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SILVIA SOLA: UNA MIRADA A LO PRIMIGENIO

Aviso para navegantes: he publicado esta pieza en el MVT de hoy, como previa al concierto que Silvia Sola dará en la Oasis esta noche, pero Silvia no es una desconocida para mí. La conozco desde que los dos éramos unos adolescentes tontacos que descubrían el rock con The Black Crowes y Pearl Jam. Nos hemos seguido las vidas de reojo y a intermitencias, ella peleándose con los pentagramas y yo con las letras, y creo que es de las pocas personas a las que conozco de antiguo que es razonablemente feliz y vive como quiere vivir. Cuando la ves no sientes esa frustración y esa ansiedad que aprecias en otros a los que la vida va derrotando. Siempre me da gusto reencontrármela y tomar una cerveza con ella. Obviamente, puse un cariño especial en este artículo. Espero poder pasarme esta noche por el concierto.
Silvia Sola es uno de los secretos mejor guardados de Zaragoza. Su voz, tímida y cálida como ella, ha ambientado suavemente muchas noches en muchos garitos zaragozanos. También en El Páramo, que es una de sus casas en la ciudad, donde anima muchas veladas pinchando ese rock puro, guitarrero y desnudo que tanto le gusta. La historia de Silvia es la historia de una desnudez. De una desnudez musical, que de las otras ya se ven muchas en El Plata. Empezó apasionándose con el rock bronco que salía del sueño grunge en los 90; llenó de emoción el repertorio pop de Sola, su primer grupo de verdad, y exploró la vanguardia sonora de la mano del ex Héroe del Silencio Alan Bugoslavsky, de cuyo elenco formó parte. Tocó muchos palos del pop y del rock, se vistió de muchas formas, pero la eclosión esperada -ese despegue, ese empujón definitivo que todo artista necesita para saber hacia dónde tirar- no llegó, y se quedó en punto muerto. "Hubo un momento en el que dejé de componer y me planteé dejar de cantar -confiesa-. No había nada en Zaragoza que me motivara. Estaba vacía, no me salía nada". Así que hizo la mochila y se largó a Inglaterra con lo puesto, haciendo honor a su apellido artístico: totalmente sola. "En Oxford me encontré de frente con el folk -cuenta-. Conocí a un montón de músicos muy jóvenes que exploraban formas musicales muy viejas, y hacían con ellas lo que les daba la gana. Me enamoró la simplicidad de esas canciones, su espíritu primario, y volví a componer y a tocar". Allí grabó un disco y hace un año regresó a Zaragoza, donde ha ido volviendo a los escenarios (teloneó hace poco a The Jayhawks en La Casa del Loco). Con José Javier Gracia a la guitarra, Guillermo Mata al bajo, Jaime Lapeña al violín y Nines Cárceles en los coros, prepara un segundo asalto musical, esta vez desde el lado del country y del folk. Sin las fanfarrias rockeras ni alternativas de antaño: desnuda. "E imperfecta", añade. Para 2009 anuncia disco, pero el lujo de su voz se disfruta más en directo. PS: el concierto se ha suspendido. El Ayuntamiento ha cerrado la Oasis. Pintan bastos en la noche, amigos. Próximamente, un post sobre el cierre y sobre la Oasis.
NICE BOYS DON'T PLAY ROCK AND ROLL

Es estupendo que justo cuando la industria del disco se va a la mierda, reviva el viejo vinilo. La Fnac empezó dándole un espacio marginal y cada vez ocupa más expositores: muchos nuevos lanzamientos se sacan también en vinilo, y se reeditan viejos discos remasterizados constantemente. Hoy he olisqueado un poco por allí y me he dado un caprichazo comprando los cuatro discos de Use your illusion, el magnum opus de Guns n’ Roses. La chorrez esa de Chinese Democracy me suena a autopsia, y paso de necrofilias. Me quedo con los clásicos, con los que no se puede ser necrófilo porque son inmortales, nunca acusan rigidez cadavérica.
Es una pequeña revancha de pijo con tarjeta de crédito, la verdad, porque con esta compra me siento como un conde de Montecristo que adquiere un traje después de pasar por la cárcel. Estos discos han sido claves en mi educación sentimental, pero cuando salieron, los chavalillos del barrio no teníamos dinero para comprarlos. Eran dos discos dobles, un despropósito, un dispendio inasumible para un protoadolescente. Por suerte, a algún amiguete se lo regalaron por su cumpleaños y todos los demás nos hicimos copias en cintas Maxwell de 120 minutos. Las escuché hasta desgastarlas, pero para cuando ya empecé a tener mi colección de discos y dinero para comprarlos, Guns n’ Roses me habían dejado de interesar, así que nunca me compré el CD.
Redescubrí a Guns n’ Roses hace relativamente poco. En un arrebato de nostalgia me compré el Appetite for Destruction y tuve que concluir, aplaudiendo, que sí, que qué cojones, que Guns n’ Roses tenía razón, que el rock era eso, que si existe una idea platónica de rock, ellos son los que más se han acercado a ella. Así que con esta compra ejecuto dos venganzas: la del chaval de barrio que no tenía un chavo para comprarse esos carísimos discos y la de todos los que siempre supimos que el rock era una cuestión de suciedad, berridos y adrenalina, pero que nos vimos obligados a elaborar un discurso intelectualoide para justificar nuestro vicio. Los Guns están ahí para recordarnos que no tenemos que justificar nada.
La frase clave la dan en una canción: "Nice boys don’t play rock and roll". Eso es: los niños bien no tocan rock and roll. Pueden intentarlo, pero no les sale. Al final, siempre se les descubre. Las raíces proletarias del rock están incrustadas en la pelvis de Elvis. El rock no es para remilgados.
Cuando los Guns irrumpieron, las dos grandes tradiciones del rock duro estaban casi estancadas: el punk ya no daba más de sí, y aquel dislate virtuoso del rock progresivo había evolucionado hasta un heavy de gimnasio y ascensor, una cosa más artificial y playera que las tetas de Pamela Anderson. Pero hete aquí que unos chavales de Los Ángeles se pusieron a tocar, y transmitieron a un público aborregado y saturado de laca y sintetizadores una sensación desconocida: la de la autenticidad. Se subían a un escenario y tocaban dejándose las tripas, sin dar tregua y sin para mientes en arreglos ni en corsés de género. De repente, el público recordó por qué le gustaba eso: porque le divertía, porque le permitía descargar adrenalina, porque su descarga era adictiva y te dejaba como nuevo. Los Guns devolvieron al rock todo lo que la política y el virtuosismo le habían robado. Dejaron el rock desnudo, sin adornos ni maquillajes, y lo escupieron al mundo con toda la fuerza de la que fueron capaces.
Del punk rescataron la actitud y el descaro, y de los viejos maestros, la técnica artesanal de construir canciones sólidas y bien hechas. Sólo les faltaba una cosa para completar el invento: comportarse como superestrellas, con toda su inconsciencia, su consumo compulsivo de drogas, sus berrinches de niño pequeño y esa certidumbre tan bien fundada de que el mundo entero gira en torno a ti y te debe pleitesía. Siguieron bien el guión. Cumplieron hasta la parte en la que la guerra de egos entre guitarrista y cantante pone fin a la banda.
Pasaron fugaces, y con ellos se reconfirma aquello de que lo bueno, si breve, mil veces bueno. Su primer disco, de 1986, ya anticipaba en su título lo que iba a venir después: Live like a suicide. En él se contenía la canción Nice boys, todo un manifiesto. En otra canción decían: "No resulta fácil vivir como un gitano" (en inglés, gypsy no sólo hace referencia a la raza, sino a la gente de vida nómada y errante). Al año siguiente sacaron su obra maestra, Appetite for destruction, con sus greatests hits y varias canciones que no han sido superadas en fiereza, que suenan como relámpagos perfectos, como My Michelle, Think about you o Rocket Queen.
Después vino Lies, un buen trabajo, pero no tan emocionante. Con los cuatro discos recogidos bajo el título de Use your illusion se permitieron el desfase que todo rockero en la cima pasado de roscas de ego y droga debe permitirse. Calamaro hizo algo así con El salmón, pero le salió mal. A los Guns, por suerte, les fue bien: son cuatro buenos discos, donde su trabajo está a la altura de su ambición, pero no alcanzaron las cumbres del Appetite (normal: el Appetite era instinto puro, espontaneidad apenas pulida por un productor poco entrometido, es difícil superar enamoramientos pasionales tan poderosos). El genio empezaba a notarse gastado y lo que antes era fresco ya empezaba a oler a enquistamiento. La cuesta abajo se adivinaba al final de ese esfuerzo monumental. Digamos que con Use your illusion quisieron demostrar que su talento no era espontáneo, que eran capaces de hacer algo serio, profundo y currado. Y lo hicieron, sin duda, pero parece que la presión les abrumó un poco: demasiados arreglos, demasiados retoques en la mesa de mezclas, demasiado poco directo. La actitud punk se había perdido, pero no nos importaba, porque los Guns seguían estando ahí, seguían divirtiéndonos. No se habían convertido en unos nice boys.
Pero ya estaba, se acabó. El siguiente disco, The Spaghetti Incident, fue bochornoso. Los Guns estaban agotados, habían perdido definitivamente el touch. Poco después, se separarían. Hicieron bien, pero no tendrían que haber tardado tanto. Por coherencia, tendrían que haberse ahorrado ese último bodrio. Use your illusion hubiera sido un cierre precioso a su carrera, sin borrón ni mancha, un adiós bien hecho. Pero no, tuvieron que meter su coda. No importa. Para mí -y sé que para mucha más gente- los Guns se acabaron con Use your illusion. Cuatro discos, cinco años de carrera. Bien poquito, pero, bien mirado, ¿para qué más? Cinco años y cuatro discos son más que suficientes para decir todo lo que hay que decir.
Ahora que estoy a punto de sacar Malas influencias envidio a los que son capaces de concentrar todo lo que llevan dentro en muy poco. Yo no quiero crear una obra literaria extensa. Me gustaría escribir pocos libros, porque eso significaría que he encontrado enseguida lo que andaba buscando. Sólo hay dos explicaciones para los que persisten libro tras libro o disco tras disco: o se han enquistado en una fórmula banal que les resulta fácil repetir o no alcanzan a encontrar lo que quieren contar, por lo que tienen que seguir buscando. Y sería horrible pasarte la vida buscando y no encontrar nada al final. Por eso envidio a los creadores poco prolíficos, porque creo que han encontrado algo parecido a la paz de espíritu.
JUAN EL SOBADO

Si estampar mi firma en Zona de Obras ya ha sido todo un privilegio que ennoblece mi plebeyo nombre, que ahora vengan y utilicen unas frasecillas mías para adornar el dossier que han hecho sobre cultura danesa en el número que acaba de salir a la calle ya es para tener el ego obeso. El año pasado me mandaron a cubrir el Spot Festival en Arhus, Dinamarca, y desde allí escribí este post. Este año volvieron a invitarme, pero las fechas no cuadraron bien y me quedé sin la escapada vikinga. Una lástima, porque Dinamarca es el típico país que nunca está en mi lista de destinos apetecibles, pero guardo un recuerdo maravilloso de aquel viaje y no me importaría repetirlo.
Zona de Obras, ese lujo cultural que se hace en Zaragoza para toda América Latina, saca su número 53, consolidando cada vez más el formato grande (estuvo muchos años tirando en formato cuadrado) y afianzándose como cabecera de referencia en el mundo de las tendencias. Cuesta casi 8 euros, pero te llevas a casa una carretilla de papel maché (más de 200 páginas con letra preta), un DVD y dos CD. Uno de los CD está editado por el Spot Festival y da un repaso a lo que están haciendo ahora los rockeros daneses. El CD y el DVD están dedicados a San Salvador, ciudad que también protagoniza un amplio dossier.
Entre los grupos salvadoreños que aparecen en el DVD se menciona La Pepa, una banda de hardcore metal algo pasado de revoluciones que tiene una de las canciones que más gustan a los jóvenes modernos de Sívar (que es como se llama popularmente a la ciudad): Juan el Sobado. No he encontrado la letra en Internet, pero podéis escuchar un podcast que la contiene aquí). Juan el Sobado, héroe de la chavalería radicalosa, es un mangui "bien chingón", como dice la letra, que pasea su fardona verga por todas las vaginas del barrio y hace y deshace lo que le sale de ahí a lo largo de la ciudad. El narrador del documental dice que define muy bien el carácter de San Salvador, y yo respondo que tururú. Juan el Sobado es la última variante de un tema urbano, un arquetipo universal de la narrativa de todas las ciudades abarrotadas y conflictivas.
Este Juan el Sobado es el Jimmy Jazz de The Clash, el macarra de ceñido pantalón de Pulgarcito cantado por Sabina, el que hizo en los billares la primera comunión de Leño, el Maky Cuchillo de Brecht, Sinatra, Morrison e Ivá y el Billy el Niño de Peckinpah. Es ese individualista violento, sentimental, duro, de mirada centelleante y navaja rápida. Es el más chulo del barrio, es James Dean, es el que armaba gresca en la calle sin razón, sólo por saltarse las normas. Juan el Sobado no es un endemismo salvadoreño. Juan el Sobado pertenece a todas las ciudades y a ninguna. Está en todos los barrios, en la cabeza de todos los chavales que crecen apiñados en un entorno duro, ruidoso y sin más futuro que la cola del paro. Es esa épica de barrio que tanto triunfa en las sociedades donde abunda la chavalería perdida, puteada y vigilada por la policía.
Escuchaba Juan el Sobado y escuchaba el mundo en el que crecí yo mismo, cuando nadie creía ni de coña que este país algún día sería la octava potencia mundial, ni que nos iríamos a recorrer el universo como nuevos ricos. Creo que se perdió aquello. Creo que ya no existen esos futbolines. La música que suena en los institutos de barrio ya no habla de Macky Cuchillo, y me parece bien. Ojalá la música que se escuche en ellos sea muy frívola y plana. Ojalá no hagan falta nunca más héroes acratoides urbanos. Ojalá estos personajes nos despierten sólo simpatía, pero sin enjuagar la rabia que, por lo visto, sigue enjuagando en muchas ciudades del planeta.
Tenía que soltar esto, por eso he hecho un alto en mi encierro monástico, pero mañana sigo con mi disciplina tecleadora. Besos.
TAMBIÉN ME GUSTA MOZART
Los Judas Priest vuelven a pasar por Zaragoza en su gira mundial. Y por la plaza de toros, como ya hicieron en 2005. Entonces escribí una previa en el suplemento MVT de Heraldo que me costó varias amenazas de muerte. No gustó a los heavies, y me encorrieron a gorrazos. Con la excusa la recupero, para que puedan reeditar ellos también las amenazas filoeterras con las que me agraciaron la otra vez:
Los Judas Priest entran a matar Qué mejor escenario que la plaza de toros de Zaragoza para que Judas Priest desplieguen su cuero, sus tachuelas y sus decibelios. Al fin y al cabo, desde una perspectiva ‘kitsch’, poco tiene que envidiarle el traje de luces de un torero a la indumentaria que se marcaba el bueno de Rob Halford en sus tiempos de icono sadomasoquista. Los Judas (pronúnciese con jota, a la española, o ningún heavy sabrá de qué grupo habla) visitarán el coso taurino de la capital aragonesa el próximo 16 de abril. Zaragoza será una de las cuatro etapas confirmadas de su gira española, que pasará también por La Coruña, Madrid y Barcelona. Parece que se afianza la voluntad municipal de integrar a la ciudad en los circuitos internacionales. La banda que veremos en abril es toda una leyenda del heavy metal que siempre se ha movido en esa finísima línea que separa lo épico de lo grotesco. Su estética excesiva y su sonido afilado e irritante, que acentúa los agudos hasta el borde de la ruptura de tímpano, marcaron, para bien o para mal, una época del rock mundial. Actualmente, son más bien un ejemplo de supervivencia y de cómo una buena estrategia de márketing puede levantar un grupo que se había hundido en sus propias miasmas. Judas Priest nacieron a mediados de los 70 en la Inglaterra pre-tatcheriana poblada por una juventud fascinada por el punk. Y precisamente su éxito en aquellos años se lo deben a que supieron aunar en su sonido la rabia y la visceralidad de los Sex Pistols con las estructuras hard-rockeras más convencionales. Puede decirse que ellos fundaron eso que se llama heavy metal. La histriónica agresividad del cantante Rob Halford, inimitable en los agudos, terminó por encumbrarles en el imperio del rock más duro. Pero, en plena cresta de la ola, a mediados de los 90, después de editar el que para muchos es su mejor disco, “Painkiller”, Rob Halford anunció su marcha, aduciendo cansancio y desmotivación. El cataclismo en el mundo metalero fue inenarrable. ¿Cómo iban a seguir los Judas sin Halford? Pero siguieron. Tras un ‘cásting’, contrataron en 2000 a un fan anónimo imitador de Rob, un tal Ripper Owens, y sacaron cuatro álbumes que decepcionaron a la parroquia. A Halford, que aprovechó la nueva etapa para proclamar su homosexualidad, tampoco le fue nada bien con sus discos en solitario. Así que, pasado un tiempo, y como la pela es la pela, Halford volvió al redil y sus fieles, ya creciditos y con hipoteca, lo celebraron desempolvando la chupa de cuero. En primavera, saltarán al ruedo zaragozano con su tralla de siempre (que, por cierto, ha sido reciente y lujosamente reeditada en cedé). No se publicó casi ninguna de las indignadas cartas que provocó mi sobradete artículo. Unas porque sólo eran una retahíla de insultos, otras porque constituían directamente un delito de amenazas y las demás, porque transgredían en tres frases todas las normas de ortografía y gramática vigentes en la lengua castellana, si era esa la lengua en la que se suponía que estaban redactadas. Aquí os pego una de las que se publicaron, y está corregida por los redactores de Opinión del periódico: El viernes 28 de enero, HERALDO publicó una información, a mi entender bastante parcial y excesivamente crítica, sobre el grupo musical Judas Priest. Me sentí ofendido por ciertas alusiones como “desde una perspectiva ‘kitsch’, poco tiene que envidiarle el traje de luces de un torero a la indumentaria que se marcaba el bueno de Rob Halford en sus tiempos...”, “Los judas (pronúnciese con jota, a la española, o ningún heavy sabrá de que grupo habla)”, “Su estética excesiva y su sonido afilado e irritante...”. Todas esas frases nos hacen parecer a sus seguidores como unos zoquetes, y difiero de tal opinión, porque no me considero idiota por oír heavy. También me gusta Mozart, y no me siento superior por oír música clásica. El suplemento cultural “Muévete”, que publican los viernes, me gusta, pero me irritó este artículo. Desde el heavy mozo que fui, puedo decir que siempre me ha fascinado que los heavies saquen siempre a pasear su pasión por Mozart, Bach y Beethoven cuando se sienten injuriados, cosa que suele suceder muy a menudo. Aquí va un fragmento de una peli de culto, This is Spinal Tap?, la gran parodia del mundo heavy: Por cierto, este viernes retomo la costumbre de publicar columnas de opinión en el suplemento MVT, pero no sé por cuánto tiempo. Quizá esta sea la primera y la última de la temporada. Seguiremos informando.
¿DÓNDE VAS, TUNANTE?
Nos vamos a la Expo, a ver a Björk y cía. Asín de modernos y tontunos somos. Pero una duda corroe nuestra alma vanguardista: ¿conocerá Björk este clásico del humor chanante que toda la muchachada asocia ya impepinablemente a la prota de Bailar en la oscuridad? Think about it.
HA MUERTO SERGIO ALGORA

Coincidí muy poquitas veces con mi tocayo, aunque me alterné un tiempo con él en las columnas "Del revés" del suplemento Muévete. La última vez que lo vi, compartimos mantel (de papel) en la Fonda La Peña, cuando los poetas del 22 me invitaron a una de sus jolgoriosas cenas y les hice un reportaje que gustó mucho y pulula por Internet. Le conocí lo justo para saber lo que sabía todo el mundo: que sufría gravemente del corazón, de lo que, al parecer, ha muerto. No estoy capacitado, por tanto, para escribir nada en condiciones. Eso se lo dejo a quienes compartían las noches con él en el Bacharach, en La Casa Magnética y antes, cuando todavía existía, en La Caja de los Hilos. Sólo quiero decir que la noticia me ha noqueado y que lo lamento mucho por todos sus amigos y admiradores, que sé que son muchos.
La noticia de su muerte, aquí.
En mi blog de Heraldo de Aragón he publicado un articulillo comentando un par de cosas sobre Algora. Puedes leerlo pinchando aquí.
DAYNA KURTZ EN LA EXPO

Esta noche no estoy para nadie. Me cogeré una cervecita y me sentaré en un rinconcito para dejarme empapar por la voz profunda de Dayna Kurtz, que toca en el Balcón de las Músicas de la Expo a las 0.30. Ya escribí un artículo sobre ella en este blog que podéis releer pinchando aquí. También he escrito un breve anuncio en el portal Muévete en la Expo de Heraldo, que podéis leer pinchando aquí. En él podéis ver un vídeo donde toca con Enrique Bunbury durante una actuación en El Puerto de Santa María.
ROCK URBANO PARA RURALES

Una vez, un entrevistador tan torpe como pagado de sí mismo quiso meter en un brete a Rodríguez Ibarra preguntándole qué le parecía que el referente cultural más conocido de la comunidad que por entonces presidía fueran unos rockeros piojosos y berreones de soez nomenclatura: Extremoduro. Rodríguez Ibarra sonrió, se recostó en la silla y dijo (cito de memoria): "Es fantástico que una comunidad tan rural y tan ligada a las tradiciones del campo tenga como embajadores unos exponentes de una cultura urbana tan juvenil. A mí me llena de orgullo que Roberto Iniesta (lo juro, se sabía el nombre del cantante de Extremoduro) haya sido capaz de influir en el rock español desde la apartada dehesa extremeña". Por supuesto, el adalid del guerrismo sólo estaba barriendo para casa con maestría de perro viejo y demagogo, pero quizá sin saberlo, estaba apuntando varias cosas muy interesantes.
En los 80, en España echó raíces un género local de nombre tautológico que no tiene igual en Europa (entre otras cosas, porque en el resto de Occidente el punk se vivió con intensidad y no hicieron falta sucedáneos): el "rock urbano". ¿Qué diablos es eso? ¿Puede el rock no ser urbano? ¿No es, de hecho, el folclore de las ciudades? Con esa lerda redundancia se agrupaba a los cultivadores de un estilo postpunk inventado en buena medida por Rosendo Mercado en Leño y caracterizado por su crudeza, su guitarreo desaliñado, su absoluta falta de academicismo o corrección y su marcado sesgo social (y, a veces, político) en las letras. Es decir: para oídos sensibles, basura sonora. Para los analfabetos funcionales como yo, una maravilla. Un disco de Barricada lo definía bien: Pasión por el ruido.
El desafortunado adjetivo "urbano" se refiere más bien a su carácter "de barrio" y obrero. Es música de futbolín, de jarra de cerveza y porro vespertino. Extremoduro -que vuelve ahora con un disco- se subió al carro en los 90 y, desde mi punto de vista, transformó completamente sus esquemas (insisto, los melómanos me van a tomar por un irritante loco inculto, pero les recomiendo que no sigan leyendo si no quieren hacer mala sangre con mis teorías peregrinas). Y lo hizo, efectivamente, desde la rural dehesa extremeña. Paradoja: rock urbano hecho por rurales.
Últimamente me he convencido de que el rock urbano es en realidad un rock genuinamente rural. De hecho, gusta mucho en los pueblos. ¿Y por qué? Porque es un rock compuesto (¿compuesto?) en las ciudades, sí, pero por hijos recientes del éxodo del campo. Es la banda sonora de una juventud que todavía tiene lazos muy fuertes con sus pueblos y que crece en unas casas donde el pasado campesino está mitificado porque es el único anclaje identitario y reconfortante posible en una ciudad hostil y bronca. El rock urbano es la música de los hijos de los primeros obreros, y su brutalidad y su espíritu primario remiten a la era. Mirad esta estrofa de Este Madrid, himno de Leño:
Lo que falta es un buen bidón
de aire puro y natural
y de cerveza,
de cocido y de salchichón.
Leña seca y carbón,
una menda y un colchón.
Es un grito inadaptado, antimovida madrileña, de chavales de barrio perdidos en la urbe que sólo abandonan su anonimato cuando vuelven al pueblo en verano. À la recherche du temps perdu, pero sin nostalgias.
Por eso, la sensibilidad hiperrural de Extremoduro tenía que encajar bien en esos esquemas, aunque su irrupción fuera muy tardía en el movimiento. De ahí viene (aunque no del todo) su capacidad para convertirse en la música de parte de una generación, la parte más antirretórica y la menos deslumbrada por los faroles minimalistas del pop.
Yo descubrí muy tarde a Roberto Iniesta y a Extremoduro, y no entiendo su alianza con unos tipos tan ramplones y anodinos como Platero y Tú. Como buen chaval de barrio izquierdoso (aunque sin un pasado rural), crecí entre los rugidos del Drogas y los ripios de Rosendo, pero el rollo de Extremoduro no me iba, no conectaba conmigo. Hasta que, algo más mayorcito, tropecé con Agila y con Deltoya y me dio un subidón. La energía desgarrada y brutísima de Roberto Iniesta, su talento cazurro, sin pulir, más salvaje que el más salvaje Camarón, me llegaron muy dentro. No me importa confesarlo. Entiendo perfectamente al protagonista de La flaqueza del bolchevique cuando hace que su rabia fluya a través de las canciones de Extremoduro en la radio del coche, y creo que Jesucristo García hace todavía más grande la película Barrio.
Tuvo momentos grandiosos el enorme Robe. Momentos llenos de semen, mechones enredados, jeringuillas tiradas en una baldosa, pelotillas de mierda de cabra y cerveza rancia formando charcos en el suelo. Si hay algún melómano o un tipo sensato que esté todavía leyendo a estas alturas del texto, que no se moleste en entender lo que intento decir. Esto es una cosa de tripas. De tripas retorcidas. De isleros, de shirleros y de ladrones. De gente que berrea estrofas como estas:
Afuera de mi casa tengo flores,
sembradas en el campo
como a ellas les gusta estar.
Enciendo muy temprano los motores,
me pongo muy contento
si la voy a visitar.
Lo dicho, rock urbano para rurales. O al revés.
RITOS PAGANOS
Columna publicada hoy en el suplemento MVT de Heraldo.
Tengo un amigo que no soporta los discos en directo, pero que se pasa la vida yendo a conciertos. Bien, a mí no me gusta comer naranjas y el zumo me lo bebo por litros. Aunque sospecho que lo de mi amigo responde a un proceso mental completamente opuesto al mío: yo suprimo sensaciones y me quedo con lo mínimo, y él hace lo contrario. No es solo que prefiera comer la naranja a beberse el zumo, es que le pierde tocarla, pelarla, llenarse las manos de su jugo, olerla y sentir la explosión de jugo y pulpa en su boca.
A mí me gustan los discos en directo, pero me gustan precisamente porque son muy falsos, porque están más retocados que Sara Montiel, porque tienen un simpático aroma de prostituta ajada y triste de burdel antiguo. Y me gustan también por su ingenuidad: pretender transmitir en una grabación la sutil, compleja y pagana experiencia de un concierto tiene algo de alquimista. O de feriante que vende filtros de amor.
La crisis discográfica nos está trayendo más conciertos. No como los de antes, ya apenas quedan supergrupos de estadio. El público tampoco ha crecido mucho, pero los espectáculos pequeños, más o menos íntimos, donde el sudor y el calor se concentran hasta casi asfixiar a todos, están en auge. Si los músicos quieren ganar dinero y no venden discos, no les queda más remedio que tocar. Y tocar mucho.
Un concierto es, por encima de todo, una celebración en la que se permite el desmadre. Un pequeño carnaval. Pero también es una ceremonia muy reglada con una liturgia que hay que respetar escrupulosamente. Para saltársela hay que tener mucho talento o mucho morro. O las dos cosas. El público no encaja bien que el oficiante se pase por el forro las partes y el tono del ritual pagano. A saber: un poco de retraso, un poco de tensión entre la cercanía y la distancia al público (los que pelotean demasiado a la concurrencia, cansan, y los que la ignoran, caen mal), algún discursito arengatorio bien medido, algo de participación ciudadana -¿palmas, coros, subidas al escenario? Las posibilidades son infinitas-, unos bises como dios manda y un "hasta siempre" para despedir. La música, en realidad, viene a ser lo de menos.
AMOEBA

Habla el sabio Diego A. Manrique en su columna de los lunes en El País de las tiendas de discos, y concretamente dice esto:
Para muchos, entre los que me cuento, hay pocos recintos más sagrados que los tres establecimientos de Amoeba en California, hangares donde caben todas las músicas: aparte del stock profundo, cumplen las reglas de los precios moderados y los empleados eruditos; ellos editan incluso un fanzine donde comparten sus hallazgos. Como debe de ser.
Sagrado, no sé, pero hermoso, sin duda. Casi una maleta de vinilos llené (y gastándome relativamente pocos dólares) en el Amoeba de San Francisco, que está junto al Golden Gate Park. Uno de los momentos más dulces del viaje a California que hicimos el verano pasado. Pasamos por las tres tiendas de Amoeba: la de San Francisco, la de Berkeley y la de Los Ángeles, que está en Sunset Boulevard. Tres monumentos a los aficionados al vinilo y al rock.
Son lo más parecido a la idea platónica de una tienda de discos. Todas las demás no son más que sombras de la caverna.
Alguna vez he hablado aquí de tiendas de discos, ese mundo en extinción. Lo que no sé si he confesado alguna vez es la punzadita de dolor que me aguijonea la cara interna del esternón cada vez que paso por la Gran Vía de Madrid y noto la ausencia de Madrid Rock (puede que casi la mitad de mi discoteca haya salido de esa tienda). Ahora hay un Bershka lleno de adolescentes. Ya no queda dignidad en la Gran Vía. Snif.
La foto que cuelgo es de Rasputín, la tienda de discos vecina (pared con pared) de Amoeba en Berkeley. De Amoeba no consigo localizar ninguna imagen entre las mil y pico que tengo del viaje. Como suele pasar con los sitios que te gustan y con las ex novias, nunca encuentras fotos suyas cuando las buscas.
En Zaragoza hay un bar que nos tira bastante (aunque cierra muy pronto) que ocupa el lugar de una histórica tienda de discos. En realidad, sólo ocupa la mitad del local original (la otra mitad sigue vendiendo discos, pero ahora es un Daily Price), pero conserva su nombre: Linacero. Con muy buen gusto y criterio, todo en el bar es un homenaje al vinilo y a la memoria de aquel establecimiento, que alimentó a varias generaciones de discómanos. Las mesas son discos y las paredes están cubiertas con carteles de conciertos que cuentan la historia musical de Zaragoza desde los años 80 hasta hoy. Y, por supuesto, no faltan los imprescindibles souvenirs, más o menos simpáticos o más o menos cutres. Los más destacados: una vieja guitarra de Labordeta y un traje de concierto de Bunbury (un habitual del antro, o al menos lo era). Pero nosotros vamos, para qué engañarnos, por el jamón y la torta del Casar que sirven para cenar y por las copas heladas gigantes de cerveza que ponen en verano.
El espíritu del vinilo sigue vivo.
THE SONG REMAINS THE SAME?

¡Vuelven Led Zeppelin (sin Bonzo, claro)! Ayer se hicieron públicos al fin todos los detalles: un único concierto en Londres con aforo para 20.000 personas, el próximo 26 de noviembre. Lógicamente, iba a haber algo más que sopapos para hacerse con una entrada, pero yo soy un muchachote grandote y no me importaba repartir algo de leña a unos cuantos ingleses blandurrios para conseguir una. Pero no va a ser tan fácil. A los Led Zeppelin les ha dado por ser justos con sus fans, y quieren dar a todo el mundo las mismas oportunidades de conseguir una entrada, así que han ideado un sistema de reservas por sorteo: te tienes que inscribir en una página web y el 1 de octubre te dirán si tu solicitud ha sido agraciada con una de las 20.000 entradas o no. Ayer me pasé toda la tarde intentando entrar en la dichosa página, que estaba colapsada por millones de visitantes. Mi única esperanza es que, al igual que yo, ninguno más pudiera entrar a inscribirse. Al final, de madrugada, conseguí entrar y dejar mis datos. Ya estoy en el sorteo, y si tengo la inmensa suerte (seguro que a estas alturas ya hay más de un millón de solicitantes, no me cabe duda) de que me caiga en gracia una entrada, previo apoquinamiento de las 125 libracas que cuesta, que no son dos duros precisamente, volaré a Londres (bendito Ryanair) a disfrutar cual enano adicto a las setas de colores. ¿Lo conseguiré? La respuesta, el próximo 1 de octubre. De hecho, hasta ese día no pienso postear nada sobre mi pasión ledzeppelinera, para no hacerme muchas ilusiones y luego llevarme un chasco.
APATRULLANDO EL CIELO

De nuevo, el Fary. Aquí os dejo la columna que publiqué el viernes en el suplemento MVT. Es la última columna Del revés de la temporada, porque el suplemento cierra por vacaciones.
Por la tonadillera lloró todo un país. Por el artista solo se han atrevido a llorar los frikis, siempre dispuestos a formar corrillo de plañideros. ¿No cantaba Miguel Bosé aquello de que los taxistas no lloran? A la tonadillera se la vio morir en directo, con las cámaras sitiando su casa. El artista se ha muerto de refilón y pillando con el paso cambiado a los buitres tomateros.
Me dan pena los maestros de la farándula que se van sin que ningún compositor con aires de grandeza les haya rescatado para la postmodernidad. Ellos, que tan bien abastecieron los expositores de las gasolineras, que tanta alegría dieron a los abonados al madrugón y al café con leche requemado. ¿No se merecía el Fary algo más digno que haber sido cantante oficial de la “Monster’s Parade” de Santiago Segura? ¿Es que ningún rockero perdido en los márgenes de la copla quería hacer un disco de duetos con él y dar una segunda vida a ese torito?
Si Bunbury se abrazó a Raphael, Charly García a Mercedes Sosa y Sabina a Chavela Vargas, ¿qué le costaba a Manu Chao –por decir algo- haberse llevado de gira al Fary? También me lo puedo imaginar compartiendo escenario con los hermanos Auserón, dándole un aire bluesero a ese desgarrador “te vas a casar con otro, con otro que no soy yo”.
Hay una línea delgada que separa lo kitsch de lo sublime, y ya sabemos quién dibuja los contornos de esa línea y quién decide qué cosas se quedan a uno y a otro lado. Todo es cuestión del oído con el que se escucha. Si algún coco privilegiado hubiera decidido que el Fary podía cruzar esa línea, no solo le hubiéramos visto renacer en un concierto exclusivo en el Liceo de Barcelona a 100 euros la entrada, sino que las necrológicas de esta semana no destacarían tanto su bonhomía y su contagioso vitalismo. Eso sería lo de menos. Se hablaría de su talla como letrista y como captador de esencias vibrantes de los arcanos populares. Sería como un puente entre el dolor de barrio y el dolor del artista maldito.
Pero nadie lo hizo. El Fary nació en los expositores de las gasolineras y allí parece que se va a quedar. Al menos, hasta que un crítico musical edite un recopilatorio de coplas del siglo XX con un libreto lleno de erudiciones.
UN MERCADO POR EXPLOTAR

Si el low-cost le hace papilla, hágase pijo. Es una máxima que ni las discográficas, ni las productoras de cine, ni los periódicos -los tres, con los márgenes de beneficios especialmente amenazados por lo que se cuece en internet, aunque nadie lo diría viendo lo que recauda la SGAE- acaban de asumir. Salvo ejemplos aislados, claro. Desde el siglo XIX hasta ahora, eso que los pensadores de la Escuela de Francfort llamaron "industria cultural" se ha empeñado en vender barato para producir mucha cantidad y ganar muchos millones. De ahí los periódicos vendidos por debajo de su precio de coste (con un euro no llega ni para pagar el papel) y de ahí las radiofórmulas machaconas. Pero internet está obligando a redefinir un poco las cosas. Quizá, en determinados aspectos, sea hora de producir menos y de vender más caro, porque está visto que los productos de la vieja industria cultural ya se pueden conseguir gratis por internet. Si hay que pagar, habrá que ofrecer algo más, habrá que ser más pijo.
Hablando de música, creo que hay un mercado por explotar -en el que me incluyo- y que la vuelta del vinilo está intentando camelarse. Somos ese grupito al que el iPod ha sorprendido con una colección de discos ya asentada y vivida. Nos hemos adaptado al e-mule y al mp3 velozmente, y nos maravillamos, claro. Nunca antes habíamos disfrutado de tanta música con tanta calidad y por la jeta. Pero, querámoslo o no, pertenecemos a la cultura del disco. Descubrimos el rock colocando una aguja sobre vinilos heredados y enseñamos a nuestros padres a usar los primeros lectores de CD. Todavía nos gastábamos la paga en nuestras tiendas favoritas y fardábamos un montón si conseguíamos el álbum que todos los colegas querían -y que conseguían grabado (no copiado) en una cinta, claro-. Como muchos otros, yo también fui corriendo a Madrid Rock (dios, ¿cuántas tardes de sábado habré perdido en sus cajones?) cuando cobré mi primer sueldo, creyendo que podía llevarme la tienda entera. Ya fuera en vinilos o en CD, nos gustaban las portadas, descubrir las letras y husmear las fotos. Tocar la caja mientras escuchábamos las canciones, aprender a distinguir desde lejos los discos por el lomo... En fin, todos esos pequeños placeres del friki.
Somos una generación puente. No nos hemos educado como melómanos, sino como discómanos, y estamos dispuestos a seguir gastándonos los cuartos en esas joyas si nos ofrecen algo más de lo que da el mp3. No hace falta que lleguen a los niveles de barroquismo de la Velvet Underground (esa piel de plátano que se despegaba de la portada), de Led Zeppelin (esa fachada de Nueva York que puede tener las ventanas cerradas o abiertas, o ese enigmático cuadro sin título que sólo cobra significado cuando se despliega) o de Alice Cooper (en ese álbum que, al desplegarse, se convertía en un pequeño pupitre). No es necesario convertirlo en un circo, pero sí que deberían premiar nuestra reincidencia discográfica con textos, guiños y gracietas.
Las reediciones llevan haciéndolo hace tiempo, y cada día, mejor. Hoy, sin ir más lejos, me he agenciado el primer disco de Leonard Cohen, recién reeditado por su 40 aniversario, y he vuelto a sentir la antigua emoción del descubrimiento al abrir su libreto, con sus textos escritos para la ocasión, llenos de la intrahistoria de los versos, y con los mil guiños que contiene el diseño. Por supuesto que lo voy a volcar en el mp3 y que apenas escucharé el disco como tal, pero lo voy a guardar como merece, y de vez en cuando lo abriré y lo disfrutaré. Lo dicho: somos un mercado sin explotar. Deberían mimarnos, antes de que el CD desaparezca del todo.
ESE TORITO

Según Telecinco, El Fary ha muerto. ¡Viva El Fary!
Los taxistas de toda españa desfilan lentos con crespones negros y suben las tarifas en su honor.
¿Qué vamos a hacer en este blog, donde se sintió como en su casa en sus agonizantes últimos meses? ¿Encontrará un resquicio en el más allá para subirse a un taxi celestial y escribir unas fantasmagóricas líneas en los comentarios?
¿Quién le va a poner letra ahora al himno español?
DINAMARCA, EL ESTADO ROCKERO
Reportaje publicado hoy domingo 17 de julio en Heraldo. Esta versión es un pelín más extensa que la que aparece en el periódico. Réditos de mi reciente viaje a tierras norteñas.
“¿De verdad me está diciendo que el Gobierno español no tiene una agencia para apoyar y promocionar el rock nacional? ¿Cómo es posible, en un país tan grande? Si el Gobierno no se involucra con la cultura del rock, ¿cómo va a hacerlo la industria?”. Gunnard K. Madsen comete el error de creer que lo normal de su país también lo es en el resto de Europa. Con sus zapatillas deportivas, su informal camiseta negra y una cerveza en vaso de plástico que bebe entre carcajadas, Madsen parece cualquier cosa menos lo que es: el director general del Consejo Danés del Rock (ROSA, según sus siglas en danés), un organismo estatal autónomo que podría considerarse el equivalente a una Real Academia de la música rock.
Madsen se pasea orgulloso por la explanada donde se ha instalado el Spot Festival, organizado por ROSA en el centro de la recoleta ciudad de Aarhus (250.000 habitantes, la segunda de este pequeño país poblado por apenas cinco millones de personas). Tiene motivos para sentir orgullo: la cita, que el fin de semana del 2 de junio celebró su décimotercera edición, es el escaparate donde se exhibe lo más novedoso e interesante del rico y multiforme panorama musical danés. Y no sólo atrae la atención del público local, sino la de promotores, empresarios discográficos y periodistas musicales de media Europa. Pilotándolo todo se encuentra Gunnard K. Madsen, que levanta la cerveza y mueve enérgicamente la cabeza como un adolescente heavy en uno de los conciertos de “trash metal” programados, confundido entre el público.
Pero conviene no dejarse engañar. Puede que los directivos de ROSA, a diferencia de los de cualquier organismo europeo análogo, no lleven corbata ni sean aficionados a los discursos de atril ante ministros medio adormilados, pero su trabajo es serio, y los daneses les toman muy en serio también. Su misión: fomentar, preservar y dar a conocer en todo el mundo la música pop hecha en Dinamarca en cualquiera de sus estilos
“Las exportaciones de discos de grupos daneses han crecido por encima de un 20% en los últimos diez años –apunta Madsen-. Los artistas de Dinamarca se conocen, se escuchan y se valoran cada vez más en Reino Unido y en Estados Unidos, que son los dos mercados musicales más importantes del mundo, y hemos introducido a los grupos daneses en los circuitos escénicos de Europa y América”.
El pasado mes de febrero, la influyente revista londinense “New Musical Express” dedicó un amplio reportaje a glosar la altísima calidad de los músicos daneses, que achacaba en buena medida al apoyo que reciben por parte del Gobierno. Y, aunque las subvenciones a la producción discográfica, las becas para la formación de músicos y los beneficios fiscales para los promotores de conciertos son medidas importantes, las ambiciones danesas van mucho más allá.
“El dinero por sí solo no arregla nada –explica el veterano periodista musical, y actual gestor de ROSA, Henrik Friis-. Por eso, centramos nuestros esfuerzos en crear redes que ayuden a crecer a los músicos. Ejercemos de intermediarios entre los artistas, los promotores, las discográficas y la prensa. Los ‘cazatalentos’ saben que pueden dirigirse a nosotros para descubrir a una nueva banda, y los artistas trabajan por ser incluidos en nuestras bases de datos. El Spot Festival es un punto de encuentro para todo el negocio de la música, como un mercado”.
ESTOS ESPAÑOLES ESTÁN LOCOS
Hoy sí que ha amanecido un día nórdico: con bien de nubes y algo de fresco. Una invitación a dejar de pasear por las calles de Arhus y ver un buen montón de conciertos. Estoy en un festival, el Spot Festival, muy informal, recoleto y agradable. Arhus es una ciudad de unos 250.000 habitantes, la segunda población de este pequeño país, al norte de la península de Jutlandia. Calles peatonales, muchas bicicletas y casas de ladrillo rojo oscuro con tejados puntiagudos. El festival español más parecido a este sería el Azkena, en el sentido de que es un festival urbano, sin aglomeraciones en explanadas insalubres a las afueras de la ciudad. Muchos locales pequeños en lugar de uno grande, por respeto al público, dicen, que no se merece ser tratado como ganado. Bravo.
El Spot es tremendamente ecléctico y trata de dar cobertura a los nuevos talentos nórdicos y darles a conocer fuera de Escandinavia (de ahí que estemos acreditados, además de otro español, periodistas canadienses, norteamericanos, franceses, alemanes y británicos. Se trata de allanarles el terreno en su expansión internacional). Mucha variedad, mucha gente joven y mucho nivel. La verdad es que este país respira música. Parece mentira que Dinamarca, con sólo cinco millones de habitantes, sea tan dinámico musicalmente. De los doce conciertos que llevo vistos, a ninguno se le puede reprochar baja calidad. Podrá no convencerte su propuesta o pensar que les falta algo de madurez en la puesta en escena, pero aquí no hay incompetentes ni advenedizos: todos tienen una enorme cultura musical y actúan frente a un público exigente, al que resulta difícil arrancar un aplauso cálido. La verdad es que da mucha envidia.
Aunque ya escribiré por extenso un reportaje en Zona de Obras o en Heraldo -no lo voy a quemar ahora, lógicamente-, de lo que llevo visto me quedo con tres chicas locas que se hacen llamar Marybel Katastrophy. Ni siquiera tienen disco, porque su grupo surgió el año pasado de un concierto-broma que tuvo tanto éxito que se plantearon ponerse en serio con el proyecto. Son como una Björk optimista y pizpireta (sé que es difícil asimilar el símil, pero juro que no encuentro mejor forma de describirlas): una armazón vocal poderosa e impecable sostenida por cachivaches electrónicos y guitarras que le dan una contundencia que ya la quisieran para sí muchos grupos heavies.
Un apunte anecdótico: la gente de por aquí se empeña en que no parezco español. Ayer, ya un poco cabreado, les pregunté que qué significa "parecer español". "Do you mean that I don't look like a gipsy?", les solté a las claras, y no dudaron en responderme que sí, que dónde estaban mis castañuelas y mi camisa hortera. De ahí pasamos a una conversación sobre cómo ve el resto del mundo a los españoles, y resulta que, al menos por estos pagos nórdicos, no nos tienen mucha estima. "El único grupo español que ha tocado en el Spot, cuyo nombre no recuerdo, ha sido el único que ha llegado tarde a su propio concierto, que no ensayaba y que sonaba fatal", me dice Marti, mi anfitrión. Fallos imperdonables en el país de la profesionalidad impoluto. Mi amigo anglo-chino, que organiza actos en Pekín, corroboró esa impresión: "En un concierto cuya entrada cuesta 3 euros, pagan todos, menos el español, que siempre me grita indignado diciendo que él trabaja para un periódico español muy importante y que debería estar en la lista de invitados". Sólo pude responder: "Bueno...es que 3 euros, para los salarios de los periodistas españoles, es mucho dinero".
En fin, que a punto estuvo de salirme la vena patriótica y contar a mi amigo anglo-chino lo elegantes y cucos que resultan los ingleses cuando se emborrachan en la Costa del Sol, por ejemplo, por aquello de que en todas partes cuecen habas, pero me limité a encogerme de hombros y les invité a una cerveza, para dejar un poco menos maltrecho el honor de la patria. Que no digan que me tomé las cervezas de gorra, como todos los españoles.
TOMELLOSO 1 - SGAE O

A veces, la Justicia es justa. A veces, alguien con la energía y el tesón que nos faltan a la mayoría logra poner las cosas en su sitio. Aunque sólo sea por un momento y en un ámbito tan pequeñito que sólo puede interpretarse en clave de supervivencia de la dignidad humana.
¿Cómo llamaríais a una organización que fiscaliza a pequeños comerciantes, que mantiene una estrecha connivencia con el poder y que exige a esos comerciantes pagos regulares si no quieren enfrentarse a las consecuencias? Si habéis visto El Padrino, está claro el nombre que tiene eso. Pero aquí, en España, la organización que hace esas cosas no sólo es legal, sino que sus extorsiones al ciudadano (llamadas "canon" y no sé cuántas cosas más) son alentadas y jaleadas desde el Ministerio de Cultura. Pues bien, según cuenta El País, esta organización no siempre se sale con la suya. De vez en cuando, como en las historias de la Mafia, un comerciante se niega a bajar la cerviz y consigue que el capo recule. El dueño de un bar de Tomelloso, Ricardo Alameda, acaba de ganarle un juicio a la todopoderosa SGAE. El juez dice que Ricardo no tiene por qué pagarle un duro a la SGAE y que dejen ya de tocarle las narices. El argumento de Ricardo y del juez es contundente: los discos que pincha Ricardo en su bar son de artistas extranjeros y de circulación minoritaria cuyos derechos de autor no están gestionados por la SGAE. Por tanto, los 120 euros mensuales que la SGAE le reclamaba no iban a ir al bolsillo de esos músicos. ¡Bravo, Ricardo! Espero que otros sigan su ejemplo y le den un corte de mangas al cobrador del frac de turno que la organización les envíe.
Por supuesto, la organización dirigida por el "Don" Teddy Bautista ha dicho que las cosas no van a quedar ahí, y va a presentar un recurso. En él argumentan, textualmente: "Si existe un aparato reproductor de música o televisión en el establecimiento y se prueba que se utiliza estando abierto al público éste, se devengan derechos de autor". Y añaden: "El repertorio de obras gestionadas por la SGAE es irrelevante" (!). Según esta peculiar jurisprudencia, si la posesión del aparato implica pagar derechos de autor, el hecho de que yo compre unos cuchillos debería implicar que pasara unos años en la cárcel preventivamente, porque, aunque yo diga que los quiero para cocinar, siempre me puede dar por usarlos para cargarme al vecino, y ante eso, más vale prevenir y pagar mi deuda penitenciaria por adelantado.
Espero que en 2008 cambie el Ministerio de Cultura y el Gobierno se replantee esta enfermiza relación que tiene con la SGAE, porque algunos ciudadanos estamos francamente hartos de su prepotencia y chulería.
PS: Ahora, también espero pacientemente recibir la carta-tipo de sus servicios jurídicos con la que amedrentan a casi todos los blogueros que osan meterse con ellos.
LA GRAN DAYNA KURTZ

Estuvo el mes pasado en Zaragoza, en uno de los mejores conciertos del año en La Casa del Loco, pero yo no había encontrado tiempo para escribir ni de ella ni de aquella noche. Hoy, en esta sobremesa de sábado pegajoso, escucho sus discos y me dejo arrastrar por su voz, por esa voz grave, llena de oquedades profundas, que camina sin prisa por los medios tiempos de un territorio que a veces es jazz, a veces, blues, y a veces, rock furioso y adrenalítico. Es Dayna Kurtz, y si te perdiste su concierto en Zaragoza (cosa probable, porque cabe muy poquita gente en ese local), hiciste muy mal.
Conocida al principio por ser amiga de Norah Jones, Dayna Kurtz ha demostrado lo que es capaz de hacer una artista cuando el éxito y la opinión de los demás le resultan superfluas. Escucho su último disco, Another Black Feather, un canto a Nueva Orleans, y me siento como si me acabaran de hacer una transfusión de sangre. Lo de Kurtz no es una carrera musical, es un paseo. Ella llega con su guitarra y explora formas populares centenarias, puliéndolas con intensa poesía urbana, pero no se preocupa de la pose, ni de qué pierna cruzará o qué perfil dará a cámara. Es una neoyorquina hastiada de Nueva York, que para componer canciones necesita aislarse hasta de su marido en una casa perdida del desierto de Arizona.
Se dio a conocer en Europa en 2003 con Postcards From Downtown, un disco muy neoyorquino que arranca con una evocación de Fred Astaire con aromas vintage. Desde entonces, vende más en este lado del charco que en el suyo, aunque en ninguno de los dos sitios llega a superventas ni es capaz de llenar garitos de mucho más allá de 500 personas. En directo, necesita intimidad y sosiego, porque sólo lleva su guitarra y su voz como armas. En disco, se arropa de más parafernalia, aunque cada vez prescinde más de ella, consciente de que un exceso de arreglos ahogan la emoción primigenia de sus canciones.
Dayna también sufre esa contradicción de cualquier ciudadano americano sensible: ama la cultura de su país, especialmente la lírica popular y la literatura. Y aman todo aquello que la ha hecho posible, pero no soportan la idea de que esa cultura dé soporte a supervillanos de cómic. Pertenece a esa sosegada clase media que vivía despolitizada, vagamente encuadrada en la etiqueta de "liberals", hasta la llegada de Bush. Por eso, en su último disco, incluye un tema furioso que resume el sentir de parte de su generación hacia su gobierno, el 11-S, las religiones y la guerra de Irak. La transcribo:
IT'S THE DAY OF ATONEMENT, 2001
It's the day of atonement, 2001
and I'm sorry for anything I might have done.
I'm sorry for everything we've left to do.
I'm sorry we're still so confused.
Well, I never had faith - So, we'll never be safe,
we never were safe anyway.
It's just that the veil was ripped from our face
on such a beautiful day.
Mohammed is pacing
when he isn't kneeling.
Jesus can't talk,
he's too busy weeping.
Yahweh's a mother
who sighs at the ceiling.
If only they know how good it could've been
It's the day of atonement 2004.
Would Jesus be happy we evened the score
you hypocrities, bullies who profit from war
may your gods all spit on your graves.
I say all of you, gods,
tell your squabbling children
whatever the color or call,
they can all go to hell
(if there is such a thing)
Go to hell!
Have it out!
Have a ball!
LA SERPENTA CANTÓ

Imaginaos que un melómano desquiciado con conocimientos avanzados de anatomía y bioquímica coge una pala y desentierra los cadáveres de Edith Piaf, Ella Fitzgerald, Maria Callas y Janis Joplin. Ya en su castillo, el melómano en cuestión une los trozos para crear una Frankenstein todopoderosa con un corazón que no late. El resultado sería un zombi muy parecido a Diamanda Galás.
Lo que anoche pudimos ver en Zaragoza, en el periférico y desangelado Auditorio Eduardo del Pueyo, fue prodigioso. Diamanda Galás ofreció hora y media de recital con temas de su próximo disco, Guilty, Guilty, Guilty. Brutal. Tenía muchas ganas de ver a este fenómeno vocal en acción y a lo grande, dado que en casa sólo puedo escucharla con cascos, para que sus altísimos agudos no molesten a los vecinos (ni a Cristina, que le desquicia) ni rompan ningún cristal.
Creo que parte de la culpa de que el auditorio se llenara ayer la tuvo mi querido y admirado compi Pablo Ferrer, que escribió en su crónica previa de Heraldo que Diamanda es una cantante melódica. Un señuelo jugoso para un día festivo que atrajo a unos cuantos matrimonios ociosos y entrados en años que no sabían a lo que iban. Efectivamente, varios de ellos abandonaron la sala con cara de espanto a mitad de concierto. Diamanda puede ser demasiado para unos oídos conservadores. Peor para ellos, pues ocasiones como la de anoche no se prodigan mucho en esta ciudad. Y menos mal que el público que sí sabía a lo que iba -mayoritario- ovacionó a la gélida y siniestra estadounidense como yo creo que mereció.
Un piano, cuatro botellas de agua mineral de litro y medio y ella. Retorciendo su voz por todas las escalas y tonos imaginables, enroscándose como una gárgola flexible por los versos de 15 o 20 poetas en varios idiomas que al final se fundían en uno solo, el Diamandesco, de palabras incomprensibles, forzadas y sangrantes que sólo tenían sentido para quien sabe dejarse emocionar por lo abstracto.
Se atrevió con todo y se lanzó en picado sobre versos de Pier Paolo Pasolini, de Jacques Brel y hasta de César Vallejo. Al final del concierto interpretó su versión del poema Si la muerte, del salvadoreño Miguel Huezo. Y aquí, la imperturbable Serpenta hizo una pausa para explicar en su castellano mexicanizado que cuando ella puso música a ese texto, creía que Miguel Huezo estaba muerto, hasta que un día recibió un e-mail "en el que decía cosas muy duras sobre mi trabajo. Han pasado tres años, y ahora creo que nos llevamos un poquito menos mal, pero para mí es más fácil trabajar con poetas muertos". Los muertos no se quejan. Puedes diseccionarlos, comértelos, quemarlos o envolverlos en notas imposibles de cantar para la mayoría de las voces del planeta, como hace ella.
He leído a algún crítico que Diamanda inquietaría al propio Darth Vader, cuya respiración sonaría a una nana al lado de su voz. Y un poco de razón tiene. Sólo alguien realmente poseído por el lado oscuro de la música puede desasosegar tanto con tan poco artificio.
Foto: este raro disco es uno de los dos que Diamanda grabó en los 90 con el que fuera teclista de Led Zeppelin, John Paul Jones, uno de los músicos de la escena más o menos convencional que más enganchados están a la voz de esta californiana de origen griego. Fue mi primer contacto con Diamanda, cuando todavía sus discos eran inencontrables en España. Más tarde escuché sus trabajos de los 80, como Masque Of The Red Death o The Divine Punishment o Plague Mass. Pero son sus tres últimos discos los que me hipnotizan de verdad: La Serpenta Canta, Malediction And Prayer y Defixiones, Will And Testament. Espero ansioso que se edite ya Guilty, Guilty, Guilty, y pondré un par de velas negras e invocaré a Satán para que vuelva pronto a Zaragoza. Y eso que mi pasión por la música de Diamanda no sólo no es compartida con mi pareja, sino que es fuente de conflictos. Creo que ella piensa que un tipo al que le gustan esas cosas tan raras no puede ser trigo limpio, pero qué le vamos a hacer.
ORDEN EN LA SALA

Ordenar discos y libros da siempre mucha pereza. Las nuevas compras, los regalos, el cargamento de novedades editoriales que periódicamente me pasa Antón Castro para reseñar en el Artes y Letras o porque cree que me pueden ser útiles, los caprichos... Ser ordenado no es un atributo que me adorne, y los libros y los discos se van amontonando en casa y en la redacción, formando pilas que se suman a otras: la pila de lecturas pendientes, la pila de libros que me sirven para el artículo que estoy escribiendo sobre qué me sé yo, la pila del no me caben en la mesa y los dejo en el suelo... Así, la casa se va llenando de montones de libros y de discos (esto, cada vez menos: el iPod es el culpable) en los que me manejo con soltura, pues el hacedor del desorden siempre se mueve bien en su caos. Pero todo tiene un límite, y en mi caso el límite suele venir cuando no encuentro el libro o el disco que me he empeñado en encontrar. Entonces, me arremango y me pongo a ordenar. Eso sucede una vez al año como mucho, y en 2007 ha sucedido hoy, Jueves Santo para los católicos; merecido día de laico asueto para mí.
He atacado a los discos (los CD, que los vinilos tienen su caja aparte) y, mientras me llenaba las manos de polvo, he redescubierto el placer friki de husmear y reencontrarme con mi discoteca. Lado malo: también he descubierto que ya no me quedan estantes. Me iría corriendo a comprar otro mueble para esos CD huérfanos que me miran con pena desde la mesa, pero ya he dicho que es Jueves Santo y esta ciudad está paralizada.
Sin sucumbir a una nostalgia estúpida, compruebo que los CD (que ordeno alfabéticamente por el nombre del intérprete) cuentan mi vida, pero la cuentan siguiendo un relato que sólo yo puedo entender. Una biblioteca o una discoteca dicen mucho de una persona, pero no cuentan su vida a los extraños: sólo ella tiene las claves para descodificar esa sucesión de títulos y traducirla a emociones, recuerdos, personas, aromas, ciudades, amores... La memoria se activa casi proustianamente, en torrente.
Hay dicografías completas de grupos que no escucho desde hace diez años. Hay catas punk, hay obsesiones californianas y obsesiones londinenses. Hay infumables obras maestras del experimentalismo que soy incapaz de oír, pero que me tragué con deleite de aprendiz. Hay discos que simplemente no sé cómo han llegado hasta mí, y otros que recuerdo demasiado bien, como ése que me regaló una novia que estaba a punto de dejar de serlo cuando me hizo el regalo, que le valió una angustiosa prórroga (no sé decir que no a los regalos). Hay discos que me prestaron y que nunca devolví, y discos fantasma que presté a alguien que nunca me los devolvió. Hay discos de los que directamente me avergüenzo, y que escucho siempre a solas, como si fuera un vicio inconfesable. Hay discos a los que pondría un altar y que regalaría a todo el mundo para que todo el mundo fuera tan feliz como lo soy yo al escucharlos. Hay algún disco firmado, con dedicatoria insustancial y apresurada. Hay discos rotos. Hay discos que hablan de amigos que se perdieron sin dejar estela, pero que parecen conservar su huella digital impresa en la carátula. Hay discos que hablan de chicas con las que nunca me acosté y de chicas con las que me acosté demasiadas veces. Hay discos que ponen banda sonora a una mudanza, a un adiós, a una metedura de pata dolorosa, a un verano con la ventanilla bajada y la cara reseca por el aire lleno de sal marina, a un invierno solitario en una ciudad fea con un trabajo que no gusta y a una noche inolvidable que apenas recuerdo y en la que me imagino que sonaron canciones que nunca sonaron. Y, sobre todo, en un lugar especial, hay discos que me descubrieron los amigos. Fernando Trueba dijo una vez que un amigo es alguien que te descubre una canción, un libro, una ciudad, y te las regala. Esos amigos se quedan siempre, por más años o kilómetros que haya de por medio: mientras se comparta una canción, un libro o una ciudad, el nexo no se rompe. La palanca que pone en marcha la complicidad sigue activa.
Los discos me recuerdan que he sido muchas personas distintas, y que quizá ahora soy la suma de todas. O la negación de todas. No podría deshacerme de ellos. El iPod es estupendo. El ordenador, también. Pero cuando buceo en los archivos de mp3 no siento nada. No hay carátulas arrugadas ni cajas que han servido de posavasos durante una borrachera épica o una Nochevieja tórrida. No hay sentimentalismos anteriores a la era digital. Sólo hay música. Y no está mal: los fetichistas coleccionistas como yo somos aborrecibles. Viles materialistas que reducen la vida a objetos y no disfrutan de la espiritualidad del bit.
En fin, voy a empezar a desordenar los CD, para poder ordenarlos otra vez el año que viene y disfrutar de otro día como el de hoy. Ahora, me voy a hacer la maleta, que mañana toca viaje. Es decir, mañana toca el futuro, que ya está bien de pasados.
Foto: Una de las rarezas más estrambóticas, misteriosas y horteras que he descubierto hoy. ¿Qué crisis maníaco-depresiva estaba atravesando yo cuando me dio por comprar este CD de Badana, unos heavies de Alicante? Quiero pensar que me lo regalaron cuando hacía radio, pero no recuerdo haber entrevistado ni tenido tratos con este grupo. Dios, qué fea es la portada. Y las canciones, no quiero ni comprobarlas.
SPANGLISH ES EL IDIOMA DE TONIGHT!

Grandísimo concierto el de anoche en La Casa del Loco de Zaragoza. Enorme y cachondísima fiesta con el Gospel Show de El Vez, el Elvis mexicano, un showman completo de los que ya no hay. "¡Happy Semana Santa! ¡Zaragoza is holy!", empezó el concierto de este hijo de mexicanos que ha hecho de su herencia familiar el pie forzado de su desparramado cabaret, lleno de versiones de clásicos del rock a los que cambia la letra y spanglishiza. "Spanglish es el idioma de tonight", advirtió.
El concierto de anoche era religioso (paródicamente, claro), porque estamos en Semana Santa. Tocaba gospel y a él le tocaba ejercer de telepredicador. Por allí desfilaron capirotes de cofrades, dioses aztecas, Jesucristos Superstars, diablos y varias vírgenes de Guadalupe. Todo con ritmo, con frenesí, sin parar. "Come on, preciosa, come on", le decía a la encantadora Elvette, corista y asistente de El Vez y, by the way, hermana del artífice de este circo.
El Vez empezó en Los Ángeles, en los años 80, como uno más de los estrambóticos imitadores de Elvis. Imaginó cómo habría sido la historia si Elvis hubiese nacido mexicano, y así, llamó a su casa Graciasland. Pero muy pronto se separó de la cohorte de imitadores de casino de Las Vegas, se arropó por músicos sólidos, buscó un lugar para Elvette en el escenario y armó un espectáculo basado en el destripe inmisericorde del repertorio rockero de los últimos 40 años en clave chicana. Así empezó la fiesta total del showman total, y así la pudimos ver anoche, en un concierto en el que El Vez se cambió unas 14 veces de ropa, pero siempre con el cuello levantado, como Elvis.
Desde hace unos años, El Vez vive en Seattle, y cuesta imaginárselo en una ciudad tan norteña y fría. Su sitio natural tiene que ser Los Ángeles. O, en su defecto, los bajos de un casino de Las Vegas. Pero, al parecer, Seattle es una ciudad menos violenta, sin bandas callejeras, y puede vivir más tranquilo. En fin, sea como fuere, voto porque El Vez venga todos los años por aquí, a cargarnos de buen rollo y de marcha chicana. ¡Ayayayayayay, compadre, we love tu spanglish!
MARCHA FÚNEBRE

Columna publicada el viernes 9 de febrero en el suplemento MVT de Heraldo.
Hay dos matracas que uno está condenado a escuchar a lo largo de su vida. Una, en las bodas y fiestas familiares, es la letanía constante de la abuela, con distintas variantes según se trate de un bautizo ("a ver si vivo lo bastante como para ver su comunión"), una comunión ("a ver si vivo lo bastante como para ver su boda") o una boda ("a ver si vivo lo bastante como para ver el bautizo de su hijo"). La segunda matraca, tan machacona como ésta, se lee y se escucha en la pluma y la boca de los más sagaces y reiterativos "coolhunters": "El rock ha muerto". A lo que siempre responde alguien: "¡Viva el rock!".
A mí, esta muerte me sonaba tan increíble como la que machaconamente profetiza la abuela en los saraos familiares. Y, así como la abuela, lejos de morirse, va enterrando a sus hermanos, hijos y sobrinos ("a ver si vivo lo bastante como para asistir al funeral de Fulanito"), el rock ya ha visto desfilar por el cementerio de las tendencias a algún que otro vástago. Aunque no hay que engañarse: llegará el día en que la abuela fenecerá, y los herederos descubrirán con horror que toda su herencia son deudas. También al rock le llegará un día su verdadero San Martín. Quizá, de hecho, le ha alcanzado ya el filo de la guadaña, porque la noticia que acabo de leer me suena a marcha fúnebre.
Las autoridades de Reino Unidos quieren convertir el rock en leitmotiv turístico, con rutas, guías, azafatas y touroperadores especializados. Lo han lanzado en la página web institucional "visitbritain.com", donde ofrecen viajes y excursiones a The Cavern de Liverpool o a los estudios de Abbey Road.
No descubren el Mediterráneo, claro. Yo soy uno de esos millones de flipados transeúntes que ha viajado a Londres y a Nueva York con el solo objetivo de retratarse en ese hotel donde Jimi holgaba, o en ese bar donde Bob emborronaba partituras, o en ese edificio que aparece en la portada de aquel disco. Es lógico que busquen sacar tajada financiera de nuestras peregrinaciones laicas, pero el hecho de que hayan decidido ponerse a ello indica que el rock ha muerto, ya que lo tratan con honores turísticos de finado ilustre.
Alégrense, "coolhunters": sus plegarias han sido escuchadas al fin.
UN FANTASMA VINTAGE

Llevo todo el día tarareando mentalmente un tango que canta Cristóbal Repetto y, ¡oh, casualidad!, buscando en el archivo de Heraldo documentación para un reportaje me he topado con esta columnita que publiqué en el suplemento MVT de Heraldo en noviembre de 2005 (joder, cómo pasa el tiempo sin que te enteres) y que titulé "Un fantasma vintage". Como hace poco colgué los disparates bolivianos del amigo Roberti y aquí no sólo aparece Repetto, sino Buenos Aires y aquel viaje estupendo lleno de tantas cosas geniales, la cuelgo aquí como emotivo souvenir. Quienes hayan escuchado los tangos de Repetto entenderán de que hablo. Pero también, como dijo el poeta Hamilton: "No sabrán de qué hablamos quienes no sientan dolorosamente esta versión de la historia".
Pocas, muy pocas cosas me sacan del letargo y del vaivén diario. Lo nuevo me sabe a viejo apenas empiezo a mascarlo y la tensión arterial se me desploma con tanto moderno y tanto descubridor del Mediterráneo. Pero, de vez en cuando, una pequeña chispa asoma entre lo amorfo y gris y me despierta. Entra por mis ojos y mis oídos, se mete por mi sistema circulatorio, se mezcla con mi densa sangre, se desliza por todas y cada una de mis vísceras y acaba pinchándome en ese rincón cercano al páncreas donde se esconde en mí esa cosa que algunos llaman alma.
Me pasó hace casi un año en Buenos Aires y lo provocó una voz que viene a Zaragoza este domingo y que -puerca miseria- no voy a poder escuchar. Me conformaré, por tanto, con evocar a Cristóbal Repetto.
Era noviembre, la primavera había sacado a los porteños a la calle y yo andaba como drogado -para diversión de mis amigos- por los rincones de los cuentos de Cortázar y de los delirios de Sábato. Hasta que, una noche, nos llevaron a un concierto de tango electrónico. El grupo se llamaba Bajofondo, y Gustavo Santolalla, gigante del pop y del rock latinoamericanos, era su artífice.
El concierto iba bien y la cerveza sabía fresca y ligera. Lo que se dice una buena velada. Hasta que el runrún de proyecciones y de samplers enmudeció y, en su lugar, apareció un fantasma de los años 20. Plantado ante el micro, con una guitarra y un bandoneón detrás, el espectro vintage se marcó sin despeinarse media docena de tangos viejos que parecían salir arañados de un gramófono.
Hasta el amigo que me acompañaba, poco dado a efusividades, se quedó en el sitio. “Es Gardel resucitado”, me gritó. Era más que eso. Era el amor por la música, la voz trabajada pero surgida de las tripas y, por encima de todo, la capacidad de hipnotizar y de tocar la fibra de los cínicos y pasotas de hoy con sentimientos de ayer.
Habré escuchado los tangos que canta Repetto miles de veces desde entonces y no me canso de ellos. “De tardecita”, “La que murió en París”... Los versos entran sin horma en su garganta. Sus cuerdas tensan la emoción de los viejos poemas sin ahogarla en lo cursi del bolero. Repetto canta el tango como un canalla despechado de facón, gomina y saco. Uno de esos lujos que escasean.
ESCÁNDALO

Le di un par de golpes a la televisión y miré el calendario. Sí, no hay duda, estamos en 2007 y la tele se ve en color. Entonces, ¿por qué el gesto y el comentario del locutor me suenan a carcunda revenida? Él, que acaba de dar sin cantearse media docena de noticias sobre multimillonarios que persiguen balones en los estadios y se comportan como los niñatos consentidos, ignorantes y soberbios que son, resulta que ahora se escandaliza severamente ante un músico que ha roto un par de guitarras en un escenario. "Un espectáculo denigrante", comenta muy serio el predicador, el mismo que un minuto antes le reía las gracias al futbolista que ha apartado de un manotazo a un chavalín que le pedía un simple autógrafo.
El buen hombre puede entender a los deportistas, pero lo de ese "drogadizo" se le escapa. ¿Y quién puede escandalizarle tanto a estas alturas de la película, cuando ya todos estamos inmunizados de espanto? Pues Charly García, el gran tótem del rock argentino, una leyenda latina. Un tipo que, él solito, ha escrito un capítulo importantísimo de la cultura popular de habla hispana, algo que no puede poner en su currículum ninguno de los otros personajes que han aparecido en ese mismo informativo. Sin embargo, para el presentador en cuestión, sólo es un vándalo, un gamberro, un pintamonas.
A Charly le gusta dar la nota y seguir la máxima valleinclanesca: "Que hablen de uno, aunque sea bien". Las imágenes muestran un reciente concierto en Buenos Aires donde la emprende a golpes con todo lo que encuentra, pero a nadie le escandalizan ya sus excesos de "rock star" (el más sonado, cuando saltó de un quinto piso a la piscina de un hotel), que forman parte del folclore bonaerense.
Supongo que si Charly se ha enterado del sofoco que llevaba encima el severo locutor español -y es probable, pues no le faltan amigos en España para que se lo cuenten-, se habrá sonreído satisfecho.
A mí, que queréis que os diga, me causa ternura comprobar que, en la era descreída del marketing y de las tendencias encorsetadas y previsibles, una estrella del rock todavía pueda lograr que un señor con corbata se acabe llevando las manos a la cabeza.
*** Esta columna fue publicada el viernes en el suplemento MVT, de Heraldo. Desde ahora, un servidor se alternará con Pablo Ferrer -una semana cada uno- en la columna de opinión del suplemento de ocio.
GÉLIDO VERMÚ Y JAVIER KRAHE

No suelo salir de casa los domingos por la mañana. A lo sumo, lo hago a primera hora de la tarde si me toca ir a trabajar. Entonces, a las cuatro, Zaragoza es una ciudad fantasmal y deprimente. Parece que una catástrofe ha hecho huir a la mayoría de los habitantes y, los pocos que quedan, se mueven deprisa y con la cabeza gacha, como avergonzados por seguir vivos. Pero por la mañana -quiero decir, al mediodía-, las cosas son distintas. Todas las calles están llenas, pese al frío, y el aire está contaminado por cierta vitalidad ritual provinciana muy agradable, que te invita a unirte al jolgorio. Así pues, nos dispusimos a hacer eso que sólo hacemos cuando estamos en Madrid o en cualquier ciudad que no sea Zaragoza: tomar un vermú con amigos.
Demasiado moderno todo, pienso al llegar al punto de encuentro, las simpares Bodegas Almau, una de las tascas más antiguas de la ciudad. Desde la última edición del festival En la Frontera -maravilla oxigenante que recuperó el actual ayuntamiento socialista-aragonesista en esta legislatura que ahora termina, y que espero que prosiga en la siguiente, gane quien gane las elecciones de mayo-, algunos solares abandonados de la parte histórica antaño conocida como el Tubo fueron "intervenidos" (odio el palabro) por varios artistas de aquí, de allá y de más allá, en una experiencia que muchos juzgaron naif, pero que pretendía denunciar la dejadez y el abandono del peculiar casco histórico de Zaragoza y, a la vez, demostrar que los ciudadanos pueden inventar alternativas y "ocupar" y vivir espacios sin necesidad de automarginarte ni de redescubrir por enésima vez el resobado espíritu punk. Los solares se convirtieron en terrazas durante la primavera y el verano, y a muchos nos encantó el asunto, pero sólo una de ellas, la de enfrente de Bodegas Almau, ha sobrevivido al crudo invierno gracias a una programación regular de actuaciones de grupos de rock locales que le ha garantizado la afluencia de público.
Sé que al norte de los Pirineos las terrazas callejeras gustan más que un lápiz a un tonto. Recuerdo un gélido abril en Edimburgo, donde paseábamos abrigados hasta las orejas entre audaces ciudadanos entusiasmados por los tibios rayos de sol de una primavera pálida. Todos los pubs tenían su terracita, y todos se bebían sus cervezas en la calle como si estuvieran a 30 grados. En otros sitios, como en Francia, las terrazas van equipadas con estufitas. Está claro que los europeos son fans de las terrazas, así caigan chuzos de punta. Pero, lo que en habitantes de países donde anochece a las tres de la tarde es enternecedor, en España resulta algo patético y forzado, ya que tenemos una amplia horquilla, de mayo a octubre, para disfrutar de las terrazas. Pese a ello, Bodegas Almau insiste en su pretensión de tener terrazas todo el año, y ha instalado unas pequeñas estufitas que sólo calientan la mitad superior del cuerpo, dejando tiesos -y no de excitación, precisamente- los genitales y todo lo que queda por debajo de ellos. Así que sí, muy moderno y muy audaz, pero a mí no me vuelven a engañar para otro vermú al aire libre hasta que el calendario así lo indique. Será por bares con buenas tapas en Zaragoza... De eso, esta ciudad anda orgullosamente sobrada.
Por suerte, el mucho beber y el poco comer de estos vermús hacen que por fin, destilería mediante, entres en calor, pero para entonces ya sabes que puedes dar el domingo por perdido para cualquier cosa medianamente productiva. Así que, con la tontería, se hicieron las ocho de la tarde, hora de ir al concierto de Javier Krahe en el Teatro del Mercado. Último pase con graves problemas de sonido que podían haber hecho del recital un desastre si no fuera porque el hombre estuvo sembrado en su faceta de showman entre canción y canción -ni un clásico entre ellas, por cierto-. Se le notaba a gusto y relajado, menos hiératico que años atrás, cuando las cosas no le sonreían tanto, y pasamos un rato divertido ("no todo va a ser follar", como dice él en una canción). Algunas parrafadas del concierto fueron genuinamente improvisadas, pero otras pertenecen a su repertorio habitual e, incluso, están grabadas en el último de sus discos en directo. Me quedo con esta, que repito de memoria: "Quería hacer una canción protesta, porque el mundo está muy mal, y me dije, ¿de qué protesto? Porque sí, hay muchas guerras y calamidades, pero ninguna me pasa a mí, y hablar de ellas sería paternalista. Tengo que protestar de algo que me pase a mí. ¿Y qué me pasa a mí?, pensé. Bueno, me había salido un poco de eccema en el dedo, pero no iba a hacer una canción protesta sobre eso". Pues hay quien lo ha hecho, pensé, recordando la poética de Sylvia Plath, empeñada en agarrarse a lo más nimio de su existencia para no fenecer ante su caótica mente. Quizá Sylvia Plath, al componer poemas -en los últimos tiempos de su corta vida- sobre las mínimas obsesiones físicas de su propio cuerpo sólo estaba haciendo una canción protesta, protesta contra su propio caos mental y contra ese mundo que se le rompía sin que pudiera llegar a entenderlo pese a su férrea disciplina.
Entonces pensé que, efectivamente, me habían sobrado los dos últimos gin-tonics bebidos en casa de mi amiga pocas horas antes, y que debía relajarme y disfrutar del concierto sin más tonterías. Y así lo hice y así lo acabo de contar.
LA BRUJA JAPONESA

"Yes, I'm a witch". Sí, soy una bruja, dice Yoko Ono en su nuevo disco. Una bruja o lo que en tiempos se llamaba una fresca. Vamos, una mujer desprejuiciada que se pasa por entre las piernas todo lo que resulta de su apetencia, pues el término "witch" también tiene esa connotación en inglés, y Yoko juega con esa ambigüedad, desafiante. ¿Qué diría Juanito Lennon si levantara la cabeza?
Y yo me pregunto: ¿por qué? ¿Tan malos hemos sido en nuestras vidas anteriores para tener que soportar una nueva incursión musical de la japonesa? En esta ocasión, gente a la que admiro, como Antony and the Johnsons, colabora con ella. No sé cómo lo hace para rodearse de artistas con el talento y la sensibilidad que a ella le faltan. Es un fenómeno prodigioso y de cariz parasitaria.
¿Qué sentido tiene hoy Yoko, el último estertor de lo más vacuo y relamido de la cultura del siglo pasado -un siglo, por otra parte, plagado de momentos vacuos y relamidos-? ¿Por qué los viejos fantasmas nos golpean una y otra vez en la línea de flotación, como un lastre del que nunca podremos librarnos del todo? A mi entender, hay dos tipos de legados: los que sirven de fermento para tu propia floración (como la biblioteca de tus padres o las historias que el abuelo contaba junto al fuego) y los que te lastran de por vida (como la calvicie congénita, los remordimientos y ciertos modismos hogareños, ni siquiera locales, que nadie entiende pero que no puedes evitar repetir una y otra vez). Yoko pertenece a esta segunda clase de legado, y de él ha surgido, entre otras cosas nefandas, la SGAE, Microsoft y la ñoñez bienpensante y generalizada.
Por suerte, también ha inspirado algunas cosas buenas. En concreto, tengo en mente ahora dos chistes, uno de Los Simpsons y otro de Padre de Familia. Ahí van:
En Los Simpsons: Homer ha montado un cuarteto vocal, los Solfamidas, que no controla su éxito y cuya cohesión se resquebraja. En estas, Barnie aparece con una japonesa asténica en el bar de Moe y dice: "Me siento estancado en el grupo. Quiero explorar cosas nuevas". ¿Qué va a ser?, pregunta Moe. Barnie pide una cerveza y la japonesa "una ciruela flotando en suave perfume oriental servida en un sombrero de caballero". ¿Era Valle-Inclán quien propugnaba que los personajes deben describirse a sí mismos mediante sus propias frases?
En Padre de Familia: Amenaza de Stewie a no recuerdo quién: "Cállate o te haré lo mismo que le hice a John Lennon". Flashback donde todos esperamos ver a Stewie descerrajando un tiro sobre el ex beatle, pero en lugar de eso, aparece una galería de arte de Manhattan y Stewie diciendo: "John, esta es Yoko; Yoko, este es John". Terrible instigación y germen de lo por venir.
Sí, es una bruja. Ya lo sabíamos, y espero que sus fans sean menos agresivos que los de Mago de Oz, que no me apetece que me vuelvan a llenar el blog de amenazas de muerte por hacer mofa de su ídola.
MESTIZAJE

Lo siento, no puedo aguantarme más. ¿Pero qué le ha hecho la música a Emilio Aragón? Hay tipos que no conocen la vergüenza. Bach to Cuba es el título del disco con el que Milikito le da un aire afrocaribeño al insigne barroco. Ojalá que lluevan claves bien templados en el campo. Y se fuma un puro (habano, supongo). El Aragón ya se ha convertido en el más aventajado discípulo de Luis Cobos.
¿Es que todo lo tiene que tocar este hombre? Deberían atarle las manos a la espalda y decirle que hay cosas con las que no se puede jugar. Niño malo. Bach, no, Milikito, eso es para mayores. Tú puedes jugar con tus teleseries, que las tienes abandonadillas. ¿Ya no te ajuntas con tus amiguitos de Médico de familia? ¿No te apetece hacer un pequeño papel en Los Serrano? ¿El primo músico de Antonio Resines, quizá? ¿Dirigir una cadena no es suficiente emoción para tí? ¿Qué te hemos hecho, por dios?
Bach to Cuba. Qué tío. Qué visionario, qué maestro del mestizaje. Hasta el título denota una originalidad y una inquietud fuera de toda medida, inalcancable para el común de los mortales, que apenas podemos seguir su estela en el horizonte.
Lo de este hombre es un no parar. ¿Qué será lo siguiente? Le propongo algunos estimulantes proyectos, para que no se agoste su descomunal talento:
El lago de los chismes
Beethoven ya no vive solo
Conductor DeBUSsy autocar (clásicos para excursiones escolares)
Falla in Valencia
Mahlerficio
Qué güenas que están las Mozarts del pueblo (de verbena con Amadeus)
Mirada Stravinsky
Strauss quietus (música contra la hiperactividad)
Ya salió el Liszto (clásicos para estimular a niños superdotados)
NO ME TOQUEN LOS PALOS

Rodríguez Ibarra quiere recurrir dos aspectos del estatuto de autonomía andaluz, los que se refieren a la atribución exclusiva de competencias sobre el agua del Guadalquivir y sobre el flamenco. Ah, eso sí que no, por ahí sí que no pasamos, dice Ibarra como última faena antes de abandonar el ruedo. No al imperialismo andaluz, Extremadura también es el sur, etc. Lo del flamenco le escama especialmente al presidente extremeño, pues su comunidad también tiene una rica tradición musical en ese folclore. "¿Y si nosotros queremos organizar un congreso sobre flamenco, van a mandar a la Guardia Civil para impedirlo?", clama Ibarra.
Aunque estos rollos autonómicos me la suelen traer bastante al fresco, esta vez, estoy con Ibarra. Lo estoy desde este verano, cuando estuvimos en Cáceres, esa joya desconocida con más cigüeñas que humanos por habitantes. Cuando la noche da un poco de tregua a la canícula, las calles morunas de la ciudadela se iluminan a medias, y en cada esquina se puede ver un pequeño concierto de flamenco. No lo puedo evitar: la combinación de cantaor y tocaor, sin más añadidos, consigue emocionarme hasta extremos vergonzantes. Allí vi que Cáceres es una ciudad con tradición flamenca, con gente muy entendida en la materia que disfrutaba de lo lindo con esas íntimas fiestas nocturnas. Entiendo que no quieran que unos funcionarios sevillanos les digan qué palos hay que promover y tal o cual. Hay una norma no escrita en el flamenco que establece que los tocaores salen de Granada y los cantaores, de Cádiz. A Morente, al ser de Granada, ciudad de tocaores, le ha costado mucho ganarse el respeto de un mundillo dominado por cantaores de Cádiz. Imagínate que Andalucía eleva esta tradición a norma: a los cacereños se les acabaría el chollo y las numerosas escuelas de flamenco que hay en Extremadura tendrían que echar el cierre.
En lo tocante a cultura, las competencias y disposiciones adicionales me suelen escamar mucho. Sobre todo cuando tratan de definir realidades complejísimas y casi inaprehensibles. Toda definición es una reducción, un empobrecimiento que fulmina el matiz y acaba matando los sabores originales (ay, cuánto daño ha hecho la marca Alvalle al gazpacho, haciendo que sólo una de las miles de recetas que existen se imponga a las demás). Por eso, la labor de la administración debería ser la de proteger y atesorar sin andarse mucho por las ramas con taxonomías ni exclusiones.
En Aragón, y en el periódico donde echo las tardes, mi querido Mariano García, que se sienta espalda contra espalda mía en la redacción -lo que me permite contagiarme de parte de sus locuras musicales, que son muchas y variadas- está empezando una loable campaña en favor de la jota, para su modernización y "represtigización". En una columna publicada esta semana nos abronca un poco, aunque sea de buen rollo, por no hacer el debido caso a la máxima manifestación folclórica aragonesa. Dice que la despreciamos por asociarla al franquismo y a cierto baturrismo rancio que nos resulta insoportable a los aragoneses de hoy, incluidos todos los artistas, escritores, intelectuales y bufandistas varios. Nada más lejos, dice Mariano, que esa simplificación. ¿Qué culpa tendrá la jota de lo que el franquismo haya hecho o dejado de hacer con ella? Eso es confundir el rábano con las hojas, la jota es patrimonio de los aragoneses sin distinción, una expresión de cultura popular, etc. Y sí, es cierto, no le quito razón alguna y firmaré todos los manifiestos que redacte Mariano por que el Gobierno de Aragón cree un archivo fonográfico y lo que haga falta. Pero en una cosa se equivoca, al menos en mi caso: algunos no ignoramos la jota porque nos recuerde rancios fastos nacionalsindicalistas ni porque la Virgen del Pilar no quiera ser francesa. A algunos, aunque esté mal decirlo, simplemente, no nos gusta. Nos sofroniza per se. Y mira que mi abuelo, aragonés transterrado desde joven a Madrid, pero añorante siempre de su Zaragoza natal, tenía una buena colección de discos y gustaba de escucharla, pero ni por esas me ha entrado a mí el gusanillo. Y sospecho que a buena parte de la gente de mi edad le sucede lo mismo: nuestro desinterés es apolítico y puramente generacional.
Pero tengo los oídos abiertos, y estoy dispuesto a dejar que me descubran esa simpar expresión popular. Como me dijo hace poco el propio Mariano cuando le mostré mi escasa fascinación por la jota: "Joder, Del Molino, que no todo va a ser Lobo Antunes, hay que ver otras cosas también". Pues no sé si podré, pero haré un poder.
AIRES DE VINILO

Hay películas que no me canso de ver, y la joyita que firmó Stephen Frears y llamó Alta fidelidad es una de ellas. Qué gran señor Mr. Frears. Todavía no he visto La reina, una peli cuyo tema me repele, pero, si la hace Frears, habrá que verla. Para los (pocos) afortunados que no hayan visto Alta fidelidad, la peli cuenta la historia de un pringado treintañero -que borda John Cusack- al que acaba de dejar su novia tras varios años de convivencia por la sencilla razón de que es un capullo inmaduro, egocéntrico y bastante friki. Es decir, alguien con quien puede sentir empatía el 90 por ciento de los pringados que estamos más o menos en su horquilla de edad. El capullo inmaduro tiene una tienda de vinilos de segunda mano donde trabajan dos megafrikis -bordado uno de ellos por Jack Black-. A lo largo de la peli, el capullo inmaduro trata de descubrir por qué le dejan todas las novias, así que localiza a las cinco cuyo abandono resultó más doloroso. Un psicoanálisis, pero con fantasmas de carne y hueso, no del inconsciente.
Es muy divertida, pero lo que de verdad me engancha de Alta fidelidad son sus ambientes. Ambientes de vinilo. La tienda de discos es como el paraíso. Está muy bien recreada, casi puedes oler el polvo y el cartón viejo y cuarteado. Me encantan las tiendas de discos de segunda mano, con su aire de desván, su aparente desorden, su desgana. Si me tocaran los euromillones, me montaría una tienda de vinilos sólo para pasar las tardes en ella escuchando los discos que nunca tengo tiempo de escuchar. Dejaría que la gente manoseara los cajones y mezclase los discos de Ian Gillan con los de Woody Guthrie, y los de Bob Dylan con los de Peter Frampton, algo que no consiento que se haga en mi casa. En fin, quizá la monte algún día, cuando se me termine de caer el pelo, y hasta los iPods sean una antigualla porque la gente llevará las canciones injertadas en un huesecillo del oído medio.
Allá donde voy, tengo que entrar en una tienda de vinilos. En Zaragoza sólo queda una, Discusatix, que abre los fines de semana que le apetece al dueño. En tiempos estaba cerca del cruce de Tenor Fleta con Camino de las Torres, en un local que ahora es un cibercafé. El local de allí era maravilloso, enorme, con la caja llena de pegatinas. No es que pudieras escuchar los discos antes de comprarlos, es que debías hacerlo, y para eso te ponían unos cascos y te dejaban un tocadiscos. Te miraban como a un bicho raro si no ejercías ese legítimo derecho de friki. Hace unos años, se trasladó al barrio de las Delicias y dejó de abrir todos los días. Una lástima. En Madrid, hay miles de tiendas de vinilo, y todavía aguantan, pese a que el propio Madrid Rock ha caído. Me acuerdo de Discos La Metralleta, donde podías encontrar a los cantantes melódicos más estrambóticos, y de todas las tienduchas que están por las callejas adyacentes. Son buenos sitios para perderse en una tarde ociosa, y he tenido tantas tardes ociosas... La lástima era que no tenía pelas para comprar lo que pasaba por mis manos. Había que conformarse con manosearlos y fantasear un rato. En Londres, en Camden Town, la cosa es estupenda. Hay una tiendecita en Iverness Street llamada Vinyl Addiction que vende unos singles de 45 rpm, de los pequeñitos, tan valiosos y raros, que están guardados en estuches con candado. Pero las que más me gustaron fueron las de Nueva York, las de los dos Villages (Grrenwich y Este). Recuerdo una en la que me volví loco y gasté más dólares de los razonables. Estaba muy cerquita del Blue Note y permanecía abierta pasada la una de la madrugada. Y llena de gente. Gente rara, por supuesto. Eruditos del glam, doctorados en psicodelia californiana de la primavera de 1968 y graduados en ediciones japonesas con la palabra "coño" censurada en la contraportada. Unos angelitos asociales, vaya. En Barcelona, en la calle Avinyò, hay un local minúsculo propiedad de un italiano loco que es experto en Dylan. Es difícil entrar allí y no salir con un vinilo del señor Bob bajo el brazo. También en Va