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COTILLEO LITERARIO

Uno de los géneros periodísticos más curiosos es el del cotilleo literario. O la crónica social literaria, si quieren ponerlo en fino. En realidad, es un género antiperiodístico, porque si el periodismo tiende a la explicación y a la divulgación, el cotilleo literario es reconcentrado, críptico y viene redactado en clave. Sólo unos pocos elegidos manejan el código para descifrar los artículos y saber de qué demonios están hablando.
Algunos cotillas literarios oficiales de esta España nuestra actual: Juan Palomo en su sección La Papelera de El Cultural de El Mundo y Juancho Armas Marcelo en su paginita de los sábados en ABC Cultural son los profesionales más especializados del género, dedicados en cuerpo y alma a él. Lo cultivan con muchísima frecuencia, hasta el punto de haber creado escuela, Javier Rioyo y Juan Cruz. Y Elvira Lindo hace incursiones guerrilleras en él. En Aragón, maestros hay que podrían ejercer, pero son bastante discretos y no cultivan el cotilleo en la prensa de aquí (sospecho que se debe, además de a una escasa predisposición a los bulos y chascarrillos, a que las cuatro capillitas literarias que hormiguean en redacciones, universidades y diputaciones oregonesas no dan para grandes chismes). Favor que nos hacen.
La verdad es que es un lujazo el cotilleo literario: no se exige rigor ni contraste de las afirmaciones. Vale con un "me ha dicho un pajarito que...". Despachas filias y fobias a gusto, aparentas saber más de lo que sabes y lanzas pullazos que sólo entiende el agredido y cuatro tipos más. No hay profano que se aclare. Si no has estado en tal presentación de tal libro y no has escuchado a un tal Fulano decir tal cosa de Zutano, el artículo es un galimatías.
Armas Marcelo, por ejemplo, amenazaba este sábado con tirar de la manta y largar miserias de "cierta escritora catalana" que, a su vez, había amenazado con escribir un libro en el que iba a contar miserias de Armas Marcelo y de amigos suyos (o eso creí entender) y en el que iba a poner de vuelta y media a los literatos y editores de Madrid. Pim-pam-pum. Hostia va, hostia viene. A mí no me importa que se peleen. Soy humano, tengo un sano y afinado mecanismo del morbo siempre alerta, y me gusta ver a dos ególatras zurrarse en la plaza pública como el que más, pero sin nombres propios, la cosa pierde toda su gracia.
Porque lo que distingue este cotilleo literario del cotilleo a secas es que en aquel se omiten los nombres. Todo son referencias vagas, todo son "distinguidos editores barceloneses", "ese narrador que organiza fiestas en la Sierra" o "aquella chica que bebió ginebra de un zapato la noche que le dieron el Planeta". Son mensajitos privados, puñaladas muy poco elegantes y escritas con mucha menos elegancia si cabe. Menos mal que yo tengo mis topos en ese mundillo de víboras, y cuando veo que empiezan a repartir estopa, les pregunto de quién cojones están hablando, quién es el infortunado que recibe los mandobles. Ellos me dan enseguida los nombres, y me aportan dos o tres detallitos más, pero lo tienen fácil porque están en el ajo. Los demás, mejor que pasemos página.
Yo reclamo combates a cara descubierta, que hagan crónicas con todas las de la ley, con sus nombres propios escritos con todas sus letras, sin iniciales ni seudónimos ni motes. Queremos ver cómo se arrojan premios Cervantes unos a otros, cómo instalan piezas artilleras que disparan tochos de Javier Marías como munición, cómo se retan a duelo al amanecer y con público. Y si no, que se ahorren los articulillos, o que se los envíen por mail a los interesados.
Ah, y si triunfa la costumbre de que los escritores se calienten la cara, abro una web de apuestas y pongo mil euros a favor de Elvira Lindo, que aunque ahora sea una señorita de Sexo en Nueva York, se crió en Carabanchel y sabrá clavarle a su oponente en los ojos los tacones de sus manolos. Por Pérez-Reverte, en cambio, no daría un duro. Perro ladrador, poco mordedor. Seguro que se cae al suelo al primer hostiazo.
Foto: este señor es Rafael Cansinos Assens, pionero del cotilleo literario en España en los años 20, hasta el punto de que su mejor libro es la biblia del cotilleo literario: La novela de un literato, uno de los tochos de memorias más amenos que me he echado a mis maltrechos ojos.
UN LUGAR EN LA CUMBRE

Echo un ojo a las novedades literarias que vienen después de la vorágine navideña y me encuentro con que Impedimenta, esa editorial indie entre las indies, acaba de editar la novela de John Braine Un lugar en la cumbre. Qué noticia tan estupenda, ya se me hacen los dedos huéspedes esperando tenerla en mis manos y revivir las sensaciones que disfruté cuando vi la peli en la que está basada.
Un lugar en la cumbre (la peli) es una de las mejores obras de Jack Clayton, un director inglés que sólo firmó como realizador diez películas entre 1944 y 1992, pero entre ellas estaban, además de Un lugar en la cumbre, El gran Gatsby y una adaptación de Otra vuelta de tuerca, de Henry James, que él tituló The Innocents. Las tres, adaptaciones literarias. ¿Casualidad?
Le tengo cariño a esa peli porque la primera vez que la vi, en Madrid, sólo entendí un 75 por ciento o así. La pasaban en la filmoteca, en la sala grande del cine Doré, que tenía un sistema de subtitulado electrónico horroroso. Ese día tenía un poco de conjuntivitis y no pude ponerme las lentillas (sí, soy medio ciego, un cuatro ojos salvado por la tecnología de las lentes de contacto, alabada sea), y como la amiga que me acompañaba llegó tarde, no pudimos pillar asiento delante y nos tuvimos que meter en la última fila. Vamos, que no veía una mierda. Los personajes y lo esencial de las escenas sí, sin problemas, pero de los subtítulos, ni hostias, ni media letra. Así que puse oído, me concentré mucho y descubrí que lo entendía todo mucho mejor de lo que pensaba. Supongo que la vocalización high class de los personajes burgueses ayudó lo suyo, pero mi ego salió muy reforzado, no sabía que comprendía el inglés tan bien, fue un descubrimiento. Volví a ver la peli a la semana siguiente en otro pase y comprobé que no me había perdido nada sustancial.
Anécdotas estúpidas al margen, el caso es que Un lugar en la cumbre me enseñó el gusto por lo inglés, por su elegancia cínica cuando se ponen a narrar, por su capacidad de pasar de la melancolía a la carcajada sin transición, por la forma en la que tensan la cuerda, por cómo saben moverse por los barrancos sinuosos del melodrama sin caer casi nunca en lo cursi. Por lo bien que cuentan lo que cuentan.
Al resto de naciones no nos sale igual. Hay dos clases de escritores: los ingleses y el resto. Algunos americanos que han recibido una educación protobritánica en la Costa Este se parecen, pero no del todo, no terminan de cogerle el tono. Sí, Henry James y Poe podrían pasar por británicos, pero siempre les acaba saliendo una debilidad honesta o de integridad moral que un inglés no dejaría que asomase. Para ser un escritor inglés hay que haber nacido, al menos, en la Commonwealth.
No basta con empaparse de Oscar Wilde, Evelyn Waugh, Charles Dickens, Robert Louis Stevenson y Somerset Maughan (sí, ya sé que en esta lista hay también irlandeses y escoceses, pero como están muertos no pueden impedirme que les ponga la etiqueta de inglés, gentilicio que me introducirían por el recto si me leyeran). Puedes esforzarte mucho, ver miles de obras de teatro en Londres, salir de caza con el Príncipe de Gales, practicar el idioma hasta tener el acento de un docorando de Oxford, coger una cirrosis rebañando pintas en los pubs de Westminster y tragarte un período de sesiones entero en la Cámara de los Lores, y aun así, aunque tú creas que ya le has cogido el punto, no escribirás como un escritor inglés.
Supongo que tiene que ver con la falta de melanina, con una dieta de gachas pobre en vitaminas y rica en... ¿mierda? Habrá que respirar esa atmósfera húmeda desde niño, habrá que crecer con un fantasma en el ático, tendrás que haber sido educado en el desprecio hacia el sistema métrico decimal y en la glorificación de un rey que decapitaba a sus esposas. Son tantas cosas que lo hacen inimitable: para escribir como un inglés hay que ser un inglés. No hace falta haber nacido en Francia para ser un escritor francés (miren a Cortázar), ni haber nacido en Estados Unidos para ser un escritor norteamericano (miren a Carlos Fuentes), ni haber nacido en Argentina para ser un escritor argentino (miren a Vila-Matas), pero no hay escritores ingleses que no hayan nacido en las islas.
Bueno, quizá haya uno, la excepción que confirma la regla: Jorge Luis Borges.
Pero él lo tenía fácil, pues era medio inglés y fue educado como tal en un país que estuvo a punto de ser colonia inglesa.
Un lugar en la cumbre me abrió las puertas al universo cínico, amoral, contradictorio y clasista de la literatura inglesa contemporánea. Me ayudó a comprender las claves de ese mundo y me enseñó a quererlo.
En Malas influencias, el libro que saco en febrero, intento escribir como un escritor inglés en un par de relatos. Por supuesto, no me sale, pero me divertí mucho fingiendo ser lo que no soy. Para eso está la literatura, ¿no?
Y ahora, si me disculpan, me voy a preparar un dry martini al estilo de Winston Churchill.
Foto: Jack Clayton.
SERGIO CHEJFEC
La semana pasada estuvo Sergio Chejfec en Zaragoza presentando su último libro. Me habría encantado ir a escucharle, pero me reclamaban otros asuntos, así que he dedicado este domingo resacoso a leerle, que es el mejor halago que le puedes hacer a un escritor.
El año pasado, en Buenos Aires, bebiendo cerveza por litros en la maravillosa terraza de V., que vive en un ático en el barrio de Palermo, oí hablar de Chejfec por primera vez. V. es periodista radiofónica en Argentina y una de esas lectoras que apabullan por la cantidad de libros que lee y por su conciso y certerísimo ojo crítico. En unos minutos, entre cerveza y cerveza, me puso al corriente de los nombres que más podían interesarme del panorama narrativo argentino de hoy, y me preparó una lista de recomendados con la que recorrí al día siguiente las librerías de la calle Corrientes. Entre ellos estaba Sergio Chejfec. "Hay escritores que sólo son judíos de apellido, pero este es un escritor judío, totalmente judío -me dijo-. Es su obsesión, no tiene prácticamente otro tema, siempre está dándole vueltas a su herencia familiar, al desarraigo de los judíos en Buenos Aires y todas esas cosas. Pero con mucha densidad, con algo de afectación. Es un estilista bárbaro, muy refinado, pero hay que saberlo llevar. Como persona es divino, siempre está en los mejores restaurantes de Buenos Aires, con una presencia muy cuidada, muy esnob. Es todo pose".
Me compré todo lo que encontré de Chejfec y me fijé en las fotos de solapa. Tenía razón V.: calvo, de calvicie pulcra y pulida, con gafas y una sobria camiseta negra. Mira a cámara serio y de frente, resaltando su mandíbula marveliana, y transmite una distancia alambicada algo demodé, pero ciertamente graciosa. No creo que sea fingimiento ni pose: no parece que la frivolidad contamine nada de su ser.
Hoy me he pegado la tarde leyendo su primer libro, Lenta biografía. Un opúsculo de menos de 200 páginas en las que apenas pasa nada, pero que tienen una densidad que ni el aceite sin refinar. He tenido que alternar su lectura con En lugar seguro, de Wallace Stegner, que los chicos de Libros del Asteroide me mandaron hace unos días en su traducción catalana (gràcies, amics. Em senta molt bé llegir en català de tant en tant, que portaba massa temps sense fer-ho). Esta es una novela clásica americana de la que hablaré otro día y que este domingo me ha ayudado a licuar un poco la grumosa densidad de Chejfec.
No me malinterpretéis: Chejfec es una lectura interesantísima que permite que las neuronas hagan gimnasia de alto nivel, que de vez en cuando les hace falta, pero hay que coger el libro bien desayunado.
Jugando con la ficción y la realidad, con esos juegos yoísticos tan a la moda, yendo del cuento al ensayo, de la filosofía a la anécdota y de la poesía a la novela, Chejfec trata de desenmascarar a su padre. En el sentido literal: trata de ver más allá de su rostro, adivinando quién es esa persona que llegó a Buenos Aires huyendo del Holocausto y que nunca habla de su pasado polaco. Se nota que Chejfec escribe para aclararse, buscando en las letras un sendero que se marque en la maleza de su mente y de sus recuerdos, y me ha caído bien al instante, porque le reconozco de mi cuerda. Ya sabéis que hay básicamente dos clases de escritores: los que quieren transmitir una visión del mundo que ya tenían antes de ponerse a escribir y los que aspiran a construir su visión del mundo escribiendo. Para estos últimos las palabras sirven para enfocar, para hacer nítida la imagen borrosa que les presenta la vida. Los primeros buscan acólitos; los segundos, compañeros de viaje. Unos discursean, los otros charlan. Unos instan, los otros invitan.
Y así, párrafo a párrafo, Chejfec va descubriendo a su padre. Construyéndole como personaje olisquea el misterio que nunca entendió.
Como en este país también estamos a vueltas con la memoria y las heridas de la historia, creo que este párrafo del libro es muy atractivo:
Yo no pretendo otra cosa: recordar, a pesar de que es imposible y vano. Esto lo pienso hoy, momentos a los que llego después de haber supuesto durante años -con una fe ciega y una pertinacia intermitente, que tenía picos de obsesiones y de olvidos- que la tarea de recordar podía poseer algo de heurística: siempre pensé que el recuerdo revelaba la verdad en general, o por lo menos la verdad de la historia. Me engañaba: creí que descubre algo cuando en realidad no hace otra cosa que manifestarse igual a sí mismo. Nada es igual a sí, excepción hecha de los recuerdos. Por esto puse recién, con textuales palabras, que los relatos escuchados por mí en el comedor de mi casa eran "desapercibidas contemporizaciones entre el presente" y el pasado: percibimos la violencia y el vértigo mental de imaginar un tiempo ya inexistente y una cronología cristalizada, y pretendemos alivianar esos sentimientos y sensaciones cruentos contemporizando desapercibidamente el presente y el pasado.
Seguro que Javivi, nuestro experto en estos temas, tendría mucho que decir al respecto.
EL ARRANQUE DE UN CUENTO
Esta noche he empezado a escribir un cuento que me ronda por la cabeza desde hace un par de semanas. Tengo muy claras las sensaciones que quiero verter en él, y me baso en parte en una experiencia autobiográfica. Pero sólo muy parcialmente, como apoyo para echarlo a rodar. Me gustaría compartir con vosotros este arranque. Por favor, no tengáis en cuenta los mil errores que contiene, que está recién salido de mi cabeza, sin revisar y sin pulir. Os propongo un juego, si queréis participar. ¿Sabríais decirme por qué los personajes están donde están y hacia dónde puede derivar la situación? El cuento arranca en un in media res algo sui generis. Me gustaría que imagináseis o adivináseis lo que ha pasado antes y lo que va a pasar después. O lo que os gustaría que pasase. Las humoradas y las barbaridades son bienvenidas, y si alguna de vuestras propuestas es mejor que la historia que tengo yo en mi cabeza, firmamos el cuento al alimón y ya le daremos salida.
La noche en que le abrieron la cabeza al Tocho yo andaba emporrado. El cabrón del taxista nos llevó al hospital de mala hostia. Nos miraba por el espejo muy serio, y yo pensaba que nos iba a dejar tirados en un semáforo. Me dio la risa floja, pero el Tocho me apretó la mano, me la cogió fuerte y se me bajó un poco el cuelgue. El taxista cumplió y frenó en seco en el hospital. No me acuerdo de si le pagué. Empujé al Tocho afuera y lo arrastré del brazo a la puerta de urgencias. No quería ni mirarle. Sabía que se sujetaba la cabeza con la otra mano, que se apretaba fuerte. Sabía también que sangraba mucho, que habíamos dejado sangre en el taxi y que llevaba toda la camisa chorreando. En la puerta, se soltó de mi brazo y echó la pota. Sonaba hondo, no era un vómito normal. Sonaba como si se le hubiera roto algo por dentro, como si le hubieran dado también en las tripas. Creo que salió un enfermero, lo metió para dentro y entre dos le tumbaron en una camilla, y ahí se quedó la plasta, creo que era medio roja. Yo me senté en una de esas sillas de plástico. No había nadie, era muy tarde, y la luz de los fluorescentes me mareó un poco. Un médico o un enfermero o qué me sé yo vino con unas hojas y me empezó a hacer preguntas. Yo iba muy mal, y me lo tuvo que notar. Se sacó del bolsillo un boli de esos de luz, me abrió los párpados y me lo enchufó en los ojos. Estás bien, sólo un poco colocado, me dijo. Muchos porros sin cenar, ¿verdad? Le pedí que le diera al Tocho el parte de lesiones, que lo necesitaba para la denuncia. Pero tu amigo dice que se ha caído, me dijo el tío. Joder, pensé. Joder con el puto Tocho de los huevos, siempre igual. ¿Cómo se ha hecho esa brecha?, me preguntó. Pues se habrá caído, le dije, y me recosté en esa silla donde no me cabía el culo. Bueno, allá vosotros, soltó. Tú estás bien, aparte del cebollazo que llevas. Si quieres esperar a tu amigo, ahora te diremos algo, porque a lo mejor le tenemos esta noche en observación. Avisa a sus padres o dinos a quién hay que llamar. Come algo y vete a la cama. El tipo enfiló el pasillo y se metió en la primera puerta. Cuando la abrió, vi al Tocho sentado en una camilla. Una tía con guantes le limpiaba la brecha de la cabeza. El Tocho me miró un momento y la puerta se volvió a cerrar. Eres un gilipollas, le dije, pero en voz baja, para que no me oyera.
TELEVISIÓN PÚBLICA, FILLOY Y ARRABAL
Me sumerjo en las miasmas inexploradas de la tele por cable y me detengo con crapulencia en Libertad Digital y en Intereconomía. En este último canal veo un debate vocinglero y berreador llamado El gato al agua, moderado por un tipo que más que moderar, azuza a los contertulios más ultras contra los tibios, contra los que intentan elaborar opiniones razonadas, contra los que se atreven a porfiar anatemas zapateristas. En la parte baja de la pantalla va pasando la típica ristra de sms, y uno de ellos dice: "A la cumbre de Washington que vayan V. Manuel y A. Belén y que les empitonen bien, abre la muralla". Bárbaro, sublime. Como dirían los argentinos: herrrrrrrmoso. Yo gozo cual cerdo en cochiquera, casi siento los perdigonazos salivosos de la carcundia iracunda. Qué placer verles encenderse como hogueritas de San Juan.
Llega el bloque de anuncios. Cinco anuncios. De ellos, dos son de la Comunidad de Madrid, otro del Metro de Madrid y un cuarto de Caja Madrid. El quinto es de Caja Castilla La Mancha. ¿Quién paga esa televisión, pues? ¿Realmente es una tele privada? Pues si lo es, está muy bien montada, porque la pagan los madrileños casi en su totalidad. Para eso, podría adscribirse como segundo canal autonómico de Madrid y se ahorraban la impostura. Bravo, Aguirre, cólera de Dios.
(¿Por cierto, alguien se fijó, en las últimas elecciones, de lo épico y americanista que resultó que los dos primeros en la lista por Madrid del PP se llamasen Aguirre y Pizarro? ¿Dónde estaba Cortés, yaciendo con la Malinche?)
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Para limpiarme la inmundicia de Intereconomía leo a Juan Filloy. Don Juan de las Siete Letras, pues siete letras tenían los títulos de todos sus libros, la mayoría todavía inéditos o en proceso de recuperación en esa Argentina querida mía. Del último viaje a Buenos Aires me traje todos los que están editados hasta la fecha. Entre ellos, Periplo, escrito en 1930 pero publicado por primera vez en 2007. Son apuntes de un viaje por Europa y el Mediterráneo, y uno tomado en París dice así:
Fui a la Bastilla. Estaban patentes en mi imaginación los cuadros de Chamfort y los frescos animados de Abel Gance. Absolutamente nada. Nada más que un grupo de saltimbanquis alzando pesas. ¡Manes de Saint Just y Fouquet Tinville: mirad a lo que ha llegado el sport de antaño, que alzaba picas con cabezas nobiliarias!
Lo leo en voz alta mirando a la televisión encendida, pero en Intereconomía no se dan por aludidos y siguen a lo suyo.
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Llamo a Óscar Sipán. Por la voz noto que anda con la cabeza dolorida o resacosa. Normal: la noche anterior fue de pánico. De pánico arrabalero. No, no vivió una escena de terror en un barrio periférico o arrabal, sino que se enfrentó a Fernando Arrabal, que fue a Huesca presuntamente a hablar de su amigo Roland Topor, cuyo libro, La cocina caníbal, reedita Tropo con el buen gusto y elegancia que caracteriza a la editorial (y que espero que mantengan/superen cuando metan mano a mis Malas influencias, cuya salida está prevista para febrero-marzo). Fernando Arrabal la lió al estilo del milienariiiiiismoooooo, y el pobre Sipán sufrió las consecuencias. Siniestro total por colisión de ego de divo en senectud. Aquí tenéis la crónica que hizo otro Óscar, de apellido Senar y compi mío en Heraldo. Él también anda dolorido después de ser arrollado por Arrabal. Y aquí, ese monumento televisivo que se ha reeditado esta semana en el festival Periferias:
DE CHARLETA CON ISAAC ROSA
No soy muy amigo de usar el blog como tablón de anuncios, pero aquí os pego este de la agenda de la librería Cálamo de Zaragoza:
Miércoles, 22 de octubre, 20.00 h. Presentación de la última novela de Isaac Rosa
Presentación de la última novela de Isaac Rosa, El país del miedo, editada por Seix barral.
El historiador Javier Rodrigo y el periodista Sergio del Molino ejercerán de maestros de ceremonias.
Desde la publicación de su novela El vano ayer (Premio Internacional de Narrativa Rómulo Gallegos 2005), Isaac Rosa es un referente esencial de la nueva narrativa española. Y uno de nuestros escritores favoritos.
Antes, a las 18.30, estaré también con Isaac Rosa moderando un coloquio sobre sus dos anteriores libros, El vano ayer y ¡Otra maldita novela sobre la Guerra Civil!. Será en Alagón, en la primera jornada del II Encuentro de Historia Contemporánea Villa de Alagón, que aunque es de historia no se limita a invitar a historiadores. De hecho, este año también está Enrique Villarreal, "El Drogas" de Barricada. Así que hago doblete. De Isaac Rosa he hablado en este blog aquí y aquí. Por la noche supongo que nos haremos pasar por el hígado unas cuantas copas y hablaremos de cosas más serias. Lo que se pueda contar lo contaré aquí. También haremos algunas fotos, para que cuando yo me vea en la ruina e Isaac Rosa gane el Nobel, pueda venderlas en eBay y sacarme unas pelillas.
Corrección post encuentro: no ha habido copas, que Isaac, como padre responsable de familia que es, se ha cogido el último AVE a Madrid para atender a su creciente prole. No importa, porque nos lo hemos pasado estupendísimamente y ahora me voy a cenar con los amigos noctámbulos que nunca me fallan, así que ya os contaré otro rato.
DANIEL MOYANO

Soy un tipo suertudo. Tengo en mis manos un tesoro: las novelas y cuentos sin reeditar de Daniel Moyano, que su hijo Ricardo me ha enviado por e-mail. Unas joyas casi inencontrables. Le he dado a imprimir, he fundido un paquetón de 500 folios y me dispongo a disfrutar las próximas semanas con calma morosa. He escrito un reportaje sobre Daniel Moyano en Heraldo. Aquí os lo pego, por si os apetece leerlo:
Julio Cortázar dijo de uno de sus libros: "Es la novela que me habría gustado escribir a mi"; el poeta Juan Gelman proclamó que su obra era "música escrita con palabras", y Augusto Roa Bastos celebró su estilo como el más pulcro y medido de la lengua española. Fue querido y admirado por los más grandes escritores de la generación del 'boom' latinoamericano, pero murió sin pena ni gloria en Madrid, en un exilio de su Argentina natal (prolongado voluntariamente), muy lejos de los fastos de la farándula literaria. Hoy, sus agotadísimas novelas y cuentos son rarezas, objetos de deseo de cuatro impenitentes y apasionados lectores.
Daniel Moyano (Buenos Aires, 1930-Madrid, 1992), nombre de culto arrumbado en los desvanes de la historia literaria, pronto dejará atrás su ingrato olvido. La editorial aragonesa Tropo reeditará en noviembre uno de los libros más queridos por su menguada corte de fanáticos, "El trino del diablo", con prólogo de Mario Benedetti, y un congreso de hispanistas que se celebrará a partir del 21 de octubre en la ciudad francesa de Poitiers pondrá al día todo lo que se sabe sobre su vida y su obra en un homenaje que conmemora los cuarenta años de la edición de una de sus novelas mayores, "El oscuro".
En realidad, esa obra no debería haberse llamado "El oscuro". El título original era "El coronel oscuro", y como tal presentó el manuscrito al primer premio de la editorial Sudamericana, convocado en 1968. Y así lo ganó. Pero uno de los miembros del jurado, de nombre Gabriel García Márquez, puso una condición inexcusable para otorgar el premio a Moyano: que quitara la palabra "coronel" del título.
Entre bromas y veras
Así lo recuerda hoy su hijo, el músico Ricardo Moyano: "El jurado estaba compuesto por Augusto Roa Bastos, Leopoldo Marechal y Gabriel García Márquez. Roa Bastos se inhibió en la votación porque ya conocía a mi padre y reconoció su estilo, pero sus dos compañeros coincidieron con él en que era la mejor novela de todas las presentadas, y le dieron el premio. Sin embargo, cuando mi padre fue a Buenos Aires a recogerlo, una noche, entre bromas y veras, García Márquez le dijo que tenía que quitar la palabra 'coronel', porque los coroneles literarios eran propiedad suya (por 'El coronel no tiene quien le escriba'). Entonces, Gabo todavía no era el gran Gabo, pero ya imponía, y mi padre le hizo caso. Hubo presión, pero la verdad es que, estéticamente, 'El oscuro' es un título mucho mejor. En realidad, le hizo un favor".
A Ricardo todavía le tiembla la voz cuando evoca a su padre, y la rabia asoma cuando ahonda en el olvido injusto que vive su obra: "Mirá vos si es normal que 'El trino del diablo' se pueda leer en turco, en francés y en inglés, pero sea inencontrable en español, la lengua en que fue escrito". Así era hasta ahora, cuando está a punto de ver la luz en una cuidada edición zaragozana con portada del prestigioso ilustrador Óscar Sanmartín.
Por edad, Moyano podría haberse integrado en la parte más joven de la llamada generación del 'boom' latinoamericano, comandada por Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar, Fuentes y otros. De hecho, fue leído y admirado por casi todos ellos, cuyas casas frecuentó en Buenos Aires, Madrid y París, pero todo se le puso en contra.
Con "El oscuro", en 1968, parecía que su carrera literaria echaba a andar al fin por sendas internacionales, después de ocho años de publicar cuentos y de labrarse un discreto nombre en los cenáculos argentinos. Se instaló en Buenos Aires y obtuvo cierto reconocimiento con sus obras posteriores, "El estuche del cocodrilo" y la que ahora se reedita, "El trino del diablo". Esta última, aparecida por primera vez en 1974, tiene cierto aire de presagio de lo que estaba a punto de pasar en el Cono Sur, con el golpe de Estado que se produciría en Argentina en 1976.Recomendaciones
La dictadura militar le lanzó al exilio, justo cuando empezaba a afianzar su carrera y accedía a una cierta seguridad económica. "Ernesto Sábato le escribió una carta de recomendación para los editores españoles -recuerda su hijo-, y Cortázar le mandó otra desde París. Pero de nada sirvieron".
Perdido en el Madrid posfranquista de 1976, sin apenas dinero y con una familia que alimentar, Moyano se convirtió en uno más de los muchos intelectuales argentinos que malvivían su exilio en la capital de España, intentando sin éxito retomar su vida donde la dejaron. Algunos, como los actores Héctor Alterio y Cristina Rota o el cineasta Rodolfo Aristarain, acabaron triunfando en su nueva patria. Moyano, no.
"Los amigos de mi padre en España eran escritores que estaban fuera de los círculos comerciales, nombres de culto y minoritarios, como Rosa Chacel. Nunca le gustó frecuentar los ambientes de la farándula ni se hacía el simpático con gente que no le caía bien. Estaba convencido de que si el trabajo de uno valía la pena, tenía que ser apreciado por sí mismo, sin maquillajes ni hipocresías sociales. Por lo visto, se equivocaba", lamenta Ricardo.
Sus originales fueron rechazados una y otra vez en España, mientras se acumulaban las traducciones de su obra al francés y al inglés. De hecho, el grueso de sus fans está en Francia, donde algunas de sus novelas han figurado en el plan de lecturas obligatorias de varias universidades. La muerte le alcanzó en 1992, dejando inédito un relato revelador, amargo y autobiográfico titulado "El sudaca en la corte". Con el congreso de Poitiers y el trabajo de la editorial aragonesa Tropo, sus incondicionales quieren que Moyano ocupe al fin el lugar que merece.
GENTE DE OTRO PLANETA (2)

Mis años de estudiante en la Complu me dieron pocas alegrías pedagógicas, pero las pocas que tuve fueron muy gratificantes e intensas. Me acordé de una de ellas durante la cena de entrega del Planeta, entre plato y plato. A través de unas pantallas gigantes, se proyectaban frases de todos los libros ganadores desde 1952 hasta aquí, y en una de ellas, un nombre familiar me asaltó la retina: Marta Portal, premio Planeta 1966.
¡Marta Portal! Es cierto, fue premio Planeta, recordé, aunque ese dato lo descubrimos nosotros, ya que ella no lo mencionaba nunca. No por inmodestia, sino porque no tocaba. Marta Portal fue mi profesora de Literatura Hispanoamericana en la Complutense y sus clases afianzaron en mi una latente misantropía que he aprendido a llevar con humor. No fue ella, por supuesto, sino sus alumnos, los que me hicieron misántropo.
Sé que lo habitual es comentar estas cosas cuando el personaje referido muere, y Marta Portal, hasta donde yo sé, sigue viva, así que si lee esto espero que no lo sienta como una prenecrológica ni nada parecido. Sería tristísimo.
Cuando me dio clases, Marta Portal era una mujer ya muy mayor, que había rebasado la edad de jubilación y seguía en la docencia por puro placer y vocación. A los cinco minutos de escucharla te dabas cuenta de que era una sabia, una asturiana ilustrada, cultísima, que había vivido varios años en Colombia y lo sabía todo sobre la literatura de aquel país. Le gustaba hablar de obras concretas, más que de autores o tendencias, y peroraba con una erudición de maestra antigua. No de profesora rígida de la lista de los reyes godos, sino con la antigüedad clásica que yo me imaginaba que tenía la Institución Libre de Ensañanza o las representaciones de La Barraca de Lorca. Era muy placentero, y yo, que era de pisar poco la facultad, no me perdía una clase.
Descubrí que había ganado el Planeta en 1966 con una novela olvidadísima titulada A tientas y a ciegas. La leí en un par de tardes en la biblioteca y recuerdo que me gustó. Tenía el aire opresor y desesperante del realismo franquista, sonaba a Laforet, a claustrofobia, a las hermanas Brontë, a soledad. Era una novela sobre una mujer sola, joven, desquiciada, rota por dentro e incapaz de recomponerse. Era triste. Me gustó, pero quiero volver a leerla porque no recuerdo si era buena de verdad o eran mis ojos. La compraré en Iberlibro y os comentaré qué tal la experiencia de la relectura.
Seguí yendo a sus clases y disfrutándolas, pero cada nueva sesión tenía más ganas de asesinar. Marta Portal había perdido mucha audición y varios problemas graves de salud le habían afectado al habla. Nada que le impidiera ejercer la docencia. Con guardar silencio y prestar atención se entendía perfectamente todo su discurso. Pero una panda creciente de desustanciados no lo veía así, y se descojonaban como críos. Eran tipos y tipas hechos y derechos, universitarios veinteañeros a los que nadie obligaba a estar allí, pero que se comportaban como escolares de Amarcord. No se cortaban un pelo, imitaban los defectos de su habla, se partían la caja torácica cuando pronunciaba mal o con dificultad el nombre de algún autor, armaban unos pollos infames. Yo intentaba fulminarles con la mirada, pero las miradas no tienen capacidad de fulminar. Ni se daban cuenta. Para esos tipos, quién sabe si futuros ministros de Cultura de este país o jefes de informativos de TVE, aquellas tardes eran una juerga, una oportunidad para reírse de la vieja pelleja. Les hubiera matado. Como decía mi amigo Ángel: "Te los cargas, y esa noche duermes en Carabanchel, pero a gusto, descansado".
De verdad que por más vueltas que le daba no entendía lo de aquellos zotes. Yo consideraba un privilegio poder aprender algo de Marta Portal, y le estaba agradecido a los esfuerzos que hacía cada tarde hablándonos de literatura hispanoamericana, de esos libros y de esos autores que ella conocía mejor que a sí misma, pero debíamos ser muy pocos en aquel aula los que pensábamos así. La tónica era la del botellón, y yo sentía mucha vergüenza. Vergüenza por ellos, por Marta Portal y por mí, por ser asimilado a esos trogloditas piojosos, por que la sociedad me confundiera con ellos y yo apenas pudiera excusarme. Qué asco más grande.
No sé si Marta Portal se daba cuenta o no. Supongo que hacía esfuerzos por ignorarlo. Quiero creer que era lo bastante fuerte como para seguir hablando para los que queríamos escucharla. Y nunca se lo agradeceré lo bastante.
Me hubiera gustado poder decírselo, poder agradecérselo de viva voz, pero se puso muy enferma poco antes de finalizar el curso y ya no volví a saber de ella. Lo digo ahora, varios años después, y a través de este blog. Muchas gracias, Marta.
Y así es como conocí a la ganadora del premio Planeta de 1966.
Foto: Marta Portal en los años 60, cuando ganó el Planeta.
GENTE DE OTRO PLANETA (1)

Ya he vuelto del glamour y del fariseísmo barcelonés. Ya puedo sacar tripa, despanzurrarme en el sofá en gayumbos, comer bocatas de chorizo de Pamplona y decir "coño", "joder", "mierda" y "puta" otra vez. Qué alivio, amigos. La americana-de-las-bodas-y-de-las-cosas-de-gala-y-lujosas ya cuelga tranquila en el armario y los zapatos lustrosos de las noches de bienquedar duermen en su caja. Espero que por mucho tiempo.
Ha merecido la pena conocer de cerca este sarao, con tanto adulto haciendo un paripé de niños, con tanta gente supuestamente importante haciendo como que se traga la pantomima, con unos escritores fingiendo sorpresa cuando anuncian su premio. Os aseguro que antes de sentarnos a cenar, en el cóctel de bienvenida a la gala, todos los periodistas sabíamos ya los nombres del ganador y de la finalista. De hecho, un compañero de una agencia de noticias se acercó a Vallvey y le dio la enhorabuena, y ella lo agradeció con toda normalidad. Faltaban casi tres horas para que se hiciera público el fallo, y el jurado, supuestamente, vota minutos antes de anunciarlo.
Wonderful, my friends. Una cosa digna de ver. Podían ahorrarse el paripé, podían ahorrarse que esos pobres jurados paseen la poca dignidad que les queda, atiborrados de jamón ibérico, vino y ginebra. El señor Lara podría salir diciendo: "Este año gana Fulano, porque me sale de ahí, porque es un tipo que mola y vende mogollón". No cambiaría nada, la gente se lo pasaría igual de bien y el Planeta vendería exactamente los mismos ejemplares. Pero no es suficiente: Lara tiene que montar esta orgía decadente que tanto le gustaba al difunto Terenci Moix y llevar de aquí para allá a un Bryce Echenique que apenas se tiene en pie, a un Pere Gimferrer que pasa de todo (pero con un pasotismo reconcentrado), a una Rosa Regàs que nunca le hace ascos a una buena comilona y a una Carmen Posadas que, si pudiera, se enrollaría consigo misma de lo mucho que se adora. Lara nos hace creer que son ellos quienes eligen al premio Planeta y nosotros nos lo creemos. Mientras nos saque jamón del bueno y vino del Penedés, yo de Lara me creo lo que haga falta.
Al acabar la rueda de prensa donde Savater y Vallvey recibieron los aplausos de una prensa encantada de tutearse con la crema literaria, corrí al baño a evacuar todo el Penedés y el cava que llevaba dentro, y allí coincidí con un miembro del jurado, no diré cual. Cuando dos caballeros se encuentran subiéndose la bragueta surge espontáneamente un sentimiento de camaradería. No sé por qué, pero es así: la gente es franca cuando mea, tiene ganas de contar confidencias. Cuántas exclusivas se habrán arrancado junto a la cisterna de un Roca. Así que este buen señor, sordo como una tapia y con el etilismo algo subido de tono, me dijo, literalmente: "La novela que era buena de verdad es la que ha quedado tercera, que no se lleva ningún premio. No era buena, era cojonuda, excelente, soberbia. Pero claro, la ha escrito un chaval colombiano al que no conoce ni dios (¿chico colombiano? ¿No se supone que el jurado no conoce la identidad de los autores?), y esta gente se juega muchos millones. Supongo que la acabarán publicando en alguna colección pequeñita, porque para el gran público, pues no. Hala, sin duda era la mejor de todas, con mucha diferencia".
¿Les queda claro? Pues eso.
Por lo demás, viva el grupo Planeta, oiga. He pasado tres días en Barcelona a todo trapo y sin gastar un duro, en hotelazo y en restaurantes fetén. También he tenido mucho tiempo para mi, he paseado un montón por mis rincones favoritos de la ciudad, he bebido té en una tetería marroquí de la calle Avinyó, he husmeado viejas ediciones de Pla en librerías polvorientas y un tipo de TV3 me asaltó micro en mano haciendo una encuesta sobre barbas, y forcé mi acento catalán para hacerlo más "normativo" (porque yo lo hablo con deje valenciano) y creo que el tipo no notó que no soy catalán, así que me fui satisfecho, como un estafador que ha dado un buen golpe. También conocí a colegas periodistas de muchas partes del país, y constatamos que la profesión está igual de jodida en todas ellas, intercambiamos tópicos quejosos y le dimos al vino con alegría.
Pero ya de regreso me he puesto un punto melancólico, por motivos personales que no tienen nada que ver con la farándula literaria. Por eso esta crónica lleva el número 1, porque escribiré una segunda que también podría titular Los orígenes de mi misantropía.
PS: preguntábais en el post anterior sobre el contenido del Manifiesto 99.00. Creo que Severiano ha respondido acertadamente, pero quedándose corto, porque nosotros íbamos más allá, no nos conformábamos con cambiar el arte radicalmente, sino el mundo en su globalidad redonda. No recuerdo nada de lo que ponía ese manifiesto, supongo que muchas tonterías y alguna que otra barbaridad para escandalizar a algún bienpensante. Nos planteamos repartirlo a las puertas de ARCO, pero luego pensamos que nuestras convicciones militantes no eran tan poderosas como para aguantar que los seguratas de IFEMA nos calentasen los morros. Ya sabéis como tituló don Pío el primer tomo de sus memorias, ¿verdad?: Juventud, egolatría. Los años que llevamos de siglo XXI me han hecho mucho más irresponsable, disperso y estúpido. Por suerte.
POSTUMADAS

Se publica la primera postumada de Guillermo Cabrera Infante, La ninfa inconstante. La ha rescatado su viuda, y como todas las viudas, lo ha hecho desde la convicción de que ha sido fiel a la memoria y voluntad del finado.
Dice Miriam Gómez (en adelante, la viuda) que Cabrera Infante daba instrucciones muy precisas a los correctores de la editorial para que no le tocasen las comas ni los gerundios, que era algo que le irritaba sobremanera. Dice la viuda que, fiel al espíritu quisquilloso de Cabrera Infante, no ha consentido que nadie mueva una coma de sitio, ya que los textos de su difunto eran de precisión relojera suiza, cada letra tenía una razón de ser y un espacio ajustado cuya alteración podía provocar el derrumbe de la obra entera. Qué digo de la obra: del mundo tal y como lo conocemos. Así que la viuda se ha colocado en posición "en guardia", y ha desarmado uno por uno a todos los correctores y editores que la acechaban enarbolando comas, puntos y comas, peninsulizadores de americanismos, panhispanadas diccionáricas y haches y bes. "¡No son erratas, malandrines: es la voluntad de mi esposo!", clamaba la viuda, rodeada de signos de exclamación y puntos suspensivos que los correctores no lograron colocar y que yacían desarmados en el suelo del despacho.
"Sólo una cosa he añadido", dice la viuda. "He añadido una palabra que no me gusta, pero que había que poner para que se sepa de qué época está hablando el texto. La palabra es (redoble de tambor) Batista. Es que si no se dice no queda claro del todo que se está hablando de la Cuba anterior a la Revolución".
Acabáramos.
Ahora sí que la hemos hecho buena.
Resulta que Cabrera Infante, el que medía sus textos con precisión nanotecnológica, se había olvidado de mencionar a Batista. Qué descuido. Habría fumado muchos puros don Guillermo aquella noche y olvidó situar fechas y nombres. Lo normal. Menos mal que la viuda acude al rescate para dejar las cosas claras.
No he leído La ninfa inconstante y hablo por simples y gratuitas ganas de incordiar, pero vamos, digo yo que si Cabrera Infante era tan detallista y minucioso como se dice que era, a lo mejor omitió deliberadamente el nombre de Fulgencio Batista. A lo mejor, digo yo, desde mi más profunda ignorancia, don Guillermo quiso jugar con la ambigüedad. A lo mejor no quiso aclarar a sus lectores si hablaba de la Cuba de ayer o de la de hoy.
Vamos, digo yo.
Habrá que leer la postumada para saber si era así. Pero si la omisión fue deliberada, se ha lucido usted, señora Viuda. Con tres sílabas se ha cargado todos los esfuerzos sutiles de su marido. Se habrá quedado a gusto.
En cualquier caso, yo creo que los escritores, en vez de desperdiciar su último aliento buscando una frase memorable del rollo de "Luz, más luz" o diciéndole a su gente lo mucho que les quieren, deberían gastar esas últimas fuerzas en destruir sus cajones y formatear los discos duros de sus ordenadores. Que nada inédito quede por ahí, al alcance de los herederos. Porque ya se sabe que los herederos todo lo publican, tienen esa manía los jodíos. No importa lo mucho que el autor se avergonzara en vida de esa aberración, que seguro que saldrá a la luz, para satisfacer el gusto necrófilo del mercado editorial.
Pero vuelvo a decir yo: si un escritor X dejó encerrados en un cajón unos textos Y que nunca llevó a ningún editor ni habló de ellos con nadie, ¿no cabría alguna posibilidad de que el hombre -o la mujer- no quisiera verlos publicados ni en su peor pesadilla?
En la música hay ejemplos brutales: Jimi Hendrix sólo publicó en vida tres discos, en una cortísima carrera artística que duró tres años escasos. Su discografía oficial, hoy por hoy, suma ya veinte álbumes. Y creciendo. Creo que han editado hasta un vídeo en súper ocho de unas vacaciones infantiles en La Manga del Mar Menor.
La viuda de Cortázar, Aurora Bernárdez, quiso sacar también material escondido en los cajones, pero no encontró gran cosa inédita y tuvo que conformarse con sacar dos tochos con toda su correspondencia. Bastante aburrida y protocolaria, por cierto.
Caso distinto es el de Bolaño, que sabía que se iba a morir y dejó póstuma su última novela, ya preparadita para que su viuda pudiera vivir de ella cuando él faltara. Ahí empezó su leyenda.
Caso distinto fue también el de John Kennedy Toole, que vio cómo todos los editores rechazaron en vida La conjura de los necios y, tras su suicidio, su madre se empeñó en que lo publicaran. Se dice que los editores dijeron: "¡No joda que está fiambre! ¿Suicidado, dice? ¡Mejor que mejor! Déme esos papelotes de mier..., digo, la excelsa obra de su vástago, que nos vamos a forrar el riñón con ella".
De cualquier forma, menos mal que las viudas, guardianas de los deseos y saberes de sus difuntos, saben poner el Batista donde ellos se lo dejaron. "Ay, Guillermín -pensaría la viuda-, siempre tan despistado. Lo mismo te dejabas las gafas en el bar que te olvidabas de poner el nombre del dictador en la novela. Si no fuera por mí...".
Si me muero mañana, incinérenme con mi ordenador, por favor.
CUANDO FALLA LA VOLUNTAD

Veo amodorrado Pekín Express, el nuevo reality de Cuatro en el que diez parejas viajan de San Petersburgo a Pekín con un presupuesto de un euro al día. Comparto plenamente la opinión de Enric González, que dice que no tiene ningún mérito viajar con un equipo de televisión en la chepa, porque todo el mundo te va a echar un cable a cambio de un minuto de gloria catódica, aunque sea en España. En ese sentido, el programa es un fraude completo. Deberían ir ellos solos con una mini cámara digital, a ver si los nietos de los cosacos eran tan amables y dispuestos. Por otro lado, los realities me aburren un montón. No tengo prejuicios intelectualoides contra ellos, no os equivoquéis, que también me aburren mucho los debates sobre la telebasura. Simplemente, me parece un tostón tragarme las andanzas de unos tipos más simples que un repollo. Sólo soy cotilla con la gente interesante que hace y dice cosas divertidas.
Pero con Pekín Express no me pasa. De acuerdo, es un reality y debería aburrirme, y además es una estafa manifiesta, pero todo eso deja de tener importancia si lo ves como un programa de viajes un tanto peculiar. Y a mí siempre me gusta ver paisajes lejanos y perdidos.
Claro que, por muy bien hecho que esté el programa y por muy entretenido que sea ver a morlacos rusos emborrachando a unos macarras de Chamberí con vodka a las siete de la mañana, el asunto no resiste la comparación con la literatura de viajes de verdad. Qué mala suerte tienen los de Pekín Express, porque, en contra de lo que ellos piensan, recorren una ruta trillada por grandísimos viajeros. Paul Theroux, sin ir más lejos. Y claro, cuando comparas el viaje de Pekín Express con el de un titán como Theroux, la cosa da vergüenza ajena.
En el gallo de hierro es un monumento de la literatura de viajes. El año es 1986, y el trayecto, Londres-China. Viajó en tren desde Inglaterra hasta Pekín y, una vez en Pekín, estuvo viajando por casi toda China en ferrocarril durante meses. El resultado es un libro vivaz, lleno de observaciones puntillosas, de datos, de anécdotas y de personajes maravillosos. Está escrito con la contención verbal propia de Theroux, que se mantiene siempre atado a los hechos, a la acción que transcurre en tierra, sin puntos muertos ni digresiones ni prejuicios ni lugares comunes sobre los tipismos exóticos que un occidental espera encontrarse en un viaje así.
Hay dos aforismos muy certeros en el libro, que valen por diez tesis doctorales de filólogos sobre la literatura de viajes. Uno es:
La literatura de viajes es una autobiografía en tono menor.
El otro es:
Todo libro de viajes revela más sobre el viajero que sobre el país recorrido.
Hay varios momentos dulces y minúsculos en los que esta segunda verdad se descubre en En el gallo de hierro, pero a mí me gusta especialmente este, casi al final, cuando viaja en un tren que le va a dejar en las puertas del Tíbet, en una región deshabitada, espantosa y desértica a la que ni los chinos quieren ir:
Yo me alegraba de estar aquí, en medio de semejante desierto. Permanecí dentro de la seguridad del tren y contemplé la tierra desolada con creciente entusiasmo. En el desierto de Lop Nor de Xinjiang, en Hamí y en Turfán dicen: ’Marco Polo pasó por aquí’ o ’Por aquí discurría la Ruta de la Seda’. Pero en Qinghai no se podía reivindicar nada de nada. Por aquí nunca pasó nadie. Nadie lo atravesaba. Y era siempre así: igual de vacío.
Ahí tenemos a una persona desnuda, a un escritor que en un párrafo descubre sus fantasías, sus fobias y su visión del mundo. Y lo hace sin necesidad de trepar por enredaderas barrocas, sin molestar al fantasma de Góngora ni marearnos con neologismos oscuros. Llámenlo simpleza si quieren. Yo lo llamo lucidez y sublime capacidad expresiva. Mientras que muchos, antes de llegar a las vísceras, destrozamos piel, músculos y hueso en una carnicería estilística que la mayoría de las veces no merece la pena para las conclusiones que ofrece, otros, como Theroux, llegan al fondo con una simple y finísima aguja hipodérmica. Y la verdad es que no hace falta más.
Estoy por enviarle un mail a Paul Theroux y decirle que se haga un viaje por Teruel, que todavía está a tiempo de sentir algo parecido a lo que siente en las puertas del Tíbet en ciertos lugares de Aragón. Aunque no por mucho tiempo.
¿Qué dice Pekín Express de la gente que lo protagoniza? Creo que muy poquito. Dice lo mismo que cualquier reality: que son personas exhibicionistas, que les gusta llorar delante de una cámara y que disfrutan con la marrullería y el mosqueo sistemático. También descubre unos léxicos dolorosamente limitados y una capacidad expresiva más cercana a la de las amebas que a la humana. Nada que no se descubriera en un Gran Hermano. El viaje, en lugar de ayudar a expandirlos, les contrae, les estereotipiza. Bueno, no es el viaje en sí, sino la cámara, claro.
Una lástima. Paul Theroux viaja por esa ruta y no sólo nos abre las puertas a una humanidad extraña que resulta ser muy parecida a la nuestra, con los mismos miedos y deseos, sino que abre las puertas de sí mismo, permite que hurguemos en su interior y descubramos en él cosas de nosotros mismos. Tanto el viaje como la narración en primera persona son puntos de partida de una exploración más intensa. Me diréis que a un programa de televisión no se le puede pedir semejante profundidad. ¿Por qué no? Si veinte tíos en medio de la estepa rusa no son capaces de enseñarme nada sobre la condición humana (pero sí mucho de la condición de las cucarachas, o de las ratas), alguien está haciendo algo mal, alguien no está siendo sincero.
Aun así, merece la pena ver los paisajes y los pueblos destartalados. Por eso me da lástima, porque me parece que se han quedado a medias de haber hecho un programa interesante de verdad. Y esta vez no les han fallado los medios y creo que el talento tampoco, porque técnica y conceptualmente está muy logrado, se nota que hay gente mañosa detrás del invento. Les ha fallado algo mucho más grave: la voluntad.
MALAS INFLUENCIAS
No debería hacerlo, pero como Almodóvar se ha pasado todo el rodaje de su nueva peli dando el tostón con un blog donde iba contando todo minuto a minuto y mandando a sus huestes de sirvientes mensajeros a las teles y a los periódicos para suplicar y exigir que se hable de él, he pensado: para ego, el mío. ¿Para qué quieres un blog si no puedes dar el coñazo con las cosas que tienes a medio hacer?
Así que allá voy, queridos: habemus libro. Con mi nombre en la portada, mi foto en la solapa y mi porcentaje de ventas en mi cuenta corriente. En realidad, es mucho más que posible que tengamos libros, en plural, pero hasta la fecha sólo tengo permiso para hablar de uno de ellos. El otro, al tiempo.
Mi editor me ha autorizado a contarlo, así que yo voy, y lo casco: en abril de 2009 aparecerá en las mejores librerías (y en las peores también) Malas influencias, una colección de relatos cortos y no tan cortos que probablemente presentaremos con mucha elegancia –y algo de etílismo- en Madrid cuando la primavera despunte y el trinar de los pájaros nos acompañe.
Sí, todavía queda un montón, pero ya sabéis que el mundo editorial funciona con sus propios ritmos, y hay mucho trabajo invisible desde que el autor deja de darle a la tecla hasta que el producto se coloca en los estantes de las librerías. Ahora mismo estoy dando la última pulida al manuscrito (qué bonito llamar manuscrito a un documento de Word encerrado en un pen-drive): retoco por aquí, cambio adjetivos por allá, me cargo frases cacofónicas por acullá y, sobre todo, elijo el orden definitivo de los relatos, cuestión importantísima que me trae de cráneo y me hace dudar cuarenta y ocho veces al día, con una cadencia de una vez cada media hora.
Quedan pocos días de aliño final, lo que tarde mi sufrida parternaire en corregir las mil erratas que hay y en decirme con las peores y más insultantes palabras que sepa todo lo que le parece espantoso y digno de suprimir en los cuentos. Dentro de muy poquito entregaré la que, con gran dolor de corazón, consideraré mi versión definitiva, y entonces arrancará el complejísimo mecanismo libresco, que por suerte funcionará a mis espaldas. Empezarán los diseños, las elecciones de portada, los ajustes de maqueta y la lectura agresiva y puntillosa de la correctora de estilo de la editorial, a cuyas sabias admoniciones me someteré con gusto.
Y cuando todo ese trabajo de meses concluya, corregiré con miedo la versión final, lo que antes se llamaban las galeradas, y dejaré que pase lo inevitable: que se imprima y ya no pueda hacer más correcciones ni retoques. Qué momento tan espantoso.
Porque yo nunca doy un texto por bueno. Ni en el periódico ni en el blog ni en los mails que mando ni en la lista de la compra. Siempre hay un adjetivo que chirría, una subordinada morosa con la que se te enredan los pies, una sílaba que hace ripios. No soporto que los textos escapen a mi control, que vuelen solos sin que yo pueda darles otro repaso. Si un libro es realmente como un hijo, yo soy el padre ultraprotector que no sabe cuándo debe dejarle vivir su vida.
Pero eso son cosas que a los lectores no les importan. Son angustias estúpidas de autor imberbe (mi barba es postiza) que no afectan para nada al público. Si os las cuento es porque sois unos cotillas y sé que además me vais a guardar el secreto. Próximamente os diré qué editorial ha cometido el acto suicida de publicar mis ficciones (a propuesta suya y no mía, lo que es doblemente suicida), y cuando se concreten fechas y lugares seréis convocados a las oportunas presentaciones con o sin canapiés. Comida no sé si habrá; alcohol ya anticipo que sí, que obligaré a incluirlo en una cláusula del contrato.
Malas influencias es un poco de todo sobre mí. Son textos que abarcan más de ocho años de mi vida. En sus páginas hay personas que hace tiempo que se convirtieron en fantasmas para mí. Ellos y ellas se reconocerán cuando lo lean, si es que llegan a leerlo algún día. Lo que no reconocerán serán los escenarios y los ambientes en los que se mueven sus almas sin cuerpo. Ellos son mis malas influencias, trocitos del pasado que he ido reinventando y destrozando a base de ficciones y fábulas. He cogido partes de mi vida y las he amasado, deformado, quemado, troceado, pisoteado y barnizado hasta que han quedado convertidas en cuentos. Pero ha sido un proceso indoloro, porque cuando hice todas esas cosas con ellas ya eran padrastros, tiras de piel muerta, pellejos.
Al armar este libro a petición de mi editor me he dado cuenta de que soy incapaz de fabular sobre mi yo actual. Sólo uno de los relatos está ambientado en Zaragoza, y es una Zaragoza onírica, brumosa, nocturna y vista a través de un ventanuco. Zaragoza empieza a aparecer firme, tersa, definida y literariamente “customizada” en mis textos más recientes, los que escribo hoy y verán la luz dentro de unos años. Me ha costado mucho literaturizar el paisaje urbano de esta ciudad porque necesito que las formas y las figuras humanas maceren en mi interior antes de hacer literatura de ellas. Por eso en Malas influencias hay mucho Madrid. Algunos de los relatos fueron pensados y balbuceados por primera vez en las calles de esa ciudad, aunque han crecido y han tomado su forma definitiva en las de esta.
Lo mismo me pasa con las personas: necesito que los afectos se enfríen para meterlos en la ficción con honestidad.
De todo eso me he dado cuenta al armar Malas influencias. Es decir, que he aprendido mucho más de mí mismo releyendo y corrigiendo que escribiendo. Y eso es porque escribimos –o escribo, igual sólo me pasa a mí- a ciegas. Cuando doy forma a una historia (de ficción, esto no tiene nada que ver con mi trabajo periodístico) no sé realmente lo que quiero decir ni adónde quiero ir a parar. Sigo un impulso y le doy forma. Escribo para aclarar mis ideas confusas y me meto por caminos que no controlo. Sólo mucho después, cuando el artefacto narrativo está limpio y aparentemente terminado, soy capaz de ver a qué respondía ese impulso y qué parte de mí pretendía sacar de la bruma. No lo sabía hasta ahora, lo acabo de descubrir.
Qué curioso, ¿no?
Una cosa más: es posible que uno de los relatos de Malas influencias tenga una versión teatral a no mucho tardar. No escrita por mí, claro, sino por alguien que entiende de escenarios, actores y acotaciones. Me haría mucha ilusión verlo representado en un teatro algún día.
En fin, ya me he quedado a gusto, ya me siento como Almodóvar: os he soltado un rollo sobre algo de lo que no podéis opinar porque falta todavía mucho para que lo tengáis en vuestras manos y podáis decir que es una mierda, un insulto a la inteligencia y un panfleto de un periodistucho que va de escritorzuelo. Pero si los grandes creadores dan la brasa mientras cocinan sus obras (son como Arguiñano: van explicando lo que hacen mientras lo hacen, pero Arguiñano da más que ellos, porque por el mismo precio cuenta chistes verdes y canta boleros), yo, que ya tengo panza y corpachón de divo, no voy a ser menos.
Bueno, ya hemos hablado bastante de mí. Ahora contadme algo de vosotros.
METÁFORAS CONTRA LA CRISIS
En La Ventana, un programón que todavía no ha encontrado un rival a su altura en la radio española (exceptuando al desaparecido Juan Antonio Cebrián), rompieron el otro día esa inercia mediática que consiste en resobar el cliché hasta dejarlo sin resto alguno de sustancia y abrieron el programa con un tema que pondría los pelos de punta a cualquier ejecutivo obsesionado por el share y las audiencias: el valor de las metáforas. Si señores, uno de los programas más populares de España, con millones de oyentes, dedicó mucho más de media hora a debatir sobre las metáforas, y lo hizo con la presencia de un poeta, reclamado como experto en el tema. Fue muy divertido e iluminador. Para que luego digan que los medios sólo generan simpleza.
Fue toda una clase de literatura. Probablemente mejor que muchas clases de literatura. La excusa se la dio la crisis económica. El día anterior habían entrevistado a varios banqueros, analistas y expertos varios para que explicaran a los oyentes la verdadera magnitud del movidón de Wall Street, y se dieron cuenta de que todos y cada uno de esos expertos recurrieron a las metáforas para hacerse entender. Metáforas en ocasiones bastante logradas, y en ocasiones bastante manidas y superficiales, pero que aclararon muchos arcanos que nos resultan incomprensibles a la masa analfabeta.
Así, en La Ventana descubrieron una verdad que la mayoría de los periodistas ignora y que muchos escritores parecen empeñados en ignorar: que la metáfora sirve para decir más. No es un recurso estético ni embellecedor. No es un adorno para que un texto quede "bonito": la metáfora es una puerta abierta al conocimiento más profundo, una herramienta poderosísima para iluminar zonas oscuras. ¿Veis como recurro a metáforas para explicar lo que es una metáfora?
Ernesto Sábato, que no es precisamente un escritor fácil ni diáfano, defendía que la literatura, y muy en especial la novela, encuentra su razón de ser por su capacidad de penetración. Allí donde se detiene la filosofía, dice Sábato, allí donde el lenguaje explícito y descriptivo se tropieza con el muro de lo incomprensible, la literatura llega sin problemas. Los filósofos se encuentran con un callejón cerrado cuando quieren definir qué es el amor, pero un poeta hábil no tiene muchas dificultades para hacernos entender (no ya sentir, ni imaginar, ni suponer: entender, con todo lo que implica el entendimiento) el amor.
Los científicos y los que tratan con materias que el resto de los humanos no comprendemos recurren siempre a las metáforas para explicarnos cualquier cosa, desde la teoría de la relatividad hasta el funcionamiento del sistema financiero (que es una gran metáfora en sí mismo). Cualquiera de nosotros recurre a metáforas e imágenes plásticas cuando quiere explicar sus sentimientos a otra persona. O un mecanismo: los mecánicos hablan de un motor como si fuera un corazón, y los médicos hablan del corazón como si fuera un motor. Cualquier niño sabe que la metáfora es la forma más profunda y sencilla de expresar algo complejo.
Sin embargo, en los medios de comunicación, la metáfora pierde constantemente su sentido. Las buenas metáforas son frágiles y delicadas, y puestas en malas lenguas se ahogan. Cuando una metáfora funciona, corre de periodista en periodista, salta de una columna a otra, se contagia entre bocas e inunda todas las crónicas. Llega un punto en el que ya nadie usa la fórmula explícita, y entonces la metáfora deja de serlo y se convierte en uno de los detritus más repugnantes del lenguaje: el cliché, el lugar común. Entonces, la metáfora pasa de decirlo todo a no decir nada, a ser un aditamento molesto del discurso, una distracción, una banalidad insoportable. Entre todos los periodistas presurosos y sin ganas de pensar, violan a la metáfora por turnos hasta que, hastiados, la arrojan en un rincón de la celda hecha un amasijo de sangre. A veces, los periodistas actuamos con el lenguaje como torturadores hábiles entrenados en las mazmorras del Tercer Reich.
No solo nosotros. Hace poco empecé a leer un libro de un novel que había ganado un premio literario que tiene cierto prestigio (y que, iluso de mí, creí que me daba garantías) y me puse malo. De verdad, me cabreé un montón: me acordé de la madre de cada uno de los miembros del jurado de tan renombrado premio. ¡Qué basura tan increíblemente basta! Era un lugar común detrás de otro. El libro iba tan cargado de clichés que sonaba como una carretilla de chatarra: ni un levísimo destello de ingenio, nada de verdad, ni una gota de esfuerzo mental por contar la historia con un poco de gracia. Lo dejé a la mitad, incapaz de perder más tiempo.
Muchos escritores parecen empeñados también en sodomizar a las metáforas y en construir presuntas novelas a base de clichés. No digo yo que construir con basura no tenga cierto encanto. Incluso hay una corriente escultórica y de collages que solo utiliza materiales de desecho recogidos en vertederos, pero está claro que en la literatura el reciclaje de palabras resobadas no funciona. Muchos personajes que se dicen escritores son incapaces de valorar la metáfora, y mucho menos de usarla con cierta elegancia. ¿Por qué les pasará eso a estos presuntos periodistas y escritores?, me pregunto. Y me respondo: porque realmente no tienen nada que decir, y por eso no dicen nada, solo llenan papelotes. Si sintieran de verdad la necesidad de comunicar algo no les quedaría más remedio que adiestrarse en el buen uso de metáforas, imágenes y símbolos. Pero, ¿para qué van a hacer tamaño esfuerzo si la literatura y el periodismo se la sudan?
¿Qué queréis, que diga nombres? ¿Queréis que señale con el dedo? Pues no lo haré. Al menos, no hoy. Pasaos otro día por el blog y a lo mejor os facilito una lista de culpables, pero seguro que vosotros, sagaces y exigentísimos lectores, tenéis ya la vuestra en la cabeza.
RITOS Y MITOS

Total, que a uno le vienen los furores de la pubertad y quiere ser escritor, o algo asín. Y empieza a darle vueltas a las palabras, le salen cosas cursis y pimpolludas, se inspira en las pecas de su compañera de pupitre e instigadora de erecciones, se enamora, o finge que se enamora, y va llenando folios de cosas que le salen de la cabeza. Somos primates, y por tanto, aprendemos por imitación: leemos algo que nos emociona y queremos hacerlo igual. Imitamos estilos, atmósferas, reinventamos personajes, llenamos papeleras de basura y más basura protoliteraria.
Sí, amigos, las cosas no salen como debieran. Tras intentar imitar muchas veces a ese escritor que les vuelve locos y comprobar que lo suyo es bazofia prensada que no se parece ni por el forro al modelo original, la mayoría lo deja. Para entonces ya están estudiando una carrera, sientan la cabeza y hablan con condescendencia de su vicio juvenil. Su poco talento literario lo vuelcan en escribir cartas al director a su periódico, y si alguna vez le publican una, dan por satisfecho su prurito de autor. Sólo una pequeñísima minoría persevera más allá de lo razonable, y es de esa pequeña minoría de donde salen los escritores. Son corredores de fondo que se adaptan mal a la sociedad del éxito rápido y ruidoso.
El grueso del pelotón de esos pelmas incansables que siguen aporreando teclados descubre que tal vez el fallo esté en que no viven como escritores de verdad. Quizá la cuestión no esté en el qué sino en el cómo. Y descubren que las memorias, las biografías, las entrevistas y las solapas dan mucha importancia a ese cómo. Te cuentan que Brecht trabajaba de pie, paseando por su despacho y corrigiendo y reescribiendo varias obras a la vez. Te cuentan que Saramago escribe en portugués en una planta de su casa mientras su mujer, en otra planta, traduce al castellano lo que escribió el día anterior. Te cuentan que a Cortázar le salían mejor los cuentos en los aeropuertos, mientras esperaba a embarcar, y que los garabateaba en papelotes que guardaba por los bolsillos y que alguien se los pasaba a limpio en casa. Te cuentan que Vargas Llosa escribe en bibliotecas señoriales de la vieja Europa, en horario de oficina. Te cuentan que Millás prefiere levantarse a las seis de la mañana y escribir en silencio hasta las once, cuando se baja a comprar el periódico y a zamparse un desayuno. Otros prefieren la noche y un lingotazo. Unos se rodean de diccionarios de sinónimos y otros alejan de sí cualquier libro que pueda contaminar su escritura. Los hay que se vuelven insoportables, que se bloquean a la mitad, que no se quitan el pijama y la bata en un mes, que apestan y provocan divorcios con estrépito. Hacen el pino, se compran una casa en la costa de Almería, viajan a París en busca de inspiración, sólo encuentran adjetivos los días de lluvia o dejan de follar para retener sus fuentes creativas por dentro.
Total, que el aprendiz de escritor se encuentra con un montón de modelos, pero la cosa está clara. Si uno quiere que le salga un Vargas Llosa, se va a la British Library; si quiere un Brecht, despeja la habitación de muebles, y si quiere ser Saramago, se busca una mujer comprensiva. La lógica es aplastante: si haces como ellos, por fuerza te tiene que salir lo mismo que a ellos. Es lógica de retrete: si comes yogures te saldrá fluido, rollo Paul Auster, y si comes arroz, te saldrá durillo, rollo Faulkner.
La mitomanía funciona así, amigos. Goethe tuvo un seguidor fanático que hasta se acostaba con las amantes que él iba dejando por el camino, a ver si así se le pegaba algo del genio (creo que sólo consiguió unas pocas ladillas). El caso es que los propios escritores le dan mucha importancia a esas cosillas: "Mi primera novela la escribí con una Underwood de los años treinta", confiesan con tono solemne. Y unos cuantos chavales corren al Rastro a buscar su Underwood.
Por supuesto, estas imitaciones no sólo no dan resultados, sino que suelen acabar con amistades y noviazgos. La gente sensata se aleja del plasta que se dejó un sueldo en una Underwood a la que le falta la letra a ("no importa, escribiré una novela sin una vocal, como Perec", dirán). Así que se quedan perdidos en las puertas del parnaso. Es esa fauna que merodea las presentaciones de libros, que coge los canapés con timidez y que vigila desde el fondo de la sala como el fantasma de la ópera.
Pero en esa minoría minoritaria hay un puñado de escritores honestos que, más que llevar una vida de escritor, lo que quieren es escribir. Y a ello se dedican, aunque nadie les haga caso, aunque todo lo que consigan sean unos libros que sólo editan editores aventureros y perversamente bibliófilos, que compran cuatro locos y que sólo reseñan publicaciones de segunda fila. Su única preocupación es su voz, cómo afinar su voz para que no se parezca al guirigay que la ensordece. Algunos, como Roberto Bolaño, se mantienen en la brecha hasta pasados los 40 tacos, y sólo entonces, cuando todo parecía perdido, se ven reconocidos. Algunos, como el propio Bolaño, mueren jóvenes y se convierten en mitos. Y entonces les salen imitadores por todas partes.
Quizá lo más doloroso y lo más recomendable sea asumir lo que dice Rafael Reig en Literatura para caníbales: la literatura no es más que un señor en pijama que escribe en una casa para que le lea otro señor en pijama en otra casa. Nada más, ni nada menos. Lo demás es coctelería y tramoya.
BUENOS Y MALOS
Leo al sabio Paul Theroux en En el gallo de hierro:
A pesar de que es cierto que cuesta trabajo volver interesantes a los virtuosos, también es verdad que resulta muy fácil tornar memorables, y en ocasiones fascinantes, a los viciosos.
Gran verdad a la que se enfrenta cualquier narrador con ínfulas moralistas (o sin ellas). Los tíos que miran al cruzar, que no intentan acostarse con la novia de su amigo, que trabajan sin denuedo y sin rechistar y que nunca intentan colarse sin pagar en ningún sitio son unos pelmas. Los quieres de vecinos y de compañeros de curro, pero no los quieres en tus novelas, porque las vuelven pesadas y cenagosas. Probablemente, tampoco les quieras como amigos. Al menos, no como amigos de aventurillas (quizá sí como amigos a los que se les pide un préstamo), y decididamente pasas de ellos como amantes. Pueden tener un pase como maridos, pero no como amantes.
Los periodistas tampoco los quieren en sus crónicas. Si hay que escoger entre entrevistar a Jack el Destripador y a un Nobel de la Paz, la elección es obvia para cualquiera (y si no lo es para algún periodista, que abandone la profesión ya y que se dedique a escribir vidas de santos, nos hará un favor a todos). Por eso las víctimas encuentran tantos problemas para despertar una empatía sincera y sin dobleces, porque nosotros estamos decididamente de parte del malo. La víctima no deja de ser un elemento pasivo, alguien a quien compadecer, pero rara vez comprender.
Y eso que creo que Theroux no acierta del todo en su frase. Dice que resulta fácil "tornar memorables" y "fascinantes" a los viciosos, como si el narrador tuviera la clave, como si el asunto fuera una simple cuestión de técnica literaria. No. Si resultan más fáciles de construir y funcionan mejor como personajes es porque son mejores personajes, porque fascinan por sí solos.
Los novelistas del XIX, que estaban obsesionados por que la virtud triunfase sobre el vicio, lo sabían muy bien. Por eso sus personajes caían en el vicio, para mostrarnos el camino equivocado. Pero también para entretenernos. Porque no se pueden mantener mil páginas de La Regenta, de Fortunata y Jacinta o de El Rojo y el Negro sin que un cura le coma el tarro a una señorita de provincias para trajinársela en un descuido, sin que un señorón se pierda por los bajos fondos siguiendo el olor vaginal de una chica pobre o sin que un tiparraco consumido por su ambición arrase a su paso todo lo que encuentra. That’s enterteinment, guys. Ahora, en los tiempos posmodernos que tenemos, los novelistas se niegan a meterse en esas construcciones catedralicias, y los directores de cine parece que están olvidando cómo se hacen. El espíritu pervive en Los Soprano y en algunas otras series, pero el común de los mortales ha de conformarse con Ana Obregón y los Miami. La cosa ha perdido mucho fuste.
Pero más allá de esta obvia atracción por el lado oscuro, la frase de Theroux (o el lamento de Theroux: parece que le da pena no poder construir una épica de la gente corriente y esforzada) remite a una tradición sólida de relatos del hampa. Esa atracción por los outsiders, los marginales, los tipos que viven al límite en todas sus acepciones: al límite de la ley, de lo socialmente aceptable, de su propia vida... Desde Homero (los dioses griegos parecen macarruzos portuarios que anteponen sus deseos y su líbido a cualquier otra cosa que se les cruce por delante) hasta su última y grandiosa manifestación, el desbordante James Elroy (que ya declina como un sol cansado), pasando por el ciego Borges, maestro de maestros en el género -y sin pisar jamás un tugurio hampón-, a la humanidad le ha encantado verse reflejada en todos esos vagabundos arrabaleros. Normal. Son humanos en estado puro, en la forma más pura de humanidad que se puede destilar. Viven en una región que no necesita metáforas, donde las navajas son navajas, donde los celos son celos, donde la muerte es muerte. Al estar fuera de la sociedad que habitan los lectores, desvelan mejor sus resortes y su inmundicia. De ahí lo fértil de su poética, y de ahí que, cuando un creador la cultiva con honestidad y talento, sin miedo, muchos lectores prefieran cerrar el libro y dedicarse a otras cosas. Señor Theroux, los malos nos atraen a contraluz, pero si nos miran de frente, apretamos el culo y cambiamos de acera. Yo no podría tomarme una cerveza con Tony Soprano, me cagaría de miedo, por mucho que me fascine como personaje.
De ahí viene el concepto de "redención", importado de la moral cristiana e incrustado en los relatos populares. Por eso el chico de la moto muere y Peggy Sue se abraza al estudiante de Derecho que le comprará una bonita casa con jardín. Peggy Sue ha tenido su aventurilla, ha flirteado con el lado oscuro, y eso está bien, es entretenido. Folla un poco con desconocidos, pasa un fin de semana loco, pero acuérdate de que tienes que volver a casa. Cuando la cosa se pone peliaguda, Peggy Sue ha de redimirse, y debe encontrar un hombro amigo que acoja su redención. La poética hampona que no busca moralizar hurga en el individualismo, en el espíritu ácrata, en el rechazo a los valores impuestos, en la negación de la comunidad como ente. Por eso la detestaban por igual capitalistas y comunistas.
¿Quién no quiere ser un lobo solitario? Todos necesitamos nuestra dosis de perversión. En un capítulo de Doctor en Alaska, Holing, afectado por el deshielo, que vuelve a todos un poco locos, anda buscando camorra. Todos los años necesita pelearse con alguien, pero nadie acepta el reto, porque Holing es un morlaco que una vez mató a un oso. Holing es un tipo encantador y pacífico, que tras pasar media vida cazando juró no volver a matar a un ser vivo nunca más. Amigable, simpático, entrañable, es lo que se dice un buenazo de manual. Pero una vez al año, como él mismo confiesa, necesita golpear una boca que tenga dientes, hundir una costilla, sentir cómo se parte un hueso ajeno. Necesita provocar dolor en alguien, pelearse, reencontrarse con todo lo que reprime a diario.
A todos nos pasa lo mismo que a Holing, y por eso tenemos el cine y los libros y la música y los videojuegos, para vivir vicariamente todo aquello que la sociedad -ni nosotros mismos- no aceptaría. Los narradores pueden aprovechar esa vivencia vicaria para redimirnos, para calmarnos y devolvernos al redil satisfechos, o pueden intentar ir más allá y suscitar un cuestionamiento general de cómo y por qué vivimos como vivimos. Las diferencias entre ambos tipos de narraciones pueden ser sutiles, no siempre se aprecian a simple vista (en general, las cosas buenas y profundas tienen capas y lecturas dispares, nada se muestra evidente e inmutable). La experiencia vicaria puede ser un desahogo o una catarsis. En un desahogo, las cosas vuelven a la normalidad, tal y como estaban antes del subidón. En una catarsis, todo cambia, nada está en el sitio en el que lo dejamos antes de ella.
Como lectores, también podemos elegir entre el desahogo y la catarsis, y entre aburrirnos leyendo historias de monjitas virtuosas o divertirnos con crueldades sin cuento. Al menos, en teoría. Porque, a la hora de la verdad, tanto escritores como lectores, si son sinceros y tratan de esquivar cánones, habladurías y escuelas, se rigen por su propia fascinación, que es irracional y no deja elegir a nadie. Una fascinación que se escora casi siempre hacia el lado oscuro, como lamenta Paul Theroux. La elección real consiste en si queremos dejarla fluir y ver hacia dónde nos lleva, o si le cerramos la puerta y nos quedamos con la última serie de Emilio Aragón. A las monjas también les gustan los chicos malos, pero casi ninguna se descolgará de la ventana del convento a las tres de la madrugada para ir a follar con ellos. ¿Nos atreveremos nosotros a salir del convento, o nos contentaremos con imaginar que quizá, un día, saldremos de él? La peor de todas las opciones, sin duda, es darle a la manivela del cilicio hasta que cesa el deseo. Y eso lo hace mucha más gente de lo que pensamos. Mirad a vuestro alrededor, escrutad sus caras y tratad de adivinar qué reprimen y con cuánta rabia.
Ya sea con desahogos o con una catarsis que deje a todos fritos, déjense llevar de cuando en cuando, no hagan caso a su confesor ni a su maestra de mecanografía. Liberarán adrenalina, endorfinas y un montón de hormonas y neurotransmisores. Para su cerebro, será como unas vacaciones. Y después... Como decía el tango: ¿qué importa el después?
CUENTOS CERVECEROS

Apenas hay referencias cerveceras literarias o cinematográficas. Hay toda una cultura de cócteles y una reata de personajes que beben una marca o un combinado concreto que señala su personalidad (el propio Pérez-Reverte subraya mucho, con obviedad machacona, que el prota de La carta esférica bebe ginebra azul, símbolo de su añoranza por la vida marina), pero apenas hay cerveza. Por eso, como cervezófilo que soy, me fijo mucho en los contadísimos lugares en los que aparece.
Siento mencionar de nuevo La montaña mágica, pero en la obra maestra de Thomas Mann hay dos claves cerveceras. El prota, Hans Castorp, acompaña todos los días su almuerzo, casi en ayunas, con un gran vaso de cerveza porter, que un médico le recetó como reconstituyente. Le da fortaleza, su sabor le atrapa y le hace sentir bien. En el sanatorio de Suiza no hay porter (que es una especialidad que sólo se produce en el Reino Unido y en algunos lugares de Alemania), pero le ofrecen igualmente un vaso de una cerveza oscura producida en el valle que se parece bastante. Al principio, le agrada, pero, poco a poco, los efectos beneficiosos van retirándose y, finalmente, acaba prescindiendo de su gran vaso de cerveza diario. Cuando se produce la renuncia, el personaje ha cambiado, se ha convertido en otra persona. Al mismo tiempo, un interno del sanatorio es un maestro cervecero alemán, un personaje secundario que Mann dibuja a trazos gruesos, pero que los personajes principales tratan con desprecio: se le achaca ignorancia, prepotencia y chauvinismo rural y paleto. La cerveza y su mundo están vinculados en Mann a la tierra, al cuerpo y a los placeres primarios, y no tienen cabida en los espíritus elevados o que ansían elevarse.
En Terciopelo azul, la peli de David Lynch, la cerveza es muy importante. El protagonista bueno, Jeffrey (cuyo actor será luego el agente Cooper de Twin Peaks, un personaje que puede considerarse esbozado en el Jeffrey de Terciopelo azul), bebe Heineken, y comparte su gusto por esa marca con la chica buena y rubia (hay otra que es mala y morena, como corresponde), Sandy. Heineken es una cerveza de importación, lo que en Estados Unidos indica ya de entrada un gusto algo esnob. Además, es una cerveza de sabor muy suave, con muy poco cuerpo y baja en contenido alcohólico, por lo que Lynch nos está diciendo que Jeffrey es un tipo algo afeminado y de poco fiar (es uno de los muchos puntos ambiguos de su personalidad). El padre de Sandy, que también es bueno, pero, como policía, es un macho íntegro y sin fisuras, bebe Budweiser, o Bud, como se le llama en Estados Unidos. La Bud es una cerveza nacional, una pilsner de origen checo adaptada al gusto proletario: fuerte, pero sin matices refinados, con más alcohol y un regusto más definido. Es una cerveza para tíos con los pantalones bien puestos, pero honrados: americanos patriotas sin doblez, con los que puedes contar en caso de apuro. Sin embargo, el malo maloso de la peli, Frank (interpretado por un Dennis Hopper pasado de rosca), bebe una cerveza de fantasía, de nombre inventado, pero que suena mucho más fuerte que la Bud. Una cerveza para tíos duros al margen de la ley, para inadaptados y para personajes tan borrosos y fantasiosos como la propia marca. Porque, como la cerveza de ficción que bebe, Frank es el personaje límite de Terciopelo azul, el que se acerca más a la irrealidad, el que se difumina en bordes oníricos.
Pero donde la mistificación de la cerveza alcanza su cumbre es en tres series de dibujos animados: Los Simpson, Padre de Familia y Futurama.
Todos sabemos que Homer Simpson bebe cerveza Duff, trasunto de la proletaria y real Bud. En Springfield no se bebe otra marca, pero fuera de Springfield, las cosas cambian. En un viaje que hace al sur de Estados Unidos, Homer descubre que allí beben otra marca y que consideran que la Duff es basura. El descubrimiento le contraría y le abre nuevos mundos, y acaba enamorándose de una cantante country a la que produce un disco. Salirse de su marca de cerveza conocida, de la seguridad del hogar, le trae a Homer disgustos. Hay muchos capítulos cerveceros en Los Simpson: cuando visitan la fábrica Duff, cuando se impone la ley seca y Homer se convierte en el Barón de la Birra... Thomas Mann aprobaría los guiones de Los Simpson donde la cerveza es símbolo de garrulismo y lerdez.
Padre de familia sigue la línea de Los Simpson (en esto y en todo), y se inventa también su propia marca de cerveza: Pawtacket Pat (el Pat es de Patriot). Como la Duff, también recuerda a la clásica Bud . "¡Bebamos hasta que no podamos sentir ni un sentimiento!", grita Peter, que bebe Pawtacket Pat como Homer bebe Duff, y lo hace en La Almeja Borracha, como Homer lo hace en Moe’s. De hecho, Peter acaba trabajando en la fábrica de cerveza, pero en la parte administrativa, porque como no puede controlar su problema con la bebida, le quitan de la planta de producción. El episodio cervecero por antonomasia es cuando visitan la vieja fábrica de Pawtacket Pat (antes de que Peter trabaje en ella): una parodia muy cabrona de Charlie y la fábrica de chocolate.
En ambas series, la cerveza es sinónimo de aborregamiento y borrachera contínua. En su cosmovisión, la cerveza es tan nociva como la tele o las armas de fuego y fomenta la garrulez y las posturas políticas conservadoras. Por eso hablo de mistificación de la cerveza, porque se le echan encima las culpas de algo que no es asunto suyo: la cerveza tiene una cultura tan rica como la del vino, y bastante más antigua. Que a los amantes de la cerveza se nos asimile a borregos destripaterrones es una lástima. Tan borrachuzos como nosotros son los amantes del vino (bebida a la que también me apunto) y nadie les señala con el dedo. No digo que seamos más dignos, pero me jode que haya borrachos de primera y de segunda clase, sólo porque la cerveza sea una bebida mucho más popular. ¡Hics!
Sin embargo, Futurama, que nació del mismo cerebro que Los Simpson, añade matices a este axioma.
Hay un capítulo genial de Futurama en el que Fry, Bender y Leela deciden fabricar cerveza casera. En Estados Unidos, en el Reino Unido y en Bélgica esto es un pasatiempo bastante extendido: se pueden comprar "kits cerveceros", con la levadura y la malta en dosis ya preparadas, y en una cocina normal cualquiera puede elaborar con ellos una pequeña cantidad de cerveza casera (25 o 50 litros como mucho), dándole un toque personal y experimentando con técnicas de maestro cervecero. En Futurama aprovechan esa popular afición para armar un capítulo muy divertido donde son muy fieles al proceso real de producción de cerveza. El robot Bender se ofrece como cuba de fermentación, y en su carcasa va madurando el producto hasta que está listo. La gracia consiste en que, como la cerveza fermenta con levadura, Bender dice: "¿Levadura? ¡Oh, voy a tener un ser vivo creciendo en mi interior!". Y a partir de ese momento, la elaboración de la cerveza se vive como un embarazo, durante el cual Bender engorda como si estuviera preñado de verdad. La extracción de la cerveza se narra como un parto.
En fin, seguro que hay muchos más ejemplos. Las pelis de irlandeses dan mucho juego: vean El hombre tranquilo, por ejemplo, y aprecien con qué mimo se tiran las pintas de cerveza stout en el pub. En literatura no se me ocurren muchas más referencias, la verdad, pero agradecería que compartiérais aquí las que vosotros conocéis.
¿MIEDO AL SEXO?
Lo pensaba mientras leía la última de Belén Gopegui, pero no es algo privativo de esta escritora, ni muchísimo menos. ¿Qué coño les pasa a algunos narradores con el sexo? ¿Por qué no saben integrarlo en sus textos con naturalidad? ¿No habíamos quedado en que ya no teníamos remilgos, en que los novelistas podían (debían) dejar su pudor a un lado y escribir follar, polla, teta, mamada, corrida y todo el léxico necesario? ¿Por qué les resulta tan difícil todavía hoy a algunos escritores narrar con corrección (no ya brillantez) una escena erótica? ¿Somos Julio Espinosa y yo los únicos que pensamos que la literatura es algo carnal, y que si hay sexo en las páginas, el escritor tiene que esforzarse por ponerte cachondo?
En las últimas semanas he leído tres enfoques muy distintos en dos escritoras y un escritor. Una, Zadie Smith, se muestra natural, vivaracha y genuina. Lo he contado más abajo. Tiene dos polvos magistrales en Sobre la belleza, perfectamente insertos en la acción, que la hacen avanzar y ayudan a comprender mejor a los personajes. Están narrados sin elipsis ni acelerones, pero tampoco con el detallismo aburrido del porno. Tienen su justo tiempo, y en el léxico no hay eufemismos: los coños no son oquedades, y las pollas no son enhiestas virilidades. Otro inglés, Nick Hornby, en Alta fidelidad, directamente pasa del sexo. Justo cuando va a empezar el mambo, se aprovecha del subterfugio del narrador en primera persona para achacar el pudor a su personaje y, como en las pelis ñoñas de los años 40, pasa del primer beso apasionado al desayuno de la mañana siguiente, raccord mediante. Recurso elegante, pero muy visto.
Pero el que más me ha llamado la atención es el de Belén Gopegui, porque ejemplifica un vicio muy extendido incluso en autores supuestamente liberados sexualmente. El lector va paseando por las páginas de El padre de Blancanieves. Podrá gustar más o menos, pero reconoces un estilo, una intención, un ritmo. Vas reconociendo sus rasgos, te acostumbras a caminar por el libro con la cadencia que le impone su autora, hasta que a dos personajes les toca meterse en la cama. Entonces, todo empieza a chirriar, todos los rasgos y el ritmo narrativo que ya creías reconocer echan el freno y, en lugar de la voz de Gopegui, asoma Corín Tellado, como si el censor la hubiera pegado allí. Emplea frases como "me sentaré despacio sobre su excitación". La página se llena de incomprensibles eufemismos repipis, cacofónicos: "Apenas el cuerpo ajeno excitando la excitación que ya sentían", "la volvía loca de placer con su boca"... El verbo se oxida, se siente incómodo, se retuerce y saca al lector del libro. ¿Por qué pueden narrar un viaje en autobús y no saben narrar un polvo? Si en el viaje en autobús, el autobús se llamaba autobús, y no "metálico cajón de deseos deslizándose por una cinta de promesas", ¿por qué los personajes no follan igual que viajan en autobús?
No me voy a poner freudiano. No creo que esto implique necesariamente que los autores que sufren este mal tengan una relación problemática con el sexo. No tiene nada que ver. Creo que la cosa está más relacionada con una falta de educación lectora, con la mala asimilación de una tradición y con pereza a la hora de enfrentarse a retos técnicos complejos. Porque un lector medio se encuentra a lo largo de su vida lectora con muchos viajes en tren, muchos paisajes campestres, muchas mañanas de domingo, muchas noches de jarana y muchas conversaciones en patios sombreados. Tiene un amplio surtido de referencias técnicas literarias para atacar en un texto esas situaciones. Pero, ¿cuántos polvos buenos se encuentra? Buenos de verdad, de los que te acaloran. Para aprender a narrar una escena de sexo, como para cualquier otra situación, los escritores recurren a la tradición, para seguirla o para romperla. Hay que aprender sus técnicas narrativas para saber cómo llegar al lector. Y los buenos polvos de la literatura no están en Galdós, ni en Dostoievski, ni en Tolstoi, ni en El Quijote. Los buenos polvos, los que pueden enseñar algo de técnica a un escritor, hay que buscarlos en el Marqués de Sade y en esa tradición erótica que siempre se ha considerado menor y que, por regla general, no se enseña en las universidades ni está al alcance de los adolescentes en las bibliotecas de sus papás. Vamos, que hay que currárselo, salir de las avenidas y callejear por sitios que no aparecen en las guías turísticas.
La tradición latina, por ser católica e inquisitorial y vivir más obsesionada con lo prohibido, es mejor que la anglosajona para iniciarse en esto. Ya en el siglo XIV circulaba en Castilla El libro del buen joder, y desde entonces se ha generado una rica y prácticamente desconocida tradición erótica que culmina en el siglo XX con la colección La sonrisa vertical, que al fin da carta de naturalidad (que no de naturaleza) al género. Ahí es donde tiene que picotear el escritor que quiera hacer creíbles sus escenas de sexo, para que fluyan con naturalidad dentro de la acción y no parezcan pegotes incómodos y sin sentido. Pero el primer paso, y esto vale para cualquier aspecto literario, es perderle el miedo a las palabras. No hay nada peor que encontrarse una "vagina" donde el cuerpo pide un "coño", o un "pene" donde lo que apetece agarrar es una "polla", por no hablar de lo mucho que corta el rollo tropezar con un "seno", por muy "turgente" que sea, en lugar de una "teta" como dios manda o el bajonazo que le sacude a uno cuando "alcanza el orgasmo" en lugar de correrse.
Hágannos un favor y guarden los orgasmos y las vaginas para los folletos de orientación sexual y para las charlas de instituto. En literatura, las metáforas y los sinónimos sólo sirven si son más expresivos, coherentes o eficaces que la palabra a la que sustituyen. Usar la metáfora como eufemismo es, como mínimo, una muestra de impericia y un fraude, porque la metáfora está para mostrar y penetrar más. Para decir más, para revelar lo que el lenguaje al uso no consigue mostrar, no para ahorrarle incomodidades al escritor.
LA CLASE MEDIA

A Karl Marx le daba asquito. La asimilaba a los campesinos y le negaba carácter de clase (sin conciencia, no hay condición). Burgueses venidos a menos o proletarios enriquecidos, resumía lo peor de ambas clases sociales: el servilismo del desheredado y la ambición depredadora del capitalista. Desde sus cálculos estratégicos, suponía un escollo para la revolución: no se unirían a ella porque no se les podía aplicar la primera parte de la sentencia que cierra el Manifiesto comunista: "Los proletarios no tienen nada que perder salvo sus cadenas; tienen, en cambio, un mundo que ganar". Sí, con la revolución podían tener un mundo que ganar, pero, a diferencia de los proletarios, sí tenían algo que perder más allá de sus cadenas. Poca cosa: un p