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CORONAR ROLLOS CON BOMBOS
Según Natonal Geographic, las dos características básicas que definen a la especie de los ministros es que están dotados de un umbral de sorpresa bajísimo, de una mano especialmente floja a la hora de estampar rúbricas en cheques millonarios y que reaccionan de forma lúbrica y entusiasta ante neologismos polisilábicos que suenen a jerga especializada. Tú vas a un ministro, pongamos el de Sanidad, y le dices que tienes un lipograma vocálico que va a frenar la proliferación de las enfermedades de transmisión sexual entre la población joven, y el ministro se corre de gusto ahí mismo (sin condón ni nada) y te firma un cheque de 2.200.000 euros (sí, 2.200.000 euros, lo que no ganaremos en toda una vida de sufrido machaque lumbar) para que desarrolles ese proyecto magnífico que le has presentado en PowerPoint.
Luego tú coges la panoja, te vas a un bar de Moncloa y preguntas en voz alta: "¿Cuántos camareros de este local son actores a la espera de ser descubiertos por Almodóvar?". De entre las veinte manos que se levantarán ansiosas ante tí, escoges a dos propios, un tordo y una torda, les sueltas sendos billetes de diez euros y un catering de bocata calamares y te los llevas a rodar. "Vais a interpretar un lipograma vocálico", les dices. "Ah, no, yo no me desnudo por menos de 15 euros", te responderán. "No hay que despelotarse, que es un anuncio del ministerio", y zanjas la cuestión.
En el interín, has contratado también a un mandril apestado por la manada que presenta severas deficiencias cognitivas causadas por una coprofagia compulsiva combinada con tres siglos de endogamia. Le das un portátil Apple y le ordenas que escriba el lipograma vocálico a cambio de dos cáscaras de cacahuete. El mandril con severas deficiencias cognitivas escribe: "Yo no corono rollos con bombos". Bravo, se ha ganado una cáscara de cacahuete extra.
Así que ya tienes tu anuncio. Explicas a los legos que eso del lipograma vocálico no es una afección del páncreas, sino una figura retórica consistente en componer un texto usando una sola vocal. La o en este caso. Y ya está. Descuenta a tu minuta de 2.200.000 euros los 20 euros y los dos bocatas de calamares de los honorarios de los actores y las tres cáscaras de cacahuete del mandril (porque el ordenador Apple en realidad era uno de Fischer Price de cuando eras pequeño al que le habías puesto una pegatina de la manzana) y listo. Te lo has llevado crudo.
Te ha salido redondo: "Señor ministro -le dices en el cóctel de presentación, a cargo del ministerio, claro-, con este lipograma vocálico los jóvenes no sólo van a follar con condón y se van a reducir al mínimo los embarazos y las enfermedades, sino que el consumo de condones aumentará a niveles estratosféricos, lo que provocará un aumento desaforado de la producción, que repercutirá en una merma más que considerable de las listas del paro. El lipograma vocálico es la solución a la crisis".
Todo es perfecto. Por eso te jode tanto que aparezca un gañán con pintas de no gustarle el jabón que dice que le has plagiado, que lo del lipograma vocálico ya lo había hecho antes, que él es un rapero de pura cepa y que os vais a enterar, co. La pregunta es, como dice David Torres: ¿se puede plagiar la mierda? En teoría, todas las mierdas son bastante parecidas, pero, ¿puedo denunciar a mi vecino por deposicionar zurullos que se parecen sospechosamente a los míos? El gañán, que responde al nombre de Nach, cree que sí, aunque los que han salido defendiendo su honor y llevando a los tribunales han sido los de la agencia de publicidad. Normal, el pringao del Nach ese seguro que no tiene 2.200.000 euros en su cuenta corriente para pagar abogados.
¿A vosotros no os recorre un escalofrío por el espinazo cuando veis este anuncio?
JOYAS DE PADRE DE FAMILIA (2)

Esto es como cuando torturaron a Meg haciéndole ver los peores sketches de los Monty Python.
(Flashback donde sale Meg llorando frente a un televisor)
Meg: ¡No! ¡Soy una chica! ¡Ni siquiera me gustan los sketches buenos de los Monty Python!
MAINSTREAM LUXURY
Este domingo hemos estado ayudando a unos amigos en su mudanza de piso. Luego nos han invitado a comer, hemos bebido mucho vino y me he ido a trabajar unas cuantas horas al periódico, donde me he escrito una paginita entera bastante fatigosa de redactar. Así que no sólo no he respetado el descanso del día del señor (del señor que sea, yo me imagino a un notario con papada), sino que me he deslomado literalmente. Tengo el 90 por ciento de mi ser en modo off, y el 10 por ciento que sigue vivo se siente incapaz de bloguear nada. Así que permitidme que rescate una columnita de opinión que publiqué hace dos viernes en el suplemento MVT. Mañana más.
Uno de mis ídolos es Angus Fontaine, presentador de ’Viajero cinco estrellas’, una serie de reportajes sobre los hoteles y resorts más insultantemente caros del planeta. Fontaine, que tiene una de esas caras pánfilas que no te cansarías de abofetear, se da unos soberanos homenajes en sitios donde te cobran 5.000 euros solo por darte los buenos días, y siempre termina cada capítulo con una reflexión sobre la hospitalidad y lo amigable del servicio. Solo le falta decir, poniendo cara de ingenuo entrañable: "Qué curioso, cuando saco la Visa Platino, me salen amigos por todas partes". Yo rabio por ver lo que nos hurta el programa: la satisfacción que debe sentir el camarero que escupe en un cóctel de 20.000 euros.
Que yo sepa, Angus Fontaine no ha venido a España, y no parece que vaya a hacerlo. No lo hará si lee el estudio ’Country Brand Index 2008’, que coloca a este país que habitamos -junto a Japón- a la cabeza del ’mainstream luxury’. Lo traducen como "lujo para mayorías". En otras palabras, que según este índice, en España el turista puede gozar como un sátrapa a precios de mendigo. El socialismo turístico, amigos. ¿Entrará el arroz con ojos -llamado así porque de las gambas solo aparecen las cabezas, sin que nadie dé razón del resto del cuerpo- que los guiris degluten con pasión y sangría en la categoría de ’mainstream luxury’? Es más, ¿no es el concepto de ’mainstream luxury’ una paradoja o una contradicción en los términos? Si el lujo se hace masivo, ¿en qué se diferenciará de la vulgaridad? Para que los guapos se sientan guapos y los listos, listos, tiene que haber una mayoría de feos y tontos. Y para que Angus Fontaine se sienta "viajero cinco estrellas" tiene que haber una masa de mochileros apiñados en un tren con olor a pies.
Perdónenme, pero yo quiero que el lujo siga siendo lujo, incluso en estos tiempos de ERES. Yo quiero que Angus siga teniendo sitios donde beber coñacs de la bodega privada de Napoleón mientras siete vestales le hacen la pedicura. Quiero que la envidia y el escándalo sigan vigentes. Quiero jeques yemeníes y lords ingleses. Quiero decadencia y derroche. Quiero seguir teniendo personajes crueles y refinados para escribir sobre ellos.
PERLAS DE PADRE DE FAMILIA

Stewie: Cállate, o acabarás colgado en el jardín trasero como un vulgar galgo.
Brian: No bromees con eso. Para nosotros es como el Holocausto.
Stewie: Sí, claro. Cuando los galgos dirijan The New York Times y el Banco Mundial, me lo cuentas.
LA SÉPTIMA MUJER MÁS SEXY DE GALES

Lo voy a registrar como título de un futuro libro: La séptima mujer más sexy de Gales. Esta prestigiosa posición, en un país donde la belleza humana es un bien más escaso que el humor en los monólogos de Moncho Borrajo, corresponde a Eve Myles. ¿Prodigio de la naturaleza, exudación erótica, Venus postmoderna? Pues no. La séptima mujer más sexy de Gales, como se ve en la foto, tiene un pase con la boca cerrada y un par de meneos de Photoshop, pero en cuanto abre la boca deja ver unos piños más británicos que los sándwiches de pepino, con un agujero negro en el centro que los científicos del CERN alquilan para hacer experimentos subatómicos. Su publicista se ha cuidado mucho de filtrar fotos donde se vea.
En cualquier caso, una mujer que puede andar por la vida luciendo orgullosa el título de la séptima mujer más sexy de Gales merece toda mi admiración. No va a pasar a la galería de erotismo del blog, pero se merece unas líneas. Porque, aunque no os lo creáis, a los frikis de las islas menos afortunadas del planeta -las Británicas- esta tipa les pone gochos y con el mástil listo para zarpar, como diría el poeta.
Esta chica, nacida hace 30 años en la localidad galesa de Ystradgynlais (es que lo tiene todo la pobrecica), es famosa por interpretar a la aguerrida Gwen Cooper en un delirio de serie de la BBC llamado Torchwood, que a mí me encanta. En Torchwood, material friki de primera, Gwen es el personaje encargado de poner a tono a una audiencia masculina con altos niveles de testosterona y graves disfunciones sexuales -y sociales-. El rollo duro, macarruzo y comiquero de Gwen es el idóneo para inspirar las erecciones de chavales acostumbrados a tocarse con Wonderwoman y Catwoman. Y, por lo que he visto en internet, parece que el truco les funciona. La séptima mujer más sexy de Gales se perfila como icono sexual de la pandilla basurilla.
Yo, como no juego a Dragones y mazmorras, no me siento atraído por el agujero negro de la séptima mujer más sexy de Gales, pero debo confesar que estoy enganchado a Torchwood.
Es un spin-off de Doctor Who, una serie de ciencia-ficción de la BBC que ya se emitía en tiempos babilónicos, y cuenta las aventuras de una organización secreta creada por la reina Victoria (cágate, lorito) en el siglo XIX para ocultar a la humanidad la presencia de vida extraterrestre. Trabajan en una estación de metro abandonada en el centro de Cardiff y están dirigidos por el capitán Jack Harkness, un homosexual inmortal que se pasea por el contínuo espacio tiempo como si fuera el baño de su casa: sabemos que fue feriante y aviador de la RAF en la Segunda Guerra Mundial, entre otras muchas cosas, que la inmortalidad da para mucho.
¿No es un maravilloso delirio?
Como es de la BBC, mantiene un desconcertante equilibrio entre lo bochornoso y lo sublime. Es como si un niño pequeño cogiera Expediente X y lo empezara a llenar de todas las tontadas que se le ocurriesen, pasándose por el forro coherencias y técnicas narrativas. Pero al final, después de que el niño se ha divertido, llega un adulto y cierra los episodios bien, evitando el desparrame absoluto y dándole empaque a la serie.
Los efectos especiales no dan risa, lo cual es muy de agradecer en una serie de ciencia-ficción. Los bichos alienígenas, por lo general, están logradetes, y hay un montón de cacharrería electrónica propia del género para adornar persecuciones y escenas de acción rodadas con bastante pericia. Además, todo está recubierto de ese aire british tan cínico, tan aristocrático y tan cabrón, que te obliga a fijar la vista.
Torchwood es adictiva como una droga. Y mola un montón. La séptima mujer más sexy de Gales ha sabido elegir bien la serie.
ALLO, ALLO!

No todo son amarguras, soledades y callos en los dedos en la vida del cartujo escribidor en el que me he convertido estos días. También hay momentos para los chistes de tercero de EGB, esos que tanto nos gustan. Como el e-mule funciona fatal, hace mucho que no me bajo nada, pero como tenía mono de series, el otro día fui a la Fnac a olisquear las novedades en DVD, a ver si habían sacado alguna temporada nueva de las series que me molan. No encontré estrenos, pero me di de morros con una joya que tenía almacenada con mucho cariño en mi cabeza de alcornoque: Allo, allo! Qué gran momento, amigos.
Tenía un recuerdo difuso e infantil de esta serie que veía en Canal 9 a finales de los 80. Recordaba que era una producción inglesa, que la cosa iba de ingleses riéndose de los franchutes, que la estética de los decorados era feísta, y la interpretación, bárbaramente histriónica. Recuerdo que tenía un humor de trazo grueso que me hacía mucha gracia, y tenía miedo de que ahora me pareciera una soberana mierda.
Pero no. Nos enchufamos los primeros episodios y aquello fue una jartá de reir. Qué maravilla. Qué buenos son los ingleses cuando se ponen tan insoportablemente ingleses. Qué buenos son los ingleses cuando escarban en las miasmas (sí, he dicho miasmas, ¿algún problema?), cuando se revuelcan en su propia cochiquera barriobajera, cuando se deslizan sin frenos por la cuesta abajo de la parodia burda y tabernaria. Qué gozada.
Allo, allo! es una sitcom de la BBC que parodia las pelis sobre la Resistencia francesa. El prota es René, patrón de un pequeño bistrot de pueblo frecuentado tanto por alemanes como por resistentes. A él sólo le preocupa su negocio, la guerra se la sopla, pero se ve obligado a hacer equilibrios entre los dos bandos: se convierte en agente de la Resistencia, pero sin incomodar a los nazis, con los que también coleguea. La acción transcurre sólo en tres espacios: el local, la trastienda y la habitación de la abuela, en el ático, cuya cama se usa como antena de transmisiones clandestinas.
A partir de ahí, cada capítulo es una sucesión de chistes gruesos que ridiculizan fundamentalmente a los franceses y a los héroes de la Resistencia, aunque los ingleses también se llevan su parte. Hay un gag buenísimo en el que René habla con dos ingleses. Los dos lo hacen en inglés, pero no se entienden porque supuestamente unos hablan en francés y otros en inglés. La coña se prolonga hasta el absurdo más absurdo, como en la buena tradición teatral cómica inglesa, y yo me tengo que sujetar la caja torácica para que no se me salga de la risa.
Es un humor no apto para remilgados ni para militantes del humor inteligente, que todavía no he conseguido averiguar qué es. La parodia se basa en tópicos primarios y chabacanos, pero con la agilidad y la chispa que José Luis Moreno cree tener y de la que anda tan falto. Supongo que el hecho de que en España la pasaran por las autonómicas provocó que más de medio país se la perdiera en su momento, pero mi consejo es: si rondas los 30, creciste con los mitos televisivos tardoochenteros y primeronoventeros, si Aterriza como puedas te parece vergonzosamente divertida, si tienes cierta alma chanante y si te partes el ojete con la troupe de Joaquín Reyes, bájatela o cómpratela, porque la vas a gozar un montón. Pero si tu rollo son los jerseys de cuello vuelto y el humor inteligente de Woody Allen, pasa de Allo, allo!, porque no sólo no vas a entender nada, sino que probablemente tu sensibilidad quede irremediablemente herida, como una perdiz tras un atracón de perdigones. Échate una partida al trivial o canta en el karaoke de la Play mientras tus torpes y malhablados amigos disfrutan de las astracanadas burdas de René y sus amantes francesas.
¡Viva la BBC!
DOS DE MAYO DE GARRAFÓN

Vergüenza ajena. Intensa, de dejar de mirar la pantalla. Ese es el sentimiento que provoca 2 de mayo. La libertad de una nación, la serie dramática con la que Telemadrid celebra a su manera el bicentenariazo, y que Aragón Televisión, en un inexplicable acto de mal gusto, emite también los domingos.
Para la creciente audiencia latinoamericana y neptuniana de este blog aclararé que Telemadrid era hasta hace unos años, como su nombre indica, la televisión pública de la Comunidad Autónoma de Madrid. Ahora es un refugio de pseudoperiodistas y calientasillas vociferantes de extrema derecha con vocación agit-prop, pero sin llegar a ser agit-prop, porque para eso necesitas una audiencia a la que agitar y dar propaganda, y Telemadrid perdió a su audiencia hace mucho. Y es desde esa nueva categoría de instrumento del poder ultra para dar un sueldo a sus estómagos agradecidos y corifeos varios desde la que hay que entender la ridícula y vergonzante serie 2 de mayo. La libertad de una nación.
Receta: contrátese a una productora cualquiera; ponga a una reata de becarios analfabetos funcionales y lectores de Pérez Reverte a escribir unos guiones castizos, con mucha "señá", "doña Cata" y "nos han jeringao"; recorra los asilos de la beneficencia y las pensiones más pulgosas de la calle Atocha, saque de esos cuchitriles a un puñado de viejas momias más o menos populares que quieran asegurar unos euros de pensión en sus años de vejez y haga con ellos un casting de actores -coja, por ejemplo, a la neurótica pintora de Verano azul (María Garralón), al Romerales de Farmacia de Guardia (Cesáreo Estébanez), a la hija tontita de Rocío Durcal (Carmen Morales), al abogado gay de Aquí no hay quien viva (Nando González) y al que se desdoblaba en Amanece que no es poco (Miguel Rellán)-; vístales con lo que sobró de la última verbena de San Isidro (no hace falta lavar las prendas, que los lamparones de vinazo dan más realismo), y por último, métales en los decorados de la función escolar del instituto de Alpedrete. Añada luz plana y unos tipos vestidos de soldaditos de plomo que se pasean como temibles oficiales napoleónicos que dicen ser asaltados por "bandolegos" (en francés de Chamberí) y tendrá usted su propia superproducción de Telemadrid. El coste de todo, catering de actores incluido (se conformarán con un castizo bocata boquerones y medio cartón de Don Simón rosado), no debería superar los 30 euros por capítulo. Eso sí, no se olvide de insertar una voz en off que ponga en contexto la historia y hable del heroico levantamiento español contra el francés, y bájese de Internet unos acordes así como históricos, como de tachán-tachán bélico. Así alcanzará al tiempo sus objetivos pedagógicos e ideológicos.
Quién nos iba a decir que la tele patria iba a hacer buena a Curro Jiménez. Qué digo buena, ¡excelsa! Comparada con el intragable bodrio de Telemadrid, las frases de Algarrobo son cumbres shakespearianas, cimas del ingenio humano. Ya quisiera el aborto de Telemadrid secundado por la autonómica aragonesa tener las cabalgadas contra el poniente de Curro Jiménez. Ya quisiera tener sus atardeceres de Ronda y su aire polvoriento de western crepuscular. Hasta los sobreactuadísimos e insoporteibols Estudio 1 le dan mil vueltas a 2 de mayo. La libertad de una nación (sí, otro día hablamos de Estudio 1, por si acaso usted es de los que piensa que esos pasotes histriónicos y planos le hicieron algún bien a la tele o al teatro).
Yo soy de los que creen que siempre hay un fondo, y que cuando se toca sólo se puede remontar por la pura inercia del agua. Pero esta serie me hace recapacitar: puede que haya pozos sin fondo. Porque, ¿dónde está el fondo de Telemadrid? Lo quisimos ver en Curri Valenzuela, y entonces vino Ernesto Sáenz de Buruaga. Lo quisimos ver en Sánchez Dragó y entonces vino el filofascista de Hermann Tertsch. Lo quisimos ver en las series de Toni Cantó en la Forta y entonces llegó 2 de mayo. La libertad de una nación. ¿Qué será lo próximo? Yo apuesto por un remake de Raza con María Garralón y Sánchez Dragó en su debut actoral. O por una serie de homilías de Rouco Varela en prime time.
Les pego un trocito de la sinopsis que se lee en la web del ente madrileño:
La historia de "DOS DE MAYO, LA LIBERTAD DE UNA NACIÓN" arranca con el entierro de la joven modistilla Manuela Malasaña en Mayo de 1808. Allí, en torno a la tumba de los héroes del levantamiento contra los franceses, se reúnen las modistillas del taller donde trabajaba la joven, comandadas por la rebelde y contestataria Pepita García, una de las heroínas de la serie. Allí comienza a forjarse el espíritu de rebelión y resistencia que acompañará a nuestros protagonistas cuando en diciembre de ese mismo año, la ciudad de Madrid se rinda y se convierta en una ciudad tomada. En ella nuestros protagonistas van a tener que luchar día a día por sobrevivir con escasez, de alimentos, frío y la opresión que ejerce sobre ellos la presencia constante en sus calles del enemigo invasor. El espíritu de los españoles, y en este caso concreto, de los madrileños no decaerá. Pasarán un invierno de un frío insoportable, pasarán la escasez de la falta de provisiones, vivirán la visita del Emperador Napoleón Bonaparte con su correspondiente toque de queda, la primera navidad en guerra, etc…
No añaden que todo se presenta con un brutal realismo en un plató muy parecido al del viejo Barrio Sésamo. De hecho, si el actor que lo interpretaba no hubiera muerto hace poco, parecería que Chema iba a salir de su panadería a hacerle unos requiebros a María Garralón, que sigue haciendo el mismo papel de señora mayor con graves desequilibrios emocionales que pinta acuarelas espantosas, aunque aquí, en lugar de pintar, cose ropas espantosas. No quiero aguarles la sorpresa, pero me han dicho que Espinete hace de Napoleón, y a Don Pimpón le ofrecieron el papel de Goya, pero estaba en juicios porque unos padres le habían denunciado por llevar a sus hijos al bosque y juguetear entre los árboles y, al final, el rol de Don Francisco se lo llevó la viuda de Paco Rabal, que es lo más cercano a Rabal que encontraron.
Pues eso, que da gusto ver que nuestros impuestos están en buenas manos.
Foto: y por si fuera poco, por el mismo precio te meten en el reparto a Andoni Ferreño como acaudalado noble. ¿Cómo pueden perderse esta serie? Yo espero con ansia los extras de los DVD, con el cameo nunca emitido de Bigote Arroced como Carlos IV. En la imagen, Ferreño se muestra en su característico y demandado registro "estreñido con patillas".
GALERÍA DE EROTISMO OLVIDADO Y SEGUNDÓN: MOLLY PARKER

Este cuadro de la galería erótica va de interiores. De enclaustramientos, más bien. De lo más hondo de las más profunda y recóndita intimidad. Va de Alma Garrett y de la actriz que la hizo posible: Molly Parker, una delicadísima canadiense nacida en la adusta y fría Columbia Británica en 1972.
Dicen que ahora triunfa como una de las protas de Swingtown, la serie sobre intercambios de pareja ambientada en los setenta, pero yo no la he visto todavía. Sólo he disfrutado de unas cuantas fotos promocionales en las que Molly aparece sonriente, pizpireta, grácil y casi inocente. Nada que ver con la atormentada, turbia y negrísima Alma Garrett de Deadwood, que me enamoró sin remedio.
Tras una aparición fugaz en A dos metros bajo tierra, donde interpretó a la rabino Ari, una serena y sexy religiosa judía en cuyo cuerpo (prescindiendo de su prescindible aunque morbosa sabiduría talmúdica) Nate quiso frenar su caída a los nueve círculos del infierno, Molly Parker se dio a conocer realmente con su personaje de Alma Garrett en la también serie de culto Deadwood. Qué regalazo le hicieron los directores de ese western postmoderno dándole uno de los papeles más intensos, complejos y contenidos de toda la producción. Era un regalo envenenado, claro, porque si Molly no hubiera estado a la altura, el ridículo consiguiente habría aniquilado su carrera. Pero esta chica canadiense demostró que está hecha de la pasta de las grandes, que pertenece a esa selectísima casta de actrices capaces de acariciar el tuétano del espectador con un solo gesto.
Alma Garrett es un personaje que se revela poco a poco, conforme avanza la serie. Empieza siendo una sombra, una anécdota en el relato, una figura de adorno, y acaba ocupando la escena entera. Alma llega a Deadwood, un pueblo sin ley fuera del territorio de Estados Unidos en 1876, un lodazal de putas, matones, liendres y buscadores de oro más allá de la nada, acompañando a su marido, el señor Garrett. Recién casados, jóvenes y adinerados, llegan desde Nueva York siguiendo la llamada del oro y de la aventura del salvaje Oeste. En realidad, es un empeño de su marido, pues ella, rica heredera del Este, no quiere invertir su fortuna en ese lugar perdido. Así que Alma pasa los días encerrada en la habitación del hotel mientras su marido “hace negocios” en el saloon.
Como no podía ser de otra forma, el pimpollo Garrett enseguida cae víctima de un timo, y por gilipollas y por urbanita remilgado y marisabidillo, acaba desnucado en el fondo de un barranco. Alma se queda viuda y atrapada en el lugar menos indicado para una señorita bien de Nueva York. Los bandidos que mandan en Deadwood lo saben, y se agazapan para caer sobre ella y su dinero.
Y entonces es cuando Molly Parker saca pecho (no sólo metafóricamente) y convierte a la frágil y apocada Alma Garrett en un objeto de deseo irresistible. ¿Cómo decirlo sutilmente? Utilizaré un eufemismo: Alma Garrett me pone verraquísimo, bruto, encendido, enhiesto. Quién fuera sheriff, pienso todo el rato, para dejar tirados en el suelo de su alcoba los calzones marianos.
Alma se encomienda a la protección de Seth Bullock, primer sheriff de ese pueblo sin ley, y jugando con sutileza sus cartas no sólo sobrevive en ese culo del mundo, sino que acaba erigiéndose como un pequeño pero firme contrapoder a la tiranía mafiosa de Al Swearengen, un malo shakespeariano (de turbio origen inglés, obviamente) gloriosamente interpretado por Ian McShane.
Pero su proyección pública y sus maquinaciones no nos interesan. Eso no la hace deseable. Donde Alma nos pone cachondos de verdad es en la soledad de su habitación del hotel, que se va blindando como una fortaleza acolchada y perfumada. De perfumes artificiales propios de una dama de la buena sociedad, pero también de perfumes naturales emanados de su cuerpo, por su sudor, su angustia, su ropa sin cambiar y sus colocones de opiáceos. Porque Alma es una adicta a los sagrados elixires de los bohemios del XIX.
En el éxtasis de la adicción, Alma se retuerce amodorrada en la cama. Con muy parcos y medidos gestos, con unas leves torsiones de tronco y brazos, Molly Parker templa nuestros puntos erógenos. Arquea el lomo, entrecierra los ojos, echa la cabeza hacia atrás. Nos pone brutísimos. Y sus “monos” son sólo para mayores de 18 años: cuando intenta dejar las drogas pasa semanas enteras desquiciada, rota de abstinencia en la cama, empapada de un sudor helado.
Pero también me gusta sobria. Me gusta su seriedad, su luto fingido, su gesto altivo, las miradas con las que marca distancias de clase con sus lacayos, su porte victoriano y perverso, la fusta imaginaria con la que atiza a todos los que se acercan demasiado.
Basculando siempre entre lo sórdido y los sublime, entre la pornografía más zafia y el refinamiento más casto, Molly Parker construye un personaje dual, contradictorio y profundísimo, a ratos ramera desbocada con furor uterino, a ratos dama asexuada; a ratos frágil y amable, necesitada de protección, y a ratos cruel e implacable como una bruja, pero siempre dejando claro que la cara que vemos no es nunca la verdadera.
El western no ha dejado muchos personajes femeninos memorables, la verdad. El arquetipo se ha cebado con ellos, y hubo que esperar a los años 60 y 70 para que la galería plana y previsible de putas chispeantes, madamas sabias y damas narigudas diera paso a personajes de verdad, sutiles y humanos. Creo que Alma Garrett está claramente emparentada con la ensimismada y cabizbaja Claudia Cardinale de Hasta que llegó su hora, el testamento artístico indiscutible de mi amado-odiado tocayo Sergio Leone. Ambas van creciendo en la trama de la misma forma y aparentan una pasividad falsa que acaba moldeando su entorno.
No son mujeres fatales, son mujeres que retuercen y dan la vuelta a la fatalidad, leonas que no se dejan amedrentar en la selva. Heroínas de interiores y silencios.
La galería completa del erotismo olvidado (o no) y segundón:
Erotismo olvidado y segundón 1: Jenny Agutter Erotismo olvidado y segundón 2: Rossana Arquette Erotismo olvidado y segundón 3: Alida Valli Erotismo olvidado y segundón 4: Shirley MacLaine Erotismo no olvidado y segundón 5: Mena Suvari Erotismo no olvidado y segundón 6: Tania Raymonde
EROTISMO NO OLVIDADO, PERO SEGUNDÓN: TINA FEY

No es despampanante, no llama la atención, no es un bellezón de quitar el hipo, pero a mí me gusta. Será porque la veo a las tantas de la mañana, mientras me bebo un copazo, a esa hora en la que las mujeres se vuelven más guapas, pero Tina Fey me parece una delicia.
¿Que quién es Tina Fey? En España, objeto de deseo de frikis desustanciados como yo. En Estados Unidos, producto de masas. Yo la he descubierto en la divertidísima y maltratada serie 30 Rock (que en España se llama Rockefeller Plaza, ignoro los motivos), una sitcom ambientada en la NBC que trata de los entresijos de esa gran cadena de televisión estadounidense. La verdad es que me había pasado desapercibida hasta ahora (la serie), pero he empezado a verla y me parece desternillante y descacharrante. Condensa lo mejor de la comedia americana de hoy.
En ella, Tina Fey es Liz Lemon, la segunda al mando del programa de Tracy Jordan. Formalmente, trabaja bajo las órdenes de un Alec Baldwin en estado de gracia, pero en realidad es el sostén emocional, profesional y vital del enclenque y misérrimo personaje de Baldwin. Un disparate, porque la propia Lemon es una desquiciada incapaz de tenerse en pie por sí misma. Un desastre con patas que no sabe manejar un solo aspecto de su vida. Y ahí está su encanto, ahí es donde la actriz Tina Fey desarrolla toda su vis cómica construyendo una falsa diva que no sabe ni hacerse un huevo frito pero que tiene bajo su mando todo un imperio televisivo. Hay algo en ella de la Rachel de Friends y un poco de la Blossom de Blossom (ya sé que esto último suena pervertido y pederasta). En definitiva, el personaje de Liz es el de una payasa consumada, con mil posibilidades para dar pie a todo tipo de chistes y gags.
Tina Fey no es especialmente guapa ni jamás ganaría un concurso de belleza. Probablemente, tampoco destacaría mucho en un bar un viernes por la noche, pero en 30 Rock exuda un magnetismo brutal. Con otras palabras: no necesita hacerse la interesante para dar a entender que es muy interesante. Es una tipa con la que te irías de copas hasta el amanecer, con la que harías mil y una travesuras por la ciudad, pero que nunca te plantearías llevarte a la cama. Sin embargo, sin darte cuenta, lo más probable es que acabaras metido en su cama si ella se lo propusiera. Con un simple chasqueo de dedos.
Igual soy yo. A lo mejor me estoy haciendo viejo y me he convertido en uno de esos tíos que piensan que el sentido del humor y la inteligencia pueden hacer sexy a una mujer. ¿Te imaginas qué depravación? Toda una vida currándome una exquisita superficialidad, toda una vida intentando valorar a las mujeres por sus tetas y a mis años me salgo con estas sutilezas. Sería desastroso, un signo de decadencia imparable.
Tina Fey es graciosa profesional. Se ha curtido en la exigente escuela de Saturday Night Live, la cantera de la comedia televisiva en Estados Unidos. Curiosamente, un programa de la NBC, el canal en cuyas bambalinas se ambienta 30 Rock, por lo que es posible que muchas de las situaciones retratadas en la serie tengan una base real. O, al menos, haya bastantes guiños y zarpazos a personas de carne y hueso. Ella misma escribe muchos de los guiones y produce la serie además de coprotagonizarla, así que no me extrañaría un pelo que las tramas estén llenas de pequeñas venganzas. Sea como fuere, Tina Fey demuestra que es mucho más que una cómica de monólogos al hacer 30 Rock. Tina Fey, y perdónenme la hipérbole, es una artistaza.
Y si no lo es, me da igual. A mí me gusta, aunque no se parezca en nada al resto de actrices que han aparecido en la galería de erotismo olvidado y segundón de este blog.
Por cierto, si quieres conocer los retratos de la galería de erotismo olvidado y segundón de este vuestro blog, pinchad en estos links:
Erotismo olvidado y segundón 1: Jenny Agutter
Erotismo olvidado y segundón 2: Rossana Arquette
Erotismo olvidado y segundón 3: Alida Valli
Erotismo olvidado y segundón 4: Shirley MacLaine
Erotismo no olvidado y segundón 5: Mena Suvari
Erotismo no olvidado y segundón 6: Tania Raymonde
Erotistmo olvidado y segundón 7: Janine Turner
PS: se admiten sugerencias para engrosar la galería.
LA HE LIAO PARDA
Un bombazo de YouTube. Este vídeo, colgado desde varias fuentes, lo ha visto más de medio millón de personas y ya se han hecho varios montajes con ella. Esta chica es una heroína de internet. Vamos, que la ha liado parda.
DOCTOR EN ALASKA HOY
Ni Hablar por hablar logra dormirme ya. Las nanas de la inmundicia, que las llamo yo, no sirven de nada en estas noches pegajosas. Reveo Doctor en Alaska. Sí, soy recurrente, pero me gusta comprobar que los mitos siguen en su sitio. Creo que puede funcionar como una nana, pero, obviamente, no. No me duermo. Pienso. Y pienso en lo que significó para mí esa serie, que echaban también a las tantas por la 2, cuando yo no era todavía yo, cuando yo era un proyecto de mí mismo, cuando el personaje más afín a mí era el atontado, asocial, huérfano y cinéfilo Ed, y recuerdo lo mucho que disfrutaba con esa gente de Cicely, Alaska.
Me gustaría revivir aquella sensación primigenia y comprobar si de verdad era tan intensa como la recuerdo. Seguro que no, seguro que le he dado un barniz embellecedor y la cosa no era para tanto, pero hoy recuerdo aquellas madrugadas como algo revelador.
La serie ha envejecido mal en muchos sentidos, pero se mantiene igual de brillante en otros. Ha perdido capacidad de seducción, no creo que acabe convertida en clásico, porque se le ve demasiado la coetaneidad. Le asoma su tiempo -esa época de nadie a finales de los 80 y principios de los 90, cuando la caída del muro y el estallido de Nirvana- como un sarampión, y no siempre de forma tierna: la ropa, los peinados y muchos comentarios caducaron hace mucho, huelen a moho. El planteamiento argumental y escénico, que en su día renovó el lenguaje de las series, llevándolas al terreno del cine con mayúsculas, está hoy muy superado. Ese realismo mágico trasladado al Ártico, ese retorcimiento de los esquemas narrativos audiovisuales al uso, ha sido perfeccionado por realizadores y guionistas mucho más ágiles. Lo mismo sucede con su hiperintelectualismo y su ruptura de las fronteras entre lo onírico y lo real, que han sido mucho mejor tratadas en series como A dos metros bajo tierra.
Es el precio que pagan los pioneros, los que desbrozan el camino al resto, que los que vienen detrás suelen aprender rápido sus trucos y los acaban haciendo mejor que ellos.
Pero todo esto, que un espectador de hoy puede apreciar sin problemas, no molesta para el disfrute (en segundas nupcias) de la serie, siempre que se tenga cierto umbral de tolerancia. El contenido y el desarrollo de las tramas, la chispa -y el vértigo- de los diálogos y la soberbia interpretación de los actores tapan cualquier falla. Cicely sigue enamorando, sigue siendo un sitio al que apetece ir. Al que a mí me apetece ir. Probablemente, a mucha gente le parezca un asco pedante. Y están en su derecho, pero también ellos serían aceptados en Cicely, Alaska.
Torrente Ballester, que es un escritor despreciable en muchos libros y en muchos sentidos, dijo en su Don Juan una gran verdad: que nosotros no elegimos la música que nos educa sentimentalmente. Ojalá pudiéramos. Pero aprendemos a amar con un bolero cursi, y por muchos años que pasen y por mucho que se nos curta la corteza cerebral, seguimos soltando lagrimitas cuando suena por la radio. A mí me pasa algo parecido con Doctor en Alaska: me asomé a la vida con sus personajes, y no puedo evitar quererles con locura. Un susurro de Maggie me haría abandonar mi patria y hogar; me perforaría el apéndice si así pudiese tener una charla sobre Nueva York con Joel en su consulta; le regalaría mi colección de vinilos a Chris si se comprometiera a pincharlos en Chris por la mañana; cazaría un venado sólo para que Maurice lo cocinara en su cocina de gourmet; empeñaría tres sueldos en patatas fritas y cervezas del bar de Holling; pasaría una semana sin dormir viendo pelis de Bergman con Ed, y me haría dependiente de ultramarinos sólo para charlar por las tardes de filosofía con Ruth-Anne.
Asín soy, qué le voy a hacer yo.
QUÉ BIEN LO PASEMOS EN LA TELE

Pues aquí estamos, tan ricamente. Yo soy el del gesto simiesco. Estoy en la tertulia matinal de ZTV en directo desde la Expo, al lado de Pilar Estopiñá (pedazo de profesional y mejor persona cuya única falla en su impoluta carrera es solicitar mi colaboración para su programa), con un cierzo que helaba las ideas. Por eso, en mis intervenciones, sólo soltaba gruñidos protolingüísticos y se me quedaba esa cara. Ni sé la de tonterías que digo por la tele, pero ya he ido unas cuantas veces y me lo he pasado requetebién, a pesar del madrugón. Nunca pensé que esto de parlotear en un plató sería tan entretenido. A ver si después de tanto jurar y perjurar que yo no haría nunca tele, descubro que me va la marcha catódica. Con lo que me ha costado adaptarme a la prensa escrita, como para aprender otras historias ahora, con lo corto de entendederas que soy yo.
EXPORTAR MIERDA
Horror, pavor, terror. Lean este repor veraniego de El País y échense a temblar. ¡Las series españolas se exportan al mundo! ¿Por qué? ¿No dejó claro Lenin que los trapos sucios se lavan en casa y sin miradas indiscretas? Un poco de centralismo democrático, por favor. O un poquito de pudor, si acaso. Como si no hubiera cosas buenas producidas en España para exportar, desde el jamón de Guijuelo hasta el gazpacho, que vuelve locos a los alemanes (demostración incuestionable de la superior inteligencia alemana). Que suframos nosotros a Willi Toledo, pase. Al fin y al cabo, es un monstruo crecido aquí y habrá que cargar con él. ¿Pero qué culpa tendrán los lituanos, que viven tan a gusto sin que Milikito y Globomedia vayan a joderles la siesta?
En La silla de Fernando, de David Trueba y Luis Alegre, Fernando Fernán-Gómez habla con lucidez y un desparpajo creo que nunca visto en él, sobre el cine español, y dice más o menos esto (cito de memoria): "A los españoles nos tiene que gustar mucho el cine. Pero muchísimo, porque mira que llevamos años y años empeñándonos en hacerlo y, hasta hoy, ni siquiera hemos logrado crear un estándar. No ya hacer cine bueno, que sería mucho pedir, si no ni tan siquiera un estándar, un canon al que agarrarse. Si insistimos tanto sin obtener resultados tiene que ser porque el cine nos gusta una barbaridad, porque si no, ya habríamos dejado de intentarlo". No puedo estar más de acuerdo. El cine español es para echarse a llorar, pero es ambrosía pura, perfección platónica y cumbre parnasiana al lado de la tele española. No es que las series españolas den vergüenza ajena, que la dan, es que despiertan instintos homicidas en un espectador medianamente sensible. Salvo escasísimas y, por ello, honrosísimas excepciones, van más allá del insulto al público: directamente, defecan en él. Argumentos mal copiados y mal plagiados de series americanas buenas que destrozan, guiones insulsos sin gracia ni pizca de chispa, actores inverosímiles que ni siquiera saben vocalizar y puestas en escena cutrelux con amueblado de Ikea y luces diáfanas que hacen daño a la vista. ¿Eso es exportable? Si hubiera algo de justicia en el mundo, eso ni siquiera llegaría a grabarse, al no alcanzar los mínimos de profesionalidad que se le deberían suponer a un producto audiovisual.
¿Que arrasan? ¿Que la gente las ve? ¿Que mil millones de moscas no pueden estar equivocadas? Pos bueno, pos fale, pos malegro. A lo mejor triunfan por falta de alternativas, por la tendencia enfermiza a la imitación, por la pereza y la desidia de quienes las hacen. La Sexta promociona sus series superpremiadas y alabadas por la crítica y por los poquitos y pertinaces espectadores que, pese a las dificultades, las seguimos, pero luego programa esas series de tanto "prestigio" a las dos de la madrugada. Eso se llama predicar con el ejemplo. Hay buena tele, y buena tele que funciona, que sabe llegar a la audiencia y que marca estándares de calidad progresivamente más elevados. No en este país, está claro, pero existe. Que la mierda española se extienda por el mundo no es una buena noticia para nadie, salvo para los cagones y para los fontaneros.
LA NUEVA FRIENDS

Día inútil. El sábado nos clavaron en la cena y nos pusieron garrafón en un bar. Por lo menos, nos reímos y hasta nos enteramos, allá a las tres de la madrugada, de cómo había quedado Chikilicuatre. Una pena. Lo del garrafón y la clavada, claro, lo del Chiki Chiki me da lo mismo. El domingo no estábamos para nada. Ibuprofeno mediante, he reescrito y corregido un capítulo de un libro que ya coge forma definitiva, pero el día ha sido bastante improductivo y lo hemos dedicado, básicamente, a ver unos diez o doce episodios de Cómo conocí a vuestra madre, la serie heredera de Friends que nunca podemos ver cuando la echan en la tele.
Lo he confirmado: es la mejor sitcom que se puede ver ahora mismo. Tiene altibajos de un pasteleo insufrible y, en la primera temporada al menos, los guionistas no terminan de pillarle el punto al clásico romance "ahora te quiero-ahora te odio" de los dos protas, pero ninguna de esas inconsistencias agua la serie, que es muy divertida, tronchante a ratos.
Para los que no la seguís: estamos en el año 2030, y Ted le cuenta a sus hijos la historia de cómo conoció a su madre, allá por los años 2005, 2006 y 2007 (y supongo, si la cosa no se agosta, que seguirá en 2008 y 2009). Nueva York, cinco amigos cuasitreintañeros, con la vida resuelta profesionalmente (o en trance de resolución) y muy majos y cachondos. Dos de ellos (ella y él) se gustan pero se complican la vida; otros dos están prometidos y planean su boda, y el último, Barney (cuyo actor fue aquel médico adolescente en una serie imposible de principios de los 90), es un crápula cínico y babosil. ¿Suena a Friends? Es Friends, no se han esforzado mucho por disimular el plagio. Incluso los escenarios (el apartamento desaliñado de Ted y Marshall y el bar donde se pasan la vida) están copiados de Friends. Pero, ¿a quién le importa? El plagio es soportable -hasta recomendable- siempre que se cumpla un precepto básico: que la copia intente ir un poco más lejos que el original. En ese sentido, creo que Cómo conocí a vuestra madre es más gamberra, más sucia, más subida de tono en algunos aspectos y un punto más desenfadada que Friends. Un botón de muestra revelador: en Friends, los protas tomaban café en una cafetería; en Como conocí a vuestra madre quedan en un pub para emborracharse. Y otra más: en Friends, Joey era un ligón caradura simpático con corazón tierno, pero su equivalente en esta serie, Barney, es un hijo de puta que vendería a su abuela y que es capaz de muchas bajezas por conseguir un polvo. Su personaje busca la carcajada del espectador, no su empatía. Lo dicho: va unos cuantos pasos más allá, pero es que no puede ser de otra forma, porque cuando el público se acostumbra a un tono, no vale ni volver atrás ni mantenerse igual, hay que echarle un poco más de pimienta al guiso o nos sabrá a lo mismo de siempre.
Ah, se me olvida comentar lo más interesante: la "Rachel" de esta serie es canadiense (la actriz y el personaje, por lo que su acento es un motivo más de comicidad) y se llama Cobie Smulders (la actriz). No tiene la vis cómica de Aniston ni su formación teatral, y se nota que los guionistas tienen en cuenta esas limitaciones y no le ponen pruebas demasiado duras. No importa, porque destila mucho morbo y se deja querer por la cámara. Sabe cómo hacer que el universo orbite alrededor suyo. Muy morena, casi sorollana, tiene una presencia y una sonrisa de dejar pasmado. Pero, sobre todo, gusta porque no es una chica Playboy: sus andares y sus gestos le dan un cierto aire de chicazo que le añade atractivo y morbo. ¿He dicho ya que me mola un montón? Cobie Smulders queda oficialmente incorporada a la galería erótica de este blog.
Foto: exactamente, es ella.
UN CARETO DE LOS QUE YA NO SE LLEVAN

Si fuera escultor, volaría a Los Ángeles para hacerle una escultura. Sólo de su careto. Se llama Kevin McKidd, del clan McKidd de toda la vida, es escocés y actor (una combinación hasta ahora sólo sintetizada con éxito por Sean Connery) y los amantes de las series le descubrimos en la inigualable y despiadada Roma, donde fue el bravo Lucio Voreno. Quién sabe, quizá con él esté descubriendo mi lado homosexual, porque cuando aparece en la pantalla, me pego a ella cual mosca.
Su careto tiene una capacidad de atracción brutal. Como intérprete se defiende, incluso tiene algún chispazo de brillantez, pero no descuella precisamente. De hecho, dadas sus limitadas capacidades actorales, su mérito en Roma fue aguantar el tipo en un reparto de los de levantarse de la butaca (incluso de la del salón) y dejarse las manos en carne viva aplaudiendo. Ese Marco Antonio interpretado por un James Purefoy desconocido por estos pagos, pero muy famoso en los hogares ingleses por sus aclamados trabajos en la BBC; esa trágica y malvada Atia encarnada por la igualmente desconocida en España Polly Walker... Sus dos interpretaciones en las dos temporadas de la serie me recordaron lo muchísimo que puede llegar a emocionar un buen actor si le dejan hacer su trabajo.
Kevin McKidd no es un actor que emocione. Su talento no llega a tanto y está en otro sitio. Su fuerza está en su rostro antiguo. Es una cara de las que ya no se llevan, es un dios ario, un viejo icono nazi descontaminado y sonriente.
Con Roma le vino el éxito y el salto a Estados Unidos. Ahora interpreta a Dan Vassar, un reportero de San Francisco que viaja en el tiempo en una serie llamada (oh, originalidad) Journeyman. He visto los dos primeros episodios y es un bodrio sentimentaloide sin pies ni cabeza, pero merece la pena por ver su careto desfilando por la pantalla.
Pues aquí tenéis a un maromo-actor que me gusta, para que no digáis que sólo hablo de actrices escotadas.
OREGÓN TELEVISIÓN
Han tardado en encontrar su hueco, después de probar la fórmula del late night, pero al fin se les ve cómodos y en un programa que merece la pena. La gente de Lobomedia produce Oregón Televisión (que la autonómica redifunde de madrugada, por suerte para mí). Solo con este espacio ya considero bien invertido el dinero de todos que cuesta el ente utonómico.
Para los que no lo veais, y sobre todo para los que vivís fuera de esta extraña tierra, os cuento que Oregón Televisión es una parodia de los programas tipo España Directo. Los sketches son las conexiones de los reporteros, y cada uno de ellos dibuja una escena más o menos afortunada de la realidad aragonesa (u oregonesa, más bien). Tiene momentos tronchantes, especialmente para los que tenemos que lidiar día tras día con la pocas veces grata actualidad regional. Si alguien ha sabido captar el alma de lo oregonés y pasarlo por los espejos del callejón del Gato (o por los del laberinto de los espejos del parque de atracciones de Zaragoza, que sería más propio) han sido ellos. Chapeau.
Ahí van tres fogonazos en vídeo. La muerte y las madejas:
La publicidad de la Expo:
Y una de las entregas del temible Comando Almogavar:
DIRT

La señorita (¿o debería decir señora Arquette?) Courteney Cox era una actriz segundona, más que secundaria. Uno de tantos moscones vampíricos esperando su momento en los títulos de crédito de las series y las pelis malas de Hollywood. Hasta que un buen día de 1994 se presentó a un casting de la NBC y la contrataron para el papel de Monica Geller en una nueva sitcom. En realidad -y ella no lo sabía- era el segundo plato, porque para ese papel ya habían contratado a otra chica desconocida del off Broadway llamada Jennifer Aniston, pero a los productores les gustó tanto que decidieron crearle otro papel a medida y buscar una sustituta para el personaje de Monica. La serie, todos lo sabéis, era Friends.
De aspirante sin suerte, a ídolo de masas. Friends se convirtió en un fenómeno generacional, universal y -sobre todo- multimillonario, y Courteney Cox se convirtió en una superestrella con 30 años. Cuando terminó la serie tenía 40 -muy mala edad para una actriz, y especialmente para una actriz de su caché-, mucho bagaje y muchas ganas de demostrar que su talento estaba muy por encima de los gags de una sitcom. En su fuero interno, todos los actores piensan que están destinados a grandes cumbres, pero son muy pocos los que lo demuestran.
Courteney fue viendo fracasar y enquistarse a todos sus compañeros de reparto en Friends: Matt LeBlanc (Joey), se dio un hostión de cuidado con su pésimo spin-off; David Schwimmer (Ross) se ha quedado entre bambalinas parodiándose a sí mismo; Mathew Perry (Chandler) repite su mismo personaje en comedias cutres, en un encasillamiento que ya suena a encasquillamiento, y Jennifer Aniston (Rachel) parece la novia abandonada (por Brad Pitt, todo hay que decirlo) que pena por los pasillos del castillo arrastrando la cola hecha jirones de su vestido de bodas. Sólo Lisa Kudrow (Phoebe, mi favorita) parecía haber escapado de la quema.
La presión y el miedo tenían que ser grandes por fuerza. Muchos la habían cagado y Friends es mucho Friends para quitárselo de encima. Quizá por eso Courteney ha tardado tres años en salir de su crisálida, pero se puede decir que ha salido convertida en una magnífica mariposa. Una cruel, despiadada y brillante mariposa.
Dirt es una buena serie. No diré genial, no echaré las campanas al vuelo. La tele americana nos ha malacostumbrado con productos sublimes y ahora los espectadores somos más exigentes. Quizá hace cinco años, Dirt hubiera resultado deslumbrante, pero tras Los Soprano y A dos metros bajo tierra, se queda solamente en un producto digno. De calidad, pero no prodigioso. Y esto no es una crítica, sólo la sitúo en el lugar que creo que le corresponde.
En Dirt, una serie hecha a la medida de las aspiraciones y del talento de Courteney Cox, la ex Friend es una agresiva directora de una revista del corazón de Los Ángeles. Una Cruella Deville sin dálmatas. Se ha preparado a conciencia y nada en su presencia ni en su interpretación recuerda a Monica Geller. Pero, sin embargo, sigue siendo Courteney Cox. Eso es talento. Eso es algo que está al alcance de muy pocos actores: mantener la propia y marcada personalidad sin dejar de lado al personaje. Que el personaje y la actriz hablen a la vez, en una compleja y sutil dialéctica. Eso es lo que se le pide a los grandes actores (y a los grandes escritores).
Por lo demás, Dirt -que están echando en Fox y espero que se vea pronto en abierto- es una serie entretenida, que fuerza los límites de la verosimilitud y que hace catas muy interesantes en el siempre fascinante mundo del morbo y de (va por ti, Rondabandarra) las miasmas. Se echa de menos un poco más de arrojo, pero dado que la propia Courteney Cox produce la serie, creo que no se le puede pedir mucho más: una superestrella no se pone a hacer arte y ensayo de la noche a la mañana.
Muy recomendable. Si no la habéis visto, tirad de la mula. Sospecho que se avecinan tiempos de crisis catódica, así que hay que acumular reservas para el largo ayuno. Y Dirt es nutritiva.
FUTURAMA MATH

Sabía que Futurama era una serie extremadamente friki, pero hasta que no he visto los extras de El gran golpe de Bender no me he dado cuenta de lo fino que hila y de los mil recónditos guiños que hay para dar placer a los amantes de las matemáticas y de la física. De hecho, al menos tres guionistas de la serie son matemáticos. Futurama está plagadita de bromas que sólo pueden pillar los doctorandos en ciencias exactas. Y, de estos, sólo los que estén muy atentos. Afortunadamente para ellos, y para los legos-lerdos de letras que no nos enteramos de nada, una matemática estadounidense, Sarah J. Greenwald, ha estudiado todas estas referencias y las ha compilado en la web Futurama Math. De hecho, Greenwald utiliza capítulos de la serie en sus clases de la universidad.
Os cuento uno de esos elaborados y enfermizos guiños. En un capítulo, Bender recibe una felicitación navideña de la máquina que le fabricó. En ella se refiere a Bender como su "hijo#1729". Pues bien, ese número no es casual, sino el protagonista de una anécdota de dos matemáticos de principios de siglo XX. El científico inglés G. H. Hardy le contó a su colega Ramanujan que se había montado en un taxi que llevaba el número 1729, y que no sabía por qué, el número le había llamado la atención, no se lo quitaba de la cabeza. Ramanujan le contestó, tras pensar un momento: "No me extraña que te llame la atención, porque es el número más pequeño capaz de ser expresado como dos sumas distintas de dos cubos". Efectivamente, lo es. En concreto, se puede obtener sumando 13 y 123 o 93 y 103. Desde entonces, a los números que resultan de sumar dos cubos se les llama "taxicab numbers". En Futurama aparecen más veces, como en este diálogo, cuando Bender conoce a su doble malvado (según se mire), Flexo -que, por cierto, y esto es otro apunte friki, se distinguía de Bender por una pieza de metal a modo de perilla, como la perilla que llevaba el doble malo de Michael Knight en El coche fantástico-:
Profesor Farnsworth: Este es Flexo.
Hermes: ¡Benditas llamas de las Bahamas! Salvo por esa perilla, es igual que Bender.
Flexo: No te extrañe. Los dos somos unidades dobladoras.
Bender: Eh, brobot, ¿cuál es tu número de serie?
Flexo: 3370318.
Bender: ¡No fastidies! El mío es 2716057.
[Los dos ríen. Después ríe también Fry, pero para y parece no entender]
Fry: No lo cojo.
Bender: Los dos pueden ser expresados como la suma de dos cubos.
Flexo: Oooh!
(Esta vez no cito de memoria: he traducido el diálogo en inglés transcrito en la web de Futurama).
También debe de haber un montón de citas ocultas a muchos científicos. Dice David X. Cohen, el cocreador de la serie, que el planteamiento de Futurama es que el 99% del público pueda reírse con los gags, pero que sólo un 1% los entienda realmente en toda su dimensión. Creo que lo han conseguido. Vaya frikazos de tomo y lomo. Les quiero.
FILOSOFÍA EN TELEMADRID

Si eras de los que pensabas que Telemadrid no iba a poder sobreponerse a la marcha de Sánchez Dragó y de su gato, sal de tu error ya, oh, progre incrédulo. Ahora, Esperanza Aguirre apunta mucho más alto. Ya no se conforma con escritores con alma de show-man friki mamporrero. La gran Esperanza, despechada porque en su partido no le hacen caso, se ha calzado unas sandalias, se ha puesto una túnica y ha marchado a pie hasta el monte Olimpo para invocar al más grande de todos los sabios. Y el más grande le ha concedido su deseo. Hoy, El País publica este titular: Platón asume funciones directivas en Telemadrid. Por fin el filósofo podrá aplicar las ideas de La República al ámbito del management.
Lo curioso es que tamaña noticia, la resurrección de un filósofo griego y su fichaje como directivo de una cadena autonómica, no haya tenido más resonancia en los medios. Será culpa de la LOGSE. Quizá los periodistas no sepan quién fue Platón (¿digo fue? Es, en presente, pues ahí le tenemos, cobrando dietas y pluses de los presupuestos de la Comunidad de Madrid).
No importa. Lo que de verdad urge saber es cuál será el equipo de trabajo del nuevo directivo. Yo en su lugar apostaría por dejar los programas de divulgación científica en manos de Pitágoras, y los late night, en las de Nietzsche, con superhombres bailando en bolas y el Risitas haciendo de Zaratustra. Los informativos, para Descartes, que es un tío pulcro que dirá las cosas claras, y las retransmisiones deportivas, para Karl Marx, que sabrá interpretar el sentido de la confrontación dialéctica entre los contrarios. A Aristóteles le nombraría director de proyectos en potencia, por aquello de que sabe muy bien la diferencia entre la potencia y el acto. Los espacios del corazón, para Sócrates, que siempre le gustaba andar cotilleando con sus alumnos y tenía la misma malicia y gustos eróticos que Jorque Javier Vázquez.
El mundo espera ansioso. ¿Podrán los filósofos muertos recuperar la televisión de sus miasmas? Es una dura prueba la que debe afrontar Platón, y su predecesor intelectual, Sánchez Dragó, ha dejado el listón muy alto. Démosle un margen de confianza a Platón. Hasta las próximas calendas, por ejemplo. O hasta que Pericles convoque de nuevo a los ciudadanos en el Ágora.
Así que, mientras los sabios restauran la dignidad catódica de Telemadrid, yo voy a apagar el móvil y a disfrutar en DVD de una maravilla maravillosa que ha salido hoy a la venta y que me acabo de comprar: El gran golpe de Bender, el primero de los cuatro largometrajes con los que Matt Groening y el matemático de Harvard David X. Cohen han devuelto a la vida uno de los mayores monumentos de la historia de la televisión: Futurama. Estoy nervioso como un niño con zapatos nuevos. Digo, como un niño con un DVD de Futurama nuevo.
TERROR HIPERBREVE
Se habla mucho (con mucha boludez, que dirían allá en el Bajo) de la publicidad y de los admiradores de su creatividad. La verdad es que yo soy más de los que la aguantan con estoicismo, y si no he quemado las sedes de muchas agencias de publicidad es porque he aprendido a canalizar mis instintos violentos en videojuegos sádicos. Sin embargo, es cierto que este mundo ha dado pie para verdaderas genialidades, como estas que cuelgo aquí y con las que inauguro el uso del vídeo en este blog. Son las cortinillas del canal de cable Calle 13, especializado en el terror, el género policíaco y el misterio. Son maravillosos homenajes de 20 segundos a los tópicos más aterradores del cine. A mí me encantan.
Este es el del patito:
Este es de mis favoritos. Esa mano de mujer...
Terror en el parking:
Tiovivos fantasmales...
Six feet under...
El ascensor:
Y el peor para los que alguna vez hemos cogido el último metro en algún sitio extraterrestre, como Carabanchel o Puente de Vallecas:
Una aclaración: no cobro nada del canal Calle 13. Esto es genuina admiración. No sé quien firma estas joyas hiperbreves, pero estoy convencido de que a Borges le encantarían.
OUTSIDERS

La Sexta ha emitido un Robin Hood de la BBC que, por lo visto, causa furor en el Reino Unido, pero que aquí ha pasado sin pena ni gloria. Lo han visto cuatro gatos mal contados. Como era de esperar, ya han salido los paladines de turno lamentando simultáneamente todas estas cosas contradictorias:
a) Que en España seamos tan catetos al no apreciar tan sublime producto de la BBC.
b) Que, por otro lado, el sublime producto de la BBC -una reinvención del mito de Robin Hood- era demasiado localista, imposible de cuajar en una sensibilidad no inglesa (vaya por dios, qué pena que nuestras toscas pieles endurecidas por el ibérico sol no nos permitan disfrutar de las deliciosas ironías de una civilización que aprecia el té).
c) Que -y aquí la cosa se pone patriótica subida-, qué cojones, que no necesitamos Robin Hoods de pacotilla. Como si la historia y el leyendario español no estuvieran saturados ya de bandidos, guerrilleros, espadachines y caudillos. Lo que pasa -y aquí seguro que Pérez Reverte daría un puñetazo en la mesa y haría tintinear sus espuelas- es que somos unos acomplejados, unas nenazas hipotensas indignas de recibir la viril inyección de gallardía ibérica que el cuerpo nos pide. ¿Para cuándo una serie sobre el Cid? ¿Para cuándo un Curro Jiménez revisited? ¡Que chispeen los facones en la serranía de Ronda! ¿Qué pasa con nuestros héroes, por qué no los sacamos del armario?
¿Cómo pueden hacerse esas preguntas sin ruborizarse? En fin, si no son capaces de responder a algo tan sencillo lo haré yo: en España nadie airea al Cid, a Curro Jiménez y a Agustina de Aragón (mezclando verdad y ficción a lo loco) como los ingleses airean a su legendario Robin Hood, básicamente, porque en Inglaterra nadie ha forzado a beber a un torturado aceite de ricino en nombre de Robin Hood.
No me hagan mucho caso, pero igual tiene algo que ver: no estamos hablando de mitología inocente, sino de un imaginario emponzoñado por un fascismo sanguinario. No hay detergente capaz de limpiar las manchas de sangre que lleva y presentarlo inmaculado de la noche a la mañana. Escuchen Adivina, adivinanza, del decadente Sabina, y aspiren los aromas que desprenden la fermentación de esos tópicos.
Y sí, los bandidos del siglo XIX, convenientemente idealizados por los románticos europeos, podrían cubrir ese hueco del leyendario popular. Y, de hecho, en buena medida, lo cubren, aunque su historia no se haya fijado en una literatura ni en un cine verdaderamente populares. Aquí, cuando un autor quiere sacar de paseo los tópicos del imaginario patrio tira por el lado de Don Juan, de la Celestina, de los Quijotes y Sanchos y de los perros del hortelano. Lo demás, mejor no meneallo.
En los años 80 hubo cierta fascinación por los hampones, por los Perros callejeros : Makinavaja , el Chino de Barcelona, Bajarse al moro , Macarra de ceñido pantalón... Eran los nuevos outsiders, esas figuras marginales que fascinan por su libertad. Eran la reinvención de los outsiders del western, que nunca han muerto del todo y que, según creo que escribió Borges, conforman la mitología del siglo XX. Pero los destellos de libertad de esos personajes funcionan siempre que no se les saque de su marginalidad: cuando un régimen totalitario los hace suyos y se los obliga a tragar a los escolares no como representación del triunfo del individuo frente a la norma establecida, sino como encarnación de valores mostrencos, pierden toda su validez. Por eso el Dioni, con su furgón y sus chatis de Ipanema, va a ganar siempre a cualquier bandido matafranceses.
IN THE GHETTO

En el siglo XIX, en Inglaterra y en otros lugares de Europa eran muy populares los zoos humanos, precursores de las freak parades que retrató Tod Browning en su película de 1932 Freaks (monstruos, de donde procede el extendido y algo irritante término friki). Quien visitaba un zoo humano veía especímenes de todas las razas del planeta, convenientemente enjaulados, para regocijo y delicioso escándalo de las damiselas burguesas. ¿He dicho todas las razas? Perdón, quería decir, naturalmente, las inferiores, las que difícilmente podían considerarse humanas y sólo valían para darle con el machete a los granos de cacao.
Estamos en el siglo XXI, muy lejos de aquellos racistas días del Doctor Livingstone, supongo. Y, sin embargo... Pues eso, que TVE parece que no se ha enterado y nos ofrece su versión refinada de estos zoos humanos: Hijos de Babel, la Operación Triunfo para inmigrantes.
Será que TVE no considera que los inmigrantes sean dignos de participar en la Operación Triunfo de verdad -que debe de ser como un colegio concertado, que deja a la chusma fuera-, por eso les ha creado una segunda división del ridículo televisivo, para que se explayen para el regocijo multicultural de las dóciles clases medias patrias. Seguramente en los objetivos del programa aparecerá muchas veces la palabra "integración", y a lo mejor hasta se les ha escapado alguna "igualdad". Que sí, que claro, que por supuesto, que faltaría más. ¿Quién puede dudar de las buenas intenciones de una televisión pública que nunca jamás ha sucumbido al morbo infecto y que siempre se ha mantenido fiel a su compromiso cívico de servicio público y de cohesión social?
El nombre del concurso es ya repugnante de por sí, y no sólo por lo cursi pemaniano de su sonoridad, ni porque admite bromas sobre otros "hijos de...", sino porque deja entrever una mirada vetusta y prejuiciosa sobre la inmigración. Hace diez años quizá todavía podría justificarse cierto asombro ante el fenómeno de la inmigración, pero hoy en día, quien no lo asume como algo tan cotidiano como las rebajas de enero es que vive en un país irreal. De lo único que yo me sorprendo es de que todavía no haya un ministro nacido en Ecuador o en Rumanía, de que en el periódico donde trabajo -y en ningún otro medio que yo conozca- haya periodistas procedentes de una hornada migratoria trabajando en pie de igualdad con nosotros (hay extranjeros, sí, pero llegaron por otros cauces y en otros momentos), de que apenas tengan presencia pública más allá de la crónica de sucesos. De eso me sorprendo. Lo que no me puede flipar es su presencia.
Hijos de Babel se acerca a los inmigrantes en tono paternalista y les da una oportunidad... de divertirnos. Venga, bufón, canta para mí. A ver qué sabes hacer, negrito. Anda, si los indicietos también saben bailar algo que no sea la danza de la lluvia. Guau, qué integradores somos. Qué gran papel social estamos haciendo.
Los zoos humanos del siglo XIX se montaban en nombre del progreso y de la ciencia. Los del siglo XXI, en nombre del multiculturalismo y la tolerancia. El efecto es igual de repugnante en ambos, y el tufillo racista me llega hasta aquí a través de la tele. Así que hijos de... Babel, ¿no?
Para que ahonde en esta línea integradora, y para no marginar a una minoría que ha sufrido y sufre mucho en este país, propongo a TVE que organice un concurso titulado Operación Fregoneta. Presentado por el rubio de Cruz y Raya, 12 gitanos conviven en una chabola de Sevilla por ver si son capaces de superar a Camarón de la Isla en tronío y alma pendenciera. El ganador, además de la producción de una cassette de gasolinera, obtendrá una concesión vitalicia de venta ambulante en todas las poblaciones de la Costa del Sol en temporada alta de verano. Por supuesto, se admiten navajazos y bodas con niñas de 14 años, para que ningún tópico quede excluido de la apuesta multicultural y la sociedad española se acerque por fin a una cultura tan querida y tan distante. ¿No mola? ¿De verdad que no? Pero si viene a ser lo mismo que Hijos de Babel, pero con saborcillo ibérico.
NO PUEDE HABERSE HECHO EN SERIO

Hay cosas que no pueden haberse hecho en serio. Cosas que, si no son una broma, deberían autodestruirse. Y si no, deberían ser leídas sólo en clave de broma, y los que se atrevieran a tomarlas en serio deberían autodestruirse. Combustión espontánea en el sofá.
Por ejemplo, Embrujadas. Que no, que no puede haberse hecho en serio, que tiene que ser lo que los pedantes llaman una autoparodia. Porque, si no es así, he hecho el canelo muchos domingos de mi vida.
Éramos vagos, teníamos resaca dominical y una nevera vacía, así que cogíamos el metro, nos cruzábamos medio Madrid hambrientos y dormidos y nos tirábamos en el sofá de I. Bueno, antes compartíamos una solemne comida dominical (algún pollo que salía medio crudo del horno o unas patatas churruscadas). Y después, adormilados, reclamábamos silencio para ver "la hora de las guarrillas", el bálsamo de nuestras resacas. No, no era porno, pero casi: era la serie Embrujadas, con la que llenábamos el domingo los asociales a los que no nos gustaba el fútbol.
Todo en esa serie es maravilloso: unas hermanas con pintas de zorrones rasurados (de ahí lo de "guarrillas") viven juntas en una casa victoriana de San Francisco. Resulta que todas son brujas, cada una con un poder distinto, y su misión es salvarnos de los ataques de los demonios, que son como actores porno trajeados que nunca se llegan a despelotar y que tienen muy mala baba. Así leído ya dices: ¿en serio? Venga ya. ¿Qué guionista o productor tiene la jeta tan grande como para endosarle semejante truño a una cadena de televisión?
Hace tiempo que no la veo, pero recuerdo que la experiencia era todo un subidón kitsch. Hasta la fotografía tiene unos tonos pastel de lo más empalagosos, como de revista cursi de decoración. En fin, que todo en ella parece una broma. Como El ejército de las tinieblas, de Sam Raimi, que es una parodia de un tipo de cine de terror muy determinado. Bueno, y luego está esa carga de erotismo soft con brillantina que apunta a las glándulas segregadoras de testosterona. Por no hablar de ese aire de videoclip heavy ochentero que emana cada secuencia. A ratos, parece la fantasía sexual de Van Halen.
Lo maravilloso de Embrujadas es que está en terreno fronterizo. Es tan mala que, cuando la ves, piensas que por fuerza ha de ser una parodia. Y como parodia funciona bien, se deja ver. Tiene un montón de referencias de pulp fiction televisiva que cualquiera puede reconocer y degustar fácilmente. Claro que luego te paras a pensar en que tiene demasiada producción para ser una parodia. Que nadie derrocha tantos recursos y energías en hacer risas de nada. Que sí, que nosotros la leeremos como queramos, pero que la historia va en serio.
Y entonces es cuando te echas a temblar.
FUTURAMA

Cuanto más la veo, más me gusta. Futurama es lo mejorcito de Matt Groening, su obra más perfecta. Quizá por eso no tuvo la audiencia esperada y la suspendieron. Ahora sale en DVD, por aclamación popular, una nueva temporada. Directamente en DVD, sin pasar antes por televisión. Pues cojonudo: si prefieren los diarios de Patricia, que les den diarios de Patricia y que nos dejen nuestras series limpitas, en caja molona y sin anuncios.
"¿Qué fiesta es esta? Casi no veo alcohol y sólo hay una furcia". Grande, Bender, el robot doblador. Y grandísimas también las tonterías como esta:
Leela: No podremos repartir toda esta mercancía en tan poco tiempo.
Fry: Es cierto. La tiramos y decimos que la hemos repartido.
Bender: Bah, demasiado trabajo: mejor la quemamos y decimos que la hemos tirado.
Me gusta todo, pero en especial lo bien que sabe hurgar en todos los tópicos de la cultura popular del siglo XX y estrujarlos sin piedad, pero con los debidos amor y respeto.
¡Larga vida a Planet Express!
Foto: "¡Acabemos esto de una vez y vayamos a buscar unas robopilinguis!".
DEXTER

Tenía que pasar. Tenía que venir una serie que me desilusionase: no siempre van a ser brillantes. Dexter, una de las promesas de la temporada, me ha parecido un bodrio, y lo lamento mucho, porque yo quería que me gustase.
Dexter es una secuela (comercial, no argumental) de A dos metros bajo tierra. Aprovechando el tirón de la serie de Allan Ball, han cogido a uno de sus protas, el interesantísimo actor Michael C. Hall (David Fisher en A dos metros...) y han montado un producto donde él es la estrella y el principal reclamo. Hasta ahí, estupendo. Yo soy el primero en picar en el anzuelo de Michael C. Hall, me interesa mucho su trabajo, pero podían habérselo currado un poco.
El argumento de partida ya es delirante, pero unos buenos guionistas le podían haber dado consistencia: Dexter es forense de la policía de día y asesino psicópata de noche. Pero, ojo, que sólo mata a los malos que se lo merecen y que el sistema judicial, ese fiasco en el que los ciudadanos no pueden confiar, no condena. Es un justiciero que recupera el espíritu fachoso de Harry el Sucio. Pero si Harry el Sucio era un personaje interesante, Dexter es más plano que una tabla de planchar. Monologa interiormente (!) y sus anodinas reflexiones son un lastre machacón que no te deja meterte en la historia. Subraya una y otra vez que él es un monstruo, un tipo especial que ve el mundo con otros ojos y bla, bla, bla. El problema es que luego no lo demuestra. Tú puedes decir que eres especial y enigmático, pero si tus actos dicen que eres más aburrido y lerdo que un antenista en paro, te puedes ahorrar los monólogos.
Los guiones están cogidos con alfiler, y el buen trabajo de unos actores que no están nada mal no basta para salvar unas tramas que hacen agua por todas partes. No hay intriga, las víctimas no inspiran sentimiento de empatía o antipatía ninguno, y los crímenes del asesino en serie al que persiguen, y que reta a Dexter en un jueguecito que todos hemos visto en pelis como Seven, no logran despertar el más mínimo morbo o interés. Y, para colmo, cometen un error mojigato que anula absolutamente el planteamiento: si se supone que nos tiene que dar repelús la faceta asesina del prota, ¿por qué no muestran sus crímenes? Sólo se enseña el comienzo, cuando los apresa y los ata a la mesa, pero nunca vemos cómo los mata y descuartiza. Hay una pudorosa elipsis incomprensible. Te pasas todo el capítulo esperando a que mate a alguien, y cuando lo mata, viene el tío Paco con las tijeras del horario de protección infantil y pasa a la siguiente secuencia. Pos vaya. ¿Os imagináis que nunca vemos cómo Los Soprano se cargan o dan una paliza a alguien? ¿O que en Doctor en Alaska nos estuvieran diciendo todo el rato que viven en un pueblo perdido, pero las escenas se rodaran siempre en decorados y nunca viéramos cómo es el pueblo? Pues eso hacen en Dexter. Eso sí, con mucho monólogo trascendente. Michael C. Hall está muy bien, no es culpa suya que no le den material bueno para trabajar.
Por supuesto, la fotografía y la música mu rebonicas. Cada plano es perfecto, con el encuadre y la luz embriagadores y misteriosos. Tan perfectos, que cansan: el capítulo es una sucesión de Caravaggios insoportables. Además, al contrastar con la pobreza del guión, este alarde técnico todavía subraya más la inanidad de la serie.
Lo dicho, una decepción. Me quedo con el Michael C. Hall de A dos metros..., donde los guionistas le dieron la posibilidad de demostrarnos a todos que es un actorazo. Mejor suerte otra vez.
GRANDES FRASES: FUTURAMA

Dice Bender, al borde del llanto, cuando Lilla está a punto de ser devorada por un extraterrestre:
"Sé que sólo eres una insulsa forma de vida basada en el carbono, pero en el fondo de mi corazón siempre consideré que estabas hecha de titanio".
También Bender, en el funeral de Fry, llorando su pérdida:
"Cuando decía que mataría a todos los humanos, siempre añadía en voz baja: 'menos a uno'. Fry era ese uno, y nunca se lo dije".
A Bender le han instalado una bomba que se activa cuando dice la palabra culo. Intentan quitársela, pero no lo consiguen y deciden cambiar la palabra de activación por otra que no usa nunca. Bender intenta adivinarla:
"¿Una palabra que nunca uso? ¿Cuál es? ¿Por favor, gracias, lo siento, sin alcohol?
THE FAMILY IS BACK

Por fin estoy viendo la sexta y última temporada de Los Soprano. Se suponía que iba a salir en DVD en junio, pero no ha aparecido hasta este mes, cuando precisamente acaba de ganar el Emy a la mejor serie dramática, aunque mi amado James Gandolfini se ha ido a casa sin premio. Podéis leer tranquilos, que no voy a reventar nada de las tramas.
Sólo diré que los cameos son tremendos en esta temporada (Lauren Bacall, la gran Lauren Bacall asoma la nariz haciendo de sí misma en un capítulo), y Steve Buscemi se aviene a dirigir un episodio. Nuestra querida familia se enfrenta a situaciones bastante jodidas, no ya por el acoso del FBI sino por su necesidad de adaptarse al siglo XXI. Menos mal que Tony mantiene las cosas en su sitio y sabe evitar que cuestionen su liderazgo.
Una idea que no sé si he propuesto ya en este blog: habría que hacer un libro de recetas con los platos que salen en la serie. A lo mejor, incluso daba para dos tomos. Qué barbaridad, qué manera de comer, y qué gusto. De hecho, esta idea existe con la mafia real: el ex mafioso neoyorquino Joseph Iannuzzi, que dejó el crimen a cambio de integrarse en el programa de protección de testigos del FBI, publicó en 1993 un best seller: The Mafia Cookbook, donde explica cuáles eran las recetas favoritas de los capos, cómo les gustaba comerlas y, lo más morboso, qué les apetecía comer antes o después de un ajuste de cuentas. Iannuzzi era su cocinero.
Mi libro de Los Soprano sería más light. Al fin y al cabo, es ficción. Estaría el pollo a la marsala que prepara Carmela y los escalopines de Artie Bucco. Me encantaría cenar un día en el Vesuvio y que Artie Bucco me agasajara con su plato del día. En fin, os dejo, que me está entrando hambre.
TANIA RAYMONDE

Nueva incorporación a la galería erótico-fílmica de este blog. Es una actriz muy joven (19 imponentes añitos), pero destila un morbazo poderosísimo. Su carrera está empezando ahora en el cine: dentro de poco se estrenarán dos pelis indies que coprotagoniza y le auguro un porvenir brillante si la dejan crecer profesionalmente.
En realidad la descubrí hace unos años, cuando fue Cynthia, la seudonovieta de Malcolm en unos pocos capítulos de Malcolm in the middle. Tendría entonces 14 o 15 años. Sí, sí, ya sé lo que pensáis: pederasta, pervertido y esas cosas, pero os puedo asegurar que no. El personaje de Cynthia era el de una niña cómica, y como tal lo leí, por más que Cris repitiera a mi lado que esa niña apuntaba maneras y que iba a ser una mujer impresionante (como a la vista está). Ahí se quedó, como una niña actriz con una gran vis cómica y talento para dejarse querer por la cámara.
Sin embargo, ayer, en el segundo capítulo de la tercera temporada de Perdidos, apareció fugazmente, ya convertida en este bellezón, y no me lo pude creer. Corrí al IMDB para cerciorarme de que era la misma actriz y, efectivamente, lo es. Un aliciente más para ver la serie de los naúfragos aéreos. En esta temporada, interpreta a Alexandra Rousseau, que todavía no ha desvelado su función en la trama, pero que se vaticina importante. Su papel en Perdidos ya le ha generado una pequeña corte de seguidores a la que me añado desde hoy. Espero que sus pelis se puedan ver en España. Así que recordad este nombre: Tania Raymonde.
LOS PEORES ANUNCIOS DE LA TELE

Aun a riesgo de hacer el juego a los publicistas que han diseñado las campañas (que hablen de uno, aunque sea mal, y esas cosas), no se me ocurre mejor forma de inaugurar la temporada televisiva que haciendo un Top-5 de los anuncios más irritantes que actualmente emite mi idolatrada caja tonta. Pero es que me enervan, transmutan el buen rollo que las series y las pelis me transmiten en odio hacia la humanidad, y por eso he de reseñarlos, para no sentirme tan solo y comprobar si a vosotros también os alteran el sistema nervioso central. Renovaré periódicamente esta lista de odios. De momento, la cosa queda así, de menos a más:
On number five...
- Carefree. "No importa las braguitas que lleves, te sentirás bien en cualquier momento". Menos cuando veas ese anuncio. Los contoneos de esa pija -por más que su anatomía casi al descubierto me inspire otras emociones que no vienen al caso- merecen el cadalso. No por lúbricos, sino por estúpidos. Su risa idiota del final me provoca pensamientos de anciano: "Ay, hija mía, tú lo que necesitas es haber pasado una guerra para enterarte de lo que es estar bien de verdad".
On number four...
- Kangoo. Unas toallitas para que los niños se limpien el culo. Sale un grupo de querubines haciendo una coreografía y cantando una canción sobre las bondades de limpiarte el culo tú solito. Ya sabéis, el rollo freudiano de que si te mola tu caca eres una persona creativa. Nada que objetar ni a la mierda infantil ni a la debida higiene, pero la mascota del anuncio es una especie de rana bípeda que enseña sin rubor cómo usar las toallitas de papel. Sin embargo, en la demostración, la ranita en cuestión se introduce una toallita por el culo y hace un gesto de "qué guay". Yo creía que la estimulación anal se practicaba a otras edades, y tampoco entiendo esa filia erótica por la celulosa.
On number three...
- Micralax. Seguimos con lo escatológico. En un arranque presuntamente cómico, se nos presenta a una pobre y atolondrada chica inmersa en un viaje organizado en autobús. Un enano que hace de guía dice: "Cinco minutos para la visita", y a ella se la ve agobiada y pisoteada por mil turistas estresados. Al final, el grupo llega al hotel, ella entra en la habitación y saca del neceser un paquete de Micralax, "edemas higiénicos contra el estreñimiento ocasional". Suena una cadena de WC derramando su beatífica cascada y ella dice -con el intestino ligero, se supone-: "Con Micralax, estoy tranquila". Pos bueno, pos fale, pos malegro. Pero, ¿qué tienen que ver los viajes organizados con el estreñimiento ocasional? ¿Que en ambos casos se acumula mierda? Me habría gustado asistir a la brain storming de este anuncio y ver en qué punto se asociaba no cagar con ir en un autobús a ver Florencia.
On number two...
- Polaris World. Si no tuvimos suficiente con Anne Igartiburu y Marina d'Or, este año ha llegado Camacho con Polaris World en Murcia. Como son murcianos, han hecho un anuncio ad hoc (quizá este comentario hiera a muchos, pero un amigo mío decía que Murcia es a España lo que Texas a Estados Unidos, y que si nos empeñáramos el resto de españoles, conseguiríamos desgajar la región y empujarla hasta que se uniera con Argelia, y que les aguantaran ellos. Pero yo no suscribo tales dislates, o lo hago sólo en parte). Después quitaron a Camacho paseando por la playa, porque quizá vieron que como reclamo glamouroso no pegaba, y metieron a un blasillo que dice ser presidente de Polaris World, cuando a todas luces es un hombre de paja de la mafia rusa. Quizá para reírse de él, el guionista le hace decir: "Pague por su vivienda un precio justo en el que probablemente sea el mejor resort de Europa". La gracia está en que el blasillo es incapaz de pronunciar "probablemente" y le sale algo etílico y parecido a "pmmnte". Por lo demás, y no sólo como residente en Aragón, sino como habitante de la aldea global, me irrita mucho tragarme las bondades de unos campos de golf construidos en el desierto. Pero eso quizá sea otra historia.