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EL CAMINO REAL (VUELTA A CASA)

Escribo el último post desde 10.000 metros de altura sobre el Atlántico, como pasatiempo para mitigar la sensación de no sentir las piernas y para alejar el cacareo adolescente de un viaje de niños pijos que vuelven de estudiar inglés en Estados Unidos (ja, qué risa). En el aeropuerto no he encontrado wifi, así que cuando podáis leer esto yo estaré recuperándome del jet-lag con largas siestas y sesiones de tele.
En realidad, sólo me queda reseñar la visita a Santa Bárbara, a la que dedicamos nuestro último día en California y nuestra última kilometrada en el Mustang, que parecía torcer el morro al despedirse de nosotros en el aeropuerto. En el trayecto de Los Ángeles a San Francisco con el que empezamos el viaje, dejamos Santa Bárbara a un lado, y urgía recuperarla. Es un lugar extraño. Feudo republicano, poblado por rancias fortunas anglosajonas -entre ellas, la de la familia del ex presi Ronald Reagan-, en un pueblo encantador que ondula entre colinas orilleras del Pacífico. Encantador, pero falso: un terremoto destruyó la Santa Bárbara original en los años 20, y a los potentados lugareños no se les ocurrió otra cosa que reconstruirla en estilo colonial, rescatando los planos españoles originales y dando realce al legado hispano de la ciudad. Leída, la idea me horrorizaba. Estaba convencido de que me iba a encontrar con la enésima guarrería kitsch del peor gusto americano, pero he de confesar con humildad que mis prejuicios eran infundados: Santa Bárbara da el pego como ciudad colonial. Si nadie te informa de que aquello es un decorado pagado con los remanentes de Wall Street, cualquiera diría que estamos en San Cristóbal de las Casas, versión blanca encalada.
Pero hay una cosa en Santa Bárbara que no es falsa: la misión, que sólo sufrió daños parciales durante el terremoto y se conserva en un admirable buen estado. Dicen que es la reina de las misiones californianas, aunque fue fundada tras la muerte de Fray Junípero Serra, el padre colonizador de California. Para un español que ronde por aquellos pagos, la visita es inexcusable, pues da una idea muy correcta de cómo era la vida de los monjes que tomaron posesión de California en nombre de su fe y de la Corona española.
La iglesia, como ocurre en casi todo México, tiene elementos sincréticos en su decoración, pues el altar y todos los ornamentos fueron diseñados por indios en el siglo XVIII. En 1820, cuando California se independizó de España y pasó a pertenecer a México, el culto cristiano se contaminó de referencias indígenas, y así se mantuvo cuando la República de California se incorporó a Estados Unidos en 1848. Al igual que en muchas partes del Caribe, esa mezcla se palpa y se respira en la misión de Santa Bárbara.
Aunque el espíritu hispano domina por encima del mestizaje. El paseo por la misión, especialmente por su claustro (con palmeras y cactus del desierto), recuerda al del convento de Palos de la Frontera donde Colón planificó su viaje. Se nota que ambos espacios los construyeron y poblaron temperamentos gemelos, movidos por las mismas ansias. En el cementerio del complejo, los nombres españoles resaltan sobre los anglosajones y, de entre ellos, sobresalen los apellidos vascos, pues fueron vizcaínos los primeros colonos potentados. Cuando llegaron los colonos anglosajones, se mezclaron con la oligarquía local española sin desplazarla, y todavía hoy algunas de las principales familias de Santa Bárbara tienen nombre vasco (corrompido y anglosajonizado por el paso de los siglos, claro).
Nos despedimos de Santa Bárbara y de la estatua de Fray Junípero Serra y enfilamos la carretera hacia Los Ángeles y hacia nuestro vuelo, que sale de madrugada. Por cierto, volvemos por la Highway 101, construida sobre El Camino Real (escrito en las señales como “Historic El Camino Real“), la vía que los primeros pobladores españoles de California construyeron a lo largo de la costa para comunicar sus asentamientos. Nosotros deshacemos su camino.
PS: Aterrizamos en Madrid a una hora imposible, cuando los borrachos ya se han empiltrado y los madrugadores todavía no han tomado el café. Deshechos y rotos, decidimos no molestar a ningún amigo de los Madriles y seguir ruta a Zaragoza. En la estación de Atocha, que sigue hecha un asco por la construcción del túnel, nos damos cuenta de que ya estamos en nuestro querido país. Un coche pasa a poca velocidad junto a las obras y grita: "Joder, ¿todavía está levantao esto? ¡Esto es más largo que las obras del Escorial!", a lo que uno de los obreros (que no estaba en el frenesí de su actividad, precisamente, sino más bien zampando un bocata en la sombra), le responde: "¡Vete a tomar por el culo, gilipollas!".
Ah, qué gusto da volver al solar patrio y reconocerlo en sus pequeñas cosas.
OVER THE RAINBOW, RAINBOW!

Siempre me he metido un poco con la gente que se cruza el océano o el mundo para despanzurrarse en una playa, por muy exótico que sea su nombre. Viviendo en España, donde si algo sobra, aparte de mala educación, son playas, me parece una soberana estupidez buscar arena en el más allá. Lo sigo pensando, pero también creo que uno no le debe hacer ascos a los mares lejanos, y que cuando uno se ha pasado unas semanas de acá para allá trotando sin parar, se gana el derecho al disfrute de un buen día de sesteo arenero. Y eso hemos hecho nosotros en estos compases finales, con la tranquilidad de los deberes hechos y sabedores de que las inmensas playas del azul Pacífico son uno de los atractivos más poderosos del monstruo de Los Ángeles.
Tras unos cuantos rodeos, el Mustang se ha quedado varado junto a un acantilado de Malibú. Le ha costado encontrar el mar, porque las mansiones se suceden unas a otras sin dejar paso público a la arena, apropiándose de la costa sin pudor. Al final, hemos encontraro un rincón parecido a las playas de Matalascañas (las que hay entre el pueblo y Huelva y están encajonadas en acantilados, no las del parque nacional), pero con mansiones palaciegas coronando las colinas, cada una con su escalerita para bajar cómodamente a la orilla. ¿Vivirán los Beckham en alguna de ellas? El Pacífico, que es un mar azulísimo, nos ha amenizado la siesta, y las gaviotas y los pelícanos, que en Malibú son enormes y forman multitudes, han aleteado junto a nosotros.
¿Qué más puedo decir? Todos sabemos lo que es un maldito día de playa, así que ahorraré bits (que no tinta). Por la noche, nos hemos sacudido la arena, nos hemos acicalado y le hemos pedido al Mustang que nos sacara de paseo, a recorrer la ciudad como yo soñé, que diría el de Granada. El muy golfo ha enfilado hasta West Hollywood y se ha parado en una manzana de Sunset Boulevard que estaba sorprendentemente animada. En la esquina, el famoso Whisky a Go-Go, y unos números más allá, el no menos entrañable Rainbow. Por los alrededores, varios neones que anunciaban night clubs de mucho más caché. Y también de menos. Esta parte de Sunset Boulevard está muy concurrida por la noche y, por un momento, te olvidas de que estás en Los Ángeles. Parece la marcha de Nueva York o, incluso, de una ciudad europea cualquiera. Claro que el embrujo se rompe al doblar la esquina, que muestra unas calles desiertas y oscuras. Ese tramo de Sunset es un oasis noctámbulo que se puede recorrer andando. Noctámbulo y rockero. Por cierto: desde ahí, sobre una de las colinas de Hollywood, se disfruta de una de las mejores vistas nocturnas de Los Ángeles. Las luces parecen extenderse hasta el infinito. Si hubiera una Torre Eiffel rompiendo la perspectiva, se parecería mucho al espectáculo que ofrece la cima de Montmartre en París.
Entramos al Rainbow, que tiene una pequeña terraza donde sirven cenas. Cinco dólares la entrada con derecho a consumición. Nos cobra un cow boy con espuelas que tararea entre dientes la canción de AC/DC que están poniendo. Queremos ver a alguno de los rocosos-rockeros locales (y ser local en Los Ángeles equivale a ser mundialmente famoso en el resto de la Tierra), pero en verano andan todos liados con sus giras europeas y sus bolos. Sospechamos que muchos de los que entran con nosotros llevan la misma intención, y todos nos vamos a contentar con estar. A mí no me importa. Me gusta estar en los sitios y respirar su atmósfera -especialmente, cuando en el sitio está prohibido fumar, como es el caso-. Me gusta sentarme en los lugares que significan algo y hacer un rato la fotosíntesis, no necesito más. Y el Rainbow es un templete rockero de los molones.
El local aglutinó en los años 80 a buena parte de los músicos que le dieron un último tirón de rabia al rock antes de que el nihilismo de Kurt Cobain se llevara unas cuantas décadas de ingenuidad por delante. El Rainbow es un poco el hogar de Guns and Roses, que supieron inyectar lo mejor de la actitud punk a un hard rock casi moribundo. Un fogonazo creativo que generó un fugaz movimiento de brillantez en el rock and roll de mediados de los 80 y dio una segunda oportunidad a la generación anterior, que languidecía entre teclados cursis y melenas cardadas. El Rainbow fue como el Café Gijón de esa gente, y todavía hoy es punto de encuentro de los viejos rockeros, así como de los que aspiran a hacer algo en el mundillo del heavy y buscan la protección y el consejo de los grandes.
Fotos, fotos y más fotos. El propietario, Tony, aparece retratado con artistas de todo pelaje, en medio de lo que es un museo del rock, con discos de oro, platillos y guitarras firmadas y demás parafernalia fetichista. De entre las fotos, la más grande es una de Tony con el portentoso Lemmy, el alma de Motorhead y, como ya han apuntado Ex Compañero y Chelita, el más fiel parroquiano del antro. Dicen que suele estar en la barra de abajo, acompañado por Slash, y jugando a una máquina de comecocos. No estaba, obviamente, pero sí la máquina, donde he tenido la poca vergüenza de hacerme esta foto que reproduzco. Espero que el cerco que mi cerveza ha dejado sobre ella no ponga furioso a Lemmy cuando se siente a echar su partida.
Creo que ésta va a ser la última entrada de este diario, pues mañana es nuestro último día por estos lares y no sé si encontraré wifi. Quizá desde el aeropuerto pueda poner unas líneas. Si no es así, mil gracias a los que habéis seguido este braseo estos días. Besos en la nuca a todos.
DE PRETTY WOMAN A L. A. WOMAN

Esas dos canciones podrían haber puesto banda sonora al día de hoy en Los Ángeles, con unos corridos mexicanos en medio. Sólo así podría bailarse una jornada que ha empezado en las tiendas donde se abastecen de lujo los mandamases del planeta y ha terminado con una batucada hippie en la playa. De lo primero, hagan el favor de notar el nombre que figura en la tercera línea de la foto, dos líneas por debajo del de Arnold Schwarzenegger: His Majesty King Juan Carlos. No, no es un listado de cargos públicos mundiales, ni los cromos que le faltan a alguien para completar su colección de la jet-set. Es la lista de clientes VIP de una sastrería exclusivísima de Rodeo Drive, en Beverly Hills. Y ahí tenemos a His Majesty (Our Majesty). Quizá en este país todavía no se han enterado de que nuestro rey es un tipo campechano y rocero. He estado por preguntar en la sastrería si His Majesty había encargado esta semana algún modelo para consolarse del disgusto vivido con El Jueves.
Pero bueno, basta ya, qué maleducado soy. ¿Qué hago hablando de tonterías cuando hay un viaje por contar? Decía que el día ha empezado en Rodeo Drive y en las mansiones de Beverly Hils. Se podía comer en las aceras de lo limpias que las tenían. Hasta el asfalto de la calle relucía casi tanto como el dorado de los letreros de las tiendas. Un pijerío supino, unos escaparates de a millón y unas limusinas que no podían ni doblar la esquina de tan largas que eran. Notaba a la tarjeta de crédito temblando en la cartera, y he tenido que sacarla y reconfortarla con caricias: "Tranquila, visita bonita, que no te voy a hacer entrar en ninguna de estas, que aquí no se conformarán con dejarte en pelotas, sino que te arrancarán la piel a tiras y se harán un bolso de Prada con ella". Resulta gracioso pasear por el escenario de Pretty Woman, pero no emociona mucho. Si por lo menos nos hubiéramos cruzado con algún famoso... Pero lo más cerca que hemos estado de la jet es cuando nos hemos zampado un bocadillo en un garito que, al parecer, frecuentan Eva Longoria, Jessica Alba y Hugh Laurie, a juzgar por las dedicatorias que lo empapelan. El bocata estaba bueno, gracias. Digno del catering de una guest star.
Hemos dejado a los pijos con sus cosas de pijos y le hemos pedido al Mustang que nos llevara al centro, a la parte de la ciudad que los americanos llaman "pueblo bajo" (downtown). És la única zona de Los Ángeles con rascacielos, y el skyline que se divisa desde la autopista recuerda al de Manhattan, pero con dimensiones mucho más reducidas. De lejos, parece un distrito financiero al uso, con sus yuppies y sus cafés de diseño, pero cuando te sumerges en las calles que quedan justo al sur del Ayuntamiento te llevas una buena sorpresa. Idea para una peli: los ejecutivos de Wall Street huyen de los rascacielos como perras asustadas por alguna extraña razón y su lugar lo ocupan miles de mexicanos que inundan el lugar con rastrillos de bisutería y ropa barata. No es ficción, es lo que parece que ha sucedido en el centro de Los Ángeles.
Formado por rascacielos con sabor de los años 20 y 50, con portales suntuosos y fachadas art-decó, la vista hacia arriba parece Manhattan, pero, a pie de calle, me recuerda a cualquiera de las ciudades mexicanas que pateé hace dos años. Los locales se han parcelado hasta el minifundio del tenderete, conviertiendo la zona en un foco hispano lleno de sabor y colorido. El inglés ha sido barrido del lugar y abundan las joyerías-casas de empeño al lado de las iglesias evangélicas que prometen salvación. Estas últimas se han instalado en viejos cines cerrados, y aprovechan las marquesinas en alero para anunciar consignas, al igual que ocurre en Hollywood. Sólo el edificio de Los Angeles Times permanece al margen de la mexicanada. Al norte, junto al Ayuntamiento, sobreviven cuatro o cinco manzanas de rascacielos que siguen siendo las oficinas de las grandes empresas de Estados Unidos. Da la impresión de que se repliegan ante el poder hispano.
A unos veinte minutos andando desde ahí se encuentra otro lugar digno de visitar: Little Tokyo. De repente, el español deja paso al japonés, y la usura y la miseria se convierten en sushi y minimalismo oriental. Es una de las colonias japonesas más grandes de Estados Unidos y, aunque no tiene ni de lejos el encanto de los Chinatown de Nueva York o San Francisco, los carteles en japonés y las escuelas con forma de templo son casi tan chocantes como el barrillo hispano en los bajos de los rascacielos. Por lo demás, es muy residencial y hay poco que hacer en el vecindario.
Por la tarde-noche, había que desintoxicarse de las vivencias del día, y decidimos visitar la playa de Venice, justo al sur de la de Santa Mónica, donde nos alojamos (nota para amantes de la novela negra, los demás pueden saltársela: Santa Mónica es la corrupta y peligrosa Bay City, donde Raymond Chandler sitúa la acción de Adiós, muñeca. Tengo un recuerdo algo asfixiante de esa lectura, porque los coches de policía del malvado sheriff no hacían más que subir y bajar los acantilados de la ciudad, y yo me mareaba un poco. He de decir que el asunto de los acantilados está mejor resuelto ahora que cuando se escribió la novela).
Venice tiene una historia muy curiosa. Empezó siendo un empeño particular de un millonario, que quería construir una réplica de Venecia al sur de la que entonces ya era la playa preferida de las estrellas de Hollywood, Santa Mónica. El tipo excavó canales, puso nombres italianos a las calles y empezó a levantar aquello con la intención de que se poblara de artistas y gente guay, enamorada de la belleza de su engendro urbanístico. Como es lógico, sólo logró engañar a un par de horteras con un gusto tan pésimo como el suyo, y la ciudad fue abandonada. En los años 50, casi nadie vivía ahí, los canales se habían secado y el viento ululaba en las ruinas. Por eso, a Orson Welles le pareció un lugar perfectamente desolado para rodar Sed de mal. Esa Venice ruinosa es la ciudad corrupta y fornteriza donde languidece Marlene Dietricht. La cosa quedó ahí y, años después, algunos hippies y otros ciudadanos, espoleados por los altos precios del resto de playas de Los Ángeles, fueron repoblando y recuperando Venice. Hoy es uno de los lugares más animados de Los Angeles (hasta las ocho de la tarde, cuando todo el mundo se da el piro y aparecen los camellos y las bandas), y el paseo marítimo recuerda a Camden, a Haigh-Ashbury o a la plaza de Cascorro un día de Rastro (hace mucho que no voy a la plaza de Cascorro un día de Rastro, perdonadme la comparación).
En la playa, un grupo de espontáneos había montado una batucada. Hippies de ayer y de hoy bailaban extasiados, puestos hasta las orejas, entre una nube de humo de marihuana que olía a kilómetros. ¿Volvíamos a los 60? Un coche de la Policía vigilaba discretamente unos metros más allá, sin involucrarse, pero sin dejar que aquello se desmadrara. La juerga ha seguido hasta la terrible y noctámbula hora de las ocho de la tarde, cuando el sol se ha puesto (aquí anochece muy temprano) y la gente se ha esfumado como el humo de la marihuana. Venice se ha quedado desierta y casi todos los garitos han cerrado. Dicen que a esa hora aparecen los pandilleros a hacer sus cosas por ahí. No nos hemos quedado para comprobarlo, y sólo hemos alcanzado a ver cómo los omnipresentes mendigos -ya he hablado de que los homeless están por todas partes- tomaban posiciones para pasar la noche en la playa. Llamadnos cagones, pero mi madre me dijo que me alejara de los pandilleros.
ERROR DAY

Tengo una amiga, compañera de un par de aventuras latinoamericanas, que ha sentado cátedra con su teoría sobre el "error day". Todos los que hemos viajado con ella asumimos el planteamiento como axioma irrebatible. En cualquier viaje, siempre hay un "error day". Nunca sabes cuándo te va a tocar ni la intensidad con la que te va a azotar (si te viene mal dado, te puede amargar el viaje entero). Generalmente, es flojo y llevadero, pero no te libras de él nunca. Es el peaje del viajero: una decisión equivocada, un mal guiño en una aduana, una comida exótica que te provoca diarrea... El nuestro creo que ha sido hoy. La estadística es infalible y ya iba tocando. Esperemos que se quede sólo en un "error day" y no acumulemos varios.
La verdad es que ha sido una tontería, pero hemos perdido medio día. Al ser sábado -es decir, no laborable; es decir, sin atasco en las autopistas-, pensamos que sería buena idea acercarnos a San Diego, que está a dos horas de Los Ángeles, y pasar un día agradable en una ciudad que, al parecer, intenta sacudirse la imagen de beatitud residencial y se empeña en demostrar al país que también tiene cosas que hacer y que decir en el terreno de la cultura. Perfecto. Arrancamos el Mustang y enfilamos la San Diego Freeway dirección sur. Pero no tuvimos en cuenta que el sábado también puede haber atascos. Y muy gordos. Los millones de mexicanos que viven por aquí van a pasar el fin de semana a su pueblo y colapsan el camino hacia la frontera. Literalmente colapsado. Hemos perdido la mañana entera casi parados en una autopista de cinco carriles por sentido. Finalmente, hemos desistido y hemos dado media vuelta hacia Los Ángeles. Los carriles de regreso iban más descargados, pero la entrada a Los Ángeles ha vuelto a estancar el tráfico. Al final, hemos pasado más de cuatro horas en el coche para no ir a ningún sitio. Nos hemos desesperado y nos hemos cabreado con el mundo entero.
Lo del tráfico en esta ciudad no tiene nombre. Como cada ciudadano tiene varios coches, parece que los usa a la vez y el transporte público es inoperante y muy caro, las autopistas no dan abasto. Con muchas penalidades, hemos alcanzado Hollywood, nuestro destino alternativo, pero para entonces estábamos demasiado hechos polvo como para entonar estrofa alguna de Good Night, Hollywod Boulevard, de nuestro querido Ryan Adams. Dejar el coche cerca de Hollywood Boulevard ha sido salir de Málaga para meterse en Malagón. Para ser una ciudad que vive por y para el coche privado, ponen muy difícil el asunto del aparcamiento. En fin, son detalles a tener en cuenta para futuros viajeros: en Los Ángeles, el coche es imprescindible, pero conviene armarse de paciencia.
Cuando hemos desembarcado en Hollywood, estábamos hambrientos y desganados a la vez, y sólo nos ha alegrado un poco ver y tocar las huellas de Humphrey Bogart frente al Teatro Chino, al ladito del Kodak Theater, el de los Oscar. Ése es el único tramo tomado por los turistas, que se hacen fotos con tíos vestidos de Darth Vader o del asesino de La matanza de Texas a cambio de un par de dólares. Hay mucha animación, con músicos callejeros y tipos que te venden planos de Los Ángeles con las casas de las estrellas marcadas con una equis. Es pintoresco y gracioso, pero el resto de Hollywood Boulevard es sucio y casi sórdido. Las tiendas son del tipo "Modas Mercedes", no hay un garito digno donde abrevar ni comer algo que no sea un taco y, en lo que para mí es el detalle más hermoso y decadente de la zona, se suceden las salas de cine cerradas o abiertas a medio gas, proyectando reestrenos a horarios golfos.
En la esquina con Vine Street, donde en los tiempos dorados de Hollywood se decía que bastaba apostarse cinco minutos para ser contratado por un productor o un director, hay un gran cartelón del programa de Piolín, la estrella de la radio en español, con millones de oyentes. El lema del anuncio es "We espeek english tú!", acompañado por el siguiente bilingüismo: "Frijoles refritos: Free Holes is Reef Free Toes". Poder latino en el viejo boulevar de los sueños. No rotos, simplemente voladizos. Al fondo asoman las letras de Hollywood en el monte cercano, como un recuerdo de otros tiempos.
De hecho, el East Hollywood, que empieza en esa esquina, es feudo chicano, y es difícil ver un letrero en inglés o escuchar una palabra del idioma de Shakespeare. En Central Hollywood, donde está el Teatro Kodak, es menos apabullante su presencia, aunque también se deja notar. Casi enfrente del teatro de los Oscar hay una iglesia evangélica ubicada en un antiguo cine. Ahora usan la cartelera para anunciar los sermones y colgar mensajes redentores. Entre ellos, destacaba el siguiente, en castellano: "¡Milagros de ayer, hoy!". Un reclamo digno de Cecil B. De Mille.
El Mustang nos ha llevado por un Sunset Boulevard irreconocible para quienes amamos la obra maestra de Billy Wilder. Hemos pasado sin parar frente al Whisky a Go-Go y nos hemos adentrado en el suntuoso Beverly Hills. Pero no nos quedaban ganas de parar. Hemos decidido dejar pendiente para otro día un recorrido por las mansiones que hemos entrevisto y uno o dos copazos en el histórico garito rockero.
Foto: las manos de Humphrey.
BECKHAM Y HARRY POTTER

Camino del sur, atravesamos otra porción de desierto y nos adentramos en esa red de autopistas con los huecos rellenados por casas que recibe el nombre de Los Ángeles. El Ei para los marchosos locales. Buscamos un sitio donde quedarnos en Santa Mónica, pues todos coinciden en que es el único lugar de esta ciudad monstruo donde se puede prescindir del coche, cenar, pasear y tomar una copa sin preocuparte por las bandas (gangs) que controlan el centro, Hollywood y buena parte de los barrios del sur al caer la noche. Y eso que Los Ángeles se ha recuperado notablemente desde la crisis de los años 90, que produjo unos enfrentamientos raciales a tiro limpio en las calles. La cultura ha vuelto a ocupar tímidamente algunos lugares deprimidos, con galerías de arte y garitos para conciertos, pero la otra cultura, la de las bandas callejeras, se hizo muy poderosa y arraigó. El alcalde actual, hispanohablante de origen mexicano, está copiando los métodos que Rudolph Giuliani empleó en Nueva York para reducir los índices de delincuencia, y las estadísticas dicen que empieza a obtener resultados. Sigue sin ser recomendable adentrarse de noche por algunos sitios, pero durante el día, la ciudad es bastante segura, aunque inabarcable.
De momento, hemos asentado nuestros reales en Santa Mónica, la playa de los vigilantes de la ídem. Ahí están los puestecitos de madera en los que Pamela solazaba su silicona. Nos hemos remojado los pies en una playa inmensa, buscando los cuerpos cincelados a base de gimnasio y quirófano que salían en la serie, pero nos hemos llevado una decepción. Por lo visto, de un tiempo a esta parte, la glamourosa playa de Santa Mónica ha sido conquistada por la comunidad hispana. En lugar de tetas operadas y musculitos hormonados, sólo vimos a familias mexicanas típicas que ofrecían un espectáculo mucho más interesante y pintoresco: abuelas persiguiendo con la merienda en la mano a un nieto que huye con el culo al aire, chavales más preocupados por hacerse aguadillas que por impresionar a la reina del baile de graduación sobre una tabla de surf, y carcajeantes maridos que se sacuden una semana de infernal rutina laboral contando chistes verdes. Sólo la omnipresente bandera estadounidense te recordaba en qué país estabas.
Para encontrar a anglos típicos hay que adentrarse unas calles tierra adentro. La zona comercial de Santa Mónica está pensada para su disfrute: tiendas caras, restaurantes de postín y coctelerías con aparcacoches. He aquí el viejo y tópico Los Ángeles que andábamos buscando. En la peatonalizada calle 3 se concentra la animación del fin de semana, en la que no faltan los Hare Krishna, unos veganos que exhiben fotos de mataderos industriales frente a una hamburguesería, unos judíos que preguntan a quien pasa por ahí si es judío (me lo preguntaron, lo juro), para recordarles que están violando la santidad del sabath, y hasta un tipo que ofrecía 250.000 dólares a quien demostrara empíricamente que dios no existe.
Pero el protagonismo se lo llevaban dos personajes de ficción: David Beckham y Harry Potter (ofrezco 250.000 dólares a quien me demuestre que Beckham no es un personaje de ficción). Un gimnasio molón da la bienvenida al futbolero, que se incorpora al equipo local con un partido contra el Chelsea, pero Beckham no tiene tanto poder de convocatoria como Harry Potter, cuya última novela salía a la venta a medianoche. A las ocho de la tarde, una gran chavalería se apelotonaba en la puerta de un Barnes and Noble (la cadena de librerías más famosa de Estados Unidos) que ofrecía una fiesta a medianoche. Y, como siempre que hay una multitud en este país, no faltan los locos, que acuden a ella como las moscas a la miel. Frente a la cola, un tipo con cara de amargado y un sombrero con la bandera de Estados Unidos sostenía un cartel con la leyenda: "Pregúntame qué tengo en común con J. K. Rowling". Sé por experiencia que nunca se debe dar coba a este tipo de individuos, así que pasamos, pero Cristina jura que le oyó increparnos "pregúntame", así, en castellano, cuando nos vio parados junto a él charlando en nuestro idioma. Ganas de hablar que tendría el hombre.
La animación real estaba, sin embargo, en el muelle. Si en las calles peatonales, los pijos anglos cortan el bacalao con sus aparcacoches y sus espanta-indigentes, el muelle de madera que se adentra en el Pacífico y que tiene un parque de atracciones encima es para los hispanos. Allí fuimos, a fundirnos en su colorida juerga, mucho más expansiva y divertida que el orden Wasp. Al final del muelle, en plena noche, decenas de mexicanos tiraban sus cañas de pescar al océano, y nosotros les observábamos junto a una multitud acostumbrada ya a este rito. Subimos con ellos a la montaña rusa del parque de atracciones y, por un instante, nos contagiamos de su alegría latina, tan familiar y rocera. Hacía una noche preciosa y las luces de Los Ángeles teñían el cielo de un rojo pardo. Hemos tenido un buen desembarco en esta ciudad.
UN PASEO ENTRE GIGANTES

El mundo del wifí se complica. Tampoco voy a poder enviar este texto nada más escribirlo, por lo que los deberes se van amontonando. Espero poder colgar el de mañana junto con este y el anterior. Mil perdones de nuevo.
Hoy hemos seguido los pasos de John Muir. Bueno, vale, de acuerdo: el naturalista John Muir viajaba a pie con una taza, una cantimplora y una provisión de té y nosotros lo hacemos en un descapotable y bien comidos y dormidos. Cada cual es hijo de su tiempo. Ah, ¿que quién era John Muir? Un inmigrante escocés de finales del siglo XIX enamorado de los parajes solitarios de Estados Unidos y que empeñó media vida en luchar por conservar el patrimonio medioambiental de California. Su tesón creó el parque nacional de Yosemite, el de Kings Canyon y el de Secuoya, todos en Central Valley. La ciudad de San Francisco honra su memoria en los bosques que hay al otro lado del Golden Gate, que llevan el nombre de Muir Woods.
Pese a los justificados reproches que nos hacen algunos amigos, en este viaje no vamos a pasar por Yosemite, pero andamos cerca (en sentido americano, donde todo está a 500 kilómetros de distancia, claro). Venimos de saludar al General Sherman, la criatura viva más vieja del planeta. Se cree que tiene más de 2.200 años y es más grande que un edificio de 20 plantas: es la secuoya reina del Bosque Gigante del Sequoia National Park. Y por dios que lo de Bosque Gigante no podría ser más acertado.
Hemos andado entre estos enormes árboles, y nos hemos sentido pequeñitos y sobrecogidos. Parece que la naturaleza en este país tiende también a expandirse de forma… Iba a decir majestuosa, pero no, no es eso. Grandiosamente libre sería más correcto.
A más de 2.000 metros de altura, en el corazón de la High Sierra, en un paisaje que a ratos recuerda a los valles del Pirineo Central, crecen las secuoyas. Al principio, parece que estás en un bosque atlántico normal, con sus pinos y sus árboles de hoja perenne formando en las laderas, pero, poco a poco, percibes que los troncos son cada vez más y más altos, hasta que llegas al corazón del Bosque Gigante, donde todos los árboles son ídem: troncos inabarcables, más anchos que un edificio, te cercan por todas partes. Parece el decorado de una película de fantasía. Quizá hemos empequeñecido. Las escalas y las proporciones se dislocan y, como ocurre en muchos parajes de este país, la naturaleza arrincona tu capacidad verbal y la reduce a la cara de idiota del asombro.
Fascinante. La visita al General Sherman ha sido tan estimulante, que hemos decidido rebajar el tono y descansar en un motelito con piscina. Hemos encontrado uno retirado, en la carretera que lleva a la entrada sur del parque, mucho menos masificado que Yosemite, y ahora holgamos en un valle que me recuerda un poco al de Bujaruelo, en Huesca. Claro que la vegetación es distinta y en Bujaruelo no hay carteles previniéndote contra los ataques de osos y pumas. Varias águilas sobrevuelan la zona y se respira mucha paz. Hoy descansamos. Mañana, el Mustang pedirá otra vez guerra.
EN EL CORAZÓN DE CALIFORNIA

Siento ser plasta y colgar los artículos de dos en dos, pero el wifí de este motel no me deja entrar en el blog, y yo ya le he cogido el gusto a reseñar la andadura del día. Así que, una vez más, lo redacto sin saber si mañana podré colgarlo en internet. Mil perdones.
Al final, la carretera ha vencido. Teníamos ante nosotros tres posibles direcciones, y la del norte ha acabado imponiéndose. Dado que todavía disponemos de tiempo y aún no hemos visto ninguna secuoya, hemos decidido hacer 600 kilómetros para admirar al famoso General Sherman, el árbol más viejo del mundo. Lo haremos mañana nada más levantarnos, cuando dirijamos nuestros pasos al Sequoia National Park, en el corazón de California. De momento, hacemos noche en Visalia, una localidad de 100.000 habitantes en el arranque del Central Valley, tierra de frutales y de buenos vinos. La paliza kilométrica que nos hemos metido en el cuerpo impide que reseñe nada en particular: la carretera y las ansias por llegar se han comido nuestro día.
Hemos huido de Lake Havasu City como Lot de Sodoma (¿o era de Gomorra?), y hemos respirado con alivio cuando un cartelón nos ha vuelto a dar la bienvenida a California. Nuestro objetivo era hacer una parada en Bakersfield, un cruce de caminos clavado justo donde termina el desierto de Mojave. Es una ciudad anodina y árida que tenía un único aliciente: sus restaurantes vascos. Según hemos leído, en Bakersfield viven los hijos y nietos de los pastores vascos que se instalaron en California hace qué me sé yo cuánto tiempo, y que conservaron el euskera en granjas aisladas. La ETB les hace reportajes cada dos por tres, pues no deja de ser curioso ver a un propio llamado James Iruretagoyena hablando vasco con acento americano. Por lo visto, algunos de estos pastores montaron restaurantes reinterpretando la cocina de su tierra de origen, adaptándola a California, y una de las guías que llevamos (creo que viajamos con cuatro, por documentarse que no quede) recomendaba algunos.
La verdad es que nos hacía ilusión la posibilidad de leer un menú en euskera en la otra parte del mundo, y ya nos veíamos haciendo risas en un local decorado a la maniera de las sidrerías y despidiéndonos con un eskerrik asko, agur. Pero el destino se nos ha puesto en contra, y ni con GPS hemos sabido dar con los aclamados restaurantes. Bakersfield ha resultado ser lo que prometía: una sórdida parada de camiones con unos cuantos moteles y dos centros comerciales. Nada que invitara a quedarse.
Así que el Mustang ha acelerado rumbo al norte, donde los Joshua’s Trees (esos extraños árboles del desierto que tienen cactus por hojas y que dan nombre a un disco de U2, y no al revés) dejaban paso a los pinos y la brisa ya no quemaba el cogote. Nos hemos adentrado en el Central Valley, a la sombra de Sierra Nevada, y los naranjos y las vides nos han devuelto algo de alegría. Empezábamos a estar hartos del inabarcable desierto.
Al final de la tarde, hemos llegado a Visalia, la ciudad de entrada del Squoia National Park, y hemos descubierto el Springfield de tres dimensiones. A diferencia de las ciudades del desierto, Visalia es un lugar limpio, encantador, paseable y tranquilo, con árboles y bancos en sus calles. Rodeado por suburbios de típicas casitas americanas, tiene un centro (downtown) de verdad, y no un centro comercial desmadejado. Hay tiendas, cafés, restaurantes y hasta un parque, y su aspecto recuerda terriblemente al Springfield de Los Simpsons. Supongo que estamos en la típica y sosegada ciudad americana “de provincias”, el tipo de núcleo que inspiró a Matt Groening.
Tras la árida Arizona (qué bien puesto tiene el nombre ese estado, de verdad), Visalia es un oasis para nuestros agotados cuerpecillos. Nos ha dado la oportunidad de pasear (cómo se echa de menos pasear cuando el calor o lo adusto del paisaje y el paisanaje lo impiden) y de cenar muy a gusto en otra microbrewerie, donde me he metido en mi cuerpo serrano dos pintas de una cerveza IPA artesanal que quitaba el sentío. Cristina ha optado por una copa de vino merlot californiano que olía y sabía maravillosamente bien. Así da gusto. Así sí que se reposan las miserias de la carretera. Estamos listos para enfrentarnos al General Sherman.
AL FIN, EL GRAN CAÑÓN

Al final, escapamos con bien de Valle, Arizona (ver post anterior). Los mesoneros, en lugar de matarnos y descuartizar nuestros cadáveres, nos sirvieron un potente desayuno americano con sus huevos y sus tortitas (espero que mi médico, que dijo no sé qué de mis hábitos alimenticios en la última visita, no esté leyendo esto). Así, con el estómago lleno, nos subimos al Mustang, bajamos la capota y enfilamos la entrada sur del parque nacional del Gran Cañón del Colorado. Un guarda vestido como el que sufre las travesuras del Oso Yogui nos cobró los 25 dólares de entrada -en Estados Unidos, los parques nacionales se autofinancian con el dinero que pagan sus visitantes y las donaciones que hacen los filántropos- y buscamos un buen sitio para observar la maravilla geológica.
Aviso a futuros visitantes: por más capítulos del Correcaminos que hayáis visto en vuestra vida, por más fotos de National Geographic con las que hayáis empapado vuestra retina y por más relatos que hayáis escuchado a los amigos y conocidos que lo han visitado, nada, absolutamente nada, te previene para el poderoso impacto que sacude tu sensibilidad cuando llegas al borde. No recuerdo haber visto un paisaje que me haya emocionado tanto en mi vida. De repente, sin aviso, se abre a tus pies una brecha de 15 kilómetros de ancho y 500 kilómetros de longitud que cae a pico 2.000 metros de altura. Al fondo, el río Colorado, que ha excavado el portento, apenas se adivina. Al lado del Gran Cañón, otras maravillas que mis ojos han tenido la suerte de ver, como la Caldera de Taburiente de la isla de La Palma, parecen de juguete. Me gustaría tener el don de los escritores que saben describir paisajes y humanizarlos con la palabra, pero me faltan la técnica y el talento necesarios. Llegados a este punto, sólo me queda el asombro.
Hemos paseado por el borde de la cornisa. En silencio, sin capacidad para enunciar algo más que una interjeción y siguiendo de reojo los datos de la prolija guía que nos han dado a la entrada: las piedras que pisamos son caliza de Kaibab, de 260 millones de años de antigüedad, y las que están al fondo del cañón son gneis y esquisto, de 1.800 millones de años. Los geólogos explican que este paisaje se ha formado gracias al desnivel de la meseta del Colorado, que ha permitido que el río horade el terreno en "un instante geológico". Nos encanta la expresión "un instante geológico", y nos imaginamos un enorme terremoto que convierte la planicie en el Gran Cañón mientras las ardillas y los coyotes se quedan mirando con cara de pasmados.
Todos los tonos del rojo colorao están en el cañón. Las bruscas y áridas aristas dan una sensación de irrealidad más fuerte que la de los neones de Las Vegas. Parece un paisaje imposible, pensado por un loco y ejecutado a mordiscos. No sé si es bello. Yo no sé lo que es la belleza. Pero sí es salvaje, afilado, desafiante y altivo. Si esas piedras tuvieran voluntad y sentido del humor, se estarán carcajeando de los sueños de arquitectos e ingenieros, incapaces de domesticarlas. También retan a los fotógrafos, la mayoría de ellos incapaces de evocar lo que transmite. Yo me he permitido la osadía de lanzarle algunas placas, pero cualquier parecido con la emoción original y con la realidad es pura coincidencia. La foto que cuelgo es un simple y paupérrimo testimonio de nuestro paso por el Gran Cañón.
Como el paisaje nos gusta para verlo, pero somos un pelín vagos, dejamos a los intrépidos excursionistas adentrándose con aire cantarín en los senderos que bajan y nosotros corremos a refrescarnos del fiero sol de Arizona. También damos la espalda a los indios que viven en las varias reservas del cañón y cuya artesanía venden a los turistas. Ahora con la capota subida, dejando al viento del desierto fuera del Mustang, enfilamos el sur, buscando la interestatal 40 y el arranque de uno de los pocos tramos originales que quedan de la ruta 66 en este estado. La vieja carretera que iba de Chicago a Los Ángeles, cruzando Estados Unidos por el centro, es hoy casi un recuerdo folclórico. Las autopistas y las redefiniciones de los sistemas estatales de carreteras han sepultado buena parte de su recorrido, y en Arizona y California sólo quedan dos tramos originales de unos 150 kilómetros cada uno. Este país, tan aficionado a los mitos, conserva la memoria del trazado mejor que los europeos el Camino de Santiago. Rockeros, buscavidas, negros en busca de su libertad y oakies huyendo del hambre. Los norteamericanos creen que sus almas todavía pululan por los arcenes de la ruta 66.
El Mustang parecía animarse cuando hemos rebasado el cartel que anunciaba el comienzo de la "Historic Route 66" y, tras unos cuantos kilómetros de desolación hemos ido a parar a Seligman, Arizona, un pueblo que lo fue todo cuando la ruta 66 funcionaba, y que se fue a la mierda cuando construyeron la autopista. Moteles decadentes, tiendas para moteros y desgüaces convertidos en reclamo para nostálgicos. Nos sentamos a comer en la absurda cantina de Juan Delgadillo, hijo del mexicano que la fundó allá por 1953, en los buenos tiempos de la carretera. Nuestro pedido es el "número uno", por lo que intuimos que el negocio no es muy bollante. Decorado con "horror vacui", el sitio está lleno de paridas que hablan de juerga, cerveza y pasión por la ruta 66. El tal Juan no para de hacer bromas y, en la parte de atrás, tiene unos coches de los años 50 a los que ha pintado unos ojos en los parabrisas. Mi jefe, cuando confeccionamos una agenda en el periódico y no está claro de qué va algún evento en cuestión, si es rock, cómic o Björk rebuznando, le planta la etiqueta de "Inclasificable". Pues eso.
Seguimos camino, salimos de la ruta 66 y llegamos a otro lugar inclasificable, donde pernoctaremos y desde donde escribo: Lake Havasu. Justo en la frontera de Arizona y California (marcada por el río Colorado), es un conjunto de casas junto a un lago y un puente estrambótico llamado London Bridge (sí, amigos, hay que joderse con esta gente). El calor aquí es insufrible, y no estamos dispuestos a salir a cenar hasta que el sol empiece a esconderse. Al parecer, se trata de un centro de vacaciones para la gente de Phoenix, que nuestra guía define como "ciudad árida". En el lago, flotando, hay un casino donde se desfogan los arizonianos, sometidos a leyes muy puritanas y estrictas. Es una ciudad extraña, que sólo nos servirá de puente para volver a California mañana y decidir qué camino tomamos a partir de ahora. Porque, la verdad, las posibilidades son varias, pero no tenemos muy claro hacia dónde dirigir nuestros pasos.
PS: Por cierto, cómo es U Ese A. Incluso en este lugar, cercano a la fístula del culo del mundo, la civilización refulge con fuerza. Acabamos de cenar en un garito dos sublimes platos de cocina cajún acompañados por una espléndida cerveza ale artesanal de lo que aquí llaman "microbreweries" (microcervecerías). Es decir, locales que fabrican su propia cerveza. Chapeau.
VALLE, ARIZONA

No sé cuándo podré colgar estas líneas en la red, porque en el motel desde el que las escribo no saben lo que es el wifi. O lo saben, pero no quieren que unos extranjeros liberales lo usen. Así que espero que no pase mucho tiempo entre mi tecleo y vuestra lectura.
Estamos en Valle, Arizona, lo más parecido a la desolación que he visto en mi vida. A la entrada del pueblo, me ha parecido leer que su población es de más de 3.000 personas, pero no sé dónde se meterán. Como no sea en los ranchos de las montañas… Porque Valle es un motel, dos gasolineras y una tienda de artesanía india. En medio, la carretera estatal que lleva al Gran Cañón del Colorado, nuestro destino excursionista de mañana por la mañana. Y ya está. Nos han dado de cenar unas costillas estilo San Luis que daban el pego y nos han tratado con una frialdad cortés, dado que somos los únicos extranjeros que han dejado caer sus desprevenidos culos por aquí. Si hubiésemos reservado, pernoctaríamos en alguno de los más cosmopolitas -y con internet- hoteles del Gran Cañón, pero como somos unos cafres improvisadores, los hemos encontrado llenos, y hemos caído en Valle, Arizona. Deep America, guys.
Tras pasar un relajado segundo día en la desértica Las Vegas en el que no faltó ni el jacuzzi ni la piscina -toma corte de mangas a la sequía y al calentamiento global-, hemos alquilado un coche y hemos colocado el morro hacia el interior del país, cruzando el desierto de Mojave. Habíamos reservado un Ford Focus normalito, pero nos han ofrecido por el mismo precio un Mustang descapotable, así que hemos enfilado la carretera muy fardones, aunque sin atrevernos a bajar la capota, que el aire del desierto quema una barbaridad. Ahora sí que nos hemos colado en una road movie de verdad.
Enfilamos el sur del estado de Nevada buscando la presa Hoover, que marca la frontera con Arizona. A paso de tortuga, pues la carretera es sinuosa y estrecha, hemos cruzado uno de los iconos del poderío norteamericano, el Asuán de U Ese A, que permite arrancar millones de litros de agua al implacable secarral del Far West. Obviamente, en la presa había un centro turístico donde las numerosas familias de la Deep America hacían cola para llevarse un recuerdo. A nosotros, familiarizados con un dictador que llenó nuestro país de pantanos, no nos impresiona demasiado el asunto, así que continuamos marcha hasta rebasar el cartel que nos daba la bienvenida a Arizona, el estado del Gran Cañón.
Esta parte del desierto de Mojave emociona por su extensión, no por su paisaje lunar, que es muy parecido al de la parte más meridional de los Monegros o a algunos tramos del Sistema Ibérico en el oeste de Aragón. Lo que apabulla es la soledad del erial. En España, aparte de que estos desiertos son mucho menos extensos, están atravesados de cuando en cuando por un pueblo o, a lo sumo, un área de servicio. Aquí no. A ambos lados de la carretera -que discurre sobre parte de la antigua ruta 66 que transitaron los oakies de Las uvas de la ira- se extiende un paisaje sin fin de mesetas y formaciones rocosas caprichosas, horadadas por torrentes de un agua que nunca más volvió. Miras el mapa y corroboras la certeza de que no hay nada en muchos kilómetros a uno y otro lado. De frente, los pueblos pueden estar separados por más de 100 kilómetros. No hay vida fuera de la carretera. Esa realidad es la que apabulla.
Estábamos comentando lo desierto que está este desierto, cuando se nos ha echado la hora de comer encima. A lo lejos, y de casualidad, vemos el letrero de una típica cafetería americana: Rosie’s. Mientras salimos de la carretera y aparcamos, caemos en la cuenta de que ya no hay medias tintas: ésta es la América profunda de verdad. El Sur de verdad. Una bandera confederada desplegada junto a unas Harley-Davidson aparcadas así lo confirma. La estampa podría pertenecer a cualquier road movie decente, y por un momento pienso que está montada para los turistas, pero al abrir la puerta del local y entrar en Rosie’s me doy cuenta de que no, de que estoy en un sitio auténtico donde no me van a admitir una broma.
Una cabaña de madera apenas enfriada por un viejísimo aparato de aire acondicionado, una cohorte de propios muy entrados en carnes que mira a los forasteros sin recato y un sheriff que sale sonriente por la puerta cuando nosotros entramos. Aquí ya no hay hispanos. Una chica encantadora, cuya simpatía contrasta con las caras largas de los parroquianos, nos sirve amablemente dos hamburguesas, atiende a una familia numerosísima que acaba de llegar y, al mismo tiempo, discute con un parroquiano obcecado que está empeñado en que le cambien un billete de cincuenta dólares.
Salimos de Rosie’s como si fuésemos exploradores británicos que acaban de contactar con una tribu desconocida. Fotografiamos discretamente la bandera confederada, recibimos la bofetada seca y abrasadora del viento de Mojave, y seguimos ruta por la interestatal 40. En la radio suena una emisora de rock clásico, de las muchas que abundan por este país, para ambientar el viaje con la música apropiada. Emiten en onda media y la señal se mantiene estable kilómetros y kilómetros. Las canciones se acoplan al paisaje como un soldado de permiso y su novia: con salvaje desgana.
Nos metemos en una tormenta bíblica, que casi nos hace parar en la cuneta. Una tormenta monstruosa: parecía que caían olas en lugar de lluvia. Tras sortearla, el paisaje ha cambiado. Ya no estamos en el desierto, sino rodeados de pinares que despiden un fuerte y agradable olor. Nos acercamos a los territorios indios del norte de Arizona, a la puerta del Gran Cañón, y el calor se retira. Las colinas se visten de verde y aparecen ranchos y vida a los lados de la carretera. País de contrastes, que se suele decir.
Nuestro objetivo, dormir en la puerta del parque nacional del Gran Cañón para entrar temprano por la mañana, se ha frustrado. Estamos en Valle, Arizona. Echad mano de vuestro imaginario cinematográfico para evocar este lugar y acertaréis: un nido de psycho killers endogámicos. Ya nos han fichado como extranjeros: ¿veremos la luz del día? Si llegáis a leer esto en el blog, es que hemos sobrevivido a los locos de Valle, Arizona.
EMPACHO DE NEÓN

A ver si al final Freud y Lacan van a tener algo de razón. Cuando nos metimos anoche en la cama -con una mezcla de empacho de neón, sensación alucinógena y cansancio puro y duro debido tanto a las enormes distancias de esta ciudad como al insufrible calor del desierto que ni siquiera de madrugada se mitiga un poquito-, empecé a soñar que Las Vegas eran las fallas de Valencia. Una conexión genial de mi subconsciente. Ni aunque me hubiera pasado tres horas masajeándome la neurona se me habría ocurrido un símil así. Son como los dos extremos del paganismo, el genuino y el domesticado, mezcladas en barroca confusión.
Decidimos llegar a Las Vegas en avión. Podíamos haberlo hecho en varios días de coche, pero quisimos aplazar la vuelta a la carretera hasta el lunes. El viaje desde San Francisco es corto y agradable, apenas un par de horas de vuelo que no te preparan para lo que te vas a encontrar en tierra. Nada más desembarcar, tropiezas con un vestíbulo y unos pasillos llenos a rebosar de máquinas tragaperras (slots, en el dialecto indígena local). El aeropuerto de Las Vegas es un enorme casino con aviones. Y la gente juega, que las máquinas no están ahí de atrezzo, precisamente. El juego es ilegal en la mayor parte de Estados Unidos, y el estado de Nevada justifica su existencia dando a sus compatriotas lo que sus compatriotas piden y no obtienen en otros sitios.
Las Vegas es probablemente uno de los sitios más extraños, y a la vez más familiares, donde uno puede caer. Extraño porque es una ciudad-ficción, porque existe sólo en el eje central del Strip, la avenida que comunica los principales casinos, y porque el conjunto es una sonora bofetada (o un tiro de gracia) a todas las personas que, desde los antiguos griegos hasta los modernos ecologistas, se han dedicado a repensar un mundo donde las escalas humanas no arrasen ni a los humanos ni al resto de seres vivos del planeta: una macrociudad llena de piscinas y de luces de neón levantada en medio de la nada, donde el agua y la electricidad se tienen que traer desde muy lejos. El derroche por el derroche, la grandilocuencia por la grandilocuencia.
Y, sin embargo, resulta familiar. Pese al ensordecedor ruido de las miles de tragaperras, y pese al torpedeo constante e inmisericorde que sufre cada uno de tus cinco sentidos, todos nos sentimos un poco parte de Las Vegas: para eso hemos visto muchas pelis sobre esta ciudad y hemos escuchado la versión que ZZ Top hizo de Viva Las Vegas. Y, si no, pues hemos visto capítulos de CSI, que para el caso… Pero tampoco hay que pasarse: si te consideras una persona de buen gusto, déjalo en el armario cuando recorras los casinos.
Sólo así, asépticamente andarín, podrás ver sin derrumbarte el París a escala del casino París Las Vegas, con su torre Eiffel, su Ópera y su Hôtel de Ville. O el famoso Ceasar’s Palace, con su fontana de Trevi y su imitación de calles romanas sobre un cielo falso. O New York-New York, con una versión a escala del Greenwich Village. O el hotel donde estamos alojados, sin ir más lejos: el Stratosphere, al final del Strip, con una torre que presume de ser la más alta de este cacho de país, desde el Mississippi hasta el Pacífico, y en cuya azotea hay una montaña rusa y un carrusel que da vueltas sobre el vacío -todavía no me he montado, pero me gustaría hacerlo si las colas me lo permiten-.
La llegada al hotel-casino te noquea. Te quedas plantado con tu maleta, sin saber dónde coño está la recepción en aquel mar de tragaperras y mesas de blackjack. Al final, la encuentras, y te das cuenta de que, en esta ciudad, todo es barato o gratis. Todo, salvo el juego. Lo que importa es que apuestes, que eches dinero a las máquinas. Lo demás, corre por cuenta de la casa: las habitaciones de hotel son muy baratas y te sirven bebidas gratuitas mientras estés jugando. Incluso te hacen una tarjeta de crédito del casino que puedes introducir directamente en la tragaperra.
Nosotros, timoratos, y por hacer la necesaria gracia, echamos un dólar. ¡Y ganamos nueve dólares de repente! Claro que los perdimos echando virutas. Easy come, easy go, que dirían por aquí. Así que hay que tener cuidadito cuando se está rodeado de americanos deseosos de jugarse la nómina. De momento, lo que más me ha llamado la atención son los jugadores solitarios, que se sentaban a cenar solos a nuestro lado y a los que ves con rostro serio y reconcentrado en la ruleta, en las mesas de blackjack o en las tragaperras. Son tipos siniestros. Seguiremos informando.
PENSAMIENTOS DE LAVANDERÍA

En los viajes que duran más de diez días -algo que empieza a ser extraño en el mundo asalariado de tiempos milimetrados- conviene reservar uno o dos a la holganza. Refrenar el ritmo, tumbarse un poco a la bartola en el hotel, zapear por la tele local y pasear errante y pausado. Como diría un discípulo pedante de Roland Barthes, hay que refrenar el ímpetu escópico, descansar la retina y las piernas para afrontar con ánimo el resto de la andadura.
Y eso hemos hecho en nuestro último día en San Francisco, antes de poner la proa rumbo a Las Vegas, siguiente parada. Por supuesto que nos hemos dejado cosas por ver, museos por visitar y barrios por explorar. Admitir de antemano que es imposible conocer una ciudad en una semana ayuda al viajero a quitarse angustias de encima. Se trata de ver y de estar, no de dominar. Si a una persona nunca se la conoce del todo, ni aun compartiendo la vida entera con ella, con las ciudades pasa lo mismo. Así que es mejor retener el encanto de la fugacidad, del encuentro liviano, y partir con la certeza de que lo mejor y más sabroso se ha quedado escondido en cualquier esquina. Ya decía Cortázar que toda ciudad exige un duro peaje antes de acoplarse a alguien, y ese peaje puede significar años de tercos paseos.
Con esa actitud casi digna de Confucio, nos hemos ido a una lavandería china (¿por qué las lavanderías de esta ciudad son chinas, como las del Far West?). Además de vivencias, habíamos acumulado una apestosa cantidad de ropa sucia, y urgía ponerla a remojo. Por tres dólares hemos hecho una colada completa en uno de esos establecimientos que salen en las pelis. Resulta entretenido, la verdad: te llevas un librito, echas las monedas a la máquina y esperas con paciencia.
Supongo que las lavanderías automáticas son un sitio perfecto para darle al coco, y a mí me ha dado por hacer balance de mis impresiones en estos días de San Francisco. En general, me ha conmocionado menos que Nueva York. Es una ciudad más manejable -pese a las cuestas infernales que ponen a prueba a los pulmones más sanos y robustos del planeta-, y quizá un poco más desconectada de las corrientes telúricas de la cultura. La geografía, a veces, es una putada, y San Francisco parece haberse quedado como una gran dama enrocada en sus 41 colinas, ombliguístamente satisfecha de su excepcional progresismo e incapaz de comprender lo que se cuece en otros pucheros.
Me explico: San Francisco está orgullosa de su pátina literaria. En sus calles han vivido casi todos los grandes de las letras americanas, desde Mark Twain a Dashiell Hammet, pasando por Jack London o Ambrose Bierce, y sin olvidar a los fundamentales poetas de la generación beat. Sin embargo, repasando la nómina de autores jóvenes, se ve que la ciudad ha perdido mucho protagonismo, que no ha sabido retener su ímpetu. Algo parecido sucede con la música: los aires contraculturales de los 60 no se han mantenido en el tiempo, y el movimiento gay lleva camino de cimentar también sus propios mitos, acomodándose en ellos y dejando de ser creativo. Da la sensación de que San Francisco puede generar grandes fogonazos, pero que el cierzo de la bahía se los lleva enseguida a otras partes del país y del mundo, dejando en sus calles una herencia digna, pero sin poso.
Digo que son reflexiones cazadas al vuelo, que no pretenden plantear dogmas. Son sensaciones sentidas. Tal vez tenga que ver con que las calles de esta ciudad parieron hace 40 años los axiomas que todavía dictan el mundo en el que vivimos, y que por eso los percibo como algo acomodado y necesitado de renovación. Quizá me moleste un poco la autocomplacencia del ambiente. Quién sabe.
Pero no quiero dar la sensación de que me llevo una imagen amarga de San Francisco. Al contrario: es una ciudad excepcional, brillante, majestuosa y, en muchos aspectos, casi más europea que americana. Trata de seguir más a Londres que a Nueva York, y trata de aferrarse fuerte a su hecho diferencial, que es algo así como un aire aristocrático de grandes fortunas cultas y emprendedoras.
¿Que estoy diciendo tonterías? Probablemente, pero no se puede esperar más de este pensamiento de lavandería, ¿no? No doy más la brasa. El siguiente post lo escribiré desde esa ciudad creada por gangsters y llamada Las Vegas.
PS: Parece que Blogia está empeñado en hacerme sufrir para colgar los textos en el blog. Gracias a los que seguís leyendo pese a que los duendes de internet no lo ponen fácil.
Foto: papel higiénico con la cara de Bush en el escaparate de una tienda hippy de San Francisco.
RING MY BELL

El wifí del hotel ha empezado a dar problemas, por lo que ayer no pude colgar el choricillo del día. Así que hoy, y tras buscar refugio internetero en un Starbucks, va un dos por uno. Espero no empachar. Para colmo, Blogia ha estado algo colgadete estos días, así que espero que los textos lleguen sanos y salvos.
He de empezar diciendo que me siento halagado. Por más que lo intentan, ni las canas primerizas que ya me han afeado más de una vez ni la calvicie prematura y galopante que trae a mi peluquero por la calle de la amargura pueden doblegar mi espíritu juvenil. Pásmense, porque hoy, al pedir una cerveza, me han requerido el carnet para comprobar si soy mayor de 21 años. Como estábamos en Berkeley, ciudad exclusivamente universitaria, el camarero se ha disculpado diciendo que, en un sitio poblado de estudiantes, está obligado a pedirlo cada vez que alguien pide alcohol, pero la verdad es que, muy lejos de molestarme, me ha levantado la moral. Yo, que me colaba con 14 primaveras en los bares sin levantar suspicacias en los camatas y que he arrastrado el estigma de ser siempre demasiado crecidito para mi edad. En fin, alegrías efímeras que se lleva uno. Gracias, Berkeley, gracias.
El día había empezado muy lejos del distrito universitario. Rondábamos por el centro de San Francisco, un poco desesperados por la ausencia de wifí y decidiendo en qué emplear la mañana, cuando un tipo nos ha asaltado en Union Square y nos ha entregado unos folletos que anunciaban el 45 concurso anual de tocadores de timbre de tranvía. “Empieza a las 12 en Union Square”, nos ha dicho. ¿Nos íbamos a perder tamaño acontecimiento? Hemos buscado un sitio en la parca sombra de la plaza y hemos esperado impacientemente a que comenzara el cotarro.
Nuestra guía apenas dedica dos líneas al concurso de tocadores de timbre de tranvía, por lo que la expectación creció en nuestros páncreas. En el centro de Union Square -que, por si no lo he dicho ya, es como la plaza del pueblo, donde se cruza todo el mundo y donde están las tiendas- habían plantado uno de esos tranvías -aquí llamados “cable car”- con un micrófono en el timbre. Enfrente, una tribuna de autoridades, y al lado, los fotógrafos y las cámaras de televisión que iban a cubrir el certamen. Amenizando la espera, un grupo de propios interpretaba canciones de Santana. El público que iba llegando parecía tomarse aquello muy en serio, y los conductores de tranvía lucían medallas gordas en su uniforme, insignias de victorias en años anteriores.
Empieza el asunto, y por las palabras de la animosa presentadora nos enteramos de que hay dos categorías en competición: profesional y amateur. Además, fuera de concurso, van a tocar el timbre algunas personalidades de la ciudad, como un locutor de una emisora de radio funky, el portero del hotel Sir Francis Drake -mascota local- y un par de estrellas de béisbol retiradas que están en San Francisco con motivo de la All-Stars Week. La juerga padre. El alcalde, por supuesto, no se ha querido perder el cotarro, y coge resuelto el micrófono en un derroche populista y descamisado: “Después de esta jornada -remata-, pido a los ciudadanos de San Francisco que gasten un poco de dinero viajando en nuestros queridos cable cars. Si no, me obligaréis a subir los impuestos y no os caeré tan bien en las próximas elecciones” (risas generales). Lo dicho: un cachondeo muy americano.
No aguantamos más que dos timbrazos, porque el sol caía a bomba y se nos estaban derritiendo las pocas ideas que lográbamos retener, pero el asunto empezó con unas chatis bailando una coreografía al ritmo de “Ring my bell” (obviously) y el tipo de la radio funky dándole al timbre tranviero con gracia y movimiento sexy de caderas. ¿Vergüenza ajena? No sé qué deciros. Por lo menos, demostraban cierto sentido del humor. Por cierto, el señor de la foto, tan dandy él, era miembro del jurado.
De ahí hemos corrido a buscar un abrevadero y, bajando al sur de la calle Market, hemos entrado en un museo pequeño y prácticamente desconocido: el Museo de la Historieta y del Dibujo Animado. Traduzco libremente, porque su nombre es Museo del Cartoon.
Es un lugar encantador creado por Schultz con los fondos de su propia colección y enriquecido por aportaciones de coleccionistas posteriores. La exposición fija tiene dos partes. La primera traza un recorrido por la historia del cómic americano, desde The Yellow Kid hasta Predicador, con una selección de originales de autor realmente imponente, y la segunda está dedicada a enseñar los engranajes de la animación clásica. Se pueden ver bocetos originales del Correcaminos, ilustraciones maestras del Oso Yogui, fondos utilizados en Fantasía o en Blancanieves o los primeros ensayos de Bugs Bunny. Los fondos y las figuras son todas originales, las mismas que se utilizaron en las producciones. Para terminar, hay una buena muestra de Peanuts (o Snoopy) originales, legado del gran Schultz.
Por la tarde hemos cruzado la bahía en un tren veloz y hemos recorrido el campus de Berkeley, la universidad con más premios Nobel del mundo en su nómina. Buscábamos un restaurante etíope que nos habían recomendado, pero lo hemos encontrado cerrado y en obras, en trance de convertirse en otra cosa. Una lástima. Berkeley, eso sí, es un sitio muy agradable. Afortunados los que puedan estudiar allí.
DENTRO DE ALCATRAZ

Sirenas, sirenas y más sirenas. Las sirenas suenan a todas horas, pero cuando lo hacen tan fuerte y tan cerca, te sube la adrenalina un poco. Uno, dos, tres, cuatro y cinco coches de policía a toda velocidad. Te sientes como en una peli de Harry el Sucio. Una y dos ambulancias. Uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis camiones de bomberos. Tres de ellos, gigantes. Humo al final de la calle. Un montón de gays cotillas que salen a la carrera hacia el mogollón, y dos turistas españoles que les siguen. Qué emoción: hay un incendio en The Castro, el barrio gay de San Francisco.
Al final resultó no ser nada: un ático quemado. Un pequeño fuego extinguido con precisión y prontitud. Las ambulancias se fueron de vacío y los policías aprovecharon para comprar unos donuts en la tienda de la esquina, pero a nosotros nos han dejado claro que estos americanos no sólo se toman en serio las emergencias en las películas. Es que ellos son así de flipados todo el tiempo. Quizá su escuela y su sanidad públicas tengan los niveles de Tanzania, pero cuando se trata de montar un dispositivo con luces y ruido, el contribuyente puede estar seguro de que sus impuestos se invierten bien. En España, este suceso apenas habría convocado a un camión de bomberos y a una patrulla despistada.
Así fue amenizada nuestra visita a The Castro, el barrio que, para muchos, es la capital mundial del movimiento gay. Quizá lo sea para un notario de Ávila de misa de doce, pero ciertamente no es nada impactante para quien haya visto, siquiera de refilón, un día cualquiera en el madrileño Chueca. Mucho menos expansivo y concurrido que el barrio de Madrid, The Castro es un tranquilísimo y agradable vecindario de precios más que astronómicos (una casita de dos dormitorios en la zona cuesta aproximadamente un millón de dólares), que, a partir de las siete de la tarde se llena de chicos buscando chicos. Eso sí, sin armar escandalera: con el estilo de ligue de los bares americanos. Y digo chicos buscando chicos porque, salvo un local mexicano llamado sutilmente La Tortilla (en español), cuya clientela es exclusivamente femenina, las lesbianas no se dejan ver por la zona.
En fin, que la movida gay de San Francisco, que tanto da que hablar en Estados Unidos, sabe a poco a un europeo acostumbrado a estos paisajes. Pero The Castro tiene su punto: el de los pioneros que abren brecha en un país donde la sodomía sigue siendo un delito en muchos estados. Que el barrio sea tranquilo y pudiente no significa que en él no se respire la misma libertad que en Chueca o en el Marais parisino.
Y de libertad andábamos necesitados, porque por la mañana habíamos visitado uno de los lugares más asfixiantes por los que un ser humano puede dejarse caer. Enfrente de San Francisco, con unas inmejorables vistas del Golden Gate y del skyline de la ciudad, la isla de Alcatraz es un recordatorio constante de que, efectivamente, el hombre es un lobo para el hombre. Cerrada como prisión en 1963 y convertida en atracción turística a finales de los 70, la prisión está prácticamente igual que la dejó el último recluso que la habitó. A finales de los 60 fue ocupada por unos indios que hicieron unas cuantas pintadas todavía visibles, y ahora es un parque nacional refugio de gaviotas y aves marinas.
No sé si la visita pretende ser ejemplarizante, pero angustiosa lo es un rato. Puedes meterte en una celda, normal o de aislamiento, y en la pizarra está escrito todavía el menú que se sirvió a los presos el último día que funcionó como cárcel, el 21 de marzo de 1963. Es un acierto que ningún guía te dé la brasa y que te permitan recorrer el complejo a tu aire, dejándote atrapar por el desasosiego. Era imposible salir de la isla: sólo tres reclusos se fugaron y, aunque sus cuerpos no aparecieron nunca, es casi seguro que se los tragó el mar.
Merece la pena recorrer este monumento a la barbarie para reflexionar sobre si sirven para algo las cárceles. Precisamente en estos tiempos en los que tantos piden mano dura, estaría bien dejar claro si buscamos venganza o convivencia. Porque estoy convencido de que una temporada en un sitio como Alcatraz sólo sirve para aniquilarte como persona, no para volver a la sociedad “rehabilitado” y listo para una vida pacífica y civilizada.
Al final del recorrido pasamos por la ineludible tienda de recuerdos. He estado tentado de comprar alguno para regalar, pero me he detenido en seco: si lo hacía, lo trivializaría todo, anularía cualquier reflexión posible sobre lo que acababa de ver. ¿Me iba a llevar una réplica de taza de preso, un silbato de guardia, una camiseta a rayas como el uniforme de los reclusos? ¿De qué iba todo esto? No puedo evitar que el Gobierno de Estados Unidos considere Alcatraz un sitio pintoresco digno de una tienda de souvenirs, pero, ¿hacía bien siguiéndoles el juego y aportando unos dólares a su show business? No lo sé. Cristina cree que soy demasiado sensible y pudoroso para estas cosas, que no hay para tanto, pero, ¿compraríais un souvenir en un campo de concentración?
No sé, a lo mejor sólo soy un blandengue. Al fin y al cabo, como pensarán muchos de los que salían de la tienda de recuerdos con bolsas abultadas, algo habrían hecho para acabar encerrados en Alcatraz.
Foto: al otro lado de la famosa "Police Line Do Not Cross".
DEL BEAT AL HIP

Día de grandes tópicos, día de viajes en el tiempo. Desde el siglo XIX hasta 1967 y vuelta a la actualidad. Una ruta completa por lo que San Francisco ha sido y por lo que ha hecho por el mundo en el que vivimos.
Por la mañana, y por pura casualidad, hemos reparado en uno de los museos más divertidos que recuerdo haber visitado: el Museo Histórico de la Wells Fargo. Se lo recomiendo a todo el mundo que pase por esta ciudad. Está en Montgomery Street, en la sede central de Wells Fargo (que hoy es un banco), y se reconoce enseguida porque tiene una diligencia del Far West en el escaparate. La diligencia es la joya de la exposición, en la que se puede ver todo tipo de objetos del Oeste: pepitas de oro, revólveres, telégrafos, cartas de los buscadores de oro y anuncios reales de “Se busca” publicados por Wells Fargo cuando un bandido asaltaba sus convoyes. Muy divertido, de verdad.
Siguiendo la ruta, y tras pasar por la sede de American Zoetrope, la productora de Coppola, hemos llegado al origen del mundo. A uno de los orígenes de nuestro mundo: la librería City Lights, en el corazón del barrio italiano de San Francisco. Allí, los poetas beats de los años 50 pusieron patas arriba la adocenada cultura americana y allanaron el camino al sueño hippie y libertario. Al menos, eso cuentan las crónicas. Hoy, City Lights sigue perteneciendo al mismo activista cultural, publica libros de poesía y es una institución muy respetada e influyente en la ciudad. A pesar de que procura mantener alto el nivel de debate con una sección cuidada y amplia de prensa alternativa, el ambiente que se respira es agradable, pero algo marchito. Sólo los cartelones contra Bush y la guerra de Irak devuelven algo de vida a los estantes.
Al lado está Vesuvio, el bareto donde se reunían Ginsberg, Keruak y toda la panda. Allí, mi acento me ha delatado al pedir una cerveza, y un camarero hondureño que parece ir olvidando su idioma materno me ha hablado de lo mucho que le gusta el paisaje de los olivos de Aragón, que conoce bien porque vivió mucho tiempo en Barcelona, “in Franco time”.
Llegaba la hora del almuerzo, y la mejor opción era descolgarse hasta el ruidoso y multicolor Chinatown y vivir la experiencia “dim sum”. La verdad es que no teníamos muy claro cómo funcionaba la cosa, pero había que aventurarse. El “dim sum” chino consiste en sentarte en una mesa y ver cómo los camareros van desfilando con carritos por todo el local gritando (en chino, claro) los nombres de los platos que llevan. Si te apetece, le pides uno. Si no, pasas. Sólo pagas lo que comes, y el sistema es encantadoramente caótico. Enseguida le cogimos el punto y nos hemos atiborrado de delicias orientales que, no sé por qué razón, no están en la carta de ningún restaurante chino español.
Ya habíamos visto Chinatown el día anterior, pero hemos vuelto a sumergirnos en su griterío y en sus caligrafías incomprensibles. Por poco tiempo, porque teníamos ganas de subirnos a un autobús y llegar al paseo que, lógicamente, va después de la ruta beat: la de los hippies.
Haight y Ashbury, el cruce donde empezó toda la revuelta hippie en 1967, sigue siendo un rincón animado. El barrio celebra los 40 años del Summer of Love con algunos de sus protas viviendo todavía en la zona y el ambiente que se respira es parecido al de Camden Town en Londres. Todavía quedan irreductibles, como los dueños de la Casa Roja Victoriana o la librería anarquista que vende biografías de Durruti e historias de los montoneros argentinos, pero en realidad, Haight-Ashbury es un vecindario de clase media-alta, muy tranquilo y paseable, a la vera del Golden Gate Park. Por cierto, con este cierzo del Pacífico, uno entiende la necesidad de las drogas: sin ellas, los hippies no hubieran podido desnudarse en plena calle. La verdad es que el clima no invita.
Pero no sólo de sentimentalismos vive el hippie. Tras pasar por la casa en la que vivió Janis Joplin aquel Summer of Love o por la comuna de Jefferson Airplane -y, si uno se quiere poner más fino, se puede venerar también la casa donde vivió Jack London y donde pasó sus últimos días conocidos Ambrose Bierce, antes de partir hacia su misteriosa desaparición-, lo que pide el cuerpo es bucear en alguna de las tiendas de vinilos de la zona. Yo así lo hice, y ahora voy a tener que cargar durante el resto del viaje con un buen saco de ellos. La pulsión coleccionista, que es más fuerte que uno.
ENTERING SAN FRANCISCO

Ayer fue un día ajetreado y no encontré tiempo para escribir, pero retomo el vicio por la mañana temprano. La carretera de la costa, con sus muelles de madera adentrándose en el océano y sus focas nadando remolonas entre los barcos de recreo, fue engordando de carriles a ambos lados conforme nos acercábamos a San Francisco. La ciudad en sí misma tiene casi la misma población que Zaragoza, unos 700.000 habitantes, pero no hay que engañarse, porque es la capital del Área de la Bahía, poblada en ambas orillas por más de cinco millones de personas. Toda el área forma un todo urbano integrado por un mismo sistema de transportes. Desde San José a Oakland y Berkeley, la megalópolis domina la inmensa bahía, que es casi un mar pequeñito. San Francisco está situada en el extremo norte del lado oeste, y sus rascacielos no alcanzan a frenar el cortante cierzo del microclima local. Porque, señores, mientras estemos en San Francisco, se acabó el verano.
Alguien que no recuerdo dijo que el invierno más duro que había pasado en su vida fue un mes de agosto en San Francisco. Nosotros hemos vuelto a guardar las sandalias y las camisetas y nos hemos subido la cremallera para pasear por las cuestas rompe piernas de la ciudad. Mi mayor emoción, en estos primeros compases, es que el hotel está muy cerca del teatro Geary y de la esquina de las calles Bush y Stockton. Si habéis visto/leído El halcón maltés, quizá recordéis que Joel Cayro guardaba una entrada para una función en el teatro Geary la noche que Spade le noquea en su despacho, y que el detective Miles Archer fue asesinado en la esquina de Bush con Stockton por la malvada… Uy, no revelaré el nombre del asesino, por si no habéis visto la peli o leído la novela. Por cierto, que Dashiell Hammet tiene una calle en esta ciudad.
En el camino hacia aquí paramos en Santa Cruz, ciudad playera escogida por los nuevos ricos de Silicon Valley como residencia y que, de un tiempo a esta parte, se ha convertido en refugio de las lesbianas que no participan del sueño gay de San Francisco. No vimos ni a Bill Gates ni a lesbianas que exhibieran su condición, la verdad. A cambio, vimos una playa llena de “rednecks” vacacionales, engullendo cerveza y hamburguesas a porrón. Como recuerdo, esta estampa de pic-nic patriota, robada a los dueños de las sillas mientras chapoteaban en el gélido océano
EL SÍNDROME DE XANADÚ

Cuentan que al bueno de Stendhal le dio un patatús al ver Florencia. Le vino un subidón de belleza y se le fue la cabeza a la estratosfera. Por eso, cuando uno se extasía ante algo sublimemente bello, de tal forma que es incapaz de reaccionar, se dice que padece del síndrome de Stendhal. No existe el antónimo de ese síndrome, pero, después de lo que he visto hoy, creo que urge inventarlo. Propongo llamarlo síndrome de Xanadú, y sería algo así como la incapacidad de reaccionar ante lo horrible y horrísono. Y no me refiero a la parálisis que sienten algunos y algunas cuando la luz de la mañana del domingo se cuela en sus habitaciones y descubren que su ligue del sábado se ha convertido en un animal informe y roncador. Es una emoción más elaborada.
Hoy hemos estado en Hearst Castle, la faraónica construcción de William Randolph Hearst que Orson Welles convirtió en el Xanadú en Ciudadano Kane. El magnate de la prensa había heredado un ranchito (casi una provincia entera de extensión, lo normal) frente a las costas del Pacífico, a unos 1.000 metros sobre el nivel del mar. Y si las vistas del océano y de la recortada costa de California son merecedoras de un síndrome de Stendhal como dios manda, lo que el temperamental ciudadano Hearst se montó allí provoca el síndrome inverso. Al menos, en un visitante europeo que ha sido educado en un mínimo respeto al legado cultural de las generaciones anteriores.
Todos sabemos, porque lo cuenta Orson Welles, que Hearst mandó traer de Europa un montón de tesoros patrimoniales: iglesias y catedrales a trocitos, tapices, pinturas, esculturas, escalinatas, portadas, coros, artesonados... España e Italia fueron sus países preferidos, porque en ellos, sus agentes encontraron a un clero inculto y con ganas de ganar unas monedas a cambio de desprenderse de unos objetos que ni entendían ni querían. Así se construyó el castillo de Hearst. Todos lo sabemos, pero saberlo no es igual que verlo, y cuando uno ve un arcón románico que Hearst usaba como mesita de teléfono o unos azulejos mudéjares seccionados para que encajaran en el dibujo del suelo, se le cae el alma a los pies. No nos hemos atrevido a preguntarle al guía si las dimensiones de las habitaciones estaban condicionadas por los artesonados góticos o los habían cortado a medida, pero sí que hemos visto sillas de un coro español convertidas en puertas de ascensor. Pese a que me considero muy laico y muy ateo, la palabra sacrilegio me asomaba por la glotis a cada paso. Cada habitación era un nuevo dolor: alfombras persas y tapices góticos sobre una cama cuya cabecera tenía toda la pinta de haber sido un retablo en otro tiempo... No digo yo que no será mojigatería de niños educados a la europea -porque los americanos que nos acompañaban lo veían todo fetén, el colmo del buen gusto-, pero de verdad que nos hemos llevado un sofoco.
Pero un sofoco moderado. También nos hemos reído mucho, sobre todo cuando hemos llegado al comedor de la foto que he pegado arriba y hemos visto que, en una mesa de qué me sé yo qué siglo y sobre la que se habrán firmado qué me sé yo cuántas paces entre viejos reyes de Europa, habían plantado un servicio completo (con cubertería y vajilla de primera, eso sí), en el que no faltaban el ketchup Heinz y la mostaza. Es como de recochineo. Lo de plantar el bote de ketchup ahí supera el dadaísmo. Ni a Andy Warhol se le habría ocurrido representar en un solo golpe de vista algo tan salvaje. Es una de esas imágenes que equivalen a varios tratados de historia y de relaciones internacionales.
Así que hemos salido, hemos comprado un recuerdo a nuestra amiga Mercedes Penacho, la periodista que documentó y reportajeó las piezas aragonesas que hay en Hearst Castle (entre ellas, un artesonado mudéjar turolense) y que todavía no ha tenido oportunidad de viajar a California, y hemos salido de allí rumbo al norte. La belleza del Big Sur, con las olas del Pacífico rompiendo sobre unos acantilados monstruosos, nos ha curado del espanto hearstiano. Una colonia de elefantes marinos adormilada en una playa ha terminado por diluir cualquier atisbo de síndrome de Xanadú, pero, por si acaso aún quedaba algo, hemos paseado por Carmel, el pueblo donde vive Clint Eastwood y del que fue alcalde, y hemos cenado en Monterey, la antigua capital española de California, dos contundentes chowders, la especialidad local: una crema de marisco servida dentro de una hogaza de pan. Deliciosa. Probablemente, una de las poquísimas aportaciones interesantes de Estados Unidos a la gastronomía, si no contamos la cocina cajún.
Así que procurad no padecer el síndrome de Xanadú.
WELCOME TO MEXIFORNIA

Si llevas idea de desengrasar tu inglés, no vengas a California. Si te empeñas -pero sólo si te empeñas-, puedes moverte utilizando el idioma que usas habitualmente para acordarte de los ancestros de tu jefe, porque muchas de las personas con las que vas a tratar han nacido al otro lado de la frontera. Ellos o sus padres. Hay televisión norteamericana en español y hay carteles en español por doquiera que vayas. Parecen empeñados en devolver su idioma original a los lugares donde sólo quedaron nombres de santos como recuerdo de sus descubridores.
Partimos de Los Angeles, y quien nos da una lección de cómo-narices-se-pone-en-marcha-un-coche-sin-marchas tiene bigote panchovillesco. Paramos a comer en Santa Bárbara, en una cadena de fast-food especializada en burritos, y el amable camarero se explaya sobre su pasión por la Pantoja y por cómo disfrutó cuando Raphael fue a tocar a Los Angeles. "Cuando un artista español toca acá, vamos todos. También veo mucho la Televisión Española, porque salen muchos artistas que me gustan mucho". Y eso que, para ser un experto en coplismos hispanos varios, al principio nos confundió con argentinos. Finalmente, cuando nos hemos perdido en un lugar infame llamado Lompoc -cuadrículas desparramadas sobre un llano agrícola, con un cine "drive-in" de los años 50 como única curiosidad destacable-, una amable hija de la Malinche nos ha devuelto a la Highway 1 con unas explicaciones que parecían enrevesadas, pero que resultaron certeras.
Hemos chupado mucha carretera hoy. Salimos por la mañana de Los Angeles y enfilamos Santa Mónica y Malibú por una carretera que dejaba a los lados playas de los vigilantes de la ídem, mansiones de ricachos hollywoodienses y elitistas clubes de campo. El Pacífico aparecía y desaparecía en los acantilados, con un agua furiosa y helada. Nos hemos perdido un par de veces buscando vistas en las playas, y en una de esas veces hemos aparecido en un descampado donde había varios coches disfrutando de la brisa y dos orondas motoristas de la guisa que veis en la afoto. Me han recordado a los moteros obesos que aparecen siempre en Los Simpson (¿o es en Padre de Familia?). Para que veais cómo se las gastan las sensuales California Girls. Otra de las veces, hemos acabado junto a un pequeño campo de pozos de petróleo viejísimos y semiabandonados. Tenían el encanto horripilante que transmite el óxido.
Por la tarde, la Highway 1 se ha metido por el interior, por el valle de Santa Inez, y ha serpenteado entre campos de fresas, flores y vides. Las granjas -de madera pintada de rojo- se abrían a los lados mientras los hijos de la Malinche se dejaban la espalda en la recolección. Cosa curiosa: en los campos donde había gente laborando, había un buen montón de coches buenos aparcados. Por lo visto, los jornaleros van al tajo en su propio vehículo.
Hemos cruzado algunos pueblos típicamente americanos, con un aire de los años 50 que recordaba a Regreso al futuro, y hemos llegado a la muy animada y agradable San Luis Obispo, final de nuestra etapa de hoy. San Luis Obispo es una ciudad de un tamaño parecido a Huesca, pero con una Universidad de casi 20.000 alumnos, lo que la hace extrañamente inquieta y abierta al mundo. Por su centro, muchos se mueven en bici, atentando contra el imperio del motor con cuatro ruedas, y los baretos y las tiendas están muy concurridas. Cuando hemos llegado, hemos buscado la misión que los españoles construyeron en 1772, dando nombre y origen a San Luis Obispo, y nos hemos encontrado con la plaza llena a rebosar y con un grupo de reaggae animando el cotarro. Por lo visto, los fines de semana hay música en directo en la plaza de la vieja misión. El detalle bueno: el espíritu lúdico que une a gentes de todas las edades y que emparentaba la fiesta con una verbena de pueblo. El detalle feo: que estaba patrocinado por una central nuclear, y resulta que al lado había algunos stands ecologistas difundiendo buenrrollismo y entrando en el juego de la compañía eléctrica. País de contrastes extraños. Por lo demás, el pueblo se estaba corriendo una buena juerga a costa de la energía atómica.
Nos hemos perdido por el animado centro de San Luis Obispo y hemos visto la segunda joya arquitectónica de la ciudad: una casa privada diseñada por Frank Lloyd Wright en los años 50. Es una construcción grande, situada junto a un río e inspirada en los volcanes de la zona. Curioso. Ah, por cierto, en una de las muchas librerías de San Luis Obispo hemos visto una estantería entera dedicada a libros en español. Entre ellos, biografías de Clinton y opúsculos de Obama. El votante hispano empieza a ser una fuerza decisiva en estos lares. Ahora nos vamos a encerrar en un motel muy parecido al de Norman Bates. Felices sueños.
JET LAG MATUTINO-VESPERTINO
El ordenador, que sigue con su relojito en España, me dice que son las cuatro de la tarde, pero en el monstruo de L. A. son las siete de la mañana. No hace ni cinco horas desde que nos metimos en la piltra, pero el jet lag me ha puesto los ojos como platos. Imposible dormir. Ni las 22 horas de viaje pueden agotarme hasta el sueño. Tengo ganas de salir y ver, pero todavía habrá que esperar un par de horas al menos. Nuestra intención es alquilar un coche e ir subiendo por la Pacific Highway hasta San Francisco. Los Angeles los veremos al final del viaje. De momento, todo lo que he percibido de la ciudad de las estrellas es un profundo olor a mar, como el que impregna a las ciudades caribeñas, y un montón de chicanos empleados en los puestos más miserables que bajan la cabeza al verte pasar y te llaman "sir".
El viaje hasta Filadelfia, donde debíamos hacer la conexión con Los Angeles, fue estupendo. Sin percances hasta el control de inmigración. Entonces, el madero al cargo de la garita nos preguntó:
-Husband and wife?.
"Sí, de luna de miel, no te jode", pensé mientras me obligaba a recular. Si no eres pariente, has de pasar el control solo. El individuo se demora con los dos pasaportes, pone cara de extreñido y, finalmente, mete nuestros pasaportes y nuestro impreso de excención de visado en sendas carpetitas rojas y nos manda a "secondary inspection". Creo distinguir en la carpeta el dibujito de un rifle, pero prefiero no mirarlo mucho. En fin, ya me veía intentando explicarle al sargento Cazurrez que, pese a estar poblado por mendrugos como él, hay gente interesada en conocer placenteramente su país, y que no va a trabajar ilegalmente en él ni piensa dinamitarlo. Ya estaba intentando recordar dónde coño teníamos el teléfono de la embajada española cuando nos "liberaron". Con una sonrisa, nos estampan el sello en los pasaportes y se despiden con un "Have a nice day". No sin antes interesarse por la última vez que habíamos estado en Estados Unidos, hace poco más de dos años.
Un susto menor que no llega ni a la categoría de susto, habida cuenta de las terroríficas historias aeroportuarias que se relatan por ahí. Lo peor vino cuando nuestro vuelo a Los Angeles empezó a acumular retrasos porque el capitán venía de Pittsburg. Hasta tres horas estuvimos tirados en una sala atiborrada de gente cabreada. En el bar de al lado, una especie de remedo aéreo de un Hard Rock Café, ofrecen pintas de todas las maravillosas cervezas americanas. Estoy tentado de ir probándolas en fila india y embarcar con una buena cogorza, pero el hastío me ha desganado. Sólo quiero llegar al hotel.
Finalmente, nos suben a una tartana con los asientos medio rotos, que no han sido cambiados desde que se rodó Aterriza como puedas. Es de noche ya, y mi intención de ver bajo mis pies las llanuras de Estados Unidos se ha desvanecido. En su lugar, y como la noche está despejada, veo haces caprichosos de luces desparramadas por un llano negro e infinito. Incapaz de ubicarlas en un mapa, acabamos durmiéndonos encajonados.
Así que ver, lo que se dice ver, todavía no hemos visto nada. Un voluntarioso chicano con un tatuaje en una pierna nos dejó en la puerta del hotel y yo trato de quedarme dormido mientras el olor del Pacífico se me clava en la pituitaria. Y, pese a la paliza aérea, estoy muy contento. Pienso en lo que hubiera costado hacer este viaje hace solo 50 años, y que yo me he plantado en la otra punta del mundo en menos de un día, y me maravillo. Sólo quiero recorrer este pedacito de planeta al que los españoles pusieron nombres. Y ya sabéis que nominar algo es pretender poseerlo en cierta forma. O, al menos, dejar parte del alma en ello. Así que, "here we go!".
PS: Muchas gracias a los que habéis escrito en el anterior post. Cojo el guante, Ex Compañero. Y con mucho gusto, además. ¡Abrazos mil! Por cierto, espero meter fotos en el próximo post.
A CRUZAR EL CHARCO
Llegó el momento. Dentro de poco esperamos subirnos a un avión, cruzar el charco y, si las autoridades migratorias de Estados Unidos nos consideran dignos de pisar su país, aterrizar en Los Ángeles, California. Serán unas 15 horas de vuelo que espero pasar leyendo. Empezará entonces un viaje ansiado y esperado por el Far West. Recorreremos California, Nevada, Arizona y, probablemente, la ciudad de Tijuana, cuya frontera atravesaremos a pie. Dormiremos la siesta bajo unas secuoyas gigantes, apostaremos 20 dólares -no más- en Las Vegas, nos asomaremos al Gran Cañón y rezaremos por que los ruidos que oigamos en la habitación de al lado del motel no tengan nada que ver con Norman Bates. En el equipaje, además de Steinbeck, Dos Passos y Fitzgerald, todo el rock que he escuchado en mi vida y las miles de horas de cine engullidas desde que aprendí a distinguir unos colores de otros, también he metido el ordenador portátil. Con él espero hacer un diario de viaje que podréis seguir en este blog. Intentaré que sea todo lo diario posible, para reflejar las emociones en caliente, pero como dependo del caprichoso wifi y del aguante de mi cuerpo serrano en jornadas agotadoras -especialmente, las que transcurran en el desierto-, no sé si todos los días podré colgar algo. Procuraré hacerlo, aunque sólo sean dos líneas acompañando una foto curiosa. Es mi propósito viajero. Espero no aburriros y transmitiros en los textos una mínima parte de las sensaciones que viviremos nosotros en los desquiciados U Ese A.
Por cierto, felices vacaciones a los que las tengáis.

