me mandarán un par de bocetos mañana. Cuando la elija, la cuelgo aquí para que la veas.

Ya lo sabes porque lo he contado muchas veces: se titula Soldados en el jardín de la paz, y es un ensayo-reportaje sobre la presencia alemana en Zaragoza. Hablo de unos alemanes que vinieron en 1916 refugiados del Camerún, que era colonia germana y fue invadida por los aliados durante la Primera Guerra Mundial. Cuento sus peripecias en la ciudad, cómo algunos lograron quedarse después de 1919 y algunas batallitas más.

Sale Albert Einstein y todo.

Y charcuteros que fabrican deliciosas salchichas en el frente ruso durante la Segunda Guerra Mundial.

Y Ramón J. Sender.

Y fotógrafos vintage que se enamoran de quien no deben.

Y nazis. Nazis a porrillo. Hay fotos con esvásticas de lo más morbosas. Hasta Adolf Hitler asoma de refilón. Y el malo malísimo Wilhelm Canaris.

El libro abarca 40 años de historia: de 1916 a 1956. He seleccionado algunos relatos y personajes y con ellos he compuesto el libro. No están todos los que son, pero sí que son todos los que están. Hay que dejar cosas sin contar. Un buen cuentacuentos no suelta todo lo que sabe. También hay cosas que no sé y que, por tanto, no he podido contar. Si otros las saben, que las cuenten si quieren.

Me ha costado tres años de trabajo. No intensivos, claro, pero sí bastante constantes. Me he dejado las pestañas en más de un insalubre archivo y he tenido que hablar con gente que no quería hablar conmigo. Y seguro que no he podido hablar con gente que sí quería hablarme. También he leído unas cuantas decenas de libros y me han tenido que traducir del alemán tres o cuatro cositas. Pero creo que ha merecido la pena: no he enfermado en el proceso y mi chica ha aguantado el tirón con una empatía y comprensión dignas de una mártir. Sin su apoyo no habría llegado a este punto. Soy disperso y me veo superado por los proyectos grandes con facilidad. Si ella no me hubiera aguijoneado, no habría podido dedicar tres años de mi vida a profundizar en un solo tema. Gracias.

Lo voy a dejar listo para imprenta antes del 1 de agosto. En septiembre entrará en distribución, y en octubre, con el curso otoñal empezado y los ejemplares un poco rodados en librerías, haremos las presentaciones y las mandangas promocionales, con paseíllo televisivo incluido, si tienen a bien los compañeros catódicos. Iré informando debidamente.

En esta convalecencia he aprovechado para diseñar la estructura del que espero que sea mi tercer libro. El título lo elegí hace mucho. Incluso antes de que me llamaran para decirme que querían publicar Malas influencias, que entonces tenía otro título. Pero no te lo voy a contar aún, me lo guardo. He aliviado el calor y el tedio de estos días revolviendo en viejas carpetas de "Mis documentos", revisando viejos textos escritos en circunstancias y momentos muy distintos. Algunos que creía buenos han resultado ser una basura incomible, y otros de cuya existencia me había olvidado, han resultado espléndidos. Un cuento que escribí sobre una noche en Moratalaz me ha servido de base para arrancar la novela.

Bueno, si finalmente es una novela. Va a ser, si acaba siendo algo, una novela desintegrada. Si es que eso existe.

Me las he ingeniado para que sea muy divertida de escribir. Por eso he complicado mucho la estructura, aunque espero que esa complejidad no se note al leerla. Voy a meter muchos guiños, muchas trampas y algo de delirio. Pero sin pasarse, sin excesos psicotrópicos.

Va a haber ninfómanas cazaterroristas.

Y terroristas asexuados.

Uno de los escenarios va a ser el barrio de la Magdalena. Curiosamente, en la misma calle y en la misma casa donde viví. Pero van a pasar cosas que no viví allí ni en ningún otro sitio, pero que a lo mejor me hubiera gustado vivir.

Va a haber crímenes y policías incompetentes.

Va a haber cadáveres flotando en líquidos sospechosos.

Va a haber mucho sexo, pero pocos besos en los labios. Se va a follar mucho, pero nadie se va a querer.

No va a haber historias de amor.

Ni moralejas.

Ni tesis, ni visiones del mundo. Ni siquiera cosmovisiones. Oftalmólogos, tampoco.

Después de tres años dedicados a un ensayo-reportaje tan exigente, necesito oxigenarme. Necesito escribir con libertad, sin ceñirme a una bibliografía ni al documento ilegible de un archivo mohoso ni a los huecos en blanco de un testimonio imposible de contrastar. Necesito inventarme cosas que me diviertan, y sacar a pasear a mis viejos personajes.

Porque va a haber cameos de Malas influencias. Anticipo algunos: Federico Jogenzoler, Herbert y el chico que no conoció a Archi Escario en la calle Velarde.

La estructura va a ser circular, pero eso no quiere decir que el círculo se vaya a cerrar al final. Habrá muchas puertas abiertas, como me gusta.

Quiero pasármelo bien, recuperar el gusto por escribir, sentir el placer de cabalgar sobre el teclado de nuevo.

¿Lo conseguiré?

Me gustaría terminarlo antes de un año. No sé si lo moveré por editoriales o lo llevaré a premios. Ya veré (estimada señora Carmen Balcells, mi dirección de correo electrónico está en la barra de la derecha, por si está interesada y tal. Venga, represénteme, que soy un chico joven en pleno vigor sexual. Si me representa, haré lo que usted quiera. Lo que usted quiera. Ya me entiende).

En fin, está todo muy verde aún. Lo único que está claro es que tengo que darle a la tecla ya, con fuerza y vigor.

Tengo que aprovechar este próximo trimestre. No me queda mucho tiempo.

¿Por qué?

Porque voy a tener un hijo dentro de no mucho. De momento sólo da patadas en el útero y amenaza con provocar lumbalgias a su madre, pero sospecho que tendrá que salir algún día y exigirá atenciones por mi parte. Todo lo demás, tendrá que esperar.

¿No te lo había dicho?

Pues te lo digo ahora.

Así que me gustaría tener algo avanzado antes de que lleguen los pañales y los biberones.

Pero si no lo tengo, no me importa nada. No tengo prisa. He dejado de tener prisa. ¿Será que la paternidad me da una visión relajada del porvenir?

Ya lo dicen los bohemios: los artistas tienen que sufrir, no pueden aburguesarse. Yo, que soy de poco sufrir, haré arte de baja intensidad. Si es que alguna vez lo que hago merece el nombre de arte. Pero mi hijo y yo lo pasaremos estupendamente.

Pienso disfrutar mucho. Con mi hijo y con mi nuevo libro. Ambos prometen ser muy divertidos

Ya te iré contando.

UNA GENTE IMPRESENTABLE

Como no suelo usar paraguas, ya tenía fichada a una especie depredadora urbana: las viejas lapa. Son señoras mayores, completamente equipadas contra la lluvia: chubasquero, paraguas, bolso hermético injertado quirúrgicamente en el brazo, bisutería inoxidable, permanente de casquete impermeable... Ni una sola gota les entra en el cuerpo. Parecen a salvo de las inclemencias, pero no les basta estar secas: tienen que conseguir que los demás nos empapamos. Sólo así alcanzan su nirvana de mala hostia particular.

En cuanto descarga la tormenta, los tontolabas que hemos salido sin protección buscamos el resguardo de los aleros y salientes de las fachadas. Pero las viejas lapa nos lo impiden. Las vemos venir de frente, herméticamente forradas, magníficamente aisladas de las inclemencias, pero pegaditas al breve alero que a ti te cubre. Cuando eres un novato, cuando no conoces el comportamiento de la vieja lapa, crees que se hará a un lado, ya que ella no va a mojarse si sale del alero. Pero no es así. Como si no te viera, ciega de furia depredadora, avanza recta y decidida, con un brío juvenil que no sabes de dónde sale de entre sus carnes marchitas. Cuando llega a tu altura es más que evidente que te va a arrollar si no te quitas de su camino. Así que, con cara de bobo, tienes que salir del tibio refugio y calarte hasta el cogote. La vieja lapa pasa rauda. No sólo no te da las gracias por cederle el paso, sino que es muy probable que pise con saña un charco para mojarte los bajos del pantalón y, si no andas bien de reflejos, ejecutará un brevísimo pero muy ágil giro de muñeca con el que te clavará su paraguas king size en el ojo.

Así me he quedado muchas veces yo. Descompuesto, empapado y sin ojo, mientras que, con el ojo que me quedaba, veía alejarse a la vieja lapa en pos de su nueva víctima, sin tiempo para que yo pudiera prevenirla.

Ahora que he empezado a salir a la calle con las muletas (ya sólo con una, por suerte, lo que es todo un progreso), me he dado cuenta de que las viejas lapa son sólo una especie más, y no la más peligrosa, de toda una fauna depredadora que gusta de ensañarse con los cojos y con las mujeres embarazadas. Me ha pasado ya más de dos y de tres veces: voy andando a paso de tortuga reumática por una acera estrechísima y me viene de frente una señora (casi siempre son señoras, de esas que se echan laca hasta en el bolso de Tous). Los dos no cabemos por la estrechísima acera. Uno de nosotros tendrá que bajar a la calzada para dejar pasar al otro. ¿Adivináis quién es el gilipollas que ha de ceder el paso, intimidado? Pues sí, el cojo manteca y calzonazos que suscribe. Cuando la colisión es inevitable, echo la muleta a la calzada, la bajo (operación que me cuesta cerca de medio minuto), me agarro fuertemente a lo que pillo para que el vendaval de perfume de Gilca no me tire al suelo cuando pase junto a mi y, una vez que la señora ha podido seguir con comodidad su camino, vuelvo a subir a la acera (operación que me cuesta otro medio minuto).

Yo creo que lo disfrutan. En serio. Creo que ven a un cojo a lo lejos y piensan: "Mira qué bien, vamos a tocarle los huevos. Hoy me voy a ir contenta a casa: he fastidiado a dos cojos, a un chico que iba en silla de ruedas y no he dejado sentarse en el autobús a una embarazada de ocho meses. Que, encima, era rumana. Que se jodan todos". Y se sientan satisfechas a ver el capítulo correspondiente de Amar con huevos revueltos.

Estos días me estoy dando cuenta de una virtud propia que no conocía: soy amable. Incluso cojo, tiendo a ceder el paso con una sonrisa. Me sale solo. Es cuando llevo la mitad de la maniobra hecha cuando me doy cuenta de lo gilipollas que soy, de que es a mí a quien deberían franquear el paso. Pero es que no me cuesta trabajo. Me sale natural. Como me sale natural atender con una sonrisa a los que me llaman al periódico, o decir "por favor", "gracias", "disculpa" y "no querría molestarle". Creía que eso era lo natural. No tengo que forzarme a ser agradable con la gente, sean o no extraños. Pero veo que no es normal en absoluto. Resulta que es una virtud más escasa de lo que pensaba. La gente tiende a ser borde, especialmente con quienes son más débiles que ellos. Sólo son amables cuando van al banco a pedir una hipoteca o aspiran a un ascenso en el curro.

Dios, la de bordes amargados con los que tengo que lidiar a lo largo del día. Como todo el mundo, me imagino. Animales de bellota que justifican su hediondez social porque no les gusta su trabajo, porque llevan los calzoncillos del revés, porque el Madrid ha vuelto a perder o porque Mari Puri le ha vuelto a dar calabazas. Anda y que les den por el orto a todos. Cada día os soporto menos. Cada día aguanto menos a la gente que responde con un gruñido a mis buenos días y a esos compañeros de trabajo con los que no puedo mantener una conversación civilizada y normal porque se ponen a berrear a la mínima (curiosamente, siempre con sus iguales o inferiores, nunca verás que se dirijan a gritos al director general: parece que su amargura es descendente y clasista).

Que os den, panda de biliosos cabrones. Me voy a forzar a ser borde: la próxima vez, no me bajo de la acera. Que se atrevan las señoras a tirarme al suelo de un bolsazo de Tous si quieren pasar.

NO TODO VA A SER FOLLAR

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No lo digo yo. Lo dice Javier Krahe:

No todo va a ser follar.
Ya follé el año pasado,
a la orillita del mar,
con una mujer simpar,
que luego me dio de lado.
Lo recuerdo algo tocado,
pero sin dramatizar.

Pues sí, la verdad, no todo va a ser follar. No soy un mojigato, líbreme el doctor López Ibor. He corrido lo que todos, y por un polvo he hecho las tonterías que ha hecho todo el mundo. Incluso algunas de propina. Sí, y de las que da vergüenza evocar luego, también. Como todo quisque (sin llegar a los extremos de un amiguete que, cuando sacaba la billetera para pagar en la barra de un bar, dejaba ostensiblemente a la vista su carné de periodista de TVE, porque decía que trabajar en la tele es un imán sexual. No sé si le funcionó la treta alguna vez. Sospecho que nunca). Pero me niego a darle trascendencia al asunto. Mis errores, fracasos y frutraciones las recuerdo algo tocado, pero sin dramatizar, como Krahe.

Me fatigan por igual los curitas que se escandalizan de que los protagonistas adolescentes de Física o Química follen como las bestias en celo que son (adolescencia obliga, ahí no le pongo peros a la verosimilitud de esa serie que no he visto, pero que me han contao) como los que aspiran a alcanzar una suerte de nirvana a través de la conjunción de fluidos. Reprimidos y liberados histriónicos me cansan por igual. Y no porque yo me sitúe en un imposible justo medio, sino porque creo que nuestra generación ha alcanzado -con los sudores de todas las que nos precedieron- un grado de desenfado y naturalidad en su vivencia del sexo que hace vacua cualquier retórica milenarista. Decimos a los exaltados: "Ay, chica/chico, respira. Muy bien, te has corrido, has disfrutado, te lo has pasado en grande. Ahora, recuéstate y échate un sueño, no nos comas la oreja con que has alcanzado estadios de etérea ingravidez, que te has comprendido místicamente a ti misma/mismo y al conjunto de la humanidad, ni que Maha Vishnu te ha tocado con la punta de sus deditos (no eran los suyos, eran los míos, y tenía las uñas un poco largas y me olían a ajo, querida)".

De verdad, folla y deja follar. Sin lecciones, sin ridiculeces new age, sin posthippismos. Me carga mucho la gente que organiza orgasmos colectivos internacionales y los que, al enseñarte su casa, presumen de su variada gama de penetradores anales de sex shop y reproducen en sus conversaciones diálogos calcados de Sexo en Nueva York.

El otro día vi Shortbus. Bueno, no la vi entera. Cuando faltaba un cuarto de hora sucumbí al sueño. Qué tostonazo. Es una peli de 2006 que causó mucho revuelo porque mostraba, de una forma nunca vista en el cine convencional, polvos explícitos, con sus pollas erectas y eyaculantes, sus penetraciones Black and Decker, sus coños esplendorosamente abiertos, depilados y sin depilar, y su no discriminación por géneros ni razas: chico-chica, chico-chico, chica-chica, chico-chico-chico, sándwich triple y pizza calzone. De todo. Un catálogo porno completo, pero sin la etiqueta porno. Con pretensiones de autor, vaya. No quería excitar nuestras gónadas, sino nuestras almas y nuestras meninges. Y yo soy algo frígido de meninges. Con menos que diez poemas selectos de Paul Valéry y una sinfonía de Mahler, no me pongo a tono. Y para que el espíritu se me ponga tieso y reventón de verdad necesito ya un Thomas Mann o un chute gordo de Ezra Pound. Con esta peli, no llegué a tener las neuronas ni siquiera levemente morcillonas.

El título, Shortbus, alude a un local neoyorquino (supongo que ficticio) del barrio de Williamsburg donde se da rienda suelta al folleteo. "Es como en los 60, pero sin esperanza", resume la madame del garito, en una de las pocas frases memorables de la peli.

Chapeau por la osadía de mostrar a actores follando de verdad, sin ejecutar esas torpes maniobras que el cine puritano ha convertido en canon, cuya torpeza se subraya con oportunos raccords y músicas que pasan a primer plano. Me parece estupendo: cuando la acción transcurre en un restaurante, los actores comen comida de verdad, no fingen masticar ni se llevan el tenedor vacío a la boca. Así que, cuando el guión dice que toca follar, ¿por qué han de follar de mentira? ¿Por qué no nos obligan a imaginarnos que comen, pero sí que tenemos que imaginarnos que follan? A mí me resulta mucho más escatológica y desagradable a la vista la masticación salivosa de un gángster gordo en primer plano que un polvo bonito y excitante. En ese sentido, si Shortbus contribuye a normalizar eso y a hacer pelis un poquito menos hipócritas (aunque los papás saquen a sus hijos de la sala tapándoles los ojos), habrá merecido la pena.

Lo que no tengo tan claro es que Shortbus tenga algo más aparte de eso. La trama se compone de varias historias cruzadas, que se encuentran en el garito de Williamsburg y tienen el sexo como eje. Pero el sexo problemático. El sexo jodido, si me permitís este torpe esbozo de paradoja. No es gente que disfrute follando. Es gente que lo pasa mal, y que, cuanto más folla, más sufre. Parece que no le dan importancia, que viven en una orgía feliz y constante, pero, como los payasos, lloran por dentro. Mientras la veía, me llegué a plantear si no habría una moralina subliminal, si en el fondo no estaría ante una parábola bíblica, ante la segunda destrucción de Sodoma y Gomorra.

Me daban ganas de levantarme y decir, con el maestro Krahe: hijos, que no todo va a ser follar. ¿Habéis probado a ir a un concierto de Leonard Cohen? ¿Habéis probado a iros de juerga con vuestros amigos de bar en bar y beberos hasta el agua de los tiestos y exaltar vuestra amistad? ¿Y una partidita de ajedrez en la tasca del barrio? ¿Y preparar una rica cena no afrodisíaca para vuestros suegros? ¿Y visitar la catedral de León, con sus legendarias gárgolas? ¿Y diez largos en la piscina cubierta? ¿Y acabar al fin la novela de la trilogía de Stieg Larsson que tenéis en el baño para amenizar vuestro momentito íntimo con Micralax? ¿Y chatear con vuestra colega de Argentina? ¿Y pillar billetes de Ryanair para ir a Londres con vuestros hermanos?

En definitiva: ¿habéis probado a vivir? A lo mejor -y sólo a lo mejor-, viviendo con despreocupación e intensidad no impostada, el sexo deja de ser ese embrollo enorme e insufrible. A lo mejor deja de ser ese momento trascendentalmente brutal para convertirse en algo divertido. En algo gozoso. Porque sólo lo que se vive con normalidad puede convertirse en extraordinario. Si esperamos el éxtasis divino en cada polvo, viviremos decepcionados y falseados. Nada será realmente bueno. Nada merecerá la pena nunca. Todo será triste y frustrante: tu vida será como una canción de Enya reproducida en modo repeat. Venga, todos con Krahe:

También habrá que comprarse unos calcetines,
y habrá también que regar esos cuatro tiestos.

No todo va a ser follar, no todo va a ser follar.

Habrá que documentarse sobre los delfines,
y habrá también que firmar
-no todo va a ser follar-
muchos manifiestos.

No todo va a ser follar.

También habrá que invitar a una barbacoa,
y habrá también que acercarse hasta el quinto pino.

No todo va a ser follar, no todo va a ser follar.

Habrá que intentar cruzar Núñez de Balboa,
y habrá que ir a consultar
-no todo va a ser follar-
a un buen otorrino.

También habrá que admirar a la Mona Chita,
y habrá también que jugar a pares o nones.

No todo va a ser follar, no todo va a ser follar.

Pues eso, y si queréis el resto de la canción, en YouTube está.

Foto: fotograma de Shortbus.

DESTINOS CRISTIANOS

Dicen que el pobre Cristiano Ronaldo ha tenido que huir de Madrid, cual diputado de la CEDA el 18 de julio de 1936, por el acoso al que le somete la prensa rosa. Dicen que se ha ido a Lisboa, a respirar un poco. Mal. Lisboa está muy cerca. Yo le recomiendo otros lugares para escapar de las uñas de la Patiño:

Tegucigalpa, capital de Honduras.

Urumqi, capital de la provincia china de Xingiang.

Teherán, capital de Irán.

Si le gusta más el rollo rural, que se busque una casita rural en Darfur o en Somalia, donde dicen que hay cruceros piratas muy majetes.

Hale, Cristiano, no dirás que no te damos ideas. En casi todos esos sitios hay toque de queda, así que podrás dormir a gusto toda la noche y coger fuerzas para esa dura temporada que te espera. Si vuelves, claro.

LA CHICA DE LA FOTO

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Óscar Sipán y yo compartimos la sana creencia de que detrás de cada esquina hay una historia, de que cada rellano de escalera de vecinos esconde un cuento, y de que en cada edificio hay un novelón. También hay cuentos en papeles olvidados en desvanes, en cajas de cartón mohosas y en búsquedas aleatorias de Google. Por eso sé que a Óscar le va a encantar esta historia, si no la conoce ya, porque se parece mucho a las suyas.

Mirad esta foto. Es famosa. La hizo Eugene Smith y se titula The Wake (El velatorio). Forma parte de un reportaje que realizó en 1951 titulado A Spanish Village. Está tomada en Deleitosa, Cáceres, y es, obviamente, un entierro: las nietas enlutadas llorando a su abuelo. Cuando se publicó en Estados Unidos, en la revista Life, un joven californiano se enamoró de la chica del centro, Josefa Larra. Se enamoró perdidamente. Escribió al alcalde de Deleitosa preguntándole por las señas de Josefa, las consiguió, y empezó a mandarle encendidas cartas de amor.

Las hermanas de Josefa -que tenía novio- y el pueblo entero la presionaron para que aceptara a su galán yanqui. Lo veían como una oportunidad irrepetible para salir de la miseria. Pero Josefa no aceptó. Recibió cartas, postales y fotos durante años, y mantuvo una correspondencia fría con el chico, pero no se dejó tentar.

Acabo de ver a Josefa contándolo, con las cartas de su enamorado en la mano, tantos años después, en un documental de 30 minuts, en TV3, el mejor programa de reportajes que se hace en España. Los chicos de 30 minuts han vuelto a Deleitosa a hablar con los protagonistas de las fotos de Eugene Smith, arañando, como si fueran un gramófono, los dolorosos surcos de la memoria. Les ha quedado un reportaje magnífico, de los que dan envidia. De los que ya apenas se ven. Periodismo del bueno, del que se preocupa por contar una historia respetando y mimando a sus protagonistas, dejando que fluya y que condicione la forma final del trabajo, sin a prioris, sin prejuicios, sin demostrar tesis de parvulario.

Hoy, Josefa sigue sin arrepentirse de su decisión. "Ay, chica, ¿qué se me había perdido a mí en California?", le dice riendo a su hermana, que a su vez sigue convencida de que debería haber aceptado la proposición del americano. "La de sufrimientos que nos hubieras ahorrado...", le reprocha, también entre risas.

Pueden salir varios cuentos de este material: el cuento del chaval que se enamora; el cuento de la chica cuya vida se descompone al recibir un inesperado acoso transoceánico; el cuento de un pueblo mísero que quiere los millones del potentado californiano. Y puede salir alguno más. Basta con cambiar ligeramente el foco de la cámara para que la historia cambie y se convierta en una nueva.

COMERRANAS

Leo en Las vírgenes sabias, de Leonard Woolf, escrita hace cerca de cien años:

El lugar en el que se vive debe ser cómodo, eso ante todo. La gente debe dejarte a tu aire (...). La comida debe ser apetitosa. La gente debe hablarte en un idioma que entiendas. Supongo, mi querida Milla, que Londres es el único lugar que se encuentra adecuadamente acondicionado para todos esos menesteres. Todo esto, por supuesto, sería imposible en Alemania; los alemanes son gente difícil de soportar. En Francia está el problema de la comida, que siempre le amarga a uno la digestión. Y en Italia ocurre lo mismo, solo que allí a uno estas cosas le afectan de manera diferente. Y, por supuesto, las lenguas extranjeras son sencillamente inaguantables.

Se lo leo a Cris, y me dice: "Sólo un francés podría escribir algo parecido, hablando de la comida inglesa y del resto de las naciones". Es cierto. Hay países que se hermanan en el desprecio a los bárbaros. Y en el desprecio mutuo. Se han despreciado tanto los unos a los otros que acaban pareciéndose un montón.

Durante mucho tiempo, los ingleses han considerado que los franceses eran repugnantes a la hora de comer. Tiene cojones que unos tíos que meriendan sándwiches de pepino y que tienen al roast-beef, que no deja de ser un trozo de carne maltratado, el primo tonto de un asado en condiciones, tengan esa opinión del país donde mejor se come del mundo (y luego desarrollaré este axioma que no debería merecer discusión, pero que seguro que alguien me viene con Arzak, con Adrià y con la cocina mediterránea, como si la francesa no tuviera también su parte mediterránea).

Parece una humorada, pero así son las cosas. De hecho, durante mucho tiempo a los franceses se les llamó frogeaters. Literalmente, comerranas. Porque servían en sus restaurantes ancas de ídem, algo que a los ingleses les parecía sumamente repugnante. Pero no sólo les asqueaban las ancas. Les costó acostumbrarse a la deliciosa y sádica costumbre de hipertrofiar hígados de oca y, por lo general, consideraban que la cocina tradicional gabacha, llena de salsas gordas y ricas en grasas, era demasiado pesada e indigesta para el frugal paladar de un caballero inglés (sí, esos que desayunan medio kilo de bacon rezumante de grasaza de la sartén).

Es verdad que es una de las críticas más unánimes que se le ha hecho a la haute cuisine tradicional: esas holandesas, esas espesísimas salsas al roquefort, esas carnes irreconocibles después de haber sido anegadas en litros de nata, mantequilla y huevos... Pero, aun así, a pesar de que ni los estómagos más resistentes podían digerir aquello sin un buen espolvoreado de bicarbonato, la cocina francesa ha sido y sigue siendo la mejor. Mejor que la española. Sin duda. Como en Francia, no se come en ningún sitio.

Porque los franceses son sincréticos. Francia es el Caribe de Europa -sin su gracia, sin sus playas e, iba a decir, sin sus dictadorzuelos, pero viendo a Sarkozy...-, en el sentido de que allí se cruzan y se mezclan todas las corrientes del continente. Y la gastronomía es una de las manifestaciones culturales más permeables a la polución extranjera, la que primero y con más alegría incorpora a su espíritu los vientos del mundo. Por eso, en Francia se mezclan las tradiciones más puramente continentales, las que vienen de Germania, del norte y del este de Europa, con las meridionales y mediterráneas (mediterráneas que entreveran su legado romano con el moruno).

Por supuesto, hay muchas cocinas francesas, como hay muchas españolas. El estándar clásico se perdió hace mucho, y ahora a los gabachos les gusta destacar sus maravillas regionales. Nada tiene que ver la sencilla y calórica gastronomía bretona con la barroca y delicada de Occitania, prima hermana de la catalana. Hay dos territorios en Francia: el territorio mantequilla y el territorio aceite de oliva, que parten el país en norte y sur. Este último ha ganado mucho predicamento en los últimos años, ya no es una rareza, ya forma parte del canon francés. Recuerdo los primeros viajes a Francia, cuando cargábamos el maletero del coche con garrafas de aceite de oliva porque allí se vendía a precio de oro y nuestra familia -que se había aficionado a él en los viajes a España- no podía comprarlo. Hoy es asequible. O, al menos, ya no es prohibitivo, y se puede encontrar en cualquier sitio del país.

A los ingleses, todos lo sabemos, les ha salvado la Commonwealth. Les ha salvado, una vez más, el Imperio. O sus rescoldos. Gracias a la cocina que viene de sus antiguas colonias y protectorados, Londres se ha convertido en paraíso de gourmets. En las casas seguirán comiendo mierda, pero en Londres, con una tarjeta de crédito a mano -no es barato, para qué engañarse- no hay capricho, por exquisito que sea, que un morroputa no pueda darse.

Pero, para los viejos, los franceses siguen siendo unos comerranas. Por algo serán tan odiados.

En un episodio de Los Simpson, el archimalvado Hank Scorpio está apuntando dos cabezas de misiles hacia Europa, y le preguna a Hommer, para decidirse por su objetivo:

-¿Cuál es tu país menos favorito, Italia o Francia?

-Francia.

-Je, je. Ni uno dice Italia -se regodea Scorpio.

Pos eso.

MATERIALISMO HISTÓRICO

Empiezo a subirme por las paredes. Metafóricamente, porque con las muletas no llego ni a la cocina. Pero me he asomado a abismos que nunca pensé que existirían. Tíos, he visto... ¡el horror! El de verdad, no la mierda de El corazón de las tinieblas.

He visto la programación matinal de Aragón Televisión.

He visto partes del Diario de Antena 3.

Y el otro día me tragué diez minutos de Navy: investigación criminal y cinco de Elígeme, con Carlos Baute.

No sé si saldré cuerdo de esta prueba que me ha impuesto el destino.

También leo mucho, y eso me consuela, pero controlo la duración de las sesiones lectoras, porque me empiezo a parecer a un preso político y adopto roles de tal. El otro día, la novela inglesa de Leonard Woolf que estaba leyendo se convirtió de repente en un ensayo político de Antonio Gramsci. Los cínicos jóvenes que holgaban en los pubs de Oxford Street bromeando a lo Oscar Wilde se convirtieron en Carlos Marx y su yerno, Paul Lafargue, de camino a la British Library discutiendo sobre el proceso de acumulación primigenia del capital. Arrojé el libro a una esquina del salón, asustado por su heterodoxa visión del materialismo histórico. Temí que me lo pillaran los compañeros de partido de la celda de al lado y me obligaran a hacer autocrítica. Tengo otros vicios de preso: le suplico a Cris que me traiga periódicos y los cojo ansioso y hambriento. Me leo hasta las esquelas y las cotizaciones de la bolsa, apurando la letra para que no se acabe la lectura.

También he empezado a escribir un cuento, pero me lo tomo con calma.

Por suerte, la caja tonta me regala algún que otro momento esplendoroso con el que limar mi tedio. Este que os pongo aquí, sin ir más lejos. Aguantad, por favor, hasta el minuto 3,30. Merece la pena.

 

Es la serie de Callejeros Viajeros (¿he dicho ya que me encanta Callejeros, que es de lo mejorcito que le ha pasado a la tele española en muchos años?), que esta semana ofrecía un recorrido por Dubai, uno de los lugares más demenciales y decadentes que se pueden visitar en el mundo -estoy deseando verlo-. Allí nos presentan a estas dos pedazo de pijas millonetis, que sospechamos esposas o familiares de constructores locales, que sueltan estas perlas:

Pija mayor: Éste es mi coche (es un Hummer).

Reportera: Pedazo de coche, ¿no?

Pija mayor: Sí, está muy bien, porque no hay nadie que te pueda atacar. Todos estos mosquitos muertos que conducen fatal...

Pija menor (De un jardinero que cobra 200 euros al mes): Son encantadores. Sólo ves sonrisas.

Cuando la reportera les dice, asustada: "¿Cobra menos de 200 euros al mes?", ellas responden, con la mejor de sus sonrisas: "Éste es un tema delicado de hablar".

En una obra que suponemos que es suya o de sus maridos:

Les presentan a los obreros y la reportera empieza a hacerles preguntas, las normales y consecuentes en una reportera. Hasta que llega a esta:

Reportera: ¿Cuánto cobráis al mes?

Pija mayor (cortante): No, no, no, no se puede eso.

Reportera: ¿Por qué es tan tabú el tema del sueldo?

Pija menor: Todo el mundo sabe lo que hay en Dubai. No levantas una ciudad así, en dos días, sin buena mano de obra.

Glorioso, sensacional, fantástico. De lo mejor que he visto en la tele en mucho tiempo. Alucino con que las dos pijas se hayan dejado retratar así. O les sobra cinismo o les falta riego cerebral.

Me arrastro con las muletas hasta el rincón donde he tirado el libro de Gramsci. Después de ver el reportaje de Callejeros pienso que quizá el viejo italiano no iba tan desencaminado. Quizá sea hora de montar otro asalto al Palacio de Invierno. O al palacio del jeque de Dubai. Pero cuando recojo el volumen, se ha vuelto a transformar en la novelita inglesa de Leonard Woolf, y los alegres señoritos vuelven a bromear con sus pintas en los pubs de caballeros de Oxford Street.

Quizá sea mejor así.

INSATISFACTION

Estoy enclaustrado en casa. Anoche me torcí el tobillo de la forma más tonta -Rondabandarra fue testigo, pues venía de tomarme unas pintas con él- y ahora tengo un esguince estupendo. Me ha salido un huevo en lo que antes era mi tobillo izquierdo, y sospecho que a medianoche eclosionará y de él surgirá un adorable mowai. Como no podré resistirme a darle de comer, del mowai emergerán cientos de gremlins que sumirán la ciudad entera en el caos y la destrucción, obligando al Teatro Principal a suspender el concierto de Víctor Manuel que tenían programado para dentro de poco, para alborozo de toda la gente de bien.

Como podéis comprobar, también estoy drogado. Antiinflamatorios y calmantes. Lo único bueno de esta situación. A ver si logro que me receten algo más lisérgico, pero este colocón ya me va bien. No me veo el huevo del tobillo porque llevo la pierna vendada, y Cris me ha conseguido una muleta con la que todavía no me manejo, pero que me ha servido para abandonar por un rato el sofá del salón y venirme a escribir un poco aquí.

Llevo semanas piando por un par de días de reposo para leer, ver pelis y holgazanear. Los tenía, estoy en mi día de fiesta, y lo estoy empleando más o menos en lo que quería emplearlo. Pero ahora que no me queda más remedio que someterme a esta disciplina de prisionero, lo que más deseo es salir a la calle y apuntarme a un curso de perreo reguetonero.

Cosas que me apetecen -y que nunca se me habían pasado por la cabeza- y que no puedo hacer en mi estado:

-Probarme todos los zapatos de tres zapaterías pijas y no comprar ninguno.

-Patinar por las riberas del Ebro.

-Jugar un partido de fútbol sala y hacer una guerra de toallas en los vestuarios con mis compañeros.

-Descender por un barranco de la sierra de Guara.

-Volver a probarme todos los zapatos de las mismas zapaterías de antes, para probar la paciencia de los dependientes.

-Correr en pos de un sueño imposible.

-Bailar un fox trot en Harlem con una niña de papá que se haya fugado de su casa para huir del matrimonio de conveniencia que su padre, un rico terrateniente, le ha apañado con un abogado de Macon, Georgia.

-Conducir un tráiler cargado de desechos radiactivos desde Oslo hasta Tánger, recogiendo autoestopistas por el camino y fumando un montón de porros.

-Embarcarme de grumete en un mercante que vaya a Singapur por las costas de Somalia y dejarme apresar por los piratas.

Hay tantas y tantas cosas que quisiera hacer y no puedo... Me quedaré en mi sofá, con un montón de libros que ayer rabiaba por leer y que hoy, inexplicablemente, prendería fuego en una hoguera.

En fin, cojo la muleta y me vuelvo al salón. No le digáis a Cris que he venido al ordenador a escribir, que me había prohibido pasearme por la casa.

LA CORRUPCIÓN NO PASA FACTURA

Dicen por ahí, en esos análisis de las apasionantes y vibrantosas elecciones que acaban de pasarnos por encima, que la corrupción no pasa factura al PP. Que aunque manguen -y se sepa que mangan-, la gente sigue votándoles, y los tíos, encima, ganan.

Pues anda, pues mira, pues claro.

¿Cómo va a pasar factura el mangoneo en un país de aspirantes a mangantes? Hay un montón de conductas choriceras habituales entre los españoles que no se ven en otros países "desarrollados" (poned más comillas a esto último si queréis).

En el país de la gente que aparca en doble y triple fila, de los tíos que acusan de "afán recaudatorio" al ayuntamiento que les pone multas, de los conductores que canjean y venden puntos del carné de conducir, de los tenderos que aprovecharon un cambio de moneda para doblar los precios, de los autónomos que ingresan más dinero en B que con factura, de los trepas que pían qué hay de lo mío en ministerios y consejerías, de la gente que se empadrona en el pueblo de su primo cuarto para que le den una beca o una subvención, de los padres que mienten para conseguir plaza para su hijo en un colegio, de los funcionarios que fichan a las 9 y a las 9 y 5 ya están apoltronados en el bar con el Marca y el carajillo, del usted no sabe con quién está hablando y de los taxistas que cogen a japoneses en Barajas y les dan vueltas a la M-30 toda la mañana, hasta que el japonés musita en inglés, cuando el taxímetro ya marca 60 euros, que cómo es posible que haya ocho Pirulís en Madrid y que todos parezcan iguales, mientras busca una explicación en las páginas de su Lonely Planet.

Hace poco tuvieron que arreglar todo el tejado de mi casa, en una obra que nos ha costado un riñón. Porque un presidente anterior encargó un retejado a unos chapuzas que cobraban baratito. Lo primero que oí gritar a los obreros cuando empezaron el nuevo arreglo y me despertaron a las 8 de la mañana fue: "¡Joder, pero si están todas las tejas puestas al revés! ¡Hay que cambiarlas todas!".

Parecerán minucias, pero tanto en el trapicheo más cotidiano como en el delito urbanístico más gordo subyace lo mismo: el desprecio supino a los otros, una ausencia escandalosa de espíritu comunitario, un ande yo caliente y un el que venga detrás, que arree. Y, sobre todo, una ignorancia absoluta de lo que significa el espacio público y convivir en él. Cada vez que alguien hace algo de lo enumerado arriba, es como si nos escupiera a todos los demás.

Y en un país de escupidores, el que escupe más lejos tiene que ser admirado por fuerza.

FIESTA DE FIN DE ESCRITURA

Exhausto. Derrotado. Hecho astillas.

Acabo de poner el punto y final, después de dos grandes pulidos, a un manuscrito que creo que voy a entregar a la editorial el jueves (se va a cagar el editor, no sabe el lío en el que voy a meterle, aunque creo que algo se huele). En principio, saldrá publicado en otoño, si la editorial no se arruga o no quiebra en el interín, que con la crisis nunca se sabe (intento tocar madera, pero sólo tengo conglomerado a mano). Queda todavía mucho trabajo, pues es un libro con fotografías. He seleccionado 52 y ahora tengo que negociar con el editor cómo las metemos. Habrá que pedir derechos, suplicar cesiones y demás, pero no me preocupa. Son asuntos menores, entretenidos incluso. La parte gorda e imponente del trabajo está hecha. Al fin.

Creia que me iba a sentir más aliviado y feliz al dar por concluida una tarea que me ha llevado años, pero sólo noto cansancio. Estoy solo en la madrugada, con las ventanas abiertas, escuchando el mínimo tráfico nocturno. C. duerme. La situación no invita a la euforia. No tengo a nadie con quien brindar, quizá por eso no me siento celebrativo.

Ojalá pudiera hacer como los directores de cine, una fiesta de fin de rodaje. ¿Por qué no se hacen fiestas de fin de escritura? Me encantaría convertir en confeti la copia impresa llena de manchones y anotaciones al margen. La copia real está en el disco duro, no se perdería nada.

No, será mejor que no haga confeti con ella. La echaré al contenedor de papel. Es más cívico, y yo empiezo a tener edad de hacer cosas cívicas.

Me han pedido una entrevista vía mail para un portal literario de internet y la semana pasada me pidieron un cuento de Malas influencias para una revista (también literaria) digital francesa. Cuando salgan ambas cosas os avisaré.

Ahora, con vuestro permiso, me voy a hacer un Cola-cao con magdalenas. O un whisky con hielo. No sé qué me apetece más.

BARBAS A REMOJO

Me escaman las cuatro páginas de John Carlin publicadas en el encarte dominical de El País sobre el negro o nulo futuro de la prensa de papel. Primero, porque, con estar bien planteadas, no ofrecen nada que no sepamos ya, y segundo, porque El País lleva unos meses dándole mucha bola al apocalíptico fin de la prensa de papel. ¿Es que no se han enterado de que no se nombra la soga en la casa del ahorcado? ¿A qué viene tanto despliegue?

Quizá, pienso yo, que siempre pienso mal, viene a que hace poco pidieron a sus trabajadores que se bajaran el sueldo y los trabajadores, como es lógico, les dijeron que se lo bajaran los Polancos, que no son un dúo cómico.

Quizá porque cuando la redacción se declaró en huelga como protesta por el desmembramiento de la parte comercial de la empresa, la dirección publicó los salarios de los redactores en el periódico, dando a entender que eran una casta de privilegiados con nóminas abultadísimas que no merecían la solidaridad obrera de los lectores.

Quizá porque el grupo Prisa hace aguas por una serie de inversiones desastrosas, que incluyen el montaje de un canal de televisión en abierto que no genera publicidad ni espectadores, por la ruina caracolera de Digital Plus y por la pérdida del monopolio futbolístico. Y quizá -solo quizá- les viene muy bien la crisis de la prensa y mentar el lobo de su desaparición para echar sobre los hombros de los currelas de El País un marrón generado por una gestión nefasta.

No sé, a lo mejor es que leo demasiado entre líneas, pero las empresas suelen aplicar a rajatabla el dicho de no mentar la cuerda en la casa del ahorcado. ¿Se imaginan ustedes a Botín dirigiéndose a sus empleados y a sus clientes -sobre todo, a sus clientes- con el gesto descompuesto y gritando "sálvese quien pueda, la banca se hunde"? Aunque se hunda de verdad, jamás lo reconocerá abiertamente.

¿Por qué ese empeño de El País, sin igual en la prensa patria, por recordarnos a todos los periodistas del ramo que los días que nos quedan son una cuenta atrás? No hace ni un año que Prisa vendía un discurso "global", rimbombante y triunfalista, que iba a regenerar el lenguaje periodístico y llevarlo a cimas nunca vistas. Y ahora, a pelar las barbas previamente remojadas.

No nos engañemos: la cosa está muy malita. La prensa atraviesa un momento muy jodido y los que trabajamos en ella vivimos horas bajas. Todos. La desorientación y el mal rollo abundan cada vez más, conforme crece la desazón en los despachos directivos. Las curvas de ventas y de anunciantes no hacen más que bajar y nadie parece saber cómo parar la sangría. Y sin ingresos publicitarios, el chiringuito no se sostiene. Eso lo sabe Rupert Murdoch y lo sabe una tía mía que está sorda y no sale de casa. Así que claro que estamos preocupados. ¿A quién no le preocupa su sueldo?

Desde luego, maniobras trapaceras como las de El País no ayudan a que se encuentren soluciones. Y a mí, qué quieren que les diga, mientras me dejen, me gustaría seguir ganándome el pan con lo único que sé hacer bien en esta vida.

Me gustaría plantear más cosas en este debate, pero entiendo que, siendo parte interesada, no estoy en posición de hacerlo con honestidad. Solo puedo intervenir en términos generales, teóricos, hipotéticos y lejanos, hablando siempre de lo que les pasa a los demás, porque, obviamente, por elegancia, lealtad y sentido común, no voy a hablar aquí ni en ningún otro foro público de cosas de la empresa donde trabajo, o de asuntos y situaciones que la conciernan directamente.

Así que, una vez planteado este post, me inhibo en este tema. Me recuso a mí mismo, me aplico el régimen de incompatibilidades. Cremallera. 

LA CIUDAD PIXELADA 1: HAY VACÍOS QUE SOLO SE LLENAN CON VACÍO

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Os cuelgo aquí la primera entrega de La ciudad pixelada, publicada el pasado domingo, con ilustración del genial Álvaro Ortiz. A ver si mantengo el tipo con esta serie de artículos. También he actualizado De reojo, que lo tengo abandonado. La semana que viene habrá más sorpresas. Si todo va bien, estrenaré un proyecto interesante que me han encargado desde las altas esferas de este minúsculo mundo periodístico.

"Para mí, vacío", dice mi amigo mientras arranca despacito la etiqueta del botellín de Quilmes. Yo también lo quiero. Nunca me aclaro del todo con los cortes de la carne argentina. Me cuesta distinguir el asado de tira del bife de chorizo. No recuerdo cómo es ese corte en concreto, pero pedir un vacío me parece una estupidez poética sublime. Un vacío para llenar el vacío de mi estómago. Me apunto.

Estamos en Madrid. Yo tengo antojo de comer en un argentino, y quiero invitar a mi amigo en La Vaquita Argentina, un local de una de esas cadenas refinadas, caras y asépticas, pero mi acompañante prefiere llevarme a un sitio más ’auténtico’ (sea lo que sea eso), y acabamos en una pequeña taberna de Malasaña donde solo sirven carne y empanadas. Y panqueques con dulce de leche para el postre. Sin tonterías.

Pronto me doy cuenta de que somos los únicos españoles entre los comensales. En las mesas que nos circundan se van sentando gritones y alegres argentinos. Amigos que se palmotean la espalda, que se cuentan chistes verdes y que se quejan del maldito ’laburo’. O de su ausencia.

El vacío de mi plato se va llenando de morriña, de una morriña insoportablemente dulce. Mi amigo y yo estamos fuera de lugar, hemos ido a caer en un sitio pensado exclusivamente para que los argentinos lloren por su lejana y abandonada patria. Allí somos un mal menor, unos clientes bienvenidos por su plata, pero que, en el fondo, sobran. Me siento atrapado en una estrofa de ’Suspiros de España’, versión Cono Sur. Es decir: en un tango gardeliano.

Qué desilusión. Yo creo en la mezcla, en el batiburrillo, en la confusión. Me gusta diluirme en la marejada mestiza que ha cambiado este país en los últimos veinte años. Pero voy descubriendo que muchos de estos sitios, lejos de ser una fuente de polución cultural, son reductos de pureza, pequeños templos donde se veneran las esencias de cada patria, sin que importen las demás.

Me quiero convencer de que si yo viviera lejos, a miles de kilómetros de aquí, no me dejaría tentar por tascas españolas. Ni siquiera aragonesas. Quiero creer que no recorrería los barrios de Nueva York, de París o de Kuala Lumpur en busca de un plato de jamón de Teruel, como un yonqui aterido de morriña. Quiero creer que haría de mi nuevo país mi único país realmente existente, sin lastres de nostalgias. Pero supongo que es difícil. Muy difícil.

Pienso en nuestra doble moral. Por un lado, exigimos a los inmigrantes que se integren sin matices, que deserten del todo de su tribu y asuman los colores y las armas de la nuestra. Solo así podrán adquirir el pleno derecho a ser tratados como unos de los nuestros. Pero, al mismo tiempo, instamos a aquellos de los nuestros que tratan de integrarse en otras tribus a que mantengan fuertes e incorruptibles sus vínculos con la casa madre.

Los medios aragoneses nos fijamos mucho en lo que hace nuestra gente repartida por el mundo mundial. Les dedicamos reportajes y programas y les pedimos que exhiban sin pudor su morriña. No queremos verles integrados en Alaska ni convertidos en felices micronésicos. Queremos oírles cantar jotas en un acantilado de Nueva Zelanda y ver cómo se zampan unas buenas migas con longaniza de Graus en sus casas de Shangai.

Me termino mi vacío y me siento lleno. Ojalá todas las ausencias y distancias fueran tan fáciles de curar.

07/05/2009 17:54 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Intrascendencias No hay comentarios. Comentar.

¿ME PUEDO DESFACEBOOKIZAR?

Me apunté a Facebook, sí, lo reconozco, caí. Pero como tengo propensión a las adicciones y un carácter obsesivo y compulsivo, he decidido pasar del tema, no me vaya a enganchar y acabe en una espiral de destrucción electrónica. No lo he usado nunca. De verdad. Ni siquiera he colgado una foto ni he escrito un perfil. Me he limitado a abrir la cuenta y a aceptar todas las proposiciones de amistad que me hacían, cual zorra sedienta que se tira al primero que le echa una miradita.

Aun así, pese a mi nula actividad, ahora mismo tengo 61 amigos. Personalmente, sólo conoceré a diez o doce. Otros me suenan de otras vidas y otros bares, pero a la mayoría juro que no los conozco. Por estas. No sé quién es Ben Clark, ni Buba Lu, ni Nacho Montoto, ni Marcus Versus. O a lo mejor sí que lo sé, pero les he olvidado. Lo siento, el alcohol ha destruido muchas de mis neuronas, no te tomes a mal que no te recuerde.

Todos los días me invitan a mil eventos, me invitan a unirme a grupos como "Yo no iré al concierto de Rosana" o "Todos con el CAI Zaragoza". ¿Todos? Yo no. Por mí, que le den bien dado al CAI. Y a Rosana. Y a los que no van al concierto de Rosana.

Cada mañana, abro el correo y me encuentro no menos de diez mensajes relacionados con una cuenta de Facebook que no uso. Quiero darme de baja, pero siento que sería una descortesía para la gente que me manda mensajes a través de la red social y que me pide cosas en ella. De verdad, lo lamento, yo sigo anclado en el mail y en el chat del Gmail. No me pidáis que pase de ahí: no tengo tiempo ni paciencia. Os agradezco mucho que me agreguéis como amigo y tal, y siento ser una presencia hueca y fantasmal en Facebook, un tipo borde que nunca responde a nada, pero es que me da una pereza horrible.

Dejaré a mi fantasma registrado en Facebook, pero recordad que no soy yo, es sólo éter. Yo estoy aquí. Y aquí espero seguir, mientras me dejen.

BELLEZA REAL

Hace unos años, la marca de jabones Dove empezó sus campañas "por la belleza real". Dejaron de usar a modelazos para sus anuncios y reclutaron a chicas normales que enseñaban sus carnes desprejuiciadas. La cosa ha tenido tanto éxito y ha crecido tanto que hasta han creado una fundación, la Fundación Dove para la Autoestima (sic, sic y mil veces sic). En su texto de presentación se lee:

Debido a la influencia de algunos medios y de la sociedad, las mujeres y adolescentes de todo el mundo quieren ser más delgadas, más altas, más rubias, con más pecho. Descubre cómo la Fundación Dove para la Autoestima está ayudando a las mujeres a superar los complejos que perjudican su salud, afrontando la belleza desde una nueva perspectiva.

¿Afrontando la belleza desde una nueva perspectiva?

Picasso afrontó la belleza desde una nueva perspectiva.

Munch afrontó la belleza desde una nueva perspectiva.

Baudelaire afrontó la belleza desde una nueva perspectiva.

Sigo leyendo:

La Fundación Dove para la Autoestima se ha creado para apoyar diversas iniciativas que ayuden a educar e inspirar a las mujeres y adolescentes en una definición más amplia de la belleza.

Estupendo. ¿Van a poner a las "jovencitas" (así las llaman, los muy victorianos) a estudiar a fondo Las señoritas de la calle Aviñón? ¿Desentrañarán el ansia palpitante de Las flores del mal? ¿Descubrirán el tormento expresionista de El grito?

Más bien, no. La Fundación Dove para la Autoestima (lo siento, no puedo escribirlo sin que me dé la risa) organiza un taller llamado Body talk. Leo en qué consiste:

Con la ayuda de la Fundación Dove para la Autoestima, EDA ha desarrollado en el Reino Unido un taller, llamado BodyTalk, diseñado para ayudar a los adolescentes a entender y enfrentarse a los sentimientos sobre su apariencia física, y para que entiendan cómo las imágenes “ideales” de belleza son creadas.

Bueno, hasta aquí he llegado. No aguanto más.

Propongo a la Fundación Dove para la Autoestima una variante, un campo nuevo para trabajar con esos pobres y desgraciados adolescentes. Les expongo mis ideas:

Debido a la influencia de algunos medios y de la sociedad, los hombres, las mujeres y adolescentes de todo el mundo quieren comprender la composición de la materia oscura, ganar el premio Nobel de Matemáticas (si es que existe), resolver millones de sudokus sin equivocarse y llevarse el bote gordo del Pasapalabra. Descubre cómo la Fundación Dove para la Autoestima está ayudando a los hombres y a las mujeres a superar los complejos que perjudican su salud mental, afrontando la inteligencia desde una nueva perspectiva.

La Fundación Dove para la Autoestima se ha creado para apoyar diversas iniciativas que ayuden a educar e inspirar a los hombres, las mujeres y adolescentes en una definición más amplia de la inteligencia.

Con la ayuda de la Fundación Dove para la Autoestima, EDA ha desarrollado en el Reino Unido un taller, llamado Mind Talk, diseñado para ayudar a los adolescentes a entender y enfrentarse a los sentimientos sobre su capacidad cognoscitiva, y para que entiendan cómo las imágenes “ideales” de inteligencia son creadas.

En otras palabras: no tienes por qué esforzarte por ser más listo. Hay todo un mundo de politonos, talleres de tunning, diarios deportivos, porno casero y violencia neonazi en el que tu lenta y enmarañada masa encefálica encontrará buen acomodo. No sufras: esa gente de los concursos de la tele, de las páginas de Revista de Occidente y del programa de Punset no existe en realidad. Están ahí para acomplejarte, para hacerte ver que eres un miserable y para que te gastes el sueldo en complejos vitamínicos y en cursos para aprender inglés con mil palabras. Los que se ríen con Faemino y Cansado fingen en realidad: ellos tampoco entienden esos chistes. Y, por supuesto, tu cuñado no ha leído los tochos esos que tiene en el salón. Están expuestos para apabullarte, nada más.

Ven a la Fundación Dove para la Autoestima y encontrarás tu sitio. Verás que hay gente tan lerda y zopenca como tú, y que se sienten orgullosos de serlo.

Señores de Dove: la belleza -como la inteligencia, o como la caries, o como los arcos de medio punto romanos- existe. Las imágenes "ideales" de belleza no son creadas. Hay cosas y seres bellos. Por supuesto, hay mucha intersubjetividad en su percepción. Es un tema apasionante, y los filósofos y los poetas llevan siglos y siglos dándole vueltas. Pero, ¿saben qué? Por más que discutamos, jamás podremos obviar que hay tipas y tipos que nos dejan sin sentido. Hay bellezones por los que quemaríamos nuestras naves, y las erecciones y humedades que provocan a su paso son reales, no son fruto de una conspiración de Margaret Astor para vender más pintalabios. De la misma forma que hay mentes maravillosas, capaces de llegar a donde los demás no llegamos.

Premiamos a los bellos y a los listos. Sí. Pues claro. Faltaría más. ¿Que no se lo han currado, que les venía de serie en los genes? Pues mejor para ellos. No admiramos el mérito: no me interesa cómo algo ha llegado a ser bello, me interesa su belleza en sí.

Por la belleza real. ¡Es que no hay otra! Lo feo no es bello, aunque, con cierta luz, en ciertos bares y con cierta cantidad de alcohol en sangre, a veces, pueda parecerlo. Pero no mientan a las chicas. No les digan que la belleza del cine y los anuncios es irreal porque no es cierto: hay bellezones, hay personas de una belleza deslumbrante, cegadora, hipnótica. Son pocos, por eso están tan cotizados. En la multitud triunfa el gris, lo que no es ni bello ni feo. Pero haberlos, haylos.

Y yo no sé a los demás, pero a mí me gusta ver cuerpos bellos. De las celulíticas de los anuncios de Dove, paso.

Otra cosa es que, como dice Don Draper en Mad Men: "El amor es algo que inventamos en Madison Avenue para vender anillos de diamantes". Pero ese es otro debate. No confundamos.

LA CIUDAD PIXELADA

Ando algo saturado, pero muy contento. En mi mesa de trabajo hay un tocho imponente de más de 200 folios que se supone que en otoño tiene que cobrar forma de libro con fotografías. Me tengo que poner, rotulador en mano, a cincelar sus páginas en bruto y a hacer de aquello una obra que pueda leerse sin rubor. Espero tener una primera versión "legible" para la semana que viene, antes de que la editorial me seccione el escroto por tardón. Yo, que soy un vago encerrado en el cuerpo de un currito stajanovista, bostezo de solo pensarlo. El cuerpo me pide irme de botellón a las riberas del Ebro (este mediodía, después de comer un sushi más que excelso en el Sakura del Actur, he paseado por Macanaz y he estado cerca de emocionarme: ¿esto es Zaragoza, de verdad? Qué acogedor es ese sitio, inhóspito hasta hace un año, qué maravilla de paseo), pero prometo hacer antes los deberes. Además, quiero acabar con esa obra ya, porque me rondan por la cabeza otras historias que no puedo emprender hasta que no termine esta. Tengo dos candidatos para pedirles un pequeño prólogo, y no sé por quién decidirme (en el caso de que acepten la propuesta). A ver si corrigiendo y reescribiendo se me aclaran las ideas.

Hablando de prólogos: acabo de entregar uno para Destino y trazo, un libro de viajes de Ángel Gracia que saldrá publicado en un mes o así. Anunciaré más cosas cuando sepa más.

Una buena noticia: ¡se acabaron las Cosas de blogueros! Fue una sección que me inventé para cubrir un hueco y que estaba pensada para tener un recorrido corto o para acoplarse con otro formato en otra parte del periódico. He escrito 95 artículos, una auténtica barbaridad. El invento ya no daba más de sí y por fin ha fenecido. Por mi parte, está bien enterrado (llevaba tiempo clamando por que fuera asesinado), y sospecho que los lectores no lo echarán de menos.

Pero no me voy de ese hueco de mi antiguo suplemento dominical. Cosas de blogueros pasa a llamarse ahora La ciudad pixelada, y se convierte en una serie de artículos personales y libres. Crónicas intraurbanas e intravitales claramente emparentadas con lo que escribo aquí, en este rinconcito. Este domingo se publica la primera entrega, cuyo texto acabo de enviar a Álvaro Ortiz para que lo ilustre. Porque las ilustraciones de Álvaro, todo un lujazo, se mantienen, son la razón de ser de la serie. Le he pedido que se sienta lo más libre posible, que haga lo que le dé la gana, lo que le sugieran los textos.

No tengo muy claro cómo va a ser La ciudad pixelada. Se irá definiendo con el tiempo. Las columnas y las secciones son como los sofás: necesitan adaptarse a nuestros culos. Daré unos cuantos trompicones al principio hasta que encuentre la cadencia y el ritmo adecuados, pero estoy seguro de que esa ciudad pixelada me va a dar muchas alegrías, y espero que dé alguna a los lectores también.

Mantengo la columna Del revés, los viernes en el suplemento MVT. Esta semana, Pablo Ferrer me ha impuesto un nuevo pie forzado: colocar en el texto, de forma natural, "Pedro Ruiz" y "mofeta". Ambos conceptos no tienen por qué estar necesariamente ligados. Creo que es fácil, pero a ver si me sale de verdad.

Así que ya sabéis, amiguitos: los viernes, Del revés en el MVT, y los domingos, La ciudad pixelada en Heraldo Domingo, con ilustraciones de Álvaro Ortiz.

FRENTE A LA CARGA DEL HOMBRE BLANCO

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Para el irlandofílico (más que irlandófilo) Rondabandara

Una historia curiosa. Cada 12 de septiembre, en la ciudad irlandesa de Clifden, en el condado de Galway, ondea una bandera mexicana. Lo hace en honor del Batallón de San Patricio, cuyo líder, el capitán John Riley, nació allí.

La historia se remonta a 1846. Siguiendo la senda del destino manifiesto hacia el oeste, Estados Unidos declaró la guerra a México para conquistar lo que hoy son los estados de California, Arizona, Nevada, Nuevo México y Utah, de soberanía mexicana y, anteriormente, parte del Virreinato de Nueva España. En 1835 había caído ya Texas en manos de los anglos, después de la batalla del Álamo.

Entre las tropas invasoras de la unión había numerosos irlandeses recién emigrados. En los años 40 del siglo XIX Irlanda sufrió una hambruna terrorífica que provocó la primera oleada migratoria masiva a Estados Unidos. Los irlandeses se apelotonaban en las calles de Nueva York, provocando tensiones y peleas con los "nativos", como contó Martin Scorsese en Gangs of New York, y varios miles vieron en la guerra mexicana una oportunidad para ganar un dinero fácil, así que se alistaron en el ejército y partieron rumbo al oeste.

Pero ese dinero fácil no lo era tanto. Los irlandeses eran escoria para los anglos. White trash, aunque todavía no se había inventado esa expresión. Desconfiaban de ellos por su catolicismo y su "carácter inferior" y los utilizaban como carne de cañón. Así que no tardaron en identificarse con los mexicanos del otro lado de la trinchera: eran católicos, como ellos, y pertenecían a un pueblo oprimido por los anglos, como ellos.

Se dieron cuenta de que su causa no era la de Estados Unidos, sino la de los mexicanos que defendían su país, y no tardaron en desertar y en unirse a las fuerzas del presidente Santa Anna. Los mexicanos les recibieron con los brazos abiertos y formaron con ellos el primer batallón de la legión extranjera, el Batallón de San Patricio, cuya bandera es la que aparece arriba, con una inscripción en irlandés que significa "Irlanda para siempre".

Fue la desesperación de los desesperados ante la carga del orgulloso hombre blanco. Y, como todo acto de desesperación, acabó mal. En 1848, el Batallón de San Patricio fue derrotado y sus cabecillas, ejecutados. Los estadounidenses se ensañaron con ellos, les torturaron y les amputaron los brazos y las piernas. El escarmiento a los traidores, a los que dan la espalda al amo.

Los mexicanos, sin embargo, nunca han olvidado el gesto heroico y solidario de los irlandeses, y les recuerdan cada 12 de septiembre, día de las ejecuciones, y cada 17 de marzo, día de San Patricio. Hay muchas escuelas, calles e instituciones de México que llevan el nombre de Mártires irlandeses, y hay una placa conmemorativa en la sala principal de la Cámara de los Diputados de México D. F., al mismo nivel que las dedicadas a los héroes de la independencia y de la revolución.

Hay también una peli que cuenta su historia, One Man’s Hero, protagonizada por Tom Berenger.

DEL REVÉS: PURO Y AUTÉNTICO

Aquí os dejo la columna Del revés que publiqué el viernes en el MVT. También he actualizado el blog de Heraldo, De reojo. Espero que no os disguste en exceso ninguna de las dos cosas. Por cierto, estoy muy contento porque Félix Romeo menciona Malas influencias en su página del cultural del ABC. Si Don Torcuato levantara la cabeza y viera plebeyos nombres como el mío manchando las páginas de su periódico...

Clinto Bosqueoriental era un tipo difícil de satisfacer. A Clinto Bosqueoriental le gustaba lo auténtico, lo puro, lo irreductible. Clinto Bosqueoriental no compraba pan porque ya no había panes auténticos; no comía carne porque venía de granjas y no de auténticas praderas donde era cazada por auténticos cazadores con auténticos rifles, y no iba a los bares porque no le dejaban fumar a gusto, como en los auténticos bares. Tampoco fumaba porque ya no había auténtico tabaco.

Clinto Bosqueoriental no se resignaba a vivir en un mundo sin autenticidad. Protestaba en las tiendas cuando no encontraba un auténtico ventilador como los de antes, de los que daban auténtico aire. Pero de nada servía, porque los jóvenes que le atendían no eran auténticos dependientes. También enviaba largas cartas a los periódicos protestando por esa insoportable falta de autenticidad, a pesar de que los periódicos también habían dejado de ser auténticos periódicos.

Si Clinto Bosqueoriental pisaba una deposición perruna, lanzaba un suspiro por la consistencia y ductilidad de las cacas de antaño, cuando los perros comían auténtica comida de perro.

Clinto Bosqueoriental solo leía libros clásicos de capa y espada, con tapa dura y dorados en el lomo, y solo escuchaba folclore sanabrés grabado directamente en las eras de Sanabria de la viva voz de la abuela Camuñas, que en paz descanse en su auténtica tumba con su auténtica cruz y su auténtica lápida.

Un día, los vecinos de Clinto Bosqueoriental dejaron de escuchar sus declamaciones gongorinas y los célebres quejíos 'a capella' de la abuela Camuñas. Pasaron las semanas y empezaron a oler una auténtica peste en el rellano. Llamaron a los bomberos, que abrieron a hachazos la auténtica puerta de auténtico roble. Recorrieron toda la casa en busca de la fuente odorífera, pero no encontraron el temido cuerpo. "¡Aquí, jefe, viene de aquí!", gritó un bombero desde la cocina. Señalaba con cara de asco un charco viscoso y marronáceo.

"Habrá que hacer las pruebas -dijo el forense-, pero parece bilis".

Nada más se supo de Clinto Bosqueoriental.

LO OSCURO DEL SHAMAN

Leo en el libro de relatos Órbita, de Miguel Serrano Larraz (Ed. Candaya), que se presenta este martes y que reseñaré el lunes en el blog de libros del Heraldo, De reojo, un cuento titulado Shaman’s Blues. Habla de un bar -y una época- que ya no existe. Habla del Shaman, un garito que también fue uno de mis hogares durante un tiempo. Tanto era así, que cuando anunciaron que lo cerraban, se elaboraron unas nostálgicas y lloronas páginas en el suplemento MVT. Estaban cerrando muchos bares, y yo escribí un par de reportajes sobre el cerrojazo que se estaba imponiendo a la noche zaragozana. El del Shaman no fue obra mía, pero formó parte de esa campaña que hicimos unos cuantos desde Heraldo y que de nada sirivió. De hecho, el reportaje del cierre del Shaman hizo que el garito reviviera sus años de gloria. Los viejos parroquianos se interesaron por su suerte y el dueño, al ver el dinero fluir de nuevo a la caja, pospuso el cierre.

Qué cabrón, pensamos. Ahora nos va a dejar con la palabra en la boca. Si cierras, cierra, hombre.

Y cerró. Acabó cerrando de verdad, cuando las telarañas volvieron a dominar la caja registradora.

El Shaman era un garito rockero enclavado en la zona de bares más hortera y bisbalera de la ciudad. Estaba en el Casco pero no era un bar del Casco -la gente de Zaragoza sabe qué significa esa expresión-. Su sitio natural era la calle de la Paz o la zona de Bretón o junto al viejo Laberinto. Era un outsider en el Casco. De vez en cuando, alguien del público natural del Casco (una despedida de soltera con pollas en la cabeza, dos agricultores de Fima con camisas recién estrenadas y carteras forradas de billetes, la cajera de tu sucursal bancaria o tu prima, esa que se afilió a Nuevas Generaciones y te acusa de ser proetarra y guarro en las reuniones familiares) abría por error la puerta del Shaman. Asomaba la cabeza, veía el percal, musitaba un "lo siento", reculaba y volvía a salir. Y ahí dentro nos quedábamos los cuatro gatos de siempre, apoltronados en la oscuridad, destrozándonos los tímpanos con los Red Hot o con Metallica. Creo que un día hasta pusieron a Thin Lizzy, y en medio de mi borrachera, le solté a S. un speech amuermante sobre Phil Lynott y cómo casi se cargó a Nancy, la novia de Syd Vicious.

En el baño había un cartel de un concierto de Love of Lesbian. Lo miraba mientras meaba y siempre pensaba: vaya mierda de nombre. Siempre, no dejaba pasar esa reflexión etílica ni una vez.

En el Shaman hice muchas cosas, la mayoría inconfesables. Leyendo Shaman’s Blues me he dado cuenta de lo importantes que han sido los bares en mi vida. Los padres y los munícipes meapilas dicen que los jóvenes vamos de bares porque no hay alternativas de ocio en la ciudad. Yo no sé si las hay, pero, desde luego, no cambiaba mis noches en bares por nada. Ya puede haber campeonatos de bádminton, torneos de mus y partidas de War Hammer a las cuatro de la mañana, que yo me quedo acodado en la barra de mi bar, hablando a gritos y probando la resistencia de los huesecillos de mi oído.

Una amiga mía dice que en el Shaman empezó algo en mi vida que todavía dura -y de qué manera-. Yo no estoy de acuerdo. No creo que fuera en ese bar, aunque seguro que su atmósfera pútrida estaba involucrada. Hay muchas versiones de Cómo Empezó Todo, y la del Shaman es tan buena como cualquier otra. Lo que está claro es que empezó, sin duda, en un bar. Como empiezan todas las historias buenas.

Me gustaría hacer en este blog una serie sobre los mejores bares de mi vida. La voy a hacer. A deshoras y sin pautas, pero voy a dedicar un post a cada antro que ha significado algo para mí, ahora que empiezo a sumar años y noto que llevo muchos locales a mis espaldas.

Hablaré de El Paso, en Madrid, y de cómo su dueño, Félix, se negó a cambiar al euro para conservar su viejo futbolín del Madrid y el Atleti. Las bebidas se pagaban con euros, pero guardaba un bote de monedas de veinte duros para el futbolín (con un cambio generoso: 50 céntimos la moneda de 100 pesetas). Cuando jugábamos a lo bestia, se cabreaba mucho. Creo que aquel futbolín era su posesión más querida. Me llevé un chasco cuando me enteré de que lo habían traspasado a unos horteras numetaleros.

Hablaré del Angie, del Hotel California, del Clandestino, del macarruzo El Búho, y del sitio aquel de los bajos de Argüelles donde conocimos a Tonel Metal.

Hablaré de los sitios de Castellón donde nos desfondábamos al salir del periódico a las dos de la madrugada, donde bebíamos con ansia de mineros explotados. En La Casa Verde, en el Octopussy, en el Ricoamor, en Les Bruixes... Y de las escapadas a Valencia, de las noches en El Carmen, de los cubatas en el Circus, en los antros de la calle Cavallers y de aquellas madrugadas de primavera apoltronados en las terrazas de la plaza del Tossal, cuando una ráfaga de olor a azahar nos despejaba y nos soltaba la lengua.

Pero hablaré sobre todo de Zaragoza. De los que fueron y los que son. Hablaré del Ícaro, de La Caja de los Hilos, del Shaman, de la King Kong, de La Casa Magnética, de La Lata de Bombillas, del Laberinto, del Páramo, de El Zorro (ah, las noches del Zorro...), de la Zeta, del Azul, de los bares de Bretón, del Central, del viejo Cairo, del viejo Hendrix...

Bares... No saben lo que se pierden los que se quedan en casa jugando al Pictionary.

SOÑARSE

Qué gusto da tropezar con una silabeo inesperado, con una variante sintáctica insospechada, con un arcaísmo exhuberante. Qué refrescante es todo cuando el viejo y torpe castellano se sale de su corsé académico y afloran en un texto o en una conversación formas de decir que nada tienen que ver con la tuya ni con la que te han enseñado en la escuela. Te abren la puerta a mundos, a sentimientos y a evocaciones sin explorar, te llaman a regiones de tu idioma que no sabías que existían, pero que para sus hablantes son caminos trillados.

Hoy me he encontrado con esta frase en una novela de Edmundo Paz Soldán:

Me sueño con Hannah todas las noches.

Soñarse con. Ese uso pronominal del verbo soñar le da una dimensión nueva. Parece que el sueño sale de ti, que es un acto consciente, que te esfuerzas por construir y alimentar lo onírico.

Ya había escuchado esa expresión, en una canción de Extremoduro, Bribriblibli. Un verso dice:

Yo me sueño con su pelo.

Robe Iniesta -compositor de Extremoduro- es extremeño, y Edmundo Paz Soldán, boliviano. Un mar y un continente de por medio, y emplean el verbo soñar de la misma forma.

Me voy al Diccionario Panhispánico de Dudas, y allí me encuentro esto, en la tercera acepción del verbo soñar:

En la lengua general culta, soñar no se emplea en forma pronominal; no obstante, la forma soñarse se registra con cierta frecuencia en el español coloquial americano y en algunas áreas dialectales del oeste español, también con un complemento introducido por con: «Yo me sueño con los goles que voy a meter» (Gamboa Páginas [Col. 1998]).

Es decir, que la fórmula "soñarse con" viajó del agro extremeño a Latinoamérica. Entró con la sangre de los rudos conquistadores españoles. Quizá los incas escucharon a Pizarro decir que se soñaba con las tetas de las hijas del sol. 

¿No os parece precioso? Ahora, mis sueños a secas, sin pronombre, me parecen huecos, sin fuerza. Quiero soñarme con algo, como hacen los pastores extremeños y los cocaleros bolivianos, sentirlo crecer y apropiarme de ello.

A veces pienso que hice mal al matricularme en Periodismo y no en Filología, pero luego se me aparece la estampa de un club de vejetes sesteando en la Real Academia y se me pasan las ganas.

MECONIO

Hoy hemos ido a ver a nuestro sobrino adoptivo, al hijo que acaban de tener nuestros mejores amigos. Yo quería llevar flores y bombones, quería ser rigurosamente cumplidor, no saltarme ningún paso del protocolo. Aunque no fuma, pensé en comprar un purazo para el padre. O dos, para fumarlos en compañía, ahumando la alegría por el recién llegado. Pero Cris me prohibió todo. "Sólo esperan nuestra presencia, no es una visita de compromiso", me dijo con su odiosa sensatez. Ante mi insistencia, accedió a parar a comprar una caja de bombones. Para endulzar la tarde. Quería una Caja Roja grande, que es lo más ceremonial que se me ocurría, pero sólo tenían de Lindt, y estaban medio derretidos.

Cuando llegamos a la maternidad, los ramos y los centros florales se amontonaban en la puerta de las habitaciones. "¿Lo ves? La gente trae flores, joder, había que comprar un ramazo gigante, ya lo sabía yo". Cris ni se dignó a responderme. Obviamente, nuestra amiga ya tenía en la habitación dos centros que ni los jardines de Versalles. Y yo, ahí, pasmao, con mis bombones derretidos.

No podía ser más inapropiado el regalo, porque en la habitación de una maternidad, con los padres del recién nacido, se habla de cosas de recién nacido. Y uno de los temas estrella ha sido el meconio, término moderno para referirse a lo que en castellano antiguo se llamaba -quizá con una sonoridad más apropiada- alhorre. Es decir, la primera cagada de nuestra vida.

El meconio, semilíquido, tiende a no respetar pañales ni ropas ni mantas, y se expande por doquier. Es una muestra de salud, una señal de que todo va bien en los recién inaugurados intestinos, pero quizá no es lo primero que se imagina uno que se va a encontrar en el adorable bebé.

Ahí estábamos, hablando de meconio -y contemplándolo en los pañales- y comiendo bombones derretidos. ¿Dónde terminaba el meconio y empezaba el chocolate Lindt?

Qué queréis que os diga, creo que unas flores habrían sido mucho más apropiadas para la conversación. Me he acordado de esta coña de Saturday Night Live. Está en inglés sin subtitular, pero no vais a tener problemas para entender la coña:

 

Y ahora en serio: estoy muy orgulloso de mi sobrino adoptivo y de que su meconio salga fluido y con garbo.

MALDITAS TABERNAS BRITÁNICO-IRLANDESAS

Quedé el otro día a echar unas pintas con Rondabandarra, con quien he trabado amistad a través de este rinconcito virtual.

-Te espero en el Loch Ness -me dice.

Stupendo. Llego a la hora acordada, veo que él todavía no ha aparecido y me pido una pinta. Cuando me llevo la achocolatada Guinness a los labios, el posavasos queda al descubierto y leo en él: The Vertical Tavern.

Mierda, me he equivocado de taberna.

Llamo a Rondabandarra:

-Hola, soy gilipollas, me he equivocado de sitio y ya he pedido una pinta.
-Pues yo también acabo de pedir, ¿qué hacemos?
-Pues nada, me la beberé de trago y acudo ahora.
-Venga, pues.

No me entra entera de trago. Ya no tienes 18 años, Sergio, me digo. Así que me bebo más o menos un tercio, pago y, disimuladamente, fingiendo que tengo que hacer una llamada por el móvil, me escaqueo del local.

Cruzo la plaza y me dirijo al fin al Loch Ness o... Espera, creo que esta es la calle del Loch Ness, pero esa taberna irlandesa con el letero de Guinness no se parece a lo que yo recuerdo. Aunque, de alguna forma, también se parece mucho. Así que entro hasta el fondo. No está. Mierda, esa taberna tampoco es el Loch Ness.

Aturdido, salgo fuera y caigo en la cuenta de que me he equivocado de bocacalle. El Loch Ness estaba enfrente del campus, es una calle más allá. Así que voy para allá y me tropiezo con cuatro letreros de Guinness. ¡Cuatro! Entro en una que tiene una especie de atrio al principio, tal y como recuerdo que tiene la del Loch Ness, pero... ¡Mierda, tampoco es esa! Y la de al lado tampoco, y la otro tampoco. Con mi abrigo largo abrochado parezco un matón que busca a su víctima. La gente empieza a mirarme mal. Debo de tener muy mala pinta.

Avergonzado y casi noqueado, vuelvo a llamar a Rondabandarra:

-Tío, ¿dónde coño estás?
-¡No lo sé! ¡Esto está lleno de putas tabernas irlandesas!
-Calma, calma. Además, esta es una taberna escocesa.
-Ya, claro, son muy diferentes, qué ocurrencias tengo. ¿Dónde está eso?
-Al lado de Hermanos Vidal.

Una luz se abre en el cielo de repente, indicándome el camino. Al fin una indicación razonable, al fin un mojón que rompe el bucle. Voy a la entrañable librería de viejo Hermanos Vidal, echo un ojo rápido a la morralla que tienen expuesta en el escaparate y me adentro, triunfal y satisfecho, en el Loch Ness, que no tiene letrero de Guinness en la puerta (acabáramos).

Mirad, si vuelvo a ver en unos días una taberna británico-escocesa-irlandesa-inglesa-galesa, la quemo. Juro por la reina Isabel que la quemo, por muchas erasmus holandesas hormonadas y excitadas que se estén emborrachando dentro de ella. Qué bien arderá su suelo de madera sin desbastar, y qué bien propagarán las llamas las botellas de whisky irlandés-escocés añejo. Qué gusto ver consumirse los carteles viejos de calles de Dublín y la postal del trenecito de vapor que cruza por un puente.

Qué pesadilla. A punto estuve de no salir con bien de ese bucle tabernario.

DOS TONTAS MUY TONTAS (O MUY LISTAS)

Iba a escribir un comentario, pero creo que nada de lo que se me ocurra puede superar la noticia en sí. Ni el Joaquín Reyes más inspirado habría podido escribir un gag tan burdo. Daría risa si no fuera tan repugnante. Ahí dejo este teletipo. Yo no sé añadir nada más:

 

EEUU-GUANTÁNAMO Miss Universo y Miss EEUU visitaron Guantánamo y su prisión

 

Washington, 31 mar (EFE).- Miss Universo 2008, Dayana Mendoza, de Venezuela, y Miss EEUU, Crystle Stewart, han hecho una visita a la base naval estadounidense y su campo para la detención de supuestos terroristas en Guantánamo, y la encontraron "interesante".

En su página de internet, Mendoza explicó que ambas reinas de la belleza habían llegado a la base, en Bahía de Guantánamo (Cuba) el viernes 20 de marzo con el propósito de saludar y entretener al personal militar allí destacado.

"Fue una experiencia increíble", señaló la venezolana. "Todos (en Guantánamo) sabían que Crystle y yo veníamos de visita y lo primero que hicimos fue asistir a un enorme almuerzo, y luego visitamos uno de los bares que tienen allí".

Desde comienzos de 2002 Estados Unidos ha recluido en Guantánamo a cientos de hombres capturados en diferentes partes del mundo como supuestos terroristas, y los ha mantenido presos sin juicio ni apelación. Muchos de ellos han sido sometidos a torturas, según las denuncias de las organizaciones defensoras de los derechos humanos.

Mendoza dijo que ella y su acompañante conversaron con el personal de Guantánamo "acerca de la base y cómo es la vida allí, y los próximos días lo pasamos maravilloso, en un viaje realmente memorable".

El personal de la base naval llevó a las dos mujeres a una visita a un "barco", no identificado por Mendoza, y a un recorrido por tierra que "fue muy, muy divertida".

"También vimos los perros militares y nos hicieron una demostración muy linda de sus destrezas", agregó Mendoza. "Toda la gente del Ejército se portó muy bien con nosotras".

"Visitamos los campos de detenidos y vimos las cárceles, dónde se bañan, cómo se entretienen con películas, clases de arte, libros", agregó. "Fue muy interesante".

La joven venezolana añadió que "el agua de la Bahía de Guantánamo es taaan hermosa. Fue increíble y pudimos disfrutarla por lo menos por una hora".

Pero ya el miércoles Mendoza estaba de vuelta en Nueva York, y el viernes voló "a Miami para pasar el fin de semana porque había una sesión de fotos para la revista People en Español". EFE

ELOGIO DE BABEL

En los años 20, el entonces periodista conservador -más tarde, periodista nazi- Wilhelm Stapel se despachaba a gusto contra la decadente y apestosamente cosmopolita ciudad de Berlín:

La cuestión esencial que hoy se le plantea a la cultura alemana reside en si las gentes del campo están dispuestas a tolerar las alocadas pretensiones de la intelectualidad berlinesa.

El espíritu del pueblo alemán se alza contra la forma de ver la vida que predomina en Berlín. Lo que está reclamando nuestra época es la rebelión de la Alemania rural contra Berlín.

El verano pasado tuve la suerte de disfrutar en el Museo de Pérgamo de Berlín de la exposición Babilonia: mito y realidad. Creo que se ha expuesto también en el Museo Británico (ojalá siga rulando por más capitales europeas y llegue a Madrid). Es una de las expos más interesantes que he visitado en los últimos años, y muy reveladora.

Una parte de la exposición hablaba del mito -o de los mitos- de Babilonia. Cómo han nacido y crecido, desde la Biblia hasta hoy, y cómo la cultura y el arte occidentales han interpretado y reinterpretado ese mito. La segunda parte era un recorrido por la realidad, por lo que, arqueología e investigación científica mediante, sabemos hoy de lo que fueron Babilonia, sus gobernantes y sus gentes.

Era interesante ver cómo el mito de Babilonia (dios castiga la soberbia de Nabucodonosor por construir una torre gigantesca creando muchas lenguas distintas para que nadie en Babel pueda entenderse, primer paso de la destrucción de Babilonia entera: ya sabéis cómo se las gasta el dios de la Biblia y lo mucho que le mola cargarse países y ciudades enteros) va evolucionando, desde el Renacimiento hasta aquí, en una crítica moral hacia la ciudad moderna. Conforme las ciudades crecen y se desarrollan en Europa -y, más tarde, en América-, surgen más y más voces que las equiparan con la bíblica Babel.

La Babel real, según la exposición, no se pareció en nada a la bíblica, y Nabucodonosor, para la media de tiranos babilónicos, hasta debió de ser un tipo ilustrado que se preocupó por construir caminos y canales de riego. Pero lo interesante para mí no es lo lejos que los mitos están de la realidad. Para eso son mitos. Lo molón es identificar esos mitos como sustento de argumentos ideológicos más que inquietantes a lo largo de la historia.

Las palabras del nazi Stapel son una muestra de la metrópolis moderna vista como Babel. La ciudad como origen y foco de todos los males, como nido de perversiones, de impurezas, de porquería, de mezcla. La ciudad como principio y fin de todo lo execrable, de la deshumanización absoluta, de la anulación de la persona. La ciudad corruptora, tentadora, vil, inmoral. La ciudad como ejemplo de la soberbia humana.

Religiosos o no, los sentimientos de despecho hacia la gran ciudad están muy arraigados en todas las sociedades occidentales. ¿Qué tienen en común un nazi, un hippie neorrural y un monje? Que los tres comparten la visión de la ciudad como Babel.

En los años 70, Mario Gaviria y Enrique Grilló publicaron un ensayo titulado Zaragoza contra Aragón. Tuvo muchísima influencia y todavía hoy se repiten sus argumentos en cientos de artículos y de debates. Básicamente, venían a decir que, dado el enorme desequilibrio demográfico de Aragón (con el 60% de la población concentrada en Zaragoza y su área metropolitana), la capital era un lastre para el desarrollo de la región. El monstruo urbano fagocitaba al débil y disperso agro. Es un discurso que se sigue oyendo por doquier, incluso desde dentro del propio gobierno autonómico, algunos de cuyos miembros parecen sentir una aversión profunda por la capital.

Tanto es así, que el primer Estatuto de Autonomía de Aragón, aprobado en 1982, establecía en su artículo 25.1:

La sede de la Diputación General de Aragón estará en Zaragoza.

Lo normal, para eso es la capital, ¿no? Pues no, porque acto seguido venía el artículo 25.2, con el siguiente matiz:

Por Ley de Cortes de Aragón podrá modificarse la sede de la Diputación General.

Ese "modificarse" no se refería a cambiar las alfombras o a poner azulejos en los baños, sino a dejar bien abierta la posibilidad, exigida por ciertas corrientes tanto de izquierda como conservadoras, de que la capital de Aragón se desplazase a otro sitio, lejos de la católica, fea y sentimental -e industrial- Zaragoza.

En la redacción del estatuto actual se ha eliminado esa ridícula salvedad (seamos serios: ¿dónde cojones querían montar la capital? ¿En Jaca, por haber sido la primera corte del reino medieval? ¿En Caspe, por lo del Compromiso? ¿En Barbastro, por Torreciudad, para que el poder político esté más cerca del poder real? Amos, anda). Sin embargo, persiste el sentimiento de agravio. Frente al Aragón puro, al de verdad, al que no ha reblado ante Franco ni ante los militares ni ante nadie, se alza una ciudad fea, enorme y traicionera, que engulle y anula todo lo que hace que Aragón sea Aragón.

Son muchos los que siguen buscando el alma de Aragón en los senderos de Ansó, en el claustro de San Juan de la Peña, en las callejas de la judería de Tarazona, en los llaguts de Mequinenza, en los ciervos de Beceite o en las masías del Maestrazgo. También la buscan en la plaza del Torico de Teruel y en San Pedro el Viejo de Huesca. Hacen muchos kilómetros en busca de un alma que, sin que ellos la escuchen, late fuerte en su ciudad, en la ciudad de Zaragoza. Todo lo que Aragón ha sido y es está en Zaragoza. Y lejos de engullirlo, lejos de tragárselo, Zaragoza ha conservado intacto el legado de cientos de generaciones de aragoneses. ¿Cómo lo ha hecho? De la única forma posible: siendo una gran ciudad, desproporcionada y gigantesca en comparación con su región rural.

Sin Zaragoza, Aragón no sobreviviría. Sin una sociedad urbana y moderna, capaz de absorber e integrar a los aragoneses, Aragón se habría disuelto en el éxodo rural. ¿Quién se hubiera preocupado de estudiar y conservar las tradiciones aragonesas si no existiera una ciudad como Zaragoza, con la universidad y el capital humano necesarios para ello?

Sin grandes ciudades, nuestro mundo no existiría. Sin la eclosión de esos monstruos tan denostados, sin las Torres de Babel no habría nada de lo que nos hace felices. Me parece estupendo que haya quien busque la comunión con la naturaleza en una Arcadia rural, pero decir que la ciudad nos deshumaniza, nos corrompe e hipoteca el futuro del mundo rural es una enorme chorrada. La ciudad es nuestro hábitat, donde la especie mejora al ampliarse infinitamente las posibilidades de intercambio genético. En la ciudad la vida no se estrangula, se expande, y su efecto se irradia al hinterland.

No vivimos en un mundo de países ni de naciones: vivimos en un mundo de ciudades. Vivimos en Babel, y ojalá nuestra Babel sea mil veces más sucia, depravada, cosmopolita y heterogénea que la bíblica.

CURSOS Y VERA DE MONCAYO

Dos breves brevísimos apuntes de autopromoción:

Mañana sábado 28 empiezo a impartir el taller de periodismo en la Escuela de Escritores. Todavía hay margen para inscribirse, y no pasa nada por hacerlo con el curso empezado (se puede hacer en esta web). Va a ser muy práctico, no voy a soltar rollos. Se trata de escribir mucho y de debatir al detalle sobre la técnica de escritura y los géneros a través de los textos que vayáis escribiendo, centrándonos especialmente en el reportaje.

Igualmente, mañana sábado se inaugura en Vera del Moncayo el Centro de Interpretación del Yacimiento Celtibérico de La Oruña. Diréis: ¿y a mí, qué? Pues es verdad, pero resulta que la visita al centro se estructura con un audiovisual de dibujos animados, y da la casualidad de que quien firma el guión de esa peliculita es un servidor. Al texto le ha puesto voz mi colega de la Cadena Ser y de Aragón Televisión David Marqueta. En cualquier caso, al margen de mis incursiones dibujoanimadas, Vera de Moncayo y la comarca bien merecen una escapada findesemanera. Es mejor ir en otoño, cuando eclosionan las setas, pero ahora se puede ver el Monasterio de Veruela (sin duda, uno de mis rincones aragoneses favoritos, no me cansaría de recorrerlo), pasar al yacimiento de La Oruña, que es una ciudad celtibérica muy chula, y rematar la visita comiendo un buen asado en alguno de los grandiosos y maravillosos restaurantes del lugar. Para bajar la comida, un paseo por las faldas del Moncayo o unos licores digestivos en algún café de la moruna, judaica y retorcida Tarazona (donde también son aficionados a la tapa y al buen yantar). ¿No me diréis que no os propongo planes chulos?

27/03/2009 18:18 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Intrascendencias No hay comentarios. Comentar.

CAMBIO DE VIDA

Antes de contar un par de cosillas más de mi última escapada americana, permitidme un breve receso. Esta semana dejo atrás siete años de mi vida. Seis de ellos vividos en Zaragoza y uno en Castellón, pero todos ellos como reportero dominical, como pergeñador de suplementos dominicales. Siete años contando historias semana tras semana, siete años creciendo, aprendiendo, rastreando entre la actualidad, sufriendo y apurando el maldito cierre. Sabéis poco de esa vida mía porque en realidad forma parte de mi intravida, pero aunque no me haya explayado mucho relatando sus pormenores y miserias, mi trabajo en el suplemento dominical ha condicionado y marcado demasiado mi forma de vivir.

A partir de hoy, cambio de responsabilidades y comienzo una nueva etapa en mi vida profesional como periodista, aunque sin cambiar de empresa. Me apeo parcialmente del papel y me incorporo al proyecto de renovación de internet. Dejo el siglo XIX y me meto de lleno en el XXI. Los horizontes están abiertos y, cuando termine la fase de rodaje, aprendizaje y adaptación a las nuevas circunstancias, espero aportar mucho a una web periodística potente y dinámica.

No abandono del todo el papel. Mantengo mi columna de los viernes en el suplemento MVT y prosigo con mi sección de libros los miércoles en las páginas de Cultura. 

En esta nueva etapa le voy a dar mucha marcha al recién estrenado blog literario De reojo (hoy hay nueva entrada), y seguiré practicando el reporterismo, pero aprovechando las posibilidades de Internet, yendo más allá del texto mondo y lirondo.

Me apetece mucho empezar esta nueva etapa. Hace tiempo que pinchaba a mis jefes para que me dieran cuartelillo, suplicándoles un cambio de aires. En mi nueva responsabilidad voy a tener horarios (¡horarios! No me acordaba de lo que era tenerlos, vivía tomándome al pie de la letra lo de full-time), lo que me va a dejar más tiempo y tranquilidad para mis negocios literarios, y eso es algo que ansiaba con desesperación. Sin embargo, ahora que ha llegado, siento un poco de nostalgia por lo que dejo atrás. Al mudarme a mi nuevo puesto en el periódico he aprovechado para hacer una limpieza a fondo de mis papelotes y de esas cajoneras que con mucha presunción me atrevo a llamar archivo. En el proceso han reaparecido de la bruma del olvido decenas y decenas de reportajes de los que no guardaba ninguna memoria, y me he dado cuenta de que, a pesar de todos los pesares, he hecho cosas majas, que dejo una buena herencia.

Han merecido la pena las noches hasta la una de la mañana, los madrugones para subir a un coche y llegar a un sitio olvidado del extensísimo y desconocido Aragón para encontrar una mano robusta, unas palabras emocionadas y unos paisajes acongojantes que un día después, tras macerar en mis agotadas neuronas, salían regurgitados en forma de reportaje. He recorrido Aragón entero contando historias, he conocido todas las comarcas de esta tierra trabajando, y no creo que haya una calle de Zaragoza que no haya visitado alguna vez para contar algún relato ensombrecido en ella. He maldecido muchas veces, me he cabreado, me he dejado llevar por la rabia, la he cagado más de diez y más de veinte veces, he tenido mil disgustos y he perdido pelo, pero creo que ha merecido la pena. Estoy convencido de ello. Entre la morralla, me quedo con un ramillete denso y aromático de historias que ya forman parte de mí, que me han hecho ser como soy, sin las cuales no sabría explicarme. Y unos cuantos amigos de propina.

Todo eso queda atrás ahora. Empiezo una nueva vida en este año 2009 que parece que me va a cambiar en muchos sentidos. No solo por el arranque, con Malas influencias, de lo que espero que se convierta en una carrera literaria y con estos cambios profesionales, sino con otros vaivenes personales intensos. Son meses frenéticos, y todavía van a ponerse más fieros. El horizonte pinta bonito, y espero poder contarlo aquí.

DESDE EL HOTEL PENNSYLVANIA

Una brevisima y apresurada nota sin acentos (teclado anglosajon obliga, lo siento) para avisar de que no voy a poder postear mucho desde la Gran Manzana. Estoy en el Hotel Pennsylvania, el de Glenn Miller. Un megahotelazo vintage y popular lleno de rednecks que van a ver partidos al Madison Square Garden. Caotico, decadente y tumultuoso. Pero tiene una red de wifi de mierda, por lo que no puedo conectarme con el portatil. Me da rabia, porque tenia una historieta de Coney Island que me gustaria contar y un par de apuntes de viaje muy majos que hubiera querido compartir en vivo y en directo. Sera a la vuelta. Nos marchamos a Washington en nada, a lo mejor desde alli puedo escribir algo y colgar alguna foto.

Para los que os habeis pasado por el blog de heraldo.es De reojo: los comentarios tardan varios dias en aparecer porque tengo que validarlos y apenas he podido conectarme estos dias, asi que a lo mejor tardan tres o cuatro dias. Es una putada y un paron enorme para un blog que acaba de empezar, pero mis vacaciones son una de las pocas cosas sagradas en mi vida. En cualquier caso, el lunes habra un post nuevo.

En fin, guys, que me voy a seguir disfrutando de esta ciudad. Esta esplendida, no la veo en crisis: bulliciosa, pretenciosa y tan fascinante como siempre. Lo dicho, ya os contare. Solo queria mandar un saludito desde el centro de Manhattan, aunque sea sin tildes.

CURSOS, BLOGS Y VIAJES

Tengo este chiringuito algo desatendido, pero entenderéis que son días complicados. No sólo por todo lo que rodea al libro, sino porque estoy en vísperas de irme de vacaciones y tengo mil flecos que apurar en el periódico. A mis días les faltan horas. En cualquier caso, dentro de nada estaré montado en un avión rumbo a Nueva York, en una revisita a la Gran Manzana, esta vez en tiempos de Obama I el Grande. Mandaré algunas croniquillas desde allí, si el wifi del hotel me deja. Lo siguiente que cuelgue aquí lo escribiré allá. Será curioso, porque tengo previsto hacer un intercambio de libros con un dominicano-neoyorquino que es profesor de instituto allí y escribe cuentos en spanglish (los he leído y son muy sugerentes). Espero poder contarlo.

Mientras aterrizo al otro lado del charco, un par de apuntes publicitarios:

Cursos. El 28 de marzo empiezo a dar un taller de escritura periodística de tres meses de duración en la Escuela de Escritores de Zaragoza. La matrícula está abierta. Serán dos horas semanales todos los sábados y está pensado para gente que quiera iniciarse o perfeccionar las técnicas del reportaje y del articulismo. Tenéis todos los detalles en este link, incluido el formulario de inscripción. Corred la voz, que a lo mejor a alguien le interesa.

Nuevo blog. El jueves arranca una nueva aventura bloguera. Estreno De reojo, en la plataforma de blogs de heraldo.es. No os pongo el link porque todavía no está activo, pero estad atentos el jueves a la versión en papel y la digital de Heraldo, que allí se informará de todo. Aunque yo esté de viaje, estos días saldrán algunos posts que he dejado previamente escritos (pero no se lo digáis a nadie, que mis jefes se creerán que los escribo en el momento). Os pego la presentación que he preparado, para que os vayáis haciendo una idea de por dónde irán los tiros:

Si los amigos no se dan consejos, tampoco deberían recomendarse libros. Por eso aquí no se recomienda nada. Solo se lee, compulsivamente, con bulimia, con atragantamiento, y se comenta a vuelapluma lo que se lee. Esto es un cuaderno de lecturas que abre trecho en la espesura de las novedades editoriales. Un blog para lectores que buscan de reojo sin saber lo que buscan y que acaban encontrando lo que no se esperaban. Sin protocolos ni academicismos. Pasen sin llamar.

En cuanto al libro, este jueves sale una reseña en el suplemento Artes y Letras de Heraldo, y el jueves que viene, 19 de marzo, se emitirá una entrevista que me han grabado para el programa Borradores, de Aragón Televisión. Yo estaré en Nueva York y no podré verla, ya me diréis si he salido más feo de lo normal.

Y ya está bien de autobombo. Lo siento, pero están saliendo demasiadas cosas y creo que debo anunciarlas en esta ventanita, no tengo ánimo de aburriros. Prometo que desconectaré mucho en el viaje (mi cerebro me lanza advertencias: necesita descomprimir desesperadamente). En las próximas crónicas me limitaré a contar cómo veo la maravillosa ciudad de Nueva York, cuatro años después de mi última visita. Pasaré el día de San Patricio en ella, así que me pondré algo verde y brindaré por vosotros con una buena pinta de Guinness en algún pub lleno de borrachuzos con ganas de bronca.

Ah, y se me olvidaba. Carmen Santos, autora del blog-libro (o libro-blog, ya no sé qué fue primero) Días de menta y canela comparte conmigo los premios Dardo y Blog de Oro. Un honor grandísimo que seguramente no merezco. Gracias mil.

NOSTALGIA DEL CAPITALISMO SALVAJE

Incidiendo un poco en lo dicho en el anterior post, ¿no estáis un poco hartos de este capitalismo compasivo que nos ha tocado vivir? Añoro los tiempos del capitalismo salvaje, anterior al advenimiento de Al Gore, en el que los capitalistas te sodomizaban y te dejaban tirado en la cuneta sin preocuparse por tu suerte. Todo estaba claro, como en la cárcel: la parte sodomizante y la sodomizada comprendían su rol a la perfección y cada cual cumplía su parte en la farsa.

En el capitalismo compasivo, te sodomizan igual, pero cuando terminan, el sodomizador se enciende un pitillo, se recuesta, te besa en la boca y te pregunta si te ha gustado. ¡Y espera que sonrías complacido! Te compran flores, bombones y te dejan una notita cariñosa en la nevera. Qué asco. Personalmente, prefería los tiempos en los que me echaban a la calle a patadas. Prefería los tiempos en los que a Coca-Cola no le preocupaban mi felicidad ni mis arterias y en los que a Endesa se la sudaba si los hijos de mis hijos nacían sanotes o con cuatro brazos chernobilianos.

Señores capitalistas compasivos: ya nos damos por jodidos, no hace falta que monten teatrillos, que somos todos muy mayorcitos.

En descargo por esta bilis, y como todavía es el Día de la Mujer, aquí os dejo la columna que escribí esta semana en el MVT:

Albóndigas a la Nina

Este verano, paseando por lo que fue el Berlín oriental, acabamos cenando en un pequeño restaurante que se vendía como "el favorito de Nina Hagen en los 80". Esperé que la carta tuviera platos dignos del delirio post punk de Nina Hagen: lacasitos con virutas de serrín, tartaletas de mahonesa a la reducción de calimocho o litrona de cerveza helada al aroma opiáceo. Por supuesto, los camareros tenían que ser yonquis, y la limpieza del local... Pues eso, imaginaos.

Nada más lejos de mis prejuicios sobre el restaurante favorito del icono punk de la Alemania dividida. El local se llama Honig Mond, y es íntimo, delicado y elegante. Unas cuantas velas iluminan los veladores de mármol, varios espejos art-decó reflejan la penumbra y en una pared descansa un piano que seguro que animó muchas veladas décadas atrás. El Honig Mond es una institución berlinesa que se remonta a los felices años 20.

Pedimos la especialidad de la casa, la que tantas noches degustó la desquiciada dama punk: la 'Königsberger Klopse', unas albóndigas contundentes, grandes como puños, bañadas en salsa de alcaparras. Demoledora y deliciosa cocina tradicional centroeuropea. Difícil imaginar un plato menos apropiado para una artista punk.

No muy lejos de ese restaurante está la casa en la que Bertolt Brecht pasó los últimos años de su vida con su pareja, la actriz Helene Weigel, que atajaba el estrés cocinando grandes guisos pantagruélicos de su Austria natal. Su colección de utensilios de cocina todavía se conserva.

Nina Hagen y Helene Weigel fueron (bueno, Hagen todavía es, aunque nos cueste reconocerla) dos mujeres muy distintas con algo en común: su feminismo y su obsesión por estar siempre a la vanguardia y romper los corsés de la tradición. Y, sin embargo, cuando se echaba el telón, lo que más les reconfortaba era arrimarse a una humeante y tradicional marmita. Ellas celebrarían este Día de la Mujer en torno a una cazuela de 'Königsberger Klopse', y yo me sentaría a la mesa con ellas gustoso, sin importarme si esos vicios gastronómicos contradicen o confirman su imagen de mujeres modernas. Solo les diría: que aproveche.

DE LA CUNA A LA SEPULTURA

El hombre más viejo le va a dar la brasa a una recién nacida. Los barandas de Coca-Cola, quizá afectados por los gases que desprende su fórmula química, llevan años y años refinando sus técnicas de gurú nepalí. No se conforman con que bebamos por litros su agua carbonatada dulce de suave regusto a jarabe para la tos, quieren que seamos felices. ¡Felices!

Para conseguir su objetivo, podrían tirar por el camino de en medio y completar su fórmula secreta con un poquito de ácido lisérgico o unos gramitos de la primera parte de su nombre. Así harían felices a niños y abuelas. A los primeros, por el obvio colocón, y a las segundas, porque confirmarían su secular advertencia: "¡Vigila tu refresco o te echarán droga en él!". Y bien sabemos todos que la mayor causa de felicidad es llevar razón. La cara de orgasmo de alguien que suelta un "ya te lo decía yo" es impagable.

Ahora, con su cursilería trascendente habitual, sacan a un señor de 102 años de su casa, le montan en un avión y le llevan a una maternidad de Madrid donde ha nacido una niña para que le dé la brasa a la criatura. Parece una peli de Isabel Coixet, pero es un anuncio de Coca-Cola.

Yo tenía entendido que la Ley del Menor española es de las más severas y restrictivas del mundo. Tanto, que muchos periodistas nos hacemos cacotas cada vez que tenemos que sacar a niños en un reportaje. Pero no lo debe de ser tanto, cuando ese bebé está completamente desprotegido de las campañas de Coca-Cola.

Nacer es algo muy chungo. Hace unos meses fuimos a ver al hospital a unos amigos que acababan de ser padres y nos encontramos con un recién nacido con el ceño fruncido, cabreado, francamente jodido. Le habían sacado del acogedor útero, le habían vestido con ropas que seguro que picaban y estaba en un sitio donde hacía frío y había luces que deslumbraban y señores que hablaban a gritos. Nosotros estamos muy acostumbrados a él, pero para alguien que se estrena, el mundo está lleno de cosas incómodas. Hay que acostumbrarse a ese molesto nuevo mundo.

Pues a esa niña de Madrid, además de todas las mierdas hospitalarias que tiene que aguantar, le llevan a un vejete para que le explique el secreto de la felicidad. Jódete. Éramos pocos y vino el centenario soltando una chapa de viejo.

Pobre niña. Bastante tiene con el proceso de coordinación psicomotriz. Bastante tiene con no descoyuntarse el cuello en brazos de un tío torpe, como para que encima venga ese señor más arrugado que una pasa a soltarle un rollo de autoayuda. Qué mala pata, hija.

En venganza, y como parece que al señor este le queda cuerda para rato (debe de ser la sobrasada de Mallorca, que tiene antioxidantes), le recomendaría una cosa a esta niña -pobre, todo el mundo, incluido yo, se cree con derecho a recomendarle cosas, santa paciencia-: cuando, en tres o cuatro añitos tengas ya capacidad para tocar los cojones al personal, devuélvele la visita a la residencia a este buen hombre y demuéstrale lo feliz y lo vital que eres cargándote dos o tres jarrones, pisándole los juanetes con garbo y recortando en trocitos pequeños los álbumes de sus recuerdos centenarios más preciados. Que vea que has seguido sus consejos. Y que se entere de lo que jode que, estando indefenso y desarmado, vengan a darte la brasa con chorradas publicitarias.

¿Es que Coca-Cola no nos da tregua ni recién nacidos? Coño, sosiéguense, que los bebés no pueden consumir.

EL TEMPLO DEL SABER

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Hace unos días me invitaron a dar una charleta a unos alumnos de Periodismo en la universidad (la pública, ojo). Iba en calidad de "experto bloguero", ya que hago una sección semanal al respecto en Heraldo. "Pero si sabrán de blogs mucho más que yo, ¿qué les voy a contar?", objeté. "Algo sencillito -me respondieron-, unas nociones muy básicas, explicarles cómo funciona esa herramienta y qué posibilidades periodísticas tiene".

Ingenuo de mí, no hice caso de la advertencia y me preparé una charleta ambiciosa, convencido de que los chavales se me iban a merendar. Así que repasé mis viejas lecturas de Jürgen Habermas, me remonté hasta Max Horkheimer y Theodor Adorno y me curré un rollo con ínfulas filosóficas sobre en qué medida la eclosión de los blogs y la internet 2.0 ha modificado la cuestión de la credibilidad, y hasta qué punto la credibilidad es la piedra de toque, la clave fundamental que debe guiar a un periodista en estos tiempos de participación ciudadana y blogueo irrefrenable. A partir de ahí, intentaría plantear un debate, que participaran y llegáramos a algún sitio.

Iluso.

Qué iluso.

El alma se me cayó a los pies cuando pregunté a la muchachada y resultó que sólo uno en toda la clase tenía un blog. El resto, no es que no los hiciera, es que ni los leían. Casi ni sabían lo que era eso. No iban más allá de Facebook. Como para hablarles de veracidad y credibilidad en la cultura de masas. Como para sacar a relucir a la Escuela de Fráncfort.

Expliqué algo muy técnico y sencillito, guardé el libro de Habermas en la cartera sin ni siquiera llegar a mencionarlo y salí de allí apesadumbrado. No es que no lean libros ni periódicos, es que ya no leen ni en Internet. Bueno, a lo mejor, después de la charleta, alguno está leyendo esto. Que no se dé por aludido en ese caso, ya que ha llegado hasta aquí.

Antes de empezar a estudiar Periodismo yo ya había hecho radio y me había metido en más de un lío multicopiando fanzines, y estos pobres no sabían ni lo que era un blog. Vale que igual lo mío era demasiado raro, pero entre lo mío y lo de ellos habrá mil dignos términos medios, digo yo.

Me sentí pedante, pretencioso, vacuo. Lo que soy, vaya. Pero es que yo pensaba que si había un sitio en el mundo donde se podía ser pedante, pretencioso y vacuo con todas las de la ley era la universidad, antiguamente conocida como templo del saber. Nunca pensé que tendría que rebajar el nivel en un aula. El mundo al revés: mi discurso elevado se lo llevan mis amigos cuando salgo con ellos a emborracharme, y las simplezas más tontas van para la universidad.

Lo dicho: soy un iluso. Todavía me creo eso del gusto por saber y el afán por debatir y ampliar los horizontes. Soy un antiguo que no hace más que darse leñazos con la terca realidad.

¿No lo crees?

Foto: Jürgen Habermas, en desagravio.

CURRAR ES UNA JUERGA

Me dispongo a escribir mi columna de los viernes en el suplemento Muévete. Entro en la maqueta y me encuentro que Pablo Ferrer ha puesto algunas gracias en ella. En el título ha puesto "Moliendo café, treleré". Ha redactado un arranque que dice:

Un soneto me manda hacer Violante, que en mi vida me he visto en tal aprieto; solo una vez, cerca de Loreto, cuando hube de comprar un cabrestante. Yo pensé que no hallara navegante, pero encontré la tienda de Gepetto; como al lado había un bareto, reemprendí mi vida de tunante...

Y en el sumario-destacado de la columna ha colgado:

Un choneto me manda hacher Violanche, que en mi vida me he vichto en chal apriecho...

Cada semana me sorprende con una coña parecida. Uno de estos días le seguiré el juego, dejaré lo que él escriba y seguiré a partir de ahí. Hoy no, todavía no me atrevo.

CON CARIÑO

Dos comentarios recientes en este blog, en el artículo La colita del señor Dalí. Los dos tienen la misma IP (es decir, que han sido escritos desde el mismo ordenador):

Lo que queda claro en este articulo es que vas de pseudoculto y en realidad lo que te mola es que se follen un animal tras cortarle el cuello... eso lo dice todo de ti. Eres basura desechable.


Por tu articulo diría que ansias una penetración anal urgente. Deberías aunque sea pagar por ella... no sea que tu depravación vaya a peor... quien sabe que será lo siguiente que te guste.

Lo que me fascina de este tipo o tipa es que crea que ser culto o ir de pseudoculto sea incompatible con follarse a un animal tras cortarle el cuello. Hay gente que cree que la cultura es como un buen detergente, que elimina las perversiones. Como si leer a Schopenhauer y exterminar judíos no maridasen bien.

Me fascina también mucho el razonamiento del segundo comentario: debería pagar por una penetración anal urgente (bueno, a lo mejor una reposada también me servía) para que mi depravación no vaya a peor. Quiere decir que si calmo mis ansias y ardores de ser penetrado analmente, no iré más lejos. No lo tengo yo tan claro: a lo mejor entro en una espiral de depravación imparable y acabo forzando penetraciones por las orejas y por las fosas nasales. Tampoco sé si el comentario es una invitación a abonarle los servicios de una penetración anal urgente. ¿Alguien sabe a cuánto se paga una penetración anal urgente? ¿Si es sólo certificada me sale un poquito más barata? ¿Tienen vales descuento?

Hay odios que no entiendo. Literalmente. Creo que me están mandando a tomar por el culo, pero no me queda del todo claro, la verdad. Yo soy partidario de un insulto más directo. La perífrasis y la ofensa no se llevan bien. Hay que ir al grano para ser hiriente, si no, sólo haces el ridículo.

En cualquier caso, amigo o amiga, deseo que tus penetraciones anales, amén de gratuitas, sean reposadas y lubricadas, sin urgencias ni sequedades.

LA VOCACIÓN ANACRÓNICA

Miguel Mena se ha currado un montón la entrevista que me ha hecho este domingo en su programa de la Ser. Me he sentido un poco como en un especial de Esta es tu vida, con intervenciones estelares de Alberto Serrano Dolader y de Sergio Navarro. Yo no sabía nada, ha sido todo sorpresa. Un placer, la verdad. A ver si me pasan la grabación y puedo colgarla en algún sitio. Creo que he dicho muchas tonterías, como siempre.

Sergio Navarro ha dicho -o he creído entender- que una de las cosas que le atraen de este rinconcito digital es que un tipo jovenzano como yo (aunque encanezco y se me despeja la coronilla a ojos vista) tenga entre sus variadas obsesiones y afinidades a actores de cine mudo, a gente de otras épocas y a escritores que llevan mucho tiempo criando malvas... No sé cómo de variadas son las obsesiones que vuelco en este blog, porque a mí me da la sensación de que siempre estoy dándole vueltas a las mismas monsergas, pero al escuchar a mi tocayo me he acordado de una vieja competición de anacronismos.

Hace años, una amiga y yo coincidíamos en que los dos éramos seres anacrónicos, y que en lo único en lo que nos diferenciábamos era en las épocas que habíamos escogido para nuestros anacronismos. Ella se sentía más años 20 y yo me identificaba más con el feísmo post-hippie. A ella le molaba el mesmerismo, y a mí, la lisergia mental sin ácido. Ella iba más de fox-trot, y yo, de guitarreo prepunk. Ella era de Houdini, y yo, de Juan Tamariz. Ella era aristócrata, y yo, comunista. Ella iba de Nabokov, y yo, de Cortázar.

Todo muy dispar, apenas coincidíamos en nada. Y, sin embargo, nos entendíamos, había compenetración. Según ella, la clave de nuestra afinidad era que, más allá de los hitos concretos, los dos éramos seres anacrónicos. O mejor: los dos teníamos una vocación anacrónica. Y en esa vocación germinaba nuestra intimidad.

Ser vocacionalmente anacrónico no significa que sientas nostalgia de un tiempo no vivido, ni que te mueras por meterte en una máquina de tiempo, ni siquiera que quieras recrear ese tiempo en la actualidad. Ni mucho menos. La vocación anacrónica convierte el pasado elegido en energía creadora para el presente y para el futuro. No busca revivals ni teatrillos ni Cuéntame cómo pasó. No se trata de imitar ni de recrear, sino de parasitar la esencia de una época y de un lugar y aprovecharlo hoy.

Es algo sutil, difícil de explicar y difícil de comprender para uno mismo. Pero los anacrónicos nos entendemos.

Gracias, tocayo Navarro, por esa intervención radiofónica. Colorao me he puesto y todo. Miguel Mena ha sido testigo (qué cabrón, menuda encerrona...).

COMO ACTORES SECUNDARIOS

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Parental advisory: este post no es apto para menores proclives al botellón. Niños, no hagáis esto en vuestras casas.

Hará un par de semanas quedé con un amigo a echar una caña antes de cenar. Un plan reposado: un poco de charleta literaria -los dos le damos a la tecla por oficio y vocación-, contarnos lo que tenemos cada uno entre manos y a casa.

Pero la cosa se lió, empezamos a dejar de pedir el vino por copas para pedirlo por botellas y apareció por ahí un montón de gente que saludaba, bebía, brindaba con nosotros y se despedía. Hacia la medianoche cenamos cochifrito (o algo así), se presentaron nuestras respectivas -por lo demás, sobrias y pacientes- y acabamos todos a las dos de la mañana ciegos como piojos en un concurrido antro de modernos con nombre de atracción de feria. Mi amigo y su respectiva hicieron mutis en algún momento indeterminado y yo fui remolcado hasta el hogar mientras decía un montón de inconveniencias y cantaba clásicos de Lluís Llach a voz en grito.

No se puede salir de casa, pensé.

La resaca fue fina, por supuesto, y juré, instantes antes de volver a salir, que a Marx ponía por testigo de que nunca más bebería alcohol. Pero mi day after debió de ser mucho más suave que el de mi compañero de farra, que me mandó un sms disculpándose por lo impropio de su conducta y esperando no haberme ofendido ni a mí ni a mi señora.

Pues sí que estamos bien -seguí pensando, con gran esfuerzo y después de tomarme un sobre de ibuprofeno antirresacoso-, ahora me vienen con culpas judeocristianas. Lo que nos faltaba.

El remordimiento, ese gran enemigo interior.

¿Qué mundo es este en el que uno no se puede salir un poco de madre de cuando en cuando? ¿Qué tristeza de vida es esta que nos avergüenza de nuestras pequeñas -misérrimas- debilidades? Ni que hubiéramos cometido un crimen, digo yo. El crimen lo cometí yo contra el repertorio de Lluís Llach, pero salvo la dignidad de la cançó catalana, nada más resulto herido aquella noche, que por lo demás recuerdo grata e ingeniosa.

La culpa se extiende como el aceite entre los hijos del mayo del 68. Qué generación de mierda esta a la que pertenecemos que es más carca que la de sus padres. Bien está que no busquemos playas bajo los adoquines porque ya sabemos que bajo el pavimento sólo hay cloacas, y destaparlas es insalubre, pero de ahí a que nos avergoncemos del desfase, a que no podamos ni zamparnos una fabada por el qué dirán...

He aquí un retrato generacional, cortesía de Barricada en el disco Por instinto:

Puedes observar como empieza
aunque no lo entiendas
y nadie te lo explique.

Puedes creer que estás equivocado
porque todos parecen divertirse.

Como actores secundarios
demasiado preocupados
en llevar puesto el sombrero
y poner cara de tiernos.

Son chicos muy listos,
todo lo hacen bien.
Son como gusanos
que no paran de comer.

Aburrida, vaya generación.
Ser aburridos es nuestra vocación.

¡Ven, ven, ven!
A mirar el precipicio.
¡Ven, ven, ven!
Todo lo haces por instinto.
¡Ven, ven, ven!
Ven a mirar, salta de aquí.

Llegas con retraso, tu tiempo va al revés.
La aguja se volvió a romper.

Si intentas decirme algo, esa historia ya la sé.
Puños cerrados golpean la sien.

Muy arriba o muy abajo,
ni delante ni detrás,
quédate con lo que quieres,
no hablaremos nunca más.

No he encontrado el vídeo de la canción, pero os pongo esta versión de Los Gandules del No hay tregua, frente a los mismos Barricada. A mí me parece tronchante, pero reconozco que soy muy primario:

Estamos tan empeñados en hacerlo todo bien, en ser perfectos, en lucirnos, en brillar, en destacar en el histérico resorte de la vida (de la vida laboral, vaya, la del éxito, la del reconocimiento), que no toleramos la imperfección, que no soportamos la fluidez del vino cuando se ha perdido la cuenta de las copas y la anestesia de la parte frontal del cerebro, la que controla la inhibición, la que nos lleva al borde del precipicio. Somos actores secundarios demasiado preocupados en llevar puesto el sombrero y poner cara de tiernos.

Y ya está bien, hombre: es feo que alguien sienta que se tiene que disculpar por emborracharse con un amigo, digan lo que digan los de Proyecto Hombre y los de Alcohólicos Anónimos.

TRAGOS LARGOS

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Una amiga quiere -o quería, no sé si ha desistido ya- montar un bar de cócteles. No creo que funcionara en España, pero sería una maravilla tener a mano una coctelería de verdad, como las de Francia y Estados Unidos.

De hecho, me gustaría salir sentado, como hacen en casi todo el mundo. Será más animado apretujarse en los baretos de pie, pero yo echo de menos boîtes agradables con música no muy alta y horario generoso donde echar las horas disfrutando de un trago largo (trago largo: me encanta esta traducción latinoamericana del inglés longdrink). Un sitio donde emborracharse con dignidad, como un caballero, sin tener que andar haciendo equilibrios.

En España seremos muy salidores, pero no tenemos buenos bares. Esa es la verdad. Sabemos armar gresca y arrejuntarnos en mogollón, pero no sabemos disfrutar de la noche como gentlemen. Y yo, que soy un estirado aficionado a los tragos largos, echo de menos que se me hagan las claras con mis amigos en sitios donde no tenga que competir por un hueco en la barra o mantener una conversación a gritos. En Zaragoza, antes teníamos el Vinilo, de ambiente semiafrancesado y horario generoso, pero ha cambiado de dueños. En Barcelona hay algunos, pero insultantemente caros e insufriblemente esnobs. En Madrid resiste el Manuela, antro de mis entretelas y de largas tardes de domingo, donde lo mismo te sirven un café con bollos que te preparan unos dry martini casi helados, blancos, que te acuchillan la glotis.

Pero son islas en el desierto nocturno.

¿Me obligarán a beber en casa? ¿Me obligarán a surtir mejor mi mueble bar? ¿Me obligarán a darle más uso a mi coctelera? Tras un tiempo manteniendo la llama encendida a medio gas, ¿han llegado a su fin los días de mis noches? Espero que no. Espero que me sirvan todavía muchos tragos largos. Y que mi hígado lo vea.

RENUNCIO A SER MODERNO

Columna Del revés, publicada este viernes en el MVT:

Renuncio. Se acabó. Lo he intentado durante varios años y hoy, por fin, en presencia de testigos, anuncio mi dimisión del club de la modernidad, donde creo que ni tan siquiera llegué a ser admitido. Y no será porque no mendigué mil solicitudes de membresía (apostilla: quizá el empleo de la expresión 'membresía' me desacredite de buenas a primeras como aspirante al club de la modernidad. Y puede que 'apostilla' también. Es más, dudo mucho que los modernos, si quieren ser modernos, se agrupen en un club, que suena a cosa antigua).

¿Ven lo difícil que es ser moderno? Hay que pasar todos los días un examen muy duro. No basta con estar al tanto de las tendencias, hay que anticiparse a ellas. Las dudas asaetean el corazón constantemente (sí, sí, sí, tampoco es moderno asaetear, pero a mí ya me da igual todo). Uno se mueve constantemente en el filo. Un paso en falso y caes en el foso de los horteras y los desfasados. Una frase inadecuada basta para arrumbarte al final de la barra, donde se apelotonan los recién divorciados con corbatas de piano que compran reediciones de discos de Enya.

Hay que atinar en el momento y el lugar adecuados. Según los días, proclamar tu admiración por Christina Rosenvinge puede elevarte al Parnaso de la modernidad o hacerte pasar por viejo verde iletrado. En un solo segundo, Paco Martínez Soria puede pasar de entretenimiento de abuelas a icono pop -como, de hecho, casi ha sucedido-, y hay que saber cuándo se produce exactamente el quiebre: si le reivindicas como icono pop un segundo antes de que realmente sea proclamado como tal, caes en el rincón de los divorciados. Y de ese rincón ya no se sale.

Así que renuncio. Han sido muchos años de sufrimiento innecesario, de tomar apuntes al dictado de los 'cool hunters', de concienciarme de que ahora no basta con ser moderno, sino que hay que ser postmoderno. Basta ya. Desde este momento asumo para siempre que no valgo para esto, que no le veo el brillo pop a Paco Martínez Soria por ninguna parte de la boina y que Rosenvinge me parece de una noñez más empalagosa que un kilo de merengue. Seré clásico, antiguo y muermo, pero viviré sin tensiones ni úlceras.

ADOLESCENTES DISMINUIDOS

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La voz en off de Lester Burnham decía al principio de American Beauty (peli de la que se cumplen ahora diez años. Escribiré un post sobre el inlfujo de esta obra en la primera década del siglo XXI, que creo que es grande):

Jane es la típica adolescente: insegura, malhumorada... Me gustaría decirle que se le pasará, pero no quiero mentirle.

El adalid de la literatura postmoderna (o post lo que sea. Hemos tenido tantos post-algo que ya no sé qué viene después de qué) Michel Houellebecq, en Ampliación del campo de batalla, escribe:

La adolescencia no sólo es una etapa importante de la vida, sino que es la única etapa en la que se puede hablar de vida en el verdadero sentido del término. Los atractores pulsionales se desenfrenan en torno a los trece años y luego disminuyen poco a poco, o más bien se resuelven en modelos de comportamiento que a fin de cuentas sólo son fuerzas petrificadas. La violencia del estallido inicial hace que el resultado del conflicto pueda ser incierto durante muchos años; es lo que se llama, en electrodinámica, un régimen transitorio (...). Lo cual puede expresarse de forma más brutal y menos exacta diciendo que el hombre es un adolescente disminuido.

Cuando en el instituto escandalizamos al profesorado con una revista en la que pusimos todas las inconveniencias políticas y sexuales que se nos ocurrieron y el consejo escolar amenazó con expedientarnos, un profesor dijo (y así fue publicado en el siguiente número, donde se glosaron las reacciones a nuestra gamberrada):

Es como el acné, una típica adolescentada.

Herbert, uno de los protagonistas de Malas influencias -minutos publicitarios: el libro saldrá a la venta probablemente la semana que viene-, dice (o le hago decir):

Una adolescentada enorme y maloliente de la que incluso hoy me avergonzaría si fuera capaz de recordarla.

Vergüenza, atrevimiento, sexualidad atronadora. La región más complicada de la vida de un ser humano. Hormonas en ebullición, niños que juegan a un juego cuyas reglas no comprenden, que hacen cosas de las que su yo adulto se arrepentirá. No como en la infancia, donde todo era fácil, donde las cosas podían ser como uno quisiera que fueran con tan solo decirlo en voz alta. La treta ya no vale después, y encima hay que lidiar con esas erecciones, con esos furores y con esa rabia. Nostalgias neolíticas. Nostalgias de un tiempo en el que podían desfogarse como ciervos en berrea, en ritos de iniciación, en orgías a la sombra de los dólmenes.

La patria del hombre no es la infancia, es su adolescencia. Los afectados por el síndrome de Peter Pan no quieren ser niños eternos, quieren ser adolescentes eternos.

Adolescentes disminuidos. Lester Burnham lo sabía bien. Así se nos va pasando la vida.

01/02/2009 18:40 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Intrascendencias No hay comentarios. Comentar.

UN MISMO PAÍS

Como dos enemigos que se odian, Francia y Estados Unidos se parecen muchísimo. Aunque -especialmente Francia- tiendan a presentarse como la antítesis del otro, tienen muchas más cosas en común de las que los separan. Si queréis irritar a un francés o a un yanqui, hacédselas notar. Les haréis sangrar la glándula chovinista, que ellos tienen debajo del páncreas.

  • Franceses y americanos están convencidos de que viven en el mejor de los países posibles, y en esa creencia educan a sus vástagos. En otros países esto no ocurre: españoles, italianos, portugueses, ingleses y argentinos tendemos a pensar que vivimos en el peor de los países posibles, y en esa creencia educamos a nuestros vástagos.
  • Cuando un intelectual francés o americano habla de "la sociedad" o del "mundo", en realidad está hablando de "la sociedad francesa o americana" o del "mundo francés o americano". Lo que hay afuera es un magma de bárbaros que no merece ser llamado "sociedad" ni "mundo".
  • Los dos países tienen mitos fundacionales republicanos que funcionan casi como religiones de Estado. El respeto a los padres fundadores y a su mitología es sagrado y tiene proyección universal.
  • El granjero o campesino es uno de los ejes del Estado y una de sus señas de identidad. A diferencia de lo que ocurre en otros países desarrollados, mantienen sociedades rurales poderosas, con férreos valores tradicionales que pueden llegar a condicionar la conducta del Estado. En ambos países, el granjero es a la vez mito nacional y emblema de lo palurdo. Lo mismo se le adora que es objeto de bromas, y esa contradicción mantiene enhiesta su figura.
  • Estados Unidos tiene una versión en negativo de su país en México. Francia estaba acostumbrada a tenerla en España. Que España haya dejado de serlo ha afectado mucho a su autoestima. Los franceses no se han recuperado del golpe, no asumen que los españoles hayan dejado de ser mano de obra barata y vacaciones baratas. Los americanos pueden seguir gozando de México en ese sentido.
  • La mayor ambición de los literatos de ambos países es aprehender su espíritu y su época en sus obras. Los americanos suspiran por "la gran novela americana" y los franceses intentan apresar la crisis decadente en la que su país dice vivir desde que el mundo dejó de admirarlo (es decir, desde siempre). A los literatos ingleses, por ejemplo, esto les importa más bien nada, y a los españoles se la suda ampliamente.
  • Tienen paisajes urbanos muy uniformes y muy reconocibles. Basta un detalle en una foto -una señal de tráfico, la forma de una ventana o de un semáforo- para saber que ha sido tomada en una ciudad francesa o americana. Las ciudades españolas son muchísimo más heterogéneas.
  • Pero la semejanza definitiva, la prueba insoslayable de que ambos países son variaciones de uno solo es lo mucho que se odian: para Francia, Estados Unidos es el colmo de la vulgaridad y de la prepotencia, y para Estados Unidos, Francia es el colmo del amaneramiento y de lo vacuo. Y mientras se insultan, nadie repara en que José Bové es clavadito al John Doe de la peli, o que Frank Sinatra apesta a club parisino.

Además, qué cojones: que hasta tienen la misma bandera, con los mismos coloricos.

30/01/2009 19:50 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Intrascendencias No hay comentarios. Comentar.

UN TÍO CHANANTE

Tengo un querido y admiradísimo compañero -admiradísimo de verdad, y no por estas frases, que también-, al que no le gusta verse citado en ningún sitio, así que le llamaré X, que nos deleita cada tarde con mil expresiones chanantes. Tiene un repertorio amplísimo. A los becarios les dice: "Tenéis suerte de escuchar estas cosas, porque expresiones como estas ya solo se oyen en España entre los estibadores del puerto de Barcelona y en la redacción de Heraldo de Aragón". Y yo estoy de acuerdo. Iré recopilando frases suyas, pero aquí dejo una mínima minimísima muestra de cuatro de sus expresiones impagables:

-Se ha pasado el día rastrillándose los cojones.

-Fue hasta el despacho con trote cochinero.

-Vengo de hacerle una visita al proctólogo (cuando cae un marrón de la jefatura).

-Puse cara de bogavante expuesto en una pescadería de lujo.

Esta última es la mejor, sin duda.

De propina, una perla de Futurama, serie tan admirada como el genio de mi compi:

-No podemos competir contra Mama, Inc. Ella es una empresa grande y mala, y la nuestra es pequeña y neutral.

EL RESULTADO DEL RETO

Pues aquí está, para los que no hayáis podido leerlo en papel. Juzgad vosotros si he ganado el reto con dignidad. Al final, lo que hice fue expandir la frase hasta convertirla en una columna entera. Llené de argumentos el vacío. Pablo Ferrer insiste con otros retos, pero tampoco hay que pasarse, que dentro de poco me tiraréis cacahuetes mientras deletreo palabras polisilábicas haciendo el pino puente. Y yo las acrobacias circenses siempre las he reservado para mis veladas sexuales y privadas.

NOCILLEROS Y CHANANTES

La gente que se dedicó a imaginar cómo viviríamos en el proceloso siglo XXI, desde Nostradamus hasta Miguel Ríos (¿quién no recuerda eso de "año 2000, llega el año 2000"?), pasando por Julio Verne, pensaron en megalópolis, coches voladores y seres hechos de energía pura. Hay que reconocer que, andado el siglo, el que más se ha aproximado a ese ideal de seres de pura energía es Bunbury, con su vestuario y su pasión por Bruce Chatwin, uno de sus escritores de cabecera, un inglés obsesionado con los aborígenes australianos.

Bunbury siempre ha querido estar en las antípodas, como Chatwin, buscando el rincón más alejado posible del planeta o de la galaxia, como soñaron para nosotros los agoreros del pasado. Pero estamos en 2009 y seguimos sin viajes espaciales. Ni siquiera supersónicos. Y tampoco tenemos ganas de hacerlos. Resulta que nos gusta quedarnos en casita, con la Play y la tele de plasma. No estamos a la altura de la imaginación viajera de Verne. Salvo para Bunbury y otros seres espirituales de pura energía, ¿sabéis cuál es el referente geográfico más poderoso de la juventud de esta España del siglo XXI? ¿Nueva Zelanda? No, Albacete.

¿Quién le iba a decir a ese erial manchego que iba a irradiar tanta luz campestre y provinciana sobre la cultura juvenil española? ¿Ejemplos? Los tengo a puñados. Como precedente de los años 80, 'Amanece que no es poco', icono del humor absurdo ambientado en las serranías albaceteñas.

Pero fue Joaquín Reyes, primero con 'La hora chanante' y luego con 'Muchachada Nui', el que extendió una neolengua basada en el dialecto de su tierra, Albacete, con expresiones como "a cascoporro" o "regulero". En el plano musical, en Albacete se regeneró el rock patrio de la mano del Viña Rock, masivo festival veraniego celebrado en Villarrobledo. Y en literatura, Albacete es el epicentro de la llamada "generación Nocilla", los narradores de moda. Su biblia, 'Nocilla Dream', de Fernández Mallo, oscila entre dos desiertos, el de Nevada y el de Albacete.

Qué frustrantes somos. Nuestros abuelos nos soñaron galácticos y cosmopolitas, y les hemos salido del mismo Albacete.

PIE FORZADO

El insigne Pablo Ferrer me ha propuesto un reto: en mi columna del Muévete de esta semana tengo que introducir la frase "¿Nueva Zelanda? No, Albacete". Tiene que fluir natural, no desentonar con el texto, estar bien insertada, que no parezca un pegote.

Por supuesto, he recogido el guante de Ferrer. ¿Seré capaz de estar a la altura? Todavía no la he escrito. La respuesta, este viernes en Heraldo (y para los que no viváis en el viejo Reyno de Aragón o no os dé la gana leer el periódico decano, la colgaré aquí al día siguiente).

QUESO Y CERVEZA

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Hay dos etimologías alimenticias que me resultan de lo más sugerentes, que hablan del trasiego de los pueblos de Europa, de esa cultura milenaria que une a los moradores de este continente más allá de guerras y fronteras. Son dos productos primigenios, básicos, fundacionales de la sociedad, que han evolucionado hasta formas complejísimas, del mismo modo que los poblados del neolítico se han convertido en ciudades con rascacielos. Son el queso y la cerveza.

El queso es una de las constantes de todas las culturas del planeta, porque da respuesta a la necesidad que tenemos los humanos de conservar un producto muy perecedero: la leche. Depurando las técnicas de cuajado y curado, nuestros tatatatatatatarabuelos descubrieron que se podía elaborar un producto delicioso y muy nutritivo, que admite infinidad de formas de preparación, modalidades, texturas y sabores. Algo parecido sucedió con la cerveza: las técnicas de conservación del cereal propiciaron el descubrimiento de la fermentación en agua, del que resultaba un brebaje rico "que ponía contenta a la gente", según decía una tablilla babilónica. Hay centenares de cervezas distintas, y en más de un 99% son originarias de Europa (en el siglo XX se han desarrollado estilos propios de Estados Unidos y Japón, pero los clásicos son europeos).

Hay miles de variantes regionales y locales de cerveza y queso en todo el continente, pero de los Urales a Irlanda y de Dinamarca a Gibraltar, los europeos sólo sabemos decir queso y cerveza de dos formas distintas.

Los castellanos, alemanes, ingleses, portugueses y holandeses usan la palabra latina ’caesus’ para decir queso (evolucionada a kässe en alemán, cheese en inglés, queijo en portugués y kaas en holandés). Los catalanes, italianos y franceses usan otra fórmula latina, ’formaticum’, que los filólogos dicen que denominaba al molde con el que los romanos fabricaban el queso (evolucionada a formatge en catalán, fromaggio en italiano y fromage en francés). Miles de quesos, solo dos formas de referirse a ellos.

Con la cerveza ocurre algo muy parecido. Los habitantes de la Península Ibérica utilizamos una palabra derivada de la diosa romana Ceres (cerveza en castellano, cerveja en portugués y cervesa en catalán). En el resto de Europa se emplea una palabra de origen galo (bière en francés, beer en inglés, bier en alemán y en otras lenguas germánicas como el holandés y birra en italiano). En realidad, en castellano se usa también coloquialmente la fórmula gala de birra. En francés también existe la forma cervoise, pero está en desuso y sólo la emplean los pedantes. Por lo visto, en uno de los dialectos del romanche suizo también se dice gervosa, algunos especulan que debido a una difusa e indemostrada influencia ibérica.

Pero la etimología cervecera tiene una vuelta de tuerca más que la del queso. Uno de los estilos clásicos de cerveza, originario de las Islas Británicas, es el estilo ale. De hecho, en el Reino Unido y en Irlanda, la palabra ale se emplea a menudo como sinónimo de cerveza, tomando la parte por el todo. Da la casualidad de que ale es una palabra muy antigua de origen nórdico que viene del noruego øl, que en las lenguas nórdicas significa cerveza.

Son todas palabras muy antiguas, que varían muy poco de unos países a otros, y eso es porque se refieren a dos elementos fundamentales -y fundacionales- de nuestra cultura. Son palabras que tienen sabor, que concentran en sus sílabas siglos de placer y sabiduría compartida, que resumen una forma de gozar del mundo que nuestros antepasados nos han legado y que nosotros no sólo hemos preservado, sino que hemos ido mejorando generación tras generación.

Cuando en la Unión Europea hablan del acervo comunitario, ¿incluirán el queso y la cerveza en él?

Por cierto, que el único lugar de Europa donde se marida a la perfección estos dos productos es Bélgica, donde es costumbre beber cada cerveza acompañada por un queso especialmente elaborado para ella.

COMENTARIOS DE 2008

Acaba el año, amiguitos. De entre los comentarios que ha recibido este blog en estos doce meses he escogido una brevísima y mínima selección de algunos de los que más cariño hacia mi persona destilaban, aunque otros los he elegido porque me han parecido tiernos, graciosos o, directamente, porque no he entendido una sola palabra de lo que me decían (el LSD fluye a gusto por la blogosfera, queridos). De estos últimos, mi favorito es el que firma Kabilio Cubilio. Puede que a Poe le diera buen resultado escribir beodo, pero por lo general, escritura y alcohol no hacen buenas migas. Téngalo en cuenta, señor Cubilio. Unos pocos comentarios son de los habituales (no os menciono para no dejarme ninguno: gracias mil por animar este lugar con vuestra chispa casi diaria), pero la mayoría son de gente que no suele estar al quite en cada entrada y que ha aparecido esporádicamente. Feliz 2009 a todos y cuidado con las uvas.

El nick va en negrita y sigue el comentario cortipegado tal cual, sin retoques. Para reclamaciones sobre ortografía, gramática o dislexia, diríjanse a los interesados.

Oye tu cabrón

AQUI COMO SIEMPRE, TODOS INTENTANDO NINGUNEAR A LOS HEROES DEL SILENCIO!!! BUNBURY ES DIOS Y LOS DEMAS UNA PUTA MIERDA!!!! 

Disconforme

Estimado Sergio: No querría pecar de insistente, pero comentarios como los tuyos son los que me reafirman en la convicción de que muchos ciudadanos de este país que se identifican con posiciones políticas de izquierdas merecerían sufrir permanentemente un gobierno de derechas, dada la simplicidad e ingenuidad de sus posiciones políticas. Me asombra que, tras vivir los ocho años terribles de gobierno de Aznar, todavía consideres que no hay diferencias reales entre PSOE y PP. Y todavía más que afirmes que, aunque Zapatero sacó las tropas españolas de Iraq (la decisión difícil y comprometida), no está del todo claro que no las hubiera llevado allí si hubiera estado en el poder (la decisión fácil y sencilla, como hicieron por ejemplo Francia y Alemania). Y también me asombra que olvides que en el último año de Aznar se trató de instaurar la asignatura de Religión como valorable para el currículo escolar (el gran deseo de la Iglesia y una manera de perpetuar su poder educativo), y que fue el gobierno de Zapatero quien anuló esta disposición y creo la Educación para la Ciudadanía (que no soluciona los problemas de la educación en España –aunque detesto usar la palabra “solución”– pero que al menos pone un granito de arena, ofreciendo un conjunto de herramientas para el razonamiento y análisis con las que los alumnos puedan formarse sus opiniones morales y cívicas, que no es poco). Y, para colmo, dices que, a lo mejor en otro momento, el Gobierno del PP sí hubiera aprobado la ley de matrimonio homosexual... Bueno, esto mejor no comentarlo, se descalifica por sí solo. Yo, por el contrario, me voy a ceñir a hechos concretos. Por ejemplo: ha sido el PSOE quien ha aprobado la Ley de Igualdad, no el PP (quien, por cierto, la impugnó ante el Tribunal Constitucional, no se nos olvide); ha sido el PSOE quien ha aprobado la Ley de la Memoria Histórica, no el PP (que también se opuso con virulencia); ha sido el PSOE quien ha aprobado la Ley de Dependencia, no el PP; ha sido el PSOE quien ha derogado el trasvase del Ebro, no el PP (que sigue amenazando con retomarlo), y así hasta un largo etcétera, por no hablar de las maneras y los modos ejercidos por los líderes de ambos partidos durante estos 4 años, incluyendo el apoyo de varios miembros del PP a la paranoica Teoría de la Conspiración, que pone a las claras la catadura moral de estos (y su caradura, añado también). Y por si faltaran más pruebas de las diferencias entre ambos partidos, tomemos por ejemplo la última propuesta de Rajoy sobre el llamado “contrato para inmigrantes”: no me digas que no es para echarse a temblar. Y, de postre, otro pequeño ejemplo de con quien nos la estamos jugando; te pongo a continuación, por si las desconocías, las declaraciones de Filip Dewinter, líder del Vlaams Belang, partido de ultraderecha belga: "Hoy no hay verdaderos partidos de derechas en Europa. La mayoría se están convirtiendo en socialdemócratas que abusan de la corrección política y no hablan de las preocupaciones reales de la gente como la inmigración. Tal vez la excepción sea el Partido Popular español, un verdadero partido de derechas, pero los demás...". Creo que con esto está todo dicho. 
 
Cuando Labordeta dijo que Zapatero era el primer presidente de izquierdas de la democracia no lo decía por hacer una gracia. Y me sabe muy mal la ingratitud de algunos ciudadanos de izquierdas (me refiero a la izquierda democrática, no estalinista, que conste) que ahora quieren volverle la espalda a un buen presidente de gobierno que no ha dudado en apostar por políticas sociales de fuerte impacto y cierto riesgo. Eso es lo que personalmente más me duele. 
 
Saludos.

 

Cerdito

Qué fácil es apelar a Extremoduro para enternecer a los adoslescentes noventeros, ahora mileuristas. Qué recurso más fácil, que pocas ganas de escribir del presente en todo este blog. 
Quítate las gafas de ciego y mira de verdad cuando salgas a la calle y dime qué ves. Porque si ves a rockeros trasnochados, drogatos metasídicos y peludos sin fronteras es que no vives en 2008, sino en la caverna de Platón.
 
 

Kabilio Cubilio 

La MaRSELLESA ES DE UN GERMANO EN CONCRETO LOREDANO ASLACIANO 
Pero esa bandera sabras que la diseño un uhp que el rojo por la rev. el blanco por la monarquia y el azul por francia ytambien por...
 

 

Dado de alta 

un musico analfabeto de esta roma de los siglos 21,que vive entre sus poesias y muere entre sus preguntas improbisando con palabras sin destino o se podria desir sin la cara del receptor pregunta...¿como puedo luchar por lo que quiero,si soy un pobre loco que labura dia y noche y no tiene nada ni tiempo para escribir un miserable renglon?...¿como puedo soñar sin siquiera dormir en paz?...¿como un ser de barrio como vos pensando que su realesa nacio de la umildad se miente asi mismo?...¿como yo por momentos paso ambre por la realidad que me toco y no tengo posibilidad de nada?...¿por que tengo el presentimiento de que ni siquiera vas a cansar tu mirada con estas perdidas palabras?...en fin es la primera ves que visito esta pagina soy de uruguay mdeo tengo 21 años y nada dejo mi telefono por si algun buen humano tiene una propuesta venenosa... 

 

Sor Presainthenight

Un día amanecieron pintadas todas las papeleras de mi querido barrio rural. Unas mejor y otras peor. Pero todas pintadas. Un color bonito de fondo y decoradas como buzones, filas de hormigas, otras como si llevaran corbata... El efecto fue el deseado: sorpresa. El que todos los vecin@s al día siguiente, cuando fueran a trabajar o a comprar el pan, se tropezaran con algo nuevo. "El cacharro verde ese... hostia..." Supongo que alguien pensaría eso. Las papeleras parecían decir: "Eh, mírame... estoy guapa, ¿no?. Pues méteme tu mierda hasta el fondo..." 
 
La cosa es que, como suele pasar en los núcleos pequeños, durante varios días hubo tema de conversación en la panadería y la peluquería. Había quien decía que habían sido los niños de la ludoteca... Otros que unos gamberros de Fuentes de Ebro (no sé por qué de Fuentes). Había a quien le gustaban y había a quien le daba igual. Pero para la alcaldía era un acto vandálico inadmisible. Aun más, hizo público un escrito donde decía que la "reparación de los daños" (que en realidad es volverlas a pintar de verde) alcanza la cifra de 6.000€. Así se criminalizó esa sorpresa. Tras el repintado, hubo quejas de algun@s vecin@s a los que les habían gustado las papeleras de colores. 
Pero la cosa no acaba aquí. Mes y medio o dos meses después del crimen de las papeleras, el Ayto. de Zaragoza emprende la genial campaña de decorar sus papeleras con pegatinas y lemas. Más sosas que para qué. Pero bueno, se buscada el recordar a la gente con algo nuevo el uso de esas tristes papeleras que nos ven llegar a casa borrach@s por las noches o mañañas y nunca dicen nada. Lo de mi barrio, papeleras coloreadas por la gente, fue algo muy malo que hace la gente mala. Lo de Zaragoza, las pegatinas esas del Ayto. fue una idea genial y sorprendente. Pues eso. 
Todo esto es para acabar diciendo que parece ser que el derecho de sorpresa está en manos de las autoridades.
 

 

Marmota

Hace años, mi exnovio guardaba un cartón de leche en el que, si no recuerdo mal, aparecía una vaca vestida de Supermán. Creo que se llamaba "Supervaca", o algo así (o igual lo pienso porque sería lo más lógico). Todo un mundo por descubrir.  
 
Sólo me queda añadir que no esperaba esa frase final de un periodista tan fino como usted...  
 
:)
 
 

 

ACRey

Puede que sea humor lo que has escrito o puede que no. Es posible que sea crítica sin matiz hacia la creación del "manifiesto" en defensa del Castellano o puede que en realidad no alcance al concepto de crítica. Pero algo parece ser cierto: no es humor crítico ni crítica humorística. No porque lo diga yo, sino porque no dices qué tiene exactamente de bueno las patatas bravas. ¿Mayonesa? 

 

María

Idolatrado Sergio: 
 
He dejado pasar un tiempo para ver si entrabas en razón, pero ya veo que no. Tú andas por ahí emborrachándote con los comunes y a mí me dejas los especiales: sabes que tienes un hijo  
y ni el apellido le vienes a dar. Llorando junto a la cuna me dan las claras del día, mi niño no tiene padre, qué pena la suerte mia. 
 
Así no podemos seguir, amor mío. Reconoce a tu Sergito, dale tu apellido, para que pueda ir por el mundo con la frente bien alta. 
 
Si no te avienes, soy capaz de cometer una locura. Que lo sepas. 
 
Eternamente tuya, 
 
María
 
 
 

A la manera de Pérez Reverte (por alusiones)

El señor Del Molino patina. No se trata de una serie de televisión, sino de épica, con dos cojones: Gerona, Bailén o Zaragoza; incluidos otros lugares donde los franceses, pese a su motivación patriótica indiscutible y a su brillante cultura nacional anterior al siglo XX, se llevaron una enorme mano de hostias. Y en lo que a glorificación se refiere, precisemos que en las historias de Alatriste no se trata de eso, sino de todo lo contrario. A lo mejor es que el artista habla de oídas, pues lo desafío a demostrar que su España es más sórdida o descarnada que la que ven los ojos de Diego Alatriste. La palabra gloria no cuadra a esta nación, no por antigua menos infeliz, ingrata y miserable, ni a tanta bandera manipulada por tenderos sin escrúpulos e historiadores a sueldo. Sólo un imbécil puede confundir glorificación pomposa o patriotería barata con el acto de narrar desde la Historia y la memoria, como si en las bibliotecas españolas sólo figurase la colección del Guerrero del Antifaz. El señor Del Molino no es un imbécil, pero vive en España –él diría en el Estado español– de dar coba a los que sí lo son. Por eso no huele a honrado el pan que come. Decir que España que no sejugó su existencia el 2 de mayo de 1808 (tengo un libro al respecto) y que no existe como nación secular ni como cultura nacional es imitar a Jacques de Thou, quien el mismo año en que se publicaba la segunda parte delQuijote, negaba que en España hubiese cultura, fuera de Nebrija y el Pinciano. Así, negar lo innegable es ignorar, por la cara, la Ispania de Estrabón, la Spania de Artemidoro y la Hispania de Tito Livio; y más allá del simple –o no tanto– concepto geográfico, también es negar la monarquía hispano-visigoda, el concilio de Toledo, el «Yo són I chomte d’Espanya que apela hom lo chomte de Barcelona» de la Crónica de Bernat Desclot, los «Quatre reis que ell nomená d’Espanya, qui son una carn e una sang» de Ramón Muntaner, los privilegios otorgados a «la nación española» en Brujas, la Pragmática de Guadalupe, las referencias a España en los textos hostiles de Guicciardini y Maquiavelo, el Salón de Reinos del Buen Retiro de Madrid, la pugna del tomismo con el luteranismo, el padre Mariana, la Pepa del año 12, los cuernos del toro de Osborne y cuanto colguemos en ellos por delante y por detrás.  
 
Otra cosa es que España sea un putiferio lleno de envidia, incompetencia y mala fe, donde en vez de Estado tenemos un infame bebedero de patos. Pero eso lo sabemos de sobra. No hace falta que nos lo diga un pendolista mil leches, instalado bajo ubérrima sombra mientras sus agradecidos patrocinadores le trastean con entusiasmo la entrepierna. Y viceversa.
 
 

 

Luis

Disculpe Sergio, pero de la misma manera que, según usted, se malinterpreta la palabra inhóspito (que por cierto, el resto de seres humanos de este planeta en seguida entendió a qué se refería el reportaje con lo de "inhóspito"), usted está malinterpretando al Madrileño. Que me acusen de paleto por ser de Madrid es lo que me faltaba por oir. Y si de lo que se trata es de corregir a los de Televisión Española, resulta ridículo hacerlo con tamañas barbaridades.  
 

Javivi

Javier Rodrigo? Me suena ese nombre

ITALIA EN PROHIBIDO FIJAR CARTELES

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No le hago apenas caso, pero por petición popular he añadido diez nuevas pintadas y carteles a la colección de Prohibido fijar carteles, el blog paralelo donde, muy de cuando en cuando, cuelgo una selección de mi colección de chorreces. Quizá vosotros, en vuestros viajes, hacéis fotos del acueducto de Segovia, de la estatua de la Libertad y del Big Ben. Yo, sin embargo, me fijo en las paredes y retrato los carteles y los grafitis que me hacen gracia. Un vicio como otro cualquiera.

En esta nueva tanda he colgado pintadas y carteles vistos en Argentina, Italia y Francia. El especial dedicado al amor en las paredes de las ciudades italianas ha sido posible gracias a la colaboración de A. y S., que me han pasado algunas fotos de su último viaje romano. Aprovecho para decir que Prohibido fijar carteles admite colaboraciones espontáneas. Las podéis mandar al mail que aparece en la barra de la derecha. Todas serán bien recibidas.

PROHIBIDO FIJAR CARTELES

FELICES FIESTAS

Aquí os dejo el mejor villancico de mi repertorio para estos días entrañables. Que lo disfrutéis y cuidado con los polvorones.

 

23/12/2008 22:56 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Intrascendencias No hay comentarios. Comentar.

MELILLA

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Hace unas semanas vi un Callejeros dedicado a la gente que trapichea en la frontera de Melilla con Marruecos, y esta mañana he leído un post en el blog de David Torres donde cuenta un paseo por los alrededores de Melilla. Las dos cosas me han recordado los días que pasé allí en 2005. En el momento no fui consciente, ha tenido que pasar el tiempo, pero ahora estoy convencido de que me afectaron muy hondamente, y esta noche de niebla y hielo me apetece escribir sobre ellos.

Muchos lo recordaréis: en el otoño de 2005 se produjeron varios asaltos de inmigrantes a la verja de Melilla que colapsaron la ciudad. La gendarmería marroquí abrió fuego varias veces y hubo muertos, pero por lo visto la Guardia Civil no se quedó corta, y una cámara grabó una paliza a un chaval en la misma verja. Para controlar la crisis, el Gobierno desplegó a la Legión en toda la línea de la frontera y mandó destacamentos de la Guardia Civil desde la Península. Una fotógrafa y yo viajamos allí para hacer una serie de reportajes. De esos días intensos en los que apenas dormí un par de horas seguidas quiero hablar.

Aterrizamos en Melilla a primera hora de la tarde, con la cabeza zumbona porque viajamos en un pequeño avión de hélices que hacía un ruido espantoso. En el aeropuerto nos esperaba Pepe Marqués, nuestro contacto en la ciudad, que nos ayudó muchísimo a movernos y a manejarnos por el terreno. Nos presentó a gente que nos facilitó el trabajo y nos ayudó a cambiar euros por dirhams en una tienducha del barrio del Real.

Tras un encontronazo con un guardia civil en la verja, que quería requisarnos la tarjeta de la cámara de fotos, fui a protestar a la Delegación del Gobierno, donde me atendió un jefe de prensa desbordado, que en su vida había tenido que tratar con tanto periodista y que intentaba disuadirnos de acercarnos a la verja. Nos denegaba los permisos para hacer cualquier cosa. No querían que viéramos el CETI por dentro (Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes, un pequeño campo de concentración donde se retenía y se hacinaban los inmigrantes que alcanzaban la ciudad), no podíamos cruzar la frontera, no podíamos acercarnos a la verja... Así que nos saltamos a la torera todas las proscripciones y echamos a andar. Melilla me pareció una ciudad antipática, hostil y miserable, y mi opinión no cambió en toda la estancia.

De entre todas las sensaciones de aquellos días, pasar a Marruecos fue lo más intenso, y de ese día en concreto quiero escribir.

Sin apenas dormir, para aprovechar el día, nos plantamos al punto de la mañana en el puesto fronterizo de Beni Enzar, para vehículos y peatones. En teoría, para informar desde Marruecos necesitábamos un visado temporal de periodista, pero el gobernador de Nador los denegaba todos, así que decidimos pasar como turistas, confiando en que el equipo de fotos profesional no despertase sospechas.

El paso de Beni Enzar es repugnante. Centenares de personas se apelotonan junto a la garita de la Guardia Civil cargados con mantas, petates y paquetes, a pie y en bici. En el lado español no hacen muchas preguntas a quien sale, y menos si eres español, así que enfilamos con nuestros pasaportes al puesto marroquí. Mientras andábamos por ese callejón lleno de mugre y polvo, un gendarme detuvo a un chaval que iba en bici a mi lado. Le empezó a gritar en árabe, muy violento, y el chaval se bajó de la bici y se protegió la cara con las manos. El gendarme le dio un par de guantazos y unas patadas en la cadera mientras seguía gritándole. Nadie se sobresaltó, a nadie le llamó la atención. Yo temía por la cámara de María, que se haría añicos con un par de zurriagazos como esos.

Aturdidos, llegamos a la ventanilla de la aduana marroquí, rellenamos los impresos, respondimos en francés a cuatro preguntas de protocolo y obtuvimos el permiso para entrar. Todavía quedaban unos 50 metros de pasadizo por delante, y los pasamos presurosos, sin mirar atrás.

Estábamos en la parte marroquí de Melilla: un barrio separado por la verja, con las calles sin asfaltar, sin aceras, sin luz. Un foco de miseria con unos locales miserables donde se trapicheaba con el contrabando de la frontera, la principal fuente de ingresos de la gente de esta zona del Rif. Andábamos a la búsqueda de campamentos de negros que esperaban a la noche para asaltar la verja. El ejército marroquí se había desplegado por los alrededores y había dispersado a la mayoría, pero nos habían dicho de buena tinta que en el Gurugú encontraríamos algunos.

El Gurugú es una montaña que se alza a los pies de Melilla. En los años 20, las tropas rebeldes de Abd el Krim instalaron allí una modesta artillería y bombardearon con ella la ciudad. A los españoles les costó mucho desalojarlas, y después de conocerlo entiendo muy bien por qué: el Gurugú tiene mil recovecos y desfiladeros. Es muy fácil esconderse y disparar sin ser visto contra todo aquel que venga a por tí. Los inmigrantes lo descubrieron enseguida también, y lo utilizaron como refugio. Creo que todavía lo hacen. Además, desde él se ve toda Melilla y se puede estudiar cómo bajar hasta ella y alcanzarla por el lado más seguro.

A las puertas de Beni Enzar había una hilera de taxis esperando. Pactamos un precio con el que parecía el jefe y le dijimos que queríamos ir al Gurugú. Se rascó la cabeza: "¡En Gurugú sólo negros, no hay nada!". Al final, le convencimos. Supongo que nos estafó a base de bien, pero le pagamos los dirhams que nos pidió y nos montamos en el taxi de un conductor suicida que enfiló a toda leche la carretera a Nador... hasta llegar al centro de Nador, muy lejos de donde queríamos ir.

El chófer no sabía hablar castellano ni francés -esto último indicaba que no había ido a la escuela y que probablemente era analfabeto-, y nosotros no sabíamos árabe, así que no podíamos hacerle entender que queríamos subir al monte. Perdimos mucho tiempo hasta que encontramos en la medina de Nador a un hombre que chapurreaba español y le explicó lo que queríamos. El chófer empezó a jurar en árabe, supongo que maldiciendo nuestra excentricidad: ¿para qué cojones queríamos ir a ese sitio dejado de la mano de Alá, si en Nador había de todo? Por unos dirhams más entró en razón y nos dejó junto a un campamento del ejército marroquí, casi en lo más alto del Gurugú.

Allí nos quedamos. Efectivamente, en medio de la nada. Nuestro plan era pasear sin rumbo y, si teníamos suerte, toparnos con uno de esos campamentos. O con sus restos, al menos. La suerte se nos alió.

Después de andar unos metros carretera abajo, se paró otro taxi junto a nosotros y bajó una chica con una cámara de fotos al hombro. Se acercó sonriente y nos dijo en inglés que nos había visto en el hotel de Melilla, que ella también era periodista y que andaba buscando lo mismo que nosotros. Pero jugaba con ventaja, porque ella sabía un poco de árabe. Era una chica francesa encantadora que trabajaba en Tánger como corresponsal freelance de varios periódicos. Nos caímos bien y echamos a andar los tres. Si no encontrábamos nada, por lo menos charlaríamos unas horas en agradable compañía.

Al rato, la chica francesa nos llamó la atención y señaló a un grupo de pinos ladera abajo. Nos acercamos en silencio y, efectivamente, vimos lo que parecía la manga de un chándal. Al otro lado del tronco había un chaval negro sudoroso y muy asustado. Estaba solo, hambriento y hecho mierda. Por señas, le dijimos que no hiciera ruido, que el ejército marroquí estaba acampado dos curvas más abajo y que si le veían le arrestarían y le enviarían a Oujda, en la frontera con Argelia, o al desierto, donde estaban abandonando a algunos grupos. Le llevamos ladera abajo y allí charlamos e hicimos fotos, cruzando los dedos por que ningún soldado de patrulla nos pillara.

Nos contó su historia en un francés atropellado, pero con ese acento africano que se entiende tan bien. Era la de tantos, pero escuchada allí me impresionó mucho más. Creo que era mecánico y había llegado andando desde Mali. Ya no le quedaba dinero y llevaba unos días sin comer. La última vez que se había llevado algo a la boca fue por la caridad de un tendero en un pueblo (aunque los marroquíes tenían fama de ser muy cabrones con los afrikans, como los llamaban, de estafarlos, extorsionarlos y torturarlos, también descubrí que muchos rifeños más pobres que las ratas, conmovidos ante el drama de los inmigrantes, les daban lo poco que tenían sin pedir nada a cambio). Se señalaba las zapatillas deportivas destrozadas y decía que había ido a pie con ellas desde su casa. Llevaba una gorra roja muy llamativa y no hacía nada por esconderse. Viajaba en un grupo del que se había descolgado y parecía muy desvalido. Era milagroso que ni los gendarmes ni los militares le hubiesen echado el guante, y no tenía ni idea de cómo entrar en Melilla.

Mientras hablábamos se acercó un niño pastor con su rebaño de cabras y tuvimos que esconder a nuestro amigo, llevándonoslo unos metros pinar adentro. Le dimos un poco de dinero para que comprara comida cuando pudiera y le señalamos con el dedo dónde estaba el campamento de Médicos sin Fronteras instalado a este lado de la frontera. Allí le atenderían y podría descansar, pero no le dimos muchas esperanzas para cruzar la valla, pues hacía dos noches que nadie conseguía saltarla. Le deseamos suerte y nos separamos. Espero de corazón que le fuera bien y que ahora esté trabajando en algún lugar de Europa, llevando una vida tranquila.

Con las fotos y la charla que tuvimos escribí un reportaje que titulé El último del Gurugú, que fue bastante bien acogido. No lo presenté a ningún premio, aunque me insistieron en ello. De hecho, en su momento no le di mucha importancia, casi me pareció un trabajo más. Pero hoy sé que aquel día significó mucho para mí.

He querido escribir algún cuento sobre Melilla, sobre el último del Gurugú y sobre la harira y el té con menta que tomábamos en los bares morunos cuando terminábamos el trabajo del día. He querido fabular sobre la noche que pasamos en vela junto a la verja, helados de frío, acosados por patrullas de la Guardia Civil que expulsaban a todo el que se acercaba por allí y sobrecogidos por el canto de los muecines de las mezquitas de uno y otro lado de la frontera cuando llamaron a la primera oración del día. He intentado inspirarme en las sombras que acechaban en los pinares de Rostrogordo a la espera de saltar la verja, y en las caras resignadas que hacían cola en la puerta de la comisaría. He querido construir personajes tan mezquinos y racistas como muchos de los melillenses que tuve el disgusto de tratar. Pero nada. No hay forma. Quizá la experiencia no ha sedimentado todavía. Quizá aún necesite sacarla de forma explícita y lineal para terminar de desbastarla.

PA TAPAR AGUJEROS

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Si por lo menos me hubiera tocado algo, llevaría con humor el monstruoso desfile de gente borracha a las 12 del mediodía empapando a su pueblo de champán barato (estírense con un Moët & Chandon, que se note que le ha tocado el gordo, coño), pero como sigo siendo tan pobre como ayer, me toca las narices tanta felicidad lotera ajena y suburbana. Así que si queréis tapar agujeros, empezad por este de la foto.

¿ES UN PÁJARO? ¿ES UN AVIÓN? ¡NO, SOY YO MISMO!

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Maite Fernández andaba haciendo fotos a Supercoco esta mañana, porque se estrena en el Príncipe Felipe el show de Barrio Sésamo. He pasado por ahí y me ha gritado, con su entusiasmo habitual: "¡Venga, coño, Sergio, ven aquí, que te hago una foto con Supercoco!". ¿Quién podría resistirse? Ha sido el momento cumbre del día.

Gracias, Maite.

Y gracias, Supercoco.

TELE ANDALÚ

Quería hacer una fiesta para celebrar el cumpleaños del blog, pero como tenía miedo de que la cosa fuera un poco muermo, Los Giraos me recomendaron que contratara los servicios de Tele Andalú. En este anuncio podéis ver en qué consiste este negoción (y sí, uno de los desustanciados que actúan en el vídeo es mi hermano, pero no diré quién es, que bastante nos avergonzamos ya de él en la familia).

 

TRES AÑOS

Alzo un vasito de grappa -de la botella que S. y A. me han traído de su último viaje a Roma- y me lo bebo a la salud de este blog, que hoy cumple tres años de vida.

Nunca pensé que fuera a dar tanto de sí. Empezó como un divertimento y, en buena medida, sigue siendo sólo eso, pero me ha aportado mucho más que un pasatiempo.

He escrito una barbaridad de textos, casi compulsivamente, y he convertido en una rutina tan inexcusable como cepillarme los dientes o leer novelas el hecho de sentarme casi a diario al ordenador a escribir el post del día, casi siempre con la noche bien oscura y la avenida en silencio, interrumpido tan sólo por algún coche despistado que se para junto al semáforo fantasmal que regula el no tránsito.

Claro que es un ejercicio puramente onanista. Claro que persisto en él por puro placer privado, porque me divierte y me satisface. Pero no es menos cierto que lo hubiera dejado de actualizar hace mucho si no hubiera tenido respuesta del otro lado, si el contador de visitas nunca hubiera marcado una cifra superior a diez personas y si nunca hubiera recibido un comentario en ninguna entrada. Inexplicablemente, este blog tiene lectores, muchísimos más de diez, muchísimos más de los que cabrían en un bar y muchísimos más de los que van a los conciertos de la Oasis (lo de este sábado con los New York Dolls fue deprimente: no habría ni 200 personas).

Unos pocos de ellos comentan -incluso casi a diario- las tontadas que segrega mi cansado y torrefacto cerebro. Vosotros habéis retroalimentado este blog y lo habéis mantenido vivo y coleando. Vuestra persistencia es más vigorosa que la mía, así que este trago de grappa va por vosotros, parroquianos. A algunos os puedo llamar, sin exageración ni retórica, amigos, pues hemos ido más allá de este garito virtual y hemos bebido cerveza juntos.

Esta experiencia me ha aportado mucho. Ha puesto a prueba mi agilidad y me ha curtido en el duelo que todo juntaletras libra con ese enemigo artero y tan difícil de domar llamado lenguaje. Es una gimnasia que me fortalece, una disciplina que me obliga a estar despierto. Creo que soy mejor juntaletras desde que hago el blog. Creo que soy más exigente y autocrítico. Me lo noto. Me noto en forma, preparado para enfrentarme a los libros y reportajes por venir sin miedo escénico.

Empieza ahora un cuarto año de blogueo que va a estar lleno de retos muy ilusionantes que espero seguir compartiendo cada día con vosotros. En 2009 habrá cambios, probablemente cambios muy importantes en mi vida, y la publicación de Malas influencias va a ser sólo el primer mojón. Espero que las ilusiones no se frustren y pueda seguir contando aquí todos esos cambios (a mejor) que me esperan a la vuelta de pocos meses.

Gracias por leer (y por comentar).

¿HAY ALGUIEN AHÍ?

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A pesar de la crisis, me da la sensación de que todo quisqui anda de puente. Desde luego, muchos visitantes de este blog se han ido. Lo sé, que llevo la cuenta, y estos días echo a faltar unos cuantos cientos.

Salimos de vermú y nos encontramos a un montón de turistas, también de puente. ¿Zaragoza sigue de moda?, nos preguntamos con un vermú con sifón y unas anchoas en Casa Paricio, en ese barrio de la Magdalena donde viví tiempos de inconsciencia y tontunez.

FIESTA GOFRERA

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Este verano escribí un post hablando de mi vicio gofrero, y la casualidad internetera quiso que Alex Patternotre, hijo del belga que fundó los gofres Manneken Pis, lo leyera y se quedara encantado con mi desmedida declaración de amor hacia los bollos que él fabrica. Es una familia de gofreros, y el puesto de la estación de Sol del que hablaba lo fundó su hermana. Hoy he recibido, cortesía de Patternotre, una caja de gofres empaquetados que no sé cómo voy a conservar, porque casi no me caben (igual me los tengo que comer de una sentada, para que no se estropeen). Son los auténticos Manneken Pis, con la receta de la felicidad. Es una caja de las que distribuye para los puestos gofreros, y ahora está en mi casa. Me siento como si Isabel Gemio me hubiera dado una sorpresa, sorpresa.

Para testimoniar mi felicidad y agradecimiento, he hecho esta foto con algunos de los monstruos que decoran nuestro humilde hogar. El robot Bender está presidiendo, y al lado tiene a dos Bad Taste Bears, el que bebe lejía y el Elvis cagón. Los tres están encantados en la fiesta gofrera que les he montado.

DON NICOLÁS

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Nicolás Salmerón no tiene calle en Zaragoza. Ni en Barcelona, ni en Bilbao, ni en Valencia, ni en Sevilla ni en ninguna de las principales ciudades de España. En Madrid sí que hay una calle suburbial al lado de la M-40, al sur de San Blas, que lleva su nombre. No es una calle céntrica ni una avenida con árboles. Ni siquiera una glorieta. Por supuesto, tiene un paseo en su pueblo natal, Alhama de Almería, y en la capital de su provincia natal, Almería, tiene calle y parque. El tributo normal de la patria chica a su hijo, aunque sea bastardo. En el callejero del resto de España, silencio.

Es una ausencia normal: Roma no paga a traidores, y Nicolás Salmerón fue un traidor. No merece ver su nombre honrado en placas.

El 18 de julio de 1873, Nicolás Salmerón fue elegido presidente de la República de España. Ocupó el cargo hasta el 7 de septiembre. Ese día, presentó su dimisión. Aquella mañana le habían puesto en la mesa del despacho varias sentencias de muerte, y él se negó a firmarlas, pues era un republicano humanista contrario a la pena capital. En consecuencia, dimitió, que era la única forma de negarse a ser verdugo. Le horrorizaba poner su nombre al pie de una sentencia de muerte. Su caso es único en la historia de España, una historia de personajillos patéticos dispuestos a vender a su madre troceada con tal de seguir en el poder. Los mandamases españoles han sido siempre expulsados del poder, nunca se han ido por propia voluntad. A lo sumo, han corrido a ponerse a salvo antes de que empezasen a llover chuzos de punta sobre su cabeza, como hizo Alfonso XIII cuando escuchó cómo empezaban a afilar la guillotina en la Puerta del Sol.

Nadie entendió el gesto de Salmerón. Nadie entendió sus remilgos y nadie se lo perdonó. Después de la Primera República, trató de volver a dar clases en su cátedra de Metafísica en la Universidad Central de Madrid, pero era ya un apestado y no estaban dispuestos a dejarle vivir tranquilo, así que tuvo que coger el camino del exilio en París. Murió muy cerquita de Aragón, en Pau, en 1908. Por supuesto, nadie le había quitado la cátedra universitaria, que sólo quedó vacante tras su muerte. Salió a oposición y la ganó un joven portento llamado José Ortega y Gasset. Sucesor más que digno. Qué menos.

Pienso en Nicolás Salmerón, en ese burgués que siempre quiso hacer lo que creía correcto y que dio su mejor lección fuera de la universidad, y creo que sus huesos estarán retorciéndose de asco al ver como todo un señor feudal, el Gran Duque de Luxemburgo, echa para atrás una ley aprobada por un parlamento en esta Europa tan democrática y buenrollera. También por remilgos morales, pero qué distintos, ¿verdad? Y qué distinta la dignidad de un presidente democrático -con muchos peros, pues el sufragio de la Primera República no era universal- y la de un botarate que dirige un Estado por tradición de endogamia monárquica.

Pienso en Nicolás Salmerón y en su ausencia del callejero. Y también en su ausencia en las escuelas. ¿Cuántos chavales de hoy sabrían quién fue y por qué dimitió? Lo dicho: Roma no paga a traidores. Pero no se apuren, que al Gran Duque de Luxemburgo no le faltará de nada.

HETEROFOBIA

La madrileñitis de ayer tiene un reverso para el que no se me ocurre nombre, pero que estaría compuesto por todos esos prejuicios e infundios que muchos españoles tienen sobre Madrid. Hay quien la considera un nido de facciosos y quien la ve como una pestilente bacanal progre. El mito de Babel, la decadencia de la civilización, el aleph donde se arremolina con fuerza de huracán todo lo que repugna del mundo. Tanto en la madrileñitis como en su reverso el sentimiento que domina es el de la heterofobia, neologismo que significa "miedo al otro" y que Javier Rodrigo utiliza profusamente para explicar el germen de la violencia fascista en su intensísimo libro -para ser de historia, claro- Hasta la raíz.

Ocurre constantemente: construimos un mundo de referencias que oponemos a un exterior mítico y simple y así asentamos nuestra vida. El paletismo viene del miedo a descubrir al otro y de la pereza por conocerlo. Cuando la heterofobia se mantiene en niveles bajos, se puede vivir en un país. No es más que un ruido molesto de fondo, son muestras de ignorancia que, a su vez, se pueden ignorar. Pero cuando la heterofobia se organiza, crece y grita, arrastra a todo el mundo y termina a bombazo limpio. Cuando el otro, además de una amenaza temida, es una masa deshumanizada, se abre la puerta al exterminio. Podemos fingir que no escuchamos los comentarios del taxista facha, pero no podemos ignorar Auschwitz. Eso sí, conviene que tengamos presente que Auschwitz, en el fondo, no es más que los comentarios del taxista facha llevados hasta sus últimas consecuencias y al pie de la letra. Cuando escuchen a alguien decir "habría que matarlos a todos", recuerden que nuestros abuelos ya intentaron matarlos a todos de verdad. Y casi lo consiguieron.

La teoría económica dice que mediante la propiedad privada los humanos poseemos cosas. Es mentira. El anhelo de todo humano es justamente el contrario: ser poseído por otra cosa. Pertenecer a algo: una tribu, un dios o un club de bádminton. O una casa. Algunos buscan ese refugio con desesperación, y muy pocos escogen la intemperie y el vaivén del vagabundo. Una pena, porque el anhelo de pertenencia es destructor y peligroso.

Una parte de mi familia se exilió a Venezuela después de la guerra. Toda la familia de mi abuela menos mi abuela, que se quedó en Madrid. Habían combatido por la República. La primera hija de mi abuela, que nació cuando aún humeaban las bombas, se marchó a Caracas de jovencita, buscando en América una vida que mis abuelos no le podían ofrecer en España. No tendría ni 18 años cuando partió. Mi tía ha vivido en Venezuela toda su vida, y siempre la ha vivido como española, agarrándose desesperadamente a sus orígenes y rechazando integrarse en un país que se empeñó en no ver como el suyo. Cuando viene a España le pido que me haga sancocho, arepas y platos tropicales, pero siempre se hace la loca, alegando que aquí no encuentra los ingredientes. Hasta que mi prima (su hija) me desveló el verdadero motivo de su negativa: "¡Pero si mi mamá nunca hace platos criollos! No le gusta la cocina venezolana, siempre hace guisos españoles".

Qué queréis que os diga, me dio un vuelco el corazón. Mi tía ha llevado su españolismo hasta el delirio: se ha negado a solicitar la nacionalidad venezolana pese a que puede tenerla sin renunciar a la española, y se empeña en mantener la identidad española de su familia contra viento y marea. Una vez, jugando con uno de mis sobrinos segundos, un chavalín de madre venezolana y padre colombiano, le espeté: "¡Pero baila con más gracia, que se note que eres caribeño!". Mi tía, que estaba delante, me recriminó solemnemente: "No es caribeño, es español".

Mi tía tiene mucho acento venezolano para un oído español y mucho acento español para un oído venezolano. Ha llegado al tramo final de su vida metida en un limbo: se sigue aferrando a su españolidad, pero cuando viene a España apenas se maneja en un país absolutamente extraño para ella. Y en Venezuela tampoco se siente una verdadera venezolana -ni la tienen por tal, pues se ha pasado toda su vida negando la mayor-.

El doloroso desarraigo que siente hoy es consecuencia de la heterofobia, de no querer conocer y amar a los otros, de oponer nuestra mismedad a una otredad que consideramos hostil a priori, por si acaso.

El único remedio consiste en dejarse fluir e influir, en disfrutar del viaje y en no enrocarse en nada. En mirar por la ventanilla, en probar los platos que nos ponen delante, en besar los labios que se ofrecen a nuestra boca y en romper el impermeable y la capucha con los que caminamos por la vida.

Para mi tía es muy tarde ya, pero los demás podemos romper el círculo vicioso de la heterofobia y hacerle un corte de mangas al que nos quiera enrolar en su cruzada de estulticia. Mézclense, que en todas partes hay buena simiente, y aparten la molesta paja a un lado.

EN LA ESPAÑA INHÓSPITA

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"Visitamos los lugares más inhóspitos de la Península", dice el reclamo de Comando Actualidad (el solo nombrecito ya estomaga, suena a dejà vu regurgitado, a periodismo viejuno, rancio y apolillado), un programa de reportajes de esa TVE que hiede un poco más cada día. "Los lugares más inhóspitos de la Península". Como lugares inhóspitos de la Península pienso en un sótano donde se hagan apuestas chinas ilegales, en una herriko taberna en la que entre una andaluza de faralaes cantando Suspiros de España, en el metro de Madrid un lunes a las ocho de la mañana, en unas jornadas de convivencia neocatecumenales o en la mesa de trabajo de un becario de Jiménez Losantos. Pero parece que los osados reporteros de Comando Actualidad y yo disentimos en nuestro concepto de lo inhóspito, porque el reportaje va de pueblitos pequeños y apartados donde nieva y hace mucho frío.

Fíjense si eran inhóspitos esos lugares que un un pueblo gallego que visitaron se encontraron a más gente que en un concierto de La Oreja de Van Gogh. Estaba en el Camino de Santiago, y en un ratito al reportero le pasaron por los morros varios italianos, algunos alemanes y hasta algún señor de La Rioja. Vamos, igualito que el desierto de Arabia. Por supuesto, en todos esos sitios inhóspitos, al reportero le recibieron con los brazos abiertos, y en un pueblo de Teruel le pusieron delante un plato de judías con morro que tenía una pinta estupenda y nada inhóspita.

Se pueden comentar muchas cosas de ese despropósito de reportaje, pero yo prefiero interpretarlo como una muestra mostrenca de un mal que aflige a muchos conciudadanos nuestros y que ya va siendo hora de que salga a la luz: la madrileñitis.

La madrileñitis tiene resabios medievales. Los cartógrafos de la Edad Media ponían una raya delante de Finisterre y escribían la leyenda "a partir de aquí, monstruos". Los afectados de madrileñitis se mueven por la vida con un mapa parecido, pero del metro de Madrid. Todo lo que queda en el blanco de ese esquema de colorines y rayitas entra dentro de la categoría de inhóspito. De ahí que cuando a un reportero de Comando Actualidad le dicen que se tiene que ir a Teruel, se rasque la cabeza, consulte en un atlas dónde cojones se encuentra eso y, asustado por los terribles relatos de bucaneros que ha oído en su infancia, diga: "¡Pero eso es muy inhóspito!".

Los afectados por madrileñitis se sienten más o menos seguros en la más inmediata meseta, pues las viejas leyendas cuentan que sus antepasados se arrastraron desde esos eriales hasta la capital, pero les gusta pasar de largo por ella. Fuera de Madrid, el único sitio donde se encuentran a gusto es en "Levante", territorio mitológico situado al final de "la carretera de Valencia", donde crecen los apartamentos turísticos de una y dos habitaciones y los establecimientos de la cadena Spar donde se puede llenar la nevera portátil de cerveza Mahou.

En su visión de "la piel de Toro" (así la llaman los cretinos) identifican con meridiana claridad el "problema catalán" y el "problema vasco", que ellos arreglarían "en dos patás". Del resto de la ignota Península saben algo de unas mantas de Zamora, una virgen mañica, un pulpo a la gallega y una feria en Sevilla. Jacobinamente -pero no les hablen de los jacobinos, que los confundirán con los sanjacobos-, aglutinan todo ese magma informe peninsular que no es Madrid bajo el genérico "provincias". Según su visión, en esas "provincias" no hay atascos, ni prisas, ni madrugones. La gente va andando a trabajar y vive en una arcadia feliz y preindustrial donde se alimentan de guisos tradicionales preparados por la abuela de fabada Litoral. Envidian a los moradores de esa arcadia, pero hasta cierto punto, porque también saben que en "provincias" falta lo elemental: no hay musicales de la Gran Vía ni domingos en el Bernabéu. Por no hablar de que en "provincias" carecen también de calefacción, agua corriente, sanidad y escuela pública, de ahí que sus habitantes sean de frente chata y entrecejo matojil. Lo decía Buñuel en un documental muy famoso que no han visto, pero que alguien les ha contado.

La madrileñitis es una dolencia difícil de extirpar, una lacra que nos jode especialmente a los que amamos esa ciudad demasiado poblada de cretinos. Pero no sufran por nosotros: los que vivimos en la España inhóspita estamos curtidos ante la adversidad.

¿A QUIÉN LE IMPORTA?

Mis columnas de opinión del suplemento MVT son chorizos. Ana Usieto, la coordinadora del suplemento -y, sin embargo, amiga mía del alma, del corazón y de todas mis vísceras-, me suele gritar en medio de la redacción a mitad de semana: "Sergio, ¿me haces un chorizo?". Y yo, fino y delicado, le respondo también a grito: "Venga, ¿y dónde te lo meto?". Los no iniciados se asustan un poco y no saben si hablamos de excrementos o de sexo, pero la mayoría de la gente ya sabe que nos referimos a mis columnitas de opinión. Esta la publiqué ayer, viernes:

Madrid se ha quedado sin La Riviera. La capital de la octava potencia mundial se ha quedado sin sitio para dar conciertos de mediano aforo -los que permiten mantener una programación de espectáculos durante toda la temporada, porque los estadios y las plazas de toros se llenan una vez al año, con suerte-. En otras palabras: que se acabó la música en directo en Madrid. Se pueden venir a Zaragoza, donde todavía tenemos algunas salas donde programar esos conciertos. Cuando el frío arrecia, se agradece la masa humana apretujada.

Algunos popes se han rasgado las vestiduras por el cierre de La Riviera, pero no hay que tomarlos en serio: interpretan su papel, son plañideros contratados para la ocasión. A ellos, como a la mayoría de la gente, todo esto se la trae al fresco. Esto no es el capricho de un Gallardón que se saca de la manga abstrusas normativas -leyes que los garitos nocturnos deben cumplir como cualquier otro negocio: lo que no entiendo es cómo funcionaba sin tener los papeles en regla-, ni una ofensiva neopuritana. Esto solo es un nuevo episodio de una agonía que dura más de veinte años. Si de verdad hubiera un público concernido, las normativas municipales se adaptarían a él, y no al revés. Las salas desaparecen porque nadie las quiere, porque su afición se compone de cuatro gatos. Como cuatro gatos somos los que compramos libros que no haya escrito Ruiz Zafón o los que intentamos ver pelis en versión original. No somos un país tan grande como para que los que hormigueamos fuera del 'mainstream' resultemos rentables. En Estados Unidos, una minoría suma fácilmente veinte millones de consumidores. En España, apenas llenamos la plaza de un pueblo.

La pregunta es: ¿por qué países con un peso demográfico parecido o muy inferior al de España tienen cientos de salas como La Riviera a reventar, circuitos editoriales 'indies' muy activos y cines que ponen pelis 'raras' a tope de espectadores? Quizá la Logse tenga algo que ver. Y quizá también ese modelo de ciudad hecho de centros comerciales y arrabales inmensos y deprimentes que solo invitan a la reclusión hogareña. La cultura solo crece en el foro público, esa plaza que hemos dejado desierta.

JUGUETES FP

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Acaba de pasar su cumpleaños y ahora vienen las navidades (vienen ya, ¿verdad? No habré vuelto a confundirme de setas, voy puesto de amanita muscaria y por eso veo tantas lucecitas por la calle antes de tiempo). Le debemos unos cuantos juguetes a nuestra sobrina, y los cabrones que compran a tiempo ya se nos han adelantado. ¿No estábamos en que había crisis? Joder, pues qué poco se nota: todos los juguetes que nos molan o los ha comprado ya algún bisabuelo o están agotadísimos (la dependienta nos mira pensando que somos unos panolis, que hay que espabilar y comprar las cosas antes). Parece que los regalan, pero luego miras las etiquetas y ves que no, que la fabricación de juguetes sigue siendo un negocio con futuro.

-¿Y un kit de herramientas de juguete como las de su padre? -sugiere Cris.

Su padre pertenece a esa estirpe de semidioses gremiales llamados fontaneros. No es mala idea, pero la madre de la criatura se niega fieramente: no quiere tener la casa llena de tuberías de juguete.

-No tendrías que habérselo consultado: hechos consumados, Cris, hechos consumados -le recrimino-. Los tíos han de actuar como saboteadores revolucionarios: dejamos el paquete y salimos huyendo, y que luego vayan los padres a recoger los cachivaches.

En esas estamos cuando leo en la novela En lugar seguro, de Wallace Stegner, un sugerente pasaje sobre el matriarcado de Massachusetts. Según Stegner, los anglosajones pobres descendientes de la colonia emigraron al oeste y fueron sustituidos por emigrantes italianos e irlandeses. De los anglos sólo quedaron cuatro ricos, recluidos en Harvard y en las universidades de la Ivy League. Desaparecieron los que trabajaban con las manos y se quedaron los intelectuales, y esos no sirven de referencia para los niños, por eso las mujeres asumieron todo el liderazgo del clan. Los intelectuales de las universidades no servían de nada a los niños porque su actividad no puede ser imitada por ellos. Se puede jugar a ser un leñador como papá, un albañil como papá, un alfarero como papá o un agricultor como papá, pero no se puede jugar a comentar la Eneida como papá. Así que se rompió el vínculo padres-hijos. O se pospuso hasta que los hijos tuvieran edad para comentar la Eneida.

Pienso en eso y envidio un poco a mi sobrina, que tiene un padre a quien imitar. Para mi hijo, cuando lo tenga, seré un tipo que hace cosas incomprensibles que no se pueden ver. No le podré comprar un ordenador para que escriba como su padre.

Es la vida que he elegido, pero a veces me da rabia esta inutilidad. Me dan envidia los que son útiles a su entorno, los que pueden echar una mano a su familia y a sus amigos. Mi cuñado el fontanero nos puede arreglar un grifo en una urgencia, mi hermano puede resolver un montón de problemas ingenieriles, Michel sabe arreglar cualquier cosa que lleve un motor y mi cuñada te mira la tensión y te practica los primeros auxilios si te atragantas en una competición de comer polvorones. Conmigo no se puede contar para nada. Antes, aún podía escribir cartas de amor por encargo, pero creo que ahora nadie encargaría sms de amor. Nadie necesita a un juntaletras, por eso ningún niño quiere ser juntaletras de mayor, porque lo que mola es echar un cable a los demás, sentirse necesitado. 

He elegido una vida inútil, absolutamente egoísta. Escribir sólo me satisface a mí, no soluciono nada práctico. Ni siquiera puedo aportar falsos consuelos, como los psicólogos.

¿Qué, os he engañado? Que no, que estoy contentísimo. Con lo tranquilo que yo vivo sabiendo que cuando me llama mi gente nunca es para pedirme un favor. Su amor es genuino y desinteresado porque saben que no les puedo aportar nada, que nunca les voy a cambiar un enchufe ni a reparar una caldera, así que me tienen que querer porque sí.

Pero hay días en que me da rabia que haya gente que tenga juguetes de sus profesiones para comprar la admiración de sus hijos. Qué cabrones.

PS: en mis tiempos de instituto, unos colegas montaron un grupete y compusieron un greatest hit neopunk que cantábamos todos. Se titulaba Centro FP, y decía así:

Fracasaste en los estudios
en aquel colegio de habas
y por eso terminaste
en un centro de FP.

¡Centro FP, centro FP!
¡Centro FP, centro FP!

Venderás tripis y porros
a los críos de primero.
Te llenarás los bolsillos
con su jodido dinero.

¡Centro FP, centro FP!
¡Centro FP, centro FP!

Ya veis, la poesía de los Chichos y la sensibilidad de un Syd Vicious con parálisis cerebral. Una pena que no triunfaran.

PULSIÓN ESCÓPICA

Un pedante semiólogo -una de las subespecies más insufribles de la especie pedante: dicen que surgió en París y, tras desovar en Roma, se extendió por toda Europa y parte de Estados Unidos. Hoy está en riesgo de extinción, pero sigue parasitando varias cátedras en varias prestigiosas universidades- que tuve de profesor decía que la razón de ser del porno es la pulsión escópica. Es la típica expresión que no se atrevería a decir en un bar de Chamberí mientras en la tele ponen un Madrid-Atleti, pero que en la universidad, delante de un grupo de estudiantes adormilados, se permitía el lujo de pronunciar con suficiencia y altivez ("queridos parroquianos: vuestro interés por el fútbol responde a una pulsión escópica". "Escópica tu puta madre, chaval, que a mi nadie me llama eso", le responderían).

Escópico: helenismo referido a la mirada. La pulsión de mirar, que llevamos inscrita en nuestro ADN, el impulso irrefrenable a no apartar la mirada, a ver cuanto más, mejor, y cuanto más detalle y profundidad, mejor. Es la que activa los mecanismos del deseo y del morbo. Y el porno, es verdad, se diferencia de cualquier otro cine en que todos sus recursos están orientados a alimentar esa pulsión escópica sin trabas ni distracciones: por eso los planos tienen que ser primerísimos y cerrados, y la luz, diáfana, sin sombras artísticas. Que se vea todo bien claro, que no haya trampa ni sutilezas ni elipsis.

¿Dónde creen ustedes que he encontrado la mejor reflexión sobre la pulsión escópica? ¿En Umberto Eco, en Roland Barthes, en Jean Baudrillard? Ya quisieran esos pelagatos. La mejor reflexión está en YouTube.

Muchos ya conoceréis el fenómeno 2 girls 1 cup, que lleva unos meses causando sensación en internet, y que ya ha sido parodiado hasta por Padre de familia. Os lo resumo. Hay por ahí un trailer de un minuto de una peli llamada Hungry Bitches (literalmente, Zorrones hambrientos). No sé cómo es porque hay que ser buscador de nivel avanzado para encontrarla, y yo he estado a punto de darme de morros con algún virus en más de un intento, así que he desistido. Según las descripciones, la cosa es que dos señoritas se despelotan, una de ellas pone el culo en pompa junto a una gran copa o ensaladera y da a luz un señor ñordo. Cogen el recipiente y empiezan a papearse ese estiercol a medio hacer, poniéndose la cara perdidita de mierda. Para culminarlo todo, en una apoteosis bulímica, se vomitan la una en el cuerpo de la otra.

La cuestión es que a alguien se le ocurrió grabar con una webcam la cara de un amigo mientras veía ese vídeo, y colgó la reacción en YouTube. La moda se convirtió rápidamente en planetaria, y hay miles de vídeos de gente poniendo cara de asco y con arcadas mientras sus colegas se ríen por detrás:

Hay nietos que torturan a su abuela para reírse de ella:

Gente que lo parodia y lo retransmite como si fuera un partido de fútbol:

Personajes de Barrio Sésamo:

Y, por supuesto, Stewie Griffin:

Bien, amiguitos, acabáis de asistir a una reflexión de una gran hondura filosófica, y no lo digo de coña. A través de esta broma global de Internet, hemos dejado a la altura del betún a los semiólogos del mundo, que nunca pensaron que la inteligencia y el sentido del humor del común de los mortales que no han hecho un doctorado en la Sorbona pudiera alcanzar una sofisticación tan brillante.

Alfred Hitchcock estaría orgulloso de todos estos internautas, pues han aplicado una de las máximas de su manera de entender el cine: lo que importa no es el suceso ni el misterio en sí, sino cómo se comportan los personajes ante ese misterio. Por eso él construía toda la trama en torno a un elemento indeterminado que carecía de importancia y al que llamaba McGuffin. El McGuffin podía ser un microchip, un cuchillo, la herencia de un asesinado o una casa entera, como en el caso de Rebeca. Da lo mismo, porque a lo que va a dedicar sus esfuerzos de contador de historias es a poner la cámara delante de las caras de los personajes cuyas vidas están afectadas por ese McGuffin, y lo que a nosotros, espectadores indefensos, nos cautivará, no es el McGuffin, sino las reacciones y las emociones de esos personajes.

El vídeo de la coprofagia nos importa una mierda, nunca mejor dicho. Por mucho que nos quieran hacer ver lo contrario, estamos ya curados de espanto. El Marqués de Sade, en el siglo XVIII, ya incluyó en Las 120 jornadas de Sodoma un cuento coprófago que seguro que es mil veces más repugnante que el vídeo de 2 girls 1 cup. Era un relato tan explícito que hasta se detallaba la dieta que seguía la protagonista para obtener los bollitos que más le gustaban al coprófago, que aplicaba su boca sobre el esfínter de la chica y le daba palmaditas en las nalgas para indicarle que fuera soltando lastre. No, no nos escandaliza la depravación en sí: queremos aprovechar sus mecanismos para crear otra cosa, y este proceso de creación colectiva habla de un público muy sofisticado y cachondo, nada que ver con la pasividad semianalfabeta que los informes Pisa nos quieren hacer ver. Este fenómeno, al volver la cámara hacia el espectador, está haciendo lo que ni Bertolt Brecht ni los teóricos de la demolición de la cuarta pared ni los fanáticos de la postmodernidad se atrevieron a hacer: le está diciendo a los gurús de la comunicación que no somos gilipollas, que la butaca rígida no es nuestro sitio y que, sin mesianismos ni ideologías, estamos en disposición de dejar de ser un público pasivo.

El fenómeno de 2 girls 1 cup es un mensaje para políticos, periodistas, cineastas y gerentes de la SGAE: o se lo curran más (pero mucho más) o están perdidos, amigos. Apliquémonos el cuento.

PS: Gracias por los mensajes de ánimo. La borrasca ya se aleja por el horizonte. Que tenga ganas de escribir sobre estas cosas es un síntoma de que todo vuelve a su sitio.

BLOG SEMIABANDONADO

Hace bastantes días que no actualizo este blog, y no es porque siga enfrascado en la redacción de esa historia (de la que tendréis noticias próximamente, si todo va bien), sino porque Cris y yo hemos sufrido un episodio triste que no viene a cuento, pero que ha implicado hospitales, quirófanos y angustias varias. Todo está en orden ahora. O al menos, la locomotora se ha encarrilado y vuelve a coger la velocidad de la vida cotidiana. Espero retomar mis hábitos blogueros en unos días. Gracias a los que os habéis seguido pasando por aquí y habéis dejado comentarios en artículos viejos aunque yo estuviera desaparecido.

Aprovecho esta escueta nota para anunciaros que la semana pasada -antes del follón mencionado- ya se confirmó que Malas influencias estará en las librerías antes de lo previsto. Será allá por febrero. Habrá presentaciones en Madrid y Zaragoza, y probablemente en Bilbao y algún otro sitio más. Iré dando detalles conforme la cosa avance más.

Abrazos y no preocuparsen, que estamos todos estupendamente, sólo un poco tristes.

CENAS, MONARCAS Y SARAH PALIN

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Empiezo vacaciones, pero sin viaje. Me he comprometido a terminar una cosa antes de fin de año y eso me obliga a encerrarme en mi despachito a darle furiosamente a la tecla. Es posible que no actualice mucho el blog estos días, porque pienso meterme unas sesiones de trabajo estajanovistas, pero lo miraré con frecuencia y estaré al quite de los comentarios. Así que aquí ofrezco un post comprimido con tres pequeños apuntes.

EL ESPÍRITU DEL VINO

En la foto estoy con mis compis José Luis Solanilla y Paula Figols. La autora del retrato es Rebeca Cartagena, todos ellos grandísimos periodistas ante los que me inclino con humildad honrosa y con los que tengo el inmenso gusto de trabajar desde hace varios años. Ayer, los que veis en la placa y unos cuantos más nos fuimos de cena por un motivo que no se puede decir, porque nadie lo va a entender. Grandes risas y mucha diversión. Fue lo que se dice una velada perfecta, y hasta presencié algo que nunca había visto: que nos cambiaran una botella de vino que ya habían abierto. José Luis decía que tenía corcho. Yo llevaba media copa bebida y me estaba sabiendo divinamente. Igual es que el corcho me gusta. O a lo mejor es que el corcho está en mis papilas gustativas. En cualquier caso, ahora que no me oyen mis compis aprovecho para decirles que la vida laboral se haría muy pero que muy cuesta arriba sin su compañía y sin su humor. Es una crueldad que yo esté de vacaciones y vosotros no (o quizá sea la restitución del orden cósmico: que yo holgazanee mientras el mundo curra), pero eso no quiere decir que os quiera menos.

MONARCADAS

No he comentado lo de la reina y su parloteo entrevistil. Ayer El País nos regalaba unas dobles páginas con meteduras de pata de la realeza europea. Mi favorita es cuando el Duque de Edimburgo le dijo al director de una autoescuela escocesa: "¿Cómo consiguen que los alumnos estén el suficiente tiempo sin emborracharse para aprobar el examen?". Yo no creo que sean meteduras de pata. Es más, si unos cuantos países europeos tenemos que resignarnos a sufrir las monarquías, puestos a elegir, yo prefiero una como la británica, con sus escándalos sexuales, sus ansias de ser Tampax de mujeres feas, su desprecio decadente y sublime hacia el populacho, su racismo nunca disimulado y su flema. En otras palabras: ya que están ahí, por lo menos que den espectáculo. Coño, que hagan algo aparte de besar manos y sonreir. Ya iba siendo hora de que se animase el cotarro. A ver si los Froilanes crecen pronto para que les pillen haciendo el ganso en una discoteca de Ibiza. A ver si por fin tenemos ya una monarquía borgiana (de los Borgia, no de Borges) como dios manda.

YES, WE CAN

Pues qué quieren que les diga. A mi me apena el pobre McCain, tan viejuno y desamparado, pero sobre todo me apena Sarah Palin. ¿Qué va a ser de esta aspirante a novia de América que se quedó en simple felatriz de aparcamiento de América? ¿Dónde van a recolocarla? Recordemos que de Palin se habían hecho ya soberbias imitaciones y pelis porno. ¿Todo ese material se va a quedar obsoleto? Por Dios, Obama, a ver si es verdad que quieres recomponer un país dividido y le buscas un hueco a esta pobre mujer, que no se merece pudrirse en los hielos árticos. Ten consideración y dale argo.

DEMOCRACIA MUNICIPAL

Charlo con Ferran Gallego, ilustre historiador barcelonés que acaba de publicar El mito de la Transición (Crítica), y me hace una observación tremendamente acertada: "Uno de los mayores beneficios de la democracia ha sido la democratización de los ayuntamientos. Así como las autonomías han generado muchos neocaciquismos, los ayuntamientos democráticos le han cambiado la cara a España. Antes, los alcaldes estaban de adorno, sólo tenían que esperar a que el gobernador civil los ratificase o los cesase, no tenían que rendirle cuentas a nadie. En consecuencia, no hacían nada. La democracia les ha obligado a ser creativos para aspirar a la reelección, les ha obligado a hacer muchos proyectos para no ser castigados en las urnas, y eso le ha dado un cambio brutal a muchas ciudades españolas. Tú no sabes lo que era pasar hace treinta años por Zaragoza, por Bilbao o por Valencia. Eran sitios espantosos, donde daban ganas de pasar de largo. Ahora, hasta sitios tan alejados de los centros culturales del país, como Zamora, Gerona, León, Jaén o hasta Soria, son ciudades muy agradables, con mucha oferta de ocio y cultural, con mucha vida. Ahora sí que da gusto viajar por España, y se lo debemos en buena parte a esos ayuntamientos que se han visto obligados a currárselo".

Es cierto. Aunque a veces lo consigan tirando de sueños faraónicos y aunque muchas veces acaben convertidos en covachas de corruptelas urbanísticas, la política de base de los ayuntamientos le ha dado un lavado de cara impresionante al país. Hablamos mucho del milagro económico español, de estos años de crecimiento casi a lo bestia, pero es cierto que -con notorias excepciones-, los ayuntamientos han sabido gestionar muy bien esa bonanza y construir unas ciudades dignas de ser vividas. La verdadera descentralización de España no ha venido por las autonomías, sino por unos ayuntamientos que han sabido crear focos culturales alternativos a Madrid y Barcelona. Y si no alternativos, al menos con el suficiente empuje como para que no echemos de menos demasiadas cosas que se encuentran en Madrid y Barcelona. Cierto que a Zaragoza le queda mucho pelo de dehesa por desbrozarse. Muchísimo. Pero cuando miro lo que era esta ciudad hace diez años y lo que es ahora veo dos ciudades distintas. Y la que veo ahora, le pese a quien le pese, me gusta mucho más.

Y la verdad es que me jode que los ayuntamientos salgan tan mal parados en las noticias y en la imagen pública del ciudadano. Es el nivel más bajo de la administración, el que más contacto directo tiene con los administrados, y por eso es lógico que sea objeto de más cabreos y odios. Pero os puedo asegurar -y hablo con mucho conocimiento de causa- que el verdadero mamoneo, la verdadera corrupción, la buena-buena de verdad, la que recuerda a los manejos caciquiles de otros siglos, está en las autonomías. No digo que los ayuntamientos estén libres de sarna, pero lo de algunas autonomías es el cachondeo padre. Aunque pase desapercibido. Los ayuntamientos, siempre que no estén en una costa turística y gobernados por constructores, son bastante limpios, porque sus actuaciones están mucho más vigiladas por los ciudadanos.

31/10/2008 02:03 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Intrascendencias No hay comentarios. Comentar.

UN OCHO CUBANO

No me pregunten por qué ni cómo, pero hoy he visto un espectáculo de acrobacias aéreas. Estábamos en Jaca, pasando el fin de semana con unos amigos, e íbamos a Hecho a darnos un homenaje gastronómico en Casa Blasquico. Al pasar por Santa Cilia, alguien recordó que en el aeródromo había un espectáculo, así que nos desviamos y nos pusimos a verlo.

Qué frikez, queridos míos. Yo creía que esas cosas sólo existían en las series americanas, pero resulta que no, que hay gente que se las toma muy en serio. Se montan en una avionetita minúscula y empiezan a dar giros en el aire. "Como curiosidad les diré que tras unos cuantos giros los pilotos deben estabilizar el avión dos segundos para que los fluídos del cerebro dejen de dar vueltas", decía el speaker que todo evento hortera ha de tener. Y yo casi en ayunas, ahí, imaginándome el bamboleo de los sesos del piloto. Qué ascazo.

Había muchísimo público. Al menos, bastante para celebrarse en un lugar tan relativamente apartado, y el speaker pretendía ser didáctico con ellos: "Esa figura que acaba de ejecutar se llama una imperial. Dos imperiales seguidas forman un ocho cubano", dijo. Y se quedó tan ancho. Como somos así de infantiles, lo del ocho cubano nos hizo mucha gracia y nos deshuevamos allí mismo. El público, claro, no entendía de qué nos reíamos. Nosotros tampoco. De la situación, supongo. De vernos allí, en medio del Pirineo, observando avioncicos haciendo chuminadas.

Lo del ocho cubano ha marcado la cumbre cómica del día. Yo me imagino que es algo parecido a esto, ya que por fuerza tiene que tener connotación erótico-festiva (si no, sería un ocho portugués o un ocho palentino):

 

 

El ocho cubano ha eclipsado otros grandes instantes de humor de sexto de EGB de este fin de semana, como cuando nos hemos tropezado con la Pizzería MacVerdi o con el concesionario Auto-Felar. Si es cierto eso de la autofelación, yo le compro un coche sólo por ver cómo se lo monta.

Así que ya veis. Ha sido un fin de semana de intenso ejercicio intelectual. Un no parar de reflexiones y debates. Menos mal que comimos bien, que si no...

ESPECULACIONES LASCIVAS

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Lo pasamos bien ayer en Alagón y en las Zaragozas con Isaac Rosa hablando de todos sus (exitosos) libros. Se ha terminado de rodar la peli sobre El vano ayer, que supongo que se estrenará en 2009, y El país del miedo ya va por la segunda edición. Para que luego digan que no se lee en España. En la foto, como se puede ver, parezco dormitar cual diputado en sesión plenaria, pero eso es cosa del fotógrafo, que me cogió a traición. La cosa estuvo entretenida, de verdad.

A los asistentes a Alagón les solté un rollo seudopoético sobre la fragilidad de las palabras y sobre la capacidad de la literatura de trascender el discurso explícito de los historiadores. Creo que me salí de madre un poco. Meé fuera de tiesto y dejé el suelo pringado, porque la gente de la sala estaba por cosas concretas, por el auto de Garzón y concreciones prosaicas varias.

-Me parece que mis chorreces han estado fuera de lugar -le dije a Javier Rodrigo cuando volvíamos a Zaragoza.
-¡Qué va! Para eso te he traído al congreso. A mi cuando más me gustas es cuando te pones especulativo -me respondió.

A mi eso me sonó a lascivia arrabalera, la verdad. Como si me quisieran mordisquear los pezones. Seguro que a Hegel sus amantes le decían lo mismo: "¡Oh, sí, Hegelín, me gusta cuando trasciendes la dialéctica clásica, cómo me pones!".

"¡No te pongas estupendo, Latino!", le decía Max Estrella a Latino en Luces de bohemia (¿o se lo decía Latino a Max?). A mi hay que decirme que no me ponga especulativo. Porque tengo una tendencia espantosa a ello. Lo concreto se me escurre entre las manos. No me pidas que ponga una lavadora: pídeme que especule sobre si es mejor lavar a mano o a máquina. Será por eso que de los viajes me gusta mucho el trayecto, las carreteras secundarias y los rincones discretos donde no se amontona el gentío. También me gusta proyectar libros, artículos y cuentos, pero escribirlos me da más pereza.

Y quizá por eso también soy despreocupado y feliciano. La última novela de Isaac Rosa, El país del miedo, habla de eso, del miedo. Habla de la clase media suburbana, obsesionada con la seguridad, atrincherada en sus residencias, en lo mullido de sus salones y temerosa de todo lo que queda más allá del portal. Gente miedosa que reacciona con miedo y acaba desencadenando desastres. En el libro hay un catálogo completísimo de miedos cotidianos que me consta que angustian a mucha gente, pero en los que yo no encuentro ninguna empatía. "Isaac -le dije-, de lo que me he dado cuenta leyendo tu libro es de que soy un tipo sumamente inconsciente, que va por la calle sin temor a ser atracado, que duerme sin pensar en asaltadores nocturnos, que se mete en las multitudes sin miedo a ser aplastado por ellas, que se monta en un avión y duerme cual marmota feliz... Igual tengo atrofiada la glándula del miedo, pero no siento ninguna amenaza". "Afortunado tú", me respondió, creo que sin creerme del todo.

En Cálamo volví a ponerme especulativo, para gozo perruno de Javier Rodrigo, e improvisé una milonga sobre El Mago de Oz, que es una peli que me gusta mucho y que ligué con el libro de Isaac, ya que la ilustración de portada es una foto de la bruja mala del Este. El Mago de Oz es una fantástica fábula sobre el miedo. Sobre el miedo que nos da lo que no conocemos, lo que está más allá de la cerca de madera de nuestra granja de mierda de Kansas. Dorothy prefiere volver a Kansas antes que quedarse en un mundo maravilloso que le exige un esfuerzo de comprensión y una capacidad de asombro. Yo me quedaría en Oz sin dudarlo, siempre pensé que Dorothy es una pánfila que merece pudrirse en su granja de mierda de Kansas. Pero el mundo está lleno de Dorothys. Dorothys que no viajan por miedo a lo extraño, que no se van de Erasmus por miedo a los idiomas, que no ligan con desconocidos por miedo a los desconocidos, que no dejarán a su mujer por la niñera adolescente de grandes pechos aunque nada deseen más en el mundo que fugarse con ella, que nunca harán nada que merezca la pena por miedo a hacer cosas que merezcan la pena. Porque las cosas que merecen la pena generalmente están más allá de la puerta de tu casa. El Mago de Oz, como Las uvas de la ira, es un producto cultural de la Gran Depresión, de los ingratos años 30, cuando Estados Unidos pensaba que el mundo llegaba a su fin. Las crisis siempre traen grandes relatos sobre el miedo.

En el encuentro de Alagón estaba también el Drogas, de Barricada, que está preparando un disco conceptual sobre la Guerra Civil. Sí, sí, va en serio. Se ha documentado una barbaridad y la cosa promete. Por supuesto, le confesé mi más rendida admiración, que escucho su música desde que era un piojo que no sabía casi ni andar, que habré estado en 15 o 20 conciertos suyos y que me parece de lo más grande, honesto y personal que ha dado el rock en castellano. No era peloterismo, lo pienso de verdad, y tengo pendiente escribir un post al respecto. Además, Barricada va a tener la suerte que en su día tuvieron Hitchcock y Ford: que van a ser reivindicados por la generación de intelectuales posterior a ellos. Hitchcock y Ford eran unos apestosos para la cinefilia de su época, pero la gente de Cahiers du Cinéma, que había crecido con sus pelis, se esforzó por demostrar que eran de lo más grande que le había pasado al cine, que su vocación popular no estaba reñida con su hondura artística. Con Barricada va a pasar lo mismo: me he encontrado con muchos intelectualillos o seudointelectualillos de mi edad con los que comparto muchas cosas, y todos coincidimos en que la música de Barricada ha sido fundamental para nuestra generación. Así que no os extrañéis si dentro de poco empiezan a aparecer ensayos y novelas donde las canciones de Pasión por el ruido (dios, ese título ya es por sí solo un monumento y una declaración de intenciones, casi un manifiesto ruidista), de Rojo, de No sé qué hacer contigo y de Por instinto adquieran una nueva dimensión. Al tiempo.

El Drogas, que hace mucho que no toma ningún tipo de droga y que hasta rechazó el vinito que se sirvió en la presentación, es un tipo estupendo. Timidísimo, humilde, buen conversador, campechano y cordial, con el que se puede hablar de cualquier cosa. Nada de rockero autodestructivo: su máxima preocupación era que su hija había sacado un 3,5 en matemáticas, y eso le llevaba por la calle de la amargura. Para él, el rock es su oficio, un oficio pasional y vocacional, pero que se toma muy en serio: ensayan a diario con horarios fijos y tienen una disciplina casi espartana. Se nota en sus discos y en sus directos. Nunca les he visto dar un mal paso en un concierto, siempre han estado al 100%, muy profesionales y renovando cada año su espectáculo, con nuevas versiones de temas clásicos y cuidando al milímetro su sobria puesta en escena. Fue un placer charlar con él, la verdad.

¿Qué queréis saber, si Javier Rodrigo se puso tan cachondo con mis especulaciones como para llevarme a la cama? Pues no lo confesaré, que soy un caballero, y lo que pasa en la alcoba de un caballero, entre las sábanas se queda.

PUNTA UMBRÍA

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He estado escribiéndome estos días con mi amigo Ángel, a quien años ha que no contactaba, y hemos recordado alguna batallita de nuestras correrías, de cuando éramos parte del Colectivo Casandra y nos tomábamos el mundo un poco más en serio. En uno de los mails le he dicho: "Tengo que escribir de Punta Umbría". Y a ello me pongo hoy, que a toro pasado, nueve años después, seguro que nadie se molesta. Y si se molestan, que ajos coman.

Corría el año 1999 y un grupo de desubicados sacábamos en Madrid una revista llamada Derraiz, cuya colección conservo con mucho cariño en algún sitio de mi desordenadísima biblioteca. Las reuniones de redacción empezaban a las dos de la tarde con una comida hogareña y terminaban a las tres de la mañana con unas botellas de ron vacías. Desde fuera, éramos un arcano, pero entre nosotros formábamos una piña muy compacta, con un humor privado inexportable que nos hacía caernos de las sillas y unos planteamientos vitales que poca gente podía compartir, como se demostró con el tiempo.

El caso es que nuestra revista llamó la atención de unos tipos inquietos de Punta Umbría y una mañana nos encontramos en el apartado de correos con una invitación para asistir como ponentes al I Congreso de Editores Españoles Independientes. En realidad, editores ibéricos, pues había unos cuantos portugueses. La idea era juntar a todos los pirados que nos movíamos al margen del mogollón mediático, a todos los que tratábamos de plantear otra cultura, de abrir otros debates, de pensar otras vidas. Cuando llegó la invitación, acabábamos de sacar el Manifiesto 99.00. Un nuevo arte para una nueva época (la modestia no era nuestro rollo), aprovechando el cambio de milenio, y pensamos que Punta Umbría podía ser un foro estupendo para darlo a conocer. Así que llenamos tres o cuatro cajas hasta arriba de manifiestos y cogimos otra caja atiborrada de varios números de Derraiz, muchas pegatinas y muchas tarjetas. Lo cargamos todo en tres coches, nos juntamos en el parking de la estación de Chamartín y enfilamos hacia el sur. Hacía buen tiempo. Creo que hasta llevábamos los bañadores, por si acaso.

Llegamos, nos instalamos, damos un paseo por la playa, nos ponemos hasta las cejas de pescaíto frito y acudimos al bareto donde se celebra la fiesta de bienvenida. Y empieza el asombro.

Nos bastaron dos sorbos a la primera copa para corroborar que estábamos completamente fuera de lugar. A aquella gente no le interesaba nada de lo que pudiéramos decir. La noche empezó con una performance sobre las mujeres maltratadas. Una reflexión sobre el silencio en el que viven millones y millones de seres humanos, anunció un tiparraco. Acto seguido, se sienta, coge un micrófono con una mano y un rollo de cinta aislante con la otra y empieza a enrollar el micro con la cinta. El ruido es infame, destrozatímpanos. Los huesecillos del oído se descoyuntan, los pabellones auditivos empiezan a chorrear sangre. Cuando se le acaba el rollo de cinta al tío, se hace el silencio de nuevo. Entonces pienso: "Bien, ahora es cuando nos lanzamos sobre él, lo despedazamos y arrojamos los trozos de su cadáver al mar, pues es lo único que merece". Pero no. Los ya sordos miembros del Colectivo Casandra nos miramos comprobando que solo nosotros tenemos ganas de asesinar al artista, porque los demás aplauden a rabiar. La entrega es absoluta, la performance les ha llegado al alma.

-Macho, esto va a ser muy largo -me dice Ángel cuando va a pedir más bebida a la barra.

Y lo fue. A partir de ahí, el I Congreso de Editores Independientes fue un no parar de agudas reflexiones y originales aportaciones.

Ángel y yo nos atrincheramos en la última fila del auditorio donde se celebraba, y tapándonos las caras con el programa del congreso, no paramos de descojonarnos. Como dos niños traviesos. Nos contagiábamos la risa mutuamente y no sabíamos parar. El resto del Colectivo Casandra trataba de taparnos para que no se notara la cosa demasiado, pero aun así se daban cuenta. Por el estrado fueron desfilando uno tras otro tipos desquiciados, caraduras, pillasubvenciones, aspirantes a pillasubvenciones, un señor calvo que decía que hacía una revista para acercarse a los chavales de 14 años, que era con los que se sentía bien (no dijo nada de sus culitos tiernos, pero ya se veía qué era lo que le hacía sentir tan bien), unos revolucionarios panchovillescos, artistas visuales, disléxicos, más artistas visuales, trotskistas adictos a la letra prieta y a reeditar actas de la IV Internacional sin traducir y seguidores del tecnofado. Cada cual subía y soltaba su rollo en un carnaval sin sentido. ¿Para qué nos habían juntado con esa gente? Es más, ¿por qué se había juntado esa gente? ¿Era un experimento psiquiátrico?

Cuando llegó nuestra ponencia nos planteamos una puesta en escena agresiva. Quisimos salir con pasamontañas, dos sentados y dos de pie con los brazos cruzados, y leer nuestro rollo de forma categórica y estalinista, como en un comunicado etarra, pero nos pareció que nadie iba a entender la gracia, así que Joaquín y yo nos sentamos y confesamos abiertamente que no sabíamos qué cojones hacíamos allí, que nosotros teníamos un proyecto y un manifiesto y que quien se quisiera unir al debate sería bienvenido. Fuimos faltones. Empezamos diciendo: "No estamos aquí para hablar de grapas ni de gramajes de papel", en alusión a las preocupaciones de buena parte de los editores independientes. Dijimos que para debatir de cuestiones logísticas ya están los medios tradicionales, que creiamos que eso iba a ser un foro de debate sobre alternativas, sobre capacidad de generar espacios de discusión al margen de los establecidos por los grandes medios, que habíamos ido a encontrarnos con gente que creíamos que compartía nuestras inquietudes, pero que por lo visto sólo estaba preocupada por pillar cacho subvencional o ahorrar costes de impresión.

No nos volvieron a llamar. Una pena, porque la playa de Punta Umbría es cojonuda, y el pescaíto del puerto está que te mueres.

Cuánto ha cambiado todo desde entonces. Qué lejos queda aquel despreocupado zagal que era en el Colectivo Casandra. Ahora estoy cerrando la maleta porque me voy a otro sarao, pero un sarao muy distinto. Concretamente, el sarao radicalmente opuesto al congreso indie de Punta Umbría: el Premio Planeta. Me voy unos días a Barcelona a todo trapo a cubrir la feria de las vanidades, a ver de cerca cómo funciona la podrida corrupción de la cumbre literaria. Escribiré algunas cosillas para el Heraldo. Y lo que no me dejen contar allí, os lo susurraré en este blog. Estén atentos, amiguitos.

QUÉ DESILUSIÓN

Ya os confesé mi vicio gofrero y lo feliz que me hacían las delicias de Haagen Dazs, así que comprenderéis mi dicha y mi temor cuando vi que, al comenzar las fiestas del Pilar, unos tiparracos habían montado un puestecillo casi en la puerta misma del periódico donde ejerzo mis labores llamado "La casita de los gofres". Mis papilas se retorcieron como vestales ante la verga enhiesta de un legionario recién llegado de las Galias, y mis arterias se contrajeron asustadas, en un espasmo horroroso, estrangulando los músculos, buscando esconderse de esa marabunta de colesterol que veían venir en plan tsunami.

Mi perdición, amigos. No llego vivo al fin de las fiestas. Mis arterias explotarán y lo pondrán todo perdido de masa de gofre a medio masticar.

Eso pensé. Pero no temáis. Por suerte, los de "La casita de los gofres" son tan pérfidos como la bruja de la casita de chocolate de Hansel y Graetel, y sirven un infecto mazacote cementero a medio cocer que osan llamar gofre sin ningún fundamento. Me lo comí por educación, pero debería habérselo estampado en la cara. Es más, debería haber prendido fuego a esa casita mentirosa que vende trozos de hormigón con forma de gofres a tres euros la unidad.

Vaya guarrada, de verdad. No vayáis, vuestro estómago lo agradecerá.

La casita de los gofres... ¡Y una mierda! Al niño meón de Maneken Pis le están saliendo piedras en la orina de ver cómo mancillan el buen nombre del bello bollo belga.

Así que aquí adjunto mi agradecimiento a los señores de "La casita de los gofres" por permitirme vivir unos meses más sin reventar de obstrucción arterial. El dietista que no tengo, pero que algún día tendré, también se lo agradece.

Suyo afectísimo,

Un amante de los gofres de verdad.

EMPIEZA LA TEMPORADA DE GRANDES COCIDOS DE OTOÑO-INVIERNO

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Para muchos, el otoño es depresión, encierro, ansiedad, exámenes, fatigas laborales, divorcios, botas de agua, incordios y reuniones de la comunidad de vecinos. Para otros, perder de vista en el cole a unos hijos que no soportan, o perder de vista en el curro a un cónyuge que no soportan. Para mí, el otoño y el frío sólo significa que puedo volver a preparar mis world famous cocidos.

Hoy hemos estrenado una temporada de cocidos de otoño-invierno que se prevé espléndida. Nos hemos comido el primero del curso, y la valoración de la crítica ha sido de 11 sobre 10. La siesta ha sido también gloriosa, a la altura del guiso.

Cualquier programador sabe que el arranque y el final de las temporadas son fundamentales para que estas sean brillantes, y que en medio hay que ir alternando picos y valles hasta el desenlace. Así que para este arranque me he esmerado, pero caminando sobre seguro. Nunca hay que experimentar en un estreno: los golpes de efecto hay que colarlos en medio, para minimizar los efectos de su posible fracaso.

Por tanto, he confiado en lo que sé que funciona bien: a lo largo de mi vida como apasionado cocidero me he abastecido en varias carnicerías y mercados de Zaragoza y de Madrid, y aunque nada supera en variedad y calidad al Mercado de Maravillas de Madrid, puedo decir que la sección de bandejas preparadas de El Corte Inglés nunca defrauda. Algo carilla, pero merece la pena. Calidad obliga. Así que allí nos hemos pertrechado para todo lo necesario.

Las carnes, variadas y, siempre que sea posible, ibéricas. Apunten, aficionadillos: chorizo y morcilla ibéricos, una pieza de ternera melosa, una cuña de tocino ibérico y un hueso de jamón. Para completar, un esqueleto de gallina con algo de carne. A veces uso pollo, pero la verdad es que no hay comparación posible: la gallina deja un caldo untuoso y potente y el pollo tiende a clarear y necesita el auxilio de otras carnes. Para las verduras: medio repollo, varias zanahorias, un puerro generoso, varias ramitas de apio, una cabeza de ajos, un par de chirivías y, siempre añadidas al final de la cocción, las imprescindibles y blancas patatas gallegas.

Faltan los garbanzos, claro. No crean que es fácil el tema de los garbanzos. Los hay de muchas clases, sabores y tamaños, y su buena o mala elección puede aportar la nota de distinción, ese je-ne-sais-quoi que puede hacer que un cocido sea un éxito o un fracaso. Para este primer reto he querido ser minimalista, y he escogido unos pequeños y finísimos grabanzos pedrosillanos, crecidos en la dehesa de Salamanca, en honor a nuestro comentarista Severiano. Han resultado magníficos: mantecosos, tiernos y sólidos al tiempo, aguantando tersos y sin descomponerse en la dura cocción.

Toda la cocción empieza en agua fría. Del grifo, mismamente, pero si quieren ponerse estupendos pueden usar un agua de mineralización débil. Manotazo de sal fina, delicado toque de pimienta y leve sonrosado de pimentón. Para la ocasión hemos abierto un Laus de 2004 del Somontano -tinto, of course: mis cocidos no admiten otra coloración en las copas-, bajo cuyos efectos etílicos escribo todavía esta reseña.

Qué gran comilona, señores. Estoy convencido de que la heroína y el crack son más saludables que esta sinfonía de grasas, pero no tan satisfactorias.

El cocido es un monumento cultural sin el cual nos sería imposible entendernos. En su borboteo hirviente se resumen siglos de civilización y encuentros entre seres humanos de sitios distintos. Por supuesto, representa a los pueblos peninsulares en su conjunto, pues todas las regiones tienen su versión particular, desde la carn d’olla catalana hasta el pote gallego, pasando por el puchero meridional. De él se han alimentado las clases populares, cogiendo los nutrientes necesarios para descabezar a los reyes, y es además inspirador y espoleador de otros platos: del cocido salen la ropavieja y las croquetas, por ejemplo.

Pero es que, además, el cocido es transcultural. El que hoy conocemos y disfrutamos es la versión cristiana del cuscús, es su hijo. ¿Que no? Añadan cerdo a un cuscús y tendrán un cocido. A través de la península, el cuscús y los potages del norte de los Pirineos se dan la mano, y también se tiende un puente al otro lado del Atlántico: el sancocho es la versión criollo-caribeña del cocido, preparado con verduras tropicales (yuca, plátano...) y degustado en tórridas jaranas de las Antillas (mayores y menores), de Venezuela y del norte de Colombia. Seguro que algún plato de la cocina cajún tiene su origen en el cocido, como la jambalaya tiene su origen en la paella.

En fin, que por muy denostado que esté en estos tiempos de remilgos culinarios, yo amo al cocido, y proclamo mi amor dedicándole una gloriosa temporada que espero que dure hasta bien entrado abril. Experimentaré a veces, pero ya les advierto que a mí me va lo clásico. Y si gustan probar, díganmelo con tiempo y les hago sitio en la mesa, que en casa siempre sobra.

Foto: El virtuoso Sergei Molinovich, a punto de concluir la ejecución de su Cocido Madrileñensis en regüeldo menor, Op. 52.

IDENTIDAD

En 2001 yo no existía.

Google, en otra de sus divertidas y frikis tontadas, ha "reeditado" su buscador de 2001. Es decir, un Google en el que sólo puedes buscar cosas que existían en internet en 2001. Me he buscado y no aparezco. Y como lo que no está en Google no existe, en 2001 yo no existía. Y eso que ahora que lo pienso, por aquel entonces yo ya tenía algunos reportajillos publicados, y no me extrañaría que ya estuvieran colgados en algún sitio. Pero Google me dice que no, que me olvide, que me lo estoy inventando. Yo no era nada entonces.

¿Existiría entonces mi doble? Hace unos meses me escribió un correo un chaval argentino que dice llamarse como yo y tiene mi misma edad. Fue a buscarse en Google y se encontró conmigo, y le jodió verse convertido en un barbado barrigón, él que seguro que come ensaladas y va al gimnasio (si es mi doble, ha de hacer todo lo que yo no hago, para completarnos y tal). No tenemos un nombre común, no es como si dos José María García se encuentran. ¿Cuántos Sergio del Molino habrá? En una de las empresas del Grupo Heraldo, en el mismo edificio donde trabajo, hay un Sergio Molino, sin el "del", y al pobre le llegan por mail muchas broncas que me corresponden a mí. Es curioso, pero si ha recibido alguna carta de amor que iba dirigida a mí, no me la ha reenviado. Sólo me rebota los malos rollos, pero igual me roba los ligues. Habrá que investigarlo.

Hace unas semanas, a las dos de la mañana, le sonó el móvil a Cris. Estábamos en casa, tranquilamente, y nos dimos el razonable susto que uno se lleva cuando suena el teléfono a esas horas. Era un número desconocido. Lo cogió y una chica le dijo: "Ese es mi móvil". "¿Perdón?". "Que ese es mi móvil", insistió la chica. "Me lo acaban de robar y ese es mi móvil". Se despachó el asunto, se había equivocado en alguna cifra o no se sabía su número. Chispún.

Pero luego pensé: no se ha equivocado, la chica tiene razón. Probablemente, le dije a Cris, la chica seas tú en el futuro, una noche en la que te roban el móvil y te llamas esperando encontrar al ladrón, pero te encuentras con tu yo del pasado. Debe ser cosa del acelerador de partículas de Ginebra. Estamos empezando a notar sus efectos.

¿Que no? Para empezar, yo en 2001 no existía, lo dice Google. Y lo que Google dice, va a misa. Todos nos empezamos a descomponer, nuestra identidad y nuestro yo se van a la mierda sin remedio. Pronto los calendarios se quedarán obsoletos, nadie mirará los relojes porque ninguno acertará con la hora exacta y veremos a los hijos que no hemos tenido ya ancianos jugando a la petanca en el parque.

Por cierto, me tengo que renovar el DNI. A ver qué dice la Policía de toda esta confusión de identidades. Lo mismo no consto en sus ficheros. Lo mismo me desvanezco mientras espero turno.

TOREROS MUERTOS

En la facultad de periodismo te dicen que la crónica taurina es un ejemplo de belleza estilística sin igual, un género del que debemos aprender todos los plumillas. Más tarde te encuentras a gente a la que no les gustan los toros, pero que lee las crónicas de la fiesta nacional por aquello del bello verbo, porque se extasía con esos fugaces destellos de prosa donde el castellano refulge con la pasión de los siglos.

Yo debo de ser un zote, un ser intelectualmente inane, un corazón de esparto. Y por obligación laboral he leído muchas crónicas taurinas, y no sólo las he leído, sino que las he corregido, apañado y titulado. Pero cuando leo algo parecido a esto (es una parodia mía, no responde a una crónica real), me entra un no sé qué en el cuerpo:

Se rebencó la trastámara. Amaneció en cuartos, se frunció a los medios y una soberbia pañolada tiñó de añil las ñoñas trancas del burlete. El cabestro rubricionose, mas el diestro no acertó con el estoque, y unos sisantros desmañados, entre verónicas y marsupinos, acabaron por malograr una faena que se presumía arrentronilada. Palmas y ovación. Unas orejas inmerecidas para una tarde en la que faltó retruque y se echó en falta la esbajancia.

Pues eso, que será cosa mía, falta de sensibilidad literaria o algo, pero es que no sé de qué coño están hablando.

Al margen de eso, hoy me han mandado la convocatoria para la tradicional manifestación antitaurina de las Fiestas del Pilar. Este año viene en vídeo, que es más molón. Aquí os lo dejo.

MEDIDAS CONTRA LA CRISIS

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Los brokers de Wall Street no podían más, pero acataban la consigna. "Come on, boys, hay que aguantar hasta que se acabe la Expo. Hacedlo por vuestras madres, que os parieron en la base de Zaragoza. Hacedlo por el U.S. Army. Se lo debemos, dejemos que tengan la Expo en paz, retened esa crisis, que no estalle todavía".

Los obedientes brokers se ajustaron las corbatas, se apretaron el chaleco corporativo y aguantaron el tipo en el parqué, pero nada más terminar la Expo de Zaragoza, la presa se desbordó.

-¡Están cayendo los bancos, señor, es terrible, es otro 29!

-Tranquilo chico, ya no importa. Has salvado la Expo. Ahora podemos respirar hasta que nos toque salvar las navidades.

Ya está, se acabó la fiesta. Ahora sí que estamos preparados para la crisis. Que nos azote, que no le tenemos miedo. Por suerte, el Gobierno ya ha tomado las primeras medidas, que se resumen en este decálogo:

1. Instalar grandes colchonetas inflables rodeando las sedes de bancos y grandes empresas. Con suerte, los ejecutivos más mullidos y talentosos salvarán la vida cuando su entidad se vaya a la ruina y ellos decidan tirarse por la ventana. Con los que sobrevivan, se refundará el capitalismo con sus mismas fallas y catastrofismos.

2. Junto a las colchonetas se habilitará un servicio neumático subterráneo de recogida de cadáveres. Mediante un sistema de tubos, los ejecutivos suicidas serán enviados a una planta de reciclaje donde se aprovechará todo el paño de sus trajes y los restos de colonia cara que quedasen sobre su piel. Una máquina especial aspirará los restos de cocaína que hayan podido quedar en sus fosas nasales. Esta será revendida y con sus ingresos se financiarán vacaciones de bajo coste del Imserso para que los abuelos no molesten con sus monsergas catastrofistas mientras los líderes reflexionan y buscan soluciones.

3. Para ahorrar combustible y evitar el alza de los precios del petróleo, todos los semáforos quedarán indefinidamente en posición roja. Ningún vehículo podrá moverse, y los automovilistas retenidos en ellos tampoco podrán consumir ni comer, incentivándose así la capacidad de ahorro de las rentas medias.

4. Como apoyo a las políticas de conciliación familiar y laboral, se abole temporalmente la prohibición de trabajar a los menores de 16 años.

5. Un comité de juristas estudia la vigencia de los decretos de 1492 y de 1611 (expulsión de los judíos y de los moriscos de los territorios de la corona española). Si se demuestra que nunca han sido derogados, todos los inmigrantes con o sin trabajo serían embarcados en tres carabelas y enviados rumbo al sur aprovechando que la corriente del golfo es propicia, tal y como parecen estar deseando varios ministros. Una vez en las Indias, pueden sobrevivir intercambiando abalorios y espejitos por el oro que tienen los nativos.

6. Los niños menores de 16 años ocuparán los empleos que dejan vacantes las personas referidas al punto 5. Eso sí, como becarios sin sueldo.

7. Los desempleados serán reubicados en pueblos de Teruel, Soria y Zamora. Ocuparán los empleos con más demanda: tonto del pueblo, integrante de minoría étnica, arrojado en el pilón por turba etílica y decorador del local de la peña para las fiestas.

8. En solidaridad con la situación del país, Barcelona dejará de entronizar el diseño y declarará de buen tono volver a comer tortilla de patata sin deconstruir y pepitos de ternera con pan de verdad. La opinión de Ferran Adrià no será tenida en consideración.

9. Por idénticos motivos de solidaridad con el mal momento que atraviesa la economía, los actores porno cejarán en sus erecciones y mostrarán unos penes flácidos y alicaídos, como corresponde a una situación de crisis.

10. Si ninguna de las anteriores medidas resulta, el gobierno de la nación se reserva el derecho de alentar a la ciudadanía a formar turbas callejeras y reinventar la sociedad al estilo Mad Max mientras los miembros del gabinete desaparecen sin dar explicaciones. Se destinarán fondos reservados para una eventual estampida gubernamental. Gallardón y Paco el Pocero dirigirán el nuevo país desde un rascacielos de la nueva Castellana. Al menos, hasta que Madrid sea sede olímpica y el Circo del Sol pueda volver a hacerse cargo de España.

PARA TI, QUE ERES JOVEN

Literariamente, 1984 de Orwell es mucho mejor que Un mundo feliz, de Huxley. Tiene más intención, más mala uva alegórica, más ingenio y más hurgamiento en la llaga con las uñas sucias. Normal: el libro de Orwell está escrito desde la decepción, el dolor y la desilusión más negras, mientras que Huxley hace una divagación de club de caballeros a la hora del té, sin implicarse del todo en lo que escribe. Orwell emociona y conmociona y Huxley resulta curiosón. Sin embargo, como profeta, Huxley le da mil vueltas al pobretón de Orwell, que no dio pie con bolo. Lógico: los buenos profetas, desde Mahoma hasta aquí, escriben que dan asco (y eso tampoco se puede decir de Huxley, seamos medio justos, pero su prosa es más antigua y oxidada que la de muchos de sus contemporáneos, ha envejecido peor). Acertarán en sus predicciones, pero las expresan con la elegancia de un paquidermo.

Total, que Huxley acertó al ver lo que se nos venía encima: la fuente de la eterna juventud. En una sociedad -la europea- formada básicamente por viejos, todos quieren ser jóvenes. No es ya que alguien de 70 años "se sienta" joven, que tiene todo el derecho del mundo a sentirse como le dé la gana, sino que no tolera que se refieran a él en términos de "persona mayor" o "anciano". Nosotros, en los periódicos, hemos desterrado el término "anciano" de las crónicas. Los "so called" ancianos se agarraban unos mosqueos de aúpa, y no saben lo duro que es descolgar el teléfono en la redacción cuando todavía no te has bebido el café y ser abroncado por un joven anciano.

Por contra, estamos obligados a escribir "un joven de 39 años". Porque ese joven de 39 años tampoco acepta otro apelativo. Las listas de jóvenes promesas artísticas de cualquier ámbito están llenas de cuarentones que llevan veinte años instaladas en ellas. Cuando uno pilla la etiqueta de "artista joven" no la suelta hasta que cumple los 60, y los que vienen detrás tienen que poner cara todavía más juvenil para ser admitidos en el club. Aunque, cuidado, que no se despisten, porque la barrera de los 30 es todavía muy poderosa. Lo cuenta una escritora mallorquina, Llucia Ramis, en una novelita titulada Coses que et passen a Barcelona quan tens 30 anys: es una edad imposible, porque estás en el grupo juvenil, pero a la vez te perciben como un viejo. Ya nadie te ríe las gracias, la condescendencia se agota de repente, se espera algo de tí (que ya deberías haber hecho) y a la vez esperan encontrarse con un joven "dinámico" y despreocupado. A los 30 ya no se es un JASP de esos que triunfaban hace unos años, pero hay que vivir como si todavía lo fueras (pero dejando claro que no lo eres, no sé si me explico).

"El problema, amigo Sergio -me dijo Julio Espinosa un día entre cañas- es que vivimos en una sociedad que no está dispuesta a dejarnos ser adultos". Y es cierto.

En general, las sociedades están ahí para no dejarte ser lo que quieres ser, si es que quieres ser algo. Las sociedades, como tribus tecnologizadas, están para asignar roles y para vigilar que esos roles se cumplen, por el bien de la tribu. La consigna de esta tribu es ser joven, pero solo serlo en unos cuantos aspectos, en los que interesan para crear un jolgorio festivo atontecedor y falso. El "espíritu juvenil" que venden los refrescos es el acomodaticio, nihilista y hedonista. Que está bien, nadie me gana a mí a hedonista, pero se obvian algunos caracteres que tradicionalmente se han ligado a la juventud: el idealismo ardoroso, las ganas de echarse al monte o de embarcarse en un mercante rumbo a Singapur, la despreocupación por el mañana... Frente a eso, nihilismo de sofá, ansias de pillar una hipoteca y angustias por no amarrar un contrato fijo. Desde luego, no es la juventud aventurera de Julio Verne ni de Mark Twain. Parece una juventud algo viejuna y cansada.

Es la enorme contradicción que llevo años observando: por un lado, nadie quiere que le quiten la etiqueta de "joven", y está dispuesto a cualquier cosa para mantenerla, pero, al mismo tiempo, nada desea más que una estabilidad y un sosiego propios de la senectud. Quieren ser jóvenes para cantar a voz en grito a las cuatro de la mañana, pero con el resguardo de una hipoteca y un contrato fijo. Eso ya ni siquiera es juventud aburguesada, es juventud viejuna, inconcebible, un galimatías.

A mí me gusta salir todas las noches, me gusta emborracharme, me pirran los chistes de pedos, gasto bromas de octavo de EGB, veo dibujos animados y soy incapaz de hacer proyectos de futuro que vayan más allá de la semana que viene (aunque creo que eso lo estoy cambiando un poco). Y espero seguir haciéndolo muchos años. Pero, aunque yo me comporte así en mi día a día, no quiero que eso defina mi relación con la sociedad y con el Estado. Frente a ellos, quiero ser tratado como lo que soy: un adulto. No quiero condescendencias ni paternalismos. Soy una persona adulta, y como tal quiero ser tratado por mi banco, por la empresa que me da trabajo, por la comunidad de vecinos y por el ayuntamiento. No se dirijan a mí rapeando, por dios, que queda muy ridículo.

Recomendación final para este mundo juvenil en el que vivimos: la tira Para tí, que eres joven, de Manel Fontdevila y Monteys, cada semana en El Jueves. Un monumento generacional que acabará siendo universal. Al tiempo.

PADRES SIN VOCACIÓN

A mí me gustaría ser padre, pero ahorrándome los primeros 18 o 20 años de vida de mi hija (ha de ser mujer, a un hijo varón le tiraría por el retrete o le echaría a la calle para que se lo comieran los chacales. Y si no hay chacales, le echaría unos cuantos encima). Me ahorraría toda la parte rollo de la paternidad y me enfrentaría a una tipa que habría leído algo y habría visto un poco de mundo. Y tendría edad para beber. Por tanto, podríamos acodarnos en un bareto a hablar de nuestras cosas. Sería más entretenido que ir al parque, cambiar pañales y ayudarle con los deberes. Una vez, planteándole esto a una amiga que hoy ya solo es conocida (entre otras cosas, por respuestas tan estúpidas como esta), me soltó, indignada: "Si todo el mundo pensara como tú, la humanidad se extinguiría". Pues qué descanso para todos, ¿no? Pueden estar tranquilos: el cambio climático conseguirá lo que no lograremos individuos como yo.

Lo que no sabía yo era que compartía espíritu antipaternal con la aristocracia inglesa. Enric González, en su precioso y altamente recomendable Historias de Londres, reproduce una carta que Evelyn Waugh escribió a su esposa hablando de su hijo Auberon. Es maravillosa. Aquí la copio, y recuerden en todo momento que está hablando de su hijo, y no es ficción:

Querida Laura:

He llegado a la lamentable conclusión de que el chico Auberon no es todavía un compañero apropiado para mí.

Ayer fue un día de supremo sacrificio. Le traje desde Highgate, le subí a la cúpula de San Pablo, le regalé un paquete de sellos triangulares, le llevé a comer al Hyde Park Hotel, le subí a la azotea del hotel, le llevé a Harrods y le permití comprar vastas cantidades de juguetes (los cargué en tu cuenta), le llevé a tomar el té con Maimie, que le dio una libra y una caja de cerillas, y le llevé de regreso a Highgate en un estado (yo, no el niño) de completo agotamiento. Mi madre le preguntó: ¿Has tenido un buen día? Un poco aburrido, contestó. Así que esta es la última vez en bastantes años que me molesto por mis hijos. Puedes reprochárselo.

Pasé una velada muy divertida emborrachándome en la Cámara de los Comunes con Hollis y Fraser y la viuda Hartington (que está enamorada de mí, parece) y Driberg y Nigel Birch y Lord Morris y Anthony Head y mi primo comunista Claud Cockburn.

Ayer cené con Maimie. Vsevolode se pasó el rato yendo a la cama y volviendo.

Londres está más lleno y ruidoso que nunca.

Con todo mi amor, Evelyn.

¿No es genial? Me encanta la apostilla "puedes reprochárselo". Es sublime. Yo también me lo habría pasado muy bien coqueteando con la viuda Hartington, sea quien sea.

Aclaración para almas cándidas: me encantan los niños. Si tienes suficiente sentido del humor, puedes pasártelo mejor con ellos que con muchos adultos. Los niños no se divorcian ni se agobian por su jefe, así que sus conversaciones suelen ser mucho más interesantes y tienen más puntos en común conmigo. Son caprichosos, inconstantes y les gustan los dibujos animados. Ya son tres rasgos los que compartimos, más que con la mayoría de la gente de mi edad. Por supuesto que prefiero hablar de Pocoyó antes que tragarme los conflictos de pareja de un par de pelmas con karaoke en el salón. Pero estoy con Evelyn Waugh: donde esté una borrachera en la Cámara de los Comunes, que se quiten los hijos. Especialmente, los propios.

PUTILLAS CON PANTALONES

Impagable carta al director publicada hoy en La Vanguardia:

La Vanguardia publicó el día 28 de agosto una foto tomada con un móvil de un cartel de un establecimiento H&M en el que se podía leer "Niñas de 9 a 14 años. Pantalón de putilla". Desde H&M queremos aclarar que se trataba de un error tipográfico, un error humano de uno de nuestros empleados en su trabajo diario, que cualquier persona puede cometer. En lugar de "putilla" debería haber puesto "puntilla". Queremos dejar constancia con esta carta del profundo malestar que la publicación en su diario y su página web de dicha imagen nos ha ocasionado. No porque pueda afectar a nuestra imagen de marca, sino porque la foto iba acompañada de unos comentarios totalmente desafortunados que asocian a niñas de 9 a 14 años con semejante calificativo peyorativo. H&M no comparte la decisión de publicar esta imagen. Asimismo, pedimos disculpas por cualquier daño moral que el comentado error tipográfico haya podido ocasionar a cualquier persona.

Ona Bascuñán. Dep. de comunicación H&M España y Portugal

Yo pensaba que el trabajo de jefa de prensa de una cadena como H&M sería un muermazo, y que la empresa compensaría el supino aburrimiento del cargo con un sueldazo de quitar el hipo. Pero ya veo que no, que tiene sus momentitos. Estoy por pasarme al mundo de las relaciones públicas, porque escribir cartas como esta me parece un reto literario y periodístico más estimulante que cualquier reportaje. Creo que si lo ensayo, me saldría de puta madre (perdón, quería decir de punta madre) el tono moralista y pacato.

Señora Bascuñán, no se aflija, por dios. El problema es de los padres, que las visten como puntillas. Además, o mucho me equivoco, o en este hermoso país, tierra de los Morancos, Torrente, los del Río, Jesús Gil, José Luis Moreno y José Bono, nadie va a sufrir un "daño moral" por un quítame de ahí esas putillas. Ya sabe lo que dice Torrente: "En cuanto las niñas echan la primera sangre...".

UN CICELY REAL (O CASI)

Recordando Doctor en Alaska, me he acordado de mi búsqueda de un Cicely hispano. Hace un par de años, quise contar cómo se vivía en un pueblo recuperado del Pirineo. Tras la novela de Julio Llamazares, La lluvia amarilla, se hablaba mucho de la despoblación y de los cientos de pueblos fantasma que hay en el Pirineo aragonés (inciso: a la vuelta de un viaje reportajeril por el Sobrarbe profundo, le enseñé a mi compañero José Luis Solanilla unas fotos que habíamos tomado en unos pueblos abandonados en las cercanías de La Fueva. Las miró con mucho interés, y en una de ellas descubrió las ruinas de la casa que había pertenecido a sus ancestros. Fue bastante emotivo). Así que contacté con la asociación Artiborain, que había llevado a cabo varias repoblaciones de villas abandonadas en la zona del Serrablo. Hablé por teléfono con un tal Ulises, que al parecer estaba al cargo del pueblo de Artosilla, abandonado en los años 50 y recuperado por un grupo de neorrurales zaragozanos en los años 80. Acordé subir con un fotógrafo a hacerles un reportaje pensando que iba a ser una tarea fácil y agradecida, un Cicely en tono aragonés poblado por personas entusiastas de la montaña.

Nada más lejos. A los pocos minutos de charlar con aquella gente me di cuenta de que había algo muy oscuro. Un par de vecinos me llamaron para hablar conmigo en privado, a escondidas del resto de los habitantes de Artosilla, y me contaron historias muy escabrosas que no podía publicar sin contrastar, y el contraste era imposible. Alguna gente era hermética, recelaba mucho, no hablaba, y los que hablaban se desdecían rápidamente. Hubo quien me telefoneó al periódico días después para suplicarme que borrara su testimonio y no sacara ninguna foto suya. En general, sin embargo, procuraron darme una buena impresión y quisieron proyectar la imagen de un pueblo armónico. Yo me marché de Artosilla con mal sabor de boca, pero no había podido rascar nada comprometedor (sí, en tiempos del Tomate es difícil tener escrúpulos, pero yo soy de la vieja escuela y no publico rumores ni sensaciones que no tengo confirmadas. Llamadme mojigato), así que me limité a dejar constancia de mis sospechas en el reportaje que aquí os reproduzco. Un par de semanas después de publicarlo, en el verano de 2006, ardió una de las viviendas de Artosilla. La Guardia Civil cree que el fuego fue intencionado y que respondía a las disputas que se vivían en el pueblo por los problemas que yo esbozaba en el reportaje. No sé cómo están las cosas hoy en el pueblo, pero después de ese viaje cambié muchas de mis ideas sobre el mundo rural y sobre la gente que ansía vivir en entornos aislados. Unos meses después se produjo el crimen de Fago y tuve que volver a enfrentarme a una comunidad minúscula, aislada y enrarecida que me cerraba las puertas en las narices. He conocido más, y cuanto más conozco esos entornos, más quiero a las grandes ciudades.

Este es el reportaje que publiqué en el verano de 2006 sobre Artosilla. Cuando lo escribí, todavía creía en la buena fe de los repobladores (y se nota). Hoy estoy curado de espanto.

Viajando a Artosilla desde Zaragoza, el enigma que se plantea el urbanita no es por qué este pueblo serrablés fue abandonado a finales de los años 60, sino por qué a alguien se le ocurrió repoblarlo en 1986, hace ahora 20 años. Se precisa de una decisión muy poderosa para instalarse en un lugar del Alto Gállego que fue borrado de los mapas y que ahora sólo figura en los más detallados y puestos al día.

Treinta kilómetros en dirección a Boltaña por la A-1604, tan estrecha que obliga al conductor a echarse a la cuneta cada vez que se cruza con un vehículo de buena envergadura, y casi cuatro kilómetros de pista forestal retorcida y curvilínea. Al final, cuando los síntomas del mareo asoman en la cara y los bajos del coche empiezan a resentirse, un pequeño conjunto de casas aparece tras una curva. Hay vida, la de 12 personas que pasan el año allí. El hallazgo es sorprendente, pero antes de que el viajero se sienta un conquistador amazónico ante una nueva tribu, uno de sus habitantes viene a bajarle los humos urbanitas: "Sí, está lejos, pero intenta venir en invierno, cuando la pista se hiela. Eso sí que es duro".

Quien así habla se llama -o se hace llamar- Ulises, y Artosilla es su Ítaca. No se sabe si tiene alguna Penélope hilando en un palacio, pero a juzgar por su felicidad y bonhomía, nada ni nadie parecen esperarle fuera de este rincón serrablés. Ulises, zaragozano de nacimiento, se instaló aquí hace cinco años, los mismos que lleva levantando los tres pisos de su vivienda, que antes sólo eran ruinas. "Respetamos los rasgos de la arquitectura de la comarca y cumplimos requisitos bioclimáticos", explica, con un ladrillo de termoarcilla en la mano.

Llegar a Artosilla es duro y difícil, y todos sus vecinos han caminado un largo camino vital hasta la definitiva toma de decisión. Rafael Rosales, por ejemplo -que se muestra reacio a dejarse fotografiar, pero habla gustoso de lo divino y de lo humano mientras fríe unos huevos de corral para dar de comer a los visitantes-, vio claro su futuro una noche, en Jaca: "La situación era complicada. Mi mujer y yo vivíamos en Jaca y atravesábamos un momento difícil. La televisión daba un reportaje sobre unas masías repobladas en Cataluña, y mi esposa me dijo firmemente: "Ése es nuestro futuro". Me pasé la noche en vela, pensando, y a las seis de la mañana ya estaba buscando por los pueblos de la zona".

Bolsos de Loewe

En las navidades de 1992, el matrimonio se instaló en Artosilla. El granadino Rafael, escultor, artista y artesano, dejaba atrás una vida en la que había saboreado las mieles del éxito. Fue diseñador de moda en Loewe, donde creó hace décadas un bolso tipo inglés con tres compartimentos. Suya es también la escultura que decora el centro de la plaza de España de Sabiñánigo, municipio al que pertenece Artosilla.

Ahora, con 59 años, trabaja con calma y cariño en la construcción de una escuela de oficios que traerá gente y dinero al pueblo. "Podría haber llevado una buena vida de traje y corbata en Barcelona, pero aquello no me llenaba", asegura en la cocina de su casa mientras ofrece una copita de orujo casero o un buen vaso de vino cosechero de la Rioja.

Bebida y comida no faltan, aunque haya que recorrer unos 35 kilómetros para traerlas de Sabiñánigo, como tampoco faltan televisión, teléfono e internet. Estos dos últimos servicios los disfrutan gracias a una conexión inalámbrica con una antena de Sabiñánigo.

Nada de eso existía cuando Jesús García Mainar llegó al pueblo en el mes de mayo de 1986, de la mano de la asociación Artiborain, que gestiona otros dos núcleos deshabitados en las cercanías, Ibort y Aineto, gracias a un convenio con el Gobierno de Aragón (propietario de los terrenos y de las edificaciones). Cuando Jesús y su mujer, Mamen -él, ceramista; ella, enfermera-, decidieron vivir en el lugar, hacía dos décadas que sus últimos habitantes habían cambiado Artosilla por Huesca o Zaragoza. Desde entonces, los únicos seres humanos que se habían aventurado por el paraje eran los miembros del Icona que, a finales de los 70, lo repoblaron forestalmente.

"La pista estaba en muy mal estado -recuerda Jesús-. Por supuesto, no teníamos agua, ni desagües, ni ningún tipo de infraestructura. De hecho, nos pasamos casi nueve años sin electricidad, alumbrándonos con velas y con pequeñas baterías. Las casas, eso sí, estaban aceptablemente bien, y pudimos reconstruir una de ellas con relativa facilidad".

Hoy, un sistema de placas solares terminado de instalar en 2001 proporciona electricidad suficiente a los 12 vecinos del lugar. "En verano, no hay problemas de suministro -explica Ulises-, pero cuando el invierno trae tres o cuatro días nublados, tenemos que hacer restricciones en el consumo". Por eso, y por otros motivos, empezó a plantearse la necesidad de llevar el tendido eléctrico convencional hasta el pueblo.

Problemas en el paraíso

El asunto destapó la caja de los truenos en la hasta entonces idílica Ítaca montañesa. Los vecinos que apoyaban el trazado del tendido se enfrentaron a quienes se oponían al proyecto. Los primeros argumentaban la necesidad de desarrollo del lugar. Los segundos, que ese pretendido "desarrollo" acabaría con el espíritu y los objetivos vitales que les habían llevado hasta allí. Como las decisiones de este tipo han de aprobarse por unanimidad en una asamblea -así se gobiernan en Artosilla, de acuerdo con los estatutos de Artiborain-, las placas solares son la única fuente de energía disponible.

Podría considerarse una disputa menor, pero el asunto del tendido eléctrico ha enrarecido la convivencia en el paraíso. "Claro que se puede discutir y pleitear, pero nadie se plantea irse a vivir a un sitio como este para discutir y pleitear como si estuviéramos en la ciudad", argumenta Chema Marco, un albañil zaragozano que ejerce de alcalde pedáneo de Artosilla (título casi honorífico en un lugar donde las decisiones se toman en asamblea). "Nos hemos traído las miserias de la ciudad -se lamenta Jesús-, pero confío en que el buen juicio reine y las cosas se calmen".

"En la ciudad, las disputas con los vecinos pueden soslayarse, pero aquí convivimos de una forma muy estrecha y especial. Cualquier problema nos perturba y nos afecta mucho más", comenta Rafael ante el asentimiento sonriente de Ulises.

Ser pocos y mal avenidos, además de un tópico muy recurrente, es un síntoma de lo difícil que es sacar adelante la resurrección de un pueblo. Muchos proyectos han fracasado en el Alto Aragón, y la perseverancia de Artosilla, pese a los problemas que van surgiendo, es un aliento para que no desfallezcan en otros sitios de la Comunidad o de España.

Pero estos argumentos no templan a Chema, que señala el cuaderno donde el periodista toma notas y afirma: "Puedes publicar que el alcalde pedáneo de Artosilla quiere irse del pueblo". En su discurso, acusa al Gobierno de Aragón de no asumir responsabilidades en la gestión de los pueblos, que Marco califica de "sectaria" y "caciquil", con "juicios populares" donde se selecciona a los aspirantes a vecinos y se rechaza a quien no obtiene el beneplácito de la comunidad.

Es cierto que vivir en Artosilla o en cualquiera de los tres pueblos gestionados por Artiborain sólo puede lograrse tras superar un proceso de selección, pero calificar dicho proceso de "juicio popular" les parece excesivo a los responsables de la asociación y del Gobierno autonómico, que se muestra satisfecho con la labor desarrollada en los tres núcleos en los últimos 20 años. "Antes de instalarte aquí -razona Ulises-, debes visitarnos a menudo, conocernos y pasar un tiempo para adaptarte a nosotros y a nuestra forma de vida. Esto, en verano, se ve muy bonito y muy fácil, pero el invierno es durísimo, y conviene estar preparado". En otras palabras, que los vecinos quieren asegurarse de que los aspirantes saben de verdad donde se meten.

Ecoaldeas

En cualquier caso, no parece que Artosilla, al contrario que Ibort o Aineto, pueda recibir gente nueva en el futuro, debido al peculiar sistema de propiedad y gestión diseñado al alimón con la DGA. En Artosilla no existe la propiedad privada, y los vecinos tienen derecho a vivir en el lugar siempre que reconstruyan las ruinas. No se permite la edificación de nueva planta, y ya no quedan ruinas sin recuperar. El pueblo no puede crecer, porque se trata de rehabilitarlo y de gestionarlo como una "ecoaldea", no de crear un pueblo convencional con parcelas y planes de urbanismo.

En ese sentido, Ulises tiene mil proyectos en mente -y en trance de desarrollo-. El más importante, la puesta en marcha de un "centro de formación en actividades sostenibles" a través de la asociación Selba (www.selba.org) que atraiga al núcleo a las personas interesadas en energías renovables, arquitectura bioclimática, artesanía o agricultura ecológica. "Quiero que el pueblo sea un referente en el mundo de las ecoaldeas", dice. ¿Acaso no lo es ya?

UN VICIO REPUGNANTE

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Tengo eso que antes se llamaba un vicio y que ahora se llama meapilísticamente adicción (es curioso que prefiera de lejos la sonoridad rezumante y sugestiva de "vicio" a la asepsia tecnócrata de "adicción", y sin embargo me parezca más molón ser un "adicto" que ser un "vicioso", que suena a cura encerrado con niños en la sacristía). Es un vicio vergonzoso, pero no tanto como para impedirme confesarlo. Un vicio aterrador que me lleva por la calle de la amargura y que sólo con mucha fuerza de voluntad y sudores fríos logro mantener bajo control. Lo confesaré, aunque sé que muchos me despreciarán tras conocerlo. Este mundo puede soportar al heroinómano, al farlopero, al trasegador de soles y sombras y al abonado a las salas de bingo, pero aborrece a quien se sumerge sin freno en la crapulencia calórica.

Me llamo Sergio y soy adicto a los gofres con chocolate. Sólo con chocolate. Nada de natas, nada de helados, nada de mermeladas ni de siropes. Gofre con chocolate. Y hoy he recaído.

¿Cómo no recaer? Yo vivía tranquilo en Zaragoza porque esta ciudad es una negada en el arte del gofrerismo. No había un solo antro donde darse a esos placeres clandestinos. Créanme, los he buscado, y todo lo que había conseguido eran mierdas de calidad insultante, bollos rancios que no merecían llevar el nombre de gofre embadurnados de vaya usted a saber qué oscuro mejunge con resabios de cacao. Muchos adictos a los gofres han muerto por la acción desaprensiva de esos camellos que venden masas recalentadas en el microondas o que vienen empaquetadas en bolsitas. Yo vivía alejado de mi vicio en una ciudad donde no encontraba "dealers" que me sirvieran mercancía pura y de calidad. Así, a la fuerza, me desintoxiqué. Pero he vuelto a las andadas, porque he descubierto que en los Haagen-Dazs hacen unos gofres sublimes, lo más parecido a la idea platónica de un gofre que un adicto se pueda encontrar.

Además, los Haagen-Dazs tienen la ventaja de que no son los chiringuitos esquineros, marginales y playeros en los que me había surtido toda mi vida. El Haagen-Dazs es como un fumadero de opio: pillas la mercancía y te recreas en ella, refocilándote en tu gorda crapulencia. El ambiente de café distendido y acogedor invita a deleitarse con cada bocado. Así lo hago: me como el gofre exquisitamente servido en un plato alargado y acompañado por cubiertos (¡cubiertos!, como si el gofre fuera comida de verdad y no droga). Te sientas, con suerte, en un sillón, sacas un libro y dejas pasar media hora o más, hasta que se te cura el mono y has consumido unos capítulos de alguna lectura intrascendente y divertida, que no te distraiga demasiado del sabor del gofre.

Hoy lo he hecho solo, como hay que vivir los vicios, sin testigos. No pensaba hacerlo, pero la ocasión la pintaron parda: paseaba por la ciudad solo, no tenía que ir a trabajar ni había quedado con nadie. La tarde se extendía ante mí, urgía hacer algo clandestino sin miradas de reproche. Así que entré en el Haagen-Dazs con los ojos inyectados en sangre, reclamando mi dosis ("No me traiga la carta, ya sé lo que quiero, y lo quiero ya", le solté al camarero-camello). Cuando había devorado la mitad de ese monumento al colesterol y al endurecimiento arterial, saqué de mi bolsa de la Fnac un libro al azar, cualquiera de los que acababa de comprar, y me puse a leer. Resultó ser Historias de Nueva York, de Enric González, y me quedé atrapado por la lectura un rato largo, gozando voluptuoso como un sultán que se acaba de cepillar a Sherezade y escucha recostado sus cuentos para amenizar el post-polvo.

La verdad es que con Haagen-Dazs he reinventado mi vicio y lo he dignificado bastante. Se puede decir que he pasado del polvo rápido y esquinero a la puta de lujo en hotel de cinco estrellas. El espíritu crápula es el mismo, pero el goce es más reposado. Antes, devoraba los gofres en la calle, tras intercambiar unas monedas ansiosas con un vendedor callejero y ocultándome de las miradas indiscretas. Me lo zampaba a grandes bocados, pringándome entero de chocolate, y cogiendo muchas servilletas del mostrador para limpiar a conciencia las huellas de mi indignidad.

Todo empezó de niño, no recuerdo a qué edad. Yo he sido un niño playero, crecido junto al Mediterráneo. Como Serrat, pero sin dar la paliza a nadie. Mis veranos infantiles consistían en tres meses y pico de playa ininterrumpida: panzadas de arena, trote entre malecones, caza de pechinas y de cangrejos, saturación de melanina y picaduras de medusa. Como buen pueblo turistero, en los años 80 ya tenía un montón de cosas para dar gusto a los extranjeros, y algún belga espabilado montó un local pequeñito en el paseo marítimo con un niño meando dibujado en el letrero. "Gofres Manneken Pis", ponía en letras azules.

Si sabía suplicarle con arte a mi madre o si había algún tío o abuelo cercano al que sablear con las técnicas mafiosas de la infancia, alguien abría un monedero y me daba la provisión necesaria para que, a la hora de merendar, me acercase al chiringuito. Allí iba, me encaramaba al mostrador y pedía un "gofre amb xocolata". Alguna subempleada con acné atendía mi solicitud, rellenaba la gofrera con la masa y, tras unos minutos de impaciente espera, me entregaba un bollo tostado, esponjoso, abrasador y embadurnado de un chocolate espeso y azucarado que salía de una olla enorme. Venía semienvuelto con un trozo de papel de estraza con el logotipo del niño meón y era imposible de comer sin acabar pringado de arriba abajo. Poco importaba: me metía en el mar al acabármelo, y listo.

Así fue como me hice yonqui. Los "Gofres Manneken Pis" ocupan un lugar de privilegio en mi memoria de adicto. Nada, ni siquiera Haagen-Dazs, podrá superarlos.

Años después, en Madrid, fue donde mi vicio estuvo cerca de llevarme a la perdición colesterolosa (¿qué clase de vicio sería aquel que no es capaz de llevarte a la perdición?). Hay templos del gofre muy recomendables en Madrid. Se puede disfrutar de esas bombas calóricas en varios sitios, pero en ninguno como en la estación de metro de Sol. En el vestíbulo central, un chiringuito minúsculo impregna todo el metro de olor a chocolate y a masa azucarada. En las líneas 3 y 1 (en la 2, no sé por qué, se nota menos), el olor se aprecia ya en los vagones. Un ciego puede saber que estamos llegando a Sol porque huele ese reclamo dulzón ya en el túnel. A mí me perdían. Mataría por un grasiento gofre de ese chiringuito. Lo digo en serio, no me pongáis a prueba.

El problema es el siguiente, como comprenderán todos los que han vivido o viven en Madrid: intenten hacer un itinerario razonable y cotidiano de metro, para ir a cualquier sito a los que va la gente (compras, bares, curro, casa...). Bien, ahora intenten trazar el mismo recorrido sin pasar por Sol. ¿A que es más difícil, largo y sinuoso? Hay que pasar por Sol, es un imán, no puedes huir. Hubo una época -luego me mudé y pude salvarme, no sólo porque dejé de pasar por Sol, sino porque dejé de usar el metro, todo un privilegio al alcance de muy pocos- en la que pasaba por Sol hasta cuatro veces al día. Antes de comer, antes de cenar, el estómago aullando... ¿Saben la cantidad de veces que me he bajado en Sol, aunque no tuviera que hacerlo, me he comprado un gofre, me lo he zampado con ansia de adicto y me he montado en el siguiente metro para proseguir el viaje? Era un vicio solitario, pero alguna vez me pilló algún conocido (normal: estaba exhibiéndome ante medio Madrid) y tuve que confesarlo.

En Zaragoza no tenía problemas. No gofres, no problem. Pero ahora ha venido Haagen-Dazs a recordarle a mi boca esa añeja y querida sensación. Cortar con el tenedor ese bollo recién hecho, encontrarlo esponjoso e hinchado por dentro (nada peor que un gofre mazacote), dejar que penetre el chocolate por los cuadrados y sentir el estallido crujiente de los bordes requemados... Dios, qué placer. No sé si sobreviviré a esto, amigos. No sé qué me saldrá en los próximos análisis médicos, pero Haagen-Dazs me ha arruinado la vida. A ver en qué queda todo esto.

JODER CON LA CRISIS

La hecatombe, muchachos. Vayan agarrándose a los machos, cierren puertas y ventanas, desconfíen hasta del lechero. Como decía un amigo mío (en una broma que se repetía mil veces en todo encuentro social al que acudíamos): si alguien llama a tu puerta diciendo que quiere chuparte la polla, ¡no le abras! ¡Lo que realmente quiere es chuparte la polla! (ya ven en qué niveles se mueve nuestro humor).

Pues eso: si Solbes o el señor Euribor llaman a tu puerta diciendo que quieren chuparte la polla, ¡no les abras!

Que si la cosa está chunga, que si vamos pa el pozo, que si patatín, que si patatán. Los medios no hacemos más que inventarnos reportajes para avalar el pánico colectivo que tenemos que sentir. La crisis, la dichosa crisis, en boca de todos. Y yo me pregunto: ¿es para tanto la cosa? ¿De verdad la gente se ha quedado este año en su casa acoquinada y agarrada a los pocos ahorrillos que han rescatado de la voracidad hipotecaria?

Reportajes que han ido saliendo este verano:

  • El gremio de hosteleros se queja de lo mal que van las cosas. ¿Y cuándo ha salido el gremio de hosteleros bailando una sardana y pidiendo a la gente que no salga a cenar por ahí, que no dan abasto, que por este año ya han ganado suficiente dinero y que sus clientes deberían dedicarlo mejor a ayudar a los refugiados de Darfur? Cada vez que se pregunta al gremio de hosteleros, la respuesta es siempre plañidera. Normal. También he de decir que este sábado, 16 de agosto, cuando quise invitar a mi chica a un buen homenaje gastronómico con motivo de mi cumpleaños, por poco no encuentro sitio. Y no porque los restaurantes de alto postín estuvieran echando el cierre, sino porque no tenían mesas libres. Joder con la crisis.
  • Los españoles no viajan al extranjero. Serán los becarios de prácticas que se quedan haciendo los periódicos en verano, porque, que yo sepa, el que no corre, vuela. De mi entorno, quien más, quien menos, se ha pirado a más de 1.000 kilómetros de distancia. Algunos, a 12.000 incluso, y en todos los destinos, por exóticos, caros y disparatados que fueran, han encontrado a españoles mil, gastando a manos llenas ese dinero que al parecer no tienen.
  • La gente consume marcas blancas y prescinde de lujos al hacer la compra. Sí, claro, por eso el otro día en el supermercado de El Corte Inglés había hostias para pagar en caja. Y recuerdo a todo el mundo que los precios y los productos de ese supermercado no son precisamente los del Dia. 
  • Diez mil pequeños comercios han cerrado debido a la crisis. En fin, no sé, puede que sea cierto que diez mil comercios hayan cerrado, pero no sé si debido a la crisis o porque tocaba cerrar. Ahí faltan datos: ¿cuántos comercios han abierto sus puertas en ese mismo período? Si sólo damos el parte de defunciones y omitimos los nacimientos y los empadronamientos podemos dar la sensación de que nuestras ciudades se van a pique y que una epidemia de peste nos machaca.

A ver, que no dudo de los datos, que no dudo que el PIB se esté yendo al pedo, que el paro empiece a engordar y que la inflación nos toque los genitales en un tiempo, pero, hoy por hoy, y por mucho que en los medios de comunicación nos empeñemos, la crisis apenas se nota a pie de calle. La notarán en los dos extremos de la cuerda: el de los ricachos del ladrillazo y el de los inmigrantes (des)empleados en la construcción y en los eslabones más débiles del mércado esclavista laboral, pero dudo mucho que esté azotando ahora mismo de manera sensible y directa a las clases medias. No hay desempleo masivo ni inflación galopante, y si un señor tiene el mismo trabajo que el año pasado, con el mismo sueldo, vivirá igual de bien o de mal que vivía el año pasado, y viajará y cenará por ahí con la misma alegría que entonces, cuando España era Jauja. Vean la Expo sin ir más lejos: todo el mundo protesta por los precios abusivos de los restaurantes, pero no hay forma de encontrar mesa en ninguno, están a tope mañana, tarde y noche. No confundamos: que los bancos aprieten las tuercas con las hipotecas e impidan a los jóvenes comprar una vivienda no es sentir los efectos una crisis, de la misma forma que el reventón de una tubería en la calle no es un tsunami. Seamos serios.

Pero la crisis ha saltado en verano, y en este verano, salvo unos rusos pegando tiros en pueblos que nadie sitúa en un mapa, no hay noticias. Es el agosto más seco informativamente que he vivido en años. Y hay que llenar páginas y minutos de tele, hijos míos. Así que tiramos de la serpiente veraniega, que este año viene espesita y sin sustancia. A ver si se produce un asesinato gordo y truculento en algún pueblo de la España profunda y cambiamos de canción, que esta suena más mentirosa que un bolero.

AMOR DE MADRE

En vacaciones leo la prensa al por menor. Es decir, paso de los titulares gordacos y husmeo en los huequecillos de relleno. Vamos, igual que hago en la vida misma. Hoy me he encontrado con esta minúscula carta al director en El País con un primer párrafo que no puedo resistirme a comentar:

Conversaba apasionadamente -discutía- con mi hijo de 30 años (filósofo, cantante, enamorado de los animales, contradictorio, vital) y, después de muchos recíprocos plantes amistosos, le espeté: "Pues yo creo que EL PAÍS es un milagro". Aunque jamás se da por vencido, la contundencia de este argumento lo silenció unos segundos.

Ay, el amor de madre, cuántas desgracias ha provocado su exceso de celo. Miren al Magistral de La Regenta, a Norman Bates, a Javier Bardem, al emperador Octavio, a Ramón García el de las campanadas de Nochevieja, qué sé yo. Esos senos que estrujan y oprimen más allá de la lactancia, ese darwinismo radical, esa forma de luchar a muerte por los huevos, aunque estos no sean más que cáscaras y los polluelos, unos pajarracos. Me encanta.

Me imagino al hijo de 30 años de esta carta yendo a una entrevista de trabajo para buscarse un curre este verano. Empieza hablando el de recursos humanos, hojeando el currículum:

-Bien, muy bien... Entonces, usted es...
-Uy, no sabría decirle. Soy más poliédrico que polifacético, pero así, a botepronto, diría que básicamente soy filósofo, cantante, enamorado de los animales, contradictorio y vital. Así me define mi madre.
-Ajá. ¿Vital es con uve o con be? Bueno, déjelo, pondré "de perfil entusiasta". Así que estudió filosofía.
-Algo así. En la universidad de la calle.
-Sí, me han hablado de ella. ¿Es del Opus, no? Salí una vez con una chica de esa universidad. Bueno, más que salir fue un acto de compraventa de... Ejem, dejémoslo. ¿Experiencia en el extranjero?
-Me hice un erasmus en Francia.
-Interesante. ¿Así que vous parlez français?
-Poj claro. Y también practiqué mucho el griego allí de erasmus. Ya le he dicho que soy contradictorio y vital.
-¿Y por qué quiere trabajar como paseador de perros en nuestra empresa?
-Porque soy un amante de los animales y creo que sirvo para el puesto.
-Pero usted no da el perfil clásico. En fin, nuestros aspirantes suelen tener 15 años y mucho acné.
-Ya, pero es que hace mucho calor en casa, y estar todo el día hablando de El País con mi madre me da un poco de pampurrias ya. Y como la orquesta donde cantaba ha decidido prescindir de mis servicios y se ha ido de fiestas de pueblos con una cantante buenorra que enseñaba cacha y hacía subir el caché, pues he decidido ganar algo de dinerillo hasta que empiecen los castings de Operación Triunfo a los que pienso presentarme. Ya le he dicho que una de mis facetas es ser cantante.
-¿Y con su edad no aspira a un empleo mejor remunerado? Porque si, como veo, vive con sus padres, deseará independizarse pronto.
-¿Independizarme? ¿Es que usted no lee los periódicos? ¿No sabe nada del mileurismo, de la burbuja inmobiliaria y de la crisis económica que nos estrangula a todos? No estoy yo para embolaos ahora, no me joda (note cómo domino el lenguaje de la calle, que aprendí en la universidad, creo que puedo utilizar este talento mío en el trabajo al que aspiro). Además, con mi madre estoy muy bien. Conversamos apasionadamente sobre el crucigrama de El País a diario. El problema es con mi padre, que no me entiende. Él no es un amante de los animales, como yo. Él sólo los ama si salen de un horno con salsa alioli. Bueno, entiéndame, yo también les profeso amor de esa forma, sobre todo cuando la que los mete en el horno es mi madre: ese cochifrito es un desayuno cojonudo cuando me levanto los domingos a las cuatro de la tarde, pero también me gustan los animales vivos. Y eso mi padre no lo entiende. Tenemos diferencias insalvables.
-Por eso decía que a lo mejor le viene a usted bien vivir su vida. Sinceramente, no creo que este trabajo sea para usted.
-No, quite, quite. Con mi padre discuto lo normal, pero ya le calla la boca mi madre. No se apure, que lo tengo controlado. Si me lo monto bien, con mis dotes de filósofo, cantante, enamorado de los animales, contradictorio y vital, aguanto diez o quince añitos sin despeinarme. Pero me vendrían muy bien las propinillas de pasear perros, que mi padre ha dicho que para porros ya no me da un euro más, y esta vez iba en serio.
-En fin, va en contra de la política de la empresa, pero yo no sé negarle nada a un filósofo, cantante, amante de los animales, contradictorio y vital. El puesto es suyo. Venga mañana equipado con unas bolsas para recoger caca. Tamaño industrial, que los San Bernardo dejan truños del tamaño de un niño de diez años.
-No le fallaré, caballero.

SIN RESPONSABILIDAD

De vuelta y revuelta a este torrido país. Paseamos por Barcelona, nos metemos entre pecho y espalda un arroz a banda de los que no saben hacer en Alemania y nos quedamos tan panchos. Yo voy feliz: me he embutido en unas floridas bermudas sin bolsillos y ando por la calle indocumentado. No llevo cartera, ni llaves, ni monedacas. Todo lo que me reviste de dignidad ciudadana se lo he endosado al bolso de Cris. Le he dicho: "Hoy, tú eres yo. Toma mi DNI, mi Visa y mi disfraz de contribuyente honrado". Y yo me he puesto a caminar libre por la Rambla de Cataluña, entre tiendas pijas en las que no podía comprar nada. Administrativamente desnudo, económicamente insolvente, como un vagabundo de Brecht. Qué felicidad, qué descanso. Caminar sin nombre ni apellidos ni llaves de un domicilio fiscal al que volver de madrugada. Miro las vallas publicitarias y les hago burla con la lengua, porque esa publicidad no puede nada contra mí. Sin tarjetas de crédito y sin monedas para el autobús soy un peatón invisible para el mundo. No soy un consumidor, sólo puedo consumirme a mí mismo. Me calzo las bermudas y desaparezco, como el gourmet suizo ese que se largó de El Bulli sin soltar la panoja y todos creían que se había perdido. Qué gustazo.

Aprovecho mis nuevos superpoderes para despreocuparme de todas las pequeñas miserias que llenan nuestros días, incluso de vacaciones, y me quedo en Babia, que es el mejor sitio para quedarse. Y allí pienso en el amor, pero no en abstracto. Pienso en los grandes ligones que la literatura ha dado, en la envidia que dan esos cabrones de ficción que dejan nuestros esfuerzos seductores a la altura del betún. Pienso en Hans Castorp, el más increíble -y, por ello, más conmovedor- de los ligones que la historia de la literatura ha dado.

Hans Castorp, tímido, servicial, rígido, conservador y algo imbécil a ratos, se pasa unas 500 páginas de La montaña mágica (la mitad del libraco más o menos) mirando de lejos a la bella Madame Chauchat, una dama rusa casada con un hombre de apellido francés. Pasa capítulos y capítulos buscando desde lejos el contacto con sus exóticos ojos oblícuos y estremeciéndose con la sensualidad sobrenatural de sus brazos desnudos cuando ella se pone algún vestido veraniego. Filosofa sobre su piel, estudia anatomía para aprender ese cuerpo que ama en la distancia, se obsesiona, alcahuetea con una vieja institutriz que le pasa informes sobre la vida privada de Madame Chauchat: qué visitas recibe en la habitación, la extraña y laxa relación que le une a un marido lejano que habita en Daguestán, donde quiera que esté eso, los encuentros que mantiene con el doctor Behrens... Retorcido, enfermizamente enfermo, febril, va cosiendo maniáticamente la tela de araña de su obsesión, pero sin cruzar una sola palabra con ella.

Así lo mantiene Thomas Mann durante medio libro, con un genial sadismo de novelista, sometiendo a su personaje a un maltrato cruel e insoportable. Hasta que, con la misma brillantez (en Thomas Mann la palabra brillante se queda siempre corta), se produce el encuentro. La conversación se desata en francés, como corresponde a dos extranjeros cultos de la buena sociedad de la época, y Thomas Mann la escribe en ese idioma. Pero Madame Chauchat entiende el alemán, y varias veces pide a Hans Castorp que se exprese en su lengua natal, a lo que el joven Castorp se niega en redondo, y le dice:

-Moi, tu le remarques bien, je ne parle guère le français. Pourtant, avec toi je prefère cette langue à la mienne, car pour moi, parler fra