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EL COÑAZO PATRIO
Me da miedo volver. Desde este lado de la raya sólo me llegan malos rollos de mi país. Me quiero quedar junto al Tajo, en esta ciudad de señores con mostacho (que ya no señoras, hace tiempo que descubrieron la depilación). No he dejado de leer prensa española ni un solo día, y me arrepiento muy mucho. ¿Qué coño pasa por allí? Veo a Chávez en la Gran Vía compadreando con el mandamás de Repsol, a Camps diciendo que España va hacia un régimen de terror, a Dolores de Cospedal casándose en un cigarral, a vueltas y revueltas con el Estatuto catalán (pesaos, más que pesaos, unos y otros), a la niña de Belén Esteban arrimándose a la cálida ala protectora del Defensor del Menor... Qué coñazo, qué pereza más grande me da todo.
Sólo me ha hecho gracia una cosa que he leído hoy en El País: que la Fundación Camilo José Cela se cae a pedazos. No tienen perras, los empleados les demandan, no va a verles ni el Tato y los manuscritos del pedorro Nobel han estado a punto de perderse en varias inundaciones. Mi hipótesis es que Don Camilo, transmutado en un pedo de pochas con chorizo, ha decidido llevar a cabo su frustrado y satánico plan de absorber con el culo un litro de agua. Pero al ser etéreo y fantasmagórico, no le termina de salir, ya que ha perdido el control del esfínter, y hasta el esfínter mismo, y como consecuencia de sus infructuosos ensayos, el bello pazo de Iria Flavia se está viniendo abajo, sin poder resistir las acometidas del espectro del Nobel.
No quiero volver, pero el reclamo de Leonard Cohen es demasiado poderoso. Llegaremos a tiempo para el concierto.
Hoy es domingo en Lisboa, y todo parece adormecido. Todo funciona a cámara lenta, y nosotros nos escurrimos morosos por las cuestas, sin miedo a despeñarnos, con sosiego loboantuniano.
SIN MI HERMOSA LAVANDERÍA
De vuelta de Oporto. Tengo unas fotos de unos niños tirándose al Duero desde el puente de Luis I que ya colgaré. Me recordaron la historia de Los cachorros, de Vargas Llosa. Creo que escribiré un cuento sobre esas fotos.
Se tiraban desde el puente esquivando a la policía. Cuando alguno dudaba, los que esperaban turno le picaban, llamándole mariquita y esas cosas, y al final, escocido por la dura presión social, hasta el más flojo hacía un tirabuzón antes de caer sobre las aguas del Duero.
Pero ya hablaré de ellos con más calma otro día.
Hoy quería pasar un buen día. Hoy queríamos tener nuestro día de lavandería, que se ha convertido en una tradición viajera. Buscamos una lavandería de monedas, nos llevamos un libro y hacemos la colada pausadamente. Es un momento que me gusta mucho de los viajes. En Estados Unidos, obviamente, es muy fácil encontrar estas lavanderías, que son insultantemente baratas (por menos de dos dólares te lavas y te secas varios kilos de ropa) y muy concurridas y animadas. La gente va a ligar y a hacer amigos a ellas. En Londres también abundan, y en París, algo menos, pero no son raras. Fue el año pasado en Alemania donde tuvimos que cruzar medio Berlín para encontrar una, y las instrucciones sólo estaban en alemán y en turco. No había forma de saber dónde había que meter el detergente. Pero eso resultó doblemente divertido.
En Lisboa, según todas las fuentes consultadas, sólo hay una lavandería automática. Al lado del Jardín Botánico, en la muy apropiada Rua da Alegria. Alegres fuimos esta mañana con nuestros trapos, dando un paseo por una Lisboa encapotada, gris y chispeante, que realzaba sus tonos de mugre. Paseamos por un barrio que nunca habríamos visitado sin la necesidad de hacer la colada, y nos ha encantado sumergirnos en él, descubrir el decadente y cerrado Jardín Botánico y la popular y nostálgica Praça da Alegria.
El paseo ha sido estupendo, pero cuando hemos llegado a la lavandería la hemos encontrado cerrada. Un cartel anunciaba que estaba cerrada desde hoy por motivos familiares. Mierda, por un día. En la guía venía otra, que no era automática, en un centro comercial cerca de la Praça do Rossío. Un cuarto de hora de paseo más o menos. Allí que nos hemos ido. Al llegar, hemos visto que llamar a aquello "centro comercial" era, cuando menos, optimista. Una nave con unas tiendas cutres de baratillo que vendían ropa fea como el demonio casi al por mayor. Un rastro saturado y maloliente. Por supuesto, nadie sabía nada de ninguna lavandería. Nadie nos ha dado señal de ella. Había desaparecido o nunca había existido.
Cruzar Lisboa con la ropa sucia a cuestas mermó las escasas fuerzas de Cris, así que la arrastré hasta un taxi que nos devolvió al apartamento a toda hostia y pasándose por el chasis todo el código de circulación -es costumbre local conducir así-.
Hemos comido en un pequeño restaurante a una manzana de aquí al que nos habíamos resistido a entrar hasta ahora. Se llama Les Mauvais Garçons y lo lleva un chico sevillano llamado David García. Era cocinero en París, y se instaló en Bairro Alto hace unos años para montar un bistrot de aire afrancesado. Sirve cosas sencillas con un toque de chef. Entre ellas, un gazpacho que nos ha curado toda la frustración lavandera. Pero lo que más me ha gustado, y la razón por la que le menciono, es que tiene el comedor decorado con fotos vintage de supuestos "niños malos", como el nombre del restaurante dice. Son muy parecidas a la que Óscar Sanmartín tuneó para la portada de mi libro Malas influencias, cuya ilustración no desentonaría en las paredes del local.
He estado por decírselo, pero mi natural asocialidad me lo ha impedido. Aunque el chico era muy simpático y hablador, y no habría resultado fuera de tono -y seguramente le habría hecho ilusión descubrir una conexión estética tan fuerte entre su restaurante y una obra literaria-, no me sale explicar que soy juntaletras y que la portada de mi primer libro bla, bla, bla. Prefiero contártelo a ti, paso de dar la brasa a la gente que no lo ha solicitado.
Hablando de libros: he conseguido una ganga. En una librería anticuaria del Largo do Calhariz tenían expuesta una primera edición de 1930 de Rusia al desnudo, de Panait Istrati. Es una joyita de la editorial Cénit, un hito republicano de la historia de la edición en España. Yo leí ese libro en francés, pues no se ha vuelto a publicar en español desde entonces, y me ha hecho ilusión verla tan aparente. Para asegurarme, me he metido en Iberlibro para ver a cuánto se cotiza ese título en el mercado de viejo, para que no me timara el librero, y he ido a la librería convencido de que haría una buena compra si me lo vendía por unos 30 o 40 euros, a juzgar por el precio de ejemplares en mucho peor estado por internet. Me lo he llevado por 10. He pagado poniendo cara de póker.
No sabía yo que en la era de internet aún se podían encontrar gangas.
UNA TONTADICA MÁS Y UNA FOTO

Dice la guía Lonely Planet de Portugal, hablando de cómo comportarse en un restaurante:
Respecto a los modales, sólo hay que intentar mostrar cómo se disfruta de la comida. Se suele hablar alto, gesticular con las manos y los cubiertos y golpear en la mesa para añadir énfasis. No hay ningún problema si uno se fuma un cigarrillo o un puro y echa el humo en la mesa vecina, probablemente al rato harán lo mismo.
Todo un tratado de antropología, sí señor. Se nota que su autor ha estudiado con Lévi-Strauss en la Sorbona, y le han aprovechado las clases. Sólo le faltó anotar en su cuaderno de campo que los salvajes lusitanos también tienden a degollar a una esclava virgen al final de cada ágape y se comen su cerebro crudo, aliñado con un poquito de aceite de oliva y pimienta blanca.
Chico, la verdad: de mis dos viajes a Portugal sólo puedo decir que las tascas y restaurantes son sencillos y, por lo general, están impolutamente limpios; que los camareros son amables y profesionales, que el vino de la casa, sin ser nunca excelso, suele ser más que correcto, nunca peleón; que está prohibido fumar en muchísimos locales -cosa muy de agradecer, cada día detesto más los sitios donde se puede fumar-, y que los comensales locales suelen hablar en un tono de voz moderado, sin herir al prójimo. No sé dónde ha visto este eminente antropólogo a estos ejemplares de lusitanos tan dados al escándalo y a echar el humo de la faria al vecino. La gente es bastante educada. Más que en España, por cierto, donde sí es relativamente frecuente compartir restaurante con energúmenos que dan voces a deshoras y te apagan el Ducados en el plato.
Se habrá confundido de país. Yo creo que hablaba de las costumbres españolas en la mesa.
Para compensar, aquí te dejo esta foto que acabo de tomar. Es un capitel y un arco de la iglesia del Carmo o del Carmen. Es una de las visitas ineludibles y más turisteras de Lisboa, pero no por ello está masificada. Al contrario: es un remanso pacífico y reconfortante. Los visitantes acuden con cuentagotas e inmediatamente se callan ante la belleza del lugar. Hay que tener un corazón de una piedra más dura que los sillares de la iglesia para no conmoverse allí.
Es una iglesia en lo alto del Chiado que quedó prácticamente destruida en el terremoto de 1755. A finales del siglo XVIII se intentó reconstruir, pero ya se habían fundido casi todo el oro de Brasil levantando la ciudad y, ante la falta de parné, la cosa les quedó a medias, abandonadilla. En 1863, lo compró una asociación de arquitectos, y al poco tiempo se convirtió en el Museo Arqueológico de Lisboa. De la iglesia original quedan los pilares y parte de los muros, pero no hay bóvedas ni cúpula central. La primera vez que la visité llovía, y el agua y las nubes le daban un aire melancólico y byroniano a estas falsas ruinas. Hoy hacía un sol inmisericorde, pero el juego de sombras era también muy hermoso. Me encanta entrar, sentarme en los escalones de los pies de la nave central y mirar el cielo abierto a través de los arcos góticos vacíos.
Es inspirador.
Mañana nos vamos de escapada a Oporto. En tren y en primera, como los señores que somos. Ya contaré.
CANCIÓN TRISTE DE BAIRRO ALTO

Breve anatomía de Lisboa
Lisboa tiene siete colinas. Como Roma, pero distintas. Para empezar, Lisboa se precia de ser más antigua que Roma. Antes de que Rómulo y Remo empezaran a darle a la ubre de la loba, ya había gente rumiando por las esquinas de este lugar. Y para seguir, las colinas de Lisboa son infinitamente más bestias que las de Roma, con cuestas tan empinadas que parecen precipicios.
Lisboa se arrebuja junto al Tajo, en su orilla derecha. La Lisboa eterna, ese cogollo central que guarda el alma de la ciudad, se compone de dos elevados promontorios y un estrecho valle entre ambos. El situado río arriba enrosca los barrios de la Alfama y Graça, y el situado río abajo, el Chiado y Bairro Alto. Entre los dos se encajona la Baixa, con la Rua Augusta uniendo la Praça do Comerço, abierta al Tajo, y el Rossio. Es la parte más teatral de Lisboa, la que reconstruyó el Marqués de Pombal después del devastador terremoto de 1755. Es ordenada, rectilínea y grandilocuente, y no es extraño que muchos bancos sigan instalados en ella, en la adecuadamente nominada Rua Aúrea, aunque el poder financiero hace décadas que abandonó la zona para instalarse un poco más al norte, en el ensanche de la Avenida da Liberdade.
Nosotros elegimos Bairro Alto. Lo elegimos desde la primera vez que pusimos el pie en sus adoquines. No queremos otra Lisboa. Ya no buscamos otra Lisboa.
Bairro Alto es un nuevo viejo barrio. No forma parte del núcleo fundacional de la ciudad, que está en la Alfama y Graça, con sus callejas morunas. No hay restos romanos, visigodos ni árabes aquí -aunque una de sus calles sea la Rua dos Mouros-, y parece ser que estuvo prácticamente sin poblar hasta el siglo XV, cuando empezó la era de los descubrimientos y Lisboa se llenó de buscavidas y aventureros ansiosos de hacer fortuna en ultramar. Al calor de esa fiebre oceánica, varios miles de comerciantes gallegos bajaron desde sus pazos y se instalaron cómodamente en esa zona alta, construyendo suntuosas residencias y palacetes con jardín, en algunos de los cuales asoman hoy altísimas matas de buganvillas. Así nació Bairro Alto, junto al Chiado, que se une a la Baixa por una suave cuesta que hoy se llama Rua de Garrett; empalma con la Lisboa empresarial y amadrileñada de Liberdade por el elevador de Glória, y baja en picado hacia el Tajo por el renqueante funicular de Bica.
El origen de este barrio fue puramente residencial, de ricachos gallegos que no se querían mezclar con el populacho lisboeta de estibadores y marineros con escorbuto. Por eso la disposición urbanística es relativamente ordenada y cuadriculada, muy distinta de la de otros "cascos viejos", con vueltas y revueltas. En Bairro Alto, las calles suben de sur a norte y las travessas cruzan de este a oeste. Es imposible perderse.
Cuando se produjo el terremoto de 1755, toda Lisboa quedó en ruinas o arrasada por el fuego de varios incendios. Sólo una parte de la Alfama y Bairro Alto sobrevivieron a la destrucción. Por eso todavía se pueden ver algunas casas de los siglos XVI y XVII. Pequeños palacetes, la mayoría echados a perder, divididos mil veces por herencias mal resueltas y poblados -si no están vacíos y ruinosos- por viejas que parecen estar colgando siempre la misma colada en la ventana.
Como todos los barrios similares de otras ciudades europeas, Bairro Alto sufrió una degradación aterradora en el siglo XX, pero tras la entrada de Portugal en la UE, empezó una lenta recuperación que todavía dura y que le da un aspecto contradictorio y salvaje. Desde luego, creo que se ha recuperado mucho mejor que el Barrio Chino o Raval de Barcelona -si es que se recuperó alguna vez-, y con mucha más sensatez que Lavapiés -que vivió un pequeño despunte a finales de los 90 y ha vuelto a caer en el marasmo sin que a nadie parezca importarle-. Para mí, Bairro Alto es lo que debiera ser San Pablo en Zaragoza. El modelo a seguir, sin duda.
En Bairro Alto convive la tienda de ultramarinos de toda la vida con la galería de arte más fashion; la tasca más aceitosa con el restaurante más pijo, y el bar de viejos que ofrece el partido del Benfica a todo volumen en la tele con la boite que trae a los DJ más de moda. Esa es la clave del éxito: que nadie ha desplazado a nadie. Parece que en España tienen que desalojar primero a los habitantes del barrio de toda la vida para que los modernos puedan expandir su hábitat -y para que las inmobiliarias puedan multiplicar por diez y por veinte el precio del metro cuadrado en la zona, que los modernos adinerados parece que pagan gustosos-. Aquí no se ha dado ese conflicto. Los dos paisajes han encontrado acomodo en un discurso buenrollista que suena más sincero y menos carachorra que en otras ciudades.
Hoy hemos hecho la compra en una tienda de ultramarinos de las que resulta imposible encontrar en el centro de cualquier ciudad española, con señora tendera haciendo las cuentas a mano. Y hemos comprado pan a una panadera con delantal que nos ha elegido personalmente la mejor de sus hogazas. Las dos tiendas conviven con un bareto nocturno algo pretencioso que ofrece wifi a su fashionable clientela y tiene una pequeña biblioteca que han creado los propios clientes: te dan una cerveza o un mojito a cambio del libro que lleves. O también puedes llevarte cualquier libro si dejas otro a cambio. Pienso hacer el trueque cuando me acabe el que estoy leyendo ahora mismo.
Las viejas se gritan de balcón a balcón ante la sonrisa -nada condescendiente- de la diseñadora de moda que tiene una pequeña tienda cool debajo del tendedero de una de las viejas, colmado de bragas king size y tapetes de ganchillo. Todos se conocen y se saludan. Mientras esperábamos a que nuestra casera nos trajera las llaves del apartamento, un señor de una tienda de vinos salió de su local con un taburete y se lo ofreció a mi embarazadísima Cris, para que no estuviera de pie en la calle.
Por supuesto, hay un Bairro Alto falsario que reclama para sí la gloria del fado y la saudade ante los turistas ávidos de tipismos. Pero es fácil identificar y obviar a esos mercachifles que hacen caja a costa de reducir una idiosincrasia rica, mestiza e inaprehensible al mínimo común denominador. Basta con no entrar a esos locales que se venden como "restaurante típico" o como "adega de fados".
La mezcla se hace pastiche al atardecer, cuando todavía no han cerrado las tienditas tradicionales y están en plena actividad los comercios modernetes, que abren hasta casi las once de la noche, mientras los restaurantes exhudan olor a sardinha frita y las boites sacan brillo a las cocteleres en las que prepararán los mojitos. En esas horas, parece que Bairro Alto late a ritmo atlético y feliz.
No será la Arcadia, claro, pero se le acerca un poco a su versión urbana y de andar por casa.
Foto: vista desde la ventana del salón de nuestro apartamento. Tejados y ropa tendida.
CONEY ISLAND

Parece que el desbarajuste de estos días se va calmando un poco. Hoy puedo escribir un poquito del viaje. Me apetece.
Los que no hayáis estado por esos lares probablemente no sepáis que Nueva York son varias ciudades en una. No solo metafóricamente, sino sobre el papel. El monstruo conocido como New York City está compuesto por cinco distritos que tienen una autonomía administrativa enorme -y un callejero repetido: hay varias Quintas avenidas y varios Broadways-. Solo uno de ellos está en el continente, el resto son islas de un hiperurbanizado archipiélago.
Manhattan, con su forma alargada, es el corazón, lo que todos asociamos a Nueva York, con su Central Park en el centro -para eso es Central-, su negro Harlem al norte y su Downtown de rascacielos en la punta sur. En la isla oriental están Brooklyn y Queens, dos extensísimos y pobladísimos distritos. Brooklyn es industrial y rudo, con una fuerte personalidad, una fábrica de cervezas famosa en todo Estados Unidos y un acento peculiar. Es la patria chica de Frank Sinatra y de Woody Allen. Queens es residencial y tranquilo, con grandes bolsas de población irlandesa y judía (el doctor Fleischman, de Doctor en Alaska, es de Flushing, un barrio del norte de Queens). Al norte, en la única porción continental de Nueva York, queda el Bronx, con su pasado oscuro de violencia y represión policial. Al sur, sin conexión con puentes, Staten Island, una isla anodina, residencial y conservadora a la que solo se puede llegar en ferry.
Los visitantes apenas salimos de Manhattan. ¿Para qué, si en Manhattan está todo? Pero nosotros habíamos oído y leído los sugerentes y rudos encantos urbanos de Brooklyn, y como lo de subir al Empire e ir a la Estatua de la Libertad ya lo habíamos hecho en otro viaje, decidimos centrar nuestros pasos y miradas al otro lado del East River.
Efectivamente, Brooklyn merece un viaje por sí solo. Y de todo lo que hemos visto, Coney Island es de lo más alucinante.
Coney Island no es una isla en realidad, aunque tiene una playa, Brighton Beach, y un parque de atracciones vintage que cierra en invierno, pero por el que se puede pasear igualmente. En Coney Island vivió Woody Guthrie, el icono folk que fascinó a Bob Dylan y que tocaba una guitarra bautizada como "Máquina para matar fascistas". Su casa estaba en Mermaid Avenue, y cuando Billy Bragg musicó las letras póstumas de Guthrie, el disco resultante se tituló precisamente Mermaid Avenue.
El viaje en metro desde Manhattan a Coney Island dura algo más de una hora y se hace en gran parte descubierto. Por las ventanillas van desfilando viejas fábricas abandonadas y extensiones sin fin de apartamentos ruinosos y gasolineras con coches oxidados. Justo cuanto nos hartamos de tanta decadencia urbana, el tren llega al final de la línea. Bajamos despistados y amodorrados, y lo primero que vemos al salir de la estación es el letrero de la calle en la que estamos: Mermaid Avenue. Me viene a la cabeza la canción Ingrid Bergman, de Guthrie:
Ingrid Bergman, Ingrid Bergman,
Let's got make a picture
On the island of Stromboli, Ingrid Bergman.
Bueno, no estamos en la isla de Stromboli, pero estamos en Coney Island y yo tengo una cámara. Así que, let's go make some pictures!
Supongo que en verano, con miles de bañistas comiendo helados y la montaña rusa subiendo y bajando, el paisaje cambiará muchísimo, pero seguro que conserva algo de esa pátina marchita y fantasmal. Un largo paseo de madera junto a una playa inmensa. Las tablas crujen al pisarlas y la humedad del mar se mete entre la ropa. Te cruzas con muchas familias rusas que hablan en ruso, porque Brighton Beach es también Little Russia-by-the-sea, que se dan un garbeo por el lugar después de comer unos blinis con caviar en alguno de esos pequeños restaurantes donde la carta está escrita solo en ruso.
Hierros, óxido, perritos calientes y algodón de azúcar. Parece la cabeza de un niño triste el primer día de cole, cuando la playa cierra. Hay algo inquietante y terriblemente atractivo en Coney Island. La atracción de lo que fue, la pasión por lo roto.
En los letreros, apellidos italianos de otros tiempos. Emigrantes de otros siglos que se bañaban en esa playa sabiendo que ese mismo agua, si las mareas y corrientes eran propicias, podía haber bañado antes las playas de Calabria o de Sicilia. Apellidos italianos y alemanes e irlandeses y rusos. E hispanos. Advertencias en español de "prohibido bañarse". Silenciosas abuelas rusas sentadas con sus nietos. Letreros y más letreros de se vende y se alquila.
Emocionado, le hice esta foto a un callejón junto al parque de atracciones. "Dispara al monstruo", dice. Yo disparo con mi cámara al monstruo, pero el monstruo de hierro y madera está dormido, oxidado, agrietado y mustio. No hay que afinar mucho la puntería. Vuelvo a imaginarme a Woody Guthrie sentado en su ventana, triste y solo, escribiendo:
At my window, sad and lonely
Stand and look across the sea
And I sad and lonely wonder,
Do you ever think of me?
JALEO EN WASHINGTON, D. C.
Bueno, al fin puedo sentarme a gusto en la habitación del hotel, con mi viejo amigo el portátil zarrapastroso, a teclear cuatro tonterías para el blog. En el hotel de Nueva York no había wifi en la habitación, había que bajar al vestíbulo y hacer el pino-puente para encontrar una señal decente. Y yo no estoy ni para pino-puentes ni para colarme en tiendas Apple para postear desde los ordenadores que tienen en exposición (y allí la gente no se corta un pelo).
Pero ahora estamos en Washington, y no sé si será el influjo benefactor de San Obama de Assís o los efluvios libertadores que emana el monumento a Lincoln, pero la conexión va como un tiro. Lástima que haya estrenado cámara nueva y no tenga instalado el programita para descargar las afotos, porque hace nada hemos pasado por delante de Jaleo, el restaurante de José Andrés en Washington. De hecho, antes de ver el letrero, hemos visto a través de la cristalera cómo dos propios se encajaban una señora paella. Nos miramos y pensamos: "Ya están estos pobres e ilusos yankis siendo intoxicados por el paellador de turno, con arroz brillante y cabezas de gamba cuyo cuerpo nunca aparece (por eso a esa paella-guiri se la conoce como ’arroz con ojos’)". El caso es que, en un segundo vistazo, aquella paella no tenía mala pinta. Daba algo más que el pego. Incluso parecía apetitosa: con su capita fina de arroz, su marisco bien dispuesto, su amarillo sanote y azafranado... Y entonces hemos visto el nombre del restaurante: Jaleo. Y el cabezón sonriente de José Andrés dando la bienvenida en un letrero ad hoc.
Por cómo se hablaba del extrañamente mediático José Andrés en España, yo creía que su restaurante en Washington era una cosa fina y exclusiva, llena de senadores mangantes, de millonarios judíos que pasan maletines a congresistas bien dispuestos y de señoras pechugonas que organizan galas benéficas a favor del Salvation Army. Pues no. Jaleo no es El Bulli, señores. Aquello es una tasca apañada, pero informal, sin manteles en las mesas, donde los curritos federales que trabajan en los edificios aledaños van a empapuzarse de callos a la madrileña, croquetas de bacalao y calamares en su tinta (bien regado todo con sangría de esa que les mola). Los precios, razonables tirando a populares (para la media de Estados Unidos, que siempre es algo más cara que en España), y el ambiente no podía estar más alejado de la alta cocina.
Qué decepción. Yo me imaginaba a José Andrés escribiendo unas memorias en las que desvelaba cómo Obama dijo de Hilary Clinton que "a esa pequeña zorra blanca hay que bajarle los humos", mientras engullía unos espárragos deconstruidos de la Ribera navarra. O cómo George W. Bush, despanzurrándose en la butaca y soltándose el botón del pantalón, le confesaba, satisfecho: "José Andrés, estas farias tuyas son mejores que mis puros cubanos de contrabando". Y resulta que ni Obama, ni congresistas, ni starlettes de medio pelo han pasado por su casa. Qué desilusión. Me esperaba más de usted, señor José Andrés. Por contra, he de decir que su tasca me resulta amable y acogedora, y se nota que el público local le hace aprecio. Nosotros, para llevar la contraria, hemos comido en un japonés bastante pijo donde me han servido el mejor sushi que he probado en mi vida. Delicioso.
Por lo demás, Washington resulta agotadora. Poco turismo extranjero y mucho redneck con furor por venerar a los padres de su patria y por poner cara compungida en el Memorial de Vietnam. Turistear por esta ciudad monumental tomada por cochazos negros del FBI (ves tantos que ya pierde su gracia: te cansas de hacer fotos de tipos trajeados y seriotes en todoterrenos brillantes y rugientes) es demoledor para los pies. Aunque es pequeña y accesible, la parte monumental es un despropósito faraónico que altera las leyes de la perspectiva y donde lo que parece que está lejos, en realidad está muy lejos. Mañana nos tomaremos las cosas con más calma, acorde con el ritmo de una ciudad que no parece vivir el frenesí de la serie El Ala Oeste de la Casa Blanca. Es una ciudad funcionarial y cosmopolita, lo que le da un aire interesante y reposado al mismo tiempo. Parece un buen sitio para vivir, pero yo me quedo con Nueva York. Por mil motivos más que obvios, no me hagáis enumerarlos.
De Nueva York, si me permitís, hablaré otro día, desde casa.
Antes de irme a recorrer Washington by night, dos breves recordatorios: el jueves 19 por la noche, a eso de las 0.30 (creo, no estoy nada seguro), me entrevistan en el programa cultural de Aragón Televisión, Borradores. Me invitaron a leer a cámara un pasaje del libro y, al terminar de hacerlo, me di cuenta de que estaba lleno de palabras como follar, semen y no sé qué más cerdadas que no se pueden decir por la tele. No sé si lo emitirán o le meterán la debida tijera (y la recomendación de lavarme la boca con jabón). Comenta Gilgamesh que Malas influencias se puede comprar ya por internet en Agapea, y acabo de comprobar que también está en la web de La Casa del Libro. Cuando vuelva a Zaragoza colgaré los enlaces en el blog promocional. Y acabo de leer un mail de mi bienhallado editor instándome a cerrar la fecha de la presentación en Madrid. Será, con toda seguridad, entre el 30 de marzo y el 8 de abril (os diré el día concreto en cuanto lo cierre la editorial) en la librería Tres Rosas Amarillas de Malasaña (calle San Vicente Ferrer, metro Tribunal). Habrá vinito.
Y ya, que estoy de vacaciones y me han prohibido ocuparme mucho de estas cosas.
ENVIDIA COCHINA

Vuelve la gente de vacaciones y, a pesar de la crisis, te cuentan sus viajes. Te cuentan emocionados qué han hecho, qué han comido, qué han bebido, qué han escuchado. Y me gusta escuchar sus relatos. También te enseñan sus fotos, y eso me gusta menos. O tratan de enseñártelas mientras tu cerebro produce a toda velocidad frases de excusa para librarte del marrón. Lo siento, amigo, o te llamas Henri Cartier-Bresson o tus fotos no me interesan. Ya tengo unas que hice yo, tan malas y desenfocadas como las tuyas. Cuélgalas en un blog, que ahí las puede ver quien quiera y el resto del mundo podemos ignorarlas tan ricamente. Es lo bueno de los blogs, que quien quiere enseñar, enseña, y quien quiere ver, ve, pero nadie se siente obligado a nada.
Álvaro Ortiz, el gran comiquero que ilustra mis dominicales Cosas de Blogueros en Heraldo, ha estado en Nueva York este verano. Qué envidia, qué ganas de volver. Otras dos amigas también han estado por allí hace poco y me han puesto los dientes largos. No sé qué tiene Estados Unidos que me atrae tanto (de hecho, la idea original que teníamos para este verano era recorrer la costa este desde Washington hasta Quebec, para complementar el viaje por la costa oeste que hicimos el año pasado, pero al final nos fuimos a Alemania). En lugar de hacer fotos, Álvaro ha hecho dibujos en su libreta. Se sentaba en un café o en un banco y dibujaba lo que veía. El resultado son unos apuntes del natural maravillosos, y ha colgado unos pocos en su blog, que podéis ver pinchando aquí. El que reproduzco arriba es una calle de Brooklyn vista desde la ventana de un restaurante indio.
Ay, Nueva York, qué gran sitio. Imagino que un hispano que visitara Roma en los tiempos del imperio sentiría algo parecido a lo que sentimos nosotros -súbditos de las provincias europeas del Imperio- al patear Nueva York: el deslumbramiento y el mareo del paleto al recorrer la capital del mundo. Recuerdo que cuando estuvimos en Nueva York hacía frío, había restos de nieve en las aceras y placas de hielo en Central Park. Yo llevaba mi vieja chupa de cuero y siempre caminaba con un enorme vaso de café de los que beben los americanos. Más que para bebérmelo, lo llevaba para tener las manos calientes. Visitamos muchos sitios, pero mis recuerdos más vivos son los del callejeo. Lo mejor que se puede hacer en una ciudad es pasear, pasear y pasear.
Me acuerdo de lo emocionado que estaba cuando llegamos. Pasamos de los autobuses y de los transportes turísticos -los odio con todo mi ser- y cogimos el metro desde el aeropuerto JFK, que está lejísimos. La estación de metro era descubierta y, entre la bruma del jet lag, mientras esperábamos el tren, me recreé viendo las casitas prefabricadas de ese tranquilo barrio cercano a Queens. Creo que lo primero que vi de Nueva York fueron los neones de una pequeña pizzería que estaba al lado del metro. Suena extraño, pero me sentí reconfortado al ver esos neones, como si hubiera llegado a un hogar perdido. Todo en Nueva York es familiar, todo está visto, leído y escuchado. Es imposible no sentirse parte de esa ciudad.
Qué envidia me dan los que vuelven de Nueva York. Es de las pocas ciudades a las que volvería una y otra vez. Otra de ellas es Buenos Aires, claro, pero no hay muchas más. Ciudades que me enamoran y que me fascinan hay un montón (soy sensiblón y fácilmente emocionable: basta un pasaje de un libro o un beso en una película lluviosa para que un lugar me conquiste), pero las ciudades a las que me escaparía siempre que tuviera ocasión son muy pocas. En otros tiempos habría dicho que son ciudades en las que quiero vivir. Ahora ya no estoy tan seguro, porque creo que son muy escasos los afortunados que pueden escoger el sitio donde viven. La vida nos coloca en un lugar y el tiempo y los amores lo convierten en nuestra casa. Uno elige muy poquitas cosas en la vida. A lo sumo, aceptamos o rechazamos lo que se nos cruza en el camino, y nos esforzamos por adaptarnos a ello.
Pero a Nueva York me escaparía siempre. Sin motivo ninguno. Cogería un avión mañana mismo sólo para comerme un bocata de pastrami en un deli italiano a las dos de la madrugada. O para sentarme en Washington Square y ver pasar la gente. O para cruzar andando el puente de Brooklyn y entrar en un café que hay al otro lado y cuyo nombre no recuerdo, pero que era sobrio, de buena madera barnizada y lleno de frases de orgullo patriótico de Brooklyn y desprecio a Manhattan. Porque los tipos de Brooklyn hablan con cerrado acento de Brooklyn y no son neoyorquinos: "I’m not a new yorker, I’m from Brooklyn!", gritarán. Un new yorker es un tipo estirado que escucha jazz y va a galerías de arte. Uno de Brooklyn es un tipo bronco, con camisa remangada y que bebe cerveza Bud.
Muchos americanos se refieren a Nueva York simplemente como "the City". Y así es. Es la ciudad. Es nuestra ciudad, pues como provincianos europeos del gran imperio global, también nos sentimos como en casa en la capital de nuestro mundo. A todos nos corresponde un pedacito de Nueva York.
... THEN WE TAKE BERLIN
Franco y el franquismo odiaban Madrid. Después de 1939, los más duros del régimen plantearon al Caudillo que la capital de la Nueva España no podía estar en aquel nido pestilente de rojos. El Madrid liberal, republicano y socialista, el Madrid de la generación del 27 sólo merecía un escarmiento severo. Se plantearon reformas urbanísticas para acabar con ese Madrid anterior a 1939 que cambiaran de arriba abajo la fisonomía de la ciudad. Por suerte, Franco no tenía ni un clavel después de la guerra, y sus intervenciones en la ciudad fueron mucho más modestas de lo que los fascistas exaltados pretendían. El Arco de la Victoria que se puede ver en Moncloa es el resto más destacado de ese vano intento por destruir el viejo Madrid.
Si Franco consideró Madrid “territorio enemigo”, Hitler hizo lo propio con Berlín. Son curiosos los paralelismos. Hitler odiaba Berlín, que para él representaba la “Antialemania” (¿suena de algo?). Berlín era Babel. Una ciudad salvaje llena de comunistas, judíos y homosexuales, donde los cabarets marcaban el ritmo de la vida. Era la ciudad de Marlene Dietrich, de Bertolt Brecht, de Fritz Lang, de Von Stenberg. Eran las sugerentes notas de El ángel azul, los turbios movimientos de Makie Navaja y los cantos borrachos de Alexanderplatz. Nada que ver con la pura y digna Baviera, nada que ver con la idílica imagen de la sana y aria Alemania rural que el nazismo venía a glorificar. Por eso, Hitler también quiso destruir Berlín. Una exposición que se puede ver estos días en el Memorial del Holocausto enseña al detalle el megalómano proyecto del arquitecto Albert Speer para destruir la vieja, loca y bohemia Berlín y transformarla en Germania, la capital del III Reich.
A Hitler también le faltó parné para llevar a cabo su proyecto, pero lo que no llegó a hacer él lo hicieron los bombardeos aliados y la ocupación soviética. El viejo Berlín de las sombras expresionistas y el cabaret abierto hasta el amanecer se marchitó entre bloqueos, muros y guerras frías que en las calles de la ciudad se calentaban hasta casi arder. Desde 1933 hasta 1989 transcurrieron las décadas del horror en las que sólo unos cuantos punkies y okupas, y ya en los años 80, se preocupaban en el lado oeste de mantener vivo el espíritu libre de la ciudad (un espíritu tan libre que hasta su universidad se llama Universidad Libre de Berlín).
De 1933 a 1989 van muchos años. Suficientes para cercenar para siempre una civilización entera. Pero a Berlín no la han doblegado. Hoy, casi veinte años después de la caída del muro, Berlín aparece igual de salvaje y libre que en los años 20. Berlín es una gran fiesta, un jolgorio maravilloso e imparable que demuestra que el espíritu de las grandes ciudades con carácter puede sobrevivir a casi todo.
Mucho más moderna y vibrante que París y mucho menos pretenciosa que Londres, Berlín me está pareciendo la gran capital europea. El lugar donde se vive con más intensidad y más placer, donde las poses no son impuestas y donde realmente el disfrute ciudadano se antepone a cualquier otra consideración. Los berlineses las han pasado muy putas, tienen que bregar con un pasado reciente muy chungo que todavía aflora en muchas esquinas y lo único que quieren es vivir y dejar vivir.
No paramos. Estamos todo el día de acá para allá. Nuestro hotel ocupa un viejo edificio señorial del Berlín oriental abandonado por los comunistas y reconstruido ahora con un gusto maravilloso. El Berlín Este marca la pauta, ya que los bares, restaurantes, tiendas y galerías de arte más modernas se trasladaron en los 90 a este lado de la ciudad atraídos por los bajos precios de los alquileres. El viejo oeste ha perdido parte de su fuerza y de su encanto y se adormece aburguesado entre los aromas florales del Tiergarten. Berlín vibra y nosotros vibramos con ella. No sé cómo he tardado tanto tiempo en descubrir esta ciudad cabaretera y descontrolada, tan camaleónica y tan constante, tan calma y tan desquiciada, tan ácrata y tan ferozmente capitalista. El hoy del mundo se arremolina en sus calles mucho más que en cualquier otra ciudad europea y nosotros no nos habíamos enterado hasta hoy. Cuánto tiempo hemos perdido.
FIRST, WE TAKE MANHATTAN...
Siento haber descuidado mis ¿obligaciones? blogueras, pero entenderán ustedes que esto del turismo es un gran invento, aunque un invento agotador. Una semana de trote por ciudades desconocidas machaca más que el trabajo por cuenta ajena cuando el contador ajeno chasquea su látigo en tu espalda. Así que los párpados y los dedos no siempre responden cuando termina el día para postear debidamente, y cuando lo hacen, no siempre hay una red wifí a mano o un sitio medianamente tranquilo donde escribir. Pero mi desidia bloguera es básicamente vacacional: estoy en un plan de hacer las cosas cuando me venga en gana. Como dicen los Babasónicos, “todo lo que pueda arreglar hoy, lo dejaré para mañana”.
Desde la última vez que me asomé al blog, hemos abandonado Turingia, hemos pasado por Dresde, en la bella y gutural Sajonia, y hemos vuelto sobre nuestros pasos para asomarnos a Leipzig, la que llaman Ciudad de los Héroes. Ahora estamos en Berlín, destino final de nuestro viaje, donde pensamos pasar unos días entre despendolados y amodorrados, intentando sincronizar nuestros metrónomos internos con los de esta ciudad.
Dos notas brevísimamente breves de Dresde y de Leipzig.
Dresde, un punto decepcionante. Todas las guías y todas las referencias que teníamos de la ciudad la ponían tan bien, que nos ha sabido a poco. Ciertamente monumental, aunque sepas que es un monumentalismo de pega, reconstruido sobre las ruinas de 1945, pero algo sosa e inane. Me transmitió más vibraciones la parte nueva y comercial, con la extraña y desaforada Praguer Strasse, donde dormíamos en un viejo hotel de aire soviético remozado, que la ciudad antigua. Tendríamos el día tonto, qué sé yo.
Leipzig es otro cantar. No es bella, pero sí extrañamente hermosa. O extrañamente atractiva. Se presenta como un preámbulo de Berlín, y en sus calles, la modernidad se empieza a desparramar con mucho más desparpajo. Se siente y se vive moderno, que no quiere decir necesariamente a la moda. Y, a la vez, se respira la historia. En ningún otro sitio de la vieja Alemania Oriental hemos visto ese sentimiento tan potente hacia lo que significó la RDA.
Tienen un estupendo museo donde te cuentan la historia de la vieja Alemania comunista, desde 1945 hasta la reunificación, y la verdad es que es un museo muy divertido y, a ratos, emocionante (hay que pedir en la entrada un folleto con la traducción al inglés de las cartelas, porque en la exposición está todo exclusivamente en alemán, y los que sólo lo hablamos en la intimidad no nos enteramos de un pijo). En algunos tramos, el museo adquiere un tono de “Cuéntame como pasó” que sintoniza muy bien con la percepción pop que se tiene hoy de aquello: hay un apartamento típico de un alemán de la RDA, con sus muebles retro, y un montón de productos de consumo que los alemanes orientales apenas podían consumir. Incluso los cacharros de espionaje de la Stasi (la policía secreta política) parecen sacados de un episodio de Superagente 86 y dan más ternura que espanto. Luego, paseando por la ciudad, encontramos una tienda dedicada exclusivamente a vender productos de la vieja RDA, para coleccionistas y fetichistas de lo retro. En este país hay verdadera fiebre consumista por todo lo comunista, y en Berlín la cosa es mucho más exagerada.
¿Veis como estoy de vacaciones y no tengo ninguna disciplina ya? He dicho que haría dos notas brevísimamente breves de Dresde y Leipzig y os he soltado un rollamen infumable. Si todavía seguís leyendo, solamente voy a decir una cosa sobre Berlín, y esta vez cumpliré mi promesa.
Antes de irnos de viaje, los telediarios y algunos periódicos nos bombardearon con informes sin fundamento y reportajes sin documentar que afirmaban tajantemente que los españoles, este año, se quedan en casa por la crisis. ¿Deberíamos quedarnos en casa por la crisis?, le pregunté a Cris. A lo mejor a la crisis le molesta que nos vayamos por el mundo a derrochar euros en fruslerías, y cuando volvamos ya no nos dirige la palabra. O nos encontramos en el buzón una severa admonición del ministro Solbes por ser tan malos españoles en tiempos de crisis. Sopesamos la cuestión y decidimos boicotear las estadísticas, pero me da que no fuimos los únicos. ¿Que los españoles no han viajado este año? ¿Pues qué hacen todos en Berlín? Juro que la cosa es exagerada. Nunca en ningún viaje nos habíamos tropezado con tantísimo español. O Halcón Viajes ha fletado vuelos en masa a un céntimo el billete o no me lo explico. Abundan más que los alemanes, por todas partes ves a españoles de cualquier edad y condición con un plano desplegado buscando con el dedo el Museo de Pérgamo o el Checkpoint Charlie. Lo prometo, es algo escandaloso, los berlineses se deben de creer que les han invadido los hijos de los emigrantes de los 60, en una especie de cruel revancha.
La crisis se va a poner de una hostia cuando descubra que nadie le ha guardado la ausencia estas vacaciones…
Otro día hablo más y mejor de esta maravillosa ciudad.
WEIMAR

Entramos en Turingia, y entramos en otra Alemania. La que fue la República Democrática Alemana, la que hace menos de 20 años era casi inaccesible al occidental medio. Antes de entrar, como despedida de Baviera, nos tragamos un concierto de órgano en la catedral de Bamberg. No soy melómano, pero me parece soberbio, con un repertorio moderno. Los conciertos de órgano en España suelen ser de piezas de Bach y clasiqueces varias. Aquí, un amable y sonriente organista checo ofreció incluso una pieza de un compositor vivo, que a ratos parecía oníricamente espacial, rollo Jean Michel Jarre. No es lo que esperaba oír en un recital de órgano, pero parece que no sólo quedamos encantados nosotros: el público, que llenaba la catedral, aplaudió a rabiar.
Entramos en Turingia y recalamos en Weimar. Vemos con sonrisa bobalicona los semáforos de la Alemania Oriental, convertidos en un icono pop en Berlín (ese señor con sombrero que corre encorvado). También vemos cabinas telefónicas amarillas propias de la RDA. Fósiles conservados con cariño de coleccionista retro. Inexplicables nostalgias. También vemos desfilar algunos de esos coches del bloque comunista, feos y tastarrosos, que hoy son buscadísimos por los más modernos del barrio.
Pero todas estas chorradas quedan eclipsadas por el gran drama de Weimar. Porque aquí, en esta pequeña ciudad del centro de Alemania, se escenificó con especial cinismo la tragedia nazi.
Weimar es la Meca de la cultura clásica alemana. En 1919, los próceres de la nación la eligieron para discutir y aprobar en ella la primera Constitución democrática de Alemania. Y la escogieron porque Weimar representa la Alemania de la filosofía y de la ciencia, tajantemente opuesta a los militarotes prusianos. Weimar es la razón hecha piedra. Weimar es la ciudad de Goethe y de Schiller, los dos genios del prerromanticismo alemán, especialmente el primero. Weimar es Goethe y Goethe es humanismo, sabiduría, sed incansable de conocimiento, filantropía y hedonismo amigable.
Por supuesto, fuimos corriendo a visitar la casa de Goethe, que fue un regalo que le hizo su mecenas, el duque Carlos Augusto. Los gestores de la casa-museo han tenido el buen gusto de no llenar las habitaciones con molestos cartelitos explicativos. Un folleto y un planito son suficientes para que recorras la casa a tu aire, que se conserva con buena parte del mobiliario original. Con pasos pequeños, porque la madera del suelo crujía una barbaridad, nos asomamos al dormitorio y vemos la cama donde murió el autor del Fausto. Ya sabéis que dicen que sus últimas palabras fueron: “Luz, más luz”. Si fuera verdad, sería muy bonito, pero yo soy de no creerme mucho estas frases de cine. Sé que la agonía no da para muchas genialidades, y generalmente morimos en silencio o emitiendo un barboteo.
No importa. La casa es fantástica. Ves el despacho y la biblioteca donde trabajaba Goethe, con sus volúmenes intactos y catalogados, y siempre da morbillo entrar en los santuarios de los genios. Salimos de allí sonrientes, colmados de mefistofeliana alegría, y recorremos una ciudad rebosante de cultura (hasta el empacho) que, en el fondo, sabemos turbia y pestilente.
Cuentan -aunque puede que también esto sea un bulo-, que a finales de los años 30, la gente bien de Alemania disfrutaba de la ópera y del teatro en Weimar en cálidas y entrañables veladas. Mientras, en el cielo, al norte de la estación de ferrocarril, se veía una gruesa columna de humo negro que todo el mundo ignoraba. Eran los crematorios de Buchenwald, el campo de concentración de las SS instalado diez kilómetros al norte de la ciudad.
Cuando finalizó la guerra, los vecinos de Weimar, incluida su administración municipal, dijeron que no sabían nada de las decenas de miles de personas que habían sido exterminadas en la puerta de sus casas. Dijeron que nunca vieron esa columna de humo, o que no la atribuyeron a nada en concreto, que creían que en Buchenwald sólo había un acuartelamiento de las SS, que nunca habían visto los trenes cargados de judíos pararse en la estación de Weimar antes de que el guardagujas cambiara para que pudieran dirigirse a Buchenwald.
Buchenwald. Como todos los campos de concentración nazis, su solo nombre ya impone solemnidad al discurso que lo menciona. Su sola mención trae sombras a las caras y hace bajar las miradas. Es la vergüenza colectiva que, como humanos, sentimos. Por muy hijos de puta que seamos. Por muy indiferentes que nos deje el dolor ajeno. Es leer o escuchar Buchenwald y sentir cómo se eriza el espinazo.
Hacia allí vamos, siguiendo las señales que marcan el camino en la carretera muy discretamente, con vergüenza. Weimar está rodeado de espesos bosques, los famosos bosques de Turingia, y nada más dejar la ciudad nos vemos envueltos en verdes sorprendentes para alguien acostumbrado al verano mediterráneo, y por fragancias montañosas y medicinales. Grandes robles y sauces en suaves colinas de cuento. Las colinas donde Goethe coqueteaba y follaba con sus amantes.
Tras un cortísimo paseo en coche, llegamos a Buchenwald. El corazón ya está encogido porque una señal tres kilómetros más atrás indica que ese camino se conoce como Sendero de Sangre. Una parte de él está adoquinado: es una parte del camino original que se ha conservado. Son los adoquines que pusieron los presos del campo de concentración de Buchenwald.
No hacen falta escenografías ni puestas en escena. Vamos predispuestos a soportar una propaganda plañidera y afectada, pero el lugar no la necesita. Sólo con pisarlo sientes cómo el se te encoge la boca del estómago. Todo tu interior se contrae en una mueca fisiológica de miedo, asco, vergüenza y angustia. Y todavía no has visto nada.
La calle que conduce a la entrada del campo se llama “Camino del Carajo”. Allí están las perreras y la comandancia de las SS. Un poco más allá, la única entrada a Buchenwald. Sobre ella, un reloj que marcaba el ritmo de los trabajos forzados y que está parado a las 15.15. Es la hora en la que los 21.000 prisioneros que quedaban dentro fueron liberados por las tropas estadounidenses, en abril de 1945.
No me quiero extender con Buchenwald porque no pararía. Por muchos libros que haya leído y por muchos documentales sobre campos de concentración y exterminio que haya visto, nada me había preparado para lo que hay ahí dentro. Había leído que en los hornos crematorios de los campos todavía olía a cenizas. No me lo creía. Pensaba que era una exageración, una sugestión excesiva del visitante compungido, pero es verdad. Los hornos crematorios de Buchenwald huelen a quemado todavía. Es impresionante e indescriptible, como un olor fantasmagórico. Provoca náuseas.
Ninguna lectura ni enseñanza te preparan para eso. Nada te prepara para ver la sala donde se ejecutaba hasta 400 personas por día con un tiro en la nuca. Nada te prepara para ver los instrumentos de tortura. Nada te prepara para ver las celdas de castigo. Nada te prepara para ver la jeringuilla con la que se aplicaba la inyección letal. Nada te prepara para ver los zapatos de niño pequeño recuperados entre las pilas de cadáveres sin quemar que los norteamericanos se encontraron. No escribiré más de Buchenwald. Todo sería tópico y miserable.
Volvemos a Weimar, donde la vida sigue. Lo agradecemos. Agradecemos reencontrarnos con la frivolidad y la cerveza. Eso siempre se agradece. Pero también miramos a los más viejos que pasean por la calle, sonrientes, del brazo de sus nietos o de sus perros (aquí todos tienen perro), con el júblio del jubilado. Y nos preguntamos si ellos también disfrutaron de la ópera y de la cena aquellos días, si leyeron extasiados a Goethe y a Schiller y si cerraron las ventanas para no ver la columna de humo que subía al norte de la ciudad, ni los gritos y lamentos de los trenes cerrados que paraban en la estación antes de acabar su recorrido en Buchenwald.
UN WOODSTOCK NAZI

Nos plantamos de buena mañana en la Hauptbahnhof de Núremberg. Voy sin desayunar -Cris no, que ha desayunado a conciencia en el hotel mientras yo apuraba el sueño-, así que me pido un café para llevar que me sabe a ceniza machacada y caldosa, y con él en la mano nos subimos al tranvía 9. Lentamente, el tranvía nos lleva hacia el sur de Núremberg, por arrabales cada vez más anodinos, hacia ese espacio donde las ciudades se van descomponiendo en bloques de ladrillo, señoras con carrito de la compra e hipermercados con parking al sol. Al final del recorrido, todo se vuelve verde. Hemos llegado a un parque boscoso, muy centroeuropeo, donde los largos y centenarios árboles crecen rodeados por setas enormes. Es el final de línea. A un lado, el extraño edificio sin forma clara en el que vamos a meternos: el Doku Zentrum, el museo donde se explica qué significa ese paraje.
El Doku Zentrum ocupa una parte del inacabado Palacio de Congresos del Partido Nacionalsocialista de Alemania. En sus laberínticas y semirruinosas entrañas, la ciudad de Núremberg ha construido un interesantísimo espacio donde te cuentan qué significó el nazismo para la ciudad y qué significó la ciudad para el nazismo. A través de fotos, películas de época, algún que otro documento y las voces de los testimonios, nos hacemos una escalofriante idea de cómo se vivía en el corazón emocional del nazismo.
Mucho antes de alcanzar el poder, en 1927, Adolf Hitler ya había elegido Núremberg como la ciudad-escenario perfecta para dar visibilidad a su movimiento. Ese año, el Partido Nazi escogió a la bella capital de la vieja Franconia como su sede para congresos, desfiles y mítines de masas. Durante la Edad Media, Núremberg fue una de las ciudades donde más veces se asentó la corte del Sacro Imperio Romano Carolingio y donde solían celebrarse las famosas dietas entre príncipes y reyes -de hecho, el tesoro imperial se guardaba aquí-, y al elegirla como enclave fundamental de las celebraciones nazis, Hitler quería que su movimiento se identificase con el glorioso legado medieval germánico.
Franco quiso hacer algo parecido con Toledo, ciudad que, hasta que se estableció la capital de Castilla en Madrid, ejerció un papel muy parecido al de Núremberg en tiempos de Carlos V. Pero a Franco no le llegaba el parné -lo estaba gastando en el Valle de los Caídos- ni tenía la imaginación delirante de Hitler, así que se limitó a reconstruir el Alcázar. Por supuesto, tampoco contaba a su lado con nadie ni remotamente parecido a Albert Speer. Quizá todo eso salvó a Toledo de la infamia que hoy pesa sobre Núremberg.
Después de llegar al poder en 1933, Hitler ordenó a Speer diseñar un enorme complejo al sur de Núremberg, a la vista de las torres del viejo castillo. Allí, varias veces al año, las masas nacionalsocialistas debían reunirse para desfilar y aclamar a su Führer, y la escenografía tenía que estar a la altura de las circunstancias.
El programa arquitectónico, tal y como lo explican en el Doku Zentrum, incluía una pista de desfiles de dos kilómetros de largo, un estadio con capacidad para 400.000 personas, una explanada para demostraciones militares y de las organizaciones nazis y un palacio de congresos en forma de teatro romano con capacidad para 50.000 asistentes. Todo colosalmente desproporcionado. El estadio solo se empezó a excavar, el palacio de congresos se quedó a la mitad y sólo la explanada con el graderío inspirado en el Altar de Pérgamo pudo verse terminada antes de 1939.
Hoy, en la pista de desfiles, los aeromodelistas vuelan sus maquetas de aviones mientras alrededor la gente toma el sol o pasea en bici. La gigantesca pista, que más parece de aterrizaje de supernaves espaciales que otra cosa, es un inofensivo y largo erial de baldosones blancos y negros.
Lo que más impresiona son los restos de la tribuna desde la que Hitler veía desfilar a “sus chicos” (en la foto de arriba). Todos hemos visto esos desfiles en documentales de época. Todos hemos sentido cómo se nos erizaba la piel ante la parafernalia del terror desplegada en toda su fanática agresividad, con un marcial Führer asintiendo satisfecho ante la demostración de su poderío.
Aunque ya no se muestra como en esas películas, aunque no hay banderas ni símbolos nazis y aunque han desaparecido casi todos los elementos arquitectónicos que acogotaban al espectador, como las enormes columnas, que fueron demolidas en 1967 para evitar su desplome, a mí me parecía escuchar el ruido de los miles de tacones marciales que pasaban saludando brazo en alto a Hitler. Aunque es un lugar que la ciudad todavía utiliza (mañana mismo hay prevista una concentración de moteros de toda Europa), da la sensación de que la gente de Núremberg no siente especial apego por él. A la entrada del graderío, un cartel te previene del peligro de ruina y te advierte de que si entras, es por tu cuenta y riesgo. Las viejas estructuras nazis parecen sumidas en un moroso abandono y, pese a que otro cartel prohíbe expresamente hacer skate en las gradas, dos chavalines hacían cabriolas con sus monopatines justo detrás del balcón donde Hitler saludaba a las masas nazis.
El 22 de abril de 1945, los estadounidenses volaron la gigantesca águila de piedra con esvástica que presidía las gradas. Dejaron las gradas, nadie sabe muy bien si por alguna voluntad didáctica o por pura desidia, pero lo cierto es que la ciudad ha seguido dándoles uso hasta hoy, aunque con el abandono y la falta de restauración del conjunto, tanto el ayuntamiento como el Estado alemán parezcan querer invitar a la gente de Núremberg a no seguir frecuentando el viejo escenario del terror. La gente, sin embargo, es terca, y si hay carteles prohibiendo el skate es porque las viejas gradas nazis son la pista de skate más solicitada de la ciudad.
También se celebran carreras de coches: hay marcas de parrilla de salida en la pista que pisaban las huestes nazis. Pero lo que más éxito tienen son los conciertos-festivales de rock.
La verdad es que el espacio es perfecto para montar conciertos de masas. De hecho, cuando en el Doku Zentrum nos han contado cómo era la celebración de un congreso nazi o una reunión de las juventudes hitlerianas en Núremberg, nos ha recordado bastante a la organización de un macrofestival de rock de hoy. Había cervecerías de madera, vendedores ambulantes de salchichas y de pretzels, zona de acampada y espectáculos paralelos de todo tipo. Cientos de miles de nazis de toda Alemania se reunían varias veces al año en Núremberg en una fiesta muy parecida al festival de Benicásim.
En una vitrina del Doku Zentrum se conservan entradas para ver los desfiles, y programas de mano donde se explicaba cómo llegar desde la estación de tren hasta la explanada y cuáles eran los transportes especiales habilitados para los días de los festejos. Como en los festivales de hoy. Y, como en los festivales de hoy, los fans se apelotonaban en la puerta del hotel de la estrella esperando que ésta les saludase desde la ventana: así hacían los nazis en la puerta del hotel de Hitler, en la zona vieja de Núremberg.
Todo rito masivo acaba pareciéndose, da igual de lo que trate. Boris Vian decía que las masas nunca tienen la razón, y quizá la finalidad de la masa solo sea la de ser masa y, mientras pueda serlo, no importa mucho quién la aglutina, si Hitler, Stalin, los Rolling Stones o Chiquito de la Calzada.
Vaya, que puede que de Núremberg a Woodstock no haya tanta distancia.
Apunte absolutamente al margen.- Nos compramos unas salchichas nurenberger (pequeñitas y especiadas, muy apreciadas en toda Alemania) en un puesto callejero. Al oírnos hablar, el hombre nos pregunta si somos españoles. Le decimos que sí, y él nos cuenta que tiene una casa en Ibiza. Nos despedimos asombrados: ¿ha alcanzado Alemania el ideal socialista? Por fuerza ha de ser así. ¿Cómo, si no, un vendedor callejero de salchichas puede tener una casa en Ibiza? Hay que ver cómo las gastan en este país.
TÓPICOS VIVIDOS

Si alguien se pregunta qué coño hacemos en Múnich, en esta foto hallará sobrada respuesta. Bueno, diré mejor qué coño hacíamos en Múnich, porque ahora acabamos de llegar a Nuremberg. Sí, la de los juicios de Spencer “Pelazo” Tracy y la de los desfiles nazis y la de las Leyes de Nuremberg de 1935, esas que desposeyeron de la nacionalidad alemana a los judíos y dieron el pistoletazo de salida a la solución final. ¿Quién diría hoy, ante la soleada y risueña alameda frente a la que escribo esto, que tantos y tan decisivos horrores arrancaron aquí?
Pero la foto de este post me la hizo Cris en Múnich. Y aunque se ve que me lo estoy pasando bien (si observáis atentamente se puede ver cómo mi hígado se acurruca asustado mientras las transaminasas afilan sus cuchillos en la espuma de la jarra de cerveza), el lugar en el que bebemos tan alegremente es también un escenario del terror. Es la cervecería Hofbrauhaus, la más grande de toda Baviera, todo un símbolo nacional, icono oktoberfestiano y nido de turistas-abejorros como nosotros, que nos retratamos sin pudor pimplando los jarrotes de a litro. Sin embargo, la Hofbrauhaus también es famosa por ser el lugar donde se fundó el Partido Nacionalsocialista de Alemania, con Adolf Hitler presidiendo el cotarro.
Allí bebimos, pero cenamos en una cervecería menos turistera, la Augustiner, que está muy cerca y la frecuenta público local, lo que siempre da confianza. Sobredosis de salchichas con chucrut y largo paseo para bajar la ingesta de sólidos y de líquidos.
En Múnich hay mucho turista yanqui. A los yanquis les encanta Múnich, es una ciudad de parada cuasi obligada para ellos en sus viajes por Europa, especialmente si van hacia el Este. Y es normal, porque en Múnich se pueden tropezar con todos los tópicos que el yanqui medio tiene sobre Europa, y hay un determinado tipo de viajero que encuentra un gran placer en ver confirmada la imagen previa que se ha hecho de su destino.
Generalmente, la industria turística se esfuerza mucho por no decepcionarles, ya que han pagado por ver tópicos, y si tienen que reconstruir en cartón-piedra un tablao flamenco en Santiago de Compostela o un asesinato victoriano en el hoy pakistaní East End de Londres, lo montan y listo. Sin embargo, en Múnich no tienen que esforzarse, porque la ciudad presume de tópicos bávaros y no es nada difícil tropezarse con un señor con sombrerito, tirantes, pantalón corto y medias reglamentarias. No son actores, no son como esos falsos Bravehearts que reparten folletos de justas medievales en el centro de Edimburgo: ellos son la esencia de lo bávaro, la gente que mantiene viva la secular herencia de esta plácida región regada por el Danubio.
Múnich es católica y tradicional. Las iglesias están llenas y las cervecerías, también, y a sus habitantes les hace enormemente felices que un conciudadano suyo sea ahora Papa. Desde 1945, aquí no hay más partido que la CSU, los conservadores democristianos (antes de 1945, Baviera fue la reserva espiritual del nazismo y el primer land que gobernó Hitler antes de 1933), y la placidez de la vida cotidiana se parece a la de un glotón y pacato burgo de provincias. Pero, al mismo tiempo, Múnich es una gran ciudad europea y moderna, con una elevada población inmigrante (turca y árabe, fundamentalmente) y con una avanzada legislación social y medioambiental. A simple vista, sin ahondar en las complejas tensiones sociales que seguro que existen, la capital de Baviera parece haber integrado sus dos caras en una sola estampa homogénea. Es conservadora, pero va en bici a los conciertos de rock, y es católica, pero se pone hasta las trancas de comida turca en la pequeña kasba que hay detrás de la Hauptbahnhof (la estación central de trenes).
Ésa es la impresión que nos ha dado Múnich desde que bajamos del tren que nos traía de Zúrich. Un tren multinacional, con amabilísimos revisores políglotas, que lo mismo te ayudaban en alemán que en francés que en inglés. Un tren que cruzó plácidamente la llanura del norte de Suiza, pasando por Winterthur, y entró en Alemania por el lago Constanza, regalándonos por la ventanilla un paisaje verdísimo de bosques y ríos que, no sé por qué, me hicieron pensar en el Werther de Goethe. Y es rara en mí tanta obviedad cursi, porque la verdad es que los secarrales de la Mancha no me evocan El Quijote.
Pensaré más en Goethe, porque vamos subiendo hacia su casa en un coche de alquiler, pero hoy pienso más en Sebald. Ahora estamos en la bella Nuremberg, reconstruida tras los bombardeos aliados del final de la Segunda Guerra Mundial, y a mí se me cruza constantemente la voz de Marlene Dietrich explicándole a un sonriente Spencer Tracy que ni todos los alemanes son nazis ni todos los alemanes beben cerveza. Para confirmar sus asertos, de fondo, un camarero hace borbotear un riesling del Rhin en la copa de Spencer, quien duda entre beberlo o dejarlo sobre la mesa, pues sabe que si lo bebe no podrá dejar de dar la razón a la encantadora Marlene. Un momento delicado para el juez de Los juicios de Nuremberg.
En cuanto a mis sueños, parece que el bucle se ha detenido, pero sigue sin explicación alguna. Y no seais tan listillos en vuestras teorías jiñosas, que yo soy como José Coronado, como un reloj. Háganme el favor, que parecen ustedes párvulos con el tema de la caca.
ECOS DEL BIG BANG

Como norma general, huimos como de la peste de todas las tascas españolas que por el extranjero abundan. Nos paramos en la puerta, olisqueamos el interior y nos reímos de la jeta que gastan los que venden a millón un par de lonchas de jamón rancio. Anoche, sin embargo, paseando por Zúrich, nos tropezamos con la Bodega Española, en el cogollo del casco histórico. "Fundada en 1874", decía la vidriera. Más antigua que el Café Gijón. Más antigua que casi todos los cafés y bares antiguos de España. Es una tasca con solera, con bancos y mesas de madera ya sin barniz y machacadas por décadas de frote de balleta. Una tasca con solera y recio sabor ibérico en Suiza merecía sentarse a tomar un vino. Zúrich tiene una muy numerosa colonia española, formada básicamente por aquellos emigrantes de los 60. Iba a decir "muy numerosa e influyente colonia española", pero aquí los no suizos no tienen capacidad alguna de influencia, pues están marginados completamente de la res pública, aunque lleven aquí toda su vida. Acceder a la nacionalidad suiza (y, por tanto, a la intensa participación política que desarrollan los paisanos de por aquí) es prácticamente imposible.
Muchos españoles en Zúrich, tanto residentes como de turisteo, y muchos entraban en la Bodega Española, donde el camarero gallego les saludaba en español. Nosotros, que nunca entramos en esos sitios, que nos callamos cuando nos tropezamos con un grupo de españoles para no dar pie a patrioteras e insustanciales conversaciones, hemos tenido ganas de pedir otro par de vinos y entonar un pasodoble. En fin, puede que el Rioja cosechero caiga más hondo en Zúrich que en España, y uno empieza a notar sus efectos embriagadores mucho antes de lo habitual.
Al margen de lo hispano, Zúrich es de lo mejorcito de Suiza. Al menos, de lo mejorcito que hemos visto de Suiza. Sin el lujo rancio y pretencioso de la sobrevalorada Ginebra y sin el tedioso ritmo provinciano de Berna, Zúrich es el verdadero corazón palpitante del país. De hecho, a diferencia de lo que ocurre en el resto de Suiza, aquí hay un montón de señales y carteles trilingües (en alemán, francés e italiano, tres de los cuatro idiomas oficiales del país), lo que, a mi modo de ver, indica una voluntad, quizá soterrada, de ser la casa común de todos los suizos. Es decir, de ser su verdadera capital.
Con poco más de 300.000 habitantes, Zúrich es menos que media Zaragoza, y sin embargo, está a eones luz de nuestra pobre Zaragoza. No solo por la panoja que manejan aquí, con su bolsa, sus megabancos y sus reductos de latrocinio internacional, sino por el aire de metrópoli que se respira. Formalmente, Zúrich no es una gran ciudad, pero tiene alma, espíritu y maneras de gran ciudad. Muy por encima de Ginebra.
Un simple y distraido paseo ya te advierte de que estás pisando una urbe compacta, con una larga historia asumida e integrada, perfectamente estructurada y sin apenas lagunas ni bolsas indefinidas. Urbanísticamente, es impecable, con el lago y el río marcando la pauta y el ritmo. Vital y culturalmente, es vibrante, plural, inquieta. Se respiran aires de Amsterdam, de Londres, incluso de París.
¿Cómo no iba a ser así? Graham Greene dijo en El tercer hombre que los italianos, en dos siglos de guerras, sangre y destrucción, habían sido capaces de crear el Renacimiento y la cultura moderna. Mientras tanto, los suizos, tras quinientos años de paz, abundancia y prosperidad solo habían dado a la humanidad el reloj de cuco. Una frase muy citada y de un ingenio muy cosmopolita y muy de Greene, pero, como casi todas las frases ingeniosas, falsa y demagoga. En Zúrich, la ciudad de los banqueros y de los relojeros timoratos, nació la modernidad en 1916. En el Cabaret Voltaire y en el Café Odeon (ambos en activo y con buena salud) se juntaron las astracanadas de Tristan Tzara, las conspiraciones de Lenin y Trotsky y las melopeas (de alcohol y de letras) de James Joyce, que escribió su Ulises por aquel entonces en esta ciudad. En las cuatro calles desde las que escribo estas líneas, la cultura occidental se puso patas arriba. De las cenizas de la guerra europea nació un siglo XX extraño e iconoclasta, y el Big Bang de eso que llamamos cultura moderna tuvo lugar aquí, en el sitio donde ahora estoy sentado mientras veo caer la tarde.
Al igual que los astrónomos creen que debe haber restos del Big Bang en el sitio donde se produjo, en Zúrich quedan rescoldos de aquella gigantesca explosión. La ciudad vibrante y sonriente de hoy le debe mucho a esos años del dadá. Ahora, las calles por las que Tristan Tzara hacía cabriolas con sus amigos (cruzándose, quizá, con un pequeño Julio Cortázar de dos años que había recalado aquí con su familia para huir de la guerra) son un barrio de Chueca en miniatura. Las callejas medievales están llenas de garitos de ambiente muy integrados en la movida de la ciudad. Es decir, que la presencia reivindicativa gay no es hegemónica, aunque marque el ritmo y el tono del barrio. Tiendas, peluquerías, librerías y, sobre todo, muchos bares y cafés hacen de este rincón del centro de Zúrich una zona más que agradable.
Dan ganas de quedarse aquí una temporada, sentado en una terraza, viendo pasar la vida y los fantasmas del dadá.
ARTE BRUTO
Un poco cansados de tanto multiculturalismo de postín, volvimos a nuestra realidad en la orilla del Ródano, donde descubrimos un chiringuito hippy que vendía buena cerveza y zumos naturales. Allí, tirada en la hierba, la chobenalla ginebrina se relajaba sin protocolos y sin ver pasar Rolls Royces. Algún porrillo discreto y un ambiente de acampada al caer la tarde daban unos ribetes de fraternidad a la estampa. Parecía que nos habíamos transportado a Amsterdam, pero las bravas y alpinas aguas del Ródano son mucho mejor paisaje que los cenagosos canales holandeses. Sin que aquellos hippies los sospecharan, nos fuimos a alquilar un coche, y nos dieron un cochazo por el mismo precio (no sé por qué nunca nos dan el coche que pedimos y siempre acabamos con uno mejor por el mismo precio). La verdad es que el mostrenco Toyota intimidaba un poco por la bucólica carretera del Lago Leman, pero tampoco desentonaba mucho con el resto del parque automovilístico. Fuimos a Lausanne, y pasamos de las vistas sobre el lago, pasamos de sus calles empedradas y en cuesta y pasamos de su encantador e impoluto centro histórico. Al menos, al principio. Porque lo primero que hicimos fue aparcar frente al edificio de la Colección de Arte Bruto, la única razón por la que yo quería pasar por Lausanne. En 1971, Jean Dubuffet donó a la ciudad de Lausanne una estremecedora y no del todo comprendida colección de arte que llevaba reuniendo desde 1945. Lo llamó “art brut”. Bruto, primario, sin pulir, surgido de las mismísimas entrañas de la mente y hecho por las más irreflexivas de las manos. Durante años, Dubuffet recorrió sanatorios mentales, psiquiátricos y centros de reinserción, y compró un montón de obras de arte hechas por aquellos a quienes la sociedad llama locos, dementes, desquiciados, lunáticos. Son las manifestaciones de mentes desatadas, preocupadas solo de sí mismas, ajenas a doctrinas o condicionantes sociales. Dabuffet buscaba arte. Arte de verdad, no experimentos sociológicos. Desde Van Gogh, la relación entre arte y locura ha motivado miles de estudios, y la consolidación de las neurociencias ha dado mucha luz a conceptos tan difusos como los de “creatividad” o “inspiración”. Sí, hay ciertos estados alterados de la mente que predisponen a la creación. La locura puede generar artistas, y el arte -lo saben bien los psiquiatras gracias al esfuerzo de gente como Dubuffet- puede ser una forma de mantener la locura a raya. Muchos de los artistas de la colección de arte bruto pintaban o esculpían porque dar forma a ciertas obsesiones les calmaba, les daba perspectiva, les ofrecía un lugar en el mundo. En fin, no me voy a extender mucho sobre el tema. Solo quería dejar claro que es una de las cosas que me fascinan, que cursé en su día un par de asignaturas de Filosofía que trataban el tema, que ahondé en estudios clásicos, como la Historia de la locura, de Foucault, y que desde entonces he procurado estar un poco al tanto de la bibliografía que se va generando, aunque de forma autodidacta y pachanguera. Como en muchas otras cosas, mi interés no pasa del nivel de diletante. Por eso quería ver una colección mitificada en estos estudios sobre arte y locura. O sobre arte y trastornos mentales, que sería más apropiado. Y no me ha defraudado. La visita a la Colección de Arte Bruto sobrecoge hasta al corazón más pétreo. Las piezas más antiguas, correspondientes a artistas que crearon su obra en sórdidos asilos y manicomios de finales del XIX y principios del XX, es más tétrica. Se aprecia en ella la angustia del paria, del rechazado por la sociedad. Hay mucho espiritista, mucho poseído, mucho visionario y muchas caras espectrales con angustia y lágrimas. En los más recientes -ahora se puede ver una muestra de artistas japoneses-, se nota un cambio de actitud. Se nota la mano de artistas que no están marginados en una celda y cuya labor es potenciada y alabada por unos terapeutas bien preparados que quieren que se cultive para la mejora de su enfermedad. Hay un talante muy distinto. La angustia y la opresión oscuras dejan paso a unas composiciones más libres, mucho más dadaístas. Antiguos y actuales coinciden, eso sí, en una acusada tendencia al horror vacui, a llenarlo todo, a no dejar ni un resquicio sin pintar. El arte bruto, sin duda, es arte. Verlo con ojos compasivos es un error: no son pasatiempos de unos pobres desquiciados, sino la expresión genuina y compleja de unos artistas que no pueden expresarse de otra forma. Sus composiciones, sus texturas, sus colores, sus materiales responden a una necesidad y acaban desarrollando una técnica. Muchos son autodidactas, solo algunos han recibido formación artística más o menos compleja, pero todos acaban encontrando su vehículo y su medio de expresión. Y, como cualquier otro artista, transmiten sensaciones. Golpean al espectador, pueden llegar a dejarle K.O. con revelaciones inquietantes. La visita marea porque no da tregua: estos artistas no entienden de remansos. Lo tienen que soltar todo. Así que, noqueados, salimos al extrañamente duro sol suizo, y proseguimos nuestro viaje de vuelta a la frivolidad. Llegamos a Montreux, donde los excesos del pijerio nos arrancaron alguna sonrisa, y paramos en Friburgo, la ciudad que marca la divisoria de aguas entre francoparlantes y germanohablantes. Así nos adentramos en otra Suiza, mucho más austera. Ahora estamos en Berna, la falsa capital de este falso país. Podría contar algunas cosas de la ciudad, pero creo que por hoy ya he escrito bastante. Volveré a conectarme en Zúrich, aunque creo que no será desde el Café Voltaire.
CIUDAD DE REFUGIO

Lo siento, no me termino de creer que esto no sea Francia. Estamos en Ginebra, donde la gente habla francés, come croissants y crepes y ve la tele francesa. Serán protestantes. Les molará Calvino, cuya silla está arrumbada en un rincón de la catedral, pero salvo por la cuestión religiosa, esto es un cachito de Francia fuera de Francia. Como si Ginebra fuera un hijo renegado, que pasa de la tricolor y de los valores republicanos de austeridad que le ha inculcado su mamá patria.
Sí, uno se siente como en Francia, aunque de vez en cuando algún tópico suizo manche la estampa afrancesada. Y no me refiero ni a las navajas multiusos ni a las fondues. Ni siquiera a los relojes. Hablo de la enorme cantidad de bancos privados que hay por metro cuadrado y del lujo desnudo (si es que me permiten este oxímoron) que lo invade todo. Rolls Royces con matrícula árabe, Ferraris, BMW a cascoporro… Y pijos y pijas en cantidades industriales. Pijos repijos, nada de medias tintas: traje a medida, anillacos de a millón, repeinamiento hortera y carcajada de suficiencia. Así no extraña que los precios sean inaccesibles (es una de las diez ciudades más caras del mundo), que los curritos vivan en la vecina Francia porque no pueden pagar un pisito en la ciudad y que nosotros nos resignemos a zamparnos un bocata (tampoco muy barato) en la orilla del lago (la mar de bien, por otro lado).
Y, sin embargo, Ginebra tiene iniciativas populares casi dignas de una república socialista. En los Baños del Paquis te puedes bañar en unas piscinas naturales del lago y solazarte en el haman por dos francos suizos (un euro y medio, más o menos). En invierno, en ese mismo sitio hay una sauna a precios igualmente populares. Es un exitazo, claro. Hoy, por desgracia, nos ha salido nublado y hemos dejado el bañador en la maleta. Una lástima.
Llegamos a Suiza reventados después de unas diez horas de viaje en tren (cuatro o cinco de las cuales las pasé durmiendo). Por supuesto, cumplí mi sueño: poco antes de cruzar la frontera de Portbou, fuimos al vagón restaurante, casi vacío, y pedimos una cena de señores con un tinto de Rioja perfecto. Para los postres, estábamos en Perpiñán. Fue una de las mejores cenas de mi vida: solo eché de menos que hubiera un asesinato entre el primer y el segundo plato, o que al lado se sentara un viejo barón prusiano al que se le cayera el monóculo en la sopa. Porque el ambiente era así, moderno y decadente al tiempo. Un capricho de niño pequeño, un antojo que no se le consentiría ni a una embarazada. Cómo lo disfruté. Es lo más cerca del siglo XIX que he estado nunca.
Como dice la foto que he puesto, Ginebra, como toda Suiza, presume de ser una ciudad de refugio para los perseguidos. Y es cierto, aquí no hacen discriminaciones: lo mismo acogen al traficante de armas número uno de Uzbekistán que a un pobre paria. Pero lo que me llama la atención de este relieve es que el adonis que está reclinado en disposición preamatoria es clavadito a Lenin. Antes de quedarse en silla de ruedas, claro, cuando todavía hacía gimnasia allá en Siberia. ¿Qué nos quieren decir?
En fin, de Lenin me ocuparé dentro de unos días, cuando lleguemos a Zúrich, la ciudad donde pasó la Primera Guerra Mundial y donde diseñó la Revolución Bolchevique. De momento, me solazaré en el lago Léman y su glorioso Jet d’Eau.
MÍSTICA NÓMADA

Algún día viajaré a Australia. Me lo propuse hace tiempo. No por nada en especial: no siento fascinación por los canguros, dicen que los adorables koalas huelen que apestan, debe de hacer un calor achicharrante y el alcoholismo es deporte nacional (con permiso del rugby), por no hablar de que la cerveza australiana es de las peores que he probado. Ningún escritor australiano (¿existe la literatura australiana, un equivalente a Kipling?) me ha enamorado, paso bastante de místicas aborígenes y ni siquiera mi pasión por su cima cultural, la banda AC/DC, me empuja a hacer el viaje. Mi única motivación es que es la zona del mundo más alejada de mi casa. Sólo quiero ir allí para bajar del avión, pisar el suelo y sentirme, literalmente, en la otra punta del mundo. Piensen lo que quieran, pero la distancia es una droga muy potente.
Otras personas con algo más de enjundia cerebral que yo viajaron a Australia por otros motivos. Por lo visto, hay una nutrida colonia española de inmigrantes e hijos y nietos de inmigrantes que fueron llegando allí a lo largo del siglo XX. Apenas se habla de ellos, y eso que un español en Australia tiene que llamar más la atención que en Argentina o en Venezuela. Algunos aparecen en el libro que el gran viajero Bruce Chatwin dedicó a la inmensa isla del sur, Los trazos de la canción.
El mito de creación del mundo de los aborígenes australianos se llama el Tiempo del Ensueño. Fue la época en la que sus antepasados primigenios (que no eran personas, sino animales) hicieron su primer viaje y cayeron dormidos para siempre, formando los accidentes naturales del desierto. Para ellos, una meseta no es una meseta, sino un antepasado lagarto que descansa allí. Por supuesto, son lugares sagrados, y desde que el Gobierno australiano decidió restituir el daño que la "civilización" blanca había hecho a la cultura nativa, ninguna obra pública puede destruirlos. Por eso, antes de construir una carretera o un ferrocarril, gente estudiosa de las tradiciones y creencias aborígenes recorre con ellos los lugares por donde va a transitar la vía para comprobar que están libres de obstáculos de "ensueño". Si un jefe aborigen dice que esa sima por donde va a tenderse un puente es el refugio de un antepasado canguro, el tren deberá dar un rodeo para esquivarla.
Bruce Chatwin acompaña en este libro al vigoroso y bonachón Arkadi Volchok, un hijo de emigrados rusos que tiene la misión de verificar que el nuevo ferrocarril que sale de Alice Springs no daña los territorios sagrados de los clanes. Juntos visitan comunidades esmirriadas de techos de hojalata en medio del desierto y se sumergen en un mundo extraño y decadente donde Chatwin espera encontrar respuesta a algunas de las grandes preguntas que se ha ido planteando a lo largo de su vida viajera.
La cosa es complicada porque los aborígenes tienen un concepto de "territorio" totalmente distinto al de los occidentales. Ellos son nómadas y, por tanto, sus terrenos no están parcelados ni delimitados por un área geográfica. Para ellos, el territorio es el camino del antepasado, y de todos los antepasados que han hecho ese mismo camino. Para reconocerlo y no perderse en él, la senda lleva incorporada una canción. Camino y canción van unidos: hay que caminar al ritmo de ella y, si se canta bien en el orden correcto, los accidentes geográficos que jalonan la ruta van apareciendo en ella. Son los trazos de la canción que recorren toda Australia, y cada aborigen tiene la suya.
Básicamente, el asunto es así, aunque en realidad es bastante más complejo y, a su manera, hermoso. A partir de ahí, el viajero inglés empieza a divagar sobre el nomadismo como estado natural del ser humano. Habla de las corrientes migratorias que han sido constantes a lo largo de la humanidad y de cómo el sedentarismo es causa directa de la ruina y de la decadencia de las civilizaciones. En unas páginas febriles, iluminadas quizá por una fiebre real cogida en el desierto, o de la enfermedad que le mató (el sida), que cuando escribía el libro ya tenía que estar dentro de su organismo, Chatwin divaga por terrenos pantanosos y acaba lleno hasta las cejas de barro místico y primigenio. De nuevo el buen salvaje, de nuevo la culpabilidad del hombre blanco, de nuevo el rasero moral, los puros contra los pecadores y gordos sedentarios, los celosos guardianes de un territorio arbitrario y los felices y ácratas moradores de los caminos. Etimologías, hallazgos arqueológicos, pasajes de Darwin, filosofía pascaliana, poemas de Coleridge... Una batería apabullante de confusa erudición se amontona ante el lector con el único fin de demostrar que el estado natural del ser humano es el viaje y el nomadismo. Yo lo leo como un intento desesperado y agónico de alguien que sabe que va a morir pronto por darle un sentido a toda una vida dedicada a los viajes. No deja de ser hermoso a su manera, como los trazos de la canción.
Dice Pascal, citado por Chatwin, que los problemas del mundo se originan porque el ser humano es incapaz de estar un día entero encerrado en su habitación sin hacer nada. Esa comezón, ese impulso desesperado que todos sentimos por salir de casa y caminar es, para Chatwin, un débil reflejo de nuestros orígenes nómadas. Son nuestros antepasados que nos gritan a través de los genes que debemos seguir caminando. Por supuesto, se aparta de la ciencia y de la filosofía y se adentra en cenagosos mundos de fe y espiritualidad. O de como se quiera llamar. Su escritura se mete en el tuétano del sentimiento, retorciendo las palabras de la gente sensata y sabia. ¿No es eso, al fin y al cabo, lo que esperamos de la literatura?
Ahora tengo un motivo más para viajar a Australia.
CARACAS CAFÉ

Con el coche como nuevo y sin ruidos, hemos alcanzado Orleans, a dos pasos de París. Orleans la vieja, no la nueva del jazz y del Katrina. Aunque, huracanes al margen, esta vieja Orleans es más nueva que la del otro lado del charco, porque fue arrasada durante la Segunda Guerra Mundial y reconstruida después. La ciudad de hoy es, como tantas otras ciudades de Europa, una ensoñación, un intento de evocar lo que pudo haber sido y no fue. Por suerte, las décadas han macerado los nuevos edificios, y Orleans, lejos de ser un parque temático de Juana de Arco, es una tranquila ciudad provinciana a la sombra de París, con un casco falso-histórico muy animado, lleno de restaurantes y baretos. Nosotros nos alojamos en un barrio dominado por los magrebíes, algo así como una "cashba à la ancienne", y el paseo desde y hasta los aledaños de la catedral es muy agradable.
Hemos llegado aquí por la orillita del Loira, con sus viñedos y sus pueblos de hiedra y pizarra. Anoche dormimos en Tours, y allí, con los pies deshollados de andar, conocimos a Mirna. Buscábamos un sitio para tomar una cerveza y recuperarnos un poco, y caímos en un local llamado Caracas Café. El subtítulo era "bar à tapas". La propietaria, lógicamente, es una venezolana que lleva 19 años viviendo entre "estos carahuevos de franceses". Llegó a la France por amor, por un "coñopadre" que le acabó dejando con su hija, y ahora trata de sacar adelante un bar de comida caribeña en la provinciana y lluviosa Tours. Su drama es que los locales confunden Venezuela con España, y la clientela espera encontrar su fino, sus banderillas y su tronío. Está llevando a cabo una labor de educación en la cultura latinoamericana a los touresinos, y los colombianos y los chilenos que viven allí -y su propia hija, bilingüe y partida en dos a ambos lados del charco- le echan un cable.
Por lo demás, mucho chateaux y mucho cortesano del siglo XVI. Que si Catalina de Medicis por aquí, que si el Duque de Anjou -esto es, Felipe V antes de ser rey de España- por allá, que si Francisco I y su corte itinerante por otro lado, que si un bidet donde se remojó el vello escrotal Luis XIII más allí... Mi conclusión inmediata, a falta de una reflexión menos etílica (el vino de por aquí pega lo suyo y entra como agua) y más reposada, es doble: por un lado, siento carnalmente la necesidad de la Revolución Francesa. Uno visita ciertos sitios y entiende que urge cortar cabezas a ritmo industrial para restaurar una mínima dignidad humana. Pero, por otro, estamos comprobando in situ el fracaso palmario de esa revolución, ya que muchos de esos chateaux siguen perteneciendo a las mismas familias. Algunos descendientes, como el marqués de Brissac, incluso siguen viviendo en ellos. Ni tres revoluciones y cuatro guerras, dos de ellas mundiales, han logrado que cambie algo en el Valle del Loira. Es para pensárselo.
Ahondaré más es estas excrecencias mentales a la vuelta del viaje. De momento, viva Orleans la vieja.
Foto: Mirna, tras la barra de Caracas Café.
ES LA TRANSMISIÓN, ESTÚPIDO
El coche ya no está para muchos trotes. En Burdeos empezamos a oir ruidos, pero como somos así de pasotas e iban y venían con alegría, no les dimos importancia. Pero este mediodía, cuando hemos parado a comer en Azay-le-Rideau, después de saludar a la abuela francesa -que tenía una foto del gran perro Goyo en su habitación-, un gran quejido metálico nos ha puesto los pelos como escarpias. Era algo así como clanc-clanc-clanc. Con cuidadito, Cris ha conducido hasta Tours, donde hemos buscado un taller mecánico y yo he puesto a prueba mi francés tecnológico (y mi léxico de español tecnológico se quedó en el siglo XVII, asín que...). No sé explicar lo que le pasa al coche en castellano, como para intentarlo en francés.
El mecánico, un gabacho bonachón, más o menos bienhumorado y bien dispuesto, nos ha dicho que "la transmission est mort". Vamos, que nos podíamos haber matado tan ricamente en la autopista. Le he preguntado: "Mais, est-ce que vous pouvez fixer ça?" (Pero, ¿puede arreglarlo?). Y el hombre me dice: "Non, il faut changer la piece" (No, hay que cambiar la pieza). No era una información que me interesara. Yo sólo quería saber si el hombre podía devolvernos el coche sano, no me importaban los sucios métodos que empleara, así que le he repetido que si lo podía arreglar, y me ha mirado como si fuera imbécil: "C'est ne pas posible! Il faut changer la piece!". Diálogo de besugos: él creía que le preguntaba si podía arreglar la pieza, cuando me refería al coche en su conjunto. Al final, nos hemos entendido. Le traerán la transmisión mañana, previo pago de unos buenos euracos. Como diría Mr. Fogg, un contratiempo menor. Nada que nos impida estar de vuelta en el Reform Club a la hora convenida.
Pero a mí esto no me quita el hambre: pienso disfrutar esta noche en la bella capital de la Touraine. Dicen que aquí hacen unos vinos de caerse de espaldas. Ya os contaré.
PASIONES VIAJERAS PROVINCIANAS

Nada. No hay nada que hacer a estas horas en la Francia de provincias. Angers es una ciudad húmeda y fantasmal: sólo dos garitos abiertos para tomar una cerveza, y si te descuidas, te quedas sin cenar. Me he acordado de los viajes a Francia de hace años, que Michel prefería hacer de noche para encontrar las carreteras despejadas. Al atardecer, cruzábamos miles de pueblos muertos. El contraste era brutal, tanto si íbamos a España como si viajábamos a Francia. En el primer caso, cuando llegábamos a Irún, nos aturdía el bullicio de las calles, y cuando cruzábamos a Hendaya, nos sobrecogía el silencio. ¿Cómo un país que se dice mediterráneo puede ser tan muermo?
Venimos de Burdeos y de Nantes, y allí no ha estado tan mal la cosa, pero ha sido llegar a Angers, a este rincón del valle del Loira donde creció Michel, y fastidiarse todo. En el sentido del bullicio nocturno, claro.
He llevado a Cris a ver el castillo de Angers, y hemos buscado el escudo de Aragón que me enseñaron en mi primera visita, hace ya unos cuantos años. No recordaba dónde estaba, pero enseguida ha aparecido en una bóveda de la capilla, que fue construida por Yolanda de Aragón y plantó allí el escudo de su reino, como perro que mea en una esquina, supongo. Hemos sentido el gustillo tonto de quien reconoce algo propio en otro país, y hemos seguido andando en busca del tapiz del Apocalipsis, una joya medieval que cuenta el fin del mundo como en una peli.
Ayer estuvimos en Nantes, después de pasar por la majestuosa y nada goyesca Burdeos y por la inquietante La Rochelle, que pasó de ser un enclave nazi a un lugar de vacaciones bucólico sin solución de continuidad. Por Nantes paseamos bajo la lluvia, que es una cosa muy de Nantes, y recorrimos el palacio de los Duques de Bretaña. Porque aunque Nantes es la capital de la región del Pays de Loire, históricamente pertenece a Bretaña, y les gusta mucho comer crepes y beber sidra, como a los bretones.
Pero a mí no me gusta Nantes por su rollo bretón ni por su palacio. A mí Nantes me gusta porque allí nació Julio Verne, y me dio mucha rabia llegar tarde a la ciudad y no poder visitar el museo dedicado a su figura. Mierda de horarios tempraneros continentales...
Julio Verne creció en una degradada ciudad de provincias francesa, muy lluviosa y de horizontes chatos. Quizá por eso quería hacer sus viajes extraordinarios y compartirlos con todos. Quizá algo de su espíritu se haya quedado en las piedras de la ciudad. Al menos a mí, que casi aprendí a leer con El faro del fin del mundo, Dos años de vacaciones, El piloto del Danubio, Las tribulaciones de un chino en China, Una ciudad flotante y Viaje al centro de la tierra, me parece entender que sí, que la esencia que parió a Verne sigue palpándose.
La prueba es que Nantes, que viene a ser como Pamplona de grande, tiene al menos tres grandes librerías especializadas en viajes. Librerías enormes, bien surtidas y llenitas de lectores. Zaragoza, mucho más grande, no tiene ni una. Cálamo intenta suplir esa carencia, pero no llega ni por asomo al nivel de las librerías nantesas. Ya sé que las comparaciones son odiosas, por eso comparo. Y me parece significativo a la hora de valorar a vuelapluma el espíritu de una sociedad: hay quien se interesa por "el" mundo, y quien sólo se fija en "su" mundo. En cualquier caso, es curioso que la ciudad de Julio Verne sienta pasión por los viajes.
Nosotros vamos a seguir viajando por este corazón de Francia, aunque no nos dejen sitios para tomar una copa a gusto.
Por cierto, en Burdeos probamos un Burdeos (valga la rebuznancia) que nos ha dejado medio gilipollas de la emoción. Qué bien saben hacer las cosas del hedonismo. Sólo les falla su escasa nocturnidad.
TOUR DE FRANCIA 2008
Con esa grata sensación de ser el objeto de odio de todo el mundo, me he despedido de mis compañeros en el periódico donde echo las tardes. Por unos días, no se vayan a pensar. Me voy de vacaciones. Probablemente inmerecidas, pero vacaciones con todas las de la ley.
Nos hemos dado cuenta de que hemos instaurado una tradición: viajar a Francia en Semana Santa. Es el tercer año consecutivo que lo hacemos. En 2006 nos fuimos al País Vasco gabachoak, y el año pasado viajamos por partida doble, a Toulouse y a París. Esta vez nos hemos planteado una cosa un poco más ambiciosa, una tournée por la Francia profunda, la de la nobleza de provincias que alimentó con sus cabezas la eficaz guillotina. Cruzaremos las Landas hasta Burdeos, subiremos a Nantes -donde rendiremos honores a Julio Verne- por La Rochelle y, como dos salmones motorizados, remontaremos el curso del Loira hasta la Orleans de Juana de Arco, con paradas en Angers, Tours, Blois y todos los castillos y bodegas que nos encontremos. Espero que nos dé tiempo a todo en diez días.
Va a ser agradable volver al Loira. Hace mucho tiempo que no subo por allí, y lo siento un poco mi casa también. Han sido unos cuantos veranos y unas cuantas navidades vividas en su orilla. Me apetece recorrerlo todo con calma, y aprovecharemos para saludar a Madame Guilbault, mi abuela francesa, que vive en Angers.
Como siempre, el portátil, que ya es un poco como mi hijo, viaja con nosotros, así que postearé alguna croniquilla viajera desde algunas de las ciudades donde paremos.
Merci et à bientôt, chers amis!
NO TE MASIFIQUES

Creo que era en el primer Celtiberia Show donde Carandell contaba esta anécdota:
Movida universitaria en el Madrid del tardofranquismo. Los grises se lían a hostia limpia por las calles y un chaval se refugia en una cafetería. Cuando está pidiendo un café en la barra, entra un policía de los que han estado repartiendo estopa. El morlaco le reconoce como integrante de la manifestación, se acerca a él con la porra en la mano y le espeta: "¡Dispérsese, joven!". El relato se acaba ahí, sin aclarar si el chico se arrancó los brazos, la cabeza y las piernas y las fue diseminando por el local para acatar la orden.
Me he acordado de la anécdota al encontrarme con un anuncio de una agencia de viajes en la nueva revista de Lonely Planet en español (que, por cierto, está muy bien, le da mil vueltas a todas las revistas viajeras españolas, aunque ese nivel era fácilmente superable a poco que los articulistas dominaran los indómitos misterios de la gramática). Los de esta agencia son alternativos, chupisuperguays y están especializados en el Sáhara, así que han escogido como lema: "No te masifiques". Me he mirado mi alegre panza de Buda (que, a diferencia de la luna, no está por la labor de entrar en fase menguante) y me he dicho: "No te masifiques, sé macrobiótico, como estos señores alternativos". Supongo que en la puerta de la agencia habrá un letrero bien grande que diga: "Gordos no".
Pues yo, damas y caballeros, me voy a masificar doce horitas en un avión y me marcho unos días al Cono Sur, a mi Buenos Aires querido. El siguiente post, Wifi mediante, lo escribiré en manga corta desde el verano austral. Nos vemos.
VIAJE AL FIN DEL MUNDO

Cuando le comenté a un amigo, gran conocedor de la literatura de viajes, que estaba enganchado a En la Patagonia, de Bruce Chatwin, me respondió que no está mal, pero que donde esté Paul Theroux... Hay gente difícil de impresionar, o quizá es que yo me emociono con cualquier cosa, pero he disfrutado muchísimo leyendo este viaje austral realizado en 1976.
Chatwin era un elitista inglés (con todo lo que eso conlleva: cínico, maniqueo y a veces un pelín racista, pero también culto y sobradamente erudito) que tenía 36 años cuando hizo su incursión patagónica. Murió de sida en 1989. En sus 49 años de vida recorrió medio mundo y dejó media docena de buenos relatos viajeros.
Mr. Chatwin decidió recorrer el Cono Sur en un momento muy complicado de su historia, con Pinochet imponiendo su terror en Chile y con Isabelita Perón a punto de ser sustituida por los milicos. Un patio muy revuelto, pero sólo al final del libro se deja ver que algo muy siniestro esturbia el aire de las estancias ganaderas. Apenas unos flashes iluminan la anormalidad de instante.
En la Patagonia es el viaje de un niño que creció con Kipling, Poe y Verne, un niño alucinado que espera entremecerse ante el faro del fin del mundo y que quiere seguir la pista de los fascinantes personajes que han dado forma al lejano sur. Parte de Buenos Aires en autobús, cruza Río Negro, dejando atrás la Pampa, y se interna en el territorio del Chubut. Allí rastrea la primera historia: la del reino de Araucania y Patagonia. A mediados del siglo XIX, un francés llamado Orélie-Antoine de Tounens (masón, para más señas) quiso crear un reino entre los patagones, a la vera de los Andes. Fue una mascarada llena de disparates que acabó con el pobre monarca encadenado y repatriado en un buque mercante. Sus descendientes todavía mantenían, bien entrado el siglo XX, la corte en el exilio del Royame du Araucaine et Patagonie. Por supuesto, en París. "¿Ha leído El hombre que pudo reinar, de Kipling?", pregunta Chatwin al heredero del destronado reino.
En la provincia de Santa Cruz (de donde vienen los Kirchner), Patagonia profunda, siguió los pasos de Butch Cassidy y los restos del Wild Buch o Grupo salvaje. Sí, sí, el mismo que llevó al cine Sam Peckinpah. Mi querido Peckinpah fabula con un fin heroico de los forajidos en el norte de México, ayudando a las fuerzas de Pancho Villa, pero lo cierto es que los supervivientes cruzaron toda América Latina en 1902 o 1903 y se instalaron en la provincia argentina de Santa Cruz, que consideraban tan libre e indómita como el Far West de 1870. En la Patagonia pasaron unos años plácidos, hasta que se les acabó el dinero y recurrieron a lo que mejor sabían hacer: atracar bancos. Tras unos cuantos golpes en la zona, la policía empezó a acosarles, las batidas les asfixiaron y enfilaron rumbo al norte. Fueron dando palos a lo largo de toda Argentina, hasta que cruzaron la frontera con Bolivia y, según parece, encontraron la muerte en un tiroteo muy parecido al que narra Peckinpah en la peli. O no. Otros dicen que pasaron a Perú y que incluso alguno volvió a alcanzar Estados Unidos, donde tuvo una vejez agradable bajo una identidad falsa. Leyenda, leyenda, leyenda. ¿Por qué nos gustarán tanto los bandidos?
En Comodoro Rivadavia, el principal enclave portuario de la región, rastreó los ecos de la Patagonia Rebelde, un movimiento insurreccional anarquista de los años 20 liderado por un inmigrante gallego que conmocionó a todo el país. Sobre este episodio hay una novela muy lograda de David Viñas titulada Los dueños de la tierra y publicada en España por la editorial aragonesa Prames. Por cierto, que uno de los personajes de esa novela es un inmigrante aragonés que ejerce de tal.
En Tierra de Fuego buscó a los familiares del indio que inspiró a Charles Darwin la teoría de la evolución y, ya en Chile, en Punta Arenas, se tropezó con una sociedad de terratenientes que rezaban cada tarde por Pinochet y daban gracias al cielo por que les hubiera librado de las hordas marxistas. Da escalofríos leer cómo una adorable anciana escocesa justifica y defiende el golpe militar mientras riega los rosales de la puerta de su coqueto hogar.
De norte a sur, una buena introducción para quien quiera sumergirse en los encantos de una tierra que ha inflamado las esperanzas y las imaginaciones de las mejores cabezas de varios siglos. La tierra del fin del mundo.
QUISTES GEOGRÁFICOS

Hace un par de semanas, mientras leía un fantástico reportaje en El Mundo sobre las absurdas posesiones españolas en el norte de Marruecos (el famoso Perejil, Alhucemas, las Chafarinas...) recordé lo mucho que me fascinan esos sitios demenciales, esas bromas de la historia a las que no escapan ni Ceuta ni Melilla. Residuos coloniales y detritus geográficos. Geniales maravillas. La lástima es que visitar esos lugares es muy difícil: en el caso de que se puedan conseguir con facilidad los visados y permisos oportunos (que no siempre es así), llegar hasta ellos requiere grandes dosis de paciencia y dinero, sobre todo dinero. Además, son tan absurdos que no suelen tener casi atractivos: la única gracia del viaje es llegar al destino y saber que estás allí. Pero a mí me basta. Así que a ver si instalan pronto Las Vegas monegrinas, me uno al hampa, saco unos milloncejos y me cojo un año sabático para visitarlos.
Estoy pensando, por ejemplo, en las Malvinas-Falkland. Un conjunto de preantárticos peñascos con un estatuto muy parecido al de Gibraltar. Son ingleses, hablan inglés y vivieron una infausta guerra en 1982 con Argentina. Allí, a unos 600 kilómetros de la costa patagónica, viven unos 3.000 súbditos de Su Majestad, 2.000 de ellos en la capital, Stanley, y el resto repartidos por "country farms" con sus argentinísimas ovejas de la Patagonia. Dicen que viven de la pesca y de prestar servicio a la guarnición militar. Todo esto ya lo convierte en un sitio raro de narices, pero lo que a mí me gusta es que fueron descubiertas en 1592 por unos desquiciados, crueles y borrachos marineros ingleses que iban a bordo de una gloriosa bañera llamada Desire. Por eso el escudo de las Malvinas tiene la leyenda "Desire the right". Alentados por el capitán, la tripulación perpetró una tremenda matanza contra los pingüinos del lugar, y parece que ese episodio inspiró parte de la Rima del viejo marino de Samuel T. Coleridge, aunque éste cambió a los pingüinos por un majestuoso albatros. ¿No merecen una visita sólo por eso? Claro que sí, pero los únicos vuelos regulares a Stanley los opera LAN desde Chile, no hay ninguna otra conexión posible.
Muy cerquita de Aragón tenemos otro detritus de la historia mucho más accesible. Hay un pueblo de Gerona que está completamente rodeado de territorio francés: Llivia. Tras la Paz de los Pirineos, en el siglo XVII, la monarquía hispánica tuvo que ceder los condados catalanes del Rosellón y la Cerdaña a Francia (hoy conocidos como la Cataluña francesa o la Catalunya Nord, según los catalanes). Sin embargo, los soldados franceses que iban pueblo por pueblo leyendo el bando de anexión de las localidades al Estado francés se olvidaron de pasar por Llivia. Un olvido que mantuvo a este pueblecito vecino de Puigcerdà ligado a España hasta hoy. Ahora, con la UE a tutiplén, no hay problema ninguno, pero imaginaos el drama que les suponía antaño a los vecinos de ese sitio cruzar dos puestos fronterizos para hacer cualquier gestión en Gerona, y lo jodido que debía de resultar en la posguerra más negra, cuando no había relaciones diplomáticas con Francia. Hoy, por suerte, es sólo un pintoresco anacronismo. Como Andorra, pero sin ventajas fiscales ni DVDs baratos.
Más arriba están las islas del Canal de la Mancha: Jersey y Gernsey. Avanzadillas británicas frente a las estiradas costas de Francia, la única porción de suelo inglés que fue ocupada por los nazis (y bien que les jode recordarlo). Son despojos del feudalismo casi al margen del control del Estado británico, paraísos fiscales donde tienen su sede las más turbias empresas del mundo. Están gobernados por auténticos señores feudales, tienen una democracia muy sui generis y casi todos sus habitantes son nobles (aunque no tengan una libra).
Una compañera de trabajo estuvo hace un tiempo en Kaliningrado, un quiste de la Guerra Fría, un jirón de Rusia en medio de la UE, entre Polonia y Lituania. Dice que es un lugar horrible y que tuvieron que sobornar con 50 euros al guardia fronterizo para pasar sin problemas. Un enclave deprimente de deprimente y alcoholizada estética soviética. Tengo que ir algún día.
Otro sitio fantástico es Saint-Pierre et Miquelon, junto a Terranova, en Canadá. Es un territorio francés con todas las letras, aunque no forme un departamento. Unos 6.000 enfants de la patrie en la indómita América del Norte, con su Lycée (pero sin université), su Hôtel de Ville y su boulangerie como está mandao. Envían un diputado a la Asamblea Nacional, pero no tienen mucho trato con la metrópoli: ni siquiera hay vuelo directo desde París. Aunque es territorio de la UE, para viajar allí hay que pasar por Canadá y se exige un visado. Desde Europa, lo mejor es viajar con Air France a Montréal y, desde allí, coger un avión (de hélices) de Air Saint-Pierre hasta Saint-Pierre.
Hay muchos más sitios absurdos que me gustaría conocer, pero creo que por hoy ya está bien. Otro día, cuento más.
Ah, y me olvidaba de nuestro (o suyo, o de ellos) Gibraltar. La próxima vez que baje a Al-Andalus prometo hacer una visita.
ESE TORITO

En 1862, Hans Christian Andersen tenía casi 60 años y era un tipo muy famoso (bueno, más que famoso, reputado) dentro y fuera de su querida Dinamarca. Por eso podía dedicarse al ocio y a viajar a gusto. Eso sí, su fama no era extensiva a España, donde muy pocos habían leído sus cuentos, así que pudo pasar desapercibido como un caballero norteño en tierras salvajes. Entró en septiembre montado en una diligencia por La Junquera. Recorrió Barcelona, Valencia, Alicante, Murcia, Cartagena, Málaga, Granada, Cádiz, Sevilla, Córdoba, Toledo, Madrid y Burgos, de donde se dirigió al norte para salir por Irún. A la vuelta, escribió Viaje por España, que fue inmediatamente traducido al inglés, al francés y al alemán, con una popular edición estadounidense. El libro tuvo mucho éxito en Europa y América, por lo que puede decirse que fijó la imagen que las élites cultas de la época tenían de nuestro país.
Andersen venía con una visión de España formada por sus lecturas románticas, las de los viajeros de su generación y la inmediatamente anterior (con la ayuda de algún colaboracionista español, como Zorrilla o el Duque de Rivas, que confirmaban los tópicos en su obra). Es la imagen de un sur caribeño, lleno de gitanos con la navaja suelta y de andaluzas lascivas. Pasión y fuego, vaya. Rosas y espadas. Sin embargo, la primera gran ciudad con la que tropieza le hace cambiar de idea. De Barcelona dice que tiene unos cafés más suntuosos, agradables y concurridos que los de París. Por supuesto, encuentra escenas típicas, pero ningún bandolero le asalta en un camino (como parecía estar deseando) y la comida, lejos de destrozarle el estómago y el paladar (como esperaba: la gastronomía española tenía muy mala fama en Europa hasta hace 30 años), le parece deliciosa. Andersen se encuentra con un país más europeo de lo que pensaba, donde el progreso progresaba despacio, pero existía una voluntad de aparcar marasmos y una burguesía que empezaba a tener algo de capital para avanzar.
El libro tiene muchos pasajes interesantes, pero hoy me quedo con esta descripción de una corrida de toros de la época, el espectáculo más horrible al que la refinada sensibilidad de Andersen se había enfrentado. Los antitaurinos pueden (podemos) usarlo como alegato a su (nuestro) favor. Es sólo un pequeñísimo extracto, que es muy larga. Luego, si tenéis ganas, lo comparáis con Fiesta de Hemingway:
"Vi cómo el cuarto toro, vomitando sangre, saltó la barrera (...). Recibió un par de estocadas mal dadas; la sangre le salía a borbotones por la boca (...). Diez caballos y cinco toros habían sido sacrificados. Aún quedaban siete por lidiar. Yo ya tenía bastante por esa vez. Tan impresionado y harto quedé, que abandoné la plaza donde -según me dijeron luego- la corrida había llegado a ser mucho más sangrienta y emocionante; fue muerto hasta el último toro.
¡Es una diversión popular sangrienta y cruel! En esto coincidían muchos españoles. Aseguraban que no sobreviviría muchos años y que recientemente se había dirigido una petición a las Cortes solicitando su abolición".
Pues estamos como en 1862.
PD: sello de 8 € de la portada del libro no es una pegatina. Los muy cutres lo han impreso en la portada. Se ve que a Andersen hay que ponerlo de oferta o no le hacemos caso.
ESCAPADA ITALIANA

Vuelvo de una escapada rápida (vía Ryanair, los vuelos baratos que están haciendo más por la "construcción europea" que Giscard d'Estaing) a tierras lombardas. Milán, Lago Como, Bérgamo... Risottos, café y grappa. No conocía el norte de Italia, con sus coches que paran en los semáforos, sus ciudadanos que no gritan, su asquerosamente europea urbanidad... ¿Dónde están las mammas romanas y napolitanas? ¿Y los vendedores ilegales de pescado, y el recaudador de la mafia paseándose ufano por los comercios? Sé que decir esto es de un romanticismo ingenuo y absolutamente desfasado, pero yo me quedo con el salvaje y ruidoso sur, con las montañas de basura de Nápoles. Prefiero beber de la misma botella que el Che Garibaldi antes que fumarme un puro con Cavour. Qué le voy a hacer.
Al margen de todo, dos apuntes. Primero, el de la foto, una campaña de la Sanidad pública italiana en el metro de Milán. Sencillamente genial, ¿no? Quizá le falte un aire más Mamma Ciccio, con su escote insinuando (¿insinuando o desbordando?) unos brutales pechos del catálogo VIP de un cirujano estético, pero así va bien. Me encanta la cofia de la chica, probablemente rescatada del vestuario de Conchita Velasco en Las chicas de la cruz roja.
El segundo apunte es una conversación robada en la cola de embarque del avión de vuelta. Detrás de nosotros, un cura con alzacuellos, un señor que no lleva alzacuellos pero que igualmente parece un cura y tres sonrosados mozalbetes de unos 18 años bien repeinaos y encamisaos. ¿Excursión espiritual, ejercicio espiritual, algo espiritual? Quién sabe qué, pero algo espiritual sin duda. El señor párroco les comenta una noticia que leyó hace poco en Diario de Navarra (acabáramos). Al parecer, una familia que tenía varios gatos decidió adoptar un perro de la perrera, pero como no consiguieron que el perro y los gatos se llevaran bien, la protectora de animales les retiró la custodia del perrillo. "Y fíjate -apunta con sorna el párroco, que yo he bautizado como Don Nicanor-, la familia está triste". Uno de los mozalbetes repeinaos remata: "Sí, claro, con los perros mucha tristeza, pero con los niños, aborto, ¿no?". Sólo he podido pensar que ese mozalbete será algún día un ministro.
EL HURACÁN EMILY

Más batallitas del abuelo. Ahora que andan de huracanes en el Caribe, no sé si he contado que yo viví un huracán en México hace dos veranos. Si ya he relatado la historia, mil perdones, pero en esta calurosa tarde dominguera no se me ocurre nada mejor de lo que escribir.
Viajábamos por el Yucatán y veníamos del sur de la Península, en nuestra última semana de viaje. Subíamos por la costa oriental en dirección a Cancún, de donde saldría nuestro vuelo de regreso a España unos cuantos días después. Cansados después de recorrer Chiapas, buscábamos un sitio playero sin multitudes donde esquilmar el stock local de cerveza. Llegamos a Tulúm con la intención de alquilar un par de cabañas "hippie style", pero cuando llegamos, el dueño de las cabañas nos dijo que sólo nos podía alquilar una noche: "Mañana van a evacuar esto por el huracán, ¿saben?". ¿El huracán?, ¿qué huracán?, nos preguntamos. Qué cosas tienen estos mexicanos. Alguien compró un periódico del día, cuyo titular de portada decía, en letras monstruosamente enormes: "ALERTA MÁXIMA. El huracán llega a la costa con fuerza cinco". Habíamos pasado los días anteriores sin prensa ni tele, casi aislados, y no sabíamos que nos dirigíamos al lugar por el que el ciclón Emily iba a entrar en el Yucatán.
Nos sorprendió que los lugareños estaban, por lo general, bastante tranquilos. La pachorra que da la experiencia, supongo. Pero las autoridades tampoco parecían esmerarse mucho para que se espabilaran: la tele emitía informativos apocalípticos, pero apenas había información oficial sobre qué hacer o adónde ir. Al final, alguien nos aconsejó refugiarnos en el interior, y nos marchamos a Valladolid, una ciudad del tamaño de Huesca en el centro de la península que estaba recibiendo un montón de evacuados. De chiripa, encontramos sitio en el segundo hotel en el que preguntamos. Las plazas hoteleras se agotaron poco después, y los siguientes españoles que nos encontramos tuvieron que refugiarse en los pabellones de las escuelas. Ésa hubiera sido nuestra suerte si hubiéramos llegado un par de horas más tarde.
En Valladolid, la gente se tomaba el huracán como una juerga. Era verdad que los comercios protegían sus vidrieras con tablones y que muchas casas estaban cerradas a cal y canto, pero la plaza estaba más animada que nunca. Nadie tenía ganas de buscar refugio y, por supuesto, nadie quería perder la oportunidad de burlarse del reportero de Televisa que esperaba en la plaza a conectar en directo con el informativo nacional. El hombre aguantó el tipo pese al pitorreo que se traían con su persona.
Los vendedores del mercado de antojitos de Valladolid se pusieron las botas sirviendo tacos y quesadillas a todos los refugiados y el paso de la furgoneta del Estado que, a través de un altavoz, instaba a la población, en español y en maya, a refugiarse y a no salir de casa bajo ningún concepto, provocaba las burlas y las risas de todos. Parecía que, más que a una catástrofe, estaban esperando la llegada de los Rolling Stones.
Emily se retrasaba y tocó tierra horas después de lo previsto. Cuando Televisa conectó con el corresponsal en Cancún, apenas se oía nada, porque el viento y la lluvia tapaban la crónica. Sin embargo, en Valladolid lucía un sol maravilloso y nosotros esperábamos a Emily nadando tan ricamente en la piscina del hotel. Nos preocupaba tanta indolencia y nos mosqueaba mucho que la dueña del hotel, decorado al estilo colonial, no hubiera guardado el mobiliario piscinero ni hubiera asegurado los faroles de forja que colgaban de los arcos y que podían salir despedidos. Alguien le comentó la conveniencia de prepararse para lo peor, y la señora respondió: "Ustedes tienen miedo porque no han vivido un huracán, pero ya verán que sólo es lluvia y viento fuertes". Y se quedó tan pancha. Habría que ver qué respondería en caso de incendio: "No se preocupen, que es sólo fuego". Hasta entonces, no sabía que la obviedad podía utilizarse como defensa tranquilizadora.
La verdad es que, por suerte, Emily no causó víctimas. Pasó por encima de nosotros con fuerza reducida, de madrugada, y sólo alcanzamos a oír el viento que agitaba fuertemente los árboles. Por la mañana pudimos comprobar que no sólo los había agitado, sino que los había derribado por completo. La ciudad estaba patas abajo y las calles, llenas de barro, cristales y desperdicios. Pero la destrucción fue mucho mayor en el campo: cuando enfilamos la carretera hacia Cancún, vimos que la selva yucateca entera se había venido abajo. No había un solo arbol en pie. Y cuando digo árboles digo también postes de luz y de teléfono. Playa del Carmen, la ciudad por la que entró Emily, estaba inundada e impracticable, sin ningún tipo de servicio mínimo indispensable. En Tulúm, el restaurante en el que habíamos cenado era un montón de madera en el suelo de la playa, y en Cancún no había suministro eléctrico en casi ninguna zona de la ciudad. No parecía haber prisa por retirar los árboles de las carreteras ni por volver a poner en pie las infraestructuras destruidas. Se insistía mucho en que no había habido muertos. Lo demás era secundario, y la vuelta a la normalidad podía esperar.
Al poco de volver nosotros a España, pasó un segundo huracán, el Katrina, pero ése no fue tan benévolo como el que nos tocó en suerte. Espero que el Dean resulte, por lo menos, tan inofensivo como Emily. Con un terremoto tenemos ya bastantes desgracias naturales en Latinoamérica por este verano.
Foto: una gasolinera, en el suelo, tras el paso de Emily.
VIAJE CON NOSOTROS

En una Europa adocenada y aséptica, todo parece seguir una rutina que hace realidad aquella máxima churchilliana que dice que la democracia significa que si llaman a tu puerta a las cinco de la mañana sólo puede ser el lechero, y no un policía o un militar dispuesto a meterte en un tren de ganado. Desde que apareció el tetra-brick, hasta esa emoción se nos ha negado. Por eso, para que no muramos de aburrimiento entre enfermedades coronarias y obesidad mórbida, los gobiernos decidieron que alguien debía proporcionarnos la adrenalina que la rutina parlamentaria nos niega. Y esa misión le fue encomendada a las compañías aéreas. Nosotros, pobres viajeros, creemos que todo se debe a una suma de incompetencia, impunidad gansteril y tomadura de pelo con recochineo y mofa. Pero no es así: tratan de meter algo de sana incertidumbre y desasosiego en nuestras aburridas vidas.
Sólo así puede explicarse que servidor acuda al aeropuerto de Copenhague con un billete para Madrid, facture la maleta con la esperanza de estar en casa a la hora de comer y contarle a su pareja las anecdotillas del viaje, y siete horas después aterrice en Málaga -donde, a pesar de que los tipos de las ventanillas hablan tu mismo idioma, te cuesta mucho más entenderte con ellos que con los vikingos que te hablan en inglés con acento del dios Thor-, al tiempo que su maleta acaba en Palma de Mallorca. Por supuesto, nadie te explica por qué te obligan a dar la Vuelta a España en avión si tenías un vuelo directo desde Copenhague, ni por qué tu pobre maleta se cuela en aviones extraños. Si te lo explicaran, la cosa perdería su gracia.
Uno siempre escucha historias terroríficas de aeropuertos y envidia las aventurillas que viven los afectados. Pues bien, no desesperéis: a las compañías aéreas, además de la vocación de servicio público adrenalítico, les anima un intenso espíritu igualitario. Si no habéis tenido nunca ningún problema grave en un aeropuerto, no os preocupéis, porque a poco que viajéis, acabaréis teniéndolo. Las aerolíneas ponen mucho celo en que cada ciudadano disfrute de una aventura aeroportuaria al menos una vez en su vida. ¿A que son geniales?
Yo había tenido algún sustito menor, pero siempre pensé que el gran susto me lo darían volviendo de Kuala Lumpur o de algún destino exótico muy lejano de casa. Nunca imaginé que un vuelo directo entre dos capitales europeas podría acabar en pesadilla. Por eso, por el buen hacer que han puesto, no me duele prenda de hacer publicidad de la encantadora compañía que tantas sensaciones agradables me ha proporcionado: Scandinavian Airlines. Lo digo por si vais a viajar con ella y tal. Que lo disfrutéis.
PS: otro día hablo de cosas interesantes de verdad. Hoy sigo cabreado con la industria aeronáutica de los co... ¿Lo veis? Hasta la capacidad de escribir tacos te quitan. ¿Por qué son tan sinvergüenzas?
GERONA PRIMAVERAL

Huyendo del agua, amanecimos en Gerona. Homenajeamos a Josep Pla en su segundo pueblo -después de Palafrugell y antes de Barcelona- con unos cuantos vinos ampurdaneses y un trote inmisericorde por las cuestas y esquinas de su infancia. Me gusta el silencio de su judería, que se llama Call; me gusta ser arrullado por la cadencia provinciana de sus terrazas, y me desasosiegan sus casas asomadas sobre el río, que marcha moroso y lleno de mugre.
Es imposible eludir el puntillismo paisajístico de Pla, su mirada de burgués ingenuo y huraño al mismo tiempo. Pero también vienen a la cabeza los tres tochos de José María Gironella sobre la República, la guerra y la posguerra, con el señor Matías pescando desde la ventana de su salón. Al pasar por la Universidad, que está incrustada en la roca de la ciudad, también nos acordamos de Javier Cercas y sus soldados de Salamina.
Gerona trae aromas afrancesados. Tiene en el aire el deje marchito de los burgos que han llegado a estar podridos, asfixiados por faldones de mesa camilla y mantillas de beatonas en misa de cinco, pero que han sabido dejar atrás lo rancio de sus siglos y se han lanzado a beber la modernidad. Gerona es un sitio agradable, donde parece que nunca pasa nada. Y, de hecho, es probable que nunca pase nada, que su periódico se llene con no-noticias, con retazos costumbristas que arropan la cartelera y las farmacias de guardia.
En Gerona, desconectados de todo y de todos -incluido este garito internetero, que ha cerrado por puente-, la realidad nos ha devuelto a nuestro mundo. Y precisamente elmundo.es titula: Nueva infanta en zarzuela. Y yo pienso en qué vino podría maridar con una infanta en zarzuela, un plato que no me resulta muy apetitoso a priori. Qué empacho borbónico, por dios. Me voy a tomar un poco de bicarbonato republicano, a ver si se me pasa la indigestión.
TOULOUSE-ZARAGOZA

Acabo de volver de Toulouse, la hermana francesa de Zaragoza. A veces, las sinergias asustan:
- Toulouse tiene 700.000 habitantes, y Zaragoza, 650.000.
- Toulouse es la cuarta ciudad francesa, y Zaragoza es la quinta española.
- Toulouse es la referencia de los Pirineos centrales franceses, y Zaragoza, la de los españoles.
- Toulouse tiene el Garona, y Zaragoza, el Ebro.
- Toulouse tiene el Canal du Midi, y Zaragoza, el Imperial de Aragón. Dos de los canales artificiales más antiguos de Europa.
- Toulouse fue capital de varios reinos medievales, aunque todos cristianos. Zaragoza fue capital de varios reinos medievales, musulmanes y cristianos.
- Toulouse tiene un azud en el Garona. Zaragoza pronto tendrá su azud en el Ebro.
- Toulouse tiene un festival de cine español llamado Cinespaña. Zaragoza tiene el mismo festival, pero llamado Cinefrancia.
Si me pongo a pensar, seguro que saco algún paralelismo más, pero ahora me vienen a la cabeza las diferencias. Las sangrantes diferencias.
- Toulouse es la capital mundial de la aeronáutica: es la sede de Airbus y uno de los centros de la Agencia Espacial Europea, por lo que está llena de cerebritos científicos y su universidad es la segunda más importante de Francia y una de las más destacadas de Europa en el ámbito tecnológico. Zaragoza es la capital mundial de... de... de... ¿la logística? Por cierto, ¿alguien sabe qué es la logística? La comunidad universitaria de Zaragoza, aunque es potente, no puede compararse ni de lejos a la de Toulouse.
- Toulouse no fue bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial. Por eso, los edificios de ladrillo rojo (marca de la ciudad, que le da un tono diferente al resto de las homogéneas ciudades francesas) se mantienen en el plano del centro, lleno de callejas retorcidas, rotas de cuando en cuando por un bulevar haussmaniano y rectilíneo. Zaragoza tampoco sufrió bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial (alguno que otro durante la Civil, claro), pero a veces da la impresión de que fue arrasada hasta los cimientos y reconstruida por un mercenario futurista sin escrúpulos (a lo mejor fueron eso los Sitios que en 2008 cumplirán doscientos años). La armonía no es un rasgo que define la ciudad.
- Toulouse tiene 13 museos de primer orden, entre ellos un destacado centro de arte contemporáneo y una de las mejores galerías fotográficas de Europa. Zaragoza tiene siete museos y cuatro salas de exposiciones, pero ninguno de ellos es referente internacional en su campo.
- Toulouse tiene 27 teatros, auditorios y salas de conciertos, sin contar los bares y los cafés que programan espectáculos más pequeños, que dan cobertura a una bulliciosa programación cultural: después de París, es la segunda ciudad francesa más inquieta y de donde más grupos musicales y tendencias surgen, por encima de Lyon y Marsella. Zaragoza tiene seis salas dignas, sin contar el Pabellón Príncipe Felipe, y la ebullición que se respira no puede compararse ni de lejos con Madrid o Barcelona, pese a los Violadores del Verso y a los imitadores de Héroes del Silencio.
- Toulouse tiene una calle, la Rue des Lois, llena de librerías pequeñas, grandes y medianas. Por el resto de la ciudad también se pueden ver decenas de pequeños locales rebosantes de libros. En Zaragoza, de un tiempo a esta parte, ha desaparecido un buen montón de librerías tradicionales (lo contaba Mariano García en un reportaje reciente en Heraldo), y sólo los muy osados Portadores de Sueños se han atrevido a refrenar esta nefasta tendencia.
He aquí todo un ejercicio de demagogia preelectoral que espero que no moleste a ningún triunfalista zaragozano, pero pienso que cuando los términos comparativos se reducen al PIB y a las grandes cifras demográficas, nos perdemos el fondo, que viene a ser lo interesante, aquello con lo que bregamos en el día a día. Vamos, que Toulouse y Zaragoza pueden ser hermanas que viven separadas por una cordillera, aunque han recibido una educación parecida y, durante siglos, han vivido historias similares. Pero, por desgracia, a Zaragoza le ha tocado ser la hermana fea que se queda en la barra mientras la otra liga con apuestos europeos.
Foto: el azud del Garona en Toulouse visto desde el Puente de los Catalanes.
FÍSICA, FANTASMAGORÍAS Y AEROSTATOS

En mi todavía reciente último viaje a París me llamó la atención esta tumba del cementerio Père Lachaise, que enumera las tres actividades en las que destacó el finado: "Física, Fantasmagorías y Aerostatos". Me encantó, me hice fan de Etienne-Gaspard Robertson de inmediato, pero le había olvidado hasta hoy, cuando me he puesto a repasar las mil fotos que tiré en París.
He hecho una cata en Google y me he enterado de que el tal Etienne-Gaspard fue un belga que medró en la corte sin rey del París revolucionario, a la sombra de Robespierre y Danton. Debía de ser algo así como un Da Vinci de saldo, un embaucador muy listo con ciertos conocimientos científicos que usaba para montar estrafalarios espectáculos, aunque, oficialmente, él era dibujante y pintor. Utilizaba una cámara oscura de su invención con la que invocaba a los fantasmas, pero eran efectos visuales y sonoros muy logrados. Tanto, que se estudian como precursores del cine. Quizá se inspiraron en él para el Mago de Oz.
Se hizo muy famoso y todavía se le estudia con pasión en algunas universidades. Seis años antes de morir, en 1831, escribió unas memorias de sugerente título: Mémoires récréatifs, scientifiques et anecdotiques d'un physicien-aéronaute (Memorias recreativas, científicas y anecdóticas de un físico-aeronauta. Parece el testamento del profesor Franz de Copenhague). Murió el mismo año que Mariano José de Larra, por cierto. Se reeditaron en 2000, pero todavía no he encontrado un solo ejemplar a la venta. Mañana, si el tiempo no lo impide, estaré en Francia, donde creo que no es festivo, y quizá me sepan dar razón de él en alguna librería de Pau o de Toulouse. En cualquier caso, se admiten pistas, blogueros bibliófilos. Cuando consiga y lea el libro, lo incorporaremos a la galería freak de este tugurio.
LA CONQUISTA DE SAINT GERMAIN DES PRÉS

Si hay algo que me saca de mis casillas es que los camareros y los dependientes se dirijan a mí en inglés cuando me oyen hablar castellano. ¿Presuponen que un extranjero no puede entender ni hablar la misma lengua que ellos? Mira que es grande Francia, pero esto sólo me pasa en París, justificando la fama de metepatas, presuntuosos y maleducados que los parisinos tienen en provinces. En fin, así son. Al fin y al cabo, como sucede con tantos otros lugares, París es maravilloso pese a estar lleno de sus propios nativos.
Aunque cada vez menos, también es cierto. La zona de los grandes bulevares, donde nos alojamos, es más que variopinta. Al margen de los guetos quemacoches de la periferia, los alrededores de la plaza de la República son territorio africano. Toda la francofonía subsahariana está representada con restaurantes, tiendas con frutas tropicales y apetitosas y peluquerías especiales. Muy cerca, el teatro Rex, donde anoche Paco de Lucía presidió un pequeño festival de flamenco que nos perdimos (y que me hubiera encantado ver). Finalmente, diseminados entre todo lo demás, pequeños cafés donde puedes sentarte a escuchar un poco de jazz en directo si no te duele pagar 10 euros por una caña.
Ver al trío de jazz desde la puerta me hizo acordarme de El perseguidor, de Rayuela y del Club de la Serpiente. Me subieron aromas de Cortázar y bajamos a Saint Germain des Prés, al Odeon y más abajo, a Montparnasse, siguiendo el bronco rastro de aquel París que era una fiesta. Una fiesta pedante, triste y reflexiva donde crecía un jazz suicida y sin salida. Nada queda de aquello, por suerte. Adiós, Charly Parker, adiós.
Recorro el París de Cortázar, el París que ansiaba conquistar Cortázar cuando todavía no era Cortázar. Y descubro a un pobre hombre que cumplió su sueño: vivir en el cogollo de la ciudad que idolatraba. En los años 50, durante su primera estancia en la capital francesa, escribió los cuentos de Las armas secretas. Entre ellos, Las babas del diablo. Su aparente protagonista (porque la relación entre prota-narrador-escritor es uno de los temas de la pieza) vive en el número 10 de la calle Monsieur le Prince (fotografío el portal con diligencia de mitómano). Por aquel entonces, Cortázar vivía muy lejos de allí. Aurora y él compartían un minúsculo apartamento en el 13e arrondissement, en el extremo sur. Sin embargo, Julio describe con minuciosidad el trayecto que va de Monsieur le Prince a la isla de San Luis. Se nota que lo ha caminado mil veces. Se nota que ha perdido muchas tardes por esas aceras, parándose a fumar en los portales porque su sueldo de traductor no le permitía tomar muchos cafés, y buscando el lugar en el que la Maga y Horacio coincidirían en su Rayuela. Sólo alguien que aspira a conquistar y poseer una zona es capaz de conocerla tan bien. Pues ése era el propósito de Cortázar: en su segunda y definitiva estancia en París, tras volver una temporada a Buenos Aires, Julio -a punto de convertirse para siempre en el autor de Rayuela- se instaló con Aurora en un piso de la calle Mazarine, al lado de Monsieur le Prince. El argentino tímido y deslavazado que hacía pasar su frenillo por falso acento francés ya había conquistado Saint Germain des Prés. Bravo, Julio.
Como homenaje, entramos a cenar en uno de los últimos bistrots originales que han sobrevivido en el centro de París: Polidor, en el 41 de Monsieur le Prince. Barato (para lo que es París), sencillo y agradable. El salchichón de Lyon y el vino a granel que nos sirven nos reconcilia con el mundo y hasta con los parisinos. Es normal: en esa tasca no admiten tarjetas de crédito ni hooligans tocanarices que imitan a Hemingway sin saber de su existencia. Todo un detalle.
Foto: cine Le Racine, junto a la Sorbona, una de las salas de arte y ensayo más antiguas de la ciudad, muy ligada a la Nouvelle Vague y en cuyas butacas Cortázar echó más de una siesta.
UN ARGENTINO CON MAL DE ALTURA

Quería colgar por entregas la crónica de la aventura boliviana de nuestro querido amigo argentino J.R. -no confundir con el JR de Dallas-, pero he pensado que, pese a que es muy divertida para quienes le conocemos, puede ser demasiado larga e incomprensible para los profanos, así que he hecho una selección de dos momentos gloriosos que manifiestan dos cosas: a) Bolivia puede ser un lugar terrible; b) Bolivia siempre será un lugar salvaje y terrible a los ojos de un porteño descreído.
La noche que conocimos a J.R. en Buenos Aires, acababa de llegar de Montevideo de un viaje de trabajo y contaba con total naturalidad que, unas horas antes, había estado a punto de ser secuestrado por un taxista uruguayo. En los días siguientes, mientras nos cebaban con pizzas y empanadas y nos emborrachaban con cerveza Quilmes -helada, para sobrellevar el tórrido verano austral-, descubrimos a un tipo algo más que guasón, que nos bautizó a los españoles como los "hastalogos" (así nos despedíamos, según ellos, y siempre con gran profusión de tacos, como "hostia", "joder" y "puta", marca de fábrica de la Madre Patria) y que no perdía una sola oportunidad para lanzar pequeñas cuchilladas irónicas cargadas de inteligencia. Un tipo genial, vaya, que además de no soportar la condición humana (ajena), es un hipocondríaco de cuidado y siempre sufre un sinfin de catastróficas desdichas cuando sale de casa. Con esos antecedentes, no se le ocurrió otra cosa que ir a pasar el fin de año a La Paz, precisamente a casa de una aragonesa ex compi eventual del Heraldo que ahora trabaja en la delegación de la Agencia EFE en Bolivia. La vista de la foto es la que se ve desde su ventana. Por supuesto, el mal de altura le amargó la estancia y todo le pareció horroroso. De su larguísima crónica entresaco estas dos anécdotas. La primera es el relato de un viaje en autobús (colectivo) de Potosí a Cochabamba. Los acentos venían así de mal debido a los insondables misterios de las conexiones a internet bolivianas. Os ruego que no me obliguéis a corregirlos, que me quemaré las pestañas. Nótese su hipocondria aguda y su actitud de lord inglés:
En Potosí la gente me cayó mal y pensé en irme cuanto antes. No me interesaba hacer el tour de las minas en el cerro Rico porque debìa subir a casi 5000 metros para meterme en las cuevas y galerias donde los bolivianos seguìan trabajando como en la època medieval. Tampoco querìa ir al Salar de Uyuni que seguramente es bàrbaro pero implicaba ir en una camioneta por dos o tres dìas a un lugar desolado. Ya conozco otros salares y con tanta sal me podìa subir la presiòn. Entonces llamè a las aerolìneas para saber còmo podìa escapar de ahì lo antes posible y en aviòn. Los vuelos de o a Potosì ya no existen, los vuelos desde Sucre, la ciudad màs cercana, estaban llenos. La ùnica opciòn era irme en òmnibus hasta Cochabamba (viajando toda la noche) y desde ahì tomar otro colectivo o un aviòn a La PAz. Colectivos directos a La Paz estaban llenos tambièn.
Fui a la terminal que era un caos y parecìa un mercado y busquè la ventanilla que tuviera mejor aspecto. No habìa manera de saber cuàl era mejor. Deberìa haber hecho lo que hizo una neozelandesa, ir a ver los colectivos y pedir ESE. Saquè el pasaje màs caro que supuestamente era coche cama. Volvì a la ciudad a recorrer la nada porque todo los museos estaban cerrados. Dormì una siesta en el hotel por la que me cobraron media tarifa y a la noche fui a la terminal.
El "mercado" habìa empeorado y hasta habìa un montòn de mochileros argentinos. Yo no uso mochila y tenìa la valijita a ruedas. La ùnica en el mercado terminal. Me comprè una botella de agua enooorme para ir todo el viaje tomando. Confirmè que el colectivo tuviera baño. Pero ya debìa haber sabido muy bien que para los bolivianos sì o no o no sè es todo lo mismo. Subì y bajè 4 veces las escaleras de la terminal porque no estaba claro por donde despachar mi valijita. Despuès la bajaron con una soga (Què tercermundista!!!) desde las ventanillas de la empresa del primer piso hasta el òmnibus. Llegò el òmnibus, subì y comprobè que no era coche cama ni tenìa baño. Los asientos se reclinaban, eso sì, màs que los otros. Pero eso era todo. En mi asiento encontrè una botellita de Pepsi con pis. Ese era el baño. O sea yo tenìa mi propio baño, una botella de 2 litros de agua mineral que debìa vaciar. Casi me bajo para tomar un taxi hasta LA PAz a 500km. pero pensè que serìa màs inseguro que el colectivo. Mientras esperàbamos que suba màs y màs gente (con muchos bebès, eso es algo que sobra aquì, la mitad de las mujeres tiene un bebè colgando de la espalda) subiò un niño cantor al que casi le pago para que se callara la boca pero dijo que el que no contribuirìa no sè què le pasarìa con el baño (los bolivianos hablan en boliviano y no siempre se entiende lo que dicen) asì que pensando que me harìa encima por una maldiciòn inka, le di un peso. El òmnibus se llenò de gente y por ende de olor. Aclaro que no quiero discriminar pero los bolivianos o un gran porcentaje tienen un olor penetrante, mezcla de la comida fuerte que comen y del sudor. (Despuès de haber vivido en el Altiplano por siglos no se dan cuenta de que por màs que a la mañana haga frìo , al mediodìa el sol quema y que tendrìan que sacarse todos esos ponchos y aguayos y medias de lana de llama que usan). Con todas las fuerzas intentè abrir la ventanilla y como cediò me tranquilicè un poco. Me venìan oleadas de olor boliviano y yo me pegaba a la ventanilla para respirar.
Los bebès dejaron de joder y se durmieron. Yo no. Solamente de a ratos. A las 2 de la mañana paramos en el medio de la nada. Literalmente. En un caserìo de mierda. Era el medio de Bolivia. Me bajè para buscar un baño. Una chica nos ofrecìa pasar al baño de un bar asqueroso como quien ofrece pasar a un espectàculo. Adelante adelante, pasen pasen, el baño es gratis, decìa. Tres chicas argentinas, los bolivianos y yo nos bajamos tipo zombi. El baño era un patio inmundo en el que los hombres meaban contra la pared y las mujeres en unas letrinas hechas de tablitas de madera, todos juntos. No me salìa ni un chorrito del asco. Antes de volver al colectivo algunos pasajeros compraron comida frita para llevar en el viaje. A quièn se le ocurre comer eso a las 2 de la mañana y en un colectivo sellado!!!!!! A los bolivianos! Alguien me habìa dicho, creo que fue Florencia, que si en un viaje en colectivo en Bolivia el colectivo paraba, que no me bajara porque no podrìa volver a subir. Sabias palabras. Cuando subì casi vomito. El olor boliviano era tan fuerte, que abrì por completo la ventanilla a pesar del frìo y saquè medio cuerpo. El resto del viaje lo pasè con la ventanilla abierta y congelandome, no me importaba. Cuando lleguè a Cochabamba me tomè un taxi al aeropuerto, comprè un ticket a La paz y vine a matar el tiempo a Cochabamba. Què lindo el aeropuerto, todo limpio, hay bolivianos pero bueno... y no es que sea hijo de puta, pero son algo de no creer. Por ejemplo, voy a pagar el ticket con american y me dicen ayyy es que se terminaron los vouchers.... todo es asì. Siempre dicen NO, de vagos que son. Ayer estaba almorzando en un bar, entraron por lo menos tres personas y preguntaron si servìan almuerzo y el del bar les dijo que no. Se fueron . Una se sentò a comer una torta y descubriò que sì servìan comida! Cuando fui a tomarme la presiòn despuès de recorrer 10 farmacias, llego a un puesto de salud que debìa ser derribado con una bomba atòmica o de gamexane, que parecìa una villa miseria y la enfermera me dice, ayy no està el doctor. Tomèla usted! le contestè. Y ahì, cuando le das la soluciòn, como que reaccionan y hasta quizàs son simpàticos. Sè que es un comentario tìpico de gringo, pero es asì. Una gran diferencia cultural.
El siguiente y último extracto da cuenta del nivel de miseria del país del Altiplano. A mí me resulta tragicómico y me recuerda a uno de los relatos de Historias mínimas, una película que transcurre en la Patagonia argentina, que para el caso...
Me habìa olvidado de contarles sobre un programa muy còmico. Se trataba de un programa conducido por una chola a la que llamaban los televidentes para participar de un concurso con unos dados, un juego tipo La Generala, o no sè què. Lo còmico fue el premio que entregò la chola. Si me lo cuentan, no lo creerìa: el premio fue un chorizo!!! Sì, de carne de cerdo. Lo mostraron en primerìsimo plano y no era un chiste. como la cholita estaba tan contenta, dio un premio extra_: un paquete de harina. Esto dice bastante de Bolivia.
¿He dicho ya que no me importaría nada viajar a Bolivia este verano? Lo digo completamente en serio. Aunque, de momento, estoy haciendo campaña pro Venezuela, que me parece vergonzoso no haber pisado Caracas todavía teniendo tanta familia allí.
FRANZ DE COPENHAGUE ESCANCIA SIDRA

Primero fue la rueda; después, la locomotora a vapor; más tarde, la bombilla eléctrica, y algo después, el Canal Disney, que neutraliza a los sobrinos y demás ralea. He aquí los inventos que han cambiado nuestras vidas. Nada nuevo había pasado hasta que un discípulo asturiano del profesor Franz de Copenhague concibió el... ¡escanciador automático de culetes! Lo he probado, damas y caballeros, y sigo sin creerlo.
Sucedió en una calleja del centro de Oviedo donde los lugareños se dedican con fruición al arte de pimplar y manducar. De repente, pasamos frente a una sidrería que se asemejaba a unos recreativos de nuestra infancia. Quizá podamos jugar a Super Mario Bros, pensamos, y allí que nos dirigimos. Pero no. Se trataba de una sidrería "self service". El bar tenía varios armatostes en torno a los que se congregaba la muchachada. ¿Y cómo funciona esto, amable mesonero?, inquirimos al pecoso operario que parecía estar al mando: "Una tarjeta de dos euros, seis culines", nos responde. Había que poner el vaso en el soporte adecuado y pasar la tarjeta por la máquina. Entonces, la pantalla te indicaba tu saldo de culetes y la sidra caía "escanciada" desde una tubería situada en el techo directamente al vaso. Oh, gran invento que dejará en el paro a todos los mineros que quisieron reconvertirse en camareros escanciadores. A nosotros nos dejó un tanto perjudicados y con nuestro saldo de culetes en números rojos.
En fin, ya de regreso al gélido valle del Ebro, oculto de la vista de los aviones de la OTAN por la pertinaz niebla que nos mantiene alejados del continente, debo dar rápidamente varias notas que la distancia, la pereza y la (falta de) tecnología apropiada me han impedido hacer estos días:
- No voy a incidir más en mi viaje norteño. Sólo decir que creo haber engordado (física y espiritualmente) y que el personal de allá anda muy mosqueado con el asunto especulativo urbanístico y ha descubierto el "hórreo-denuncia": cubren todo el hórreo con pancartas contra el mangoneo de sus munícipes, haciendo burla, mofa, befa y escarnio de ellos, en plan dazibao. Que alguien en el Pirineo secunde la iniciativa hórreo-protestil, por favor.
- Noticia: Los Giraos, estos desequilibrados que cada vez tienen más poder, han presentado una nueva web, con muchos vídeos y muchas luces y muchos colores. Los nostálgicos y teléfilos tienen un hueco en ella, pues bucean en YouTube y rescatan maravillas del pleistoceno catódico.
- ¿Qué es el Polonio 210? ¿Por qué no puedo subir al avión mi agua mineral Font Vella sin gas y unos tíos sí pueden pasearse por medio mundo con una maletita con Polonio 210? ¿Por qué no construimos unos cuántos hórreos-denuncia en los aeropuertos?
- ¿Por qué Sanidad persigue a las XXL de Burger King mientras los restauradores que he visitado esta semana me han cebado impunemente con montañas de fabada que no se saltaban ni con pértiga? ¿Por qué no podremos comer lo que nos dé la gana, digo yo?
- En fin, y una nota polémica. Unos artículos más abajo, Sivrada (que creo que es la primera vez que comenta algo en este blog, al menos con ese nombre) me reprocha -amablemente, eso sí- ser un resentido y un insultador, a propósito del artículo donde hablo del premio que le han concedido a mi amigo. Como me imagino que Sivrada no será el único que piense eso de un servidor, os remito a su comentario y a mis respuestas, por si a alguien le apetece reflexionar sobre las finísimas líneas que separan el resentimiento, el insulto, el descreimiento, el cinismo, la guasa ibérica o el candor, por mencionar algunas actitudes que pueden ir juntas a veces (o no). Pinchando aquí os vais al enlace del comentario.
NO HAY ABUELOS EN LA ESCALERA

Nunca había reparado en ello, pero desde que lo leí, no puedo dejar de fijarme. Lo veo en los bares, en la calle, en los restaurantes, en los pueblos de pescadores y en el hall de los hoteles. En Asturias no hay viejos. La canción del Abuelo de Víctor Manuel es un camelo. En Asturias hay ancianas, viudas en su mayor parte, pero no ancianos. Al parecer, la revolución y la guerra de los años 30 se llevaron por delante a casi toda una generación de mozos. Los que quedaron, se fueron a hacer las Américas, y sólo unos pocos volvieron, construyéndose casas de indianos. El resto, no tuvo más remedio que ser picador, allá en la mina, y arrancando negro carbón, pues eso, que la silicosis, el cáncer y otras guarradas se los llevaron por delante antes de que llegaran a la categoría de ancianos. Por eso, en Asturias sólo hay abuelas, pero apenas quedan dos o tres abuelos. Habrá que esperar diez o veinte años para que la presencia de la tercera edad se deje notar en esta tierra verde de montes y negra de minerales.
Yo, que soy un hombre del sur (de la cordillera Cantábrica) -polvo, sol, fatiga y hambre-, no dejo de sorprenderme ante el paisaje astur, con esas montañas que caen a un mar furioso, frontera cruel que parece ensanchar falsamente los horizontes. Oigo quejas. La reconversión minera e industrial ha vuelto a achatar los horizontes y escucho que la única forma de que te concedan una subvención en el principado es montar una casa rural. La administración sólo apuesta por el turismo (sostenible) como repuesto de la mina y los altos hornos, pero hay quien piensa que hay otros caminos. ¿Los hay?
En Oviedo, levítica y monumental, reconcentrada en sus tópicos clarinescos, estas cosas suenan a chino. Oviedo es otra cosa. Oviedo es la civilización vetusta en el fondo del valle, superviviente a la barbarie de las montañas, con sus trasgos y sus cuélebres.
Una maravilla, esto de Asturias. Una pena haber tardado tanto en descubrirlo, enamorado como estaba ya de sus fabes y de su sidra (que no aprendo a escanciar de ninguna manera, debo de estar fisiológicamente incapacitado para ello). Hoy he pasado del prerrománico grácil y pétreo a la tranquilidad de Cudillero, pueblo de pescadores que trepa por un risco alto que se derrumba sobre el oceáno. Para terminar, he conocido el paisaje industrial de Avilés, a medio gas, a medio reconvertir, pero todavía intimidatorio, como una secuencia de Mad Max. Cuánto contraste, josmíos.
Foto: en honor a Pato y su Xixón, ahí va esta foto de tres alegres señoras gijonesas alimentadas con mantecosas fabes a las que no les da miedo enfrentarse al mar (en marea alta) en pleno mes de diciembre en la playa de su ciudad. Puedo asegurar que la rasca que hacía en ese sitio era para pensárselo dos veces antes de descalzarse. Olé por las señoras.
COMO EN CASA, EN NINGÚN SITIO

Antes de emprender su viaje, Phileas Fogg desayunó un pescado hervido con salsa Reading de primera calidad, un rojizo filete de roast beef con champiñones de guarnición, una tarta de ruibarbo y grosellas y un bocado de queso Chester, todo ello regado con varias tazas de excelente té, especialmente seleccionado para el Reform Club. Michael Palin, 115 años después, se fue sin desayunar. Eran otros tiempos.
En 1988, el ex Monthy Python hizo realidad el viaje de la novela de Julio Verne, pero en lugar de ir acompañado por Picaporte, eligió un equipo de rodaje completo de la BBC. El compromiso era no utilizar el avión para dar la vuelta al mundo. Y descubrió que es mucho más complicado de lo que parece. Viajar en barco, salvo si se trata de cruceros, está muy difícil. Unos amigos míos se recorrieron hace unos años parte de la costa de Chile en un mercante que vendía algunos pasajes y tenía un par de camarotes habilitados, pero es algo muy raro.
La conclusión fundamental que extrajo Michael Palin es que moverse a tu aire por el mundo es mucho más complicado ahora que a finales del siglo XIX. Hablamos de europeos con posibles, claro. Por aquel entonces, un burgués londinense podía ir donde le placía sin rellenar apenas papel alguno. Hoy -y en 1988, con el telón de acero vigente, ni te cuento- son tantos los visados, los documentos y las vacunas que debes llevar que resulta tentador entrar en una agencia de viajes y dejar que ellos se encarguen de todo. A Palin le costó dios y ayuda cumplir el itinerario, y aunque le pareció bonito, fardó un montón, los documentales le quedaron muy chulos y su diario de viaje se convirtió en el libro que reproduzco, el cómico dijo que no le volvían a pillar en una de esas, que prefería una expedición a pie a Kantchatka antes que discutir con un solo aduanero más.
Releo a Michael Palin mientras la peluquera gallega de Cancún sale de ese calvario policial y mientras los maderos de estos lares alertan de que Barajas es un coladero de inmigrantes ilegales. Se quejan los sufridos agentes de la ley de que las preguntas que hacen a los latinoamericanos que entran como turistas (con todo el derecho del mundo, hay que decirlo) no bastan para detectar las intenciones del viajero de quedarse a trabajar. La locutora de TVE, que debe tener algún policía en la familia, se indigna casi más que los propios agentes y dice, para alertar a los asustados españoles: "Cualquier boliviano con un pasaporte, una reserva de hotel o dirección de un amigo que le aloje y un billete de vuelta puede entrar en España sin problemas". Guau, qué miedo, los bolivianos y sus chompas caminan entre nosotros y no podemos hacer nada. Armémonos y organicémonos contra estos intérpretes de El cóndor pasa (que seguro que contiene mensajes en clave para atraer más inmigrantes). ¿Y qué quieren, someterlos a un tercer grado? ¿Más humillaciones aeroportuarias?
Viajar está difícil, amigos. Parece mentira, pero teniendo todo a favor para que la experiencia sea mucho más placentera que en el sucio y vaporoso siglo XIX, ciertas paranoias colectivas están haciendo que te apetezca quedarte en casa. Cuando no son los inmigrantes es el terrorismo. Venga ya, hombre. La verdad es que estábamos planeando un viaje a Estados Unidos próximamente, pero da tanta pereza la burocracia, y saber que al aterrizar puede haber un agente de la CIA esperándome porque alguien me ha incluido en la lista de terroristas -dada mi barba, no me extrañaría-, me está echando para atrás.
Qué difícil resulta todo, hijos míos. ¡Y se quejaba Michael Palin hace 18 años, que no desayunó aquel día para poder enfrentarse ligero a la burocracia de los pasaportes!
EL VINO QUE TIENE ELIZABETH...

Escucha lo último, querida: a los ingleses les ha dado por beber vino. Lo más cool que se puede hacer en Londres es sentarte en un restaurante más o menos asiático (con un gentilicio exótico, apátrida y neutro, de los que no salen en los periódicos, como persa, por ejemplo) y cambiar unas siete libras (casi diez eurazos) por 175 centilitros de un brebaje rojo y caliente que ha permanecido las últimas semanas junto al respiradero de una cámara frigorífica. Ellos lo llaman "wine" y lo beben a todas horas. Muchas británicas se muestran convencidas de que sostener con displicencia una copa de 175 centilitros de red wine basta para obviar siglos de chabacanería, atentados gastronómicos y falta de destreza en el uso de la ropa y el maquillaje.
La cultura del vino rompe una frontera más, quizá la más difícil, y trata de conquistar Britannia, pero le va a costar más que a Julio César. Parafraseando una comparación de un viejo compañero castellonense, a los ingleses les pasa con el vino lo que a los japoneses con el flamenco: que les vuelve locos, pero no lo entienden. Y la verdad, no lo necesitan. Su cultura cervecera –bebida cuyos secretos dominan y manejan como nadie- debería hacerles sentir orgullosos en lugar de devolverles la imagen de un país de hooligans con flatos.
No hay pub que se precie en Londres que no haya incorporado una modestita carta de vinos con Riojas, Chiantis y Borgoñas, y con algunos chilenos, sudafricanos y californianos de propina. Todos ellos excelentes vinos que sufren un maltrato injustificable: blancos a punto de entrar en ebullición que reclaman una cubitera, botellas de tinto abiertas que tienen toda la pinta de haberse picado, y rosados que suplican unas horitas de refrigeración. Pese a que el poeta Al Alvarez me aclaró en un ensayo sobre Sylvia Plath que la pulsión suicida británica es un camelo, y que allí se cortan las venas lo mismito que en el resto del mundo, no puedo dejar de preguntarme si el empeño en trasegar esos brebajes que un día fueron vino no responderá a un subyacente –pero intenso- deseo de quitarse la vida.
Lo pensaba mientras saboreaba una India Pale Ale –compleja y sutil, que recrea el sabor de las cervezas que bebían los colonos británicos en la India-, una rotunda y seca brown ale o una achocolatada stout. ¿Cómo, teniendo a mano estas maravillas que pueden competir sin rubor con cualquier vino decente, se lanzan a beber esos 175 centilitros de qué sé yo? Porque, encima –y esto es un síntoma claro de que la pasión vinícola está relacionada con el síndrome del nuevo rico-, lo venden por centilitros, como si fueran medicamentos, aunque lo trasiegan como si fuera agua. Si así les parece exquisito, el día que lo degusten en las condiciones apropiadas de temperatura y servicio… Pues a lo mejor entonces no les gusta.
Alguien dijo que “le chic, c’est freak”, y tenía mucha razón. A veces (¿sólo a veces?) las modas son monstruosas. Supongo que el hecho de que series como Friends o Sexo en Nueva York hayan colocado una copa de vino en las glamourosas manos de sus protagonistas ha influido en esta nueva pasión. ¿Cómo resistirse a ello, si es el colmo de la elegancia? En fin, adentrarse en mundos ignotos es siempre sufrido, y alguien debería orientar a estos pobres chicos que -¡horror!-, aprovechando el cambio climático, se están lanzando a plantar vides en el sur de su verde isla. ¡Líbrenos un boicot francés del vino inglés! ¿A qué espera José Bové para prender fuego a esos campos? Yo, como se aprecia en la foto, altero la máxima de “donde fueres haz lo que vieres” y toma la de “donde fueres haz lo que viste”, y me doy a las (excelentes) cervezas británicas. ¡Salud!
FLORES EN LA TUMBA DE MARX

Orillado en un recodo del viejo cementerio de Highgate (dos libras por pasear entre sus tumbas de 10 a 4, un precio ridiculo), el cabezón de Marx se planta sobre unos hombros rectilineos. Su cuerpo es un bloque de mármol, su pecho es su propio nombre en huecorrelieve dorado con un llamamiento a la unidad de los trabajadores de todo el mundo y sus pies dicen que los filósofos se han dedicado a interpretar el mundo, pero que lo que mola de verdad es transformarlo. Bien, Carlos, toda una llamada a la acción -¿a la praxis?- de la que tú mismo te escaqueaste, filósofo insatisfecho de ser tan sólo un ente pensante. Pero eso es otra historia, y la escribió Isahia Berlin, a través de cuyos ojos te veo como personaje literario.
Me acerco a la tumba de Marx, sorteando lápidas rotas y pisando las primeras hojas del otoño. No sigo a una muchedumbre peregrinante y peregrinera. Apenas nadie ha interrumpido la sesteante mañana del chaval que cobra las dos libras en la entrada, pero unas cuantas flores y una maceta -que quizá hable de un viejo comunista desgarbado que la eligio al azar en la floristeria, incómodo ante tales futilidades- refulgen en el ocre londinense, dejando claro que el fundador del socialismo científico no ha sido olvidado del todo.
No lo ha sido por una pareja formada por un viejo y un joven -padre e hijo, quizás- que hablan en voz baja en un idioma eslavo. El joven hace fotos al viejo junto a la tumba. Puede que sea el final de un largo viaje, de un viaje que puede haber durado una vida entera. Detrás, un joven delgado con una camiseta de "otro mundo es posible" en español que hace que le atribuya un origen latinoamericano, se sienta en una tumba y apenas puede disimular la emoción epifánica que le domina -¿a su pesar?-. Suspira sin quitar la vista de la sentencia-epitafio y, cuando se arma de valor, se acerca, saca una medallita que lleva colgando al cuello y la besa. Por un momento pienso que se la va a quitar y la va a dejar junto a las flores, pero la vuelve a guardar y se acomoda en una tumba cercana sin perder de vista la tumba del cascarrabias aleman. Pasa un rato y nadie más aparece por ahi. Ninguno de los que estamos nos hablamos, esforzándonos en ignorarnos de reojo. Pasa un rato y el joven empieza a presionar al viejo para que se marchen. Venga, papá, ya te he traído aqui; ahora, invitame a un cafe, parece decir. El joven presuntamente latinoamericano sigue embebido en el huecorrelieve, y parece no ver el busto fenomenal que corona el monumento. Sólo tiene ojos para las letras doradas y clásicas. Al final, yo tambien me siento apremiado y doy la espalda al chaval, que quizá sólo espera el momento de quedarse a solas y dejar otra maceta comprada apresuradamente en una tienda de Archway. A mí la visita me deja callado. Siento crecer en la boca del estomago un sentimiento que, sin ningún fundamento, asocio a la resignación. ¿A qué me resigno? No lo sé, quizás a volver al mundo de los vivos y a salir del viejo cementerio victoriano.
ESTOS INGLESES ESTÁN LOCOS

Entre otras recomendaciones libreras que salieron a colación, Félix Romeo me descubrió esta semana un librito de Leandro Fernández de Moratín que diligentemente compré al día siguiente: Apuntaciones sueltas de Inglaterra. Es perfecto, pues en unas pocas semanas espero estar bebiendo pintas en algún pub de Notting Hill y viendo malabaristas en Covent Garden, así que esta lectura me sirve de ambientación previa para mi tercer desembarco en la Pérfida Albión.
Es un curioso libro de viajes, compuesto por cuatro cuadernos donde el autor de El sí de las niñas anotó desapasionadamente las costumbres, las artes y el ambiente de una Inglaterra metida ya en la Revolución Industrial. Es curioso porque por aquel entonces, a finales del siglo XVIII, lo habitual era que los viajeros ilustrados descubrieran España y su barbarie, retratándola en preciosos libros. Moratín da una réplica maravillosa y descubre Europa.
Leandro Fernández de Moratín pasó más de seis meses en tierras inglesas, desde finales de 1792 hasta mediados de 1793. Mientras España se cerraba a la influencia de la Revolución francesa, él salió a ver qué se cocía fuera de la Península. Aprendió inglés, aunque confesó en una carta a Godoy que no lo hablaba con fluidez, pero entendía los periódicos y los discursos políticos. Conoció a curiosos personajes, vio al Príncipe de Gales salir a beber cerveza con otros cortesanos, disfrutó de la prensa y de las caricaturas, asistió a sesiones de la Cámara de los Comunes y vio montajes de ese tal Shakespeare, que los ilustrados españoles empezaban a leer traducido.
El tono no es admirado, y algunas cosas incluso le escandalizaron, como el alcoholismo dominante y las "bárbaras diversiones" a las que se entregaba la juventud. ¿Cómo debían ser de bárbaras para que un señorito español acostumbrado a las corridas de toros y a los procesos inquisitoriales se escandalizara? Una de las costumbres británicas que juzga ridículas es la del té. La anotación 11, que bien podría haber sido la historia de un cronopio cortazariano, dice así:
"Lista de los trastos, máquinas e instrumentos que se necesitan en Inglaterra para servir el té a dos convidados en cualquiera cita decente.
1. Una chimenea con lumbre.
2. Una mesa pequeña para poner el jarrón del agua caliente.
3. Una mesa grande, donde está la bandeja con las tazas y demás utensilios.
4. Un jarrón de agua caliente.
5. Un cajoncillo para tener el té.
6. Una cuchara mediana para sacarlo.
7. Una tetera, donde se echa el té y el agua caliente.
8. Un jarrillo con leche.
9. Una taza grande con azúcar.
10. Unas pinzas para cogerla.
11. Unas parrillas.
12. Un plato para la manteca.
13. Otro plato para las rebanadas de pan con manteca, que se ponen a calentar sobre las parrillas.
14. Un cuchillo para partir el pan y extender la manteca.
15. Un tenedor muy largo para retostar las rebanadas antes de poner la manteca.
16. Un cuenco para verter el agua con que se enjuagan las tazas cada vez que se renueva en ellas el té.
17. Dos platillos.
18. Dos tazas.
19. Dos cucharitas.
20. Una gran bandeja en la mesa grande, para todos estos trastos.
21. Otra bandeja más pequeña, donde se ponen las tazas con té, las rebanadas de pan y el azúcar para el servicio de los concurrentes."
Le molesta el humo de carbón mineral que inunda las calles, pero le admira la iniciativa empresarial, inexistente en España. Le gusta Windsor, aunque le parece más bonito Aranjuez. Saint James Park le parece un bodrio de jardín. Los espectáculos teatrales, penosos, peores que los españoles. La costumbre de pedir limosna, fastidiosa. Las caricaturas, muy divertidas. Las reuniones políticas, bárbaras bacanales. Las chimeneas, mucho mejor construidas que las de España. Pero lo que peor lleva el señorito Moratín es el orgullo inglés, que considera patético e indigno de una gran nación: "Esta dulce satisfacción de que nada hay bueno sino en Inglaterra les hace mirar todo lo que no es inglés con una caritativa compasión, que aturde; les hace decir tan clásicos disparates acerca de las otras naciones, y atreverse a preguntas tan necias y extravagantes, que no hay extranjero que pueda contener la risa al oírlas".
Son unos apuntes preantropológicos maravillosos. Trata a los ingleses como objetos investigados antes de que el método científicos se aplicara a las ciencias sociales. Pero, por encima de eso, es muy divertido. Traslado la recomendación de Félix a todo el mundo.
CRÓNICA DESDE LISBOA (2)

Esperando el tranvía para ir a Belén. Un tranvía moderno, de dos vagones, con aire acondicionado y conductora joven y atribulada. El progreso, vaya, no el tipismo belle époque de las tartanas metálicas que suben a Alfama y a Barrio Alto. El tranvía dobla la esquina de la Praça da Figueira y se detiene unos metros antes de la parada. Algunos de los que esperaban en ella se acercan hasta el vehículo, que, obviamente, no les abre las puertas. “La parada es aquí, es aquí”, empieza a gritar una señora oronda y sexagenaria, fellinianamente mediterránea. En un portugués comprensible -los idiomas se entienden mejor cuando el hablante está cabreado- empieza a perorar sobre el volkgeist de su país, al más puro estilo verdulaire: “¡Portugal es europeo! ¡Portugal es moderno! ¡Portugal es el primer mundo! ¡Venga ya! Si no sabemos ni coger un tranvía. ¿Si no sabemos comportarnos en el transporte público, cómo vamos a salir del subdesarrollo?” (la traducción es libre, en portugués sonaba más vehemente y menos analítico).
Siempre me ha parecido tierna esta costumbre latina, que en España ya está un poco en desuso, de enunciar una visión catastrófica y quevediana del propio país a partir de hechos cotidianos que no tienen la menor importancia. Es sorprendente que la respuesta ante cualquier contrariedad o ante cualquier anécdota nimia sea poner los brazos en jarra y recitar una variante de “miré los muros de la patria mía, / si un tiempo fuertes ya desmoronados…”. Si un dependiente tarda en darnos los cambios, el Gobierno está formado por ladrones; si pasa más de un nanosegundo desde que el semáforo se pone verde y el coche de delante arranca, significa que siempre estaremos dominados por potencias extranjeras; si el autobús viene lleno, las mafias lo controlan todo, y si nos traen frío el café con leche, la juventud nunca conocerá el canon de la literatura patria.
En España -quizá porque el desarrollo autonómico reparte y diluye las culpas: si, cuando uno empieza a despotricar contra el Gobierno, le dicen que ese aspecto es competencia de la Junta de Andalucía, al criticante se le queda cara de tonto y no abunda en su discurso-, creo que esta costumbre va siendo barrida por las brisas europeas, como las expresiones “me ha hecho una judiada” o “la maté porque era mía”, pero en Portugal persiste, como persiste en Italia y en América Latina. A lo mejor los aires europeos se quedan detenidos en el Valle del Jerte y no cruzan el Guadiana, pero, sea como fuere, se respira sensación de tiempo estancado.
Se respira en Barrio Alto, donde la modernidad y la vanguardia juveniles entablan un reñido pulso con la marginación descamisada de pústulas heroinómanas. De momento, están en tablas, pero las carísimas tiendas fashion -más caras que las de Madrid y Barcelona- no avanzan sobre las turbias esquinas donde autoproclamados camellos ofrecen una mercancía de calidad penosa.
Es mejor dejar las drogas y darse al vicio nacional: las sardinhas. Nuestra guía de viaje, que es excelente pero está escrita para yanquis californianos con muchas aprensiones, dice: “Las asan con su tripa. Puede parecer repugnante, pero están deliciosas”. ¿Y cómo narices quiere asar una sardina la viajera melindres esta? Menuda imbécil es la redactora de nuestra impecable guía, pensamos antes de ingerir una buena sardinada en un garito minúsculo con las mesas muy juntas. Las sardinas corren a cargo de una “mama” portuguesa que las domina en una parrilla instalada en la calle, para ahumar bien las bragas tendidas de su vecina, que achacará la peste a la desidia ministerial.
A nuestro lado, prácticamente en nuestra misma mesa, se sientan tres chicos que, si no pertenecen a la plataforma gay de Lisboa, será por discrepancias políticas, pero no por falta de entusiasmo plumeril. Sus ademanes, sin embargo, no les impiden ponerse hasta más arriba de la glotis de carne a la brasa. Hablan como señoritas, pero comen como camioneros ucranianos. Si llevara sombrero, me descubriría ante su pantagruélico saque. Cada vez que el camarero les sirve una nueva fuente obelixiana, gritan amaneradamente: “¡Obrigadísimo!” (algo así como: “muchíiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiisimas gracias”). Salimos borrachos por el vinho branco, empachados por las sardinas y felizmente atontados por el caos de la tasca y por la simpatía de los Village People lusos.
Fuera, Barrio Alto, más allá de la Praça de Camoes, dirige la noche lisboeta. Entre comer y beber sólo hay un paso, el que separa nuestra tasca de un garito frecuentado por locales donde (¡milagro!) no hay señoras con mantilla cantando fados al atardecer del Tajo. Es un bar de cócteles, especie sinatriana en extinción muy de agradecer después de una buena cena. Perfecto mi gin-tonic, el cóctel que demuestra que la sencillez puede ser sublime cuando la combinación es sabia y el barman tiene pulso.
Al día siguiente, yo quiero comprarme un libro de una grandísima fotógrafa portuguesa que he visto en un escaparate cuando bajábamos trompas y empachados hacia el hotel por el Largo de Chiado. Mala suerte. El día siguiente es sábado y la librería no abre, perdiendo así el mejor día de ventas. El horario del comercio también es un síntoma de tiempo estancado. Si fuera un lisboeta de mediana edad, me cagaría en Mario Soares, por ser el primer nombre que me viene a la mente, y le culparía de nuestro retraso atávico por su desgobierno y su supina mezquindad. Pero como soy un chaval un poco panoli, me encojo de hombros y me doy media vuelta. Una pena: me beberé o me comeré los 40 eurazos que costaba el libro, pero pienso que hubiera sido mejor dilapidarlos en su compra y colgar alguna fotito de él en el blog, que luciría más que cualquiera de las mías. Ay, siempre nos quedará amazon.com.
¡Adéus, Lisboa!
PD: Me lo habían contado, pero no lo creí hasta que no lo ví: Portugal es la décimo octava comunidad autónoma. El imperialismo español es casi tan sangrante como en Argentina: si quieres sacar dinero, tienes BBVA y Santanderes a mansalva; si quieres comprarte ropa, todas las marcas de Inditex dominan cada barrio, con Zara a la cabeza; si quieres ir a unos grandes almacenes, tienes El Corte Inglés, y si quieres zamparte un bocata, puedes hacerlo en Pans & Company. Los orines y los deshechos urbanos, también españoles, pueden olerse en el Tajo y en el Duero. Hasta con la mierda se está como en casa. En fin, va a ser verdad que España es la novena potencia mundial, pero a mí tanta potencia empieza a darme miedo, qué queréis que os diga.
CRÓNICA DESDE LISBOA (1)

Lo malo de las ciudades bellas es que han sido tan profusamente descritas que los nuevos empeños por trasladarlas al mundo de las palabras caen en el foso apolillado y rechinante del tópico. En el mejor de los casos, se balancean, hacen equilibrios y amenazan con derrumbarse en él, pero es raro que se alejen del borde y divaguen hacia el horizonte de la sorpresa, de lo no dicho, de la visión desnuda y refrescante. Por tanto, la mejor opción, en esto como en todo, es ignorar lo trillada que está la senda y avanzar por ella sintiendo sólo los propios ojos, dejando que el inconsciente y el capricho hagan visibles las miradas que contaminan la nuestra.
Lisboa, la gran dama, dicen en todas partes. Una dama sentada junto al mar, huraña, descreída, un punto cínica e incapaz de disimular el desconcierto que le produce el mundo. Una dama empedrada por minúsculas y delicadas piezas que le regaló un altivo marqués cuando la tierra se abrió en el terrible terremoto de 1755. El barrio de Baixa, al centro, recuerda a los portugueses que un día fueron los amos de los mares. La Praça do Comerçio, ingrato solar operístico, se abre al Tajo y a los barcos que por él llegaban. Una plaza que quería dejar claro a los prepotentes marineros que la bandera a la que servían exigía un precio, el de la humildad. Hoy es un patio de armas rodeado de discretos ministerios sin una triste sombra.
El barrio de Baixa, bajo y plano, como su nombre indica, forma con cuadriculada disciplina detrás de la Praça do Comerçio. Al centro, la Vía Augusta, con su delicado mosaico, también busca la exclamación y el asombro del visitante. Sus perfectas esquinas, sus armoniosos edificios y sus señoriales portones se hicieron para demostrar algo, para tapar un orgullo herido de imperio colapsado. El tiempo la fue llenando de bancos, tiendas y cafés que no logran sacudirse el hálito de presunción marchita que nace aquí y se extiende por toda la ciudad.
La plaza del Rossío, donde termina Augusta, es la otra gran plaza de la Baixa. Entre ambas, el orgullo imperial portugués languidece sin que las fuerzas de la inmigración y la juventud se atrevan todavía a barrerlo del todo. Desde el Rossío, mirando al Tajo, se ve la Baixa al frente, escoltada por dos colinas; la Alfama a la izquierda, y el Chiado y Barrio Alto a la derecha. Esta pequeña U compone la esencia de Lisboa, la ciudad que importa, la que llora en los fados y la que resiste a todo y a todos, incluida la sombra del puente de 25 de Abril, faraónico legado del salazarismo que cruza el río enlazando la capital con el tórrido sur del país. ¿Lo veis? Ya he escrito conscientemente el primer tópico odioso: “faraónico”. La pereza veraniega tiene estas cosas.
A la izquierda, la Alfama, coronada por el castillo de San Jorge, que no es más que un anillo amurallado que cerca la cima de la colina. La Alfama es la Lisboa vieja, la Lisboa árabe y cristiana, enrocada sobre el Tajo, con el arco tenso y presto a disparar en los mismos miradores donde los turistas bebemos hoy cerveza Sagres y sonreímos satisfechos. Son cuestas rompepiernas perladas de minúsculas casas encaladas con la ropa tendida en la puerta. Abuelas en bata que se sientan en un poyo y tranvías que suben rechinando y asfixiados por calles donde ningún ingeniero diría que caben. La Alfama es un digno burgo podrido que, en la ruin noche del salazarismo, se prestó a ser cárcel y centro de torturas. En su madeja caben fervores de beata -incluyendo una virgen del Pilar con una bandera de España dedicada a los españoles residentes en la ciudad-, lujurias de putero, curdas de poeta, sadismos de sargento de la PIDE (policía política de Salazar) y la indiferencia del dependiente que baja con muda limpia y un café con leche bebido de trago en el tranvía 28 hasta su tienda de la Baixa, tal y como hacía Pessoa en sentido contrario, bajando desde Chiado. La Alfama es un almacén de anticuario donde se amontonan sudores y desvelos de mil imperios perdidos y mil revoluciones rotas. No hay nada que hacer con la Alfama, salvo contemplarla.
TURISTAS VS. VIAJEROS

Por lo general, dividimos el mundo entre listos y tontos para situarnos en el bando de los listos y dejar al vecino del tercero, al jefe o a ese cuñado del Betis en el de los tontos. Este esquema suele ser válido para toda persona en todo momento y situación, incluido yo, imbéciles lectores. Sin embargo, en algunos ámbitos está mejor visto que en otros. Por ejemplo, en un escritor o en un artista suele quedar bastante feo y el necio vulgo lo interpreta como síntoma de gilipollismo agudo, la mayoría de las veces con acierto. Pero en otras áreas, hacer esta operación da prestigio. Es el caso de los viajeros que no quieren ser turistas.
Suele ser una pregunta recurrente cuando se entrevista de De la Quadra Salcedo o a alguien que acaba de volver de una travesía por la micronesia en un tonel de cerveza escocesa del siglo XVIII: "¿Qué diferencia a un viajero de un turista?". La respuesta es casi tan original como la pregunta y viene a ser del tipo: "Por favor, está clarísima. Mientras que los viajeros somos [añádase toda suerte de epítetos laudatorios y altamente seductores que se encuentren a mano; puede valer cualquier articulillo de Sánchez Dragó sobre sí mismo], los turistas son [introduzca aquí un extracto de cualquier discurso antisemita de Hitler o de Goebbles]". El lector que lee entrevistas de este tipo -generalmente un turista que viaja en el tiempo preacordado con la empresa responsable de su nómina-, lejos de sentirse insultado, aplaude la gallardía del Robinson de turno. "Es verdad, menos mal que yo no soy como esos turistillas -y, mirando a su cónyuge, absorto/a en el crucigrama, añaden en voz alta: María/Manolo, tienes que leerte esta entrevista, dice lo que yo pienso de esos turistas. Tus padres sí que son turistas, que no hacen más que turistear y no me viajan nada". María/Manolo asiente mientras piensa: "Yunque de platero, tas".
Los viajeros (como los listos y los guapos) se quejan de que la suya es una actividad en vías de extinción. Se ven a sí mismos como finales de raza, como gatopardos que se resisten a aceptar un puesto honorífico en el Parlamento de Turín y prefieren morir enrocados en sus olivares y en sus fincas ruinosas y agostadas. Quieren guardarse el derecho de mirar por encima del hombro, pero los touroperadores vienen pisándoles los talones.
Yo también odio el turismo masivo, para qué nos vamos a engañar. Es más, tengo cierta tendencia a odiar lo masivo. Incluso los conciertos me gustan más en una sala pequeñita y con aire para respirar. Pero eso son manías mías que no pretendo elevar a categoría universal. Trazar la frontera entre un viajero y un turista es una tarea que me rebasa. Si salimos de los obvios extremos entre la parejita de luna de miel en un todo incluido y el pirado del chaleco de los mil bolsillos que come escorpiones himalayos sin sal, todo lo que está en medio se confunde y se entremezcla. Hoy, el mundo ya está descubierto. Con una tarjeta de crédito y una maleta te puedes plantar prácticamente donde te plazca, y en todas partes encontrarás un agente turístico para facilitarte o amargarte la estancia.
Michael Palin, ex miembro de los Monty Python, realiza ahora unos maravillosos documentales de viajes en la BBC. Le he visto en la línea que separa las dos Coreas; en un inverosímil pueblo filipino; yendo del norte de Chile a La Paz en un tranvía alemán reciclado que hace el trayecto por el desierto a 25 kilómetros por hora, y cruzando de Alaska a Kamchatka. Mr. Palin me ha provocado envidia de la mala a paletadas. Pero hay una enorme diferencia entre él y la mayoría de los "viajeros" audiovisuales o periodísticos que he seguido: Palin trata de enseñar el mundo como un lugar maravilloso que merece la pena ser vivido, y transmite la sensación de querer compartirlo con nosotros. No dice: "Yo estoy aquí". Dice: "Mirad esto". Por eso le perdono todo, por el cariño y el buen rollo con el que va por el mundo. Todo un señor viajero.
PD: Hablando de viajes, la revista La magia de viajar por Aragón publica en su númerio de este mes un reportaje mío sobre una más que recomendable escapada a las tierras fronterizas entre Castellón y Teruel: templarios, carlistas, silencio y lejanía. Y todo, a un paso. Ideas que os doy para el veranito.
Foto: Michael Palin, cuando todavía era un Monty Python.
EL BRITÁNICO

Para los urbanitas desalmados que nos aburrimos de ver plantas en el monte pero que nunca nos cansamos de recorrer bares, el cierre de un café veterano y añejo es tan doloroso como la extinción de una especie para un ecologista. Da igual que sea en tu barrio o al otro lado del mar: una ciudad pierde algo de su humanidad cuando la persiana de un café baja para siempre. Hoy ha cerrado el Bar Británico de Buenos Aires, en el barrio de San Telmo, en el cruce de las calles Brasil y Defensa. Hoy ha cambiado algo en el mundo. Ha cambiado de forma imperceptible, pero lo ha hecho a peor. Desde hoy, Buenos Aires tiene un sitio menos para visitar. Desde hoy, quienes entendemos la ciudad como un espacio para vivir, hemos retrocedido un pasito más en favor de quienes entienden la ciudad como un espacio para conquistar.
El Británico hace esquina en la parte baja de la calle Defensa, que es la arteria principal del barrio de San Telmo y nace, muy discreta, en un lateral de la plaza de Mayo. Adoquines rotos y viejas casonas coloniales con nombres de criollos vascos que forjaron la independencia del país, como Ezeiza, hablan de un pasado de guerras y mitos liberadores. Discos y fotos de Gardel en los anticuarios, empanadas recién horneadas en las terrazas y ese bullicio gritón hispanoitaliano que domina cada esquina a cualquier hora del día en la ruidosa Buenos Aires. Hay varios cafés en Defensa donde los argentinos se dan con alegría a su vicio nacional: la plática. Todos son de verdad, con sus mesas llenas de cruces de cuchillo, con la madera machacada por los millones de balletas que la han frotado y su camarero masculino de sapiencia veterana. En San Telmo las horas pasan lentas, al ritmo del ingenio del conversador y de los sorbos con los que se bebe la Quilmes, servida por litros y casi helada. Horas que también pasan lentas al ritmo de la prosa remolona y acongojada de Ernesto Sábato, que escogió estos rincones del Británico, con el parque Lezama y alguno de los caserones coloniales en ruinas en primer plano, como principal condimento de El túnel y Sobre héroes y tumbas, con la trágica, bella y engmática Alejandra paseando entre los bancos del parque.
Líos de herencias y rencillas familiares han acabado con el Británico, que desde hace medio siglo regentaban -en régimen de alquiler- tres gallegos bonachones y biencarados. En unas rayadas bandejitas de alumunio servían unas "picaditas" de queso, chorizo, jamón y patatas fritas que daban más sed y propiciaban una segunda Quilmes. También alargaban la conversación. Desde los ventanales se ve el parque Lezama, con su estatua al fundador de la ciudad, el cruel conquistador español Pedro de Mendoza. Era un sitio muy especial. Nuestros anfitriones nos contaron que, durante la guerra de las Malvinas, ante la ola anglófoba que recorrió el país, los tres gallegos se curaron en salud y borraron el "bri" de "británico" de la vidriera. Durante parte de los 80, fue el Bar Tánico. Por lo demás, nadie sabe nada de su origen, que se fecha en unos imprecisos años 20, ni sobre su nombre. Quizá tenga algo que ver con las invasiones inglesas que sufrió la ciudad a principios del siglo XIX: las tropas británicas entraron a sangre y fuego desde la Boca y arrasaron la calle donde durante décadas ha estado el café.
Una pena. Todavía me refresca el recuerdo de las Quilmes en el Británico, y me da rabia no saber dónde coño están las fotos que nos hicimos allí. Quizá todo esto no sea más que literatura barata y sentimentalismo ñoño, pero creo de verdad que Buenos Aires, y el mundo en general, son un poquito peores que ayer. Esta noche releeré a Sábato.
AMSTERDAM

Ahora que las vacaciones asoman su tímido hocico y llega la hora de discutir destinos y planes viajeros en largas cenas con la brisa soplando entre los platos, también es tiempo de recordar otros viajes. Las noticias, poco aireadas, de la pérdida de la nacionalidad holandesa de Ayaan Hirsi Ali -la diputada de origen somalí que guionizó y protagonizó el corto Sumisión, que le costó la vida a su director, Theo Van Gogh- ha despertado recuerdos de Amsterdam.
Londres y París distan unos 400 kilómetros, aproximadamente la misma distancia que separa Madrid de Valencia. Ambas ciudades forman un triángulo con Bruselas-Amsterdam, cuyos lados vienen a medir más o menos lo mismo. Es decir, que, en muy poco espacio, se concentra la esencia de lo que es Europa, si es que Europa es algo más que una palabra. Berlín, Madrid y Roma quedan lejos, al otro lado de cordilleras y ríos difíciles de salvar, pero este triángulo es pequeño y tiene sus vértices bien conectados. Tanto París como Londres sufren desde hace décadas una enorme presión demográfica. París es la capital de Argelia y Londres lo es de Pakistán. París ha ardido en mil coches y el metro de Londres ha estallado por dentro. En ambos casos, han sido franceses y británicos que no se sienten ni franceses ni británicos quienes han activado los detonadores o las mechas. En Amsterdam no ha pasado nada parecido, y, sin embargo, la muerte de Theo Van Gogh parece haber horadado más conciencias que la revuelta parisina o los atentados de Londres. Creo que la razón es que, si Amsterdam se rompe, algo mucho más grande se hará pedazos en nuestro mundo europeo. Porque Amsterdam es un símbolo, y ningún símbolo desaparece sin consecuencias.
Amsterdam es la babel europea. Apenas 700.000 habitantes censados, una ciudad de la población de Zaragoza, pero con una vida que resuena en los cinco continentes y un aura de fascinación que atrae multitudes. Paseas por Amsterdam y, sin dejar de ver a las altísimas y rubias jóvenes indígenas ni a sus rollizos y cerveceros padres, que parecen escapados de La Ronda de Noche de Rembrandt, lo que despierta los sentidos son los asiáticos con sus poco apetecibles patos laqueados en los escaparates de los restaurantes, las mujeres morenas con pañuelo en la cabeza, los miles de africanos ociosos por las esquinas. Y, sobre todo, las miles de lenguas que se escuchan por las calles y que, a la hora de la verdad, se reducen a un inglés práctico y coloquial que sólo atiende a lo urgente. Un inglés que utilizan incluso los camareros de los llamativos restaurantes españoles, regentados por gallegos emigrantes y llenos de evocaciones de Joselito y de esa España que -por suerte- dejó de existir hace mucho y que sólo pervive en los bares de los emigrantes repartidos por el mundo.
Amsterdam es una marca que vende mestizaje, que vende convivencia. Dicen algunos que ese modelo de sociedad plural se debe al protestantismo, que invita a no meterte en la vida de los demás y hace a cada cual responsable de sus actos. Cada uno, a lo suyo, a su negocio. No juzguéis si no queréis ser juzgados. Y algo de eso debe haber. Hay algo de indiferencia que se traduce en comodidad para el inmigrante. Con una larga tradición de dar cobijo al refugiado, Holanda es un buen sitio para quien quiere empezar de cero sin que le toquen las narices. Es un buen sitio, pero creo que no es un sitio acogedor.
Yo viajé a Amsterdam esperando encontrar esa parte amable, ese buen rollo multiculor, pero me encontré con una ciudad fría, con una forma de entender la juerga más destructiva que festiva, y, sobre todo, con una indiferencia real y un mal asimilado papel de metrópolis de un imperio que ya no existe. Me decepcionó, no me pareció un buen sitio para vivir. Pasaría muy a gusto una temporada en Londres o en París, pero evitaría Amsterdam.
Recordé estas impresiones al pensar en Hirsi Ali. No creo que en el País Vasco los vecinos de un amenazado por ETA hayan tenido nunca el cuajo de pedir públicamente que el pobre diablo abandonara el edificio por miedo a sufrir un atentado. En Holanda, sin embargo, los vecinos de Hirsi Ali solicitaron su traslado para que no les pongan una bomba. ¿Por qué? Porque Hirsi Ali ha trasgredido el precepto que cimentaba la "convivencia" holandesa: Aayan ha emitido una opinión. En una sociedad y en una ciudad donde todo está bien, donde nadie recoge al yonki que se cae de la silla en un coffee shop a las 10 de la mañana, Hirsi Ali se atevió a hacer pública su visión -acertada o no, pero respetable- sobre una serie de problemas para motivar un debate sobre ellos. No entendió que en Amsterdam no hay lugar para el debate, que en sus calles no puedes opinar sobre lo que hace el vecino. Cuando nada importa, nada tiene importancia.
Este verano no vamos a volver a Amsterdam. Nos iremos a Portugal y a la vieja Inglaterra, a ver a mujeres con bigote y a escuchar tristes y trasnochados fados en Lisboa. A veces, uno echa de menos cierto sentimentalismo añejo que el mestizaje que considera una transgresión mirarse a los ojos no puede proporcionar.
Además, los holandeses hacen un café de asco y tienen una de las peores gastronomías del mundo. Peor que la inglesa. Dicho lo cual: visitad Amsterdam, que os lo pasaréis bien.
Foto: abrumador párking de bicicletas junto a Centraal Station, en Amsterdam.
EL BARÓN DE LA BIRRA

Yo de mayor quiero ser Michael Jackson. No, no el de la casita de Hansel y Graetel. Tampoco el de la Charly y la fábrica de chocolate. Me refiero a la superestrella de la BBC Michael Jackson, uno de los mejores escritores de viajes y gastronomía del mundo, especializado en el mundo de la cerveza.
Este tipo de periodistas-gourmets está poco explotado en España, pero son toda una oronda y acolesterolada tradición en otros países de Europa, donde se les encumbra al estrellato. Michael Jackson -unas veces con un equipo de la BBC a la espalda, y otras con un ordenador para escribir uno de sus maravillosos libros- ha recorrido el mundo bebiendo cerveza. Dirán que eso no tiene ningún mérito, que miles de hooligans lo hacen constantemente sin que nadie, o muy pocos, les admiren. Pero Mr. Jackson no destroza el mobiliario urbano de las ciudades que visita y procura evacuar su vejiga en los lugares acondicionados para ello. Además, no bebe cualquier cerveza, y siempre se preocupa por contarnos sus impresiones para que conozcamos más a fondo el cervecil mundo, que él reclama tan variado, complejo y sutil como el del vino. Es mi guía cervecero: a sus escritos recurro antes de probar una nueva variedad y de su criterio me fío como si de un buen amigo se tratase. De mi último viaje a Francia tengo una botella de tres cuartos de bière de garde que según su guía es algo así como una noche en Namibia con Ajelina Jolie sin placenta. Esta noche lo comprobaré.
Poco a poco, con calzador, la cultura cervecera está entrando en España, un país acostumbrado a beber la birra como un refresco. Y nada tengo que reprochar a quienes así lo hacen, como tampoco tengo nada malo que decir de quienes degluten best sellers para matar el rato. Pero, al igual que sucede con la buena literatura, la cerveza se disfruta más cuanto más se conoce y más dispuesto se tiene el paladar a experimentar nuevas texturas, sabores y matices. Como la buena literatura y como el buen arte, no aporta nada útil, nada práctico, nada de lo que tu madre pueda sentirse orgullosa, pero intensifica la vida, qué demonios. Las cervezas, las buenas cervezas, son productos hechos con mucho mimo por artesanos sabios y pacientes que se han preocupado de recoger, recuperar y, casi siempre, mejorar, un legado que se remonta a siglos de experiencia callada y silenciosa. Cuando bebemos una pilsner checa, estamos bebiendo toda la compleja cultura de una región. Son muchos quienes creen que la esencia del Reino Unido no es Shakespeare, ni la reina Victoria, ni el idioma inglés, ni siquiera el Támesis. Son muchos los convencidos de que Inglaterra sólo existirá mientras se siga bebiendo cerveza ale.
Los buenos cerveceros saben que tan complejo y rico es el mundo de la cerveza como el del vino. Puede que incluso el de la cerveza sea más variado, puesto que, salvo en Alemania, no ha estado sometido a una reglamentación estricta, lo que ha llevado a los maestros cerveceros a desarrollar numerosas familias muy distintas entre sí en color, sabor, textura, temperatura y matices. Nada tiene que ver un potente vino de cebada belga con una ligera cerveza mexicana con unos toques de maíz, pero las dos son excelentes. Todo esto lo enseña Michael Jackson en sus libros y en sus documentales, en una prosa amena, llena de ironía y, a la vez, rigurosa, como la de los buenos divulgadores. Vamos, todo un maestro, un barón de la birra.
Por cierto, en el caso de España, Jackson admite que el panorama de los productores locales ha mejorado mucho, aunque siguen haciéndose lagers muy estandarizadas que apenas se diferencian unas de otras. De entre todos los productores, destaca dos por su personalidad y apuesta por un sabor más fuerte y menos refrescante: Alhambra, de Granada, y La Zaragozana. El resto es casi agüilla de fregar producida a gran escala.
INSIDE THE RAINBOW, RAINBOW!

Estaba revisando en el ordenador las fotos de los últimos viajes y me he tropezado con esta que, inexplicablemente, tenía casi olvidada. Es la isla de La Palma, la más occidental de las islas Canarias, y donde increíblemente también han llegado cayucos en las últimas oleadas. La desesperación llega muy lejos. La foto está tomada desde el Mirador del Time, en la costa de sotavento (al oeste, pa entendernos). La isla de La Palma es altísima, de formación volcánica, como todo el archipiélago, y tiene unas vistas alucinantes en todos sus rincones. Acababa de llover -cosa muy frecuente en aquel pedrusco atlántico-, estábamos tomando una cerveza en el mirador (de marca Dorada, por supuesto, que yo soy muy localista en el tema cervecil) y, de repente, apareció el arco iris tal que así. ¿A que parece la portada de un disco heavy o una revelación mística, que para el caso vienen a ser lo mismo? Las casas que se ven abajo pertenecen a Los Llanos de Aridane, precioso nombre para un pueblo que no lo es tanto. En fin, para que veais que con una cámara también se puede ser cursi.
Por supuesto, me acordé del Mago de Oz, de la película, no de los tipos esos que parecen drag queens rockeras.
DELEGADO ZERO

"El Sub ya no vive", gritaba un señor con bigote y sombrerón en el Zócalo de San Cristóbal de las Casas, capital histórica de Chiapas, este verano. "Marcos, marcos", decían las indiecitas que nos vendían llaveros con un muñeco enmascarado con subfusil en ristre. Compramos un montón y los regalamos al volver a España. "El Sub ya no vive", volvía a gritar el señor, que parecía escapado de una ranchera.
Cuánta razón tenía. El Subcomandante Marcos ahora es el Delegado Zero (¿es esto una salida del armario, compañeros zapatistas?). Y, emulando al mayor ídolo de masas de América Latina (que no es Chayanne, ni Ricky Martin, ni Juanes, ni ningún mueve-tu-sintura-muévela-muévela), ya saben, el argentino-cubano que sale en los pins y en los pósters, se pira en moto a recorrer México haciendo el mismo recorrido que hice este verano: de Chiapas a Campeche, Yucatán y Quintana Roo. Aunque yo lo hice en un Chevrolet con aire acondicionado y escuchando música. El delegado de la revista Zero, con menos recursos que un decadente europeo como yo, lo hace montado en una moto. Y yo sólo puedo pensar en sus maltrechas nalgas, porque las carreteras mexicanas -bien lo recordó mi amigo Santi, impenitente motero, durante todo el viaje- no están pensadas para la moto. Cada cien metros, un tope te frena la marcha, cuando no es un bache del tamaño de la provincia de Pontevedra o un camión-cisterna de líquido inflamable de frente por tu mismo carril a 140 por hora. Pobre Delegado de la revista Zero. Espero que la sede central de Madrid le pague buenas dietas.
Bueno, pues ahí van los zapatistas de nuevo. Cuando estuvimos en Chiapas sólo les vimos en forma de merchandising, porque las comunidades indígenas estaban cerradas por alerta roja. Veamos qué pasa ahora, pero no creo que las performances del muy culto Marcos puedan revitalizar un movimiento estancado que hace tiempo que no ilusiona a nadie en el continente de las venas abiertas. En cualquier caso, ¡ánimo, Delegado Zero, que se te va a poner el culo como una piedra!
Foto: Uno de los simpáticos "marquitos-llavero" que vendían las indiecitas por diez pesos en San Cristóbal de las Casas.
ESTADOS UNIDOS
Unos amigos acaban de volver de un viaje por California y Nevada. Han dormido en moteles, han comido en Wendy’s con párkings desangelados y se han partido de risa en el increíble palacio de William Randolph Hearst. Como europeos asquerosamente bienpensantes que somos (me refiero a mis amigos y yo), compartimos todos los prejuicios y las fobias imaginables hacia el mundo yanki, pero no podemos sustraernos a la atracción que nos causa. Recuerdo que la primavera pasada, cuando le contamos que íbamos unos días a Nueva York, esta misma amiga que ahora se recupera del jet lag me dijo que no iba a pisar Norteamérica mientras el ínclito Bush siguiera en la Casa Blanca. Si es que no se puede hablar...
Yo me reconozco contradictorio. Sí, son vomitivos. Asquerosos, odiosos, sucios imperialistas y un país de mierda. Y mucho más. Cualquier crítica se queda corta. Pero me corroe la envidia. Me hubiera gustado acompañarles en este viaje. Me muero por conocer más. No seré del todo feliz hasta que no duerma en uno de esos moteles con biblia. No me habré realizado hasta no haber recorrido un tramo de la ruta 66 con John Mellencamp, o la Creedence, o Grand Funk, o Dylan, o lo que sea sonando en el coche. No quiero morirme sin ver un cabaret freak en Los Ángeles o sin haberme bebido uno de esos cafés de vaso de plástico mirando la bahía de San Francisco.
"Es nuestra cultura", sentencia mi amiga. Y tiene toda la razón. No me sé ni una jota, a duras penas sabría citar dos o tres zarzuelas y que no me vengan con cantigas de Alfonso X, romances burgaleses o novelas picarescas. Podría escribir un libro sobre Billy el Niño, pero no sé nada de los bandoleros andaluces. Lo mío es el rock y las películas de John Huston. Esa es mi cultura. Eso es lo que he bebido. Y quizá por eso necesite ir a su encuentro. Es lo que me ha tocado vivir, y lo amo. No quiero renegar de ello en nombre de nada. Y sí, son odiosos y merecen lo peor. Dicho con Kissiniger: "son unos hijos de puta, pero son nuestros hijos de puta".
Otra amiga lleva dos años viviendo en Estados Unidos. Estas navidades son las primeras que no va a pasar en España. Está en Mineápolis, una ciudad del norte llena de nieve. En su calle sopla un viento helado que hace del Cierzo una brisa. No hay aceras. El coche es el rey. Y, sin embargo, ella es feliz. Se puede ser feliz en cualquier parte, supongo. Incluso en Mineápolis, que está cerca de Chicago, que a su vez es una ciudad a la que, si convenzo a Cristina, iremos dentro de no mucho tiempo. Quizá sea el próximo viaje. Me ha picado a mí este amor-odio americano. Sin ir más lejos, la foto que presenta este blog está hecha en Times Square.



